Hildegard von Bingen: una introducción

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María Eugenia Góngora

Universidad de Chile

La vida de la visionaria y escritora Hildegard von Bingen, nacida en la región del Rin cercana a la ciudad de Mainz en 1098 y muerta en su convento de Rupertsberg en Bingen en 1179, nos es conocida a través de sus grandes libros visionarios y científi-cos, de su abundante epistolario y de la Vita Sanctae Hildegardis Virginis, una hagio-grafía compuesta por el monje Theoderich von Echternach en la década de 1180 y en la cual encontramos un número significativo de pasajes autobiográficos2.

Hildegard fue la décima hija de Hildebert y de Mechtild de Bermersheim y fue entregada como “diezmo” a la vida religiosa, desde su infancia. Creció junto a su pariente y magistra Jutta von Sponheim en una clausura próxima al monasterio de monjes benedictinos de Disibodenberg, en una zona cercana a la ciudad de Mainz, aunque situada al interior y algo alejada del río Rin.

Hildegard vivió desde 1112 bajo la guía de Jutta y cuando ésta murió en 1136, fue designada sucesora suya como magistra del grupo de religiosas que se habían unido a ellas en la clausura de Disibodenberg.

Hacia 1141, Hildegard inició la escritura de sus primeros textos visionarios (luego compilados como Scivias) gracias a la colaboración y al apoyo del monje Volmar de Disibodenberg, el que continuaría siendo su secretario hasta su muerte ocurrida en 1173. En 1146-1147 Hildegard buscó el apoyo de Bernardo de Clairvaux, una de las figuras con mayor autoridad en la Iglesia de entonces y, habiéndolo logrado, consi-guió asimismo una importante autorización del entonces Papa Eugenio III, cuando éste leyó públicamente fragmentos del Scivias durante el sínodo de Tréveris, el que transcurrió entre fines de 1147 y comienzos de 1148.

A partir de esta “autorización” papal –que no consta sin embargo entre las epísto-las de Eugenio III que han llegado hasta nosotros, aunque Hildegard la menciona en

1 Este artículo fue escrito en el marco del Proyecto Fondecyt N°1000951. 2 Para las fuentes biográficas de Hildegard, cf. A. Silvas (1999).

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uno de sus escritos autobiográficos (Vita II.2)–, ella inició formalmente el registro de su abundante epistolario, dirigido a personajes de los diversos ámbitos eclesiásticos y seculares; prosiguió con la escritura del Scivias y con el ordenamiento de los textos de sus composiciones litúrgicas que luego denominó Symphonia armonie celestium revelationum.

Junto con iniciar en esos mismos años una intensa actividad como escritora, y comunicarse con sus corresponsales a propósito de los temas más diversos, Hildegard experimentó una visión que la llevó a separarse de los monjes de Disibodenberg y fundar su propio monasterio en Bingen a orillas del Rin, en la colina denominada Rupertsberg. Su iniciativa se encontró con la completa oposición de los monjes, diri-gidos entonces por el abad Kuno de Disibodenberg, y también con el escepticismo de algunas religiosas de la clausura y de sus familias. Los monjes veían en el alejamiento de Hildegard y sus religiosas un doble perjuicio; por una parte, dejarían de percibir las dotes de las religiosas que entraran a la nueva fundación e insistieron por un tiempo en conservar los bienes ya allegados a Disibodenberg gracias a las religiosas de la clausu-ra. Por otra parte, la reputación de Hildegard como consejera y conocedora de reme-dios para todo tipo de enfermedades era ya entonces muy reconocida. Su presencia en Disibodenberg atraía a peregrinos y enfermos que hacían del monasterio un centro de devoción.

Finalmente, contando con la ayuda de la poderosa familia von Stade y del arzobis-po de Mainz, Hildegard se trasladó a su fundación en Rupertsberg en 1150. En uno de sus escritos autobiográficos insertos en la Vita Sanctae Hildegardis, leemos cómo ella compara esta empresa y las dificultades y sufrimientos que debió enfrentar, con los de Moisés al llevar a su pueblo desde la esclavitud de Egipto a la Tierra Prometida por Dios (Ex 16):

“Entonces vi en una verdadera visión que me sucederían tribulaciones como a Moisés, porque cuando condujo a los hijos de Israel de Egipto al desierto por el mar Rojo, murmuraron contra Dios y desalentaron a Moisés, a pesar de que Dios les hubie-ra iluminado con mahubie-ravillosos signos (Ex 16,2). Así también Dios permitió que la gente común, mis parientes y algunas de las que vivían conmigo me desalentaran, puesto que nos faltaba lo necesario para vivir, si no nos lo daban en limosnas por la gracia de Dios. Como los hijos de Israel desalentaban a Moisés, así me inquietaban diciéndome: ‘¿De qué sirve el que monjas nobles y ricas hayan llegado a esta penuria cuando se encontraban en un lugar donde nada les faltaba?’ Nosotras, sin embargo, esperábamos que nos socorriera la Gracia de Dios, que nos había mostrado aquel lu-gar” (Vita II.5, en V. Cirlot 2001).

Podemos comprender la riqueza y variedad de los escritos de Hildegard a partir del momento de la fundación de Rupertsberg, en el cual fue siempre magistra y no abadesa, como una manifestación de su voluntad de crear una comunidad autónoma, libre de la autoridad excesiva de Disibodenberg en la medida de lo posible, ya que los acuerdos con esa abadía incluyeron el envío de un sacerdote prepósito y de un secre-tario para Hildegard; libre también de la “protección” de un señor feudal, situación que Hildegard consideró nefasta desde los inicios de la fundación de Rupertsberg; sólo estuvo acogida a la protección de la Diócesis de Mainz (relación que le traería

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graves problemas hacia el final de su vida) y a la protección especial del Emperador Federico Barbarroja. Con este último sostuvo Hildegard una importante correspon-dencia: en 1152 le envió una carta de lealtad y, cuando la relación de Federico con los Papas se deterioró definitivamente al nombrar sucesivos antipapas, Hildegard le escri-bió reprendiéndolo severamente.

Entre 1151 y 1161, Hildegard completó el libro visionario Scivias y compuso, además de la Symphonia, sus obras científicas: los libros Causae et curae y la Physica. En estos dos últimos expone sus observaciones y reflexiones sobre el cuerpo, la sexua-lidad y las enfermedades humanas, así como sobre las estaciones del año, los vientos y una amplia descripción de los animales. En estas últimas obras Hildegard no declara una inspiración divina de su escritura y ellas no poseen, por lo tanto, el mismo estatuto que los grandes libros visionarios.

Entre 1158 y 1163 ella compuso, siempre en colaboración con el monje Volmar, su Liber vite meritorum, el más cercano a una “ética” cristiana basada en el debate de vicios y virtudes, y que tiene elementos comunes con la Psychomachia de Prudencio (s. IV). Hay que recordar, en este mismo género didáctico y dramático, el importante drama litúrgico denominado Ordo virtutum (Ms R, 478va-481vb), así como el diálogo dramático inserto en el capítulo final del Scivias. En el Ordo y en el diálogo del Scivias

encontramos a las virtudes, encabezadas por la humildad, en diálogo con el alma fiel, penitente y arrepentida. La diferencia más significativa entre ambos textos radica en que en el Ordo aparece el diablo como personaje, mientras que en el Scivias el alma es seducida por las artes diabólicas (suggestio diaboli, strepitus diaboli).

A partir de 1163, Hildegard empezó la escritura de su tercer libro visionario, com-pletado hacia 1173 ó 1174, el Liber divinorum operum, una culminación de los temas iniciados ya en el Scivias, un tratado de la Historia de la Salvación que está “prefigu-rado” en su texto autobiográfico inserto por su biógrafo Theoderich en la Vita. En una visión, escribe Hildegard, vio tres torres, cada una con sus moradas, y en ellas la “Sabiduría le manifestaba algunos secretos”; al final de ese texto, dice: “En la visión se me ocultó otro edificio, de tal modo que no aprendí de éste palabras, pero oí en verdadera luz que los escritos futuros que salgan de éste, serán mejores y más intensos que los precedentes” (Vita II.15, en V. Cirlot 2001).

Por otra parte, Hildegard escribió un comentario a la Regla de San Benito y las vidas de dos santos cuyo culto está, desde luego, ligado a los lugares en que ella vivió: la Vita sancti Disibodi, en 1170, por encargo del abad Helenger de Disibodenberg, y la Vita sancti Ruperti, hacia 1173 ó 1174.

Como ya hemos mencionado, a lo largo de su vida como magistra, primero en Disibodenberg y luego en Rupertsberg, Hildegard escribió un abundante epistolario; sostuvo correspondencia con reyes, obispos y papas, laicos y clérigos, además de monjes y religiosas de varios monasterios con los cuales ella tuvo una estrecha relación por muchos años. Este epistolario, que muestra la importancia y la diversidad de sus co-rresponsales, fue ordenado ya en vida de Hildegard, a partir de 1154. Entre las cartas, hay que mencionar aquellas que escribió, en primer lugar, a san Bernardo de Clairvaux y al papa Eugenio III, en la época en que Hildegard fue autorizada por este último para dar a conocer sus visiones. La correspondencia con el joven monje Guibert de

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Gembloux, su último secretario, es también significativa: a las preguntas de Guibert, Hildegard responde –aún antes de conocerlo– su famosa carta De modo visionis suae, un relato autobiográfico de primera importancia. Vale la pena mencionar también las cartas que ella escribió a los enfermos que le pedían consejo para curar sus enfermeda-des, logrando incluso que la misma carta fuera un remedio efectivo. Finalmente, es de gran importancia para conocer su pensamiento sobre la música, la carta enviada a los prelados de Mainz en 1178, a raíz de la prohibición de cantar durante los oficios litúrgicos que esos prelados habían impuesto a las religiosas de Rupertsberg, acusán-dolas de transgredir disposiciones de la Diócesis en un caso de excomunión.

En 1165 Hildegard fundó un segundo convento en Eibingen, frente a su monaste-rio de Rupertsberg, y cruzaba el Rin dos veces a la semana para visitar a las religiosas que allí vivían. En la actual parroquia de Eibingen se encuentra la tumba en la cual fue enterrada Hildegard, y allí se fundó también, en los primeros años del siglo XX, la actual abadía benedictina de Santa Hildegard.

Pocos años después de su muerte en 1179, los abades de Echternach y de San Eucharius de Tréveris encargaron a Theoderich, el Magister Scholarum de Echternach, la composición de una Vita, posiblemente como parte del proceso de canonización intentado por ellos en conjunto con las religiosas de Rupertsberg. Para la composición de esta obra hagiográfica, dividida en tres libros, Theoderich se basó en un abundante material biográfico: un Libellus (pequeño libro) escrito por el segundo secretario de Hildegard, Gottfried, durante la vida de ésta; las cartas y testimonios de las religiosas de Rupertsberg, así como un conjunto importante de testimonios de las curaciones y milagros realizados por ella. Siguiendo el clásico esquema hagiográfico (origo, virtutes, miracula), Theoderich se refiere en el primer libro (basado en el Libellus de Gottfried ya mencionado) a los orígenes familiares y a los primeros años de la vida de Hildegard. En el segundo, se refiere a sus virtudes, particularmente a la humildad (una virtud fundamental en la regla benedictina) y a la capacidad de consejo, en un justo equili-brio entre la vida activa y la vida contemplativa; en este último campo, las visiones y la capacidad profética de Hildegard están presentes sobre todo gracias a los fragmen-tos autobiográficos, y constituyen los elemenfragmen-tos más significativos de este segundo libro en el cual su autor la compara con las profetisas del AT, así como con la Esposa del Cantar de los Cantares. El último libro está dedicado a relatar los milagros de Hildegard y, en particular, la curación de una mujer noble poseída por los demonios. A este propósito, Theoderich transcribe el pensamiento de Hildegard sobre la pose-sión diabólica y las fórmulas del exorcismo. La Vita Sanctae Hildegardis finaliza con el relato de la muerte de Hildegard y los prodigios vistos por las religiosas de su monasterio de Rupertsberg en la noche del 17 de septiembre, día de su muerte. BIBLIOGRAFÍA

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