Espacios e percepcións
LA MUJER DEL CRÁNEO Y LA SIMBOLOGÍA ROMÁNICA
John Williams University of Pittsburgh
RESUMEN
La Mujer con el cráneo es un término neutral con el que hacer referencia a una figura que fue identifica- da poco después de haber sido realizada con una adúltera obligada por su marido a besar la calavera de su amante, una identificación que los críticos modernos encontraron fuera de lugar en la iconografía mo- numental medieval. Este artículo defiende la identificación original al ligar la imagen al tema de la sexua- lidad en la época en que fue creada.
Palabras clave: Santiago de Compostela, Platerías, Peregrinación, Guillermo de Aquitania, Mujer con el cráneo.
ABSTRACT
The Woman with the Skull is a neutral way to refer to a figure that was identified soon after its creation as an adulterous woman whose husband forced her to kiss the skull of her punished lover, which has struck modern viewers as out of step with medieval monumental iconography. This article supports the original identification by linking it to the theme of sexuality at the time of the image’s invention.
Keywords: Santiago de Compostela, The Façade of Platerías, Pilgrimage, William VII Duke of Aquitaine, Woman with the skull.
La Mujer con el cráneo en su regazo, sentada en el extremo derecho del tímpano izquierdo de la compostelana portada de las Platerías debería figurar entre las obras ma- estras de la escultura románica (fig. 1). Es más, forma parte de un conjunto escultórico cuya riqueza iconografica no encuentra pa- rangón entre las fachadas de su época y que anticipa la densidad de las fachadas, co- múnmente denominadas “enciclopédicas”, que asociamos con el advenimiento y desa- rrollo del arte gótico (fig. 2). Sin embargo, tanto nuestra evocadora Mujer, como el con- junto en el que se halla inserta, han sido marginados en los estudios sobre arte romá- nico. Es mi intención rescatarla aquí defen-
diendo la intencionalidad original de su actual Fig. 1.- Mujer del Cráneo. Santiago de Compos- tela. Portada de Platerías. (Foto:Archivo Amatller)
localización y reconstruyendo el contexto simbólico en que surgió. Fuera cual fuere su
original identidad, la audacia e inventiva que esta imagen supone sólo pueden ser verda- deramente apreciadas dentro del entrama- do cultural que la vio nacer.
El hecho de que nuestra figura haya sido marginada no se debe a la falta de testimo- nios que confirmen su identidad. De su sig- nificado nos informa la llamada Guía del Pe- regrino, el libro quinto del Codex Calixtinus, una notable colección de textos que da cuen- ta de los esfuerzos de Diego Gelmírez por promocionar la sede compostelana y el cul- to a Santiago1. En la descripción extraordi- nariamente detallada de la catedral del siglo XII de la Guía del Peregrino tiene cabida nuestro tímpano: “Y en primer término de esta entrada sobre las puertas está esculpi- da la Tentación del Señor....y no ha de rele- garse al olvido que junto a la tentación del Señor está una mujer sosteniendo entre sus manos la cabeza putrefacta de su amante, cortada por su propio marido, quien la obliga a besarla dos veces al día”. En principio, pue- de parecer que este texto es una rara prue- ba irrefutable acerca de la identidad de la fi- gura femenina, el testimonio de alguien perteneciente casi a la misma generación que el escultor que la labró. Sin embargo,
muchos, si no la mayoría, de los estudiosos que se han ocupado del tema, han juzgado que el relato del Calixtino venía a superponerse sobre una iden- tidad original más tradicional, de carácter bíblico2. La fiabilidad de la Guía en lo referente al tema principal del tímpano no deja lugar a dudas: nos informa de que se representa la Tenta- ción de Cristo en el desierto, y efectivamente se reconoce allí a Cristo, que puede ser claramen- te identificado por cualquier ob- servador por su gran nimbo cru- cífero (con el epígrafe PAX) (fig.
3); y la inscripción situada a sus pies: DUC- TUS EST IH[ESU]S IN DESERT [UM] (fig. 4), que se corresponde con el texto de Mateo IV,
Fig. 2.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías. Tímpano izquierdo (Foto:Archivo Amatller)
Fig. 3.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías.
Detalle de la escena de las Tentaciones de Cristo. (Foto:
Archivo Amatller).
John Williams
John Williams 1, confirma la lectura que proporciona el Ca-
lixtino. En la placa contigua, a la derecha de Cristo, puede verse el Árbol del Edén y un ángel incensando
(fig. 5). En una se- gunda placa, a la derecha, se dispo- nen dos tentadores seres demoníacos, alados (fig. 6). La naturaleza diabóli- ca de uno de ellos se indica en sus rasgos simiescos, y se ha subrayado ya el carácter de primi- cia de esta interpre-
tación simiesca de la figura diaboli en el arte monumental3. La inscripción I[HERU]S[AL]EM CIVITA[TIS] que corona una estructura arqui- tectónica sobre cuya puerta se sitúa el diablo simiesco permite identifi-
car el episodio allí repre- sentado con la tentación relatada en Mateo IV, 5, cuando Cristo fue con- ducido a las cubiertas del templo de Jerusalén.
Debajo, se arrodilla el segundo de los tentado- res sobre unas rocas que simbolizan el altísi- mo monte que refiere Mateo IV, 8, como confir- ma la inscripción -IN MONTEM EXCEL[SUM]-. Si además aceptamos la observación de Gaillard4 de que el joven montado a lomos de un león (fig.
7), de la placa superior, que parece estar ofre- ciendo unas piedras para que sean converti- das en panes, alude a la
primera tentación de Mateo IV, 3, podemos convenir que las tres tentaciones fueron in- cluidas en el tímpano compostelano, evo- cando, en su dispo- sición espacial, leída de arriba aba- jo, el orden cronoló- gico de la secuen- cia bíblica. Es más, los ángeles con in- censarios, el ante- riormente señalado y un segundo labra- do en la placa ex- trema de la izquier- da (fig. 8), están inspirados también en el relato bíblico: Mateo (IV, 11) explica
“Mirad, los ángeles vinieron y le auxilia- ron.”Aunque la inclusión de los ángeles en la escena es una fórmula iconográfica de tradi- ción bizantina, como puede verse, por ejem- plo, en los mosaicos de San Marcos de Vene- cia5, encontró temprana acogida en Occidente, como demuestra el Sal- terio de Stuttgart6. La formulación iconográfica del episodio bíblico en Compostela, entonces, no constituye una nove- dad en la tradición ico- nográfica occidental, pero su emplazamiento en un tímpano, sí es inusual. No es un tema habitual en la escultura monumental, y aunque en la iglesia más o me- nos contemporánea de Beaulieu las tres tenta- ciones se encuentran en el muro del pórtico flan-
Fig. 4.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías. Detalle de la escena de las Tentaciones de Cristo. Inscripción a a los pies de la figura de Cristo: DVCTVS EST IH(ESV)S IN DE- SERT(VM). (Foto:Archivo Amatller)
Fig. 5.- Santiago de Compostela. Portada de Pla- terías. Detalle de la escena de las Tentaciones de Cristo. Árbol del Edén y Ángel incensando (Foto:Ar- chivo Amatller)
queando la entrada, tampoco allí merece un lugar tan señalado como es el tímpano. La elección compostelana podría entenderse si tenemos en cuenta el papel de los textos en los que se basa el tema principal de nuestro tímpano (Mateo IV, 1-11) en el ciclo litúrgico anual: se leían el primer domingo de Cua- resma. ¿Qué imágenes podrían ser más apropiadas para
una iglesia de pe- regrinación en la que los creyentes que habían su- cumbido a la tenta- ción aceptaban un sacrificio físico y psíquico enorme como penitencia?
Con todo, la torpeza con que han sido combina- dos estos elemen- tos coherentes de una unidad icono- gráfica reconoci- ble, por no decir la falta de orden y la aparente ausencia de un plan icono- gráfico que integre el conjunto de las placas, han servi- do de principal ex- cusa para ver en este tímpano el re- sultado de alguna
catástrofe que habría destruido una portada original con un esquema compositivo e ico- nográfico más racional7. De acuerdo con esta opinión mayoritaria, lo que hoy vemos sería el resultado de una labor de re-montaje de unos elementos -suspendues a la paroi, commes dans un musee lapidaire de provin- ce, en la frase memorable de Henri Focillon8-
que fueron esculpidos en un principio para otro emplazamiento y, probablemente, no para un tímpano. Al considerar el montaje de Platerías como una solución de emergencia, y suponer un destino original distinto para las piezas del tímpano, y entre ellas, para la Mu- jer del cráneo, de manera implícita -e incluso explícita- se ha supuesto que la Guía inven- taba una historia o transmitía la que circulaba oralmen- te, con el fin de en- contrar acomodo a la figura de nuestra mujer en el conjun- to. La propuesta se apoyaba en proce- sos paralelos docu- mentados. No fal- tan casos en los que la invención de una historia venía a explicar la aparición de una pieza escul- tórica cuyo signifi- cado original se ha- bía olvidado, generando esa le- yenda, a su vez, otras nuevas9. Poco tiempo des- pués de que se re- dactase la Guía del Peregrino, Grego- rio, el autor de las Mirabilia Urbis Ro- mae, nos transmitía la identificación contemporánea de la estatua ecuestre de Marco Aurelio que se encontra- ba delante de San Juan de Letrán (hoy en el Campidoglio): no es Constantino, dice, sino
“cierto escudero” que libró a Roma del sitio de un “poderoso rey del Este”10. “El brazo ex- tendido”, continúa explicando, “es el que usó para apresar al monarca”. Conocemos otros
Fig. 6.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías. Detalle de la escena de las Tentaciones de Cristo. Diablos tentadores (Foto: Archivo Amatller)
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nina da cuenta la propia legislación contemporánea.
De acuerdo con los estatutos peninsu- lares del siglo XII quitarle la cofia a una mujer y soltar- le el pelo era una ofensa a su digni- dad casi equivalen- te a una violación real12. El hecho de que la caracterización de nuestra figura se ajuste perfectamente a la de la protagonista de la historia en la Guía se debe, a mi juicio, al talento del escultor para condensar un re- lato en una única figura, y no, como suele defenderse, al del escritor que habría imagi- nado el relato contemplándola. Es más, creo que la Adúltera ha estado desde el principio en el tímpano donde se encuentra ahora, a modo de complemento iconográfico para las Tentaciones de Cristo, como intentaré de- casos más próxi-
mos a nuestra fi- gura y no sólo en términos puramen- te geográficos. Los famosos gemelos de Saint-Sernin de Toulouse, no sólo son contemporá- neos y están esti- lísticamente empa- rentados con nuestra Mujer y
con otras figuras de Santiago, también es- tán sentados exponiendo sus atributos en sus regazos –un carnero y un león–. No con- tamos con un documento como el Codex Ca- lixtinus para dotar de significado a estas fi- guras tolosanas desplazadas de su destino primitivo, pero sabemos que dieron lugar a diferentes interpretaciones legendarias en la Edad Media, registrada por escrito, la más antigua de ellas, en el siglo XIV11.
A diferencia de lo que sucede con las pie- zas tolosanas y el Marco Aurelio romano, de la Mujer de Platerías conservamos una iden- tificación literaria redactada poco tiempo des- pués –en el margen de tiempo de una gene- ración- de que hubiese sido labrada. Ello obliga a replantearse la fiabilidad del relato del Calixtino. Indudablemente, nada en la apariencia de la figura femenina contradice de manera inherente la afirmación de la Guía de que servía de advertencia contra el adul- terio (fig. 1). Ciertamente, su caracterización viene a confirmar lo lujurioso de su naturale- za. No está completamente vestida, sino su- cintamente cubierta con una túnica, dispues- ta de tal manera, que deja al descubierto un pecho y una pierna. Además, los rizos abun- dantes de sus cabellos sueltos sugieren en sí mismos una belleza seductora y desenfre- nada, y del impacto erótico que producía la contemplación de una larga cabellera feme-
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Fig. 7.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías. ¿Detalle de la escena de las Tentaciones de Cristo? Jinete demoníaco (Foto:Archivo Amatller)
Fig. 8.- Santiago de Compostela. Portada de Pla- terías. Detalle de la escena de las Tentaciones de Cristo. Ángel incensando. (Foto:Archivo Amat-
mostrar abordando la cuestión desde dife- rentes ángulos.
Es fácil deducir por qué muchos críticos han reconocido en las piezas torpemente unidas y aparentemente fragmentadas del tímpano los resultados de una o más recom- posiciones (fig. 2). La naturaleza en aparien- cia ad hoc de la composición no sólo afecta a varias piezas incompletas situadas encima de las placas de las Tentaciones, o a la Mu- jer del cráneo, podría aplicarse también a las propias placas de las Tentaciones. Por ejemplo, el borde enmarcado de la placa con el ángel que inciensa detrás de Cristo pare- ce más apropiado para una pieza de un friso que para un tímpano (fig. 8). Sin embargo, si
nos fijamos en el tamaño y la formas de las placas usadas en el tímpano no cabe duda de que no formaron parte de una composi- ción rectangular de diseño regular. Además
¿qué otro emplazamiento original se puede imaginar para el jinete demoníaco situado encima de la Mujer? (fig. 7). Sabemos, por la Historia Compostelana, que un incendio dañó parcialmente la iglesia en 111713, y aun- que las noticias que conservamos de este accidente no especifican que la fachada su- friese daños, se ha venido suponiendo que habría obligado a la recomposición de su conjunto escultórico. Sin embargo, a mi jui- cio, el tímpano fue diseñado desde el princi-
pio más o menos como lo vemos hoy. La idea de la recomposición aplicada a Platerí- as debe entenderse en el marco de una cier- ta tendencia en la historiografía románica proclive a detectar recomposiciones, una ten- dencia que refleja la inclinación, muy habitual entre los historiadores de la miniatura, a in- vocar imaginarias o documentadas copias perdidas para explicar cualquier desviación en la descendencia de un arquetipo. El estu- dio de la fachada occidental de Saint-Gilles du Gard constituye un ejemplo célebre de ello14. También se ha echado mano de una hipotética recomposición, resultado de la unión de piezas de campañas separadas, para explicar las supuestas incongruencias –los ángeles invertidos– de la portada del Cordero de San Isidoro de León15. Sin em- bargo, en León, no se ha sacrificado parte alguna de las figuras, y el intento de en- cuadrar a los ángeles dentro de una lógica compositiva distinta conduce a reconstruc- ciones menos convincentes que el esque- ma que ofrece el tímpano actual16.
Este último ejemplo es particularmente relevante para nosotros por su contempo- raneidad con el tímpano de Platerías. Am- bos pertenecen a una fase inicial en la his- toria de los tímpanos románicos y ambos parecen haber sido infravalorados por la his- toriografía gala. Cuando Emile Mâle escribió el texto “fundacional” sobre la historia del tím- pano románico, planteó una cuestión que de- bió preocupar también al autor de nuestro tímpano de las Tentaciones: “Les artistes du Midi, qui creerent les tympans sculptes, eu- rent a resoudre un probleme difficile. Com- ment disposer avec art les personnages dans un demi-cercle?”17. A continuación ade- lantó un tipo de respuesta que excluye a tím- panos como los de Platerías y San Isidoro:
“Il faut de toute necessite, semble-t-il, qu’une haute figure, placee au centre, domine tou- tes les autres. Le tympan devait donc enfer-
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Fig. 9.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías.
(Foto:Archivo Amatller)
mer une scene triomphale; il etait predestine a exprimer quelque chose d’auguste”. Mâle no contemplaba ni siquiera la posibilidad de la existencia de un modo narrativo en una estructura como la del tímpano, tan sólo con- sideraba un único modo icónico. Cuando más tarde Henri Focillon abordó el tema del tímpano románico se hizo eco de Mâle. Para él, ni en Santiago ni en León se combinaban los elementos de una manera “funcional”, algo que lograría, en cambio, el maestro de la Porte Miègeville de Toulouse. Allí las figu- ras principales son más grandes y ocupan el centro, y las figuras marginales lo son física y simbólicamente: “L’artiste toulousain loge dans son tympan une scene unique, l’As- censión, et ne la morcelle pas en episodes”, una conclusión que viene reforzada por una comparación con la portada del Perdón de León18. En otras palabras, el Maestro Miè- geville fue un Rafael antes de su tiempo. En el marco de esta anacrónica estética rena- centista, el tímpano narrativo se entendía como una continuación de la forma más an- tigua, la placa en relieve de tradición antigua, y no mereció un análisis específico como un tipo alternativo en el que la obvia jerarquía compositiva se subordina a la narración. Ole Naesgaard fue, en cambio, mucho más sen- sible a la configuración actual de la fachada de Platerías al señalar que los tímpanos eran elementos subordinados dentro de la com- posición general de la fachada, cuyo eje cen- tral estaba ocupado por la figura dominante de Cristo (fig. 9)19.
Otro de los argumentos esgrimidos por los que suponían que el tímpano de Platerí- as era el fruto de una recomposición era el hecho de que la figura de la Adúltera hubie- ra sido “cruelmente mutilada” -en palabras de Gaillard- con el fin de poder empotrarla a la fuerza (fig. 1). Pero no creo que tal mutilación existiese. Si el hombro izquierdo de nuestra mujer hubiera sido originalmente del mismo
volumen muscular que el derecho y dispues- to simétricamente, una acomodación a su emplazamiento post facto habría exigido la amputación de gran parte del brazo; y su hombro y brazo izquierdos, más esbeltos que los derechos, están esencialmente in- tactos. En efecto, si hubiera sido concebida como la figura simétrica que exigiría una pla- ca rectangular independiente, su rostro no habría sobrevivido. El modo en que se incli- na y dirige su mirada hacia la izquierda son el fruto de una acomodación original al mar- co. También pienso que se decidió desde un principio que la posición marginal no permi- tía la posibilidad de incluir una melena de pelo completa. En la placa del extremo con- trario del tímpano faltan parte del marco y del nimbo del ángel (fig. 8)20, pero ¿puede este detalle considerarse un indicio inequívoco de que esta placa fue diseñada para otro em- plazamiento, como parte de un friso enmar- cado? No cabe duda de que esta placa for- maba parte del conjunto que representa las Tentaciones, pero las placas restantes no presentan un diseño uniforme, ni están en- marcadas. Ante estas irregularidades coinci- do con Naesgaard en que anomalías como las que hemos observado en la Adúltera son el resultado de la separación del acto de es- culpir la imagen y el acto de instalarla. Pro- bablemente nos encontramos aquí con las huellas de unos métodos de trabajo desarro- llados de manera imperfecta en una etapa primitiva de un nuevo problema escultórico, a saber, labrar placas que habrían de ser ajustadas a un marco arquitectónico de ca- rácter relativamente nuevo. El problema de- bió verse agravado por el hecho de que los talleres responsables de las figuras de los tímpanos provenían de centros situados a gran distancia, uno de Toulouse y otro de Conques, y no era probable que estuvieran bajo el control de un único maestro escultor.
Con estas observaciones concluyo el
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caso “arqueológico” para pasar a defender la integridad del tímpano con argumentos rela- cionados con la iconología. En su estudio monográfico acerca del contenido de este tímpano, José Maria Azcárate tomaba como punto de partida la acertada propuesta de que “Aún admitiendo esta destrucción es in- concebible que en esta portada, que da a la ciudad, se ajustasen sin orden, a capricho, las piezas escultóricas en pleno siglo XII, por lo que partiendo de la base de la descripción del Calixtino hemos de suponer la existencia de un principio ordenador”21. Pienso que esta premisa es irrecusable. Además, Azcárate defendía que la Mujer del cráneo formaba parte desde un principio del tímpano de las Tentaciones. Precisamente esta conclusión le llevaba a rechazar su identificación con la adúltera del relato: semejante tema, “incon- cebible por su trivialidad,” no podría haberse incluido en un tímpano dedicado a materias doctrinales22. En busca de una posible iden- tidad bíblica para ella, concluyó que se trata- ba de Eva, una lectura que justificó apuntan- do a la cercana presencia del Árbol del Edén. El cráneo, afirmaba Azcárate, haría re- ferencia a la mortalidad engendrada por el pecado. Según esta argumentación cuidado- samente elaborada y de gran alcance, la fi- gura que la Guía del Peregrino identificaba como la Adúltera era en realidad Eva, la “ge- neradora de la muerte”23. Aunque esta lectu- ra es tentadora, continúa siendo problemáti- ca. En primer lugar, como Azcárate reconocía, el pasaje del Génesis III, 20 nos informa de que el nombre de Eva significa
“madre de la vida”. Aún cuando la inversión era un recurso de la retórica visual medieval para crear nuevos simbolismos, no ha sido posible encontrar ninguna otra representa- ción de Eva con un cráneo como atributo. Es más, el Árbol del Edén solía incluirse en la iconografía de las Tentaciones de Cristo, como recordatorio de la tentación arquetípi- ca que había traído el pecado al mundo,
como demuestra la imagen de la Tentación y la Expulsión que sirve de introducción al tra- tado sobre vicios y virtudes escrito en Mois- sac hacia 1100. También el árbol del Edén resulta una referencia apropiada para la Adúltera, pues a partir de los escritos de San Pablo, San Agustín ligaba el pecado original con el deseo sexual, y encontraba en la luju- ria de Eva, el origen de la degradación hu- mana. Y es que en el mundo medieval, el apetito carnal era una materia en la que las mujeres sacaban mejor nota que los hom- bres.
A aquellos que prefieren ver el tímpano como un imán de relieves dispersos les gus- ta hacer referencia a la placa intermedia con los tres monstruos como prueba de su argu- mentación (fig. 10). Estas bestias, cuya po- sición erguida les confiere un carácter casi antropomórfico, ocupan la placa más grande,
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Fig. 10.- Santiago de Compostela. Portada de Platerías.
Detalle. Monstruos libidinosos (Foto: Archivo Amatller).
y están esculpidos con detalle. Coincido con Naesgaard en que un observador moderno debe suponer que encarnan un tema se- xual24. Uno de las monstruos dirige su mira- da hacia las Tentaciones de Cristo. Los otros dos, que se encuentran más cerca de la Adúltera, aparecen inextricablemente unidos.
El de la derecha se agarra a una columna, haciéndose eco de la actitud de María en la Anunciación situada hoy en las enjutas su- periores. La cola de su compañero se mue- ve rápidamente entre sus piernas y justo allí donde se pueden imaginar sus genitales los pliegues del manto crean otro puente entre los dos. Si efectivamente estos monstruos representan un motivo de carácter sexual, compondrían, con la Adúltera, un repertorio de exempla para condenar la lujuria en la parte derecha del tímpano. Exemplum es una denominación apropiada para nuestra Adúltera. La suya es una historia de la que se desprende una lección moral: el adulterio, y su generador, la lujuria, destruyen y en- gendran la infelicidad. Las parábolas de Cris- to fueron los primeros exempla de carácter cristiano, y los exempla salidos de la Biblia, la mitología, la historia profana, o las vidas de los santos continuaron formando parte in- tegrante de los sermones y los escritos mo- ralizantes en el occidente cristiano. En el pe- ríodo románico esta tradición prosperó de un modo especial. Baste recordar los numero- sos tratados menores de Pedro Damiano (m.
1072) en los que proliferan relatos de la his- toria, antigua y contemporánea (incluyendo Paulo Diácono), o de la historia natural25. No faltan tampoco testimonios de esta práctica en la propia Compostela. El sermón para la Vigilia de la Fiesta de Santiago, el 24 de ju- lio, atribuido al Papa Calixto en el Codex Ca- lixtinus26, se prodiga en ejemplos de castigos divinos para aquéllos que no celebraban la festividad del Apóstol: “En España, en Tude- liono, cierto labrador estuvo majando trigo en la era todo el día de Santiago. Al atardecer
se metió en un baño que está junto al casti- llo y es sabido que es una antigua y admira- ble obra de moros. Y al sentarse en él, en- seguida la piel de la espalda, desde los hombros a las piernas, se le pegó a las pa- redes del baño y a la vista de todos exhaló su espíritu, por haber transgredido festividad tan grande. Esto fue realizado por el señor y es admirable a nuestro ver”. En este relato, al igual que en la trama de nuestra Adúltera (forzada por su marido a besar el cráneo de su amante dos veces al día), se introducen ciertos pormenores para inducirnos a creer que estamos escuchando una historia au- téntica. Del mismo modo, el relieve de la Adúltera funciona como un exemplum visual, que enriquece con nuevos matices moraliza- dores el relato de las Tentaciones de Cristo.
En los sermones del Calixtino encontramos una única mención del episodio bíblico, don- de se lo pone en relación con el del sacrificio de Isaac en un discurso teológico sobre la fe y la fidelidad a Dios. El tono del sermón en piedra de Platerías es de otro orden. La teo- logía deja paso a la moralidad, y el tema de la fidelidad se seculariza. Todos recordamos el pasaje de la Adúltera del Evangelio (Juan VIII, 3-11). Su mensaje de perdón y humildad es opuesto al que encierra nuestra Adúltera, con su tolerancia implícita a un marido ven- gativo (a veces identificado con la cabeza en el registro superior) y la ejecución del casti- go27.
La extraordinaria decisión de reunir en un mismo emplazamiento monumental un epi- sodio evangélico y un exemplum no bíblico inclina a suponer que éste último debe tener que ver con un asunto de candente actuali- dad entonces. Al amenazar la pureza gene- alógica y, por tanto, la estabilidad social, el adulterio había sido sujeto a códigos estric- tos, incluso crueles, en las sociedades pre- cristiana y cristiana. Es más, el relato del pe- cado original había determinado fuertemente
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rey Felipe, y en 1114, al instalar en su pala- cio de Poitiers a una concubina, la esposa de uno de sus vasallos, el Vizconde de Cha- tellrault, acabó siendo excomulgado.34
Pero no era simplemente el adulterio fla- grante lo que se condenaba en nuestro tím- pano. El objetivo, en mi opinión, era el abier- to desinterés por los patrones tradicionales de conducta sexual que las transgresiones de Guillermo y el nuevo género de literatura amorosa ejemplificaban. Aún cuando Gui- llermo no inventó este nuevo género, es su voz, a falta de un rival identificable, la que se asocia a sus primeras expresiones litera- rias.35Estos poemas podían llegar a ser ex- traordinariamente atrevidos en su celebra- ción del amor carnal. Es más, en uno de los primeros (1106?) el protagonista es un pe- regrino.36De camino al santuario de Saint- Leónard de Limoges se encuentra con dos hermanas de noble linaje. Finge ser mudo, y persiste en su engaño incluso cuando se le pone a prueba acercando un gato enfure- cido a su piel desnuda. Su silencio conven- ce a las damas de que será un amante ide- al, viril, pero también incapaz de contar su aventura. La “severa prueba” a que lo so- meterán durará una octava de ocho días, en los que “se aprovecharán de él” no menos de ciento ochenta y ocho veces. De la his- toria se extrae una conclusión clara: vale la pena sufrir un dolor casi insoportable para recibir las recompensas del placer sexual.
Otro relato de peregrinos que encontra- mos entre los milagros de Santiago recogi- dos por Guibert de Nogent nos ofrece un tra- tamiento diametralmente opuesto de la tentación carnal. El protagonista es un joven que habitualmente mantenía relaciones se- xuales con una joven prostituta. Acosado por los remordimientos, decide ir en peregrina- ción a Santiago, pero se lleva con él el ceñi- dor de su amante y “lo emplea de una ma- el discurso sobre la sexualidad casi desde
los comienzos del Cristianismo. Desde los primeros siglos cristianos, la tentación sexual se relacionaba con el pecado original.28Des- de el punto de vista artístico, sin embargo, era un tema menor expresado la mayoría de las veces en las poses vergonzosas de Adán y Eva. ¿Qué le hizo cobrar tanta importancia a comienzos del siglo XII para que pudiera encontrar, por primera vez, un sitio en el pro- grama bíblico de una fachada pública? En el momento en que nuestra Adúltera hace su aparición, el tema de la lujuria y la fidelidad matrimonial había cobrado un renovado in- terés, al ser uno de los objetivos centrales de la reforma iniciada bajo los auspicios del Papa Gregorio VII.29Además, el matrimonio estaba en trance de ser convertido en sa- cramento, cayendo finalmente dentro de la jurisdicción exclusiva de la Iglesia.30Más aún, las aventuras escandalosas en las que se vieron envueltos el rey de Francia, Felipe I, y el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Enrique IV, habían desemboca- do en confrontaciones públicas con el papa- do, precisamente en materia de adulterio.31
Aún así, nuestra imagen no se puede ex- plicar como parte de una campaña organi- zada destinada a desaprobar la infidelidad conyugal. Más bien nace como respuesta a una reorientación cultural en la que la sen- sualidad no sólo se aceptaba, si no que se celebraba abiertamente.32 El portavoz de esta nueva cultura era Guillermo, el séptimo conde de Poitou y noveno duque de Aquita- nia (1071-1126). La actitud de Guillermo ha- cia la Iglesia “siempre osciló entre la indife- rencia, la reserva, y la enemistad abierta.”33 Tuvo notables confrontaciones con dos obis- pos, a uno de los cuales sometió a arresto domiciliario. Parte de su conflicto abierto con la iglesia arrancaba de su indiferencia hacia la fidelidad conyugal. Había protestado con- tra la condena eclesiástica del adulterio del
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nera inmoral para que le recuerde a ella.” El diablo, disfrazado de Santiago, le aconseja que enmiende su conducta con una solución drástica: que se suicide cortándose el cuello tras automutilarse, cortándose el pene. El jo- ven obedece, pero acabará siendo devuelto a la vida gracias a la intervención de Santia- go y de la Bendita María. La cicatriz en la
garganta y el pene amputado demostraban la veracidad de la prueba y del milagro.37
¿Resulta, entonces, sorprendente, que sea en el territorio de Guillermo, para ser más exactos en la ciudad gobernada por su pro- pia esposa, Phillipa, donde se encuentre el primer uso programático de una iconografía de la lujuria? En la Porte des Comtes de la gran basílica de peregrinación de Saint Ser-
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nin, poco antes del 1100, los pecados de la codicia y la lujuria ocupaban los capiteles de esta primicia del arte monumental románi- co.38Se empleó allí una representación grá- fica del pecado sexual en la que los órganos de las mujeres eran castigados por reptiles.
En realidad, el esquema iconográfico estaba basado en la antigua imagen romana de la Madre Tierra, que se había usado, con su significado positivo original, en el arte cristia- no durante siglos.39Esta fórmula fue emple- ada también en la espectacular condena de la lujuria de la portada de Moissac (fig. 11), cuyo poder no reside tanto en la repulsiva acción de los reptiles, por repugnante que ésta sea, como en la desolación que expre- sa el rostro de la pecadora, a la altura de los ojos del espectador. Su estado físico refleja su podredumbre anímica. La efectividad de esta solución se fundamenta en la razonable expectativa de que todo el mundo encontra- se repugnante la combinación de reptiles, desnudez y devastación. No cabe duda de que la imagen de Moissac ofrece una inter- pretación negativa de la lujuria, y la ubicación de las serpientes y el sapo hacen inequívo- co su mensaje. No es éste el caso de nues- tra Adúltera de Platerías. La fórmula que en- contramos aquí supone una inversión del lenguaje formal: con su belleza, se la pre- senta como la clase de mujer que despierta el deseo, que incita a la lujuria. La misma táctica de convertir en real la tentación por medio de la belleza corporal fue empleada por estas mismas fechas en Autun, pero con Eva, la seductora tradicional.40Su significa- do en aquel momento debe haber sido ine- quívoco y así permanece, puesto que la his- toria del pecado original era y es conocida por todos.
Nuestra Adúltera, como las mujeres libi- dinosas severamente castigadas en Toulou- se y Moissac, muestran un modo alternativo de presentar el tema, al sustituir a la pareja
Fig. 11.- Saint Pierre de Moissac. Portada Occidental. La lujuria.
pecadora por una única personificación de Luxuria, como hacía Prudencio en la Psy- chomachia. En Sainte-Foy de Conques, por ejemplo, la pareja de pecadores, con su de- moníaca escolta, se hacen ostensiblemente visibles en la zona del tímpano más cercana al ingreso de la iglesia.41También en las ilus- traciones de los tratados sobre vicios y virtu- des este tipo de dramatización sustituye al antiguo tema del combate entre virtud y vicio que se gestó en la Psychomachia. Así en una copia del siglo XI del Penitencial de Ha- litgario de Cambrai (†830) ilustrada en Mois- sac (Paris, B.N. lat. 2077) Luxuria comienza a desabrocharse el cinturón al ver aproxi- marse a un hombre con intenciones lascivas (fol. 173) (fig. 12).42
Con todo, la inclusión del cráneo no en- cuentra justificación en ninguna tradición cristiana43, aunque, sin duda, el atributo debe condensar un relato. Para que resultase efectivo el mensaje moral de la Adúltera de- bía encuadrarse en algún tipo de contexto narrativo tradicional. Este requisito es la ra- zón por la que, a mi modo de ver, se debe rechazar un simbolismo ad hoc, como el de Eva, Madre de la Muerte. Nuestra Mujer está ligada a un relato, como sabemos por la Guía: su marido la obligaba a besar el crá- neo del amante dos veces al día. Ni el mari- do, ni el acto de besar ni las veces que debe llevar a cabo el castigo se explicitan en la imagen, pero quizá la versión que proporcio- na el texto sea una variante particular de la leyenda, que, como toda tradición de carác- ter oral, suele metamorfosearse en diversas versiones distintas. Se conservan reelabora- ciones literarias de la historia que se en- cuentra en la Guía. Por ejemplo en el Hep- taméron de Maguerita de Navarra (1492-1549), compuesto a imitación del De- camerón de Bocaccio, una mujer sorprendi- da en flagrante adulterio es obligada por su marido a usar de copa, en la mesa, el crá-
neo de su amante.44El motivo de besar la calavera del amante aparece también en el propio Decamerón .45No obstante, estas ver- siones literarias del tema datan de siglos posteriores. Una tradición oral habría sido la fuente de la historia de la Guía. Hace años Roger Loomis demostró que la historia de Ar- turo representada en la Porta della Pesche- ria en la catedral de Módena se anticipaba en décadas a las más antiguas refundiciones literarias de la matière de Bretagne.46Las alusiones contemporáneas a la circulación de leyendas son numerosas. Bernardo de Angers fue a Conques a recoger los milagros de Santa Fe porque había oído las versiones orales que habían llegado hasta Chartres.47 Orderico Vital señaló también que las can- ciones populares eran transmitidas oralmen- te por los juglares.48Aunque el relieve de Si- món Mago de la Porte Miègeville en Saint-Sernin hace referencia a un personaje bíblico (Hechos, VIII, 9-24), la historia des- crita allí, su caída, se encuentra en el apó- crifo conocido como Hechos de Pedro.49
¿Qué peregrino habría leído el texto? Sin
Fig. 12.- Penitencial de Halitgario de Cambrai. (Paris, B.N.
lat. 2077, fol. 173) (Cliché, Bibliothèque nationale de Fran-
John Williams
embargo, la imagen funcionaba sobre la base de una historia conocida que circulaba oralmente. De la misma manera, la vasta mayoría de los peregrinos se habrían fami- liarizado, también oralmente, con la icono- grafía bíblica. Propongo, entonces, que la imagen de la Mujer del cráneo debió ser concebida a partir de una leyenda que circu- laba oralmente antes de ser vertida por es- crito. En el siglo VIII Paulo Diácono en su Historia de Longobardorum relató cómo el rey Alboïn se vengó de su esposa, Rose- munda.50Tras asesinar al padre de ésta, el rey Cunimundo, y convertir su cráneo en copa, reclamó a la hija como esposa. Más tarde, en un banquete, en una ebria exhibi- ción de poder forzó a Rosemunda a beber de él. No es difícil imaginar la invención de una historia de un horrendo castigo de adulterio a partir de esta anécdota. Tampoco el casti- go es inusitado. A pesar del repetido recha- zo de la Iglesia de la pena de muerte como pena para los adúlteros, en algunas partes
de la península ibérica del siglo XIII la ley to- davía lo permitía.51Por lo menos, cuando el amante no era un noble. E incluso aunque la Iglesia había cambiado la concepción roma- na del adulterio para permitir que fuera tam- bién una transgresión por parte del varón, la costumbre permitía al marido adúltero con- servar su vida. Era inevitable, por supuesto, que una historia que advirtiera contra el adul- terio se encarnase en una mujer. Ella era la segunda Eva y estaba mejor dotada que los hombres de apetito sexual.
En el alegato final para defender el origen romance del significado de nuestra Mujer conviene recordar las columnas que una vez estuvieron en la portada del crucero norte.
Aunque su imaginería no puede ser comple- tamente descifrada, también muestran esce- nas claramente inspiradas en la poesía se- cular. Moralejo, por nombrar un ejemplo, ha especulado con que en una de ellas se alu- da a la historia de Tristán, décadas antes de
John Williams
NOTAS
1Alison Stones, Jeane Krochalis, Paula Gerson, Annie Shaver Cran- del, The Pilgrim’s Guide to Santiago de Compostela: Critical Edition, Vol.
II: The Text, London, 1998, pp. 75- 76; Liber Sancti Jacobi Codex Calix- tinus, tr. A. Moralejo, C. Torres, J.
Feo, Santiago de Compostela, 1951, p. 562.
2Una revision de esta cuestión en Stones et. al., Pilgrim’s Guide, p.
207. Recientemente se ha tendido más a aceptar que a rechazar la identificación de la figura con la adúl- tera del relato. Véase Willibald Sauerländer, “Nisi transmutetis more. Riflessioni sull’ambiguità dell
iconografia romanica,” in Wiligelmo e Lanfranco nell’Europa romanica (Atti del Convegno, Modena, 24-27 Oct. 1985), Modena, 1989, pp. 151- 54, esp. pp. 153-4 y Marcel Durliat, Sculpture romane de la routes de Saint-Jacques, Mont-de-Mar- san,1990, p. 330. Conviene señalar a este respecto que Serafín Morale- jo pasó de rechazar (“Saint-Jacques de Compostelle: les portails retrou- vés de la cathedrale romane,” Dos- siers de l’archéologie, XX, 1977, 87- 103, esp. 98) a aceptar la identificación propuesta en el Codex Calixtinus (“Le origini del programma iconografico dei portali nel romanico spagnolo” en Wiligelmo e Lanfranco nell’Europa romanica [Atti del Con-
vegno Wiligelmo e Lanfranco nell’Europa romanica, Modena, 24- 27 ƒOct. 1985], Modena, 1989, pp.
35-51, esp. 42; y en “The Codex Calixtinus as an Art-Historical Sour- ce,” en The Codex Calixtinus and the shrine of St. James, ed. J. Williams and A. Stones, Tübingen, 1992, pp.
207-27, esp. pp. 217-18. Véanse también las recientes contribuciones de Manuel Antonio Castiñeiras Gon- zález, “Arte románico y reforma ecle- siástica,” en Las religiones en la his- toria de Galicia, ed. Marco V. García Quintela, Santiago de Compostela, 1996, pp. 307-32, esp. pp. 315-18;
Idem, “La catedral románica: tipolo- gía arquitectónica y narración vi- sual,” en Santiago, la catedral y la
memoria del arte, ed. Manuel Núñez Rodríguez, Santiago de Composte- la, 2000, pp. 39-96, esp. pp. 76 y ss.
3 H.W. Janson, Apes and Ape Lore in the Middle Ages and the Re- naissance, London, 1952, p. 21.
4Georges Gaillard, Les débuts de la sculpture romane espagnole, Pa- ris, 1938, p. 196.
5Otto Demus, The Mosaics of San Marco, I, Chicago and London, 1984, fig. 103.
6Ernst T. De Wald, The Stuttgart Psalter. Biblia Folio 23 Würtember- gische Landesbibliothek, Stuttgart, Princeton,1930, fol. 107v.
7Véase, por ejemplo, Raymond Oursel, Floraison de la sculpture ro- mane, 2: le Coeur et la main, Zodia- que, 1976, pp. 355 y 361 y más re- cientemente Marcel Durliat , Sculpture romane de la routes de Saint-Jacques, pp. 330-31.
8Henri Focillon, L’art des sculp- teurs romans: recherches sur l’his- toire des formes, Paris, 1931, p. 160.
9Véanse ejemplos en Julius von Schlosser, Kunstliteratur; ein Hand- buch zur Quellenkunde der neueren Kunstgeschichte, Vienna, 1924, p.
44, citado en Werner Weisbach, Re- forma religiosa y arte medieval; la in- fluencia de Cluny en el románico oc- cidental, tr., Helmut Schlunk y Luis Vázquez de Parga, Madrid, 1945, n.
175.
10The Marvels of Rome (Mirabilia Urbis Romae), ed. and tr. F.M. Ni- chols, 2ª ed., New York, 1986, pp.
19-21. Para este ejemplo de legen- darias identificaciones iconográficas véase Walter Cahn, “Romanesque Sculpture and the Spectator,” en The Romanesque Frieze and the Spec- tator, ed. Deborah Cahn, London,
1992, pp. 45-60, esp. pp. 55-6. Cahn (pp. 55-6) acepta la posibilidad, aun- que no lo afirma con seguridad, de que la Mujer del Cráneo de Platerías fuera concebida originalmente como la adúltera del relato del Codex Ca- lixtinus.
11Marcel Durliat , Sculpture roma- ne de la routes de Saint-Jacques, pp. 413-15; The Art of Medieval Spain a.d. 500-1200 (Exhibition Ca- talogue, Metropolitan Museum of Art), New York, 1993, p. 206.
12Heath Dillard, Daughters of the Reconquest, Cambridge, 1984, pp.
174–5.
13Historia Compostelana, tr., y ed.
por Emma Falque, Torrejón de Ar- doz, 1994, I, cxiv, 2 (p.273).
14Whitney Stoddard, The Façade of Saint-Gilles-du-Gard, Middleton (Connecticut), 1973, p. 12.
15Willibald Sauerländer, “Uber die Komposition des Weltsgerichts-Tym- panon in Autun,” en Zeitschrift für Kunstgeschichte, XXIX, 1966, pp.
105-33, esp. p. 264, 286 n. 16.
16John Williams, “Generationes Abrahae: Reconquest Iconography in León,”Gesta, XVI, 2, 1977, pp. 3- 14.
17Emile Mâle, L’art religieux du XIIe siècle en France, Paris, 1928, p.
378.
18 L’art des sculpteurs romans (como en nota. 9), p.163.
19Ole Naesgaard, Saint-Jacques de Compostelle et les débuts de la grande sculpture vers 1100, Aarhus, 1962, pp. 27 y ss. Sin embargo, Na- esgaard no pudo evitar suscribir la opinión de que la iconografía del tím- pano pertenecía a dos campañas di- ferentes. La primera de ellas se co- rrespondía con el Cristo del eje
central y las columnas torsas de mármol con apóstoles y otras figu- ras, y la segunda, que afectó a la instalación del tímpano y de las figu- ras de las jambas (Ibid., p. 14).
20Como observó Werner Weis- bach en su defensa de la integridad iconográfica del tímpano (Reforma religiosa, p. 122).
21José María de Azcárate, “La portada de las platerías y el progra- ma iconográfico de la catedral de Santiago,” Archivo español de arte, 36, 1963, pp. 1-20, esp. 3.
22Ibid., p. 10.
23Ibid., p. 11.
24Naesgaard, Saint-Jacques de Compostelle et les débuts, p. 62.
25J.-Th. Welter, L’Exemplum dans la littérature religieuse et didactique du moyen age, Paris-Toulouse, 1927, pp. 34 y ss.
26Liber Sancti Jacobi. Codex Ca- lixtinus, (ed. Moralejo, Torres y Feo), pp. 28–29.
27Naesgaard, Saint-Jacques de Compostelle et les débuts, p. 73, fig.
p. 75.
28“Concupiscense” en H.F. Davis, et. al, eds., A Catholic Dictionary of Theology, London, 1967, Vol. II, p.
83.
29A. Fliche y V. Martin, Histoire de l’église depuis les origins jusqu’a nos jours Vol. 8: A. Fliche, La Réforme gregorienne et la reconquête chré- tienne (1057-1125), St.-Dizier, 1950, pp. 462 y ss.
30Georges Duby, Medieval Ma- rriage, Two Models from Twelfth Century France, Baltimore and Lon- don, 1978, pp. 20 y ss.
31Ibid., p. 33.
32 Willibald Sauerländer, “Nisi transmutetis more. Riflessioni
John Williams
John Williams
sull’ambiguità dell iconografia roma- nica,” pp. 151-54, esp. pp. 153-4.
33Reto R. Bezzola, Les origines et la formation de la littérature courtoise en occident (500-1200, Part 2: La so- ciété féodale et la transformation de la littérature de cour, Vol. I, Paris, 1960, p. 273.
34Ibid., pp. 272-3. Conviene re- cordar, en este sentido, que Guiller- mo de Aquitania mantuvo una rela- ción amistosa con Gelmírez, como demuestra la carta que dirige al ar- zobispo.Véase Historia Compostela- na (ed. Falque), p. 356. El hijo de Guillermo moriría delante del altar del apóstol en Santiago en la Pas- cua de 1137.
35Peter Dronke, “The Rise of the Medieval Fabliau,” Romanische Forschungen, 85, 1973, pp. 275-97.
36Gerald A. Bond, The Poetry of William VII, Count of Poitiers, IX Duke of Aquitaine, New York and London, 1982, pp. 19-23.
37John F. Benton, ed., Self and Society in Medieval France: the Me- moirs of Abbot Guibert de Nogent (1064?-c. 1125), New York and Evanston, 1970, pp. 228-30.
38Marcel Durliat, Saint-Sernin de Toulouse, Toulouse, 198, 71y ss..
39Jean Adhémar Influences anti- ques dans l’art du moyen âge
français, London , 1937, pp. 197- 200. Véase también Jacqueline Le- clercq-Kadaner “De la Terre-Mère à la Luxure: à propos de ‘la migration des symboles’,” Cahiers de civilisa- tion médiévale, 18, 1975, pp. 37-43.
40O.K. Werckmeister, “The Lintel Fragment Representing Eve from Saint-Lazare, Autun,” Journal of the Warburg and Courtauld Institutes, XXXV, 1972, pp. 1-30, esp. 30.
41Bernard Ruprecht, Romanische Skulptur in Frankreich, Darms- tadt,1984, lam. 119.
42Adolf Katzenellenbogen, The Allegories of the Virtues and Vices in Medieval Art from Early Christian Ti- mes to the Thirteenth Century, Lon- don, 1939, pp. 11-13; Chantal Fraïs- se, “Un traité des vertus et vices illustré à Moissac dans la primière moité du Xie siecle,” Cahiers de civi- lization médievale, XLII, 1999, pp.
221-42, esp. pp. 234-5. Sobre el tema de la sexualidad en Moissac, véase el reciente artículo de Ilene Forsyth, “Narrative at Moissac:
Schapiro’s Legacy”, Gesta, XLI/2 (2002), pp. 71-93.
43Véase Manuel Antonio Casti- ñeiras González, “La catedral romá- nica: tipología arquitectónica y na- rración visual,” esp. pp. 76 y ss. para la propuesta de que el cráneo, por
analogía con la ilustración del salmo 7 en el Salterio de Bury St. Edmunds (Vat. Reg. Lat. 12), representa el uas mortis.
44Heptaméron, ed. Renja Salmi- nen, Genève, 1999, Quatrième jour- née, Nouvelle 32.
45Giovani Boccaccio, Decameron, ed. Vittore Branca, Milan, 1985, p.
377, Giornata IV, Novella 5.
46Roger Sherman Loomis y Lau- ra Hibbard Loomis, Arthurian Le- gends in Medieval Art, London-New York, 1938, p. 9.
47Brian Stock, Implications of Li- teracy: Written language and the Mo- dels of Interpretation In the Eleventh and Twelfth Centuries, Princeton, 1983, pp. 64 y ss.
48The Eclesiastical History of Or- deric Vitalis, ed. Marjorie Chibnall, Vol VI, Oxford, 1972, p. 219.
49Ana Maria Cetto, “Explication de la Porte Miègeville de Saint-Sernin de Toulouse,” Actes du XVIIme Congrès international d’Histoire de l’Art, The Hague, 1955, pp. 147-58, esp. 149.
50Paulus Diaconus, Historia Lan- gobardorum, ed. L. Bethmann y G.
Waitz, MGH, Scriptores Reum Lom- bardicarum et Italicarum, saec. VI-IX, Lib. II, cap. xxviii; History of the Lombards, tr. William Dudley Foulke,
La aparición de las primeras formas del Renacimiento en la vidriera española siguió un proceso análogo al experimentado por las demás artes. Se trataba de la recepción de unas formas “exóticas” en un contexto im- pregnado del gusto por lo flamenco, cuyas primeras manifestaciones se produjeron en el campo de la decoración. Al pintor, el enta- llador o el vidriero le era posible representar unas formas nuevas decorativas. Lo que comportaba un problema más profundo era realizar una obra para la que fuera preciso tener una formación y unos nuevos conoci- mientos de la cultura artística renacentista.
Esto sólo se produciría más adelante, cuan- do la nueva corriente corra a cargo de unos artistas que se han formado en los principios
y usos del nuevo lenguaje artístico. Pero ini- cialmente la asimilación de las nuevas for- mas, a las que los artistas podían tener ac- ceso a través de fuentes impresas y obras importadas, se concentró en la reproducción de unos repertorios decorativos. Por ello las fuentes fueron heterogéneas y de proceden- cias dispersas. Grabados, libros impresos, tratados, y obras de escultura y pintura, sir- vieron a los vidrieros de inspiración para la realización de sus obras.
A diferencia de lo que sucede en la es- cultura y en la pintura, en la vidriera no se produjo una importación de obras italianas que pudieran servir de modelo a los vidrieros españoles. Tampoco se registra una llegada
GRUTESCOS EN VIDRIO: EL ORNAMENTO Y LA VIDRIERA ESPAÑOLA DEL SIGLO XVI
Víctor Nieto Alcaide UNED
RESUMEN
El grutesco fue uno de los elementos principales en la introducción de las formas del Renacimiento en la vidriera española. Para su ejecución los vidrieros aplicaron el amarillo de plata que introdujo el símil del oro en las arquitecturas y decoración de la vidriera. El grutesco alcanzó en los años centrales del siglo XVI un desarrollo enfático que pronto sería desplazado por el lenguaje de los vidrieros procedentes de los Países Bajos en cuyas vidrieras la escenografía desplaza a la ornamentación de los enmarcamien- tos. La desaparición del grutesco en la vidriera se corresponde, en sintonía con los nuevos desarrollos clasicistas de la arquitectura, con la conversión de la vidriera en un arte olvidado.
Palabras clave: grutesco, amarillo de plata, escenografía.
ABSTRACT
The grotesque was one of the most importants forms to asimílate the Renaissance art in the spanish stai- ned glass windows of the XVI century. In their workshops ,the glass-painters used, for the execution of the grotesque the silver stain, a liquid solution of silver nitrate. This was a tecnique discovered in the early fourteenth century, which gives an effect of gold. The grotesque were used extensively for the glass-pain- ters in Spain in the middle of the XVI century. Some years after the stained glass became to be a forgot- ten art.
sas”2. Alberti rechaza el empleo del oro como fondo y su empleo en otras partes de la pin- tura, al igual que se proscribe el empleo de la vidriera en la arquitectura por su condición de elemento negador de la diafanidad del es- pacio.
Alberti, en cambio, admite el empleo del oro en otros motivos decorativos y de en- marcamiento: “No censuraré que otros orna- mentos de los artesanos que se añaden a una pintura, como son columnas esculpidas, basas y frontones, estén hechos con plata auténtica y sólido o purísimo oro.”3. Es decir, Alberti, admite el empleo del oro en aquellos elementos de carácter decorativo y comple- mentario. Son los motivos de enmarcamien- to y decoración que alcanzarán un desarro- llo insospechado en la vidriera española del siglo XVI. La vidriera desempeñó una función cromática en la arquitectura equivalente a la de los fondos de oro en la pintura por el efec- to de imprecisión y mutación luminosa y cro- mática que introducía en los interiores. De ahí, su intensa presencia en la arquitectura española del siglo XVI tanto renacentista como gótica. Pero, al mismo tiempo, los mo- tivos decorativos, arquitecturas de enmarca- miento y grutescos4, fueron realizados con la apariencia de decoraciones en oro a través de una técnica que, a partir de 1300, había desempeñado un papel primordial: el amari- llo de plata5. En la vidriera española del siglo XVI, el grutesco se identifica con el oro a tra- vés de unos procedimientos técnicos tradi- cionales, pero plenamente vigentes, en los talleres de los que salen las primeras obras con elementos decorativos renacentistas.
La introducción de las primeras formas del Renacimiento en la vidriera española, al igual que en la pintura y la escultura, fue lle- vada a cabo por los talleres que realizaron las grandes series de vidrieras de influencia flamenca. La introducción inicial de las for- de vidrieros italianos cuya presencia en Es-
paña durante el Renacimiento fue algo ex- cepcional1. En Italia durante el siglo XV exis- tió un desarrollo de la vidriera de cierta relevancia. Sin embargo, fue un arte que ha- bía sido desplazado a causa de la escasa in- tegración que había experimentado en la nueva arquitectura. En la vidriera española del Renacimiento se produjo una incorpora- ción parcial y fragmentada de elementos clá- sicos, siendo los repertorios de otras artes los que sirvieron de modelo. La vidriera, con independencia de sus contenidos iconográ- ficos era un arte arquitectónico que cumplía un papel determinante en la iluminación y de- finición del espacio. Y la nueva arquitectura del Renacimiento, se había orientado hacia la creación y definición de interiores claros y diáfanos contrarios al oscurecido cromatis- mo del espacio gótico. La luz, tamizada por la vidriera, introducía en la arquitectura un elemento incontrolado al que, lo mismo que al empleo del oro en la pintura, eran contra- rios los artistas del Renacimiento. Leon Bat- tista Alberti, en su tratado De la pintura criti- caba el fondo de oro diciendo: “Hay quienes emplean el oro de modo inmoderado, porque creen que el oro da una cierta majestad a la
‘historia’. No los alabo en absoluto. Incluso si quisiera pintar la Dido de Virgilio, cuyo carcaj era de oro, y sus cabellos estaban sujetos con oro, su vestimenta se sujetaba con un broche áureo, conducía su carro con frenos áureos y todo lo demás resplandecía de oro, intentaré imitar esta abundancias de rayos áureos antes con colores que con oro, que casi deslumbra los ojos de los espectadores desde cualquier parte. Pues, ya que la ma- yor admiración y alabanza del artífice está en los colores, también es verdad que, cuando se pone oro en una tabla plana, muchas su- perficies que tendrían que haber sido pre- sentadas claras y fúlgidas parecen oscuras a los espectadores y otras que quizá debían ser más sombrías se muestran más lumino-
Víctor Nieto Alcaide
aparecen en algunas obras realizadas por el taller paterno. Y lo mismo confirma la apari- ción de su anagrama A V en una de las vi- drieras de la catedral de Astorga. Estas for- mas podían inspirarse en grabados, frontispicios de libros impresos o en apuntes tomados de retablos, sepulcros o portadas.
Como en la arquitectura, esta interpolación obedecía a una mezcla indiscriminada e hí- brida desentendida de toda norma y sistema, según puede verse en la vidriera de La Vir- gen, Santa Ana y el Niño de la iglesia de Gri- jalva (Burgos), realizada entre 1515 y 1530
9.
Con frecuencia la incorporación de ele- mentos clásicos en algunas vidrieras de in- fluencia flamenca se produjeron en repara- ciones posteriores a su ejecución con el fin de introducir en la obra una referencia de modernidad. La vidriera del Noli me tangere de la Capilla de las Fuentes Bautismales de la catedral de Barcelona (Fig. 1), realizada
Víctor Nieto Alcaide
mas del Renacimiento, en un contexto iden- tificado plenamente con lo flamenco, se pro- dujo a través de “citas” de unas formas exó- ticas6que formaban unas interpolaciones fragmentadas que no llegaron a ser un len- guaje sistemático y coherente hasta la en- trada en escena de la siguiente generación de artistas. Se trataba de la aplicación de una manera indiscriminada, de unas formas nuevas realizadas con unas técnicas que ha- bían venido siendo utilizadas durante siglos.
Esto dio lugar a que, durante las primeras décadas del siglo XVI, se mezclasen en una misma obra elementos de sistemas diversos.
Se trata de un fenómeno que, a propósito de la arquitectura, hemos calificado como de
“Indefinición estilística”7en relación con de la idea de estilo y de los usos de la sintaxis clá- sica. El tratado de Diego de Sagredo Medi- das del Romano, publicado en Toledo en 1526, apareció como un intento de sistema- tización. Su intención fue escribir un tratado
“...en el que se tratan las medidas que han de saber los oficiales que quieren imitar y contrahazer los edificios romanos; por falta de las cuales han cometido y cada día co- meten muchos errores de disproporcion y fe- aldad en la formación de las basas y capite- les y píeças que labran para los tales edificios”8.
Los motivos decorativos “del romano”
aparecen en las obras más representativas de la vidriera de influencia flamenca como en alguna de las vidrieras de Arnao de Flandes el Viejo de la Capilla del Condestable de Bur- gos debidas probablemente a la participación de sus hijos, Arnao de Flandes o Arnao de Vergara. La presencia de su anagrama A V en una de las vidrieras de la Capilla del Con- destable acreditan la probable autoría de la vidriera con la hornacina rematada en forma de venera. Lo cual parece indicar que fue- ron estos artistas quienes, en esta etapa ini-
cial, interpolaron las formas clásicas que Fig. 1. Gil Fontanet. Noli me tangere de la Capilla de las Fuentes Bautismales de la Catedral de Barcelo-
por Gil Fontanet siguiendo un cartón de 1495 del pintor Bartolomé Bermejo10, muestra al fondo una pilastra decorada con motivos a candelieri que se ha venido suponiendo rea- lizada en esta fecha11. Sin embargo, recien- temente apuntamos la posibilidad de que fuera una parte introducida durante alguna restauración12tal y como se ha confirmado documentalmente en fecha reciente. Sabe- mos que el hijo de Gil Fontanet, Jaume Fon- tanet, hizo arreglos en la vidriera en 152813 pudiendo modificarla en un intento de “mo- dernización”.
Es muy posible que éste sea el mismo caso del enmarcamiento arquitectónico de la
vidriera que representa La Misa de San Gre- gorio (Segovia. Iglesia de la Trinidad. Capi- lla de los Campo) que ha sido considerada , debido a la presencia de este elemento, obra de la segunda década del siglo XVI14. Pero, en realidad , es una obra anterior, realizada con la minuciosidad y preciosismo caracte- rístico de la vidriera de finales del siglo XV, y en la que se ha realizado una interpolación renacentista posterior15.
Las arquitecturas representadas en al- gunas vidrieras de estos años revelan como eran una imitación de formas utilizadas en las portadas y los retablos. Una vidriera con- servada en el Museo Arqueológico Nacional procedente de la provincia de León que re- presenta La Lactancia y que sería realizada hacia 1510-152016muestra el empleo de co- lumnas abalaustradas propias de un entalla- dor, según un modelo utilizado en portadas, retablos y sepulcros antes de que Diego de Sagredo la describiese en sus Medidas del Romano. (1526). Por los mismos años, Die- go de Santillana en las vidrieras de la Libre- ría o Capilla de Santiago de la catedral de León (1507-1508) utilizó doseletes renacen- tistas con forma de frontón (Fig. 2) y tímpa- nos de medio punto avenerados (Fig. 3). El frontón triangular aparece en algunas de las primeras portadas de la arquitectura espa- ñola del Renacimiento como, antes de su re- forma, la del Palacio de don Antonio Mendo- za en Guadalajara concluido en 1506 o la puerta de la Antigua Librería de la catedral de Sigüenza. Se trata de la introducción en la vidriera de un elemento arquitectónico, que luego sería mencionado por Diego de Sagredo, en su tratado Medidas del Roma- no (1526), en cuyas enjutas aparecen tondos y representaciones de cabezas enfrentadas y motivos decorativos de carácter vegetal.
En las enjutas de otros frontones de las vi- drieras de Santillana aparecen candeleros, que serán ampliamente utilizados en la de-
Víctor Nieto Alcaide
Fig. 2. Diego de Santillana. Santo Guerrero.
Capilla de Santiago. Catedral de León. 1505-
Víctor Nieto Alcaide coración arquitectónica y en los trabajos de
los ensambladores, y que tienen aquí un ejemplo temprano, próximo en fecha a los que aparecen combinados con el tipo de frontón, llamado por Sagredo “de vuelta re- donda“, del convento de San Antonio en Mondéjar. Santillana aplicó unos modelos de los que carecía de un conocimiento estricto de la norma 17mezclando elementos góticos y renacentistas. Una mezcla que criticaría poco después Diego de Sagredo, al reco- mendar: “E mira bien que no tengas pre- sumpción de mezclar romano con moder- no”18.
La presencia de estos elementos rena- centistas en las vidrieras citadas hay que ex- plicarlo en relación con el ambiente artístico burgalés en el que se mueve Santillana y en el que, desde finales del siglo XV, habían he- cho su aparición las formas renacentistas a través de la presencia de artistas como el borgoñón Felipe Vigarny. Los motivos deco- rativos renacentistas, utilizados por artistas como Nicolás de Vergara y Francisco Colo- nia19, fueron un estímulo para el empleo de elementos italianos tomados de grabados, li- bros y apuntes. Ese ambiente, que afectó a artistas como Diego de Santillana y Arnao de Flandes, determinó la orientación de vidrie- ros de otra generación como Arnao de Flan- des el joven y Arnao de Vergara que inicia- ban su actividad por entonces.
A partir de la década de los años veinte se aprecia un cambio sustancial en el em- pleo del grutesco en el que el arte burgalés jugó un papel determinante. Ser trata de un fenómeno, determinado por dos aspectos que jugaron un papel decisivo. El primero fue la obra de Diego de Siloé en Burgos después de su estancia en Italia, cuya Escalera Dora- da, proyectada en 1519 y concluida en 1522, se convertirá en una referencia que ejercerá una influencia determinante. El segundo, la
publicación en 1526 del tratado de Diego de Sagredo Medidas del Romano que supone un primer intento de sistematización de la nueva arquitectura20.
Uno de los primeros artistas en el que se registra este fenómeno fue Alberto de Ho- landa. Este vidriero fue uno de los primeros en sustituir el empleo de las formas “del ro-
mano” como citas y en concebir la vidriera como una unidad clásica. Alberto de Holan- da, que tuvo taller establecido en Burgos, continuó el proceso de expansión de la vi- driera burgalesa que se había iniciado a fi- nales del siglo XV. En sus vidrieras de la ca-
Fig. 2. Diego de Santillana. Santo Guerrero. Ca- pilla de Santiago. Catedral de León. 1505-1508