QUÉ HACE ESE HOMBRE EN EL ESCAPARATE?

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QUÉ HACE ESE HOMBRE EN EL ESCAPARATE? Tom Riller se desplazaba despacio entre la multitud.

La Feria de los Recuerdos abría sus puertas ese mismo día atrayendo a todo tipo de gente. Era una feria que hablaba y trataba sobre el pasado de la Humanidad, sobre sus ejércitos, rebeliones, descubrimientos y forma de vida.

Tom se paraba ante los escaparates que le llamaban la atención. Se detuvo frente a uno que irradiaba una luz blanca. Colocó su mano sobre el cristal.

De repente su respiración se hizo más pesada. Empañó el cristal y apoyó su cara sudorosa en él.

Notó que el cristal lo atraía irrevocablemente. Cerró los ojos y su cuerpo se consumió.

Tom despertó en una cueva húmeda y fría.

A su lado había restos de huesos de animales y unas preciosas pinturas rupestres decoraban las paredes y gran parte del techo.

No sabía dónde se encontraba, pero a juzgar por la humedad que presentaban las pinturas y por el reciente tiempo en el que parecían haber sido dibujadas, Tom adivinó que había viajado en el tiempo, cosa imposible, pero había viajado en el tiempo.

Los engranajes de su cabeza comenzaron a funcionar, pero no eran capaz de asimilar los hechos.

Un rugido lo sacó de sus pensamientos. Un animal enorme entró en la cueva. Parecía un oso, pero era mayor a cualquiera de la época de Tom.

Un hombre de pronunciada frente irrumpió allí. Sus barbas eran descuidadas y salvajes, al igual que el vello corporal.

Aferró fuertemente al oso por el cuello y le hundió un hueso tallado en la cabeza varias veces. Este estaba tallado de tal manera que habría sido capaz de cortar un trozo de piedra. Varios cavernícolas más se lanzaron a la pelea en la que los salvajes quedaron victoriosos.

Giraron los ojos en dirección a Tom, sus intenciones eran claras.

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Avanzaban despacio, como temiendo que su comida fuera a escapar o a hacerles daño.

Riller asumió su muerte, pero segundos después recordó la caja de cerillas que tenía en el bolsillo. La sacó e intentó encender una.

Los salvajes retrocedieron unos metros asustados pero luego retomaron su dirección inicial.

La cerilla no se encendía debido a la humedad de la cueva. Necesitaba actuar rápido o sería el fin.

Probó con otra y esta vez la suerte le sonrió.

Los trogloditas, incrédulos y atónitos, miraban con interés la cerilla como si fuese brujería.

Volvieron su mirada hacia Tom, que temió que no hubiese funcionado.

Los cavernícolas no pretendían ya hacerle daño, ahora consideraban que aquel extraño ser era un dios.

Riller, al comprender, hizo unos gestos para alejarlos. En cuanto se le planteó la ocasión salió de la cueva.

Estaba anocheciendo y Tom se subió a la copa de un árbol para cobijarse.

La noche era lluviosa y se oía a los animales salvajes rugir o aullar.

A la mañana siguiente un precioso y colorido arcoíris decoraba un cielo azul que fue testigo de la marcha del muchacho.

Mientras, intentaba darle vueltas a su viaje en el tiempo y procuraba relacionarlo con aquel escaparate.

En un mal paso Tom resbaló por un barranco. Despertó vestido de una manera rara, de romano.

Se situaba entre un ejército que se defendía de una peligrosa lluvia de flechas con sus escudos y lanzas.

El combate se desarrollaba a favor de dicho ejército, debido a que contaba con una coordinación excepcional.

Riller disimulaba a duras penas, pero ni una batalla de dos ejércitos arrancaría ese gesto de sorpresa de su cara.

(3)

Ya no estaba en la prehistoria, ahora formaba parte del imperio romano, luchando contra sus enemigos. Había viajado de una época a otra.

Uno de los guerreros del otro bando gritó: -¡Retirada!

El ejército se marchó malherido y el imperio estalló en vítores -¡Bien!¡Bravo! ¡Viva Roma y Júpiter!- gritaba Tom para pasar inadvertido.

Durante el regreso a la ciudad de Roma, Riller disimulaba entre los auténticos romanos.

En la ciudad, la vida estaba bien organizada.

Un día una multitud de personas que se dirigían al coliseo despertó su interés.

Tomó asiento en las gradas de piedra y contempló la asombrosa arquitectura del coliseo.

El espectáculo comenzó con una encarnizada batalla de gladiadores.

Arremetían uno contra otro asestándose golpes mortíferos. En un descuido, Reirium, uno de los gladiadores, cayó al suelo estrepitosamente. Voirium alzó su lanza sobre la garganta de su oponente.

César, el Emperador, señaló hacia abajo y Tom cerró los ojos para evitar el desagradable final.

Los abrió de nuevo , pero ya no estaba en el coliseo. Un barco apareció bajo sus pies.

Numerosos marineros iban de aquí para allá, izando velas, levantando anclas…

El estómago de Tom se descompuso, nunca le habían gustado los barcos, ni a él ni a su sistema digestivo.

Mientras Riller, fatigado, se agarraba al mástil, los hombres de la tripulación desayunaban plácidamente.

Tom reparó en otros dos barcos que se situaban a cada lado del que viajaba él.

En uno, un cartel lleno de algas y de percebes mostraba “La Niña” y en otro unas letras de oro oxidado permitían leer “La Santa María”.

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Aquello era inaudito, pero a la vez mágico, viajaba en la expedición de Cristóbal Colón y él estaba navegando en la Pinta, rumbo a la India. Solo él sabía su auténtico destino. La noche cayó sobre el mar y la oscuridad más absoluta parecía tragarse los barcos.

En la camastro, Tom Riller se mareaba más con cada ola que levantaba el barco.

No durmió en toda la noche, estuvo pensando de nuevo, pero no era capaz de completar aquel rompecabezas.

A la mañana siguiente atracaron en América los tres navíos. Allí, los marineros cambiaban a los indígenas espejitos por oro, los estaban engatusando.

Cuando uno ofrecía resistencia o no quería cambiar sus riquezas por baratijas, los hombres blancos acababan con su vida.

Tom no quería ser parte de esto, por las tardes daba grandes paseos y contemplaba el horizonte.

Un día los nativos lo tomaron preso e hicieron una hoguera para quemar el cuerpo del prisionero. Lo arrojaron a las llamas y Tom pareció morir.

Se encontraba ahora en un castillo, vestido de marqués en una mesa con un apetitoso banquete.

Los presentes hablaban con un acento francés y reían con delicadeza.

Sus ropajes y vestimentas eran de tela de importación y la habían confeccionado los mejores sastres.

La comida era deliciosa y el establecimiento era enorme.

En la sala entraron ruidosamente hombres y mujeres delgadísimos, con la cara sucia y con la ropa rota.

Portaban antorchas y tridentes y su furia destrozó el castillo. Estaba viviendo la Revolución Francesa.

Se escondió bajó una mesa mientras su respiración se hacía más dificultosa.

El aire de delante se empañó como si de un cristal se tratase. -¿Qué hace el hombre en el escaparate donde se supone que tiene que haber cosas relacionadas con la Historia, mami?

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Miró hacia todos lados pero no había nadie que hubiese sido capaz de formular la pregunta.

Una idea fugaz se le pasó por la cabeza.

¿Estaría detrás del cristal que lo absorbió, y que representaba las cosas que había vivido? ¿explicaría aquello la parte de pasado que había experimentado?

Aquella desalentadora escena en la que él se encontraba bajo la mesa era real, no era un sueño ni piezas mecánicas de juguete. Aquello era realidad.

La escena cambió y Tom temía ir a otra parte del pasado, pero eso no iba a ocurrir.

Estaba en una ciudad con gente muy moderna, los edificios tenían antenas parabólicas muy desarrolladas.

Un robot se acercó y le entregó un periódico-holograma.

Tom miró la fecha y luego observó con detenimiento la ciudad.

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DIEGO BELLO MUÑOZ 11 AÑOS

TLF: 608 67 93 53 615 13 27 98

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