El problema de lo real
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Juan Manuel Cincunegui
Tiempo mínimo de dedicación recomendado:
4 horasJuan Manuel Cincunegui Licenciado y doctor en Filosofía por la Universidad Ramon Llull, y doctor en Ciudadanía y Derechos Humanos por la Universidad de Barcelona. Im- parte cursos de filosofía contempo- ránea, filosofía social y política, de- rechos humanos e interculturalidad.
Actualmente, estudia la relación entre capitalismo y democracia en el Departamento de Sociología de la Universidad de Barcelona. Entre 1992 y 1999 realizó estudios de filo- sofía y prácticas budistas en India, Nepal y Sri Lanka. Fue monje. Ha si- do intérprete, docente e instructor en estas materias en diversas insti- tuciones educativas en Asia, Europa y América Latina. Ha sido consultor para la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y para el Gobierno de Argentina entre 2011 y 2015. Es director de Mente, vida y sociedad, un centro para el estu- dio de la consciencia, la ecología y la ética social. Autor del libro Mise- ria planificada. Derechos humanos y neoliberalismo. Madrid: Dado Edicio- nes, 2019. Su página personal es:
www.juanmanuelcincunegui.com.
El encargo y la creación de este recurso de aprendizaje UOC han sido coordinados por el profesor: Francesc Núñez Mosteo
Primera edición: marzo 2022
© de esta edición, Fundació Universitat Oberta de Catalunya (FUOC) Av. Tibidabo, 39-43, 08035 Barcelona
Autoría: Juan Manuel Cincunegui Producción: FUOC
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Índice
1. Introducción... 5
1.1. Los problemas del ser y del saber ... 5
1.2. Realismo y antirrealismo en la filosofía contemporánea ... 5
1.3. ¿Será el siglo XXI realista o antirrealista? ... 6
2. Paul Boghossian. Sobre el miedo al conocimiento... 8
2.1. La doctrina de la «igual validez» ... 8
2.2. Relativismo, constructivismo y eurocentrismo ... 10
2.3. Argumentos contra el constructivismo ... 12
2.4. Los hechos y las conceptualizaciones ... 13
2.5. Creencia y objetividad ... 15
2.6. El realismo no exige la existencia inherente ... 17
3. El nuevo realismo de Maurizio Ferraris... 18
3.1. El estado de la cuestión ... 18
3.2. Dos manifiestos ... 18
3.3. El nuevo realismo y el espíritu del posmodernismo ... 19
3.4. De la emancipación a la telerrealidad ... 20
3.5. Ironización ... 22
3.6. Desublimación ... 24
3.7. Desobjetivación ... 24
3.8. El «realitismo» o la sociedad del espectáculo ... 25
4. El realismo ontológico de Markus Gabriel... 30
4.1. Una reforma de la filosofía ... 30
4.2. El nuevo realismo ... 31
4.3. Ontología o metafísica ... 38
Resumen... 41
Bibliografía... 43
1. Introducción
1.1. Los problemas del ser y del saber
La historia de la filosofía occidental puede dividirse en dos grandes etapas.
Durante la etapa premoderna, la que concierne a la filosofía antigua y medie- val, los filósofos estaban en su mayor parte interesados en clarificar la natura- leza, la estructura, los componentes y los principios de la realidad. El objeto privilegiado era el ser y los modos de ser de los entes. Las disciplinas privile- giadas eran la metafísica, que estudia el ser en cuanto ser, y la ontología, que se ocupa de los entes en cuanto existentes. Platón, Aristóteles y sus comen- taristas medievales son los más importantes representantes de esta «primera navegación» filosófica.
A partir del advenimiento de la modernidad, y en consonancia con las gran- des transformaciones que trajo consigo la revolución científica, que sustrajo al dominio de la filosofía como objeto de estudio el mundo natural, ahora reservado a la investigación científica, los filósofos comenzaron a ocuparse con mayor empeño del conocimiento y el problema de la verdad. Filósofos como Descartes, Locke, Hume o Kant, en sus diversas versiones (racionalista, empirista, crítica o idealista) convirtieron a la epistemología en una suerte de filosofía primera. No se trataba ya de definir al ser en cuanto ser, sino de juzgar el estatuto de lo que aparecía a la consciencia cognoscente. De modo que las preguntas básicas giraban en torno a lo que podía y no podía conocerse y el modo en el cual ese proceso de conocimiento se producía. Esto planteaba, a su vez, toda clase de problemas en los ámbitos de la consciencia, la filosofía del lenguaje, la filosofía de la psicología, etc., que hoy se replican con el avance científico y tecnológico para acomodarse a las novedades que han traído con- sigo, por ejemplo, las neurociencias y las ciencias cognitivas.
Disciplinas filosóficas Metafísica
Disciplina filosófica que estudia la naturaleza, la estructura, los componentes y los principios fundamentales de la realidad.
Ontología
Disciplina filosófica que estudia los entes en cuanto existentes.
Epistemología
Disciplina filosófica que estudia el conocimiento, su naturaleza, la posibilidad, el alcance y los fundamentos.
Lecturas recomendadas D.�Hume (2012). Tratado de la naturaleza humana. Ma- drid: Editorial Gredos.
I.�Kant (2002). Crítica de la razón Pura. Madrid: Santilla- na Editores.
Platón (2002). La República.
Madrid: Editorial Gredos.
Aristóteles (2014). Metafísica.
Madrid: Editorial Gredos.
Desde el comienzo de la filosofía moderna, las dudas escépticas y metódicas de autores como Montaigne y Descartes, respecto al conocimiento y la verdad, han obligado a los filósofos a tomar partido en un espectro de posiciones rea- listas y antirrealistas.
1.2. Realismo y antirrealismo en la filosofía contemporánea
En este contexto, introducimos a tres autores que se definen a sí mismos como defensores de posiciones realistas. Todos ellos comparten un rasgo común, su rechazo�de�las�propuestas�relativistas�y�constructivistas del pensamiento contemporáneo.
Lecturas recomendadas M.�Montaigne (2021). Ensa- yos. Barcelona: Galaxia Gu- tenberg.
R.�Descartes (2011). Medi- taciones metafísicas. Madrid:
Alianza Editorial.
Desde nuestro punto de vista, el debate realismo-antirrealismo no tiene un claro vencedor. Esto es comprensible y esperable, especialmente cuando pres- tamos atención a la historia de la disciplina filosófica en Occidente, y más aún cuando extendemos nuestra pesquisa a la reflexión filosófica a nivel mundial.
En ambos casos, lo que descubrimos es una suerte de movimiento pendular que conduce, por un lado, a periodos históricos en los cuales el realismo ob- tiene una vigencia casi hegemónica en la cultura, y por otro, a algunos en los que ocurre lo contrario, y donde el antirrealismo tiene la voz cantante.
Esto podría conducir a adoptar una posición escéptica o agnóstica frente a es- tas cuestiones. Sin embargo, los debates en torno a la naturaleza de lo real, en los que se enfrentan pensadores de diversos temperamentos y tendencias filosóficas, no son estériles. En ellos existe una posibilidad cierta y constatada de que, en cada ciclo, las afirmaciones sustantivas y las objeciones de los con- trincantes en los debates contribuyan a una mayor profundización y comple- jización de lo que está en juego.
1.3. ¿Será el siglo XXI realista o antirrealista?
El siglo XX fue, sin duda, un siglo�antirrealista. Las filosofías de Nietzsche y Heidegger, de Foucault y Derrida, guiaron la labor de los filósofos continenta- les de manera hegemónica. Otra cosa es lo que ocurrió en los departamentos de filosofía analítica, en los que el realismo mantuvo una reputación incon- testada, especialmente por su labor en el ámbito de la filosofía de la ciencia.
Regreso al realismo En la filosofía contemporánea, después de un siglo marcado por el antirrealismo inspirado en las obras de autores para- digmáticos como Nietzsche, Heidegger, Foucault o Derrida, constatamos un regreso al rea- lismo.
En la filosofía continental, en cambio, los grandes relatos entronizados por la Ilustración europea dieron paso, con el correr de las décadas, a la muerte de Dios, a la muerte del hombre y al posmodernismo, de manera paralela al mo- do en el cual la acumulación capitalista liberal y el capitalismo administrado por el Estado, que de un modo u otro aún encarnaban formas institucionales ilusionadas con el progreso y la verdad iluminista en la esfera de la economía política, dieron lugar al capitalismo de acumulación flexible o neoliberalismo que impera en nuestra época.
Por su parte, el siglo XXI ha traído de regreso�el�realismo, como respuesta a los malestares de la cultura y la política posmoderna. De manera análoga, el siglo
XXI es también un regreso a Marx, esta vez como respuesta a los malestares producidos por la deriva neoliberal del capitalismo, que ha impuesto un régi- men de relaciones sociales de explotación y desposesión, con implicaciones corrosivas en todas las esferas de nuestra vida, las esferas de la producción y reproducción social, la política y la ecología.
Los tres autores en los que nos enfocamos (Paul�Boghossian, Maurizio�Fe- rraris y Markus�Gabriel) comparten, como hemos dicho, una preocupación común, la necesidad de un «retorno al realismo». Sin embargo, sus propues-
Lecturas recomendadas D.�Harvey (1998). La condi- ción de la posmodernidad: In- vestigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
F.�Jameson (1991). El posmo- dernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Bar- celona: Paidós.
tas son disímiles y en algunos casos abiertamente enfrentadas. No obstante, todos ellos ofrecen reflexiones sugerentes que animan a mirar la realidad de una manera renovada.
El filósofo canadiense Charles Taylor sugirió en alguna ocasión que la crítica a la tradición epistemológica moderna y a la ontología a la que está asociada no conlleva únicamente una alternativa teórica, sino que exige una suerte de conversión.
Eso significa, entre otras cosas, que los imaginarios, las formas institu- cionales y las prácticas que sobre dicha epistemología se articulan se pondrán necesariamente en entredicho si aceptamos los desafíos teóri- cos y, como dice Markus Gabriel, también existenciales que nos propo- ne el nuevo realismo.
Lectura recomendada H.�Dreyfus;�Ch.�Taylor (2018). Recuperando el realis- mo. Madrid: Rialp.
2. Paul Boghossian. Sobre el miedo al conocimiento
En este apartado nos centraremos en la obra de Paul Boghossian titulada Miedo al conocimiento. Como indica su subtítulo, se trata de una crítica a las visiones relativistas y constructivistas del conocimiento. El principal blanco de Bog- hossian es la posición defendida por el filósofo pragmatista estadounidense Richard Rorty, autor de La filosofía y el espejo de la naturaleza, un autor para- digmático y enormemente influyente en la difusión de las ideas relativistas y constructivistas posmodernas del conocimiento.
Lecturas recomendadas P.�Boghossian (2009). El mie- do al conocimiento. Contra el relativismo y el constructivis- mo. Madrid: Alianza.
R.�Rorty (1989). La filosofía y el espejo de la naturaleza. Bar- celona: Cátedra.
El punto de partida de Boghossian es la constatación de que tanto el relativis- mo como el construccionismo son abrazados ampliamente por la comunidad intelectual y académica, especialmente en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales. Aunque también es cierto que, desde hace algunos años, he- mos estado viviendo una creciente revalorización del realismo, en parte, jus- tamente, por el cansancio que ha suscitado el antirrealismo cuasi hegemónico en la filosofía continental y la hegemonía del ethos posmoderno de nuestra cultura. Como señala Maurizio Ferraris:
«respecto al carácter de la filosofía contemporánea, “un cierto hartazgo del posmodernis- mo y de la creencia de que todo está construido por el lenguaje, los esquemas conceptua- les y los medios de comunicación”, explica el giro hacia el “nuevo realismo”» (Ferraris, 2016, pág. 141).
2.1. La doctrina de la «igual validez»
El texto de Boghossian se abre refiriéndose a un artículo del New York Times del 22 de octubre de 1996 titulado «Los creacionistas de las tribus indígenas frustran a los arqueólogos», que describe un conflicto entre concepciones di- vergentes acerca del origen de las poblaciones autóctonas de Norteamérica.
El relativismo y el construccionismo
De acuerdo con Boghossian, pese a su carácter contraintui- tivo, la comunidad intelectual ha abrazado ampliamente el relativismo y el construccionis- mo.
• Por un lado, expone la explicación arqueológica estándar, que sostiene que los seres humanos llegaron por primera vez a América desde Asia, después de cruzar el estrecho de Bering, hace aproximadamente 10.000 años.
• Por otro lado, los mitos creacionistas de los indígenas norteamericanos, que sostienen que los pueblos nativos han vivido en el continente desde que sus antepasados emergieron a la superficie de la tierra desde el mundo subterráneo de los espíritus (Boghossian, 2006, pág. 1).
Documental recomendado A.�Singer;�L.�Stipetic (prods.);�W.�Herzog�(dir.).
(2016). Into the Inferno. Gran Bretaña / Austria: Netflix.
Ante estas dos explicaciones literalmente incompatibles acerca de los orígenes de la población nativa, el artículo relata la zozobra que experimentaron algu- nos arqueólogos, forzados a elegir entre estas dos descripciones alternativas de lo ocurrido. Muchos de los científicos sostuvieron, en breve, que «la ciencia es solo una de las numerosas formas de conocer el mundo», y que, en conse- cuencia, la concepción alternativa que ofrecen los indígenas debe considerarse
«igualmente válida». Es decir, en pie de igualdad con el resultado de la inves- tigación arqueológica. Boghossian denomina esta posición básica, defendida por la ortodoxia posmoderna, la «doctrina de igual validez». Con esta expre- sión se refiere a la creencia de que:
1) existen maneras radicalmente diferentes,
2) aunque igualmente válidas, de conocer el mundo. Lo cual implica 3) que la ciencia es solo una entre otras muchas maneras de conocer la realidad.
Un aspecto destacado de la popularidad de la que goza esta doctrina es que se trata de una posición radical, pero además contraintuitiva, por la sencilla razón de que está basada en la negación de plano de la existencia de los hechos objetivos: no existe una manera en la que podamos decir que las cosas existan independientemente de nuestras aprehensiones o nuestras creencias acerca de estas. En última instancia, los antepasados de los pueblos autóctonos en el territorio americano no cruzaron verdaderamente el estrecho de Bering, aun cuando los hallazgos arqueológicos así lo demuestren. Tampoco emergieron a la superficie de la Tierra desde sus entrañas, como defienden los indígenas norteamericanos. En ambos casos, los hechos existen exclusivamente en rela- ción con las creencias de quien pondera estos «relatos», de modo que entre ambos se plantea una inconmensurabilidad insuperable.
El argumento de Boghossian es complejo. No se reduce exclusivamente a ar- gumentar contra este aspecto del relativismo, sino que, a lo largo de las pági- nas de su libro, también arremete contra la pretensión, igualmente disrupti- va, defendida por los relativistas y constructivistas posmodernos, de que no existen técnicas o métodos que deban privilegiarse a la hora de conocer; o que deban considerarse, a diferencias de otras técnicas o métodos, maneras legítimas de adoptar creencias racionales sobre los temas que investigamos. Es decir, las técnicas y los métodos científicos de observación, lógica e inferencia se encuentran en pie de igualdad con otras formas de conocimientos que se basan, por ejemplo, en la interpretación de los restos que quedan en el fondo de los pocillos de café, o en las imágenes que se manifiestan durante los sueños o trances de los videntes o médiums.
Doctrina de igual validez La tesis básica de la ortodoxia posmoderna, según Boghos- sian, es la llamada «doctrina de igual validez»: existen ma- neras radicalmente diferentes, aunque igualmente válidas, de conocer el mundo. La ciencia es solo una entre muchas ma- neras de conocer la realidad.
En resumen, además de negar que existan hechos objetivos, el relativis- mo constructivista posmoderno sostiene que no existen métodos, téc- nicas o formas privilegiadas de acceder al conocimiento.
Es importante comprender que, además del influjo que este tipo de concep- ciones ha tenido en la academia (Boghossian, 2006, pág. 9), también ha tenido consecuencias destacadas en otras esferas. La ortodoxia posmoderna sobre el conocimiento que ha reinado en las humanidades y en las ciencias sociales en las últimas décadas ha afectado a nuestros imaginarios y a nuestras formas institucionales y prácticas sociales.
Como advierte Maurizio Ferraris, este tipo de constructivismo tuvo en sus orí- genes un objetivo emancipador. De lo que se trataba era de cuestionar el sta- tu quo con el fin de ofrecer visiones alternativas a las que promovía el poder (Ferraris, 2016, pág. 3).
Sin embargo, la historia demuestra que el éxito intelectual de estas visiones
«progresistas» resultó ser una victoria pírrica. Hoy parece que los argumentos antirrealistas se han convertido en un arma arrojadiza para evitar los cambios imprescindibles que deben realizar las sociedades contemporáneas en las esfe- ras de la reproducción social, la política y la ecología.
El argumento de «la igual validez» ha pasado de ser un argumento al servicio de la emancipación o el proyecto progresista, a ser un instru- mento al servicio conservador que bloquea cualquier intento de cambio sustantivo.
Pensemos, por ejemplo, en la manera en la cual se argumenta contra el cambio climático.
La imposibilidad de establecer de manera convincente «lo que es el caso», no solo debido a la multiplicación ad infinitum de interpretaciones alternativas, sino también, y lo que es más grave, ante la dificultad de determinar los «hipotéticos hechos desnudos» sobre los cuales dichas interpretaciones se articulan, impide que alcancemos consenso alguno sobre el diagnóstico respecto a la encrucijada que enfrentamos. Sin un diagnóstico, no podemos ofrecer un análisis etiológico. Sin una comprensión clara acerca de las causas y condiciones detrás de las circunstancias presentes, no es posible imaginar un horizon- te superador alternativo frente a la crisis presente. Sin razón utópica, no es posible esta- blecer una «hoja de ruta» consecuente, debido a la frivolidad que significaría pretender establecer «medios sin fines».
2.2. Relativismo, constructivismo y eurocentrismo
Como nos advierte Boghosian, en cuestiones como la que ilustra el ejemplo de los arqueólogos y los pueblos autóctonos de Norteamérica, nuestra reacción ordinaria es pensar que existe una respuesta correcta en la historia referida al modo en el cual se dieron las cosas independientemente de nuestras creencias.
Esto no significa que necesariamente la respuesta alternativa no tenga valor alguno.
De emancipador a conservador
El argumento de «la igual va- lidez» ha pasado de ser un argumento al servicio de la emancipación o el proyecto progresista a ser un instrumen- to al servicio conservador que bloquea cualquier intento de cambio sustantivo.
Por ejemplo, desde el punto de vista de la autocomprensión de dichos pueblos, y el mo- do en el cual de manera litúrgica construyen sus lazos identitarios, la versión que sostie- ne que el origen del pueblo en cuestión es el resultado del ascenso de los antepasados desde las profundidades de la tierra resulta significativa. Sin embargo, si contrastamos las versiones en el mismo plano explicativo, o bien los antepasados llegaron al territorio actualmente ocupado por las comunidades hace 10.000 años cruzando el estrecho de Bering o, por el contrario, surgieron míticamente desde las entrañas de la tierra. Por un lado, tenemos una explicación científica, por el otro, una descripción mítica del origen de dicho pueblo.
En este contexto, Boghossian se pregunta por qué razón la doctrina de la igual validez ha tenido semejante atractivo entre los intelectuales, investigadores y académicos en estas disciplinas, pese al carácter mani- fiestamente contraintuitivo que posee.
De acuerdo con Boghossian, existen dos explicaciones posibles.
1) Por un lado, desde el punto�de�vista�ideológico, hay que tener en cuenta el más que justificado rechazo al colonialismo que ha gravitado en estos círculos.
La crítica al etnocentrismo y a las epistemologías «eurocéntricas» ha jugado un rol significativo en este sentido. Por ejemplo, Boaventura de Sousa Santos sostiene que el problema central de la tradición eurocéntrica, incluso en su versión crítica, es que proporciona respuestas débiles a las preguntas fuertes a las que nos enfrentamos en nuestro tiempo. Dice Santos:
«Las preguntas fuertes no solo se refieren a nuestras opciones específicas de vida indivi- dual y colectiva, sino también al paradigma societal y epistemológico que ha dado forma al actual horizonte de posibilidades en que decidimos nuestras opciones, el horizonte en el que determinadas opciones son posibles y otras quedan excluidas o incluso son ima- ginables. Tales preguntas son de naturaleza paradigmática porque abordan los criterios para la inclusión y exclusión de opciones específicas. Por consiguiente, despiertan un tipo particular de perplejidad» (De Sousa Santos, 2019, pág. 49).
Este tipo de perplejidad explica en buena medida la adopción de una epis- temología con rasgos posmodernos que, con el afán de superar el cautiverio epistemológico al que parece abocarnos la tradición eurocéntrica en su ver- sión acrítica, o incluso en sus versiones críticas, cuando estas son ciegas a su perspectiva situada –y, por ende, problemáticamente universalista– ha hecho optar a muchos autores por una epistemología que, abierta o implícitamente, supone la doctrina de igual validez.
2) Por otro lado, desde el punto�de�vista�intelectual, el giro trascendental inaugurado por Kant ha derivado, profundizando en su lógica subjetivista, en la creencia de que la verdad no puede explicarse atendiendo al modo de ser de las cosas como una realidad que hipotéticamente existe con independencia de nosotros.
Lectura recomendada B.�de�Sousa�Santos;�M.�Pau- la (eds.) (2009). Una episte- mología del sur. México: Siglo XXI Editores.
El presupuesto central detrás de esta decisión epistemológica es que el conocimiento está construido� socialmente, depende de la sociedad que lo produce.
En este sentido, nos dice Boghossian, las concepciones posmodernas se carac- terizan por el rechazo a «la pretensión del conocimiento como el producto de una reflexión transparente de una realidad independientemente existente», y la pretensión de que existan procedimientos trascendentales para establecer racionalmente la verdad o falsedad de dicho conocimiento (Boghossian, 2006, pág. 6).
De este modo, vemos que el relativismo y el constructivismo son las dos caras de la moneda posmoderna.
• Una de sus caras está vuelta hacia la ausencia de existencia independien- te de aquello que conocemos y aprendemos como verdadero. Esta es la dimensión negativa.
• La dimensión positiva es aquella en la que lo que aprehendemos como independiente se concibe como una mera construcción social. Es decir, más allá de lo inventado por nosotros, no hay nada por descubrir. La cosa aprehendida, el fenómeno que la consciencia investiga, el objeto al que el sujeto se enfrenta se agota en su realidad socialmente construida.
De este modo, el relativismo y el constructivismo se retroalimentan y justifican mutuamente.
2.3. Argumentos contra el constructivismo
Ahora bien, para entender el constructivismo social, Boghossian nos propone que lo enfrentemos con la figura «clásica» del conocimiento, la cual se define por tres características básicas:
1) El mundo que queremos entender y conocer existe, en su mayor par- te, independientemente de nosotros y de nuestras creencias;
2) la forma del conocimiento, los métodos y técnicas de conocimiento que nos permiten justificar nuestras creencias, son en su mayor parte independientes de la sociedad, y
3) es posible, dadas las circunstancias adecuadas, que, al exponernos a la sola evidencia, esta sea capaz de explicar por qué creemos lo que creemos.
Estas tres características son denominadas por Boghossian: «objetivismo de los hechos», «objetivismo de la justificación» y «objetivismo sobre la explicación racional».
En contraposición, las concepciones constructivistas del conocimiento sostie- nen:
1) que el mundo que queremos entender y conocer no existe indepen- dientemente de nosotros y de nuestro contexto social;
2) que las formas de conocimiento (los métodos y técnicas de conoci- miento) no son independientes de nuestro contexto social –todos ellos son construidos en dependencia de nuestras necesidades e intereses–, y 3) que no es posible explicar por qué creemos lo que creemos sobre la base de nuestra exposición a una evidencia relevante. Debemos tener en cuenta nuestras necesidades e intereses.
De este modo, frente al objetivismo de los hechos, de la justificación y la ex- plicación racional, la alternativa es el constructivismo de los hechos, de la jus- tificación y la explicación racional.
En este apartado nos centraremos exclusivamente en el constructivismo de los hechos. Los autores que defienden esta posición, como Richard Rorty, sostie- nen que, a través de nuestras maneras de hablar y de pensar, mediante nuestras descripciones, construimos los hechos. Esto significa que los hechos no exis- ten en sí mismos. No puede haber un mundo que exista independientemente de nuestras inclinaciones a describirlo de una cierta manera. O, para decirlo de otro modo, el mundo depende de nuestros «esquemas descriptivos». Una vez que hemos pasado nuestra experiencia a través del tamiz de dichos esquemas, emergen los hechos del mundo.
2.4. Los hechos y las conceptualizaciones
Obviamente, nos dice Boghossian, existen hechos en el mundo que dependen de nuestras conceptualizaciones.
Pensemos, por ejemplo, en el dinero.
Se trata de un objeto que no existe en la realidad, independientemente de nuestras con- venciones. Si prestamos atención al billete de veinte euros que tenemos a la vista, vemos que ninguno de los elementos que lo constituyen materialmente es el billete en sí mis- mo. Ni el papel, ni la tinta, ni los signos, ni los sellos y otros artilugios que prueban su legitimidad como moneda de cambio son en sí mismo el billete. El billete se establece convencionalmente sobre una base adecuada como dinero en un acto «litúrgico» que lo convierte efectivamente en un instrumento que encarna el valor. Es decir, se convierte en lo que es en dependencia de los actos sociales que lo constituyen como tal.
Richard Rorty
Richard Rorty sostiene que construimos los hechos a tra- vés de nuestras maneras de hablar y de pensar, mediante sus descripciones.
Esto implica que los hechos no existen en sí mismos, indepen- dientemente de nuestros es- quemas descriptivos.
Lo mismo ocurre con nuestros roles sociales.
No hay un lugar en la realidad en sí misma, independiente de nuestras descripciones, donde encontrar sacerdotes o presidentes que existan por sí mismos. El sacerdote es con- sagrado como tal en una ceremonia litúrgica en la que se establece su carácter eclesiásti- co. Y el presidente asume su función a través de formas seculares análogas.
Lo mismo podemos decir de otros hechos sociales de mayor envergadura. Pen- semos en las naciones y los Estados, en los equipos de fútbol o en las conste- laciones astrológicas. En todos estos casos, se trata de hechos o entidades que dependen de nuestra mente, de nuestras descripciones. Eso no significa que sean inexistentes. Solo que su existencia es establecida sobre bases pertinentes, a través de un proceso de enunciación que convierte, como en el caso de las constelaciones, a un conjunto de estrellas en el firmamento en un particular signo del zodíaco, o a una particular configuración poblacional y territorial en la base jurisdiccionalmente establecida de un Estado.
Ahora bien, lo que Boghossian se pregunta es si es justificable extender esta comprensión sobre los hechos socialmente establecidos a todos los hechos de manera no cualificada.
En este punto, Boghossian distingue entre dos tipos de relativismo:
1)�El�relativismo�«relativo». Por un lado, nos dice, existe un relativismo re- lativo a las descripciones sociales. En este caso, los esquemas que adoptamos para describir el mundo dependen del tipo de esquema que resulta más útil.
Aquí la utilidad se define en dependencia de nuestras necesidades e intereses contingentes como seres sociales.
Lo que el relativista en este caso intenta demostrar es que existen fenó- menos que son erróneamente naturalizados.
Esto significa que dichos fenómenos se pretenden universales, cuando en reali- dad son el producto de las descripciones que exigen las necesidades e intere- ses en un cierto contexto social. Este tipo de relativismo está completamente justificado, nos dice Boghossian.
2)�El�relativismo�absoluto. El problema es que este tipo de relativismo da pie a algunos autores a extender el análisis de los hechos socialmente establecidos a todos los hechos en general.
2.5. Creencia y objetividad
En este punto, es conveniente analizar, siguiendo a Boghossian, qué queremos decir al afirmar que «creemos en algo», y qué relación tienen esas creencias con los hechos y con la verdad. Esto nos permitirá abordar, de manera preli- minar, las nociones de universalidad, objetividad e independencia de los he- chos en relación con la mente. Estas son las cuestiones centrales que debemos clarificar.
Lo primero, nos dice Boghossian, es que «creer»� es� un� estado� mental. La creencia es algo que ocurre «en nuestra mente». No obstante, como estado debe tener ciertas características. Boghossian enumera tres.
1) Para empezar, las creencias deben estar conformadas por un contenido pro- posicional. Deben afirmar o negar algo respecto a lo que es el caso. Para ha- cerlo, obviamente, se debe contar con conceptos que permitan la articulación de la creencia en cuestión. Por ejemplo, si alguien cree que los ancestros de su tribu emergieron de las entrañas de la Tierra, debe contar con ciertas no- ciones. Para empezar, la noción de «antepasado», también debe contar con cierta noción de lo que implica formar parte de una tribu, alguna noción de lo «subterráneo» desde donde los antepasados emergieron, etc. Sobre la base de estas nociones o conceptos, se establece una cierta constelación de sentido que resulta en un cierto contenido proposicional.
2) En segundo término, ese contenido proposicional debe poder ser juzgado como verdadero o falso. Esto significa que la aseveración debe ser relativa a un hecho.
De modo que, para decirlo de manera simplificada, por un lado, tenemos un contenido proposicional, y, por otro lado, tenemos un hecho, y es posible establecer qué tipo de relación existe entre estos dos términos.
3) Sin embargo, hay varias cuestiones que deben resolverse en este punto que problematizan la verdad o falsedad de la aseveración. Supongamos que la afir- mación es verdadera. Incluso si lo es, cabe preguntarse: ¿Para�quién?
Para los miembros de la tribu de Norteamérica que sostienen que sus antepasados emer- gieron de las profundidades de la Tierra en un tiempo inmemorial originando su pueblo, la afirmación de este hecho es verdadera. Sin embargo, no parece que podamos afirmar que dicha afirmación es verdadera universalmente. Por ejemplo, los arqueólogos no pue- den sostener la verdad literal de dicha afirmación, porque si lo hicieran deberían renun- ciar a su verdad arqueológicamente probada. Obviamente, pueden interpretarla como
«metafóricamente verdadera», con el fin de acomodarla o hacerla compatible con la ver- dad que ellos mismos sostienen en el plano arqueológico, pero dicha verdad no puede universalizarse como ocurre con las afirmaciones científicas, que tienen pretensión de universalidad.
Relativismo «relativo» y relativismo absoluto
El relativismo «relativo» inten- ta demostrar que existen fenó- menos que son erróneamente naturalizados. Es decir, se pre- tenden universales, cuando en realidad son producto de nues- tras descripciones.
El relativismo absoluto extien- de su análisis más allá de los hechos socialmente estableci- dos, a todos los hechos en ge- neral.
De modo que podemos hablar de verdades relativas a las comunidades y de verdades que pretenden validez universal.
Obviamente, hay cosas que creemos nosotros que otros no creen. En este sen- tido trivial, podemos decir que la creencia no es universal. Pero si creemos que el hecho al que estamos haciendo referencia se sostiene por sí mismo, es decir, que es verdadero independientemente de nuestra manera de percibirlo o enunciarlo, como ocurre cuando decimos que hemos «descubierto» algo «en la realidad», en contraposición de la simple invención, resulta más difícil sos- tener la verdad en términos de construcción social.
En el caso de la afirmación de los indígenas que estamos discutiendo, no pa- rece razonable pensar que, cuando estos señalan que sus antepasados emer- gieron de las entrañas de la Tierra, pretendan que esta afirmación tenga valor universal. No al menos de la manera en la cual los arqueólogos pretenden que su articulación es verdadera. Para los arqueólogos, los antepasados de las tri- bus de Norteamérica llegaron al continente desde Asia cruzando el estrecho de Bering independientemente de lo que creamos, y las pruebas documentales justifican dicha creencia. En cambio, la verdad acerca del hecho de que los antepasados ascendieron desde el fondo de la Tierra no parece exigir que otros asientan a esta. Basta con que los demás respeten dicha verdad comunitaria, que se considera constitutiva de la identidad del pueblo en cuestión, de su cultura y fundamento de sus prácticas sociales.
Para entender este tipo de independencia respecto de la mente o del contexto social don- de emerge, y con ello lo que se pretende con las nociones de objetividad y universalidad, pensemos en una costumbre local. En la India, las personas suelen comer con la mano.
En Chennai, por ejemplo, en los restaurantes se sirve thali, un plato combinado que contiene arroz, dhal (lentejas rojas), verduras, chapati o roti, papad, yogur y una gran variedad de chutney, además de otras delicadezas dulces. Los comensales utilizan con mucha destreza su mano derecha para mezclar el arroz con las diferentes salsas y luego llevársela a la boca. Mientras tanto, la mano izquierda permanece oculta. Se considera su uso inapropiado en cualquier contexto para un indio. No obstante, no se exige a los turistas extranjeros que se abstengan de esto. Se entiende que la costumbre solo tiene validez normativa para los miembros de la comunidad. Es decir, no se pretende universal, y con ello se reconoce que depende de las creencias propias de la sociedad o cultura.
Contrastemos esto con el ejemplo ofrecido por Boghossian sobre las lunas de Júpiter. Si es el caso que Júpiter tiene 30 lunas, es verdad que Júpiter tiene 30 lunas independientemente de lo que creamos, y por ello es justificable decir que las 30 lunas de Júpiter existen independientemente de la mente, y la ver- dad sobre ello no puede considerarse una mera construcción social.
De este modo, vemos cuán importantes son la universalidad y la independen- cia respecto a la mente para la « objetividad» (Boghossian, 2006, pág. 13).
2.6. El realismo no exige la existencia inherente
No obstante, esto no significa que desde el punto de vista del análisis onto- lógico no podamos afirmar que los objetos a los que hacen referencia dichas verdades no dependan ellos mismos de lo siguiente:
1) De sus respectivas causas y condiciones.
2) De los elementos constitutivos o partes a los que accedemos mediante un análisis mereológico1.
3) De manera análoga, aunque las verdades articuladas por seres finitos como nosotros no solo dependen formalmente del lenguaje utilizado, sino también de la base neuropsicológica que es su condición de posibilidad, y nuestra ín- tegra constitución anatómica, definida por la interacción con los medios na- turales y sociales, esto no significa que debamos negarnos a las posibilidades siguientes:
a) Acceder a lo real de suyo –aun cuando nuestras representaciones o media- ciones perceptuales y conceptuales resulten a todas luces relativas en los tér- minos descritos, reproduciendo de ese modo en la dimensión epistemológica el reduccionismo descrito anteriormente en la dimensión ontológica–.
(1)Dicho esto, los objetos no pue- den ser reducidos a sus causas y condiciones, ni pueden reducirse a sus partes constituyentes.
b) Conmensurar entre las creencias en disputa aquellas que rinden mayor «fi- delidad» a sus respectivas referencias, sin olvidar, por supuesto, las necesidades e intereses explícita o implícitamente detrás de su articulación.
El hecho de que nuestra condición finita implique que todas nuestras afirma- ciones resultan constitutivamente falsables –y teniendo en cuenta, como se- ñala Markus Gabriel, que no es posible ni epistemológica, ni ontológicamen- te, sostener una totalidad llamada «mundo» sin caer en una contradicción de principios (Gabriel, 2015); o, como señala Taylor, no es posible agotar el «tras- fondo inarticulado de sentido» sobre el cual se explicitan todas nuestras afir- maciones (Taylor, 2007)– no significa que debamos abstenernos de establecer entre las aseveraciones en disputa, cuál es la más adecuada, o cuál es «la mejor explicación disponible», aun cuando esta mejor explicación lo sea solo por el momento, en tanto que se encuentra siempre abierta a contestación futura de una mejor explicación (Macintyre, 2004).
Lectura recomendada M.�Gabriel (2015). Por qué el mundo no existe. Barcelona:
Pasado y Presente.
Lecturas recomendadas A.�Macintyre (2013). Tras la virtud. Barcelona: Planeta.
Ch.�Taylor (2014-2015). La era secular. Barcelona: Edito- rial Gedisa (vol. I y II).
3. El nuevo realismo de Maurizio Ferraris
3.1. El estado de la cuestión
En su Manifiesto del nuevo realismo, el filósofo italiano Maurizio Ferraris co- mienza ofreciéndonos «una fotografía realista» del estado de cosas en el ám- bito de la filosofía en el siglo XXI. De acuerdo con el filósofo italiano, estamos viviendo un nuevo giro en la tradición que confirma el carácter pendular del pensamiento.
A inicios del siglo XX, los imaginarios hegemónicos se inclinaban por el anti- rrealismo en sus variadas versiones (hermenéutica, posmodernismo, giro lin- güístico, etc.). Pero ya a finales de siglo, y de manera rotunda a comienzos del siglo XXI, «la curva del péndulo» se ha desplazado hacia el realismo.
El retorno a la ontología, la relevancia que ha adquirido la materia que pro- veen las ciencias�cognitivas a la filosofía para su reflexión, y la revalorización de la estética, entendida como teoría o filosofía de la percepción, superando de este modo su abandono por parte de las filosofías trascendentales (Dussel, 2020, cap. 7), señala a todas luces una recuperación del realismo o, al me- nos, una profunda reconsideración de la hegemonía del antirrealismo, espe- cialmente, en la filosofía continental.
3.2. Dos manifiestos
Lectura recomendada M.�Ferraris (2013). Manifies- to del nuevo realismo. Madrid:
Biblioteca Nueva.
Siglo XX antirrealista - siglo XXI realista
El siglo XX fue un siglo antirrea- lista. Las filosofías de Nietzs- che, Heidegger, Foucault y De- rrida tuvieron la voz cantante.
En el siglo XXI el péndulo es- tá volviéndose hacia el realis- mo. Autores como Maurizio Ferraris, Markus Gabriel, Quen- tin Meillassoux o Graham Har- man, entre otros, representan este giro.
Lectura recomendada E.�Dussel (2020). Siete ensa- yos de Filosofía de la Libera- ción. Madrid: Trotta.
El hecho de que el texto que estamos analizando lleve por título «Manifiesto», como el propio Ferraris señala, nos retrotrae al Manifiesto comunista de Marx y Engels. Como ellos, podemos decir que un espectro recorre actualmente la academia continental y anglonorteamericana, el espectro de los nuevos rea- listas, que se multiplican como los comunistas en el siglo XIX.
Lectura recomendada D.�Bensaïd (2012). Marx ha vuelto. Barcelona: Edhasa.
La comparación puede parecer trivial, pero existen razones justificadas para explorar esta coincidencia. El creciente descrédito�del�posmodernismo, pese a que sus imaginarios siguen informando las formas institucionales y las prác- ticas constituidas sobre su trasfondo, y la resistida�resiliencia�del�neolibera- lismo como forma institucional de nuestro tiempo, pese a la aguerrida con- testación global frente a sus prerrogativas, coinciden con dos retornos. Efecti- vamente, como señalaba Daniel Bensaïd a comienzos del milenio, «Marx ha vuelto» (Bensaïd, 2002).
Lectura recomendada K.�Marx;�F.�Engels (2014). El manifiesto comunista. Madrid:
Alianza Editorial.
Un autor que, tras la caída del Muro de Berlín, parecía finiquitado ha regresado debido a las consecuencias de las ideas que lo condujeron al ostracismo del pensamiento. De manera semejante, como «los espectros de Marx», de los que Jacques Derrida dio cuenta de manera temprana (Derrida, 1995), el realismo ha vuelto, después del chasco del «fin de la historia» decretado por Francis Fukuyama cuando empezaba a tomar forma el «nuevo imperialismo» (Harvey, 2005), que nos condujo, después de la Guerra contra el Terror, al fracaso ro- tundo que supuso la guerra de Irak y, más recientemente, a la humillación en los territorios escarpados de Afganistán. Como señala Nancy Fraser, un hilo invisible une a los progresistas neoliberales con los populistas de derecha, al matrimonio Clinton y a Obama con los Bush y Donald Trump. De igual ma- nera, existe una afinidad secreta entre la irreductibilidad culturalista del pos- modernismo y la «locura de la razón económica» del neoliberalismo (Harvey, 2017).
Ahora bien, parafraseando a Derrida sobre el espectro de Marx, en el caso del realismo, tampoco se trata de recuperar aquello a lo que no queremos volver.
Es decir, como señala Ferraris, no se trata de pretender un monopolio de lo real, como si uno quisiera «privatizar el agua». De lo que se trata, nos decía Derrida en la década de 1990, era de conjurar los nuevos espectros, los «espí- ritus» marxianos que pervivían en la cultura europea, con el fin de «romper la censura y la prohibición que estigmatizan todo lo relacionado con él, man- teniendo vivo el diálogo con los que se declaran partidarios suyos». Lo que Derrida decía sobre los seguidores de Marx en 1995 bien podría haberse dicho sobre los realistas en la filosofía continental en la misma época. De manera semejante, a la vuelta del milenio, ha regresado Marx, y junto a él ha regresa- do el realismo.
3.3. El nuevo realismo y el espíritu del posmodernismo
Ahora bien, lo que el realismo viene a reivindicar frente al posmodernismo, nos dice Ferraris, es que nuestras prácticas deconstructivas son irresponsables, si no vienen acompañadas de una reconstrucción.
Esto significa que no se abandona enteramente el giro deconstructivo, sino que se emplaza al pensamiento a dar un paso más allá de sus sos- pechas y exponerse a la afirmación positiva de lo real.
Como decíamos más arriba, el retorno al realismo no significa pretender una privatiza- ción del agua, sino la afirmación de que la entidad agua no se agota en las «figuras» so- cialmente construidas.
Si el giro del posmodernismo al nuevo realismo puede explicarse histórica- mente prestando atención a la Guerra contra el Terror declarada después del atentado del 11S, y a los dos dogmas desacreditados desde entonces:
Lecturas recomendadas J.�Derrida (1995). Espectros de Marx. Madrid: Editorial Trot- ta.
D.�Marx�Harvey (2019). El capital y la locura de la razón económica. Madrid: Akal.
1) toda realidad está socialmente construida, y por ello es infinitamente ma- nipulable; y
2) la verdad es inútil: más importante que la objetividad es la solidaridad.
El regreso de Marx se explica por motivos análogos:
1) la entronización de una libertad anarquizante que se pretendía emancipa- dora, pero que acabó sirviendo exclusivamente a los intereses del capital; y
2) las limitaciones de la política democrática: frente a la eficacia de la razón económica y las prerrogativas del mercado que convierte las prácticas liberales en una suerte de «simulacro».
Como señala Ferraris:
«las necesidades reales, las vidas y las muertes reales, que no soportan ser reducidas a interpretaciones, han hecho valer sus derechos, confirmando la idea de que el realismo (así como su contrario) posee implicancias no simplemente cognoscitivas, sino también éticas y políticas» (Ferraris, 2012, pág. XXI).
De este modo, la crítica de Ferraris está dirigida hacia el posmodernismo, ca- racterizado por su feroz ataque a lo que Jean-François Lyotard llamó «los gran- des relatos», en el que incluía a la Ilustración, el idealismo, y la tradición mar- xista (Lyotard, 1999).
Ahora bien, como nos dice Ferraris, la filosofía, como disciplina, si pretende progresar, debe cultivar una confianza básica respecto a la propia posibilidad de la verdad.
Es esta confianza respecto a «la verdad y el progreso» contra lo cual apunta el posmodernismo. Para este polifacético movimiento, siguien- do las huellas de Nietzsche, la verdad es despreciada a favor de la ilusión.
Maurizio Ferraris
«Las necesidades reales, las vi- das y las muertes reales, que no soportan ser reducidas a in- terpretaciones, han hecho va- ler sus derechos, confirman- do la idea de que el realismo (así como su contrario) posee implicancias no simplemente cognitivas, sino también éticas y políticas».
El destino del mundo moderno, en última instancia, está signado por haber optado por las interpretaciones para ocupar el lugar que en el pasado estaba reservado para los hechos. En definitiva, el mundo real es simplemente una historia que se cuenta a los niños para que duerman en paz.
3.4. De la emancipación a la telerrealidad
Ahora bien, cuando pensamos en las motivaciones de los posmodernos, lo primero que llama la atención es que, como ya hemos indicado, lo que se buscaban eran resultados�emancipadores.
Lectura recomendada J.�Lyotard (2000). La condi- ción posmoderna. Madrid: Cá- tedra.
La crítica al realismo en cualquiera de sus formas, el rechazo de cual- quier visión con pretensiones normativas fundadas en la epistemología o la ontología, tenía como objetivo dinamitar los fundamentos de los imaginarios hegemónicos que justificaban las formas institucionales y las prácticas sociales del orden vigente.
Sin embargo, no fue esto lo que ocurrió. La primacía de las interpretaciones sobre los hechos, nos dice Ferraris, y la superación de la objetividad a través del mito no lograron el resultado profetizado por el movimiento académico embarcado en su revolución a través de los textos.
Al final, efectivamente, el mundo real se convirtió en ficción, pero adoptó más bien la figura de un reality show, una suerte de populismo mediático que le permitió a los poderosos darle vuelta a la anunciada emancipación promovida por los intelectuales mediante la apuesta antirrealista.
Derrotada la verdad, y habiendo ascendido el mito a lo más alto del trono de la cultura contemporánea, resultó posible hacer creer a la gente lo que fuera conveniente.
Baste recordar la primera guerra de Irak, a quien Jean Baudrillard dedicó un título que hizo historia: «La guerra del golfo no ha tenido lugar», declarando con ello la muerte de lo real (Baudrillard, 2006). Para Baudrillard, eso que llamamos «la guerra del Golfo»
fue lisa y llanamente una atrocidad, pero los medios de comunicación presentaron los eventos de tal manera, que hicieron imposible para los espectadores escapar del simulacro impuesto a través de la propaganda.
Ahora bien, lejos de ser un fenómeno circunscrito a la esfera cultural, como ya señalaba Alasdair MacIntyre en 1984 en Tras la virtud, este debilitamiento creciente de la confianza en la verdad, y el rechazo de cualquier pretensión de realidad independiente de nuestra actividad constructiva, ha dado pie al emotivismo, el carácter dominante de la cultura contemporánea.
Para MacIntyre, el emotivismo se pone de manifiesto en el hecho de que, para muchas personas, todo juicio moral que se manifiesta públi- camente no es otra cosa que mera apariencia subjetiva.
De manera análoga a lo observado por Boghossian, aquí lo que es inasequible o incluso inexistente es el acceso a lo bueno o a lo malo en sí mismo, inde- pendientemente de nuestras opiniones. El yo emotivista, de acuerdo con Ma- cIntyre,
«no puede ser simple o incondicionalmente identificado con ninguna actitud o punto de vista moral en particular (...) precisamente debido a que sus juicios carecen de criterio a fin de cuentas» (Macintyre, 2004, pág. 50).
Lectura recomendada J.�Baudrillard (1991). La gue- rra del golfo no ha tenido lugar.
Barcelona: Editorial Anagra- ma.
En este marco es en el que constatamos el retroceso del posmodernismo como koiné de nuestra época. Sin embargo, como señala Ferraris, el retroceso no se debe al fracaso de su visión, sino, por el contrario, a su rotundo éxito. El pos- modernismo ha alcanzado su más completa realización en la puesta en escena del populismo.
3.5. Ironización
Regresemos ahora la vista a la caracterización que hace Ferraris del posmoder- nismo. El pensador italiano apunta tres rasgos característicos que lo definen:
• la ironización,
• la desublimación y
• la desobjetivación.
Comencemos con la ironización. De manera ilustrativa, Ferraris se refiere a la ironización en relación con la práctica del entrecomillado, unos signos que hacen referencia al rechazo abierto del posmoderno a cualquier tipo de dog- matismo fundado en la pretensión de objetividad. En este sentido, los grandes relatos de la modernidad (la Ilustración, el idealismo o el marxismo) pecan, en primer lugar, de su falta de etiqueta. Se piensan a sí mismos literalmente, sin la sofisticación que el entrecomillado pone de manifiesto.
Populismo
El posmodernismo ha alcan- zado su más completa realiza- ción en la puesta en escena del populismo.
La idea de fondo es evitar todo fanatismo, con el fin de convertirnos en teóricos iróni- cos. Richard Rorty, una vez más, nos ofrece un excelente ejemplo de este tópico posmo- dernista. En su libro Contingencia, ironía y solidaridad, nos dice que, desde el punto de vista epistemológico�y�ontológico, la verdad es algo que se hace, más que algo que se encuentra. Y desde el punto de vista ético (y político), que el «ironista» es el tipo de persona que sabe hacer que cualquier cosa aparezca como buena o como mala, a través su redescripción (Rorty, 1991).
De acuerdo con Ferraris, el ironista practica una suerte de parasitismo. Por un lado, existe una realidad, creada por los otros. Por el otro, existe la deconstruc- ción de esa realidad meramente convencional, sobre la cual el crítico ejercita su gesto ironizante.
• Por supuesto, la ironía juega un rol central en la historia de la filosofía desde sus orígenes. El propio Sócrates utiliza la ironía como un método de enseñanza. A primera vista, las afirmaciones del ironista aparecen como contradictorias cuando se las asume literalmente. Sin embargo, lo que se pretende, a través del reconocimiento retórico de la superioridad del in- terlocutor y la denigración de la propia inteligencia, es socavar la posición defendida por el primero.
• Muy diferente, sin embargo, es la ironización posmoderna, cuyo origen está asociado, de manera directa, con el radicalismo nietzscheano contra toda filosofía sistemática. La ironización posmoderna se nutre de la revo- lución epistemológica kantiana, en tanto en cuanto esta última pone al ser humano en el centro del universo, y lo convierte en constructor de
Película recomendada G.�Goodman;�S.�Rodin (prods.);�D.�O.�Russel�(dir.).
(2004). Extrañas coincidencias (I heart Huckabees). Estados Unidos / Alemania: Qwerty Films-Fox Searchlight.
mundos a través de sus contextos. De este modo, redefine la revolución iniciada por Kant como prevalencia absoluta de los esquemas conceptua- les sobre el mundo.
Para Ferraris, una expresión paradigmática de esta manera de hacer filosofía la encontramos en el «pensamiento�débil» de Gianni Vattimo, quien efectiva- mente lleva hasta sus últimas consecuencias nihilistas la revolución kantiana.
Para Vattimo, la verdad no se refleja en el dato objetivo, sino en el acto inter- pretativo (Vattimo, 2004, pág. 160).
Sin embargo, la radicalización nihilista de la hermenéutica contemporánea, nos dice Vattimo, descarta la «verdad kantiana», garantizada por las «formas sustancialmente universales» que dan validez a través del pensamiento metó- dico. En cambio, conduce al pensamiento a su crisis final, a partir del descu- brimiento de la historicidad y la finitud del sujeto, que vuelve relativas todas las esferas en las que participa.
Pero, entonces, ¿cómo pensar la política, la ética y la justicia en este marco, después del fin de las ideologías? El sendero que conduce al infierno, dice el dicho, está lleno de buenas intenciones. Frente a la polarización que impo- nía el pluralismo –la cultura del consumo, la atomización y la anemia social, por un lado, y las recetas fundamentalistas, por el otro–, el pensamiento dé- bil proponía la ironización como gesto políticamente correcto para eludir la encrucijada. Todas las posiciones ontológicas y éticas están, en principio, en pie de igualdad, y no hay manera de determinar cuál de ellas debe gozar del privilegio epistémico o moral de ser considerada más verdadera o más justa.
No obstante, el resultado está lejos de ser el esperado.
El pensamiento débil, como descripción filosófica del espíritu de una época, impaciente ante las viejas recetas intelectuales, y expuesto a las exigencias de reconocimiento que impone la existencia mediatizada, pasa de ser una opción progresista a convertirse en el motor de la revo- lución de la derecha global: antiilustrada y anticientífica.
Como señala Ferraris, lo que este progresismo fue incapaz de prever es que la adopción de Nietzsche y Heidegger, como pioneros del movimiento posmo- derno, conducía sin desvío, junto al abandono de la noción tradicional de verdad y sus alternativas dialécticas, a la adhesión a la voluntad de poder co- mo único y último criterio de mediación de todas las disputas habidas y por haber. Esto explica que la ironización promovida por los posmodernos, segui- dores paradójicamente de los filósofos menos «irónicos» de la tradición con- temporánea, esté estrechamente vinculada con la revolución del deseo que, en las décadas de 1960 y 1970, se caracterizó por identificar al cuerpo como el lugar privilegiado para la lucha política. De acuerdo con Ferraris, para en-
Lectura recomendada G.�Vattimo (2004). Nihilismo y emancipación. Ética, política y derecho. Barcelona: Editorial Paidós.
tender el giro posterior hacia la derecha que tuvo la revolución del deseo que protagonizaron autores como Herbert Marcuse, es preciso entender sus raíces conservadoras.
3.6. Desublimación
El problema es que el cuerpo ha sido históricamente el lugar privilegiado por los sectores conservadores de la cultura, que lo han convertido en la entidad privilegiada de resistencia frente a las pretensiones universalistas de la razón.
Lo arcaico, la tierra, la niñez, la maternidad, etc., pero también el cuerpo polí- tico, con sus raíces telúricas, el énfasis en la diferencia para forjar identidades excluyentes, y la lengua propia, la lengua materna, convertida en el sustrato donde la razón mítica echa sus raíces y justifica políticamente el desprecio hacia lo diferente.
De este modo, el posmodernismo, cuyo fin era la emancipación, de ma- nera involuntaria propició una revolución�del�deseo que, al restaurarlo como campo de batalla, acabó ofreciéndolo como instrumento de con- trol social.
En este sentido, nos dice Ferraris, es significativa la obra de Foucault, especial- mente su Historia de la sexualidad, en la que sienta las bases de su tesis biopo- lítica. Foucault sustituye el paradigma del deseo emancipador por la tesis del sexo como instrumento de control y ejercicio de autoridad (Foucault, 2009).
3.7. Desobjetivación
Finalmente, Ferraris señala la «des-objetivación» como el «motor político» de la ironización y de la sublimación. Con ello se refiere al juicio negativo que tiene en la posmodernidad la objetividad, la propia realidad y la verdad, hasta el punto de privilegiar la ignorancia como vehículo de liberación individual.
De acuerdo con Ferraris, el posmodernismo tiene dos orientaciones básicas:
• Por un lado, como hemos visto, su herencia nietzscheana, que lo conduce a afirmar la inexistencia de la verdad, a reducirla a epifenómeno, producto de relaciones de fuerza o de lucha.
• Por otro lado, al hacer desaparecer la diferencia entre mito y logos, es decir, entre el mundo aparente y el mundo real, nos propone una nueva mito- logía acorde con los imaginarios promovidos por Nietzsche y Heidegger en sus pasajes más controvertidos.
Lectura recomendada M.�Foucault (2019). Histo- ria de la sexualidad, 1: La vo- luntad de saber. México: Siglo XXI.
Ahora bien, la borradura de la distinción entre mito y logos, junto a la afirma- ción de la sociedad como fruto de la verdad del poder, en contraposición al poder de la verdad, se funda en la radicalización�del�kantianismo.
No hay acceso al mundo si no es a través de la mediación de esquemas conceptuales, discursivos o representacionales.
En la política, nos encontramos con esa radicalización del kantianismo, por ejemplo, en pensadores posmarxistas y posfundacionales como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe que, debido justamente a la «ausencia de fundamento», al abismo que supone dicha ausencia al haber renunciado a toda «concepción de la sociedad como totalidad fundante de sus procesos parciales» (Marchart, 2009, pág. 83), acaban reconociendo hasta qué punto la «razón populista»
termina cautiva de la indeterminación ontológica.
Lectura recomendada E.�Laclau (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fon- do de Cultura Económica.
Lectura recomendada O.�Marchart (2009). El pensa- miento político posfundacional.
La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau. Marta Delfina Álvarez (trad.). Bue- nos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Enfrentada a la indeterminación ontológica, la «democracia radical» que el populismo de izquierda proponía como alternativa al proyecto socialista tra- dicional debía ser definida «en términos lo suficientemente vagos» como para servir como un débil denominador común que fuera capaz de conectar las di- ferencias irreductibles de los proyectos emancipadores, sin necesidad de acu- dir a una fundación común significativa. El resultado fue que la democracia radical acabó convirtiéndose en un nombre ambiguo, un imaginario que con- cedió a los intelectuales y sus discursos un lugar preeminente, con implicacio- nes antidemocráticas evidentes en nuestra época.
El propio Laclau reconoce la posibilidad de que la ausencia ontológica de fun- damento conduzca en ciertas circunstancias a satisfacciones ónticas alternati- vas a las que promueve la democracia radical, sencillamente porque no hay nada más allá del mismo discurso que permita determinar hacia qué lado se inclinará el pueblo, especialmente en momentos de anomia social.
De este modo, la ironización, la des-objetivación y la de-sublimación explican el «realitismo» en el cual se basan la cultura y la política contemporánea, como las implicaciones del escepticismo y el «adiós a la verdad» en ambas esferas.
3.8. El «realitismo» o la sociedad del espectáculo
«Realitismo» es el término que utiliza Ferraris para dar cuenta de un fenómeno análogo al tratado en 1967 por Guy Debord en La sociedad del espectáculo, don- de dio cuenta, efectivamente, del modo en el cual la vida moderna ha reem- plazado «la vida real» por su representación. De acuerdo con Debord,
Lectura recomendada J.�Habermas (2008). El dis- curso filosófico de la moderni- dad. Buenos Aires: Editorial Katz.
«La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social había implicado en la definición de toda realización humana una evidente degradación del ser en el tener.
La fase presente de la ocupación total de la vida social por los resultados acumulados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener al parecer, donde todo
“tener” efectivo debe extraer su prestigio inmediato y su función última. Al mismo tiem- po, toda realidad individual se ha transformado en social, dependiente directamente del poder social, conformada por él. Solo se permite aparecer a aquello que no existe» (De- bord, 1992, Tesis 17).
Aunque en el caso de las tesis de Debord el «representacionalismo» omnipre- sente de la vida social contemporánea no se encuentra asociado directamente a la epistemología moderna y su deriva posmoderna, como es el caso de Fe- rraris, sino al modo en el cual, «la mercancía ocupa la totalidad de la vida so- cial» (Debord, 1992, Tesis 42), existen paralelismos evidentes. El análisis de la cultura de consumo contemporánea y la mercantilización fetichista que hace el filósofo marxista, en cuyo marco trata también cuestiones como la aliena- ción, la homogenización social y el impacto de los medios de comunicación masiva, no solo debido a su contenido explícito, sino más profundamente por el tipo de formalización que adopta, lo que convierte la propia vida en una suerte de reality show, como indica Ferraris con su término realitismo, resultan complementarias.
Mientras que, en un caso, lo que se pone en cuestión son los imaginarios so- ciales, fundados en una cierta concepción de la sociabilidad y la individuali- dad, que a su vez echa sus raíces en cierta epistemología que pretende consu- mir hasta su ausencia toda ontología en un registro que el pensador italiano asocia a la melancolía, Debord asume el desafío a partir de la crítica�de�la economía�política�de�Marx, poniendo especial énfasis en los fenómenos del fetichismo y el poder.
Es decir, mientras que la crítica al antirrealismo moderno y posmoderno de Ferraris debe entenderse en el marco del «discurso filosófico de la modernidad» (Habermas, 2008), la crítica de Debord forma parte de la
«crítica al capitalismo».
El análisis complementario de estas dos corrientes (el realismo cultural y el marxismo) está plenamente justificado históricamente. Como afirma Néstor Kohan:
Lectura recomendada G.�Debord (1992). La Socié- té du Spectacle. París: Éditions Gallimard.
«Casi al mismo tiempo que en el plano de la teoría social el posmodernismo y el poses- tructuralismo trataban durante los 80 y 90 de seducir a las distintas fracciones del campo popular con su culto al fragmento, a lo micro, al poder local y a la lucha dispersa y ence- rrada en sus respectivos guetos, en el terreno económico los representantes de la ideolo- gía neoliberal les recomendaban a los grandes gerentes del capital y los principales accio- nistas acelerar la globalización de las relaciones mercantiles a escala mundial» (Kohan, 2013, pág. 46).
De modo que es necesario prestar atención a estos dos fenómenos conjunta- mente: el posmodernismo y el neoliberalismo.
Lectura recomendada N.�Kohan (2013). Fetichismo y poder en el pensamiento de Karl Marx. Buenos Aires: Edi- torial Biblos.