Ciudadanía y democracia
Retos y oportunidades de los valores
democráticos en México 2020
Ciudadanía y democracia
Retos y oportunidades de los valores democráticos en México 2020
Dr. Xelhuantzi-Santillán Rafael Izcóatl
México, 2020
en México 2020
D. R. © 2020, Dr. Xelhuantzi-Santillán Rafael Izcóatl
D. R. © 2020, Movimiento Ciudadano Louisiana 113, esq. Nueva York, Col. Nápoles, Alcaldía de Benito Juárez, 03810, Ciudad de México
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“Ciudadanía y democracia. Retos y oportunidades de los valores democráticos en México 2020”, es una publicación de Movimiento Ciudadano, Louisiana 113, esq. Nueva York, Col. Nápoles, Alcaldía de Benito Juárez, 03810, Ciudad de México. Los artículos, documentos e investigaciones publicados son responsabilidad de sus autoras y autores.
Movimiento Ciudadano, sus órganos directivos y ejecutivos son ajenos a las opiniones aquí presentadas; esta edición es una obra lanzada para estimular el conocimiento socioecónomico y político de nuestro entorno y su problemática (nacional y regional), sus derechos y obligaciones, así como para generar un diálogo sobre los avances y los retos de la participación y la representación política de la ciudadanía; el objetivo final de la obra consiste en comprender y elaborar propuestas de solución para las problematicas detectadas. Su distribución es gratuita y no tiene fines de lucro.
Índice
índice ... 5
Introducción ... 7
Justificación ... 10
Objetivo De La Investigación ... 11
Planteamiento Del Problema ... 12
Marco Teórico ... 12
Hipótesis ... 12
Pruebas De La Hipótesis ... 13
Democracia, El Devenir De Un Concepto ... 14
Orígenes De La Democracia ... 14
La Democracia En Grecia ... 15
La Democracia Y Su Renacimiento ... 22
La Democracia En El Siglo Xix ... 27
La Democracia En La Actualidad ... 30
Democracia En El Pensamiento Político Moderno Y Contemporáneo ... 38
Democracia En México ... 44
Cultura Democrática ... 51
La Cultura Democrática, El Poder Del Ciudadano En El Mundo ...52
Ciudadanía Y Democracia En México ... 67
México Y La Cultura Democrática ... 67
Posibilidades De La Cultura Democrática En México ... 77
Juventud Y Democracia ... 81
La Construcción Colectiva De Enfoǫues Alternativos ... 87
Representación Social De La Democracia ... 90
Teoría De Las Representaciones Sociales ... 90
Postura Epistemológica De La Representación Social ... 95
Democracia Y Cultura De Democracia Desde Los Actores ... 96
El Concepto De Democracia ... 99
Conceptos Relacionados Con Cultura De La Democracia ... 108
Factores Ǫue Favorecen E Impiden El Desarrollo De Una Cultura De La Democracia ... 108
Conclusiones ... 112
Fuentes Consultadas ... 116
E
Introducción
l sistema político que ha dominado la gran mayoría de los países en la segunda mitad del siglo XX e inicio del siglo XXI ha sido la democracia, quizá como resultado o a pesar de tantos movi- mientos políticos y sociales. Hablar de ella es entrar a un terreno lleno de contradicciones, incertidumbres y controversias debido a su naturaleza social, histórica, política y subjetiva: el concepto ha variado en el tiempo y, aunque se ha universalizado de manera fehaciente a partir del siglo XX, ha conllevado diversas nociones para distintos pensadores en diferentes etapas de la historia.
Para Arrieta-López (2019), en realidad durante largos periodos la democracia no ha tenido lugar en la historia, ha sido una mera utopía producto de un reducido número de pensadores. El concepto que conoce- mos hoy en día es muy diferente al planteado por los filósofos griegos del siglo V: a esta sólo podían acceder pocas personas; hay que decir, además, que la democracia actual incluso dista ostensiblemente de la democracia planteada en Francia y Estados Unidos de América en el siglo XVIII.
La democracia, como se profundizará más adelante, es un término que surge en la antigua Grecia, donde, como plantea Roche (2013), los pensadores fueron conscientes de que toda obra humana es fútil e insus- tancial y, consecuentemente, que el orden alcanzado por esta es inestable;
es más, que el desorden puede volver en cualquier momento.
Los teóricos modernos y contemporáneos heredan esta dialéctica de orden-caos, claramente con diversas variantes y matices únicas de cada contexto. En este sentido, Maquiavelo, Montesquieu, Dahl, Gutmann y Thompson comprendieron la vieja enseñanza helénica, esto es, que la democracia es, en esencia, inestable, dinámica, cambiante. El resto de los teóricos la han olvidado y han pretendido adjudicarle valores absolutos,
universales, o bien, en el caso de los posmodernos, negarle toda posibili- dad de orden, aunque sea inestable, de fundamentos y de comprensión.
Pero de la comparativa entre las antiguas y actuales reflexiones sobre esta forma de gobierno se extraen también profundas y sólidas herencias recibidas, así como diferencias insoslayables. Además, en último extremo, se revela que la democracia clásica y la contemporánea evolucionan desde concepciones absolutas hacia otras relativas, siempre en y con relación a eventos sociales e individuales que generan una posición compleja ante un sistema que, paradójicamente, rige y establece el orden, las normas y los sistemas de instituciones de todo orden.
Se debe tener claro que, con base en la premisa anterior, el concepto, el ejercicio, la ejecución y la adopción de la democracia están permeados por cuestiones culturales, religiosas e históricas, y, al final de esta síntesis, introyectada en cada sujeto perteneciente a un grupo social inmerso en una sociedad específica. Así, no podemos pensar de manera optimista que una mujer con ingresos mayores a la media y que viva en una ciudad industrial tenga la misma representación que un joven que habite en una zona marginada, en un poblado apartado de los centros urbanos. Esto, sumado a múltiples variables contextuales y grupales. Asimismo, no de- bemos olvidar la cuestión temporal, ya que es la experiencia en relación con los fenómenos democráticos la que será introyectada, para, a su vez, ser ejercida, reproducida y solicitada con y en las instituciones sociales, políticas y culturales.
Por lo anterior, una necesidad fundamental de cualquier ejercicio político-social participativo es poder cuestionar la formalidad de la de- mocracia, pues es necesario arriesgarse a explorar ciertas categorías conflictivas; podemos asegurar que no hay democracia o democracias sin conflicto.
Ante el panorama referido, esta investigación tiene como objetivo ofrecer información, desde un análisis, de las representaciones sociales en una muestra de jóvenes universitarios de 19 a 26 años de la Ciudad de México respecto a la democracia en el país, así como exponer factores que se consideran importantes en el desarrollo de una cultura de la de- mocracia ciudadana.
democracia, así como las prácticas, creencias, emociones y cogniciones que tienen en relación con esta actividad social. Es decir, se busca explorar el proceso cognoscitivo-grupal de construcción y reconstrucción social del mundo, en este caso del objeto de representación, la democracia, por parte de los actores sociales: los jóvenes de 19 a 25 años.
En la realización de esta investigación se ha partido de la pregunta general: ¿qué es y para qué la democracia? Para dar respuesta a esta interrogante, partimos de la premisa de que el concepto de democracia, aunque es universal, también es dinámico, está en constante cambio y en controversia; además, que está atravesado por experiencias, informaciones, creencias y prácticas tanto individuales como grupales. Se reconoce que gran parte de la población de jóvenes mexicanos vincula el término con la política, como si fuese un concepto perteneciente o en relación inse- parable con el grupo de políticos de nuestro país y sus prácticas. Una vez hecha la aclaración de lo que implica la democracia, se pretende, como idea central, conocer cuáles son los factores que la ciudadanía supone que impiden o generan la poca participación en los ejercicios democráticos.
De tal forma que, para esta investigación, consideramos relevante no partir desde los conceptos teóricos preestablecidos, como se ha hecho de manera frecuente en otras investigaciones y estudios, sino más bien considerar aquello que los jóvenes universitarios identifican como demo- cracia y todo lo relacionado con sus prácticas, su cultura, su ejercicio y sus alcances; teniendo en cuenta que en cada grupo, según su experiencia e información, creencias y contexto, estos factores serán diferentes. Por lo tanto, los resultados de este estudio serán focalizados en una comunidad universitaria determinada, lo cual brinda una serie de fortalezas y áreas de oportunidad, ya que los resultados permitirán realizar una intervención atendiendo las realidades específicas de dicho grupo, y así brindar un es- pacio de reflexión e integración de un grupo poblacional tan importante.
JUSTIFICACIÓN
Aun con todos los problemas que la democracia, su conceptualización, ejercicio, ejecución y comprensión pudiesen tener, sin duda su univer- salización ha permanecido constante pese a circunstancias, ambientes, contextos y épocas tan complejos. Se enfrenta a serias deformaciones cuya causa puede encontrarse en influencias negativas o dolosas que inciden en la toma de decisiones, lo cual acontece con el velo de la legitimidad que ostenta la autoridad que ha sido elegida para gobernar por medio de mecanismos de participación ciudadana, ya sean directos o indirectos. Al respecto, tanto la plutocracia como la oclocracia reflejan dos modalidades de democracia distorsionada en el mundo contemporáneo.
Se trata de un concepto que ha determinado, en sus múltiples cambios, el modelo actual de realidad social en el que estamos inmersos. Si bien es cierto que, en papel, la democracia como concepto ha estado presente desde la creación de nuestra nación independiente, no fue sino hasta finales del siglo pasado que se comienza con dicho ejercicio; poco ha sido, desde la mirada de los expertos, el recorrido que hemos tenido en esta actuación de gobernabilidad en México.
A pesar de las transformaciones institucionales, como la creación del Instituto Federal Electoral (en la actualidad, Instituto Nacional Electoral [INE]), y las gubernamentales, así como las inversiones sin precedentes de los gobiernos en los institutos electorales, en los medios de comunicación que fomenten la participación, en los foros, en las investigaciones y en los programas, poco ha sido el impacto en las prácticas de la ciudadanía, en especial del sector juvenil, que, paradójicamente, es el grupo determinante que ha generado múltiples cambios en estos ejercicios en toda la región latinoamericana, y México no es excepción.
A pesar de que las elecciones de 2012 representaron un porcentaje histórico de participación ciudadana al superar el 50 %, no fue así en la confianza hacia los procesos, los gobernantes y el sistema democrático por parte de la ciudadanía. Tal como lo muestra la Secretaría de Gober- nación (Segob) por medio de la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Practicas Ciudadanas (2012).
padrón electoral ejerció su voto, sin embargo, de nueva cuenta el sector de 18 a 25 años fue el que menor participación tuvo, según los datos del INE (2019).
La disminución en la participación ciudadana de dicho grupo, tanto en los comicios de nuestro país como en procesos internos, se relaciona con cifras devastadoras respecto a la poca adherencia y confianza de los jóvenes hacia los procesos democráticos en el ámbito nacional. Se trata de un fenómeno incuestionable, sumamente dañino para la vida política, social y democrática de nuestra nación, ya que la mayor concentración de su población se ubica en los grupos de 20 a 24 años y de 25 a 29 años, con alrededor de 12 % cada uno.
OBJETIVO DE LA INVESTIGACIÓN
Este trabajo tiene el objetivo de ofrecer al lector datos aportados por una comunidad universitaria en específico sobre las creencias, experiencias, prácticas, emociones y conocimiento que tienen los jóvenes en torno a la democracia. En este sentido, este trabajo ofrecerá datos específicos sobre una comunidad contribuyendo a que las intervenciones posteriores sean acordes a su realidad particular, favoreciendo la precisión y por lo tanto a la probabilidad de éxito.
Como todo ejercicio democrático, la intención es devolver la infor- mación tanto a la comunidad —para que tengan conocimiento de lo que han aportado en conjunto y desde ellos mismos generar las respectivas estrategias— como a otros líderes comunitarios, actores sociales y pú- blico en general, los cuales puedan obtener y comprender los elementos contextuales y su influencia. De igual forma, se espera que los resultados sean tomados en cuenta por los actores de la democracia, como partidos políticos, para generar estrategias de inclusión.
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
• ¿Cuál es la percepción de la democracia que tienen los jóvenes de 19 a 25 años de una universidad de la Ciudad de México?
• ¿Qué emociones les genera la democracia a los jóvenes de 19 a 25 años de la Ciudad de México?
• ¿Qué prácticas tienen sobre los ejercicios democráticos los jóvenes de 19 a 25 años de la Ciudad de México?
• ¿Qué actitud y experiencias tienen sobre la democracia los jóvenes de 19 a 25 años de la Ciudad de México?
MARCO TEÓRICO
Por tratarse de un estudio que pretende construir conocimiento a partir de las personas mismas en lugar de partir de ideas preconcebidas, se retomarán autores de posturas posmodernas, como la teoría de las repre- sentaciones sociales. Esto por considerar que las personas construimos nuestras realidades en grupalidad, es decir, no de manera individual, sino más bien en el intercambio cotidiano con el otro respecto de nuestras experiencias, cogniciones y emociones, en el cual un objeto social nunca es igual para otro grupo.
En el siguiente apartado se hará un breve recorrido por la teoría de las representaciones sociales, con el objetivo de familiarizar al lector con dicha propuesta teórica, la cual puede brindar un gran aporte desde la transdisciplina a los estudios sociales y políticos subsecuentes.
HIPÓTESIS
La representación social de las y los jóvenes, que incluye orientaciones, sentimiento y conocimientos, respecto a la democracia refleja una construcción ideal, pero a la vez condicionada y crítica en función del gran acceso con el que cuentan de medios de información.
Para corroborar la hipótesis presentada, se realizará un estudio con una muestra de 100 jóvenes elaborado a través de la plataforma Google Forms y enviado de forma virtual para agilizar la distribución y facilitar la obtención de respuestas. Con base en los resultados se podrán identificar los elementos que construyen la representación social de las y los jóvenes sobre la democracia.
El presente trabajo mantiene un carácter exploratorio descriptivo que se centra en el desarrollo de conocimiento sociocéntrico que considere las necesidades, intereses y deseos del grupo en relación con la noción de democracia.
E
C a P í T U L O
1
Democracia, el devenir de un concepto
n este capítulo se hará un breve recorrido por los diversos con- ceptos y ejercicios a partir de la idea de democracia. Este ejer- cicio tiene como objetivo brindar suficiente información para el entendimiento del concepto, como uno de los más importantes en la época actual, y, a la vez, mostrar que su propia naturaleza ha generado múltiples posturas, construcciones, creencias y definiciones a lo largo de la historia; además, pretende mostrar cómo, a su vez, la construcción, la implementación y la ejecución de este concepto han estado atravesadas por cuestiones sociales, políticas, económicas, culturales, epistemológicas y
—por qué no atrevernos a plantear—, grupales e individuales. Por ello, la intención de este apartado es mostrar cómo la democracia es un objeto de representación en constante cambio e inacabado, que puede tener una serie de significados que compartan características y otras veces no, en un mismo momento histórico, social y contextual.
ORÍGENES DE LA DEMOCRACIA
En la actualidad nos encontramos en un mundo conectado por los medios de información y las tecnologías, que brindan un acercamiento, homo- genización y crecimiento sociales como nuca se había visto a lo largo de la historia de la humanidad. Son múltiples los intercambios, los avances y los desarrollos que se han logrado, sin embargo, a pesar de ello hay factores determinantes que aún marcan una brecha entre las diferentes sociedades actuales. Entre ellos podríamos mencionar factores como la raza y el origen étnico, o bien rasgos culturales, como la religión y la
creencias; sin embargo, uno de ellos destaca por su injerencia en los pro- cesos de grupos, naciones y sociedades: la política; hablar sobre ella lleva inevitablemente a múltiples posicionamientos, los cuales sólo reflejan la complejidad del tema.
La democracia es un proyecto político tan antiguo como moderno.
En los denominados países occidentales aparentemente la democracia es algo generalmente asumido por la mayor parte de las personas, entidades e instituciones, y se le relaciona principalmente de manera hegemónica como sinónimo de los sistemas políticos de los países desarrollados;
sin embargo, su complejidad es mucho mayor. La democracia no es una institución homogénea ni lo ha sido a lo largor del tiempo; esto debe quedar sumamente claro. Vale la pena también señalar que no fue ni es, en la actualidad, una política hegemónica a nivel mundial. No obstante, en las culturas occidentales de épocas modernas tiene una primacía en el ejercicio del poder de gobiernos y naciones.
Para los objetivos de esta investigación, comenzar por el origen de la democracia no es un simple ejercicio de erudición, sino más bien un paso necesario en el esclarecimiento del largo camino que el concepto, la institución y el proceso ha recorrido. Como lo menciona Rodrígues (2004), entre los muchos objetos de reflexión teórica y de investigación, son pocos los que sufren tantas imposiciones y presión de las circuns- tancias históricas y sociales en que emergen como ha ocurrido con el tema de la democracia, siendo esta velha senhora de las ciencias sociales, como la llamó Bobbio (en Rodrígues 2004). De igual forma, consideramos necesario plasmar la idea de que la democracia como la conocemos en nuestros días, la relación con ella y sus procesos no corresponden a la de sus orígenes, al ser totalmente dependiente de variables sociales, cultu- rales, contextuales e históricas. Esto, a la postre, expone su verdadera complejidad, como se mencionó antes.
Para hablar de democracia primero se deben sentar las bases de la política. Se puede decir, sin ningún temor a errar, que la política en el mundo tiene su origen en el mismo ser humano como especie y en su pro- ceso de socialización, ya que este es un ser social: por sus características y necesidades, es indispensable para él vivir con otras personas. Desde hace miles de años, cuando las cavernas eran el refugio, se vivía en compañía
de otros. La primera sociedad que existió fue la familia, que no necesa- riamente tenía una conformación típica, sin embargo, en ese momento se convirtió en el núcleo de la sociedad; este es el punto en el que aparece la necesidad de encargar a una persona la dirección y organización de las otras, es decir, la necesidad de un gobierno.
LA DEMOCRACIA EN GRECIA
Hace unos 9,000 años se crearon las primeras ciudades; las dinastías se convirtieron en monarquías en las que el poder lo ejercía un rey o monarca, y el pueblo era considerado súbdito y con obligación de pagar tributos al rey. Estas sociedades eran llamadas Estados, los cuales, al expandir su poderío a otras regiones, se convirtieron en imperios. Para Grondona (2000), tanto la monarquía y la oligarquía son las manifestaciones ori- ginarias del poder político y nacieron junto con la condición humana, al igual que la religión, la familia y la violencia.
Según Prélot (1964), el conocimiento sistemático y ordenado del Estado se constituye como una ciencia desde los griegos, quienes fueron, a su vez, los creadores institucionales de la política como tal. Con base en Zamitiz (1999), Prélot indagó por qué la Política de Aristóteles era considerada un conocimiento filosófico-político en lugar de científico;
señaló que la clasificación aristotélica se apoyaba en tres operaciones del espíritu: saber, hacer y crear. De acuerdo con su planteamiento existían tres categorías de ciencias: teóricas, prácticas y poéticas: las primeras eran las matemáticas, la metafísica y la física; las segundas incluían la retórica, la lógica y la poética, y las ciencias prácticas eran la económica, la política y la ética. De este modo, la ética era la ciencia del comportamiento personal;
la moral era el conocimiento de la conducta del individuo; la económica era la ciencia de la familia, de su composición y del mantenimiento del hogar, y, por último, la política era la ciencia de la constitución y de la conducta de la ciudad-Estado.
Según Aristóteles (Zamitiz, 1999), la política se situaba en la cima de la jerarquía, debido a que su objeto, es decir, la ciudad-Estado, englobaba toda la organización social, pero, principalmente, porque dominaba de
manera teórica a las otras ciencias, es decir, regulaba todas las actividades humanas. Esto expone la magnitud social que representaba la política en la realidad de la sociedad griega.
Con relación a lo anterior, en esa misma Grecia la política tuvo su gran transformación, pues fue allí donde nació el ejercicio y proceso de la democracia, lo que implicaba, en un primer momento, que el gobierno no era ejercido por un rey o jefe, sino por un consejo que era elegido entre los ciudadanos (no se consideraba tales a niños, esclavos ni mujeres).
Al respecto, la etimología de la palabra democracia no da lugar a du- das de su definición: sus dos componentes, los términos griegos dêmos y krátos (‘pueblo’ y ‘poder’) forman parte de esta. De allí que se describa a la democracia como ‘la doctrina política favorable para la intervención del pueblo en el gobierno y también para el mejoramiento de la condición de aquel’. Por otra parte, es más difícil especificar el momento cuando se creó el compuesto ciudad-estado (polis) y establecer con claridad los matices de su significado originario en Atenas, el cual es considerado el primer ejemplo de un sistema acorde a las nociones modernas de democracia.
Para continuar, consideramos necesario exponer las causas sociales, políticas y contextuales que permitieron el surgimiento de la democracia en la antigua Grecia; entenderlas abre un nuevo panorama en la com- prensión de la función, el objeto y el propósito inicial de esta. Y es que, como se ha afirmado acertadamente, “la historia de las ideas nunca es sólo la historia de las ideas; es también la historia de las instituciones, de la sociedad misma” (Finley, 1985, p. 11).
Se tiene que decir que los griegos no se encontraron de golpe con la democracia; por el contrario, la fueron elaborando trabajosamente a lo largo de un siglo y medio, entre los años 620 y 593 a. C. Antes de ello existió una oligarquía que rigió en Atenas, sin ninguna oposición, durante siglos, la cual cultivaba el sentido de la distinción y de la excelencia. Esta oligarquía estaba orgullosa de sus dioses, en cuyo culto no podía participar el pueblo, que, por su parte, tenía sus propias divinidades consideradas como inferiores.
Para Guariglia (1986 y 2010), el aristócrata griego mira siempre por encima del hombro a los representantes del pueblo, a quienes considera débiles y cobardes. Se ha dicho, por tanto, que la moral de la aristocracia
griega estaba basada en un sentido competitivo de la vida, que sólo re- conocía la fuerza, la belleza, el valor y el vigor físico como criterios de poder político. Es entendible que con estas bases surgieran los juegos panhelénicos como el escenario idóneo para demostrar el supuesto ver- dadero valor. Aunque teóricamente los juegos estaban abiertos a todos los ciudadanos, en realidad fueron juegos de la aristocracia y para la aristocracia. Hay que señalar además que en la excelencia del campeón se solía resaltar una componente familiar, es decir, hereditaria: cada familia tenía sus cualidades, y estas se transmitían por tradición; de modo que se cantaba la gloria del vencedor por haber ganado una carrera y, al mismo tiempo, en esa misma prueba se exaltaban las hazañas de su padre y de su abuelo (Guthrie, 1969).
Según esa lógica aristocrática, en la lucha se resplandece la verdad, y el más fuerte es quien dicta sus leyes, marca su territorio y ejerce el gobierno.
Por su parte, el débil, esto es, el miembro del pueblo, el campesino o el artesano, apenas puede oponer otro argumento que no sea el de su propia miseria. La situación del pueblo era casi desesperada (Wallace, 2007). El pueblo ateniense de ese entonces, como muchos otros, no tenía ninguna posibilidad de hacer oír su voz o conducir sus fuerzas en los primeros tiempos de dominio de la aristocracia.
Aquellos debieron ser los argumentos que el pueblo y sus ciudada- nos durante los siglos que perduró su situación angustiosa y desigual.
Llegó el momento, sin embargo, en que la aristocracia ateniense no pudo seguir manteniendo por la fuerza esa situación y los procesos obligaron a pactar en medio de una auténtica guerra civil. Se acudió a una especie de árbitros o magistrados especiales. Los aristócratas esperaban que las cosas quedaran como estaban y el pueblo confiaba en ver cumplido su deseo de una justicia basada no ya en la fuerza, sino en la igualdad.
Algunos de aquellos magistrados, como Dracón y, sobre todo, Solón
—arconte de Atenas en 594 a. C.—, dictaron leyes que supusieron una mayor igualdad y un recorte de algunos de los tradicionales privilegios de la aristocracia. Para Solón los excesos de la aristocracia no tenían ninguna justificación: la justicia es medida y exige dar al pueblo “lo que le basta”, es decir, no quitándole lo que le pertenece, aunque tampoco dándole más.
Atenas, la principal ciudades griega, recibió de Dracón y de Solón sus primeras leyes fundamentales; gracias estas se hizo la distinción de las leyes de la naturaleza, poblada de dioses, y las leyes puramente humanas de la ciudad, sin la cual no habría sido posible la democracia. Hasta ese momento los griegos vivían igual que el resto de los pueblos primitivos, es decir, acosados por las fuerzas inesperadas de la naturaleza y por la presión bélica de otros pueblos, y defendiéndose como podían de aquélla y de estos con ayuda del mando despótico de un líder guerrero.
A partir de Dracón y Solón, los atenienses empezaron a ser goberna- dos por un nuevo tipo de poder abstracto e impersonal, al que llamaron nomos o ‘norma’ (equivalente a la palabra lex o ‘ley’ de los romanos), el cual no provenía de afuera ni de arriba, sino de adentro, del seno de la polis o la ciudad-Estado que habían constituido. Desde entonces su ideal fue la eunomía o ‘buena ley’: el recto ordenamiento de la ciudad, y el jefe simplemente mandaba. Ambos personajes legislaron, es decir, dejaron leyes que los sobrevivirían, con los cual obligaron a sus sucesores a com- portarse de acuerdo con ellas; así, cuando alguien ascendía a una posición de mando, ya no podría gobernar a su albedrío, sino en el marco de la ley.
Desde entonces, refiere Grondona (2000), a la polis ya no la separó del mundo circundante sólo una muralla de piedra, sino también la muralla invisible de sus leyes. La obediencia de los griegos a las leyes de ciudad-Es- tado asombró a pueblos primitivos, como los persas, que sólo obedecían al mando de un déspota, tal como lo menciona Herodoto en su Historias.
En el año 507 reorganizó al pueblo sobre la base de los deme (hoy conocidos como aldeas o barrios), convertidos en circunscripciones donde vivía el ciudadano raso, que era nombrado polites por los griegos. Cada uno de los deme tenía entre 100 y 1,000 ciudadanos. A partir de Clístenes, los deme servirían de base para el ascenso democrático.
La república ateniense albergó, por un tiempo, un equilibrio de po- deres: la vieja oligarquía —que había rodeado a los antiguos reyes y que hasta había simpatizado con los tiranos— mantuvo una amplia autoridad legislativa y judicial en el Areópago (un cuerpo similar al Senado romano donde se sentaban los exarcontes). Los arcontes, quienes reemplaza- ron a los reyes como jefes del poder ejecutivo, únicamente podían ser escogidos entre las clases superiores de la población. Los cónsules y los
arcontes duraban un año en sus funciones. Sin embargo, los ciudadanos rasos de los deme pasaron a dominar el Consejo de los Quinientos, cuya función era preparar las reuniones de la asamblea popular o ecclesia, en la cual todos los ciudadanos sin distinción tenían el derecho a discutir y votar las leyes. En caso de conflicto entre el Areópago y el Consejo de los Quinientos, la ecclesia tenía la última palabra. El equilibrio de poderes que estableció Clístenes se tradujo en una república mixta que, si bien mantenía elementos aristocráticos, se inclinaba a favor de la democracia:
una república democrática (Roche, 2013).
Esta relación de poder tuvo sus ecos en la antigüedad. Así, el ejemplo de Atenas alentó a otras ciudades griegas a internarse en la democracia.
Esto alarmó no sólo a Esparta y a las ciudades griegas que seguían su ejemplo oligárquico, sino también a los emperadores persas, pues el ideal democrático empezó a difundirse por las ciudades griegas de Asia Menor (la costa oriental del mar Egeo, en la actualidad parte de Turquía), que estaban sometidas (Wallace, 2007; Grondona, 2000; Rodríguez y Francés, 2010).
Esta nueva visión y paradigma de gobernanza creo un gran descontrol en los demás Estados, ya que significaba un nuevo paradigma del ejercicio del poder. Esto se debe tener muy en cuenta para la presente investigación, ya que hay pocas dudas de que el uso del término dêmokratía designara y, simultáneamente, revelara la existencia de una nueva realidad hasta entonces desconocida: la conexión entre el poder y sus participantes. A tal magnitud, que este tipo de gobierno no resurgió —más por su inconve- niencia para las clases dominantes que por su propuesta— hasta cientos de años después. Y a la fecha sigue siendo un tema de descontrol, conflicto y, en un mejor panorama, discusión.
En el gobierno de Pericles, de acuerdo con la visión de muchos his- toriadores (Guthrie, 1969; Zamitiz, 1999; Rodrígues, 2004; Rodríguez y Francés, 2010), se vive el mayor apogeo y la aplicación de la democracia más pura e ideal; a este periodo, en el siglo V a. C., también se le suele llamar La Edad de Oro. Y es que, mediante las encendidas palabras del gobernante, la democracia dejó de ser la constitución particular de una ciudad para convertirse en un ideal de vida inspirador de todos aquellos que quisieran imitarla (Grondona, 2000). La oración fúnebre de Pericles
es el primer registro del que se tiene memoria acerca de la naturaleza de la democracia, donde los muchos predominan sobre los pocos, dentro del círculo de los ciudadanos. Después de afirmar que Atenas es la gran maestra de Grecia, Pericles concluye que vale la pena morir por ella porque ya no es meramente una ciudad−Estado entre otras, sino la encarnación eminente del ideal democrático.
Errado vas desde el principio de tu discurso, extranjero, si buscas aquí un tirano. La ciudad no es gobernada (árchetai) por un solo hombre, sino que es libre. El pueblo (dêmos) gobierna por medio de sus magistrados anuales y no da el mando a los ricos; al contrario, el pobre tiene un derecho igual (íson). (Pericles, citado en Guariglia, 2010, p. 162)
Como se puede ver en el párrafo anterior, queda magníficamente expresado y ejemplificado que en la época dorada de Pericles, como lo plantea Sandél (1982), la conexión conceptual entre democracia, igualdad de derechos y gobierno de la ley aparece ya completamente consolidada en el pensamiento político griego. La isonomía, entendida como el dere- cho igual de todos a participar del poder, con las mismas prerrogativas y responsabilidades, pasa a expresar de modo permanente el contenido normativo de la democracia a tal punto que puede ser utilizado como su sinónimo (Guariglia, 2010).
Siendo esta forma de gobernar, entonces, el detonante para muchas discrepancias, diferencias y, a la postre, guerras en la Antigüedad (con Persia y Esparta, principalmente), y —nos atreveríamos a decir— aún constantes en el presente, sólo con diferentes actores sociales: basta ver y oír los discursos hegemónicos de las grandes potencias, o los discursos políticos partidistas, como simple ejemplo del aún poder del concepto democracia.
Sin embargo, hasta este punto del documento el concepto de demo- cracia sigue siendo confuso; ahora bien, en realidad la palabra denomina un único derecho: el de hablar abiertamente en el ágora como el derecho que funda la igualdad de los ciudadanos. En efecto, como luego lo ex- pondrá detalladamente Aristóteles (citado en Guariglia, 1986 y 2010), el
aspecto distintivo de toda forma de democracia es la igual participación en la asamblea de los ciudadanos. La capacidad de la considerada mu- chedumbre para participar en las actividades del gobierno se manifiesta como una garantía y, a la vez, como una prueba de la independencia y de la soberanía de quienes están más desprovistos de recursos materiales o intelectuales dentro de la ciudad-Estado.
En Grecia existían grupos de personas a quienes se les negaba la posi- bilidad ciudadana y, en consecuencia, no podían gozar de las prerrogativas de dicha condición; se trataba de las mujeres, los metecos y los esclavos.
Los metecos eran extranjeros radicados en las ciudad usualmente por cuestiones comerciales, con el tiempo llegaron a constituir una parte im- portante de la población. Los metecos y las mujeres eran personas libres, pero no podían acceder a los derechos ciudadanos. Por su parte, los esclavos no podían escoger su vivienda, trabajo o destino propio, tampoco podían poseer bienes (inmuebles y muebles). La esclavitud en la Grecia antigua se consideraba natural; respecto a lo anterior Aristóteles expresaba que:
la naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo.
En el esplendor de la democracia griega la libertad individual es en- tendida como la libre disposición de las personas o, como dice Aristóteles, como la posibilidad de que cada quien viva como quiera. A diferencia de la conservadora Esparta, donde las costumbres influían más en la vida privada y pública, en Atenas el individualismo parece definirse de una manera casi moderna: la libertad quedaba sometida a la ley, que propor- cionaba la igualdad política.
Ahora bien, sería un ejercicio exhaustivo tanto para el lector como para esta investigación hacer un detallado análisis con respecto al devenir histórico de la democracia como concepto y como forma de gobierno. Por eso, para fines prácticos, sólo nos detendremos de manera puntual para
mencionar momentos relevantes que permitan vislumbrar el futuro del panorama actual de la democracia en nuestra sociedad después de su surgimiento en la antigua Atenas.
De manera genérica, salvo algunas excepciones históricas, se podría afirmar que la democracia sucumbió en un profundo letargo de alrededor de 2,000 años, desde que el Rey Filipo II (382-336 a. C.) y su hijo Alejandro Magno (356-323 a. C.) de Macedonia derrotaran a las ciudades griegas e iniciaran la era helenística. Durante esta etapa de la historia, las polis clá- sicas entraron en una profunda crisis de tipo económica, social y política que pondría fin a la experiencia democrática. Para Arrieta-López (2019), durante la ausencia de la democracia abundaron los sistemas despóticos
—ya fueran monarquías, tiranías, oligarquías y aristocracias—; la demo- cracia era cosa del pasado, una utopía, una idea histórica para eruditos y nostálgica para poetas heréticos.
LA DEMOCRACIA Y SU RENACIMIENTO
Los siglos pasaron y, después del resplandor que significó la democracia, no hubo señales de su resurgimiento; sin embargo, en la Edad Media europea se da uno de los más importantes sucesos: a lo largo de esa época se restau- ró la monarquía (hereditaria o electiva) al imponerse los bárbaros como aristocracia gobernante; se impuso la teoría de que la soberanía política deriva de Dios y se adquiere por herencia, lo mismo que la propiedad de la tierra, o el dominio sobre las personas subordinadas (vasallos). Esto no se puede separar de una visión teocrática del mundo, pero, con base en esa misma lógica, señalan Rodríguez y Francés (2010), en lo más profundo de la Iglesia —en ese entonces la institución más poderosa— se comienza a ejercer la democracia, con —ni más ni menos— la elección de manera democrática del máximo representante de esa institución. Este es un dato sumamente importante, ya que entonces sería el cargo más importante y la persona más poderosa de esa época la única electa de tal forma.
Después de lo mencionado, no fue sino hasta cuando la burguesía de los países europeos occidentales del siglo XVIII tomó el espíritu de la democracia ateniense como un modelo opuesto a las formas autocráticas
que prevalecían en el continente. Así, frente al monopolio político y los privilegios que ostentaban los monarcas y los nobles, un gobierno con ciudadanos que discutían las decisiones de la vida pública era un ideal revolucionario; a partir de esa concepción se asentaron los principios del pensamiento liberal.
Con la Revolución inglesa, la declaración de independencia de los Estados Unidos de América y la Revolución francesa durante ese periodo, se configuran dos ideas paralelas: la idea de que un poder legítimo no puede fundarse ni operar sin incorporar la voluntad popular, y la idea de que el poder legítimo no es, en ningún caso, absoluto, pues tiene como límite los derechos de los ciudadanos. Un detonante fue, en 1688, la llamada Gloriosa Revolución (Grondona, 2000), mediante la cual en Inglaterra se sustituyó la monarquía absoluta, en Gran Bretaña, por una parlamentaria, lo que representó algo inédito hasta entonces para los Estados-nación;
esto creó un precedente para otros países no sólo en el continente europeo, sino también en la “joven” —desde la mirada occidental, por supuesto—
civilización del continente americano.
Para Fernández (2010), Prats (2012) y Arrieta-López (2019) los si- guientes autores fueron determinantes para poder entender la crisis y la reconstrucción de la democracia en Europa en esos siglos: Thomas Hobbes (1588-1679), con su homini homino lupus (‘el hombre es un lobo para el hombre’), postuló las ideas elementales del individualismo connatural en el comportamiento humano. Se podría decir que Hobbes es responsable del germen de lo que se conocería más tarde como las libertades individuales.
Por su parte, John Locke (1632-1704), en el siglo XVII, critica el absolu- tismo monárquico y defiende la idea de los derechos naturales unidos a la condición humana, y también planteó la necesidad de controlar el poder.
En Francia, Pierre Bayle (1647-1706) criticó al rey Luis XIV al dero- gar el Edicto de Nantes, que destruía la tolerancia religiosa; fue autor del Dictionnaire historique et critique, obra que influiría en el movimiento filosófico del enciclopedismo, el cual se caracterizó por inclinarse hacia las libertades individuales, la educación de los pueblos, la destrucción de la superstición y el acceso al conocimiento humano.
A su vez, Montesquieu (1689-1755) cuestionó el absolutismo de la monarquía francesa proponiendo un modelo de democracia patriarcal
basada en la virtud y la ayuda mutua; también planteó, en su obra El espíritu de las leyes, la necesidad de la separación de los poderes públi- cos. Su obra es especialmente crítica del poder absoluto y promueve la tolerancia religiosa y la libertad; también se opuso a métodos inhumanos, como la esclavitud y la tortura. Como se podrá ver más adelante, su legado iluminó a los liberales que hicieron posible la Revolución francesa y la Revolución americana.
Claude-Adrien Helvétius (1715-1771) apoyó financieramente a Di- derot en la publicación de la Enciclopedia, además de colaborar en ella. Su obra filosófica De l’esprit fue quemada públicamente al ser condena- da peligrosa para la religión y el reino. Helvétius intentó construir una teoría moral secular y fue defensor del liberalismo; su crítica al régimen político y a la legislación de la sociedad feudal adquiere, para su época, un carácter progresista.
Voltaire (1694-1778) fue la figura intelectual prominente de su siglo;
su literatura cuestionaba el statu quo. Se trató de un eminente divulgador, cuyo credo laico, sin duda alguna, conformó los cimientos de la Revolución francesa. Exigía eliminar los privilegios, la censura, la arbitrariedad, la intolerancia y el despotismo. Además, abogaba por la inviolabilidad de los derechos de los ciudadanos, esclarecida por la razón y fecundada por una amplia tolerancia religiosa.
Con base en las ideas, los pensamientos, los diálogos y las discusio- nes de los pensadores referidos, la Revolución francesa fue el cambio sociopolítico más importante que se produjo en Europa a fines del siglo XVIII. Esta no sólo fue importante para aquella nación, sino también sirvió de ejemplo para otros países en donde se desataron conflictos so- ciales similares en contra de regímenes anacrónicos y opresores, como la monarquía absoluta.
Esta revolución significó el triunfo de un pueblo pobre, oprimido y cansado de las injusticias, sobre los privilegios de la nobleza y del Estado absolutista. La Revolución francesa devino de un conflicto social origina- do por los excesos de un sistema anacrónico liderado por la monarquía absoluta y el clero, que colapsaría ante sí mismo; los ilustrados de la época denunciaban los excesos del sistema y muchos de ellos participaron en la revolución con una sola ilusión: la democracia. Los logros preponderantes
de la Revolución francesa pueden resumirse en la abolición de los pri- vilegios feudales; la eliminación del diezmo obligatorio para el clero; la promulgación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano; la libertad, la igualdad y la fraternidad como principios rectores de la República; la promulgación de la institucionalización civil de la Iglesia, mediante la cual se separó del Estado; la Constitu- ción de Francia del 3 de septiembre de 1791; la división de los poderes públicos, y la primera República francesa del 21 de septiembre de 1792 (Arrieta-López, 2019).
Por último, la Revolución francesa también marcó un rumbo defini- tivo, ya que, como lo mencionan Rodríguez y Francés (2010), encendió la imaginación de sus contemporáneos y de las generaciones subsiguientes por el mundo entero de un modo incomparable con la difusión mucho más
“discreta” que obtuvieron las revoluciones inglesa y americana.
Para el siglo XVIII, tanto la idea como la práctica de la democracia habían sufrido una profunda transformación. Según Dahl (2004), los teóricos políticos y los estadistas ahora reconocían lo que los partida- rios de la igualdad habían visto antes: podía recurrirse a la práctica no democrática de la representación para tornar practicable la democracia en los grandes Estados-nación de la era moderna. En otras palabras, la representación era la solución al dilema entre aumentar la capacidad de las asociaciones políticas a fin de lidiar con problemas a gran escala y mantener la oportunidad de la ciudadanía de involucrarse en el gobierno.
Para algunos de quienes estaban inmersos en las tradiciones más antiguas, la unión entre representación y democracia surgía como una invención magnífica y trascendente.
A inicios del siglo XIX, Destutt de Tracy (citado en Dahl, 2004), autor francés e inventor del concepto idéologie (‘ideología’), insistía en que la representación había convertido en obsoletas las doctrinas de Montes- quieu y Jean-Jacques Rousseau, quienes habían negado que los gobiernos representativos pudieran ser realmente democráticos.
En ese mismo siglo, el filósofo inglés James Mill (citado en Dahl, 2004) llamó al sistema de la representación “el gran descubrimiento de los tiempos modernos”, en el cual “quizás se halle la solución de todas las dificultades, tanto especulativas como prácticas”.
Una generación más tarde, el hijo de Mill, el filósofo John Stuart Mill, en Consideraciones sobre el gobierno representativo, llegó a la conclusión de que “el tipo ideal de gobierno perfecto” sería al mismo tiempo democrático y representativo; con ello prefiguró evoluciones que habrían de ocurrir durante el siglo XX. Para Mill, el demos de la democracia representativa incluía a las mujeres; recordemos que, hasta entonces, nunca había sido considerado este importante sector de la población. Esta representatividad abrió la posibi- lidad de expandir la inclusión de más sectores para ser reconocidos como ciudadanía; sin embargo, surgió otro cuestionamiento, ya desaparecido en gran parte el poder soberano y monárquico como incuestionable ejecutor de la autoridad. A propósito de ello, es sumamente importante abordar la siguiente pregunta para los fines y objetivos de esta investigación: ¿qué organizaciones o instituciones políticas se necesitan para gobernar?
En muchas de las democracias y repúblicas de las ciudades-Estado, fue impartido por las facciones, que incluían tanto a grupos informales como a partidos políticos organizados. Mucho más tarde, en varios países las democracias representativas desarrollaron partidos políticos con el fin de seleccionar candidatos para la elección de gobernantes, o como apoyo de las decisiones de los estos, o bien como oposición de ellos.
No obstante, como lo plantean Finley (1985) y Guariglia (1986), a finales del siglo XVIII teóricos políticos eminentes como Montesquieu todavía consideraban que las facciones representaban un peligro serio contra las democracias y las repúblicas. Esta opinión también fue común en la Convención Constituyente de Estados Unidos de América (Dahl, 2004), en la que muchos delegados argumentaron que el nuevo gobierno inevitablemente estaría controlado por las facciones, y que abusarían de él a menos que existiera un fuerte sistema de frenos y contrapesos constitucionales. Y es que como menciona Dahl:
[…] la experiencia histórica demuestra que, antes del siglo XVIII, la existencia de facciones en una democracia o república tendía a socavar la estabilidad de su gobierno. La “inestabilidad, la injusticia y la confusión insertadas en los consejos públicos” por el faccionalismo, han sido “las enfermedades fatales a causa de las cuales han perecido los gobiernos populares por doquier”. (2004, p. 28)
A pesar de lo anterior, la democracia representativa se fue expan- diendo como ideal hegemónico en distintos países. De modo que desde el siglo pasado podemos hablar de una época democrática de la humanidad.
Esto se abordará en el siguiente apartado.
LA DEMOCRACIA EN EL SIGLO XIX
En el siglo XIX (Fernández, 2010; Prats, 2012; Arrieta-López, 2019), el desarrollo de la democracia liberal fue influida por dos situaciones pre- ponderantes: la primera, la difícil inserción de los derechos civiles y políticos en el ordenamiento jurídico; la noción de la libertad de acuerdo con el ideario liberal como:
ausencia de coacción y únicamente limitada por la libertad de terceros chocaba claramente con la necesidad de que el estado garantizara unos derechos sociales (como la educación o la salud) que, por otra parte, eran necesarios para la autonomía moral del individuo y la cohesión social.
(Arrieta-López, 2019)
La segunda situación implica las consecuencias de la Revolución Industrial en las dos últimas décadas del siglo XIX, pues impactó para siempre el orden económico y social. La prevalencia del sector industrial sobre el agrario, la vigorización de una clase obrera mejor estructurada, la urbanización, la mejora del transporte y las infraestructuras, el aumento de partidos políticos de diferente índole como resultado del voto universal forzaron a no pocos Estados a transformar la estructura institucional y organizacional de sus democracias para poder garantizar el equilibrio social, la seguridad, la estabilidad, los derechos y los deberes a todos los ciudadanos, de manera que se pudieran evitar sublevaciones de grupos sociales excluidos.
A consecuencia del aumento de la inclusión social y los derechos sociales en el conjunto de normas jurídicas, Held observa la aparición de dos modelos liberales de democracia: el liberal democrático y el demo- crático republicano; ambos tienen en común los siguientes principios:
1) Noción de ciudadanía libre en su capacidad de deliberar y actuar.
2) Garantía universal de los derechos naturales (derecho a la vida), de los derechos civiles y políticos básicos (libertad de expresión, reunión y asociación) y del derecho al voto y a ser elegido.
3) Igualdad ante la ley.
4) Existencia de parlamentos representativos, pluralismo político y elecciones libres. (Held citado en Arrieta-López, 2019)
Sin embargo, los dos modelos muestran serias divergencias. El pri- mero se entraña en la tradición liberal clásica inspirada en Locke, por tanto, estima que el Estado no debe interferir en las actividades de los individuos ni en la sociedad civil; la función del Estado debe encami- narse a salvaguardar la libertad de los ciudadanos. Según este modelo, la democracia se reduce a un proceso formal de decisión que salvaguarda la libertad de la ciudadanía. Por otra parte, según el modelo liberal democrá- tico, el concepto de mercado implica el carácter pasivo del individuo y la autorregulación social, en consecuencia destaca el derecho de propiedad y minimiza los derechos sociales como la división de clases.
El modelo democrático republicano, a diferencia de su contrapar- te, es receptor de la revisión que John Stuart Mill (1806-1873) hace del liberalismo, por tanto, la democracia conlleva una forma de encaminar la conducta del individuo con un Estado orientado a la justicia redistri- butiva. Por esto el Estado debe proporcionar servicios públicos a sus ciudadanos, especialmente de educación y salud, así como bienes públi- cos de infraestructura, además de un trabajo digno, de manera que los ciudadanos puedan disfrutar de iguales oportunidades sociales. Para el referido modelo el individuo tiene la obligación de participar en la política, y las instituciones democráticas deben gozar de amplias competencias.
La economía de mercado debe subordinarse al principio de igualdad de oportunidades, y deben desaparecer las brechas entre ricos y pobres (Arrieta-López, 2019).
1. Primera ola de democratización (1828-1926). Para 1926 se implan- tan más de 30 democracias (el 50 % de la población accede al voto, sufragio masculino). Estas democracias son Alemania Occidental,
Alemania Oriental, Argentina, Australia, Austria, Bélgica, Cana- dá, Checoslovaquia, Chile, Colombia, Dinamarca, España, Estados Unidos de América, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Hungría, Irlanda, Islandia, Italia, Japón, Letonia, Lituania, Norue- ga, Nueva Zelanda, Polonia, Portugal, Reino Unido, Suecia, Suiza y Uruguay. La primera contra ola (1922-1942) comienza en 1922 con el surgimiento del fascismo y la profundización de la polarización política (fascismo, nazismo y comunismo); para 1942, las democracias en el mundo se habían reducido a 12 (Held, 1993; Huntington, 1994).
2. Segunda ola de democratización (1943-1962). Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial la ocupación por parte de los aliados suscita instituciones democráticas en Alemania Occidental, Austria, Corea, Italia y Japón. En Latinoamérica vuelve a la democracia Uru- guay; y en las elecciones entre 1945 y 1946 en Argentina, Colombia, Perú y Venezuela se instalan gobiernos electos por el pueblo, sin embargo, a comienzos de la década de 1950 en los cuatro países antes mencionados se establecen dictaduras. En suma, fue un periodo de bastante inestabilidad para Sudamérica. El número de democracias que alcanzó la segunda ola fue de 36 (Huntington, 1994).
3. Segunda contra ola (1958-1975). Otra vez el mundo regresó el au- toritarismo. En Perú las fuerzas armadas intervinieron para cambiar el resultado de las elecciones en 1962. En Brasil y Bolivia fueron derrocados los gobiernos democráticos en 1964, siguieron Argentina en 1966 y Ecuador en 1972. Un año después, en 1973, otros golpes de Estado fueron dirigidos contras las democracias de Uruguay y Chile. En general, para 1962 se originaron en el mundo 13 gobiernos autoritarios y para 1975 el número de países con poderes totalitarios ascendió a 38, por lo que solamente quedaron 30 países democráticos (Huntington, 1994).
4. Tercera ola de democratización (1974-actualidad). Quince años después de que pereciera el totalitarismo en Portugal, alrededor de 30 Estados en Latinoamérica, Asia y Europa cambiaron sus regíme- nes autoritarios por democracias. En 1994, 71 países en el mundo se transformaron en democráticos.
LA DEMOCRACIA EN LA ACTUALIDAD
En las sociedades modernas queda mucho de la antigua Grecia: desde la filosofía hasta las inamovibles bases el pensamiento occidental. No se debe olvidar que el gran imperio romano fue forjado con base en la estructura del pensamiento griego, por lo que podemos decir que los fundamentos de nuestro derecho, gobierno y Estado actual, también se les deben. Sin embargo, muchos siglos después de aquella época dorada de Pericles se recuperaron estos ideales, procesos y prácticas democráticas. Se debe entender, tal como se mencionó en el apartado anterior, que la novedosa, en ese entonces, forma de relación entre el poder y la población representó un duro obstáculo para las oligarquías y monarquías dominantes; y no era para menos: la democracia se presentó —al menos en el ideal— como el poder desde los gobernados, y no desde los gobernantes.
El modelo griego de democracia corresponde a lo que en la actuali- dad llamamos democracia directa. El pueblo, que está formado por los ciudadanos, tiene la soberanía y la ejerce de manera directa. Este modo de gobierno dependía de una forma de vida, la de la polis. Requería no sólo que hubiera un mínimo número, relativamente pequeño, de ciuda- danos, sino también una cantidad no pequeña de no ciudadanos (mujeres, esclavos y metecos), quienes soportaban en buena medida la actividad económica. Si nos atenemos al sentido que los propios atenienses daban al término, entonces se consideraría que no ha vuelto a haber (casi nun- ca) democracia en el mundo, pero las palabras cambian de significado y se adaptan para designar realidades nuevas. Hoy la palabra designa un sistema de gobierno muy distinto al de Atenas. Aunque hay un núcleo de significado que permanece: el que se refiere a la titularidad de la so- beranía. Cuando la cuestión es quién tiene la titularidad de la soberanía, una posible respuesta es el pueblo, y a esta respuesta, como principio, llamamos democracia.
Sin embargo, como base para dar comienzo a exponer la complejidad del término, se recurre al diccionario de la Real Academia Española (RAE), a fin de dar cuenta de lo complejo del fenómeno y concepto a manera de síntesis, después del recorrido histórico anterior de democracia:
Del lat. (latín) tardío democratǔa, y este del gr. (griego) δημοκρατία dēmokratía.
1. f. (nombre femenino) Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes.
2. f. (nombre femenino) País cuya forma de gobierno es una democracia.
3. f. (nombre femenino) Forma de sociedad que reconoce y respeta como valores esenciales la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.
4. f. (nombre femenino) Participación de todos los miembros de un grupo o de una asociación en la toma de decisiones. En esta comunidad de vecinos hay democracia. (2014)
Dejando aparte la etimología y función de democracia, su significa- do no se ha mantenido estable desde su creación. De hecho, una de las mayores dificultades de este tema consiste en establecer el significado exacto del término —como se ha venido mencionando insistentemente a lo largo de este documento—, ya que aparentemente de ello depende su aplicación. Formas de gobierno a través del tiempo, absolutamente distintas, se han calificado a sí mismas como democracia. A pesar de todas las complicaciones, limitantes y variables, hay cierto acuerdo en torno a una definición que se debe a Lincoln en su discurso de Getyssburg (Douglas, 2001), en el cual la definió como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, es decir, aquel gobierno que tiene su origen en la voluntad popular, aquel por el que recurrentemente el pueblo toma decisiones y también, el gobierno que tiene por objeto propiciar el beneficio de la población.
Tales conceptos, mencionados anteriormente, pueden derivar en términos generales, en lo que Norberto Bobbio (citado en Guariglia, 1986) ha caracterizado como las dos acepciones de democracia más ampliamente empleadas en la actualidad:
1) La democracia formal. Entendida como el conjunto de procedi- mientos mediante los cuales la población toma decisiones.
2) La democracia sustantiva. Aquel régimen que procura precisa- mente el más amplio beneficio para el mayor número de personas.
(Bobbio citado en Guariglia, 1986)
Sin embargo, ni siquiera lo anterior elimina la discusión en torno al significado actual de la democracia, pues, como mínimo, tendríamos que precisar lo que entendemos por pueblo o mayoría, y también cuándo podemos decir que el poder reside en el sujeto de ese modo precisado. En el presente contexto hay una dificultad adicional, pues el concepto de democracia ha alcanzado un significado valorativo que se sobrepone al descriptivo hasta difuminarlo. En palabras de Hobbes, podemos decir que llamamos democracia a lo que nos gusta. Extendemos la invitación a comprobar lo anterior con un análisis cualitativo de discursos partidistas y de gobernantes en el ámbito global. Así, encontramos diversidad en la concepción del tipo de democracia en documentos simples:
Democracia burguesa:
f. (nombre femenino) En la terminología marxista, democracia liberal.
Democracia censitaria
f. (nombre femenino) democracia que restringe el derecho de voto al censo de contribuyentes de un cierto nivel patrimonial.
Democracia cristiana
f. (nombre femenino) Movimiento político que aúna los principios democráticos con algunos postulados de la doctrina y el pensamiento social cristianos.
Democracia directa
f. (nombre femenino) democracia que se ejerce por el pueblo sin la me- diación de representantes, a través de asambleas vecinales, referéndums o iniciativas ciudadanas.
Democracia liberal
f. (nombre femenino) democracia que, basada en el reconocimiento de los derechos individuales, se ejerce a través de los representantes políticos de los ciudadanos.
Democracia orgánica
f. (nombre femenino) Forma de organización política del régimen fran- quista y otros regímenes autoritarios, basada oficialmente en la familia, el municipio y el sindicato.
Democracia popular
f. (nombre femenino) Sistema de gobierno de las dictaduras comunistas.
Democracia representativa
f. (nombre femenino) democracia que se ejerce a través de represen- tantes elegidos libremente por los ciudadanos de forma periódica.
(RAE, 2014)
Dejando por un momento la discusión con respecto a los conceptos, se debe mencionar que, durante el siglo XX, el número de países que conta- ba con las instituciones políticas básicas de la democracia representativa aumentó notablemente. Dahl (2004) y Rodrígues (2004) coinciden en que, al inicio del siglo XXI, más de un tercio de los países nominalmente independientes del mundo poseían instituciones democráticas compa- rables a las de los países de habla inglesa y a las de las democracias más antiguas de la Europa continental. En otra sexta parte de los países del mundo, estas instituciones, si bien un tanto defectuosas, igualmente proporcionaban grados históricamente altos de gobierno democrático.
En conjunto, estos países democráticos o casi democráticos contenían cerca de la mitad de la población mundial. Esto inevitablemente invita a preguntar: ¿qué es lo que explica esta rápida expansión de las institu- ciones democráticas?
Tanto Grondona (2000) como Dahl (2004) coinciden en los siguientes factores como posibles respuestas a la pregunta planteada:
1. Fallas de los sistemas no democráticos: todas las principales al- ternativas a la democracia —de origen antiguo o moderno— sufrieron fallas políticas, económicas, diplomáticas y militares que en gran medida disminuyeron su atractivo, como ejemplos:
1) La victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial, en la que los antiguos sistemas de la monarquía, la aristocracia y la oligarquía dejaron de ser legítimos.
2) El comunismo de estilo soviético luego del colapso económico y político de la Unión Soviética en 1990-1991.
3) Fallas similares contribuyeron a la desaparición gradual de las dictaduras militares en América Latina en las décadas de 1980 y 1990.
2. Economías de mercado: estos cambios ideológicos e institucio- nales fueron acompañados por cambios en las instituciones económicas.
Economías fuertemente centralizadas bajo control estatal permitieron a los líderes políticos utilizar su fácil acceso a los recursos económicos para recompensar a sus aliados y castigar a sus críticos. A medida que estos sistemas fueron siendo reemplazados por economías de mercado más descentralizadas, el poder y la influencia de los máximos funciona- rios de gobierno fueron mermando. Es más, algunas de las condiciones esenciales para el funcionamiento exitoso de las economías de mercado también contribuyeron al desarrollo de la democracia: el pronto acceso a información confiable, como es el caso del internet, los medios de in- formación masivos y las nuevas tecnologías.
3. Niveles de educación relativamente altos: la facilidad para el mo- vimiento de personas y el Estado de derecho. En tanto las economías de mercado fueron expandiéndose, y las clases medias fueron creciendo y se tornaron más influyentes, aumentó el apoyo popular a favor de dichas condiciones, a menudo acompañado por demandas de una mayor demo- cratización. Esto estuvo influido en gran parte por la creación de nuevos espacios de desarrollo, como universidades y colegios, que formaron parte
detonante y fomentaron con el intercambio de ideas el surgimiento de una cultura de la democracia.
4. Bienestar económico: el desarrollo de las economías de mercado contribuyó a la difusión de la democracia. A medida que fue mejorando el bienestar económico de grandes segmentos de la población mundial, también mejoró la probabilidad de que sobrevivieran y florecieran las instituciones democráticas recientemente establecidas. Se puede decir de manera general que los países democráticos que padecen una persistente pobreza son más susceptibles de sucumbir a los encantos de demagogos antidemocráticos que prometen soluciones simples e inmediatas a los problemas económicos de su país. Por eso, la prosperidad económica generalizada de una nación aumenta mucho las oportunidades de que un gobierno democrático alcance el éxito, en tanto que la pobreza gene- ralizada aumenta mucho las oportunidades de que fracase.
5. Cultura política: durante el siglo XX, la democracia continuó exis- tiendo en algunos países a pesar de los periodos de aguda crisis en el ámbito diplomático, militar, económico o político, como ocurrió durante los pri- meros años de la Gran Depresión. La supervivencia de las instituciones democráticas en estos países es atribuible, en parte, al hecho de que en sus sociedades existía una cultura de creencias y valores democráticos ampliamente compartida. Estas actitudes se reciben a temprana edad, transmitidas por generaciones anteriores, y de este modo se fijan en lo que el pueblo percibe de sí, de su país y del mundo. En los países donde la cultura democrática es débil o está ausente, la democracia es mucho más vulnerable, y es más probable que los periodos de crisis conduzcan a una reversión hacia un régimen no democrático.
Quizá el cambio más considerable, si comparamos nuestras democra- cias con las de la Antigüedad, aparece cuando nos centramos no en quién tiene derechos de participación política (hoy en día prácticamente todos los adultos tienen estos derechos) —en este sentido “extensivo” nuestra democracia es “más democracia”—, sino en qué consisten estos, en los medios y las formas mediante las que el pueblo ejerce su poder.
Para Rodríguez y Francés (2010), de hecho, la noción de gobierno popular, a partir del siglo XVII, presenta esas distintas variantes: demo- cracia directa (que es más o menos la forma que adoptaba la democracia
en la democracia representativa), la cual es la forma más extendida en la actualidad, se caracteriza por que la soberanía popular está delegada en las instituciones gubernamentales que ejercen la autoridad en nombre del pueblo; supone que la titularidad y el ejercicio del poder político, de la soberanía, son distintos: la titularidad es del pueblo (en caso contrario, no sería una democracia), pero la ejercen sus representantes electos.
En la práctica, el esquema funcional de la democracia representa- tiva se consolidó en el siglo XIX y se funda en una separación de los tres órganos o poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), que se ocupan de los actos del Estado en tres esferas distintas:
1) Elaboración y aprobación de las leyes (legislativo).
2) Administración y ejecución de las leyes (ejecutivo).
3) Aplicación de sanciones a quienes no cumplen las leyes y resolución de conflictos ( judicial). (Dahl, 2004).
La columna vertebral es el legislativo como representante de los ciudadanos y depositario de la soberanía popular. El ejecutivo y el judi- cial derivan, en última instancia, del legislativo y se subordinan a él. Se considera que el mandato representativo se renueva de manera periódica por medio de elecciones regulares en el tiempo.
Cuando se habla de reflejar y expresar la voluntad popular es en sen- tido metafórico. En realidad, la voluntad popular siempre es establecida por el colegio que tiene el poder legislativo, no por los ciudadanos (Finley, 1985; Guariglia, 1986; Rodrígues, 2004). La idea de la representación mediante comicios sólo se convierte en algo tangible cuando la libertad de acción de los representantes está jurídicamente limitada a los deseos de los representados. En realidad, la democracia representativa es un tipo de gobierno cuyos actos tienen una correspondencia relativamente estrecha con los deseos de muchos de los representados.
La borrosa noción de soberanía popular se reformula en términos de las oportunidades que tienen los ciudadanos de expresar sus preferencias al gobierno. De este modo se consigue que los deseos de los ciudadanos se tengan en cuenta en términos igualitarios, sin discriminación en cuanto a contenido y origen.