La Presente Dispensación de la Gracia 2

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La Presente Dispensación de la Gracia 2

Textos extraídos de: “TEOLOGÍA SISTEMÁTICA” por LEWIS SPERRY CHAFER

“…para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”.

Efesios 2:7 En toda esta investigación, no debe desviarse la atención de la verdad fundamental, ya enfatizada, de que hay tres edades –la de la ley, la de la gracia y la del reino– que están separadas entre sí por eventos de transformación mundial, y que cada edad presenta ese requerimiento de la conducta humana que está en armonía con la relación precisa entre Dios y los hombres en cada una de ellas. Estas dispensaciones están completas en sí, no necesitan ninguna añadidura, y cada una es tan santa y pura en sí como el Creador, quien es el Autor y Diseñador de ellas. Estas disciplinas que regulan la conducta no sólo varían en la dificultad de los requisitos que imponen, sino que también varían en el grado de capacitación que es otorgado en cada una.

El sistema mosaico, careciendo de una referencia a una capacitación divina, se dirigió a los recursos limitados del hombre natural y se encerró dentro de esos límites. El sistema del reino, aunque extiende sus demandas más allá de los requerimientos del código mosaico, en los pasajes que tratan de él, no hace ninguna referencia a una capacitación divina; sin embargo, en otras partes de las Escrituras se afirma que la ley del reino estará escrita sobre el corazón, con el fin de ponerla por obra, y el Espíritu Santo será derramado sobre toda carne. Será entonces cuando Israel realmente cumplirá la Ley de Moisés (Deuteronomio 30:8). La dispensación de la gracia presenta ideales totalmente sobrehumanos, que estará en concordancia con la ciudadanía celestial, y con estas normas sobrenaturales de vida provee nada menos que el poder infinito del Espíritu Santo que mora en el corazón, con el fin de que la voluntad de Dios –exigente como es–, tenga cumplimiento en el Hijo de Dios.

La misma naturaleza de los preceptos de la gracia excluye la posibilidad de que sean reducidos a un decálogo. En carácter son libres en el sentido de que no son un requisito para hallar aceptación con Dios. Más bien, son: direcciones y súplicas divinas dirigidas a personas aceptadas acerca de su manera de vivir delante de Dios. La palabra ruego se halla dos veces (Romanos 12:1;

Efesios 4:1); no una palabra de mando a uno que sólo es siervo, sino una súplica hecha con

cortesía y consideración a un miembro de la casa y de la familia. Estas direcciones consisten en una información y persuasión que se extiende a aquellos que no podrían aprender de otra manera acerca de aquello, que desde el punto de vista celestial, se espera justamente de ellos. En todo esto, hay una diferencia fundamental tanto entre estas enseñanzas y el sistema mosaico que impuso maldición sobre los que no pudieron cumplirlo (Deuteronomio 28:15-68), como entre las enseñanzas de la gracia y los preceptos del reino que mantiene sobre sus súbditos el peligro del fuego del infierno (Mateo 5:22, 29-30).

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No hay ninguna excusa para no observar la diferencia entre estos sistemas, uno que propone una maldición y otro que propone fuego del infierno, y un tercero que declara: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1a), que Dios que ya ha justificado no condenará (Romanos 8:33), y que no puede haber ninguna separación del creyente del amor de Dios (Romanos 8:38-39). Sin embargo, hay un precio que el creyente paga cuando no anda como es digno de su vocación celestial. Ese precio que se paga no viene de Dios como un castigo que se impone, sino que es la inevitable perdida de comunión con Dios, y la pérdida del poder en la vida y en el servicio.

Las enseñanzas de la gracia no están aisladas en el Texto Sagrado. Los tres sistemas aparecen en los cuatro Evangelios. Las enseñanzas de la gracia se identifican más bien por su carácter intrínseco dondequiera que se hallan. Porciones grandes del Nuevo Testamento son totalmente revelaciones de la doctrina de la gracia. Al estudiante, así como a Timoteo, se le encarga estudiar para ser aprobado de Dios en cuanto a trazar bien la Palabra de verdad.

Un análisis general de las enseñanzas de la gracia puede hacerse bajo dos divisiones: • Tres características específicas.

• Relaciones en la gracia.

TRES CARACTERÍSTICAS ESPECÍFICAS

Aunque los detalles incluidos en el andar del creyente y su servicio son variados y extensivos, hay tres distinciones importantes: el carácter independiente y sin complicación de las enseñanzas de la gracia, sus sublimes requerimientos y la capacitación divina.

1. El carácter independiente y sin complicación de las enseñanzas de la gracia.

Como ya se ha indicado, los principios gubernamentales que pertenecen a esta edad por su naturaleza se distinguen de los dos sistemas legales. Reconocen la verdad fundamental de que Cristo ha muerto, ha resucitado, ha ascendido, y que el Espíritu mora ahora en el corazón de todos los que han creído. Estos eventos de inmenso poder transformador con todo lo que efectúan, a la vez crean una relación completamente nueva entre Dios y el hombre y especialmente entre Dios y los que han sido salvados. El carácter independiente y sin complicación de las enseñanzas de la gracia presenta un llamamiento a todo estudiante sincero para identificar y organizar esa inmensa cantidad de pasajes bíblicos, y aún más, porque ha sido desatendido en el pasado. Aunque hombres de capacidad no han dado la debida atención a estas distinciones, las diferencias aparecen en casi cada precepto que se ofrece bajo cada uno de los sistemas. El valor práctico de un estudio sin prejuicio de estos principios, aislando con cuidado aquello que pertenece a cada sistema, servirá de gran ventaja para los creyentes que, en su mayor parte, han sido guiados a creer que deben observar todos los preceptos y mandamientos que se hallan en la Biblia, pertenezcan a la ley o a la gracia.

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2. Sus sublimes requerimientos.

No es por demás volver a decir que la norma de conducta prescrita bajo las enseñanzas de la gracia es inmensamente más difícil de mantener que la que la Ley de Moisés prescribe, o la ley del reino. La norma de la gracia es tanto más sublime que aquellas, como el cielo está más alto que la tierra. De igual manera, la capacitación divina provista bajo la gracia es nada menos que el poder infinito del Espíritu que mora en el corazón. Las enseñanzas de la gracia se dirigen únicamente a los que han sido dotados de manera sobrenatural, que han nacido del Espíritu y en quienes mora el Espíritu. Estas enseñanzas son tales que de manera natural pertenecen a un ciudadano del cielo. Ya que la obra salvadora de Dios coloca al creyente en las posiciones celestiales en Cristo, y transfiere su ciudadanía terrenal a la celestial, es sólo una consecuencia natural que se requiere de él que ande como es digno de un ciudadano del cielo. Es evidente que esta vida tiene que ser sobrenatural.

Buscando las Escrituras que revelan la posición y la responsabilidad del hijo de Dios bajo la gracia, se descubre que se propone una manera de vida sobrehumana. Desde cualquier punto de vista se puede ver este aspecto de las enseñanzas de la gracia. Sólo pocos pasajes serán suficientes para una ilustración: “Refutando argumentos, y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5); “... para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9); “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre ...” (Efesios 5:20); “... que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Efesios 4:1b); “si andamos en luz, como Él está en luz” (1 Juan 1:7); “Andad en amor” (Efesios 5:2); “Andad en el Espíritu” (Gálatas 5:16); “…no contristéis al Espíritu Santo” (Efesios 4:30); “No apaguéis al Espíritu” (l Tesalonicenses 5:19).

No hay duda acerca del carácter sobrehumano de estos preceptos. ¿Qué recurso humano puede reproducir las mismas virtudes de Cristo? ¿Quién puede dar gracias siempre por todas las cosas? ¿Quién puede vivir de tal manera que no contriste al Espíritu Santo, ni lo apague? Esta demanda es para una forma sobrehumana de vivir, y los pasajes citados son solamente representativos de todo el carácter de las enseñanzas de la gracia. Estas enseñanzas sobrepasan las normas de la Ley de Moisés en la misma medida que supera lo infinito a lo finito.

Cuando Cristo hacía una exposición del carácter sublime de las enseñanzas de la gracia, dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también

os améis unos a otros”; “Este es mi mandamiento; que os améis unos a otros, como yo os he

amado” (Juan 13:34; 15:12). El nuevo mandamiento es un contraste al antiguo mandamiento de

Moisés: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos pasajes bíblicos pueden tomarse como una ilustración adecuada de la diferencia entre las normas de la Ley de Moisés y las normas de la gracia. Bajo el sistema mosaico, el amor a otros tenía por norma el grado en que uno se ama a sí mismo; bajo la gracia, deberá ser según el grado en que Cristo ha amado al creyente y se dio a sí mismo por él (1 Juan 3:16).

Aún más, las normas de las enseñanzas de la gracia superan a las que las leyes del Reino requieren. Este mismo ejemplo –de amar unos a otros– lo ilustrará. El requisito en el Reino en este punto se

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declara así: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?” (Mateo 5:43-46). Esto significa un adelanto grande sobre la norma del amor que se demanda bajo la Ley de Moisés. En la ley el amor se requería hasta cierto grado limitado; pero nada fue dicho sobre la actitud necesaria hacia el enemigo. El grado de amor que se espera bajo los ideales del Reino es solamente lo que podría esperarse razonablemente del corazón que se ha inclinado hacia la ley del Reino. No es de compararse a las normas de amor que se proponen bajo la gracia. Primero, hay que considerar que el amor bajo la gracia es el “fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22). Al sentido literal, “el amor de Dios ha sido derramado (a chorros)

en nuestros corazones por (desde) el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). Esto garantiza la reproducción exacta del amor de Cristo en el hijo de Dios –“como yo os he amado” –. Considérese también, que el amor, como se anticipa en las enseñanzas de la gracia, es el mismo corazón del evangelio y del evangelismo. Esa compasión divina impartida bajo la gracia, hace que los hombres ganen almas perdidas, es la misma que trajo a Cristo del cielo a la tierra y lo llevó a la cruz a morir. Esa compasión divina por las almas ha sido la fuerza motriz de la obra de traer las almas a Cristo desde el Pentecostés hasta el día de hoy. Fue la experiencia del apóstol Pablo, como se descubre en su testimonio: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Romanos 9:1-3).

No había ningún motivo por el cual el apóstol pudiera recibir la maldición y separación de Cristo, tampoco pensaba él que sería posible, pero declaraba que estaba dispuesto a serlo. Así, en un hombre que había recibido la obra del Espíritu se reprodujo el amor de Cristo, quien cargó el pecado de otros sobre sí mismo. La verdadera pasión por la salvación de los hombres no es una manifestación de amor que nazca de la naturaleza humana. Ese amor tiene que ser impartido de Dios. Por tanto, el evangelismo no se espera ni se requiere en la ley de Moisés ni en la ley del Reino.

3. La capacitación divina.

Se ha provisto un poder sobrenatural para la ejecución exacta y perfecta para la regla de vida sobrehumana que existe bajo la gracia. No hay ningún aspecto de las enseñanzas de la gracia que sea más importante que esto, o que tan enfáticamente establece la diferencia entre estas enseñanzas y las de toda otra regla de vida en la Biblia.

Bajo la gracia se ha dado a toda persona salvada el Espíritu Santo de Dios, quien es todopoderoso, quien mora permanentemente en el corazón y es Todo suficiente. La misma revelación respalda abundantemente esta declaración. (Véanse Juan 7:37-39; Romanos 5:5, 8:9; 1 Corintios 2:12;

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6:19; Gálatas 3:2; 1 Tesalonicenses 4:8). La forma de vida sobrehumana bajo la gracia no es un mensaje únicamente para algún grupo espiritual que esté incluido en todo el Cuerpo de Cristo; el mensaje se dirige a todos los creyentes por igual. La imposición de esa forma de vida sobrehumana, sobre todos los creyentes por igual, lleva consigo la revelación de que todos poseen el poder sobrenatural por el cual es posible vivir según las normas sobrehumanas.

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