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Poesía y fenomenología. Aproximaciones metódicas y de contenido: el ejercicio poético y la Fenomenología

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Poesía y fenomenología. Aproximaciones metódicas y de contenido: el

ejercicio poético y la Fenomenología

1

Graciela Maturo

2

RESUMEN

Este artículo tiene como objetivo presentar un análisis a un fenómeno observado durante el último siglo, en que el lenguaje ha sido utilizado en el campo de la filosofía para hablar de un giro lingüístico, que ha esgrimido el lenguaje poético como expresión de un modo de pensamiento Fenomenológico. Filósofos como Heidegger han incorporado este fenómeno, el poetizar, en sus obras para volver a generar un estatus de verdad a través del arte, el lenguaje y la poesía. Heidegger presenta el poetizar como actitud constitutiva del hombre que pone el arte en obra a la Verdad, llamada existencia auténtica.

Finalmente, se analizan notas sobre los conceptos fenomenológicos de epojé y alétheia y

la posibilidad de su aplicación a la actitud del poeta, la poesía en la concepción heideggeriana y su tendencia a generar a través del poetizar una nueva forma de pensar.

Palabras clave: lenguaje poético, poetizar, Fenomenológico, filosofía, Heidegger

Poetry and phenomenology. Methodical and content approaches: the poetic exercise and the Phenomenology

ABSTRACT

This article aims to present an analysis to an observed phenomenon during the last century, in which the language has been used in the field of Philosophy to talk about a linguistic twist that has wielded the poetic language as an expression of the Phenomenological way of thinking. Philosophers like Heidegger have incorporated this phenomenon; poeticize, into their works to return to generate a truth status through art, language, and poetry. Heidegger presents poeticize as a constitutive attitude of the man that puts the art in work to the Truth, called authentic existence. Finally, it is been analyzed pieces of notes about the phenomenological concepts of epojé and alétheia, and the possibility of their application to the poet’s attitude, the Heideggerian conception of poetry and his tendency to generate trough poeticize a new way of thinking.

Keywords: poetic language, poeticize, Phenomenological, Philosophy, Heidegger

Recibido: 05 de julio de 2018 Aceptado: 05 de diciembre de 2018

1 Conferencia en el Centro de Estudios Filosóficos “Eugenio Pucciarelli” de la Academia Nacional de Ciencias

de Buenos Aires, 4 de agosto, 2016.

2 Poeta. Doctora en Letras Universidad del Salvador, Buenos Aires, Argentina. Investigadora Principal del

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INTRODUCCIÓN

Todos conocemos el interés que en el último siglo han tenido los filósofos por el

lenguaje; tal ha sido que se ha llegado a hablar de un “giro lingüístico” en el campo de la

filosofía. Por otra parte, dentro de la órbita del lenguaje, y como su zona más significativa,

la poesía ha llamado la atención de no pocos filósofos. El lenguaje poético, ese lenguaje

gratuito, desinteresado, a veces insólito que se revela como no necesario a la

comunicación inmediata, se muestra -como todo lenguaje- como exponente de un modo

del pensamiento. No se ha cumplido lo que algunas voces del siglo XIX anunciaban: el fin

de la poesía por el incremento de la razón científica, el industrialismo o la tecnificación de

la vida. Mr. Peacock, que predijo, al comienzo del maquinismo, el fin del poetizar, sería

olvidable en la historia si no hubiese desatado con sus consideraciones aquella

memorable Defensa de la Poesía que firmara Percy B. Shelley en 1820. En la actualidad,

en plena era de las sofisticadas comunicaciones electrónicas, y no obstante la colosal

tentativa unificante por vía de la “globalización” tecno-económica, es evidente que

asistimos a una reviviscencia de la poesía en todo el planeta.

Esta tardía vitalidad del poetizar es el mayor respaldo a nuestra intención de

examinar el particularismo del pensamiento y el discurso poético, y de hacerlo a partir de

la Fenomenología. Ha sido en efecto, debido a su impulso, cómo el arte en general, y

especialmente la poesía, han alcanzado un estatuto de verdad, y han dejado de ser

considerados en ámbitos académicos como elementos secundarios, o como simple ornato

en la vida de los hombres.

Intentaré, en esta propuesta, la aproximación de los rasgos y pasos del poetizar a

algunos conceptos propios de la Fenomenología, en particular los de epojé y alétheia, a

través de los puntos siguientes: El poetizar como actitud constitutiva del hombre. Notas

sobre los conceptos fenomenológicos de epojé y alétheia y la posibilidad de su aplicación a la actitud del poeta. La poesía en la concepción heideggeriana. ¿Hacia un nuevo pensar?

I. El poetizar como actitud constitutiva del hombre.

Ante todo, me propongo delinear las características propias de esa actitud

humana, que se revela como una constante en distintas latitudes, etapas históricas,

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la permanencia de una actitud ligada al conocimiento, al desarrollo interior y a la

expresión por la palabra, que en la cultura occidental hemos dado en llamar con el verbo

griego poiein, que significa producir, crear, actuar. Cuando atendemos al tipo humano

descripto por los antropólogos y fenomenólogos de la cultura primitiva como shamán,

hombre de la tribu que maneja la esfera del lenguaje siendo al mismo tiempo sacerdote,

sanador, iniciado en los misterios y ritos sagrados de su grupo, no podemos menos que

pensar que su heredero, o lo que más se le parece en la cultura moderna, es el artista en

su versión más pura y genuina, en particular el poeta, el que cultiva la palabra.

Todo parece indicar que el poetizar es una actitud básica y constitutiva del

hombre, no una modalidad superable por la razón, ni tampoco un término de llegada de

altas civilizaciones. Las propias ciencias lo muestran como una constante del devenir

humano; lo indican la investigación antropológica, como actitud presente en muy

diversas culturas, la psicología profunda, al estudiar la mente y el comportamiento

humanos, la historia, la ciencia de las religiones, los estudios de la cultura y el lenguaje, y

la filosofía, en especial en su vertiente fenomenológica.

Se ha admitido en la escuela de la Fenomenología que existe un modo

preconceptual del conocimiento básico y constitutivo del hombre que acompaña otras

aventuras de su ser en el mundo. Es más, las justifica, las extiende y las guía

conformando cierto legado sapiencial que es heredado a través de las generaciones. Ese

acervo poético se liga a lo que la fenomenología denomina Mundo de la Vida,

(Lebenswelt) y también al habla, en un uso no meramente comunicativo, y a otras formas de la expresión a las que la mente racional de Occidente ha designado con el

nombre de “artes”.

Esto no niega que en cada grupo humano se destaquen individuos que parecen

especialmente preparados para cumplir esa función. En los pueblos tribales, que todavía

persisten en el mundo, quienes conocen la palabra como elemento de poder y sanación

no han sido considerados artistas sino sacerdotes, sabios, sanadores, aquello que los

antropólogos del siglo XIX llamaron medicine men. Modificados en parte por la

civilización, orientados hacia el cultivo de las artes como disciplinas, los poetas modernos

fueron en mayor o menor medida continuadores de aquéllos, solo a veces a sabiendas, y

(4)

Ya no hereda el poeta, en Occidente, aquella marca distintiva; emprende solitario

su camino llevado por una tácita vocación, y solo en ciertos casos alcanza cumbres de

autoconocimiento. Es el apartado, el contemplativo, el lector del mundo y de su propia

interioridad: el que descubre a su “doble interno” y es guiado por él en el laberinto

mundano.

El poeta es quien nuevamente reconoce el anima mundi, ya olvidado por la

civilización moderna, y a su vez alcanza a descubrir su propia ipseidad, ya se la llame

mismo, ser interior o dios inmanente. Es el que se configura a sí mismo como vidente, y lo hace a través de imágenes y mitos, como lo practicó en el siglo XVII don Luis de

Góngora, al representarse oblicuamente en la figura del cíclope Polifemo, con un ojo en la

frente. Es el que reconoce, como nuestro poeta mendocino, Jorge Enrique Ramponi, el

“estado de canto” o el que se burla defensivamente de su propia condición -Julio Cortázar- llamándose “shamán de bolsillo”.

El poeta se mueve en el mundo de la experiencia sensible e inteligible. En él

asoma la precomprensión originaria del mundo y de la vida. Para ello busca el silencio y

el apartamiento que le van permitiendo descolocarse del marco de ideas y juicios

recibidos, de la costumbre -violentamente fustigada por Rimbaud y Lautréamont- de la

ciencia y de las filosofías conocidas. Acaso podría hablarse -por todo ello- de una cierta

epojé como lo sugiere, sin utilizar esa expresión, el poeta Jean Claude Renard (1922-2002), quien al referirse a su propia experiencia señala la prioridad de poner la mente

en blanco, a la manera de un yogui, borrando metódicamente los conocimientos

adquiridos. Muchos son los poetas que invocan su desnudez, ese despojo de ropajes que

les permite asumir la radicalidad del asombro. Otros creadores, teoricen o no sobre su

propia actitud, practican espontánea o metódicamente esa suspensión de lo habitual,

dejando de lado el bagaje científico o cultural que poseen. Solo por ello, en función de ese

asombro radicalizado, se produce su apelación a un lenguaje no habitual, puesto a servir

a significaciones nuevas, o bien la incorporación de ritmos no usuales en la comunicación

ordinaria, o el acudir a metáforas y otras figuras de significación, que no son a nuestro

juicio estrategias dirigidas al lector como lo han postulado famosos lingüistas y teóricos de

la literatura a quienes hemos dirigido continuas refutaciones a través de larga labor.3

3 Remito a Graciela Maturo: La razón ardiente, Biblos, Buenos Aires, 2005; Los trabajos de Orfeo, Ediunc,

(5)

Se trata, en el poetizar más genuino y digno de tal nombre, no tanto de producir

respuestas a la pregunta nacida del asombro, como de profundizar en el asombro mismo,

de guiarlo o simplemente dejarlo correr hacia un dejar aparecer que permite a lo dado

convertirse en fenómeno significativo ante una conciencia, que a su vez es continuamente

constituida y renovada por el acto mismo de poetizar. La epojé se complementa en la

alétheia, la hace posible.

Siguiendo ese camino, que pasa por la contemplación –palabra que tomo de la

tradición monacal- se llega a una lectura iluminativa a la que he dado el nombre de

“simbolización”, a fin de poner el acento en el acto creador y no reducir el símbolo a la

categoría de figura retórica. Al descubrir (contemplación) e interpretar (simbolización) el

mundo que lo rodea, el poeta se descubre a sí mismo. Descubre su cambio interior,

aleccionado por aquello que llamamos “naturaleza”, que ha pasado de ser objeto a

mostrarse como sujeto.

No estamos hablando, por supuesto, del ocasional autor de versos, o del que

practica un cierto quehacer artístico destinado a agradar y a entretener, sino de la Poesía

y el Arte como camino del hombre, como vía de autotransformación del poeta auténtico, y

de su ineludible magisterio hacia sus coetáneos. No es lo mismo mirar simplemente el

mundo que advertirlo como cifra y misterio, como libro en el cual el poeta lee y se

descubre a sí mismo.

En el cabal poeta late una vocación de verdad, develamiento y unidad del Ser. El

poeta es un buscador de sentido; su lenguaje interroga, pero en él abundan las

respuestas, y ello comporta el paso de un temple marcado por el deseo y la angustia a

otro signado por la extinción paulatina del ego raciocinante, hasta alcanzar orillas de

serenidad y felicidad, paso que hemos podido comprobar en el estudio de las obras de

Octavio Paz, Neruda, Rosamel del Valle, Juan L. Ortiz, Luis María Sobrón, Juan Liscano,

Olga Orozco, Jorge Enrique Ramponi… (No elegidos por una especie de chauvinismo

hispanoamericano, sino por la convicción de que la poesía debe ser leída en el idioma del

poeta, y si ese idioma es el mismo que el del lector, tanto mejor, pues solo así estamos en

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El ritmo, al suscitar ese estado que el poeta Jorge Enrique Ramponi denominaba

“estado de canto”, conduce a la ensoñación, cuyo rumbo es heurístico; la metáfora,

herramienta analógica movida por la libertad imaginaria, es también apertura a la

precomprensión de la realidad y al cambio de conciencia, en la dirección de una

conciencia absoluta o mística; quienes frecuentan esos estados son monjes, santos, hombres de meditación que el filosofar occidental, marcado en la Modernidad por el

racionalismo, ha dejado fuera del canon filosófico. No todos esos hombres de

conocimiento, obviamente, han llegado a escribir, pintar o hacer música, pero cabe admitir

que, cuando intentaron exponer de algún modo sus experiencias espirituales, debieron

recurrir a los lenguajes del ámbito particular al que denominamos arte ypoesía.

El gran poeta Novalis (Friedrich von Hardenberg), afirmó, con inigualable

clarividencia, que la poesía no tiene “otra meta que el descubrimiento del yo

trascendental”4. El poeta, guiado por su propia palabra, en la cual empieza a reconocer a

otro que habla (“otro que es su ipseidad”, soi même comme un autre, en palabras de Paul

Ricoeur) va pasando de la actitud natural, de su estar-en-el mundo, a cierta posición de

lector, amante e intérprete. Esa nueva actitud se crea por cambios de conciencia que lo

aproximan a la percepción y producción de ritmos, acordes e imágenes sensibles: ésta es

la esfera expresiva que le es propia, la que abarca a la música, la danza, las artes del

espacio, y finalmente a la palabra, cuya naturaleza a un tiempo sensible y racional la

convierte en clave insustituible del poetizar. No simplemente para gozarse en ella sino

para convertirla en vía iniciática, rumbo hacia la videncia y la autotransformación. El

lenguaje poético, “lenguaje en fiesta”, al decir de Octavio Paz, será para el poeta reserva

de conocimiento, puerta de entrada hacia otros mundos, ámbito en que se cumple la

anagnórisis trágica.

El cambio de conciencia, se faire voyant, era la indicación de Jean-Arthur Rimbaud

en la célebre carta a Paul Demeny. La videncia, que el shamán ha practicado y practica

en algunos rincones de la Tierra, es para el poeta moderno, asfixiado por su entorno

cultural e histórico, el fruto de un ejercicio ascético.

Cabe consignar, además, que algunos poetas -desde el latino Horacio en

adelante- han sabido teorizar su propio quehacer y que todos, sin excepción, son capaces

(7)

de visualizarlo desde cierta distancia. Esta visualización de sí mismo y de la propia

palabra por el autor, si bien se atiende, forma parte de la reducción fenomenológica. Los

poetas, a los cuales por nuestra parte hemos recurrido como teóricos para discutir la falaz

teoría lingüística (i.e. Descenso y Ascenso del alma por la Belleza, de Leopoldo Marechal,

El arco y la lira, de Octavio Paz, así como las anteriores defensas de la Poesía de los hermanos Schlegel, de Schiller, Wordsworth o Shelley proporcionan los primeros

peldaños de una valiosa teoría del poetizar. (Como es sabido, los lingüistas modernos

partieron de una teoría del signo que fijaba su centro en el vocablo, considerado como

signo instalado por una relación arbitraria y convencional entre un significado y un significante. Pese a algunas variantes introducidas sobre esta dualidad por lógicos como Peirce, o por otros estudiosos del lenguaje, esta concepción limitada y ajena a toda

trascendentalidad de la palabra ha prevalecido en los estudios literarios, como puede ser

comprobado en ámbitos universitarios actuales; en cuanto a la Semiología, se ha

conformado como una ciencia general de los signos basada en indicaciones de Ferdinand

de Saussure que recogieron sus discípulos. Con todo, el maestro ginebrino mostraba más

respeto por el lenguaje que sus seguidores, al señalar la prioridad del lenguaje hablado

sobre su representación escrita. Pero no es éste el momento de plantear esa cuestión.)

El discurso teórico del poeta -aparte de aquella expresión tradicional llamada Ars

poética, que asume modernamente distintos matices, unos realmente teóricos, otros autobiográficos, otros en fin puramente técnicos, a veces asumidos con ironía y humor -

se refiere al poetizar, al poeta, la poesía y/o el poema. A los manifiestos poéticos que

estuvieron en boga en las primeras décadas del siglo XX, atentos a la técnica del poema,

les ha seguido un trabajo más filosófico, que recoge las transformaciones de la conciencia

creadora, y el aparecer o alétheia percibido en la palabra. A ese aparecer que anonada al

sujeto del poetizar, lo acompaña, en el poema mismo, la constatación racional del poeta,

lo cual nos ha llevado a introducir cierta polémica con Oscar del Barco -filósofo y poeta a

quien admiro- quien afirma, (ejerciendo un extremismo propio del converso) que ninguna

obra poética tiene autor, pues todas son dictados del Ser5. Sostengo que es precisamente

la permanencia del sujeto creador la que permite recoger, expresar y modular los estados

de iluminación, rapto, abandono o fusión mística que el poeta alcanza a experimentar en

momentos privilegiados.

(8)

Es decir, afirmamos que es posible compartir la tesis heideggeriana sobre el

lenguaje como morada del Ser sin abandonar la sustentación del sujeto personal, dotado

de una mirada distante e interpretativa acerca de su propio proceso trascendental,

conducente a la conciencia absoluta.

Admito que en la poesía moderna ha sido cada vez más frecuente la irrupción del

pensamiento reflexivo -aún el ajeno, a modo de citación- en medio del discurso poético,

pero sigo en el convencimiento de que no es la modalidad reflexiva lo propiamente

poético de la poesía. Ella nace del pensar intuitivo, recogiendo los datos de una intuición

sensible, afectiva, soñante, imaginativa e intelectiva. Su rasgo característico es la

expresión del asombro, la transcripción de la experiencia directa, sensible, intuitiva del

hallazgo espiritual; la constancia de la autotransformación e incluso, en ciertos casos, la

extinción del sujeto (Molinari, Juan L. Ortiz), es la culminación de una experiencia a la que

no dudo en considerar mística, pues no se trata ya de pensar el Ser, sino de una

participación en el Ser, acorde a ese manifestarse el Ser en la palabra del que habla Heidegger, como veremos más adelante.

Todo ello es fruto de la perseverancia en una disposición receptiva y sensitiva

(Stimmung) que rodea de silencio a la actividad creadora. Por ello hemos arriesgado las

nociones de epokhé y alétheia, caras a los fenomenólogos. El poeta, luego de suspender

el juicio adquirido, en una cierta epokhé no siempre consciente, deja aparecer el sentido:

se deja avasallar por la irrupción del Ser en el modo de la Belleza. Su palabra alcanza a

ser -no en todo poeta, ni en toda ocasión- una alétheia: un desocultamiento del Ser en el

lenguaje.

La continuidad del ejercicio poético produce a corto o largo plazo el cambio de

conciencia, la fluidez musical de la palabra y la plenitud -no siempre fácil a la razón- de

sus significaciones. Fiel al dictado del lenguaje mismo, el poeta afronta el riesgo de no ser

plenamente comprendido sino a través de otro acto poético, una lectura, igualmente

próxima a la epokhé y a la alétheia (vía de lectura poética que hemos intentado

(9)

II. Notas sobre los conceptos filosóficos de epokhé y alétheia

Para este modo de abordar la poesía y el poetizar, se tornan iluminadoras las

nociones filosóficas de epokhé y alétheia, tal como han sido renovadas por la

fenomenología de Husserl y sus seguidores. Algunas breves notas sobre estas nociones

serán entonces útiles para adentrarnos aún más en esta reflexión sobre el poetizar.

Retomo la aproximación de Javier San Martín6, quien investiga la significación etimológica

del término griego epojé, transliterado a veces también como epoché o epokhé (ἐποχή

«suspensión»), como un echarse hacia atrás para mirar, que implica las nociones de

retención, contención y abstracción (Javier San Martín, 1986: 28). La epokhé -señala-

retiene aquello que queda suspendido.

Como se señala desde diversas investigaciones, el concepto de epojé jugó un rol

importante en la corriente antigua del escepticismo, cuyo mayor referente sería Pirrón

(aprox. 360-270 AC). Partiendo del supuesto de que no conocemos nada, Pirrón

argumentó que la actitud más conveniente a adoptarse era la epokhé, es decir, la

suspensión del juicio o de toda afirmación. No sería exacto afirmar que esta posición

anula las posibilidades racionales de elegir entre uno u otro curso de acción. Más bien se

relaciona con el hecho de que un determinado tipo de vida o acción no puede ser

catalogado como el «definitivamente correcto». Tampoco es acertado postular que

los escépticos niegan dogmáticamente la posibilidad de todo conocimiento: la misma

palabra skepsis implica «siempre buscar», «siempre investigar». En efecto, sería

autocontradictorio afirmar plenamente que nada puede ser objeto de conocimiento, ya que

esa misma proposición sería paradójicamente elevada a la categoría de algo que se

estaría negando.

Según la definición del filósofo y médico griego Sexto Empírico (150-249),

la epojé es «el estado de reposo mental por el cual ni afirmamos ni negamos», o si se

quiere, una actitud mental de imperturbabilidad o ataraxia (del griego αταραξια). El

concepto tenía distintos grados de «intensidad» según los distintos filósofos de esta

corriente, abarcando desde la suspensión radical del juicio en el caso de especulaciones

teóricas, hasta posiciones próximas al probabilismo en otros casos. En lo que atañe a

aspectos no ya teóricos sino prácticos, el concepto tendía a confundirse con la metripatía,

(10)

que es interpretado como la adopción de una actitud de prudencia cuando se trata de

evaluar sentencias de carácter moral.

En particular nos interesa aquí el concepto de epojé como fue retomado por

la fenomenología de Edmund Husserl, quien renueva la acepción inicial del término. Para

Husserl, la epojé consiste en la “puesta entre paréntesis” (parentetización) no sólo de las

doctrinas (o doxas) sobre la realidad, sino también “de la realidad misma». Como es

sabido, en su obra Ideas para una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica7,

luego de enunciar una primera suspensión del juicio adquirido a través de la duda

cartesiana, y asumiendo una crítica de la Razón objetivante, Husserl deja establecida su

noción de epojé, que no pretende una negación del mundo sino una abstracción de la

actitud natural sobre él. … “el mundo natural sigue pues ahí, delante, después lo mismo

que antes sigo en la actitud natural, sin que lo estorben las nuevas actitudes” (Husserl,

1992: 67).

En la fenomenología de Husserl, el concepto de epojé se redefine de una manera

radical, como un cambio fundamental de actitud no sólo respecto al conocimiento y a las

teorías ya existentes (lo que se aproxima a la suspensión del juicio), sino también frente a

la realidad misma, cambio de actitud que Husserl describe con las imágenes de "poner

entre paréntesis" (Einklammerung), de «desconexión» (Ausschaltung) de la cotidianeidad.

Este sería un presupuesto del método para llegar a lo que Husserl denomina reducción

fenomenológica.

Tal radicalidad permite distinguir a la epojé en sentido husserliano, no sólo de la

epojé clásica, sino también de todo otro concepto con el que puedan presentarse analogías, entre los que pueden citarse la duda cartesiana o la abstención de

explicaciones metafísicas propugnada por Auguste Comte. Tampoco es en absoluto la

negación de la realidad.

Ese cambio radical frente a la actitud «natural» nos pone en el umbral del

conocimiento filosófico. Solo esta nueva actitud permitiría alcanzar la conciencia pura o

trascendental.

7 Edmund Husserl: Ideas relativas a una fenomenología pura y a una filosofía fenomenológica, I, Traducción

española por José Gaos, FCE, Madrid, 1992 [Ideen zu einer reinen Phänomenologie und

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En cuanto a la noción de aletheia, nos referiremos ahora muy brevemente a

algunas notas que ésta adquiere en la analítica existencial de Martin Heidegger8,siempre

con el modesto fin de iluminar la reflexión en torno al poetizar que queremos desplegar

aquí. Como se suele señalar, la voz griega alétheia formada por el prefijo privativo a, y la

raíz lethein, ocultar, aunque vertida también como Verdad, encuentra una traducción más precisa en los términos “desocultamiento” o “develación” de la Verdad. El término fue

usado por el presocrático Parménides en su poema Sobre la naturaleza. Según él, se

puede oponer el dominio de la verdad (alétheia) al de la opinión o (doxa).

Martin Heidegger recuperó la idea de alétheia y la desarrolló en su forma

contemporánea, como un intento de entender la "Verdad". Heidegger recuperó en el

término un sentido etimológico “hacer evidente". Su discurso de la reapropiación de

la alétheia comienza en la obra magna Ser y Tiempo, y el concepto se despliega en su Introducción a la Metafísica. Lo había afirmado ya en Ser y Tiempo: “No es la proposición el lugar primario de la Verdad, sino a la inversa, la proposición (…) se funda

en el estado de abierto del Dasein” (Martín Heidegger, 1951: p.). Señalemos por último

que en El origen de la obra de arte, describe al arte como un medio para abrirse a la

verdad de un pueblo histórico.

Heidegger enfrenta al pensamiento aristotélico-tomista desde la noción de alétheia

o desocultamiento, que también exploran, siguiendo a Husserl, Ortega y Zubiri. De allí

parte una crítica profunda de la Modernidad, y al respecto dice el intérprete de la obra

heideggeriana, Cerezo Galán: “la libertad plenamente ejercida permite la pertenencia al plan absoluto del Logos” (Cerezo G, 1963: 127).

La alétheia es distinta de otras conocidas conceptualizaciones acerca de la verdad que la describen como una correspondencia entre conceptos, llevando su significación a

un plano lógico. En tanto, Heidegger retoma una significación presocrática, ontológica, y

recalca la noción de ocultamiento y desocultamiento. En principio, alétheia significa

Verdad, pero mientras que la Verdad o veritas se ciñe en general a la correspondencia

entre conceptos, la alétheia des-oculta. Es decir, aquello oculto se hace evidente a sí

mismo, de manera que a-parece (ad+parece) y por lo tanto se dona como algo inteligible.

8 Martin Heidegger: Ser y Tiempo, traducción de José Gaos, FCE, México, 1951, [Sein und Zeit, 1927]. Ver

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Estimo que estos conceptos que aquí me limito a mencionar, echan luz sobre el

proceso del poetizar en sus casos más genuinos y eminentes, y su relación con la

apertura a un nuevo pensar, cuestión que hemos de abordar de inmediato.

III. Referencia a la valoración del poetizar en la obra de Martín Heidegger

Vale la pena que nos detengamos un poco más en la consideración del enfoque

aplicado por Martin Heidegger a la creación poética, ya que, como es sabido, ha sido él

quien ha conferido a la creación poética, en forma contundente, una relación con la

Verdad que ha sido continuada o profundizada por Ricoeur y Gadamer. Más aún, su

valoración de la palabra poética como morada del Ser ha abierto horizontes impensables

a filósofos y artistas durante el siglo XX, especialmente a partir de 1935, y de su trato con

la poesía de Friedrich Hölderlin.

Sin haber dedicado una obra completa al poetizar, produjo Heidegger una serie de

trabajos y conferencias entre las cuales menciono: “El origen de la obra de arte,

“Hölderlin y la esencia de la poesía”, “Poéticamente habita el hombre”, entre otros que

han sido traducidos y recogidos en diversas ediciones. El hombre es tal en virtud de la

palabra. Ser hombre es hablar; pero, como señala el profesor Cerezo Galán en su

interpretación de Heidegger, el habla, y especialmente aquella franja que constituye el

umbral del sentido, la palabra poética, no pertenece solamente al hombre sino al Ser, que

hace de ella su morada. El rasgo constitutivo del Dasein es la pregunta por el Ser; el

hombre es “el ente que se halla herido por esa pregunta”9. El ser del hombre es un estar

siendo: un correr hacia el encuentro con la muerte desde un ya estar en el pasado. Pasado, presente y futuro se dan íntimamente unidos en la estructura del vivir.

Para Heidegger, la obra de arte y su comprensión provienen del Ser mismo, pero

solo un pensar concéntrico, casi místico, puede dar cuenta de la obra, revelar lo que ella

es en el destino de la verdad del Ser (Cerezo Galán, 1963: 79). En ese ámbito de

comprensión presidido por una intuición unitiva de lo disperso se nos revela la tarea del

poeta. Tal aproximación nos pone en camino del Origen (p. 259). El pensar heideggeriano

es circular. Encuentra en el pensar griego esa modalidad que condujo al arte, y apoya su

concepto del arte en una teoría de la Verdad que, lejos de afirmarse en la adaequatio

9 Pedro Cerezo Galán: Arte, verdad y Ser en Heidegger. La estética en el sistema de Heidegger, Fundación

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racionalista, de raíz aristotélica, surge de la revelación del Ser o alétheia. Es éste un punto de contacto entre el pensar y el poetizar.

Por tanto, la verdad de la obra no depende del artista. El arte es temporal y a la

vez trascendental. La obra de arte se convierte en un medio de develación de la verdad,

siendo el ocultamiento uno de los modos propios de ésta. En “La esencia de la Verdad”10

asoma ese concepto de ocultación como esencia de la Verdad, en la que se esconde

-señala Cerezo- “una protodisputa de signo heracliteano”. En esta línea me interesa

marcar la vinculación y la distancia, bien señaladas por el poeta y filósofo José María

Valverde11, entre el tomismo, que consideró a la Belleza como esplendor del Ser, y la

concepción heideggeriana. De los atributos de la obra bella: integritas, claritas, perfectio,

se ha pasado a la idea de la Belleza como esencialidad del Ser.

Diversos intérpretes, entre ellos el profesor Guido Morpurgo Tagliabue12, han

señalado la continuidad y las divergencias de la estética heideggeriana respecto de los

filósofos del idealismo: Hegel, Schelling, Croce, Gentile, quienes revelaron el carácter

espiritual del arte, y hablaron también de la impersonalidad de la obra, considerándola

como revelación del Espíritu Absoluto, subjetividad pura, identidad de todo con el Espíritu

que en ella se revela.

IV. ¿Hacia otro modo del pensar?

El pensamiento de Heidegger ha redescubierto de modo ineludible el valor y la

importancia de la poesía, sin ceñirla a la órbita de la escritura. Heidegger presenta al

poetizar ese arte que pone-en-obra a la Verdad, como factor de la que llamó existencia

auténtica. El artista genuino se ofrenda en esta liturgia que Hans Urs von Balthassar ha llamado “gloria” y “manifestación” del Ser en la Belleza.

Sin embargo, este caudal -largamente transmitido por la tradición poética en sus

etapas órfico-pitagórica, trovadoresca, renacentista, romántica, simbolista o simplemente

lírica- es el patrimonio implícito y explícito que ha atravesado la historia occidental

10 Martin Heidegger: “La esencia de la Verdad”, traducción española de Carlos Astrada en Cuadernos de

Filosofía Nº 5, 1948.

11 José María Valverde: “Una lectura del pensamiento estético de Martin Heidegger”, en Cultura Universitaria

Nº 46, 1954.

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acompañando o confrontando sus distintos momentos: nominalistas, racionalistas,

científicos o tecnificados.

Todas las artes se derivan de esa inicial intuición de unidad que conduce al artista

hacia el origen y el sentido. El arte, revestido de la apariencia y condición del juego, es un

juego trascendental en que el hombre alcanza a reconocer un proyecto de vida, en el

despliegue de aquellas dimensiones que lo constituyen y lo hacen partícipe del Ser. Lo

que ha cambiado es la actitud del filósofo, que implicó un paso por la estetización del arte,

hacia una esfera espiritual antes postergada o desconsiderada.

En los tiempos actuales, los filósofos que han continuado la “escuela de la Fenomenología”: entre otros Merleau-Ponty, Mikel Dufrenne, Michel Henry, Jean-Luc

Marion, escuchan la palabra de los poetas, pintores y músicos sobre su propio quehacer.

Merleau-Ponty interpreta la reducción fenomenológica como “el descubrimiento del ser vertical”, es decir, de un “ser bruto o salvaje” que no puede ser representado porque se da en la “experiencia no trabajada”, por contraste con el “ser aplastado” que se capta

en el conocimiento objetivo13. Se trata de un ser de latencia del que todo mundo posible

es una variante. Considera Merleau-Ponty que la pintura de Paul Cézanne nos hace ver la

insuperable profundidad y plenitud del mundo vivido porque socava la consistencia de las

determinaciones abstractas y estables, muestra la presencia de todo en todo y enlaza las

cosas fijas que se nos aparecen con sus huidizas maneras de aparecer. El pintor nos ha

enseñado que nuestra relación con el espacio no es la de un sujeto puro con un objeto

lejano, sino la de un habitante con su medio familiar, que puede, así, retornar al mundo tal

como lo captamos en la experiencia vivida. Merleau-Ponty asocia el ser salvaje con una

dimensión invisible, que es la “contrapartida secreta” situada como un “foco virtual” en la

línea de lo visible: “lo invisible está ahí sin ser objeto, es la trascendencia pura, sin

máscara óntica. Y los ‘visibles’ mismos, a fin de cuenta, no están sino centrados en un

núcleo de ausencia ellos también”14. Se trata de un “hueco” o “reverso” del “mundo visible

vertical”, y esto significa que el sentido patente depende de “núcleos de sentido que son

(15)

in-visibles”15. “Lo positivo y lo negativo son los dos ‘lados’ de un Ser; en el mundo vertical

todo ser tiene esta estructura”16.

Merleau Ponty escucha la palabra del pintor Cézanne, como lo hace más tarde

Jean-Luc Marion, discípulo de Michel Henry: “el efecto que constituye el cuadro lo unifica

y lo concentra [...]”, dice Cézanne, “todo objeto [...] es un ser dotado de una vida propia y

que, por consiguiente tiene un efecto inevitable. El hombre experimenta continuamente

esta influencia psíquica” (p. 73). Marion subraya el hecho de que Cézanne se refiere a

una vida de lo visible, y que con ello pone de relieve un sí-mismo (soi) y una cierta

interioridad de la que brota el fenómeno. Esto es válido, según Cézanne, para todos los

objetos: “solo los objetos habituales tienen un efecto totalmente superficial sobre un

hombre de sensibilidad media. Por el contrario, aquellos que vemos por primera vez

tienen indefectiblemente un cierto efecto en nosotros” (Cézanne: p. 74). El cuadro y

cualquier objeto aparecen como un acontecimiento que tiene el carácter de un surgir, de

un sobrevenir, de un ascender, es decir, de un efecto, entendiendo por efecto el choque

que provoca lo visible, la emoción que invade al que contempla, y la combinación

irreductible de tonos y líneas que individualiza irreductiblemente al espectáculo:

el efecto hace vibrar el alma de vibraciones, que, con toda evidencia, no representan ningún objeto ni ningún ente, y no pueden ellos mismos ser descritos o representados en el modo de los entes y de los objetos. Y, sin embargo, solo este ‘efecto’ define al fin y al cabo la fenomenalidad del cuadro, y, por tanto, con ella, la de lo que se muestra en sí y a partir de sí (p. 74).

Por su parte, Michel Henry ha atendido a Kandinsky, así como Mikel Dufrenne a

los poetas, registrando el encuentro entre la Naturaleza y el hombre, al cual ésta generó

como interlocutor. Un paso más y estaríamos en la esfera teológica de Hans Urs von

Balthassar, que proclama al arte como gloria y manifestación de lo sagrado.

Podríamos referirnos igualmente a María Zambrano, discípula de Ortega y Gasset

y Xavier Zubiri, de quienes aprendió la Fenomenología. Fueron los maestros hispanos de

Zambrano quienes superpusieron a la Fenomenología alemana un cierto logos del

Manzanares. María tomó de Nietzsche la idea de una Razón Poética y la desplegó plenamente como razón vital, ampliada, mística, razón del Poeta, y como nuevo modo del

pensar reservado a la humanidad de este tiempo. Podríamos llamarla, asimismo, razón

(16)

cósmica y, por mi parte, me permitiría ilustrarla con el último libro del poeta argentino

Leopoldo (Teuco) Castilla, Poesón, que acaba de ser publicado, pues en él se despliega

lúcidamente una teoría del poetizar y un concepto de la correlación del hombre con el

Cosmos. Cabe preguntarnos, ya casi a riesgo de caer en un lugar común: ¿Está naciendo

un nuevo modo del pensar? ¿Ha concluido el itinerario racional o científico de la Filosofía?

¿Es la Fenomenología el puente hacia una Razón Poética?

Quizás sea oportuno citar un fragmento de María Zambrano, tomado del libro La

Razón en la sombra (antología crítica que hizo su discípulo e intérprete, el profesor Jesús Moreno Sanz). Aquí da cuenta Zambrano de la valoración de la poesía hecha por el

filósofo, y también de la conciencia filosófica adquirida en parte por el poeta: “sucede que

el poeta, desde la poesía, adquiere cada vez más conciencia: conciencia para su sueño, precisión para su delirio”17.

Hay ahora enlaces que relacionan estas cumbres diferentes, y estimo que es

importante no permitir que ninguna de ellas siga ignorando a la otra ni permita ser

devorada por la otra. La nueva edad deberá permitir esa convivencia de Mito y razón,

Oriente y Occidente, penumbra y claridad.

BIBLIOGRAFÍA

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(17)

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Referencias

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