Jos Luis Moreno Pestaa:Un cine sobre encuentros improbables: notas sobre la cinematografa de Bruno Muel, seguido de A propsito de Septiembre Chileno, del propio cineasta

Texto completo

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Bruno Muel formó parte de los grupos Medvedkine —así llamados en honor del cineasta soviético Ale -xander Medvedkine— entre 1967 y 1974. Un grupo de cineastas y de obreros (de las fábricas de Rhodiaceta en Besançon y de Peugeot en Sochaux) realizaron un conjunto de películas donde puede observarse, al menos, que Mayo del 68 fue también el contacto de intelectuales y artistas que intentaban vivir de otro modo que como “pingos almidonados” (según explicaba gráficamente Antonio Gramsci) y obreros que quisieron ser más que comparsas de las consignas. Como todas las experiencias, ésta se encontró con la resistencia de lo real y tuvo, también, sus luces y sus sombras: pero tocó lo real. Y no era tarea fácil. Como explican Bruno Muel y Francine Muel-Dreyfus, “esta experiencia de trabajo que salía de lo ordinario y de los marcos militantes, es, en primer lugar, la historia de un encuentro, o mejor de encuentros, entre gentes que pertenecían a universos diferentes pero también, a menudo, entre gentes diferentes dentro de su propio universo”1. Los en cuentros, anotaba Althusser, son aleatorios, tanto en sus orígenes como en sus efec tos. Cuando se producen, sin embargo, producen un ser nuevo, irreductible a las características de los seres que compusieron su origen. Ese ser puede du rar mucho o poco tiempo, lo interesante, sin duda, es que exista. Sobre todo cuando se sale de los en cuentros previsibles.

En ese encuentro, del que surgió una experiencia increíble hoy, participaron, por un lado, Chris Marker, Antoine Bonfanti y Mario Marret, que representaban la generación mayor de los “cineastas”, a quienes los obreros llamaban “los parisinos”. Por otro lado, más jóvenes, Bruno y Francine Muel, un operador de cine y una socióloga nada engullida en la época por la lógica académica. Además, gentes, como Pol Cèbe que, dentro del propio universo obrero mantenían con -tactos con el mundo de la cultura; eran los intermediarios en tre uni-versos separados pero que, como muestra esta historia, no es tán con-denados a estarlo. Gracias a él, Bruno Muel, que había filmado en mayo del 68 la fábrica vacía de Peugeot, se vio interpelado para ha cer una película sobre el 11 de junio de 1968. Ese día, la fábrica Peugeot fue asaltada por la policía y produjo dos muertos y bastantes heridos. Encon tra

-ron la película de un taxista que ha -

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Análisis de efectos / reseñas

Un cine sobre encuentros improbables

:

notas sobre la cinematografía de Bruno Muel,

seguidas de una reflexión del propio cineasta

“A propósito de la película

Septiembre chileno”

.

por José Luis Moreno Pestaña / Bruno M

uel

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bía grabado el suceso en súper 8. Con la bobina se montó un film (11 juin 1968) que se proyectó el 11 de junio de 1970: lo vieron entre tres mil y cuatro mil obreros.

Un sala cultural mantenida por Pol Cèbe anunciaba en una banderola: “La cultura es como la pesca con caña: se aprende”. Alrededor de esa sala, otros jóvenes obreros inquietos le pidieron contactar con los parisinos. Uno de ellos Christian Corouge —posteriormente clave en las excelentes investigaciones sobre la clase trabajadora de Michel Pialoux y Stephane Beaud2— lo explicaba claramente: se militaba para luchar por mejor salario y condiciones de trabajo pero también para enriquecer la vida y para intro-ducir en ella “el cine, la literatura, el teatro”. Como nos enseñó Juan de Mairena, con una perspicacia sociológica (y ¡ay! una inteligencia política ajena a muchos “amigos del pueblo”) sobre la que se piensa poco, “de Platón no se ríen más que los señoritos”.

En 1974 se dispersaron los grupos Medvedkine. No está escrito que un buen encuentro sea eterno. Antes Bruno Muel había rodado con Théo Robichet Septembre chilien. Otro encuentro —desgraciada-mente raro, entre un gobierno democrático y el ideal socialista tomado en serio— roto, esta vez, no por la dureza de la vida obrera, de la distancia cultural y de los azares, sino por la violencia fascista, ese momento sucio de la vida política en el que el poder se vuelve anárquico y desmedido. Y nos condena al heroísmo o a la humillación.

A propósito de la película

Septiembre chileno

por Bruno Muel

Han pasado treinta y cinco años desde que fuimos a filmar a Chile los testimonios de víctimas del golpe de estado que acababa de producirse. Después, a menudo he acompañado a las proyecciones de Septiembre chileno. Creo que me la se de memoria y estoy acostumbrado a las reacciones que suscita. Aunque este documental de 40 minutos parece haber guardado intacto su poder de emoción para todo un público, no sólo chileno, de izquierda o simplemente progresista, se presenta la oportunidad de plantear algunas preguntas sobre la naturaleza y el papel de un simple reportaje. Recientemente he ofrecido a un amigo español, de la Universidad de Cádiz, de paso por París, un DVD de la versión original de la pelícu-la que él quiere mostrar allí (de esta versión habpelícu-lada en español –y una secuencia en portugués- ya he enviado copias a Chile, a Cuba y a Brasil) y me ha preguntado si yo tendría un texto de presentación. Entonces, me he dado cuenta de que, salvo algunas líneas escritas aquí o allá, yo no tengo ese texto, de que nunca lo he escrito.

La calidad del sonido tomado por Théo Robichet y de mis imágenes no bastan para explicar la prolon-gada vida de esta corta página de Historia. Teníamos

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la costumbre de trabajar juntos y formábamos un sólido equipo, pero estoy seguro de que el poder de esta película tiene en realidad más que ver con el estado de ánimo que manteníamos en nuestra relación con aquellos a los que filmábamos. Y ese estado de ánimo era el fruto del trabajo de larga duración en el que estábamos comprometidos, más cerca de nuestra casa, en Besançon y en Sochaux: yo desde hacía seis años y Théo desde hacía tres. Me refiero a los grupos Medvedkine, esa experiencia aventurera que consistía en mezclar obreros, en su mayoría jóvenes, y ceneastas profesionales, para de ese contacto hacer surgir películas que hablasen de las luchas de los obreros, de sus condiciones de trabajo y de vida, de sus sueños y de sus esperanzas.

En septiembre de 1973, después de bastantes películas “Medvedkine”, acabábamos de obtener un adelanto sobre taquilla del Centre National de la Cinématographie: una suma considerable para nos-otros, que hasta entonces habíamos hecho de todo para poder hacer una película más ambiciosa, bauti-zada en el papel por Chris Marker como “La salida de la fábrica Peugeot”. Esa película la hicimos a la vuelta de Chile: Con la sangre de los otros, una película oscura, que me vi arrastrado a terminar con un sentimiento de aislamiento que marcaba el final de la experiencia “Medvedkine”. El fin, no el fracaso. El final, falto de combatientes, por fatiga, usura, represiones que golpeaban a nuestros camaradas que habían trabajado en las cadenas. A causa también del mal viento que soplaba sobre sus luchas. Prácticamente todos eran cegetistas, eran o habían sido del Partido Comunista y, en cierto modo, lo que había caído sobre los militantes chilenos había caído también sobre ellos. Durante nuestros años de tra-bajo común, habían visto y comentado muchas películas sobre Chile y lo que allí pasaba les había pare-cido una vía posible para el cambio.

El 11 de septiembre, por tanto, en realidad el 12 por la mañana, escuché la noticia del golpe de esta-do en la radio. Inmediatamente llamé a Théo, que estuvo de acueresta-do en que fuésemos a Chile utilizan-do el dinero del CNC. Enseguida llamé a nuestro amigo Pol Cèbe a Sochaux para decirle que haríamos la otra película más tarde. Con el paso del tiempo, me sorprende que hiciéramos aquello sin más discu-sión y sin mayores comentarios. Se trataba de algo totalmente evidente. Le dije a Pol: “voy a enviar una carta para los compañeros”, una carta de la que no tengo copia y que ellos han perdido. En substancia, decía: “si fuera aquí donde suceden esas cosas, no entenderíais que no llegase alguien con material y película ¡pues es exactamente lo mismo!”.

Santiago está más lejos, pero nos dimos prisa. Tuvimos incluso que esperar en Buenos Aires al pri-mer avión porque el aeropuerto de Santiago estaba cerrado. Ese avión, nuestro pripri-mer contacto con Chile había sido asaltado por exiliado que volvían tras haber huido de la Unidad Popular. Sobrevolando las cimas nevadas de la cordillera que marcan la frontera, se pusieron a gritar y cantar la gloria de su país “liberado” descorchando botellas de champagne.

Felizmente para nosotros, los militares habían improvisado un servicio de prensa que aún no era muy hábil. Efectivamente, teníamos cartas de acreditación de una televisión en lengua inglesa (lengua que ambos hablábamos igual de mal) que eran falsas. Ninguna cadena habría confiado en nosotros y Théo había solucionado el problema de manera totalmente ilegal pero suficiente.

Nuestros contactos se limitaban a un puñado de números de teléfono. Uno de ellos era el de Pierre Kalfon, que era corresponsal del “Monde” en Santiago. Nos ayudó haciéndonos entrar en primer lugar en los jardines de la embajada de Suecia en la que muchos europeos y también chilenos habían encon-trado refugio. Fue allí donde recogimos el testimonio de aquél joven economista sueco que su embajada logró hacer salir del Estadio Nacional. Ciertamente más teórico marxista que yo, lo que nos dijo en un momento me confirmó lo que yo había querido decir en mi carta a los amigos de Sochaux: “...la tortura, como todo acto en un régimen de clase, tiene un carácter de clase. Evidentemente, son los pobres, los obreros, esos a los que se llama pobladores, los habitantes de los barrios de chabolas, los más salvaje-mente torturados, los más salvajesalvaje-mente apaleados...”.

Al principio era fácil filmar en las calles de Santiago. Todas las carreteras hacia el resto del país esta-ban cortadas pero habíamos podido ir a uno de esos barrios de chabolas de los alrededores de la ciudad. Y después, nos habían acompañado a citas secretas con militantes que, uno tras otro, querían hablar a toda costa, que corrían el riesgo de hablar a cara descubierta, como aquella joven brasileña que empezó diciendo: “quiero decir al mundo entero...”. En un edificio de oficinas desierto al que nos llevó un joven

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abogado, encontramos a dos mujeres que habían sido violadas por los militares que fueron a detener a sus maridos. Con la única luz del ángulo de una ventana, me senté en el suelo y al mirar su bello rostro con el ojo de mi cámara y escuchar lo que nos decían, me parecía estar hundiéndome en el suelo bajo el peso de sus palabras.

Théo y yo habíamos sentido tal empatía con lo que filmábamos que al caer la noche, en el hotel en el que nos mantenía el riguroso toque de queda, no hablábamos de lo que habíamos visto y oído durante el día: no podíamos hablar de ello. También en nuestras cabezas se había hecho black-out.

Al cabo de una decena de días se hizo cada vez más difícil filmar en las calles. Los militares nos para-ban cada vez más a menudo, nos pedían nuestros papeles, mirapara-ban con desconfianza nuestro ridículo carnet de prensa. Una mañana, después de la conversación filmada en el minúsculo patio de una peque-ña casa con los dos estudiantes de la Universidad Técnica de Santiago, le dije a Théo: “creo que tenemos ya nuestra película. Es el momento de partir”.

La víspera, habíamos filmado el entierro de Pablo Neruda. No sabíamos que íbamos a asistir a la pri me ra manifestación pública de oposición a los militares golpistas. Media hora antes de la hora prevista es -pe rábamos delante del cementerio cuando cuatro o cinco camiones abarrotados de hombres armados se situaron en medio de la gente que empezaba a aproximarse; después se fueron y el gentío aumentó y, por supuesto, todos se preguntaban si los militares no volverían y dispararían a bulto. Sin duda, la presen-cia de numerosas cámaras y de diplomáticos extranjeros lo impidió. Y por encima de aquella masa humana, por encima de esa increíble manifestación política, brotaban fragmentos de poemas de Pablo Neruda declamados a voz en grito.

Para nuestra última tarde en Chile, los que nos habían guiado y acompañado, con los riesgos que eso entrañaba, quisieron organizarnos una pequeña fiesta. Pero, evidentemente, estaba el problema del toque de queda. Decidieron entonces que en lugar de ser una tarde sería una noche completa. Llevando cada uno algo de beber y de comer nos encontramos de nuevo en un barrio desierto, en un edificio des-ierto en el que todas las oficinas estaban cerradas. Alguien había llevado un tocadiscos y escuchamos la música de Víctor Jara y todo ese nuevo folklore, ese renacimiento cultural, que había acompañado a la Unidad Popular y que los militares se aprestaban a prohibir. La portera del edificio se unió a nosotros trayendo sus propios discos y todos cantaron canciones revolucionarias. Y después, un poco antes del final del toque de queda, un temblor de tierra hizo temblar los vasos y las botellas, se rompieron algunas piezas de la vajilla, las puertas batieron y nuestro equilibrio se hizo un tanto inestable. No fue una gran sacudida y los chilenos, además, están acostumbrados..., pero a pesar de todo salimos en una fila india un tanto zigzagueante y abrimos la pesada puerta de cristal que daba a la calle. Nos esperaba un extra-ño espectáculo. Los escasos habitantes del barrio habían hecho lo mismo que nosotros, en pijamas, en camisones, una colcha o una manta por encima, y los soldados armados que se suponían que iban a dis-parar sobre todo lo que se moviera no sabían qué hacer, ellos mismos de un lado para otro a la pálida luz del alba naciente.

En el aeropuerto de Santiago pasamos la aduana, registramos las cajas de material, las películas y las bandas sonoras más importantes de nuestros últimos rodajes (habíamos podido confiar a pilotos de Air-France nuestras primeras bobinas) y esperábamos en la sala de embarque cuando fui llamado por mi nombre por el altavoz. Yo no estaba muy tranquilo, y lo estuve menos aún al ver nuestras cajas y nues-tros paquetes amontonados sobre un mostrador tras el que estaban sentados tres oficiales del ejército chileno con cara de sueño. Sin intentar ver mi carnet de prensa o mi acreditación, el de mayor gradua-ción me preguntó con severidad qué habíamos visto en Chile. Farfullé que habíamos encontrado Santiago muy tranquilo y eso fue todo. Marcaron nuestras cosas con cruces de tiza en señal de autoriza-ción y me saludaron de manera educada. Incluso en un ejército golpista se encuentran oficiales chupa-tintas cortos de miras.

En París nos esperaban y se organizaba el movimiento de solidaridad. Son muchos los que intervinie-ron para hacer posible que la película se viera pintervinie-ronto, Valérie Mayoux, Chris Marker, Roger Louis, Simone Signoret, y bastantes más. Terminado el montaje, fui a Sochaux con la bobina bajo el brazo para un pase previo organizado por los obreros del grupo Medvedkine, que habían pagado de su bolsillo el alquiler del teatro de Montbéliard. Fue un éxito; una quincena de copias circulaban por toda Francia. Era

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un premio sustancioso del CNC, la paloma de plata del festival de Leipzig 1973, el premio Jean Vigo de cortometraje 1974. Y sin em -bargo, surgió una curiosa polémica sobre el trabajo que habíamos hecho, podría decirse, con total inocencia. La película no les gusta-ba a los dirigentes comunistas franceses. La encontraban “trotskista” porque esos a los que habíamos filmado hablaban de lucha ar -mada ¡como si alguien se pudiera extrañar de que la primera reacción de las víctimas del fas cismo sea una llamada a las armas! In -cluso, una proyección en Besançon fue acogi-da con mucha frialacogi-dad. Nuestros amigos militantes no comprendían nada. Pol Cèbe, comunista y combatiente desde hacía mucho en la batalla cultural en la fábrica Rhodiacéta de Besançon y después en la Peugeot de Sochaux, escribió una larga carta al comité central de su parti-do. Me enviaron una copia, de la que me permitiré citar algunos extractos (está firmada por Pol y por su mujer Jeanine, a la que todos llamábamos Zouzou):

Martes, 22 enero 74 Camaradas...

Aquí tenemos una copia de Septiembre chileno. Nos la piden cada día y, a menudo, varias veces cada día. Acabamos de hacer un pequeño cálculo: desde el 15 de diciembre hemos proyectado la película 26 veces más una y hemos realizado 18 debates. En total, por casi nada, 2500 especta-dores en el departamento del Franco condado. 21 veces por iniciativa de militantes comunistas (veladas de solidaridad con Chile, de carácter cultural o político, entregas de documentación, congreso sindical, etc...) y podemos escribir sin riesgo de error que más de la mitad de nuestros 2500 espectadores son miembros del partido comunista.

Jamás, en ninguna de las 26 proyecciones, en ningún momento de los debates, nadie ha negado ni el valor del film ni la honestidad de los cineastas, y mucho menos “denunciado” los “peligros” de una película-testimonio lúcida, a veces dolorosa, pero totalmente optimista e incluso movili-zadora. Si tuviéramos que resumir en una frase toda la riqueza de las discusiones alrededor de la película diríamos: llamamiento a la lucha para reforzar la unidad y vigilancia redoblada para aislar en Francia a las fuerzas fascistas en potencia.

Pero si escribimos esta carta es para hablar de la 27ª proyección, la única que no se ha pareci-do a las otras y que no entendemos... y nosotros somos comunistas y no nos gusta nada no entender.

Besançon, 15 enero 74. Los camaradas de Besançon nos habían pedido la película para iniciar una velada-Chile con la presencia del conferenciante Fournial, miembro o colaborador del C.C. (comité central). Copia bajo el brazo, entramos en una sala triste y poco acogedora.

Extrañados, al preguntar sólo obtuvimos “explicaciones” vagas y reticentes de los camaradas, del tipo... “parece que es una película muy mala, peligrosa, anti-Unidad Popular... Fournial dice que...” y, de un viejo camarada normalmente lúcido y al que los militantes del partido formados en Besançon (nosotros lo somos) deben mucho, obtuvimos este extraño apóstrofe: “los últimos cinco minutos de esta película son muy palos, peligrosos...” y, ante nuestra pregunta: “¿has visto la película?” respondió “no”, “no, pero Fournial me ha dicho... Y YO ESTOY TOTALMENTE DE ACUERDO CON ÉL, QUE ESTA PELÍCULA ES MUY MALA...”. Un argumento, por supuesto, insoportable... y lo decimos. Fournial tiene derecho a que no le guste Septiembre chileno (cono-cemos excelentes militantes del partido a los que no les gusta el Potemkiny otros que defienden Morir en Madrid) pero Fournial no se contenta con intentar influenciar a los camaradas antes; esto es lo que pasó después:

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...Tras una larga explicación de lo que es el ejército chileno y del porqué de su actitud, Fournial declara: “yo no digo que mi explicación sea buena o que sea la mejor, digo simplemente que es la mía y que hasta ahora nadie me ha dado nada mejor y que si alguien me lo da... no será uno de nosotros sino nuestros camaradas chilenos” y, a continuación, alzando el tono y encolerizán-dose: “no soy de esos, como algunos que dan lecciones a los revolucionarios chilenos, no soy de esos que les dicen: la vía pacífica ha terminado, hay que tomar las armas, hay que tomarlas en todo el continente porque en todo el continente hay militares. Es una conclusión estúpida. Incluso en obras cuya primera parte merece la pena mostrar, su primera media hora... seguid mi punto de vista: creo que hay en ellas cosas que no están permitidas. Que se muestren docu-mentos verdaderos, objetivos, emocionantes, como el entierro de Neruda y, a continuación se saquen de forma abusiva e irresponsable conclusiones estúpidas, es algo que no debería estar permitido ni siquiera al mejor de los cineastas. Sobre esta cuestión no iré más allá”. Y volviendo al tono del conferenciante, Fournial prosigue su exposición...

...Esa es la cuestión.

Entonces, ¿dónde está la felonía?

¿Quién saca abusivamente conclusiones estúpidas?

En todo caso, ni Bruno Muel que ha realizado la película, ni nosotros que la proyectamos, ni los espectadores ante los que la hemos proyectado.

El impresionante silencio que sigue a cada proyección y la seriedad con la que después son debatidos problemas tan candentes como la vía pacífica de acceso al socialismo, la vigilancia redoblada que impone la lección chilena, también las diferencias...

...¿Cuál sería entonces esa izquierda francesa y, sobre todo, cuál sería ese partido comunista que rechazase mirar de frente a Chile y que sólo viera estupidez en los testimonios de los mili-tantes chilenos y “conclusiones irresponsables” en el film de Muel?...

... En cuanto a nosotros, que intentamos también hacer bien nuestra tarea de animadores cultu-rales (si se tercia, hacedores de películas), no dejamos de hacer notar a los camaradas que el cine existe y que un film no es ni un meeting ni una conferencia y que si de repente aparece en la pantalla ese rostro de joven brasileña bello como un Modigliani, y que si esos planos de muche-dumbres son mucho más que planos de muchemuche-dumbres, es porque la cámara de Muel no se con-tenta con pasar ni con estar ahí, sino que vive al ritmo del pueblo chileno traicionado, mutilado y, sin embargo, bello y orgulloso, del pueblo chileno que tantas cosas tiene que decirnos, gritar-nos, enseñargritar-nos, pobre por una derrota provisional pero rico por una experiencia única... ...Esperamos una respuesta.

Fraternalmente J. y P. Cèbe Centro de Clermoulin 25340 Roche les Clerval

Dos copias : una para el secretario de sección de Besançon otra para Bruno Muel

Su carta no recibió nunca respuesta. La polémica continuó, con nuevas secuelas, cuando el film se pre-sentó en una sala (una única sala en París, donde permaneció cuatro o cinco meses). Tuve muchas bue-nas críticas; entre ellas dos que tiene interés comparar. He aquí un extracto de la de François Maurin en L’Humanitédel 3 de abril de 1974: ... Así es el film de Bruno Muel: un crudo documento filmado en vivo, casi en el foco de la acción, en el momento en que el estupor provocado por los acontecimientos aún no se había calmado, cuando las primeras interrogantes de los que vivieron el drama surgieron de mane-ra emocional bajo los efectos del desconcierto y de la cólemane-ra, como atestigua esa entrevista final a una joven que afirma, con un profundo sentimiento de decepción, que la vía pacífica hacia el socialismo ha quedado definitivamente excluida en América latina.

Es evidente que aquí tocamos, a la vez, el carácter particular de la perspectiva seguida por Bruno Muel al dar cuenta “en caliente” de la situación creada en Chile por el putsch fascista (algo por lo que Septiembre chilenomerece plenamente la medalla de plata que se le ha otorgado en noviembre de 1973 en el festival de Leipzig) y los límites de esta perspectiva, privada –y con razón- de la distancia

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saria para un análisis serio, en profundidad, del pasado rediente y del presente, tanto como de una reflexión no menos precisa sobre el futuro de la lucha, sus formas en la nueva situación creada por el fascismo.

Es ahí, precisamente, donde se afirma el desajuste entre el crudo documento y su clarificación actual. Porque esta reflexión existe hoy. Ha sido en primer lugar hecha por el Partido Comunista de Chile...

Y he aquí un extracto de la de Philippe Billon y Monique Hennebelle en Liberationdel 7 de mayo de 1974: ...Bruno Muel y Théo Robichet han podido filmar también los funerales de Pablo Neruda que, sin duda, constituyen la secuencia más conmovedora del film. Qué trágico suena allí el slogan “viva el par-tido comunista” que utilizan los valientes manifestantes... Por otra parte, es ese el punto de fricción de esta película sin duda excepcional: los autores (que pertenecen al partido “comunista” francés) no han construido su reportaje sobre una crítica de la ilusión reformista que, secretada por la gangrena revi-sionista, llevó a su perdición a la Unidad Popular. Sólo al final de su película dan la palabra a una mili-tante que habla del derrumbe de la vía pacífica y de la necesidad de otro método de acción. Cuando nos muestran –y cómo duele eso- las capas populares totalmente desarmadas frente a la represión fascista, los autores no sugieren nunca las responsabilidades en esta tragedia...

No tengo comentarios que añadir. En todo caso, doy las gracias a mi amigo español que me ha dado la ocasión de reavivar los recuerdos de ese tiempo que fue para muchos, posiblemente, el fin de una época.

Bruno Muel (septiembre 2008)

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