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Ezequiel: el profeta mudo SCHÖKEL-L-ALONSO

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Ezequiel: el profeta mudo SCHÖKEL-L-ALONSO

En el libro de Ezequiel tenemos que afrontar la extraña situación de hablar de un profeta mudo. Y para situar la primera pieza debemos afrontar un problema delicado. Porque el compositor de este libro se tomó la licencia de introducir ciertos cortes y cambios, pues le interesaba poner una «portada» de libro como síntesis de la actividad del profeta. Para ello recogió algunas piezas de capítulos posteriores con las que construyó un capítulo inicial. No tuvo demasiada suerte, porque en la operación rompió algunas piezas; luego montó el oráculo contra las naciones a continuación de un verso, produciéndose un corte que lo separa del resto. No es extraño que la lectura de la profecía produzca sacudidas que la dificultan. Adelantamos algunas citas como elemento base sobre el que vamos a trabajar:

« ... el día que yo les arrebate su baluarte, su espléndida alegría,

el encanto de sus ojos,

el ansia de sus almas» (24,25).

«Te pondré sogas, te amarrarán con ellas y no podrás soltarte,

te pegaré la lengua al paladar, te quedarás mudo

y no podrás ser su acusador» (3,25-26).

«El día que se te presentará un evadido para comunicarte una noticia,

ese día se te abrirá la boca y podrás hablar,

y no volverás a quedar mudo.

Les servirás de señal,

y sabrán que yo soy el Señor» (24,26-27).

«El año duodécimo de nuestra deportación, el día cinco del mes décimo, se me presentó un evadido de Jerusalén y me dio esta noticia: 'Han destruido la ciudad'. La tarde anterior había venido sobre mí la mano del Señor, y permaneció hasta que el evadido se me presentó por la mañana; entonces se me abrió la boca y no volví a estar mudo» (33,21-22).

Hay una etapa en que Dios pone sogas, amarra, priva de la libertad al profeta y le deja mudo. Esto sucede el día en que muere la esposa y destruyen el templo. Un evadido de la batalla le trajo la noticia, y se le soltó la lengua. Los textos reclaman una más amplia explicación.

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Ezequiel parte para el destierro en la primera deportación del año 98. Se produce una rebelión: rompen el pacto de vasallaje bajo el rey Joaquín, y los dominadores se llevan a Babilonia a la gente más influyente: nobles, príncipes, el propio rey... Entre ese grupo de personas influyentes, marcha también Ezequiel al destierro, y estando allí recibe la llamada profética: la visión del carro alado o plataforma volante que llega a la presencia del trono del Señor. Ezequiel es nombrado profeta. Y comienza su actividad explicando lo que ha sucedido por causa del pecado y predicando la conversión. Es un profeta de desventuras, porque anuncia que lo peor está aún por venir; la primera conquista y la deportación inicial no son más que un ensayo o el acto primero de la tragedia definitiva que va a acaecer. Un día, de manera repentina, le comunica Dios la muerte de su esposa, prohibiéndole guardar luto. La gente se extraña de esta indiferencia ante la desaparición de la mujer amada, y el profeta tiene que explicar: Os van a quitar vuestra esposa, vuestra novia y amor, y no podréis guardar luto por ella. Esa esposa es Jerusalén, con su templo.

Todo eso se cumple; y, coincidiendo con esa fecha, sufre Ezequiel un ataque de afasia, quedando mudo. Esa mudez del profeta coincide con la destrucción de la ciudad y del templo o, quizá, con el derribo de la muralla. La brecha en la muralla se abre el 18 de julio, y la ciudad es destruida el 15 de agosto. Mueren muchos en la catástrofe, la ciudad es incendiada y, de los supervivientes, muchos son amarrados con cuerdas y forzados al destierro en largas columnas. Algunos de los más pobres logran quedarse en la zona de Judá, entre ellos Jeremías. Otros huyen hacia el norte, y uno de esos fugitivos emprende una larga marcha de varias jornadas hacia el destierro para informar a los desterrados de todo lo sucedido con pelos y señales. Ese fugitivo, que abandona la ciudad cuando ésta es pasto de las llamas, llega a Babilonia exactamente el día 5 de enero. Tiene que marchar a pie, o quizá utilizando los servicios de algún animal. Los desterrados tienen quizá alguna noticia, o tal vez no saben nada. El fugitivo les proporciona información de primera mano y detallada. Pide ver a uno de los principales personajes del destierro, que es Ezequiel, a quien encuentra mudo, pero no sordo. El fugitivo le informa: han incendiado la ciudad y han destruido el templo. La noticia conmociona tan profundamente a Ezequiel que le hace recuperar el habla. Y comienza a predicar, ahora con un nuevo estilo, cuyo tema central es la esperanza.

Tenemos un texto recompuesto y tenemos los datos históricos que explican la situación.

Sobre ese texto y esos datos hay que montar el comentario.

¿Qué significa el hecho de que un profeta se quede mudo en el momento de la

destrucción de la ciudad y que recupere el habla cuando se le informa oficialmente de esa destrucción? Ha permanecido mudo de agosto a enero, unos cinco meses escasos. ¿Qué significado tiene?

PD/COMO-NEUTRALIZARLA: Hemos hablado anteriormente de la fuerza que tiene la palabra de Dios y de los esfuerzos humanos para que no se oiga o para restarle eficacia. Y también hemos hablado del poder de esa palabra frente a todos los esfuerzos y artificios humanos. Ahora vamos a recoger tres formas o actitudes humanas, tres procedimientos que inventa el hombre para neutralizar la palabra de Dios embotando el filo de su eficacia.

La palabra de Dios es como espada cortante de doble filo, pero el hombre puede embotaría. Esas actitudes se encuentran descritas en el libro de Ezequiel, y en él nos vamos a quedar hasta encontrar el misterio de un profeta mudo.

El primer problema es el del tiempo, las fechas, el cuándo de la profecía. Puede pensarse que, si el profeta ha hablado y nada se ha cumplido, la profecía no vale. O también en sentido diferente: la profecía es válida, pero hay que dar tiempo al tiempo, y

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aquí la cosa va para largo.

Ezequiel había profetizado el final, la catástrofe definitiva, algo así como el telón que iba a caer sobre el último acto de la tragedia, mucho más grave que el primero. Ezequiel era consciente de ello por haber visto las abominaciones cometidas en Israel sin que sirviera a su corrección el castigo parcial de la deportación. No se producía la deseada conversión, y tenía que llegar el castigo final. Ezequiel anuncia el fin inminente en un fragmento en que la inminencia de ese fin se expresa por la repetición de sinónimos como fin, final, término, acabamiento...

«Me vino la palabra del Señor:

- Tú, hijo de Adán, di:

Esto dice el Señor a la tierra de Israel:

¡El fin, llega el fin desde los cuatro extremos del orbe!

Ya te llega el fin: lanzaré mi ira contra ti,

te juzgaré como mereces y pagarás tus abominaciones.

No me apiadaré de ti ni te perdonaré:

te daré la paga que mereces,

te quedarás con tus abominaciones, y sabréis que yo soy el Señor.

Esto dice el Señor:

Se avecina desgracia tras desgracia:

el fin llega, llega el fin, te acecha, está llegando.

Te toca el turno, habitante de la tierra:

llega el momento, el día se aproxima sin dilación y sin tardanza.

Pronto derramaré mi cólera sobre ti, y en ti agotaré mi ira;

te juzgaré como mereces, y pagarás tus abominaciones.

No me apiadaré de ti ni te perdonaré, te daré la paga que mereces,

te quedarás con tus abominaciones,

y sabréis que yo soy el Señor» (/Ez/07/01-09).

Hay insistencia con apremio: ¡se acerca el día, ya está llegando! Pero no pasa nada.

¿Qué significa ese «ya está llegando»? Los conceptos de tiempo, urgencia y puntualidad son muy relativos, según mentalidades y países. Algo semejante sucede aquí. Ezequiel ha anunciado la inminencia de la venida de ese día, pero han pasado los días, los meses y hasta un año, y todo sigue igual. Esta desilusión se describe en el capítulo 12 con

expresiones de humor. El pueblo lo ha tomado a broma, hace burlas e inventa chistes que se repiten en forma de estribillos coreables y rítmicos: «pasan los días y no se cumple la visión» (12,22). Y se lo espetan a Ezequiel cuando asoma por la calle. Es como llamarle impostor, visionario. Pero la copla llega a oídos de Dios, que responde con otra copia con rima y juego de palabras. El texto dice así:

«Me vino esta palabra del Señor:

-Hijo de Adán: ¿qué significa ese refrán que decís en la tierra de Israel: 'Pasan los días y no se cumple la visión'? Pues diles: Esto

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dice el Señor: Acabaré con ese refrán y no volverás a repetirlo en Israel. Diles tú este otro: 'Ya está llegando el día de cumplirse la visión'. Porque yo, el Señor, diré lo que tenga que decir, y lo que diga se hará, no se retrasará más, sino que en vuestros días, casa

rebelde, lo diré y lo haré -oráculo del Señor» (12,21-25).

Todo eso está cerca, va a suceder muy pronto, se cumplirá en vida vuestra. Se expresa en un juego rítmico y rimado de estribillos

La copla popular canta: «pasan los días y no se cumple la visión». Y Dios responde: «ya está llegando el día de cumplirse la visión». Sólo queda esperar a ver quién dice la verdad:

Dios o el pueblo.

Nos encontramos con uno de esos que hemos denominado recursos para neutralizar la palabra. Se toma en broma, o porque no sucede, o porque falta mucho, aun en el caso de que suceda. Por tanto, no se puede perder el tiempo esperando; ¡hay que vivir y

aprovechar la vida mientras llega! Dar largas es otra manera de neutralizar.

«Me vino esta palabra del Señor:

-Hijo de Adán, mira lo que anda diciendo la casa de Israel: 'Las visiones de éste van para largo, a largo plazo profetiza'. Pues diles:

Esto dice el Señor: No se retrasarán más mis palabras; lo que diga lo haré» (26,28).

Esta idea de dar largas, atribuida a Dios, es una manera de neutralizar su palabra.

Equivale a no tomarla en serio, a despreocuparse dando tiempo al tiempo. Sucede como en el caso del rey Ezequías. Vinieron unos embajadores del país de Melodán, y el rey les paseó por el palacio y por el tesoro real, en un afán de exhibicionismo, para demostrar que era rey. Este exhibicionismo fue una grave imprudencia denunciada por el profeta Isaías:

llegará un día en que vengan los enemigos y se apoderen de esos tesoros, y ese día se cumplirá en tiempo de tus sucesores. Ezequías se justifica: al fin y al cabo no va a suceder en mi reinado. ¡Que los que vengan detrás se las entiendan!

Es una manera de dar largas neutralizando la palabra de Dios. No se la niega; se la acepta como profecía, pero a largo plazo; los que vivimos a corto plazo no podemos desvirtuar nuestra vida esperando el cumplimiento de la palabra de Dios. Es un primer procedimiento tomado del libro de Isaías.

El segundo es mucho más serio y se lee en el capítulo 13. Es el problema de los falsos profetas. El profeta verdadero es un verdadero enviado de Dios, y no resulta siempre tarea fácil discernir los signos de su autenticidad. El discernimiento se esclarece en el caso del profeta falso: es un hombre que se nombra a sí mismo y profetiza su propia palabra y por cuenta propia. Hay toda una gama de adivinación que no es profecía, una alternativa inventada por el hombre con versiones diversas: astrólogos, magos, numerólogos, ocultistas, gentes expertas en trucos que echan la buena o la mala ventura anunciando el porvenir. O bien los burócratas de predicción oficial estatal, como en Babilonia. Siguiendo el curso de los astros o examinado las entrañas de las víctimas, creían detectar unos

indicios donde se encontraba codificado el porvenir. También en Roma había dos clases de arúspices oficiales, burócratas de la adivinación.

Toda esa gama de pretenciosos interesados está excluida por Dios en Israel. El

verdadero profeta es siempre un hombre escogido por Dios con encargo de anunciar su

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palabra. Al poner Dios su palabra en boca de un hombre, asume siempre un riesgo.

Vendrán otros que intentarán, por cuenta e interés propio, arrogarse esa ciencia y esos poderes. Dios acepta ese riesgo. No retira la profecía por el riesgo de la falsa profecía, pero de alguna manera la provoca. Entre la literatura antigua, es el fenómeno de la profecía en Israel un caso único, potente y rico.

Pero se da el caso de los interesados que juegan a ser profetas por cuenta propia, y surge la falsa profecía, que puede estar fomentada por la autoridad y aplaudida por el pueblo. El hecho se perpetúa a lo largo de la historia de Israel. Elías tiene que enfrentarse con los profetas de Baal. Es un caso donde el discernimiento resulta fácil siguiendo el criterio del yahvismo y el baalismo. Si son profetas de Baal, no son profetas auténticos, aunque los patrocine la reina Jezabel. La historia continúa en aquella visión de

Mika-Ben-Yimla: a la pregunta de si debe ir a la batalla responde un espíritu que engaña al rey.

En Isaías no juega un papel importante la falsa profecía, mientras que en Jeremías representa un gravísimo problema.

También Miqueas dedica un capítulo al tema de los falsos profetas. Es un capítulo brillante, con expresiones magníficas.

Por tanto, en Israel la realidad de la profecía auténtica provoca una profecía falsa. ¿Y por qué decimos que la profecía falsa es otro expediente para neutralizar la palabra? Muy sencillo: porque se llega al empate. Anuncia, v.gr., Jeremías que va a suceder una

desgracia. El anuncio no agrada, y -se le objeta: pues hay otro que anuncia lo contrario. Y se produce el empate, la neutralización. Cada uno elige el anuncio que más le gusta, lo que le va mejor.

En el caso concreto de Ezequiel que nos ocupa, uno dice que el destierro va a ser cosa de unos meses o, a lo más, un par de años. Otro opone que van a pasar varias

generaciones; uno anuncia desgracias, exige justicia y conversión ... ; otro asegura que no hacen falta cambios, porque todo está en paz... Y se prefiere al profeta de comodidades. La profecía falsa neutraliza la auténtica. Hay que prestar atención al capítulo 13:

«Me vino esta palabra del Señor:

-Hijo de Adán, profetiza contra los profetas de Israel, profetiza diciéndoles: Escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor:

¡Ay de los profetas mentecatos que inventan sus profecías, cosas que nunca vieron, siguiendo su inspiración! Como raposas entre ruinas son tus profetas, Israel» (1-4).

Hay ya una definición inicial de los profetas mentecatos o falsos. Hay un juego de palabras -nebi'im-nebalim- que diferencia a unos y a otros. El profeta auténtico sigue el espíritu de Dios, mientras que el falso sigue su propio espíritu, su propia inspiración. Luego se les compara a las raposas en un verso que pudo ser una adición.

En la cultura palestina el raposo es un animal pequeño e insignificante, pero dañino; en nada relacionado con la astucia, como sucede entre nosotros. Las ruinas y escombros son el habitáculo ideal para las raposas, porque allí encuentran fácil cobijo y protección, pueden hacer salidas o esconderse, según la conveniencia. Es en los tiempos de crisis cuando medran todos los oportunistas, todos los especuladores, y también los falsos profetas. En momentos de grave confusión surge uno que levanta la voz anunciando algo trascendente en nombre de Dios, hace su negocio y vuelve a ocultarse entre las ruinas mentales. Es el

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terreno donde mejor se mueven los falsos profetas, pequeños y dañinos.

En el verso 5 encontramos la imagen de los que acuden a la brecha o levantan una cerca. La imagen pertenece al campo de la guerra y los cultivos. Las tierras de labrantío están a veces separadas por una tapia de piedras, y las ciudades tienen sus murallas, con almenas y puertas bien defendidas. Las cercas de los huertos, viñedos... tienen función de protección contra animales o ladrones. El que intenta robar en la viña o asaltar la ciudad procura abrir brechas para introducirse, sin necesidad de derribarla toda. El campesino propietario o el militar que defiende la ciudad saben muy bien qué hay que hacer cuando se abre una brecha en la muralla. Es necesario ir con urgencia y cerrarla con el cuerpo o con las armas.

Pues bien, lo que protege al pueblo de Israel no son murallas ni cercas de piedras, sino la fidelidad al Señor. Sin esa lealtad valdrán muy poco las murallas. Brechas contra esa fidelidad son la idolatría, la injusticia, la explotación... Entonces corresponde al profeta lanzarse el primero a la brecha y cerrarla con su predicación o intercesión: ¡Fuera idolatría, perdona a tu pueblo, Señor! Si el pueblo vuelve a ser fiel, Dios se apiada, y queda cerrada la brecha. En el salmo 106 se entera Moisés de que Dios quería destruir al pueblo por su pecado. Y Moisés se interpone, cierra el paso a la ira de Dios con su intercesión, y la brecha se cierra. Esto es lo que hacen los verdaderos profetas y no hacen los falsos. A éstos no les preocupan las brechas, porque ganan con las ruinas.

En el verso 6 se leen unas expresiones enérgicas, marca de un buen escritor, que en pocas palabras, con su adjetivo, lo expresa todo: «visionarios falsos, adivinos de embustes, que decís 'oráculo del Señor' cuando el Señor no os envía». Mienten y perjuran. Además esperan que se cumplan sus embustes. Es un caso psicológicamente bien observado de autoengaño: a fuerza de decir lo que piensan, llegan a pensar conforme a lo que dicen.

Anuncian sus propias ocurrencias y luego esperan, confiados, que se cumplan como promesa de Dios. Nos encontramos ante una descripción aguda, certeza y enérgica de los falsos profetas.

A continuación, tras la exposición del delito, se anuncia la sentencia:

«Por tanto, esto dice el Señor:

Por haber dicho mentiras y haber visto engaños, por eso estoy aquí contra vosotros

-oráculo del Señor-.

Extenderé mi mano contra los profetas, visionarios falsos y adivinos de embustes;

no tomarán parte en el consejo de mi pueblo, ni serán inscritos en el censo de Israel, ni entrarán en la tierra de Israel,

y sabréis que yo soy el Señor» (13,8-9).

El castigo consiste en una excomunión y destierro perpetuos: no participarán en la deliberación de las autoridades ni en el gobierno, y serán tachados del censo de la casa de Israel. Equivale a una excomunión que les aparta definitivamente del pueblo. Este regresará a la patria el día de la liberación; ellos quedarán para siempre en el destierro por haber falsificado la palabra de Dios, perjudicando al pueblo y a la profecía auténtica.

Poseemos todos los datos sobre el delito y la pena. El desarrollo se amplía: porque habéis extraviado a mi pueblo tranquilizándolo con garantías de paz cuando no la había,

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induciéndole a construir moradas provisionales que se convertirán en su ruina.

Es una variación amplificada. Al pueblo le han dado falsas seguridades con promesas de paz: todo va bien; hemos sufrido un revés, pero Dios está con nosotros y triunfaremos... Y el pueblo se engaña y permanece en su idolatría, injusticias y pecado. El engaño se

expresa con imágenes del campo de la construcción. El pueblo así extraviado se dedica a vivir: construye sus viviendas a la ligera, sin imaginarse lluvias intensas ni fuertes vendavales. Son como construcciones de fantasía que no van a llegar el revoque de la aprobación del profeta verdadero. Eso lo hacen los falsos profetas: dar seguridad, aprobar, enlucir las falsas construcciones de la fantasía. El profeta auténtico no engaña; el profeta previene contra la inutilidad de sus superficiales construcciones el día del vendaval y de la lluvia.

«Por tanto, esto dice el Señor:

Con furia desencadenaré un vendaval, una lluvia torrencial mandaré con ira, y pedrisco, en el colmo de mi furia.

Derribaré la pared que enlucisteis, la tiraré al suelo,

quedarán al desnudo sus cimientos;

se desplomará, y pereceréis debajo, y sabréis que yo soy el Señor» (13,13-14).

Es un segundo modelo de intento, por parte del hombre, de neutralizar la palabra del Señor. Consiste en recubrir con una capa de falsa profecía la frágil pared de pandereta de las vanas ilusiones.

Aparece un profeta con gesto llamativamente extraño. Hay una estampa popular del hombre o mujer que portan al hombro una carga equilibrada. Sobre el hombro, protegido con una almohadilla, gravita el centro de un yugo o balancín de cuyos extremos penden dos pesos equilibrados. Así se camina trasportando la carga.

Imitando simbólica y teatralmente esta costumbre popular, un profeta se pone un pesado yugo al hombro, pasea espectacularmente por la ciudad, arroja el yugo al suelo, lo rompe y anuncia: Así romperá Dios el yugo del destierro de Babilonia. Y se concluye: este profeta anuncia cosas buenas.

Pero llega Jeremías y dice: Dios os impondrá un yugo de hierro para que no podáis romperlo. Y se pregunta: ¿quién dice la verdad?

Es idéntica la manera de presentarse, y esto hace difícil el discernimiento. Hay

autodenominados profetas que se inspiran en la propia fantasía, buscan prestigio o dinero y oponen su falsa profecía a la verdadera, con efecto neutralizador. Por eso añadimos

todavía un tercer caso o posibilidad que encontramos también en el libro de Ezequiel:

«Y tú, hijo de Adán, tus paisanos andan murmurando de ti al abrigo de los muros y a la puerta de las casas, diciéndose uno a otro:

'Vamos a ver qué palabra nos envía el Señor'. Acuden a ti en tropel, y mi pueblo se sienta delante de ti; escuchan tus palabras, pero no las practican; con la boca dicen lisonjas, pero su ánimo anda tras el negocio. Eres para ellos coplero de amoríos, de bonita voz y buen tañedor. Escuchan tus palabras, pero no las practican. Pero cuando

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se cumplan, y están para cumplirse, se darán cuenta de que tenían un profeta en medio de ellos» (33,30-33).

Es una manera, pintoresca y curiosa, de neutralizar la palabra del Señor. No es tan grave como la de los falsos profetas, pero hay que tenerla en cuenta. No consiste en rechazar la palabra, sino en aplaudirla sin aceptarla. Se respeta la palabra, se le conceden honores, pero deja la vida intacta, la vida sigue igual.

Hay un aspecto de curiosidad propio de quien está alerta para captar en todo momento las últimas noticias. ¡Va a hablar Ezequiel, vamos a oírle! Y quieren oir de él información sobre las últimas noticias, al socaire de los muros y en la solana de la tarde. Se oye la palabra de Dios como pasatiempo o por curiosidad, uno se informa pero no se forma o conforma según esa palabra que ha quedado ineficaz, neutralizada.

Y hay otro aspecto artístico, estético... Se oye al profeta -si es el profeta de moda, tanto mejor-, se comenta con elogio su voz, su presencia, su exposición, sus recursos oratorios...

sin que el contenido que anuncia penetre por la inteligencia hasta el corazón. La semilla de la palabra ha caído en el camino y no fructifica.

Ezequiel tenía indudable talento literario, era un buen músico y un brillante declamador.

La gente acudía a oírle como a un espectáculo, con el mismo afán y curiosidad con que las masas de fans van a aplaudir hoy a sus ídolos de la canción o «estrellas» con capacidad de convocatoria. Todos los artistas de masas tienen en Ezequiel su antecesor y patrono.

Pero más que poeta, coplero o cantante de moda, Ezequiel es, ante todo, un profeta. Quien no lo entienda así ha neutralizado la palabra de Dios.

Lo mismo le pudo suceder a Isaías, más poeta que Ezequiel y, probablemente, también recitador. Todo ello nos da una visión pintoresca, realista y exacta. Las masas escuchan y aplauden a Ezequiel, hombre popular, pero no han visto al profeta. No se enfrentan con él, ni le abuchean, ni le tiran piedras..., pero todo queda en pura estética superficial.

El lector de la Biblia puede quedar fascinado por el arte de su estética sin prestar

atención al mensaje. Hay en ella historias fascinantes, imágenes bellas, poemas originales y ritmo de salmos de la mejor calidad literaria... ¡pero eso es todo! La palabra de Dios se recibe como objeto de curiosidad o pasatiempo, con mucho de información, quizá, pero nada de conversión: ¡no pasa nada!

Hemos revisado tres formas, entre otras, de neutralizar la palabra de Dios. Por esa palabra envía Dios a su pueblo un mensaje que «escuece» y penetra buscando conversión con oferta de perdón, pero el pueblo encuentra maneras de desviar la palabra y soslayar el mensaje. ¿Cómo reacciona Dios? Sustituirá el mensaje del perdón por la amenaza de castigo y, cuando llegue el momento de los hechos, se callará; ya no habrá palabra de Dios.

En el capítulo 24 se narra, ya lo hemos indicado, la muerte repentina de la esposa de Ezequiel, y esa muerte se convierte en oráculo. Significa la muerte y destrucción de la esposa, la matrona, Jerusalén. El profeta se convierte, en propia carne y vida, en oráculo viviente.

«Me vino esta palabra del Señor:

'Hijo de Adán, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos;

no llores ni hagas duelo ni derrames lágrimas;

laméntate en silencio como un muerto, sin hacer duelo;

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líate el turbante y cálzate las sandalias;

no te emboces la cara ni comas el pan del duelo'.

Por la mañana yo hablaba a la gente, por la tarde se murió mi mujer, y a la mañana siguiente

hice lo que se me había mandado.

Entonces me dijo la gente:

¿quieres explicarnos qué nos anuncia lo que estás haciendo?

Les respondí: Me vino esta palabra del Señor:

'Dile a la casa de Israel:

Esto dice el Señor:

Mira, voy a profanar mi santuario, vuestro soberbio baluarte,

el encanto de vuestros ojos, el tesoro de vuestras almas.

Los hijos e hijas que dejasteis caerán a espada.

Entonces haréis lo que yo he hecho:

no os embozaréis la cara ni comeréis el pan del duelo;

seguiréis con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies;

no lloraréis ni haréis duelo;

os consumiréis por vuestra culpa y os lamentaréis unos con otros.

Ezequiel os servirá de señal:

haréis lo mismo que él ha hecho:

Y cuando suceda, sabréis que yo soy el Señor.

Y tú, hijo de Adán,

el día que yo les arrebate su baluarte, su espléndida alegría,

el encanto de sus ojos, el ansia de sus almas,

ese día se te presentará un evadido para comunicarte una noticia.

Ese día se te abrirá la boca y podrás hablar, y no volverás a quedar mudo.

Les servirás de señal

y sabrán que yo soy el Señor'» (24,15-27).

Todo esto se cumplió. Lo cual significa que, cuando el hombre cierra sus oídos para no escuchar, Dios retira su palabra y se produce el silencio de Dios. Pero aquí no se calla.

Dios quiere extremar los hechos, da un paso más y les envía un profeta mudo. Un profeta mudo es más que el silencio total, porque su mudez está cargada de sentido. Cinco meses tiene que pasar el profeta en medio del pueblo, con su silencio opresivo y expresivo. Esa incapacidad de hablar, en un hombre portador de un mensaje, es como un grito del silencio de Dios. Dios quiere hace sentir su silencio, que es una manera nueva de hablar. Dios está

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allí, en su profeta mudo, hablando más por su silencio que por sus palabras.

SILENCIO-D/CORRIGE: Este es el destino de Ezequiel durante un tiempo. ¿Qué mensaje trae ese silencio de Dios que desciende como niebla pegajosa y densa, que envuelve y penetra? Pretende hacer sentir al pueblo el vacío de Dios como algo

insoportable. Es comparable al aislamiento de una celda de castigo . El pueblo tiene que sentir al vivo y experimentar ese silencio de Dios como un vacío en sus venas y en sus almas, como la angustia de quien no puede respirar por falta de oxígeno. Tiene que sentir esta angustia para que ese momento ilumine una culpa, ahonde un vacío y cree una necesidad tan urgente y necesaria como la necesidad de oxígeno. Sólo cuando llegue al límite insoportable del vacío, estará dispuesto el pueblo para escuchar de nuevo la palabra de Dios, se romperá el silencio, el profeta volverá a hablar como mensajero de la palabra de Dios, y esa palabra encontrará un amplio espacio de resonancia. Es una etapa dura, pero necesaria, como capacitación para la escucha.

El silencio manifestado en la mudez coincide históricamente en la cronología con la destrucción de Jerusalén y del templo. En la larga historia de la salvación es como un gran calderón, un largo silencio. En un momento dado, tal como se cuenta en 33,21, llega un evadido y anuncia lo sucedido. Ezequiel lo escucha. En ese momento se le suelta la lengua y empieza de nuevo su actividad profética, pero ahora con cambio de signo: en adelante, será fundamentalmente profecía de promesa y esperanza, llamada a la responsabilidad personal. Ezequiel será otro profeta, y el pueblo le recibirá como mensajero de la palabra del Señor. Este es el significado profundo del silencio de Dios, manifestado por un profeta mudo.

Hacemos ahora una trasposición temporal a nuestra situación cristiana. Tenemos que pasar por Cristo. Dios, después de enviar muchas palabras y hablar a nuestros padres de muchos modos por medio de los profetas, en un momento dado nos habla por una Palabra suya que, es su Hijo hecho hombre (Heb 1, 1-2). Todo cuanto él es, dice o hace, es palabra de Dios: curar enfermos, liberar endemoniados, predicar en el monte, orar en la soledad...

todo es palabra de Dios. Los hombres pueden sentir y sucumbir a la tentación de

neutralizar trivialmente esa palabra: ¡es falso profeta!, ¡actúa en nombre de Beelzebú!, ¡va contra la ley...! Crean en torno a él una ideología tendenciosa para desacreditar su persona y neutralizar su mensaje. Pero, como todo él es palabra, tendrán que eliminarle para conseguir que se calle. Y pondrán una losa encima para que ni se vea ni se escuche. ¡Es su triunfo! Pero en ese momento en que esa palabra cae muerta, es sepultada y cerrada con una losa, cae sobre el mundo el gran silencio de Dios. Es el gran silencio. La palabra ya no se oye, porque los hombres han logrado hacerla enmudecer. Pero, pasado cierto tiempo, Dios hace vibrar de nuevo esa Palabra con renovada fuerza, investido totalmente del espíritu, con un mensaje de esperanza. Esa Palabra recoge todas las precedentes, las unifica, las ilumina con su propia luz... y comienza la nueva etapa de la Palabra, que es síntesis de todas las precedentes. Esto sucede en el momento histórico en que se rompe el silencio de Dios .

¿Significa esto que estamos ya en la era de la palabra sin silencio, porque Dios ha dado su Palabra definitiva y ha sido glorificada la Palabra muda? ¿Disponemos siempre y en cualquier momento de la Palabra de Dios, porque ya no hay silencios? También nosotros, en cuanto individuos y como pueblo, podemos obstinarnos en buscar nuevas maneras de neutralizar esa Palabra, rebajarla, expurgarla, aguarla, amputarla... simplemente para hacerla acomodaticia. Esos intentos se expresan en fórmulas como «este pensamiento se expresa con una hipérbole», «naturalmente, esto debe entenderse en relación con aquel

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otro texto ... », «S. Pablo está aquí condicionado sociológicamente ... » y otros mil modos sutiles que apuntan a lo mismo, a lo que Dios responde con sus silencios. ¿No hemos experimentado los silencios de Dios en momentos de la vida personal, en la historia de una comunidad o de la Iglesia? ¿Por qué y para qué calla Dios? Puede callarse, porque los hombres no quieren oir su palabra o intentan manipularla. O se calla para provocar sed, necesidad de esa palabra, esperando a que los hombres abran espacios libres donde la palabra pueda resonar de manera auténtica. Son necesarios y útiles momentos de noche oscura para experimentar el vacío horrible y la necesidad de esa palabra con virtualidades de oxígeno. Nos puede ocurrir que acudamos a la palabra buscando un texto bíblico que no dice nada, un texto mudo como expresión del silencio de Dios. ¿Por qué y para qué? La respuesta forma parte de una experiencia purificadora frente al abuso trivializado y el uso superficial de la palabra de Dios: un hambre que no se sabe saciar, un deseo de oir que no sabe escuchar. Y Dios tiene que responder con el silencio. Sólo después de esta

experiencia dolorosa y asfixiante puede el hombre abrirse incondicionalmente a esa palabra.

Los cristianos necesitarnos también, y paradójicamente, profetas mudos. En la vida individual y comunitaria puede haber espacios en que no se perciba otra cosa que no sea el silencio de Dios. Y será útil si ese vacío se convierte en resonador auténtico de la palabra divina.

(·SCHÖKEL-L-ALONSO-1. Págs. 41-57) ...

Los huesos y el Espíritu

/Ez/37/01-14: Prolongación en cierto modo de Isaías 26 es el capítulo 37 de Ezequiel. Se trata de la famosa visión de los huesos, texto de resurrección y pasaje preferido en la liturgia pascual. Dios lleva al profeta a un valle, donde le hace contemplar una multitud de huesos diseminados y calcinados. Luego le manda pronunciar un conjuro, y los huesos se ensamblan, se cubren de carne y piel permaneciendo tendidos en tierra. Luego conjura al espíritu, que entra en los huesos, les da vida, y los huesos se ponen en pie como un ejército innumerable.

¿De dónde pudo tomar Ezequiel esta imagen? No aparece un dato semejante en otros textos de religiones comparadas. Sí es frecuente en muchos pueblos considerar el aliento como principio de vida, pero el conjunto de datos que encontramos aquí no delata una fuente de inspiración próxima, como aparecía en Isaías con el verso del rocío.

Ezequiel construye su visión a partir principalmente del segundo relato de la creación del hombre, en el Génesis. Dios modela una figura de barro, sopla en la nariz su aliento de vida, y la estatua de barro se convierte en un ser viviente. Es la visión del Dios alfarero, bien conocida en otras culturas. En hebreo se asemejan las palabras «hombre» y «tierra»:

hombre es adam, y tierra es adama: el hombre procede de la tierra, del barro. El dato no es exclusivamente bíblico y se encuentra en algunas religiones africanas, y quizá en otros países.

En el primer relato del Génesis, Dios ordena con palabra eficaz: «hagamos al hombre»;

pero no aparece su trabajo de artesano modelando minuciosamente la arcilla. En el segundo relato sí. Es importante en esta actividad el dato del aliento. Tenemos, por tanto, dos tiempos en la formación del hombre según Gn 2: primero es el trabajo artesanal, el

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modelado. A continuación viene el segundo, que consiste en infundir el espíritu con su aliento. De esta realidad parte Ezequiel, transformando varios de sus elementos. Hay que analizar los datos.

La arcilla elemental tiene que ser transformada. El sujeto agente de la acción es siempre Dios, en Génesis como en Ezequiel. Pero aquí Dios se sirve de Ezequiel como agente intermediario: el profeta es el hombre de la palabra; tiene que pronunciar sus oráculos, que son eficaces, porque son palabra de Dios. Ezequiel pronuncia una palabra que se cumple, lo cual cambia totalmente la figura del trabajo artesanal. Esto nos acerca más bien al primer relato del Génesis, donde la creación es un efecto de la palabra eficaz, que es mandato:

¡que exista la luz! Y la luz existió, etc. Aquí tenemos la figura de un jefe soberano que da órdenes, y éstas se cumplen puntual y rigurosamente.

En cambio, en el segundo relato encontramos la figura del artesano que trabaja su obra.

Ezequiel se inspira en esta segunda visión, pero su manera de actuar no tiene nada de artesanía o trabajo manual; sólo hay órdenes que se pronuncian y se cumplen.

Otro dato esencial es que en Ezequiel se trata de pura visión, y el profeta es parte de esa visión, situado dentro de ella. Es algo parecido a lo que sucede en los sueños. El que sueña es siempre elemento protagonizante del sueño, activo o pasivo, hace o padece, va o viene, vuela o es perseguido... pero siempre como personaje principal de esa visión de la fantasía que es el sueño. Ezequiel es en esta visión personaje activo, frente a otros

oráculos donde es puro transmisor: «me vino la palabra del Señor ... », y el profeta se limita a hablar, a reproducir la palabra recibida. O frente a otras visiones en las que Dios muestra un cuadro o suceso y el profeta se limita a contemplar: «¿Qué ves, Jeremías? -Veo por la parte del norte una olla que hierve ... » Pero Jeremías no hace nada. Se le pregunta qué está viendo, y él responde lo que ve desde fuera de la visión, no es parte de ella. Pero Ezequiel es parte activa, protagonista de la visión. Es un dato importante. Porque ese meterse dentro, ese intervenir en los hechos haciendo que sucedan -la visión sucede gracias a la intervención de Ezequiel- puede ser una proyección del deseo a través de símbolos. En el sueño, y sin la censura de la conciencia, se proyectan el deseo o el miedo a través de sucesos simbólicos por cuyo estudio pueden los analistas desvelar estados de la conciencia. Esto no sucede en tiempo de vigilia normalmente, porque la lucidez de la conciencia actúa en funciones de censura.

Hay soñadores que tienen sus sueños por realidad «y viven en ese engaño». La proyección del deseo en forma de símbolos es un hecho frecuente en los sueños.

¿Sucede esto en el caso de Ezequiel? ¿Se mete el profeta en la visión por imperativo de Dios o por un deseo propio que se está proyectando? Dejamos, de momento, colgando la pregunta. Ahora nos interesa subrayar la transformación en el sujeto de la acción. En el Génesis actuaba Dios directamente como artesano; aquí actúa por medio de Ezequiel. En ambos casos hay órdenes que se cumplen.

La segunda transformación se refiere al estadio evolutivo de la materia. En Gn 2, es la arcilla. Dios toma en sus manos una pella grande de arcilla y la trabaja hasta modular al hombre. Es un comienzo inicial. En Ezequiel se parte de un estrato más desarrollado, que son los huesos humanos. Los huesos representan un estadio más cercano al mineral que la carne o las venas, son más resistentes; y cuando, como en el caso, están calcinados, se acercan mucho al mineral. Son la estructura más interior que da al cuerpo su figura con capacidad de movimiento; son también lo más duro y árido.

Abundantes textos del AT. hablan de los huesos en este sentido de interioridad:

«conoces hasta mis huesos». Los huesos no han vuelto todavía al polvo de la tierra, pero

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son la aridez total, privados de vida (porque la vida es húmeda), y son los últimos restos del hombre que se trasladan de un sitio a otro. Son el último recuerdo del hombre, una como presencia de vida y, al mismo tiempo, evidencia de muerte.

Por eso no comienza Ezequiel por la arcilla, sino a partir de ese estadio superior que es la osamenta, disgregada y dispersa a lo largo de un valle como restos de un ejército derrotado. Y los ve expuestos a la intemperie, sin haber recibido sepultura, cosa ignominiosa en Israel.

Hay un detalle que merece ser destacado, y es que los huesos yacen «a flor de tierra», no están sepultados en la madre-Tierra como en el caso de Isaías, donde las sombras vagan por la zona subterránea. Aquí los huesos están a flor de tierra, reposando sobre el polvo sin confundirse con él. Esta circunstancia impide a Ezequiel descender al Hades, al Seol, al reino de la muerte poblado de sombras vagabundas, como lo hicieron Ulises y Eneas para dialogar con los héroes, o como lo hicieron algunas divinidades de las

mitologías antiguas. Ezequiel no baja, porque los huesos están allí, a flor de tierra. Están en un valle que es zona hundida, donde la tierra se encoge para iniciar su descenso a la

región subterránea, como a media distancia de ella.

Ezequiel pronuncia su oráculo, y al conjuro de esa voz los huesos se ponen en movimiento para buscar su pareja, se ensamblan, consolidan sus articulaciones y se yerguen en esqueletos.

Es una visión completamente nueva. No se trata de modelar una estatua en una forma nueva, sino de reconstruir el modelo de esqueleto primitivo ensamblando los huesos dispersos, al conjuro de la voz profética. Y luego, formado ya el esqueleto, crece la carne, se robustecen los tendones, se tensa la piel. Es como una embriogénesis poética, y no por su semejanza real, sino por su descripción poética: allí está el sustrato de los huesos, que se recubren de carne, y ésta se entreteje de tendones, y la piel se tensa para envolverlo todo.

En Job encontramos otra embriogénesis poética. Protesta Job contra Dios, porque ha abandonado la obra de sus manos:

«Tus manos me formaron, ellas modelaron todo mi contorno, ¿y ahora me aniquilas?

Recuerda que me hiciste de barro,

¿y me vas a devolver al polvo?

¿No me vertiste como leche?

¿no me cuajaste como queso?,

¿no me forraste de carne y piel?.

¿no me tejiste de huesos y tendones (Job 10,8-11).

Es también una visión poética. Por tanto, en la segunda transformación, la estatua de arcilla ha sido sustituida por los huesos ensamblados en forma de esqueletos completados en cadáveres diseminados por el valle. Aquí advertimos la tercera transformación.

En el Génesis, Dios se acerca, insufla su aliento en la nariz, y el aliento se convierte en vida. Aquí no hay soplo de Dios. El profeta tiene que conjurar el viento cósmico, que es divino y da la vida y puede llegar de los cuatro puntos cardinales. El dato del viento es un elemento común al Génesis y a Ezequiel. El elemento diferenciador consiste en que en el Génesis es Dios quien sopla directamente, mientras que en Ezequiel se trata de un viento cósmico puesto en movimiento al conjuro del profeta. Pero no se trata de dos elementos

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dispares. Hay una correspondencia fundamental entre soplo de Dios y viento cósmico, por una parte, y entre viento cósmico y respiración humana, por otra.

La respiración-humana es concebida como principio de vida, y vida misma, por muchas culturas primitivas; y esa interpretación ha llegado hasta nosotros por muchas huellas del lenguaje. Un estudio elemental de la anatomía y fisiología demuestra que la función del aire es otra, pero encontramos en el lenguaje huellas fosilizadas de esas concepciones antiguas que ven en la respiración no sólo una señal y manifestación de vida, sino la vida misma.

Cuando un hebreo respira, piensa estar introduciendo porciones de vida, identificada con ese viento que le envuelve y ambienta. Ese aire-vida inspirado y espirado cruza los espacios en forma de viento, y el hombre acompasa los ritmos de su vida en el doble

movimiento de inspiración y espiración. De ahí la dificultad angustiosa en las enfermedades que dificultan la respiración y producen sensación de ahogo al quebrar el ritmo del

movimiento del aire. Es un fenómeno imperceptible, hecho consciente en algunas ocasiones, como en los ejercicios gimnásticos. Es un ritmo de la vida juntamente con el pulso de la sangre. Y cuando un hombre muere, decimos que ha expirado, que ha

entregado el último aliento; que es como decir: ha echado fuera la vida sin posibilidad de introducirla más dentro de sí. Son huellas lingüísticas de concepciones ancestrales.

ALMA/VIENTO: En el AT pervive esta concepción. El aire (para todo el cuerpo) y la sangre (para la carne) son ambos portadores de la vida. Un poeta puede hacer un juego de palabras y decir: «recuerda que mi vida es un soplo»; y esto por una doble interpretación:

primero, porque el aire es la vida; y luego, porque ese aire carece de consistencia y es expresión perfecta de la inconsistencia humana. A esta interpretación apunta el libro de Job cuando escribe y pregunta: «el hombre muere y queda inerte, ¿y a dónde va el hombre cuando expira? Y un ensayista, el Eclesiastés, explica: «el polvo vuelve a la tierra que fue, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio». No debe entenderse en el sentido de la concepción según la cual el alma se separa del cuerpo para ir a Dios; aquí se trata del viento, que es don de Dios; y, como tal, Dios lo retira y recoge para hacerlo nuevamente disponible.

Nuestra palabra «alma» viene del latín anima o animus, que tienen su equivalente en el griego anemos, viento. Etimológicamente, alma significa viento. Nos estamos moviendo dentro de la misma concepción antigua.

Esta concepción de Dios retirando el aliento nada tiene que ver con nuestra concepción -nuestra o no, pero vigente entre nosotros-, que entiende al hombre como un compuesto de alma y cuerpo. El cuerpo se corrompe con la muerte, y el alma sube al cielo en espera de que le devuelvan su cuerpo. Son concepciones del hombre en dos piezas, que no

pertenecen al dogma cristiano en cuanto tal.

Aquí se trata de un aliento que es vida, que sale del hombre y queda disponible: «les

retiras el aliento y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y renuevas la faz de la tierra», afirma el salmo 104. Nuevamente el doble movimiento de retirar-enviar el aliento. Ese aliento que Dios retira queda disponible en forma de viento cósmico. Dios no respira él mismo ese aliento retirado de los mortales, sino que lo retiene en forma de viento cósmico para dar nuevas vidas.

A Ezequiel se le ordena pronunciar un conjuro, con el efecto de hacer venir el viento cósmico de las cuatro esquinas de la tierra para que se lance sobre esos cadáveres -que ya no son puramente huesos calcinados y dispersos-, los penetre y vivifique.

En el poema al Cristo de Velázquez llama Unamuno a la nariz el caz, cauce por el que llega a nuestros pechos el aire de los cielos, el más puro mantenimiento del vivir, imagen cincelada partiendo del material bruto «aire que respiramos». Más adelante, hablando de la

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muerte de Cristo, escribe Unamuno: «Y se quedaron sin aire tus pulmones, tu respiro lo absorbió el de tu Padre, arroyo al mar».

Esto es ya una versión en clave cristiana: emisit spiritum, entregó su espíritu. El punto de arranque es la formación del hombre tal como lo narra el Génesis: una pella de barro, un artesano modelando nuevas formas y, cuando este trabajo está terminado, un soplo que penetra en la estatua y la convierte en ser viviente. Esto sucede en Gn 3. Pero en Ezequiel no se trata del Dios artesano, sino del Soberano que da órdenes, y éstas se cumplen. En vez de arcilla que va adquiriendo sus formas humanas, tenemos huesos, esqueletos,

cadáveres progresivamente. En vez del soplo directo en la nariz, tenemos el viento cósmico disponible, que se convierte en aliento vital. Una vez descritos los tres cambios

diferenciales, puede comprenderse en todo su alcance el texto del capítulo 37 de Ezequiel:

«La mano del Señor se posó sobre mí, y el espíritu del Señor me llevó, dejándome en un valle todo lleno de huesos. Me los hizo pasar revista: eran muchísimos los que había en la cuenca del valle;

estaban calcinados. Entonces me dijo:

-Hijo de Adán, ¿podrán vivir esos huesos? Contesté:

-Tú lo sabes, Señor.

Me ordenó:

-Conjura así a esos huesos: 'Huesos calcinados, escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor a esos huesos: Yo os voy a infundir espíritu para que reviváis. Os injertaré tendones, os haré criar carne; tensaré sobre vosotros la piel y os infundiré espíritu para que reviváis. Así sabréis que yo soy el Señor'.

Pronuncié el conjuro que se me había mandado; y, mientras lo pronunciaba, resonó un trueno; luego hubo un terremoto, y los huesos se ensamblaron, hueso con hueso. Vi que habían prendido en ellos los tendones, que habían criado carne y tenían la piel tensa;

pero no tenían aliento.

Entonces me dijo:

-Conjura al aliento, conjura, hijo de Adán, diciéndole al aliento:

'Esto dice el Señor. Ven, aliento, desde los cuatro vientos y sopla en estos cadáveres para que revivan'.

Pronuncié el conjuro que se me había mandado. Penetró en ellos el aliento, revivieron y se pusieron en pie: era una muchedumbre inmensa» (1-10).

¿Se trata de un texto mítico con raíces míticas? En lo que se refiere a la creación del hombre encontramos una concepción del viento cósmico como fuente y realidad de vida.

Está fuera de duda la grandiosidad de la visión, una de las más poderosas de toda la Biblia, que ha impresionado a todo tipo de lectores. Leída con mentalidad cristiana, es una

brillante exposición simbólica del hecho de la resurrección.

Comparado con Is 26 podemos establecer una analogía de proporciones. En Isaías veíamos ánimas o sombras en una región subterránea; aquí se trata de huesos y

cadáveres a flor de tierra. Allí había un rocío luminoso, agua, luz, fecundidad; aquí hay viento cósmico. Al parto de la tierra sustituye la puesta en pie de los cadáveres ya vivos.

Son dos formas simbólicas perfectamente coherentes, cada una con su propia coherencia.

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Con perspectiva cristiana, las leemos en clave de resurrección. ¿Es legítima esta lectura?

¿Tenía Ezequiel su punto de mira puesto en la resurrección?

El mismo profeta nos va a dar su interpretación de la propia visión, y la va a dar como palabra de Dios. Es ésta:

«Pronuncié el conjuro que se me había mandado. Penetró en ellos el aliento, revivieron y se pusieron en pie: era una muchedumbre inmensa.

Entonces me dijo:

-Hijo de Adán, esos huesos son toda la casa de Israel. Ahí los tienes diciendo: 'Nuestros huesos están calcinados, nuestra

esperanza se ha desvanecido; estamos perdidos'. Por eso profetiza diciéndoles: 'Esto dice el Señor: Yo voy a abrir vuestros sepulcros, os voy a sacar de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os voy a llevar a la tierra de Israel. Sabréis que yo soy el Señor cuando abra vuestros sepulcros, cuando os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío.

Infundiré mi espíritu en vosotros para que reviváis, os estableceré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago'» (10-14).

Según esta interpretación, no hay resurrección de los muertos simbolizada en esta visión, porque los huesos son la casa de Israel que está en el destierro. El sepulcro es el exilio. Dios los va a sacar del destierro, les va a insuflar esperanza y los va a llevar a su tierra.

Esta interpretación resulta decepcionante. ¡Nos ha defraudado Ezequiel! Se suele

pensar que el autor de un símbolo es el más autorizado para interpretar ese símbolo. Pero aquí hay que decir que Ezequiel no ha comprendido más que a medias su propio símbolo, no es su mejor intérprete. Sencillamente, no tiene razón. Y tenemos que explicarlo en dos pasos sucesivos.

SIMBOLOS/POLISEMICOS SIMBOLO/ITO INTERPRETACION/SIMBO: El poeta crea un símbolo. Todos los grandes símbolos son polisémicos, con potencia y pluralidad de sentidos posibles; son símbolos abiertos. Todo el lenguaje de los grandes símbolos es así.

El simbolismo vital de la sed puede expresar sed de Dios, de vivir, de conocer, de beber o de saber... Es un símbolo vital polisémico, disponible. Cuando Ezequiel interpreta su visión en clave de destierro, está falsificando el símbolo o, al menos, limitándolo. La interpretación queda fuera de la visión, distinta de ella. En la visión hay la proyección de un deseo de la fantasía, dentro de un mundo poético, que es lúcida, pero no está controlada por la pura razón. El poeta es lúcido en la creación de su símbolo, pero la fantasía poética se moviliza, intuye, actúa sobre un modelado poético en forma de símbolos. Pero, cuando llega el momento de la interpretación, entonces es el tiempo de la razón lúcida que controla, analiza y critica. Esa interpretación se mueve en un determinado mundo cultural, condicionado por la problemática y horizontes de una cultura y una historia. La cultura de Ezequiel no conocía una vida después de la muerte; por tanto, no entraba en su horizonte el tema de la resurrección. Cuando Ezequiel hace la interpretación de su símbolo, no encuentra en él sitio para la resurrección. Por otra parte, y desde el punto de vista histórico, su horizonte está cerrado por las opacas nubes del destierro. El gran problema es el problema de la patria. Vivir en Babilonia no es vivir, pues una vida sin culto no es vida. Vivir es estar en Palestina y dar libremente culto al Señor en el templo. Lo demás no es vida; eso no es

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vivir.

Éste es el horizonte cerrado, culturalmente limitado: no hay vida después de la muerte, es impensable la resurrección. Y en el horizonte histórico el problema preocupante es el regreso a la patria. Y como la interpretación se hace ante ese horizonte, esa interpretación censura el símbolo y lo encauza dentro de una línea determinada y estrecha.

Pero reducir el símbolo no equivale a agotarlo. El símbolo queda disponible, con sus múltiples valencias, para nuevas interpretaciones en otros horizontes. Importa aquí introducir el elemento de la proyección del deseo.

RS/SIMBOLOS: El deseo radical profundo y concreto en un momento de la existencia se proyecta en los sueños en forma de imagen, de relato breve, simbólico, que significa otra cosa. Lo mismo puede suceder en la creación poética de los grandes símbolos y poemas.

También allí puede haber una proyección del deseo, del miedo... desde esas zonas

profundas de la psique. Pues bien, hay un deseo radical del ser vivo, quizá el más radical, que es la necesidad de vivir. Lo llamamos instinto de conservación. La cierva que busca agua, lo hace por deseo de vivir; lo que busca no es el agua, sino la vida o el agua que sustenta la vida. Este deseo radical que es el vivir puede revestir la nueva forma de sobre-vivir, vivir más allá de la propia vida en cuanto individuo: es el instinto de

reproducción. El instinto o afán o deseo más radical de la vida consciente es el de superar la muerte. ¿Cómo? Por la resurrección. Es el último deseo de la vida consciente: vivir venciendo la muerte. Unas culturas han imaginado que la vida es el alma, y ésta se

desprende o libera, al morir, para iniciar una vida mejor. Desaparece la parte menos noble y sobrevive la parte mejor. Es la concepción de los griegos. Otros han insistido en la

resurrección: es el hombre como tal el que muere, pero ese mismo hombre vuelve a vivir.

No sobreviven piezas del hombre, sino el hombre entero: resurrección, pervivencia. Lo que late en lo más profundo de esas concepciones es el deseo insaciable y radical de vivir.

Pues bien, cuando Dios se dirige a Ezequiel, no lo hace llamándole por su nombre, sino por un patronímico común a todos los mortales: Hijo de Adán, «Adánez» (como Pérez o

Fernández ... ), porque todos descendemos de Adán. ¿No habrá debajo del profeta Ezequiel un hombre Ezequiel proyectando el deseo más radical que tiene en cuanto hombre consciente, que es vivir, superar la muerte, y que proyecta ese deseo y ansia radical en un símbolo humano? Si es así, la interpretación tiene que situarse en un horizonte más dilatado para ser verdadera; y si nosotros nos situamos en ese horizonte, nos resultará más fácil comprender en toda su profundidad y alcance el significado del símbolo. En ese símbolo se proyecta, en primer lugar, el problema histórico de un pueblo que ansía volver a la patria, porque la vida en el destierro no es vida; pero, además, se proyecta otra ansia más profunda, como es vivir siempre, superando la muerte. Y como la muerte es un hecho ineludible y victoria sobre la vida, para que la vida triunfe sobre la muerte tiene que haber resurrección. Esta es una interpretación con otro horizonte que puede limitarse a un sueño cultural o puede entrar en un contexto de fe que es al mismo tiempo esperanza. Un mero historiador de las religiones hablaría de vestigios o indicios descubiertos en sus investigaciones que permiten suponer una fe en la vida perdurable, en el hecho de la resurrección..., pero sin afirmar más. O podría establecer paralelismos o analogías con las creencias de otros pueblos que parecen converger en unas mismas creencias. Pero no es lo mismo creencia que fe. La resurrección de Jesucristo nos sitúa ante un horizonte de fe. El ha vencido al último enemigo, que es la muerte. En esa lucha cuerpo a cuerpo, «la muerte y la vida se batieron en pelea admirable, y el dueño de la vida, después de muerto, reina vivo». En la resurrección de Jesucristo se hace realidad ese

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sueño de la humanidad y esa ansia radical de la vida consciente, y se realiza de manera plena, con la plenitud total de ser hijos de Dios.

RS/PRIMOGENITO: La resurrección de Cristo no es sólo victoria para sí: él es el primero y cabeza de fila de otros muchos; él es el primogénito. «Renacidos» es igual a

«resucitados», y el primer renacido es el primogénito de los renacidos o resucitados,

porque Cristo resucita como primogénito. Vino al mundo para establecer la primogenitura de la resurrección, inaugurando con su victoria sobre la muerte la victoria plural de sus

hermanos: la fuerza de su resurrección nos da la posibilidad de resucitar con él.

Con el hecho de la fe en la resurrección como fundamento -si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe- (1 Cor 15,17), se abre un horizonte nuevo, con una nueva luz, para leer este texto con un nuevo sentido que puede y quiere tener; pero Ezequiel se lo impide. Ezequiel crea y nos deja el texto censurando su sentido. En la censura muestra su limitación, y en la creación del símbolo muestra su grandeza. Por eso, cuando una comunidad cristiana llora y celebra los ritos fúnebres por un ser querido leyendo este texto, lo está interpretando mejor que Ezequiel, su autor. Es de esta manera como llegamos a la formación y a la

interpretación de los símbolos. El lenguaje simbólico del AT. ofrece y exige una

interpretación: son dos correlativos. No es lícito limitarse a lo poético en una contemplación extasiado de la belleza del símbolo; se necesita penetrar más adentro para comprender y explicar. Es la tarea de la interpretación de la Iglesia, de la liturgia, de la vida cristiana y de la exégesis. Es lo que acabamos de hacer. Hemos analizado primero el texto en toda su estructura, abarcando todos sus detalles, y luego hemos ensayado un trabajo de

interpretación en oposición dialéctica a la interpretación dada por Ezequiel, su autor. El procedimiento debe repetirse en otros casos, con posibles variantes.

Se trata, naturalmente, de un símbolo capital. No todos tienen la misma categoría, la misma hondura o amplitud, pero su lectura debe tener siempre la misma capacidad contemplativa de penetración.

Una contemplación puramente estética quedaría flotando en la superficie de la imagen, contemplaría la visión del profeta como una especie de danza macabra al estilo de Saint-Saéns, o como en una noche de ánimas al estilo de Bécquer, pero sin asomarse al fondo del contenido, donde se descubre, además, una proyección del deseo humano. No se trata en modo alguno de espiritualizar arbitrariamente. El espíritu de Ezequiel es muy poco espiritual; es más bien algo corpóreo que sopla y penetra. En descomponer sus elementos consiste precisamente el trabajo de interpretación.

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Agua de vida

AGUA/V: Otro símbolo de Ezequiel -menos importante, pero igualmente conocido- es el símbolo del agua, que también es utilizado por la liturgia.

Muchos pueblos y culturas conciben el agua como elemento portador de gérmenes, amorfo en sí, pero matriz de todas las formas. En esa concepción, bastante frecuente, se inscribe la presente visión de Ezequiel, que concibe el agua como fuente de vida.

En el AT se hace una distinción fundamental entre el agua estancada, que mancha y no es potable, y el agua «viva», que es potable y fluye libremente. También se concibe a

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veces como agua «viva» el agua del mar, por ser éste el gran seno materno donde bullen todos los gérmenes y de donde brotan todas las formas. A la concepción de la tierra como tierra-madre se une en paralelo otra concepción donde lo materno está simbolizado por el mar. Lo paleontólogos afirman que, de hecho, es así: la vida comienza en el agua y no en la tierra firme. Es una coincidencia convergente. La Biblia no es argumento para apoyar la ciencia, ni viceversa.

El texto de Ezequiel se inscribe en la concepción agua como origen de vida. En la imagen de la cierva sedienta se encuentra el tema de la sed: el agua mantiene la vida; y el agua en forma de lluvia se relaciona con la vida en el aspecto de fecundidad, semen, más origen que mantenimiento de la vida. Hay también aguas amargas, salitrosas, entre saladas y amargas, que no son fuente de vida. Así son, v.gr., las aguas del mar Muerto, junto a Qumrán, en Palestina. Ese mar de limpidez transparente no alberga seres vivos: no hay pez que aguante su densidad salada. El agua del texto es agua dulce; pero también puede entenderse el agua del mar, porque las concepciones míticas no apuran el dato científico.

Ezequiel piensa en el agua «viva», agua de manantial que brota y fluye en forma de río o de torrente. Un dato importantísimo es que el agua de Ezequiel brota del templo, que es su fuente. A partir del capítulo 40 construye Ezequiel una restauración, una utopía o país ideal, con distribución de tribus, capital y templo. El tema del agua se inscribe en el contexto del templo. Hay en estos capítulos mucho material añadido que no pertenece a Ezequiel, pero este texto es auténtico y apenas requiere aclaración. Con todo, hay que notar que en él se introduce un personaje intermediario que acompaña en funciones de guía, explicando cómo es el templo futuro, y Ezequiel tiene que tomar parte activa haciéndose actor en la visión.

No aparece claro quién es el guía y quién el protagonista, pero se puede asumir que el protagonista es Ezequiel, y el otro personaje es el guía.

El elemento dominante es el manantial del templo, que es unión del agua con lo sacro; y después el agua convertida en río, que lleva la fecundidad a todas las partes adonde llega.

En levante está el Jordán, y más abajo el mar Muerto, al oriente de Jerusalén. Ese

manantial del templo se convierte a los dos kilómetros en río invadeable. Toda esa zona es esteparia y se llama algarabá; pero, cuando vuelve de ese viaje visionario, se encuentra con la frescura de una arboleda que ha crecido a ambas márgenes del río. La fuerza del agua «viva» vence la infecundidad del agua pútrida, poblándola de seres vivos. La alusión a las aguas fecundas del Génesis es clara. A través del agua «viva», la fecundidad brota en todas sus formas.

«Me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante (el templo miraba a levante). El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior, que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho. El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia levante. Midió

quinientos metros y me hizo atravesar las aguas: ¡agua hasta los tobillos! Midió otros quinientos y me hizo cruzar las aguas: ¡agua hasta las rodillas! Midió otros quinientos y me hizo pasar: ¡agua hasta la cintura! Midió otros quinientos: era un torrente que no pude cruzar, pues habían crecido las aguas y no se hacía pie, era un torrente que no se podía vadear.

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Me dijo entonces:

-¿Has visto, hijo de Adán?

A la vuelta, me condujo por la orilla del torrente.

Al regresar, vi a la orilla del río una gran arboleda en sus dos márgenes. Me dijo:

-Estas aguas que fluyen hacia la comarca levantina bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullen allí donde desemboque la corriente tendrán vida, y habrá peces en abundancia. Al

desembocar allí estas aguas quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. Se pondrán pescadores a su orilla: desde Engadí hasta Eglain habrá tendederos de redes; su pesca será variada, tan abundante como la del Mediterráneo. Pero sus marismas y esteros no serán saneados: quedarán para salinas. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerá toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni su frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario;

su fruto será comestible, y sus hojas medicinales» (/Ez/47/01-12).

Es tradicional en Israel la concepción de Dios como agua viva: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes agrietados que no retienen el agua» (Jr 2,13).

Ezequiel dice que Dios está en el destierro, pero volverá al templo y producirá esa corriente de agua viva que brotará en explosión de triunfo de la vida vegetal, animal y humana. Será el triunfo sobre todo lo hostil a la vida: el agua salitrosa quedará saneada, la estepa árida se transformará en ubérrimo huerto de frutales, toda enfermedad será curada.

Esta vez no hace Ezequiel el comentario de su símbolo, no lo estropea ni lo limita.

Quedamos completamente libres para hacer nuestra interpretación y desarrollo, porque el tema del agua fecunda y fecundante, común a muchas culturas, es también la experiencia de algo que puede dar la vida o la muerte, aunque aquí sólo se hable de la fuente de la vida.

En el NT escribe San Juan:

«El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, de pie como estaba, gritó:

-Quien tenga sed, que se acerque a mí; quien crea en mí, que beba. Como dice la Escritura: de su entraña manarán ríos de agua viva.

Decía esto refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (/Jn/07/37-39).

¿Cuál es este agua vital que brota del templo? El templo es Jesús, porque en él está presente Dios-Padre. El agua brota de su entraña como agua viva para dar vida al que tiene sed y lo desea, a condición de dar su adhesión a este nuevo templo del Mesías. El que da su adhesión y la sella con el bautismo recibe la vida en virtud del Espíritu. Hay relación entre aire, viento, espíritu y agua.

El texto del agua y del espíritu de Ezequiel recuerda el diálogo evangélico con

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Nicodemo, donde se habla del renacer o nacer de nuevo. No se habla de resurrección, sino de renacimiento; y esto sucede en el seno del agua fecundada por el Espíritu. El agua es el simbólico seno materno que tiene que ser fecundado por el Espíritu. Del agua y del Espíritu nace la nueva vida, la nueva criatura.

La liturgia de la bendición del agua en la Vigilia Pascual -la larga y completa, no los recortes ininteligibles que a veces se ofrecen- desarrolla estos símbolos de la fecundidad.

El agua de la pila es el seno materno de la Iglesia. En ese agua se introduce el cirio

pascual fecundante, que simboliza a Cristo glorificado; y de ese agua, así fecundada por el Espíritu, nacerán nuevos cristianos por el bautismo. Este es el simbolismo del cirio y del agua.

(·SCHÖKEL-L-ALONSO-1. Págs. 93-111)

EZEQUIEL 2 /EZ

MATERIA: :

5/01-17

Como es normal en los profetas, también Ezequiel realiza una serie de actos simbólicos, acompañados casi siempre de la explicación correspondiente. La acción descrita en la lectura de hoy se refiere a la suerte inminente de Jerusalén. Hace ya cinco años que comenzó el castigo (la deportación), y los habitantes de Jerusalén se preguntan el porqué de ese castigo. El oráculo contesta haciendo responsable a la ciudad por «haber pecado más que otros pueblos, más que los países vecinos».

Dios se presenta, por tanto, como un justo juez que constata la culpa y sentencia el

castigo. Un castigo que consiste en que una tercera parte morirá en el asedio de Jerusalén, otra durante la batalla y la otra será dispersada. Y la causa es clara: han rechazado los mandamientos y las leyes del Señor. Y tanto más grave es cuanto que Jerusalén es el

centro del mundo -no geográficamente, sino porque Yahvé habita en ella-. Precisamente por esa situación de privilegio debía señalar la pauta espiritual y religiosa a todos los

pueblos vecinos. Había recibido más y debía dar más, sobre todo respecto a las restantes naciones. Pero no sólo no es mejor que éstas, sino que se comporta aún peor que ellas:

comete abominaciones que ni siquiera los paganos han cometido. Por eso Jerusalén -que no quiere ser modelo de justicia- lo será en el castigo. Paradójicamente será en este sentido el centro del mundo.

Los pecados de Israel son la injusticia y la impiedad, no caminar por el camino del Señor (los primeros cristianos hablaban del cristianismo como del «camino»: Hch 9,2ss). Pero la raíz profunda del pecado estaba en la idolatría, en hacerse un dios según el propio interés en no tener un concepto justo de Yahvé. Y así el pecado es ir contra el verdadero bien, no responder a la llamada y a la elección de Dios (v 5). Mientras las naciones paganas siguen al menos a sus dioses, Israel se ha negado a hacerlo.

Y Dios es tan sensible al pecado del hombre que tiene celos -a causa de su amor ofendido-, que dará paso a la pasión y a la ira. Pero siempre para llevar a un arrepentimiento.

Se trata de un antropomorfismo, pero basado en lo mejor y más noble del hombre: el

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amor.

(·PEDROS-J._BI-DIA-DIA.Pág. 803 s.) ...

8/01-06a 8/16-18 9/01-11

Leemos hoy parte de los capítulos octavo y noveno de Ezequiel.

Junto con el once y el doce forman una gran unidad, a pesar de ciertos añadidos. Se trata en ellos de un gran juicio en el cual, como es frecuente en la Escritura, Dios pleitea con su pueblo. En el octavo (y en el noveno, en parte) se formula la acusación, y a continuación tenemos la sentencia y la posterior ejecución.

Son cuatro las abominaciones que comete la casa de Israel y de las cuales le acusa Dios; en la lectura de hoy vemos sólo dos, la primera y la cuarta: la colocación de una estatua, de un ídolo (tal vez la diosa Astarté), y la adoración del sol. El ídolo es un "ídolo rival" (v 3) de Dios, de Yahvé, que no admite ningún otro; él es el único y verdadero Dios.

Ni siquiera permite ninguna representación suya, que en el fondo es un ídolo (Dt 4,15-16).

En realidad es un pecado de idolatría, como lo es la última abominación (la adoración del sol) y lo son las otras dos abominaciones (que no leemos): la tentación de siempre es hacerse un dios a la medida del hombre, a su gusto y capricho, al que pueda manipular como quiera.

La sentencia la tenemos en el v 5: orden de exterminio. Pero siempre respetando la posible conversión. Los que han llorado sus abominaciones, los que se han arrepentido, han de ser marcados con una tau (última letra del alfabeto hebreo) que, antiguamente, tomaba la forma de cruz (evocación de la noche de Pascua al salir de Egipto: Ex 12,7ss).

Es interesante notar cómo la idolatría, la adoración de otros dioses fuera de Yahvé, lleva también a la injusticia y a la violencia (8,17 y 9,9). Un falso concepto de Dios lleva a un falso concepto del hombre, del hermano, y le permite toda una serie de injusticias. De hecho, la razón misma que tienen los malvados para hacer sus crímenes es ésta: Dios no lo ve (9,9); al faltar un recto concepto de Dios, al estar «liberados» de Dios y de todo lo que él significa, se sienten también liberados de todo lo que sea el prójimo y sus derechos. Los profetas (Amós, Oseas, Miqueas, Isaías) denuncian que hasta el culto puede ser motivo y ocasión de cometer nuevas injusticias, al menos de esconder o disimular las que se cometen continuamente.

(·PEDROS-J._BI-DIA-DIA.Pág. 804 s.) ...

13/01-16

Ezequiel se enfrenta a los problemas no en la teoría, sino en la práctica. Tal es el caso de hoy con los falsos profetas. Desde el momento que Dios comunica su palabra comienza el peligro de los falsos profetas. ¿Cómo discernir que Dios ha hablado? De hecho, en Israel eran numerosos los falsos profetas (véase el libro de los Reyes). Muchas veces no eran más que oradores políticos, ligados a la corte, en la que hacían carrera. Como la palabra de los verdaderos profetas es con frecuencia dura, con facilidad nacen profetas que dicen cosas halagadoras al pueblo y al rey. Este los «necesitaba» en momentos de crisis, tanto como esos profetas apetecían la bien abastecida mesa real. Por eso encontramos tantas veces que el poder va aliado con esos adivinos a sueldo. El falso profeta se presenta al

Referencias

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