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Cuaderno-ADVIENTO-NAVIDAD-2015-2016.pdf

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AD

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Adviento-Navidad

Cáliz de la Misericordia

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Carta del Arzobispo . . . 05

Introducción . . . 15

PARA LA LITURGIA . . . 17

Adviento 2015 . . . 18

Primer domingo de Adviento . . . 20

Segundo domingo de Adviento . . . 24

Tercer domingo de Adviento . . . 32

Cuarto domingo de Adviento . . . 37

Navidad-Epifanía 2015-2016 . . . 42

Misas de Nochebuena y Navidad . . . 44

Sagrada Familia . . . 51

Santa María, Madre de Dios . . . 55

Domingo II de Navidad . . . 58

Epifanía del Señor . . . 62

Bautismo del Señor . . . 65

PARA LA FAMILIA . . . 71

C.D. de Familia y Vida Bendición de la mesa . . . 72

C.D. de Pastoral del Ambiente y Ecología Humana Bendición del Belén familiar . . . 78

Bendición del árbol de Navidad . . . 82

Laudato Si’ . . . 86

PARA LA PARROQUIA . . . 89

C.D. de Espiritualidad . . . 90

Cáritas Diocesana . . . 110

Scouts . . . 130

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Carta del

Arzobispo

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1. El fenómeno migratorio actual

Actualmente son muchos los países que se enfrentan al fenómeno de las migraciones. Por motivos de libre decisión de las personas o, más frecuente-mente, por motivos económicos o por causa de los conflictos civiles, étnicos o religiosos, oleadas de personas de diversas proveniencias buscan entrar en los países de acogida, esperando mejorar su nivel de vida o un refugio en su desvalimiento. Este fenómeno es consecuencia de la gran inestabilidad social, política o económica que sacude hoy a nuestro planeta.

Ante un fenómeno de tales dimensiones, ningún país puede solucionar por sí solo los problemas migratorios. Tampoco sirven de mucho las políticas restrictivas, pues originan frecuentemente entradas ilegales, dando origen a situaciones de descontrol tanto en la llegada como en la acogida de los extranjeros. Se hace pues necesaria una colaboración entre los países recep-tores y entre estos y los países emisores. Pero los problemas sociales adquie-ren, cada vez más, una dimensión planetaria, por lo que el fenómeno migra-torio plantea, además, la necesidad de buscar un nuevo orden económico internacional que, reduciendo las grandes diferencias existentes entre los países ricos y los países pobres, contribuya a reducir los flujos de personas, por poder conseguir medios aceptables de vida en sus lugares de origen. En cualquier caso, el fenómeno de las migraciones masivas nos sitúa ante un desafío nada fácil de resolver por sus implicaciones económicas, sociales, políticas, sanitarias y culturales.

Para intentar conseguirlo, un primer paso sería excluir en el comportamien-to de nuestras sociedades del primer mundo lo que el Papa Francisco ha llamado la globalización de la indiferencia. Dice así: “Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese

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ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamo-res de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos inteclamo-resa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incum-be. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el merca-do ofrece algo que todavía no hemos compramerca-do, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que

de ninguna manera nos altera”1.

2. La respuesta de la Iglesia ante las migraciones

Ante el fenómeno migratorio, los cristianos no tenemos otra alternativa que responder generosamente al sufrimiento de tantos hombres, mujeres y niños, que llaman a las puertas de nuestras sociedades del bienestar. Nos debe guiar en ello el comportamiento del Señor Jesús, que se identificó con el pobre, con el hambriento, con el enfermo y marginado. A la pregunta de los justos en la parábola del juicio final: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos en-fermo o en la cárcel y fuimos a verte?, el mismo Jesús contestará: ‘En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’” (Mt 25, 37-40).

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insensible ante las condiciones en que se encuentran multitud de emigran-tes. Se trata de personas que están a merced de los acontecimientos y que a menudo han vivido situaciones dramáticas. Los medios de comunicación social transmiten imágenes impresionantes, y en ocasiones escalofriantes, de esas personas. Se trata de niños, jóvenes, adultos y ancianos con rostros macilentos y ojos llenos de tristeza y soledad. En los campos de acogida sufren a veces graves privaciones. Sin embargo, a este respecto, es necesario reconocer el laudable esfuerzo realizado por no pocas organizaciones públi-cas y privadas para aliviar las preocupantes situaciones que se han produ-cido en diversas regiones del mundo. Tampoco se puede dejar de denunciar el tráfico practicado por explotadores sin escrúpulos que abandonan en el mar, en embarcaciones precarias, a personas que buscan desesperadamen-te un futuro menos incierto. Los que se hallan en condiciones críticas

necesi-tan intervenciones solícitas y concretas”2.

Por ello, el Magisterio de la Iglesia, “ha venido insistiendo en la urgencia de una política que garantice a todos los emigrantes la seguridad del de-recho, evitando cuidadosamente toda posible discriminación, subrayando una amplia gama de valores y comportamientos (la hospitalidad, la soli-daridad, el compartir) y la necesidad de rechazar todo sentimiento y mani-festación de xenofobia y racismo por parte de quienes los reciben. Tanto en referencia a la legislación como a la praxis administrativa de los distintos países, se debe prestar una gran atención a la unidad familiar y a la tutela de los menores, tantas veces entorpecida por las migraciones, así como a la

formación, por medio de las migraciones, de sociedades multiculturales”3.

2 Papa San Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones, año 2004. 3 Pontificio Consejo para las Migraciones, documento Erga migrantes caritas Christi, n. 27.

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3. “Obras quiere el Señor”

“Fui forastero y me acogiste”. Son palabras que, como el resto del capítulo veinticinco de San Mateo, siempre nos interpelan con una fuerza provocadora que nos llama a la conversión. Hoy nos interpelan todavía más aún ante la emergencia que plantean en los últimos días la avalancha a Europa de refu-giados, de perseguidos, de hermanos nuestros que miran a nuestros países como la solución a sus inmensos problemas de hambre, de carencia de lo mí-nimo necesario para vivir con sus familias con cierta decencia en los países de origen, de falta de libertad a la que se ven sometidos en sus tierras que tienen que abandonar, e incluso de terribles persecuciones a causa de su fe. Las esce-nas que nos llegan, las situaciones que vemos o que adivinamos son tremen-das, terribles, y golpean nuestras conciencias. Se ha convertido en nuestros días en preocupación preponderante de los Estados que, en justicia, se ven interpelados y urgidos a buscar soluciones y a proceder adecuadamente con justicia, sin que traiga consecuencias imprevisibles para los propios países. Una situación dramática que nos hace pensar y no cruzarnos de brazos. Ante este fenómeno tan generalizado y masivo de la emigración, con mo-tivaciones tan diversas y complejas, de proporciones tan gigantescas, de dramaticidad tan intensa y de urgencia tan grave, moviéndose tantos cien-tos y ciencien-tos de miles, en gran parte personas muy pobres y necesitadas de todo, que lo arriesgan todo a la desesperada, de un lugar a otro buscando

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amargura Él también tuvo que soportar en los primeros años de su vida terrena y que ahora soporta en ellos mismos: algo, y mucho, todo, hay que hacer por ellos. Aceptarlos y acogerlos cordialmente para que se sientan reconocidos en toda su dignidad de hermanos, sentirnos solidarios de veras con los que sufren en su carne los efectos de la marginación y de la pobreza a la que, con frecuencia y por desgracia, se ven impelidos tantos y tantos emigrantes que vienen de otros países buscando otras condiciones de vida, o simplemente vivir. Ofrecerles hospitalidad, ser hospitalarios de verdad, sin exclusiones ni posturas discriminatorias.

Nosotros los cristianos, llamados a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios, no podemos dejar de escuchar, acoger y cumplir aquellas palabras que recoge la Sagrada Escritura: “Si un emigrante se instala en vuestra tierra no le molestaréis: será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto” (Lev 19,33). Y en otro pasaje: “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te rescató de allí; por eso te mando que procedas así” (Deut 24, 17). Es un mandato de Dios el proceder de este modo con los inmigrantes. Un mandato que nos lleva a nuestra actuación personal y a reclamar y posibilitar que así sean tratados por la sociedad a través de las leyes pertinentes. No podemos ser pusilánimes, ni acobardarnos, tampoco perder la cabeza y dejarnos llevar sólo por sentimientos. Toda prudencia es poca, pero toda libertad y confianza en Dios, que nos grita a través del clamor desesperado de sus hijos más po-bres y desgraciados, la necesitamos sin olvidar que la caridad no tiene límites. ¡Ante todo, la caridad! Es verdad que, de inmediato, surgen sentimientos de indignación y tristeza, no exentos de vergüenza, acompañados de compasión y movidos a la solidaridad; pero esto no basta y no arregla nada. Es necesario asumir los sentimientos de Dios y actuar en consecuencia.

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No podemos pasar de largo y dar un rodeo con comentarios que señalan culpables o dan soluciones para los que tienen el poder de los pueblos. Ha-brá que actuar sin ponerse nerviosos, pero actuar; haHa-brá que actuar cola-borando con los poderes públicos, con los Estados y gobiernos que corres-pondan, pero actuar sin más dilaciones y paliar esta situación hasta que se encuentren soluciones globales y verdaderas; habrá que actuar denuncian-do, pero la denuncia sola no soluciona las cosas, hay que atender a los que nos llegan sabiendo que aquí los vamos a recibir como hermanos: “Obras

quiere el Señor”, diría santa Teresa de Jesús4.

4. Propuestas de Cáritas Diocesana

Cáritas Diocesana de Valencia se ha señalado ya unos objetivos concretos como respuesta a mi petición. En cuanto organismo de la Iglesia, que tiene encomendada en la diócesis la misión de promover y coordinar la atención a los refugiados, ya ha anunciado una serie de propuestas de actuación, a las que pueden sumarse cuantos, cristianos y no cristianos, se han hecho conscientes de la urgencia de esta crisis humanitaria.

• En primer lugar, ha creado un formulario para que los interesados en ayudar puedan ofrecerse para la colaboración y el apoyo a las personas refugiadas. Para obtener más información y comunicar sus datos

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• También va a establecer un grupo de coordinación con otras entida-des (CAR, CEAR, ACCEM y Cruz Roja), así como con los Ayuntamientos, para organizar mejor el alojamiento y acompañamiento de las fami-lias de refugiados.

• Se van a organizar próximamente cursos breves, de 10 horas de du-ración, para la formación de agentes de pastoral de migraciones, se-gún las orientaciones de la instrucción pastoral del Pontificio Consejo para los emigrantes e itinerantes Erga migrantes cartas Christi y del documento Acoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados

forzosos.

• Cada Vicaría territorial creará su propia Comisión de pastoral de las migraciones, para coordinar en el ámbito de su demarcación los diver-sos niveles de respuesta que requiere la acogida de los refugiados, con-tando en lo posible con personal experto en los ámbitos social, jurídico, psicológico, espiritual y pastoral. A su vez, deberá contar con el apoyo de otras entidades católicas especializadas en migraciones y refugio. • Habrá también en las Cáritas parroquiales equipos locales de acogida

y acompañamiento, encargados del acondicionamiento de los pisos cedidos en precario, para la gestión de las necesidades básicas (ali-mentación, ropa, gastos del hogar, etc.), para el acompañamiento de las personas y familias en sus propios hogares y para la coordinación del voluntariado local de acompañamiento.

•A través de Cáritas Diocesana se ofrecerán recursos de apoyo, como, por ejemplo, modelos de contratos, orientaciones para la acogida en el propio hogar, modelos de acuerdo interno con las familias, etc.

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• Finalmente, como elementos de sensibilización de la población en general, divulgaremos las informaciones más comunes relativas a la población refugiada, los derechos que se les reconocen, las ayudas so-ciales previstas, los retos que plantean para la plena integración sus diversas tradiciones culturales y religiosas, etc.

En todo ello, será de una gran ayuda el testimonio personal de quienes ob-tuvieron asilo ya hace años y se han integrado plenamente en nuestra so-ciedad y en la comunión eclesial, así como de quienes tienen más reciente su experiencia de búsqueda de protección y esfuerzo para su integración social.

5. Conclusión

Es mi deseo que todo el pueblo cristiano eleve súplicas confiadas al Padre común para que se encuentren caminos de solución a las dolorosas e injus-tas situaciones por las que pasan tantos hermanos nuestros, que, por razo-nes diversas, han tenido que abandonar sus familias, su patria, sus tierras, buscando condiciones de vida humana más dignas. Introdúzcanse preces en la oración de los fieles por esta intención. Convóquense vigilias y encuentros de oración y de adoración. No endurezcamos nuestro corazón: “En casa hay sitio para un hermano más”.

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Como cada año, desde el Adviento-Navidad del 2006, proponemos, desde la Vicaría de Evangelización y la Vicaría de Acción Caritativa y Social, unos materiales, unos recursos, para vivir y celebrar estos tiempo litúr-gicos. La intención no es ser ni los únicos ni los mejores. Muchas comunidades cristianas, muchos sacerdotes en nuestra diócesis, tienen capacidad suficiente para buscar y crear materiales de apoyo, de ayuda, propios. Estos que presentamos un año más pretenden ser un vínculo de comunión, una aportación de la diócesis a la tarea evangelizadora de cada parroquia, por peque-ña que sea.

La parte más extensa es la dedicada a la liturgia. Empe-zamos el ciclo C, utilizando preferentemente el evange-lio según san Lucas, el “evangeevange-lio de la Misericordia”. En este Año de la Misericordia y Año Eucarístico del Santo Cáliz, Cáliz de la Misericordia, nos acompañará la Pala-bra misericordiosa del Padre. “Hay momentos en los que

de un modo mucho más intenso estamos llamados a te-ner la mirada fija en la misericordia para poder ser tam-bién nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre”

(Misericordiae Vultus, 3). Seguir el ritmo de la liturgia, de las lecturas y oraciones, da continuidad a los tiempos li-túrgicos, nos hace experimentar, vivir, un proceso de cre-cimiento, de acercamiento a Dios mismo que se manifies-ta en su Palabra, que nos muestra, en la liturgia, su rostro misericordioso, su rostro de Padre.

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El resto de materiales, aportados por la diferentes Comi-siones Diocesanas y otras instituciones, quieren unirse a este propósito de ayudarnos a vivir, con mayor inten-sidad, los tiempos de Adviento y Navidad. Las distintas realidades y grupos que hay en nuestras parroquias y co-munidades cristianas viven con intensidad estos tiempos y los materiales que se ofrecen pueden ayudar a vivirlos en comunión, con un mismo pensar y sentir. Las celebra-ciones que se ofrecen, las reflexiones, los tiempos de ora-ción, la información de diversas acciones y actividades, nos hacen sentir el carácter diocesano de nuestra vida. Este año, la Navidad, de por si ya ajetreada y con una gran vivencia en las parroquias, se verá aumentada con la presencia de un gran número de jóvenes que partici-parán en el Encuentro Europeo de Jóvenes organizado por la Comunidad Ecuménica de Taizé. Serán muchas las parroquias y otras comunidades de nuestra diócesis que acojan a jóvenes en las familias, que compartan con los que vienen la oración, la fe, y muchas más cosas. Será una buena ocasión para vivir en profundidad el

encuen-tro, la misericordia, la generosidad. La llegada de los jó-venes y de los Hermanos de la Comunidad de Taizé, que trastocará un poco nuestras “costumbres navideñas”, nos dará la oportunidad de acoger a los que se acercan a no-sotros.

Tampoco olvidamos la atención a los inmigrantes y refu-giados. En ellos hemos de reconocer el rostro del mismo Cristo que nace. Con ellos hemos de practicar la miseri-cordia, las obras de misericordia y acogerlos como verda-deros hermanos nuestros que son.

A todos, buen Adviento y mejor Navidad.

J. Javier Llopis Portes Vicario Episcopal de Evangelización

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Para la

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y fiestas de Adviento

y Navidad-Epifanía

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El rito de la corona del Adviento

en el año 2015. Ciclo C

Tanto en las iglesias como en los hogares, domingo a domingo de Adviento vamos encendiendo las luces que anuncian el avance hacia la Navidad, cuando al término del pregón del nacimiento encenderemos la vela blanca que permanecerá encendida hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Bendeciremos la corona en el primer domingo de Adviento, al comenzar cada misa, cuando, después del saludo inicial, el celebrante diga la invocación que aquí se propone y, él mismo u otra persona, encienda la vela correspondiente. Lo mismo se puede hacer en los ho-gares. Entretanto se puede cantar una estrofa del canto de entrada o recordar el bello “Himno del Jubileo 2000” a partir de su segunda estrofa.

En el “Año Santo de la Misericordia”

Este año litúrgico que comienza, coincide felizmente con el “Año Santo de la Misericordia” convocado por el papa

Francisco. Por ello procuraremos que las sugerencias li-túrgicas para este Adviento nos ayuden a vivir este

acon-El ciclo litúrgico de san Lucas

El año C que ahora comenzamos utilizará preferentemen-te el evangelio según san Lucas; de él se ha dicho que es “el evangelio de la misericordia y de los pobres” y “el evangelio del Espíritu Santo y de María”, como podremos advertirlo frecuentemente. Asimismo es el que conserva más episodios de la infancia de Jesús. De sus 1.149 ver-sículos —es el más largo de los cuatro evangelios— se proclamarán 717 en los domingos y fiestas de este año. Aprovechemos sus palabras inspiradas para que

conoz-camos mejor la solidez de las enseñanzas que hemos re-cibido (Lc 1,4).

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El domingo que da inicio al Adviento no nos introduce todavía en la preparación para la celebración de la me-moria anual del nacimiento del Salvador, sino que, por su marcado carácter escatológico, nos remite a la última venida de Cristo, al final de los tiempos y, por tanto, nos invita a estar preparados para este acontecimiento apo-yados en la misericordia del Señor, expresada con la idea de permanecer de pie ante él y con la cabeza alta.

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sa-cerdote, en lugar del acto penitencial, desde la sede, dice:

Hermanas y hermanos: Al comenzar este nuevo año li-túrgico vamos a bendecir esta corona con que inaugu-ramos también el tiempo de Adviento que nos llevará hasta la Navidad. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida y la esperanza. La corona de Adviento es, pues, un símbolo de que la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte, porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre y nos

ha dado la verdadera vida. En este “Año de la

Misericor-dia” en que vamos a profundizar en el conocimiento de

Jesús, en quien creemos, podemos llevar esta costumbre a nuestros hogares, explicando su sentido, especialmente a los más jóvenes de la casa.

El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona debe significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la Navidad. Por eso hoy, primer domingo de Adviento, bendecimos esta corona y encendemos su primer cirio.

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Moniciones a las lecturas

Luego el sacerdote, con las manos extendidas, dice la

oración de bendición:

Oremos.

La tierra, Señor, se alegra en estos días, y tu Iglesia des-borda de gozo ante tu Hijo, el Señor, que se acerca como luz esplendoroso, para iluminar a los que yacemos en las tinieblas de la ignorancia, del dolor y del pecado.

Lleno de esperanza de encontrarle en su venida, tu pue-blo ha preparado esta corona con ramos del bosque y la ha adornado con luces.

Ahora, pues, que vamos a empezar el tiempo de prepa-ración para la venida de tu Hijo, ocurrida hace poco más de dos mil años, te pedimos, Señor, que, mientras se acre-cienta cada día el esplendor de esta corona, con nuevas luces, a nosotros nos ilumines con el esplendor de aquel que, por ser la luz del mundo, iluminará todas las oscuri-dades. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende el cirio que co-rresponde a la primera semana del Adviento, mientras

Primera lectura. Jeremías 33, 14-16

Comenzamos la proclamación de las profecías de la venida del Señor que continuaremos durante todo este tiempo de Adviento. En ellas se describe asimismo el rei-no de justicia, amor y paz que trae nuestro Señor.

Segunda lectura.

1 Tesalonicenses 3, 12-4, 2

El apóstol nos dice que la práctica del amor mutuo es la mejor forma de prepararnos para salir al encuentro del Señor con santidad y limpios de pecado.

Evangelio de Lucas. 21, 25-28. 34-36

El Adviento nos recuerda en primer lugar que el Señor vino, viene y vendrá al final de los tiempos, como sal-vador y juez. En este primer domingo se nos invita a la vigilancia y a estar preparados para recibir al Señor per-maneciendo en su servicio.

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UN TIEMPO DE FE Y ESPERANZA

Dios viene a nuestro encuentro

El tiempo de Adviento es el tiempo de la venida del Señor. En él nos preparamos para celebrar la memoria anual del nacimiento del Salvador, inicio de nuestra redención realizada en toda su amplitud en la pasión, muerte y re-surrección del Señor.

Durante cuatro domingos vamos a ir profundizando en el misterio de Dios que viene al encuentro de la humanidad para llevar a plenitud su Revelación y mostrarnos el ver-dadero rostro de Dios, la identidad profunda del ser hu-mano y el destino de amor y gracia que Él ha preparado para la humanidad entera. No hay mayor misericordia que ésta: conducir a los hombres a la verdad y realizarla en ellos.

Con la mirada puesta en el misterio de Belén, el evange-lio de este primer domingo de Adviento nos sitúa no en la primera venida del Hijo de Dios, en la carne, sino en la úl-tima y definitiva, en su advenimiento al final de los tiem-pos. El evangelista san Lucas nos describe esos últimos tiempos como difíciles y terribles usando un modo de ex-presión propio de su tiempo para señalar los últimos días de este mundo. La clave de comprensión de este texto se encuentra no tanto en la descripción de los hechos como en la recomendación que realiza Jesús a los discípulos: cuando llegue el Hijo de hombre en plenitud de poder y

majestad, no tengáis miedo, al contrario, alzad vuestra cabeza, porque vuestra liberación está cerca.

La misericordia aleja el miedo

Ante el miedo, el hombre se paraliza y entonces se escon-de o agacha la cabeza. El cristiano, liberado por la cruz de Cristo no vive desde el temor su fe sino desde la ale-gría de saberse acompañado y guiado por la presencia misericordiosa del Señor. Por eso, el discípulo permanece de pie, con la cabeza alta, sin miedo al futuro, porque éste está en manos de Dios.

Es cierto, que el cristiano está llamado a vivir confiado en el Señor y en su misericordia, pero al mismo tiempo, esta confianza exige una gran responsabilidad. El relato evangélico nos invita a ser cuidadosos en nuestro com-portamiento y a estar vigilantes para mantenernos en pie ante el Señor que viene. Por eso el tiempo de Adviento también es tiempo de conversión. Cristo nos espera con los brazos abiertos para acogernos en su corazón lleno de misericordia y levantarnos de nuestros pecados y fal-tas, de nuestra tibieza y falta de compromiso con nuestra fe. Queremos mantenernos de pie, alegres y contentos con nuestra condición de cristianos. Descarguemos pues nuestra conciencia en el Señor por medio del sacramento del perdón y volvamos a Él en este Adviento, tiempo de misericordia, tiempo de salvación.

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Confiados en la misericordia de Dios, nuestro Padre, y en la mediación de su Hijo Jesucristo, le presentamos nues-tras plegarias:

Por tu misericordia, concede a la Iglesia la fortale-za necesaria para anunciar íntegramente el men-saje del Evangelio a todos los hombres y mujeres del mundo. Roguemos al Señor.

Por tu misericordia, haz que los gobernantes rijan con justicia y derecho los destinos de los pueblos. Roguemos al Señor.

Por tu misericordia, que nuestra nación se manten-ga fiel a su tradición cristiana, roguemos al Señor. Por tu misericordia, acompaña a los enfermos, a los emigrantes y refugiados, y a todos los que su-fren en su alma o en su cuerpo, en sus dolores y dificultades. Roguemos al Señor.

Por tu misericordia, danos un espíritu de conver-sión que nos ayude a estar preparados para tu ve-nida con un corazón limpio y bien dispuesto. Ro-guemos al Señor.

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En este domingo comienza la contemplación de los tiem-pos previos a la irrupción del Salvador en el mundo. Dios entra en la historia de los hombres y por eso el relato del Evangelio de Lucas nos indica con todo detalle el mo-mento en que empieza a vislumbrarse el advenimiento del Mesías con la aparición de uno de los personajes bí-blicos centrales del Adviento: Juan el Bautista.

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:

Avanzando a la luz de la fe en el Itinerario de renova-ción que la Iglesia nos propone, va a resonar en nuestra asamblea el potente pregón de Juan el Bautista que re-nueva el de los antiguos profetas: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.

Señor Jesús, esta segunda luz que vamos a encender nos avisa que debemos preparar tu venida en nuestros corazones, en nuestras familias y lugares de trabajo, y también en esta comunidad cristiana que visitas sin cesar cuando te celebra en la eucaristía. Concédenos que este aumento de la luz que podemos ver, signifique en cada uno de nosotros el crecimiento de la fe y la expulsión de las tinieblas del pecado. Te lo pedimos a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende dos cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse otra es-trofa del canto de entrada o el estribillo del Himno del Jubileo. Sigue el acto penitencial.

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Moniciones a las lecturas

Primera lectura y Evangelio. Baruc 5, 1-9 y Lucas 3, 1-6

Uno de los “profetas menores”, Baruc, anunció la restau-ración del pueblo de Dios tras el destierro de Babilonia. Más adelante el mismo Espíritu Santo que habló por me-dio de los profetas, hizo que la misma palabra resonase por medio de Juan el Bautista, que anunció la próxima aparición de Jesucristo, la salvación de Dios, con un mis-mo mensaje: Preparad el camino del Señor.

Segunda lectura. Filipenses 1, 4-6.8-11

San Pablo nos invita a preparar el camino del Señor, de modo que lleguemos al Día de Cristo, el de su venida, limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia.

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EL DOMINGO DEL PRECURSOR

Jesús es el camino

La irrupción de Juan el Bautista en la liturgia del Ad-viento nos sitúa ya en la memoria anual del nacimiento de Jesús y nos sitúa en la espera gozosa de su llegada a nuestra tierra. Juan comienza su predicación en la orilla del Jordán y el contenido de su mensaje nos invita a la conversión, al cambio de vida para disponernos a acoger la salvación de Dios que está a las puertas.

Utilizando las palabras del profeta Isaías, el Bautista pide preparar el camino al Señor con una idea fundamental: allanad el sendero, esto es, que los valles se eleven y los montes se abajen de modo que formen una ruta segura y sin obstáculos para el Mesías.

Es evidente que, ante todo, el relato se dirige al corazón de los creyentes. Todos nosotros nos llamamos cristia-nos e intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, pero los quehaceres y preocupaciones de cada día hace que viva-mos un evangelio muchas veces tibio y algo soso, con un compromiso vital con los valores de Jesús un tanto escaso.

Ponemos muchos obstáculos a la acción de Dios en nues-tra vida. Podemos decir que hay una resistencia en no-sotros para dejar que la misericordia del Señor toque en profundidad nuestro corazón. ¿Por qué esa resistencia?

Contemplar la entrega de Cristo no nos deja indiferentes. En el crucificado tenemos la expresión más acabada de la misericordia y el amor del Padre. Si nosotros seguimos a un crucificado, esto implica, necesariamente, conver-tirnos en cauces de ese amor y misericordia. Las conse-cuencias, pues, son evidentes: amar incondicionalmente al prójimo, hacer el bien sin mirar al destinatario, deste-rrar odios, mentiras, rencillas, ser constructores de paz y reconciliación, perdonar a quien nos ofende, siempre y en toda circunstancia, incluso, amar a nuestros enemigos. Es pues, un compromiso fuerte y exigente.

La resistencia aparece entonces en forma de valles y montes. Valles que simbolizan nuestra indiferencia e in-dolencia ante la misión que Cristo nos encomienda. Mon-tes que indican nuestra dureza de corazón que hace pre-ferir que el Señor no nos alcance con su misericordia para no comprometer nuestra vida.

El Adviento es el tiempo de dejar de resistirse a la acción del Señor, de bajar nuestras defensas, de permitirle que nos toque lo profundo de nuestro ser con el poder de su misericordia y nos conceda un corazón semejante al suyo, rebosante de amor y de piedad. No es posible aco-ger al Niño de Belén si ponemos muros bien altos para que no llegue a nosotros.

Dejémonos vencer por el amor de Dios. No opongamos resistencia a la acción de Dios en nosotros. Abramos

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Mientras preparamos la venida del Señor Jesucristo, reno-vando nuestros corazones con la penitencia, imploremos, amados hermanos, con fe viva, la misericordia de Dios nuestro Padre.

Para que toda la Iglesia se una a sus pastores y pre-pare el camino del Señor, acogiendo con fe cada vez más viva su palabra, roguemos al Señor.

Para que ilumine y fortalezca con su gracia a los que rigen los destinos de los pueblos y se reconozca la verdadera dignidad e la familia humana, roguemos al Señor.

Por todas las comunidades y familias cristianas se esfuercen en transmitir la fe, que implica la entrega a Jesucristo, muerto y resucitado, y la inserción en la comunidad eclesial, roguemos al Señor.

Para que preparemos el camino del Señor y nos una-mos en el Itinerario de evangelización, para mani-festar en todas partes el amor que Cristo vino a traer a la tierra, roguemos al Señor.

Para que cuantos padecen las consecuencias del peca-nuestro espíritu al don de Dios y preparémonos para

aco-gerle con un corazón llano, sencillo, acogedor y hospita-lario. Es el Señor el que viene y lo hace acompañado por nuestro prójimo.

La llamada actual a la penitencia

Siempre que el mundo se ha renovado, siempre que una gran corriente de gracia y de gozo ha refrescado y reno-vado al mundo, el instrumento ha sido el mismo; la fuen-te de donde ha brotado ha sido la misma: la penifuen-tencia confiada en la misericordia de Dios, la conversión de los corazones y la reforma de la vida. Cuando Juan el Bautis-ta vino a preparar al pueblo para que reconociese, amase y se alegrase con Cristo, no encontró otro medio más efi-caz que el bautismo de conversión para el perdón de los pecados (Lc 1,3). También ahora, el anuncio y la práctica de la misericordia ha de llevar a una reforma de la vida.

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En medio del Adviento celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, esto es, de la elección gratuita e incondicional de Dios hacia quien iba a ser la Madre del Salvador. Por pura misericordia fue ella elegi-da para llevar en su seno a Cristo Jesús y por esa misma misericordia hemos sido llamados cada uno de nosotros, sin mérito alguno, a ser miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia y portadores del gozo y la alegría del Evangelio.

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:

En esta primera semana de Adviento nos reúne la festivi-dad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Junto con la presencia del Señor, sentimos la de nuestra Madre del cielo, la mujer purísima y libre de todo pecado, que acogió en su seno al Redentor cuya venida en la carne recordamos y cuya manifestación en la glo-ria esperamos con alegría. Junto con María decimos hoy: Hágase en mí según tu palabra.

Señor Jesús, Que el resplandor de esta nueva luz avive nuestra fe esperanzada, y nos descubra que la obra bue-na que ibue-nauguraste entre nosotros por medio de la Vir-gen María, la llevarás adelante hasta el día gozoso de tu advenimiento. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende un cirio de la co-rona del Adviento, mientras puede cantarse otra estrofa del canto de entrada, que puede ser “Estrella y camino” o “Ave María Purísima”. Sigue el acto penitencial.

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Moniciones a las lecturas

Primera lectura y Evangelio. Génesis 3, 9-15.20 y Lucas 1, 26-38

La primera lectura y el Evangelio presentan en primer lugar la contraposición entre la desobediencia de los pri-meros padres en el paraíso y la perfecta obediencia de María, la nueva Eva, a la voluntad de Dios. Luego escu-chamos la promesa del Salvador, que se encarnará en la Madre inmaculada y llena de gracia que es la Virgen María.

Segunda lectura. Efesios 1, 3-6. 11-12

San Pablo resume todo el plan salvífico de Dios en este texto: Dios nos eligió en la persona de Cristo antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e hijos su-yos, irreprochables por una vida de amor. En María se hace presente de manera especial la bendición de Dios. Ella es la única santa y pura, sin mancha alguna de pecado.

Comienza el Jubileo de la Misericordia

El Jubileo de la Misericordia arranca hoy en Roma, coin-cidiendo con la solemnidad de la Inmaculada Concep-ción de María. Ella fue elegida por Dios desde el instante mismo de su concepción para ser la madre de su Hijo Je-sús y, por ello, fue preservada del pecado original que alcanza a todos los hombres y mujeres del mundo. Con esta elección gratuita e inmerecida, pues María al ser engendrada ningún mérito podía hacer para merecer este regalo, se inaugura la presencia activa de la misericordia de Dios en el mundo que llegará a plenitud con la entre-ga de Cristo en la cruz redimiendo y llenando de miseri-cordia a la humanidad.

María es un regalo de la misericordia de Dios. Ella no fue elegida por su pureza, por su humildad, por su belleza o por su inteligencia, sino que fue el mismo Dios quien amó inmensamente a la humanidad en ella y quiso mos-trarnos cuánto le importamos y hasta donde estaba dis-puesto a llegar en su proyecto de salvar a la humanidad. María representa a la humanidad entera que es capaz de

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El misterio de nuestra elección

Dios nos muestra en esta fiesta la gratuidad de su amor y misericordia, y como la vierte en la humanidad por pura gracia, porque nos ama, porque somos sus criaturas más queridas, porque confía en la capacidad de la humani-dad para acoger la liberación del pecado y vivir la vida de la gracia.

Cada uno de los cristianos hemos vivido esta elección por parte de la misericordia de Dios, como María, el día de nuestro bautismo. Aquel día, Dios derramó su gracia sobre cada uno de nosotros, quitó de nuestro ser el peca-do original y nos transformó en receptores perfectos de su amor y misericordia. Así fuimos elegidos y destinados por el mismo Dios.

Ahora bien, que podamos recibir la misericordia de Dios no nos exime de tener que desear recibirla y acogerla en nuestra vida. La disposición de María en la anunciación es la perfección de una humanidad elegida por Dios y que, al mismo tiempo, acepta a Dios y lo acoge con gene-rosidad y entrega. La vida del cristiano es pues responder al don de la elección y consagración bautismal mediante la acogida de la gracia y la misericordia de Dios dejan-do que ellas nos transformen y nos permitan obrar como testigos del amor de Dios en medio del mundo.

Como a María, Dios continúa siempre dirigiendo su pala-bra a los hombres; siempre habrá llamadas, vocaciones,

“anunciaciones”. Y la Anunciación a María tiene que ayu-darnos a que cada uno reconozcamos la nuestra, ya que también para nosotros el Verbo es un contemporáneo que habita a nuestro lado.

¡Cuántos mensajes del Señor en nuestra vida!, y cuántos de ellos corren el peligro de pasar desapercibidos si nos los recibimos conscientemente, con la ayuda del Evan-gelio y a la luz de la fe ¿Cómo hemos llegado a ser cris-tianos? ¿Cómo hemos seguido siéndolo? ¿Cómo hemos vuelto a nacer de nuevo a nuestro cristianismo? ¿Cómo elegimos nuestro estado de vida? La verdad es que toda nuestra vida está entretejida de llamadas del Señor y de respuestas que hemos dado a estas llamadas; que toda nuestra vida está llena de ángeles, de mensajeros y de mensajes que la fe debe ayudarnos a identificar.

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Confiados en la misericordia de Dios, nuestro Padre, y en la mediación de su Hijo Jesucristo, le presentamos nues-tras plegarias:

Por intercesión de María, ayuda al Papa Francisco y a nuestro arzobispo Antonio, para que con toda la Iglesia aviven la fuerza de la fe en el mundo, para que todos imitemos a María en su obediencia a la palabra de Dios, roguemos al Señor.

Por intercesión de María, haz que todos los miem-bros de la comunidad cristiana no teman las con-tradicciones y no se cansen de caminar junto con María en este Año Santo de la Misericordia que hoy inaugura el Papa en Roma, roguemos al Señor. Por intercesión de María, alienta la fe de todos los bautizados para que sean testigos y evangelizado-res en sus familias, ambientes, trabajos y quehace-res. Roguemos al Señor.

Por intercesión de María, impulsa la colaboración entre todos los gobernantes para construir una so-ciedad más justa, fraterna y acogedora. Roguemos

Oración de los fieles

descanso para vivir una caridad cada vez más ar-diente. Roguemos al Señor.

Que tu misericordia venga sobre nosotros, como lo espe-ramos de ti. Concédenos lo que te pedimos con fe y danos el gozo de servir tu santo nombre. Por Jesucristo, nuestro

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Ante el anuncio de conversión que realiza Juan el Bautis-ta el pueblo congregado en torno a él pide concreBautis-tar el cambio que debe producirse. El Precursor les da algunos ejemplos pero, sobre todo, les indica que la conversión no es algo puramente ideológico, sino que se trata de modi-ficar comportamientos concretos, renunciar a algunos de ellos y asumir otros nuevos. Hay que dejarse transformar por ese Espíritu Santo y fuego del Mesías que reduzca a cenizas lo que nos sobra y nos transforme a su propia me-dida.

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:

Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor. “El gozo en el Señor es nuestra fortaleza”. Hoy nuestra Iglesia en Valencia abre la “Puerta de la Misericordia”; aproveche-mos que nuestro Redentor está cerca y hacia él dirigiaproveche-mos nuestra súplica antes de encender la tercera vela de la corona del Adviento.

Vamos a tu encuentro con alegría, Cristo Jesús, y cuando estamos muy cerca de la fiesta de tu Nacimiento, Señor Jesús, crece nuestro gozo, porque sigues con nosotros y no has dejado de hacerte presente a tu Iglesia para cum-plir la obra inmensa de la salvación del mundo. Te recibi-mos, sacerdote eterno, en nuestra asamblea eucarística,. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende tres cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse otra es-trofa del canto de entrada o “Vamos cantando al Señor; él es nuestra alegría”. Sigue el acto penitencial.

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Moniciones a las lecturas

Primera lectura. Sofonías 3, 14-18a

El profeta anunció a Jerusalén días de alegría, sintiendo la presencia de Dios que salva. Ahora la ciudad santa es la Iglesia que celebra la venida de su Señor, y la Hija de Sión es María, que engendró al Mesías esperado por obra del Espíritu Santo.

Segunda lectura. Filipenses 4, 4-7

San Pablo insiste repetidamente en que los cristianos de-bemos estar alegres ante la cercanía del Señor que viene a salvarnos. Esta alegría es uno de los dones del Espíritu Santo.

Evangelio de Lucas. 3, 10-18

Hemos de prepararnos a recibir al Señor convirtiendo nuestras vidas, como nos lo pide Juan el Bautista; así re-novaremos la gracia del Espíritu Santo que, en el bautis-mo, abrasó con su fuego de amor nuestros pecados.

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grupo de los que le interrogan una respuesta adecuada a su condición.

El Evangelio es fácilmente reducible a una ideología si nos dejamos vencer por la tentación. Qué sencillo es con-vertir la fe en un conjunto de ideas y doctrinas, aceptar-las y presentarnos como los cristianos más virtuosos. Si creemos que profesar la fe es solamente pronunciar unas palabras o aceptar unas creencias sin que estas afecten a nuestro obrar, nos auto engañamos y vivimos un Evan-gelio falso. Tampoco es un verdadero camino de fe el que se fija sólo en los elementos rituales o espirituales cre-yendo que la salvación se juega únicamente en el campo de la celebración o la devoción. Toda espiritualidad si es verdaderamente cristiana orienta hacia la acción y se ex-presa a través de ella.

La Palabra nos invita a la acción porque ella misma es el relato de la intervención de Dios en la historia de la humanidad que culmina con la vida de Cristo y su entre-ga sacrificial en la cruz. La acción de Dios es, ante todo, misericordia, es decir, piedad y cercanía a la humanidad, orientación y guía, ejemplo y fortaleza para vivir de un modo nuevo.

Por eso la vida cristiana debe ser ante todo, vida, esto es, acción concreta de misericordia para con los demás. El creyente debe expresar su conversión interior mediante las obras exteriores. Por eso adquieren para el discípulo

LA ALEGRÍA DE LA SALVACIÓN

El domingo de la alegría

En los tres ciclos de lecturas anuales, este domingo está presidido por el sentimiento de la alegría de la salvación, y por ello debemos tener presente con mayor intensidad que este sentimiento es una gracia de Dios que nos co-munica de su plenitud y su paz por medio de sus dones espirituales.

De este modo, sin dejar de lado el tono profético y de de-nuncia que tienen las palabras del Bautista, cuyas pala-bras hoy son continuación de las del domingo pasado, los cristianos sabemos que el principio de la conversión está en el bautismo en Espíritu y fuego (Lc 3,16) que nos purificó en el comienzo de nuestra vida, y por ello, basta con que nos orientemos hacia Jesús que viene y enderecemos nues-tros caminos hacia su voluntad para que nos llenemos de la alegría contagiosa de los redimidos: Estad siempre

ale-gres en el Señor —nos dice san Pablo—; os lo repito, estad alegres... el Señor está cerca (Fil 4,4-5; Segunda lectura).

¿Qué podemos hacer?

Ante el anuncio de la llegada del Mesías la gente reunida en torno a Juan Bautista le pregunta cómo han de prepa-rarse para este acontecimiento. No es una pregunta ge-nérica sino muy concreta: ¿Qué hacemos? Y la respuesta de Juan es igualmente concreta, recomendando a cada

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tanta importancia las obras de misericordia que no son sólo expresión de la virtud de la caridad, sino también de la fe y la esperanza. Guiados por la fe en Cristo, porque te-nemos puesta nuestra esperanza en él nos aventuramos a vivir la caridad a través de nuestras obras.

Es verdaderamente curioso: el Señor está siempre pronto para perdonar el pecado y las afrentas de los hombres. Con Espíritu Santo y fuego quema la paja de nuestra miseria y olvida las ofensas, con su misericordia cubre nuestras faltas de caridad y nos otorga un perdón am-plio y profundo que transforma nuestra vida. Sin embar-go, el Señor nunca olvida una obra buena, por pequeña que sea. Siempre están ante sus ojos las buenas obras de los hombres. ¿No es este un motivo de gran alegría para los creyentes y un estímulo en nuestra vida cristia-na? Sin duda, la certeza de que nuestras buenas acciones permanecen para siempre mientras que Dios está siem-pre dispuesto a perdonar nuestras culpas nos muestran un rostro de Dios lleno de misericordia para con los hom-bres.

Estamos pues ante un tiempo favorable para expresar

La alegría cristiana

Desde el pesimismo, no podemos ir al encuentro del Se-ñor ni dar testimonio de fe. Los cristianos debemos estar siempre alegres, aún en medio de las penas de esta vida, alegres de sufrir persecución por causa de Cristo y de su justicia, alegres siempre porque sabemos que el Señor está dando sentido a nuestras vidas porque está muy cerca de nosotros. Más aún, porque a unido nuestras exis-tencias a la suya y porque su victoria es ya la nuestra.

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Oremos, hermanos y hermanas, a Dios Padre todopode-roso, que nos alegró con la venida de su Hijo único.

Por tu misericordia, prepara el corazón de los fie-les a recibir con gozo la venida de tu Hijo, y sean muchos los que entren durante este Año Santo por la “Puerta de la Misericordia” roguemos al Señor.

Por tu misericordia, bendice al Papa Francisco, a nuestro obispo Antonio y a todos los pastores de la Iglesia en su tarea de acompañar al Pueblo de Dios en el camino de la fe. Roguemos al Señor.

Por tu misericordia, sostén a todas las familias en su vocación y alienta su testimonio de amor en medio del mundo. Roguemos al Señor.

Por tu misericordia, aumenta la fraternidad de los cristianos para con los más pobres y necesitados. Roguemos al Señor.

Por tu misericordia, concédenos la alegría de la fe y de sabernos acompañados siempre por tu pre-sencia amorosa y paternal. Roguemos al Señor. Por tu misericordia, que nuestros difuntos alcan-cen la meta de la salvación en la vida eterna. Ro-guemos al Señor.

Aumenta y da alegría a nuestra fe, Padre bueno, para que preparemos dignamente el camino a Cristo el Señor; y concédenos misericordiosamente, que no nos dejemos

vencer por la tristeza o el desánimo los que esperamos con alegría la venida de tu Hijo, que vive y reina contigo

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A las puertas de la celebración de la Navidad la Liturgia de este domingo sigue invitándonos a la alegría. El Señor está cerca y nosotros sentimos el gozo que nos da la cer-teza de la fe de que Cristo mismo está a nuestro lado. Ma-ría, nuestra Madre, nos lo trae al mundo y se convierte en signo de la tarea de la propia Iglesia: alumbrar a Cristo, misericordia de Dios para el mundo.

Orientaciones para la celebración

Oración para encender de nuevo el

segundo cirio de la corona del Adviento

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:

En la visita a Isabel. María entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él.

Alégrate, Iglesia, porque hoy recibes, como María, a Je-sucristo, que se hace presente en el sacramento del altar por obra del Espíritu Santo. Con las palabras de Isabel, la madre del Bautista te saludamos: Bendita tu entre todos los pueblos de la tierra, porque caminas con Cristo en tu seno al encuentro de las gentes necesitadas de luz. Que el Señor nos conceda avanzar junto con él, luz de luz, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende cuatro cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse otra es-trofa del canto de entrada o el estribillo del cántico de María: “El Señor hizo en mí maravillas. Gloria al Señor”. Sigue el acto penitencial.

20 de diciembre

Cuarto domingo

de Adviento

Alegres por

su Misericordia

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Primera lectura. Miqueas 5,1-4a

El profeta anuncia el lugar donde debería nacer el Mesías, se trata de Belén, la ciudad natal del gran rey David. Al mismo tiempo se profetiza una vez más la misión que lle-vará a cabo el nuevo Pastor de Israel y “Príncipe de la paz”.

Segunda lectura. Hebreos 10,5-10

La vida de Jesucristo fue una ofrenda permanente, desde el momento en que entró en el mundo para ser sacerdote de la Nueva Alianza, que nos sitúa en una relación perso-nal con Dios, sin víctimas sustitutorias.

Evangelio de Lucas. 1,39-45

Isabel se contagia de la alegría de la salvación, que es uno de los dones del Espíritu Santo que Jesús comunica a su futuro precursor, Juan, cuando todavía estaban am-bos en el seno de sus madres. El Espíritu hace que Isabel profetice y confirme lo que el ángel había anunciado a María.

EL DOMINGO DEL “MAGNIFICAT”

En vísperas de la Navidad

El evangelio de la Visitación de María a su prima Isabel rezuma alegría y gozo por todos los costados. El Hijo de Dios, todavía en el seno de María, inicia su obra de trans-formación de la realidad y nos anuncia un tiempo nuevo de cercanía de Dios a todos los hombres.

Este primer acercamiento a la humanidad se realiza en la persona de Isabel que reconoce en María a la elegida de Dios y en el fruto de su vientre al mismo Señor hecho hombre. Al mismo tiempo Juan el Bautista, todavía en el interior de su madre salta de alegría ante el Salva-dor.

La fiesta de la Navidad que se acerca es una celebración de inmensa alegría, pero no de cualquier alegría. No ce-lebramos la alegría vacía de la música machacona y las estanterías llenas de los centros comerciales cuyo objeto es fomentar el consumo.

Tampoco la alegría un tanto falsa de los buenos deseos de felicidad que en el fondo se realizan para quedar bien sin que afecten a nuestro futuro comportamiento. Mucho menos una alegría forzada ante problemas y situaciones que hemos de afrontar a lo largo de estas fiestas. La ale-gría del cristiano brota de la irrupción de Dios en el mun-do y de cómo esta presencia inunda nuestra realidad con su misericordia.

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Nos disponemos a inaugurar un tiempo de misericordia, y toda nuestra persona se debe preparar para saltar de gozo ante la llegada de Jesús. Al mismo tiempo y si-guiendo el ejemplo de María nos hemos de convertir en portadores de misericordia. Del mismo modo que ella lle-vó en sus entrañas a Jesús, nosotros estamos llamados a tener entrañas de misericordia ante nuestros prójimos y obrar al estilo de Jesús y de María visitando con nuestro amor y alegría a cuantos nos necesitan.

La alegría del perdón

Es tiempo de la alegría del perdón: del recibido de Dios y del entregado a los hermanos. Es tiempo de la alegría del compartir, dando de nuestro tiempo y de nuestros bienes a los demás. Es tiempo de la alegría de la familia, dis-frutando de su compañía y sanando situaciones difíciles. Es tiempo de la alegría de la fe, sabiendo que nuestros hermanos difuntos contemplan al Niño de Belén desde el cielo y nos acompañan en estas fiestas que llegan. Es tiempo de la alegría de la sencillez, conformando nuestro corazón al de María, la humilde sierva del Señor. Es tiem-po, pues, de gozo sereno y activo, porque el Señor nos envía a ser testigos de esta gran misericordia: Él viene a estar con nosotros para siempre.

En este domingo cuarto y último de Adviento, recorda-mos el relato de la Anunciación a María, que prosigue con el viaje de la santísima Virgen desde Nazaret hasta las tierras de Judea para compartir con su pariente Isabel la alegría de sus milagrosas y próximas maternidades. Es un domingo que considera ya asumida la etapa peniten-cial del Adviento, presidida por Juan el Bautista y que se

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En estas vísperas de la Navidad, dirijamos, hermanos, nuestras súplicas a Dios Padre que nos envía el Salvador.

Por el Santo Padre el papa Francisco y por nues-tro arzobispo Antonio, con el episcopado univer-sal, para que su magisterio sea acogido con fruto por los fieles y los alejados, roguemos al Señor. Para que avive la fe y la caridad en el corazón de los fieles de la Iglesia en Valencia, en este “Año Santo de la Misericordia”, y los prepare para aco-ger con alegría la santa visitación del Salvador, roguemos al Señor.

Para que la venida del Príncipe de la paz apa-gue las persecuciones, los odios y las violencias, ponga fin a las injusticias y discriminaciones, y establezca su reino en medio de la humanidad, roguemos al Señor.

Para que el señor conforte a los oprimidos, pro-porcione a las familias el reconocimiento y el sustento necesario y los medios para cumplir su misión, y vele con su providencia por las futuras madres y sus hijos, roguemos al Señor.

Para que la visita de Cristo, en su nacimiento, sea acogida en todos los hogares como fuente de paz, de gracia y de alegría, roguemos al Señor.

Padre todopoderoso y eterno, que nos has mandado du-rante este Adviento preparar el camino a Cristo Salvador, te suplicamos que aquel que se dignó bajar al seno de una Virgen, encuentre digna acogida en las familias y en nuestra sociedad y te presente nuestras oraciones. Por el

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¿Qué sentido tiene decir, como hace repetidamente la li-turgia, que “Hoy nos ha nacido el Salvador?

No es porque se trate de la misma fecha del nacimiento de Jesús, que no conocemos. La elección de este día se hizo en el siglo IV en el Occidente cristiano, mientras que en Oriente se prefirió la fecha del 6 de enero, si bien muy pronto Oriente y Occidente celebraron las dos solemnida-des de Navidad y Epifanía.

Hay tres datos que recomendaban el 25 de diciembre para celebrar el nacimiento de Jesús en Belén; uno de ellos es la existencia de una fiesta romana en este día llamada “nacimiento del Sol invicto”, porque ahora, en el solsticio de invierno, comienza a alzarse el astro rey sobre el horizonte y se recuerda la frase del cántico de Zacarías que proclama: Nos visitará el Sol que viene de lo alto, para iluminar a los que viven en las tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79).

Otro dato es la celebración de la fiesta judía de la Han-nuká el 25 del noveno mes (Kisleu), nuestro diciembre,

Por último está la tradición antiquísima de que Jesús mu-rió el 25 de marzo, lo que hizo pensar en su Concepción en ese día y en su nacimiento nueve meses después, de forma que la noche de Belén es un trasunto de la noche pascual.

Pero más allá de estos datos históricos está la vivencia del “Hoy” litúrgico del “día de la salvación”, cuando Je-sucristo viene a nosotros con sus misterios, que se procla-man en la Palabra y se actualizan en el sacramento. Esto es así porque todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y pa-deció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1085). En la sagrada liturgia recibimos a Cristo en el Hoy eterno de Dios.

El Misal Romano contiene cuatro formularios para la so-lemnidad de Navidad.

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Primera lectura y Evangelio. Isaías 62, 1-5 y Mateo 1, 1-25

El profeta Isaías anuncia la llegada del Salvador, que será la Buena Noticia, en primer lugar, para la tierra de Israel y para el resto de verdaderos creyentes que lo esperaban; entre éstos, el Evangelio nos muestra a José y a María, descendientes de Abrahán y de la familia real israelita, en la tribu de Judá y de David.

Segunda lectura.

Hechos de los Apóstoles 13, 16-17.22-25

San Pablo resume el mensaje del Adviento que ahora ter-mina, proclamando a Jesucristo Salvador, de la estirpe de David, esperado por los profetas de Israel y anunciado por Juan el Bautista.

Moniciones antes de las lecturas

EL NACIMIENTO DEL SALVADOR

“Mañana quedará borrada la maldad de la tierra, y será nuestro rey el Salvador del mundo”, “Mañana contem-plaréis su gloria” (Canto de entrada y Aleluya). La misa

vespertina del 24 de diciembre se sitúa entre el final de Adviento y la venida de Cristo en la carne ¿Cómo espe-rarle mejor que conociendo su genealogía? Emociona es-cuchar la lista de los antepasados de Jesús; es en verdad uno de los nuestros, hijo de David (Mt 1, 1-25). Pero no nos quedamos sólo en su ascendencia humana, porque la lectura se apresura a presentar a los fieles las pala-bras del ángel a José, turbado por el estado de su pro-metida: “La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” y su nombre será Jesús, o sea “Dios-salva”. Jesús es el Enmanuel: “Dios con nosotros”. Así se completa la presentación de Cristo, Dios y hombre. Parece el final de una larga historia, pero es el comienzo de un mundo que se renueva, de la etapa definitiva de la historia de la salvación, la de la nueva Jerusalén, la Iglesia a la que pertenecemos y en la que están también, al menos de deseo, todos los que buscan su propio camino con leal-tad y pureza de corazón.

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Las cuatro primeras velas están ya encendidas. Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el celebrante u otro ministro puede proclamar el siguiente pregón de Navidad desde el ambón u otro lugar apropiado:

Millones de años después de la creación, cuando la tierra era materia incandescente, girando sobre sí misma. Millones de años después de brotar la vida sobre la faz de la tierra; miles y miles de años después de que aparecie-ran los primeros humanos, capaces de recibir el Espíritu de Dios; unos mil novecientos años después de que Abra-hán, obediente a la llamada de Dios, partiera de su patria sin saber a dónde iba; unos mil doscientos años después de que Moisés condujera por el desierto hacia la tierra prometida al pueblo hebreo, esclavo de Egipto; unos mil años después de que David fuera ungido rey de Israel por el profeta Samuel; unos quinientos años después de que los judíos, cautivos en Babilonia, retornaran a la patria

Misa de Nochebuena: Pregón de la

solemnidad y oración para encender la

vela de Navidad en la corona del Adviento

Misa de medianoche

humanidad con su vida, concebido por obra del Espíritu Santo, transcurridos los nueve meses de su gestación en el seno materno, hace ahora poco más de dos mil años, en Belén de Judá, hecho hombre, nació de la Virgen Ma-ría, Jesús, Cristo.

La solemnidad de esta noche —misterio de fe— nos re-cuerda aquella otra, la más importante del año: la Vigilia pascual. El nacimiento de Cristo presagia su pasión y su resurrección gloriosa; el pesebre y la noche de Belén evo-can la oscuridad del Calvario y el sepulcro del Señor; los ángeles que anuncian al recién nacido a los pastores nos recuerdan a los ángeles que anunciaron al Resucitado a los discípulos. Es pues la Pascua del Señor Jesús —nues-tra pascua, feliz Pascua— que en verdad celebramos en esta celebración de la eucaristía que inaugura el tiempo de la Navidad y Epifanía del Salvador.

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de la palabra y de la eucaristía que anuncian y hacen presente el misterio de Dios con nosotros ¡No tengáis mie-do!: hoy, en nuestra Iglesia, nace el Salvador, la gran ale-gría para todo el mundo, aquel que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende la vela central de la corona, mientras puede cantarse otra estrofa del canto de entrada o del “Adeste fideles”. Sigue el canto del “Gloria a Dios en el cielo”.

Primera lectura y Evangelio. Isaías 9, 1-3.5-6 y Lucas 2, 1-14

El profeta Isaías anuncia el nacimiento del Salvador, que llegará al mundo como un niño más, para cumplir la mi-sión que le asignan los numerosos títulos que le adornan, entre los que destaca el de “Príncipe de la paz”. En el Evan-gelio se proclama el cumplimiento de esta profecía, con-firmada por el canto de los ángeles en el portal de Belén: “Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”.

Segunda lectura. Tito 2, 11-14

Las lecturas de san Pablo en este tiempo de Navidad abundan en la descripción de la venida de Jesús al mun-do como una “aparición” o “manifestación” del Mesías como portador de la gracia salvadora de Dios. Es el tema del Gran Jubileo: “Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre”.

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Hoy es Navidad. Las palabras de Zacarías en el Benedic-tus, con las que cada mañana la Iglesia saluda la nueva jornada y con las que hemos despedido la celebración del Adviento, cobran una fuerza especial en este día san-to, en los primeros compases del presente año jubilar: “Nos ha visitado el Señor por su entrañable misericordia”. Los cristianos, junto a todos los hombres de buena volun-tad, aún sin saberlo, celebramos en este día de Navidad la entrañable misericordia de nuestro Dios. En Cristo nuestro Dios nos ha sorprendido. Ha entrado en nuestra historia en el silencio de la noche, en la sencillez de un lugar es-condido, en la pobreza de una joven familia, iluminando la oscuridad de nuestro mundo y convirtiendo nuestra vida y la de toda la humanidad en Historia de Salvación.

Dios actúa en la noche del hombre cumpliendo sus grandes prodigios en favor de su pueblo, mientras el hombre perma-nece en el sueño de la ignorancia y del pecado, permane-ciendo con frecuencia en la inconciencia de la obra de Dios. La luz que penetra en la oscuridad de Belén es la luz

go-Para las homilías

Ya en el Antiguo Testamento la misericordia y la compa-sión se asocian al término rahamim, palabra que deriva de rehem, el seno materno. El amor y la misericordia de Dios son entrañables, brotan de su experiencia de haber-nos dado la vida, de haberhaber-nos engendrado, pues como dice san Juan en su prólogo “no hemos nacido de san-gre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios” (cf. Jn 1, 13). El nacimiento de Cristo nos hace experimen-tar la misericordia maternal y “visceral” de nuestro Dios. A veces hemos suavizado la celebración del Nacimiento del Señor con la celebración de unas fiestas navideñas que nos despistan del acontecimiento tan fuerte y comprome-tido en que se nos ha revelado Dios. Las situaciones difíci-les que vivimos en nuestra sociedad y las personadifíci-les de cada uno, no son un impedimento para vivir esta fiesta; al contrario, pueden convertir la Navidad en una experiencia fuerte de esta Misericordia que, lejos de ser un edulcorante de las realidades duras de la vida, aparece como una vic-toria de la luz de su verdad y de su amor ante las tinieblas

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que, en medio de la oscuridad absoluta que predomina en el cuadro o en el paisaje donde están las figuras del Belén, una fuerte luz surge de la cuna del Niño Jesús, como una lámpara que brilla, a partir de la cual todo queda iluminado.

La liturgia riquísima de las cuatro celebraciones de este día santo nos hace aterrizar en esta realidad tan sorpren-dente, introduciendo diferentes enfoques ante este Miste-rio admirable del Nacimiento del Salvador, con particu-lar relieve en la acción misericordiosa de Dios.

La misa vigiliar de la tarde de Nochebuena nos introduce en la Solemnidad con el anuncio de esta fiesta por parte de Dios como un desposorio, como una boda, entre Él y la humanidad: “Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”.

La celebración entrañable de la medianoche de Navidad nos ofrece “la señal” en la que Dios se nos manifiesta: Un niño envuelto en pañales. En el silencio de la noche, con las familias reunidas, con nuestros villancicos unidos al canto de los ángeles que anuncian la Gloria para Dios y

la paz para los hombres, entramos en la contemplación del niño, que como una nueva zarza ardiente en la cuna de Belén, nos revela el verdadero rostro de Dios y su au-téntico nombre: Misericordia.

Al amanecer de este día de Navidad, cuando los rayos del sol rompen la oscuridad de la noche, la Iglesia se une a la actitud de los pastores, en la Misa de la Aurora, co-rriendo hasta el lugar donde encontramos a Jesús. Como María guardamos su misericordia en el corazón y como aquellos pastores la contamos y la llevamos a los de-más, pues en Jesús la hemos visto y oído.

La realidad salvífica de la Navidad nos la presenta la Misa del Día, con el prólogo de san Juan en el centro, y el anuncio que Isaías nos hace en la primera lectura. Dios, en Cristo, su Palabra hecha carne, ha desnudado su brazo ante las naciones, se ha hecho débil y vulnerable, capaz de ser herido, con tal de que el hombre experimente su misericordia. Así es como ha contemplado toda la tierra la victoria de nuestro Dios.

En las misas de Navidad podemos recitar preferen-temente el símbolo niceno-constantinopolitano, con su magnífica doctrina cristológica, y debemos mostrar nuestra fe en Cristo, Dios y hombre ver-dadero, arrodillándonos al decir las palabras que proclaman el misterio de la Encarnación.

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Primera lectura y Evangelio. Isaías 62, 11-12 y Lucas 2, 15-20

La lectura profética anuncia la llegada del Salvador, para comenzar a reunir el Pueblo de Dios a partir del hu-milde resto de Israel. Los primeros llamados fueron los pastores de Belén, como lo narra el Evangelio, que es continuación del proclamado en la misa de Nochebuena.

Segunda lectura. Tito 3, 4-7

Las lecturas de san Pablo en este tiempo de Navidad abundan en la descripción de la venida de Jesús al mun-do como una “aparición” o “manifestación” del Mesías como portador de la gracia salvadora de Dios. Es el tema del Gran Jubileo: “Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre”. En esta misa de la aurora se refiere especialmente a la gratuidad del amor de Dios que se nos ofrece por medio de Jesús.

Primera lectura y Evangelio. Isaías 52, 7-10 y Juan 1, 1-18

El profeta Isaías anuncia que el Salvador debía venir en favor de todas las naciones, hasta los confines de la tie-rra. Del mismo modo, el comienzo del Evangelio de san Juan nos dice quien es Jesús: la Palabra eterna del Padre hecha hombre para salvar a todo el género humano.

Segunda lectura. Hebreos 1, 1-6

La carta a los Hebreos insiste en el tema general de esta Misa de Navidad, y así explica que Dios ha hablado a los hombres de muchas maneras, pero desde el nacimiento de Jesucristo, éste ha sido su Palabra definitiva para el mundo.

Moniciones antes de las lecturas

Moniciones antes de las lecturas

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Cuando estamos celebrando el nacimiento de Jesucristo, presentemos nuestras oraciones, en la unidad del Espíri-tu Santo, al Padre misericordioso que lo ha enviado para nuestra salvación.

Por el papa Francisco y nuestro arzobispo Antonio, para que el Señor los bendiga en perfecta comu-nión con la Iglesia, su familia santa, e ilumine al mundo para que escuche con fe su mensaje de sal-vación, roguemos al Señor.

Para que España se mantenga fiel a su tradición cristiana y los gobernantes de las naciones y toda la familia humana acojan la paz y la uni-dad que trajo el Hijo de Dios a la tierra, roguemos al Señor.

Por las familias, para que vivan la Navidad de for-ma que transmitan la fe íntegra en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, roguemos al Señor.

Para que vayamos con misericordia al encuentro del Señor, presente en quienes sufren en estos días graves necesidades y en quienes, lejos de sus ho-gares, sufren la soledad, la enfermedad o la fatiga, roguemos al Señor.

Para que recordemos con fe y esperanza a todos los que en otros años celebraban con nosotros estas santas fiestas y han partido de este mundo:

Oración de los fieles

para que en el Reino eterno contemplen el rostro de Cristo, roguemos al Señor.

Padre todopoderoso, llegue hasta ti la oración del pueblo que te invoca al celebrar el nacimiento de tu Unigénito: y concédele cuanto te pide confiadamente. Por Jesucristo

Referencias

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