Memoria de un arquitecto: Aldo Rossi. Proyecto vital e itinerario científico (estudio analítico de una autobiografía)

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http://revistaselectronicas.ujaen.es/index.php/rae nº 15, 2015. Universidad de Jaén (España)

monografico: antropología del turismo, texto 9: 109-143.

MEMORIA DE UN ARQUITECTO: ALDO ROSSI.

Proyecto vital e itinerario científico (estudio analítico de una autobiografía)

Isusko VIVAS ZIARRUSTA; Amaia LEKERIKABEASKOA GAZTAÑAGA

Universidad del País Vasco UPV/EHU. isusko.vivas@ehu.es, amaia.lekerikabeaskoa@ehu.es

Resumen:

Palabras clave: Abstract:

REPORT OF AN ARCHITECT: ALDO ROSSI. Vital project and scientific itinerary (analytical study of an autobiography)

Además de las aportaciones relevantes del autor que constituyen un recorrido profesional y vital, se destaca tanto el ‘itinerario personal’ como el ‘proyecto científico’ del arquitecto, ya que su legado no encuentra distinción entre lo escrupulosamente profesional y esa identidad personal ‘única e intransferible’, como de hecho se pone de manifiesto en el esfuerzo autobiográfico de uno de los últimos arquitectos ‘revolucionarios’, de los que aún opinaban que ‘para cambiar el mundo, habían de cambiar las ciudades que habitamos...’ a veces dificultosamente’, tal y como pronosticaron los iluministas y recogieron los modernos. Quizás sin pretenderlo tenga A. Rossi, en este sentido, más en común de lo deseado con los arquitectos ‘modernos’ -en mayúsculas- (tan denostados en parte por él), y también con aquellos otros ‘iluminados’ -(Boullée, Ledoux, Lequeu...)- en tanto que ‘revolucionarios’ arquitectónicamente hablando, todos ellos, e igualmente revolucionarios algunos en sus ideologías al menos teóricamente, si bien con matices propios de la época.

In addition to the important contributions of the author to provide a professional and life journey, highlights both the ‘personal journey’ as the ‘science project’ architect, and his legacy is no distinction between the strictly professional and that only personal ‘identity and transferable ‘, as indeed is evident in the autobiographical effort of one of the last architects’ revolutionary’, of those who still believed that ‘to change the world, they had to change the cities we live ...’ sometimes painfully ‘, as predicted the Enlightenment and collected modern. Perhaps unintentionally have A. Rossi, in this sense, more in common than desired ‘modern’ architects-in-capital (as reviled in part by him), and also with those other ‘enlightened’ - (Boullée, Ledoux , Lequeu ...) - while ‘revolutionary’ architecturally speaking, all of them, and also some in their revolutionary ideologies at least theoretically, although with nuances of the time.

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I. Primera parte. Prólogo introductorio

“El olvido está lleno de memoria…” (Mario Benedetti).

Este análisis autobiográfico que se prologa mediante estas notas preliminares, se ha sub -titulado así mismo con la leyenda que expresa una idea dual: ‘proyecto personal e itinerario

científico’, algo así como un trampantojo óptico, un ‘cis-trans’ literario que en la virtualidad del espejo biográfico una personalidad se ‘refleja’, oscura, difusa, clara o transparente según asoma la memoria, o el olvido que en la unificación de los opuestos es también ‘memoria’. Así es como se complementan ambas partes diferenciadas del encabezamiento titular, pues -to que -todo proyec-to arquitectónico es de algún modo concebido como ‘proyec-to personal’ propio, si consideramos este punto de partida que continuamente transpira de las palabras de Aldo Rossi.

Se destaca tanto el ‘itinerario personal’ como el ‘proyecto científico’ del arquitecto, ya

que su legado no encuentra distinción entre lo escrupulosamente profesional y esa identidad

personal ‘única e intransferible’, como de hecho se pone de manifiesto en el esfuerzo auto

-biográfico de uno de los últimos arquitectos ‘revolucionarios’, de los que aún opinaban que ‘para cambiar el mundo, habían de cambiar las ciudades que habitamos...’ a veces dificul

-tosamente’, tal y como pronosticaron los iluministas y recogieron los modernos. Quizás sin

pretenderlo tenga A. Rossi, en este sentido, más en común de lo deseado con los arquitectos ‘modernos’ -en mayúsculas- (tan denostados en parte por él), y también con aquellos otros ‘iluminados’ -(Boullée, Ledoux, Lequeu...)- en tanto que ‘revolucionarios’ arquitectónica-mente hablando todos ellos e igualarquitectónica-mente revolucionarios en sus ideologías al menos teóri-camente, si bien con matices propios de la época.

Es por lo que a A. Rossi lo podemos emparentar en la senda que recoge las herencias de arquitectos más teóricos como su homónimo inmediatamente anterior en el panorama americano (alrededor de 1950): Kevin Lynch, especialmente el austríaco Adolf Loos en el

instante finisecular entre el siglo XIX y el XX, sin olvidarnos tampoco de figuras como Sr. John Soane inmersos en la Inglaterra victoriana y romántica que comienza a desprenderse

de sus pasados lastres y ‘revivalismos’ estilísticos, o más tempranamente, los arquitectos

neoclásicos utópicos -teóricos y visionarios-, los primeros ‘racionalistas’ del s. XVIII; Bou -llée, Ledoux, Lequeu,... sobre todo en la Francia pre y postrevolucionaria. Sin embargo en nuestra historia más contemporánea Rossi ha estado en la onda de arquitectos como Cesar Portela (con el que incluso colaboró en el diseño del continente edilicio para el Museo del Mar de Galicia en la Ría de Vigo, durante la década de 1990). Por ahí andan también,

cerca que lejos, profesionales no menos loables y estimables como Alvaro Siza, Alvar Aal

-to o si se apura Renzo Piano y L. Peña Gantxegi, seguidores de esta tradición. Tradición

que, huyendo de la arquitectura tecnócrata grandilocuente de los ‘arquitectos emblema’ y construcciones paradigmáticas ‘neomonumentales’ que aquí no procede comentar, hay que integrarla en cambio en el marco de la regeneración urbanística de entornos degradados por la acción destructora del tiempo malgastado y las economías malversadas, o el declive

industrial en zonas de actividades productivas obsoletas, cuando no la rehabilitación de

ciudades asoladas por las contiendas bélicas (prueba de ello será la participación de Rossi en el IBA de Berlín hacia la mitad de los años ochenta), con las consiguientes teorías que de ello se derivan sobre la ciudad que ha de recuperar tanto como preservar la memoria histórica, desde una visión ‘culturalista’ -sociocultural- de la arquitectura enfocada hacia el urbanismo, como en nuestro contexto trata de explicarlo Javier Cenicacelaya para que se pueda comprender de una forma meridianamente inteligible.

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con las señas de identidad de los ‘lugares’ -el ‘locus’ para A. Rossi-, una arquitectura que tiene por objeto la consecución y modelación del ‘lugar antropológico de la memoria’ y la heterodoxia, y no los espacios del anonimato y la indeterminación; los ‘no-lugares’ de la

‘mayoría silenciosa’ (Baudrillard), diversificados para el olvido y la homogeneidad bajo los

postulados de la ‘sobremodernidad’ en Marc Augé. La ciudad se erige en escenario y paisaje para la arquitectura. Arquitectura que se sobrepone al paisaje como advierte José Laborda (-otro arquitecto teórico-), y sobre lo cual se gesta la ‘cultura urbana’. Francisco Umbral decía que “entre mí y el paisaje estaba la cultura” (citado en Marina, 1997: 49), tanto como entre el paisaje primigenio y la cultura, se encuentra ya irremediablemente la arquitectura.

Si como asegura José Mª Pozuelo el género autobiográfico nace en la convergencia inte

-lectual entre la invención del ‘yo’ y la justificación externa de ese ‘yo’ identitario construi -do, en Aldo Rossi llega al extremo de que la ‘identidad personal’ casi la ‘construye’ la

pro-pia arquitectura en una unión simbiótica entre vida y arquitectura que cuyos lazos trazados en la autobiografía son forzosamente inseparables, teniendo muy presente que la escritura autobiográfica consiste “en contar cómo se ha llegado a ser el que se es. No se trata de una

mera narración retrospectiva que el autor del texto hace de su pasado”. Esto nos indica que no puede ser simple reconstrucción de un tiempo más o menos ptretérito:

“El objetivo no es la selección y el recuento de los hechos que vivió directa o

indirectamente. Lo que importa a quien narra la propia vida es configurar su identidad, crearle un horizonte al presente plano, construirse para sí mismo y

para otros en toda su complejidad humana. Una autobiografía resulta así más el encuentro con la memoria personal, la indagación en la memoria íntima, que la recuperación del pasado. Por eso no sería exagerado considerar a la memoria

como el eje vertebrador de la autobiografía” (Fernández Prieto, 1997: 68).1

Estas ideas nos sitúan en el concepto de autobiografía como ejercicio mental en el que esa ‘memoria única e intransferible’ que se decía al inicio, en la que poco importan los demás, si es que ‘existen’ o ‘aparecen’ (-se ‘recuerdan’-); es memoria representada,

‘tem-atizada’ y en última instancia ‘figura’ (Fernández Prieto, 1997: 69).

Con el análisis de la autobiografía científica -o más bien pseudocientífica- de Aldo Rossi

vamos a inmiscuirnos en esas ‘claves interpretativas de la memoria’ y ‘espacios para la memoria’, si tenemos en cuenta que un mundo desposeído de memoria es ‘es un mundo del presente’ como decía Alan Lightman; esto es, un mundo del ‘eterno presente’ para Jean Baudrillard. Espacios que, en ocasiones, pueden ser quasi-arquitectónicos en la acepción de Francis Yates; a modo de ‘intersticios’ para el ejercicio de ciertas ‘memorias’, rememorando que incluso en los espacios construidos de los templos clásicos o preclásicos se reservaban determinadas ‘salas’ para funciones de diálogo, conversación, discusión y estructuración en

la narración de un discurso reflexivo. Intentaremos identificar las ‘memorias’ y los ‘olvidos’

con una metodología que atienda a diversas ‘pautas para el recuerdo’ como hitos que ‘se

asemejan a los mojones que aparecen a lo largo de la ‘senda’, del camino (vivencias signifi -cativas a nivel individual -’anthropos’-, elementos desencadenantes del recuerdo que

apare-cen con nitidez), intersecciones o encrucijadas, articulaciones e intersticios, esos ‘resquicios de luz en la oscura y lúgubre profundidad de la gambara’ como propone la antropólogo Mª

1 “El género de las memorias, en cambio, se orienta preferentemente a la reconstrucción del pasado; el

memo-rialista pretende dar testimonio de los acontecimientos en los que participó, de las personas a las que conoció,

y explicar o justificar su conducta en una circunstancia histórica relevante; de ahí el que se apoye en cartas, fotografías y documentos de diversa índole, que precise las fechas, que describa con cuidado los escenarios,

es decir, que utilice todos los elementos que contribuyan a objetivar la memoria personal, a desprivatizarla, a

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Teresa del Valle, o “la niebla que penetra [...] como algo imprevisible, que modifica y altera, como luz y sombra...” (Rossi, 1984: 10). Nos encontramos así con la ‘fuerza del poder evo

-cador’, fuerza simbólica y ‘evocadora’ del pasado que cuando toma imagen se instituye en

monumento conmemorativo.

No se pretende, sin embargo, concluir la redacción de estas líneas introductorias sin hacer mención a los elementos que se acaban de identificar para el estudio metodológico de

la autobiografía: hitos (mojones), intersecciones, articulaciones e intersticios, en relación

con las figuras similares que el arquitecto Kevin Lynch (al cual, por cierto, Aldo Rossi no

hace ninguna alusión en la ‘autobiografía...’ aunque resulte evidente la lectura y asimi-lación de sus presupuestos teóricos),2 propone para la investigación y el escrutinio de los

fenómenos urbanos que acontecen en la ciudad, sobre todo por las continuas referencias

que se dirigen hacia el plano de la memoria identitaria y para encauzar este estudio en una

línea que sintonice con el propio modo de entender los parámetros culturales y personales de A. Rossi, siempre concatenados con sus apreciaciones acerca de la ciudad y la

arqui-tectura estructura y significado. Por ‘identificación’ se entiende su distinción respecto a

otras ciudades, mientras que por identidad. Desde esta perspectiva ‘la imagen de la ciudad’ según Kevin Lynch3 contiene tres partes: identidad, se entiende la unicidad de esa urbe. Por estructura la relación espacial reglamentada de un núcleo urbano. Por significado las con -notaciones prácticas o emotivas de una ciudad para un observador. Son cinco los elementos que nos permiten estudiar la imagen de una ciudad: sendas (conductos, calles, líneas de tránsito, canales o vías férreas que tienen una importancia estructurante). Las intersecciones de las sendas adquieren además gran importancia como ‘puntos de decisión’ -o ‘indecisión’- (como en las autobiografías...). Constituyen así encrucijadas que recuerdan en cierto sentido su relevancia en otras épocas, como cruces de caminos y lugares en donde incluso surgen asentamientos humanos. Otros elementos que K. Lynch evidencia son los bordes (rupturas lineales de la continuidad. Playas, cruces de ferrocarril, muros), barrios, nodos -’puntos conceptuales de sujeción de las ciudades’, su presencia puede hacerse notar por un hito

sim-bólico- (confluencias, ‘permanencias’ en la ciudad a nivel colectivo -’etnos’-) y mojones. La

relevancia y valor como mojón se incrementa además a medida que se ‘adhiere a un objeto una historia’ (al igual que en la autobiografía un ‘personaje’ forja su individual ‘historia’, su identidad y su ‘memoria’), coincidiendo su importancia simbólica y su importancia visual como hito o monumento, de modo que, por lo regular los elementos se superponen y se interpenetran. Este es básicamente el alfabeto urbano que Lynch propone para leer la ciudad (como el ‘alfabeto’ que antes describíamos para ‘leer’ la autobiografía). Todos los elemen -tos actúan conjuntamente ante un observador que podría agruparlos bajo un concepto de ‘complejo’ o sistema, en donde las partes se encuentran relacionadas entre sí, de tal manera

que, si se organiza el medio de forma visible para su nítida identificación, puede comenzarse

2 Un autor que sí cita, sin embargo, a K. Lynch es José Luque Valdivia, que analizando cuestiones sobre todo de imagen y memoria colectiva como antes veíamos, expresa cómo K. Lynch proporciona los cauces necesarios para comprender el lugar, el ‘locus’ aludido por Aldo Rossi, como una suerte de espacio ‘fenomenológico y colectivo’ al mismo tiempo, superando así un ‘entendimiento del lugar como una realidad ajena’ al ser humano. Para este investigador, las experiencias tanto de Kevin Lynch como de Gyorgy Kepes se relacionan con las teorías de la percepción inducidas por las Gestalttheory y Gestaltpsicology, teorías aplicadas no obstante a la fenomenología de las ciudades, transfiriéndose la atención desde la arquitectura (desde el objeto) hacia el fondo, constituido por el paisaje urbano como contexto arquitectónico y ‘natural’. Esta inversión de esquemas y conceptos es bastante significativa para comprender el desarrollo que los espacios urbanos adquieren a partir de dichas premisas, pues esos espacios serán los lugares en los que se asentarán los elementos urbanos, los monu-mentos escultóricos y las manifestaciones de arte público en general.

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a atribuirle significados e interconexiones que proporcionan identidad de ‘lugar’.

A partir de estos elementos puede dividirse el espacio y organizarse alrededor de una

serie de puntos focales, partido en regiones nominadas mediante rutas que permanecen en

la memoria. K. Lynch define así el término de la ‘imaginabilidad’, como la “cualidad de un

objeto físico que le da una gran probabilidad de suscitar una imagen vigorosa en cualquier

observador de que se trate” (Lynch, 1984: 19). Una imagen que se puede fortalecer en todo caso por medio de artilugios o ‘artificios simbólicos’, (el monumento por ejemplo) remo -delando el contorno o mediante la reeducación de un potencial perceptor. En este sentido

se consolida una determinada ‘imagen pública de cada ciudad’ (la autobiografía configura

una ‘imagen pública’ más o menos intimista del individuo ‘emisor’ de la memoria) como

superposición de un sin fin de imágenes individuales, “o quizás lo que hay es una serie de

imágenes públicas, cada una de las cuales es mantenida por un número considerable de

ciudadanos [receptores, ‘lectores’. En todo caso] hay otras influencias que actúan sobre la

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imaginabilidad, como el significado social de una zona, su función, su historia e incluso su nombre [topónimo]”. (Lynch, 1984: 61). Finalmente se quiere cerrar este apartado con una significativa cita de Lynch que alude y sintetiza muchas de las cuestiones que hasta ahora

se han pretendido evidenciar:

“Es muy cierto que necesitamos un medio que no sólo esté bien organizado sino que

asimismo sea poético y simbólico. El medio debe hablar de los individuos y su compleja sociedad, de sus aspiraciones y su tradición histórica, del marco natural y de las funciones y

los movimientos complejos del mundo urbano. Pero la claridad de la estructura y la vividez

de la identidad son los primeros pasos para el desarrollo de símbolos vigorosos. Al apare-cer como un ‘lugar’ notable y consistente, la ciudad podría proporcionar un terreno para la

acumulación y la organización de estos significados y asociaciones. En sí mismo, tal sentido del lugar realza todas las actividades humanas que se desarrollan y fomentan la formación de una memoria” (Lynch, 1984: 146-147).

II. Segunda parte. Estudio analítico de una autobiografía

“...Y cuando, en invierno, las grandes playas quedaban vacías, todavía

conservaban ese carácter de tierras movedizas de una ciudad provisional

a la que una calle paralela al mar separaba de la otra ciudad. Pero aquella sería siempre la ciudad de los encuentros, como el muelle, como todo lo que está entre la tierra y el agua, o entre la tierra y el cielo” (Aldo Rossi).

Iniciamos este estudio analítico de la Autobiografía científica4 de Aldo Rossi consideran-do una cuestión ya anunciada repetidamente con anterioridad, indicativa de la interconexión

que a lo largo de su trayectoria personal y profesional se entrevé en la discusión y mezcla de sus proyectos y principales influencias artísticas o literarias, con su propia historia tal y como introduce Kurt Foster en el prólogo para la edición de las memorias autobiográficas.

Y es que la memoria de Aldo Rossi (basada en las anotaciones escritas desde 1971) “cons-tituye, más que una simple autobiografía o un abstracto texto teórico, un documento de

imaginación arquitectónica” (Rossi, 1984: s/p), ya que:

“Su gran interés y su especial encanto está, sobre todo, en el diálogo que el autor establece con su propio pasado y con su trabajo, en la forma en que Rossi

deja vagar libremente a sus pensamientos entre recuerdos infantiles [siempre presentes como ‘fantasmas del pasado’] y observaciones filosóficas [-y vitales-] acerca de la arquitectura. Repleta de recuerdos y cavilaciones sobre la arquitectura y su enseñanza [ejemplo de la dilatada trayectoria docente],

la Autobiografía se revela, al mismo tiempo, como un texto teórico sobre

la naturaleza del hecho arquitectónico [y ‘hecho urbano’] en nuestros días” (Rossi, 1984: s/p).

Para este autor y colega de A. Rossi, la prosa de éste es también ‘como su arquitectura’;

“nostálgica, austera, sutil, incisiva y, en todo momento, elegíaca” (Rossi, 1984: s/p). Jun -to con la narración son fundamentales y decisivos los dibujos, fo-tografías e ilustraciones -’imágenes evocadoras de memoria’ (el poder de la memoria evocadora)-, que el propio

Rossi realizó y/o seleccionó para la publicación del texto autobiográfico, ya que es evidente

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que sus escritos están íntimamente ligados a sus dibujos y proyectos arquitectónicos,

repre-sentando así el ‘flujo’ entre pasado y presente.

Con todo, A. Rossi sitúa el punto de partida de su Autobiografía científica (cuya refe-rencia más ‘culta’ confesada por él mismo es la Autobiografía científica de Max Planck), ese ‘implicarse en una mirada retrospectiva que tiene como límite la vida del protagonista’

siguiendo la idea de la profesora Mª Teresa del Valle, diez años antes de la conclusión de los textos, que es cuando comienzan las anotaciones que después darán lugar a la composición

de la ‘autobiografía...’, estructurada desde las primeras hasta las últimas palabras con la narración en primera persona:

“Inicié estas notas hace casi diez años y ahora intento acabarlas para que no se conviertan en memorias” (Rossi, 1984: 9).

En ese preciso momento se introduce un paralelismo que acompaña la búsqueda cons-ciente del hito:

“A partir de un determinado momento de la vida, empecé a considerar el oficio o el arte como descripción de las cosas y de nosotros mismos; por esa razón he

admirado siempre la Comedia dantesca,5 que comienza a los treinta años del poeta” (Rossi, 1984: 9).6

Búsqueda del hito en un determinado período vital -’a los treinta años del autor’-, que es también un punto de intersección y articulación con esa idea de ‘poner orden’ o ‘articular’ el discurso sobre este eje en el que se incide:

“A los treinta años hay que concluir o empezar algo definitivo y pasar cuentas con la formación de uno mismo” (Rossi, 1984: 9).

Es además cuando se refiere en términos específicos a sus dibujos y escritos, en lo que

se volverá a incidir después:

“Cada uno de mis dibujos o escritos me parecía definitivo por partida doble:

porque remataba mi experiencia y porque me dejaba sin nada más que decir”

(Rossi, 1984: 9).

‘Quedarse sin nada más que decir’ es lo que se destaca igualmente en la interrogación retórica que los editores extraen del texto de Rossi para insertarlo al inicio como frase

testimonial: “¿a qué podría aspirar en mi oficio? En verdad [sic] a pocas cosas, porque los

grandes hechos han prescrito históricamente” . Ese ‘silencio’, ‘vacío conclusivo oteiciano’

si se me permite esa terminología, roto únicamente en la autobiografía, que refleja una pro -funda y un tanto pesimista toma de postura y toma de conciencia con la profesión es lo que se destaca en repetidas ocasiones:

“Estas notas tratan, en realidad, de la disolución de la disciplina, tema no

muy diferente del de las observaciones que hacía al inicio de este escrito [...].

5 Existen también otros símiles: “ Era la misma postura de los tratadistas respecto a los maestros medievales; [...] admiraba la obstinación de Alberti...>> (Rossi, 1984: 10).

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Tal disolución es real, aunque no sé hasta qué punto. Tal vez forma parte de

esa conciencia de que los grandes hechos ya han prescrito y de que la propia

limitación al oficio es una forma de defenderse” (Rossi, 1984: 64).

“Y también he comprendido que estas situaciones generales debían ser vividas personalmente a través de pequeñas cosas, porque los grandes hechos han

prescrito históricamente” (Rossi, 1984: 99).

Es de señalar el hecho de que esta idea repetitiva con la que en principio nos

encon-tramos en el encabezamiento del texto, reaparece hacia el ecuador de la ‘autobiografía...’ (p.64) que tiene escasas cien páginas, y posteriormente casi al final, en la página 99 (ver ci -tas a pie). Sin embargo hay que destacar una clara contradicción a este respecto: “pensando en esas obras me doy cuenta de lo mucho que me interesa lo que está aún sin decir y la forma

en cómo podría decirse” , (Rossi, 1984: 16) no es descabellado suponer que no todas las puertas están cerradas, sigue habiendo algún resquicio para el optimismo y la esperanza...

No menos curioso resulta averiguar que esa pértiga temporal que como se ha dicho A.

Rossi hace saltar hasta los treinta años, no se retrotrae en absoluto al momento del inicio de las notas transformadas en autobiografía (desde 1971) -puesto que para entonces ya tenía

una edad de 40 años-, sino que a lo que se refiere es más concretamente a la hora en la que

se empeña en la escritura de La arquitectura de la ciudad,7 su contribución teórica más

importante que nos ha servido para la introducción de esta trabajo en las anteriores páginas, casi un auténtico tratado urbanístico sobre la ciudad construida y la ‘ciudad heredada’, que constituye todo un hito en la existencia de A. Rossi puesto que su gran trascendencia en la disciplina arquitectónica y el urbanismo no fue a propósito buscada, aparte de erigirse

también en un singular intersticio, un momento ‘clarividente’ de especial lucidez, precursor

de cambios:

“Escrito alrededor de mis treinta años, aquel libro me parecía definitivo y, aún hoy, no han sido sus enunciados ampliados suficientemente. Más tarde

advertí con claridad que en la obra latían motivaciones mucho más complejas, especialmente a causa de las analogías que atraviesan todas nuestras acciones

[maxime si consideramos, como seguidamente veremos, la importancia de la arquitectura en la vida de Rossi]” (Rossi, 1984: 9).

La arquitectura de la ciudad será, no obstante, uno de los ejes básicos sobre los cuales se

estructura la ‘autobiografía...’, aunque no se haya verbalizado en palabras muy a menudo: “Alrededor de 1960 escribí [publicado por vez primera entre 1965-66 -véase bibliografía-] La arquitectura de la cuidad, un libro afortunado. No tenía aún

treinta años [nace en 1931], pero quería escribir un libro definitivo” (Rossi, 1984: 27).

“Sin embargo, cuando escribí La arquitectura de la ciudad, demostré mi

profunda admiración por Viollet-le-Duc [citas y referencias]” (Rossi, 1984: 58).

Este ir y venir en el tiempo recorriendo y ‘recuperando’ mentalmente los ‘hitos’ más

significativos, remite análogamente al tratamiento peculiar que Rossi procura al tiempo, un tiempo vital y matizado que nos ubica en los ‘tiempos mecánicos’ y ‘tiempos cronológicos’

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y que en Aldo Rossi adquiere un ‘doble significado’: significado “atmosférico y cronológico del tiempo, [...] principio que preside toda construcción” (Rossi, 1984: 9). Afirmaciones que

reaparecerán a continuación:

“Fue precisamente visitando San Andrés de Mantua cuando tuve, por vez

primera, la sensación de esa correspondencia que existe entre el tiempo en su

doble sentido, atmosférico y cronológico, y la arquitectura” (Rossi, 1984: 10).

“Ciertamente, el tiempo del teatro no coincide con el tiempo medido por el

reloj [tiempo mecánico]” (Rossi, 1984: 42).

“Así, él me demostró con claridad que luces y sombras no son sino otro aspecto del tiempo cronológico, la fusión del tiempo atmosférico y el cronológico, que muestran la arquitectura y la consumen, otorgándole una breve imagen, tan

duradera sin embargo” (Rossi, 1984: 59).

“Las grandes naves que surcaban el río marcaban el tiempo como los botes del

lago durante la infancia” (Rossi, 1984: 93).

“Aún pensaba en la máquina de la arquitectura. Pero la máquina de la

arquitectura era, en realidad, la máquina del tiempo. [...] Encontré la analogía de la arquitectura en el tiempo y en el lugar. [...] Esta dimensión del tiempo y

del espacio podría ser llamada arquitectura, como se llama arquitectura a un

monumento” (Rossi, 1984: 95).

“Desde siempre he sabido que la arquitectura está determinada por la hora y la

visicitud” (Rossi, 1984: 96).

Unido a ello toda la ‘autobiografía...’ emana una permanente relación íntima de su vida

con su oficio -con la arquitectura- hecho que, como ya se insinuaba más arriba, se hace notar

en innumerables comentarios:

“Cada verano veía el último verano, [...] permanencia sin evolución, [...] la clave de muchos de mis proyectos. [...] Para comprender o explicar mi arquitectura,

debo caminar a través de cosas e impresiones, describirlas o intentar hacerlo”

(Rossi, 1984: 9).

La ‘quietud’ del ‘permanecer sin evolucionar’ resuena una y otra vez en sus

labios:

“Estoy detenido en una situación, que podría ser toda mi arquitectura, en la que el lugar y el tiempo, aparentemente tan importantes, se disuelven en gestos y

recorridos conocidos” (Rossi, 1984: 44).

“Esa imposibilidad de evolucionar es el origen de algunas de mis desventuras,

pero la siento también, con alegría [-¿felicidad?-], como algo que me pertenece” (Rossi, 1984: 51).

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“Quizás parezca extraño que tanto Planck como Dante asocien su búsqueda científica y autobiográfica con la muerte; una muerte, sin embargo, que es en cierta forma continuación de energía (Rossi, 1984: 37). De hecho, en todo

artista o técnico, el principio de continuidad de la energía se confunde con la

búsqueda de la felicidad y de la muerte [pilares básicos para A. Rossi en relación con su trayectoria VITAL, tal y como se derivará de algunos proyectos que comentaremos después, sea el caso del cementerio de Modena]. Esa búsqueda

también está ligada, en arquitectura, al material y a la energía, y, sin advertir tal cosa, no puede comprenderse construcción alguna, ni en sus aspectos

técnicos, ni en los compositivos. Al utilizar cada material debe atenderse a la construcción del lugar y a su transformación [en ello subyace el compromiso con el OFICIO]” (Rossi, 1984: 9).

La arquitectura es en todo caso ‘una cuestión vital’, además del modo ‘existencial’ de habitar en el espacio:8

“La arquitectura era uno de los modos de supervivencia que habían perseguido los hombres, una manera de expresar su esencial búsqueda de la felicidad”

(Rossi, 1984: 10).

La relación vida-arquitectura se intensifica en los siguientes extractos:

“Precisamente porque estoy escribiendo una autobiografía de mis proyectos

que se confunde con mi propia historia...” ((Rossi, 1984: 16).

“Desestimaba los recuerdos [¿acaso búsqueda ‘consciente’ del olvido?] y,

al mismo tiempo, me servía de mis impresiones urbanas; buscaba, tras los

sentimientos, leyes inmóviles de una tipología [arquitectónica] situada fuera del tiempo. [...] Descubría mi arquitectura. [...] Lo buscaba en la historia, lo traducía en mi historia [en una búsqueda que se dirige de lo genérico a la particularidad del universo personal]. Todo esto me ha conducido a la idea de identidad” (Rossi, 1984: 27).

“El proyecto se convertía en el simple pretexto de una conmoción más general: muchas de las limitaciones de mi obra tan solo se explican a través de esta

sencilla y conquistada capacidad de ver” (Rossi, 1984: 31).

“Siempre he afirmado que los lugares son más fuertes que las personas, el escenario más que el acontecimiento [la ‘escenografía’ para el ‘teatro’]. Esta

es la base teórica no solo de mi arquitectura, sino de la arquitectura en general;

en esencia, una posibilidad de vida. [...] En mis proyectos siempre he pensado en estas cosas...” (Rossi, 1984: 75-76).

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“Hoy veo mis viajes familiares y privados como públicos o científicos, porque en ellos descubro el pasado y el presente, y el valor que hay en cada afirmación y en cada mirada distraída [‘mirada distraída’ que no es tal, pues ese ‘estar alerta’ es continuo en todas sus actitudes]” (Rossi, 1984: 64).

“Debería hablar ahora de mis obras construidas, que tal vez sean pocas, pero que, si las identifico con una parte de mí mismo, constituyen el punto central de su biografía, o autobiografía” (Rossi, 1984: 71).

“Me gusta comprender las grandes líneas de la estructura y pensar, después, en

cómo estas líneas se pueden cruzar. No es demasiado distinto de la vida y las relaciones...” (Rossi, 1984: 75-76).

Es quizás en este punto donde hallamos la clave de gran parte de las cuestiones, cuando Rossi enlaza ARQUITECTURA con MEMORIA, sobre lo cual más adelante también se

incidirá:

“Durante algunos años todo esto pareció responder a mis preguntas, a mi interés por las cosas, y, también, por la arquitectura. La memoria se construía

con su propia especificidad, y tal construcción, se defendiera o no de las

estructuras extrañas, tenía el poder de reconocerlas. Ahí se encontraba la relación del hombre con la ciudad, con la construcción de su microclima, con

su especificidad” (Rossi, 1984: 77).

“Creo que, ahora, estos proyectos y construcciones pueden entenderse en relación con las estaciones y las edades de la vida; entre la casa de la infancia

y de la muerte, está el teatro o la casa de la representación [se instaura el

MONUMENTO]. Y no estoy hablando de temas y, aún menos, de funciones,

sino de las formas en que la vida, y, por tanto, la muerte, se manifiesta” (Rossi, 1984: 86).

Se correlaciona igualmente ARQUITECTURA con ANTROPOLOGÍA, respondiendo eficazmente a una mirada antropológica de la arquitectura:

“Pero al hablar de la vida del hombre [individuo -anthropos-] debo aclarar, ante todo, aquellos aspectos de la vida de la sociedad [cultura y sociedad

-etnos-] que desde la juventud han impresionado con mayor fuerza mi mirada arqueológica y antropológica. Anteriormente me he referido ya a los corrales de Sevilla, a los patios de Milán, incluso al patio del Hotel Sirena. Y a los corredores, a las galerías, a los pasillos, a la impresión literaria y real de los conventos, de las escuelas, de los cuarteles. Finalmente, tales formas de vivienda -junto con la villa- se han ido depositando en la historia del hombre para acabar perteneciendo tanto a la arquitectura como a la antropología”

(Rossi, 1984: 86).

Esta toma de partido es inseparable de la idea de toda una vida afiliada al oficio de arqui

-tecto que correlativamente se pone de manifiesto en los párrafos que se están entresacando y

(12)

“Todo esto permite la representación del pasado con el deseo del presente [retomar el pasado]; lo que más me asusta es el pasado de un hombre para quien

el deseo del presente haya muerto: por eso, paradójicamente, el pasado tiene

los colores del porvenir y de la esperanza. Ninguno de mis proyectos se aleja del pasado, quizás porque nunca he expresado toda la alegría de futuro que un proyecto, un objeto, una persona, un viaje, tienen para mí. No sé hasta qué punto pueda esto significar alegría [¿felicidad?] o melancolía [¿expiración?], pero creo que es una condición para vivir y trabajar en el propio oficio” . Es en este punto donde introduce su única alusión a la experiencia cinematográfica: “mi única experiencia en el campo del cine la tuve en la Trienal de Milán de 1973; pusimos al film el título del hermoso ensayo de Adolf Loos Ornamento y delito. Era un collage de obras arquitectónicas y fragmentos de films, en un

intento de introducir el discurso de la arquitectura en la vida” (Rossi, 1984: 88).

“Tan solo algunos arquitectos modernos me gustaban, pero de esos me

considero discípulo: por encima de todo, Adolf Loos y Mies van der Rohe. Ellos son quienes más claramente han establecido un hilo de continuidad entre

su historia y la historia del hombre [ARQUITECTURA-ANTROPOLOGÍA]” (Rossi, 1984: 89).9

“Por eso, aún a costa de repetir cosas ya escritas, describo así mis proyectos: porque no creo que existan diferencias entre el apunte personal y la descripción, entre la autobiografía y la técnica, entre lo que podría ser y lo que no es”

(Rossi, 1984: 94).

La arquitectura es siempre un reflejo y se realiza desde las experiencias más íntimas:

“Así, pues, toda arquitectura es, ciertamente una arquitectura del interior, o,

mejor aún, desde el interior” (Rossi, 1984: 37).

“Los puestos de venta del interior de los mercados o los confesionarios y las capillas de las catedrales, nos explican esta relación entre lo particular y lo universal, restituyendo la relación entre interior y exterior de la arquitectura”

(Rossi, 1984: 38).

Para completar esta ‘secuencia’, en el último párrafo de la ‘autobiografía...’ A. Rossi dedica otra referencia importante que relaciona vida con arquitectura, clausurando así el

texto autobiográfico:

9 Decir una vez más que es palpable la opinión ciertamente negativa que A. Rossi manifiesta acerca de los ‘racionalismos’ de la arquitectura moderna, desplazándose notablemente de esas tendencias, ya que “ de este

modo creía ir más lejos que cualquier superficial vanguardia [Rossi, 1984:88]>>. Dichas desavenencias pu -eden observarse igualmente en su postura escéptica sobre los postulados de Le Corbusier y la Carta de Atenas de 1933, que propiciaba el camino hacia los conceptos a la larga mal comprendidos y especulativos de ‘ciudad abierta’ y ‘ciudad difusa’: “ dedo decir que, a pesar mío, he mantenido siempre una postura ambigua respecto

a la arquitectura moderna [Rossi, 1984: 89]>>, al igual que el rotundo rechazo de la arquitectura tecnócrata que

se gestará tiempo después a raíz del tan manido ‘estilo internacional’ en arquitectura: “ el estimar unas técnicas

(13)

“Había pensado analizar, en este libro, mis proyectos y escritos, mi trabajo, como

en una secuencia continua: comprendiéndolos, explicándolos, y volviéndolos a proyectar al mismo tiempo. Pero ahora veo que el resultado ha sido otro

proyecto, que contiene, también, algo de imprevisible y de improvisto. [...]

Otros recuerdos, otros motivos, han ido apareciendo, también aquí en discreto

desorden, y así se ha ido modificando el proyecto original, que yo estimaba mucho. [...] Tal vez, la historia de un proyecto deba ser simplemente así, y, al igual que el proyecto, necesite de una conclusión, quizá tan sólo para poder ser

repetida con pequeñas variaciones y movimientos, o, también, para no resultar asimilada a nuevos proyectos, nuevos lugares y nuevas técnicas, otras formas

de vida que siempre entrevemos” (Rossi, 1984: 100).

Aparecen así mismo paradojas de posibles ‘vidas paralelas imaginadas’ acerca de lo que

se vierten justificaciones intelectuales:

“...seguramente repetiría igual cada proyecto. Pero lo cierto es que todo lo pasado se convierte en historia, y se hace difícil pensar que las cosas pudieran

haber ocurrido de otro modo” (Rossi, 1984: 24).

“Así, pues, toda arquitectura es, ciertamente una arquitectura del interior, o,

mejor aún, desde el interior” (Rossi, 1984: 24).

“Los puestos de venta del interior de los mercados o los confesionarios y las capillas de las catedrales, nos explican esta relación entre lo particular y lo universal, restituyendo la relación entre interior y exterior de la arquitectura”

(Rossi, 1984: 37).

“Había pensado analizar, en este libro, mis proyectos y escritos, mi trabajo, como

en una secuencia continua: comprendiéndolos, explicándolos, y volviéndolos a proyectar al mismo tiempo. Pero ahora veo que el resultado ha sido otro

proyecto, que contiene, también, algo de imprevisible y de improvisto. [...]

Otros recuerdos, otros motivos, han ido apareciendo, también aquí en discreto

desorden, y así se ha ido modificando el proyecto original, que yo estimaba mucho. [...] Tal vez, la historia de un proyecto deba ser simplemente así, y, al igual que el proyecto, necesite de una conclusión, quizá tan sólo para poder ser

repetida con pequeñas variaciones y movimientos, o, también, para no resultar asimilada a nuevos proyectos, nuevos lugares y nuevas técnicas, otras formas

de vida que siempre entrevemos” (Rossi, 1984: 100).

“...seguramente repetiría igual cada proyecto. Pero lo cierto es que todo lo pasado se convierte en historia, y se hace difícil pensar que las cosas pudieran

haber ocurrido de otro modo” (Rossi, 1984: 24).

“Habría podido llevar por título Olvidar la arquitectura [referencia a un

escrito], porque puedo hablar de una escuela, de un cementerio, de un teatro,

pero siempre será más exacto decir: la vida, la muerte, la imaginación” (Rossi,

1984: 94).

“Estas circunstancias estaban en la base de un proyecto que he descrito varias veces en formas diversas, y que titulé Proyecto de villa con interior [proyecto

(14)

la arquitectura [referencia a una obra proyectada, trazada, ‘dibujada’ o quizás

‘desdibujada’]. Hace tiempo que creo haber renunciado a ese proyecto,

aunque hable de él a menudo y aparece en muchos de mis papeles, en dibujos

inacabados o esquemas, en postales y fotografías...” (Rossi, 1984: 44).

Antes decía que el libro La arquitectura de la ciudad había constituido de los ejes

bási-cos estructurantes sobre los cuales se organiza la ‘autobiografía...’. Aunque no existen capí -tulos ni apartados, por lo que se ofrece al lector un texto continuo sin ‘parcelaciones’, hay sin embargo una estructura implícita en partes subyacentes que va articulando la narración

autobiográfica. Estas ‘fases’ no explicitadas coinciden en nuestra opinión con ‘hitos’ impor -tantes que han marcado para la posteridad la trayectoria tanto profesional como personal, inseparablemente lo uno de lo otro, del arquitecto Aldo Rossi. Estos apartados ocultos

sin-tonizan con regresiones temporales, cambios cronológicos y con el tono de cada recuerdo

en los períodos de vida -y obra- que se recopilan.

Otro de estos ejes internos al cual se aferra frecuentemente son algunos de sus proyectos arquitectónicos más emblemáticos, que asoman tal que ‘hitos’ característicos de la vida

científica y personal -etapas de la vida y de su arquitectura- que articulan un pensamiento: “Continuaré estas notas autobiográficas hablando de algunos proyectos que han caracterizado determinados momentos de mi vida; son muy conocidos, y siempre he evitado un comentario directo sobre ellos. En primer lugar, [...] el cementerio de Módena [Fig.2], y, después, el de la residencia de de Chieti [ambos están bien presentes en Rossi]. El primero, por su mismo tema, expresa el fin de mi adolescencia y de mi interés por la muerte;10 el otro, una búsqueda de felicidad como condición de madurez [sentimientos muy arraigados como se ha visto]. El primer proyecto está ligado a circunstancias concretas y al fin

de mi investigación sobre una idea osteológica del fragmento; el segundo, a

una situación de felicidad” (Rossi, 1984: 20).

“Esas secciones inacabadas eran, de nuevo, las de la “fábrica” de la residencia

de estudiantes de Chieti” (Rossi, 1984: 75).

La identificación como hitos se descubrirá, no obstante, más tarde:

“Sin embargo, comprendí gran parte del significado de estos proyectos en 1975, cuando, entre ambos [intermedio], realicé el del Palazzo della Regione de Trieste” (Rossi, 1984: 20).

Particularmente el proyecto para el cementerio de Módena, constituye a la vez un hito significativo e instante de clarividencia11 a raíz de una convalecencia hospitalaria (por lo

tanto se asimilará como un hecho negativo en cuanto a lo que se denomina como ‘vida’,

pero muy positivo a su vez desde la vertiente enriquecedora de su obra). Vuelve a haber una

regresión a un tiempo pasado en el que las fechas se citan directa o indirectamente, además de constituir el momento de inicio de las notas que después serán fruto de la ‘autobiogra-fía...’, en 1971.12 La experiencia del dolor físico corporal (-dolor de huesos-) que evoca

re-10 “ Pretendía acabar con un problema de juventud: el de la muerte como representación>> (Rossi, 1984: 49). 11 ‘Intersticios’ que en todo caso serían asonantes, pues no mantienen necesariamente una armonía.

(15)

cuerdos de otras épocas de la vida, podría quizás asociarse en este sentido a cierta ‘memoria

del cuerpo’. Aunque la acción se presenta como concluida, sin intermedio, sin explicar el proyecto -’evitando comentarios sobre ellos’- en una especie de ‘olvido consciente’ como se decía anteriormente-, que luego regresa, en cambio, a los prolegómenos:

“A mediados de 1971, en abril, sufrí un grave accidente de tráfico en la carretera de Estambul, entre Belgrado y Zagravia. Tal vez a consecuencia suya, como he

dicho, nació en el pequeño hospital de Slawonski Brod, al mismo tiempo que

concluía mi juventud, el proyecto del cementerio de Módena. [...] Al mismo

tiempo, esa lejanía de las cosas -unida, además, a la dolorosa conciencia de mis

propios huesos- me transportaba a la infancia...” (Rossi, 1984: 22).

“Siempre tuve presente este hospicio durante la redacción del proyecto de

Módena, y la luz que penetra por sus vidrieras es la misma que en aquel atraviesa, con precisos rayos, la sección del cubo [paralelismo, -’la luz tenue en el resquicio del camarote...’-]” (Rossi, 1984: 23).

“Su ritmo de construcción es el de la mortandad urbana y, por tanto, hay en ella un tiempo ligado a la vida, al igual que, por otra parte, ocurre con todas las

construcciones” (Rossi, 1984: 24).13

“...gran proyecto sobre la casa de la muerte, que es el del cementerio de

Módena” (Rossi, 1984: 71).

En estos ‘apartados’ referentes a los proyectos arquitectónicos hay un subgrupo dedica-do a los teatros, que despiertan un considerable interés a Rossi desde el punto de vista de la ‘comedia’ que se veía al principio, en relación con las ‘edades de la vida’ y la memoria:

“Sea como sea, al pensar en los mercados establezco siempre un paralelo con el teatro y, de forma especial, con el teatro del siglo XVIII, por la relación

que existe entre los palcos como lugares aislados y su espacio general. En

toda mi arquitectura se refleja mi pasión por el teatro, aunque, de hecho, tan solo he proyectado tres: el Teatro Paganini, en la plaza de la Pilotta de Parma como obra de juventud; el proyecto para el Teatrino Scientifico en 1979, y, más recientemente, el Teatro del Mondo de Venecia” (Rossi, 1984: 38, 40).

“Las casas - barracón de la residencia de estudiantes de Chieti y de los dibujos

de las casetas de la playa de Elba, [...] eran los pedazos de un sistema que debía recomponerse en el interior del Teatrino Scientifico. [...] Tales primeros compases son siempre un inicio [vuelta a los orígenes], y tienen toda su magia.

13 El cementerio como ‘lugar para la memoria de los vivos’: “ La idea central del proyecto surgía, tal vez, de haber advertido que las cosas, los objetos, las construcciones de los muertos, no son diferentes a las de los vi

-vos>> (Rossi, 1984: 50). Esto conduce así mismo a las siguientes consideraciones, esto es, que ‘el cementerio y ciudad son inseparables’. “De tal manera, que para referirnos a él [-cementerio-] usamos las mismas palabras que para referirnos al concepto de habitar en vida. El lenguaje tópico y común lo designa como un lugar para la muerte [presencia de la muerte en Rossi]: la ciudad de los muertos. El cementerio, identificado desde sus comienzos [...] con la ciudad de los vivos, funciona como su doble desde el mismo momento que empieza a configurarse en la imaginación del arquitecto. La ciudad de los vivos adquiere significación con el tiempo. Es el

tiempo, el pasado visto desde el presente [semejante al tiempo biográfico/ autobiográfico], el que ha depositado

(16)

Al mirar los teatros vacíos como construcciones abandonadas para siempre me doy cuenta de todo esto, aunque ese abandono es a menudo más breve que la

luz del día; pero está tan cargado de memoria que construye el teatro” (Rossi, 1984: 42).

“Pensaba yo en dos comedias que podrían alternarse continuamente: una se titula Los irreconciliables, la otra, Los reunidos [aparente contradicción]. Personas, experiencias, cosas, fragmentos, arquitectura, tienen siempre un precedente o una continuación que se superponen recíprocamente” (Rossi,

1984: 43).

“Pero quiero hablar ahora de Venecia porque para ella he realizado mi último proyecto: el teatro flotante de la Biennal de 19179-80” (Rossi, 1984: 79).

“De eso trataba la primera idea del Teatro Scientifico, ligada como estaba a la comedia Die nicht Versöhnt, los irreconciliables, ya que era la historia de aquellos que, tras algún acontecimiento, no podían reconciliarse, pero, ante todo, porque estaba dedicada a quienes no podían hacerlo porque el acontecimiento ni siquiera se había producido. Los irreconciliables no son,

necesariamente, la otra cara de los reunidos, aunque me gustaba ver mezcladas ambas comedias” (Rossi, 1984: 81).

Idea filosófica en la que se ‘apoya’ su hacer profesional y los ‘hechos arquitectónicos’:

“La irreconciliación pueda convertirse en una forma de ser. Y en esta idea se apoyaba y crecía mi arquitectura, en la que las analogías no se suceden como

figuras de la baraja -la sota, el caballo, el rey, el as- sino que reconstruyen un mundo en el que las cosas se contraponen” (Rossi, 1984: 81).

En relación con estos proyectos se produce otro punto de inflexión, apelando a un ‘re -cuerdo - memoria’ unido a la arquitectura que se debate entre ‘atrapar esa memoria’ o en su

defecto permitir un circuito de flujo imparable:14

“Aquí podría detenerse la relación de los proyectos, o, si se quiere, iniciarse una desmesurada búsqueda de las cosas. Búsqueda que es recuerdo, pero, sobre todo, la vertiente exterminadora de la experiencia, que actúa sin avisar,

concediendo o quitando significados a cada proyecto, suceso, persona o cosa” (Rossi, 1984: 47).15

“Tal vez el signo puede sufrir cambios en las narraciones, pero solo aquellos

signos tangibles, por medio de los que nos comunicamos, forman lo que aún

podemos llamar historia o proyecto. Más allá de la identificación con la cosa,

14 Ya que es cierto que no solamente ‘mantenemos la memoria del pasado’, sino también la ‘memoria del futuro’ como advierte José Antonio Marina. Como somos ‘organismos autopoéticos’ capacitados para ‘construirnos’ y modelarnos en el transcurso de ‘nuestra historia’, “la memoria en ocasiones se convierte en ficción, pero tam-bién se da el caso de que la imaginación recuerde...” (Muñoz Molina, 65).

15 “ Si tuviera que hablar de la arquitectura, diría que es más bien un rito que un acto creativo; porque conozco perfectamente las amarguras y el consuelo del rito. El rito nos consuela con la continuidad, con la repetición, nos obliga a oblicuos olvidos, porque, no pudiéndose desarrollar, cualquier cambio significaría su destruc

(17)

ésta es la constatación o el descubrimiento de Loos ante el túmulo.16 [...] Se

trata, en el fondo, del túmulo o del palacio, o de todo aquello capaz de anticipar

sucesos que, en realidad, ya se han dado en otro lugar, en cualquier parte,

también aquí. [...] Para alcanzar su grandeza, la arquitectura debe ser olvidada

o constituir tan sólo una imagen de referencia confundida con los recuerdos.

[MEMORIA Û RECUERDO] La arquitectura debe tener pocas características,

sólo aquellas que sirvan a la fantasía o a la fascinación: incluso los escuálidos

funcionalistas habían comprendido algo de esto” (Rossi, 1984: 57).

“Podría hablar de mis relaciones con las ciudades igual que lo hago de mis relaciones con la gente, aunque, de alguna manera, las primeras son más ricas porque comprenden a las segundas. Eso es especialmente cierto cuando

en alguna ciudad se produce un acontecimiento [que suscita ‘memorias’ y ‘recuerdos’]. Esas relaciones permanecen fijas en el recuerdo que queda superado el símbolo, como podía ocurrir, [...] con las amarillentas fotografías [...]. Siempre he encontrado esos puntos de unión entre historia personal y civil llenos de significado [IMAGEN/ MEMORIA Û RECUERDO]” (Rossi, 1984:

77).17

Dentro de esas ‘partes que se articulan’ surge también con especial vividez una ‘vuelta a

la juventud’ con la polémica y controversia que suscitó en su tiempo la defensa por parte de Rossi de la arquitectura del realismo socialista, tras una histórica visita como invitado a la Unión Soviética, por lo que a posteriori se entresacan unas certeras conclusiones acerca de los ‘lugares’ -’locus’- y las ‘identidades’:

“Hablando de estos lugares, de la Rusia de mi juventud, de los demás, puedo

ver de qué forma una investigación científica sobre la propia obra se convierte en una especie de geografía de la educación. Y quizás, desarrollando este texto

en otro sentido, habría podido titularlo Geografía de mis proyectos [otra vez

la paradoja en el título de un texto escrito]. Todo lugar es único justamente en la medida en que se dan en él determinadas afinidades o analogías con

otros lugares; como he dicho, incluso el concepto de identidad, y, por tanto, el de diferencia, es relativo. Cada lugar es recordado en la medida en que se

convierte en lugar de afectos o en la medida en que llegamos a identificarnos con él” (Rossi, 1984: 52).

Por último, nos disponemos a señalar aquí la importancia que Rossi otorga al hecho di-bujístico intercaladamente en la ‘autobiografía...’, como parte esencial y fundamental de la

arquitectura, reflexionando acerca de su validez como experiencia personal y como esbozo

de arquitectura:

16 Explicando someramente el ‘mito’ del túmulo de Adolf Loos, éste decía que cuando caminamos por el bosque y nos topamos ante nosotros con un túmulo, hecho con tierra, de ‘varios pies de ancho y de alto’; nos ponemos muy serios e inmediatamente replicamos: ahí hay alguien enterrado. Eso mismo sería una sensación primaria de arquitectura en su estado más bruto, pero también en el sentido más amplio.

17 “La fuerza de la realidad que poseen los documentos visuales (fotografías, películas) explica que bastantes autobiografías lleven en la portada una foto del autor cuando era niño, como es el caso de la edición de bol

(18)

“En mis dibujos L´architecture assassinée y Le cabine dell´Elba entre otros, he

querido expresar ese tipo de relaciones” (Rossi, 1984: 27).

Algunos de estos bocetos frecuentemente repetidos aparecen en ocasiones asociados a imágenes de recuerdos ‘fugaces’, tal que ‘sombras chinescas’ que se ‘dibujan en la memo-ria’:

“En el proyecto de Chieti y en el dibujo, tan reproducido que podría calificar

de famoso, Le cabine dell´Elba18, tomé conciencia de estas cuestiones” (Rossi,

1984: 37).

“Primeros dibujos de Le cabine dell´Elba, que son, más o menos, de 1973. [...]

En 1976 asocié mi proyecto de residencia de estudiantes de Chieti a esta idea [Fig. 1]” (Rossi, 1984: 53).

“La dificultad de la palabra da lugar, a menudo, a una inagotable fluidez verbal, como el caso de Hamlet o Mercurio. [...] es una manera de hablar

de todo y de nada, algo parecido a la grafomanía. Me encuentro con esto en muchos dibujos, sobre todo en los que la línea deja de serlo para convertirse

en escritura [obsérvese el trazo de Rossi, figs. 1-2]. Estuve, durante tiempo, a la vez fascinado e inquieto por esa grafía que se sitúa en un punto intermedio entre dibujo y escritura [de ahí la importancia en la ‘autobiografía...’ también de los trazados gráficos sobre todo a mano alzada]. Es algo así como dibujos escritos: por ella admiraba a Giacometti y a los manieristas del siglo XVI. Lo mismo me ocurría con las afirmaciones de Adolf Loos, porque ni su carácter

bíblico ni su pertenencia a una especie de lógica ahistórica de la arquitectura,

admitían ulteriores desarrollos” (Rossi, 1984: 56).

Rossi habla, finalmente, de las posibles claves interpretativas -más bien de su negación-

referidas a esos dibujos esquemáticos equidistantes entre el afán artístico personal -lo que él

denomina ‘grafomanía’ (límite fronterizo entre ESCRITURA y DIBUJO)- y el tecnicismo científico profesional:

“No quiero interpretar esos dibujos, para no caer en una postura mecánica, aunque es indudable que en ellos el elemento personal, casi privado, se mezcla con la búsqueda de la arquitectura [idea clave que regirá toda su vida y obra, como se ha venido señalando repetidamente hasta ahora]” (Rossi, 1984: 75).

II.1. Aldo Rossi. Identidad, memoria e itinerario científico de un arquitecto

“Esta dimensión del tiempo y del espacio podría ser llamada arquitectura, como se llama arquitectura a un monumento” (Aldo Rossi).

Si hasta el momento han protagonizado este análisis los ‘recuerdos’ y las ‘memorias’ -la

memoria histórica bajo unos ‘procesos de selección de recuerdos’-, no sería lícito ‘olvidar’

18 Acerca de las ‘casetas que se alinean sobre la arena’ se dice: “ en cualquier fragmento manierista, en el

templo de Alberti, en las fábricas y en los mercados de fin de siglo, en los templetes adosados a las iglesias y, sobre todo, en los confesionarios, se da la traducción arquitectónica de todas esas cosas. Los confesionarios

son casitas colocadas dentro de la arquitectura, y muestran cómo la catedral de la ciudad antigua era una parte

(19)

generando una redundancia que existen igualmente ‘olvidos’ más o menos manifiestos, esas

‘censuras íntimas’ que indican cómo “la literatura también está hecha de olvido. El recuerdo

voluntario o consciente es sólo una de las manifestaciones o las tareas de la memoria. [...] Otro oficio de la memoria es la edificación del pasado, en cuyos materiales constructivos suelen mezclarse la verdad y la mentira [con claras alusiones al ‘hecho urbano y arquitectó -nico’19 y al ‘oficio’ tan presente en Rossi]”.20 Categoría que A. Rossi trata conscientemente demostrando que “aquí el olvido tiene, para mí, un significado casi progresivo; es el caso de

quien ha llegado tan lejos en una exploración que ha olvidado ya los motivos que le

empu-jaron a emprenderla, o el de quien utiliza un instrumento capaz de revelarle algo más sobre

el mundo sin conseguir que lo haga; en ambos casos queda, tras el intento, el placer de la

fatiga” (Rossi, 1984: 61). El ‘olvido’ adquiere además en Rossi un sentido de ‘distracción’:

“A menudo olvido las voces y sitúo personas diferentes en los mismos escenarios, en los mismos lugares, y no lo hago inconscientemente, porque

creo que es necesario distraerse de muchas cosas” (Rossi, 1984: 87).

Evidencias que tienen sus consecuencias en la vida profesional y en la obra proyectada y/o construida:

“Creo que el proyecto tanto puede ser una conclusión, como quedar realmente olvidado y resultar traspasado a otras personas o situaciones. Este olvido es también una pérdida de nuestra identidad y de las cosas que observamos...”

(Rossi, 1984: 52).

Siguiendo con los olvidos conscientes o inconscientes, en el texto autobiográfico hay

períodos y etapas de la vida que quedan relegadas a ese ‘no-recuerdo’ unas veces buscado y

otras sobre-venido. Tal es así que algunas vicisitudes ‘no confesadas del todo’ que no se ‘re -cuerdan’ delatan por ejemplo las escasas referencias a la formación y a su carrera docente,

tan dilatada por otro lado. Todo ello aparece con una claridad meridiana en las reflexiones

de Rossi repletas de ‘vacíos’:

“Mi primera educación no fue exactamente figurativa, [...] habría podido dedicarme a cualquier cosa y [-aparente contradicción paradójica-], de hecho,

mi interés por la arquitectura y mi actividad como arquitecto se inician con

bastante retraso” (Rossi, 1984: 10).

“Esa búsqueda me conmueve aún [-regreso-] en los hallazgos arqueológicos,

en el barro cocido, en los utensilios, en los fragmentos donde la piedra antigua

se confunde con un hueso en el que, a su vez, se diluye la forma del esqueleto.

Por eso gusto de los museos de paleontología y de pacientes reconstrucciones

de pedazos que no pretenden dar sentido a una forma definitiva. Ese cariño por el fragmento y por el objeto se dirige a cosas aparentemente insignificantes

a las que otorgamos la misma importancia que se da, por lo común, al arte”

(Rossi, 1984: 10).

Se refiere en algunos momentos a imágenes que le han impactado en su infancia: ‘hitos’

19 Puesto que como acto colectivo en el que se inmiscuye la memoria, “forma parte de la vida social, de la historia de los grupos y de la identidad comunitaria”. (Blanco, 1997: 90).

(20)

personales erigidos en monumentos arquitectónicos (imágenes evocadoras de la arquitec-tura religiosa):

“Finalmente, al referirme a mi educación infantil, no puedo olvidar [los] Sacri

Monti21 [...] mi primer contacto con el arte figurativo” (Rossi, 1984: 15).

Es igualmente parco cuando se trata de las apreciaciones sobre su carrera como ense-ñante:

“Resulta ahora curiosos, pues, que iniciase mi carrera académica como

profesor agregado de “caracteres distributivos de los edificios”, una asignatura

hoy desaparecida, y que viera en esa trama de recorridos y dimensiones el alma

o el esqueleto de la arquitectura” (Rossi, 1984: 16).

Hay también aspectos estrechamente relacionados con su formación en los que se confir -ma su condición de ‘arquitecto teórico’, donde tampoco falta cierta ironía:

“Mientras dirigía las pocas obras que he construido, gustaba de los errores que en ellas se producían, de las pequeñas desviaciones, de los cambios para los

que debe hallarse una solución inesperada. Me parecía como si el edificio ya

estuviera vivo, y eso me causaba admiración: creo que un orden es auténtico sólo si puede admitir cualquier cambio práctico y todos los errores de la debilidad humana. Por eso he dirigido siempre mi interés hacia un orden que

es diferente del de mis contemporáneos y profesores [compromiso, -toma de partido con el oficio-],22 y también por eso, creo haber sido uno de los peores

alumnos del Politécnico de Milán, aunque las críticas que entonces se me

hacían son hoy, para mí, las mayores alabanzas que jamás haya recibido. El

profesor Sabbioni, por quien sentía un especial afecto, quería disuadirme de mis estudios de arquitectura diciéndome que mis dibujos eran como los de los

albañiles o de los maestros de obras que lanzaban una piedra para indicar el

lugar en el que debía de abrirse una ventana. Esta observación, que provocaba la hilaridad de mis compañeros, me llenaba de alegría; y hoy intento recuperar

aquella felicidad del dibujo confundido con la impericia y la estupidez, y que después ha caracterizado mi obra” (Rossi, 1984: 50).

Existe, sin embargo, un conocimiento expreso de esa carencia y una conciencia sobre ello:

“Una autobiografía científica debería seguramente prestar más atención a

mi formación arquitectónica antigua y reciente, pero creo que estas notas,

[...] explican bien cómo ha sido, tanto en la teoría como en la práctica. Esta

21 Siguiendo a Anna Tomlinson, el ‘monte sacro’ se refería a una expresión característica de la religiosidad lombarda durante el manierismo (sucesión de capillas que, representando diversos momentos de alguna historia sacra, deben ser visitadas por los peregrinos con un recorrido que respete el orden de esa historia, cuya culmi-nación, al final del recorrido procesional, reproduce el santo Sepulcro.

22 Ese ‘no encontrar lugar’ se produce además de modo explícito e irrevocable: “ me resulta difícil situarme entre mis contemporáneos>> (Rossi, 1984: 66). Esa misma sensación sucede en ocasiones con los ‘lugares’ en su sentido físico y espacial, pero también metafórico y alegórico: “ siempre procuro eludir el hablar de Venecia,

aunque es el lugar en el que enseño y en el que, irregularmente, vivo desde hace quince años. Es curioso cómo

(21)

formación se identifica con frecuencia en el objeto y en la geografía, en un objeto doméstico o en una fotografía del Partenón o de la mezquita de Bursa” (Rossi, 1984: 64).

En un determinado instante se da constancia de una etapa formativa insólita:

“Este mismo interés me impulsó, en mi primera juventud, a estudiar química y biología, porque siempre he creído que la mente y el cuerpo del hombre están muy ligados a su fantasía. Aún hoy me interesa más cualquier libro de medicina que otro de psicología, sobre todo si es de esa psicología literaria que ha estado de moda en los últimos años. Incluso las explicaciones de enfermedades a partir de motivos psicológicos me han parecido siempre equivocadas; la enfermedad depende de una serie de defensas y resistencias del material que, bien están

ligadas a la naturaleza, bien a su historia, bien a la mecánica de su historia” (Rossi, 1984: 76).

Tal y como se decía en el prólogo introductorio, A. Rossi se interesa por los fenómenos y estrategias urbanísticas y planificadoras que inciden en la ciudad americana -aunque en

ningún momento cita en este contexto, por ejemplo al arquitecto Kevin Lynch (ya sea por negación, incomprensión o ‘simple olvido’)-, imposibilidad que se demuestra de manera preclara en la siguiente frase:

“No podía, sin embargo, responder a las imágenes de los libros, a las

descripciones que los arquitectos hacían de la ciudad americana, de una manera

directa” (Rossi, 1984: 92).

Su ‘formación americana’ se sintetiza, por lo tanto, muy significativamente:

“Si tuviera que hablar de mi trabajo o de mi “formación” americana, me saldría

demasiado de la autobiografía científica para introducirme en una autobiografía personal [contraposición o contraste] o en una geografía de mi experiencia, con lo cual me alejaría del tema principal de este libro. Tan solo quiero indicar

que, en este país, las analogías, las referencias, las alusiones, lo que podríamos llamar observaciones, han provocado en mí un gran deseo creador y también,

de nuevo, un importante interés por la arquitectura” (Rossi, 1984: 92).

Siguiendo en esta misma línea es obvio que recalca no hablar de sus ‘fracasos’ más que de un modo indirecto, ‘fracasos’ entrecomillados derivados de su obra construida -lo que él denomina ‘algunas de mis desventuras’- y que trascienden solapadamente a ese ‘olvido consciente y autorreconocido’:

“Con tal observación a propósito de mi participación en un concurso no pretendo, en esta autobiografía de mis actividades, aludir a mis fracasos; tal

vez deseo solamente señalarlos [como forma de intuirlos], pero no hablar de ellos. Mis más hermosos proyectos han sido, generalmente, rechazados en los concursos...” (Rossi, 1984: 60).23

(22)

Con la intención de ir concluyendo este análisis de la Autobiografía científica de Aldo Rossi es posible ir, al mismo, tiempo determinando ciertas cuestiones no mencionadas hasta

el momento y que corresponden quizás a inquietudes personales o justificaciones que el autor necesita mostrar, como puede ser, entre otras, el objeto y/o razón autobiográfica,24

el ‘porqué’ y el ‘cómo’ de la escritura de la ‘autobiografía...’, que constituye casi un ‘acto voluntario de confesión’:

“Si bien esta es hoy mi postura, y pese a que ninguna postura puede mantenerse siempre igual a sí misma, debo, no obstante, otorgarle un orden coincidente

con esta autobiografía científica. Como he dicho, mi principal interés no era

arquitectónico. Es interesante que mi primer artículo documentado llevase

por título [regreso a los inicios de una germinante actividad intelectual] La

coscienza di poter dirigere la natura. Se trata de un texto de 1954, es decir, de cuando tenía 23 años. Por otro lado, uno de mis escritos más importantes

es de esa misma época. Se publicó en 1956, pero había sido compuesto el

año anterior: alrededor de mis 24 años. Es el ensayo titulado II concetto di

tradizione nell´architettura neoclassica milanese” (Rossi, 1984: 51).

“...tal y como ocurre con este recorrido de mis proyectos, aunque no espero

que de su análisis surjan ideas para mi redención o para la del oficio, sino tan solo las posibilidades de progreso que todo análisis supone” (Rossi, 1984: 54). “En verdad, siempre he querido describir mis proyectos. [...] Esta autobiografía

es el único modo en que puedo hablar de mis proyectos, aunque sé que ninguna

de las dos cosas tiene importancia. Significa, quizás, el olvido de la arquitectura, y tal vez ya la olvidé al hablar de la ciudad análoga o cada vez que he repetido en este escrito que toda experiencia me parece definitiva y me resulta difícil determinar un antes y un después [reflexión autobiográfica y reiteración del ‘olvido’]” (Rossi, 1984: 68).

“La arquitectura de las sombras de Boullée o la búsqueda del lugar o locus de

Palladio, no son simples autobiografías...” (Rossi, 1984: 93). El origen autobiográfico se cita someramente:

“...imágenes de ciudad: Zurich, Berna, Friburgo, Colmar. Estas eran mis

ciudades favoritas en los tiempos de profesor en Zurich, y, quizás, todo cuanto

escribo pueda remontarse a un cuadernillo que titulé Quaderno di Colmar...

(Rossi, 1984: 55).

“Siempre he demostrado un especial interés por este sentido de la obra, y

quizás ese sea también, en parte, el de estas notas” (Rossi, 1984: 87).

24 “Atenderá al plano discursivo o textual, en tanto que la autobiografía adopta la forma narrativa, y esto

implica unas peculiares relaciones temporales entre el acto enunciativo, la narración propiamente dicha que

tiene lugar en el presente, y lo narrado, que evoca sucesos del pasado. Se confrontan aquí los recuerdos, núcleos narrativos que constituyen la base de la historia protagonizada por yoes que ya no existen (el yo niño, el yo adolescente, cualquier otro yo del pasado), con las interpretaciones y con las conjeturas del narrador actual. La pluralidad de los distintos yoes que se ha sido queda contrastada en la memoria, y la continuidad (o la ruptura)

entre aquellos yoes y el yo presente se establece en la escritura mediante el engarce entre la acción (la historia

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