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Cantos Del Solitario- Roberto Themis Speroni

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Academic year: 2021

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ROBERTO THEMIS SPERONI

CANTOS DEL SOLITARIO

Canto Nº 5

He asesinado liebres, mariposas, campanas, esmeraldas; he cortado

los ojos del geranio y los jacintos y nadie me ha juzgado todavía. He quemado cabellos y cortezas, piedras de amor, caballos de aventura,

líquenes y tristísimas espadas, y la gente se ha vuelto a saludarme,

con la mano feliz, como si fuera en realidad un hombre, un ser perfecto

jugando con su torre y su navaja. ¿Es que no saben ver al solitario, al dios que tiene reventado el seso y la sangre comida por las hormigas de brillante metal? ¿Es que no saben hundir el ojo en un juncal de miedo

donde está la verdad, casi desnuda, sostenida por trágicos bejucos? Sin embargo, yo soy el asesino, y ellos siguen torciendo los sombreros

y poniéndose un ángel en la boca para darle vejez al solitario. Solamente mis hijos lo comprenden; mis hijos y mi hermano que está lejos,

y también mi mujer, con sus medallas llenas de sangre oscura y de paciencia.

¿Hoy qué has muerto?, me dicen. —¿Qué has quebrado? Y yo, feliz, sonrío y les respondo: —Un coleóptero azul, una ciruela, las caderas de Dios, el pez del viento...

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CANTO Nº 14

Me voy secando a gotas como el viejo tumor de una corteza. Me voy yendo por dentro y por afuera de mi mismo, corolándome, pudriéndome en el aire por donde cruzan lámparas y albatros empujados por un dichoso viento. Mi tierra es cada día más angosta, más estrecha la tierra que camino. La tierra de mi hermano es parecida:

le va quedando chica, necesita más tierra para andar, ya con sus hijos o con sus muertos dulces a la espalda.

Pero nadie nos cede una pulgada, un milímetro, nadie. Cada uno mide con vara ciega, y terminemos.

Que se seque el poeta, que camine por cornisas de sangre si no puede transitar de otro modo; que le ampute

las piernas al espíritu y la carne; que se castre, que tire de sus venas toda la luz que guarda, todo el hambre

que lo dobla y taladra. Pero dicen: "—Que no se lleve nunca ese diamante

que un día le trajeron las alondras". 1962

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CANTO Nº 17

Dejar la carne, abandonar la ronca guitarra de la piel, el vello hirviente que suda trementina y miel rabiosa; abandonar los muslos que se buscan

apretando una estrella. Dejar eso que hicimos y que hacemos en la noche,

en el verano, en la mitad del odio, detener el aullido del cabello, la mano que camina y que gotea temperaturas con temblor de fruta;

tratar de parecemos a la piedra, a la lluvia, tal vez a los arados o a los dioses diabólicos del viento.

En fin, salir huyendo de la sangre, escapar de su luz acosadora, sin memoria, sin poros en los ojos,

sin salivas ni sed en las axilas, y detenerse en un lugar distante, y allí, sobre la hierba, ya de bruces,

sollozar, sollozar y darse muerte junto al sexo de oro de una avispa.

CANTO Nº 19

Hoy me he lavado el rostro y lo he colgado en un árbol violeta, junto al viento.

El verano sangraba por las ingles y grandes lagartijas lo lamían a la sombra de sauces y manzanos bajo un sol de astillada y roja espuma. —Ése es mi rostro, digo. Y lo contemplo

flotar como una tripa verde y hosca colgado por la frente. El mediodía,

voraz y enceguecido, lo sacude entre las ramas ágiles y fuertes como si fuera un fruto descompuesto

próximo a desprenderse de su sitio. Abejas crueles, pájaros rabiosos llegan a picotearlo, a darle golpes

de aguijón y cartílago; lo cubren como una hiedra móvil y espantosa. —Pero es mi rostro, digo, —¿es inocente!

Y no obstante gritar y abrir los brazos, lo despedazan en la luz, lo agrietan,

(4)

CANTO N° 28

Vuelan, sobre mi frente, los halcones. El aire se sostiene con sus alas y la luz encanece en el abierto corazón de los árboles. Fulgura la espalda de un jinete, y en el alma zumba una abeja heroica persiguiendo

los ecos de una flor, muerta en otoño. Déjame estar, mujer, guarda tu vientre

debajo de la hierba, donde acaso he de buscar mañana mi tristeza. Cúbrete con orugas y manzanas las puntas de los pechos, si es posible.

Y abandona tus intimas pupilas, lo majestuoso y bello de tu abismo,

allí, donde agonizan los halcones. 1962

(5)

CANTO N° 32

Me preocupa el destino de la abeja, el cuerpo de la hormiga que se muere

detrás de una corola; la venganza del sol sobre los ojos de un idiota que come mariposas. Me preocupa

el color de las uñas del gitano, y la piedra que muerdo y los sonidos

de la leche en el mar y las paredes. Me preocupa saber que estoy despierto,

condenado y despierto como un niño que ha castigado a Dios con una esponja,

y luego se ha tumbado entre violines a romperse las cejas y el silencio.

Es terrible tener noción de algo; conocer las partículas del miedo, el centro de la luz, lo que se inicia y termina a la vez, en un segundo. ¿Qué esperanza le queda al solitario...?

¿Qué tipo de piedad le irá subiendo la voz del corazón, donde combaten los helados cangrejos del enigma? Hora tras hora busco entre las hojas la amistad de los pájaros. Frecuento

la diabólica voz de la resina que se pega a mis sienes, y no obstante

conocerlos y estar como lo quise, me atormentan sus pasos, sus enormes

y silenciosos símbolos de espanto. Cada vez más difícil me resulta ver volar a las garzas, en invierno. Un campesino es ya una cosa extraña

colocado entre el trigo y el uranio; los formones no son como los viera ni la leña se quema como entonces. Por eso me preocupo y me destrozo,

me voy muriendo, caviloso y fino, como una lezna hundida en un cabello.

Fuente: Ana Emilia Lahitte, "Roberto Themis Speroni, Ensayo y Antología” 1982 Edición Digital Febrero

2013

Referencias

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