© Adif
Primera edición: mayo 2020 © De esta edición: Adif
El copyright del prólogo, de los relatos y del epílogo pertenece a sus respectivos autores.
Jefa de Proyecto: Encarna Romero
Dirección editorial: Ítaca Escuela de Escritura
Coordinación: Carmen Giménez Romojaro y Ángeles Lorenzo Vime Corrección de los textos: Jaime Garcimartín
Maquetación: Ángeles Lorenzo Vime
Diseño de Cubierta: Luis Castro y José Manuel Luna
I.S.B.N.: I.S.B.N. eBook: Depósito Legal: Impreso por Bolimac
Impreso en España - Printed in Spain
Reservados todos los derechos. El contenido de esta publicación no puede ser reproducido, ni en todo ni en parte, ni trasmitido, ni registrado por ningún sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sin el permiso previo, por escrito, de Adif.
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PRÓLOGO
Dejando huella… (en la compañía)
Humano anhelo de las personas por realizar un ejercicio de trazabilidad de su impronta en todo aquello por lo que tanto se han afanado a lo largo de su trayectoria profesional, de sus muchos años de trabajo cotidiano: prestar un servicio cada vez mejor a los ciudadanos, crear lazos de compañerismo y amistad, facilitar la transmisión del conocimiento para las nuevas generaciones…
Dejando huella…
(la compañía en nosotros)
Entramos la mayoría en el ferrocarril siendo muy jóvenes e inexpertos en estas lides de los trenes, pero siempre con nuestra mochila repleta de ilusión y con la ambición de acometer nuevos proyectos y metas.
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Con la retrospectiva de toda una vida profesional, el ferrocarril nos ha marcado y forjado como personas a todos sin excepción, brindándonos una profesión apasionante, la oportunidad de disponer de un puesto de trabajo con vocación de servicio público, el descubrimiento de muchísimos lugares y el conocimiento de multitud de personas. Incluso a algunos nos ha dado pie para fundar una familia ferroviaria.
Dejando huella…
(el programa de relatos de Adif)
Dentro de este proceso de doble imprimación al que aludía anteriormente, el programa Dejando Huella de Adif presenta una serie de amenos relatos escritos en primera persona cuyos autores nos recrean con sus vivencias ferroviarias, nos describen algunos de sus muchos logros profesionales y nos dejan vivas imágenes de la transformación de la compañía a la que han contribuido, y también cómo ellos mismos han ido cambiando a lo largo de los años de vida profesional, hasta el punto de que en las fotografías de sus primeros pasos resultan a menudo irreconocibles.
Dejando huella constituye una experiencia única para no perder el tren de la memoria ferroviaria.
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Por favor, no falten a su lectura; los más mayores porque rememorarán tiempos a veces ya lejanos; los más noveles porque valorarán en su justa medida el legado de las generaciones anteriores.
Y dirigido a los compañeros que aún no han escrito su relato: ¡animaos a formar parte del proyecto en sus próximas ediciones! ¡Que tantos buenos recuerdos de vuestra singladura profesional no caigan en saco roto! Yo ya he cogido el papel y el bolígrafo… ¿Tú también?
José Estrada Guijarro DIRECTOR GENERAL DE CIRCULACIÓN Y GESTIÓN DE CAPACIDAD
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LOS VIAJES (SUEÑOS) DE CARMEN
Carmen Giménez Romojaro
Nacida en Madrid, cuarta generación de ferroviarios, amante de los viajes. Mi bisabuelo paterno trabajó en la compañía MCP (Madrid-Cáceres-Portugal) y mis abuelos vivieron su integración en la Renfe (Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles). Mi padre desarrolló su actividad en esa nueva compañía y, en el final de sus días, nunca entendió por qué sus hijos
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trabajábamos en dos empresas diferentes (Adif y Renfe Operadora), cuando todos habíamos ingresado en la misma. El círculo se ha cerrado y ahora veremos nuevas empresas, también de viajeros, circular por las vías del Adif-AV.
Esta maravillosa afición se despertó en mí viajando con la familia, cuando aún estaba en el seno materno. Primero por España, más tarde por Europa y finalmente por el resto del mundo: Egipto, Turquía, Perú, México, EE. UU., el Caribe, Emiratos Árabes, Marruecos y, en especial, Asia.
Quise estudiar Magisterio, sin embargo, me titulé en Informática en la época de las fichas perforadas. Ingresé como factora autorizada para circulación hace más de treinta y ocho años, pero las circunstancias han permitido que desde 1985 mis actividades tuvieran relación con la formación. Por ello he disfrutado tanto de mi trabajo, y espero seguir haciéndolo en esta recta final antes de la jubilación. Es una de las ventajas de trabajar en una empresa tan grande, con todo tipo de actividades y desplegada por todo el territorio nacional. En ella siempre puedes encontrar tu lugar.
Animo a los que se incorporan a buscar su sitio a formarse continuamente para que las oportunidades siempre les encuentren preparados; a aprender de los veteranos y con ellos, pero aportando sus nuevas ideas, sus conocimientos y su
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compromiso; y a contribuir, en fin, al desarrollo de la familia ferroviaria, de esta querida empresa.
Por todos los ferroviarios: pasados (en especial, mi abuelo Joaquín, que me trasmitió el amor por el tren y sus valores de integridad y sacrificio), presentes y futuros…
Carmen Giménez Romojaro FORMACIÓN DIRECTIVA Y DE GESTIÓN
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LOS VIAJES (SUEÑOS) DE CARMEN
La vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por los lugares e instantes que nos quitan la respiración.
Anónimo Introducción
Aún conservo en la retina las impresionantes imágenes de mi último viaje: Shiraz, Persépolis, Yazd, la tumba de Ciro el Grande, Isfahán con su enorme plaza, el gran complejo de mezquitas, palacio, bazar… Acabo de regresar de Irán y he visto una vez más uno de mis sueños (deseos) cumplido. Este viaje, que tanto tiempo llevaba deseando realizar, ha sido el último, pero ya estoy pensando en el siguiente.
En este caso, me ha permitido profundizar en la cultura persa, imaginar cómo era en sus momentos álgidos, en su máximo esplendor, pasear por sus calles, ver sus desiertos, impregnarme de todos sus perfumes en los bazares, conocer diferentes religiones, su forma de entender la vida, sus costumbres, sus comidas y, sobre todo, la hospitalidad de su gente.
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Regreso a mi realidad, otro viaje de largo recorrido cargado de imágenes y recuerdos que no puedo evitar comparar. Un trayecto de ida que termina siendo un círculo por el ferrocarril: primero en Renfe y ahora en Adif. Con sus escalas, conociendo la cultura de cada uno de los destinos, los paisajes, las tradiciones…, pero sobre todo, las personas, entre las que conservo grandes amigos.
Pertenezco a una cuarta generación de ferroviarios: bisabuelo paterno, abuelos materno y paterno, tíos abuelos, padre, y ahora mis hermanos y yo. De momento, la saga ha frenado, pero aún hay tiempo... Desde que estaba en el seno materno he viajado en ferrocarril. Los primeros viajes, cuando íbamos en coches de madera con máquinas de vapor a la finca de mis abuelos maternos en Villa del Prado (Madrid) por la línea de Madrid-Goya a Almorox (vía estrecha). En verano, para ir a la playa, a la Residencia de Tiempo Libre del Grao, en Castellón, tomábamos el Expreso de Renfe. Más tarde, al apartamento de Cullera de mis abuelos paternos, en el Expreso, el Ter o el Intercity. También en los viajes organizados con la ATF (Asociación Turística Ferroviaria), según el destino, hasta en Talgo. Sin olvidar los ferrobuses y los trenes de cercanías.
Comencé el viaje en una academia de azafatas de vuelo para Iberia al mismo tiempo que estudiaba BUP y COU. Tenía prisa. Ya con 16 años había presentado mi currículum, pero la suerte, mejor dicho, la vida, no había elegido
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ese camino para mí. Hasta los 18 años no podría opositar debido a un cambio en la normativa de la compañía aérea y para cuando me llamaron, ya estaba haciendo el curso de ingreso en Renfe.
Mientras tanto, allá por 1979, comencé mis estudios superiores en algo que entonces nadie sabía muy bien en qué consistía y que se confundía con Ciencias de la Información: Informática.
Y aún hoy me pregunto por qué elegí esta carrera en lugar de Turismo, si siempre me ha gustado tanto viajar. Supongo que la razón principal fueron mis padres. A pesar de mi buena trayectoria académica, yo no quería continuar estudiando. Deseaba una carrera que me permitiese incorporarme lo antes posible a la vida laboral; Magisterio, por ejemplo. Mi padre, con su visión comercial, pensaba que sería mejor estudiar Farmacia, por aquello de que disponíamos de un negocio propio. Teniendo ya local, pronto podría ser la boticaria Giménez y encontrar un mancebo para que me ayudara. La Química no me gustaba mucho y Farmacia era una carrera de cinco años, así que no me convenció su propuesta.
Como todos los padres, los míos también deseaban lo mejor para sus hijos, de ahí todos sus esfuerzos para que cursáramos estudios superiores. Mi padre había comenzado Veterinaria, pero lo dejó en tercero, cuando opositó para entrar en Renfe de administrativo. Al tener una jornada de seis horas, siempre
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estuvo pluriempleado para complementar su salario. Fue contable, representante de muebles y hasta vendedor de casas en Ampuriabrava (Gerona), y eso que vivíamos en Madrid. Mi madre trabajó hasta que se casó, porque tuvo que firmar su despido voluntario (!), como marcaba la ley por entonces. Contribuía como una hormiguita, ahorrando de donde podía una peseta, haciéndonos ella misma la ropa, los jerséis…, hasta que un buen día se lanzaron al vacío y «emprendieron». Montaron su propio negocio con mucha ilusión y muchísimo esfuerzo, y sus jornadas ya no tenían fin. Mi padre hacía de chófer y llevaba la contabilidad. Mi madre, que estudió Corte y Confección, hasta cosía las composturas cuando era necesario. Era la especialista en compras y la mejor vendedora y, aunque ya está jubilada, aplica en su vida cotidiana lo aprendido. Siempre dice: «No es mejor vendedor el que mejor vende, sino el que mejor compra». Con su ejemplo, mi padre y mi madre nos trasmitieron que la suerte no existe, que siempre es fruto del esfuerzo y el trabajo.
Por aquellos años, mi padre trabajaba en Delicias, donde disponían del mayor ordenador IBM de España y sabía que los ingenieros estaban muy demandados, bien pagados y que tenían un gran futuro. De ahí que la segunda opción fuera Informática. Así, finalmente, en 1979 me matriculé en la Universidad Politécnica, en la entonces Diplomatura de Informática, pues aún no existía la ingeniería. Apenas éramos cien alumnos entre la primera y la
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segunda promoción. Era la época de las fichas perforadas y el ordenador ni lo veíamos porque estaba en el Ministerio de Educación.
He de reconocer que no fue sencillo aquello de la informática; podría tener mucho futuro, pero el presente se planteaba difícil. Cuando una está acostumbrada a sumar en base diez, llegas a clase y te dicen que «uno más uno es cero y te llevas uno», se te rompen los esquemas. Y eso, junto con el descubrimiento del mus en la cafetería, hizo que la buena estudiante comenzara a tener suspensos, a excepción del Inglés, que superé sin problemas, al igual que otras asignaturas más comunes, como Estadística, Física o Electrónica. En 1980, mi hermano mayor decidió presentarse a Renfe y me pidió que me presentara con él. Confiaba en que podría ayudarle, pues yo tenía más recientes los conocimientos sobre algunas de las materias de las que nos tendríamos que examinar. Una amiga de la familia y compañera de promoción de mi padre nos facilitó las instancias. Había plazas de ayudante de maquinista, interventor y factor autorizado para circulación. Fuimos al examen sin decírselo a nuestros padres. Así que cuando llamaron para comunicarme que había aprobado y citarme para el reconocimiento médico, mi hermano, que cogió el teléfono, insistió en que debía ser un error en el nombre. Pero no, no había tal error. Era yo quien había conseguido la plaza (él entraría unos meses más tarde). Tan pronto superásemos el reconocimiento médico empezaríamos la formación,
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que duraría seis meses, pues se estudiaba Tarificación, Comercial, Geografía Ferroviaria, Frenado, Vagón Completo y, por supuesto, todo lo relacionado con Circulación. En esta segunda promoción de «la calle», durante la formación no percibíamos emolumentos y así no podíamos reclamar la antigüedad, como había pasado con los de la anterior.
Todavía no me había atrevido a decírselo a mis padres, pero al final no tuve más remedio porque ya estábamos en mayo y el curso empezaba en junio. Como era de esperar, no les gustó nada la idea; les convencí solo tras comprometerme a terminar mis estudios. El comienzo del curso de Renfe coincidía con el final de las clases de la facultad, por lo que no había mucho problema. El lío vino en septiembre, porque tenía clase en Delicias de ocho a dos de la tarde y de cuatro a nueve de la noche en la universidad, y así hasta diciembre. Recuerdo los muchos kilómetros recorridos en transporte público, el tiempo invertido en los traslados y, lo peor: al llegar a casa, aún había que estudiar.
Aunque fue muy sacrificado, superé el examen final del curso en Renfe con buena nota, lo que me permitió elegir Madrid Atocha. El título universitario también lo obtuve, pero más tarde…
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Primera escala: comienzo las prácticas
El 16 de diciembre hice la primera escala del gran viaje que comenzaba en el ferrocarril.
Nos presentamos mis ocho compañeros varones y yo, la única mujer, al jefe principal de Atocha P. V. (Pequeña Velocidad), el señor Jiménez. Las dependencias incluían la Estación Centro de TIDE, el Paquexprés, el Removido, el puesto 2, Cerro de la Plata y hasta Santa Catalina.
Por aquello de causar buena impresión el primer día, me vestí de un modo que, a la postre, resultó totalmente desafortunado: un abrigo capa color beis y unas botas de tacón. Y es que no me podía imaginar que, tras firmar todos los documentos necesarios (acreditación ferroviaria, adhesión al Colegio de Huérfanos, cartilla del economato, solicitud de uniforme, etc.), tuviéramos que hacer todo el recorrido por las instalaciones e incluso demostrar, en mi caso, que era capaz de mover el «queso», como denominábamos vulgarmente a las marmitas. Además, eso se comprobaba durante el reconocimiento médico con la prueba de fuerza.
Para dotarnos del uniforme podíamos escoger entre El Soldado Desconocido y El Corte Militar. Como se deduce por los nombres, eran sastrerías de uniformes militares, y como en aquella época las mujeres no podían formar parte del Ejército, no tenían costumbre de confeccionar pantalones o guerreras
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con corte femenino, y mucho menos faldas. Fuimos en pequeños grupos a tomarnos las medidas, y menos mal, porque las medidas del pecho o del tiro de pantalón me hicieron avergonzar, sobre todo, cuando el sastre me preguntó: «¿Y tú de qué lado cargas?». Mi cara de sorpresa y las risas de mis compañeros no se me olvidarán nunca, y el resultado, después de tantas medidas, tampoco. Menos mal que mi madre pudo arreglarme todas las prendas.
Comenzamos las prácticas pasando, según gráfico, por todos los servicios, a excepción, en mi caso, del puesto 2, que no disponía de inodoro. En febrero solicité hacer el servicio de noche para poder presentarme a los exámenes de la facultad, renunciando expresamente al plus de nocturnidad, pues al estar de prácticas no podíamos generar más gastos. Me lo denegaron. ¿La razón? Que no les parecía bien que una mujer trabajara sola con dos hombres: el factor de circulación y el especialista. La solución fue encontrar otra compañera interesada en hacer el turno de noche conmigo.
El mobiliario del gabinete era una mesa, una silla y un banco corrido cuyo respaldo era la propia pared. Aunque no era cómodo, podíamos estudiar. Salvo las salidas y entradas de «los hombres de Harrelson», como denominábamos a los de electrificación cuando salían con su vagoneta, y alguna máquina aislada, el turno de noche no tenía mucha actividad. Debo agradecer al compañero Carrasco, nuestro tutor en esos momentos, la paciencia que tenía con nosotras,
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lo bien que nos cuidaba y que nunca nos reprochara lo incómoda que resultaba nuestra presencia, sobre todo por la falta de sillas.
Carrasco consiguió el traslado a su Andalucía natal poco después. Daba gusto asomarse al vagón dónde colocó su mobiliario y enseres; todo ordenado y limpio, colocado con gran esmero. Esas mudanzas corrían entonces a cargo de Renfe como un beneficio social más.
El turno de mañana, en el Removido, era una locura. Había que descomponer los expresos que llegaban a Atocha procedentes de todas las provincias andaluzas; enviar las máquinas al depósito; el material que lo requería, al taller, o donde lo demandara el Grupo de Reparto... Las maniobras no paraban, llenando el Culatón, la Sapo, la Sapillo..., todos los apodos de vías imaginables. El premio al acabar tanta clasificación de material era un buen almuerzo. Allí probé por primera vez las gachas, pero también se degustaban estofados, sardinas o barbacoas. Ya os decía que la trayectoria ferroviaria tenía mucho que ver con lo vivido en mis viajes. La cultura gastronómica en Renfe era muy importante por aquel entonces, y hasta teníamos un recipiente con nombre propio: la olla ferroviaria. El café lo tomábamos en la cantina de Zapata, un ferroviario muy conocido por lo bien que cocinaba. Otras veces, solo si iba acompañada por un hombre, pasábamos a la cantina del cuartel, en la avenida Ciudad de Barcelona, que tenía su «atractivo» y unos precios muy baratos.
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Al cabo de unos meses, desde la zona (en nuestro caso, la 2.ª) se decidió que rotáramos por las líneas, así conoceríamos las particularidades de los distintos tipos de bloqueos y las diferentes instalaciones de las estaciones. He de aclarar que la Renfe estaba organizada territorialmente en zonas, cada una con su director como máximo responsable, de ahí que los números de teléfono interiores comenzaran por 1, 2, 3, hasta el 6; esto nos permitía distinguir a cuál de ellas llamabas, una singularidad que aún perdura.
Segunda escala: prácticas por la línea Madrid-Guadalajara
Comencé mi periplo en la estación de Coslada San Fernando, que además de bloqueo automático tenía el CTC con Chamartín. También contaba con un paso a nivel con barrera. Era una estación tan bonita que hasta ganaba premios por su limpieza y por lo bien cuidado que tenía su jardín. Gracias a la mano de Antonio, el especialista que se ocupaba de mantenerla.
Siempre que pienso en esta estación o paso por ella me viene a la memoria una anécdota que protagonicé sin querer, con un tren militar. Fue tan sonada que al cabo de los años supe por una compañera trasladada a Bilbao que hasta allí se rieron de la situación. Una mañana en la que había muchos trenes militares estuve rellenando cada telefonema recibido con las indicaciones de la
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ocupación del jefe de la fuerza1 y, a su vez, pasándoselos al colateral, otro compañero de promoción en prácticas. Al paso de uno de los trenes, el puesto de mando nos ordenó detenerlo para entregarle un Ex-M. 1052 con alguna indicación que no recuerdo. Lo estacionamos en una de las vías secundarias sin andén. Entonces, el factor de circulación me dijo:
—Si quieres, ve tú a la cabina a llevar el documento al maquinista; cuando te firme y todo esté correcto, me avisas y yo abro para que le des la salida.
Así lo hice, le di la salida, pero sin comunicárselo al jefe de la fuerza, que tenía que haber dado el aviso para que todos los soldados estuviesen en el tren. Tendríais que haber visto a los soldados correr por el balasto para intentar subirse en marcha. Me puse nerviosísima, no sabía si desplegar el banderín, solo oía las voces de los viajeros que estaban en el andén esperando sus cercanías y los improperios de los soldados al paso, y no podía escuchar con claridad lo que me indicaba el compañero desde el Gabinete (igual era Ruíz, un factor de circulación con el que aprendimos mucho). Al final consiguieron subir al tren, y ha tenido que pasar mucho tiempo hasta poder reírme recordando el percance.
Después, me enviaron a Guadalajara. Allí, la anécdota fue con el cantinero: se había parado un tren militar en el andén principal, los soldados bajaron a beber
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y comer en la cantina y el hombre temía que alguno se fuera sin pagar. Cuando vio que me dirigía a dar la salida al tren, me dijo:
—Niña, tú no pites hasta que yo haya cobrado a todos.
Así lo hice. No sabía dónde meterme, con la gorra calzada hasta los ojos, colorada como la funda de la susodicha, por el bochorno de escuchar la retahíla de «piropos» que recibí. Eran tiempos difíciles para las mujeres ferroviarias; cuando los viajeros no nos decían aquello de «fregando tenías que estar», nos decían: «lo que hay que ver, quitándole el pan a un padre de familia», o cosas por el estilo.
Más tarde me enviaron a Torrejón de Ardoz para conocer la derivación particular de mercancías, y creo recordar que también a Azuqueca de Henares.
Tercera escala: comienzan las responsabilidades (junio 1982 - octubre 1983)
Por fin volví a Atocha, esta vez a G. V. (Gran Velocidad, actual edificio del jardín tropical). Era la primavera del 1982 y se había producido una baja de larga duración del factor de la carga, quien había sufrido un infarto. Además,
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hacía falta personal de todo tipo y ya no podíamos seguir de prácticas. Me presenté al jefe principal, el señor Vallejo. Me recibió y acompañó para indicarme dónde debería prestar servicio y presentarme a los compañeros; durante el recorrido le pregunté por el horario y los descansos:
—El servicio es de cuatro de la tarde a doce de la noche y se descansa los miércoles.
Mi respuesta no se hizo esperar:
—Y el bisemanal, cuándo es, ¿martes o jueves?
¡¡No pude empezar peor!! Según me dijo, allí era habitual cobrar los bisemanales y los festivos, pero el horario de clases coincidía. Le dije que yo necesitaba esos días para ir a la facultad a por las fotocopias de los apuntes de los días que no podía asistir, a realizar las prácticas, a entregar los trabajos, etc. Si no lo solucionaba, tendría que dejar la carrera. Además, quería tiempo para poder divertirme y gastarme lo que ganaba, aunque esto último solo lo pensé, no llegué a decírselo…
Otro momento de fricción se produjo cuando nos exigieron ponernos los uniformes. Las factoras, peonas, peonas especializadas y especialistas no disponíamos de vestuarios ni de duchas para poder cambiarnos, así que nos
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negamos. Tuvieron que adecuar los únicos vestuarios que existían para separarlos por sexos.
Resultaba tan novedosa la incorporación de la mujer a estos y otros trabajos en el ferrocarril, hasta entonces solo ejecutados por hombres, que el desaparecido diario Ya publicó en abril de 1982 un reportaje, en su revista dominical, del que formamos parte Toñi, factora de servicio en la secretaría; compañeras de talleres; peonas y peonas especializadas; una ayudante de maquinista; y yo misma, como factora autorizada para circulación, porque en ese momento estaba completando mis prácticas de circulación (ejercí de factor sencillo antes de haberlas concluido). Esta casualidad también me permitió dar la salida al último viaje del «Platanito» con destino a Jaén. Era un prototipo de electrotrén basculante, apodado Platanito por los colores de su decoración, con un diseño aerodinámico y que podía alcanzar altas velocidades. La llegada del Talgo pendular lo hizo desaparecer.
Según normativa, se podía solicitar el cambio de turno por estudios, así que, cuando comenzaban las clases, pasaba a turno de mañana y rotaba por otros servicios: facturación de equipajes, Paquexprés de llegada y salida, con los vigilantes de andén, recepción de bultos y equipajes, etc. Recuerdo con mucho cariño a Rodríguez, más conocido por su apodo, el Marqués de Velliscas; a Pelillo (en este caso es apellido, aunque no lo parezca); y a Benito, el mejor peón, sin el que no hubiera podido rellenar tanta etiqueta para los bultos,
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además de que me habría dejado el sueldo en pagar las rectificaciones de tasas por no tener en cuenta el volumen de los bultos a la hora de calcular el precio de la expedición. Me trataban como a una hija, con todo el cariño, y me enseñaron todo lo que con su veteranía habían aprendido. Por ejemplo, se sabían de memoria las distancias kilométricas, claves para calcular el precio de facturación; yo, sin embargo, perdía mucho tiempo en buscarlas en la chuleta. Las acabé aprendiendo como ellos, claro, y después de tanto tiempo, sigo recordándolas.
En esos momentos había dos generaciones muy diferentes: los que ya estaban a punto de jubilarse o pensaban en ello y los recién ingresados en las dos convocatorias de la calle, por lo general, muy jóvenes. En este segundo grupo habría que añadir a los militares en prácticas, de varias promociones. Los conocimientos y la experiencia de unos, junto con el entusiasmo de los otros, hicieron que el ambiente de trabajo fuera muy bueno. Formábamos equipos de lo más variopintos, pero siempre con ganas de pasarlo bien, lo que facilitaba el trabajo. Los factores ayudábamos a cargar y descargar bultos sin problemas; los peones ayudaban con las etiquetas, a reparar bultos con la cuerda (la cinta adhesiva no estaba en la dotación) y lo que se necesitara. Una mención especial para Eladia, la peona que cargaba los bultos de la levadura de dos en dos, (lo normal era llevar solo uno, pues pesaban 12,5 kg) para que sus compañeros no protestaran por tener una mujer en el equipo.
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Los más jóvenes, solteros en su mayoría, compartíamos salidas después del turno y los días de descanso, así se produjeron varios emparejamientos que aún hoy perduran. Esta gran familia se vio aumentada con sus descendientes, que ahora son ya ferroviarios también.
Me fui alejando del grupo de amigos de la facultad, del instituto y del barrio, ya que no podía salir con ellos los fines de semana, pero fui haciendo nuevas amistades entre los compañeros de trabajo. Uno de ellos, Javi, me presentó a Julio, mi esposo y el padre de mis dos hijos. Durante el verano recorríamos por las noches las fiestas de los pueblos de la Comunidad de Madrid, e incluso más allá… ¡Qué buenos momentos y cuánta juventud!
De esta etapa conservo también en el expediente varios pliegos de cargo, como buena factora (o por qué no factriz, como diría mi amiga Virginia), aunque quedaron en sobreseimiento o amonestación privada. Las causas: un mal encaminamiento de una expedición, otra de más de veinte bultos que llegó incompleta a su destino o, la peor, una maleta que se quedó en el almacén y su propietaria la reclamó en destino, donde llegó al día siguiente. Tras el pliego de descargo se quedó en carta de censura.
Cuando ya había logrado compaginar mi situación laboral con la académica, llegó la convocatoria de Movilidad y tuvimos que solicitar la residencia definitiva. Salieron plazas en toda la geografía ferroviaria y a la hora de pedir destino lo tuve claro, por este orden: Zonas 2.ª, 1.ª, 4.ª y 3.ª (incluida la Oficina
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de Viajes de Algeciras). Sumaban más de cien puestos y trescientas vacantes. Entre Cataluña y el País Vasco no quise elegir; además, el jefe de estudios, el señor Hurtado, que apareció cuando estaba cumplimentando el modelo, me dijo:
—Con el número tan bajo que tienes dentro de la promoción, seguro que te quedas en Atocha.
¡¡Vaya ojo!! Claro, que no sabíamos que en la misma convocatoria se tenían que acoplar también varias promociones de militares, que tenían menos antigüedad en el cargo que nosotros, pero más antigüedad en la red, por lo que se pusieron por delante. Cuando se resolvió, me había tocado Barcelona Casa Antúnez (Can Tunis).
El 15 de octubre de 1983, al llegar al flamante vestuario para uniformarme antes de tomar servicio, me encontré a mi amiga Virginia llorando amargamente. Ella había estado en turno de mañana y ya le habían dado la mutación a Barcelona y, según me dijo, la mía también me la entregarían esa tarde. Aunque sabíamos que tenía que llegar, la noticia me cayó como un jarro de agua fría y acompañé en la llantina a Virginia. La siguiente reacción, en mi caso, fue solicitar la demora de traslado por estudios, ya que seguía matriculada en la universidad. No sirvió de nada. De hecho, nuestras mutaciones fueron las primeras de toda la Delegación en ejecutarse. En siete días (uno por cada cien kilómetros o fracción) deberíamos presentarnos en nuestro nuevo destino.
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Mi padre me acompañó en el que sería mi primer viaje «de costa a costa» (ir una noche en el expreso Costa Brava a Barcelona y volver la noche siguiente en el de regreso). Menos mal que eran días azules y, como el suplemento de litera nos costaba solo la mitad, no llegaba a mil pesetas por trayecto. Quería conocer mi destino y, sobre todo, localizar un alojamiento para cuando llegáramos Virginia y yo.
Tan mal se nos dio el día que a la vuelta quería romper mi carné ferroviario. Para mi padre también fue duro, pues, aunque tengo dos hermanos varones, era su única hija y lo de independizarme tan joven no le parecía adecuado. Quitando el viaje de fin de carrera a Ibiza, que había sido mi primer viaje en avión, nunca había estado fuera de casa más de un fin de semana. Además, iba a gastarme en alojamiento, manutención y viajes a Madrid casi lo que ganaba. Y, por si fuera poco, todavía tenía que preparar el proyecto de fin de carrera para obtener definitivamente el título. Mi futuro era turbio.
Cuarta escala: Barcelona y la implantación del SACIM (octubre 1983 - octubre 1986)
La verdad es que Barcelona no nos recibió nada bien. En plena gota fría, en el puente del Prat se desguarneció la vía y llegamos tarde a nuestra presentación. Ir a Casa Antúnez resultaba complicado en transporte público, como ya
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habíamos «sufrido» mi padre y yo. El recorrido del autobús municipal pasaba por el cementerio de Montjuic y te dejaba en la Zona Franca. Después había que caminar varios kilómetros por el polígono industrial, incluida la cementera, que te dejaba los zapatos asquerosos. El único núcleo habitado era un poblado chabolista donde se trapicheaba con drogas. Menos mal que por aquella época la empresa fletaba unos autobuses (o trenes, en el caso de Atocha-Villaverde), denominados obreros, para los trabajadores. Salían diariamente, para los cambios de turno, desde Barcelona Sans o Término a Casa Antúnez, y viceversa. Cada autobús recorría todos los edificios de la terminal, dejando al personal en su dependencia.
Cuando por fin nos presentamos al señor Sacramento, que así se llamaba el secretario, comprobó su planilla (un DIN A3 de aquellos con cuadros: por una cara, los que llegábamos y por la otra, los que se iban) y nos asignó servicio en el Paquexprés. En nuestra situación, este servicio era de los mejores que nos podía tocar, porque cerraba los domingos y festivos, los bisemanales se disfrutaban los sábados y no se hacían noches. Además, tuvimos suerte, porque al principio nos asignaron el mismo turno a Virginia y a mí, para que pudiéramos buscar piso más fácilmente.
La primera noche encontramos una pensión cerca de Sans, recomendada por los compañeros de la estación. Estaba saturada, había camas por todas partes. Pero bueno, era para salir del paso, solo para las dos primeras noches.
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Al día siguiente encontramos un anuncio de un piso doble con habitaciones libres para alquilar. Estaba cerca de la estación de Término y nos venía muy bien para ir a trabajar cada mañana. Recuerdo que la propietaria era una ilustre dentista de Barcelona que vivía en una casa señorial de la avenida Diagonal. El único requisito que nos exigía era que no trajéramos hombres. Para nosotras era un gran inconveniente porque teníamos previsto compartir piso con dos compañeros de Madrid, José María y Olga, y ella, además, estaba casada y contaba con que su marido, Antonio, viniera a visitarla. Finalmente, como no sabíamos cuando aterrizarían en Barcelona, decidimos alquilar el piso para abandonar cuanto antes la pensión. Lo de José María y Olga ya lo solucionaríamos más adelante.
La prisa por salir de la pensión se debió, entre otras cosas, a que cuando llegamos de trabajar el segundo día encontramos toda mi maleta revuelta. Mi sorpresa fue mayúscula. Aunque solo me faltaban cosas de aseo, no podíamos dejar de pensar que también podrían haberse llevado el poco dinero que teníamos, y en el disgusto que se llevarían nuestras familias si se lo contábamos...
Cuando le dimos la dirección de nuestro nuevo apartamento al taxista que nos llevó, este dijo:
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Le contestamos que íbamos a trabajar en la estación de Barcelona Termino y que nos venía muy bien la zona. Con mucha amabilidad, nos informó de que era el barrio de la Barceloneta y que procurásemos no salir por la noche, que no había muy buen ambiente. Nos quedamos moscas, la verdad, pero, dada la edad del taxista, nos miramos las dos como pensando: «¡Qué va a decir este abuelito!».
Nos abrió la puerta una señora muy mayor, supereducada. La casa era antigua, con mobiliario de buena calidad, pero muy clásico, y tenía unos techos muy altos de los que colgaban unas hermosas lámparas de araña que, por lo menos a mí, me gustaron. Nos trasladó a nuestra habitación. Fui a encender la luz y de la lámpara salieron chispas. Los plomos saltaron y nos quedamos a oscuras. Se oyeron blasfemias a gritos.
Alguien encendió las luces de nuevo. Nos miramos sorprendidas; no sabíamos si llorar, si no salir de la habitación o ponernos a contar los minutos que faltaban hasta la mañana siguiente y no regresar más. Lloré en silencio mientras Virginia, a pesar de que yo no quería que lo hiciese, salía al salón para enterarse de dónde nos habíamos metido. La escuché hablar con dos mujeres.
Cuando, después de un rato, regresó Virginia escandalizada, tuvimos claro que al día siguiente nos teníamos que marchar. ¿Pero a dónde? Estuvimos toda la
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noche escuchando la lluvia caer, entre lágrimas, algunas risas y miradas al reloj. Fue una de las noches más largas de mi vida.
La cuñada de Virginia vivía en Barcelona y, muy amablemente, nos acogió de manera provisional en su casa, en la calle Mallorca, justo enfrente de la Sagrada Familia. Teníamos una semana para encontrar nuestro piso definitivo.
Tras estos inicios tan atropellados, al final encontramos un piso en el que nos quedamos hasta concluir nuestra estancia en Barcelona. Tenía unas vistas maravillosas a la Sagrada Familia. Cada día observábamos cómo evolucionaban las obras. Como a la gota fría que nos recibió le había sucedido un invierno muy frío, pudimos ver hasta el estanque congelado y los niños patinando en él. Allí venían nuestros compañeros militares a cambiarse de ropa para irnos de marcha por Barcelona. También allí hicimos nuestras primeras fiestas, teñimos la ropa de José María de color rosa y aprendimos a cocinar. Charlábamos, compartíamos habitaciones cuando venían nuestros familiares o parejas, nos apoyábamos cuando, sobre todo yo, tenía mis crisis de alergia y un largo etcétera. Hacíamos turismo y en verano disfrutábamos de las playas, lo que nos permitió conocer desde Portbou hasta el delta del Ebro. Fue nuestro erasmus particular, unos recuerdos y unas vivencias inolvidables. Supongo que nuestra juventud de entonces —teníamos 18 o 20 años— contribuyó a que nos formáramos esos bonitos recuerdos. Pero lo más importante fue que allí Olga,
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José María, Virginia y yo fraguamos una gran amistad, que espero y deseo que siga perdurando toda la vida, como hasta ahora ha sido.
Una vez ubicados, era momento de pensar en el trabajo de la facultad. Ya tenía tutor asignado, pero como solo podría ir a Madrid en fin de semana, no podría verle. Otro problema era acceder a un ordenador, ya que también la facultad estaría cerrada. Intenté acceder a la Politécnica de Barcelona, pero era demasiado tarde. Además, en Barcelona no había curso puente y si me matriculaba en la superior, solicitando convalidaciones, no entendería nada, pues las clases se impartían en catalán.
Así las cosas, lo intenté por mis medios. Adquirí un Oric Atmos de 48 kB en la Barceloneta, junto con un casete y cintas para grabar. Como para mí el dibujo lineal siempre había sido un problema, y más aún las proyecciones y perspectivas, opté por programar un curso de enseñanza asistida por ordenador (EAO) sobre los contenidos de la asignatura de Dibujo de los cursos 1.º y 2.º de BUP. Lo hice en código máquina y lo proyecté en la televisión de mi abuela, por ser la que vivía más cerca de la facultad. La presentación en el salón de actos fue muy rudimentaria, pero funcionó. Saqué un sobresaliente y el presidente del tribunal, que también era ferroviario, no me puso cum laude, según dijo, por la mala redacción. ¡Pero si yo soy de ciencias! Era la expresión de entonces para diferenciarnos de los de letras. Hoy, a las
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carreras de Ciencias se las llama CTIM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).
En junio de 1985 me fui a Madrid durante dos semanas para recibir la formación de formadores del SACIM (sistema automatizado de control e información de mercancías), para implantarlo en todas las terminales de la 5.ª Zona. Así empezaron mis viajes de servicio por Cataluña y Aragón.
También descubrí países nuevos, sus costumbres, su cultura y, sobre todo, sus gentes. Fue en las vacaciones de ese año cuando hice mi primer viaje al extranjero: Paris y el Benelux, con mis padres y organizado una vez más por la ATF.
Los meses siguientes se pasaron volando. Cada semana, un grupo nuevo de alumnos a los que formar, más personas que conocer, más historias que descubrir. Impartíamos las clases en el Centro de Procesos de Datos (CPD), donde Francesc Franco (qué ironía sería actualmente) nos colocó en la sala de los analistas y nos proporcionó ordenadores.
Este fue el primer contacto con la enseñanza, que me acompañaría siempre a lo largo de mi vida ferroviaria. El gusanillo se mete dentro y engancha porque hace que te sientas útil. Facilitas el trabajo a los demás; en ese caso, aplicando las nuevas tecnologías; quitas los miedos a lo desconocido; ayudas en los procesos de cambio; y en el mejor de los casos, contagias tu entusiasmo.
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Cuando se fijó la fecha para la implementación, el 1 de diciembre de 1985, aún no habíamos comenzado con la formación del personal de Zaragoza, que era amplio, por todas las dependencias y terminales: Delicias, La Almozara, Arrabal… Así que habría que desplazarse y dedicarle las siguientes semanas de manera intensiva. Me ofrecí voluntaria, puesto que el otro compañero con el que tenía que rotar era de Barcelona y vivía con sus padres; sin embargo, yo estaría más cerca de casa, cobraría más y coincidiría con mi hermano pequeño, que estaba haciendo allí la mili.
El 2 de noviembre de 1985 me presenté al delegado de transportes en Zaragoza Portillo. Debía indicarme dónde impartiría las clases, los horarios, los alumnos, etc. La sorpresa fue que debería ser yo quien se desplazara a cada una de las terminales para formar sobre la marcha, mientras estaban de servicio y según su carga de trabajo, a los factores, y en el mejor de los casos, siempre que la línea o el ordenador central no se cayeran.
Iba a Zaragoza Delicias cada mañana y, si había mucho trabajo, me desplazaba por las vías a la Almozara, a ver si tenía más suerte, o llamaba a Arrabal para comprobar su carga de trabajo, o a las personas que estaban de servicio, por si aún no habían recibido la formación. Así mañana y tarde. Por la noche «dormía», si podía, en el cuarto de agentes.
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Era época de naranjeros (trenes cargados de naranjas para la exportación), por lo que cambiaban de máquina en Zaragoza Portillo, y estas, que eran diésel, estaban continuamente encendidas, con el ruido al pie de la ventana. Si te asignaban los dormitorios que daban a la calle, eran el ruido de los taxis lo que escuchabas. Para más suerte, estaban pintando las habitaciones, por lo que el olor, con la calefacción a tope, se hacía insoportable. Me veía obligada a abrir la ventana, con el cierzo o el moncayo soplando, que nunca alcancé a distinguirlos. Era tal el frío que pasaba, que tuve que comprarme unos guantes para evitar que me salieran sabañones en las manos.
Por fin, el día 1 de diciembre, llegaron para estar presentes en la puesta en servicio, entre otros, los responsables de Madrid, los señores Aza y Juanas, y el de Barcelona, el señor Nogueira, que era mi jefe, un gran jefe.
Todo el personal disponible estuvimos tomando nota del material que había en Zaragoza Delicias para darlo de alta en la aplicación. A media tarde, cuando ya había anochecido, alguien se percató de que no habíamos comido y nos trajo unos bocadillos, que engullimos mientras seguíamos dándole a las teclas. Como gracias al esfuerzo de todos había resultado factible, los de Madrid, que se iban esa misma noche, nos dijeron que al día siguiente lo hiciéramos en La Almozara. Al llegar por la mañana, casi nos da algo. El puesto de mando, para evitar mucha carga de material en Delicias, lo había enviado allí. Así que nos
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pusimos manos a la obra. Con menos personal y muchos más vagones, pero también se consiguió.
Una vez finalizada la implantación desde Zaragoza hasta Cérbère, se puso en marcha el Puesto Zonal de Vigilancia (PZV), donde presté servicio, alternándolo con los cursos cuando era necesario, hasta el ansiado regreso a Madrid. Volví a la estación de Atocha el 23 de octubre de 1986, donde presté servicio en diversos puestos como factora, alternándolos con los cursos de SACIM. Finalmente, hasta el traslado a la Dirección de Formación, trabajé en la Delegación.
Por cierto, ese verano, el viaje familiar fue al Adriático: visitamos ciudades de Italia, Grecia y la antigua Yugoslavia, que fue el primer país comunista que conocí.
Quinta escala: la Escuela de Gestión (noviembre 1987 - julio 1997) En 1987, la Dirección de Formación cambió su organización, creando centros de formación por especialidades: Conducción y Circulación (Madrid Delicias), Microelectrónica (Valencia Fuente San Luis), Mandos Intermedios (Madrid P. Pío) y Gestión (Caracola 20, Madrid Chamartín).
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Las pruebas de selección para formar parte del equipo en el área de Ofimática consistieron en un examen escrito sobre lenguajes de programación, en dinámicas de grupos, entrevista personal e impartir una clase sobre un tema libre. Esta última fue la más complicada para mí. Teníamos que impartir la clase ante una cámara que grababa en automático, es decir, con el aula vacía, sin alumnos. Creo que, como formador, es el peor escenario que te puedes encontrar: no sabes a dónde mirar, no recibes feedback, las preguntas son retóricas, pues nadie las va a responder… De todos los cursos que ya había impartido antes de esa prueba y de los muchos más que he impartido después, sigo pensando que fue la sesión más difícil. Pero no debió salir mal del todo porque superé el proceso de selección.
El grupo lo compusimos un veterano profesor de la escuela de aprendices de Madrid, una bellísima persona (al que casualmente conocía desde niña por ser cliente, más su esposa que él, del negocio de mis padres), y los seis recién seleccionados. Todos éramos jóvenes titulados en Informática, Física o Telecomunicaciones, ingresados en Renfe en la convocatoria «de la calle» de 1981 como factores autorizados para circulación, peones, visitadores de material o especialistas de estaciones.
Creo que esta «escala» ha marcado mi vida personal y laboral, por supuesto, en positivo. Como dicen los taurinos, «no hay quinto malo», y yo, como aficionada a los toros, lo refrendo. En lo personal, marcó mi vida porque
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durante los casi diez años que estuve en la Escuela de Gestión me casé y nacieron mis dos hijos. En lo laboral, porque siempre me he sentido y me sentiré orgullosa de formar parte del colectivo que con tanto esfuerzo y entusiasmo participó en su puesta en marcha, contribuyendo al desarrollo de la empresa e inmerso en un tiempo de cambios y progreso: el comienzo de la transformación digital (como se cuenta en otro relato).
La mayoría de los integrantes del área de Ofimática venían de otras residencias (Valencia, Irún, Santander, Valladolid…) y al principio estaban solos en Madrid. Como no había nadie que les esperara en casa y sí mucho trabajo que hacer, los horarios no tenían fin: diseñar los cursos, preparar los acetatos (transparencias) y los manuales, colocar en las aulas los equipos y ponerlos en marcha, gestionar los hoteles para los alumnos que lo necesitaban, etc.
Más tarde, una vez situados, comenzaron a traer a sus familias, y entonces quedábamos los fines de semana y hacíamos turismo, compartiendo la gastronomía local, por supuesto. Así fuimos «engordando» las futuras madres (también las mujeres de mis compañeros varones). La familia crecía al tiempo que nuestra amistad, que aún perdura. En cada curso se hacía una foto de grupo, que luego se enviaba como recuerdo a cada alumno, por lo que conservo una gran muestra gráfica de la evolución de mi embarazo y de los de las demás, con las fotos de los fines de semana.
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El anagrama que identificaba la Escuela consistía en un dibujo del edificio de la Caracola 20, donde se ubicaba. Nosotros lo llamábamos la casita, nuestra casita. Aparecía en todos los documentos, folletos y materiales e iba acompañado del lema «Una inversión con mucho futuro». Ya vaticinaba lo que significaría para todos nosotros, los primeros en llegar, pero creo que también para los demás formadores y responsables que se han ido incorporando a la familia a lo largo de los más de treinta años que ya ha cumplido. Para tal evento celebramos una grata comida, como merecía la ocasión, en la que nos reencontramos compañeros de Renfe y Adif, tanto los que seguimos ejerciendo como los que ya se jubilaron.
La Escuela era puntera en equipos y sistemas. Compartíamos una de las primeras redes instaladas en Renfe y, aunque a finales de los ochenta era muy raro poder comprar por internet, nosotros accedíamos a El Corte Inglés para hacer las compras.
Se producían grandes acontecimientos: comités de dirección, ruedas de prensa (como la que se llevó a cabo con motivo de la adjudicación del material para el AVE), recepción de las delegaciones internacionales, reuniones importantes, cursos… Recuerdo especialmente el impartido a los representantes mozambiqueños por las situaciones que provocaban: cada vez que un formador entraba en clase, todos a una se ponían en pie (esa muestra de respeto en las aulas españolas ya había quedado obsoleta); a mí me llamaban
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señora Carmen, aunque era mucho más joven que ellos. Por más que insistiera en que con Carmen era suficiente, porque encima me recordaba a la portera de casa de mi abuela, que así la llamaban los vecinos, ellos seguían con el tratamiento de señora. Otra anécdota se produjo cuando todos pidieron una tarde libre. No sabíamos para qué, pero lo entendimos al día siguiente cuando muchos de ellos aparecieron con gafas. Habían ido a una óptica, puesto que en Mozambique eran difíciles de adquirir.
En cuanto a los cursos, con lo mal que lo había pasado en la carrera con la asignatura de Sistemas Operativos, tuve que impartir muchos de introducción a la informática y de MS-DOS, el sistema operativo instalado en los ordenadores. Entregábamos un disquete que había que formatear. Alguna vez, por error, los alumnos formateaban el disco duro. Para evitarlo, mis compañeros programaron una macro que al primer intento de formateo te preguntaba si estabas seguro; al segundo, emitía un aviso acústico; y al tercero, respondía con un mensaje subido de tono que yo desconocía y que, cuando me saltó por primera vez, me sentí tan abochornada que tuve que disculparme ante los alumnos. En el siguiente descanso fui a buscar a los «autores» para echarles la bronca (casi se les cae la barba que ambos lucían) y finalmente cambiaron el mensaje. Eso sí, el procedimiento resultó muy eficaz porque nunca más se volvieron a formatear los ordenadores por error.
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Por aquellos años reingresaron las mujeres que habían tenido que dejar la empresa al casarse. Todas eran grandes expertas en taquimecanografía, pero después de tanto tiempo se encontraban ante un panorama muy diferente al que habían dejado: sus viejas máquinas de escribir y el papel calco habían sido sustituidos por los nuevos ordenadores con los procesadores de texto, primero Word y más tarde WordPerfect. No tuvieron más remedio que adaptarse al cambio, a las nuevas tecnologías. Esto me ha hecho recordar una «osadía» previa a este Dejando huella III: mi participación en la escritura de los manuales que elaborábamos para los alumnos con el detalle de los pasos de cada ejercicio y sus resultados. El primero, mano a mano con Esther, fue precisamente para el curso de WordPerfect.
Otro procesador de texto que se utilizaba en algunas secretarías era el Worksaver de NCR. Se usaba en cuatro puestos conectados en red que compartían hasta la impresora y, por supuesto, los documentos. En este caso, los manuales los elaboramos Enrique y yo, con nuestras divertidas discusiones. También impartí cursos de dBase y de Focus, por ejemplo.
A veces viajábamos porque había que impartir cursos en otros centros del territorio. Los de Sevilla, para preparar al personal antes de la llegada del AVE, son de esos inolvidables. Recuerdo llegar a la plaza de Armas el lunes siguiente a un Domingo de Resurrección, con el olor a incienso y la cera aún en la calle,
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y ver la cara de sorpresa que se le puso a un taxista cuando le dijimos que nos llevara a Santa Justa:
—¡Pero si aún no funciona, está en obras!
Lo mejor era compartir con los otros formadores el tiempo libre después de las clases: las cenas, las risas, hasta un paseo por el Guadalquivir y una corrida de toros en la Maestranza…
En cuanto a mis viajes particulares, el de 1987 lo consideré el de despedida de soltera. En vez de ir con mis padres, me fui con tres amigas a Italia. El viaje de novios, en 1988, lo hicimos a Rumanía, un destino nada habitual para la ocasión, cuando todas las parejas iban a las islas Canarias.
En mayo de 1989 nació mi hijo David. Estaba de baja maternal cuando me llamaron mis compañeros para darme la feliz noticia de nuestro ascenso a técnicos. Nos reímos porque hizo cierto el dicho de que algunos niños nacen con un pan debajo del brazo. Además de entregarnos las nuevas acreditaciones ferroviarias de color plata (se diferenciaban por colores según el colectivo), nos correspondieron dos pases de coche cama para el titular y dos más por cada beneficiario. En mi caso, los destinábamos para ir a los carnavales de Cádiz, afición que mantengo. Las vacaciones familiares de ese año (y los siguientes) las pasamos en Cullera con el bebé. Hasta 1991 no retomamos los viajes al extranjero, comenzando por Egipto.
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A finales de 1992, cuando podría haber empezado a caer en la rutina de mi actividad, mi querida amiga Encarna Romero, responsable de la Escuela tanto entonces como ahora, me hizo una oferta irresistible: continuar en la Escuela como coordinadora del área de Formación Comercial e Idiomas. Esto suponía aprender temas nuevos, seguir impartiendo cursos y, además, gestionar un equipo. Fue un reto que me ilusionó, me hizo crecer profesionalmente y aprender muchísimo.
Inmersos en la implantación de la calidad, realizamos una formación para mejorar la atención al cliente por la que pasaron los casi quinientos interventores de la unidad de negocio (UN) de Regionales. Basada en los «momentos de la verdad», nos formamos con los mismos profesionales que impartieron la formación al personal de las líneas aéreas suecas (SAS), referente del momento, para luego impartirla al citado colectivo. Tenían que aprender a utilizar además el sistema VERTA (venta en ruta), por lo que el cambio que se esperaba de ellos era muy grande, y no solo en el trato hacía los viajeros, sino también en las herramientas utilizadas. Aún recuerdo la dulce voz de Margarita cuando les hacía cerrar los ojos (si querían, que algunos no se fiaban) y subir al Empire State de Nueva York para hacerles comprender el poder de la mente. Otro curso novedoso fue el que se impartió a todo el personal de la UN de Combinado. Cada semana venía al aula un representante de cada actividad de una terminal, formando una cadena de servicio. Venían de todo el territorio y cada curso era inaugurado por la directora general.
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Además, estaban los cursos de venta electrónica de billetes y los de tarificación internacional tanto para el personal propio de Renfe como para el de las agencias de viajes. Y los de idiomas, sobre todo inglés, que a nivel de «mortandad» del alumnado, no han cambiado: empiezan muchos, otros tantos dejan de asistir por el camino y concluyen muy pocos.
La etapa estaba resultando apasionante, pero ocurrió mi deseado, feliz y difícil segundo embarazo. Tras el nacimiento de Víctor, y una vez disfrutadas las catorce semanas de baja maternal, me reincorporé en enero de 1997. Seguía manteniendo el entusiasmo, pero en mi nueva situación no quería viajar ni realizar jornadas tan largas; no quería que si Víctor se ponía enfermo no fuera yo quien lo llevara al médico por estar en el aula, pues no podía ausentarme de un curso abandonando a los alumnos, como ya había sufrido con David. Así las cosas, tuve que renunciar a la Escuela de Gestión, pero, al menos, no a la formación.
Sexta escala: las mercancías peligrosas y la protección civil (julio 1997 - noviembre 2015)
A pesar de la tristeza que me supuso dejar la Escuela y la estupenda familia ferroviaria que formábamos, fue una suerte acceder al puesto de técnico de mercancías peligrosas en la Dirección de Protección Civil y Seguridad en la
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Circulación, en la UN de Circulación. Volvía a mis orígenes en lo relacionado con el servicio de circulación y a recordar la Química, que había dejado de estudiar en COU. Tendría que refrescar el francés, que no utilizaba desde el curso de azafata, pero podría seguir impartiendo cursos.
Una de las principales funciones era colaborar en la redacción de la IG43 (Instrucción General n.º 43), la que me había tenido que aprender durante los seis meses del curso de ingreso en Renfe, allá por 1981 (bueno, en la versión que fuera ese año). Teníamos que traducir el RID (reglamento internacional del transporte de mercancías peligrosas por ferrocarril) entre mi jefa y querida amiga Victoria Parra y yo, cada vez que se publicaba. Después, hacíamos el extracto de lo que afectara para publicar la nueva IG43. Aún nos llaman las peligrosas los compañeros de entonces.
También teníamos que elaborar el informe de flujos del tráfico de las mercancías peligrosas por la geografía ferroviaria. Al principio sumando a mano, con la calculadora, las toneladas de cada producto por origen, escala y destino. En este punto quiero hacer un inciso para agradecer a Miguel Puerta, con quien el destino ha hecho que compartamos ahora relato en la edición de este libro, por la aplicación que desarrolló para facilitarnos este duro trabajo. Para representar los trenes en el mapa de España contábamos con la colaboración del tristemente fallecido José María Santos.
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Otra de nuestras funciones era elaborar el informe de la accidentabilidad sobre este tipo de transportes, para lo que debíamos leer cada día las incidencias acaecidas en la red. Además de contabilizarlas, comprobábamos la catalogación correcta según el Real Decreto (en adelante RD) 387 de 1996, Directriz Básica de Planificación de Protección Civil, ante el riesgo de accidentes en los transportes de mercancías peligrosas por carretera y ferrocarril. De nuevo, una aplicación desarrollada por Miguel Puerta en el Centro de Información de Circulación nos facilitó el trabajo. Las acciones formativas se incrementaron por todo el territorio para la implementación de los cambios necesarios de adaptación a la ley.
Me gustaba participar en estos cursos, que curiosamente me relacionaron de nuevo con mis excompañeros de la Escuela de Conducción y Circulación, encargados de esta materia. Los seminarios duraban tres días, por lo que compartíamos las noches de turismo allá dónde fuéramos a impartirlos. Recuerdo un martes de invierno en Segovia. Para comprar tabaco, después de montar el salón para el curso que empezábamos al día siguiente, tuvimos que entrar en un bingo, único establecimiento abierto. De paso, pedimos algo de beber y, además de tabaco, salimos con más dinero. Nos tocó un bingo y una línea.
Los cursos tenían gran difusión en los medios de comunicación de la zona y asistían miembros de las autoridades locales, así como bomberos, policías,
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sanitarios, etc. A veces se generaban conflictos de protocolo, en los actos de apertura o clausura, para ubicar a los alcaldes y representantes de las comunidades autónomas en la mesa presidencial, sobre todo si eran de distinto signo político.
Los lugares de impartición eran marcos inmejorables. Por ejemplo, en Zaragoza, el Edificio Pignatelli. En Soria, recuerdo una iglesia románica, sede de un edificio oficial. Era impresionante pensar que estabas dando la ponencia desde el antiguo altar mayor.
En 1999 se publicó el RD 1566, que obligaba a las empresas de transporte de mercancías peligrosas a contar con la figura del consejero de Seguridad, para lo que había que superar un examen realizado por las comunidades autónomas. Para preparar el examen, se contrató un curso al que asistimos como alumnos todos los responsables de protección civil en el territorio, así como Victoria y yo, junto con otros componentes del equipo de la Gerencia. También asistió personal de las UN de Cargas y Combinado y de Seguridad Corporativa. Las empresas debían comunicar al Ministerio, en el plazo establecido, los datos de la persona que sería su consejero, incluido el número de DNI. En Renfe, en vez de una persona, realizaron un listado, figurando en él la jefa de Mercancías Peligrosas (MMPP) y los seis representantes territoriales de protección civil, cada uno responsable de su ámbito, para lo que se les nombró técnicos. Aún
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no comprendo por qué aparecí también yo en aquel listado. Me quitaba el sueño pensar que mis datos estaban en el registro, cuando no teníamos poder de decisión en la mayoría de las funciones de las que se responsabilizaba al consejero. Me costó una discusión con el entonces director de Protección Civil y Seguridad en la Circulación. Él alegaba que nunca iba a tener que ejercer, pues solo figuraba como posible sustituta de Victoria. Pero la realidad fue que justo el primer informe que se tuvo que redactar pilló a Victoria de vacaciones. Entre el técnico territorial y yo preparamos el informe, pero no lo enviamos al Ministerio hasta que volvió Victoria y lo firmó.
En noviembre del 2002, cuando volvíamos de un curso de «bomberos», nos informaron de que la Gerencia de Protección Civil se separaba de la Dirección de Seguridad en la Circulación, para formar parte de la nueva Dirección de Protección Civil y Seguridad Corporativa. Esta triste separación dividió en dos a los integrantes de la pequeña familia que formábamos en Protección Civil tanto en Madrid como en el territorio. Literalmente, la mitad de los componentes se quedaron en Seguridad en la Circulación y la otra mitad nos tuvimos que integrar en Seguridad Corporativa. No pudimos elegir y en mi caso se produjo una situación curiosa, pues administrativamente estuve en las dos. A la vuelta de las vacaciones de Navidad de ese año tenía dos mutaciones sucesivas encima de mi mesa: la primera como técnica de mercancías peligrosas, en la Dirección de Seguridad en la Circulación y la segunda,
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asignándome a la nueva Dirección de Protección Civil y Seguridad Corporativa.
En estas circunstancias, el gerente de Protección Civil me propuso un ascenso. Había algo muy importante para mí y que me ayudo a tomar la decisión: los consejeros de seguridad se quedaban en Seguridad en la Circulación. Por lo que, finalmente, el 14 de febrero de 2003 (fecha que no olvido por lo romántica que resulta) fui nombrada jefa de Tráficos Especiales. Lo peor de esa decisión era el traslado a Caracolas: después de haber estado en el paseo del Rey, 32 desde 1997, volvíamos a Chamartín para integrarnos con los nuevos compañeros de Seguridad Corporativa.
Fue un desarraigo total. No había espacio para todos en la Caracola 4 y pasé por varios despachos de distintas Caracolas. Ni siquiera estaba con los demás compañeros que vinieron del paseo del Rey. Esta etapa fue muy difícil para mí, hubo muchos momentos en los que me sentía sola, hasta para comer o tomar café. Menos mal que en el comedor laboral, familiarmente conocido como el Warrington, siempre podía encontrar personas conocidas de mi etapa de la Escuela de Gestión. Cada mañana, cuando sonaba el despertador, para motivarme, soñaba con mi próximo viaje, los nuevos destinos aún por descubrir. Hasta dos años después, en el 2005, no se produjo la reubicación definitiva. Curiosamente, fue como consecuencia de la nueva división de la
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Dirección de Protección Civil y Seguridad Corporativa en dos, por la segregación de Renfe y Adif.
De nuevo una división. En los servicios corporativos se aplicó eso de «uno para ti y otro para mí». Apenas conocía a los nuevos compañeros, pero al igual que había pasado con los del paseo del Rey, volví a «perder» a la mitad. Tuve la suerte (?) de quedarme en Adif. Aunque no pudimos elegir, yo lo prefería. Pensaba que si había ingresado como factor autorizado para circulación, la continuación de esa actividad estaba en el Adif, y ahí quería seguir. Por cierto, cuando se publicaron las listas me pilló de viaje en la India, haciendo realidad otro de mis sueños (deseos).
Superado el mal trago, aprendí mucho en mi nueva Dirección. En el 2006 pasé a desempeñar en ella funciones de coordinación y apoyo, llevando temas de recursos humanos, denuncias, ejerciendo de secretaria en los Comités de Dirección, implantando la ISO 9001 (la primera organización de seguridad con esta certificación), etc. Esto sí que me ayudó a conocer los cometidos y las responsabilidades de mis nuevos compañeros, las nuevas tareas y, sobre todo, a cada una de las personas que las realizaban.
También continué con los cursos dirigidos al personal de los cuerpos y fuerzas de seguridad, principalmente de la Casa Real y la Presidencia del Gobierno.
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Había que explicar por qué éramos dos empresas, Adif y Renfe Operadora, así como dar a conocer nuestra organización, nuestras instalaciones y los riesgos que entrañaba nuestra actividad. Mi desarrollo profesional, además del personal, continuaba, llegando a obtener en el 2010 el título de directora de Seguridad.
Volvimos al paseo del Rey porque la Dirección se integró en la Dirección General de Recursos Humanos, junto con las demás «seguridades» (Prevención de Riesgos y Circulación). Nos parecía que la protección civil era como la falsa moneda, «que de mano en mano va y ninguno se la queda», según reza la canción.
Para mí fue fantástico porque allí coincidí de nuevo con el equipo de Formación. Mi querida Encarna Romero seguía siendo la responsable del área de Formación Directiva y de Gestión, equivalente a la antigua Escuela de Gestión. Me brindó la posibilidad de volver. Se me abrió la puerta y no lo dudé; era el momento de cerrar el círculo de mi trayectoria ferroviaria, tal como comento al principio de este relato. También quiero dar las gracias expresamente a mi muy querido Agustín Ruíz, por su apoyo para este retorno y, siempre, por todo.
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Séptima escala: Formación de Directivos y de Gestión (noviembre 2015 - ?)
Ilusionada como la primera vez, con muchos proyectos novedosos e imaginativos y, sobre todo, con muchos cursos que impartir, en esta ocasión, además, cuando se está produciendo el cambio generacional que encontré en mi ingreso, creo que puedo ayudar a los recién incorporados con los cursos de acogida. Trasmitirles mi ilusión, mis experiencias, la misión y los valores de Adif, así como hacerlos partícipes del compromiso y la profesionalidad de sus integrantes, del deber de servicio público, de la integridad… Pero, por encima de todo, me gustaría poder contagiarles mi orgullo de pertenencia a esta gran familia ferroviaria.
Así lo siento y, en mi caso, creo que está más justificado aún. Sin la labor desempeñada por mi bisabuelo, mis abuelos, mis tíos abuelos, mi padre y todos los que, como ellos, con su esfuerzo y en las peores circunstancias fueron capaces de hacer avanzar el ferrocarril hasta nuestros días no hubiéramos llegado a tener el AVE y el desarrollo de un sistema que es puntero en Europa y en el resto del mundo.
Ingresé en una Renfe que estaba anclada en el siglo XIX y he trabajado en su
desarrollo para que llegara al Adif del siglo XXI. Solo existía una empresa
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nuestras vías, aunque fueran de mercancías. Ahora sé que pronto veré circular también —de momento, por las vías de Adif AV— trenes de viajeros de diferentes compañías.
Espero y deseo poder seguir disfrutando de mis viajes, incluidos los de tren, por supuesto. También deseo que los que vengan sigan disfrutando con su trabajo como yo lo he hecho, lo hago y espero seguir haciéndolo hasta que me llegue la jubilación. Por encima de todo, somos servicio público y con esta actitud debemos seguir contribuyendo al desarrollo del ferrocarril y, por ende, como reza el eslogan, a «mejorar la vida de la gente».