Miguel Ángel Conesa Ferrer
40 palabras
para
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¿Puedo saludar…?
H
ay alguien presente desde que empecé a escribir este texto y que siempre tuvo una palabra de ánimo y un orgullo mal disimulado cuando se refería a mi habilidad o por lo menos afición por escribir: mi padre. El primer saludo agradecido es para ti, allá donde estás.Y luego a los «sufrientes» Carlos y Rubén, mis hijos, por eso de que han estado siempre pendientes, han padecido los nervios de los bloqueos y las «incidencias múltiples» con la informática y sus sustos. Pero, sobre todo, porque con ellos aprendo a ser padre y me sugieren cada día palabras nuevas para intentar ser un poco mejor.
A lo largo del tiempo, aparecen personas que son un gran apoyo en un momento y te dan esa palabra de ánimo que pone en marcha de nuevo los recursos. Mis hermanos, de modo especial Juan, que siempre ha mostrado interés; Anabel, «mi doctora», con quien compartimos muchas experiencias; Nacho y Josefina siempre están presentes no solo en este proyecto, sino en general; Elena (¡qué oportuno conocerte!, eres una «pepito grillo» de categoría), y la recién estrenada amistad con Conchi, Alba y su cercana familia. De cada uno de vosotros he recibido en su momento el aliento que necesitaba. Gracias.
Algunas notas prácticas
H
e aprendido al escribir este texto que en la educación todo está interrelacionado, de modo que las «palabras» se superponen y algunos conceptos son tan básicos que aparecen en diversos lados, desde enfoques distintos. Por eso en muchas de las reflexiones sugiero lo que denomino «palabras afines», ideas parecidas vistas desde un punto de vista diferente y revisadas en este mismo texto. Creo que esto nos permite tener una visión global de la tarea en que nos hemos implicado.En el texto me refiero indistintamente a padre y madre o a hijos/hijo cuando desarrollo las ideas. Lo importante no es si soy padre o madre o tengo uno o varios hijos, sino el contenido que leo y del que puedo aprender.
Y, por último, en algunos momentos aparecen referencias a situaciones vividas en la clínica, de las que, como es evidente, he ocultado datos reales y cambiado los nombres. Aunque todo el mundo lo supone, es necesario recordarlo.
Es posible educar y educar bien. Es cierto que hacerlo siempre ha sido complicado, aunque bien es verdad que todas las generaciones, con sus más y sus menos, han sido capaces de educar a las posteriores. Precisamente, que no sea sencillo no quiere decir que sea imposible. En el hecho de educar hay un encuentro de generaciones con planteamientos diferentes y una de ellas, la veterana, intenta transmitir a la siguiente lo que cree que es importante. Nada más sencillo y a la vez nada más complejo. Por eso he querido resaltar en el título de estas reflexiones dos ideas que forman parte de este encabezado: por una parte, 40 palabras, y por otra, educar hoy.
Ambas son claves, cuando pretendo reflexionar sobre lo que es importante hoy en la ecuación que formamos como educadores junto a nuestros hijos. La educación no es algo abstracto, sino que se concreta en una serie de presupuestos (lo que yo denomino «palabras» y que se refiere a ideas de valor que están en la base), insertos en un momento concreto.
No creo que exista una educación al margen del momento social que se vive, y la educación lo es en unas determinadas circunstancias. Contando con ello, creo que sí hay una serie de ideas básicas cuya forma de entender debe adaptarse a los tiempos que vivimos. Las cosas no son como antes ni tienen por qué serlo. Lo que a nosotros en su tiempo nos parecía importante, para nuestros hijos no lo es; lo que defendíamos a capa y espada, ya casi no importa. Tendemos a pensar que lo nuestro es lo que verdaderamente vale, lo importante, incluso menospreciando la realidad actual. Hemos de hacer un
esfuerzo de humildad para reconocer que nuestras luchas, preocupaciones y anhelos fueron importantes para nosotros en ese momento y que ahora es un tiempo distinto donde lo que debe ser considerado clave lo ha de ser para nuestros hijos.
Dudo que lo que a nosotros nos preocupaba sea más importante que lo que preocupa a los chicos de hoy. Más bien creo que todo lo es en su momento y que tenemos que conocer lo que desean, quieren, viven, aprenden… ahora, para poder ofrecer acompañamiento, cercanía y, si es necesario, una confrontación con nuestra forma de ver las cosas, porque aceptar presupuestos distintos no quiere decir que sean siempre buenos y que no deban ser contrastados. Por eso creo en el diálogo como clave en la educación.
Partiendo de esta idea, creo que es fundamental dar una pincelada de los rasgos generales de la infancia y juventud hoy. Quiero insistir mucho en que si queremos aportar algo debemos partir de lo que hay. No se puede construir sin contar con los materiales que tenemos y sin conocer el terreno. Imponer criterios u opiniones ya no sirve (si es que alguna vez ha servido para algo relacionado con educar).
Hay que saber dónde están aquellos que queremos educar y dar un paso hacia el encuentro.
PARTE I
EDUCAR HOY: CONOCER LA GENERACIÓN QUE
EDUCAMOS
C
reo que no soy capaz de referirme a la educación hoy sin caer primero en la cuenta de que los tiempos son muy diferentes de cuando nosotros teníamos la edad de nuestros hijos. Esto es ley de vida y así es como debe ser, porque con cada paso de generaciones es normal que surjan nuevos planteamientos, intereses, valores. No creo que el cambio haya de verse siempre de forma negativa, sino que, como en este caso, hay muchos aspectos que podemos considerar un avance. Pero, para poder saber dónde estamos nosotros y dónde nuestros hijos, es necesario hacer un somero análisis que nos permita entender las reflexiones posteriores. No se trata de diseccionar a la juventud actual, sino de saber cómo es para saber qué y cómo podemos ofrecerle algo. Y sobre todo en qué se diferencia de la generación anterior, la nuestra, y qué podemos aprender unos de otros.Cuando reconozco que no tengo la verdad absoluta, soy capaz de ver en los otros lo positivo y aprender de ello.
1. Quien manda, manda… ¿Quién manda? Democracia en acción
La forma de entender el concepto e implicaciones de la autoridad ha cambiado enormemente. Las «figuras
de autoridad» clásicas ya no lo son. En los hogares, la auto-ridad está diluida y en ocasiones casi no existe, seguramente por unos padres y madres demasiado ocupados y complacientes; en el colegio se ha perdido la autoridad del profesor hasta tal punto que se quiere instaurar por decreto. Ciertamente, el «ordeno y mando» no tiene sentido. Tenemos que aprender a dialogar y convencer. No significa que no haya que tener autoridad –es necesaria para nosotros y para ellos y, en general, para la sociedad–, sino que hay que «venderla» o plantearla de otra manera, más dialogante y comunicativa. Las órdenes directas funcionan cuando es necesario y hay que seguir con ello por el bien de ellos, para que entiendan que hay unos límites que no pueden rebasar. Pero la mejor forma de implicarles es la actitud democrática. Si tenemos un argumento en nuestra mano no es el de la autoridad porque sí, sino el de la experiencia y mayor sentido común. Es necesario mantener un equilibrio entre la imposición y el diálogo. Para nuestros hijos lo habitual es la participación. Pocos debates recuerdo yo en mis clases infantiles, ni
consultas acerca de nada; y ahora los chicos realizan actividades participativas, disponen de cauces para intervenir en las reuniones, ejercen su derecho a elegir representantes en clase… Viven desde la democracia y la igualdad, desde el compartir las decisiones. Por eso no entienden las imposiciones.
Lograr el equilibrio supone que ambas cosas deben coexistir, no que una desaparece a favor de la otra. Desde pequeños hay que enseñarles que existen normas y límites, pero con una actitud de respeto, que irá a más a medida que crecen, más que de imposición.
Para pensar… ¿Cuál es tu estilo habitual, el diálogo o la imposición autoritaria?
¿Recuerdas la última vez que has llegado a un acuerdo con tu hijo en algo importante? ¿Cómo te sientes al recordarlo? ¿Cómo os sentisteis en ese momento?
¿Mantienes con tus hijos una comunicación participativa?
¿Sueles preguntarle su opinión acerca de cosas que le corresponden?
¿Escuchas sus sugerencias? A veces creemos que no tienen nada que decir y, de una forma u otra, no les escuchamos.
2. De usar y tirar: el valor utilitario de las cosas
Lo que vale, vale, y lo que no vale, no vale. Son menos sentimentales que generaciones pasadas. Solo vale lo que se puede probar y comprobar. La mentalidad «científica» está muy presente. Argumentos como el valor sentimental, el compromiso, la sensación de vínculo y pertenencia acaban sucumbiendo, en muchas ocasiones, al
«examen práctico»: si sirve, adelante; si no, a por algo que sea útil.
No siempre ni en toda ocasión son así de prácticos; sigue habiendo momentos en que no es así, especialmente en las relaciones, pero es una tendencia a tener en cuenta.
Para muchos de nosotros es una forma de aprender a ver las cosas desde un punto de vista diferente y una oportunidad para revisar nuestros propios vínculos con, sobre todo, las cosas. Por lo menos para tener un modelo diferente.
Para pensar…
¿Cuántas de las cosas que guardas sobrevivirían a un examen de practicidad? ¿Ves la posibilidad de liberarte de algunas cosas no útiles?
3. «Solo en casa»
Están acostumbrados a organizarse y a no depender excesivamente de nadie. A veces a costa de pasar tiempo solos y tener que aceptarlo. La generación de «niños-llave», esos que tienen desde bien pequeños la llave de casa colgada al cuello porque sus padres no están cuando ellos llegan, ha aprendido, en el mejor de los casos, a organizarse. En el peor, tienen una falta de atención por parte de figuras adultas que puede llevar a consecuencias no deseadas, porque en los hogares en que esto ocurre los padres suelen
llegar a casa muy cansados, y con pocas ganas de interactuar con los hijos, prestarles atención, jugar con ellos o, como es natural, imponer disciplina y marcar límites. Las consecuencias de esta falta de atención se hacen notar en la mayor frecuencia de trastornos psicológicos (ansiedad, aislamiento, trastornos de adaptación…).
Sin llegar a este extremo, hemos de reconocer que la mayoría de los niños crecen en un ambiente que favorece su independencia. Ya desde pequeños aprenden a estar solos, se les lleva a centros escolares desde pequeños, pasan más tiempo con personas que no son los padres[1] y aprenden a ser menos dependientes. Esta característica es clave para ellos y para nosotros: su sensación de independencia les lleva, muchas veces, a afrontar las cosas con un sentimiento de seguridad muy conveniente. Pero otras veces esta seguridad es solo aparente y es la fachada tras la que esconden un sentimiento de abandono que implica inseguridad.
Para pensar… ¿Es tu hijo uno de estos niños?
Quizá con una imagen lo captemos de forma diferente: está bien que un niño aprenda a prepararse la merienda, le hace autónomo, independiente, preparado…, pero… ¿sabe igual que la merienda preparada por papá o mamá?
¿Qué puedes hacer para evitar que pase demasiado tiempo solo? ¿Se te ocurre algo? (A veces, requiere un sacrificio que hay que estar dispuesto a realizar).
¿Qué encuentras positivo en su independencia? ¿Es muy diferente de como nos hemos educado nosotros? Pista: la patología de la dependencia está a la orden del día…
4. Acceso a la cultura
Tienen grandes avances en educación, en conocimientos. Hay acceso a la educación. No todos aprovechan los recursos, pero al menos existen. La cultura permite conocer y facilita mucho tomar decisiones responsables, y la mayor parte de los chicos y jóvenes de hoy en día tienen el suficiente calado intelectual para ser conscientes de las consecuencias de sus propias decisiones.
Es algo con lo que contamos a la hora de plantearnos la mejor forma de educarles, esas «40 palabras» claves para nosotros y que queremos hacer formar parte de su educación. Debemos ofrecer argumentos con cierta consistencia cultural e intelectual. No siempre. No en todos los casos. Pero sí en aquellos que han decidido aprovechar la facilidad de contacto con la cultura[2].
Para pensar… ¿Valoras la formación de tus hijos?
5. Nuevas formas de comunicación y socialización
Vemos que muchos usan el ordenador como herramienta de socialización y
comunicación: MSN, chats, blogs, comunidades… Consumir y emitir información. Para
ellos no es necesaria la presencia física –y a veces ni siquiera conocerse, porque basta con que seas conocido de un conocido– para mantener una relación. Pasan horas comunicándose con sus amigos. La imagen típica de los adolescentes con el teléfono en la oreja ha dado paso al portátil o al teléfono con acceso a las redes sociales. No es ni mejor ni peor que lo anterior: simplemente es una nueva forma de establecer contactos. Se convertirá en un problema si llega a ser la única fuente de relaciones sociales y se usa de modo exclusivo. Enriquece la variedad de contactos, pero puede llegar a empobrecer si ninguno de ellos es «real»; por eso se organizan «quedadas» como forma de favorecer otro tipo de relaciones. Los ciber-contactos amplían el horizonte, permiten contactar con personas de diversas partes del mundo unidas por aficiones o intereses comunes, pero a veces pueden resultar formas frías de relación y acostumbrarse uno a ello, ya que por sus características suelen crear adicción.
Para muchos de nosotros se abre un mundo de apertura a distintas formas de contactar y conocer. El peligro llega cuando de ser formas de contactar distintas y originales para ellos pasan a ser auténticas redes en que quedan atrapados. Esto ocurre, por ejemplo, cuando no son capaces de establecer otro tipo de relaciones, cuando todo lo acaban reconvirtiendo en un «evento» o cuando por afán de conocer y conocer gente y «agregar» amigos acaban siendo poco exigentes y dejando entrar a incómodos y muchas veces peligrosos intrusos. Es una realidad hoy en día. Quien no tiene acceso a redes sociales es como si no existiera. Las características de esta nueva forma de relaciones sociales son claras: la rapidez (puedo colgar mis fotos recién hechas), la universalidad (amigos en todo el mundo) y la posibilidad de anonimato y falsedad al no contrastar la información por otros medios, lo cual es un verdadero peligro. No es de extrañar que los personajes famosos «cuelguen» en alguna de las redes casi todo lo que les está sucediendo, como modo de tener informados de cualquier cosa a sus seguidores; que sea o no importante dependerá del receptor de la información. De ahí que se «tuitee» hasta cuando uno sale de casa…
Nosotros, los que no lo hayamos hecho todavía, hemos de conocer esta forma de comunicación, no solo para a veces usarla con nuestros hijos, sino para saber advertirles de dónde puede surgir el peligro.
Para pensar… ¿Conoces las redes sociales que usa tu hijo?
¿Sabes su nick o qué pone su perfil?
¿Estás al tanto de las amistades o contactos que tiene?
Por otro lado, ¿conoces y le has hecho conocer los peligros de las redes sociales? ¿Tienes claras las ventajas e inconvenientes? ¿Sabes estar al tanto de los inconvenientes?
6. Tirar la toalla
Muchas veces les vemos con poca resistencia, con poca capacidad para hacer frente a la frustración. Nos hemos acostumbrado a darles todo lo que piden en un exceso de ofrecimiento por nuestra parte –compensatorio de cierta sensación de abandono, seguramente– y a amortiguar los golpes que les pueden llegar. Creo que es una de las características que menos les favorecen. A causa de un exceso de protección, la capacidad de afrontar las dificultades y de aceptar los inconvenientes habituales de la vida se ha visto reducida. Les cuesta aceptar que no son omnipotentes y que hay cosas que no es posible conseguir.
Para pensar…
Esta vez podemos dedicar un tiempo a reflexionar sobre cómo enseñar a nuestro hijo a superar las frustraciones.
Quizá no darles todo tan sencillo que no se encuentren con ninguna. Quizá una negativa de vez en cuando…
Quizá dejar que se lleven algunos de los golpes que instintivamente queremos evitarles.
7. Seguridad
En muchas cosas; es una cualidad positiva que debemos conocer y aprovechar. Los chicos hoy se muestran más seguros que antes. Quizá en ocasiones es una falsa seguridad, pero es un sentimiento que les lleva a no achantarse a veces ante las complicaciones. La seguridad se deja traslucir en un claro sentimiento de valía personal (conocen sus cualidades y las valoran, con efecto positivo en su autoestima) y de
confianza en sus capacidades.
Para pensar…
La seguridad ajena, a veces, amenaza la nuestra. ¿Te sientes interpelado por su sentimiento de seguridad? ¿Compartes el tuyo? ¿Lo tienes?
Salvo excepciones, la mayoría de los chicos tienen un buen concepto de sí mismos… ¿Cómo te hace sentir esto?
8. Consumidores influyentes
Se reconoce una capacidad de influencia en las tendencias de consumo, por medio de sus comentarios en las redes sociales, en los blogs… Está comprobado que ciertas críticas pueden hundir. Tienen más influencia y modos de ejercerla. No en vano las empresas lo conocen y aprovechan.
Es sorprendente la repercusión que tiene cualquier comentario que hacen, ya que tiene un efecto multiplicador increíble. Así, son capaces de poner de moda comercios,
tendencias, artículos, aficiones…
Para pensar…
¿Por qué no sugerirles un modo constructivo de usar este poder de influencia? Porque se puede utilizar para transmitir valores, hacerse eco de acciones o de preocupaciones sociales.
9. Inmersos en la diversidad
En sus clases hay chicos de diversas razas, culturas… Están acostumbrados (si nosotros no les desacostumbramos) a convivir con la diversidad. Ellos mismos pueden haber vivido situaciones en que se les haya atendido de forma individual (están contempladas las medidas educativas de atención a la diversidad).
Nosotros vivíamos en un mundo más plano, con la sola presencia esporádica de algún extranjero. Y, por supuesto, una sola forma de educar. Conocimos de referencias la diversidad, sin que llegara a convertirse en algo muy real.
Nuestros hijos conviven con ella.
Para pensar…
Aprovecha esta característica para enriquecerte tú también por medio del contacto con la diversidad. No rechaces lo diferente. Acepta, como ellos, que todos somos iguales y todos somos distintos a la vez.
¿Te relacionas con las familias de los compañeros de otras culturas?
¿Conoces y aprovechas las medidas de atención individual que existen en los centros escolares?
10. Con fecha de caducidad
A veces me gusta recordar el hecho de que antes las cosas parecían no caducar nunca. No recuerdo que absolutamente todos los productos tuvieran impresa una fecha tope de consumo. Sin embargo, esta generación convive –afortunadamente, ya que ganamos en salud– con las fechas de caducidad y la sensación de que todo es perecedero. Las cosas tienen un fin. Quizá por eso aprenden a relacionarse con ellas de forma que saben que, si se rompe, hay repuesto y a veces mejor; las cosas no se arreglan (a veces es incluso más caro), sino que se dejan de lado si no funcionan. Han aprendido a usar y tirar. Todo se usa y luego uno se deshace de ello. Esto fomenta una actitud
consumista en la que las cosas no tienen valor en sí, sino por el uso que se puede hacer
de ellas, y mantienen su valor en la medida que conservan la utilidad. Luego, se sustituyen por otra cosa. La actitud de consumo va más allá, acabando por convertirse en un hábito que lleva a sobrevalorar las cosas y a no sentirse satisfecho con nada, y que a largo plazo tiene repercusiones en la salud mental y emocional.
Para pensar…
se lo sabemos transmitir, podemos conseguir que hagan un uso más responsable de las cosas. Precisamente porque tienen fecha de caducidad, no he de dejarla llegar (y que se deterioren) y puedo aprovechar para disfrutarlas mientras existen.
11. Nuevas familias
El concepto de familia está en proceso de cambio. La realidad nos dice que cerca de nosotros existen distintos grupos familiares: familias monoparentales, familias reconstruidas… Existe una variedad que se quiere ampliar más.
Nada tiene que ver, en muchos casos, con los modelos con que nosotros nos hemos educado.
Nuevas formas de familia suponen nuevas formas de relación y de establecer
vínculos. Incluso si existe una familia estándar con dos progenitores, la realidad laboral predominante hace que no se dedique el mismo tiempo que antes. Por otro lado, es fácil que no haya contacto con generaciones anteriores dentro de la familia –salvo que colaboren en el cuidado– y a veces ni con los coetáneos. Las relaciones se reducen al puro núcleo familiar. No existe relación con generaciones mayores de adultos, y muchas de sus enseñanzas se pierden, al igual que el concepto de respeto a los mayores. No es algo que ocurre en todos los casos y sí es cierto que muchas personas mayores están al tanto de la educación de los niños (cada vez es más frecuente la figura del abuelo-canguro), pero también es cierta la ausencia cada vez mayor de ancianos, que viven en residencias.
Para pensar…
Puedo fomentar la convivencia y el contacto en mi familia. Para ello creo que debo… ¿Qué relación tiene mi hijo con sus familiares (abuelos, tíos, primos…)?
12. Propiedad privada
Las cosas suyas son suyas, no de la familia ni del grupo. Hay un marcado sentido de la propiedad. Pueden llegar a compartir, pero compartir ya supone poner en común lo propio, ofrecerlo para el uso y disfrute de los demás… pero sin renunciar a la propiedad.
Para nosotros, el sentido de la propiedad ha sido algo adquirido con el paso del tiempo y, sobre todo, con las primeras posesiones, con las primeras cosas que considerábamos nuestras. Por eso a veces se nos hace complicado entender esta característica suya.
Para pensar…
Puedo aprovechar su concepto de la propiedad para enseñarles la responsabilidad sobre las cosas. Y dar el paso a compartir.
* * *
No he pretendido hacer un análisis exhaustivo de la realidad de los jóvenes de ahora. No es mi cometido. Solo pretendo señalar las diferencias que hay entre ellos y nosotros, los conceptos que han cambiado y las formas muy diferentes de ver la misma realidad.
PARTE II
40 PALABRAS
1. AMABILIDAD
Una persona amable es la que es digna de ser amada y la que es capaz de mostrar su amor. Ambas cosas van unidas, porque en el tema de la amabilidad, más que en ningún otro, se recoge multiplicado lo que antes se ha sembrado.
La amabilidad está unida a ser cariñoso, afectuoso, cortés, agradable, servicial… Todas son cualidades que nos hacen salir de nosotros mismos para estar abiertos a los demás y brindar ayuda y atención.
Los niños no nacen siendo amables. La amabilidad se aprende y, por lo tanto, se educa. Y nos corresponde a nosotros, como padres, sentar las bases para que ellos entiendan que ser amable con los demás es una ventaja para todos. Sé que luchamos contra corriente, ya que la amabilidad no está de moda y más bien tendemos como sociedad al individualismo y a sacarse cada uno las castañas del fuego. Sin embargo, es necesario volver a recuperar esta cualidad del ser humano, que, además, nos hace mejores personas.
Cuando una persona es amable, genera en los demás un sentimiento positivo, una complacencia. Por eso la persona así es digna de ser amada, merece y se gana el cariño de los demás, se hace querer.
«Está demostrado que preocuparse por los demás de manera positiva mejora el sistema inmunológico (defensas orgánicas) y que actuar con amabilidad aumenta el sentimiento de valía personal, el optimismo y la satisfacción general en la vida»[3], señala el terapeuta y consejero matrimonial Gary Chapman, autor del libro Amar, una nueva forma de vida. Como vemos, el efecto de ser amable no solo se extiende hacia los demás, sino que para nosotros mismos tiene sus ventajas. También las investigaciones recientes relacionan la amabilidad con una menor tendencia a la depresión. Es normal que una persona que se siente a gusto consigo misma y amada por los demás no sea tan proclive a deprimirse. También parece demostrado que ayuda a vivir con menos estrés y su correlato físico, todos esos trastornos corporales que suelen ir asociados a él.
LAS IDEAS, CLARAS
La amabilidad se compone de muchos pequeños gestos que se pueden practicar y enseñar. La forma mejor de hacerlo es mediante nuestro ejemplo, lo primero, pero también haciendo un esfuerzo por practicar con ellos la amabilidad y planteando situaciones para que piensen en ella. Gracias a la grandeza de nuestro cerebro, lo que
imaginamos y practicamos mentalmente crea conexiones neuronales que luego facilitan la acción cuando llega el momento.
– Tener detalles. Es una forma de ser amable. El detalle es todo aquello que sé que le agrada a la otra persona y que le ofrezco como modo de demostrarle que la tengo presente en mi pensamiento. No hace falta un desembolso económico. No suele ser necesario. Puedes ayudar a tu hijo a elegir detalles para sus amigos o para los mayores de la casa: una flor, un dibujo…, tienen mucho valor. Demuéstrale que también tú sabes tenerlos con él, dándole a veces una sorpresa que le agrade.
– Ofrecer ayuda. La persona amable está, como hemos comentado, pendiente de los demás y no duda en ofrecerse para ayudar. En su justa medida, porque estar solamente y de forma exclusiva pendiente de los demás no es sano. En el punto medio está la virtud: pendientes de los otros sin descuidarnos a nosotros mismos. Revisad juntos si las personas que están cerca, en casa, en el colegio, entre los vecinos, pueden necesitar ayuda…: una persona mayor que necesita que le suban la compra, un compañero que no ha traído el boli…
– Aceptar y agradecer. No es tan fácil como parece. A veces nos cuesta aceptar la ayuda que nos ofrecen y, por supuesto, agradecerla. De ello nos ocupamos en otro momento en este texto.
– Hay detalles pequeños, pero que contribuyen en gran medida a la amabilidad, como, por ejemplo, saludar a los que te encuentras. Por desgracia, no es lo común. A mí, personalmente, me siguen mirando con extrañeza los vecinos cuando les saludo al cruzarme con ellos… Una realidad que se extiende más allá de mi comunidad. Hemos perdido los elementos mínimos de amabilidad. Educa a tu hijo en las normas básicas de educación que nunca debimos perder.
– Refuerza, alaba y potencia toda buena acción en tu hijo. Es el modo de que la repita con frecuencia hasta que se convierta en algo natural. Cada mínimo gesto amable es digno de tenerse en cuenta.
– Muéstrale a tu hijo el cariño y haz que se lo demuestre a los demás. Es una forma de ser amable. No dudes en mostrar tu cariño con abrazos, besos, contacto, palabras…, todo lo que haga sentir a tu hijo que es digno de recibir amor.
– La sonrisa es un regalo que hacemos a los demás. Sonreír es un gesto de amabilidad. Los niños aprenden a sonreír desde muy pronto, solo con meses, para mostrar su satisfacción. A partir de ahí, lo que es un gesto instintivo se socializa y convierte en una forma de acercarnos a los demás. Los niños que sonríen son mejor aceptados por sus compañeros. Por eso es importante que dediques un tiempo tanto a sonreír a tu hijo como a enseñarle a hacerlo cuando esté enfadado o preocupado, cuando las cosas no le vayan como espera… ¿Qué tal una sonrisa para ayudar a mejorar? Recuerda que el puro gesto de sonreír provoca ya bienestar.
El decálogo de la amabilidad[4]
aceptar sus formas de pensar, aunque sean distintas de las tuyas.
2. Trata a los demás con el mismo respeto y cariño con el que te gustaría que te tratasen a ti.
3. Procura ser complaciente con los que te rodean cuando te piden un favor o solicitan tu ayuda.
4. Utiliza palabras como gracias, perdón, por favor, que te facilitarán y harán más agradable tu relación con los demás.
5. Intenta ver en cada persona lo mejor de ella. Seguro que lo encontrarás y te sorprenderá.
6. Acostúmbrate a expresar tus mejores sentimientos, no los reprimas. Trata a los demás con toda la naturalidad, la alegría y el afecto que espontáneamente salgan de ti.
7. Acostúmbrate a sonreír. Muéstrate solidario, optimista y colaborador con las personas con las que convives.
8. Piensa que, si todos tratamos de dar lo mejor de nosotros mismos, todos seremos mucho más felices.
9. Trata de analizarte y observa si, cuando eres amable o afectuoso con los demás, te sientes más a gusto contigo mismo.
10. Comprueba cuántas horas al día estás de buen humor. Si son muchas, alégrate, porque estás construyendo un mundo más amable.
ACTITUDES CONTRARIAS
– FALSA AMABILIDAD. Cuando intentamos aparentarla pero no es sincera. Se nota a la legua y no tiene efecto en el bienestar ni personal ni de los otros, no ayuda a nadie. Cuida que la amabilidad de tu hijo sea siempre sincera, nunca por compromiso o por cumplir.
– HOSTILIDAD. La ira, la agresividad, la violencia… van contra lo que ahora queremos enseñar. Una persona hostil ve enemigos donde no los hay, porque dentro de sí vive un sentimiento de enfrentamiento a los demás. La hostilidad se muestra bien en palabras, comentarios, sarcasmo, indirectas…, bien de forma directa mediante la violencia.
– EGOCENTRISMO. Para poder ser amables hemos de salir de nosotros mismos y pensar en los demás; la amabilidad no se puede practicar cuando solo nos miramos a nosotros mismos.
2. AMISTAD
La amistad es uno de los valores que debemos enseñar a nuestros hijos, ya que es vital para su desarrollo humano sano. Amistad es un afecto desinteresado hacia otra persona, que nace y se mantiene a través de las interrelaciones entre los seres humanos. La amistad surge del hecho de compartir algunas características –siempre establecemos amistad con personas afines a nosotros–, y la práctica conjunta de alguna tarea que guste a los dos hace que se afiance y crezca. Sin embargo, va más allá de ello y se hace estable como relación entre personas, ya que el mero hecho de estar juntos para realizar una tarea suele terminar cuando la tarea acaba. Por eso es importante que, aunque el comienzo sea este, se establezcan lazos que hagan desear estar con el otro. La tarea es solo una ocasión para conocerse.
Tener amigos ayuda a los niños a desarrollarse emocional y moralmente. Junto a ellos crecen en las normas del contacto social, la comunicación, la cooperación y aprenden a solucionar problemas. Incluso está demostrado que los niños que tienen muchos amigos rinden más en el colegio.
Las ventajas de tener capacidad de hacer amigos son enormes. Cuando los niños tienen amigos se sienten más felices, integrados en la sociedad y a gusto consigo mismos. Por medio de la amistad, el niño amplía su universo y aprende mucho tanto de sí mismo como de los demás. Para los niños, las primeras amistades son un lugar donde aprender a salir de sí mismos, a tener en cuenta a los otros. Nuestra idea de la amistad quizá no coincide ahora del todo con la suya, pero es el principio del camino. En su grupo de amigos, se crea una mini-sociedad en la que practicar para cuando se integren en grupos sociales más amplios: hay cabecillas, seguidores, conflictos que resolver, apoyo mutuo, tareas compartidas…, un microcosmos social.
Hay varios estilos en cuanto a la amistad: los hay que prefieren círculos reducidos, dos o tres amigos, y otros que prefieren rodearse de más gente. Ningún estilo es mejor que otro. Lo que importa es que tu hijo esté conforme y feliz con ello. Vosotros mismos seguramente tenéis vuestra forma preferida de tener amigos y con seguridad es lo que vuestro hijo aprende.
Las amistades que se mantienen tienen en común que hay una gran parte de características que se comparten, formas de ser parecidas, gustos semejantes, aficiones iguales. De ahí a hacer juntos algo que a los dos les gusta hay solo un paso. Y el siguiente es que el hecho de estar juntos haciendo algo así refuerza el sentimiento de amistad y que busquemos estar juntos para disfrutar de ello, de modo que la amistad crece y se
hace más fuerte.
De forma general, los niños que tienen más facilidad para hacer y mantener amistades provienen de familias abiertas y mantienen una buena relación con sus padres. Los padres de estos niños son dialogantes, razonables y saben mantener sus derechos. Hay una estrecha relación entre el modo de ser de los padres, y su modo de ser amigo, y la forma que prefiere el hijo. Por eso, una vez más, no debemos olvidar que somos modelos para ellos.
LOS NIÑOS QUE SON MEJORES AMIGOS
Repasamos ahora las características que tienen los niños que tienen facilidad para establecer amistades. Nos servirá como guía para saber cuán lejos o cerca está nuestro hijo de ellas y fomentar aquellas en las que flaquea y potenciar aquellas en las que destaca.
Son niños sociables, abiertos a los demás y no les cuesta contactar con los otros; los niños prefieren como compañeros de juego a los que les sonríen, y rechazan a los que vienen con agresividad.
Tienen claras las normas del juego en grupo y las respetan; la mayor parte de los amigos que hacen los niños en la primera etapa de infancia los hacen mediante el juego; por eso es importante que estén preparados para las actividades grupales; hay niños que no saben jugar con los demás y suelen estar aislados; hay otros que no respetan las normas y nadie quiere estar con ellos.
Son capaces de resolver conflictos; es una habilidad importante y que es conveniente que aprendan cuando son pequeños, para que la puedan poner en práctica sin dificultad más adelante.
Saben escuchar y conversar con los demás; la escucha es una habilidad que se puede aprender si nos dedicamos a ello, si mostramos interés por el otro, tanto por sus palabras como por sus sentimientos.
Tienen empatía, saben entender los sentimientos y puntos de vista de los demás; puedes hacer mucho para ayudar a tu hijo a cultivar esta cualidad si le enseñas a tener en cuenta a los demás, a intentar ver cómo se sienten los otros.
Disponen de habilidades apreciadas por su grupo de iguales; si, por ejemplo, en su grupo se valora el deporte, intenta que tu hijo aprenda las nociones básicas, para que no lo dejen siempre de lado; a veces la falta de habilidad se suple con tesón y práctica; el único límite es no presionar al niño para que haga algo que rechaza por más que sea lo popular.
Saben reconocer y apoyar a los demás, tienen en cuenta a los otros y saben valorar sus capacidades o habilidades en el momento oportuno. No tienen problema en reconocer que los otros hacen bien las cosas o que son mejores, y no es raro verles felicitar a los demás cuando hacen bien algo o hacer comentarios positivos. Si les enseñamos a reconocer lo positivo que tienen los otros, favorecemos mucho su integración y que les valoren como amigos.
Saben trabajar junto a otros y resolver los conflictos que puedan presentarse. No está de más enseñar a los hijos a resolver conflictos mediante el diálogo y la resolución de problemas.
Se preocupan por sus compañeros y se esfuerzan en hacer algo útil para el grupo. Son capaces de demostrar el cariño y el afecto.
horario, haya un rato para dedicar a los amigos.
Saben negociar y hacer tratos; es una habilidad que les podemos enseñar a los nuestros. Y cuando un niño la demuestra en el grupo, es más fácil que se integre. Los que siempre quieren salirse con la suya e imponer su voluntad no son populares.
LAS IDEAS, CLARAS
Hay varias cosas que puedes hacer para ayudar a tu hijo a tener amigos o, por lo menos, a alcanzar las habilidades para conseguirlos.
– Enséñale las normas básicas para la convivencia (respeto de turnos, tener en cuenta las necesidades de los demás, no acaparar, ser generoso, ser educado, establecer reglas…). Todo lo que hagas para que tu hijo entienda los principios de la convivencia lo tiene adelantado a la hora de hacer amigos. Tienes que dejar claro que no hay lugar para la agresividad, la discriminación, el egoísmo y las burlas.
– Da ejemplo; la forma en que tú lleves tus relaciones es la que van a aprender, por lo menos en un primer momento. Los hijos de padres que tienen un amplio círculo de amistades aprenden a relacionarse con mucha gente y esto facilita el contacto con los demás.
– No tengas pereza a la hora de invitar a los amigos de tu hijo a casa. Es la mejor forma de que establezcan lazos y se sientan amigos de verdad. Recuerda que una de las características de los niños con facilidad para hacer amigos es dedicar tiempo. En muchas ocasiones, en los niños que atiendo en la clínica, muchos de sus problemas de relación con los demás y su falta de amistades se solucionan invitando a los padres a celebrar encuentros en su casa, invitando a otros niños, porque el ir a casa de alguien hace que tenga más probabilidad de acrecentar la amistad. No hace falta llegar a extremos en que los niños no tengan amigos de referencia para empezar a practicarlo.
– Practicar la forma de resolver los pequeños conflictos que puedan surgir, porque está claro que van a aparecer. La resolución de conflictos es todo un arte que se puede aprender y practicar. Se basa en el diálogo y la reflexión y en la capacidad de negociar, de perder un poco cada uno para ganar los dos.
– Enseña y pon en práctica con tu hijo la forma de acercarse a un grupo que no conoce. Recuerda que la sonrisa es fundamental y la forma en que les pregunte si puede jugar con ellos es clave para que le acepten o no; nunca con agresividad ni imponiendo, sino más bien pidiendo; los niños retraídos, que se escudan en sus padres, ni son vistos por los demás. Una buena forma de empezar es ofrecer un juguete o planear una actividad divertida.
ACTITUDES CONTRARIAS
porque precisamente esta se basa en la capacidad para posponer los propios intereses en busca de un bien común.
– NO SABER COMPARTIR. Compartir es la consecuencia de la amistad. Pero hay niños (y adultos) que no saben hacerlo, que se aferran a lo suyo como si el mundo se hundiese y fuera su tabla de salvación. Y no solo a las cosas materiales, sino a la propia vida, los pensamientos, las aficiones, los contratiempos… Quien se ata excesivamente a lo suyo o a sí mismo no puede compartir.
– FALSEDAD. Si algo debe definir la relación de amistad es la autenticidad, el permitirse y poder ser uno mismo en ella. Cuando alguien no se presenta tal como es, sino con una máscara, quizá nos atrae en un primer momento, pero con el tiempo crecen la distancia y el desengaño y no se mantiene la amistad.
3. ASOMBRO
El asombro es una sensación de gran admiración o sorpresa, positiva o negativa, al darnos cuenta de algo. Suelen vincularlo al origen de la filosofía, de la que nacen todas las ciencias posteriores. El primer filósofo es quien se preguntó sobre las cosas por primera vez al verlas con asombro. Quizá por eso se dice que los niños son «pequeños filósofos», porque tienen la capacidad de ver las cosas y preguntarse por ellas.
El asombro es un motor interno que de forma natural lleva al niño a descubrir el mundo que le rodea, como paso previo para tomar conciencia de su propio ser y del medio. Es decir, que con el asombro el niño descubre la realidad y la hace propia, se encarna en ella, la conoce y la asume. Nacemos con esa capacidad, los niños son buen ejemplo de ello, pero hemos de procurar que se mantenga, porque, de lo contrario, se pierde. La enseñanza habitual de los centros escolares, e incluso las actividades extraescolares que ofrecemos a nuestros hijos, siempre se mueven en la línea de lo intelectual, sin dejar espacio a la capacidad de asombro. A tales extremos ha llegado que hay un buen número de profesionales de la educación que investigan, proponen y animan a practicar diversos modos de aprendizaje. Esto evidencia que hay una forma de conocimiento que se aleja de lo puramente cognitivo y deja espacio a la intuición, la iniciativa, la innovación, la creatividad y el aprendizaje por indagación.
«Vende tu inteligencia y compra asombro: la inteligencia es mera opinión, el asombro es intuición» (Buda).
«Sorprenderse, extrañarse, es empezar a aprender» (Ortega y Gasset).
LAS IDEAS, CLARAS
– Mirad con ojos nuevos cada cosa, cada parte de la realidad cotidiana. Tomad, por ejemplo, un objeto habitual y dadle vueltas, tocad, oled, miradlo desde diferentes perspectivas. Así les hacemos comprender que las cosas no tienen solo un ángulo, sino varios, y que lo que nos resulta habitual, visto desde otro lado, no lo es. Puedes probar a enseñarle objetos desde un lado no habitual para que los identifique, o a
poner un detalle de algo común para que descubra de qué se trata. A veces en los medios de comunicación aparecen imágenes fotográficas de objetos vistos desde un detalle; lo puedes aprovechar o usar los objetos cotidianos para conseguirlo. Objetivo que no hay que perder de vista: la realidad es pluridimensional y lo que desde un punto de vista nos resulta habitual, desde otro nos puede sorprender.
– Un juego divertido con ellos es tomar un objeto e imaginar que sois un hombre prehistórico o un extraterrestre que lo ve por primera vez. Dejaos sorprender por su forma, posibles usos… Se trata de mirar las cosas como si fuera la primera vez que se ven.
– Cuando esté realizando una tarea o viendo algo, ayúdale a centrarse en lo que está haciendo, evitando distracciones. Si algo nos puede sorprender o asombrar, no lo va a lograr si estamos dispersos.
– La Naturaleza es el lugar privilegiado donde asombrarnos, la primera escuela del asombro. Aún recuerdo la sorpresa de mi hijo al ver por primera vez un caracol moverse: «Mira… Anda y no tiene patas… Esto lo tiene que ver mi amigo…». Sorprendente. Aprovecha cualquier momento para aprender de la naturaleza, porque una mariposa, un gusano, las hojas nuevas de un árbol, una puesta de sol, las estrellas… son lo bastante asombrosos por sí mismos.
– Tomaos tiempo para percibir las cosas sencillas. ¿Te has parado alguna vez a sentir cómo huele un paseo por el parque? ¿O el césped?… Permitíos dedicar un poco de tiempo a dejaros llenar por otras sensaciones fuera de las habituales.
– Aprovecha la curiosidad natural de tu hijo para ayudarle a descubrir. Es muy interesante investigar juntos cómo funcionan las cosas; hay libros que te pueden ayudar, pero lo importante es dedicar un tiempo juntos a descubrirlo, con ayuda o sin ella.
– Poned la atención en algo; pocas cosas, pero que llamen su atención. Destripad lo que veis, investigad, probad… y dejaos enseñar por ellas.
– Da cabida siempre a la pregunta: pregúntale y pregúntate. La pregunta es la puerta de entrada al asombro.
– Intenta que lo que hagáis sea divertido para los dos. El rato que pasáis juntos dejándoos sorprender por las cosas puede ser inolvidable.
– Hazle saber cuándo algo te deja sorprendido. Seguro que en algunas ocasiones hay algo que te resulta sorprendente. Es bueno comentarlo con ellos para que vean –y aprendan– que nosotros también nos asombramos algunas veces.
ACTITUDES CONTRARIAS
– PRAGMATISMO. No te asombras ni se lo enseñas a tu hijo si solo te preocupa lo útil, lo práctico, porque entonces no te hace falta el asombro.
– PRISA Y EXCESO DE ACTIVIDAD. No hay tiempo para asombrarse, no cabe en la agenda… Es un mal común con un remedio accesible: planificar para poder tener tiempo para cosas distintas de la rutina. Parecen dos conceptos contrapuestos, pero en realidad el objetivo es, al menos en los primeros momentos, ser capaces de tener
presente en nuestra agenda y entre nuestras necesidades el poder disfrutar de un tiempo libre para actividades alternativas a las tareas diarias. Luego, con el tiempo, cada vez hará menos falta planificarlo porque se habrá convertido en una necesidad. – «SABELOTODO». La actitud del que todo lo sabe o cree saber y no se preocupa de
mirar las cosas desde otros lados que no sean los que ya conoce. Como lo sé todo, nada me asombra. Deriva en una pobreza evidente.
4. AUTENTICIDAD
Atreverse a ser uno mismo sin pretender ser algo que no se es, por más que esté de moda o sea más popular. Esa es la clave de la autenticidad. No es tan sencillo como parece, porque vivimos en una sociedad que raramente lo valora; más bien al contrario, está a favor de vivir con una máscara permanente.
Sin embargo, cuando descubrimos la grandeza de la coherencia entre lo que somos y lo que mostramos al exterior, nuestra vida es más completa y satisfactoria. Por eso es importante que enseñemos a nuestro hijo a ser auténtico, a disfrutar de ser él mismo pase lo que pase.
Ser auténticos supone no actuar como los demás quieren que seamos, sino como somos realmente. Claro que, para ello, primero hemos de conocernos a nosotros mismos. Algunas ideas cercanas a la autenticidad, o formas de expresarla, son muy clarificadoras…:
– Ser uno mismo y del todo en todo momento y cada situación; no actuar como si fuéramos otros; ser fieles a nuestra identidad, a lo que nos define, y ser capaces de serlo incluso cuando las circunstancias se oponen; porque ser uno mismo cuando todo viene rodado no tiene especial mérito: lo importante es no dejar de serlo aunque las cosas no vengan como queremos; por ejemplo, si eso molesta a nuestros amigos y nos dejan un poco de lado, si la sociedad no lo valora, si en nuestro trabajo (en nuestro caso, en la escuela en el de ellos) el que triunfa es el que se acomoda a los puntos de vista de los directivos, en vez de defender sus propias opiniones y valores…
– Asumir la responsabilidad de nuestros actos; sabiendo que cuando hago algo, siempre tiene consecuencias y es normal y esperable que las tenga, porque mover ficha para que quede la partida igual no es lo que esperamos ni lo normal. Por eso es importante saber qué es lo que hacemos y cómo, por qué y para qué. Este es uno de los caminos que llevan a la autenticidad. Y es una senda en que podemos empezar a caminar con nuestro hijo cuando tenemos cuidado de educarle para ser responsable.
– Renunciar a lo «políticamente correcto» en favor de la integridad personal; aunque no sea lo habitual…, aunque lo aparentemente correcto me gane la simpatía de los demás…, renuncio a ello para no tener la sensación de comportarme como un mal político.
– Aceptar lo que somos, tanto lo positivo como lo negativo; si renunciamos o rechazamos una parte de nosotros, como puede ser la negativa, lo que no nos gusta, estamos impidiéndonos ser auténticos, porque lo verdadero y genuino, lo auténtico, es que somos lo que nos gusta y lo que no nos gusta tanto.
– Ser lo que se dice ser; no mentir acerca de nosotros mismos, no fantasear ni dar, hablando, una imagen que no se corresponde con nuestra realidad. Muchas veces los niños se dejan llevar por la fantasía e imaginan historias familiares o sobre ellos mismos que se acaban creyendo. Estad atentos a lo que dice y sobre todo a lo que los otros nos cuentan que dice, para corregirle con cariño y hacerle comprender que lo mejor es ser realista; muchas veces los niños presumen de cosas que no tienen delante de sus amigos: el «mi padre…», «yo tengo…», «en mi casa…» a veces oculta una mentira para ganar la aceptación de los otros; a nosotros no nos lo dicen, pero a veces a sus amigos se les escapan algunos comentarios sobre lo que ellos les cuentan.
– La autenticidad nos hace tener autoridad sobre nosotros mismos. Es la forma de ser nuestros propios soberanos. Y esa sensación a la vez refuerza nuestra autoestima y nuestro deseo de ser auténticos. Estamos ante un círculo esta vez positivo, un círculo virtuoso.
LAS IDEAS, CLARAS
La autenticidad es una lucha constante, un esfuerzo por convertirse en cada momento y circunstancia en lo que queremos realmente y aceptar lo que somos. Como en todo proceso, hay una serie de pautas que nos acercan y, en nuestro caso, nos sirven como método para enseñar a nuestro hijo.
– Ayúdale a conocer lo que realmente desea, porque los deseos son parte de lo que somos; los deseos son parte de nuestras aspiraciones profundas y lo que nos motiva; por eso es importante ayudarles a descubrirlo, a saber qué es lo que anhelan de verdad, y esto lo podemos hacer a base de hablar con ellos, de comentar sus deseos, sus sueños incluso, sus fantasías…, porque todo eso nos da pistas de lo que somos. – Lleva cuidado con los modelos externos a los que imita. Es normal que los niños
tengan ídolos a los que seguir, personajes a los que desean imitar, pero nunca a costa de convertirse en algo que no son. Querer ser como otra persona es normal; querer conseguirlo a toda costa, incluso a costa de renunciar a lo que somos, no es sano. Los modelos son buenos para aprender, pero no para imitarlos de forma automática. Copiar a alguien no es ser auténtico, sino un imitador.
– Estad atentos a las presiones sociales, que llevan a hacer cosas que no deseamos de verdad. Tu hijo, si no ahora, con seguridad más adelante, se verá sometido a las presiones que ejercen los otros. Hay que estar especialmente atento a esto para que no se conviertan en un reflejo de una moda o una circunstancia temporal. No es extraño que los niños y, sobre todo, los adolescentes, se sientan presionados por el grupo. Sin embargo, dejar de ser ellos mismos para quedarse sumergidos en la
influencia del grupo es un peligro. Por eso es necesario estar atentos a los cambios que en ellos se producen (el más significativo suele ser en la forma de vestir, luego de pensar…) y descubrir si son un deseo personal o un marcaje del grupo. Una de las presiones que suelen recibir es la de las «marcas», que proporcionan cierto estatus, pero solo aparentemente.
– Parte de la autenticidad consiste en ser fieles a las promesas que hacemos. Mantén las tuyas y haz que mantenga las suyas. Por eso debes hacerle responsable de lo que promete y de llevarlo a cabo. Ser fiel a una promesa es ser fiel a uno mismo.
– Como en todo, en este caso también es importante vuestra actitud. Por eso es clave no hacer nada que vaya contra vuestros principios y valores. Cada uno sabemos lo que es importante para nosotros, aunque a veces lo dejemos a un lado por ciertos motivos. Los hijos aprenden de nosotros a ser coherentes (de eso estamos tratando, ni más ni menos).
– Hazle descubrir sus habilidades. Esas son las que le hacen ser único. Y cuando nos reconocemos como únicos, nos sentimos auténticos y es más fácil ponerlo en práctica. Todos tenemos algo especial, algo que nos diferencia de los demás, alguna especialidad, por nimia que parezca…, eso que nos hace ser y sentirnos especiales. Y es un ladrillo para edificar la autenticidad.
– La mentira nunca va a favor de este valor que ahora queremos transmitir. No permitas que tu hijo la use. Volveremos más adelante sobre ello.
– Somos más auténticos cuanta mayor unidad con nosotros mismos tenemos. Es decir, que somos como somos en todo momento y no ofrecemos diversas caras, algo más cercano a la personalidad múltiple que a la coherencia. Por eso es importante que enseñes a tu hijo a ser él mismo en todo momento, en cada instante casi. Por lo menos en lo profundo, porque en la superficie sí es cierto que, por lógica, mostramos partes distintas de nosotros mismos según las circunstancias. Pero es diferente no mostrar todo (posición realista y sana) que inventar un esquema nuevo de personalidad según las circunstancias. Estad atentos a estos cambios en vuestro hijo, porque son señales de falta de autenticidad.
– A veces la autenticidad hace agua por el deseo extremo de complacer a los demás, por postergar las propias ideas, sentimientos y necesidades. Es la ocasión para enseñar a tu hijo a tenerse un poco más en cuenta. Está bien pensar en los demás, contar con ellos y pretender que sean felices…, pero no a nuestra costa. Si detectas un exceso de complacencia por parte de tu hijo, enséñale a pensar en sí mismo y a expresar sus necesidades.
– De vez en cuando, especialmente si ha ocurrido algo que llame la atención, parad un momento para ver y analizar las situaciones del día a día bajo la clave de la autenticidad: ¿Crees que esto que ha ocurrido te enseña algo? ¿Es lo que te gustaría haber hecho? ¿Cómo podrías haber actuado de otro modo? ¿Cómo crees que te sentirías si hubieras actuado así?… Aparecen las claves para ser más auténticos en otra ocasión.
ACTITUDES CONTRARIAS
– ARTIFICIALISMO. Ser artificiales, veletas, sin un fondo base en que nos conocemos y nos permitimos ser como somos. Vivir artificialmente es una tentación en un mundo que valora excesivamente lo externo, pero aleja del sentimiento de unidad con uno mismo.
– POPULARISMO. Seguir la moda, perdiéndose a sí mismo; ser popular a toda costa. No importa si me pierdo en el camino. Lo único válido es hacer lo que todos hacen, ser como todos, hacer lo que es popular. Las series americanas que transcurren en centros escolares transmiten la idea de que lo que importa es ser popular por encima de todo. Hay que tenerlo en cuenta para que nuestros hijos no adopten esta actitud. – APARENTAR. Vivir, como el emperador del cuento de H.C. Andersen El traje nuevo
del emperador, solo pendiente de la imagen, del puro aparentar. Somos a veces malos ejemplos, porque tenemos cierta querencia a vivir de cara a los demás, a vivir de la pura apariencia (el mejor coche, las mejores vacaciones…). Detecta en ti esta tendencia, porque se aprende rápidamente.
5. AUTOCONTROL
Todos podemos controlar nuestras propias emociones, comportamientos y deseos. Tenemos la capacidad para no perder el control en situaciones de malestar, malentendido o tensión.
El control de los impulsos y reacciones propios hace que nos sintamos más equilibrados tanto a nivel personal como en las relaciones sociales. Por eso es necesario enseñar a los hijos los principios básicos del control personal. Tanto para ellos como para el resto de la sociedad es esencial que los niños aprendan a controlarse. Precisamente porque si algo define a los niños es su explosividad, el reaccionar sin control alguno ante las circunstancias (las rabietas son un buen ejemplo). Hasta que lo aprenden, las reacciones de los niños son desproporcionadas y ellos reaccionan prácticamente con todo el cuerpo.
Hemos de reconocer que hay muchos adultos que no saben controlarse. Por desgracia, está muy presente el descontrol. Para evitarlo, es importante educarlos desde que son pequeños.
Ningún sentimiento es más grande que nosotros mismos, ni siquiera la rabia con toda su fuerza, porque incluso ante ella tenemos capacidad de reaccionar. La falsa creencia de que somos manejados por nuestros impulsos hace mucho daño. Nada de eso es cierto. Somos nosotros los que los sentimos y los que los controlamos. Y lo mismo ocurre con nuestro pensamiento. Le damos demasiada importancia, creemos que lo que pensamos es directamente cierto, porque nos hemos acostumbrado a valorar los pensamientos como verdades absolutas. Y la única verdad es que nosotros somos los que producimos los pensamientos (no existen por sí mismos) y los que podemos actuar. Me gusta mucho explicar este tema a los niños que acuden a terapia. Siempre les llevo a lo absurdo. Una conversación típica es esta:
–Dime qué piensas. –…
–¿Y quién tiene esos pensamientos? –Yo.
–Ah… Entonces, son tuyos. –Claro.
–Pues si son tuyos puedes hacer con ellos lo que quieras, ¿o mandan ellos? –Son míos.
–Tienes razón: son tuyos, tú tienes los pensamientos; y si los tienes, tú eres el amo, porque sin ti no existen…, y si tú eres el jefe, puedes hacer que cambien o se vayan, ¿no?
–Sí…
(Entonces aprendemos juntos a controlar sus pensamientos).
Es simplemente un ejemplo de cómo podemos enseñar a los niños ideas como el control de pensamiento. Es un paso para el control de las emociones y acciones.
El autocontrol supone ser capaz de no dejarse llevar por la primera reacción. Y muchas veces esa reacción nace en una serie de pensamientos casi automáticos. A partir de ahí se establece una cadena que desemboca en la acción. Pero siempre, como nos enseñan los maestros del control de emociones, podemos romper esa cadena y cambiar el resultado.
Ante una situación que pone a prueba nuestra capacidad de control, es posible tener dos tipos de reacción: hacia fuera, en una explosión de emociones, o hacia adentro, amargándonos internamente. Ambas son peligrosas. Da igual el modo en que se imponga el descontrol. Lo único importante es que no nos dejemos llevar por la falta de control.
LAS IDEAS, CLARAS
Hay varias formas de enseñar el autocontrol. Y lo mejor es que nuestro hijo conozca varias para poder usar una u otra según el momento. Pero, singularidades aparte, todas responden a un esquema parecido:
RECONOCER El primer paso es saber que nos encontramos en un momento delicado en que se está poniendo a prueba nuestra capacidad de control. Puedes enseñar a tu hijo a conocer las situaciones que le hacen descontrolarse: que algo no le salga bien a la primera, que alguien le quite un juguete, entrar en un supermercado donde todo le apetece… Como ves, este paso es previsor.
CONOCER Cómo pierde el control, cómo surge el descontrol. Si empieza con un acelerarse la respiración, qué le ocurre a nivel corporal… Luego, qué suele pensar en esos momentos, qué pensamientos le vienen a la mente de forma directa. Finalmente, en el conocer tienes que ayudarle a entender cuál es su forma de actuar generalmente (tirarse al suelo en una rabieta, agitarse…).
RECORDAR Es interesante reflexionar con los hijos acerca de momentos en que no han perdido el control y las circunstancias casi lo pedían. Aprender de la propia experiencia. No dejes escapar ni una. Cuando ocurra esto que hemos comentado, reforzarlo. Reflexionad sobre ello para que le quede claro cómo ha conseguido superarlo y, sobre todo, para que se dé cuenta de que sabe hacerlo.
ACTUAR Hay varias formas de controlarnos cuando es necesario:
– Respiración profunda: unas cuantas respiraciones que lleguen al estómago, respiraciones abdominales[5], ayudan a no perder el control. Es fácil
practicarlo con tu hijo. Tomaos un tiempo para respirar profundamente cada día, quizá antes de acostarse, por la mañana… El momento es lo de menos, porque lo que importa es encontrar un tiempo diario.
– Mantener un tono de voz constante, porque, cuando no controlamos, tendemos a elevar la voz. Cuando veas que tu hijo la eleva, hazle decir lo mismo con un tono neutro… Es de gran ayuda.
– Darse tiempo. El famoso «contar hasta diez» funciona, porque rompe la cadena automática de respuesta. Otra forma de conseguir lo mismo es desaparecer, marcharte de ese lugar. Enseña a tu hijo a parar las reacciones dándose un tiempo para reaccionar, sea contando hasta diez o invitándole a marcharse a otro sitio. Esta vez el irse no es un castigo, sino una oportunidad para reflexionar.
– Autoverbalizaciones: en todo momento nos estamos diciendo cosas; cuando estamos en un momento de pérdida de control nos solemos decir cosas que lo refuerzan, como «esto me supera», «no puedo controlarme» e incluso el conocido «es que soy así». Puedes cambiar tú y ayudar a tu hijo a decirse frases que le ayuden, como «yo puedo», «soy el que manda»… Estas verbalizaciones positivas son una gran ayuda en esos momentos.
ACTITUDES CONTRARIAS
– IDEAS IRRACIONALES. Son las que intentan boicotear nuestro control; las ideas irracionales surgen de forma casi automática cuando nos enfrentamos a algunas situaciones. Las ideas suelen ir en la línea de desvalorizar nuestra capacidad para superar la situación. Puedes ayudar a tu hijo a detectar este tipo de pensamientos y darle una alternativa.
– DESESPERACIÓN. Que surge cuando nos vemos absolutamente incapaces de controlar una situación determinada. Sentir que no podemos con ella nos lleva a un sentimiento de desesperación, de falta de confianza en nosotros mismos y en nuestras capacidades. De la de-sesperación al descontrol hay solo un paso.
– DESCONTROL. Que se instaura cuando nos dejamos llevar por nuestros sentimientos más negativos si no podemos o creemos que no podemos superar una situación. El descontrol lleva a la pérdida del yo.
6. AUTOESTIMA
La autoestima es la capacidad de querernos, valorarnos, amarnos y respetarnos a nosotros mismos, y, a la vez, es vernos a nosotros mismos como dignos, capaces, válidos y valiosos, lo cual se traduce en acciones y en una percepción positiva de nosotros mismos.
Todo el esfuerzo que hagamos para fomentar la autoestima en nuestros hijos, para que aprendan a quererse, redunda en su beneficio directo, porque serán niños con un desarrollo integral, niños conscientes de sus capacidades (y también de sus limitaciones) y que siempre dan un paso adelante porque en su mente siempre está un «yo puedo» en vez de sentirse incapaces para muchas cosas.
Para ver las ventajas que tiene crecer en el conocimiento de las propias capacidades, en una adecuada autoestima, lo mejor es ver las diferencias entre las personas que se quieren a sí mismas y las que no.
La persona con autoestima adecuada:
Es buen modelo. Esto es importante para nosotros, porque si nuestra autoestima es adecuada, seremos capaces de ser modelos para que nuestro hijo nos tome como ejemplo. Así, entonces, todo lo que hagamos por mejorar nosotros repercute directamente en ellos.
No oculta sus sentimientos y tiene fácil acceso a ellos, es capaz de contactar con su parte emotiva, dando muestras de una adecuada inteligencia emocional.
Se conoce a sí misma en muchos aspectos, incluidos sus defectos y limitaciones.
Ama la vida y lo demuestra, tiene una vitalidad contagiosa, una satisfacción por la vida y por cómo se presenta que la lleva a demostrarlo con frecuencia. Son vitalistas.
Ama la verdad, la enfrenta y asume, no tiene que ponerse una máscara para aparentar lo que no es, porque se acepta tal como es y no teme la sinceridad.
Cuida su salud, precisamente porque se quiere y se valora. El cuidado integral del aspecto físico, de los hábitos saludables, es una señal de que nos queremos a nosotros mismos.
dar.
Respeta las diferencias de opiniones y actitudes. Generalmente las personas con fallos en la autoestima no suelen aceptar las opiniones de los demás, porque su falta de seguridad en sí mismas se lo impide.
Es capaz de tener intimidad en sus relaciones, de establecer lazos sociales adecuados y sanos.
Es capaz de reconocer sus logros, pero con humildad, sin hacerlos valer en contra de los demás.
No teme a los cambios, porque tiene la suficiente seguridad en sí misma para pensar que el cambio es positivo o lo puede ser. Quien no se quiere, rechaza los cambios, porque le suponen un riesgo que no sabe si va a poder afrontar.
Se siente orgullosa de ser como es y está segura de que puede ser mucho mejor. En su forma de ser global, que acepta, incluye sus limitaciones.
Muestra naturalmente el afecto. Se siente lo suficientemente segura de sí misma para demostrar afecto a los demás. Sin seguridad personal, no somos capaces de mostrar el afecto…, sobre todo por el riesgo de no ser correspondidos, un riesgo que una persona con poca autoestima no estará nunca dispuesta a correr.
Perdona y se perdona. Tiene gran capacidad de perdón, tanto para consigo misma como para con los demás. Quien no tiene autoestima no acepta sus limitaciones ni, por supuesto, comprende las de los demás, y no es capaz de ejercitar el perdón.
Actúa para lograr objetivos, porque es consciente de sus capacidades y se marca metas realistas con el fin de conseguir los objetivos que se marca.
La persona con autoestima inadecuada:
Es pesimista. Actitud negativa con respecto a sí misma, los demás y la vida. Todo es negativo, no sabe ver lo positivo en lo que ocurre.
Necesita aprobación porque no es capaz de reconocer su valía personal. Vive pendiente de lo que los demás opinen y una crítica le puede destrozar la vida. Por eso siempre busca agradar y es capaz de aceptar cualquier cosa con tal de tener contentos a los demás. No se atreve a decir «no».
En su relación con los demás, su falta de confianza en sí misma le hace no poner límites (no sea que los otros se enfaden y se vayan). Cree que todos son mejores y tiene en gran medida idealizados a los otros. Generalmente, esto la lleva al aislamiento social.
Es hipersensible a la crítica, precisamente porque ya
se siente bastante descalificada por sí misma. En realidad, se siente el centro de todos los fracasos y culpable de todo lo que va mal. Se refiere a sí misma de manera descalificadora. Su técnica para evitar la crítica es buscar la forma de culpar a los demás. Cuando no lo consigue, deja salir su hostilidad y