Gobiernos locales y descentralización

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Gobiernos locales y descentralización Schandeler Nadia.

Lic. en Ciencias Políticas (UBA)

A lo largo de las últimas cuatro décadas se han ido produciendo, en todo el mundo, una serie de cambios económicos, políticos, tecnológicos, etc.; que llevaron a los gobiernos locales a plantearse ciertos desafíos.

En estas últimas décadas, los gobiernos locales comienzan a adquirir mayor legitimidad. Si bien existen vestigios, en los inicios del siglo XX, de algunos casos europeos de gobiernos locales autónomos, la mayor parte de estas autonomías carecían de respaldo jurídico constitucional.

Y con el desarrollo del Estado de Bienestar, inspirado en el modelo keynesiano, puesto en práctica luego de la Primera Guerra Mundial, los Estados Nacionales europeos interrumpieron las funciones que cumplían los gobiernos locales.

Por todo esto, podemos decir que hasta los años setenta predominaron en la mayoría de los países, y especialmente en los estados latinoamericanos, tendencias centralizadoras en las áreas gubernamentales.

A partir de este período comienzan a entreverse movimientos que se inclinan hacia la descentralización y localización de funciones.

En América Latina estas tendencias aparecen junto con los procesos de transición de regímenes autoritarios a regímenes democráticos. “La descentralización hoy parece ser consubstancial a la democracia, al proceso de democratización del Estado”1

Un Estado Democrático necesita poderes locales articulados, acompañados por un proceso de descentralización administrativa y política.

En los ochenta, cuando el modelo keynesiano del Estado de bienestar comienza a entrar en crisis, se inician procesos de reforma estatal que tienden a la estabilización económica, a reducir el papel intervencionista del Estado en la economía, entre otras medidas. Los gobiernos locales ven este momento como una oportunidad para aportar cambios, reclamando la transferencia de recursos y funciones desde los Estados centrales; pero las tendencias centralizadoras aún se mantienen, limitando y vaciando las funciones de los poderes locales.

Durante la década de 1990, el proceso descentralizador vuelve a tomar fuerza, debido en

1 Parejo Alfonso, “Descentralización una cuestión de método”. En “La cuestión municipal”. Fundación Roulet, Bs. As, 1990, p.131.

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gran medida, a las transformaciones (tecnológicas, económicas, etc.) provocadas con la Globalización.

Las grandes ciudades latinoamericanas aparecen como actores políticos y económicos que buscan lograr la descentralización política y la autonomía local.

La concentración del poder en el ámbito nacional da paso a un doble movimiento, donde las producciones locales resurgen más competitivas con nuevas tecnologías disponibles y, al mismo tiempo, se transfieren al plano mundial otras formas de producción.

El proceso de descentralización que se inicia en los setenta en América Latina es retomado en los noventa, en el marco de una “segunda generación” de reformas, que intentan ir más allá de las primeras, las cuales, siguiendo las pautas del Consenso de Washington, habían promovido formas de privatización, desconcentración y descentralización que terminaron condicionando los créditos de los países de la región, y fracasaron en los intentos de lograr un crecimiento económico, y de paliar la pobreza y la desigualdad.

“Los procesos de descentralización inicialmente fueron enmarcados en lo que se ha llamado la doble transición: la transición hacia gobiernos civiles por un lado y hacia una economía de libre mercado, por el otro. En el momento presente el contexto estaría mejor caracterizado con los términos de globalización y la consolidación, o tal vez la reinvención de la democracia”2

Las reformas de “segunda generación” amplían la agenda, enfatizando el fortalecimiento de las instituciones públicas, con el fin de garantizar el funcionamiento de un mercado globalizado competitivo, insertando a las economías locales en el mismo, así como incorporando a los gobiernos locales en áreas esenciales como la educación, la salud, entre otras.

De esta forma, la descentralización ya no se enfoca tanto en la transferencia de recursos y funciones, sino más bien en la creación de instituciones, mecanismos y relaciones que posibiliten la gobernabilidad local; así como en la creación de condiciones para el desarrollo local.

La globalización implica una relación global-local.”Basándose en la nueva infraestructura tecnológica, el proceso de globalización ha cambiado nuestras formas de producir, consumir, informar y pensar. No toda la actividad económica o cultural en el mundo es global. En realidad, la inmensa mayoría de dicha actividad, en proporción de personas participantes, es de ámbito local o regional. Pero las actividades estratégicamente

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dominantes, en todos los planos, están organizadas en redes globales de decisión e intercambio, desde los mercados financieros a los mensajes audiovisuales”.3

El surgimiento de nuevas tecnologías, como consecuencia de la globalización, lleva a un proceso de desterritorialización, de globalización- localización; lo que se denomina “glocalización”, es decir, la competencia entre localidades que intentan captar inversiones y formar parte de la trama de flujos desterritorializados.

Nos encontramos ante un nuevo tipo de sociedad; a la que Castells denomina la “sociedad de flujos”. No sólo se trata de flujos de poder, sino también de flujos financieros, de tecnología, de información. Y, como contrapartida de estos flujos, aparece la afirmación de identidades nacionales, territoriales, étnicos, religiosas, de género.

En un Estado centralizado es muy difícil establecer un enlace entre el sistema global y las diferentes culturas y territorios dentro de una nación. Por esto, los gobiernos locales y regionales surgen como estructuras más cercanas al terreno de sus identidades, que pueden negociar una permanente adaptación a los variables flujos de poder.

Los poderes locales aparecen como el lugar de consenso donde se expresan las clases y grupos sociales; donde los ciudadanos pueden tener una participación política.

Sin embargo, los gobiernos locales no pueden desempeñar sus funciones de forma autónoma, debido a que tienen dependencia administrativa, poca capacidad de recursos económicos, y se considera que la defensa de la identidad conlleva el riesgo del fundamentalismo, el localismo político y el tribalismo cultural (Borja y Castells, 1997).

Por esto, los gobiernos locales deben contar con mayor autonomía para poder responder a las necesidades locales. Debe lograrse una concertación entre tres sectores: los agentes económicos, capaces de desarrollar procesos de integración y sustentabilidad social; organizaciones no gubernamentales (ONG’s), que cuenten con recursos para poder llevar a cabo proyectos locales; y el Estado municipal, comprometido con el proyecto local, coordinando y administrando. (Parejo Alfonso, 1990).

A los elementos básicos de la descentralización – una estructura política representativa con autonomía para ejercer sus competencias y de carácter global – se agregan competencias de tipo decisorio; disponibilidad de recursos propios; la coordinación y gestión de los servicios que se prestan en el territorio; y nuevos mecanismos de participación política y social.

Las ciudades son actores sociales, que incluyen al gobierno local, que articulan

3 Castells, Manuel – Borja, Jordi, “Local y Global- La gestión de las ciudades en la era de la información” – Taurus – Barcelona, 1997. Cap. 1; pp 21.

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administraciones públicas, agentes económicos públicos y privados, organizaciones sociales y cívicas, intelectuales y profesionales, y medios de comunicación social. (Borja y Castells, 1997).

Las ciudades realizan su gestión en una nueva economía global, y al mismo tiempo integran y estructuran a su sociedad local. Se produce una integración entre lo global y lo local que hace necesaria una descentralización administrativa y una participación de los ciudadanos en la gestión municipal, y una política económica local.

Si bien podemos verificar que en muchos países europeos los gobiernos locales están asumiendo nuevas funciones, y adoptando nuevas formas de gestión, ocupando un importante papel en los procesos de reforma estatal; en América Latina los municipios son aún débiles, especialmente en ciudades medianas y pequeñas.

Y por otra parte, asistimos al surgimiento de las “megaciudades”, como nodos de la economía global, que concentran las funciones de dirección, gestión y producción de todo el mundo; los centros de poder político, el control de los medios de comunicación, etc. Ciudades como Tokio, San Pablo, Buenos Aires, Nueva York, entre otras; que al mismo tiempo, se encuentran internamente segmentadas y desconectadas social y espacialmente.

Pero, a pesar de los problemas sociales, urbanos y medioambientales – que se acrecientan con la concentración urbana – es probable que las “megaciudades” sigan creciendo.

Las grandes ciudades se enfrentan al desafío de crear un proyecto de ciudad que considere una nueva base económica, infraestructura urbana, calidad de vida, integración social, gobernabilidad y contar con un liderazgo local. Es decir, debe enmarcarse dentro de un Plan Estratégico, donde los actores públicos y privados den respuestas integradas y no sectoriales a los problemas de empleo, educación, cultura, vivienda, transporte, etc.; que establezcan compromisos público – privados entre los requerimientos del crecimiento económico y del medio ambiente; y donde se configuren nuevos espacios y mecanismos que estimulen la participación política, faciliten la relación entre administraciones y administrados y promuevan la organización de los grupos sociales. (Borja y Castells, 1997).

Los intentos de crear un proyecto de ciudad, basada en un Plan Estratégico de concertación entre las instituciones públicas y la sociedad civil, nos llevan a reconstruir el sentido de la ciudad, del territorio.

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problemas y demandas sociales (inseguridad, marginación, economía sumergida, etc.); y para lograrlo necesitan contar con capacidad global para coordinar la acción pública y poner en marcha mecanismos de participación y reconstrucción de la sociedad.

El espacio de los lugares - las ciudades – hoy en día se encuentra localmente fragmentado y debe ser recuperado.

Los gobiernos locales deben incorporar nuevos elementos que se acerquen más a su propia población, y al mismo tiempo articular lo local con lo global, reconstruyéndose de abajo hacia arriba.

Es necesario que desarrollen relaciones de cooperación con las administraciones públicas superiores, como también con los actores privados, para así poder dar respuesta a problemáticas que trasciendan sus territorios; ya se trate de políticas medioambientales, financiaciones, etc. Estas relaciones deben reemplazar a las relaciones jerárquicas.

Por otra parte, las ciudades deben apostar a la diversidad, y atender las demandas sociales.

Los gobiernos locales se enfrentan al desafío - en un nuevo escenario de globalización, reestructuraciones económicas, políticas y sociales – de convertirse en espacios para el crecimiento económico, la gobernabilidad política y la profundización de la democracia; y cumple un rol fundamental en ello, la participación ciudadana.

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