El crítico literario como Quijote al revés = The literary critic as a reverse Quixote

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(1)M Rodríguez Fernández Tario aller de Letras N° 45: 145-158, 2009. El crítico literario como Qissn uijote al revés 0716-0798. El crítico literario como Quijote al revés The Literary Critic as a Reverse Quixote Mario Rodríguez Fernández Universidad de Concepción revatenea@udec.cl La figura del crítico como “Quijote al revés” apunta a un proceso de escritura –señalado por Ricardo Piglia– que señala que si en el texto de Cervantes se propone, inicialmente, el relato de una vida se termina narrando las lecturas del personaje, mientras en el caso del crítico sucede lo contrario: al enumerar sus lecturas está contando su vida. Esta suerte de “autobiografía posfreudiana” constituye el centro del artículo que se presenta casi como un relato de cincuenta años de crítica literaria, poniendo en acto la frase de Deleuze que “escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso” Escribir resulta, así, ser un proceso de vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. Palabras clave: Quijote, crítico, literatura, vida, lector, lugar de lectura, devenir. The figure of the literary critic as ‘reverse Quixote’ refers to a writing process –pointed out by Ricardo Piglia– which maintains that whereas in the text by Cervantes the narration of a life is the initial proposition, but the readings of the main character are ultimately the object of the narration, the opposite takes place in the case of the critic: in narrating his/her readings, he/she is telling the story of his/her life. This sort of ‘post-Freudian autobiography’ constitutes the core of this paper, which is presented as an account of fifty years of literary criticism, performing Deleuze’s words which state that ‘writing is a question of becoming, always incomplete, always in the midst of being formed’. Thus, writing becomes a life-long process, transversal to what can be lived and to what has been lived already. Keywords: Quixote, Literary Critic, Literature, Life, Place of Reading, Process of Development.. Fecha de recepción: 04 de julio 2008 Fecha de aprobación: 04 de marzo de 2009. 145 ■.

(2) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. Escribir “es un proceso, es decir un paso de vida que atraviesa lo vivible y lo vivido” (Deleuze, Crítica y clínica, 11). Deseo poner en práctica esta afirmación, hacerla funcionar en relación al tema crítica literaria y vida. Escribir como un crítico que deviene otra cosa escribiendo. Para conseguirlo es necesario romper el canon de la crítica, sus pretendidos márgenes de objetivismo y “cientificidad”, para situarse en una zona de indiferenciación general que pasa por los géneros, por los reinos literarios de la crítica y creación y por el carácter colectivo de una enunciación que enlaza en un nosotros el yo y el tú. No es que desee escribir mis recuerdos, mis sueños y fantasías. Correría el peligro de edipizar o infantilizar la literatura. Quiero escribir los devenires de un crítico que se decantan hacia unas lecturas que son “como cenizas, como mares poblándose”, pero que perduran en el tiempo infinitamente verdes, como las ciruelas nerudianas en “Galope muerto”. En resumen, desencadenar un devenir, poner en acto un rizoma, actuar como un animal que al final de sus días vuelve a recorrer sus madrigueras, que en el caso del crítico, serían sus sitios de lectura. Sus lugares territorializados desde donde lee. Porque todo depende del lugar desde donde se lee. Pancho el hijo del labriego y su hermano el buen Tomás serán hombrecitos luego. Pancho será peón de riego y su hermano capataz. Estos versos de Carlos Pezoa Véliz analizados en mi Tesis para obtener el título de Profesor de Estado en Castellano todavía resuenan en mi memoria. A pesar de los cincuenta años transcurridos algo me impele a volver a ellos, a decirlos en voz alta para volver a pensar por qué siguen aquí. Pensar, en este caso, no lo entiendo como interpretar un significado, sino como una apelación a conectarse con unas vidas mínimas predestinadas a destinos también menores. La conexión se produce no por lo dicho, sino por el modo de decir lo que se dice, fundamentalmente por el tono empleado, ni enfático, ni trágico, ni consignista, sino resignado, con una resignación que viene desde el fondo de una alma que adivinamos que puede ser la del pueblo, algo así como que las cosas son de ese modo y no se pueden cambiar, ni siquiera vale la pena pensar cambiarlas. Fatalismo, resignación, expresado en otro verso del poeta que ronda por la memoria: “¡qué diablos! La vida es así” En este punto se puede entender que uno está conectado con uno de los imaginarios sociales del país, con lo que el mismo Pezoa Véliz llamó Alma Chilena, puntualizaré con una de las almas de Chile, porque existen tantas como Chile(s) hay.. ■ 146.

(3) Mario Rodríguez Fernández. El crítico literario como Quijote al revés. Y aquí entramos en un punto de inflexión importantísimo. En la década del cincuenta leí estos versos de una manera totalmente distinta a lo que lo hago hoy día. Al contrario de lo que pensamos, los significados son débiles, volátiles. No podría imaginarme, por ejemplo, en aquella lejana época, que existían muchos Chiles (para empezar el Chile metropolitano y el de regiones. El Chile de las Condes y el Chile de la población La Legua). Y no solamente por el paso del tiempo, sino porque el significado depende del contexto, más preciso, desde el lugar desde donde se lee. No existen significados establecidos para siempre. Tal vez sí en los libros sagrados, pero no en la literatura secular. La palabra fuera de su contexto es como el pez fuera del agua. A fines de los cincuenta leía estos versos desde mi situación de alumno del Pedagógico de la Universidad de Chile y desde el campo teórico que mis maestros me habían proporcionado, básicamente, la estilística. Este método de análisis focalizaba el interés en el estilo de Pezoa Véliz, es decir, en las particularidades idiomáticas de su discurso lírico, a través de las cuales podría acceder a la subjetividad del poeta. Un enfoque aproximado a la línea propuesta por Bufón en su conocida consigna: “El estilo es el hombre mismo”. Aunque aquí no se trataba del hombre mismo, el de carne y hueso, sino de un sujeto creado por el propio lenguaje llamado hablante lírico o hablante imaginario. Diez años más tarde, tal lectura se transforma en un acto sospechoso. El enfoque sociológico de fundamentos marxistas que comenzaba a predominar en el campo cultural, con sobradas razones tildaba de sospechosamente idealista el análisis estilístico, ya que en el fondo constituía una visión subjetivista de la literatura que se ocultaba bajo un ropaje técnico. Los versos citados de Pezoa Véliz debían inscribirse a cambio en el horizonte de una clase social oprimida por la dominante –la patronal en este caso– que determinaba el destino de estos hombrecitos –Pancho y Tomás– sin escapatoria alguna. Los aún niños –la palabra hombrecitos en este sentido es conmovedora– serán en el futuro lo que su condición de clase les permita ser. La nueva lectura de los 60 se autovalida en los versos correspondientes al desarrollo final del poema: Pancho, el hijo del labriego y su hermano el buen Tomás llegarán a ancianos luego, ni Pancho fue peón de riego ni su hermano capataz Ni siquiera se pueden alcanzar los más modestos sueños, nos dice Pezoa Véliz. La pobreza, la injusticia social aleja todo atisbo de dicha por pequeña que sea: ¿Dónde hallar la dicha aquella? El viento sopla después. 147 ■.

(4) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. Cincuenta años más tarde el lugar desde donde leo los versos de Pezoa Véliz es totalmente distinto, lugar que con toda precaución podríamos llamar el de la posmodernidad. Este nuevo lugar de lectura está definido por un desmantelamiento de los principios y valores que la modernidad consideraba universalmente constitutivos de toda civilización: El racionalismo, la idea de progreso, los conceptos de sujeto, humanidad, conciencia, ideología, persona, nación que definieron la cultura moderna (Lojo, La barbarie en la narrativa argentina del siglo XIX,15). Así, por ejemplo, la idea de varios Chiles es un desmantelamiento o una relativización de la idea de nación como espacio compacto, único. El nuevo lugar de lectura está determinado por una relación con el poder, estrictamente con una actitud de resistencia al poder. Me refiero a las más diversas formas del poder, políticas, morales, estéticas, etc.; en este caso se trata del poder que detenta la institución llamada tradición literaria. Los simples versos de Pezoa Véliz caen fuera del territorio poético admitido por la institucionalidad de la época. El modernismo, encabezado por Rubén Darío, instaura un lenguaje poético que con los recursos de la metáfora, la imagen y el símbolo, enriqueció notablemente la dicción poética de su tiempo. La poesía se apoderó de lenguajes prestigiosos ritualizados como el de la religión recuperando para el poeta la figura de sacerdote, del sujeto ligado a la trascendencia (lo que no era nuevo), añadiéndole, sin embargo, un rasgo diferenciador: el del monje artífice: yo he dicho en la misa rosa de mi juventud, mis antíforas, mis secuencias, mis prosas profanas. Tiempo y menos fatigas de alma, y corazón me han hecho falta para, como un buen monje artífice hacer mis mayúsculas dignas de cada página del breviario (Darío, Prosas profanas y otros poemas, 74). El artífice Rubén Darío trabaja con el lenguaje hasta conseguir transformarlo en una bella obra de arte. Carlos Pezoa Véliz se presenta como figura antagónica al artífice. No hay nada de belleza “clásica” en los rústicos versos. Tal vez porque no emplea ni metáforas ni imágenes ni símbolos. Y sin duda porque el lenguaje pertenece en propiedad al habla cotidiana. Es un lenguaje marginal, extraño, al que la institución literatura consideraba poético. Y en este sentido es un acto de resistencia, que nos lleva a una triple definición de escribir: escribir es luchar, resistir; escribir es devenir; escribir es cartogriafar” (Deleuze, Foucault, 71). Lo último es lo que trato de hacer aquí, cartografiar cincuenta años de crítica literaria trazando las líneas entre mis diversos lugares de lectura, precisos sitios traspasados por la historia que bien podríamos llamar “cronotopos” de lectura. En 1950 desde el cronotopo Pedagógico yo no podía percibir el juego del poder en estos versos, ni siquiera adivinarlo. Tal vez en el enfoque sociológico. ■ 148.

(5) Mario Rodríguez Fernández. El crítico literario como Quijote al revés. sí estaba presente. Pero como poder de una clase, lo que transformaba a la poesía en un reflejo, en una expresión directa de la ideología dominante y aquello no solo era ya un lugar común, sino una verificación totalmente improductiva. Los franceses me enseñaron algo distinto. Pezoa Véliz estaba hablando de un pueblo bastardo. Bastardo no en un sentido familiar, sino como algo impuro, inacabado, que estaba buscando otro estado, que ni siquiera vislumbraba, pero que debía existir en alguna parte y que mientras tanto encontraba su expresión en y a través del escritor (Deleuze, Crítica y clínica, 15). La tristeza, la fatalidad, los sueños truncos, producían legítima nostalgia por otro pueblo en el que los hombrecitos no tuvieran necesariamente que trabajar. Otro pueblo en que hubiera risa, dicha y libertad. Y este nuevo lugar de lectura, el propicionado por el posestructuralismo, me regalaba una frase con la que podía entender lo que solo adivinaba: Escribir es “inventar un pueblo que falta” (Deleuze, Crítica y clínica, 15). Así leo hoy día estos versos casi ingenuos, simples en los que resuena el lenguaje cotidiano. Y en este punto llego al lugar clave de la tesis que trato de exponer. Al tratar de escribir mis distintas lecturas terminé escribiendo mi vida. Estoy escribiendo mi vida académica como un Quijote al revés. Recordemos que el texto de Cervantes se propone narrar la vida de su héroe, pero comienza narrando sus lecturas (Piglia, Crítica y ficción, 13). Al revés, quise narrar mis lecturas pero he empezado a narrar mi vida. En este caso, la del Instituto Pedagógico como alumno y profesor donde los maestros Antonio Doddis, Eleazar Huerta, Félix Martínez, Cedomil Goić me enseñaron el privilegio y el imperio del método. Como crítico uno debía enmascararse en el método. La revuelta de la década del sesenta derribó todas las máscaras del método y transformó al crítico literario en un agente del cambio social. El pedagógico se embarcó decididamente en esta empresa. Frecuenté, o fatigué como diría Borges, este tipo de lecturas, pero el ancla al método formal construida por mis maestros detuvo el rumbo sociológico. Hasta llegar a la Universidad de Concepción donde di de bruces con algo totalmente distinto: el estructuralismo francés de Barthes y compañía. Allí estos versos de Pezoa Véliz parecían totalmente ajenos a las sofisticaciones de un análisis finísimo que utilizaba una nomenclatura tan compleja, que a veces oscurecía el texto leído. No los olvidé, a pesar de todo, en los largos años de la década del setenta y principios del ochenta, hasta encontrarme con los posestructuralistas que me hicieron recuperar nuevos sentidos. Esa es la idea central que me guía. Leer desde una posición y un lugar concretos, cuyas derivaciones y cambios marcan una época y una vida personal.. 149 ■.

(6) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. Como afirma Ricardo Piglia, uno reconstituye su vida en el interior de los textos que lee. La crítica se transforma así en una autobiografía posfreudiana (Piglia, Crítica y ficción, 13). Pero hay algo más, y a propósito de Freud. La lectura en general me ha servido para llenar lo que Mallarmé llamó el hueco, el vacío por donde se precipitan los símbolos, las palabras con las que entendemos al mundo y nos relacionamos con nosotros mismos (Paz, Los hijos del Limo, 113). Este hoyo negro que quiere devorarnos puede llamarse la nada, la muerte y la angustia, la depresión cuando logramos sobrevivir. Hacemos miles de cosas, trabajamos delirantemente para llenar el agujero terrible. Pero como desgraciadamente la vida es una empresa de demolición, como escribe Scott Fitzgerald, alguien se despierta en la mañana y ya no tiene a nadie, está solo; ya no trabaja, no hay amigos y allí está el hoyo negro parpadeando su fascinación terrible. Leer, entonces, es un acto de salvación. La lectura como máscara de la nada. Sin duda que también pienso que leer puede conducir a estados peligrosos; alguien puede enloquecer leyendo, enfermarse, deprimirse, perder contacto con lo real. La literatura como droga. Siguiendo con la autobiografía posfreudiana, persisten en la memoria algunos enunciados, algunos versos, de otra lectura dominante para mí en la misma época: la representada por el modernismo de Rubén Darío. No he podido olvidar una frase, una consigna poética, que se despliega como un gran ademán desafiante y preciso a la tradición literaria de ese tiempo: “Luego, al despedirme: ‘–Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida de París’ ” (Darío, Prosas profanas y otros poemas, 75). Leída esta frase en 1896 (fecha de publicación del texto) dentro del contexto burgués dominante y la exaltación de lo autóctono en la que había derivado la poesía romántica chilena de fines de siglo, sonaba declaradamente desafiante. Primero, al ánimo moralmente pacato propio de esa época y, primordialmente, a la tradición poética en la que desde Andrés Bello en adelante los autores se presentaban fielmente casados con la naturaleza, la historia y las costumbres americanas. Desde este imaginario poético se leyó la poesía exquisita, musical, sensual, las prosas, los cantos de misa profanos de Rubén Darío, como una forma de evasión de la realidad autóctona. Así dijo Rodó: “Es un gran poeta, pero no es el poeta de América” (Rodó, “Rubén Darío. Su personalidad literaria. Su última obra”, 46). Leída la afirmación de Prosas profanas desde el nuevo lugar de lectura, el posmoderno, ya identificado, aparece otro Darío, el que enfrenta la costumbre burguesa de su época en que “la querida” era una institución aprobada, con la única condición de frecuentarla discretamente. Darío proclama la infidelidad, que sin duda no es personal, sino la infidelidad del arte. Si Prosas profanas no puede ser todavía un “texto soltero” (como serán algunos de las vanguardias poéticas que no se casan con nadie) es un “texto. ■ 150.

(7) Mario Rodríguez Fernández. El crítico literario como Quijote al revés. infiel”. Darío no reniega de esta tierra: “mi esposa es de esta tierra”, sino proclama un nuevo territorio: “mi querida de París”. Tierra y territorio no son lo mismo. En Darío la tierra es americana (“su Nicaragua natal”) el territorio es francés. Tierra es lo inevitable, lo dado para siempre. Un cuerpo que cobija a los vivos y también a los muertos. No se puede inventar una tierra, pero sí un territorio. Un dominio situado en un punto intenso en que convergen todas las fuerzas de la tierra. Se inventa un territorio. Se pone una pancarta, un letrero sobre él y se fijan sus límites (Deleuze, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, 343). Habitar la tierra es territorializarla. Nuestro territorio comienza en la casa y se continúa (en el caso que examino) en las calles que nos traen a la oficina. Las señales de tránsito, los árboles, los peatones que vemos diariamente son las pancartas con que construimos nuestro territorio. Pero un día nos equivocamos o el tránsito nos lleva por otras calles. Por el equívoco perdemos seguridad, pero ganamos en libertad. Hemos ejecutado un mínimo acto de desterritorialización. Darío efectúa un gran gesto de desterritorialización que, consecuentemente, es un gran gesto de libertad. De libertad y no de evasión. Él rechaza las pancartas o los lemas con que estaba construido el territorio poético: lo natal, lo autóctono, la naturaleza, la historia y las costumbres e inventa uno nuevo: cosmopolita, universal, artificioso, consagratorio del instante, renovador de lo tradicional. No hay en Darío un rechazo de América, una evasión de ella, sino lo que hay es la impugnación de una imagen, de un rostro impuesto a América, rostro que quiere pasar como el único que corresponde a una pretendida esencia. La resistencia del poeta a esa imposición es la fuga hacia París. Sabemos que en estos casos la fuga no es una huida, sino una forma de resistir a las fuerzas culturales, históricas que consagraban una sola gran imagen poética de la tierra, americana en este caso, y la declaraban como la única válida. Nuevamente nos encontramos con la idea de que el lugar desde donde se lee determina los significados y que la elección del lugar de lectura no solo significa una opción académica, sino de vida. Separar literatura y vida ha sido un gesto reiterado en el análisis poético, por ejemplo en el formalismo de los años setenta. Unirlas, también, como lo ha hecho el enfoque sociológico. No propongo esta unión como un enlace causal: la literatura como expresión de la vida, sino un proceso en el que escribir y leer nos permite captar rasgos de vida inalcanzables por otros medios. Leyendo puedo embarcarme en líneas de fuga en desterritorializaciones fascinantes, pero también peligrosas. En el ejemplo del tránsito cotidiano, tomar una nueva calle puede conducir a un accidente, no por el solo cambio direccional, sino porque el nuevo territorio modifica mi modo de conducir, que necesariamente debe ser más cauteloso,. 151 ■.

(8) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. o mejor, más atrevido. Más atrevido porque se goza de mayor libertad al tener que improvisar constantemente. Las líneas de fuga conducen a lugares imprevistos, a otros reinos, como el de la locura, pero también al reino animal: leer como un ratón que excava en la biblioteca, o como un murciélago que se guía por las señales de radar que emite la lectura, o como pulga de mar que lee a saltos. Alguien con buen criterio podrá decir, ¿pero no son estos solo juegos de la fantasía? Sí, es posible. Pero, ¿por qué negar la posibilidad de fantasear? Sin embargo, en la vida cotidiana, ¿los hombres no capturan genes animales manejando su automóvil? Se puede manejar como ratón, como murciélago, como pulga de mar, sin dejar de ser hombre. A este proceso Gilles Deleuze llama devenir. “Escribir (y leer) es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso y que desborda cualquiera materia vivible o vivida”… Escribiendo (y leyendo) se deviene-mujer, se deviene-animal o vegetal, se deviene–molécula hasta devenir–imperceptible (Deleuze, Crítica y clínica, 11). De este modo, lo que hace el crítico al antologar sus lecturas y los lugares desde donde se lee es retomar sus devenires para volver a experimentarlos y preguntarse sobre ellos. Y en relación a este punto. En 1954 el profesor de literatura hispanoamericana del Instituto Pedagógico don Ricardo Latcham, lector voraz, repetía ante nosotros sus alumnos con evidente fruición el comienzo de La Vorágine del novelista colombiano José Eustaquio Rivera: “antes que me hubiera apasionado por mujer alguna jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia” (Rivera 9). ¿Cómo se leía en esos años este comienzo tan enfático? Estéticamente se veía una clave de la novela colombiana: el predominio de historias de violencia (que ya tenía sus exponentes contemporáneos) posible de extenderse como marca de toda la novela latinoamericana. (Pensemos por ejemplo, en las novelas sobre la figura del dictador, como El señor Presidente de Asturias). En 1950, en plena época de la Guerra Fría, no se vislumbraba en Chile, a pesar de todo, la ominosa presencia de la violencia. Es claro que había focos de ella, pero no esa violencia totalizadora que se desató a partir de 1973 en el país. Ha cambiado el contexto, ha cambiado la lectura. Leyendo desde este nuevo lugar el comienzo de la novela uno se puede preguntar: ¿Qué ocurrió para que una nación (y un continente entero) jugara al azar y entregara el corazón a la violencia? Las respuestas extratextuales son variadísimas y complejas. Pueden citarse desde las que afirmen que el siglo XX fue el más violento y destructor de la época moderna hasta las que creen que la violencia es inherente a toda fundación cultural (Girard, Mentira romántica y verdad novelesca, 1985).. ■ 152.

(9) Mario Rodríguez Fernández. El crítico literario como Quijote al revés. Si me restrinjo al texto para comenzar a buscar respuesta, que necesariamente son varias, respuestas, entonces, puedo afirmar que el autor está poseído por un delirio personal enfermizo que desata la violencia. Mas que el enamorado es el dominador. El que impone y no suplica. Delirio de un sujeto, Arturo Cova, que se siente parte de una raza superior. Este delirio autoritario se desvanece en la selva que reduce a Cova a un “residuo humano de fiebres y pesares”. El personaje adquiere plena conciencia que ya no pertenece a un pueblo superior, sino a uno bastardo embargado por la vorágine de la naturaleza. El delirio personal se transforma en otro que pasa por las razas y los pueblos que se “agitan sin cesar” bajo el dominio de los poderes en uso. “Todo delirio es histórico-mundial desplazamiento de razas y de continentes” (Deleuze, Crítica y clínica, 16). Si escribir es delirar, lo que significa inventar nuevas posibilidades de vida y devenir otra cosa que escritor al trabajar con los intersticios del lenguaje, una frase de Mario Vargas Llosa que persiste en mi memoria, permite encontrar el mismo paso del delirio personal al colectivo, solo que el paso es ahora al revés. Cuando en Conversación en la catedral Santiago Zavala desde la puerta del diario “Crónica” mira la avenida Tacna “sin amor” y ve automóviles, edificios descoloridos, esqueletos de avisos luminosos, la neblina del mediodía gris, no puede dejar de preguntarse: ¿En qué momento se había jodido el Perú? ¿Cuándo se jodió el Perú? El término joder en el Perú tiene varias acepciones. Tal vez las más importantes sean las de arruinar, echar a perder, fracasar y la relevante que apunta a la relación sexual. En esta línea Vargas Llosa divide a la sociedad en jodedores y jodidos. Zavalita es un jodido porque vive en un país al que alguien jodió. La pregunta es cuándo. Toda la novela es una “respuesta” a esa interrogación, respuesta en el sentido que desata un delirio histórico continental. Para ello Vargas Llosa trabaja con “visiones y audiciones que ve y oye en los intersticios del lenguaje”. Escribe haciendo saltar la lengua de sus cauces para poder ver y escuchar a un pueblo peruano mestizo, indio bastardo, dominado, jodido, pero siempre en perpetuo devenir. Es el delirio en que entra la lengua el que le permite formular la pregunta: ¿Cuándo se jodió el Perú? La pregunta sobre su país desencadena en el personaje otra pregunta ine­ vitable: ¿cuándo me jodí? Zavalita ya no pertenece a ese pueblo superior en que se incluye Cova. “El Perú jodido, todos jodidos piensa, no hay solución”. La jodidura del personaje parece no tener solución, aunque Vargas Llosa trata de encontrar una: la que le puede proporcionar la escritura. El valor de la pregunta –que alguien puede hoy en día encontrar retóricamente excesiva– no reside en una respuesta precisa, sino el de desencadenar un proceso. Un proceso de vida, de escritura, de devenires.. 153 ■.

(10) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. En este proceso están implicados el escritor, el personaje y el lector. Vargas Llosa escribe una conversación de seis hora entre Zavalita y el Ambrosio, el chofer negro de su padre sumergiéndose en un mundo corrupto que es como una pesadilla social. Llega hasta el fondo de la degradación como un topo que explora una madriguera mal oliente para volver a la superficie con los ojos desorbitados y las manos manchadas de podredumbre. El personaje se encuentra con secretos terribles –como la relación de su padre con el chofer negro– que apuntan a la jodidura personal y colectiva. ¿Y el lector? Depende frente a qué tipo de lector nos encontramos. Si privilegiamos las relación literatura-vida estamos frente al lector que “lee para saber cómo vivir”. Y este tipo de lector puede extender la pregunta a su situación personal a su contexto social ¿cuándo se jodió Chile? La pregunta obliga a mirar y mirarse. ¿Chile, no es un país jodido por la catástrofe política del setenta? ¿O está jodido por el consumismo que vino después? Leer así no es una lectura “política” sino contextualizada. Porque, repito, se lee desde el lugar concreto y la crítica es una autobiografía ideológica, teórica, cultural. Así, en este caso la universidad intervenida y el modo de aplicar la teoría estructuralista francesa de la década del 70, en el Departamento de Español impedían leer la relación entre literatura y vida, literatura y poder, literatura y utopía libertaria, que leo en esta otra etapa. El nuevo pensamiento crítico proveniente de París (siempre París) y la normalización de la Universidad, las nuevas condiciones culturales permiten leer la pregunta de Vargas Llosa en conexión con la vida, el poder y la historia. En este sentido la literatura viene a llenar un vacío, los espacios en blanco de la historia oficial, que entre otras prohibiciones, no puede hacerse una pregunta tan brutal: ¿Cuándo se jodió el Perú? y Chile y la Argentina, ¿cuándo se jodieron? Pero, fundamentalmente, la nueva manera crítica de pensar significa establecer una conexión de vida con la literatura, encontrar en ella preguntas que uno no quiere hacerse o que jamás se le ocurrieron, porque uno está conforme o feliz, aunque sea medianamente feliz, con la vida que se ha construido. Sea como sea, leer desencadena devenires, procesos de vida y obviamente imágenes de la muerte. Por eso es importante tratar de leer bien. La lectura errada, como lo demuestra Borges en “La muerte y la brújula”, es peligrosa y aun mortal. Así comprendo hoy día que los distintos modos de leer que me proporcionó correlativamente la estilística, la sociología, el estructuralismo y el posestructuralismo no solo correspondían a cambios del método, sino a factores mucho más profundos. El crítico o el profesor que enseña literatura “reconstituye su vida al interior de los textos que lee” y cuando hace un recuento o una antología de las formas de leer esos textos que han permanecido más firmemente en su memoria está, asimismo, haciendo una historia de sus “escenas. ■ 154.

(11) Mario Rodríguez Fernández. El crítico literario como Quijote al revés. de lectura”. Historia que demuestra que los significados siempre dependen del contexto, específicamente de la situación del lector. Lo demuestra Borges en “Pierre Menard autor de El Quijote”. Yo no he querido ir exactamente por esa línea sino por la que Piglia llama autobiografía posfreudiana del crítico, aunque tampoco es así, exactamente. Yo he querido hacer un mapa de lectura donde figura El Pedagógico de la Universidad de Chile y el Departamento de Español de la Universidad de Concepción. Un mapa en el que los cuatro puntos cardinales se reducen a dos: Norte y Sur. Aunque, en realidad, son tres. El que está en medio de los otros dos, porque uno nunca se ha terminado de ir del Pedagógico, aunque ya no exista y tampoco nunca se termina de llegar a la Universidad de Concepción. Vivir lo que Deleuze llaman el entre y leer también en el entre. Entre las oposiciones espaciales Pedagógicas-Departamento de Español y las oposiciones mayores vida-muerte, amor-odio, dicha-desdicha, triunfo y fracaso, héroe y traidor. ¿Qué significa ello? Que la primera antinomia la vida vs la muerte se deshace porque ellas se entretejen como gemelas inseparables. Lo dice Neruda en un verso espléndido: “como el río que durando se destruye”. Y este sentido, el del entre, quiero enmendar algo de lo dicho hasta ahora. Desde “Pancho y Tomás” hasta Conversación en la catedral he privilegiado las historias de fracaso tan vívidamente expuestas en la frase final de la vorágine: “Los devoró la selva”. Pero como el cara y sello de una misma moneda, en cada fracaso late un triunfo, en cada historia de degradación asoma el rostro de un mejoramiento. Así en la historia citada de más profunda degradación, como la narrada en Conversación en la catedral aparece de pronto en una conversación de Zavalita con Carlitos el recuerdo de dos escritores peruanos Juan Carlos Mariátegui y César Vallejo –Pensar, dice Carlitos, que aquí escribieron Mariátegui y Vallejo– ¿Qué significa ello? Apuntar derechamente a la utopía. Mariátegui fue el creador de la utopía del indio en Perú. Vallejo propuso otra utopía realmente conmovedora en su poema “Masa”: la fraternidad y el amor entre todos los hombres del mundo pueden vencer la muerte: Masa Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.. 155 ■.

(12) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: «¡Quédate hermano!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar... (César Vallejo) No solo dolor, no solo sueños rotos, no solo violencia cobijan las lecturas revisitadas, también vive en ellas la utopía, leer es también perseguir una utopía personal. Y en este contexto aparece la otra frase novelesca que deseo citar: “¿Encontraría a la Maga?” Rayuela, como la mayoría de las novelas del llamado “Boom latinoamericano” comienza con una pregunta. Pregunta que en todo caso está en las antípodas de la formulada en Conversación en la catedral. Ahora se pregunta por la persona amada, por esa mujer maravillosa, semimágica, que es llave, puente y golondrina. Llave para abrir la cerradura de otro mundo en que no hay tú ni yo, sino un nosotros, “un juego de pronombres enlazados”. Puente para acceder a la otra orilla, al cielo, a la casilla del juego tantas veces prometida como negada. Golondrina para navegar los ríos metafísicos del ser. La vida Maga, el amor-Maga, la utopía-Maga. Hoy, en los primeros años del siglo XXI, añado a esta lectura otra que recién percibo. Un precioso libro de un erudito italiano, Roberto Calasso El delirio que viene de las ninfas, me ha hecho descubrir que la Maga es una ninfa. Ella desde el comienzo de Rayuela hace bloque, se relaciona, se agencia con el agua: “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme viniendo por la rueda Sein, el arco que da al Quasi de Conti y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua” (Cortázar 20). La Maga es una Náyade una dulce Náyade del Sena que me hace ver que en la literatura hispanoamericana circulan desde un comienzo las figuras fascinantes de las ninfas. María es una ninfa en la novela del mismo nombre de Jorge Isaccs; Beatriz Viterbo del “Aleph” es otra ninfa de graciosa torpeza en su andar. Remedios, la Bella de Cien años de soledad, tal vez sea la ninfa más preciosa de todas. La más conmovedora, Brígida –una alseide– de “El árbol” de María Luisa Bombal.. ■ 156.

(13) Mario Rodríguez Fernández. El crítico literario como Quijote al revés. Más allá del nivel primario del erotismo, de la exaltación de los cuerpos radiantes, lo que representan esta ninfas es un modo distinto de pensar al regido por la lógica asfixiante del logos. El saber de las ninfas es líquido, fluido y se expresa en flujos mentales que encantan al poseído por ellas, que se llama ninfolepto. Para entendernos, piensen que el primer ninfolepto es Sócrates, quien se declara raptado por las ninfas, en un día de verano –como escribe Calasso– “ensordecedor de cigarras, bajo un alto plátano junto al Iliso, al lado de un pequeño santuario de las ninfas” (Calasso, La locura que viene de las ninfas y otros ensayos, 37). El tomado, el raptado por las ninfas se ve envuelto en un delirio filosófico o en un modo distinto de pensar. Oliveira en Rayuela está poseído por la ninfa Maga, Borges, en “El aleph” por Beatriz Viterbo. La posesión, como en Sócrates, desencadena el delirio filosófico. A “mi jubilada edad”, como dijo Pedro de Oña cuando escribió El Ignacio de Cantabria, la Maga abrió las puertas a las ninfas. Una puerta fascinante, pero también peligrosa: el peligro de ser poseído por las ninfas, ya que la posesión otorga clarividencia, pero también puede llevar a la locura, a la locura mental que puede embargar al que posee y es poseído por una ninfa. Como sucede al maduro personaje masculino de Lolita. Debe aclararse, sin embargo, que Lolita no es una ninfa, sino una “nínfula”, invención genial de Nabokov de un término para designar a doncellas que entre los nueve y catorce años revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana sino demoníaca. Aunque hay en la literatura hispanoamericana nínfulas, como Araceli, de Luna Caliente de Mempo Giardinelli, no quiero hablar de ellas por razones que callo. Quiero hablar de las ninfas y de las sensaciones de vida que ellas producen, y no de las demoníacas. Obligar “a la mente con los medios traicioneros y matemáticos propios del arte”, a abrirse a la evidencia de que existen las ninfas. Que ellas también pueden presentarse bajo la forma de una chiquilla enfundada en un sencillo bluyín. Y no hablo de sexo, sino de la imagen arrolladora de vida que la niña representa. Hablo de representación y no de incitación para que nadie piense que estoy proponiendo un manual sobre las ninfas. Si alguien lo cree así, con la misma lógica podrá leer Crimen y castigo como un instructivo para matar ancianas solitarias. Solo digo: ¿no es hermoso pensar que por este mundo tan agobiante circulan graciosamente estas criaturas inmemoriales? ¿No es hermoso, cuando los años por vivir suman terriblemente menos que los ya vividos leer estos textos sobre las ninfas? La literatura se transforma en vida o, como dice Deleuze, en una empresa de salud. Escribir para resistir la enfermedad. Leer para vivir.. 157 ■.

(14) Taller de Letras N° 45: 145-158, 2009. Bibliografía Calasso, Roberto. La locura que viene de las ninfas y otros ensayos. México: Editorial Sexto piso, 2004. Cortázar, Julio. Rayuela. Buenos Aires: Ediciones Cátedra, 2000. Darío, Rubén. Prosas profanas y otros poemas. Edición, estudio y notas de Pedro Luis Barcia. Buenos Aires: Editores Revista del Diplomático, 1996. Deleuze, Gilles. Foucault. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1987. . Crítica y clínica. Barcelona: Editorial Anagrama, 1996. . Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos, 1997. Girard, René. Mentira romántica y verdad novelesca. Barcelona: Anagrama, 1985. Lojo, María Rosa. La barbarie en la narrativa argentina del siglo XIX. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1994. Paz, Octavio. Los hijos del Limo. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1986. Piglia, Ricardo. Crítica y ficción. Buenos Aires: Editorial Planeta, 2000. . El último lector. Barcelona: Editorial Anagrama, 2005. Rivera, José Eustaquio. La vorágine. 9ª Edición. Madrid: Ediciones Rodas, 1972. Rodó, José Enrique. “Rubén Darío. Su personalidad literaria. Su última obra”. En Prosas profanas y otros poemas. París-México: Librería de la Vida de C. Bouret, 1901. pp. 7-46.. ■ 158.

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