Historia de España. Siglo XX. 1939-1996 Varios Autores

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HISTORIA DE ESPAÑA

SIGLO XX

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Jesús A. Martínez (coord.)

HISTORIA DE ESPAÑA

SIGLO

XX

1939-1996

Julio Aróstegui • Ángel Bahamonde

Carme Molinero • Luis Enrique Otero • Pere Ysàs

CATEDRA

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Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las

correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística

o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

© Julio Aróstegui, Ángel Bahamonde, Jesús A. Martínez, Carme Molinero, Luis Enrique Otero y Pere Ysàs

© Ediciones Cátedra, S. A., 1999 Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid

Depósito legal: M. 6.324-1999 I.S.B.N.: 84-376-1703-0

Printed in Spain Impreso en Gráficas Rógar, S. A.

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Índice

PRÓLOGO (JESÚS A. MARTÍNEZ)……….. 13

PRIMERA PARTE LA CONSTRUCCIÓN DE LA DICTADURA (1939-1951) (Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez) CAPÍTULO PRIMERO. La configuración de la dictadura de Franco 19 1.1. Franco y la concentración del poder 19 1.2. La capacidad de adaptación a los tiempos 20 1.3. La bendición de la Iglesia 22 CAPÍTULO II. La vocación fascista y las luchas por el poder (1939-1945) 24 2.1. Los equilibrios gubernamentales ... 24

2.2. El proyecto fascista y las pugnas por el modelo de Estado ... 26

2.3. Las Cortes Orgánicas ... 28

2.4. El discurso de la cultura oficial... 30

2.5. Tiempo de silencio ... 32

2.6. Una oposición dividida, clandestina y exiliada ... 35

2.7. La guerra mundial. Entre la no beligerancia, la intervención y la neutralidad... 36

CAPÍTULO III. El nacionalcatolicismo, la monarquía de Franco y la nueva imagen del ré- gimen (1945-1951) ……… 39 3.1. El tercer gobierno de posguerra y el barniz católico 39 3.2. La imagen populista del régimen. Fuero de los Españoles y Referéndum 40

3.3. Las estrategias de la oposición 42

3.4. La alternativa monárquica 44

3.5. La monarquía de Franco 45

3.6. El aislamiento exterior y su ruptura 46

CAPÍTULO IV. La España de la autarquía 50

4.1. El debate sobre la política económica autárquica 50

4.2. Política y autarquía. Las nuevas fortunas y las redes del poder 51

4.3. Industria y reconstrucción. El INI 52

4.4. Estancamiento e inflación 54

4.5. La agricultura. Atraso y acumulación 55

4.6. El retroceso de la renta nacional 57

4.7. Las estrecheces de la vida cotidiana 59

CAPÍTULO V. Las relaciones laborales y los conflictos sociales 61

5.1. Encuadramiento laboral y nacionalsindicalismo 61

5.2. Relaciones laborales y Magistraturas de Trabajo 62

5.3. Las formas del conflicto. Conflicto latente y conflicto abierto 65

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SEGUNDA PARTE

LA CONSOLIDACIÓN DE LA DICTADURA (1951-1959)

(Jesús A. Martínez)

CAPÍTULOVI. La reordenación política 71

6.1. Perfil de una década 71

6.2. Los cambios gubernamentales de 1951 y el equilibrio calculado 72 6.3. Los militares de Franco y la reserva controlada del poder 74 6.4. Las tensiones entre católicos y falangistas. La Ley de Enseñanzas Medias 76 6.5. Renovación cultural e inconformismo universitario 80 CAPÍTULO VII. El agotamiento de la autarquía 82 7.1. La eliminación parcial de los obstáculos intervencionistas 82

7.2. Bajo el signo de la productividad 83

7.3. Las transformaciones agrarias 84

7.4. La vocación industrializadora y las limitaciones autárquicas 87 CAPÍTULO VIII. La salida del aislamiento exterior 89 8.1. El «centinela» de Occidente. Los Pactos con Estados Unidos 89

8.2. Una apertura exterior matizada 92

8.3. «La reserva espiritual de Occidente». El Concordato con la Santa Sede 93 CAPÍTULO IX. La sociedad española. Pautas tradicionales y síntomas de modernización 96 9.1. La religión católica: ritos colectivos y moral social 96 9.2. Una sociedad preindustrial en transformación. La emigración 98 9.3. Los cambios de la sociedad campesina y el modo de vida urbano. Los prime-

ros síntomas de la modernización 99

9.4. La década de la radio 101

9.5. La cultura crítica 104

CAPÍTULO X. Las tensiones del bienio 1956-1957 106 10.1. La protesta universitaria. La actitud contestataria de los «hijos del régimen» 106

10.2. Protesta ciudadana y protesta obrera 107

10.3. Las oposiciones políticas al régimen 111

10.4. Los apoyos sociales de la dictadura. Pasividad, inhibición y complicidad so-

ciológica. El mito del «buen dictador» 113

10.5. La crisis política de 1956-1957. La clausura de la «revolución pendiente» 114 10.6. Los tecnócratas. Pragmatismo económico, reformismo técnico y apuntalamien-

to de la dictadura 117

CAPÍTULO XI. La dictadura reforzada 119 11.1. El Movimiento y la ambigüedad institucional del régimen 119

11.2. El orden público 120

11.3. La inevitabilidad de Europa. La descolonización de Marruecos 121 11.4. La liberalización económica. El Plan de Estabilización 123 11.5. Veinte años de retraso. El «gigante con los pies de barro» 127

TERCERA PARTE

MODERNIZACIÓN ECONÓMICA E INMOVILISMO POLÍTICO (1959-1975)

(Carme Molinero y Pere Ysàs)

CAPÍTULO XII. Los años dorados del régimen franquista 131

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12.2. Veinticinco años de paz 131

12.3. Después de Franco, ¿qué? 138

12.4. La Ley de Prensa y las elecciones sindicales 139

CAPÍTULOXIII. La culminación de la institucionalización del régimen y la cuestión su-

cesoria 142

13.1. La Ley Orgánica del Estado 142

13.2. Apertura y regresión 146

13.3. Juan Carlos, sucesor 149

CAPÍTULOXIV. La política exterior en los años 60 153

14.1. Mirando a Europa y a los Estados Unidos 153

14.2. Gibraltar y la descolonización 157

CAPÍTULOXV. El triunfo del inmovilismo 159

15.1. El gobierno «monocolor» 159

15.2. El endurecimiento de la represión 160

15.3. La deserción de la Iglesia 164

15.4. Las disensiones en la clase política franquista 165

15.5. Carrero, presidente del Gobierno 169

CAPÍTULOXVI. Una larga etapa de crecimiento económico 172

16.1. La política del «Desarrollo» 172

16.2. El impulso exterior del crecimiento económico 174

16.3. La configuración de una sociedad industrial 176

16.4. El poder económico y la cultura gerencial 178

16.5. La intervención estatal en el bienestar social 180 CAPÍTULOXVII. Una población en movimiento 183

17.1. Evolución de las magnitudes demográficas 183

17.2. Los movimientos migratorios 184

17.3. Despoblamiento y urbanización 187

17.4. Los cambios en la población activa 188

CAPÍTULOXVIII Una época de cambios sociales 193

18.1. Una nueva estructura social 193

18.2. De la educación clasista a la enseñanza masificada 196 18.3. El aumento del poder adquisitivo y la distribución de la renta 198 CAPÍTULOXIX. Las nuevas pautas socioculturales 202

19.1. Una sociedad de consumo privado 202

19.2. Una sociedad con carencias colectivas 204

19.3. Las condiciones de vida y las nuevas actitudes 206

19.4. El proceso de secularización 208

CAPÍTULOXX. Conflicfividad social y oposición política 210

20.1. Una ascendente conflictividad laboral 210

20.2. La revuelta estudiantil 215

20.3. La protesta vecinal 218

20.4. La oposición política: el PCE y la «nueva izquierda» 219

20.5. Los socialistas y la «oposición moderada» 222

20.6. El antifranquismo en el País Vasco y en Cataluña 224 CAPÍTULOXXI. La crisis de la dictadura franquista 227

21.1. Arias y el «espíritu del 12 de febrero» 227

21.2. El gobierno Arias entre dos crisis 231

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21.4. El gobierno Arias entre dos crisis 236

21.5. Del aperturismo a la involución 240

CUARTA PARTE

LA TRANSICIÓN POLÍTICA Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA DEMOCRACIA (1975-1996)

(Julio Aróstegui)

CAPÍTULOXXII. Años de una historia nueva: la historia del presente 245

22.1. Historia del presente 245 22.2. Etapas y coyunturas del periodo 246 22.3. Historia del presente, historia de grandes cambios 247 CAPÍTULO XXIII. La crisis del franquismo y la transición desde la dictadura 251 23.1. La crisis del régimen 251 23.2. La transición a la democracia: un proceso nuevo 254 23.3. Las peculiaridades del caso español 257 CAPÍTULO XXIV. La construcción del nuevo régimen 261 24.1. La etapa del gobierno Arias (1975-1976) 261 24.2. La movilización popular 263 24.3. El gobierno Suárez. La Ley para la Reforma Política 264 24.4. El desarrollo de la Ley para la Reforma Política 267 24.5. La oposición antifranquista en la primera etapa de la transición 269 CAPÍTULO XXV. El nuevo sistema político 271 25.1. La profundización de la reforma 271 25.2. Los partidos políticos 273 25.3. Las elecciones de 1977 277 25.4. Los Pactos de la Moncloa 282 25.5. La elaboración de una Constitución 283 CAPÍTULO XXVI. El periodo de consolidación democrática (1979-1982) 287 26.1. El primer periodo constitucional desde 1979 y la reacomodación de los par tidos 287 26.2. El modelo del Estado de las Autonomías. El periodo de las «Preautonomías» 293 26.3. La constitución estatutaria del mapa autonómico 295 26.4. La crisis de UCD 299 26.5. El intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 302 26.6. El gobierno de Calvo Sotelo y las elecciones de 1982 306 CAPÍTULO XXVII. El PSOE y el impulso reformista (1982-1986) 311 27.1. El gobierno largo del PSOE ... 311

27.2. La naturaleza generacional del reformismo socialista ... 315

27.3. Política económica y social... 317

27.4. La consolidación del Estado y las políticas de gestión ... 319

27.5. Evolución de la vida política 324

CAPÍTULO XXVIII. La integración: de la CEE a la OTAN 328

28.1. Las grandes líneas de la política exterior 328

28.2. La integración en la CEE 330

28.3. Un consenso menor, la OTAN 332

CAPÍTULO XXIX. El PSOE y el periodo social-liberal (1986-1993) 334

29.1. La política social-liberal, su sentido 334

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29.3 E terrorismo, su evolución y consecuencias políticas 342 29.4. Transformación social y deterioro del consenso. La huelga del 14-D 344 29.5. Europa, Maastricht y los problemas de convergencia 347 CAPÍTULO XXX. El declive del PSOE (1993-1996) 349

30.1. Diez años de reformismo 349

30.2. Una política en minoría 351

30.3. La corrupción y la crisis del partido gobernante 356 30.4. La agudización de las disidencias en el partido gobernante 358 30.5. Las elecciones de 1996. Fin del gobierno largo socialista 360

QUINTA PARTE

LA TRANSICIÓN ECONÓMICA.

DEL CAPITALISMO CORPORATIVO A LA UNIÓN EUROPEA (Luis Enrique Otero)

CAPÍTULOXXXI. La larga crisis de los años 70 365 31.1.El impacto de la crisis económica. La primacía de lo político sobre lo econó-

mico (1973-1977) 365

31.2. El primer ajuste de la crisis. Los Pactos de la Moncloa (1977) 367 31.3. La crisis interminable. El segundo shock del petróleo (1979-1982) 370 31.4. Una crisis estructural de marcado carácter industrial 372 CAPÍTULOXXXII. El gobierno largo del PSOE. Primera etapa: la salida de la crisis 374

32.1.La política de ajuste económico (1983-1985). La salida de la crisis interminable. 374 32.2.La reconversión industrial (1983-1987). El ser o no ser de la industria española. 377 32.3.La crisis bancaria (1977-1985). Los costes de la modernización de un sistema

financiero anquilosado 381

CAPÍTULO XXXIII. El ingreso de España en la Comunidad Europea. La apuesta definiti- va por la modernización de la economía española (1985-1996) 386 33.1. El ingreso de España en la Comunidad Económica Europea (12 de junio de

1985) 386

33.2. La expansión económica. Los felices años 80, 1986-1992 387 33.3.El nacimiento de la Unión Europea. El Tratado de Maastricht y los criterios

de convergencia (1992) 390

33.4. La crisis de 1992-1993. Del europesimismo a la recuperación. En la senda del

euro 396

33.5.Una economía abierta a Europa en el contexto de la globalización 398 33.6.España en el euro. Fin del gobierno largo del PSOE 406 CAPÍTULOXXXIV. La construcción del Estado del Bienestar 408 34.1. La configuración de las sociedades del Bienestar 408 34.2. El inicio del Estado del Bienestar, la etapa de la UCD (1977-1982) 409 34.3. La reforma fiscal de 1977. Instrumento básico para la redistribución de la Renta 413 34.4. El Estado del Bienestar en la etapa socialista (1983-1996) 415 34.5. La política fiscal (1983-1996). La financiación del Estado de Bienestar 425 34.6. La distribución territorial de la renta (1973-1996) 429 CAPÍTULO XXXV. El desempleo: el principal problema de la sociedad española 438

35.1. Un paro encubierto: el pleno empleo de los años 60 438 35.2. El sistema de relaciones laborales en la primera etapa de la transición 439

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35.3. La aparición del desempleo masivo en España 440

35.4. El componente estructural del desempleo español 443

35.5. Mujeres, jóvenes y parados de larga duración: las víctimas del desempleo

masivo 447

35.6. Las razones del no estallido social de los desempleados 449 SEXTA PARTE

LAS INCERTIDUMBRES DE LA SOCIEDAD INFORMACIONAL

(Julio Aróstegui [cap. XXXVI] Luis Enrique Otero [caps. XXXVII-XXXIX])

CAPÍTULO XXXVI. Una sociedad en rápido cambio social y cultural 455

36.1. Las nuevas realidades estructurales 455

36.2. Nuevas orientaciones en las instituciones sociales 460

36.3. Las pautas de comportamiento 462

36.4. La difícil recuperación de la creación cultural 464

CAPÍTULO XXXVII. Globalización e innovación tecnológica. Una asignatura pendiente 467

37.1. El atraso de la ciencia en España 467

37.2. El despertar de la ciencia española. La constitución de un sistema de

Ciencia-Tecnología en España (1982-1996) 470

37.3. La contribución de la España Autonómica y la incorporación a Europa en la

creación del sistema de Ciencia-Tecnología español 472 CAPÍTULO XXXVIII. La revolución de las telecomunicaciones. La sociedad informacional 479 38.1. Telecomunicaciones y globalización. La sociedad informacional 479

38.2. La sociedad informacional en España 482

38.3. El problema de las identidades en la sociedad informacional 484 CAPÍTULO XXXIX. Nuevos valores y formas de articulación social en la sociedad infor-

macional. Feminismo, ecologismo y cooperación al desarrollo 487

39.1. Nuevos movimientos para una nueva sociedad 487

39.2. Las razones del retraso español en la emergencia de los nuevos movimientos

sociales 490

39.3. El movimiento feminista 492

39.4. El movimiento ecologista y la crisis ecológica 495

39.5. El movimiento pacifista. De la desnuclearización al antimilitarismo: la

obje-ción de conciencia y la insumisión 500

39.6. La cooperación al desarrollo. Una nueva forma de entender la solidaridad in-ternacional. La explosión del movimiento de las ONG

503

39.7. Una nueva forma de pensar y actuar 505

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Prólogo

Este texto ha seguido las pautas abiertas por anteriores volúmenes de la Historia de España, destinados al manual universitario, con la puesta al día, en forma de sín- tesis, de los conocimientos sobre nuestra historia reciente. La vocación con la que se ha entendido este manual, lo mismo que la de los otros volúmenes de la historia con- temporánea, ha sido la de presentar un marco interpretativo que diera lógica al tra- sunto histórico más allá de recopilaciones ordenadas de datos. Ha pretendido ser, pues, un ensayo, con la incorporación de monografías e investigaciones diversas. Todo ello está en relación con el sentido de la didáctica universitaria: la estrecha vincula- ción que debe existir entre docencia e investigación y su proyección en un instrumen- to de trabajo como el manual, con los objetivos últimos del aprendizaje, la reflexión, el planteamiento de problemas, y el debate sobre distintas perspectivas de análisis, más que como el acopio de temas y datos. El método también ha perseguido integrar en el tiempo las distintas variables de análisis de ámbito social, económico, cultural o institucional, con el hilo conductor de la historia política, situando cada parcela de análisis en su tiempo histórico preciso, tanto en procesos de larga duración como en coyunturas de experiencia.

Este volumen abarca cronológicamente los últimos sesenta años de nuestro pasa- do colectivo, en dos grandes etapas perfectamente diferenciadas: 1939-1975 y 1975- 1996. La historia de España entre 1939 y 1975, con señas de identidad propias verte- bradas en la dictadura del general Franco, es cada vez más y mejor conocida. El «fran- quismo», término utilizado para designar un modelo muy específico de régimen ligado indefectiblemente a la figura misma del dictador, ha adquirido categorías his- toriográficas. En los últimos tiempos se ha multiplicado el esfuerzo de muchos espe- cialistas, la mayor parte de ellos de las nuevas generaciones de historiadores, que han imprimido seriedad metodológica, documental e interpretativa. Se han aportado mu- chos conocimientos sobre las instituciones, la economía, las relaciones internaciona- les, la historia política, o la historia social y se han enriquecido los debates como la naturaleza del régimen, las causas de su longevidad, la tipología y características de sus apoyos sociales, las condiciones de vida... La dictadura no se mide ya sólo en cla- ves de represión o de oposición política, sino de los fundamentos y evolución de su lógica interna.

Más compleja es, metodológicamente, la historia de la transición política hacia la estructuración y consolidación del Estado democrático, no sólo por la falta de mu- chas fuentes documentales de interés a disposición de los historiadores o por la pro- ximidad de los acontecimientos que se postulan más como análisis de dimensiones periodísticas o sociológicas en su tratamiento, sino porque forma parte, aún abier- xxxxx

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ta, de la experiencia colectiva, y está atravesada por las coyunturas y debates de pre- sente.

El régimen de Franco protagonizó una extraordinaria capacidad de adapatación a los tiempos, una versatilidad que no alteró su fundamento principal, que fue la con- centración del poder en el dictador, una parca y ambigua definición institucional, y unos calculados equilibrios para ir readaptando los heterogéneos grupos que apoya- ron la sublevación de 1936 y que se expresaron en «familias políticas». Más que pro- yectos políticos definidos y de ideologías precisas, se establecieron prácticas clientela- res, relaciones personales, servicios prestados y una trama de influencias en torno al Estado, con unas redes de subordinación en cuya cúspide se situaba Franco, y que se medían en términos de lealtad hacia el dictador.

Así, el franquismo tuvo varias etapas, sin que mutaran sus fundamentos esencia- les. Una primera entre 1939 y 1951 marcada por la construcción de la dictadura y las pugnas internas en la forma de definir el Estado, más vocacionalmente fascista en- tre 1939 y 1945 y más ligada al discurso del nacionalcatolicismo entre 1945 y 1951. Era la España de la proximidad a las potencias del Eje primero y del aislamiento in- ternacional después, la España de la autarquía, de la escasez y de los temores proyec- tados por la victoria y la represión. La década de los años cincuenta, en una segunda etapa (1951-1959), está asociada a la consolidación de la dictadura en todos los terre- nos, mutiladas a la largo de los años cuarenta todas las posibles alternativas o matiza- ciones, desde dentro o desde fuera del régimen, que no fueran la dictadura personal de Franco, que quedó reforzada por el lento, pero eficaz para la prolongación del ré- gimen, ascenso de los tecnócratas. Era la España de las primeras transformaciones en el terreno económico, de la eliminación de obstáculos autárquicos hacia la liberaliza- ción económica, de la salida formal del aislamiento internacional, pero también del nacimiento de actitudes críticas y contestatarias en la protesta ciudadana, laboral o universitaria distinta en sus estrategias de la oposición clásica. Y la tercera (1959- 1975), la de los «años dorados», pero también la de sus crisis, precisamente por la asin- tonía del proceso de modernización económica, de las transformaciones sociales y de las pautas de comportamiento con el inmovilismo político. Era la España que despe- gaba por la senda de la industrialización, del «desarrollismo» y de la elevación de los niveles de vida, de la irrupción de nuevos valores y códigos de conducta, pero tam- bién la época de una España que exigía mayores y diferentes cambios de los que po- día proporcionar el modelo invariable de la dictadura.

Pero a lo largo de estas tres etapas el régimen labró el mito del «buen dictador», paternalista y populista que, por encima de la política, pretendía establecer una rela- ción con la población en claves de lealtad. La memoria histórica de la guerra civil, una especial valoración de la seguridad, un discurso nacionalista contra todo lo ex- tranjerizante, un catolicismo entendido como esencia de la Patria y de la moral social, con la coartada de la lucha contra los males de la civilización (el ateísmo, la masone- ría y el comunismo), y una proyección maniquea de la España y la anti-España, per- filaron los soportes del discurso central de la dictadura. De ello se derivaron las acep- ciones de «Españoles ingobernables» y «Españoles diferentes» como fórmula de la inevitabilidad de la dictadura y de la especificidad de España. Con el tiempo, cada vez más el discurso tendió a asentarse más en el mito de la prosperidad y el bienestar de un dictador que modernizaba el país. De ello se extendió y se ha proyectado en la actualidad una conclusión perversa: la de que el franquismo adjudicó las dosis de au- toridad y orden que el país necesitaba para generar la industrialización y las clases me- xxxxxxxxxxxxx

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dias, de lo que se ha deducido la conclusión, aún más perversa, de que la «dictadura necesaria» estaba preparando al país para la democracia y, para colmo, el franquismo hasta propició la vuelta de la monarquía. El crecimiento económico y la moderniza- ción fueron posibles por el contexto de internacionalización de la economía mun- dial, lejos de la iniciativa de los dirigentes del régimen hasta que los tecnocrátas apro- vecharon esa inevitabilidad de la apertura económica para apuntalar la dictadura. Y ello con varios lustros de retraso. La propia dictadura y las políticas económicas lo habían retrasado, pues, veinte años, además de implicarse con carencias y desajustes de todo tipo, cuya factura se encargaría de pasar la crisis internacional de los setenta. La monarquía instaurada, no restaurada, por Franco, se entendía legitimada en los principios del Movimiento Nacional y dependiente del propio dictador, muy alejada del modelo de monarquía parlamentaria como base del estado democrático que alumbró la transición.

El segundo gran bloque del libro, con entidad propia, abarca el periodo 1975- 1996, caracterizado por el proceso de transición política —objeto de un denso deba- te sobre su naturaleza, especificidad, cronología y protagonistas— pero en todo caso alumbrador de un nuevo Estado democrático, con una nuevas reglas de juego en las relaciones entre los gobernantes y gobernados y entre éstos, caracterizado por el plu- ralismo y las libertades políticas, la organización de la sociedad civil y la plena incor- poración de España a las estructuras económicas y políticas de Occidente. También es la España de los nuevos valores del consenso, el diálogo y la tolerancia en proceso de construcción, y de la lenta sedimentación de la cultura democrática. Y del debate sobre el modelo de organización territorial del Estado, del papel y futuro de las auto- nomías y de los nacionalismos en el contexto de ese Estado. También es la España que ha protagonizado un profundo proceso de transición y modernización económi- ca orientada a la integración en la Unión Europea, y de transformaciones sociales y culturales, en un sentido abierto y laico. Pero es, finalmente, la etapa de las incerti- dumbres de la sociedad postindustrial y de la sociedad informacional, de los márgenes del Estado del Bienestar, de las dimensiones sociales del desempleo, del lí- mite de los recursos y de la degradación medioambiental, de los movimientos socia- les alternativos, en un final de siglo donde la ciencia, la tecnología y la comunicación se han desplegado socialmente y se han incrustado en las entrañas de la vida cotidia- na. De estos temas se ocupa la última parte del libro.

Estos dos grandes territorios del manual (1939/1975 y 1975/1996) forman parte de una racionalidad cronológica, convencionalmnete asentada por los imperativos docentes y los planes editoriales. Convencional y, por tanto, discutible, porque son dos etapas diferentes y con entidad propia, por mucho que interpretaciones nada in- genuas traten de solaparlas, unirlas y hasta confundirlas, estableciendo vínculos más que cuestionables entre franquismo y democracia, esto es, la equívoca consideración de que el sistema democrático es la herencia lógica del franquismo o su prolongación na- tural en una forma de continuismo. La dictadura está más ligada a la guerra civil de 1936-1939, y a la memoria histórica que de ella se desprendió, en los términos de ven- cedores y vencidos, que a la construcción del sistema democrático, por mucho que se in- sista en que una de las variables de la instalación de la democracia procedía de los engra- najes internos de la dictadura. Por ello, en un futuro, según creemos, la historia des- de 1975 tendrá que considerarse como una asignatura aparte y en un manual diferente.

La elaboración de este manual ha continuado por la senda del trabajo en equipo, como el centro nervioso del quehacer universitario, que ha permitido el debate, el xxxxxxxxxxxxxx

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contraste de pareceres y la colaboración con un grupo de investigadores formado por Julio Aróstegui, Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Car- los III, Ángel Bahamonde, Catedrático de Historia Contemporánea de la Universi- dad Complutense de Madrid, Carme Molinero y Pere Ysàs, Profesores Titulares de His- toria Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, Luis E. Otero Carvajal, Profesor Titular de Historia Contemporánea de la Universidad Compluten- se, y por el autor de estas líneas y coordinador del volumen. En todo caso, cada au- tor ha dispuesto de libertad de cátedra y ha proyectado dentro de la arquitectura glo- bal del libro su propia originalidad en el planteamiento de los problemas y en el re- sultado de su trabajo. Una experiencia colectiva enriquecedora que ha alimentado las posibilidades de estudio de nuestro pasado más reciente.

J

ESÚS A.

M

ARTÍNEZ

M

ARTÍN (COORDINADOR)

U

NIVERSIDAD

C

OMPLUTENSE DE

M

ADRID

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PRIMERA

PARTE

LA CONSTRUCCIÓN DE LA DICTADURA

(1939-1951)

Á

NGEL

B

AHAMONDE

J

ESÚS A.

M

ARTÍNEZ

M

ARTÍN

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(19)

CAPÍTULO PRIMERO

La configuración de la dictadura de Franco

1.1. FRANCO Y LA CONCENTRACIÓN DEL PODER

El 1 de abril de 1939 el último parte de guerra de las tropas sublevadas tres años an- tes clausuraba las operaciones militares certificando la derrota del ejército republicano. Se abría así una larga etapa de la historia reciente de España que se prolongaría hasta la muerte del general Franco en 1975. Un régimen político asociado a la figura del dicta- dor que se desarticuló, en términos políticos e institucionales, poco tiempo después de su muerte, pero que se había mantenido casi cuatro décadas en el poder. Los orígenes de este régimen, construido sobre las ascuas de la guerra civil, no se remiten a la finali- zación de las operaciones militares, sino que tienen sus fundamentos en el mismo año del comienzo del conflicto y su articulación fue dibujada paralelamente y en conexión con la propia guerra. El profundo debate que estalló entre los defensores de la repúbli-. ca, y que aportaría importantes cotas de responsabilidad en su derrota, sobre la priori- dad de la victoria en el campo militar, la revitalización y construcción del Estado o la práctica revolucionaria, no existió en las filas sublevadas, lo que no quiere decir que existiera unanimidad entre ellas. Las piezas maestras de la edificación del Estado y del funcionamiento del régimen político, en términos de dictadura personal, se habían ido levantando desde 1936, por lo que cuando se divulgó el último parte de guerra no que- daba nada sujeto a improvisaciones siguiendo la inercia inaugurada con la guerra.

A lo largo de ésta, el poder personal del general Franco se fue consolidando pau- latinamente. Una concentración de poder, que tipificará la dictadura a lo largo de su existencia, que había comenzado con el decreto firmado en Burgos el 29 de septiem- bre de 1936 por el que la Junta de Defensa Nacional nombraba a Francisco Franco Bahamonde «Generalísimo de los Ejércitos» y «Jefe del Gobierno del Estado espa- ñol». El 30 de enero de 1938, la ley de administración central del Estado establecía, en su artículo 17, que correspondía al jefe del Estado «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general». En la inmediata posguerra, la ley de reorganiza- ción de la administración central del Estado de 8 de agosto de 1939, matizaba que la potestad de dictar las normas jurídicas no tenía por qué ir precedida de la delibera- ción del Consejo de Ministros, cuando lo aconsejaran razones de urgencia.

La cronología es, en este aspecto, elocuente. Pero no lo es tanto la definición de los contenidos del régimen ni las razones de su dilatada permanencia, sobre todo cuando se huye de simplificaciones. Existe un debate abierto sobre la naturaleza política de la dic- tadura de Franco que va más allá de un complicado juego de términos: ¿fascismo?, ¿dic- x

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tadura militar?, ¿nacionalismo autoritario?, ¿dictadura no totalitaria?, ¿solución bonapar- tista?, para acabar siendo definido a través de la especificidad del modelo: «franquismo», que recogería diversos ingredientes de las fórmulas expresadas y atravesándolas en distin- tos tiempos, para desembocar en la singularidad de un régimen con extraordinaria capa- cidad de adaptación a las circunstancias y con el sello invariable de la figura del dictador. Otros dictadores contemporáneos representaban la expresión de un modelo político —nazismo, fascismo, dictaduras militares— con una pautas marcadas que los hacían de finibles más allá de la figura, eso sí importante, de los propios dictadores. Pero el caso del «franquismo» es difícilmente homogable —aunque tuviera rasgos comunes con otros modelos de dictadura—, sobre todo a través de los tiempos en que se mantuvo, y, en su conjunto, supuso una experiencia histórica sin parangón, e imposible sin la figura mis- ma de Franco. Mientras el fascismo italiano o el nazismo alemán, e incluso las dictadu- ras militares en sentido estricto, tuvieron un concepto preconcebido de Estado basado en formulaciones ideológicas con señas de identidad propias, el franquismo aglutinó en sus orígenes a un heterogéneo combinado defensivo anudado por su negación al refor- mismo republicano: falangistas, católicos, tradicionalistas, conservadores..., que com- partían la idea del poder personal del dictador pero mantenían posiciones políticas dis- pares aglutinadas solamente por su oposición a la democracia republicana.

En esta ambientación, una vez resueltos los problemas del liderazgo militar, per- sonajes como Serrano Suñer elaboraron un cuerpo doctrinal mínimo, justificativo del poder unipersonal de Franco, a base de presupuestos falangistas, del conservadu- rismo antiparlamentario y del catolicismo tradicional. Con esta orientación los mili- tares sublevados, con su cúspide en Franco, habían ido soldando las piezas para cons- truir durante tres años de guerra el primer basamento del Estado coincidente con otros régimenes contemporáneos en su carácter totalitario. Los propios discursos ofi- ciales de la época se refieren con prolijidad al término «Estado totalitario», que lo aso- ciaba con otras experiencias del momento con las que el régimen se consideraba pró- ximo, al menos vocacionalmente.

Mientras el conjunto de la legislación republicana era desarticulada en todos los terrenos, la configuración del nuevo Estado fue adquiriendo un ropaje corporativista al abrigo de otros Estados totalitarios europeos y del inicial empuje que éstos prota- gonizaron con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939, hasta que en 1943 empiece a adaptarse a otras realidades marcadas por el trasunto del conflicto mundial. Entre 1945 y 1951, esa adaptación a las nuevas situaciones provocadas por el contexto exterior no alteraron el poder de Franco, que reorientó el rumbo del régi- men sin alterar sus fundamentos. Así, el periodo 1945-1951 puede entenderse como la época en la que el régimen cambió su corteza política y sus matices proclives a las po- tencias del Eje, comprendiendo lo que suponía la derrota de éstas, pero sin transformar el núcleo del propio régimen. Las formas fascistas se abandonaron desde 1945 porque convenía a la reproducción del sistema, con una querencia mayor para dotarse de bar- nices aportados por los católicos, mientras la autarquía económica pasaría a mejor vida cuando las condiciones de la política internacional permitieron su sustitución.

1.2. LA CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN A LOS TIEMPOS

Esta camaleónica capacidad de adaptación a los tiempos, pues, hizo que el régi- men, sobre todo en los años 40, evolucionara más al calor de las variables exteriores que en función de los acontecimientos internos. La evolución institucional del régi- xxxx

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men desde 1939 formó parte de la lógica inaugurada ya en 1936, con su origen en una sublevación militar contra la República, momento en que no estaba prefigurada una idea de Estado, sino de planteamientos negativos vertebrados en el derrocamien- to del gobierno del Frente Popular. A medida que se hizo visible el fracaso del golpe de Estado en el verano de 1936 y su conversión en una guerra civil, los sublevados empezaron a tejer una alternativa institucional a la República, amparada, más en la forma que en los contenidos, en los presupuestos fascistas que se habían extendido por Europa, bajo la retórica de un grupo hasta entonces marginal como era Falange Española. Pero la evolución institucional del régimen también debe entenderse en el papel que desempeñó el propio Franco como dictador en busca de la consolidación de su poder unipersonal por encima, no ya de elementos civiles, sino de sus compa- ñeros de armas, además de que los avatares internacionales posibilitaron que el entra- mado institucional del régimen pudiera perpetuarse, hecho bien visible sobre todo a finales de la década.

Hasta 1942 el régimen surgido de la guerra estuvo empapado de la retórica fascis- ta, y su actuación estuvo presidida por una sistemática e inflexible represión de cual- quier tipo de disidencias en el interior y por una política exterior vinculada al Eje. Fueron los «años azules», más ligados al formulario fascista. Pero durante 1943, los vi- rajes en la guerra mundial, junto a las tensiones en las cúspides del poder, contribu- yeron a que se hicieran menos visibles las proclividades fascistas, al mismo tiempo que empezó el distanciamiento, sin abandonar la colaboración, respecto a las poten- cias del Eje. Con la victoria aliada de 1945 se intensificó esta evolución hacia el po- der unipersonal hasta consolidarse con la Ley de Sucesión de junio de 1947, creando una estructura duradera de poder, ambiguamente definida en una institucionaliza- ción que no sería completada hasta la Ley Orgánica de 1967, pero que tenía en el po- der unipersonal de Franco la línea de continuidad entre las aparentes mutaciones del régimen.

Mientras que en los regímenes fascistas Estado y partido habían quedado confun- didos, tejiéndose una red de militancia y encuadramiento articulada en los engrana- jes mismos del Estado, el partido pretendidamente unificador en el régimen distó mucho de confundirse con el Estado, y la heterogeneidad ideológica y política fue una característica permanente. En abril de 1937, el nacimiento de FET de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), tenía la vocación, al menos sobre el papel, de proporcionar cobertura política unifi- cada al régimen, aglutinando en torno a Falange las distintas fuerzas políticas de apo- yo, bajo la jefatura de Franco. A pesar de la hegemonía formal y externa de Falange y el concurso unificador, el resto de organizaciones no falangistas nunca llegaron a quedar sujetas a las directrices de Falange. Esa heterogeneidad calculada dotaba al ré- gimen de Franco de su especificidad: la diversidad nunca se diluyó, pero el cordón umbilical que daba coherencia al conjunto era el propio dictador actuando como el referente inmutable, y dominando el haz de intereses vinculados a su figura para cul- minar con la sumisión de la heterogeneidad de fuerzas en las que se apoyaba.

De hecho, las «familias políticas» —término convencional que hace referencia al parentesco político para definir el modelo de grupos que apoyaron a la dictadura ale- jados del concepto de unos partidos políticos inexistentes— eran el reflejo del con- glomerado de fuerzas e intereses diversos que se habían sublevado contra la Repúbli- ca. Y de ello, los gobiernos. Hasta 1945, en consonancia con la trayectoria del régi- men, el predominio correspondió a los falangistas, mientras que desde esta fecha xxxxxxx

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existió una mayor proclividad hacia el sector católico, sin que Falange perdiese peso específico y sin que se alterasen los equilibrios marcados por el dictador, con la pre- sencia de otros grupos y, sobre todo, con los militares leales a Franco.

1.3. LA BENDICIÓN DE LA IGLESIA

El nacionalcatolicismo venía a corregir los excesos verbales de la retórica falangis- ta para intentar presentar al exterior, sobre todo desde 1945, un discurso más acépta- ble. La Iglesia, que había colaborado activamente durante la guerra civil legitimando e1 discurso de los sublevados con la idea de Cruzada, acuñando un trasfondo de gue- rra de religión para la sublevación militar, se sintió enormemente aliviada por el triun- fo final de las tropas de Franco, ya que ello suponía apartar el espectro republicano definitivamente, además de recibir la compensación económica que supuso el resta- blecimiento del presupuesto del clero en octubre de 1939. Sin embargo, este alivio xxxx

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también estaba surcado de resquemores con respecto a las relaciones con el nuevo Es- tado y el mantenimiento de sus parcelas de poder e influencia. Una excesiva deriva del régimen hacia posiciones fascistas podía significar la pérdida de esta secular in- fluencia. A ello se sumaron las relaciones con el Vaticano, en las que había puntos de discrepancia, como el asunto de la elección de obispos, a pesar del exultante documento Con inmenso gozo con el que Pío XII saludó el resultado de la guerra. La provisión de obispos quedó regulada en 1941 por un convenio entre la Santa Sede y el gobierno, por el que se puso en marcha un sistema de ternas, fijado en la práctica por el Nuncio y el gobierno.

La Iglesia se había implicado hasta tal extremo con el régimen que su concurso es inseparable de la propia evolución de la dictadura de los años 40 apoyando sus actua- ciones. En términos institucionales, la capacidad de autonomía de la Iglesia se venti- laba en asuntos como la educación, la prensa y las asociaciones católicas, atravesados por la proyección intervencionista del falangismo, hasta que en 1945 los nuevos aires del nacionalcatolicismo tranquilizaron a la Iglesia sobre la conservación de estas áreas de influencia.

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CAPÍTULO II

La vocación fascista y las luchas

por el poder (1939-1945)

2.1. LOS EQUILIBRIOS GUBERNAMENTALES

Finalizada la guerra civil, los rumbos que tomó el nuevo Estado parecían dirigir- se, al menos por la vocación de muchos de sus dirigentes liderados por Serrano Su- ñer, hacia una fascistización, próxima al modelo desplegado por Mussolini en Italia. Así se puso de manifiesto después del viaje de Serrano a Italia en mayo de 1939, del que volvió impregnado de la realidad fascista y trató de acoplarla al régimen español todavía huérfano de una clara definición de los contenidos del Estado. Pero las aspi- raciones de Serrano y su identificación con el régimen italiano no pueden entender- se como una apuesta unidireccional de las fuerzas políticas de las que se nutría el ré- gimen. Al contrario, los recelos, proyectados en el Consejo de Ministros, expresaban la lógica de las tensiones de la lucha por el poder. Y como consecuencia, la remode- lación gubernamental.

El 9 de agosto de 1939 quedó constituido el primer gobierno después de la gue- rra. El predominio falangista estaba equilibrado con la representación de militares, ca- tólicos, carlistas y antiguos miembros de la CEDA próximos a Franco. Este gobierno sustituía al que se había formado en Burgos el 1 de febrero de 1938. Concluida la gue- rra, era el momento en que Franco como jefe de Estado y de Gobierno, que había ra- tificado sus poderes, debía arbitrar a las heterogéneas fuerzas que habían apoyado la sublevación y que habían sido articuladas, pero sólo teóricamente, con la formación de un partido único. Pero las fuerzas políticas no falangistas nunca se habían acopla- do al organigrama del nuevo partido ni habían admitido la hegemonía de Falange. Por el momento, la guerra había pospuesto una situación artificial. Y, sobre todo, por- que los militares, que en algunos casos tenían sus propias simpatías políticas, tampo- co estaban dispuestos sin más a la hegemonía falangista. Se imponía, pues, una reordenación del poder. Pero más allá de filiaciones políticas precisas —falangis- tas, carlistas, monárquicos de distinto signo, católicos, conservadores de la antigua CEDA...—, las relaciones de poder quedaban atravesadas por relaciones personales, clientelares y de fidelidad condicionadas por la guerra misma, y por encima, las rela- ciones con Franco, teóricamente indiscutible. Pero a la altura de 1939-1940 su dicta- dura personal no era un proceso irreversible ni inevitable porque se presentaban mu- chas alternativas, y debía demostrar su capacidad de arbitraje más allá de unos plan- teamientos condicionados por la guerra.

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Franco preside una reunión de su segundo gobierno, constituido en agosto de 1939.

Las carteras ministeriales aumentaban y se hacían más complejas. Desaparecía la vicepresidencia, hasta entonces compatibilizada con Exteriores por el general Jorda- na, discrepante de las actitudes de Serrano y que quedaba apeado por el momento del gobierno. El Ministerio de Defensa se desdoblaba entre Ejército, Marina y Aire; desapa- recían los Ministerios de Orden Público y Organización y Acción Sindical, y se crea- ban dos Ministerios sin cartera, mientras la Secretaría General del Movimiento adqui- ría rango ministerial. El hombre clave en todo este entramado era el cuñado del dic- tador, Ramón Serrano Suñer, desde el Ministerio de Gobernación, y más tarde —17 de octubre— desde Exteriores. Durante la guerra había contribuido notablemente al proceso de unificación de las fuerzas políticas sublevadas. Adquirió un gran poder y fue uno de los artífices del Estado surgido de la guerra, al mismo tiempo que repre- sentaba la versión más proclive al Eje y al ideario fascista en su versión italiana. Con- trolaba el partido único y los resortes de propaganda, prensa e información del régi- men. De hecho, la composición del nuevo gabinete fue el resultado de esa preponde- rancia de Serrano, siempre, aunque sólo por el momento, con la aquiescencia de Franco. Además, pertenecían a FET los dos ministros sin cartera, Sánchez Mazas y Gamero del Castillo, también Larraz —Hacienda—, antiguo miembro de CEDA y próximo a Serrano, y era conocida la la filiación falangista de los generales Yagüe —Aire— y Muñoz Grandes, quien ocupó la secretaría general del Movimiento. Tam- bién figuraban los militares Beigbeder en Exteriores, Moreno en Marina, Alarcón en Industria y Comercio, y Varela —Ejército—, próximo al carlismo pero vinculado du- rante toda la guerra a Franco. De hecho, en este gobierno no aparecía ya ningún ge- neral de los que llevaron la candidatura de Franco a jefe del Estado en 1936. Estaban presentes los militares de Franco. Los monárquicos, por su parte, tenían una presen- cia testimonial con Benjumea en Agricultura, o con el carlista Bilbao en Justicia, lo xxxxx

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mismo que los católicos representados por Ibáñez Martín, aunque todos ellos reu- nían las condiciones de técnicos y gozaban de la confianza de Franco, más que como representantes de sus opciones en sentido estricto.

2.2. EL PROYECTO FASCISTA Y LAS PUGNAS POR EL MODELO DE ESTADO

La pugna por el poder y por el modelo de Estado no quedó resuelta con este cam- bio de gobierno. El poder de Franco no se había resentido y por el momento había dado confianza a las pretensiones de su cuñado, haciendo descansar sobre FET el grueso del gobierno, pero con el peso de los militares vinculados a su persona, sin apear otras opciones monárquicas y católicas. En ello también influyó un contexto internacional que con el comienzo de la guerra en septiembre de 1939 inauguraba un año de especial entusiasmo por las potencias totalitarias. FET de las JONS no sólo sa- lía reforzada con el cambio de gobierno, sino que sus estatutos aprobados la dotaban de perfiles fascistas y de instituciones con fuerza política. La retórica y los ademanes fascistas se desplegaron entre la clase política, los gestos y la iconografía respondían a esa vocación fascista de la época. Todo ello tuvo su momento álgido entre 1939 y 1942 —y se prolongaría al menos hasta 1945—, pero una cuestión eran las preten- siones y otra que se plasmaran en una realidad institucional, ideológica y política si- milar a los totalitarismos europeos y en particular a Italia. Franco lo había consenti- do, pero con la cautela y la sagacidad política que serían habituales, o lo que es lo mismo, la capacidad para extraer rentabilidad política de las situaciones en un mo- mento de notable empuje de los proyectos fascistas como modelos políticos y de sus victorias militares en la guerra mundial. Pero Franco no se comprometía hasta tal punto de favorecer una institucionalización del régimen sobre fundamentos fascistas y relegar otras opciones, porque esa identificación le habría implicado en la suerte del partido y, sobre todo, porque la reserva de poder y la preponderancia política se en- contraba en el ejército.

Hubo, pues, un proyecto fascista y de politización orgánica de la sociedad espa- ñola a partir de FET de las JONS, con el lenguaje de la revolución y de los fundamen- tos nacionalsindicalistas. Pero no hubo una verificación institucional y de organiza- ción del Estado que respondiera al control del partido. De hecho, éste no dominó al Estado, sino que con el tiempo ocurrió justamente lo contrario, una instrumentaliza- ción política del partido y una burocratización que mediatizó sus posibilidades. Para empezar, por la propia diversidad interna del partido, con la presencia de variantes ideológicas reticentes a una unificación efectiva. Además, la militancia era reciente, nutrida en la coyuntura de la guerra y por nuevas incorporaciones, pero nunca llegó a ser un partido de masas que controlara los resortes de la Administración y del po- der. Su proyección social fue exigua y los intentos de encuadramiento quedaron sal- dados en fracaso, como puso de manifiesto por ejemplo la trayectoria del SEU (Sin- dicato Español Universitario), el Frente de Juventudes, la Sección Femenina o los sin- dicatos verticales. A partir de entonces, sectores del falangismo siempre hablarían de la revolución pendiente.

Serrano Suñer todavía tendría más poder, pero también más oposición sobre todo entre los militares. En octubre, ocupó además la cartera de Asuntos Exteriores, una aspiración relacionada con su papel cada vez mayor en las relaciones del régimen con las potencias del Eje y su proclividad a entrar en el conflicto al lado de ellas. Ade- xxxxx

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más, las sustituciones del general Yagüe el 27 de junio y del general Muñoz Grandes el 15 de noviembre de 1940, estaban salpicadas del deterioro de sus relaciones con Se- rrano. Por otro lado, controló desde la sustitución de Muñoz Grandes la Secretaría General de Movimiento a través de las funciones que pasaron a Gamero del Castillo. El 16 de octubre de 1940, el falangista Carceller había sustituido al general Alarcón, con lo que el poder de Falange en el gobierno era palpable.

Las luchas por el poder se ventilaron en torno a Serrano y todo lo que éste signi- ficaba con sus proyectos de fascistización a la italiana y del monopolio falangista del poder, pero también quedaron atravesadas por las posiciones discrepantes respecto a la guerra mundial. Serrano era proclive a una estrecha colaboración con el Eje y par- tidario de la entrada de España en el conflicto, haciendo uso del radicalismo verbal en una complicada situación. Los principales opositores procedían del ejército, incó- modos con el excesivo poder de Serrano y sus proyectos internos e internacionales. Las disensiones hicieron crisis a lo largo de 1941, poniendo a prueba la capacidad de Franco de arbitrar conflictos sin merma de su poder. La crisis tomó forma de cambios de gobierno, y, así, se formó el segundo gabinete el 19 de mayo de 1941. Aparente- mente, se había resuelto en la misma dirección, es decir, con primacía falangista al en- trar tres importantes hombres del partido en el gobierno: Girón, Arrese y Miguel Pri- mo de Rivera, y con la presencia de anteriores ministros relacionados con las otras fa- milias políticas. Pero Serrano cada vez era más cuestionado, sobre todo en círculos militares. De hecho, el nombramiento del general Galarza en Gobernación —expre- sión de las discrepancias entre falangistas y militares— despojaba a Serrano y al parti- do de una importante parcela de poder. La crisis se había cerrado en falso. Los enfren- tamientos entre falangistas y militares continuaron durante 1941, sobre todo a finales de este año, y estallaron nuevamente en forma de crisis gubernamental en 1942. El poder de Serrano se había ido minando, y los enfrentamientos tomaron forma de de- claraciones, gestos e incluso actitudes violentas de falangistas radicales, como el aten- tado de Begoña contra el general Varela. El 3 de septiembre de 1942, Franco optó por una de las decisiones más importantes de forma paradigmática: el cese del ministro de Ejército Várela —beligerante contra Serrano y Falange— y de Serrano Suñer, sus- tituidos respectivamente por los generales Jordana y Asensio. Arbitraje, compensa- ción, equilibrio, pero ante todo preservación de su poder sin comprometerlo con na- die. Nada más y nada menos que los cesados eran Várela y Serrano —que desde en- tonces se apeó de la actividad política—, dos de sus más estrechos colaboradores desde 1936, en el terreno militar y político. Pero mucho más allá de estas relaciones, Franco las había sacrificado para impedir imposiciones de los distintos sectores. Bien es verdad que la vuelta de Jordana podía ser entendida como la victoria sobre Serra- no y Falange, pero al mismo tiempo Galarza era relevado en Gobernación por el fa- langista Blas Pérez. Por encima de todo, lo cierto es que Franco había salido reforza- do de la situación.

2.3. LAS CORTES ORGÁNICAS

En la teoría del caudillaje elaborada desde los comienzos de la sublevación mili- tar, todos los poderes se concentraban en manos del Jefe del Estado, principio con- vertido en ley, como se ha visto, el 30 de enero de 1938. Hasta 1942 el único órga- no corporativo deliberante del régimen había sido el Consejo Nacional de FET de xxxxxxxx

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Franco acude a las Cortes para presidir la sesión de apertura (marzo, 1943).

las JONS, pero con funciones meramente consultivas, limitándose a escuchar y apro- bar leyes sin ningún tipo de iniciativa legislativa, papel que quedó ratificado por el de- creto de 31 de julio de 1939. Sin variar sus fundamentos, el régimen surgido de la gue- rra civil en claves de poder personal de Franco tuvo en su secuencia institucionaliza- dora un pieza de primera magnitud en la Ley de Cortes de 17 de julio de 1942, expresión palpable de la representación orgánica. Segunda en el tiempo de las denomi- nadas Leyes Fundamentales del régimen, después del Fuero del Trabajo de 1938, res- pondía a la versión totalitaria de la representación, muy alejada en su naturaleza y funciones de los regímenes parlamentarios. La representación, por tanto, no se esta- blecía a partir de su elección por los ciudadanos mediante sufragio universal con las candidaturas de partidos políticos libres. La representación era corporativa y por cau- ces naturales de representación como la familia, el municipio y el sindicato. De hecho, la publicación de esta ley coincidió con el momento de mayor empuje de los Estados totalitarios y la proclividad del régimen hacia ellos, con el triunfalismo que represen- tó el avance alemán en Rusia meridional con la caída de Sebastopol el 1 de julio y el comienzo de la batalla de Stalingrado el 20 de agosto. Siguiendo la arquitectura tota- litaria y corporativa de sus homólogos en Europa, el fundamento de la elección libre era denostado y los procuradores —denominación de los individuos de la Cámara— eran designados o procedentes de las instituciones o cuerpos según las premisas cor- porativas. Sus funciones eran consultivas, con carácter deliberante, puesto que la ple- na capacidad de legislar seguía en manos del jefe del Estado. No eran, por tanto, de- positarias de soberanía nacional alguna ni existía la división de poderes, ni podían ser xxxxxxx

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entendidas como un parlamento. En realidad, servían para ratificar las decisiones del dictador.

2.4. EL DISCURSO DE LA CULTURA OFICIAL

El nacionalcatolicismo no era un producto ideológico de nuevo cuño, sino más bien la adecuación a los nuevos tiempos de los postulados del conservadurismo anti- parlamentario español, lo que no contradecía en absoluto la teoría del caudillaje. El discurso nacionalcatólico, compatible con la fraseología edificada por el régimen, era heredero de la idea castellanizante de la Historia de España y de la valoración de la idea de Imperio, como piezas maestras de la propaganda de la época que asociaba la idea de Imperio a la idea de «Imperio católico mundial», en palabras de García Mo- rente. El nacionalcatolicismo encontró su principal instrumento de reproducción en el control de la enseñanza que marcó a las generaciones de españoles nacidas después de la guerra. Una educación en claves nacionalcatólicas que quedó estructurada por la Ley de Educación Primaria de 17 de julio de 1945. Y también la Universidad, pre- viamente reorientada por la Ley de Ordenación Universitaria de 27 de julio de 1943. En el ámbito científico, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado el 24 de noviembre de 1939, era el organismo que sustituía, en claves muy distintas, a las personas y las instituciones, como la Junta de Ampliación de Estudios, que ha- bían representado la riqueza intelectual, la cultura y la ciencia crítica, abierta y cosmo- polita del primer cuarto de siglo, y que en su mayor parte habían nutrido la hemorra- gia del exilio. En el preámbulo de la creación del nuevo organismo se decía: «En las coyunturas más decisivas de su Historia concentró la Hispanidad sus energías espiri- tuales para crear una cultura universal. Ésta ha de ser la ambición más noble de la Es- paña del momento... Tal empeño ha de cimentarse, ante todo, en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el siglo XVIII.»

La cultura española había recibido un golpe traumático con la guerra civil. El fin de ésta supuso el cierre de la «edad de plata» de la cultura española que había exten- dido su esplendor a lo largo del primer cuarto del siglo XX. Al exilio exterior de mu- chos de sus protagonistas se unió el exilio interior. Este trauma hay que entenderlo no únicamente en términos literarios y humanísticos, sino también como la desapa- rición de un tejido científico e investigador receptor de las innovaciones del exterior, con una visión cosmopolita y un espíritu —en sus preocupaciones y en sus iniciati- vas— de trabajo científico, que habían creado las condiciones necesarias para un ul- terior despegue de la producción científica. Hubo un retraso general del saber en Es- paña, en términos epistemológicos, conceptuales y prácticos, que mutiló las posibili- dades de desarrollo cultural y científico. La concepción de saber quedaba apartada de la tradición liberal y de la cultura crítica ligadas a la idea de formación integral del in- dividuo, con sus instrumentos de debate y reflexión. Sin embargo, para el régimen la socialización de la cultura se entendió como un aprendizaje memorístico y de cultu- ra enciclopédica al servicio de las pautas marcadas desde el Estado, es decir, instru- mentalizada con los valores que de la Patria, la religión y el Imperio se proyectaron desde el régimen.

Así, intentó configurarse una cultura oficial que hasta 1945 pretendió tomar una impronta de carácter fascista, pero que, de hecho, estaba más sustentada en valores de un catolicismo tradicional y antiliberal que permitió posteriormente la preponderan- xxxxxxxxxx

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cia del nacionalcatolicismo. La propia visión de la historia de España, en la que se ha- cía hincapié en las gestas de las glorias imperiales, en la misión civilizadora en claves de un catolicismo inexpugnable, en el concepto de Hispanidad y en la crítica de cual- quier heterodoxia, perfiló una idea de nación unilateral que de forma maniquea juga- ba con el binomio España-anti-España. Todo ello, convenientemente regulado por una férrea y burocratizada censura, cuya pieza maestra fue la ley de 22 de abril de 1938, que actuó hasta límites de tal ortodoxia que rayaron a veces en lo esperpéntico. Las revistas Vértice, Arbor o Escorial, esta última con un tono algo más abierto, fueron el barómetro de la cultura oficial. Las revistas índice, fundada en 1945, o ínsula, en 1946, actuaron como tímidos contactos con el exterior, aportando un balón de oxígeno en el contexto de asfixia cultural. La familia de Pascual Duarte de Cela en 1942, Nada de Carmen Laforet en 1945, La sombra del ciprés es alargada de Delibes en 1948 o Historia

de una escalera de Buero Vallejo en 1949, destacaron en la producción literaria de la

época. Estas obras tendían a describir las realidades de la posguerra y abrían nuevas lí- neas expresivas y, con dificultades, se apartaban de las cánones marcados por el ofi- cialismo cultural. También desde fuera de los circuitos oficiales, la labor de Ortega y Gasset, Marañón, Zubiri o Marías, significaron los primeros pasos de lo que se ha de- nominado reconstrucción de la razón y de la tradición liberal.

2.5. TIEMPO DE SILENCIO

La política de los vencedores estaba en las antípodas de un modelo de integración nacional. Partió de una concepción de patria edificada en la victoria —los vencedo- res eran los únicos depositarios de sus esencias— y de una situación entendida como nueva y, por lo tanto, con la misión de estirpar todos aquellos elementos ajenos a las premisas del bando vencedor. La retórica que exaltó al «hombre nuevo» no estaba acoplada a la trilogía de «paz, piedad y perdón» como valores a los que Azaña había apelado para la reconciliación nacional. Concluido el enfrentamiento militar, la vida civil quedó atravesada por la acción de la victoria. Los años 40 fueron protagonistas de la represión sistemática de cualquier tipo de disidencia. La persecución, más allá de los campos de batalla, se desplegó con una política de actuación, en sus diversas formas, que tenía como objetivos no sólo la represión de las disidencias expresas, sino de las actitudes de falta de adhesión expresa. La eliminación física, los encarcela- mientos, el exilio, las depuraciones, eran instrumentos que formaban parte de un todo concebido como el absoluto control político-social de la población, con su mar- co legal claramente determinado.

Este entramado legal empezó a tomar cuerpo en las postrimerías de la guerra ci- vil con la Ley de responsabilidades políticas de 9 de febrero de 1939 y con la de de- puración de funcionarios de 10 de febrero del mismo año. En la posguerra, destaca- ron la Ley de represión de la masonería y el comunismo de 1 de marzo de 1940 y la Ley para la seguridad del Estado de 29 de marzo de 1941. La ley de responsabilidades políticas tenía como objetivo «liquidar las culpas de responsabilidades políticas por quienes habían contribuido con actos u omisiones graves a forjar la subversión roja». Estaba dotada de un carácter retroactivo en el que «ni el fallecimiento, ni la ausencia, ni la incomparecencia del presunto responsable detendrá la tramitación y fallo del ex- pediente». Un expediente de responsabilidad política, señala Encarna Nicolás, se ini- ciaba de tres formas: «por haber sido condenado por la jurisdicción militar; por de xxxxx

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nuncia escrita y firmada por cualquier persona natural o jurídica, y por iniciativa de las autoridades militares, civiles, policiales y guardia civil». En cuanto a la depuración, ésta fue minuciosa y la mera permanencia en la España republicana durante la guerra civil bastó para que se iniciase el expediente. Aunque alcanzó a todas las ramas de la Administración pública, la depuración fue especialmente intensa en todos los escalo- nes de la enseñanza pública. Sobre todos los reprimidos pesó la acusación de «rebel- des», invirtiéndose los términos de una realidad.

La represión tendió a perder intensidad a lo largo de la década, pero cualitativa- mente se instaló en las entrañas del régimen. Ni siquiera la represión quedó estable- cida en los límites de haber participado activa o indirectamente en el bando perde- dor. Cualquier actitud era motivo de sospecha, como la falta de adhesión entusiasta, la indiferencia o la inhibición. En el propio bando vencedor los elementos incómo- dos fueron depurados o apartados, combatientes o militares no precisamente identi- ficados con el rumbo que Franco había imprimido a la situación en la inmediata pos- guerra. Pero, sobre todo, para la población —excepto para los entusiastas de la victo- ria—, los años 40 quedaron impregnados de temores e incertidumbres. La vida cotidiana quedó atravesada por el síndrome de la represión. No se trataba ya de una búsqueda cualificada del activista, el militante o el excombatiente republicano, sino que los términos en los que se instaló la represión provocaron el temor de gran parte de la población. Las delaciones interesadas, las interpretaciones distorsionadas, la uti- lización de los parentescos con combatientes republicanos, o el afán de búsqueda de méritos por los conversos de la victoria, verificaron un ambiente de incertidumbres. Así se fue edificando en la posguerra un complejo entramado de relaciones persona- les y de subordinación, al socaire de las dificultades de supervivencia, y el permanen- te temor a ser objeto de los procesos de depuración. Haz de relaciones personales del que se beneficiaban la base de la pirámide social de los vencedores, para la que las es- trecheces de lo cotidiano eran compensadas por la seguridad que les ofrecía sentirse del bando que había triunfado. La fidelidad quedaba así garantizada. Otro sector de la población se encontraba atenazado por el pánico derivado de su propio pasado po- lítico sujeto a sospecha, por la tenencia de algún familiar en las cárceles, el exilio o muer- to en el bando de los vencidos. Para ellos, era el tiempo de silencio y la búsqueda del aval, con sus inevitables secuelas de servilismos y subordinaciones hacia los garantes.

El control político de las ciudades quedaba asegurado por una tríada significati- va: el jefe de barrio, el jefe de calle y el jefe de casa, dependientes de Falange, como un poder de hecho. En los medios rurales, la guardia civil revitalizó su papel de con- trol político y social. Una minoría llevó adelante el arriesgado compromiso político, resuelto en varias dimensiones: aquellos marcados por la existencia de un familiar en las prisiones y que participaron en las redes clandestinas de ayuda a los presos; los que, procedentes de pueblos y pequeñas ciudades, se escondieron en el anonimato de la gran ciudad, y, por último, una ínfima minoría que mantuvo el compromiso político hasta sus últimas consecuencias, al intentar reconstruir los aparatos políticos para hacer frente a la dictadura.

Los balances provinciales de la represión realizados hasta ahora permiten situar el número de fusilamientos en la posguerra en 40.000, cifra que aumentará cuando los estudios alcancen al conjunto del país. A ello habría que añadir los encarcelamientos, en torno a los 280.000 en 1940, para luego descender paulatinamente hasta los 40.000 aproximadamente a la altura de 1945. Además, estas muertes privaban de un importante capital humano. En efecto, si a ello unimos el exilio, el resultado será el xxxxx

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déficit de personas preparadas que fueron apartadas del país. Guy Hermet ha estudia- do el censo realizado por el Consulado general de México en Vichy en febrero de 1942 sobre 13.400 españoles emigrados con título de enseñanza superior, entre los cuales había 1.743 médicos, 1.224 abogados, 431 ingenieros y 163 profesores de Uni- versidad sobre los 430 con que España contaba en 1936.

La estructura de un Estado fuertemente centralizado administrativa y territorial- mente acabó con las aspiraciones de los territorios que durante la República habían entrado en la senda de un reconocimiento específico —en términos institucionales, normativos, culturales e históricos— en el contexto del «Estado integral» republica- no. Apelando a la unión de la Patria, el centralismo de la dictadura acabó con cual- quier atisbo de nacionalismo distinto al entendido por el régimen. Una de las obsesio- nes de su discurso era precisamente el «separatismo», y se entendía por ello situaciones muy diversas, que pasó a tener casi el mismo valor semántico que otros descalificati- vos políticos en los que el régimen se apoyó.

Con la entrada de las tropas franquistas en Cataluña, por ley de 5 de abril de 1938 quedó explícitamente derogado el Estatuto de Cataluña «en mala hora concedido por la República». En su preámbulo se hablaba de «restablecer un régimen de dere- cho público, que de acuerdo con el principio de unidad de la Patria, devuelva a aque- llas provincias el honor de ser gobernadas en pie de igualdad con sus hermanas del resto de España». Compuesto por dos artículos, en el primero se establecía que la Ad- ministración del Estado, la provincial y la municipal se regirían por las normas gene- rales aplicables a las demás provincias, y en el segundo, se consideraban revertidas al Estado la competencia de legislación y ejecución. A su vez, la ley de 8 de septiembre de 1939 completaba las disposiciones de la ley derogadora de abril de 1938, dejando sin efecto todas las leyes, disposiciones y doctrinas emanadas del Parlamento de Ca- taluña y del Tribunal de Casación.

En cualquier orden de las cosas la represión no es que alcanzase en Cataluña un nivel de mayor intensidad que en otros lugares. Pero sí se trató de un represión más selectiva y estudiada, que incorporaba elementos culturales. Se prohibió el uso públi- co del catalán en la Administración, la enseñanza y en los medios de difusión, ya fue- ra la prensa, la radio o cualquier otro, incluida la publicidad. Así quedó rota la rela- ción entre lengua doméstica y lengua pública. La depuración de los funcionarios de las Administraciones públicas alcanzó unas cotas más altas que en otras partes. Apro- ximadamente 25.000 personas fueron objeto de esta persecución. Además, la guerra civil y la inmediata posguerra produjeron una fuerte fractura social en Cataluña. Un sector del nacionalismo más conservador de preguerra había apoyado el alzamiento militar, incluso personas que habían figurado en cargos directivos de la Lliga. A este respecto, parece paradigmática la actuación de Cambó, muy importante en lo que se refiere a la imagen exterior de los sublevados durante el conflicto bélico. Borja de Ri- quer ha señalado que hubo diferentes tipos de apoyo al franquismo: desde el «mino- ritario apoyo entusiasta» de quienes abdicaban explícitamente de su pasado catalanis- ta, hasta quienes se alineaban en las filas del nuevo Estado por conveniencia econó- mica, y porque aquél garantizaba una paz social en un territorio que había registrado uno de los mayores índices de conflictividad social en el primer cuarto de siglo. Por ello, antiguos miembros de la Lliga ocuparon cargos en el aparato institucional del franquismo. Otra cuestión es que este apoyo se fuera enfriando paulatinamente con- forme el régimen acentuaba su versión del nacionalismo español excluyendo cual- quier alternativa por modesta que fuera.

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