Libro proporcionado por el equipo Le Libros
Visite nuestro sitio y descarga esto y otros miles de libros
http://LeLibros.org/
En la Gran Bretaña actual, la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Desde la Vicky Pollard de Little Britain a la demonización de Jade Goody, los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad cuyos miembros se han estereotipado en una sola palabra cargada de odio: chavs. En este aclamado estudio, Owen Jones analiza cómo la clase trabajadora ha pasado de ser «la sal de la tierra» a la «escoria de la tierra».
Owen Jones, desvelando la ignorancia y el prejuicio que están en el centro de la caricatura chav, retrata una realidad mucho más compleja: el estereotipo chav, dice, es utilizado por los gobiernos como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos y justificar el aumento de la desigualdad. Basado en una investigación exhaustiva y original, este libro es una crítica irrefutable de los medios de comunicación y de la clase dirigente, y un retrato esclarecedor e inquietante de la desigualdad y el odio de clases en la Gran Bretaña actual.
Owen Jones
Chavs: la demonización de la clase obrera
ePub r1.4 marianico_elcorto 1.11.15
Introducción
Es una experiencia que todos hem os tenido. Estás entre un grupo de am igos o conocidos cuando de repente alguien dice algo que te choca: un com entario aparte o una observación frívola y de m al gusto. Pero lo m ás inquietante no es el com entario en sí, sino el hecho de que nadie parece sorprenderse lo m ás m ínim o. Miras en vano a tu alrededor, buscando aunque sea una pizca de preocupación o m uestras de bochorno.
Yo experim enté uno de esos m om entos en la cena de un am igo, en una zona burguesa al este de Londres, una noche de invierno. Estaban cortando cuidadosam ente la tarta de queso y la conversación había derivado hacia el tem a de m oda, la crisis del crédito. De pronto, uno de los anfitriones intentó anim ar la velada con un chiste desenfadado.
Qué lástim a que cierre Woolworth’s. ¿Dónde van a com prar todos los chavs[1] sus regalos navideños?
Ahora bien, él nunca se consideraría un intolerante, ni ningún otro de los presentes, porque, al fin y al cabo, todos eran profesionales cultos y de m ente abierta. Sentadas a la m esa había personas de m ás de un grupo étnico. La división por sexos era del 50%, y no todo el m undo era hetero. Todos se hubieran situado políticam ente en algún lugar a la izquierda del centro. Se habrían enfadado al ser tachados de elitistas. Si un extraño hubiera ido esa noche y se hubiera avergonzado a sí m ism o em pleando una palabra com o « paki» o « m aricón» , lo habrían expulsado rápidam ente del apartam ento.
Pero nadie rechistó ante un chiste sobre chavs que com pran en Woolies. Al contrario, todos se rieron. Dudo que m uchos supieran que este térm ino despectivo proviene de la palabra gitana para « niño» , ni era probable que estuvieran entre los cien m il lectores de El pequeño libro de los chavs, una obra sesuda que describe a los chavs com o « la floreciente subclase palurda» . Si lo hubieran cogido del expositor de una librería para echarle una rápida hoj eada, habrían aprendido que los chavs suelen trabaj ar de caj eros en los superm ercados, de em pleados en restaurantes de com ida rápida y de lim piadores. Pero en el fondo
todos debían de saber que chav es una palabra insultante exclusivam ente dirigida a gente de clase trabaj adora. El « chiste» se podría haber reform ulado fácilm ente así: « Qué lástim a que cierre Woolworth’s. ¿Dónde van a com prar las repugnantes clases baj as sus regalos navideños?» .
Y con todo, ni siquiera fue lo que se dijo lo que m ás m e m olestó, sino quién lo dij o, y quién participó de las risas. Todos los que estaban sentados alrededor de esa m esa eran profesionales bien rem unerados. Lo adm itieran o no, debían su éxito, m ás que nada, a su origen. Todos crecieron en confortables hogares de clase m edia, por lo general en barrios residenciales. Algunos se educaron en costosos colegios privados, y la m ay oría había estudiado en universidades com o Oxford, LSE o Bristol. Las posibilidades de que alguien de clase trabaj adora term inara com o ellos eran, com o m ínim o, rem otas. Ahí estaba y o, presenciando un fenóm eno que se rem onta cientos de años atrás: los ricos burlándose de los m enos pudientes.
Y eso m e dio que pensar. ¿Por qué el odio a la gente de clase trabaj adora se ha vuelto tan aceptable socialm ente? Cóm icos m ultim illonarios educados en colegios privados se visten de chavs para divertirnos en telecom edias com o Little Britain. Nuestros periódicos van a la caza desesperada de historias terroríficas sobre « la vida entre los chavs» y las hacen pasar por representativas de las com unidades trabaj adoras. Sitios web com o « ChavScum » (escoria chav) rebosan veneno dirigido a la caricatura chav. Parece com o si la clase trabaj adora fuera el único grupo social del que puedes decir prácticam ente cualquier cosa.
* * *
Costaría encontrar alguien en Gran Bretaña que odie tanto a los chavs com o Richard Hilton. El señor Hilton es director general de Gy m box, una de las m ás exitosas incorporaciones a la floreciente escena del fitness londinense. Conocido por poner nom bres creativos a sus clases de gim nasia, Gy m box está descaradam ente dirigido a fanáticos del fitness con posibles, pues para hacerse socio hay que pagar una exorbitante cuota de inscripción de 175£, adem ás de una cantidad m ensual de 72£. Com o explica el propio Hilton, Gy m box se creó para explotar las inseguridades de su clientela, form ada predom inantem ente por profesionales y oficinistas. « Los clientes estaban pidiendo clases de defensa personal porque les daba m iedo vivir en Londres» , dice.
En la prim avera de 2009, Gy m box anunció una novedad que se sum aba a su y a ecléctica oferta de clases (incluy endo el Aerobic Pechugón, el Baile en Barra y el Boxeo Zorrón): la Lucha Chav. « No des a los gruñones y m alhum orados chavs una ASBO»[2], instaba su web, « dales una patada» . El resto de su
cháchara prom ocional tam poco se andaba con m iram ientos, en la voz de un j usticiero con buen dom inio de las relaciones públicas. « Olvídate de robarle el caram elo a un niño. Nosotros te enseñarem os a quitarle un Bacardi a un m acarra y a convertir un gruñido en un gem ido. Bienvenido a la lucha chav, un lugar donde el saco de boxeo acum ula polvo y se arregla el m undo» . Los folletos eran aún m ás directos. « ¿Por qué perfeccionar tus habilidades en sacos de boxeo o tablas de m adera cuando puedes tum bar a unos cuantos chavs?… Un m undo donde los Bacardi Breezers son tu espada y las ASBOs tu trofeo» .
Hubo algunos que crey eron que la glorificación de apalizar gente era pasarse de la ray a. Cuando se recurrió al Consej o Regulador de Publicidad (ASA), Gy m box respondió con tecnicism os. Alegaron que no era ofensivo porque « nadie en la sociedad adm itiría ser un chav; no era un grupo al que la gente quisiera pertenecer» . Sorprendentem ente, la ASA absolvió a Gy m box con el argum ento de que era im probable que las clases de lucha chav « aprobaran o incitaran a la violencia contra determ inados grupos sociales…» .
Hay que hablar con Richard Hilton para apreciar la hondura del odio que inspira la clase social. Tras definir a los chavs com o « chicos de la calle vestidos de Burberry » , continuó con su explicación:
Suelen vivir en Inglaterra pero probablem ente pronuncian « Inlaterra» . Les cuesta expresarse y tienen poca capacidad para escribir sin faltas. Adoran sus pitbulls y sus navaj as, y te « pincharán» alegrem ente si les rozas accidentalm ente al pasar o no les gusta cóm o les m iras. Suelen procrear a la edad de quince años y pasan casi todo el día tratando de conseguir « m aría» o cualquier « trapo» que puedan trincar con sus sudorosas m anos adolescentes. Si no están internados a los veintiuno, se les considera bastiones de la com unidad o se ganan « m ucho respeto» por tener suerte.
No es de extrañar que, al ser preguntado si corrían m alos tiem pos para los tales chavs en Inglaterra, su respuesta fuera categórica: « No, se lo m erecen» .
Al parecer la clase fue un éxito entre la gente que va a los gim nasios. Tras describirla com o « una de las clases m ás populares que nunca hem os ofertado» , Hilton afirm ó que: « Casi todo el m undo se identificó con ella y la disfrutó. Unos pocos de la brigada policial se sintieron ofendidos» . Y sin em bargo, sorprendentem ente, Hilton no se considera un intolerante, ¡todo lo contrario! El sexism o, el racism o y la hom ofobia, por ej em plo, eran « com pletam ente inaceptables» .
Em presario extrem adam ente exitoso, Richard Hilton ha explotado el m iedo y el odio que sienten algunos londinenses de clase m edia hacia las clases baj as. Es
una im agen convincente: sudorosos banqueros de la City descargando sus frustraciones inducidas por la recesión sobre chavales pobres y sem isalvaj es. Bienvenido a Gy m box, donde la lucha de clases se m ezcla con el fitness.
Es fácil quedarse de piedra ante el im púdico odio de Hilton, pero él ha descrito crudam ente una im agen del adolescente de clase obrera m uy extendida entre la clase m edia. Corto. Violento. Delincuente. « Procreando» com o anim ales. Y, por supuesto, estos chavs no son elem entos aislados: después de todo, se les considera « bastiones de la com unidad» .
Gy m box no es la única com pañía británica que ha explotado el horror de la clase m edia hacia am plios sectores de la clase trabaj adora británica. Actividades en el Extranj ero es una agencia de viaj es que ofrece vacaciones con exóticas aventuras y tarifas que a m enudo superan las 2.000£: safaris con perros esquim ales en la naturaleza canadiense, vacaciones en cabañas de troncos en Finlandia, cosas por el estilo. Ah, pero que los chavs no se m olesten en solicitarlas. En enero de 2009 la com pañía envió un correo prom ocional a 24.000 clientes de su base de datos, donde se citaba un artículo de 2005 que dem ostraba que los niños con nom bres de « clase m edia» tenían ocho veces m ás probabilidades de aprobar su exam en final de secundaria que los que tenían nom bres com o « Way ne y Dway ne» . Las conclusiones les habían llevado a preguntarse qué tipo de nom bres sería probable encontrar en un viaj e de Actividades en el Extranj ero.
De m odo que el equipo había hecho un rastreo en su base de datos y apareció con dos listas: una de nom bres que era « probable» encontrar en una de sus vacaciones, y otra de los que no. Alice, Joseph y Charles figuraban en la prim era lista, pero las excursiones de Actividades en el Extranj ero eran una zona libre de Britney s, Chantelles y Dazzas. Concluy eron que podían prom eter legítim am ente « vacaciones con actividades libres de chavs» .
De nuevo, no a todo el m undo le hizo gracia, pero la em presa se m antuvo en sus trece. « Creo que y a es hora de que las clases m edias se hagan valer» , declaró el director general Alistair McLean. « Al m argen de que sea lucha de clases o no, y o no tengo ningún reparo en proclam arm e de clase m edia»[3].
Cuando hablé con Barry Nolan, uno de los directores de la com pañía, se m ostró igual de desafiante. « Los m ás enfadados eran lectores del Guardian que m ostraban una falsa indignación porque no viven cerca de ellos» , dij o. « Conectó con el tipo de gente que podía contratar sus vacaciones con nosotros. Resultó ser un éxito increíble entre nuestros clientes» . Según parece, el negocio experim entó un aum ento del 44% en las ventas en el periodo que siguió a la polém ica.
Gy m box y Actividades en el Extranj ero han adoptado puntos de vista ligeram ente distintos. Gy m box aprovechaba los m iedos de la clase m edia a que sus inferiores sociales fueran una turba violenta que estuviera esperando para
m atarlos a navaj azos en algún callej ón oscuro. Actividades en el Extranj ero explotó la aversión a los vuelos baratos, que perm itían a la gente de clase trabaj adora « invadir» el espacio de clase m edia de las vacaciones en el extranj ero. « Hoy en día ni siquiera puedes huir al extranj ero para escapar de ellos» , este tipo de ideas.
Pero am bos eran una m uestra de cóm o es el odio dom inante de la clase m edia hacia la clase trabaj adora en la Inglaterra actual. El ataque a los chavs se ha convertido en una form a de ganar dinero porque toca un punto sensible. Esto resulta aún m ás obvio cuando una historia poco representativa que aparece en titulares se utiliza com o gancho conveniente para « probar» el discurso antichav.
Cuando el exconvicto Raoul Moat escapó tras m atar a tiros al com pañero de su exparej a en j ulio de 2010, se convirtió en un antihéroe para unas pocas de las personas de clase trabaj adora m ás m arginadas del país. Un crim inólogo, el profesor David Wilkinson, afirm ó que aquel estaba « explotando la m entalidad m asculina, desposeída, de clase trabaj adora blanca, según la cual no puede abrirse cam ino legítim am ente en el m undo, así que Moat, com portándose com o lo hizo, com o esta especie de antihéroe, ha tocado, creo, un punto sensible» . Los blancos de clase trabaj adora se habían visto reducidos de un plum azo a unos sim iescos m acarras sin aspiraciones legítim as. Internet fue el escenario de una batalla cam pal. Véase este com entario en la página web del Daily Mail:
Mirad a vuestro alrededor, en el superm ercado, en el autobús y ahora cada vez m ás en la calle. Encontraréis grupos cada vez m ás num erosos de tatuados, ruidosos y m alhablados proletas seguidos de m ugrientos m ocosos, que son incapaces de responder o incluso de reconocer la cortesía m ás básica y no conciben estar equivocados en nada. Esta es la gente que se em ociona con un asesino despiadado. No tienen valores ni m oral y son tan cortos que no pueden redim irse. Es m ej or evitarlos[4]. Esta form a de odio de clase se ha convertido en parte integral y respetable de la cultura británica actual. Está presente en los periódicos, telecom edias, películas, foros de internet, redes sociales y conversaciones cotidianas. En el corazón del fenóm eno chav hay un intento de ocultar la realidad de la m ay oría de la clase trabaj adora. « Ahora som os de clase m edia» , reza el m antra generalizado, todos excepto unos pocos irresponsables y recalcitrantes flecos de la viej a clase obrera. Sim on Heffer, uno de los periodistas conservadores m ás prom inentes del país, es un firm e defensor de esta teoría y a m enudo ha afirm ado que « lo que se conocía com o “respetable clase trabaj adora” casi se ha extinguido. Lo que los sociólogos daban en llam ar la clase trabaj adora ahora no suele trabaj ar en absoluto, sino que vive del Estado de bienestar»[5]. Ha dado
paso a lo que él llam a una « subclase salvaj e» .
Cuando le pregunté qué quería decir con eso, replicó: « La respetable clase trabaj adora se ha extinguido en gran parte por causas j ustificadas, porque tenía aspiraciones y porque la sociedad aún proveía los m edios para aspirar» . Habían ascendido en la escala social porque « han ido a la universidad, han conseguido trabaj o en oficios o profesiones adm inistrativas y se han vuelto de clase m edia» . Una pregunta interesante es dónde encaj an en todo esto los m illones de personas que seguían en ocupaciones m anuales o la m ay oría de los que no habían ido a la universidad. No obstante, según Heffer, en realidad hay dos grupos principales en la sociedad británica: « Ya no existen fam ilias que vivan en condiciones hum ildes y respetables generación tras generación. O se convierten en clientes del Estado de bienestar y pasan a engrosar la subclase, o se vuelven de clase m edia» .
Este es el m odelo social visto a través de los oj os de Heffer. Gente agradable de clase m edia por un lado y un irredim ible detritus por el otro (la « subclase» que representa « la parte de la clase trabaj adora sin am bición ni aspiraciones» ), sin nada entrem edias. Esto no guarda ninguna relación con cóm o está estructurada realm ente la sociedad, pero ¿por qué habría de hacerlo? Después de todo los periodistas que escriben esto tienen poco contacto, si tienen alguno, con la gente que desprecian. Heffer es un típico exponente de clase m edia, vive en el cam po y lleva a sus hij os a Eton. En un m om ento dado adm ite « no saber m ucho de la subclase» , algo que no le ha im pedido fustigarlos repetidam ente.
Los hay que defienden el uso de la palabra chav y afirm an que, en realidad, la clase trabaj adora no está dem onizada en absoluto; chav se usa sim plem ente para designar a gam berros antisociales y a pandilleros. Esto es cuestionable. Para em pezar, las víctim as son exclusivam ente de clase trabaj adora. Cuando chav apareció por prim era vez en el diccionario Collins de inglés, se definió com o « j oven de clase trabaj adora que se viste con ropa deportiva e inform al» . Desde entonces su significado se ha am pliado de form a reveladora. Un m ito urbano lo convierte en acrónim o de « violento que vive en casas m unicipales»[6]. Muchos lo em plean para m ostrar su aversión a la gente de clase trabaj adora que ha abrazado el consum ism o solo para gastar su dinero de m anera supuestam ente basta y chabacana, en vez de con la discreta elegancia de la burguesía. Figuras procedentes de la clase trabaj adora com o David Beckham , Way ne Rooney o Chery l Cole, por ej em plo, son parodiados habitualm ente com o chavs.
Ante todo, el térm ino chav engloba actualm ente cualquier rasgo negativo asociado a la gente de clase trabaj adora —violencia, vagancia, em barazos en adolescentes, racism o, alcoholism o y dem ás—. Com o escribió la periodista del Guardian Zoe William s « chav puede haber atraído el interés popular por parecer que expresaba algo original —no solo escoria, am igos, sino escoria vestida de Burberry — pero ahora cubre una base tan am plia que se ha convertido en
sinónim o de “proleta” o de cualquier palabra que signifique “pobre y por lo tanto despreciable”»[7]. Hasta Christopher Howse, em inente colum nista del conservador Daily Telegraph, obj etaba que « m ucha gente usa chav com o cortina de hum o para encubrir su odio a las clases baj as… Llam ar chavs a la gente no es m ej or que cuando los chicos de colegios privados llam an “palurdos” a los de pueblo»[8].
Los chavs a m enudo son tratados com o sinónim os de « clase trabaj adora blanca» . La tem porada del 2008 de White (blancos) de la BBC, una serie de program as dedicados a la m ism a clase, fue un ej em plo clásico, al retratar a sus m iem bros com o retrógrados, intolerantes y obsesionados con la raza. De hecho, m ientras que la « clase trabaj adora» se convirtió en un concepto tabú en el periodo posterior al thatcherism o, de la « clase blanca trabaj adora» se hablaba cada vez m ás a com ienzos del siglo XXI.
Porque « clase» había sido durante m ucho tiem po una palabra prohibida en la vida política, y las únicas desigualdades debatidas por políticos y m edios de com unicación eran las raciales. La clase blanca trabaj adora se había convertido en otra m inoría étnica m arginada, y eso suponía que todas sus preocupaciones se entendían únicam ente a través del prism a de la raza. Se em pezó a presentar com o una tribu perdida en el lado equivocado de la Historia, desorientada por el m ulticulturalism o y obsesionada con defender su identidad de los estragos de la inm igración en m asa. El nacim iento de la idea de una « clase trabaj adora blanca» fom entó un nuevo fanatism o progresista. Estaba bien odiar a los blancos de clase trabaj adora porque ellos m ism os eran un hataj o de racistas intolerantes.
Una j ustificación del térm ino chav señala que « los propios chavs lo utilizan, así que, ¿cuál es el problem a?» . Tienen un argum ento: algunos j óvenes de clase trabaj adora han adoptado la palabra com o un rasgo de identidad cultural. Pero el significado de una palabra a m enudo depende de quién la em plee. En boca de un heterosexual, « m arica» es clara y profundam ente hom ofóbico; pero algunos gay s se lo han apropiado orgullosam ente com o seña de identidad. De form a sim ilar, aunque « paki» es uno de los térm inos racistas m ás insultantes que puede usar un blanco en Inglaterra, algunos j óvenes asiáticos lo em plean com o un térm ino cariñoso hacia los suy os. En 2010 una polém ica en la que anduvo im plicada la controvertida locutora derechista estadounidense Laura Schlessinger ilustró gráficam ente esta cuestión. Tras em plear once veces la palabra « negrata» en antena durante una conversación con un oy ente afroam ericano, trató de defenderse con el argum ento de que los cóm icos y actores negros la utilizan.
En todos los casos, el significado de la palabra depende del hablante. En boca de alguien de clase m edia, chav se convierte en un térm ino de puro desprecio de clase. Liam Cranley, hij o de un operario de fábrica que creció en una com unidad
de clase trabaj adora del área m etropolitana de Manchester, m e describe su reacción cuando alguien de clase m edia utiliza la palabra: « Estás hablando de m i fam ilia: estás hablando de m i herm ano, de m i m adre, de m is am igos» .
Este libro analizará cóm o el odio a los chavs no es ni m ucho m enos un fenóm eno aislado. En parte es producto de una sociedad con profundas desigualdades. « En m i opinión, uno de los efectos clave de una m ay or desigualdad es avivar sentim ientos de superioridad e inferioridad en la sociedad» , dice Richard Wilkinson, coautor del pionero Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva[9], un libro que dem uestra eficazm ente el vínculo entre desigualdad y toda una gam a de problem as sociales. Y, de hecho, la desigualdad es hoy m ucho m ay or que en casi toda nuestra historia. « Una desigualdad generalizada es algo extrem adam ente reciente para casi todo el m undo» , sostiene el profesor de geografía hum ana y « experto en desigualdad» Danny Dorling.
Dem onizar a los de abaj o ha sido un m edio conveniente de j ustificar una sociedad desigual a lo largo de los siglos. Después de todo, en abstracto parece irracional que por nacer en un sitio u otro unos asciendan m ientras otros se quedan atrapados en el fondo. Pero ¿qué ocurre si uno está arriba porque se lo merece? ¿Y si los de abaj o están ahí por falta de habilidad, talento o determ inación?
Pero el asunto va m ás allá de la desigualdad. En la raíz de la dem onización de la gente trabaj adora está el legado de una auténtica lucha de clases británica. El ascenso al poder de Margaret Thatcher en 1979 m arcó el com ienzo de un asalto total a los pilares de la clase trabaj adora británica. Sus instituciones, com o los sindicatos y las viviendas de protección oficial, fueron desm anteladas; se liquidaron sus industrias, de las m anufacturas a la m inería; sus com unidades quedaron, en algunos casos, destrozadas y nunca m ás se recuperaron; y sus valores, com o la solidaridad y la aspiración colectiva, fueron barridos en aras de un férreo individualism o. Despoj ada de su poder y y a no vista com o una orgullosa identidad, la clase trabaj adora fue cada vez m ás ridiculizada, m enospreciada y utilizada com o chivo expiatorio. Estas ideas se han im puesto, en parte, por la expulsión de la gente de clase trabaj adora del m undo de la política y los m edios de com unicación.
Los políticos, especialm ente los del Partido Laborista, antiguam ente hablaban de m ej orar las condiciones de la clase obrera. Pero el consenso actual solo gira en torno a escapar de la clase trabaj adora. Los discursos de los políticos están salpicados de prom esas para am pliar la clase m edia. La « aspiración» se ha redefinido hasta significar enriquecim iento personal: trepar por la escala social y convertirse en clase m edia. Problem as sociales com o la pobreza y el desem pleo en otro tiem po eran considerados inj usticias derivadas de fallos internos del
capitalism o que, com o m ínim o, debían abordarse. Pero hoy se han em pezado a considerar consecuencias del com portam iento personal, de defectos individuales e incluso de una elección.
La difícil situación de algunas personas de clase trabaj adora se presenta com únm ente com o una « falta de am bición» por su parte. Se achaca a sus características individuales, m ás que a una sociedad profundam ente desigual organizada en favor de los privilegiados. En su form a extrem a, esto ha llevado incluso a un nuevo darwinism o social. Según el psiquiatra evolutivo Bruce Charlton, « los pobres tienen un coeficiente de inteligencia m ás baj o que el de gente m ás adinerada… y esto significa que un porcentaj e m ucho m enor de gente de clase trabaj adora que de clase profesional podrá cum plir los requisitos norm ales para entrar en las universidades m ás selectivas»[10].
La caricatura chav lleva cam ino de situarse en el centro de la vida política británica en los años venideros. Tras las elecciones generales de 2010, un Gobierno conservador dom inado por m illonarios asum ió el poder con un agresivo program a de recortes sin parangón desde principios de los años veinte. La crisis económ ica global iniciada en 2007 bien pudo haber sido desencadenada por la codicia e incom petencia de una próspera élite bancaria, pero era —y es— la clase trabaj adora la que supuestam ente debía pagar por ello. Pero cualquier intento de destruir el Estado de bienestar está sem brado de dificultades políticas, y por eso el Gobierno recurrió rápidam ente a culpar a sus usuarios.
Véase el caso de Jerem y Hunt, un destacado m inistro conservador con una fortuna estim ada de 4,1 m illones de libras. Para j ustificar la supresión de las prestaciones sociales, argum entó que los beneficiarios de larga duración deberían « responsabilizarse» del núm ero de hij os que tenían, y que el Estado y a no financiaría fam ilias num erosas desem pleadas. En realidad, solo el 3,4% de las fam ilias con prestaciones de larga duración tienen cuatro o m ás hij os. Pero Hunt explotaba el viej o prej uicio de que los de abaj o procrean sin control, al tiem po que invocaba la caricatura sensacionalista de la desaliñada m adre soltera que exprim e el sistem a de prestaciones teniendo m uchos hij os. El propósito estaba claro: ay udar a j ustificar un ataque m ás am plio sobre algunos de los m iem bros m ás vulnerables de la clase trabaj adora del país.
El obj etivo de este libro es exponer la dem onización de la clase trabaj adora, pero no pretende dem onizar a la clase m edia. Todos som os prisioneros de nuestra clase, pero eso no significa que tengam os que ser prisioneros de nuestros prej uicios de clase. Asim ism o, no trata de idolatrar o glorificar a la clase trabaj adora. Lo que propone es m ostrar algunas realidades de la m ay oría de la clase trabaj adora que se han ocultado en favor de la caricatura chav.
Ante todo, este libro no está sim plem ente pidiendo un cam bio de m entalidad en la gente. El prej uicio de clase es parte integrante de una sociedad profundam ente dividida por la clase. En últim a instancia no es el prej uicio lo que
01. El extraño caso de Shannon Matthews
«Toda persona de clase media tiene un prejuicio de clase latente que se despierta con cualquier cosa… La idea de que la clase trabajadora ha sido absurdamente mimada y completamente desmoralizada por subsidios, pensiones,
educación gratuita, etc. […] aún goza de gran predicamento; únicamente se ha visto algo sacudida, tal vez, por el reciente reconocimiento de que el desempleo
existe».
George Orwell, El camino a Wigan Pier
¿Por qué la vida de una niña im porta m ás que la de otra? Aparentem ente, las desapariciones de Madeleine McCann en m ay o de 2007 y la de Shannon Matthews en febrero de 2008 guardan sem ej anzas asom brosas. Am bas víctim as eran niñas indefensas. Am bas desaparecieron sin dej ar rastro: Madeleine de su dorm itorio m ientras dorm ía y Shannon cuando volvía a casa de clase de natación. Am bos casos incluy eron lacrim osos llam am ientos de m adres devastadas que apretaban los j uguetes favoritos de sus am adas hij as e im ploraban que regresaran sanas y salvas. Es cierto que m ientras Madeleine desapareció en un com plej o hotelero para gente bien en el Algarve portugués, Shannon lo hizo en las calles de Dewsbury, al este de Yorkshire. Adem ás, en
am bos casos el público se vio frente a la m ism a incom parable angustia de una m adre que ha perdido a su hij a.
Pero m ás de nueve m eses y algunos cientos de m illas separaban am bos casos. Pasados quince días, los periodistas británicos habían escrito 1.148 historias sobre Madeleine McCann. Se había ofrecido la friolera de 2,6 m illones de libras com o recom pensa por devolverla a sus padres. Entre los donantes m ás destacados figuraban los periódicos News of the World y The Sun, sir Richard Branson, Sim on Cowell y J. K. Rowling. La niña desaparecida pronto se convirtió en un nom bre fam iliar.
La desaparición de Madeleine no fue el típico circo m ediático. El caso se convirtió en un traum a nacional. Com o una especie de m acabro program a de telerrealidad, cada pequeño detalle era transm itido a los salones de un sobrecogido público británico. Los canales de noticias enviaron a sus presentadores m ás fam osos a inform ar en vivo desde el Algarve. Se colgaron carteles con prim eros planos de su característico oj o derecho en los escaparates de las tiendas de todo el país, com o si por alguna razón la desconcertada niña de tres años fuera a ser hallada vagando por las calles de Dundee o Abery stwy th. Algunos diputados se pusieron cintas am arillas en solidaridad. Com pañías m ultinacionales colgaron los m ensaj es de « ay uda a encontrar a Madeleine» en sus sitios web. El resultado fue algo parecido a una histeria m asiva.
Qué contraste con la lastim osa respuesta a la desaparición de Shannon Matthew. Al cabo de dos sem anas, el caso había recibido un tercio de la cobertura m ediática otorgada a McCann en el m ism o periodo. No hubo ninguna unidad destacada en Dewsbury, ni políticos con cintas de colores, ni m ensaj es de « ay uda a encontrar a Shannon» parpadeando en las webs de las em presas. Se había ofrecido por encontrarla la relativam ente m ísera sum a de 25.500£ (aunque m ás tarde subió a 50.000£), casi toda aportada por el Sun. Si hubiera que guiarse por el dinero, la vida de Madeleine McCann se había considerado cincuenta veces m ás valiosa que la de Shannon Matthews.
¿Por qué Madeleine? Algunos com entaristas fueron sorprendentem ente honestos sobre por qué, de todas las inj usticias en el m undo, la tragedia de esta pequeña fue la que provocó tal angustia. « Este tipo de cosas no suele ocurrir a gente com o nosotros» , se lam entaba Allison Pearson en el Daily Mail[11]. A lo que Pearson se refería con gente com o ella era a gente de confortables entornos de clase m edia. Secuestros, apuñalam ientos, asesinatos; esas son cosas que casi esperas que ocurran a los que viven en Peckham o Glasgow. Este tipo de tragedia no era de esperar que ocurriera a personas que podías encontrarte haciendo la com pra sem anal en Waitrose.
La angustia de Pearson ante la desgracia de Madeleine fue igualada únicam ente por su falta de com pasión en el caso de Shannon Matthews. Y fue por la m ism a razón: el entorno de la pequeña. Incluso cuando la policía estaba
perdiendo la esperanza de encontrar a Shannon con vida, Allison Pearson se entregó a una engreída invectiva sobre sus circunstancias fam iliares. « Com o m uchos de los niños de hoy, Shannon Matthews y a era una víctim a de un situación dom éstica caótica, causada por los padres a sus hij os inocentes, m ucho antes de que desapareciera en la fría noche de febrero»[12]. Fue la única incursión de Pearson en el caso. Pero cuando los McCann entraron en la línea de fuego por haber dej ado a su pequeña sola en el aparthotel del que Madeleine fue raptada, ella fue uno de sus m ás firm es defensores. « Lo cierto es que los McCann no fueron negligentes» , dij o con decisión. « Ninguno de nosotros debería atreverse a j uzgarlos, porque ellos se j uzgarán terriblem ente durante el resto de sus vidas»[13].
La solidaridad de la clase m edia fue com partida por India Knight en el m ás distinguido Times. « El com plej o hotelero al que fueron los McCann pertenece al grupo turístico de Mark Warner, especializado en ofrecer vacaciones para toda la fam ilia a las clases m edias» , confesó. Lo bueno de un centro así era que « estaban poblados por tipos reconocibles» y que en ellos podías suspirar aliviado y pensar « Todos son com o nosotros» . No eran lugares en los que esperarías encontrar « el tipo de gente que pega a sus llorosos hij os en Sainsbury s»[14]. Éstas son confesiones reveladoras. El sincero dolor de estos colum nistas no se debía sim plem ente al secuestro de una pequeña. Estaban afligidos, básicam ente, porque era de clase m edia.
Es fácil com prender por qué la fam ilia McCann resultaba tan atractiva a los periodistas de clase m edia. Los padres eran profesionales de la m edicina de un elegante barrio residencial a las afueras de Leicestershire, Iban regularm ente a m isa. Com o parej a eran fotogénicos, iban bien arreglados y rebosaban salud. Fotografiados cuidando am orosam ente de sus bebés gem elos, representaban un retrato casi idealizado de la vida fam iliar de clase m edia. La em patía por su desgracia llegó espontáneam ente al corazón de gente com o Allison Pearson e India Knight, porque las vidas de los McCann eran parecidas a las suy as.
El contraste con la fam ilia Matthews no podía haber sido m ay or. Shannon creció en un barrio em pobrecido de una viej a ciudad industrial del Norte. Su m adre, Karen, tuvo siete hij os de relaciones con cinco hom bres diferentes. No trabaj aba, m ientras que su com pañero, Craig Meehan, era pescadero en un superm ercado. La señora Matthews apareció ante el m undo m al vestida, con el pelo echado hacia atrás, el rostro adusto, sin m aquillaj e y aparentando m ucho m ás de treinta y dos años. Un encorvado señor Meehan perm anecía de pie j unto a ella vestido con gorra de béisbol, sudadera y pantalón de chándal. Definitivam ente no eran « gente com o nosotros» .
El caso sim plem ente no podía provocar la m ism a respuesta entre periodistas predom inantem ente de clase m edia, y así fue. Roy Greenslade, antiguo redactor
del Daily Mirror, no tenía dudas sobre la escasa cobertura m ediática: « Dom inándolo todo está la clase social»[15]. ¿Esto era inj usto? Sería difícil explicar por qué otro m otivo, aun en la prim era sem ana de la desaparición de Matthews, los periódicos seguían optando por sacar en prim era plana que alguien podía haber visto a Madeleine nueve m eses después de que hubiera desaparecido.
El entorno de Shannon estaba m uy lej os de la experiencia de los periodistas que cubrían ese tipo de historias. No hace falta caer en la cháchara psicológica para com prender por qué los que escriben y presentan las noticias estaban tan obsesionados con « Maddie» m ientras desplegaban escaso interés por una niña desaparecida en una barriada del norte. « Dewsbury Moor no es ningún paraíso de los condados londinenses ni tam poco un com plej o turístico portugués» , com entó un periodista del Times, en un intento de explicar por qué Shannon no suscitaba ningún frenesí m ediático. « Está al norte, es una som bría m ezcla de bloques de viviendas protegida con enlucido granuloso y páram os abandonados, y está poblado por gente capaz de confirm ar los peores estereotipos y prej uicios de la subclase blanca» . Difícilm ente pudo pasar por alto el sufrim iento de algunos vecinos, pero le pareció que otros « solo parecían dispuestos a tratar el dram a de una niña desaparecida com o una especie de j uego excitante que ha aliviado la m onotonía de la vida en el um bral de la pobreza»[16].
Com entarios así abren una ventana a las m entes de los educados gacetilleros de clase m edia. Han dado con un territorio extraño y desconocido. Después de todo, no conocían a nadie que hubiera crecido en esas condiciones. No es sorprendente que les resultara difícil identificarse con ellos. « Sospecho que, en general, m uchos periodistas nacionales, la gente que habrá subido al norte para cubrir la noticia, habrán entrado en un m undo nuevo» , dice el conocido periodista del Mirror Kevin Maguire. « Les habrá parecido tan exótico com o Kandahar o Tom buctú. Sim plem ente no sabían que Gran Bretaña… Porque esa no es su Gran Bretaña, no se parece en nada al lugar donde viven y del que vienen» .
Esta no es una especulación sin fundam ento. Hasta el periodista ocasional lo confesó. Melanie Reid arguy ó apasionadam ente en el Times que « nosotros, las tranquilas clases m edias» , sim plem ente no entienden el caso « porque estam os tan lej os de ese tipo de pobreza com o de lo que ocurre en Afganistán. Porque la vida entre la clase trabaj adora blanca de Dewsbury parece un país extranj ero»[17].
Los vecinos de clase trabaj adora de Dewsbury Moor sin duda eran dolorosam ente conscientes de las razones que estaban detrás de la falta de interés por Shannon Matthews. Sabían que m uchos periodistas solo sienten desprecio por com unidades com o la suy a. « Escucha, no estam os borrachos com o cubas ni
vam os colocados todo el tiem po, com o ellos asocian con las viviendas de protección oficial» , reprendió enoj ada a los periodistas la líder de la com unidad local, Julie Bushby. « El noventa por ciento de nosotros trabaj a. Hem os dado dinero de nuestro bolsillo para esto» . Consciente de la diferente respuesta a la desaparición de la niña que cariñosam ente había em pezado a ser conocida sim plem ente com o « Maddie» , añadió: « Dos niñas han desaparecido, eso es lo im portante. Todo el m undo siente lo m ism o cuando eso ocurre: ricos, pobres, da igual. Buena suerte para Kate McCann. Buscam os a las niñas, ¿no? No a sus m adres»[18].
Pero, com o al final se dem ostró, había una gran diferencia entre los dos casos. A diferencia de Madeleine McCann, Shannon fue hallada con vida en m arzo de 2008. Había sido secuestrada, atada con una cuerda a una viga del techo, escondida en una cam a turca y drogada para m antenerla callada. Hasta donde el público sabía en ese m om ento, un pariente lej ano la había raptado. Pasaron sem anas hasta que la verdadera historia salió a la luz. Pero no se afilaron los cuchillos contra el supuesto secuestrador, un excéntrico solitario que era tío del com pañero de Karen Matthews. En la línea de fuego estaban Karen Matthews y, lo que es m ás im portante, la clase de la que ella fue tom ada com o representante.
Con Shannon sana y salva, y a no se consideró de m al gusto arrem eter abiertam ente contra su com unidad. El asunto se convirtió en un útil caso de estudio de la indulgencia británica con una clase am oral. « Su entorno, un escenario que contiene la cara horrible, descorazonadora e indisciplinada de Gran Bretaña, debería leerse com o una lección de fracaso» , escribió un colum nista en el Birmingham Mail « Karen Matthews, de 32 años aunque aparenta 60, pelo suelto que cae sobre un rostro grasiento, es producto de una sociedad que prem ia la irresponsabilidad»[19].
Aquí había una oportunidad para apuntarse nuevos tantos políticos. Melanie Phillips es una de los m ás fam osos árbitros m orales (com o ellos m ism os se proclam an) y una agresiva defensora de lo que ella considera valores tradicionales. Para ella, el caso de Shannon Matthews fue un regalo que confirm aba lo que había estado diciendo todo el tiem po. Días después de que encontraran a la pequeña, Phillips sostuvo que el asunto ay udaba a « revelar la existencia de una subclase que constituy e un m undo aparte respecto a las vidas que llevam os la m ay oría de nosotros y a las actitudes y convenciones sociales que casi todos nosotros dam os por supuestas» . En una diatriba histérica, la escritora alegó que había « com unidades enteras donde los padres responsables son tan escasos que el niño que tenga uno corre el riesgo de sufrir acoso» , y donde hay « chicos que preñan a dos, tres o cuatro chicas sin pensárselo»[20]. No se aportaba ninguna prueba que respaldara estas alegaciones.
En una atm ósfera cada vez m ás enrarecida, algunos de los prej uicios m ás extrem os em pezaron a aflorar. En un debate sobre el caso celebrado en m arzo de 2008, John Ward, concej al conservador en Kent, sugirió que « hay cada vez m ás razones para la esterilización obligatoria de todos aquellos que tengan un segundo hij o —o tercero, etc.— m ientras cobran prestaciones sociales» . Cuando fue interpelado, Ward se m antuvo en sus trece defendiendo la esterilización de « gorrones profesionales» que, decía, « procrean para cobrar»[21]. ¿Les suena? Al concej al del Partido Laborista local sí, al punto de decirm e que « se trata de verdadera eugenesia nazi» , lo que resulta « inaceptable en una dem ocracia occidental» .
Pero este horror no fue com partido por las docenas de lectores del Daily Mail que bom bardearon el periódico con m ensaj es en apoy o del concej al conservador. « No veo qué problem a hay en sus com entarios» , escribió uno, que añadió: « Procrear en m asa NO es un derecho divino» . « ¡Qué gran idea!» , escribió otro de sus adm iradores. « Verem os si los políticos son lo bastante valientes para adoptarla» . Los colaboradores m ás prácticos propusieron hacer una recogida de firm as en su apoy o, m ientras otros salieron con la im aginativa propuesta de rociar toda la provisión de agua con una droga anticonceptiva y luego ofrecer un antídoto solo a padres « aptos» . « Seguro que los progres pondrán el grito en el cielo» , añadió esta perspicaz aportación. « Después de todo, dependen de los chavs desem pleados para salir elegidos» . Otro expresó su « total acuerdo» con las propuestas de Ward: « El país se está hundiendo baj o el peso de estos parásitos»[22].
Naturalm ente, el prej uicio clasista no siem pre es tan crudo. Aunque algunos de estos com entarios suenen desquiciados, indudablem ente reflej an un trasfondo de odio en la sociedad británica. Pero esto solo era la punta del iceberg. Cuando la oscura verdad del asunto Matthews salió a la luz, se abrió la veda contra las com unidades de clase trabaj adora com o Dewsbury Moor.
Unas tres sem anas después de que su hij a fuera hallada con vida, Karen Matthews fue detenida espectacularm ente. En uno de los peores delitos que una m adre puede com eter, había secuestrado a su propia hij a de nueve años para em bolsarse el dinero de la recom pensa, que por entonces ascendía a 50.000£. Com o si el caso y a no fuera lo bastante surrealista, Craig Meehan fue acusado de posesión de pornografía infantil. « ¿Quién de vosotros va a ser el siguiente detenido?» , se burlaba la m ultitud reunida para ver a los am igos y parientes de Matthews m ientras ella com parecía ante el tribunal[23].
Pero había m ucho m ás en el extraño caso de Shannon Matthews que una m adre m alhablada que hizo todo lo posible por usar a su propia hij a para ganar dinero. El episodio fue com o una bengala que ilum inó m om entáneam ente un m undo de clasism o y prej uicios en la Gran Bretaña actual. Naturalm ente, la
intriga de los m edios de com unicación estaba m ás que j ustificada por lo espeluznante del caso y la perversa m anera en que Karen Matthews había engañado a la com unidad, a la policía y a todo el país. Y sin em bargo, para un sinfín de com entaristas y políticos, este no era ni m ucho m enos un caso aislado, protagonizado por un individuo depravado que com partía su culpa solo con sus cóm plices directos. « El caso parece confirm ar m uchos prej uicios sobre la “subclase”» , reflexionó un periódico local[24]. Fue com o si se m etiera en el m ism o saco a todos los que vinieran de un entorno sim ilar.
Actuando com o j ueces, j urados y verdugos de la nación, la prensa sensacionalista cargó contra Dewsbury Moor. Sus habitantes eran un blanco fácil: después de todo, tenían el descaro de vivir en la m ism a calle que Karen Matthews. El barrio se convirtió en una plantilla para com unidades de clase trabaj adora sim ilares a lo largo y ancho del país. « El barrio es com o un Beirut m ás desagradable» , dij o un sesudo titular del Sun. A prim era vista, esto puede parecer de bastante m al gusto. Al fin y al cabo, Beirut era el epicentro de una guerra civil particularm ente espantosa en la que m urió cerca de un m illón de personas y que dej ó gran parte de la ciudad reducida a escom bros. Pero al Sun no le faltaban pruebas para su aseveración. « Mientras llegaba la prensa, la gente era fotografiada entrando en las tiendas en pij am a hasta m ediodía… incluso baj o la lluvia» . El barrio « es una versión en la vida real de Shameless, la exitosa serie del Canal 4» , afirm aba este artículo rico en m atices, refiriéndose al exitoso program a sobre las caóticas vidas de unas pocas fam ilias en un barrio de viviendas protegidas en Manchester. A pesar de haber sido j uzgadas y condenadas por el Sun, el periódico sorprendentem ente descubrió que « las fam ilias locales se niegan a adm itirlo»[25].
Los periodistas tuvieron que ser algo m ás que ligeram ente selectivos para crear esta caricatura. No m encionaron el hecho de que cuando los m edios se cansaron de cierta desaliñada niña desaparecida en « en el Norte» , la com unidad local lo había com pensado organizándose para encontrarla. Montones de voluntarios habían ido de puerta en puerta con panfletos cada noche durante su desaparición, m uchas veces baj o una lluvia torrencial. Habían contratado autobuses con el fin de llevar equipos de gente a lugares tan distantes com o Manchester para repartir carteles, al tiem po que se habían elaborado panfletos m ultilingües para cubrir el área de la num erosa población m usulm ana. Muchos de los vecinos eran pobres, pero se rascaron los bolsillos para dar algo de lo poco que tenían para ay udar a encontrar a Shannon.
« Personalm ente creo, y los concej ales locales en conj unto lo creen fervientem ente, que la com unidad ha dem ostrado una fuerza única» , reflexiona el concej al local Khizar Igbal. « Todos se unieron. Todos estaban preocupados por el estado de la niña y querían verla sana y salva. Estoy m uy orgulloso de la
fuerza que ha m ostrado la com unidad» . Pero este sentim iento de una com unidad de clase trabaj adora m uy cohesionada, con recursos lim itados y unida en una causa com ún, nunca form ó parte de la historia de Shannon Matthews. Sim plem ente no cuadraba con la im agen de Shameless que estaban cultivando los m edios.
En ningún lugar de esta cobertura estaba la idea de que alguien podía tener los m ism os orígenes que Karen Matthews, o vivir en el m ism o barrio, sin ser terriblem ente disfuncional. « Lo que m e pareció m aravilloso fueron algunas de las personas cercanas [a Karen Matthews]» , dice el antiguo m inistro del Gobierno Frank Field. « Cuando se descubrió que ella había hecho todo aquello, una de sus am igas dij o que cuando la viera le iba a dar unas buenas bofetadas y luego un abrazo. Creo que, tristem ente, lo que la prensa no ha hecho es responder a cuestiones m ás interesantes: ¿por qué algunos de sus vecinos son padres ej em plares y ella es una sinvergüenza que claram ente no puede cuidar de sí m ism a, y m ucho m enos de una hij a?» .
Este no era un debate que los m edios quisieran tener. Todo lo contrario. Algunos periodistas llegaron a sugerir que las personas que vivían en ese tipo de com unidades de algún m odo eran m enos que hum anos. Véase Carole Malone: una colum nista y colaboradora televisiva m uy bien pagada que despotrica regularm ente contra cualquiera que le hay a ofendido esa sem ana. A pesar de ser rica, se siente cualificada para j uzgar a los que viven en un barrio de protección oficial porque ella antes vivía « al lado» de uno. Era, decía, « m uy parecido a Dewsbury Moor. Estaba lleno de gente com o Karen Matthews. Gente que nunca ha tenido un em pleo ni lo ha querido, gente que esperaba que el Estado financiara todos los hij os ilegítim os que tuviera, por no hablar de su alcoholism o, adicciones o tabaquism o» . Sus « casas parecían pocilgas: cagadas de perro en el suelo (créanm e, las he visto), alfom bras pútridas, pilas de ropa y de platos sucios por todas partes» .
En caso de que su intento de despoj ar de hum anidad a estas com unidades de clase trabaj adora fuera dem asiado sutil para el lector, Malone lo explicó detalladam ente negro sobre blanco. Matthews, Meehan y Donovan, declaró, « pertenecían a esa clase infra(hum ana) que existe actualm ente en los rincones m ás lóbregos y oscuros de este país» . Eran « ociosos gorrones sin m oral, com pasión ni sentido de la responsabilidad e incapaces de sentir am or o culpa»[26]. Según Malone, estas com unidades eran sucias, infrahum anas y carentes de las em ociones básicas. Estaban llenas del tipo de persona que organizaría el secuestro de su propia hij a por dinero, o —com o lo definió escuetam ente el Daily Mail— « la subclase salvaj e»[27].
Im aginen que Carole Malone hubiera estado hablando de negros, j udíos o incluso escoceses. Se habría elevado el m ás enérgico grito de protesta, y con razón. La carrera de Malone habría term inado y el Sun estaría enfrentándose a m edidas legales por publicar m aterial que incitaba al odio. Pero no hubo protestas ni airadas peticiones de que la despidieran. ¿Por qué? Porque las com unidades a las que había atacado se consideraban un blanco legítim o. « Se está desarrollando en este país una tendencia alarm ante a arrem eter contra los m enos privilegiados, y no m e gusta nada» , alegaba el colum nista del Daily Star Joe Mott en pleno apogeo de la histeria sobre Karen Matthews. « Dej em os de usar esta situación com o excusa para dar caña a la clase trabaj adora»[28]. La suy a era una voz en el desierto. En lo que respecta a sus colegas periodistas, Karen Matthews no era una excepción. Gran Bretaña estaba llena de gente com o ella.
Habían creado esa im presión m ediante una descarada m anipulación de los hechos. « Com o ocurre con todas estas cosas, siem pre hay parte de verdad en lo que se dice, pero se extrapola para llam ar la atención o se exagera para crear una historia m ej or desde el punto de vista m ediático» , dice Jerem y Dear, presidente del Sindicato Nacional de Periodistas. « Era casi com o decir: “¿Qué esperas de esa gente?” Los periódicos habían dirigido el punto de m ira sobre su entorno [de Karen Matthews] y sobre quién es ella: su clase, m ás que ella com o individuo» .
Ante todo, en la cobertura inform ativa suby acía la idea de que la antigua clase trabaj adora había dado paso a un residuo de chavs irresponsables. « Lo que en otro tiem po fue una clase trabaj adora ahora es, en algunos lugares, una subclase» , escribió Melanie McDonagh en el Independent « Lo que esta infeliz parece encarnar es un declive»[29]. Esto estaba, después de todo, en el centro de la caricatura: que todos nosotros som os clase m edia, excepto los residuos chavs de una decadente clase trabaj adora.
El asunto de Shannon Matthews fue solo un ej em plo particularm ente llam ativo de cóm o los m edios utilizan un caso aislado para reforzar la caricatura chav: irresponsables, salvaj es y dignos de nada. Pero no iba a ser el últim o, ni m ucho m enos. Ahora que el balón había em pezado a rodar, los m edios se aferraron entusiasm ados a otros casos para confirm ar esta im agen distorsionada. La noticia en noviem bre de 2008 de que un niño pequeño, al principio solo conocido com o « Baby P» , había m uerto en Londres a consecuencia del espantoso m altrato infligido por su m adre y el com pañero de esta proporcionó un caso sim ilar. Más allá del grito de protesta por los fallos sistém icos de las agencias locales de protección a la infancia, la atención de nuevo recay ó en la gente que vivía fuera de los confortables confines de la « Inglaterra m edia»[30]. « Muchos
de ellos habrán tenido m adres con hij os de diferentes padres» , sostenía Bruce Anderson en el Sunday Telegraph. « En la sabana africana, los leones m acho que tom an el control de la m anada a m enudo se enfurecen y m atan a los cachorros engendrados por sus predecesores. En la j ungla londinense, un com portam iento sim ilar no resulta desconocido»[31]. El horror por Baby P avivó lo que el asunto de Karen Matthews había alum brado a conciencia: un intento de deshum anizar a la gente que vive en com unidades pobres de clase trabaj adora.
Los pocos periodistas que se abstuvieron de acrecentar aún m ás el torrente de bilis tenían razón al quej arse de los « ataques fáciles» a la clase trabaj adora. Esa solo es la m itad de la historia. Es raro que los m edios dirij an su m irada a la clase trabaj adora: cuando lo hacen, casi siem pre es sobre individuos estrafalarios com o Karen Matthews o Alfie Patten, un chico de trece años falsam ente acusado de haber tenido un hij o a principios de 2009. Los periodistas parecían com petir por encontrar la historia m ás truculenta que pudieran hacer pasar por representativa de los restos de la clase trabaj adora británica. « Mirarán en el peor barrio que puedan encontrar, y los peores ej em plos que puedan hallar» , obj eta la colum nista del Guardian Polly Toy nbee. « Apuntarán su cám ara hacia la fam ilia m ás desem pleada y desestructurada posible y dirán: “Esta es la vida de la clase trabaj adora”» .
Eso no significa pretender que allí no hay gente con vidas profundam ente problem áticas, incluy endo individuos crueles que m altratan bárbaram ente a niños vulnerables. La cuestión es que es un núm ero m uy reducido de personas y en absoluto representativo. « Se buscan afanosam ente casos estram bóticos — com o gente con diez hij os que nunca ha tenido un em pleo— y se presentan com o típicos» , opina el periodista del Independent Johann Hari. « Hay una exigua proporción de fam ilias altam ente problem áticas que viven caóticam ente y no pueden cuidar de sus hij os porque nadie les cuidó a ellos. El núm ero se infla enorm em ente para presentarlas com o paradigm áticas de la gente de entornos pobres» .
La m anipulación m ediática del caso de Shannon Matthews no fue en sí m ism a la parte m ás preocupante de la historia. Los políticos reconocen una buena oportunidad en cuanto la ven, y se subieron al carro rápidam ente. La utilización por parte de los periodistas del caso Matthews para caricaturizar los supuestos residuos de la clase trabaj adora británica servían a un fin político útil. Tanto la j efatura del Nuevo Partido Laborista com o la del Partido Conservador estaban decididas a recortar radicalm ente el núm ero de beneficiarios de prestaciones. Los m edios habían contribuido a crear la im agen de áreas de clase trabaj adora que degeneraban en com unidades com pletam ente desem pleadas y llenas de individuos irresponsables, vagos, am orales, sucios, pervertidos e incluso anim alescos. Órganos conservadores com o el Daily Mail habían utilizado el
hecho de que Karen Matthews no tuviera trabaj o com o una razón para atacar el Estado de bienestar (lo que tiene bastante gracia viniendo de un periódico que es un ferviente defensor de las m adres « en casa» )[32].
La ocasión era perfecta para políticos decididos a dar un puntapié al Estado de bienestar. El exlíder conservador Iain Duncan Sm ith, encargado de debatir la política social de los tories y fundador del curiosam ente m al llam ado Centro para la Justicia Social, afirm ó que, con las revelaciones de la saga Matthews, « era com o si se hubiera entreabierto una puerta a otro m undo y el resto de Gran Bretaña pudiera curiosear dentro»[33]. Se diría que m illones de personas recorrían los barrios de protección oficial secuestrando a sus hij os en un enloquecido intento de sacar taj ada a expensas de la prensa sensacionalista. Fue contra este telón de fondo contra el que el Centro propuso que los aproxim adam ente diez m illones de inquilinos de viviendas de protección oficial en Gran Bretaña « fueran recom pensados por buen com portam iento con una participación en la propiedad de su casa» . Esto ay udaría a acabar con los « guetos» de los barrios de protección oficial en Gran Bretaña[34]. Recompensados por buen comportamiento. Es el tipo de lenguaj e em pleado cuando se trata con presos, niños o m ascotas. Una enorm e porción de la población británica —toda ella de clase trabaj adora— se veía im plicada de un plum azo en la actuación de Karen Matthews.
Karen Matthews se había convertido en un conveniente puntal político para los conservadores. El propio líder tory, David Cam eron, utilizó el asunto para exigir una drástica revisión del Estado de bienestar. « El veredicto de la sem ana pasada sobre Karen Matthews y su vil cóm plice es tam bién un veredicto sobre nuestra sociedad rota» , sostuvo en el Daily Mail « Oj alá fuera solo una historia aislada» . Com o parte de las reform as ofrecidas en respuesta, Cam eron prom etió « acabar con la cultura de que todo es gratis. Si no se acepta una oferta razonable de trabaj o, se perderán las prestaciones. No hay pero que valga»[35]. Helo de nuevo ahí: un vínculo entre Karen Matthews y grupos m ucho m ás am plios de la clase trabaj adora. Era una táctica política inteligente. Si se inducía a la m ay oría del público británico a creer que la gente de su entorno era capaz del m ism o com portam iento m onstruoso, era m ás probable que apoy aran las políticas dirigidas contra ellos.
Las propuestas conservadoras contem plaban investigar las vidas privadas de los parados de larga duración. El portavoz conservador en m ateria de trabaj o y pensiones Chris Gray ling j ustificó los planes argum entando que, aunque el de Matthews « era un horrendo caso extrem o…, desvela un tipo de vida en algunos de nuestros barrios m ás deprim idos, de fam ilias enteras que no han hecho nada productivo durante generaciones. Es un m undo que de verdad tiene que
cam biar»[36].
De creer a estos políticos de alto rango, Karen Matthews había dem ostrado que había un gran estrato de gente por debaj o de la sociedad de clase m edia cuy os corruptos estilos de vida eran realm ente subsidiados por el Estado de bienestar. « Achacar esto al Estado de bienestar es sim plente estram bótico» , com enta Johann Hari. « Es una inversión del argum ento em pleado contra el Estado de bienestar a finales del siglo XIX de que los pobres eran inherente y m oralm ente indigentes y fraudulentos, por lo que no tenía sentido darles ninguna ay uda» .
Obviam ente, es absurdo afirm ar que una persona crónicam ente disfuncional com o Karen Matthews era representativa de la gente de clase trabaj adora que cobra prestaciones o vive en viviendas protegidas, y m ucho m enos de com unidades m ás am plias. Los políticos que afirm aban que sí lo era olvidaron m encionar el horror que sintió la com unidad por la desaparición de su hij a, y con qué determ inación se unieron para encontrarla.
Tanto los periodistas com o los políticos han utilizado los actos censurables de una m uj er para dem onizar a la clase trabaj adora. Pero ¿por qué consideraron el caso com o un ej em plo de cóm o era la vida para m uchas com unidades fuera del m undo de la clase m edia? Afirm aron que todo el asunto era una reveladora instantánea de la sociedad británica: y, en cierto m odo, tenían razón. Pero el caso decía m ucho m ás de quienes lo cubrían que de aquellos a los que apuntaban.
Im agina que eres un periodista de clase m edia. Creces en una bonita ciudad o en un barrio residencial de clase m edia. Vas a un colegio privado, haces am istad con gente del m ism o entorno y term inas en una buena universidad con un alum nado abrum adoram ente de clase m edia. Cuando finalm ente consigues trabaj o en los m edios de com unicación, de nuevo te ves rodeado por personas forj adas m ás o m enos en las m ism as circunstancias. ¿Cóm o vas a tener la m ás m ínim a idea de la gente que vive en sitios com o Dewsbury Moor?
Kevin Maguire, del Mirror, no tiene ninguna duda de que el origen de los periodistas tiene no poco que ver con cóm o inform an sobre com unidades com o Dewsbury Moor. « Me parece de pura lógica. No te identificarás, com padecerás ni entenderás a esta gente, y puede que solo te cruces con ellos cuando te sirven un café o te lim pian la casa» . Existe un divorcio creciente entre las vidas de los periodistas y las del resto de nosotros. « No m e im agino a un director de un periódico nacional con hij os en edad escolar que los lleve a un colegio público» , reflexiona. « Adem ás, casi todos los periodistas en esos niveles cuentan con un seguro m édico privado. Así que es com o si te retiraran de la vida cotidiana» .
Kevin Maguire form a parte de un puñado de em inentes periodistas de origen obrero. Cuesta encontrar a alguien que escriba o presente las noticias y que hay a
crecido en algún lugar rem otam ente parecido al barrio de Dewsbury Moor. Más de la m itad de los cien periodistas m ás influy entes se educaron en un colegio privado, una cifra que es incluso m ay or que hace dos décadas. En m arcado contraste, solo uno de cada catorce niños en Gran Bretaña com parte este origen[37].
Más que cualquier otra cosa, es esta ignorancia de la vida de la clase trabaj adora lo que explica cóm o Karen Matthews llegó a convertirse en un exponente de la gente que vive en com unidades de clase trabaj adora. « Quizá porque todos som os de clase m edia expresam os nuestra indignación ante la trágica transición de la clase trabaj adora con aspiraciones a la subclase irresponsable y salvaj e, y nos burlam os de los sebosos descerebrados que se pasan el día en sofás de cuero sintético frente a televisores de plasm a rum iando el program a de Jerem y Ky le»[38], especulaba la com entarista Christina Patterson. « Tam bién tenem os una palabra para ellos: chavs»[39].
Un efecto de esto es la creencia de que la sociedad ha em pezado a estar dom inada por una am plia clase m edia, cada vez m ás suj eta a j erarquías internas adicionales, con el resto consistente en una clase trabaj adora que ha degenerado en la caricatura chav. Johann Hari a m enudo preguntaba a otros periodistas cuál creían que era la renta m edia en Gran Bretaña. La respuesta siem pre estaba notablem ente por debaj o de la cifra real. Un redactor j efe la estim aba en 80.000£. Esta absurda cifra es casi cuatro veces m ás alta que la sum a verdadera de 21.000£. « Obviam ente, si nunca sales de la Zona 1, si no has conocido a nadie que viva en un barrio de protección oficial ni has estado en ninguno, entonces vives en un m undo de febril fantasía» . A diferencia de m uchos de sus colegas, Hari creía que era estúpido pensar que Karen Matthews no fuera otra cosa que un « m onstruo digno de lástim a» .
Los periodistas que inform aron sobre el caso de Shannon Matthews vienen casi todos del m ism o entorno, y están com pletam ente desconectados de la vida corriente. ¿Cóm o ha ocurrido esto? Lo cierto es que la clase trabaj adora cada vez lo tiene m ás difícil para m eter el pie en los periódicos o las cadenas de televisión. Si m ás gente de los m edios hubiera crecido en com unidades com o Dewsbury Moor, podríam os esperar una cobertura m ás equilibrada de estas cuestiones. Las probabilidades de que eso ocurra, tal com o están las cosas, son casi nulas. El presidente del Sindicato Nacional de Periodistas Jerem y Dear cree que la razón de esto es sim ple. Cada vez m ás aspirantes a periodistas tienen que pagar por su propia form ación, lo que generalm ente im plica tener al menos una licenciatura. Eso dej a una enorm e deuda a sus espaldas cuando em piezan en una profesión con sueldos infam es para el personal j oven. « Los únicos que pueden hacerlo son los que tienen apoy o económ ico» , dice. « Es decir, aquellos cuy os padres puedan ay udarles, lo que significa que la condición de los que entran en el
periodism o ha cam biado radicalm ente» .
El problem a no es solo la escasez de gente de clase trabaj adora en el periodism o. La m ay oría de los periódicos se deshizo de los periodistas que antes cubrían las relaciones laborales a m edida que el poder de los sindicatos dism inuía vertiginosam ente. Los periodistas de política local, que al m enos daban cierta cuenta de la vida corriente por todo el país, tam bién han desaparecido. Durante los últim os años, los periódicos regionales, que tradicionalm ente inform aban del día a día en las com unidades locales, o bien han cerrado o bien han sufrido severos recortes. Con las vidas de la gente corriente expurgadas de los m edios de com unicación, casos extrem os com o el de Karen Matthews prácticam ente m onopolizaron la cobertura de la vida de la clase trabaj adora.
« La clase trabaj adora ha dej ado de existir por com pleto en lo que respecta a los m edios de com unicación, la cultura popular y los políticos» , sostiene Polly Toy nbee. « Lo único que hay es gente agradable de clase m edia, agradables propietarios de vivienda que son los preferidos del Daily Mail. Y luego hay gente m uy m ala. No verás m uchas im ágenes de gente corriente de tipo neutro, y a no digo positivo» .
Hem os visto que políticos prom inentes m anipulaban el frenesí orquestado por los m edios de com unicación para hacer política. Al igual que los que escriben y presentan las noticias, los pasillos del poder político están dom inados por gente de un entorno concreto. « La Cám ara de los Com unes no es representativa, no reflej a al país en su conj unto» , dice Kevin Maguire. « Es dem asiado representativo de abogados, periodistas m etidos a políticos, diversas profesiones, sobre todo profesores de universidad… Hay pocos que hay an trabaj ado en centros de atención telefónica o en fábricas, o hay an sido funcionarios m unicipales de rango baj o» .
Es cierta la afirm ación de que los diputados no son exactam ente representativos del tipo de gente que vive en casi todas nuestras calles. Los que se sientan en los escaños verdes del Parlam ento tienen cuatro veces m ás probabilidades de haber ido a un colegio privado que el resto de nosotros. Entre los diputados conservadores, un sorprendente tres de cada cinco han ido a un colegio privado[40]. Buena parte de la élite política ha estudiado en el prestigioso colegio Eton, incluy endo al líder tory David Cam eron y a otros diecinueve diputados conservadores.
Antiguam ente había una tradición, sobre todo en los escaños laboristas, de diputados que habían em pezado trabaj ando en fábricas y m inas. Esa época pasó hace m ucho. El núm ero de políticos con esos orígenes es pequeño y va m enguando con cada elección. Menos de uno de cada veinte diputados em pezó com o trabaj ador m anual, un núm ero que se ha reducido a la m itad desde 1987, a pesar de que aquel era un Parlam ento dom inado por los conservadores. En cam bio, la friolera de dos tercios eran profesionales de alto nivel o trabaj aban en