Historia de la Universidad Católica Argentina
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(2) HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA.
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(4) Florencio Hubeñák. HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA.
(5) Hubeñák, Florencio F. Historia de la Universidad Católica Argentina / Florencio F. Hubeñák. - 1a edición especial - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Universidad Católica Argentina, 2016. 414 p. ; 25 x 17 cm. Edición para Fundación Universidad Católica Argentina ISBN 978-950-44-0102-5 1. Universidad. 2. Historia. 3. Universidad. I. Título. CDD 378.009. Fundación Universidad Católica Argentina A. M. de Justo 1400 (C1107AAZ) [email protected] • Buenos Aires, diciembre de 2016. ISBN: 978-950-44-0102-5. Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723 Printed in Argentina - Impreso en la Argentina.
(6) Junto con mi agradecimiento por la generosa colaboración del Lic. Mario Leonardo Miceli, dedico esta obra a todos aquellos que, desde distintos lugares, hicieron posible y agradable mi vida en la UCA. Florencio Hubeñák. •7.
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(8) PRÓLOGO Las páginas de este minucioso trabajo del Dr. Florencio Hubeñák, realizado con la colaboración del Lic. Mario Miceli y enriquecido con diversos aportes de muchos miembros de la comunidad universitaria, presentan una prolija investigación de antecedentes, necesarios para conformar una crónica histórica de la Universidad Católica Argentina (UCA). Son una metódica y esmerada búsqueda de documentos, actas y otros instrumentos, que testimonian su desarrollo, desde la etapa fundacional y hasta el presente. Como muy bien explica el autor, el 7 de marzo de 1958 el Episcopado Argentino declaró oficialmente fundada la UCA bajo la advocación de Santa María de los Buenos Aires, la que comenzó a funcionar en la antigua sede de la Nunciatura Apostólica. De esta manera se llevaba a término el anhelo fallido de principios del siglo XX, proyecto que debió suspenderse porque los gobiernos de aquella época no aceptaban otorgar validez a sus títulos. La Iglesia nunca abandonó la esperanza de recrear aquel proyecto, fundado en el derecho que tiene el pensamiento cristiano de animar el estudio de las distintas ciencias y también en la obligación que deriva del mandato de Jesús, en cuanto a evangelizar toda la realidad humana. Cuando se dio la oportunidad, con un selecto número de profesores que provenían de los antiguos Cursos de Cultura Católica y otro grupo de académicos que adhirieron al llamado del Episcopado Nacional, se inauguró nuestra Universidad. Al comenzar la tarea académica, los primeros hombres de esta Casa de Estudios crearon su Estatuto, claro y sencillo, que incluía la participación jerárquica de toda la comunidad universitaria, y conformaron inteligentemente las ordenanzas que guiarían su gobierno. Asimismo, se ocuparon de ratificar su autonomía académica y el concurso activo y ordenado de todos sus miembros. Con la mira puesta en el humanismo cristiano, dispusieron para todas las carreras el estudio de materias de formación, con sus fundamentos filosóficos, su iluminación teológica y su proyección hacia la sociedad y la historia. •9.
(9) FLORENCIO HUBEÑÁK. La Iglesia, cuya finalidad es la evangelización, necesariamente debe llegar al universo del hombre, y por lo tanto a la cultura. Por esa razón siempre se preocupó por la educación superior, promoviendo en ella egresados destacados por sus conocimientos, preparados para el desempeño de funciones de responsabilidad en la sociedad, y a la vez testigos de la fe en el mundo, capaces de influir en los rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter y la identidad del país. La Universidad es el órgano más importante de la cultura de una Nación. Configura una institución consagrada, sin reservas, a la causa de la verdad. Juan Pablo II afirma que esa es su manera de servir a la dignidad del hombre.1 En su quehacer persigue la unidad y no la fragmentación; busca la interrelación y no la dispersión. Su finalidad última siempre será la búsqueda de la verdad en la diversidad y la multiplicidad de las distintas ciencias. La fragmentación en la cultura también produce fisuras en la Universidad. Es bastante común encontrar especialistas en una disciplina específica que no guardan la visión del todo. Ante esta predisposición y la falta de comunicación entre las materias, es bueno recordar la invitación de Benedicto XVI a “redescubrir la unidad del conocimiento”, que consiste en “abrir al humanismo cristiano todas las materias enseñadas”. Ninguna ciencia puede estar divorciada totalmente de las otras. Ninguna debe cerrarse a la perspectiva de la verdad total ni dejar de lado el intento de superar la brecha existente entre la fe y la cultura.2 Como católica, debe realizar su investigación y organizada docencia en cada uno de los estamentos del saber, buscando, a la vez, un principio unificador en la síntesis que ofrece la filosofía y en el vínculo espiritual que le alcanza la Revelación. Recuerdo el entusiasmo y la mística de aquellos primeros profesores y alumnos y las manifestaciones públicas que llevamos a cabo en 1958 peticionando ante el Congreso de la Nación la aprobación de una ley que autorizara el funcionamiento de las Universidades Privadas. Manifestaciones que contaban también con la presencia. 1. Cf. Ex corde Ecclesiae (Constitución Apostólica sobre las Universidades Católicas 4). 2. Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes de la XXIII Asamblea de la FIUC, 19/11/2009. 10 •.
(10) PRÓLOGO. de miembros de algunas otras Altas Casas de Estudio que, como la UCA, habían comenzado su tarea pocos meses antes. El presente libro induce a recordar los momentos fundacionales y el empeño de tantas figuras señeras que supieron marcar su rumbo y establecer con equilibrio su futuro desarrollo. Realmente era admirable aquel grupo primero de maestros en las diversas disciplinas que se habían reunido para establecer los planes de estudio de la UCA. Basta detenerse en la nómina del primer Consejo Superior. En realidad, volver a esos inicios despierta añoranzas. Éramos todos como una familia. Se vivía una mística muy especial que, el paso de los años y la rutina de su desenvolvimiento, ayudaron a obscurecer un poco. Además, con la necesaria reforma de sus primeros Estatutos tan simples y sensatos, siento que se cambiaron algunas normas que no debieron perderse. Desde su comienzo se asumió el compromiso de adoptar, sin desmedro de la libertad de sus estudios específicos, los principios de un humanismo cristiano apoyado en las exhortaciones del Magisterio de la Iglesia. Se buscaba asegurar el progreso de las ciencias en los diversos órdenes de la actividad académica, en concordancia con la fe.3 Todos sus miembros tenían ante los ojos la meta de consolidar una verdadera Universidad, en la unidad de la verdad y en la diversidad de los distintos saberes. La búsqueda de esta concordancia fue creando la exigencia de establecer formalmente un espacio para promover la integración del saber. Para ello se creó un Instituto cuyo cometido era precisamente la reflexión conjunta de los profesores y alumnos en relación con estos temas. Después de casi medio siglo, aún recuerdo algunos de aquellos seminarios. Entre tantas cosas que vienen a la memoria al evocar los primeros tiempos, se destacan los orígenes humildes de sus primeras sedes: primero, la antigua Nunciatura y algunas pocas aulas alquiladas a los colegios vecinos; luego, el establecimiento de las distintas Facultades en sus sedes propias, aunque precarias; más tarde, la compra de la casa de Juncal y Arenales para destinarla a la Sede Central y, por fin, la realización de los dos primeros edificios específicamente planificados para cubrir las exigencias universitarias: uno para la Facultad de Filosofía y Letras y el otro para Ingeniería. 3. Art. IVº de los primeros Estatutos.. • 11.
(11) FLORENCIO HUBEÑÁK. que, con las mejoras pertinentes, ahora ocupa la Facultad de Ciencias Agrarias. Si se comparan esas dispersas sedes con lo que hoy se ve, la Universidad de aquel tiempo aparece como muy modesta en sus recursos materiales. Sin embargo, la sabiduría de sus profesores y la calidad de la enseñanza que se impartía compensaban con creces esas carencias. Es obvio que el patrimonio de los primeros tiempos era casi nulo. Pero el empeño de Mons. Octavio Derisi y del Consejo de Administración (cuyo primer tesorero fue Enrique Shaw, primer presidente de ACDE y hoy Siervo de Dios) fue procurando pacientemente los medios necesarios para su funcionamiento. Desde los valores materiales, con su nuevo campus, la UCA se ve grande, pujante y cómoda para el cumplimiento de sus proyectos. Alcanzó espacios suficientes para desarrollar ampliamente su labor académica de docencia e investigación. Cuenta con los medios y las posibilidades edilicias para consolidarse como una de las mejores Universidades de la Argentina. El reconocimiento logrado en el país y también en el extranjero, son prueba de ello. Por eso, importa tanto el cuidado de su excelencia académica y el orden de su desarrollo. Ha sido fundamental el reconocimiento de la igualdad de las Facultades en el conjunto de la Universidad, de tal manera que no haya Facultades académicamente dependientes de otras, o simplemente anexadas, como ocurría con algunas sedes del interior del país. Todas tienen el mismo nivel en el todo, y sus autoridades las representan legítimamente en el Consejo Superior. También tiene sus desafíos en relación con su perfeccionamiento interno y en relación con la cultura y las necesidades de los acelerados cambios de la sociedad actual. Me parece fundamental recuperar la mística inicial. El acrecentar, como católica, la búsqueda de la unidad de la verdad en la diversidad de las ciencias, bajo la luz de la Revelación, implica un enorme trabajo de formación e integración del saber, que no podrá lograrse sin la participación de todo el claustro docente, que también debe asumir la responsabilidad de formarse para esta tarea fundamental, realmente apasionante. Hacer memoria y reconocer la historia de la UCA siempre será una gran ayuda para proyectarla hacia los nuevos desafíos que nos presenta el momento actual. Quienes han pasado por sus aulas como Profesores, Alumnos o colaboradores administrativos evocarán, con la lectura de estas páginas, los muchos gratos momentos vividos en esta Casa de Estudios. 12 •.
(12) PRÓLOGO. Y quienes aún no conocen su historia, o la conocen en parte, podrán obtener una visión acabada de su desarrollo en el tiempo. Al expresarle mis sinceras felicitaciones al autor, me permito mencionar que el Dr. Florencio Hubeñák, bien conocido por todo nuestro claustro universitario, dada su permanencia entre nosotros, los cargos que desempeñó, su docencia e investigación y sus múltiples publicaciones. Es Doctor en Ciencias Políticas, por la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina y Doctor en Historia, por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Ingresó a colaborar en nuestra Facultad de Derecho en el año 1963, y allí inició su actividad docente en el año 1972. Desde entonces siempre tuvo a su cargo diversas cátedras en distintas carreras. También ha sido profesor de la Universidad del Salvador, la Universidad de Belgrano, la Universidad Nacional de Cuyo, de Villa María y de Mar del Plata, en la que, por dos períodos fue Decano de Humanidades y Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA. Mons. Dr. Eduardo Mirás Arzobispo Emérito de Rosario. • 13.
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(14) PALABRAS PRELIMINARES La Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires” cumplió cincuenta años, y me pareció una buena oportunidad para reconstruir sus raíces, su pasado y su crecimiento en pos de hacer realidad “construir el futuro sobre valores permanentes”. Pero comencemos advirtiendo la dificultad y la responsabilidad de narrar una historia que es el resultado de la obra –a veces invisible y oculta– de numerosas personas que adoptaron decisiones importantes –aun equivocadas– desde el lugar que les tocó desempeñar en la Universidad, sea en funciones directivas o en el trabajo diario y silencioso –muchas veces no visible– de docentes y administrativos. Éstos, con su labor cotidiana, fueron aportando los ladrillos –incluso materiales– que condujeron, en este medio siglo, desde un local prestado de la Nunciatura hasta el campus universitario en Puerto Madero. Y es también el paso por la Universidad de miles de alumnos que, en el transcurso de estos cincuenta años le fueron aportando su impronta y dejaron su huella, aunque ésta sea difícil de relatar. La historia de una institución es ante todo la historia de los hombres y las mujeres que la hicieron, sus ideas, anhelos y sus obras que, en muchos casos no se pueden reconstruir completamente, pero de las cuales han quedado vestigios en la actualidad, que debemos rescatar como agradecimiento y modelo para las futuras generaciones. Por otra parte no es posible narrar la vida de la UCA sin una breve referencia a sus antecedentes, que se remontan a las primeras décadas del siglo XX y dejaron su impronta fundacional (“los padres fundadores”). En estas páginas se procura mostrar la vida de la Universidad y de sus distintas unidades académicas, por lo cual se mencionan sólo algunos datos sin pretensión de exhaustividad. Tanto por la necesidad de abreviar el texto como por la armonía que debe haber entre las distintas partes, es imposible acoger todos los detalles que fueron aportados. Debo aclarar que mucha información fue actualizada a partir de lo sucedido hasta diciembre de 2015 incluyendo los datos estadísticos brindados. • 15.
(15) FLORENCIO HUBEÑÁK. Quiero expresar nuestro agradecimiento a autoridades, docentes y administrativos que pasaron por la UCA o se desempeñan en ella, por la colaboración prestada, que resultó fundamental para hacer posible este trabajo. Mencionarlos a todos superaría las posibilidades de esta publicación. Dr. Florencio Hubeñák. 16 •.
(16) Primera Parte LOS INICIOS.
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(18) Capítulo I EL ORIGEN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA 1. Los Cursos de Cultura Católica: el germen de la Universidad Católica Argentina1. Con el fin de hacer una narración coherente empezaremos destacando la significación que tuvo para el catolicismo argentino la realización del Congreso Eucarístico de 1884, en pleno enfrentamiento entre católicos y liberales, ya que generó conciencia sobre la importancia de propagar la educación católica. En esta atmósfera, en 1905, la Conferencia Episcopal de la Argentina, sacudida por el dictado de la ley 1420, aprobó una resolución a favor de la libertad de enseñanza en el orden secundario y superior, mencionando por primera vez la idea de crear una Universidad Católica –existente en otros lugares del mundo– en la cual se enseñara la doctrina católica en toda su integridad. Con estos antecedentes en 1910 se fundó una Universidad Católica en Buenos Aires, designándose Rector al Pbro. Luis Duprat y un Consejo Superior formado por los Dres. Joaquín Cullen, Emilio Lamarca y Angel Pizarro, entre otros (el segundo y último Rector fue Mons. Miguel De Andrea). Recién dos años después de su fundación comenzó a funcionar su única Facultad, la de Derecho. Los planes de estudio se elaboraron según los vigentes en la Universidad estatal, agregándose cursos obligatorios de Filosofía e Historia, destinados a una formación integral de los alumnos. Pese a toda la prudencia desarrollada no fue posible obtener del gobierno del presidente Marcelo T. de Alvear el reconocimiento de los títulos académicos y la Universidad se fue extinguiendo, hasta que en 1922 se resolvió “de-. 1. Se agradece a la Dra. Astrid Díaz Zahn su colaboración en el armado de esta parte.. • 19.
(19) FLORENCIO HUBEÑÁK. clarar suspendida indefinidamente la Universidad Católica creada en 1910”. En el clima agitado –y de indiferencia religiosa– que se vivía, un grupo de jóvenes católicos –algunos ex alumnos de la frustrada Universidad– deseosos de formarse con solidez en la cultura cristiana comenzaron a reunirse en la calle Alsina 553, frente al paredón de la iglesia de San Ignacio, en el local donde se encontraba la biblioteca del Dr. Emilio Lamarca y funcionaba la Liga Social Argentina. Aquél dispuso que se donara la biblioteca de más de catorce mil volúmenes a los Cursos. Ésta fue la base de la biblioteca de la UCA. A ella se agregó la importante biblioteca de obras científicas del Dr. Ángel Gallardo. Para el dictado de clases y seminarios de Filosofía, Teología, Sagradas Escrituras e Historia de la Iglesia. Así nacieron los Cursos de Cultura Católica, germen de la futura UCA. Como toda historia de una institución, la de nuestra Universidad está directamente vinculada con sus hombres. En los Cursos de Cultura Católica –como en la UCA– dejaron su impronta los Dres. Tomás Casares y Atilio Dell’Oro Maini. Casares buscó que se estudiasen con vigor académico y fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia todas las disciplinas que se impartiesen. El secretario fue el poeta y escritor Osvaldo H. Dondo, quien, además de su aporte literario y artístico, fue el brazo ejecutor. La UCA recuerda con gratitud a quienes la fundaron, orientaron y animaron: Atilio Dell’Oro Maini, Rafael Ayerza, Juan A. Bordieu, Tomás Casares, Faustino Legón, Samuel W. Medrano, Octavio Pico Estrada, Uriel O´Farrell, César Pico, Eduardo Saubidet Bilbao, Osvaldo Dondo y Jorge Mayol, que integraron la primera Comisión Directiva. Los cursos comenzaron el 21 de agosto de 1922 con el generoso patrocinio de Joaquín S. de Anchorena, Rómulo Ayerza, Bernardino Bilbao, Fernando Bourdieu, Juan F. Cafferata, Tomás Cullen, Ángel Estrada (hijo) y Santiago O’Farrell. Dictaron los primeros cursos tres sacerdotes: José Ubach, S. J., de Filosofía; Serafín Protón, OAA. de Historia de la Iglesia, y Vicente Sauras, S.J., de Sagradas Escrituras que tuvieron cuarenta y tres alumnos, entre quienes se destacaron posteriomente Tomás Casares, Atilio Dell’Oro Maini, Isidoro García Santillán, Samuel W. Medrano, Mario Mendióroz, Adolfo Mujica, Uriel O’Farrell, Manuel Ordóñez, Ernesto Padilla (hijo), César Pico y Raúl Zavalía Lagos. En 1929, ya en pleno proceso organizativo, se estableció un ciclo de cinco años de duración que permitiera una formación cristiana in20 •.
(20) EL ORIGEN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA. tegral y en 1931 se agregó una Sección Universitaria de Extensión para completar la formación que otorgaba la Universidad oficial. En 1935 se agregaron los cursos de ingreso a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA. En el ambiente de los cursos, los jóvenes católicos encontraron un clima propicio para desarrollar sus inquietudes. Allí –sobre la base de la Comisión de Artes y Letras– surgió, en 1927, una peña de literatos, poetas, músicos y pintores conocida como Convivio, “un encuentro de artistas cristianos para conversar y debatir los distintos aspectos y problemas del arte en sus diversas manifestaciones” y que supieron plasmar una visión cristiana de la literatura y el arte. Participaron Francisco Luis Bernárdez, Rafael Jijena Sánchez y Leopoldo Marechal, entre los poetas, y Juan A. Ballester Peña, en el área plástica. Bernárdez escribió admirables poemas sobre el Niño Dios y realizó una traducción poética de los Himnos Litúrgicos del Breviario; Marechal, por su parte, compuso una fina y poética obra en prosa inspirado en “Ascenso y descenso del alma por la belleza”, de San Isidoro de Sevilla y Juan Ballester Peña, en la pintura, dejó su marca en la Capilla de los Cursos con sus figuras y varios cuadros murales. También se organizó un taller de pintura y xilografía: “San Cristóbal”. Para no perder la visión de conjunto es importante señalar que la década de los veinte produjo una importante revitalización del pensamiento católico en Europa; nombres como Reginald Garrigou-Lagrange, Jacques Maritain, Jean Guitton, Etienne Gilson, Paul Claudel, Hillaire Belloc, G. K. Chesterton, Giovanni Papini, Christopher Dawson, Tristán de Athayde y Marie Stanislas Gillet, OP, expresan un resurgir intelectual católico, mientras que sus obras influyeron notablemente sobre los jóvenes estudiantes católicos argentinos. Paralelamente un grupo de sacerdotes –muchos formados en el seminario de La Plata fundado en 1912– comenzaban a difundir sus escritos de inspiración tomista, basándose en la reciente encíclica Studiorum Ducem de Pío XI (1923) que actualizaba la Aeterni Patris de León XIII (1879). Mencionemos a Octavio N. Derisi, Julio Meinvielle, Juan Sepich y Leonardo Castellani, entre los más conocidos. La importancia de los Cursos se acrecentó con “las visitas internacionales de filósofos de la talla de Jacques Maritain –que dictó seis conferencias y un curso completo sobre la teoría tomista del conocimiento–, el P. Reginaldo Garrigou-Lagrange, Tristán de Ataide y fray Marie Stanislas Gillet, OP, y logró convertir los Cursos –según Derisi– “en el hogar de la cultura católica en Buenos Aires”. • 21.
(21) FLORENCIO HUBEÑÁK. Todos ellos –además de las controversias que generaron– dejaron compiladas, en distintos libros y publicaciones, gran parte de las actividades que realizaron durante los días que permanecieron en Buenos Aires. En este ambiente surgieron una serie de publicaciones como La Hoja Informativa, Criterio, Sol y Luna (que dirigiera Juan C. Goyeneche) y numerosas colecciones de libros, como por ejemplo las ediciones Nova, que difundió las obras clásicas de la Patrística y el pensamiento católico europeo coordinada por el propio Tomás Casares. Los treinta y tres números de La Hoja Informativa reflejan la historia de los Cursos y su vitalidad en conferencias y artículos referidos a los distintos ámbitos del saber. Con posterioridad, en julio de 1942 comenzó a publicarse la revista Ortodoxia, que, bajo la dirección del Dr. Casares, fue considerada la revista oficial de los Cursos; publicó diecisiete gruesos volúmenes y difundió una sólida doctrina de filosofía, teología y cultura católica, ya que entre sus colaboradores figuraban personalidades destacadas de una generación clave en la historia del pensamiento católico en la Argentina. Sin pertenecer estrictamente a los Cursos, la revista Criterio fue fundada en marzo de 1928, dirigida y escrita en gran parte por sus miembros. Su primer director fue el Dr. Atilio Dell’Oro Maini y su objetivo era –según Derisi– ser una “verdadera medida crítica cristiana de los grandes problemas actuales”. En 1932 asumió la dirección de la revista al Pbro. Gustavo Franceschi. Como señala un historiador de la vida de Casares, “en los Cursos de Cultura Católica estuvieron, desde 1924, siempre presentes los temas jurídicos. Allí hallaron su tribuna y a la vez completaron su formación destacados juristas argentinos. En 1927 un grupo de ex alumnos del Colegio de Lasalle (Garciarena, De Lara y Anzoátegui) pidió la organización de un ciclo de conferencias sobre los problemas de los católicos en el orden religioso, intelectual, político y social, tarea que se extendió a varias parroquias de la Arquidiócesis. Los cursos estuvieron a cargo de los Dres. Casares, Bourdieu, José Pagés, Dell’Oro Maini y Legón”. La actividad multifacética de los Cursos se completó con un servicio de Librería, fundado por Enrique Lagos, que vendía las publicaciones de los Cursos y proporcionaba los libros que pedían los alumnos y jóvenes tanto del país como del extranjero. Cuando finalizaron los Cursos, el servicio se convirtió en la Librería del Temple, que funcionó durante muchos años en la calle Viamonte y San Martín. 22 •.
(22) EL ORIGEN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA. 2. La Escuela de Filosofía. La actividad de los Cursos se fue propagando notablemente y permitió que en 1936, por sugerencia del Dr. Casares, se creara la Escuela de Filosofía, designándose director al joven sacerdote platense y filósofo Octavio N. Derisi. Prontamente se elaboró un plan de estudios orgánico que permitiera una formación integral. Entre sus primeros docentes cabe mencionar a los padres Juan Sepich y Marcolino Paez, OP. Como la Escuela no podía otorgar títulos válidos, muchos de sus alumnos estudiaban a la vez en la Universidad oficial. Entre ellos podemos recordar a Mario Amadeo, José María de Estrada, Juan Carlos Goyeneche, Agustín García Santillán, Abelardo Rossi, Benito Raffo Magnasco, Gastón Terán, Juan Casaubón, Francisco Trusso, Máximo Etchecopar, Mario Buschiazo, y el entonces Hno. marista Septimio Walsh. Casi todos tuvieron luego una participación activa en la UCA. Esta Escuela fue el germen de la futura Facultad de Filosofía. En 1948 se fundaron la Escuela de Economía, guiada por el prestigioso economista Francisco Valsecchi –quien ejerció la dirección entre 1951 y 1958–, y el Instituto de Ciencias que tuvo como primer director al Dr. Eduardo Braun Menéndez y donde dictaron conferencias y cursos prestigiosos científicos argentinos. Casi paralelamente se crearon también la Escuela de Artes e Institutos de Profesionales Católicos; de abogados, médicos, ingenieros y de otras profesiones que tuvieron significativa importancia en el armado de los primeros cuadros docentes de la Universidad. 3. Los últimos años de los Cursos. Los Cursos sufrieron las vicisitudes propias de las empresas humanas y no pudieron permanecer ajenos a los acontecimientos que sacudían al mundo. La Guerra Civil española –con sus emigrantes a la Argentina–, la actitud favorable a los republicanos adoptada por Maritain y las adhesiones de la mayoría al franquismo generaron profundas escisiones que se enmarcan en las dos vertientes que matizadamente diferenciaron al catolicismo argentino posterior: tradicionalista-nacionalista y progresista-democrático. En 1939 el Cardenal Santiago Copello, Arzobispo de Buenos Aires, designó director de los Cursos a Mons.Tomás Solari, quien debió intermediar en la crisis interna entre “falangistas” y “republicanos”. • 23.
(23) FLORENCIO HUBEÑÁK. En ese contexto el 14 de setiembre de 1939 la Sagrada Congregación de Seminarios aprobó las normas y bases de los Cursos, anticipando la creación de un Instituto o Universidad Católica. Finalmente, en 1946 la Santa Sede aprobó los cursos ad experimentum, convirtiéndolos, por un breve pontificio, en el Instituto Argentino de Cultura Católica cuya dirección fue encomendada al Cgo. Pbro. Dr. Luis Ma. Etcheverry Boneo. Durante su actividad los cursos se trasladaron al segundo edificio; una vieja casona situada en la calle Alsina al 800, casi esquina Piedras, muy cerca de la Iglesia San Juan Bautista, que luego fue claustro de esta misma iglesia. En 1934 la Sra. Carolina Pombo de Barilari cedió el uso de la mansión de la calle Reconquista 572. A su muerte, en 1946, y por intermediación del Arzobispo, consiguieron ubicarse en Carlos Pellegrini 1535, ámbito perteneciente a la parroquia del Socorro, donde funcionaron hasta su suspensión. Estas dificultades edilicias también las padeció la naciente Universidad. Durante ese período se continuaron dictando cursos de Teología, Filosofía e Historia de la Iglesia que todavía en la políticamente complicada década de los cincuenta eran respetados en los ámbitos culturales e intelectuales de todo el país. Las conferencias, publicaciones y demás actividades que se organizaban habían llenado un vacío y ofrecido al ambiente cultural argentino las líneas fundamentales de la cultura católica; “habían cumplido un papel decisivo en la creación de un ambiente cultural católico”. El tiempo había hecho madurar a la institución, que ya estaba lista para convertirse en la Universidad Católica y, paralelamente, una serie de acontecimientos también propiciaron su creación. Como escribió Derisi: “por los frutos se conoce el árbol”. 4. La fundación de la Universidad. La creación de la Universidad Católica Argentina estuvo precedida por varios hechos que dejaron una impronta en la historia del país. En primera instancia, entre el 10 y el 14 de octubre de 1934, se celebró en Buenos Aires el recordado Congreso Eucarístico Nacional con la presencia del Cardenal Eugenio Pacelli (futuro papa Pío XII), acontecimiento que reanimó profundamente el espíritu católico. Aunque una narración detallada del contexto histórico político –o una historia del catolicismo argentino– es ajeno al tenor de este trabajo, para un encuadre de la historia de la UCA no podemos dejar de 24 •.
(24) EL ORIGEN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA. mencionar el alcance que tuvo el acercamiento de muchos dirigentes católicos al fenómeno político que significó el peronismo, como también la importancia de la Revolución Libertadora de 1955 como una reacción –bajo el signo Cristo vence– contra las persecuciones religiosas de los últimos tiempos del gobierno de Perón: incendio de templos, ataques a la Iglesia y a sus miembros y a la educación católica. En ese ambiente, el 22 de diciembre de 1955, por impulso del Dr. Atilio Dell’Oro Maini, ministro de Educación del presidente Aramburu, se promulgó el decreto-ley 6403 que, en su artículo 28, establecía que “La iniciativa privada puede crear Universidades libres que estarán capacitadas para expedir diplomas y títulos habilitantes siempre que se sometan a las condiciones expuestas por una reglamentación que se dictará oportunamente”. Ante esta nueva realidad que superaba los inconvenientes que llevaron a la suspensión de la primera Universidad Católica, el Episcopado Argentino, en su asamblea plenaria de febrero de 1956, decidió la creación de la UCA y dispuso iniciar el estudio de proyectos y bases de organización para la misma. En octubre de 1957, en una nueva asamblea plenaria, el Episcopado ratificó aquella decisión y procedió a adoptar las medidas necesarias para determinar con precisión el fundamento, carácter, estructura, posibilidades y los métodos de instalación de la futura Universidad. Finalmente, el 7 de marzo de 1958, entonces festividad de Santo Tomás de Aquino, patrono de las escuelas católicas, el Episcopado declaró oficialmente fundada la UCA bajo la advocación de Santa María de los Buenos Aires, “la primera con que se manifestó la devoción a la Santísima Virgen en estas tierras”. El documento fue firmado por el Cardenal Antonio Caggiano, Obispo de Rosario y Presidente de la Comisión Permanente del Episcopado Argentino, y refrendado por los treinta y tres Obispos que integraban el Episcopado en ese tiempo. Mons. Ponferrada narraba que ya en 1950, en ocasión de un congreso internacional de la Academia Pontificia Santo Tomás de Aquino en Roma, Mons. Giovanni Montini (futuro papa Paulo VI) –entonces a cargo de la Secretaría de Estado de la Santa Sede–, les había manifestado al Pbro. Derisi y a él que la Argentina estaba en deuda con la Santa Sede y que deseaba la fundación de una Universidad Católica en Buenos Aires. Ponferrada agrega que el padre Derisi se comprometió en empeñarse para el logro de ese pedido. El futuro papa lo derivó al encargado de Asuntos Extraordinarios,. • 25.
(25) FLORENCIO HUBEÑÁK. monseñor Tardini. Al regresar a la Argentina, Derisi no obtuvo el necesario apoyo del Cardenal Copello, Arzobispo de Buenos Aires, que consideraba de mayor necesidad crear parroquias con sus respectivos templos en la ciudad capital. Con todo, designó al padre Vera y Etcheberry Boneo para ayudar a Derisi en sus gestiones. Sólo cuando el Cardenal Caggiano ocupó la Sede primada se obtuvo la fundación.. En la citada declaración del 7 de marzo de 1958, el Episcopado manifestaba que en su última asamblea plenaria de octubre de 1957 “resolvió proceder a la fundación de la anhelada Universidad Católica Argentina, adoptando aquellas disposiciones necesarias para determinar con precisión su fundamento, su carácter, su estructura, sus posibilidades y los métodos de paulatina instalación”; recuerda el derecho de la Iglesia, proveniente del mandato de Jesucristo, de “enseñar a todas las gentes las verdades y preceptos contenidos en la divina Revelación”, mandato independiente en su ejercicio, que como en su origen, de toda otra potestad terrena, no sólo respecto a los medios necesarios o convenientes para su mejor cumplimiento. La misión educativa que la Iglesia desempeña abarca, en consecuencia, aquellas disciplinas y enseñanzas que, siendo patrimonio de todo el género humano, concurren instrumentalmente a la formación del hombre, y de las cuales la Iglesia puede hacer uso, no sólo en tanto tiene el derecho, como cualquiera otra sociedad, sino además en cuanto le corresponde por razón del mandato divino, discernir lo conducente a los fines de la auténtica y cristiana educación.. Al mismo tiempo los Obispos promulgaron sus Estatutos, aprobados con carácter experimental y establecieron que la “Universidad católica iniciará sus tareas en el curso del presente año (1958), organizando las siguientes Facultades: de Filosofía, de Derecho y Ciencias Políticas y de Ciencias Sociales y Económicas. Además de tales Facultades, funcionarán Institutos de Ciencias, Letras y Artes, que las autoridades universitarias respectivas determinarán oportunamente de acuerdo a las finalidades preestablecidas...”; y más adelante: “La Universidad Católica Argentina estará bajo la Dirección de un Rector, asistido por un Consejo Superior, cuyas funciones son estrictamente académicas, y por un Consejo de Administración, encargado de las finanzas del Instituto”. Entre otros aspectos, el documento episcopal analizaba los caracteres que debe tener una Universidad Católica, a la luz de la doctrina 26 •.
(26) EL ORIGEN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA. de S.S. Pío X y del Cardenal Mercier, fundador del Instituto Superior de Filosofía, de Lovaina en Bélgica. El texto, además, hace una expresa mención a los Cursos de Cultura Católica que “estimularon la plenitud de la vocación universitaria” bajo el signo de una rigurosa formación religiosa, de carácter científico, para preparar las generaciones de maestros, investigadores y estudiosos que serían, llegado el momento, el fundamento vivo de una nueva Universidad.. • 27.
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(28) Capítulo II ORGANIZACIÓN LEGAL, ACADÉMICA Y ECONÓMICO-ADMINISTRATIVA 1. Los Estatutos. Los Obispos establecen que los Estatutos de la Universidad sean “aprobados por vía experimental por un año” y en el mismo documento se aclaraba que “la Universidad cumplirá sus fines en forma gradual y progresiva, según la naturaleza de cada uno de ellos y el mérito cierto de la eficacia científica o docente de las sucesivas etapas, comenzando por la organización de la labor común de los estudiosos, profesores e investigadores, de cada grupo de disciplinas, por la formación de sus cuadros docentes y por la elaboración de los planes y métodos pedagógicos correspondientes a cada categoría de estudios; siguiendo luego, a medida que la circunstancias lo aconsejen, por la implantación de la enseñanza en Facultades, institutos y escuelas adecuadas”. Los Estatutos de la Universidad –que redactó una comisión coordinada por el Dr. Dell’Oro Maini e integrada por Mons. Derisi y el Dr. Casares– que daban forma a la estructura de la misma conformaban 28 artículos y definían la Universidad como “centro de altos estudios instituido por los Señores Arzobispos y Obispos que componen el Episcopado de la República Argentina” (art. I); establecía que el gobierno supremo compete al Episcopado que delega sus funciones en el Arzobispo de Buenos Aires y otros dos Arzobispos u Obispos delegados por la Conferencia Episcopal” (art. II); el Arzobispo por derecho propio y los otros dos por un período de cinco años. Con respecto a su misión se reiteraba la organización de un régimen de estudios afín con las normas del magisterio de la Iglesia, la organización de equipos de investigación y enseñanza, la promoción del progreso de las ciencias intensificando la cultura “bajo el signo y la unidad integradora de la Sabiduría Cristiana” y, fundamentalmente, “organizar la enseñanza y formación integral para preparar a la • 29.
(29) FLORENCIO HUBEÑÁK. juventud en la labor específica de la cultura, de la investigación científica, del ministerio de la docencia superior y en el ejercicio de las profesiones liberales, cuidando de promover tanto su especialización científica, profesional, artística o técnica, cuanto su cultura universitaria y superior, haciéndola capaz de ejercer su vocación con competencia y un recto sentido católico de los propios deberes, a cuyo fin otorgará, cuando correspondan, de acuerdo con las leyes canónicas y civiles, los títulos académicos y profesionales pertinentes”(art. III c). Este artículo se completaba con el siguiente que especificaba que “la Universidad adopta como cuerpo de doctrina, sin desmedro de la libertad de los estudios, la filosofía de Santo Tomás de Aquino, cuyo sistema, principios y método se propone desarrollar e impulsar, según las recomendaciones pedagógicas del canon 1366 y las exhortaciones de los Romanos Pontífices (León XIII, Pío X, Pío XI, Pío XII), para que difundidos con el subsidio del verdadero progreso de las ciencias, en los diversos órdenes de la actividad especulativa por las razones de evidencia intrínseca que determinan la adhesión científica a un sistema de filosofía, aseguren instrumentalmente el pleno Magisterio de la fe y vigoricen la natural rectitud de la razón” (art. IV). En la primera parte se mencionan los fines propios de la Universidad y se fija el domicilio de la misma en Buenos Aires, aunque la Institución es de todo el Episcopado; por ello “sin perjuicio de la instalación y organización, cuando lo estimare conveniente, de Facultades, Institutos, Departamentos, etc., en otros puntos del país” (art. V). Más adelante enuncia las leyes eclesiásticas que la rigen (art. VI) y la forma de modificar estos Estatutos (art. VII). Una mención especial merece el artículo que precisa que “la Universidad no podrá, por ninguno de sus órganos, promover o autorizar manifestaciones de carácter político. Sus autoridades, profesores o alumnos se abstendrán igualmente de invocar su condición de tales para ejercer actividades del mismo carácter” (art. VIII). En cuanto a la organización establece “la estructura (Departamentos, Facultades, Institutos y Centros) (art. IX) y el gobierno de la misma desempeñado por el Rector, el Consejo Superior, la Asamblea de Profesores y el Consejo de Administración” (art. X). Al Rector compete dirigir, coordinar, ejecutar y representar a la Universidad, a la vez que preside el Consejo Superior con derecho a veto (decisivo respecto a la orientación espiritual de la Universidad). El Consejo Superior gobierna todo el aspecto académico, establece las Ordenanzas de la misma, nombra a los profesores propuestos por las 30 •.
(30) ORGANIZACIÓN LEGAL, ACADÉMICA Y ECONÓMICO-ADMINISTRATIVA. diferentes Facultades (art. XVI). La Asamblea de Profesores, formada por los profesores de las distintas categorías, tiene la misión de elegir al Consejo Superior y deliberar sobre los temas académicos cuya opinión les sea solicitada (art. XVII y XVIII). Asimismo, reglamenta la obligatoriedad de las reuniones de claustro, al menos anualmente (art. XIX). Con respecto a la elección de sus gobernantes, el Estatuto establecía que el Rector “es designado por la Comisión Episcopal para la UCA y dura cinco años en sus funciones, pudiendo ser reelegido indefinidamente” (art. XI), como también ser removido por la citada Comisión Episcopal. Los integrantes del Consejo Superior son elegidos por la Asamblea de Profesores (cuya integración se reglamentará). En cuanto a los Decanos de cada Facultad “serán nombrados por la Comisión Permanente del Episcopado de una terna de profesores ordinarios elegida por los profesores titulares de su propia Facultad, aprobada por el Consejo Superior y presentada por el Rector a la Comisión Episcopal” (art. XIV). Duran cuatro años en sus funciones y son reelegibles (Ord. III, 3). Los Consejeros “serán elegidos por los profesores titulares y no titulares de las respectivas Facultades” (art. XXVIII). La primera Comisión, elegida en 1963 estaba presidida por el Gran Canciller y Arzobispo de Buenos Aires –entonces el Cardenal Caggiano– e integrada por Mons. Dr. Antonio Plaza, Arzobispo de La Plata y Mons. Dr. Francisco Vennera, Obispo de San Nicolás. El Estatuto también menciona un Consejo de Administración, que tiene su propio presidente, y se encarga de “la atención de las finanzas de la Universidad con el objeto de lograr para ella los recursos que necesita y administrar sus bienes en forma de que su inversión y la diligente aplicación de sus rentas aseguren en forma regular y permanente el cumplimiento de sus fines” (art. XXI) o sea todos los aspectos económicos, la búsqueda de recursos y la administración de los mismos (art. XXIII), aspecto que se complementa con la mención de los bienes y recursos (arts. XXV-XXVII). En cuanto a las Facultades, determina las funciones del Decano y de los Consejos respectivos, señalando que el Consejo Superior “reglamentará las atribuciones y demás circunstancias concernientes al gobierno de las Facultades” (art. XVIII). Los Estatutos se completaban con las ordenanzas, que conformaban 23 acápites referidos a la composición y elección del Consejo Superior, la Comisión asesora de coordinación entre ambos Consejos, el gobierno de las Facultades, la designación, remuneración y asistencia de profesores, del personal de investigación y docencia, profesores eméritos y honoris causa, el Instituto • 31.
(31) FLORENCIO HUBEÑÁK. de Cultura Universitaria, directores de Departamento, normas sobre gastos e inversiones, instituciones docentes anexadas, calendario de actividades académicas y administrativas, régimen de licencias, categoría de alumnos, curso preparatorio de ingreso a la Universidad, organización de los estudios, aranceles, exámenes, equivalencias, becas de estímulo, reglamento de la comisión de becas, premios por promedio y derecho de asociación de alumnos. Parece de interés señalar que como otro signo diferencial respecto a las Universidades públicas, las ordenanzas establecieron la obligatoriedad de la cursada (asistencia a clases) de todas las asignaturas en todas las carreras (XI, 1. Organización de los estudios). Al crear la UCA, el Episcopado retomaba así el sendero de la propia historia de la Iglesia y fundaba una nueva Universidad en Argentina, donde ya había sido desde los comienzos la impulsora de la institución universitaria. 2. Las autoridades. Por decreto del 8 de marzo de 1958 –pese a algunas divergencias episcopales–, el Cardenal Caggiano, en su carácter de Presidente de la Comisión Permanente del Episcopado Argentino –con el apoyo del Arzobispo platense Mons. Plaza–, designó como primer Rector por el período de un año a Mons. Dr. Octavio N. Derisi –quien se consideraba solo “un pobre metafísico”–, como también a los integrantes del Consejo Superior y a los decanos de las distintas Facultades. Finalmente, el 25 de julio de ese mismo año fue nombrado el Consejo de Administración. Octavio Nicolás Derisi –el primer Rector, que gobernó la UCA desde su fundación durante veintidós años– había nacido en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 27 de abril de 1907 como el séptimo de ocho hermanos, hijos de un matrimonio de inmigrantes italianos. Su padre, carpintero de oficio, llegó a tener un pequeño aserradero y presidía la comunidad italiana pergaminense. En marzo de 1919, con doce años, finalizado el quinto grado, gracias al párroco de Pergamino, ingresó en el Seminario de Villa Devoto. Allí cursó cinco años pasando al Seminario Pontificio de Buenos Aires, donde cursó los tres años de filosofía y los cuatro de teología. Su tesis doctoral en teología fue publicada en 1930. El 20 de noviembre de 1930 fue ordenado sacerdote del clero secular por el Cardenal Santiago Copello. Una vez recibido, a los 23 años, con los títulos de 32 •.
(32) ORGANIZACIÓN LEGAL, ACADÉMICA Y ECONÓMICO-ADMINISTRATIVA. doctor en Sagrada Teología y en Filosofía y Ciencias, solicitó a su Obispo (Mons. Francisco Alberti) autorización para cursar la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional de Buenos Aires, obteniendo un permiso excepcional y brillantes calificaciones. Su tesis doctoral “Los fundamentos filosóficos del orden moral” fue calificada summa cum laude y reconocida con el premio Octavio Bunge, además de recibir (un sacerdote) la medalla al mejor egresado de la Facultad. En 1943 ganó el concurso de profesor adjunto de Filosofía Medieval de la Facultad de Filosofía y Letras, en la cátedra del Dr. Tomás Casares. El Obispo de La Plata, Mons. Alberti, le nombró profesor del Seminario Diocesano San José de La Plata, al que se incorporó el 1º de febrero de 1931. En 1935 asumió la cátedra de Historia de la Filosofía y en 1936 la de Metafísica, que desempeñó durante casi medio siglo, mientras colaboraba con revistas como Criterio y Sol y Luna, publicaba sus libros de filosofía y se convertía en el difusor del neotomismo en Argentina. En 1945 recibió el Primer Premio Nacional de Filosofía por su obra “Filosofía moderna y filosofía tomista” y en 1946 fue nombrado profesor titular interino de Gnoseología y Metafísica de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. En julio de 1946 publicó el primer número de la revista Sapientia, de la que fue su primer director. En 1948 intervino activamente en la fundación de la Sociedad Tomista Argentina. En 1953 fue designado prelado doméstico de Pío XII, con derecho al tratamiento de monseñor. En 1955, con motivo del enfrentamiento entre el gobierno de Juan Domingo Perón y la Iglesia Católica, tuvo que abandonar la cátedra en la Universidad de La Plata. Fue Rector de la UCA desde 1958 hasta 1980 y presidió la ODUCAL (Organización de Universidades Católicas de América Latina) y el Consejo de Rectores de Universidades Privadas de la República Argentina. El 16 de noviembre de 1970 fue nombrado Obispo titular de Raso y auxiliar de La Plata, recibiendo la ordenación episcopal el 19 de diciembre de 1970. El 4 de abril de 1975 fue nombrado Profesor Emérito de la UCA. Al terminar su Rectorado el papa Juan Pablo II lo designó Asistente al Solio Pontificio y a fines de 1981 Consultor de la Sagrada Congregación de la Educación Católica. En 1984 renunció como Obispo auxiliar de La Plata por edad y fue designado como Arzobispo titular ad personam. La UCA lo nombró su Rector Emérito el 20 de noviembre de 1992. Nunca dejó los oficios propios del sacerdote: celebrar misa, confesar y el rezo del Santo Rosario. Es autor de más de cuarenta títulos publicados y seiscientas monografías: poseyó siete doctorados, • 33.
(33) FLORENCIO HUBEÑÁK. cuatro de ellos honoris causa y fue miembro de siete academias, entre ellas la Pontificia Academia de Santo Tomás. Falleció en Buenos Aires el martes 22 de octubre de 2002, a los 95 años de edad. Sus restos fueron velados en la capilla del Rectorado de la UCA (Puerto Madero, Buenos Aires) y el sábado 26 de octubre fueron sepultados en el altar del Santísimo Sacramento de la catedral de La Plata. El Consejo Superior designado en la misma fecha estaba integrado por personalidades sobresalientes en los diferentes sectores de la cultura: Dr. Eduardo Braun Menéndez (quien no llegó a asumir por divergencias de enfoque sobre la función de la Universidad y los otorgamientos de títulos académicos), Dr. Ángel Battistessa, Pbro. Guillermo Blanco, Dr. Mariano Castex, Dr. Atilio Dell’Oro Maini, Dr. Agustín Durañona y Vedia, Cgo. Dr. Luis Etcheverry Boneo, Sr. Alberto Ginastera, Dr. Faustino Legón, Ing. Gerardo Lasalle, Dr Emiliano Mac Donagh, Dr. Francisco Valsecchi, Arq. Amancio Williams y Dr. Ricardo Zorraquín Becú. Asimismo, fueron designados Decanos de la Facultad de Filosofía el Pbro. Guillermo Blanco, de Derecho y Ciencias Políticas el Dr. Faustino Legón y de Ciencias Sociales y Económicas el Dr. Francisco Valsecchi. En su primera sesión, realizada el 14 de marzo de 1958, se nombró Secretario de la Universidad al consejero Cgo. Luis Etcheverry Boneo (cuya causa de beatificación ha sido iniciada). Al año siguiente –marzo de 1959– el Cardenal Caggiano renovó el mandato del Rector por el período de cinco años que fijan los Estatutos. Asimismo, procedió a la elección de Decanos, Consejo Superior y Consejos Directivos de las cuatro Facultades. El Consejo Superior quedó integrado por el Rector, los Decanos, los cuatro directores de Instituto y cuatro representantes por los profesores titulares y dos por los protitulares y adjuntos. En el primer caso, los Dres. Mariano Castex, Atilio Dell’Oro Maini, Ricardo Zorraquìn Becú y el Ing. Hilario Fernández Long y en el segundo, los Dres. Enrique Conte Mac Donell y Harold Darquier. Asimismo, para resguardar todo lo atinente a las finanzas de la naciente Universidad, los Obispos previeron la designación de un Consejo de Administración, que se reunió por primera vez en julio de 1958, integrado por conocidos empresarios católicos como Fernando Carlés, en calidad de presidente; el Sr. Enrique Shaw (cuya causa de beatificación ha sido iniciada), como tesorero y los doctores Rafael Pereyra Iraola y Carlos Pérez Companc y los ingenieros Francisco García Olano y Luis Arrighi como vocales. Como relata el primer Rector: “Este Consejo con muchas dificultades, comen34 •.
(34) ORGANIZACIÓN LEGAL, ACADÉMICA Y ECONÓMICO-ADMINISTRATIVA. zó el ordenamiento de las finanzas de la Universidad: las cuotas de alumnos, los sueldos de profesores, etc., de acuerdo con el Consejo Superior. Se debatió con una gran falta de medios financieros”. El Dr. Pérez Companc, importante empresario petrolero y fundador del Banco Río, pasó a presidirlo en 1959 hasta su muerte, ocurrida en 1977. En un artículo en su homenaje Mons. Derisi afirmó: fue “el presidente y alma del Consejo de Administración” y “el organizador de su economía y administración”. Con motivo del nombramiento del nuevo presidente se incorporó el Sr. Luis Gardella. Asimismo, en 1962 ingresaron al Consejo –tras el deceso del Sr. Shaw y la renuncia del Ing. García Olano– el Sr. Mauricio Braun Menéndez y el Cr. Federico Born. Es de justicia acentuar la enorme responsabilidad demostrada por estos dirigentes católicos que supieron asumir como un apostolado –y hacer fructificar– el compromiso que les transmitieron los Obispos argentinos para organizar una Universidad Católica. Aunque resulte imposible reconstruir el espíritu con que se trabajó en esas primeras jornadas, las actas del Consejo Superior nos permiten atisbar algunos aspectos dignos de rescatar. Mons. Blanco, al referirse a los “padres fundadores”, recuerda a “un grupo de hombres, unidos por una fe común, que trabajaban juntos por un ideal” y Mons., Mirás recuerda “En esos primeros tiempos se vivía una mística muy especial que, el paso de los años y la costumbre de las cosas ya logradas, hizo perder”. Para la parte administrativa de la Universidad Mons. Derisi recurrió a un conocido suyo, el Prof. Secundino N. García, profesor en Lengua Francesa, que cumplió importantes tareas administrativas en la UCA desde su fundación y durante varias décadas. A mediados de 1959 fue designado Secretario General, cubriendo las necesidades que generaban las múltiples ocupaciones del Cgo. Etcheverry Boneo. Tras la renuncia del Cgo. Etcheverry Boneo –en diciembre de 1960– como Secretario General y director de Instituto de Ciencias de la Cultura (o de Cultura Universitaria) el 29 de diciembre de 1961 fue designado para ese cargo el Pbro. Julio Vicario, de la diócesis de Nueve de Julio y ex alumno de Mons. Derisi en el seminario platense, a quien sucedió como Secretario General el Prof. Secundino N. García, ahora designado por el Consejo Superior. En esta primera etapa debemos al Cont. José Ramón Albelda y a la Cra. Ema Fernández el primer ordenamiento contable y administrativo de la naciente Universidad. • 35.
(35) FLORENCIO HUBEÑÁK. En ricos e intensos debates –transcriptos en las actas de las primeras reuniones del Consejo Superior– fueron muchas las cuestiones que, una a una, se trataron, discutieron y resolvieron; se puede decir que este primer grupo de hombres llevó adelante una gran obra de planificación y ejecución, cuyos ecos perduran hasta la actualidad. Ya en la sesión preparatoria los consejeros –ligados a la enseñanza universitaria– afirmaban que la nueva Universidad debía asumir la experiencia del “proceso de reorganización de las Facultades oficiales, que estaban en crisis y con planes de estudio en evolución”. El tema de los títulos, tanto los requeridos para el ingreso como los que efectivamente se otorgarían, fue otra de las cuestiones que debieron resolver. Si hacemos una breve recorrida por las actas, en donde quedaron los testimonios de las primeras reuniones, encontramos reflejados cuáles fueron los primeros temas de debates: desde cómo debía realizarse la organización de la Universidad y la forma en que debería estructurarse este nuevo “centro de cultura superior”, hasta cómo se constituirían las Facultades y qué materias deberían integrar cada uno de los planes de estudio. Las actas de las reuniones –ininterrumpidas durante décadas– registran los debates sobre los lineamientos que encauzarían a la naciente Universidad. Uno de los temas más significativos fue la cuestión acerca de si era primordial organizar los centros de investigación de los que habrían luego de surgir la docencia como lo proponía el Dr. Braun Menéndez desde su Instituto Católico de Ciencias, o si, por el contrario, tal como lo señalaba Mons. Derisi, una opción sería “conciliar las dos formas en que es posible comenzar con la Universidad Católica: la investigación y la docencia”, “teniendo en cuenta que cada Facultad tiene una doble faz: una científica de maduración lenta y otra docente de realización inmediata”. Se aceptaba que “la Universidad no podía salir armada de todos sus atributos, pero era posible comenzar dignamente para luego desarrollarse también dignamente; que sería lamentable después de tantos años no poder enseñar”. Sin duda, la expectativa creada en torno a esta nueva Universidad era grande. Los consejeros sabían de la importancia de la planificación de las actividades “a largo plazo”, pero también sentían que había cuestiones que no podían esperar. El dictado de las clases debía iniciarse sin descuidar las reales posibilidades de la Universidad. En este sentido, resulta muy interesante releer los debates acerca de las distintas realidades que se presentaban para cada nueva unidad: “La 36 •.
(36) ORGANIZACIÓN LEGAL, ACADÉMICA Y ECONÓMICO-ADMINISTRATIVA. Facultad de Economía podría dictar con seguridad un primer año y los sucesivos, ya que ha funcionado en el Instituto de Cultura Católica una escuela con clases diarias, obligatorias y con sus pruebas finales correspondientes”. De igual manera, en lo que respectaba al área de Filosofía “se podía comenzar inmediatamente”; en cambio en Letras era “prudente comenzar con un Instituto”, que sería la base para la Facultad de Letras, tal como se lee en el Acta nº 1. En definitiva, triunfó la postura que en la Universidad primara la función docente y que, a medida que ésta se acrecentara, se fuera también organizando y desarrollando la investigación en un amplio espectro. Para ello se crearon los Institutos, y con el tiempo los Centros de Investigaciones, donde se inició la investigación y la docencia superior en determinadas disciplinas. Asimismo, se establecieron algunos criterios académicos fundamentales, que aún subsisten, como la asistencia obligatoria en todas las asignaturas, los exámenes parciales y –fundamentalmente– la inclusión de materias de formación humanística cristiana obligatorias en todos los planes de estudio que se dicten en la Universidad, que siguen señalando la peculiaridad de la UCA. 3. Los recursos económicos. De no menor importancia fue obtener los recursos económicos y encontrar formas alternativas para asegurar los fondos que permitieran el normal funcionamiento de la Universidad. Ya entonces los consejeros se interrogaron sobre “qué recursos contamos […] y qué posibilidades hay para dar a los profesores una digna retribución”, como también establecer aranceles acordes con las posibilidades de los alumnos. Finalmente, “se decide fijar una cuota básica y luego crear una Asociación de Cooperación”. No obstante la decisión de establecer una cuota, la premisa fue que “ningún alumno sería excluido por razones económicas”, tal como expresaba el propio Mons. Derisi. En La Universidad Católica en el recuerdo, Derisi rememora que se comenzó “con toda modestia y sin recursos materiales”; “no disponíamos de ningún recurso para comprar siquiera máquinas de escribir, papel y otros enseres necesarios para habilitar nuestra Casa”, y agrega: “fue entonces, cuando acuciados por la necesidad, recurrimos al entonces Arzobispo de Buenos Aires Mons. Dr. Fermín Lafitte, quien nos autorizó a gastar $2.000.000 del fondo Vermer Rive• 37.
(37) FLORENCIO HUBEÑÁK. rieur, con la obligación de reponerlos” y en otra parte: “La UCA fue fundada sin recursos materiales, previamente reunidos. Solamente existía un legado del año 1910 o 1909 de Vermer Riverieur de unos $ 5.000.000 para construir la Universidad… Desgraciadamente este dinero se conservó incólume, a través de cuarenta años, perdiéndose gran parte de su valor real”. Como una clara muestra de la personalidad y responsabilidad de Mons. Derisi debemos agregar que el préstamo fue devuelto. Preocupado por los fondos que asegurasen la subsistencia y el funcionamiento de la Universidad, el propio Episcopado estableció, el 8 de setiembre de 1958, que se realizase una colecta nacional obligatoria anual el primer domingo de mayo, cuya recaudación estuviera destinada a la Universidad. En esa fecha era común ver al Rector, acompañado de profesores y alumnos, predicar en algunas iglesias céntricas y luego encabezar la colecta. Su sucesor, Mons. Blanco recuerda “la humildad con que Mons. Derisi pedía colaboración y dinero para su obra y no sólo a empresarios, hombres de fortuna o hacendados, fuesen o no amigos: cada año, los primeros domingos de mayo, cuando se realizaba la colecta anual para la UCA, predicaba en la Iglesia del Socorro y luego él personalmente recibía las contribuciones durante la limosna”. También se constituyó en la Universidad una Comisión de Señoras dedicada a programar la recaudación de fondos. Fue presidida por la Sra. María Elena Solari de Valsecchi –esposa del primer decano de Economía– y más tarde se agregó una Comisión de Amigos de la UCA que durante muchos años presidió el historiador Guillermo Gallardo, con la ayuda del Dr. Emilio White como secretario y del Sr. Diego Tavelli como tesorero y la colaboración activa de Ubaldo Yapur, un joven estudiante de Derecho. En un año reunió más de 2400 socios. Derisi relata que “de esta manera logramos que muchas empresas nos ayudaran con su cuota, generalmente anual, las cuales luego durante muchos años le han seguido brindando su ayuda mientras pudieron. La señoras organizaron también beneficios de diversa índole para recolectar fondos para nuestra Casa de Estudios”. Por otra parte, al hacer referencia al fallecimiento del Dr. José Manuel Zubizarreta, Mons. Derisi hace un homenaje a la cantidad de benefactores –muchos de ellos anónimos–- que tuvo la Universidad en sus primeros tiempos y que permitieron solventar los difíciles inicios. Otra de las preocupaciones que se aprecian desde los orígenes es garantizar el ingreso a personas de menores recursos; para ello se 38 •.
(38) ORGANIZACIÓN LEGAL, ACADÉMICA Y ECONÓMICO-ADMINISTRATIVA. fijaron becas, más tarde reemplazadas por los préstamos de honor o compromiso de devolución una vez recibido. En diciembre de 1961 se aprobó el primer reglamento de Becas de la UCA, designándose una Comisión de Becas para estudiar las solicitudes, cuya esmerada labor recuerdan todos los alumnos de las dos primeras décadas. Ningún alumno dejó de estudiar por razones económicas; en todo caso lo contrario. La entonces concurrida Oficina de Becas puede dar testimonio. Por ejemplo, en 1982 se otorgaron 758 becas y préstamos de honor, beneficiando al 10,53% del alumnado. La cuestión financiera y la consecución de los fondos para el desarrollo de las actividades fue una preocupación constante –casi una obsesión– de Mons. Derisi. La buena marcha de la Universidad requería maestros, edificios, bibliotecas, laboratorios, salarios y otros medios indispensables para el cumplimiento de su misión específica. Por ello no sólo fue muy importante la labor del Consejo de Administración sino también de la Asociación de Amigos de la UCA –transformada posteriormente en Fundación–, que, nacida junto con la UCA, logró con el tiempo encauzar una valiosísima ayuda económica de más de 6500 personas e instituciones. 4. La inauguración y los comienzos de la Universidad. La inauguración de los cursos de la Universidad tuvo lugar el 6 de mayo de 1958 –aun antes de que se concediera el reconocimiento oficial–, en un solemne acto público celebrado en el salón de actos del Instituto de Cultura Religiosa Superior, sito en Rodríguez Peña 1054. La ceremonia fue presidida por el Cardenal Antonio Caggiano, con la asistencia del Cardenal Copello, del Administrador Apostólico de Buenos Aires Mons. Fermín Lafitte y de numerosos Obispos, del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad Mons. Mario Zanín, del subsecretario de Culto de la Nación Dr. Ángel Centeno y de numerosas personalidades del quehacer argentino. En esa oportunidad, Mons. Derisi –su primer Rector– pronunció un discurso señalando la “necesidad de ofrecer una formación integral católica y organizar un Instituto para la misma” frente al laicismo de las Universidades nacionales y los requerimientos de los estudiantes católicos, y también no católicos, “con una vocación verdaderamente intelectual”. • 39.
(39) FLORENCIO HUBEÑÁK. El Rector también remarcó los tres fines de la Universidad: en lo estrictamente universitario, la formación o desarrollo del aspecto rigurosamente humano y sobrenatural que es la cultura o el humanismo cristiano, la investigación de la verdad y la formación de profesionales. También instó a “reconstruir la Universidad sobre los principios espirituales, metafísicos y cristianos” y, finalmente, “volver a la esencia de la Universidad centrándola sobre ese fundamento vivo y eterno, tal como vio la luz la primera en el Medioevo, pujante de vid en el seno de la Iglesia”. La primera sede de la UCA fue el edificio de la antigua Nunciatura Apostólica, ubicada en la calle Riobamba 1227, que era propiedad de la Santa Sede. Allí se había alojado anteriormente el Instituto Argentino de Cultura Católica. En un principio se pagó un alquiler casi simbólico y más adelante la UCA –ya asentada– quiso adquirirlo pero la Santa Sede prefirió la figura de una donación y así se hizo, hasta que el 25 de abril de 1971 la Nunciatura comunicó que la Santa Sede había cedido el edificio en propiedad a la UCA. En octubre de 1972 el edificio se amplió con la cesión de parte del colegio gratuito de las Hermanas del Sagrado Corazón en la calle Arenales 1877, antigua casa del capellán del colegio y donde existía un pensionado universitario y luego funcionaron varias dependencias de la UCA. Las clases comenzaron a dictarse en el aula magna del Instituto de Cultura Religiosa Superior, en Rodríguez Peña 1054, con 600 alumnos inscriptos (de ellos 132 en los cursos del Instituto de Cultura Universitaria). Este número era relativamente simbólico ya que muchos se inscribieron sólo para apoyar económicamente a la nueva institución del Episcopado, aun antes de la autorización oficial formal. Por otra parte, otros lo hicieron, paralelamente con su inscripción en la Universidad Nacional, temerosos de que –como en el pasado– el Estado no les reconociese la validez de sus títulos. La valentía de esas primeras camadas –“estaban en íntima relación” con las autoridades– impregnó nítidamente las raíces de la UCA. Uno de esos alumnos rememora el espíritu de la época fundacional: “La precariedad de medios no nos importaba. Y prontamente el espíritu de la Universidad arraigó en nuestros corazones con esa familiaridad que tan sólo tienen las cosas largamente vividas, lo que en nuestro caso, por el breve tiempo transcurrido, aparentemente carecía de explicación”. La formación de esos alumnos estuvo en manos de alrededor de un centenar de profesores, muchos de ellos provenientes de los Cursos de Cultura Católica y de la Universidad de Buenos Aires, que 40 •.
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