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Enseñar Con Parábolas - Lorenzo Castiñeira Canosa

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Academic year: 2021

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Lorenzo Castañeira Canosa

Enseñar

con parábolas

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Lorenzo Castiñeira (Xaviña, La Coruña 1933), sacerdote de la diócesis compostelana,

es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Santiago. Ha compaginado su labor pastoral en parroquias rurales gallegas con la enseñanza de Lengua y Literatura Española en los Institutos de Bachillerato de Cee y Ribeira. En la actualidad colabora pastoralmente con el capellán del Hospital de Cee, y en distintas parroquias de la comarca.

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Á miña nai, pois, mentres ela palillaba, eu, ó seu lado, escribía estes

recursos.

(A mi madre, pues, mientras ella palillaba, yo, a su lado, escribía estos recursos).

Y sobre cuya tumba escribí estos versos:

Sempre sobre o meu berce,

ela, debruzada,

o sono da miña infancia velou.

Nai, cambiou a sorte;

descoida, descansa ti,

mentres eu velándote estou.

(Siempre sobre mi cuna, ella inclinada,

el sueño de mi infancia veló. Madre, cambió la suerte; descuida, descansa tú, mientras te velo yo).

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Presentación

Un maestro decía a sus discípulos: «No despreciéis los cuentos. Cuando se ha perdido una moneda de oro, se encuentra con ayuda de una minúscula vela. Y la verdad más profunda se encuentra con ayuda de un breve y sencillo cuento».

En un viaje que hice a Argentina prediqué un día en una iglesia de Buenos Aires valiéndome de un cuento. Cuatro años después volví por allí y se me acercaron varias personas hablándome de él. Me sentí contento porque con él había quedado en su memoria el mensaje evangélico.

Sabemos que mediante los cuentos y relatos se descubren y transmiten los valores como de ninguna otra forma. Jesús lo sabía muy bien, al decir de Marcos y Mateo: «Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, acomodándose a su capacidad de entender y nada les decía sin utilizar parábolas» (Mt 13,34; Mc 4,33).

El escritor gallego Torrente Ballester dejó dicho: «Por mucho que corran los siglos siempre habrá en algún rincón del planeta alguien que cuente una historia y alguien que quiera escucharla».

Creo que estos recursos, fruto de la lectura de muchos libros, están por su sencillez al alcance de todos. Si, al menos, algún predicador de la Palabra encuentra en ellos algo aprovechable, me daré por satisfecho.

Agradezco a mi hermano Manolo, catedrático de Lengua y Literatura españolas en el Instituto de Cee, su colaboración, sin la cual no habría salido a la luz este trabajo.

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Adviento

Domingo I de Adviento

Morir es volver a nacer, no para este mundo sino para la eternidad. Es como un segundo parto; y si el primero es doloroso, más doloroso es el segundo.

El encuentro con la muerte es inesperado y siempre nos pilla por sorpresa. Sabemos, desde luego, que la muerte ha de venir; y a veces los médicos incluso nos fijan un plazo, pero no estamos preparados para la visita, por muy anunciada que esté. La Biblia la compara con el ladrón: el ladrón viene cuando menos se espera y nos roba cosas de valor. Por eso tenemos miedo a los ladrones.

En la India a la muerte se la llama atithi, que significa «la sin fecha». Es que llega sin anunciarse. Ni una llamada telefónica, ni una tarjeta de visita con fecha y hora de llegada. Sencillamente, llama cuando llega. Y no podemos cerrarle la puerta: nada la detiene. Se da prisa, pues tiene otras visitas que hacer. Nos lleva de la mano y con frecuencia ni siquiera podemos dar un beso de despedida a los que se quedan.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos viene a decir que estemos preparados; pero no podemos prepararnos cerrando la puerta de nuestra casa a la muerte. La mejor preparación, la que Jesús quiere, consiste en abrir las puertas de nuestro corazón a los demás. Esta es la mejor preparación, de la que nunca debemos arrepentirnos.

El poeta indio Karsandas decía en una ocasión: «Un día sentí un fuerte dolor en el pecho y llamé al médico, que era amigo mío. Me examinó y me dijo: “Ha sido un ataque al corazón; y ya sabes lo que eso quiere decir: prepárate para el viaje, porque el próximo puede ser el último”». Y continúa diciendo Karsandas: «Yo le creí, porque era un buen médico y un buen amigo mío. Pero si él era médico, yo soy poeta. Cogí la pluma y, bajo los sentimientos que despertó en mí el infarto, escribí estos versos:

“Ha llegado de Dios el mensajero con un mensaje urgente para mí: recoge ya tu tienda, caminante, y deja las praderas tras de ti”».

Hermanas y hermanos: ¡Qué estupendo sería que en nuestros últimos momentos pudiéramos escribir: «Señor, viví en espera tuya a cada instante; llévame ya contigo a descansar!».

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Un político nos cuenta lo siguiente: «Estaba yo en una asamblea echando un discurso. Cuando acabé, creí que iba a ser aplaudido por la mayoría de los dos mil camaradas que hasta el día anterior habían sido mis amigos. Yo sabía que muchos de ellos estaban de acuerdo conmigo; y, sin embargo, nadie se había atrevido a darme su apoyo. Cuando se levantó la sesión, se apartaron de mí como de un leproso. Mi cuerpo se paralizó como si fuera de piedra.

Me pregunté hacia dónde debía dirigirme: no quería entrar en mi casa llevando toda aquella tristeza a mis hijos, a mi familia. Eran casi las dos de la tarde. Me puse en camino y, sin saber bien adónde iba, me encontré ante la casa de mi primera esposa, con la que me casé en 1937, cuando ella se disponía a ser monja, y a la que yo había abandonado en 1945, hacía ya 25 años.

Subí las escaleras como si fuese un sonámbulo. Apenas llamé, se abrió la puerta cual si una mano estuviese al pestillo. Y me encontré ante una mesa con dos cubiertos. Di un paso atrás.

—Perdona, ¿esperabas a alguien? –pregunté.

—Sí –me contestó–. Te esperaba a ti. He escuchado tu discurso por la radio y el silencio de todos cuando terminaste. Entonces estuve segura de que vendrías aquí. Entra y observa: creo que no he olvidado el vino que te gusta, el que te gustaba hace 25 años, ni he olvidado el pan de centeno.

Cuando, una hora después, me fui tras haber besado su frente, todo había cambiado en mi vida: el milagro de amor de aquella espera venía a ser el triunfo de la vida sobre la muerte. La existencia de una persona como mi primera esposa bien puede compensar el abandono de parte de millares de seres humanos. Todavía valía la pena vivir».

Hermanas y hermanos: esta esposa con un amor que espera sin límites es todo un reflejo del amor de Dios, que nos espera sin límites.

Precisamente porque Dios nos ama quiere que nos convirtamos de nuestros pecados, porque el pecado causa mucho sufrimiento en el mundo y, además, nos impide ser la persona que Dios quiere que seamos. Mirad: la mayor alabanza que podemos hacer de alguien es afirmar de él que es toda una persona.

Por todo esto, san Juan Bautista nos dice en el Evangelio de hoy: «Convertíos» (Mt 3,2).

La conversión es cambio, y todo cambia en el mundo. Cada uno de nosotros somos siempre fulano de tal, pero si tenemos un álbum en nuestras casas vemos cómo vamos cambiando a través de los años. La conversión es cambio de conducta y, para eso, tiene que haber un cambio en nuestro interior. Tenemos que poner a Dios en el centro de nuestro corazón; de lo contrario tendremos el corazón vacío aunque tengamos el estómago lleno.

San Juan Bautista llama a los judíos raza de víboras porque las víboras cambian de piel, pero en su interior hay siempre veneno. No seamos nosotros como las víboras.

Si aquel político fue al encuentro de su esposa, que lo esperaba desde hacía 25 años, vayamos nosotros al encuentro de Dios, que desde siempre nos espera con los brazos abiertos.

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Domingo III de Adviento

Ser cristiano no consiste en hablar. Al hombre no se le mide por lo que habla, sino por lo que hace. Hay quienes hablan mucho y no hacen nada. Hay quienes hacen mucho y hablan poco. Vale más un corazón sin palabras que palabras sin corazón.

Hablar es fácil, prometer es fácil. Al naranjo, sin hablar, se le conoce por su madera, sus hojas, sus flores y sus frutos.

Al buen carpintero lo conozco no por lo que dice, sino por sus obras. Igualmente a la buena modista.

Ser cristiano no es saber mucho de la Biblia, saber mucho de Dios, etc. Hay analfabetos que son unos verdaderos santos y hay sabios que son unos verdaderos canallas.

Cuentan que un hombre, ya mayor, casado, se convirtió y se bautizó. Por lo visto, todavía no estaba bautizado.

Un compañero de trabajo, también sin bautizar, un día le preguntó, en tono de burla: «Si te hiciste cristiano, dime quién es Cristo, dónde nació, dónde vivió, dónde murió».

El pobre convertido era analfabeto y no podía responder a tantas preguntas, pero le contestó: «Mira, yo no tengo cabeza para aprender tantas cosas como tú me preguntas. Pero te puedo decir que, antes de bautizarme, yo era un borracho, maltrataba a mi mujer, los hijos me tenían mucho miedo; cuando llegaba a casa borracho, los hijos se echaban a llorar y se escondían. Desde que me convertí, no me he vuelto a emborrachar, no he vuelto a maltratar ni a insultar a mi mujer, y los hijos ya no me tienen miedo, sino que me quieren mucho».

Hermanas y hermanos: al cristiano se le conoce por su conducta, por su comportamiento.

Juan el Bautista estaba en la cárcel porque, cuando mandan los bandidos, los buenos tienen que ir a la cárcel. Desde allí envió a dos discípulos a Jesús para preguntarle si era él el Mesías, es decir, el Salvador que iba a venir al mundo y del que hablaban las páginas de la Biblia. Fue entonces cuando Jesús no les presentó palabras, les presentó obras: daba vista a los ciegos, daba oído a los sordos, hacía caminar a los tullidos, resucitaba a los muertos y todas sus preferencias eran por los pobres. ¡Y cuánto nos cuesta a nosotros darles preferencia a los pobres!

Cristo tuvo, sobre todo, obras en favor de los demás. Pasó por el mundo haciendo el bien.

Ser cristiano no es prometer, ni es protestar, ni es reclamar, aunque tenemos que protestar contra las injusticias y tenemos que reclamar lo que nos pertenece. Ser cristiano es, sobre todo, remediar; es tender una mano hacia aquel que nos necesita.

Cuentan que un hombre vio en la calle a una niña aterida de frío y hambrienta. Este hombre se enfadó con Dios, diciéndole: «¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para remediarlo?».

Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche aquel hombre oyó una voz que le decía: «Ciertamente he hecho algo. Te he hecho a ti para que socorrieras a la

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niña».

Hermanas y hermanos: lo cristiano no es quejarse, sino remediar. Decía Jesús: «Si no creéis mis palabras, creed a mis obras».

Es que son las obras las que indican si somos cristianos de verdad.

Domingo IV de Adviento

La Sagrada Familia, de la que nos habla el Evangelio de hoy, era una familia pobre, pero en ella reinaba el amor.

Todos necesitamos el dinero para vivir; sin embargo, una familia puede tener mucho dinero y no será feliz si en ella falta el amor.

Escuchad lo que os voy a contar. No se trata de un cuento. Es una historia real. Una joven de 17 años, muy guapa y atractiva, se enamoró de un chico que tenía fama de mujeriego. Pero era muy rico y el dinero lo encubre todo. Apenas unos meses y la chica quedó embarazada. Para «tapar» la debilidad, decidieron casarse. Desde luego, según decían ambos novios, por amor. Porque, según ellos, «se querían de veras, hasta morir el uno por el otro». Tan seguros estaban de su amor que querían casarse por la iglesia. Pero, ante las exigencias de su párroco, decidieron casarse sólo por lo civil. Todos esperaban un matrimonio feliz para aquella pareja maravillosa.

Pero... ¡la realidad es muy distinta de los sueños! Llevaban casados tres meses apenas; tenían piso propio estupendamente amueblado; tenían todas las comodidades del mundo; nada les faltaba. Hasta los vecinos los envidiaban como a una pareja feliz.

Pero... ¿dónde estaba el amor? El esposo comenzó a llegar tarde..., a ausentarse los fines de semana..., a recibir llamadas telefónicas sospechosas. La chica empezó a celarlo e hizo lo que menos debería haber hecho, estando recién casada y además embarazada: encinta de seis meses, empezó a frecuentar discotecas. «Si él puede, ¿por qué yo no? – gritaba–. Tengo los mismos derechos que él». El chico no estaba para darle esa libertad a su joven esposa y, aunque él hacía lo que hacía, tratándose de su esposa, no estaba dispuesto a consentirlo.

A partir de ahí la convivencia se hizo imposible: gritos, insultos, peleas, hasta golpes. ¡Quién lo hubiera creído cuando, al parecer, se amaban tanto! Los vecinos fueron descubriendo que aquella parejita de recién casados era ya un matrimonio en ruinas.

Una noche riñeron y se golpearon hasta tal punto que el chico echó mano a la pistola. Gracias a Dios, algo en ese momento le detuvo; dejó la pistola y descolgó el teléfono. Eran las tres de la madrugada cuando la llamada telefónica despertó a la madre de la chica. Era su yerno, que le decía: «O viene usted enseguida por su hija o yo no respondo de lo que pueda pasar». La pobre mujer salió corriendo en busca de su hija.

Ya en el piso vio que la hija se tiró al suelo y se negaba a salir de su casa si no la llevaban arrastrada. «Me trajiste aquí de otra manera –le gritaba a su esposo– y ahora me echas a palos como a un perro». Tras horas de mucha paciencia por parte de su madre, al fin la hija se fue con ella.

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En esta pareja no había verdadero amor. Lo que había era sólo atracción sexual, y la atracción sexual es muy pasajera.

El verdadero amor se desarrolla madurando. El amor está maduro cuando el que ama está dispuesto a sacrificarse por la persona amada. Pretender construir el verdadero amor con unas relaciones sexuales anticipadas es lo mismo que pretender construir una casa empezando por el tejado.

El verdadero amor es como una fruta que va madurando por sus pasos. Si, porque te apetece, la arrancas antes de tiempo, lo único que haces es impedir que madure.

A los jóvenes y a sus padres es bueno repetirles con cariño: hay que distinguir entre la amabilidad sexual, que por instinto busca y espera el momento oportuno, y el verdadero amor con el que uno se entrega totalmente y está dispuesto a cualquier sacrificio por la persona amada. Amor es sólo lo segundo.

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Navidad

Natividad del Señor

Recordamos hoy el nacimiento de Jesús. Hace ya casi dos mil años, este Jesús le preguntó a un grupo de amigos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). El que preguntaba era simplemente un aldeano, que hablaba a un grupo de pescadores. No parecía alguien importante. Vestía pobremente. Él no había estudiado una carrera y los que le rodeaban eran gente sin cultura. No tenían títulos ni apoyos. No tenían dinero. No contaban con armas ni con poder alguno. Eran todos ellos jóvenes. Eran, ya desde el principio y lo serían siempre, odiados por los poderosos. La tarde del primer Viernes Santo, cuando la losa del sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie podía sospechar que su recuerdo perduraría en algún sitio, fuera del corazón de aquella pobre mujer –su madre–, que le acompañaba en el Calvario.

Es algo asombroso que este carpintero, que vivió tan sólo treinta y tantos años de vida sobre la tierra, sin dinero, sin armas, con amigos poco instruidos y tan cobardes que lo abandonaron en las horas amargas, odiado por los poderosos, crucificado como si fuera un delincuente entre dos ladrones, es asombroso, digo, que después de casi dos mil años siga siendo el personaje más importante de la Historia. Es tan importante para la humanidad, que la historia del mundo se divide en dos partes: antes de Cristo y después de Cristo. De nadie como de Él se han escrito tantos libros y nadie como Él ha sido tan representado en obras de arte. En honor a Él se hicieron grandes catedrales. Cada año, miles de personas, hombres y mujeres, lo dejan todo: su familia, sus costumbres e incluso su patria para seguirle como aquellos doce amigos. Miles de millones de seres humanos llevan sobre sus tumbas el recuerdo de su cruz. Desde hace casi dos mil años, su nombre ha estado en la boca de millones de agonizantes, como su única esperanza.

Este hombre es la admiración de creyentes e incrédulos. Hay una película que se titula Jesucristo Superstar. Al principio de ella, su autor, que es judío, lleno de admiración por Jesús se pregunta: ¿Quién puede igualarse contigo?

La verdad es que Jesús es el único hombre de quien, desde hace casi dos mil años, se viene diciendo que es Dios. La vida de Jesús la resume el Evangelio con esta frase: pasó por el mundo haciendo el bien.

Ojalá que de cada uno de nosotros, al final de nuestra vida, pueda decirse algo parecido.

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Cuando yo terminé mis estudios en el Seminario me destinaron a las parroquias de Puente del Puerto, Carantoña, Arou y Camelle (Camariñas). En aquel entonces llegaba a Camelle, Manfred, el alemán fundador del museo de este pueblo. Tenía veintitantos años. Era un chico elegante. Todos los domingos venía a misa muy bien trajeado. Se confesaba conmigo; como no podía expresarse en castellano o en gallego, traía sus faltas apuntadas en un papel. Yo leía esas faltas; le daba la absolución; rompía el papel en pedazos y se los entregaba; él comulgaba todos los domingos.

A mí me destinaron a la parroquia de Lires (Cee). Pasaron los años y no sé lo que sucedió. Este hombre cambió por completo. A veces, de noche, viniendo de Camelle a Lires, me lo encontraba corriendo cuesta arriba, prácticamente desnudo, incluso lloviendo. Este hombre vivía completamente solo y murió completamente solo. Lo encontraron muerto. De Alemania, de una familia de ocho hermanos que eran, nadie vino a su entierro, que yo sepa. Murió rodeado del chapapote, que aceleraría su muerte.

Es una suerte muy grande el vivir en familia: tener unos padres que te quieren o tener unos hijos que te adoran o tener otros familiares que estarían dispuestos a dar todo por ti, es algo que no se puede pagar con dinero. Pero a veces hay casos dolorosos dentro de la familia.

El dibujante Mingote hacía un dibujo en el que aparecía un anciano, sentado en un banco de un parque, diciéndole a un pequeño perro: «Si supiera adónde han ido a veranear nuestras familias, les escribiría diciéndoles que nos hemos hecho amigos tú y yo para que no sufran por habernos dejado solos». ¡Tremenda soledad!

La verdad es que a lo largo del año, y especialmente durante el verano, se nos informa de ancianos abandonados en hospitales, porque los hijos se han ido de vacaciones, o simplemente de viaje, durante esos puentes que se hacen entre semana.

También en residencias hay ancianos abandonados, a quienes sus hijos apenas visitan una vez al año. La décima parte de los norteamericanos nada sabe de sus padres ancianos ni quiere saberlo.

En el hospital de Cee presencié un caso doloroso: una anciana había hecho el papel en venta de todos sus bienes, valorados en 30 millones de pesetas, a favor de uno de sus hijos. Me dijeron que estaba mal de la cabeza. Yo no sé si se puso mal de la cabeza por haber hecho el papel en venta o si, cuando lo hizo, ya estaba mal de la cabeza. La visité durante varias semanas; nunca encontré a su lado familiar alguno; allí estaba la pobre anciana enferma, esperando un lugar en una residencia.

Yo no me atrevo a decir que nunca los padres deben acabar su vida en una residencia; la vida tiene sus complicaciones; yo mismo, por medio de la radio, oí llorar amargamente a una señora, que, según decía, no tenía más remedio que llevar a sus padres a una residencia. Pero lo que sí digo es que siempre debemos practicar con ellos esas virtudes de las que habla hoy san Pablo: «La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión» (Col 3,12).

Y esto lo debemos cumplir, sobre todo los creyentes, para quienes los padres son los representantes de Dios en la tierra, porque a ellos les debemos al menos la existencia.

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de sus hijos, incluso sin esperar de ellos nada a cambio.

Todos sabemos lo que es una oración. Pues bien. Esta es la oración del anciano: «Felices los que son comprensivos con mis piernas que apenas me pueden sostener, y con mis manos torpes. Felices los que comprenden que mis oídos tienen que esforzarse por entender todo lo que se me dice. Felices los que se dan cuenta de que mis ojos tienen miopía. Felices los que me miran con una sonrisa amiga y charlan un poco conmigo. Felices los que nunca me dicen “esa historia ya la has contado dos veces”. Felices los que comprenden que traiga a la memoria mis recuerdos de épocas pasadas [Puedo deciros que, a lo largo de mi vida, he leído muchos libros y he corregido muchos exámenes como profesor de Lengua en el Instituto de Cee. Mi madre se sentaba en una silla a mi lado, palillando, y me contaba cosas que, a veces no me importaban mucho, pero yo dejaba de leer o de corregir exámenes y la escuchaba, porque yo pensaba que si ella moría antes, como así sucedió, me quedaría una amargura en el alma por no haberla escuchado]. Felices los que me hacen ver que se me ama, se me respeta y no se me deja solo. Felices aquellos que con bondad me alivian los días que aún me quedan en mi camino hacia la eternidad».

Hermanas y hermanos: que en nuestras familias reine el amor y la paz, dos cosas de tanto valor que ningún dinero puede pagar.

Año Nuevo

Ya han transcurrido los 365 días del año que acaba de finalizar, o lo que es lo mismo, sus aproximadamente 8.760 horas. A medianoche dieron las doce campanadas en la Puerta del Sol.

En la antigüedad, cuando se recibía a algún visitante en casa, se comía una uva por cada hora de permanencia del mismo. Pues bien, este mundo no es el nuestro. El nuestro es el otro. Aquí estamos como de visita. Y a las doce de la noche hemos comido las doce uvas, expresando el deseo de que nuestra visita se prolongue, al menos, durante los doce meses del nuevo año.

La palabra enero significa portero: es el que abre la puerta para que pasen los demás meses del año. El nombre de enero viene de un dios romano que tenía dos caras: una cara sonriente y una cara de pocos amigos. ¿Con qué cara nos mirará el presente año? ¿Tendremos salud o enfermedad? ¿Nos tocará la lotería o tendremos un accidente? ¿En nuestra familia habrá alegría o tristeza? Todo puede pasar en las 8.760 horas que marcarán las agujas del reloj.

Pase lo que pase, Dios nos mirará con más amor que un padre o una madre miran a sus hijos. Un regalo es una señal de amor. Ningún padre, ninguna madre hacen tantos regalos a sus hijos como Dios nos hace a cada uno de nosotros. Y los mejores regalos de Dios son los que más lloramos cuando los perdemos.

En este año continuará la vida. Y la vida podemos compararla con una vela o con un cigarrillo. La vela se consume produciendo luz. El cigarrillo se consume produciendo

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humo y ceniza. No seamos como el cigarrillo, que produce humo, ceniza y daño. Seamos como la vela, que produce luz.

Nuestras obras buenas son luz, porque los que las ven pueden orientarse para no ir por el camino de la perdición, igual que los navegantes, al ver la luz del faro, pueden orientarse para no estrellarse contra los acantilados de la costa.

¡Qué importante es la luz! Un amigo mío se operó del corazón y me dijo: «Cuando te encuentras en el quirófano, completamente desnudo, como cuando naciste, rodeado de focos de luz hacia ti, te das cuenta de la nada que somos». ¡Ay, si lo pensáramos bien! No andaríamos tan ciegos por la vida. Y realmente si somos algo es porque la fe nos dice que después de la muerte seguimos viviendo.

¡Qué importante es la luz! ¡Qué importante para acertar el camino! ¡Qué importante para ver las cosas! Pero más importante es la luz de la inteligencia para ver la realidad de la vida.

No me extraña que Jesús, ante un ciego de nacimiento, dijera que los fariseos eran más ciegos. Es que la ceguera del alma es peor que la ceguera del cuerpo. ¡Y cuántos ciegos del alma hay: terroristas, narcotraficantes, etc.!

Y ahora aprovecho la ocasión para desearos un feliz año nuevo, que tendrá también su noche vieja y traerá otro año nuevo. Es el paso del tiempo, es nuestro paso hacia la eternidad. Que esa eternidad sea feliz para todos. Paz a vosotros y paz a los muertos, aunque para Dios todos están vivos. Y que santa María, Madre de Dios, nos acompañe siempre.

Domingo II después de Navidad

¡Qué insignificante parece la palabra! Al fin y al cabo es un poco de aliento que nace y muere inmediatamente. Sin embargo, la palabra nos llega hasta el alma. Una palabra puede hacer mucho bien o mucho mal. Una palabra puede herir la amistad más íntima. A uno puede llenarlo de ilusiones o puede hacerlo caer en la desesperación. Un «te quiero» me llena de alegría; un «te odio» me hunde.

Una familia se componía de tres miembros: un padre, una madre y una niña de diez años. El padre era alcohólico. Marido y mujer procuraban que la niña no se enterase de la tragedia familiar, pero los niños se enteran más de lo que parece. Es el caso que la pequeña iba escribiendo en un diario lo que veía y lo que oía. Un día cae el diario en manos de su madre porque a la niña se le había olvidado encima de la cama.

El alcohólico corre llorando al psiquiatra que lo estaba tratando y le lee el diario. Decía así: «Día 12: Papá ha llegado completamente borracho. Como siempre. Día 18: Papá ha vuelto a beber y ha pegado a mamá. Día 20: Papá ha vuelto bebido. ¡Ojalá se marchara de casa y no volviera más!».

El psiquiatra le dice que tenía que hablar con la niña para tratar de tranquilizarla; lo hace y le dice:

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tuviera dentro de sí una especie de monstruo y ese monstruo te pide una copa, y va creciendo, y luego te pide una segunda, una tercera, una cuarta, una quinta... Y el alcohólico pierde el control. Hijita, yo soy ese alcohólico y quiero dejar de beber, quiero matar al monstruo, pero necesito tu ayuda.

—¿Cómo te puedo ayudar, papá? —Tú me puedes ayudar queriéndome.

Ella le dice: «Te quiero, papá». Y lo abrazó. El milagro se produce; lo que no pudieron conseguir todos los tratamientos del psiquiatra lo pudo conseguir la palabra de una niña de diez años.

Aprovecho la ocasión para deciros que si algún día tenemos que acudir a un psiquiatra por un problema de salud, lo mejor que puede hacer el psiquiatra es decirnos si ese problema se puede arreglar sin necesidad de pastillas. Las pastillas pueden ser necesarias, pero a veces, y a mí me consta, en vez de curarnos nos drogan. Una niña de diez años salvó a su padre con un «te quiero, papá».

Si tú amas a alguien y se lo dices, harás feliz al que te escucha y a la vez tú te sentirás feliz, porque es ley de vida que el que da amor recibe amor.

Si la palabra humana tiene tanta importancia, imaginaos la importancia de la palabra de Dios. La palabra de Dios se encuentra en la Biblia. En todas las misas se leen trozos de la Biblia y se dice «palabra de Dios» o «palabra del Señor». Pero esa palabra con frecuencia nos resbala. Sin embargo, tiene la máxima importancia.

La palabra de Dios viene a nosotros no para condenarnos, sino para hacernos felices; viene a nosotros para que seamos las personas que Dios quiere que seamos, no esclavos del pecado, porque el pecado es una esclavitud. La palabra de Dios nos dice que Dios es Padre; y ya lo sabéis: un padre se preocupa constantemente por el bien de sus hijos. Nos dice que Dios, por amor, se hizo hombre para enseñarnos el camino de la verdadera vida; y no dio marcha atrás, ni ante la muerte de cruz. La palabra de Dios nos llama por nuestro nombre y nos dice a cada uno de nosotros: te quiero con locura.

Epifanía del Señor

Los antiguos creían que entre los judíos nacería el Mesías, es decir, un rey muy poderoso que dominaría toda la tierra. Además creían que, cuando naciera, aparecería un fenómeno luminoso en el cielo. La verdad es que algunos astrónomos modernos han comprobado que, en los años en que nació Cristo, apareció en el cielo ese fenómeno.

El Evangelio de hoy nos cuenta que unos magos de oriente, siguiendo una estrella, fueron en busca del niño nacido y, ¡vaya chasco!, al término del viaje, en vez de una ciudad encuentran una aldea desconocida; en vez de un palacio, encuentran una casa muy pobre; y en vez de un niño rodeado de sirvientes y soldados, encuentran un bebé totalmente desvalido. Era como para decirse: ¿este es el rey poderoso que buscábamos? Sin embargo, la fe les hace ver que aquel niño pobre es el rey de cielos y tierra, y lo adoran como Dios.

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Yo tengo dos amigos. Uno cree que Cristo era un personaje muy importante, un hombre que murió hace casi dos mil años y que ya no existe ni hace nada. El otro cree que Cristo era el Hijo de Dios, que nos conoce a cada uno por nuestro nombre y que su plan es salvarnos. Donde uno ve una cosa, el otro ve otra. Uno tiene fe y el otro no la tiene.

El gran poeta español Antonio Machado hizo una poesía a un olmo seco. Era un olmo medio podrido y abandonado, al borde de un camino. Junto a él habían pasado miles de personas; pero sólo Machado, con el corazón dolorido por la grave enfermedad de su joven esposa Leonor, de 18 años, lo vio reverdecer en primavera y esperaba que, como aquel olmo medio podrido reverdeció por un milagro de la primavera, también su Leonor, por otro milagro, volvería a revivir. Así lo veía Antonio Machado, cosa que los demás no habían visto.

Todos nosotros sabemos lo que es un atardecer, lo que es el rostro de un niño, lo que es un arroyo saltando entre peñas y otras cosas más; pero es el pintor el que ve detalles que nosotros no vemos, y los pinta en un cuadro.

En un trozo de piedra, que los canteros habían abandonado por inútil, el gran artista italiano Miguel Ángel supo ver la imagen de la Virgen con Jesús muerto en sus brazos, imagen que él iba a representar en esa piedra. Es su obra maravillosa, La Pietá (La Piedad, en castellano), que representa todo el dolor y la ternura de una madre que tiene muerto en sus brazos al hijo de sus entrañas.

En Antonio Machado, en los pintores, en Miguel Ángel y en todos los artistas hay algo en sus almas que les hace ver lo que los demás no vemos.

Pues, bien; de manera parecida, la fe es algo que llevamos dentro del alma y nos hace ver lo que otros no ven: nos hace ver que Jesús es el Hijo de Dios, que nos conoce por nuestro nombre, que murió y resucitó y que quiere salvarnos. La fe nos hace ver que el Evangelio es la palabra de Dios.

Los magos nos dan ejemplo de fe al ver en aquel niño desvalido al Rey de cielos y tierra. Hoy es la fiesta de la ilusión, porque hoy recordamos la ilusión con que los magos iban en busca de Jesús y vemos la ilusión de los niños en busca de juguetes. Todos hemos de tener la ilusión de ver a Dios.

Bautismo de Jesús

En la vida de Jesús podemos distinguir dos partes. La primera es la vida oculta durante treinta y tantos años, en la que trabaja de carpintero. La segunda es la vida pública durante dos o tres años, en la que predica el Evangelio.

Lo primero que hizo en la vida pública fue dirigirse al río Jordán para ser bautizado por san Juan Bautista. El agua vale para aplacar la sed, pero también para hacer limpieza. Muchos pecadores arrepentidos iban al Jordán a recibir el agua del bautismo, haciendo ver, por medio del agua derramada sobre sus cabezas, que querían llevar una vida limpia.

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personas estupendas; y para eso besan a los niños, estrechan la mano de los ancianos y hacen otras cosas parecidas. Jesús, en cambio, se lanza a la predicación del Evangelio, presentándose humilde y desconocido, formando cola como uno más en las largas filas de los que esperaban el bautismo de Juan. Se presentaba como pecador, siendo la santidad misma. Porque era la santidad misma, Juan protesta diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14). Porque era la santidad misma, en el momento del bautismo vino una voz del cielo, que decía: «Este es mi Hijo, el Amado, mi predilecto» (Mt 3,17).

Muchos políticos hacen promesas que luego no cumplen; las promesas de Jesús son promesas de un Dios, que no puede faltar a su palabra. Muchos políticos buscan el triunfo de su partido; Jesús buscaba el bien del hombre.

Los políticos en su campaña electoral presentan un programa. El Evangelio es el programa de Jesús, y en este programa está la hermandad entre los hombres, están el perdón y la salvación de los pecadores. Por esto, en el río Jordán, Jesús se pone en las filas de los pecadores y más tarde se sentará con ellos a la mesa. En este programa está la esperanza para este mundo tan alejado de Dios. Con Jesús todos los que sufren tienen motivos para seguir llevando la cruz de la vida. El programa de Jesús no es el de la metralleta que mata, no es el de la violencia, no es el de los puños, es el de la mano tendida; no es el de los gritos, de los insultos o de la fuerza. Él nos habla al corazón, llama a todos sin forzar a nadie, invita sin empujar. Jesús es el que da sentido a la vida.

Una fábula oriental cuenta que un rico muy rico preguntó a un sabio muy sabio dónde estaba la felicidad, porque quería comprarla. El sabio respondió: «Donde se juntan la tierra y el cielo, allí está».

El rico se puso en camino, recorrió llanuras, subió a los montes, cruzó mares, pero el punto de unión del cielo y de la tierra siempre estaba a la misma distancia. Nunca pudo lograr la felicidad que pretendía.

La felicidad sólo se puede encontrar en Jesús, en quien se juntan tierra y cielo, porque Él es hombre y es Dios.

La felicidad la encontraremos en Jesús, imitando su ejemplo. Y el ejemplo de Jesús, nos lo dice san Pedro, fue pasar por el mundo haciendo el bien.

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Cuaresma

Domingo I de Cuaresma

Tenía varios pretendientes. Uno de ellos, un joven muy guapo, hijo del dueño principal de una de las marcas de automóviles más famosas del mundo. Ella estaba enamorada, sin embargo, de un humilde maestro de escuela. Cariñoso, sensible, incapaz de engañar, este maestro era de esos hombres a los que una enamorada se siente animada a decirle:

—¡Contigo, pan y cebolla!

—No seas ilusa: pon los pies en tierra y no desperdicies la oportunidad de vivir como una gran señora –le repetía machaconamente a la joven su buen padre.

Y la muchacha entró al fin en razón y se casó con el rico heredero. Dos años más tarde, su padre admiraba y alababa con orgullo el palacio del que su hija disfrutaba. Esta le dijo con profunda mirada de tristeza:

—¿Por qué vives de espejismos, papá? ¿Piensas que una vida se hace feliz llenándola de casas y de cosas bonitas, de muebles y automóviles, de joyas y vestidos? He aquí la recompensa que me hace mi marido por su indiferencia, por sus infidelidades y por su orgullosa dominación. ¡Para el canario, papá, una jaula no deja de ser jaula, aunque sea de oro! –así se expresaba esta joven.

Hay hombres que tienen muchas posesiones y se afanan por poseer cada vez más; pero parece que ignoran que su esposa y sus hijos son personas a las que tienen que dedicarles su tiempo y su amor. Y así hay esposas que se sienten en amarga soledad y hay hijos de ricos que, sin la debida atención paterna, andan por la calle en busca de drogas. Es que los muchos apartamentos y los chalets en la Costa del Sol no son los que hacen feliz a una familia.

Como dice Jesús en el Evangelio, no sólo de pan vive el hombre. Está claro que necesitamos tener cosas; pero eso no basta. Podemos tener el estómago satisfecho y llena la cartera, y tener el corazón hambriento y vacío. Los deseos de nuestro corazón no se satisfacen con propiedades y libretas en el banco. Para sentirnos satisfechos necesitamos amar y ser amados, ser tratados como personas; necesitamos vivir los valores cristianos, necesitamos fe y esperanza, necesitamos de todo eso de que nos habla la palabra de Dios, que debemos escuchar y cumplir. ¡Qué distinto sería el mundo si la escucháramos y la cumpliéramos!

La palabra de Dios busca nuestro bien, no sólo para el otro mundo sino también para este. En este mundo ni sufriríamos tanto ni haríamos sufrir tanto a los demás, si la escucháramos y cumpliéramos.

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Domingo II de Cuaresma

Estamos bombardeados de palabras. Unos nos dicen una cosa, otros nos dicen otra. ¿A quién hacer caso?

Dios, cuando quiso darnos a entender cuánto nos quiere, nos presentó a Jesús diciendo: «Este es mi hijo, el Amado, mi predilecto. Escuchadle» (Mt 17,5). Es como si dijera: Jesús es mi palabra.

En efecto; Jesús es la palabra de Dios. Hay quien dice y no hace. Jesús hace lo que dice.

Jesús es la palabra que vale la pena seguir. Mientras otras palabras tratan de vendernos algo, de conseguir nuestro voto, nuestro dinero o nuestro aplauso, Jesús vino ofreciéndosenos gratuitamente para que tengamos vida eterna.

Jesús a veces nos desconcierta porque nos habla de que carguemos con nuestra cruz. También Él la llevó, y muy pesada. Jesús sabía muy bien que la cruz es algo muy duro de aceptar. Por eso san Pedro, cuando Jesús le hizo saber que iba a Jerusalén para ser crucificado, le dijo: «¡Lejos eso de ti, Señor!» (Mt 16,22).

Jesús nos habla de que carguemos con nuestra cruz, porque el que ama de verdad tiene que sufrir; por eso sufrimos tanto nosotros cuando se nos muere un ser querido. Es que lo amábamos de verdad.

En el monte Tabor, durante un instante, su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Fue entonces cuando san Pedro exclamó: «Señor, ¡qué bien se está aquí!» (Mt 17,4).

Jesús, mostrando su gloria en el Tabor, quiso dar ánimos a los tres Apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, que le iban a ver sudar sangre en Getsemaní, y darnos ánimos a nosotros, mostrándonos la gloria que vamos a encontrar al otro lado, mostrándonos que hay un Padre que nos ama y que hay una vida después de la muerte.

Hermanas y hermanos: es pesada la presencia del dolor y de la muerte, pero Jesús venció el dolor y la muerte. Y en Él está la esperanza de que también nosotros exclamemos un día en el cielo: ¡Qué bien se está aquí, Señor!

Domingo III de Cuaresma

En los tiempos modernos hay muchos adelantos en medicina, en libertades políticas y en tantas cosas. El nivel de vida ha mejorado.

Sin embargo, no somos felices a pesar de tanto adelanto, a pesar del consumismo y a pesar de que, al parecer, todo nos está permitido. La felicidad es el agua viva de la que nos habla el Evangelio de hoy.

La verdad es que todos los seres vivientes tenemos sed de felicidad. Sed de felicidad la tiene el león cuando ruge en la selva, la tiene la paloma cuando arrulla dulcemente, la tiene el ternerito cuando llama a su madre.

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hombres de todas las razas, en las miradas de los niños y de los ancianos, de las madres y de la mujer enamorada. La hay en cualquier persona.

Por la felicidad se cometen todos los crímenes, se pelea en todas las guerras y se aman y se odian los hombres. Todo lo que hacemos, aunque sea pecando, es en busca de la felicidad. Lo que sucede es que, cuando pecamos, la buscamos donde no está.

El pozo del corazón humano es muy profundo y no podemos llenarlo con las pequeñas felicidades que encontramos en la vida. Si tenemos una bicicleta deseamos tener una moto; y si tenemos una moto deseamos tener un coche. Después de la televisión en blanco y negro, deseamos el televisor en color. Después de alcanzar esto deseamos alcanzar aquello, y así siempre. La samaritana, de que habla el Evangelio, había tenido cinco maridos. Y fueron cinco sueños o, mejor dicho, cinco fracasos. El que ahora tenía no era su marido. Sin embargo, ella, una y otra vez, intentaba ser feliz. Y todos, una y otra vez, intentamos ser felices y nunca estamos satisfechos. Y aunque tuviéramos todo lo que deseáramos, lo cual es imposible, todo lo podríamos perder en unos segundos.

¿Dónde encontrar la felicidad? Sólo la encontraremos en Dios.

A veces en los rostros de algunas personas hay un reflejo de cielo y por eso nos son tan atractivos, porque nosotros hemos sido creados para el cielo.

El cielo es nuestra meta. A lo largo de los siglos, por distintos caminos de Europa, miles y miles de peregrinos llegaron a Compostela. Y las huellas de sus dedos quedaron grabadas en el Pórtico de la Gloria. Habían llegado a su meta. Pues bien, todos somos peregrinos que vamos caminando a la eternidad. ¡Ay, cuántos millones lo han hecho antes de nosotros, lo hacen con nosotros y lo harán después de nosotros! Y debemos afanarnos por llegar a nuestra meta, que es el cielo. El cielo es la verdadera felicidad. Si no hubiera cielo, todo al final no sería más que una historia de fracasos.

Pero no nos engañemos. No todos los caminos nos llevan al cielo. Sólo hay un camino. Y es el que Jesús nos señala en el Evangelio.

Domingo IV de Cuaresma

¡Qué importante es la luz! Gracias a la luz, cada mañana, al despertar, podemos ver las plantas, las flores, los rostros de los seres queridos y tantas cosas.

El poeta alemán Goethe, a los ochenta años, en el momento de morir, pedía que le abrieran la ventana para que entrara más luz en la habitación. «¡Luz, quiero más luz!», gritaba una y otra vez.

¡Qué tristes son unos ojos sin luz! El Evangelio de hoy nos habla de un ciego de nacimiento que gracias a Jesús pudo ver el color, la maravilla del paisaje y la presencia de cosas de las que antes no tenía ni idea. ¡Qué alegría tan grande la suya! Y por dos motivos: en primer lugar, porque Jesús le hizo salir de la oscuridad, en la que ni siquiera tenía un color que recordar; y en segundo lugar, porque le abrió los ojos de su corazón a la verdad de Dios.

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Cuando se habla de ciegos nos imaginamos al ciego del bastón y de las gafas oscuras, pero hay muchas clases de ciegos. Sobre ellos nos llama la atención la palabra de Dios.

Son ciegos los que se dejan llevar por las apariencias. Las apariencias engañan. Es en el corazón donde se fabrican las buenas o malas acciones. Lo importante no son las apariencias, las máscaras. Dios se fija en el corazón, porque el corazón es lo que importa. Y uno puede tener un cuerpo muy hermoso, pero esa hermosura se va marchitando con el paso de los años. En cambio, un corazón hermoso, con el paso del tiempo, se puede hacer cada vez más hermoso.

Son ciegos los que no se fían de la palabra de Dios; eso que la palabra de Dios sólo busca el bien del hombre. Y es bien del ser humano no querer para otro lo que uno no quiere para sí.

Son ciegos los que se creen superiores a los demás. No pueden aceptar la verdad que viene de los labios de quien desprecian. Les ciega el orgullo y el egoísmo.

Son ciegos los que buscan la oscuridad para hacer el mal. Dice san Pablo: «Da vergüenza nombrar las cosas que ellos hacen a escondidas» (Ef 5,12).

Son ciegos los que no quieren ver. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Cuando, ante una injusticia clara, yo hago como que no me entero y me callo cobardemente, soy un ciego; cuando ante una necesidad hago como que no la veo, entonces soy ciego; cuando estoy viviendo de espaldas a Dios y al prójimo y no quiero pensar en ello para no cambiar, entonces soy un ciego que se pone a sí mismo una venda en los ojos.

Cristo es la luz del mundo. Que Él nos ilumine para que sepamos ver la imagen de Dios que hay en cada persona, en cada hermano, para ser solidarios con ellos.

Domingo V de Cuaresma

Ante los sufrimientos que hay en el mundo podemos preguntarnos por qué sufrimos. A veces sufrimos porque formamos parte de la naturaleza y la naturaleza tiene sus leyes. Es ley de la naturaleza, por ejemplo, que el fuego dé calor, y esto es un gran beneficio para la humanidad. Nadie está dispuesto a prescindir del fuego, pero... ¡ay!, si tocamos el fuego, nos quemamos y, en consecuencia, sufrimos.

Otras veces sufrimos porque luchar para conseguir algo que valga la pena lleva consigo sacrificios. Por eso se dice que lo que vale mucho, mucho cuesta. El ciclista Miguel Induráin, que había manifestado: «Soy católico, creo en Dios y voy a misa», decía: «A nadie le apetece sufrir y a nadie le apetece entrenarse, hacer kilómetros y kilómetros sobre una bicicleta, pero me entreno y sufro porque es necesario». Y de esta manera Induráin fue un gran campeón.

Otras veces son nuestros errores, nuestros vicios y pecados los que, a la corta o a la larga, nos hacen sufrir a nosotros o a los demás. Y así, por ejemplo, ¡cuánto sufrimiento puede causar el tabaco, y no digamos el alcohol y otras drogas!

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Guerra mundial.

Todos o casi todos habéis oído hablar de las atrocidades de los nazis en los campos de concentración. Pues bien; el 27 de septiembre de 1941, un joven de 16 años llamado Michalowski iba a ser fusilado junto con más de tres mil judíos. Cayó herido en la fosa inmediatamente antes de que los otros fueran alcanzados por la ráfaga de las metralletas. Durante la noche se arrastró fuera de la fosa común y huyó hasta la aldea más cercana. Un labrador le abre su puerta, lo ve desnudo –le habían despojado de todo– y cubierto de sangre, y le dice: «Judío, vuelve a la tumba, que es lo tuyo». Desesperado, llama por fin a la puerta de una anciana y le suplica: «Soy tu Señor Jesucristo. He descendido de la cruz. ¡Mírame: la sangre, el sufrimiento, el dolor del inocente! ¡Déjame entrar!». La anciana se arroja a sus pies y lo esconde durante tres días. El joven huye después al monte para luchar allí contra los nazis.

Yo no sé si realmente la anciana creyó que aquel joven era Jesucristo, pero lo que sí sé es que lo trató como si fuera Jesucristo. Lo que sí sé es que en el Evangelio Jesús nos dice que todo lo que hagamos al prójimo se lo hacemos a Él; que especialmente le hacemos a Él todo lo que hagamos en favor de los que sufren.

Lo que más nos hace sufrir es la muerte, y ante la muerte podemos preguntarnos por qué Dios, siendo tan poderoso y bueno, no la impide. Esta pregunta es parecida a la que se hicieron los judíos cuando Jesús se hallaba ante la tumba de su amigo Lázaro. La pregunta era: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía impedir que muriera este?» (Jn 11,37). Jesús no les contesta; Jesús se echó a llorar. Es que la muerte es algo muy difícil de comprender.

Lo que está claro es que no puede haber resurrección si no hay muerte; como no puede haber una espiga si antes no se entierra el grano.

La muerte es muy difícil de comprender; pero no es extraño que, si Jesús murió para resucitar, también nosotros tengamos que morir para resucitar como Él. Y Él ha dicho: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11,25).

Domingo de Ramos

Todos los años por Semana Santa recordamos la pasión de Cristo, pero muchas veces nos olvidamos de que, según Cristo, todo lo que hagamos al prójimo se lo hacemos a Él. Y si se lo hacemos a Él, entonces su pasión no ha terminado. La pasión de Cristo continúa mientras todo hombre sea tratado de una forma injusta por sus hermanos los hombres.

Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando, a semejanza de sus discípulos predilectos, que lo dejaron solo en el huerto de Getsemaní, nosotros no sabemos acompañar a nuestros hermanos que sufren, que se sienten angustiados y abandonados.

Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando vendemos nuestra alma por treinta monedas de plata, cuando nuestro deseo de medrar nos lleva a hacer negocios no tan limpios y a no prestar a nuestros hermanos la ayuda que necesitan.

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Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando somos violentos como aquellos que prendieron a Jesús con palos y espadas, cuando negamos a Cristo por vergüenza y cobardía como hizo Pedro, cuando por respetos humanos ocultamos nuestra fe.

Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando, ante un indefenso del que están abusando, nos lavamos las manos como Pilato, cuando somos uno más del montón, que condenamos a ciertas personas porque todo el mundo lo hace así, sin reflexionar en lo que haya de verdad en esas condenas. Así lo hizo aquella multitud de Jerusalén que gritaba: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» (Lc 23,21).

Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos burlamos de los que sufren, de los despreciados y marginados de la sociedad, como hicieron los soldados ante Él, cuando hacemos burla del dolor ajeno especialmente de los débiles.

Sí, la pasión de Cristo no ha terminado. Cristo sigue hoy sufriendo en el hombre hermano. Podríamos decir que cada ser humano, además del carné de identidad propio, tiene el carné de identidad de Cristo. Todo lo que hagamos a un ser humano se lo estamos haciendo a Cristo. Y esto está clarísimo en el Evangelio; al final del mundo dirá el Señor: lo que hicisteis a mis hermanos, es decir, a vuestro prójimo, a mí me lo hicisteis.

La historia de la pasión no es, pues, una página del pasado. Sigue siendo actualidad en los muchos millones de cristos: en aquellos cuya sangre sigue siendo derramada injustamente, en los niños del sida y en tantas personas que son marginadas y discriminadas por la sociedad, en el hombre solo y enfermo que no encuentra compañía, y en tantos otros.

No acusemos solamente a los judíos del tiempo de Jesús. Démonos hoy golpes de pecho porque todos nosotros seguimos siendo responsables de la pasión de Cristo, que aún no ha acabado.

A veces se oye decir que nosotros no podemos cambiar el mundo. Pero sí que podemos cambiarlo. El mundo lo formamos todos, y cada uno de nosotros podemos aliviar sufrimientos y podemos causar alegría. Cada uno de nosotros podemos hacer sufrir, cada uno podemos hacer mucho bien o mucho mal. En resumidas cuentas, podemos hacer que el mundo sea un poco mejor o un poco peor.

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Pascua

Domingo de Resurrección

No debemos dejarnos llevar por las apariencias. Según las apariencias, hace cerca de dos mil años, la vida de Jesús de Nazaret, el Crucificado, terminó en un fracaso. ¡Y qué fracaso! Clavado en la cruz, entre ladrones, insultado y escupido por sus enemigos, abandonado por sus amigos y despojado de lo poco que le quedaba –sus vestiduras–, fue enterrado en un sepulcro prestado.

Pero ni el mal ni la muerte pudieron apagar para siempre los ojos bondadosos y agonizantes del nazareno. Sería demasiado injusto que el mal y la muerte pudieran acabar para siempre con la persona más adorable de toda la historia de la humanidad. De aquel sepulcro nació la esperanza para miles de millones de seres humanos.

Después de los sucesos del Calvario, el domingo de Pascua, muy de mañana, unas mujeres van al sepulcro para honrar su cadáver. También a través de los siglos, hombres y mujeres vamos a las tumbas de nuestros seres queridos y llevamos unas flores y, lo que es mejor, rezamos una oración; pero ellos, ni una sola palabra; guardan silencio.

Fueron las mujeres las primeras testigos de la resurrección de Jesús. Las mujeres, siempre tan despreciadas. Precisamente, en aquel tiempo, ni siquiera eran admitidas como testigos. Si la resurrección fuera un invento, el inventor jamás pondría como testigos a mujeres. Es que la gente no se fiaba de ellas. Pero la resurrección fue un hecho real y Dios no piensa como los hombres. Dios, a las mujeres, les hizo el honor de ser las primeras testigos de la resurrección de su Hijo. Un ángel dio a aquellas mujeres la gran noticia: «El Crucificado no está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,6). Fue esta la mejor noticia de la historia de la humanidad. Poco después, ellas mismas vieron al Resucitado.

Jesús resucitó y nos dio la esperanza de que nosotros también resucitaremos. Nuestra esperanza se basa en las palabras del mismo Jesús y en el poder y la bondad de Dios.

El poder y la bondad de Dios hacen que el grano de trigo, que muere y es enterrado y del que al final ni siquiera quedará la cáscara, se transforme en algo mejor, en una espiga. Pues bien, el poder y la bondad de Dios hacen que nosotros, que morimos y somos enterrados y de quienes al final ni siquiera quedará un hueso, nos transformemos en algo mejor, en personas resucitadas, libres ya de las miserias de esta vida. Para Dios, más importantes que el grano de trigo somos nosotros, sus hijos.

Es por la resurrección por la que debemos vivir nuestra fe con alegría. En tiempo de Pascua se repite una y otra vez «aleluya», «aleluya», es decir, alegría, alegría. No es para menos. Cristo triunfó sobre la muerte y su victoria es nuestra victoria, ya que esperamos participar en su gloriosa resurrección.

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Domingo II de Pascua

Los apóstoles estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y estaban angustiados porque su gran amigo Jesús, por quien lo habían dejado todo, había terminado en total fracaso en el Calvario. Imaginaos, pues, la gran alegría que tendrían al presentárseles resucitado: «Se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20), nos dice el Evangelio de hoy.

Las primeras palabras de Jesús fueron estas: «Paz a vosotros» (Jn 20,19). ¡Qué importante es la paz! Pero la paz de Cristo no es sólo la ausencia de guerra. Es también la paz de la conciencia tranquila, la paz de los que hacen la voluntad de Dios. Dicen que no hay mejor almohada para dormir que una buena conciencia.

Yo tenía un primo que era teniente de la guardia civil y me contó que un día se había cometido un crimen. Se sospechaba de un individuo. De noche vigilaron su casa y vieron que a las cuatro de la mañana se levantaba y andaba, de una parte para otra, muy nervioso y fumando. Se le detuvo y reconoció su crimen. Al menos a este hombre le remordía la conciencia. No podía dormir. Pero muchas veces la conciencia, a fuerza de no hacerle caso, ya no remuerde. Y esto es muy grave. ¿Para qué va a funcionar la voz de alarma si nadie le hace caso? ¿Para qué va a funcionar la voz de la conciencia si no se la escucha?

También en el Evangelio de hoy Jesús nos dice: «Dichosos los que crean sin haberme visto» (Jn 20,29).

Hermanas y hermanos: esos dichosos somos nosotros si creemos en Jesús resucitado, porque nosotros no lo hemos visto. Pero para creer no se necesita ver; lo que se ve no se cree, se ve. Creer es fiarse de los testigos que merecen nuestra confianza. Si un niño está en una casa en llamas y si en un balcón, en medio del humo que no le deja ver, oye la voz de su padre que le dice: «¡Lánzate por ahí, por donde estás!», el niño se lanza porque su padre es testigo de que por allí se puede lanzar. Y el niño confía en su padre.

Pues bien, los apóstoles son testigos de la resurrección de Jesús y merecen nuestra confianza. Es que los apóstoles no eran unos mequetrefes. Tampoco buscaban el poder o el dinero. Gracias a la resurrección de Jesús, los apóstoles se convirtieron en personas santas, que sufrieron persecuciones por predicar esta verdad, y estaban tan seguros de ella que, a pesar de ser tan cobardes en los momentos de dolor de su divino Maestro, dieron su vida antes que callarse.

¡Jesús resucitó! Esta verdad, desde hace casi dos mil años, se nos viene transmitiendo de padres a hijos. Esta verdad, para los primeros cristianos, estaba muy fresca. Por eso tenían tanto entusiasmo. Estaban muy unidos y se ayudaban para que nadie pasase necesidad.

Los cristianos fueron aumentando en número y se extendieron por el mundo entero. Pero a medida que fueron pasando los años la fe en Jesús se fue debilitando, hasta tal punto que hoy muchos de los que nos llamamos cristianos prácticamente no nos distinguimos de los paganos.

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necesitado y hacemos lo posible para ayudarle.

Andaba el padre Doyle, capellán militar en la I Guerra mundial, atendiendo a los heridos en el campo de batalla cuando escuchó a distancia a uno que le decía:

—¡Ay, padre; yo no pertenezco a su religión!

—Bien –respondió el padre–. No perteneces a mi religión, pero sí que perteneces a mi Dios.

Y naturalmente, le atendió como a los demás.

Vivamos la auténtica fe cristiana, que es la religión del amor, de la unión, de la alegría verdadera y de la paz.

Domingo III de Pascua

La madre Teresa de Calcuta, aquella santa en vida que junto con otras hermanas de la caridad se dedicaban al cuidado de los inválidos, de los moribundos, de los hambrientos, de los leprosos, de los alcohólicos y de todos los que sufrían mil calamidades, nos contaba lo siguiente:

«En Calcuta atravesábamos un período de escasez de azúcar. Un niño pequeño, un niño hindú de cuatro años de edad, vino con sus padres. Trajeron un pequeño tarro de azúcar.

Al entregármelo, el pequeño dijo: “Por tres días no tomaré azúcar. Díselo a tus niños”.

Unas semanas antes de mi viaje a Estados Unidos –continúa diciendo– alguien vino a nuestra casa una noche y nos dijo: “Hay una familia hindú con ocho hijos que llevan varios días sin comer”.

Cogí entonces un poco de arroz y acudí en su ayuda.

Pude ver sus caritas, pude ver sus ojos relucientes por el hambre.

La madre tomó el arroz de mis manos, lo partió en partes iguales y salió inmediatamente.

Al volver le pregunté: “¿Adónde has ido? ¿Qué has hecho?”. Me contentó: “También ellos tienen hambre”.

Es que al lado había una familia árabe con el mismo número de hijos. Ella sabía que llevaban días sin comer.

Cuando me fui, sus ojos brillaban de alegría porque madre e hijos podían compartir algo con los demás, algo de lo que incluso necesitaban».

Hermanas y hermanos, ¡qué ejemplo maravilloso nos dan a nosotros, que muchas veces ni siquiera damos algo de lo que nos sobra!

La fe cristiana no es creer en Dios y tener el corazón frío. No es sólo ir a misa y rezar o hacer novenas o visitar santuarios. La fe cristiana es sobre todo tener calor en el corazón y compartir, incluso haciendo el tonto a los ojos del mundo.

Sé de una señora que, en tiempos del hambre, al ver que una persona estaba robando patatas en su finca, cambió de camino para que esa persona no se sintiera avergonzada.

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Era una madre que robaba porque sus hijos tenían hambre. Esa señora era tonta para la sabiduría del mundo, pero no para la sabiduría de Dios.

En el Evangelio de hoy, después de la muerte de Cristo, cuando dos discípulos iban camino de Emaús, se encontraron con un viandante. Lo invitaron a quedarse con ellos. Sentados a la mesa, el peregrino partió el pan y se lo dio. Al momento reconocieron en él a Cristo resucitado. Es que los tenía acostumbrados a partir el pan para compartir.

También la gente que nos ve reconocerá que somos verdaderos cristianos si sabemos compartir.

Domingo IV de Pascua

Uno de los militares más importantes de la historia, Napoleón, dijo en una ocasión: «Reyes y emperadores conquistamos muchos territorios por medio de la fuerza y después de nuestra muerte no tenemos amigos; en cambio, Cristo conquistó los corazones por medio del amor y aún hoy millones de seres humanos irían voluntariamente a la muerte por Él». Estas palabras de Napoleón no eran para menos.

En el Evangelio Cristo se nos presenta como el buen pastor. Cristo, como buen pastor que era, no se aprovechó de sus ovejas, sino que entregó la vida por ellas, es decir, por nosotros; pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los enfermos; vino a buscar a las ovejas descarriadas, es decir, a los pecadores; no predicó un mensaje de violencia, sino de amor y sacrificio. Y todo esto lo hizo gratuitamente.

Cristo aparece como el buen pastor, soñado tantas veces por el pueblo. Este pueblo sencillo, que pone sus ilusiones en ser gobernado por buenos gobernantes y que tantas veces se queda una vez más desilusionado. Jesús se presenta como el buen pastor, que conoce a sus ovejas por el nombre propio de cada una de ellas. Para Él, yo nunca seré un número sin importancia, sino una persona con mis problemas concretos, mis alegrías y mis penas, una persona a la que Él, como Dios, ama desde toda la eternidad. Porque nos ha amado, nos ha elegido para que naciéramos; pudo haber hecho que en vez de cada uno de nosotros nacieran otros muchos, pero aquí estamos y todos distintos. Jamás hubo ni hay ni habrá dos personas exactamente iguales. Todos somos distintos como distintas son las huellas dactilares.

Cada uno de nosotros somos necesarios para aportar un granito de arena en bien del mundo, lo mismo que cada uno de los músicos de una banda es necesario para que resulte un concierto.

No es lo mismo vivir de las ovejas que vivir para las ovejas. Vivir de las ovejas es aprovecharse de ellas; vivir para las ovejas es entregarse y sacrificarse por ellas.

De lo primero es ejemplo un político revolucionario que, aspirando al poder, decía en un discurso: «Estamos haciendo la revolución por el pueblo. Queremos mejorar sus condiciones de vida y liberarlos de toda opresión: es el pueblo quien debe mandar...».

Y el pueblo lo apoyó en su mayoría. Pero ya en el poder, aquel político se convirtió en un tirano e impuso un régimen de terror; y el pueblo siguió marginado y sin libertad.

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En su campaña política y revolucionaria, no era el pueblo, sino sus votos lo que le interesaban.

Como ejemplo de lo segundo, tenemos al obispo monseñor Anselmo Polanco, encarcelado en un país comunista. Algunos mandos que le apreciaban personalmente le dicen un día: «Está usted libre, señor obispo: puede irse cuando lo desee». Él respondió: «Aquí, en prisión, se encuentran muchos de mis fieles, detenidos por ser católicos. Si salgo junto con ellos, acepto y agradezco sinceramente la libertad. De lo contrario, prefiero correr la suerte que van a correr ellos». Y este obispo, junto con muchos de sus fieles, fue asesinado. Este obispo era un buen pastor.

Pues, bien; Jesús, como buen pastor, estuvo al servicio de sus ovejas hasta dar la vida por ellas.

Domingo V de Pascua

Antes de nacer, el niño disfruta de una vida en la que se siente libre de preocupaciones en el vientre de su madre. Allí, en medio del suave calor y de la oscuridad tranquila, en una especie de taller, se van formando sus miembros. Allí, en nueve meses de felicidad en que percibe los latidos del corazón de su madre, se van escribiendo las primeras páginas del libro de su vida. El niño nada sabe de lo que le espera fuera. De pronto, al nacer y de manera brusca, todo cambia a su alrededor: sus pupilas se llenan de luz, sus pulmones, antes plegados, se abren por vez primera para dar paso al aire. En sus oídos entran voces extrañas y oye por vez primera su propio llanto. El niño llora porque el cambio le resulta desagradable. Al nacer para este mundo, todo le resulta tan nuevo y tan extraño que el niño ya no tiene la seguridad que sentía antes, y tiene miedo. ¡Con lo cómodo que estaba! Todo lo que necesitaba para su sustento se le daba antes sin pedirlo.

El niño ahora busca la seguridad, antes que nada, en su propia madre. Es natural; en su seno se había sentido seguro. El niño pequeño necesita la presencia cercana de su madre, necesita su voz, sus caricias para asegurarse de que ella está al lado y se preocupa por él, para asegurarse de que responderá a sus llamadas y lo atenderá en sus necesidades.

Hermanas y hermanos: cada uno de nosotros somos ese niño que se va desarrollando con los años. En todos nosotros hay más o menos miedo, unos miedos que ya vienen desde la niñez.

Me lo contaba una madre. Su hijo insistía en que ella estuviera a su lado cuando él se acostaba, y se dormía agarrado a su mano. Su madre esperaba a que se durmiera para retirar la mano, pero el hijo lo notaba enseguida, aún medio dormido, y apretaba más fuerte.

El miedo está siempre presente en nuestras vidas. Tenemos miedo al nacer y tenemos miedo al morir. Nacemos en un mundo extraño, que no conocíamos antes de nacer, y lo dejamos por un mundo más extraño todavía, que no conocemos antes de morir. Nadie sabe exactamente lo que le aguarda al dejar este mundo, como no sabía lo que le

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aguardaba cuando vino a él.

Hay dos pasos muy importantes en la vida. El primer paso lo dimos para vivir en este mundo. Y la fe nos dice que cuando muramos daremos el segundo paso para vivir en la eternidad.

El niño, al nacer, se aferra al seno materno y por su gusto no lo dejaría. Llora por tener que dejarlo. Y nosotros nos aferramos a este mundo y por nuestro gusto no lo dejaríamos. Lloramos por tener que dejarlo. Pero es ley de vida. Tenemos que dejarlo. Es necesario para el desarrollo del ser humano. Comprendemos perfectamente que no sería bueno que el niño se quedara para siempre en el vientre de su madre. Tampoco es bueno que nosotros nos quedemos para siempre en este mundo. Y esto lo comprenderemos al otro lado.

De todos modos, es natural que sintamos miedo. Pero, para dicha nuestra, Jesús nos tranquilizó con estas palabras pronunciadas poco antes de su muerte: «No tengáis miedo. En la casa de mi padre hay muchas estancias. Os voy a preparar un lugar para que, donde yo esté, estéis también vosotros».

Hermanas y hermanos: esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza.

Domingo VI de Pascua

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15), nos dice Jesús en el Evangelio de hoy.

Los guardias de tráfico y cualquiera que va sentado al volante saben que en la carretera son necesarias las señales de mandato o de prohibición. Sin ellas, la carretera sería un caos y se producirían innumerables accidentes. También en la vida humana son necesarios mandatos y prohibiciones; de lo contrario, la vida sería un caos; reinaría la ley de la selva, la ley del más fuerte.

Eran dos los sospechosos de un asesinato. El joven abogado conocía la verdad: ¡el asesino era su propio padre! Sin embargo, había reunido abundantes documentos y testigos falsos para hacer recaer la culpabilidad en un extraño. ¡Y cuánto mal hacen en el mundo los testigos falsos!

—¿Esto no va contra tu conciencia? –le preguntó un colega. —¿Qué quieres? ¡Se trata de mi padre! –respondió el abogado.

—¿Y pretendes defender a tu padre a costa de que sea condenado un inocente? – siguió preguntando el colega.

El abogado respondió con el silencio. Y logró salvar a su padre con el triunfo de la mentira. Allá en la cárcel, el inocente indefenso pagó las consecuencias.

Este abogado, al pasar por encima de su conciencia, no amaba a Cristo. Una joven sencilla tenía su más cordial amistad con los pobres del pueblo. —¿Me quieres? –preguntó la joven a su novio enamorado.

—¡Con toda mi alma! –respondió zalamero el muchacho. —¿Tal como soy?

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