Dios está aquí

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«Dios Está Aquí»

O SEA

COLECCIÓN DE PLÁTICAS O FERVORINES, PARA USO  DE LOS SACERDOTES QUE

DAN LA PRIMERA COMU-NIÓN A LOS NIÑOS

POR EL

P. FR. GABRIEL DE JESÚS, C. D

1933 MADRID

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NIHIL OBSTAT

Dr. Justo Pérez Cerrada,

Censor IMPRIMASE Dr. J. Francisco Morán Vic. Gen. Madrid, 22 de Febrero de 1955

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INFORME DEL CENSOR OE LA PRIMERA EDICION

«Nada hay en estas Pláticas contrario al dogma católico ni a las buenas costumbres; antes bien, las encentro llenas de unción y fervor, las juzgo muy dignas de aprobación y estimo que han de reportar suma utilidad por la ortodoxia de su doctrina, la profundidad de sus pensamientos, la sencillez de su forma, la corrección de su lenguaje y la fluidez y elegancia de su estilo».

GREGORIO SANCHO PRADILLA Canónigo Lectoral.

Imprimatur

Prudentius, Episcopus Matritens-Complut. Domini mei mandato.

DR. JOACHIM PADILLA Can. Srius. Martriti 14 Martii 1918. LICENCIA DE LA ORDEN J. † M. Imprimatur.

FR. CLEMENS A SS. FAUSTINO ET JOVITA Præpositus Generalis O. C. D.

FR. ELÍAS A S. AMBROSIO

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INDICE Dedicatoria...4 Introducción...5 Plática 1.ª ...7 Plática 2.a...11 Plática 3.ª ...14 Plática 4.ª ...18 Platica 5.ª ...21 Plática 6...24 Plática 7.a ...27 Plática 8.a ...31 Plática 9.a...35 Plática 10.ª ...39 Plática 11.ª ...42 Plática 12.ª ...45 Plática 13 ª ...48 Plática 14.ª ...52 Plática 15.a ...55 Plática 16.a ...58 Plática 17.a ...64 Plática 18.a ...66 Plática 19.a ...68

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Dedicatoria

AL NIÑO JESÚS DE PRAGA

A vos mi dulcísimo y milagroso Niño Jesús de Praga, os dedico y consagro est, libro, destinado al bien y provecho espiritual de los niños, tus soldadicos, como os llamaba vuestro devoto enamorado el Venerable Hermano Fr Francisco del Niño Jesús. Y al dedicártelo, Jesús mío, te lo presento por mediación de tu Madre, y nuestra, la Virgen del Carmen (1),

por ser ella la que tan poderosamente influye en la preparación del corazón de los niños para recibirte sacramentado, en especial por medio de la imposición del santo Escapulario carmelitano. Acepta mi ofrenda, divino Niño, y bendice con abundante bendición, al libro, a sus lectores y a este tu esclavo voluntario y gustoso,

El Autor

Madrid, Fiesta del Beato Jacobino, Carmelita, 5 de Mareo de 1918.

1 Es muy antigua y laudable la costumbre practicada en los Colegios de niños y

niñas sobre todo aquí en Madrid, de imponer el Santo Escapulario del Carmen a los niños que aún no lo tienen, o antes o en el mismo día de su primera Comunión, a fin de que la Virgen los ampare y defienda de peligros en vida y sobre todo en la hora de la muerte, pues sabido es que quien muere con el santo Escapulario del Carmen no se condena.

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Introducción

Dos palabras para vosotros, mis amados hermanos en el sacerdocio del uno y del otro clero, y nada más que para vosotros: Yo amo con todo mi corazón a los niños, porque con ello doy gusto e imito a Nuestro Señor Jesucristo, y porque son ellos los que, entre todas las cosas creadas, me recuerdan más al vivo la santa infancia del Niño Jesús y la inmaculada y candorosa de la santísima Niña María. Y como pienso que también vosotros los amáis de igual manera, me he atrevido a poner en vuestras manos este libro de Pláticas por si de algo os puede servir, cuando tengáis que dirigir la palabra y dar la primera Comunión a esos ángeles de la tierra, y no contéis con tiempo suficiente para preparar cosa mejor.

He procurado en dichas Pláticas (que no obedecen a ningún plan general ni particular, ni lo han menester, sino que van sueltas y diseminadas y tales corno se predicaron) la sencillez y que en ellos dominen, más que los razonamientos y discursos de lo razón, los afectos del almo. Pero como tratándose de mí, éstos no son ni ton fervorosos ni tan encendidos como yo quisiera, pues me he acogido o los encendidísimos de mi gran Madre Santa Teresa de Jesús y de otros Santos, a fin de que los Pláticas o fervorines resulten mus provechosos y conmovedores.

Para el título de esto obra me sirvo del Himno del XXII Congreso Eucarístico Internacional, celebrado aquí en Madrid, porque es imposible, después de aquella magna y memorable Asamblea, hablar de la Eucaristía sin que vengan a la memoria los resplandores de la Hostia Santa, que tan profusamente iluminaron, durante aquellos venturosos días, el alma de todos los españoles, y de los extranjeros que vinieron a ofrecer con nosotros tributo de adoración y loa a Jesucristo Rey en el Santísimo Sacramentó del Altar.

En fin, que aquel divino y fatigado Jesús Nazareno, que, acosado por las turbas ansiosas de oírle, supo guardar cariñosas preferencias para los niños, hasta hacerlos sentar junto a sí para acariciarlos y ponerles la mano sobre sus cabecitas, no aparte su vista ni su bendición de este humilde trabajo, pues si esto se digna hacer el Señor, no ha de ser estéril ni pequeño

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el fruto que se recoja de su lectura, para gloria de Dios y de la Virgen Madre, que es todo cuanto puede ambicionar un hijo de la Virgen del Carmen y de Santa Teresa.

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Plática 1.ª

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Dejad a los niños acercarse a mí.

Marc. X, 14.

SUMARIO: Deseos de hacer la primera Comunión.—Recaditos al Niño

Jesús.—Deseos del alma y deseos de Jesús.—¿Qué es la Comunión?—Los pasos de Jesús hasta llegar al Sagrario.—San Pablo.—Las puertas del corazón.—Los jazmines de Santa Teresa.

Por fin, amadísima niña en Cristo Jesús, Rosarito, veo que tus grandes deseos de comulgar por vez primera se han cumplido o se van a cumplir en estos para ti solemnísimos momentos. ¡Qué feliz te consideras! ¿Y cómo no, si el deseado de tu corazón va, dentro de unos instantes, a sentarse en medio de él como en un rico trono de esmeraldas? El deseado de tu corazón es Jesús, y tú la deseada del suyo. ¿Quién habrá deseado más? Claro que el Corazón de Jesús. Pero ¡oh, cuántas y cuántas veces le ha deseado el tuyo! Me consta, y ya no es un secreto ni para ti ni para mí ni para los tuyos, el que desde los cuatro años deseabas comulgar, y que siempre que ibas a la iglesia con tu madre, te gustaba quedarte un poco más junto al altar del Niño Jesús de Praga.—¿Qué haces ahí? Vamos, hija, que es tarde.—Mamá, estoy diciendo recaditos al Niño Jesús. Y como los niños buenos no tienen secretos, luego que llegabas a casa, sin dificultad decías a todos, en especial al abuelito, que le habías dicho al Niño Jesús dos recados: uno, que querías comulgar, y otro, que fuera pronto la primera Comunión. Y al día siguiente los mismos recados y al otro también. Mira, hijita mía, si será bueno Jesús, que por medio de tus católicos padres ha señalado el día de hoy para llenar tus deseos y despachar favorablemente tus recaditos.

2 Se pronunció esta plática en la primera Comunión de la niña Rosarito de Hornedo

y Correa, que la hizo en el altar de la Virgen del Carmen, y en la que comulgaron sus papás y su abuelito el cristiano y pundonoroso caballero D. Pedro de Hornedo. Hizo de acólito en la Misa, en compañía de otro que sabía más, el hermanito de Rosario, Pedrín, de edad de cuatro años.

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Pero no dudes nunca que es la Virgen del Carmen la que ha influido de manera tan eficaz para que dichos recados se hayan despachado con tanta prontitud y rapidez, pues aún no has cumplido los siete años. ¿Y có-mo no, si es la Reina del Carmelo la que adivina todos tus deseos, y cuando tú decías al Niño Jesús tus cuitas, era Ella la que derramaba sobre tu alma, con esa mirada de madre que le es tan peculiar, verdaderos ríos de paz y de sabrosa y divina dulcedumbre?

Bueno, ya sé que vienes bien preparada a recibir a tu Jesús, pues tres años deseando comulgar es buena, mucha y larga preparación. ¿Mucha? ¿Larga? Pues has de saber, hija mía, que por más largo tiempo se ha estado Jesús preparando para hacer su entrada en tu inocente corazón. Si, desde toda la eternidad se está preparando, desde toda la eternidad está viendo este día en que tu le habías de recibir por vez primera. No parece sino que Jesús no se ha ocupado en otra cosa que en disponer todo lo necesario para este día de tu primer Comunión.

Así es, todo lo necesario, y por eso preparó las aguas del Bautismo, ya que sin dicho sacramento no hubiera llegado para ti este tan hermoso día. Jesús fue también quien, por medio de tus padres, primero, y después por tus profesoras y maestras, te instruyó en los misterios de la religión y te enseñó a creer, a temer y amar a Dios. ¿Ves todo lo que ha hecho Jesús porque todo estuviera preparado al llegar este día solemne de tu primera Comunión?

Tú—no lo niegues—has estado impaciente por ver llegar el día de tu primera Comunión. Pues sábete, niña amadísima en el Señor, que Jesús ha estado aún más impaciente que tú. ¡Oh, si tú supieras algún día lo im-paciente que ha vivido tu Jesús por ver llegar esta hora, no sabrías que hacer por él! ¡Oh, entonces, cuánto le amarías!

Mira, para que puedas algo de esto comprender, piensa tú ahora qué cosa es la santa Comunión. ¡Ah, la Comunión es... el encuentro de dos almas que se buscan; la Comunión es... la fusión de dos corazones que se aman! Por la Comunión Jesús viene para hacerse una cosa con nosotros.

La Comunión, ¿no es, no quiere decir comida? Y ¿no es verdad que la comida se convierte en la misma substancia del que come? ¿Hay dos cosas más inseparables que el alimento y la persona que con él se alimenta? La comida luego de entrar en el estómago no es ya comida, sino que se convierte en sangre y se confunde y transforma en el mismo hombre.

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Así Jesús, el generoso, el amante Jesús, llevado de su amor inmenso, infinito y divino, ha querido que su unión con el hombre se llame y sea Comunión, esto es, comida, para que esta unión sea la más íntima y apre-tada que pueda darse acá en la tierra. Unión que mucho la habrá deseado tu corazón; unión que mucho la habrán deseado los santos, pero que infinitamente más la deseó y desea en estos instantes el Corazón amante del Niño Jesús.

Pues ¿no la ha de desear? Si toda su vida acá en la tierra no ha sido más que una larga jornada, llena de paradas o escalones, pero que en ninguno de ellos ha podido gustosamente descansar, ni en el pesebre, ni en el taller, ni en el templo, ni en las orillas del mar de Tiberiades, ni en el Pretorio, ni en la Cruz, hasta llegar a nuestra alma por medio de la Comunión.

Todas sus maneras de trabajar y padecer no eran otra cosa que una preparación a la vida eucarística. En efecto, entrar en el alma del hombre, y de las niñas que quieren ser buenas, entrar, digo, en sus almas, llenarlas, poseerlas, transformarlas, enriquecerlas, divinizarlas... He aquí el blanco a que se encaminaban todos sus pasos y a que se dirigían todos sus pensamientos y todos los amores de su abrasado, grande y hermoso Corazón. ¡Qué bueno es Jesús! Pero ¿no ves, Rosarito, cuánto y cuánto te ama? ¿Verdad que desde hoy vas a ser muy buena, para que te siga amando Jesús?

Voy a terminar; pero quiero antes decirte lo que a San Pablo le pasó cierto día. Este santo Apóstol estaba tan fuera de sí por el exceso de amor divino, que no sabía si Jesús vivía en él o él en Jesús. Por eso, todo endiosado exclamaba (3): “Vivo yo, mas ya no yo, sino que Cristo vive en

mí”. Pero he aquí que tú, mi amadísima en Cristo, lo vas a saber de aquí a

unos instantes, pues Jesús va a pasar su Corazón al tuyo, y el tuyo al suyo, es decir, que Jesús Sacramentado va a mudar de residencia, pasando del Sagrario a tu alma, para comunicarte su vida, y puedas repetir, pero con toda verdad y hacerlas tuyas, las palabras de San Pablo: Vivit vero in me

Christus. Pero lo cierto es que Cristo Jesús vive en mí.

Llegó para ti el momento dichoso. Mira, Rosarito, cuando yo tome ahora en mis manos el copón, y mostrándote la Hostia Santa, diga: Ecce

Agnus Dei, he aquí el Cordero de Dios, aplica entonces el oído del alma y

sentirás que Jesús te dice desde la Hostia: Aperi mihi soror mea (4).

3 Gálatas, II, 20.. 4 Cant., V, 2.

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Ábreme las puertas de tu corazón, hermanita mía, pues somos hermanos, y si yo soy Hijo de Dios por naturaleza, tú también lo eres por la gracia que yo te he alcanzado. Mi Madre, la Virgen María, y tuya también, nos mira complacida. Sí, ábreme, que quiero entrar en tu pura e inocente alma, a fin de guardarla y custodiarla para la vida eterna que se vive en el cielo.

Comulga, sí, y en comulgando, inclina dulcemente tu cabeza sobre el pecho en señal de profunda adoración, de la misma manera que sobre el tallo inclina su blanca corola la azucena.

Haz a continuación actos de fe y profunda humildad, y estrechándole contra tu corazón al Amado de tu alma, dile muchas veces que le amas de todo corazón, y que quisieras, como Santa Teresa, morir de amor por Jesús. Dile, con la misma Santa Doctora:

“Véante mis ojos Dulce Jesús, bueno; Véante mis ojos Muérame yo luego. Porque si te viere Veré mil jazmines, Flor de serafines, Jesús Nazareno. Véante mis ojos, Dulce Jesús, bueno; Véante mis ojos, Muérame yo luego”

Después de la Comunión sigue adorando, sigue humillándote, sigue rogando al que recibes en tu pecho, y pídele por el Papa, por la Iglesia, por tus padres y abuelitos, por todos los niños cristianos, en especial por tus hermanitos; pide también por mí y por cuantos han asistido a este tierno y conmovedor acto de tu primera Comunión, a fin de que, amando todos a Jesucristo, todos nos salvemos y vayamos al cielo, que a todos os deseo.

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Plática 2.

a

No os dejaré huérfanos.

Juan, XIV, 18. SUMARIO: El día de la Ascensión. — Triduo de preparación. — No ama Jesús como aman las criaturas. — El jan non sibi vivant de San Pablo. — ¿Cómo amáis a vuestros padres y hermanitos? — Doctrina de Santa Teresa. — Santo Tomás de Aquino. — Hábleme, Jesús. — Sal, alma mía, a su encuentro.

Amadísimos niños en el Niño Jesús de Praga: Día grande, día de consuelo para la iglesia es el día de hoy por dos motivos: primero por ser este día el de la Ascensión gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo y también porque hoy es el día dichoso de vuestra primera Comunión. Hoy, Jesús después de padecer tanto y de recibir tantas ingratitudes y desprecios y hasta muerte de cruz, subió glorioso y lleno de majestad a los cielos. Hoy puso fin a su vida pública, habiéndole servido como de preparación todos los trabajos y penalidades para su Ascensión gloriosa.

También a vosotros, niños amadísimos, os ha servido de preparación para el grandioso y transcendental acto que vais a realizar, la educación cristiana recibida de vuestros queridos padres, la sólida instrucción cristiana que a diario recibís de vuestros ilustrados y dignos profesores, y sobre todo, el triduo de preparación con sus meditaciones y lecturas que os viene dando estos días el Superior de los Padres Carmelitas. En ellas habéis oído más de una vez lo mucho, lo finamente, lo desinteresadamente, lo generosamente que Jesús os ama. Y porque os ama se hizo hombre, y porque os ama se hizo obrero, y porque os ama murió en una cruz, y porque os ama se quedó en el Santísimo Sacramentó del Altar, a fin de que le pudráis recibir el día de hoy, que es el de vuestra primera Comunión. ¡Cuánto os ama Jesús!

En día pues, de tan grande misericordia, como la que Jesús va a usar con vosotros, no dejéis de agradecer este tan grande amor; no dejéis, niños amados en Cristo, de recordar cómo, a pesar de ser vosotros pobres criaturas, indignas de ocupar uno sólo de los pensamientos de Dios, su

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amante y divino Corazón os amó compadecido de vuestra pequeñez e insignificancia. Recordad, además, que Jesús os ha amado y ama, no como os aman los hombres, no como os aman los ángeles, sino como sólo puede amar Él, esto es, con amor eterno, in charitate perpetua dilexi te (5), con

amor misericordioso e infinito.

Por eso una vez que los niños agradecidos y buenos, como sois vosotros, hacen su primera Comunión, jan non sibi vivant, como dice San Pablo (6), ya no han de vivir sino para Jesús; ya no han de pensar sino en

contentarle y darle gusto, como aconseja Santa Teresa. ¿Cómo? ¿De qué manera? Pues devolviéndole corazón por corazón y amor por amor. Este amor es el que os pide en cambio del mucho que Él os tiene. No os pide la vida, no os pide la salud, no os pide las riquezas. Os pide tan sólo el amor de vuestro corazón. Tan sólo pide ser amado el buen Jesús; pero amado, no como merece Él, sino de la manera y en la cantidad que podéis amar vosotros, sencillos y candorosos niños; esto es, con ese corazón pequeñito que tenéis, con ese vuestro amor pequeño también, con esas distracciones tan habituales e involuntarias en vosotros, con sola esa gotita de amor que podéis y debéis darle en cambio del río, del mar de inefables dulzuras con que hoy piensa Él inundaros en vuestra primera y fervorosa Comunión.

Sí, amarle, y amarle mucho a Jesús; este es vuestro deber sagrado. El mismo amor que le tengáis os enseñará la manera de amar, ¿Cómo amáis a vuestros padres? ¿Cómo amáis a vuestros hermanitos? ¿Cómo amáis a vuestros amigos cuando son buenos? ¿Qué hacéis para contentarlos? ¿Qué hacéis para servirlos? Pues de esa manera habéis de amar a Jesús, de esa manera le habéis de seguir y mostrar confianza, esto es, contándole vuestras penas, agradeciéndole vuestras alegrías, pidiéndole socorro en vuestras indigencias, lo mismo de alma que de cuerpo, y, por fin, evitando todo pecado, así mortal como venial, para que Jesús y sólo Jesús sea el amor de los amores de vuestra alma y el Rey y Señor de vuestro corazón.

Santa Teresa tiene escrito para vosotros lo siguiente (7): “No os faltan

palabras, no os faltan afectos para aquellos a quienes mucho amáis, ¿y os habían de faltar para mostrar amor a Jesús? Al menos yo, añade la Santa, no lo creeré”.

Pues ni yo tampoco.

5 Jeremías XXXI, 3. 6 Corintios V, 15.

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Por lo tanto, niños amadísimos, ahora que llega el momento feliz de recibir al Señor, yo voy a dejar de hablar, pues veo que vuestros tiernos corazones están impacientes por recibirle. Pero antes es preciso que en vuestro corazón hagáis revivir los afectos más ardientes de vuestra fe cristiana.

Ah, decidle llenos de fe con Santo Tomás de Aquino: Adoro te devote

latens deitas. Yo te adoro con devoción, con toda la devoción de que soy

capaz, oh deidad oculta por mi amor en esos pobres accidentes de pan. Mis ojos no te ven, pero ¿qué importa? ¿Qué importa, si mi corazón te siente, si mi fe te cree y te adora con el más profundo rendimiento? Cierto que mis ojos no te ven, pero, Jesús del alma, a mí qué puede importarme esto, si mis oídos están llenos de tus palabras, si tu aliento sostiene mi vida, si tu presencia recrea mi alma? Ah, desde ahora, atrás, retiraos, callad sentidos míos, no me habléis, pues me podéis engañar. Hábleme Jesús, que es sabiduría del Padre y verdad eterna; hábleme el que es tan bueno y tan sabio, que no puede engañarse ni engañarme. Hábleme el que dice a mi alma que está ahí en esa hostia para mi bien y remedio, y cuando Él lo dice, nada más cierto ni seguro. Nihil hoc verbo veritatis verius.

Enfervorizados con esta fe, decidle a vuestra alma, ahora, cuando yo os ponga a Jesús Sacramentado, ante vuestros ojos. Sal, alma mía, sal en busca y al encuentro de tu Jesús. Viene cargado de riquezas del cielo y todas las quiere para ti. Domine non sum dignus, Señor, yo no soy digno de recibiros, porque no merezco que me améis. Tampoco merezco serviros, pero vos merecéis, os diré con San Agustín. que todas las criaturas os sirvan y os amen. Venid, y no tardéis, Jesús de mi alma; venid, ya que sois ayudador cierto y oportuno defensor en la tribulación (8); acercaos a mí,

pues sois médico de los enfermos, fortaleza de los flacos, esfuerzo de los caídos, maestro de los humildes, remedio de los pobres, alegría de los niños y alivio seguro de todos los que os aman.

Estos, mis amados niños en Cristo, han de ser vuestros sentimientos al recibir a Jesús; y una vez recibido, a adorarle, a amarle, a abrazarle y a prometerle ser buenos en adelante. A darle gracias, como se las darían los ángeles, si los ángeles comulgasen. A rogar por el Papa, por la Iglesia, por España y, sobre todo, por vuestros cristianos padres y dignos y amados profesores, para que todos nos salvemos. Así sea.

Ahora el “Yo pecador”. Confíteor...

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Plática 3.ª

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Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum.

SUMARIO: Las verdades de los Ejercicios. — Contrato con Jesús. — La triste experiencia. — Todo lo puedo en Cristo. — Alma mía, vamos al Sagrario. — Santa Inés y Santa Eulalia. — Palabras de fuego pronunciadas por Santa Teresa. — Temor, reverencia. — El recuerdo de la primera Comunión que no se borre jamás.

Amadísimas niñas en Cristo Jesús. Vamos, con la gracia de Dios, a poner término a estos Santos Ejercicios por medio de una Comunión fervorosa, en la que por primera vez comulgarán varias niñas inocentes y angelicales.

¡Qué días tan provechosos a vuestra alma y tan gratos a vuestro corazón los que habéis estado retirada, del bullicio de las criaturas durante este retiro! En él habéis meditado y visto con más claridad que nunca lo mucho que os ama Dios y los beneficios grandes que os ha hecho, así materiales como espirituales, y lo mucho que por este amor y por estos beneficios le debéis.

La Comunión que ahora vais a hacer es una especie de contrato bilateral que deseáis celebrar con Jesús; contrato en el que él se obliga a amaros, y vosotras os obligáis a ser fieles a su amor, amándole más, sirviéndole mejor y no ofendiéndole jamás ni por nada ni por nadie. Estos deseos son los que animan vuestro espíritu, y, a fin de realizarlos, quisierais vosotras tener, como decía David (10) alas de paloma para volar

siempre en las regiones de la luz y nunca arrastrarlas por esos suelos.

Pero la experiencia, la triste y desconsoladora experiencia de vuestras recaídas pasadas, de los peligros del mundo y de vuestras aún no dominadas pasiones, esto es lo que entibia vuestros entusiasmos y os hace temer para lo porvenir.

9 Predicada a un Colegio de niñas en la Comunión del último día de Ejercicios, en

la que varias comulgaron por primera vez.

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Pero teniendo a Jesús en el Santísimo Sacramento a vuestra disposición siempre que queráis, veo, mis amadas niñas en Cristo, que no tenéis razón para intimidaros y acobardaros de esa manera. Es cierto que vuestra alma ha quedado tan débil y tan flaca después del pecado original, que cualquier esfuerzo del enemigo basta para derribarla, si no tiene a la mano una fuerza superior y sobrenatural que la sostenga. Es tanta su debilidad para obrar el bien, que cualquier pequeño obstáculo la amedrenta y retrae.

¿Queréis ser fuertes aún en medio de esa vuestra habitual debilidad? ¿Queréis hacer vuestras aquellas palabras valientes del Apóstol, cuando dice (11) que todo lo puede en aquel que le conforta, omnnia possum in eo

qui me confortat? ¡Ah, pues entonces es preciso que desde este día sintáis

por Jesús Sacramentado verdadero entusiasmo, verdadera devoción, verdadera y santa locura! ¿No habéis oído vosotras decir que en tiempos pasados hubo una mujer en España, tan buena, tan santa que la llamaron, y aún se la llama, la loca del Sacramento? Pues una cosa así tenéis que ser vosotras, si habéis de ser valientes y perseverantes en obrar el bien y en practicar la virtud.

Sí, mis amadas en Cristo, el amante Jesús quiere que desde hoy sea el Sagrario el lugar de cita para vuestras almas y para su enamorado Corazón. Al Sagrario habéis de acudir en busca de luz para descubrir los peligros del mundo; al Sagrario os habéis de acercar en busca de fortaleza para luchar con los obstáculos que habéis ya descubierto; al Sagrario habéis de ir siempre en busca de alimento con el cual se nutra y cobre fuerzas vuestra alma.

Los Santos, que también fueron criaturas débiles y de carne corruptible y flaca como la vuestra, al Sagrario se fueron siempre en busca de todo esto, y al llegar le decían a Jesús, postrados en tierra (12):

Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum, ita desiderat anima mea ad te Deus. Señor y Padre mío, y Rey mío acá vengo, pero vengo

sediento con la sed del ciervo que busca las refrigerantes aguas. Dame a beber de las que brotan de tu fuente eucarística, y ya no tendré más sed en adelante.

Testigo de esto son esas Santas, jovencitas como vosotras, que se llamaron Inés, Eulalia, Sabina, las cuales, porque buscaban a Jesús en el Sagrario, porque le recibían en la Comunión, porque ardían en amores para

11 Filipenses LV, 7. 12 Salmo XLI, 1.

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con el Santísimo Sacramento, burlaron todo el poder de los tiranos y de todos los enemigos del divino Crucificado, y se hicieron superiores a los tormentos y a la misma muerte.

Tenemos, por lo tanto, que si ahora, después de los Ejercicios, con todo el cúmulo de gracias y de ilustraciones que habéis recibido, volvéis a ser flacas y apáticas y cobardes para lo bueno, es porque queréis, es porque no acudís en busca de calor y de fortaleza al Sagrario. Y que, si es que acudís, lo hacéis sin vida, sin fervor, sin entusiasmo, sin preparación, sin viva fe, sin reverencia, por no pensar con quién vais a hablar ni a quién vais a recibir.

Santa Teresa no dejaba pasar día sin procurar perfeccionarse en el modo de recibir al Santísimo Sacramento, visitarle y hablar con Él, y, a pesar de esto, dice (13): “En mil vidas de las nuestras no acabaremos de

entender cómo merece ser tratado este Señor, que los ángeles tiemblan delante de Él. Todo lo manda, todo lo puede; su querer es obrar, pues es el sumo poder, la suma bondad, la suma sabiduría, sin principio, sin fin, sin haber término en sus perfecciones, pues son infinitas sin poderse comprender; en fin, un piélago sin suelo de maravillas, una hermosura que tiene en sí todas las hermosuras, la misma fortaleza”.

Estas perfecciones, lejos de espantar y retraer a Santa Teresa, la animaban más y más a tratar íntimamente con este Rey celestial, cuya humildad, añade la misma Santa, es tan grande “que no por eso me deja de oír, ni me deja de llegar a sí, ni me echan fuera sus guardas, pues saben bien los ángeles, que están allí, la condición de su Rey”.

En adelante, pues, mucha reverencia, mucho temor santo, que es principio de divina sabiduría (14); pero también mucha confianza con Jesús.

¿Qué más podía inventar su amor para que la tuvieseis con Él, que hacerse comida y manjar para penetrar en vuestro corazón y en todo vuestro ser? Ya sabéis que el pan que comemos se convierte en sangre, y ésta, partiendo del corazón, recorre todas las venas y arterias de vuestro cuerpo. Para eso, pues, Jesucristo se quedó sacramentado, para llegar en forma de comida hasta vuestro corazón.

¡Qué consuelo para todas vosotras saber estas cosas, en especial para las que en este día tienen la inefable dicha de comulgar por primera vez! ¡Oh, mis amadísimas niñas en Cristo! Que no se borre este día de vuestra memoria en todos los años de vuestra existencia; que ahora cuando le

13 Camino de Perfección. 14 Salmo CX, 10.

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recibáis, el Señor os selle con su sello, es decir, que escriba las letras de su nombre, su hermoso anagrama Jhs., en vuestro corazón, y que os otorgue el inestimable favor de vivir siempre en su gracia, obedientes a vuestro padres, cariñosas con vuestros hermanos y aplicadas y estudiosas en el colegio. Que ahora, al recibirle sacramentado, sea tan grata vuestra primera Comunión a sus divinos ojos, que alcance la felicidad eterna para vuestras respectivas familias y la temporal, si les conviene; que obtenga para todas las niñas del colegio la perseverancia en el bien y la fuerza de voluntad para no buscar la satisfacción de los anhelos del alma en esos sitios peligrosos que el mundo acostumbra presentar alfombrados de flores, adornados con gasa y perfumados con esencias No, niñas mías, no, pues habéis de saber que esas flores del lujo y la vanidad se marchitan, esos escandalosos adornos se ajan y estropean, y esos perfumes de placer se disipan en un momento, de todo lo cual sólo queda el recuerdo amargo y las tristezas del hastío y del desencanto. Que vuestras súplicas de hoy, en fin, alcancen para todas las alumnas la gracia de ser fieles, as que ad

mortem, hasta la muerte, hasta verle a Jesús en el cielo de la gloria, que a

todas os deseo.

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Plática 4.ª

15

¡Oh sagrado convite!

SUMARIO: El sagrado convite. — La Virgen y la Eucaristía. — Jesús, luz, verdad y vida. — La alegría espiritual y la humana. — San Francisco de Asís. — El Pelícano del Sagrario.

¡La Comunión, la primera Comunión! ¡Qué de prodigios, qué de dulzuras, qué de misterios encierra esta palabra! Al pronunciarla, el corazón se llena de júbilo, el alma se extasía, los ojos se humedecen y el hombre cae de rodillas para bendecir al Dios tres veces santo que desciende del alto cielo para ocultarse en la Eucanstía y servir de alimento a las almas. O sacrum convivium! ¡Oh sagrado y celestial banquete! ¡Oh deseada y suspirada primera Comunión!

Mirad, niños muy amados de mi corazón sacerdotal, en la Hostia consagrada, que dentro de breves instantes vais a recibir, se encierran tales y tantas grandezas que para comprender siquiera algunas de ellas, sería necesario penetrar en el corazón de la Santísima Virgen y suplicarla que nos hiciese sabedores de sus sentimientos y de lo que ella piensa acerca de estas grandezas del amor de su Hijo. Sólo la Virgen , tan sólo María Inmaculada, podría decirnos algo de las infinitas maravillas que en este Sacramento se encierran.

Ah, sí, de seguro que la Madre del Verbo Encarnado nos diría que, si maravilloso es Dios en sus obras, “mucho más lo es en esta del divino Sacramento, en el cual, como dice Fr. Luis de Granada, Jesucristo mismo se queda con nosotros para compañía de nuestra soledad, para mantenimiento de nuestras almas, para medicina de nuestras llagas, para esfuerzo de nuestra flaqueza, para escudo de nuestros enemigos y para gusto de los deleites eternos. ¡Oh maravilloso convite, oh pan del cielo, oh manjar de vida, oh banquete real! ¡Oh Sacramento de maravillosa virtud, por el cual se pueblan los cielos, y se vencen los demonios, y se reparan los hombres! Por ti vencieron los mártires, contigo se armaron los

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confesores, a ti deben su pureza las vírgenes, por ti los justos triunfaron del mundo y por ti los verdaderos penitentes son llevados al cielo. ¡Oh mara-villoso convite, oh pan del cielo, oh manjar de vida, oh banquete real!”

Sí, niños queridos; vosotros, al hacer vuestra primera Comunión, os unís a Jesucristo, que es luz, verdad y vida (Jn 14, 6). Vosotros, al hacer

vuestra primera Comunión, os unís a Jesús, que es vuestra mayor y más firme esperanza, spes mea a juventute mea, spes mea in die tribulationis

(Sal 70, 5-9). Las esperanzas del mundo falsas son todas ellas y vanas. “Todo se pasa”, como dice Santa Teresa: pasa la juventud, pasa la fortuna, pasan las ilusiones, pasan las amistades no muy arraigadas, y nada permanece en pie. Pero como el pobre corazón humano necesita algo que sea firme y estable en que apoyarse, he ahí que la santa Comunión, en la que recibimos al que es Dios, que no se muda ni cambia, Él es entonces nuestro centro fijo, en el que una vez puesta nuestra esperanza, ésta, cada vez que comulgamos, más se arraiga y acrecienta.

Con esta santa y fervorosa Comunión, hecha hoy por primera vez, os ponéis en contacto con Jesús, que es fuente de alegría, y por eso Dios Espíritu Santo dice a cada una de las almas que comulgan: “Alégrate, hija de Sión, porque está en medio de ti el Santo de Israel” (Zac 2, 10). La santa

alegría nos es muy necesaria. Sin alegría verdadera, sin alegría santa, fruto de la paz y tranquilidad de conciencia, se hace muy penosa y dura la vida. El mundo la promete continuamente, pero no la puede dar, porque ninguno da lo que no tiene. Sus alegrías son alborotadas y locas, que ni llenan el corazón ni duran sino breves instantes. Se esfuerzan los mundanos en aparentar alegría, cuando en realidad su corazón está allá dentro herido de mortal tristeza. No, no hay alegría verdadera, no hay verdadero gozo interior sino para la buena conciencia, y ésta es patrimonio de los que por medio de la Santa Comunión viven unidos con Cristo Jesús: cumpliendo en todo sus santísimos preceptos.

Sí, niños amadísimos; vivid unidos a Jesús, pareceos de hoy en adelante a esas fervorosas almas que conocen al Señor en el partir del pan, como los discípulos que iban camino de Emmaus (Lc 24, 35), pues estas son

las almas elevadas que saben apreciar y gustar las alegrías y suavidad de los goces del espíritu, y encuentran reunidos todos los deleites celestiales en la sagrada Comunión. Todas las potencias del alma, capaces de experimentar algún placer, lo experimentan divino en este sagrado convite: la memoria, con nostalgias del cielo y recuerdos dulcísimos de aquella vida feliz; la fantasía, que crea pabellones y terrazas deslumbrantes en las regiones del espíritu, por las que se pasea el Amado; la inteligencia, que se

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abisma en el piélago de su sabiduría y grandeza; la voluntad, que se embriaga en aquella unión inefable de su alma con el amante Jesús y no acierta a pronunciar otra frase que la que tantas veces repetía San Francisco de Asís: “Dios mío y todas mis cosas”.

Ni es posible de otra manera, ya que en este sagrado convite se saborean todas las dulzuras de que es capaz el pobre corazón humano. En este convite el amor divino se muestra y da a conocer cuando no le conocemos, y nos llama a voces cuando de Él huimos y nos escondemos. Tal es la sagrada Comunión que, por dicha grande vuestra, vais esta mañana a recibir. Pensad en su grandeza, meditad en sus frutos, recoged vuestros sentidos, abrid los senos de vuestra caridad y dejaos alimentar por el Pelícano del Sagrario, que ya ha herido su pecho para que brote su sangre divina y bebáis de, ella hasta hartaros, a fin de que en adelante no viváis sino para Él, para amarle, para servirle y darle contento en todo. Así sea.

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Platica 5.ª

16

Encontré al que ama mi alma Cant. 3,4

SUMARIO: Fiesta de Santa Teresa.—Morir de amor.—No hay que perder la ocasión.—Venite ad me.—El agua de la Samaritana.—Alma, vida y corazón.—Los ojos del alma.

Todas conocéis y amáis, mis amadísimas niñas en Cristo, a la gran Santa, cuya solemne y ruidosa fiesta hoy celebra la Iglesia. ¿Quién no conoce a Santa Teresa de Jesús? Pues mirad: esta Santa, como amaba tanto al Niño Jesús, y había oído y leído lo lindo y precioso que era, tenía pero muchas ganas de morirse y de ir al cielo, nada más que para verle y... abrazarle y comérsele a besos. Pero, claro, no se murió; vamos, que no quiso Dios que se muriera, porque había de hacer mucho bien en la Iglesia, fundando muchos conventos de monjas muy santas, escribiendo muchos libros llenos de celestial sabiduría y propagando como nadie la devoción de su Padre y Señor San José, que así ella le llamaba.

Pero tampoco quiso Dios que se quedase sin ver a su Niño Jesús, y ya que a ella no le fue concedido por entonces subir al cielo, el Niño Dios se le apareció en la tierra, en el convento de Avila, donde ella a la sazón moraba, y fue de la siguiente manera:

Un día en que con mejor preparación y más recogimiento había comulgado y dado gracias Santa Teresa cuando durante la mañana andaba en sus quehaceres sin perder el recogimiento, he aquí que al subir una escalera vio que un niño bajaba por la misma. Al encontrarse, se entabló entre los dos el siguiente diálogo:

— ¿Cómo te llamas, Niño? —Y tú, cómo te llamas? — Yo, Teresa de Jesús.

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—Pues yo, Jesús de Teresa.

Cuando esto último dijo, apareció como quien era, esto es, lleno de hermosura y de brillante resplandor. Santa Teresa fue a estrecharle entre sus brazos y... desapareció. También vosotras, mis queridas niñas, le hubierais de buena gana dado un abrazo ¿no es verdad?

Pues no hay que perder la ocasión. Ahora, cuando venga a vuestras almas en la Comunión, se lo podéis dar, seguras de que no se marchará y os dejará con los brazos abiertos, como hizo con Santa Teresa. ¿Qué ha de dejar? Si tiene Él más deseos de entrar en vuestras almas y de ser abrazado, que vosotras de abrazarle. Oíd, si no, sus divinas palabras, que todas ellas saben a gloria:

Venite ad me (Mt 11, 28), venid a mí todas las niñas que me amáis y deseáis recibirme en la Comunión. “Venid a mi, que yo soy el pan de vida

(Jn 6, 38). Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Yo

soy el pan que bajó del cielo. Si alguno comiere de este pan no morirá, sino que vivirá eternamente. Yo soy el pan vivo (Jn 6, 41), carne que

entrego para vida del mundo. Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Tomad y bebed, esta es mi sangre. El que coma mi carne y beba mi sangre vivirá en mí y yo le resucitaré en el último día. Mis palabras son espíritu y vida”.

A esta invitación tan generosa, a esta dádiva tan espléndida, ¿qué será bien que respondáis vosotras, niñas tan tiernamente amadas del Corazón del Niño Jesús?

Pues que aceptáis el ofrecimiento, ¿no es así? Decidle, pues, con toda vuestra alma: Señor, pobre y miserable criatura soy, pero con fe rendida creo que aquí en la Hostia consagrada estáis real y verdaderamente presente, y que al pronunciar vuestro sacerdote en la Misa las palabras de la consagración, palabras que “son espíritu y vida” (Jn 6, 64), en aquel mismo instante el pan y el vino no son ya pan y vino, sino vuestro cuerpo, vuestra sangre, unidos a vuestra divinidad.

¡Oh, cuánto os ama Jesús, mis queridas niñas! Porque os ama, quiere templar vuestra sed de felicidad. ¿Cómo? Pues dándoos de beber, por medio de la Comunión, el agua misteriosa de su gracia, de la cual el que bebe con ansias de amor no tendrá más sed (Jn 4, 13). Esa gracia, que es participación de la vida divina como enseña el Angélico; esa gracia, que es vida sobrenatural del alma; es transformación del hombre, pues con ella se comunica a la criatura la vida misma de su Creador.

Acercaos, pues, a comulgar, mis amadas niñas en Cristo, con toda reverencia, con espíritu agradecido, pensando que son muchas las cosas

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grandes que por amor ha hecho Dios en favor nuestro, pero ésta de espíritus angélicos, que eternamente cantarán la gloria del Altísimo. Por amor ha llenado de bellezas y fulgores los espacios y por amor se dejó clavar en la cruz. ¿Cómo no, si Jesús es Dios, y Dios es todo amor, como dice el Apóstol (Jn 4,8), y su esencia divina es amor y amor son todas sus

operaciones? Por eso la obra más glorificadora de Dios y la más santificadora de nuestras almas es la Institución de la Eucaristía, el Sacramento del Amor. Acercaos, pues, a recibirle.

Pero antes de hacerlo, decidle con Santa Teresa (Exclamaciones): ¡Oh Dios mío, y mi sabiduría infinita, sin medida y sin tasa, y sobre todos los entendimientos angélicos y humanos! ¡Oh amor que me amas más de lo que yo me puedo amar ni entiendo! Con cuánta piedad, Jesús mío, con cuánta suavidad, con cuánto deleite, con cuánto regalo y con qué grandísimas muestras de amor me llamáis a este sagrado convite. ¡O

sacrum convivium! ¿Qué os daré, Señor, por tanto como me amáis? ¿Quid retribuam Domino? (Sal 115, 12) No otra cosa que todo cuanto tengo y

poseo, todo cuanto pienso y amo, todo mi ser, “alma, vida y corazón”,

y ya, Señor, que le has elegido en esta mañana por trono a tu grandeza, siéntate en él, dominare in medio inimicorum tuorum (Sal 109, 2); que a tu

entrada en mi alma callen y tiemblen mis desordenadas pasiones y te rin-dan humilde vasallaje todos mis sentidos y potencias.

Esto ahora, y así que le recibáis, “a cerrar los ojos del cuerpo, como manda Santa Teresa (Cam. de Perf.), y a abrir los del alma y a mirar a Jesús dentro de vuestro corazón”. Y puesto que “éste es el mejor tiempo para ne-gociar con el Señor”, como enseña la misma Seráfica Doctora, a pedirle todo cuanto necesitéis, lo mismo para vosotras que para vuestros padres y profesoras, y para todas aquellas personas que esperan mucho de esta vuestra primera Comunión. Decid ahora del todo contritas y humilladas el “Yo pecador.” Confíteor...

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Plática 6.

A

Dilectas meus mihi.

Cant. I, 12.

SUMARIO: ¿Quién viene a tu alma?—Condiciones para recibir a Jesús.— Fe viva.—Este es mi cuerpo, esta es mi sangre.—Actos de amor.—Cada vez que esto hiciereis.—Pensar, querer y hacer, como Cristo Jesús.— Propósitos.

Amadísimos niños, encanto, por vuestra inocencia, del Corazón amante de Jesús, y del mío: ¿Quién es ese que de aquí a breves instantes va a entrar en vuestras almas? Es Jesucristo, que, como Dios y Creador nuestro que es, tiene derecho a nuestros continuos y fieles servicios. Es Jesucristo, que, como Redentor nuestro que es, espera el culto de vuestro agradecimiento, y es tanto y tan grande el deseo que tiene de comunicarse a vosotros, que siempre anda en busca vuestra como si de vosotros estuviera necesitado, y, una vez que os halla, todo su afán lo pone en que le recibáis en la Comunión, para así haceros a todos esclavos de su amor y caridad, cui servire regnare est. Es Jesucristo, que, como verdadero Amante nuestro que es, quiso para siempre quedarse en nuestra compañía, unirse con nosotros y transformarnos en Él, ya que Él no puede transformarse en nosotros, a fin de comunicarnos su misma vida, su pensar, su sentir y querer. Esto quiso, y esto realizó a fuerza de estupendos milagros y saltando por cima de todas las leyes naturales, puesto que puede hacerlo, ya que Jesús es autor de todas ellas. Con razón Santo Tomás llama a la Eucaristía el mayor de los milagros obrados por Jesucristo. Miraculorum ab ipso factorum maximum.

Ya sabéis, mis niños queridos, quién, es el que luego va a entrar en vuestros corazones. Ahora fijaos en las condiciones necesarias para recibirle dignamente, que aunque ya os las tienen de antemano explicadas los encargados de preparar vuestras almas a tan grandioso acto, no estará demás el que ahora las recordemos. Ante todo, el vestido nupcial o de la gracia; sin ésta, o lo que es lo mismo, sin estar libre de pecado mortal, no

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se puede tomar asiento en el banquete eucarístico. Los que a ello se atrevieron de entre los invitados, fueron expulsados del convite, como se nos dice en la parábola de la cena. Por eso yo sé que en estos días de preparación habéis hecho vuestras' confesiones con toda diligencia, confesándolo todo sin callar nada, sabiendo, como sabéis, que los pecados que se dicen al sacerdote en la confesión, nadie si no es Dios lo sabe, porque a nadie se los puede decir, ni se los dirá el confesor, y antes que decirlos se dejará quitar la vida. Ahora, si una vez hecha la confesión lo mejor que se ha podido, algún niño se acordase en estos momentos de que tal pecado no lo había confesado por olvido, ¿qué tiene que hacer ese niño? Pues comulgar tranquilo, ya que en la confesión ese pecado quedó perdonado con los otros. Lo único que hay que hacer, no ahora, sino cuando se confiese otra vez, es decirlo entonces, pues perdonado ya está.

Después de este estado de gracia, necesitáis, para comulgar con fruto, hacer un acto de fe viva, y éste se hace creyendo firmísimamente que nuestro Señor Jesucristo está real y verdaderamente presente en este au-gusto Sacramento, como Él lo tiene dicho en su Evangelio, en el cual nos asegura una y otra vez que su carne es verdaderamente comida y su sangre verdaderamente bebida (Jn 6, 56), y además las palabras de la institución,

siempre claras y terminantes, cuando dicen: “Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre, el cuerpo que será entregado por vosotros, y la sangre que será de-rramada para la remisión de los pecados de los hombres” (1 Cor 11, 24).

Palabras tan claras y terminantes, que sin poner en duda la autenticidad de los evangelios, no se puede negar lo que ellas afirman, o sea la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Por eso, amados en el Señor, al acercaros a comulgar, os habéis de afirmar en esta fe, diciendo interiormente al menos: Sí, Dios mío, yo creo que este vuestro Santísimo Cuerpo que voy a recibir en la Comunión es el mismo que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María, crucificado, resucitado; el mismo que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre, y con el cual vendrá Jesucristo a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo, Dios mío, que es la misma sangre que fue derramada por nosotros y con la que han sido lavados nuestros peca-dos. Creo que este cuerpo y esta sangre son inseparables después de la Resurrección, y por eso con el cuerpo de Cristo se recibe la sangre, y con la sangre el cuerpo, y con lo uno y lo otro el alma y la divinidad de Jesucristo, que no pueden separarse. En una palabra : se recibe a Jesucristo entero, Dios y hombre a la vez. Con Jesucristo vienen tocias las gracias, todas las luces, todos los consuelos y todas las riquezas del cielo y de la

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tierra, estas últimas si convienen. Todo se nos da con Jesucristo, puesto que nada puede rehusarnos quien se nos da a sí propio.

A continuación de estos actos de fe, habéis de hacer actos de amor para excitar los deseos de vuestra alma, ansiosa de recibir a Jesús en la Comunión. Recordad para esto el grande e infinito amor en que archa su Corazón la noche del primer Jueves Santo. El mismo evangelista hace mención ele él al decirnos: Como siempre nos hubiese amado, en el fin señaladamente nos amó (Jn 6, 56). “Cada vez que esto hiciereis, decía aquella noche a sus discípulos, cada vez que me recibáis en la Comunión, hacedlo en memoria de mí” (Lc 12, 19). ¡Oh memorial de salud, te diremos

con el devoto Fr. Luis de Granada; oh sacrificio singular, hostia agradable, pan ^ de vida, mantenimiento suave, manjar de reyes, y maná que en sí contiene toda suavidad! ¿ Quién te podrá dignamente alabar? ¿Quién dignamente recibir? ¿Quién con debido acatamiento venerar? Desfallece mi alma, Jesús mío, pensando en ti. Ni puedo cuanto deseo engrandecer tus maravillas.

Sean éstos vuestros sentimientos, amadísimos niños en Cristo Jesús, al acercaros a comulgar; y después que hayáis comulgado, dad gracias al Señor por tanto favor y dignación, y prometerle vivir de hoy en adelante muy estrechamente unidos con Él, dispuestos a pensar, querer y obrar de la manera que Cristo exige de vosotros. Es decir, que en adelante queréis pensar según Cristo, siguiendo fielmente sus enseñanzas y permaneciendo siempre en la fe que, mezclada con dulces ósculos, aprendisteis en los brazos de vuestras cristianas madres. Que también deseáis en adelante querer lo que Cristo quiera de vosotros; esto es, el entero y perfecto cumplimiento de su voluntad divina, siendo obedientes a vuestros padres, respetuosos con los mayores, cariñosos y considerados con los iguales y caritativos y limosneros con los pobres y, sobre todo, diligentes en huir y evitar las malas compañías, los malos amigos, los que hablan y hacen cosas malas, abusando de vuestra sencillez y candidez.

No os separéis de esta capilla sin antes ofrecer muy de veras a Jesús que acudiréis con frecuencia a la Iglesia, que estaréis con sumo respeto en ella, particularmente durante la Santa Misa, y en fin, que a esta primera Comunión seguirán otras y otras, de tal manera, que por muchas que sean vuestras tareas y ocupaciones, jamás dejaréis pasar las grandes festividades de Nuestro Señor y de la Virgen Nuestra Señora sin acercaros a comulgar. Hacedlo así y viviréis dichosos ahora en vida y después en el cielo, que a todos os deseo.

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Plática 7.

A 17

Populus meus bonis meis adimplebitur.

Jerem. XXXI, 14. Sumario : El Doctor Angélico extasiado ante el Santísimo.—El mundo de los mundos.—Jesús buscando a las almas.—Un trozo de teología teresiana. —Preciosa alegoría de San Juan de la Cruz.—La Eucaristía extensión de la Encarnación.—San Ignacio de Loyola.—San Agustín.—A luchar por Cristo Jesús.

Santo Tomás de Aquino, el gran adorador del Santísimo Sacramento, quedaba del todo extasiado al considerar los excesos del amor divino que se abate y anonada en la Eucaristía hasta el extremo de no verse en ella nada de la Divinidad y nada tampoco de la santísima Humanidad de Cristo, Señor nuestro. Al pensar y meditar esto con aquel su grande y portentoso entendimiento, exclamaba:

In cruce latebat sola deitas At hic latet simul et humanitas,

en la cruz es cierto que se nos ocultaba la Divinidad, y en el Crucificado no veíamos sino a un hombre cargado de sufrimientos y de penas; pero aquí en el Sagrario, aquí en la Eucaristía, ni siquiera la Humanidad divisamos. Sucede que Jesús es primeramente como el sol oculto entre las nubes; más tarde hasta las mismas nubes desaparecen. ¿A qué tanto ocultismo? Sencillamente porque andaba buscando a los hombres que del todo estaban perdidos. Según Bossuet, la prudencia humana ha preguntado más de una vez: ¿Qué tenía que hacer Dios en la tierra al encarnarse y al quedarse luego en la Eucaristía? Con una palabra, dice el mismo, se puede y debe responder. ¿Que qué tenía que hacer? Hacerse amar. Esta es la ocupación predilecta de Dios. Para lograr ser amado, ¿qué hizo? Criar un mundo del todo nuevo, el mundo de los mundos, Cristo Jesús, y éste se transformó en amor, todo él en amor. Y su poder y su bondad y su

17 Predicada en la primera Comunión de un adulto recién convertido, allá en

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grandeza y su majestad, todo, según afirma el Cardenal de la Berulle, quedó convertido en amor. De esta manera sabe amar Dios y ama de hecho. El mismo Evangelio se admira de tanto amor, pues nos dice que “de tal manera amó Dios al mundo que hasta le dio su mismo Hijo Unigénito.”

Pero he aquí que después que el hombre peca y se entrega a toda suerte de vicios y excesos, luego se apodera de su corazón lacerado el miedo, el terrible miedo, y por eso huye de Dios, teme su mirada y se esconde por verse despojado de la vestidura de la gracia santificante. ¿Qué hará la infinita bondad divina? ¿Qué hará Jesús? Pues buscarle a todo trance. Pero es que las tinieblas huyen de la luz, y por eso los resplandores de Jesús espantarán al pecador. No sucederá así, porque es tanto lo que Jesucristo ama al pecador, que a trueque de dar con él se despojará de su fulgurante ropaje de gloria, hasta ocultará el traje de andar por casa, o sea su humanidad, se envolverá en cualquier cosa, en el lienzo de los accidentes sacramentales, y saldrá por calles y plazas, per vicos et plateas

(Cant 3, 2), en busca del pecador, a quien tanto ama su Corazón:

“¡Oh Corazón de mi Amado, Cuánto te cuesta mi amor!”

Y esta es, no hay otra, la razón de haberse disfrazado con el traje de los accidentes eucarísticos. Santa Teresa, con su gran talento y con su mayor aún y más portentoso corazón de mujer y de Santa, dio con ella, y por eso nos dice en su inimitable Camino de Perfección: “Si os da pena no verle con los ojos corporales, mirad que no os conviene; que es otra cosa verle glorificado, o cuando andaba por el mundo. No habría sujeto que lo sufriese de nuestro flaco natural. Y viendo tan gran Majestad, ¿cómo osaría quien tanto le ha ofendido estar cerca de Él? Debajo de aquellos accidentes de pan está tratable, porque si el Rey se disfraza, no parece que se nos da nada de conversar con él sin tantos miramientos y respetos. Parece está obligado a sufrirlo, pues se disfrazó. “¡Cómo no sabemos, concluye la gran Doctora eucarística, lo que pedimos y deseamos, y cómo lo miró mejor su infinita sabiduría!” (cap. 34)

Jamás podremos comprender el amor que Dios tuvo al hombre al crearlo y antes que éste pecase. Nos es muy difícil comprender las delicias que entonces tendría con él; y esto nos es más difícil ahora, cuando vemos que del hombre no quedan sino restos humanos, despojos, ruinas, de la misma manera que no queda en los rostros, envejecidos y surcados por el tiempo y el infortunio, rastro alguno de los seductores atractivos de la juventud.

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Pero Dios puede cuanto quiere, y quiso restaurar por su Hijo lo que por su Hijo había creado, y entonces fue cuando Jesús, para dar comienzo a esta restauración, se abrazó con toda clase de anonadamientos, incluso el de quedarse sacramentado con nosotros hasta el fin del mundo. Hasta la

consumación de los siglos (Mt 28, 20). San Juan de la Cruz nos presenta

toda esta labor de la restauración divina en una preciosa alegoría, en la que dice que Dios Padre dio al Verbo por esposa a la naturaleza humana, pero que esta esposa había sido hecha esclava por el pecado, y gemía en duro cautiverio. Mira, dijo el Padre al Hijo, esa esposa que formé a tu imagen, y a quien tanto amabas, para rescatarla es necesario que te hagas semejante a ella, pues es ley de amor la semejanza y ésta contribuye a acrecentar la dicha. Vístete, pues, de su propia carne, sal en busca de ella, y ésta será feliz al verte así, dejando de ser esclava.

He aquí cómo presenta San Juan de la Cruz al Verbo, acatando la voluntad del Padre:

“Mi voluntad es la tuya, El Hijo le respondía,

la gloria que yo tengo Es tu voluntad ser mía. Iré a buscar a mi esposa,

sobre mí tomaría

Sus fatigas y trabajos En que tanto padecía. Y porque ella vida tenga,

Yo por ella moriría Y sacándola del lago, A ti te la volvería”.

Con esto la Encarnación quedó decretada, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14), y mediante este exceso de bondad Dios

bajó hasta el hombre y en él abrazó a toda la creación. Este había sido co-locado entre el mundo de los cuerpos y el de los espíritus como lazo de unión y prenda de afecto. Destruido este orden por el pecado el Verbo encarnado lo restaura maravillosamente, y en adelante Él será el lazo de estrecha unión y amistad de todas las criaturas, el centro de los mundos, al que toda la creación acudirá, como dice San Hilario, a recibir de Dios el beso de la caridad y del amor.

Ahora bien; siendo la Eucaristía la extensión de la Encarnación, ¿qué motivos de confianza y de amor no ha de despertar en el alma, por pecadora, por grande pecadora que haya sido, al recibir a Jesús con traje tan disfrazado, que es traje de verdadero amante, y recibirle por primera vez?

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Por eso, en día como éste, ábranse, hermano mío en Cristo, de par en par las puertas de tu alma et introibit rex gloria (Sal 23, 9), y pasará a ella de aquí a unos momentos el Rey de la gloria, para alistarte entre los sol-dados más valientes de sus filas. Y si hasta ahora has luchado bajo la negra bandera del error, pon en adelante todo tu empeño en pelear bajo la bandera blanca de la Iglesia Católica, defendiendo sus derechos y pro-pagando de palabra y por escrito sus doctrinas salvadoras y sus enseñanzas sublimes. Dile, en habiéndole recibido, dile, con San Ignacio de Loyola: “Tomad, Señor y Rey eternal mío; tomad y recibid todo mi entendimiento y voluntad, todo mi haber y poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo devuelvo. Todo es vuestro; disponed de ello como fuere de vuestro agrado. Dadme vuestra gracia, pues ésta sola me basta”.

Pide a Jesús con todo fervor, en esta feliz mañana, la perseverancia en el bien. Dile con San Agustín: “Señor, ya que con tanta bondad sanáis mis llagas y me concedéis la inestimable dicha de recibiros en la Comu-nión, haced, Dios mío, que habiendo yo, con tu gracia, desechado el mortal veneno de la serpiente, me sea restituida aquella antigua salud que Vos me ganasteis con vuestra sangre. Haced que, gustando la dulzura de vuestra suavidad, menosprecie con todo mi afecto, los deleites blandos del mundo, y no haga caso de esta vana felicidad, breve y momentánea. Ninguna cosa sin Vos, Jesús mío, sea dulce para mí, ninguna me agrade, ninguna me sea preciosa o hermosa. Que vuestro Santísimo nombre me sea refrigerio, y las palabras de vuestra boca sean para mí más preciosas que todo el oro y toda la plata del mundo. Yo os suplico, esperanza mía, que por vuestra infinita piedad perdonéis mi impiedad y malicia, y que con vuestro poder hagáis que el obedeceros me sea amable, y aborrecible el resistir a vuestros man-damientos”. Virgen bendita, Virgen del Carmen, defensora mía mediante tu milagroso escapulario, haz que tu misericordia no me abandone jamás, y que mi confianza en ti vaya siempre en crecimiento. Tuyo siempre, siempre tuyo quiero ser, para ser eternamente de tu Hijo y mi Señor Jesucristo.

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Plática 8.

a 18

Qui mane vigilant ad me, invenient me.

Prov. VIII, 17. SUMARIO: La Virgen de las coronas.—Canastillo de claveles y azucenas.— El día del Carmen.—Las trenzas de su cabello.— Los corderitos de la Virgen del Carmen.—La mirada de Jesús es escrutadora.—El Escapulario de los portentosos privilegios.—Jesús todo lo puede.—La Comunión es el fruto bendito de tu vientre, oh María.—Los 12 niños.—La aurora de záfir y grana.

Es la Virgen del Carmen la Virgen de las coronas y de las diademas y de las aureolas. En su frente espaciosa y llena de claridades y hermosuras, y en su cabeza majestuosa, como las alturas y ribazos del Carmelo, caput

tuum ut Carmelus (Cant 7, 6), toda honrosa distinción le cae bien y

admirablemente. Y como si algo le faltara, he aquí, mis encantadores y amadísimos niños en Cristo Jesús, que vosotros en esta mañana vais a formar nueva corona con las doce primeras Comuniones, que la piedad de vuestros padres y el entusiasmo y devoción de todas vuestras familias por la Virgen del Carmen, va a colocar dentro de unos momentos sobre la nivea frente de la celestial Señora. ¡Que sea todo para honor y honra suya, gloria de su divino Hijo y bien de vuestras almas!

Muchos canastillos de flores, muchas macetas y muchos chinescos y costosos jarrones adornan hoy el altar de la Virgen del Carmen; pero el mejor adorno es, sin duda, el canastillo de claveles y azucenas que con vuestra Comunión, niñas y niños amadísimos, la vais a presentar.

Madre mía del Carmen, aquí tienes a estos tiernos niños que desean recibir en su pecho al que tú estrechaste tantas veces entre tus brazos. Nos hallamos en el día de tu grandiosa solemnidad, y por eso la encargada de

18 Pronunciada en la primera Comunión de 12 niños que la recibieron el día del

Carmen, allá en América, en memoria de las 12 estrellas de la corona de la Inmaculada Reina del Carmelo.

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preparar para la Comunión a estas inocentes almas eres tú. Hazlo, Reina del Carmelo, que nadie como tú lo sabrá jamás hacer.

Tú, que adivinas los gustos de Jesús y tienes alta privanza con este Rey de los corazones, y que entre los hijos de Adán ostentas la ejecutoria de su predilección..., enseña a estos niños cómo se han de llegar a recibir al Señor, con qué pureza de conciencia, con qué dolor de todos los pecados y con qué temor y reverencia, para que, así enseñados, se duelan de haberle ofendido; para que, así enseñados, recojan toda su atención, y con toda reverencia interior y exterior se lleguen a ese tu altar.

Tú, Virgen del Carmen, que heriste el Corazón de Jesús con una de tus miradas (Cant 4, 9); tú, que le dejaste prendado en una sola de las

trenzas de tu cabello (Cant 4, 9); tú, cuya voz para Él fue siempre dulce

(Cant 2, 14), porque debajo de tu lengua había de continuo néctar sabroso y

miel dulcísima... (Cant 4, 11), enseña a estos pequeñuelos a agradar a Jesús,

enséñalos a trabajar para vencerse y ser obedientes y sumisos a sus padres y mayores.

Tú, cuya presencia siempre agrada a Jesús, porque eres esbelta como la palmera de Cadés que se cimbrea en el desierto (Eccl 24, 18), y eres hermosa como la planicie de Sarón; tú, que debido a esta extraordinaria hermosura, te asientas a la diestra de Jesús vestida de oro recamado (Sal 44, 10), cercada de variedad, rebosando en delicias y compartiendo con Él el cetro de su grandeza..., procura a estos niños una sonrisa del rostro de tu Hijo cuando luego se acerquen a recibirle. Aquí los tienes, Pastora amable del Carmelo, son débiles y tímidos corderitos de tu aprisco, pequeños brotes del ameno jardín de tu Cofradía, que esperan el primer beso eucarístico del sol sacramentado, para abrirse y perfumar el aire con sus aromas.

Míralos, Madre mía, qué gozosos están por verse llevados por ti de la mano al Sagrario en este día de tu alegre y devota solemnidad. No dejes, Señora, de ver en ellos a los pequeños hermanos de tu Unigénito, a los mismos que Él adoptó en el milagroso instante de su Encarnación y cuando por ellos murió en la cruz para pagar las deudas de todos. Son los mismos que encomendó a tu ternura y solicitud en la hora en que se con-sumó el eterno y profetizado sacrificio (Jn 19, 27). Por eso, tú, Reina y

decoro del Carmelo, que sabes lo que exige la mirada de Jesús en los que son admitidos a la Comunión, esa mirada que registra y escruta a Jerusalén con candelas (Sof 1, 12), esa mirada que penetra en el interior de los

hombres y recorre la redondez de la tierra sin parar hasta que se fija y detiene en el humilde de corazón, en el recto y temeroso de Dios y que por

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completo desconoce la ficción y el dolo... Haz, Señora, que de todas estas bellas cualidades adornados se acerquen hoy estos niños a recibir a tu Hijo en la Comunión.

No dejes, soberana Emperatriz de los cielos, de enriquecerlos en estos preciosos instantes con las galas de tu gracia, para que así agraciados y puestos luego en contacto con Jesús, le den en lo fino de su ternura con el olor de un campo lleno de tomillo, romero y azahar, al que el Señor ha bendecido (Gen 27, 27), sicut odor agriplent cui benedixit Dominus, que todo esto supone y significa tu santo Escapulario, el Escapulario de los portentosos privilegios y prerrogativas.

Sí, acercaos, niños muy amados en Cristo, pues que la misma Virgen del Carmen va a colocar en medio de vuestros corazones a Jesús Sacramentado para que en habiéndole recibido os recreéis en Él y le pidáis cuanto queráis, sobre todo por la Iglesia, por el Papa y los Obispos, por todos los niños cristianos del mundo y por los que no lo son también, para que lleguen a serlo y amen mucho al Niño Jesús; por los pecadores y por-que haya muchos misioneros fervorosos y santos por-que los conviertan; y de un modo especialísimo rogad por vuestros padres, hermanos y familia, pero rogad en la seguridad de que hoy seréis escuchados y finamente atendidos, siquiera porque es el día de la Virgen en su advocación más dulce y poderosa; rogad con fe y sin un asomo de duda, diciendo, pero con mucha seguridad y confianza a Jesús, luego que le tengáis ahí dentro de vuestro corazón: Jesús mío, quiero tal cosa para mí; Jesús mío, tú, que lo tienes todo y mandas en todo, pues yo quiero y pido salud y fortaleza para el Papa y para todos los que gobiernan la Iglesia; yo quiero y pido para mis padres esto, para mis hermanitos lo otro, para los que me han preparado a recibiros y para el que me dado la primera Comunión lo que ellos me han dicho que pida.

Sí, acercaos, niños queridos, pues la Virgen del Carmen, como os he dicho, es la que va a poner en vuestra boca, y luego en vuestro corazón, al dulce Jesús. ¿Quién mejor que Ella para estos menesteres y oficios de piedad? Ella que es toda clemencia; Ella que nació con la costumbre de hacer el bien y de conducir a los hombres a su Dios y Salvador; Ella que fue la que trajo el primer rocío sobre la tierra luego que la hubo maldecido Dios; Ella, en fin, que es la que concibió en su casto seno al Redentor, y que apenas nacido, le adoraron en sus brazos los Reyes y pastores.

Ea, Madre amada y adorada de todos tus Carmelitas y cofrades, muestra ya a estos tus niños queridos el fruto bendito de tu vientre, Jesús. Desde ese tu excelso y deslumbrante trono míralos, míralos, Madre mía,

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cómo navegan sus almas a velas desplegadas por el mar de tus bondades, a impulsos de las brisas seductoras de tu belleza. Míralos, míralos, Madre del alma, y no dejes de fijarte en la rapidez con que en estos momentos boga la flotilla de estos doce corazones hasta las playas de la Hostia consagrada, que se reserva y guarda en el artístico y dorado copón. Vedles, Señora, tocar ya a su dorado puerto, centro de sus afanes y ansias.

Niños muy amados de la Virgen, si siempre os presentáis arrebatadores a los ojos de mi espíritu cuando considero no más que vuestra inocencia y candor, ¿qué decir hoy de vosotros, cuando os veo en brazos de la Virgen del Carmen, en brazos de esa aurora de záfir y grana, dispuestos ya para recibir al sol eucarístico que, como esposo enamorado, se levanta de su tálamo (1) para envolveros en sus divinos resplandores?

Sí, levantaos, venid. Venid y comed, este es el cuerpo de Cristo, este es el Cordero que quita los pecados del mundo.

Para que de nuevo purifique los vuestros decid arrepentidos el “Yo pecador”.

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Plática 9.

a

Unde hoc mihi?

Luc. I, 43. SUMARIO: Una visita de la Virgen.—El convite regio.—Toda clase de comidas,—Las cosas creadas.—Cómo las llama San Juan de la Cruz.— San Juan Crisóstomo.—El Concilio de Trento.—La boca de oro.—La Majestad disimulada y Santa Teresa.—Imitemos al comulgar la humildad y temor de la Santa.—Y también la confianza.—Las dos alas del corazón. — Deseos de comulgar.—Venid a mi alma.

Cuando la madre gloriosa del Bautista, Santa Isabel, vio penetrar por sus puertas a la Virgen María, su prima, iluminada aquélla con luz del cielo, exclamó: ¿Unde hoc mihi? ¿De dónde a mí tanta dicha que toda una Madre de Dios venga a visitarme? ¿Quién soy yo para recibir tal visita y de tan gran Señora? Niños amadísimos en el Señor, si esto decía Santa Isabel tratándose de recibir a la Virgen, que, aunque tan pura y santa, es una criatura, ¿qué es razón que digamos nosotros que de aquí a breves instantes vamos a recibir la visita del Creador? Pero Creador amable, resucitado y glorioso, vestido con ropaje de inmortalidad y triunfador de la muerte y del infierno, y Rey de las eternidades.

Sí, en traje de Rey, porque si bien el Señor gusta de presentarse en otras parábolas con el título y calificativo de padre de familias, de sembrador y de esposo, en la del convite, que es figura del eucarístico, se presenta como Rey glorioso. ¿Por qué? Porque, como dice un doctísimo expositor de la Orden Carmelitana (Silveyr. in Matth.), de la misma manera

que en la opípara mesa de un rey de la tierra se sirven para el gusto y el apetito regio cuantos manjares da de sí la tierra y el mar, así en esta del Rey de la gloria se sirven y ofrecen todos los manjares celestes y divinos que puede y sabe dar Dios. Sic in mensa divini Regis, scilicet sui

sacratissimi Corporis et Sanguinis, omnia cœlestia at divina bona communicantur.

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