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Esta ciencia for­ maba parte de un sistema filosófico, como prolongación de su filosofía de la naturaleza

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Y MICRO-SOCIOLÓGICA

Thomas S. Kuhn fallecía en abril de 1996. Criticado por muchos, admirado por muchos más, es indiscutible que con su obra epistemológica ha jugado un papel decisivo en la elabo­

ración de un nuevo concepto de ciencia. Para subrayar su novedad, podríamos hablar de tres acepciones que, a lo largo de nuestra historia occidental, han ido adquiriendo las ciencias empírico-formales.

La primera acepción, correspondiente a la antigüedad y a la edad media, es la de «ciencia aristotélica». Esta ciencia for­

maba parte de un sistema filosófico, como prolongación de su filosofía de la naturaleza. No quiero decir con esto que fuera una ciencia apriorística. La experiencia -no experimentación activa, pero sí observación atenta- era básica en la concepción aristotélica. No en vano Aristóteles mismo había realizado pacientes investigaciones zoológicas. Según él, sólo mediante esa familiarización con los fenómenos, obtenida tras una experiencia prolongada, puede llegarse a intuir la esencia de los mismos. Y sólo sobre esas intuiciones esenciales pueden fundarse los primeros principios de una ciencia. Pues para la ciencia aristotélica, tan importante como la deducción apodíc- tica a partir de esos primeros principios, es la inducción dia­

léctica que permite alcanzarlos.

La segunda acepción, nacida con «la» revolución científi­

ca, podemos llamarla «ciencia baconiana». Francis Bacon fue en efecto considerado «artium instaurator» por la Royal Society, la primera de las instituciones científicas modernas

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MANUEL GARCÍA DONCEL BBMP, LXXIII, 1997

(fundada en 1662). Bacon teoretiza sobre el nuevo «método experimental» que ve fundado, no en simples observaciones pasivas, sino en experimentos con aparatos («artium mechani- carum experimenta»). Tal método da solidez aparentemente definitiva a las nuevas ciencias de la naturaleza, independien­

temente de un sistema filosófico como el aristotélico. Bacon pretendía incluso sacar los conceptos científicos «de las cosas mismas», utilizando de modo cuasi-mecánico su «procedi­

miento inductivo». Pronto se vió la ingenuidad de esa preten­

sión. Se vio que aparatos y laboratorios exigen un cuadro con­

ceptual previo. Que toda experiencia está «lastrada de teoría».

La tercera acepción, inspirada por «las» revoluciones cien­

tíficas sucesivas, debemos llamarla «ciencia kuhniana». Su intuición básica es que los científicos ordinariamente trabajan comprometidos con un cierto «paradigma», en el que depositan su confianza. Ese paradigma, aceptado por la comunidad cientí­

fica, les proporciona los cuadros conceptuales y simbólicos en que fundamentan sus teorías, les señala el campo de aplicación experimental con sus reglas de correspondencia, y aun contiene las concepciones y los valores más básicos de su ciencia. Tales compromisos paradigmáticos concentran la actividad de la comunidad científica, que va articulando más y más el paradig­

ma, extendiéndolo a otros problemas análogos, y ampliando su precisión empírico-formal. Así se realiza el progreso de la «cien­

cia normal». En este esfuerzo comunitario ocurre a veces que, debido a anomalías entre lo que predice la precisa teoría y lo que experiencias precisas detectan, el paradigma entra en crisis. Per­

dida entonces la confianza en tal paradigma, es posible proponer otro alternativo. Y aun es posible que la comunidad científica lo adopte, no por argumentos lógicos -ya que el nuevo paradigma es lógicamente «inconmensurable» con el anterior-, sino median­

te un serio juicio valoral. Con ello se impone la «revolución cien­

tífica», que cierra el proceso de «ciencia extraordinaria».

Influjo históricode laepistemologíakuhniana

Tan sólo desde la perspectiva del siglo XX ha sido posi­

ble captar esas sucesivas revoluciones dentro de una misma

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ciencia. Las anteriores concepciones de la ilustración o del cientificismo decimonónico hablaban únicamente de «la»

revolución científica: aquella que allá en el siglo XVII habría instaurado la ciencia moderna a partir de la pre-ciencia y el oscurantismo metafísico medievales. Incluso epistemólogos atentos a la historia -como William Whewell y Pierre Duhem no pudieron captar, desde su perspectiva de la segunda mitad del siglo XIX, más que un desarrollo continuo de las ciencias modernas. Pero una reflexión, por ejemplo, sobre la introduc­

ción en el siglo XX de la física relativista y de la física cuán­

tica evidencia que se trata de verdaderas revoluciones concep­

tuales, y que su punto de partida, la física del siglo XIX, era indiscutiblemente científico.

Esa nueva epistemología de orientación histórica nos ha liberado de hecho de la anterior epistemología logicista, pro­

pia del neopositivismo del Círculo de Viena, que monopoliza­

ba toda reflexión sobre las ciencias hasta la mitad de nuestro siglo. En realidad Karl Popper, en contacto con el Circulo de Viena, fue el primero en reaccionar contra sus concepciones positivistas e ingenuamente inductivistas. Y la «epistemolo­

gía falsabilista» de Popper se inspira ya en el cambio científi­

co, en concreto en la contrastación de la relatividad general de Einstein realizada durante el eclipse de sol de 1918. También Stephen Toulmin desde mitad de siglo orienta la epistemolo ­ gía en su línea histórica de la «evolución conceptual». Pero fue sin duda el ensayo de Kuhn de 1962, La Estructura de las Revoluciones Científicas, el que impuso decididamente la nueva orientación histórica. Ella aporta una visión mucho rnás rica y más humana de las ciencias, abierta incluso a otras ramas del saber.

Caráctermicrosociológicodelaepistemologíakuhniana

A través de ese enfoque histórico, Kuhn da un cierto carácter sociológico a su epistemología, en cuanto el paradig­

ma científico es aceptado o modificado por la comunidad científica internacional de la especialidad. Pero subrayemos que se trata propiamente de un carácter «microsociológico»,

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ya que esa comunidad se reduce a pocos miles de personas, de entre los miliardos que pueblan nuestro planeta. Sólo esa microsociedad, relativamente autónoma, de los introducidos en el arcano disciplinar es capaz de intervenir en decisiones paradigmáticas.

Esa microsociedad es quien, con su actividad docente, conserva y transmite el paradigma. Ella es quien, controlando la publicación de la actividad investigadora, autoriza su arti­

culación: ampliación del campo de aplicación, modificación analógica de los conceptos... Ella es, sobre todo, quien certifi­

ca la crisis del paradigma, acepta la alternativa de otro nuevo, y sentencia entre ambos mediante un juicio valoral y colegial.

Kuhn enumera los valores característicos de la buena ciencia:

precisión, consistencia, alcance, simplicidad y fecundidad.

Pero subraya que en ese juicio colegial se aplicarán con diver­

sos matices subjetivos que, lejos de romper la objetividad científica, aseguran al paradigma la máxima seriedad que pue­

de dar un juicio humano. Indica también que el primero de esos valores, la precisión en la concordancia entre las predic­

ciones de la teoría y los resultados experimentales, ofrece un control característico de las ciencias empírico-formales. En todo caso, esa doble actividad de ciencia ordinaria y extraor­

dinaria actualiza -a nivel histórico y microsociológico- la con­

traposición de las tareas deductiva e inductiva que aparecían ya en la ciencia aristotélica.

Recuerdos personales ycomentarios críticos

En diciembre de 1984 tuve el honor de conocer personal­

mente a Thomas Kuhn a lo largo de una entrevista y una comi­

da en el campus del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Mientras esperaba allí, en su despacho del Departa­

mento de Filosofía -un primer piso enmoquetado en verde sobre una planta de salas de máquinas- pude ver las obras de Jean Piaget y todo un conjunto de traducciones de La Estruc­

tura de las Revoluciones Científicas, incluida la japonesa. En ese marco original tuve el gusto de apretar la mano de este hombre, famoso y sencillo, de pensamiento rápido y decidido.

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Rompió el hielo con su confesión ingenua sobre lo fascinante de redactar con su reciente ordenador. Tratamos de mil cosas a lo largo de aquellas horas. Como a físico, me habló de su libro entonces novedoso y duramente criticado, La radiación del cuerpo negro, del que se sentía orgulloso como de su mejor obra. Yo le ponderaba el interés de su enfoque «micro- sociológico», y percibía su agrado por mi calificativo.

Comentaba también los defectos de la traducción mejicana de La Estructura de las Revoluciones Científicas, de la que ten­

go el placer de poseer el ejemplar numerado «00002» (¡supon­

go que el «00001» estaría allí, en la estantería de su despa­

cho!).

Por más que entonces no pudiéramos abordar en serio el tema, hay algo en las últimas cinco páginas de ese ensayo que a mí me hiere, y creo descubre en Kuhn un profundo pesimis­

mo metafísico: que el progreso científico no puede significar acercarse a una «verdad»; que las ciencias progresan por revo­

luciones «a partir» de su situación anterior^ pero no «hacia»

ninguna meta; que hemos de admitir su total ateleologia, como la descubierta hace un siglo en la selección natural darwiniana.

Yo creo, lo primero, que a pesar de las inconmensurabili­

dades lógicas, en el cuadro conceptual de todo nuevo paradig­

ma los científicos revolucionarios realizan espontáneamente una «reinterpretación radical» de las conquistas de los para­

digmas anteriores. Elaboran para ello lo que Niels Bohr lia maría «un principio de correspondencia». Cierto que los con ceptos -o «cuasi-conceptos» simbólicos de nuestras ciencias empírico-formales- captan sólo facetas de una realidad mucho más rica que ellos. Pero captan algo de esa realidad, que es conservable a pesar del cambio de cuadro conceptual.

Creo, sobre todo, que hemos de ser más optimistas que Kuhn en el momento de afrontar esa doble pregunta que, en la última página de su ensayo, confiesa queda sin contestar.

Hemos de admitir que «la naturaleza es inteligible», y que lo es «para nosotros los humanos». Ello constituye un doble pre­

supuesto, indispensable para la existencia de la ciencia. Es

«pre»-supuesto y, en cuanto tal, no es científico. Por ello, el optimismo que echo de menos es propiamente metafísico. Tal

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optimismo me hace pensar que, aunque a nivel científico no se vea ni pretenda verse la meta de esa «verdad», los humanos estamos hechos para buscarla -sin que estorben para ello los mecanismos evolutivos darwinianos-, y que nuestros instintos intelectuales y microsociológicos nos dirigen decididamente hacia ella. Confío incluso en que, si Kuhn redactara ahora esa última página de su ensayo, nos hablaría explícitamente de «la Verdad».

Manuel GarcíaDoncel Universidad Autónoma de Barcelona

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