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NZOB
IEMMIEl segundo anuncio
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Título del original:
Il secondo annuncio. La grazia di ricominciare
© Centro Editoriale Dehoniano, 2011 Via Nosadella, 6 – 40123 Bologna
www.dehoniane.it
Edición española realizada por mediación de la Agenzia Letteraria Eulama International
Traducción:
José Luis Saborido Cursach, SJ
© Editorial Sal Terrae, 2014 Grupo de Comunicación Loyola
Polígono de Raos, Parcela 14-I 39600 Maliaño (Cantabria) – España Tfno.: +34 94 236 9198 / Fax: +34 94 236 9201
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Imprimatur:
† Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander 11-06-2013 Diseño de cubierta: María Pérez-Aguilera www.mariaperezaguilera.es Edición Digital ISBN: 978-84-293-2090-9
Introducción
«Necesitamos mapas y todavía no sabemos que los mejores se construyen caminando, mientras vamos edificando lo que todavía desconocemos».
– D
UCCIOD
EMETRIOE
STAS páginas han ido naciendo a lo largo del tiempo, en diálogos sencillos y sinceroscon catequistas, con párrocos de muchas comunidades eclesiales italianas, con responsables de delegaciones diocesanas de catequesis y con algunos obispos, la mayoría de pequeñas diócesis, de cuya estima y amistad gozo y cuya pasión pastoral y amor a la Iglesia admiro. Hombres y mujeres creyentes de mi diócesis de Verona, del norte de Italia, de la Toscana o de las Marcas, hasta las vivas comunidades eclesiales del sur, de Calabria, de Sicilia, de Cerdeña y de la Pulla, tierra que amo como a mi Franciacorta.
Con ellos he intercambiado reflexiones, he compartido interrogantes, he buscado respuestas al desafío de la evangelización y es para mí un deber devolverles estos pensamientos, únicamente un poco articulados y puestos en orden, pero sin por ello quitarles la espontaneidad con la que nacieron.
En las conversaciones que he ido manteniendo en este tiempo, de una cosa me he dado cuenta: lo que de verdad se necesita es una palabra de esperanza. Alguna vez he dicho que tres cuartas partes de los catequistas italianos son depresivos. Sé que esto no es verdad y que solamente Dios conoce la dedicación, el entusiasmo y el amor que tantos y tantas catequistas ponen en su servicio. Sin embargo, predomina en nuestras comunidades un cierto clima de cansancio y falta de confianza. Es una falta de confianza en este tiempo, como si hubiese un tiempo más apto para el evangelio que otro, como si las épocas pasadas fuesen mejores que la actual simplemente porque fueron épocas sociológicamente cristianas.
Tengo ganas de recoger en una antología las lamentaciones que, desde que existen los primeros esbozos de escritura, cada generación ha lanzado sobre la precedente, desde aquella tablilla asirio-babilónica que tiene una antigüedad de más de tres mil años y que, sin embargo, parece escrita ayer: «Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores, impíos y holgazanes. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura». Así que, como no hay ninguna generación que no lo haya dicho de la precedente, ¿os podéis
La juventud actual es hermosa, ciertamente frágil y expuesta, pero llena de expectativas, de demandas, de esperanza. Desde los niños hasta los ancianos, los hombres y mujeres de hoy son «capaces de Dios» y muchos de ellos están buscando caminos para vivir la propia vida con humanidad y sentido, con fe o sin ella.
El contexto cultural actual, globalizado, interétnico y multirreligioso no debe ser visto ingenuamente, pero sí con confianza. Tal vez sea cierto que está poniendo a prueba la fe, pero al mismo tiempo se está abriendo, para ella, un período absolutamente inédito: el fin del cristianismo sociológico puede ser el inicio del cristianismo de la gracia y de la libertad. ¿Quién puede calcular las sorpresas que el Espíritu Santo prepara para su Iglesia? Hemos «roto aguas», por utilizar el lenguaje del parto, y es cierto que existe un desequilibrio, pero de cara a una vida nueva, no a una muerte. Al menos así lo ven los ojos de quienes están entrenados para saber ver la luz de la mañana de Pascua y que, precisamente porque tienen esperanza, aman y no quieren privar del evangelio a las nuevas generaciones. Y eso, no por encargo ni por miedo a que nos quedemos pocos o por mantener la lucha por la causa, sino sencillamente porque han experimentado que el evangelio hace buena la vida y sencillamente por el gozo del don recibido, que solo será pleno cuando todos puedan gozar de él.
En la búsqueda de posibles caminos, nadie tiene la receta para lograr que el evangelio tenga eco en esta cultura. Pero la observación de todo lo que está ocurriendo en nuestras parroquias, en torno a ellas o fuera de ellas, por obra de cristianos laicos que, «con dulzura y respeto», dan razón de la esperanza que hay en ellos, nos está diciendo que el mapa del segundo anuncio está ya marcando algunas direcciones y recorriendo algunos caminos. Nos toca a nosotros ir construyéndolo juntos, compartiendo proyectos, experiencias, hallazgos, pequeñas realizaciones pastorales, con una gran confianza en el Espíritu y en las personas que acompañamos.
Hermano
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NZOB
IEMMI, FSF
Verona, 1 de mayo de 2011 San José obrero
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APÍTULO1.
Un mundo que ha desaparecido
Sábado por la mañana, las 11,30, en una parroquia de la periferia. La plaza de la iglesia, que se alza por encima de las casas, se llena de chicos y chicas en muy poco tiempo: es la hora de la catequesis. Todos, bulliciosamente, están cerca de la puerta de la iglesia, excepto un grupito que se ha reunido en las escaleras que suben de la plaza, un poco distanciados de los demás: son los chicos de cuarto de secundaria. Al dar las 11,45, los catequistas les ponen en fila, clase por clase. Una vez hecho el silencio, las filas van entrando en la iglesia y se colocan en los bancos, a derecha e izquierda, según un orden ya establecido que va desde los de primaria hasta los de cuarto de secundaria. El párroco está en un lugar más elevado, en la escalinata del altar. Los bancos están llenos hasta la octava fila, que es la de los de cuarto de secundaria. Detrás, la iglesia está desierta. Todos se arrodillan y el párroco inicia el Padrenuestro. Sigue un breve discurso que no tiene relación con los contenidos del catecismo: algunas recomendaciones que tienen que ver con el tiempo litúrgico, la invitación al rosario o al vía crucis, la explicación de la procesión del Corpus...
A las doce en punto se sale de la iglesia en filas y en el mismo orden de la entrada, desde los de primaria hasta los de cuarto de secundaria. Cada uno va a su sala. El grupo de los de cuarto de secundaria está formado por ocho chicos y trece chicas, con dos catequistas: Claudia, de 33 años, y José, de 31, ella trabaja en investigación en la universidad y él es obrero.
La reunión se desarrolla según el guión acostumbrado: un breve resumen de la última lección; se abre el catecismo y se leen algunos párrafos; preguntas de los catequistas sobre los contenidos que se han leído con respuestas «exactas», es decir, las que los chicos saben que esperan los catequistas; propuesta de la tarea para la semana; oración final.
1. Cómo eran las cosas entonces
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STA pequeña fotografía parroquial podría hacernos pensar en los tiempos de nuestrosabuelos. Sin embargo, está sacada recientemente, en un sitio en el que el tiempo o, más sencillamente, el párroco parecen estar obstinadamente parados. Como si de una caricatura se tratara, esta imagen nos sirve para comprender de dónde venimos y los problemas que estamos viviendo en las parroquias, incluso en aquellas en las que hace tiempo que la catequesis ya no se hace así; pero la lógica parroquial, esta sí, corre el riesgo de seguir siendo la misma. La pregunta concreta que hay que hacerse ante este cuadro es la siguiente: ¿dónde está el problema?
Fácilmente caemos en la cuenta de que hay tres niveles implicados: un modo concreto de catequesis, al servicio de un proceso de iniciación cristiana, y dentro de un cierto modelo de parroquia.
• Ante todo, un modo concreto de catequesis. Es lo que comúnmente llamamos el «catecismo». Hasta no hace demasiado tiempo en algunas regiones se usaba la expresión «ir a la doctrina».
El género «catecismo» se caracteriza por cinco aspectos inconfundibles: una clase, un maestro (el catequista), un libro (el catecismo), un método: pregunta – respuesta. La quinta característica es la obligación: si se quieren recibir los sacramentos hay que mandar a los hijos al catecismo.
Este modelo ha educado en la fe a muchas generaciones, desde la segunda mitad del siglo XVI hasta hoy. Los contenidos se articulaban en cuatro partes tradicionales: lo que hay que creer (el Credo), lo que hay que recibir (los sacramentos), lo que hay que hacer (los mandamientos) y lo que hay que pedir (el Padrenuestro y otras oraciones).
Pocas son las parroquias que siguen dando catequesis de esta manera. Han cambiado muchas cosas: ya no hacemos aprender de memoria textos y oraciones; los contenidos se han renovado; hemos modificado la pedagogía y hacemos todo lo posible por implicar a los chavales y hacerlos activos. Pero, en el fondo, la lógica sigue siendo la misma. Nuestro planteamiento de base sigue siendo fundamentalmente escolar, preocupado por la transmisión de una serie de contenidos: conocer bien aquello en lo que ya se cree.
• Al servicio de un proceso concreto de iniciación cristiana. El modelo de iniciación cristiana de hecho, en nuestras parroquias, tiene dos características fundamentales: está dirigido a los pequeños y completamente orientado a la recepción de los sacramentos. Globalmente podemos definirlo como un proceso de socialización o familiarización con la fe de las nuevas generaciones para prepararlas a la recepción de los sacramentos. Resulta más bien evidente que este planteamiento de iniciación cristiana ha
sufrido una doble simplificación respecto al modelo de iniciación de los primeros siglos de la Iglesia. De una iniciación reservada a los adultos hemos pasado a una iniciación para los niños, mientras que los mayores ya son cristianos («detrás, la iglesia está vacía»). De una propuesta progresiva de iniciación a la vida cristiana hemos ido a la «preparación para recibir bien los sacramentos». La hora semanal de catequesis es justamente lo que se quiere para este planteamiento.
• Dentro de un cierto modelo de parroquia. Se trata del modelo tridentino de parroquia, tal como fue definido, el modelo de la parroquia de cristiandad. Una parroquia centrada en la figura del párroco cuyo cometido esencial es la cura animarum. El «cuidado de las almas» se realiza mediante la predicación, la catequesis, las misiones populares, el catecismo para los sacramentos, la doctrina cristiana para los adultos el domingo por la tarde, las devociones, las peregrinaciones y todos los servicios que alimentan la fe de la gente. Es la parroquia como agencia de servicios religiosos para personas creyentes.
Esta parroquia se halla encuadrada en un contexto social que, como resultado del cuadro que hemos dibujado anteriormente, tiene su centro visible en el campanario, situado en un lugar prominente. El contexto es, por tanto, el de cristiandad, donde la sociedad civil coincide con la religiosa y ambas están ancladas y definidas dentro de un territorio concreto.
2. Tres matrices naturales
para la generación de la fe
Una catequesis en forma de catecismo escolar semanal, al servicio de un dispositivo de iniciación como preparación para los sacramentos, dentro de la parroquia de la «cura de almas», y en un país cristiano...: no podemos dejar de admirar la armonía de estos tres niveles y cómo la Iglesia, en esa situación cultural, logró encontrar el modelo preciso para servir al evangelio. Nos hallamos ante lo que podríamos definir como «un modelo de inculturación de la fe». Este modelo podía contar con tres matrices generadoras de la fe.
La fe se transmitía en la familia no de un modo teórico (dando catequesis en casa), sino dentro de la vida cotidiana. Se transmitía por ósmosis, en los acontecimientos de cada día. Los niños la respiraban en las relaciones que se vivían, en la manera de reaccionar antes las cosas tristes o alegres que ocurrían (fiestas, duelos, dificultades económicas...), en la manera de pensar y de hablar, en el modo de orar juntos.
Cuando comenzaba la enseñanza primaria, la maestra tomaba el testigo y continuaba esta educación religiosa amplia, porque la escuela era toda una semana de educación moral y religiosa sin fractura respecto de lo que sucedía en la familia.
Y luego estaba el pueblo o barrio, que constituía una especie de útero protector. Nadie, en el pueblo o en el barrio, se sentía responsable únicamente de sus hijos sino también de los de los demás. El pueblo o barrio era la familia ampliada, el tercer ámbito educativo en sintonía con los dos primeros.
Este sistema social constituía el tejido capaz de generar la educación humana, moral y religiosa de los niños. Eran tres matrices que iniciaban en el vivir, el comportarse bien y el creer en Dios. Estas tres formas de educación (humana, moral y religiosa) actuaban en sintonía dentro de un sistema social en el que ciudadano y cristiano eran una misma cosa. La parroquia no tenía, como tal, la tarea de generar en la fe, sino de alimentarla, cuidarla, hacerla coherente. Para esta tarea podía contar con tres ámbitos generadores y lo que a ella le correspondía era dedicarse a alimentar y cuidar lo que ya había sido engendrado.
En este contexto, la responsabilidad de la hora del catecismo era la de hacer que los chicos aprendieran conceptualmente lo que vivían de modo difuso en la familia, en la escuela, en la sociedad. Transmitía la gramática de lo que las personas vivían y en lo que creían. Poco importaba si los chicos captaban o no el significado del catecismo que aprendían de memoria. Eran códigos a veces extraños pero, al mismo tiempo, familiares, que formaban parte de un paisaje compartido. Las catequistas (el femenino es obligatorio, salvo raras excepciones) tenían un trabajo muy sencillo: que se aprendieran las cosas contando con todo lo demás. Añadían a esto siempre su entusiasmo y su amor.
Es importante comprender esto: ninguno de nuestros abuelos o abuelas catequistas pensó jamás en iniciar a la fe mediante la hora del catecismo. La iniciación era
3. Prácticamente todo ha cambiado
¿Qué queda de esas tres matrices de la educación moral y religiosa que hemos señalado antes? El «pueblo» donde vivimos es ahora la aldea global. La televisión, Internet y la mentalidad son ahora realidades globales. En un minuto, nuestros chicos se ponen en contacto con el mundo entero, y este mundo es un supermercado donde se encuentra de todo, todas las opiniones y costumbres, los valores más opuestos y las mayores contradicciones. El «pueblo» ya no educa. Es un tenderete de donde nuestros hijos toman todo lo que quieren. El «pueblo» es todo menos cristiano.
Pasemos al «círculo» intermedio, la escuela. «Emergencia educativa» es el slogan que nos acompaña desde hace algunos años. La laicidad en la enseñanza es una palabra que está a la orden del día. Las misas de comienzo de curso, celebradas por el párroco, son un lejano recuerdo. Dentro de un contexto laico y con dificultades educativas, la hora de la clase de religión intenta, trabajosamente, mantener en la escuela la memoria cultural del cristianismo y sus valores.
El discurso sobre la familia no es una excepción. Los padres ya no tienen un modelo educativo seguro que puedan aplicar. Hubo un tiempo en que los padres educaban a los hijos aprendiendo de lo que, con algunas adaptaciones, habían hecho con ellos sus padres. Era un guión escrito que cada uno interpretaba como quería o podía. Hoy ya no hay ningún guión escrito. Incluso en las familias que todavía están unidas, todos los días se intenta componer una melodía educativa y todas las noches se toma nota de alguna desafinación. En cuanto a la fe, pocas son las familias que la viven y la transmiten explícitamente. Hasta los padres creyentes con frecuencia han perdido la capacidad de comunicar la fe: ya no tienen palabras porque también su propia fe está llena de dudas, está en crisis o es simplemente una costumbre.
La familia vive con sus hijos el mismo proceso de transición, de enorme cambio, que está viviendo la cultura y la sociedad, y esta gran transformación actualmente en marcha hace que los modelos tradicionales de educación sean poco eficaces.
4. La hora de catequesis, misión imposible
Tenemos que ser conscientes de lo que ha ocurrido desde 1970 hasta el día de hoy. A medida que las matrices sociológicas de la fe se iban diluyendo, comenzamos a descargar en la hora semanal de la catequesis la responsabilidad de la iniciación de la fe. Dijimos que ya no bastaba con la hora de catequesis, sino que era necesario conocer a las familias de los niños. Intentamos afianzar la catequesis proponiendo la implicación de los padres, tratando de asociarlos a la tarea de la educación de la fe. Hicimos colonias y actividades de verano en la parroquia tratando de interesar a los niños y tenerlos cerca de ella.
Ser catequista era algo que se hacía a la ligera: «Necesitamos catequistas. ¿Te animas tú?», preguntaba el párroco. Tras escuchar nuestra tímida reacción: «Pero es que no estoy preparada y además no tengo mucho tiempo», nos decía: «No te preocupes, tienes el catecismo y el libro. Y es solo una hora a la semana». Y dijimos que sí por amor a la Iglesia. Más tarde, a medida que íbamos avanzando, era como si, a nuestras espaldas, el peso se fuese haciendo mayor cada año. Poco a poco, los responsables de engendrar en la fe nos abandonaban. Nos encontramos con que teníamos que hacerlo todo dentro de la hora semanal de catequesis. ¿Cómo puede una hora de clase iniciar a la fe? Realmente es una misión imposible.
5. ¿Dónde está el problema?
Ante todo, no en los catequistas, en su improvisada preparación. Si pudiésemos ver lo que sucede en la sala de catequesis de las parroquias, tal vez nos sorprenderíamos al ver cuánta pasión (en los dos sentidos del término: «apasionarse» y «sufrir»), cuánto amor, cuánto testimonio por parte de unos hombres y mujeres que quieren dar lo mejor de sí mismos. El problema tampoco está en los niños, más superficiales y dispersos que los de las anteriores generaciones: cuando encuentran personas que les quieren y les escuchan, saben hacer cosas sorprendentes. Tampoco está en los padres, más divididos y confusos que los de otro tiempo. Cuando pueden hablar de lo que realmente viven, manifiestan que sienten una gran necesidad de vida y de cariño para sus hijos.
La única respuesta inteligente a la pregunta de «dónde está el problema» es la siguiente: es el problema de una nueva inculturación de la fe. Se trata sencillamente de comprender que hemos entrado en una fase de una gran transición cultural en la que el equilibrio anterior ha desaparecido. Nadie se libra de esta situación y no sirve de nada buscar al culpable.
Ni la autoculpabilización (de nosotros mismos como catequistas y párrocos) ni la culpabilización (de los niños, de sus familias, de la sociedad) dan razón suficiente de lo que está pasando. Lo único que hay que entender es que el contexto de cristiandad va desapareciendo. El modelo que durante siglos se ha evidenciado como el adecuado muestra ahora todas sus grietas. En un mundo globalizado, interétnico y plurirreligioso, la Iglesia está llamada sencillamente a buscar una nueva manera de inculturar la fe, es decir, un nuevo modo de estar en este mundo con la gracia del evangelio. Incluso allí donde el campanario sigue estando en el centro del lugar, ese lugar ya no es cristiano.
La hora de la catequesis, con sus dificultades, mayores cada día, es solo la punta del iceberg. La catequesis no es la causa de los problemas de la Iglesia, sino el síntoma de la crisis que vivimos, una crisis precisamente de inculturación de la fe. La Iglesia está llamada a un nuevo modo de estar en el mundo. Es el comienzo de una hermosa aventura.
En síntesis
El mundo del que venimos, el del pueblo con la iglesia y el campanario en el centro, ha desaparecido. Ahora estamos en la aldea global, multicultural, secular y plurirreligiosa al mismo tiempo, el país de Internet y los medios de comunicación. El modelo de parroquia, de iniciación y de catequesis, que ha dado pruebas de eficacia durante muchos siglos, se halla ahora en dificultades. Pero no es culpa de los catequistas ni de los párrocos. Tampoco es culpa de los chicos ni de sus padres. Sencillamente estamos atravesando un enorme cambio cultural. La Iglesia, que en el pasado ha dado pruebas de amor al evangelio y de creatividad pastoral, está llamada a estar de un modo nuevo en este mundo y a encontrar una nueva manera de inculturar el evangelio. Es un tiempo difícil pero favorable. Puede ser el comienzo de una nueva aventura.
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APÍTULO2.
1. La crisis de los cuarenta
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OMENZAMOS con una imagen. Hemos celebrado, en Italia, los cuarenta años delDocumento Base y, con él, de la catequesis posconciliar en nuestro país. «La crisis de los
cuarenta», dicen los estudiosos de la edad adulta, es un paso clave de la vida, al mismo tiempo trabajoso y fecundo. Se caracteriza, por un lado, por la desorientación y la pérdida del equilibrio precedente y, por otro lado, por la trabajosa necesidad de reconstruir un nuevo horizonte, de recomponer la visión de uno mismo, por un modo diferente de estar en la vida. Podríamos decir que se trata de un nuevo parto, del deber de volver a entrar en el mundo de un modo diferente pero siendo fieles a sí mismos.
Con los límites que supone toda comparación (y con los límites del concepto mismo de la crisis de los cuarenta) podemos ver muchas analogías con la situación actual de la catequesis italiana y, de un modo más amplio, de la catequesis europea. El adjetivo más adecuado para definirla es este: desorientada. La catequesis en Italia y en Europa, que se ha sentido durante varios siglos como si estuviese en casa propia, tiene ahora el aspecto de aquellos misioneros que, tras muchos años de ministerio en países extranjeros, volvían a Europa y decían que se encontraban ante un mundo completamente distinto de aquel que habían dejado atrás.
Esta crisis tiene grandes desafíos y formidables oportunidades: puede convertirse en la ocasión para un cambio cualitativo en la Iglesia y su manera de anunciar el evangelio.
2. Un nuevo paisaje para la fe
Para comprender el alcance de este desafío, intentaremos ver, aunque sea esquemáticamente, cómo se está configurando en Europa y en Italia una nueva geografía de la fe[1]
. Podemos vislumbrar cuatro áreas geográficas que delinean un mapa diversificado de la fe y requieren, por tanto, diferente atención en lo que se refiere a la evangelización.
• De la ruptura al olvido. La primera área es la que supone una verdadera expulsión de la fe del marco cultural, hasta quedar incluso borradas las huellas del cristianismo. Esta situación afecta de un modo más visible a Francia, Bélgica y los Países Bajos, países en los que parece que el catolicismo no forma parte del universo cultural. Se trata, en esta parte de Europa, de una ruptura propiamente dicha respecto a la Iglesia y al cristianismo, considerados como enemigos del hombre, de su libertad y de su realización. Hay que hacer notar que a esta situación de ruptura le sigue ahora otra, más preocupante: la de la indiferencia y el olvido del cristianismo y de su historia. Sencillamente, las nuevas generaciones no tienen conocimiento de la propuesta cristiana.
• La continuidad parcial de la práctica tradicional. Una segunda área se caracteriza por la permanencia de muchas huellas de la tradición cristiana, aunque marcadas ya por un importante proceso de secularización. Esta configuración, que afecta a algunos países del sur de Europa, como España y Portugal, además de Polonia como excepción entre los países del Este, está representada también, de alguna manera, por Italia. Es una situación caracterizada por un proceso de secularización de la mentalidad, pero no tanto como para eliminar las huellas de la referencia cristiana y las costumbres religiosas. Esta permanencia de la memoria cristiana y de sus manifestaciones dentro de mentalidades cada vez más secularizadas parece resistir al tiempo, como lo testimonia la buena salud de la religiosidad popular. Es una situación que constituye a un mismo tiempo una posibilidad y una dificultad para el anuncio del evangelio.
• La religión privada. Podemos determinar una tercera área respecto de la fe que afecta a los países del Este que sufrieron durante tanto tiempo la dominación de la antigua Unión Soviética. Este tiempo «largo» (1946-1989) ha estado marcado por una obstinada persecución, por la destrucción de los valores morales cristianos y por la conocida y vivida negación de la existencia de Dios. La fe cristiana ha sido custodiada, en estos países de dominación soviética, en un clima de clandestinidad, dentro de las familias, gracias al testimonio de los abuelos y las abuelas, los padres y las madres. La caída del muro de Berlín y de la República Soviética (1989) han marcado la vuelta al espacio público de la fe cristiana en los países del Este. Pero la liberalización tras un largo tiempo de clandestinidad trae dos contratiempos significativos: el debilitamiento de la fe
(sin adversario, la fe se desvanece) y su continuidad en forma sobre todo privada, fundamentalmente cultual, con escasa incidencia en la vida personal y pública.
• La serena ausencia de religiosidad. Finalmente constatamos la situación de la Alemania Oriental y de países como Suecia, la República Checa e incluso Holanda. Es un área que presenta una especificidad única en Europa en lo que toca a la fe. Oficialmente, en la ex Alemania del Este, hay un 4% de católicos y un 21% de protestantes. El resto de la población (alrededor del 75%) es sencilla y serenamente a-religiosa. Se trata de una ausencia de religiosidad que se ve como normal, que a nadie sorprende: una a-religiosidad pacífica. Si alguien, en la ex Alemania del Este, pregunta: «¿Cree usted en Dios?», verá que le responden: «No. Yo soy completamente normal»[2]. Nos hallamos en un contexto
a-religioso estable[3]
, excepcionalmente resistente a todo esfuerzo misionero, y es necesario guardarse muy mucho de pensar que el homo areligiosus de la Alemania Oriental está por ello menos atento y es menos sensible a los valores humanos del homo
religiosus de Baviera, de Polonia o del resto de Europa: en este sentido, la situación de la
Alemania Oriental es igual, y en algunos aspectos mejor, que la de la Alemania Occidental, todavía fuertemente estructurada por el cristianismo[4]. Estamos ante una
3. Europa está en cada uno de nosotros
¿Qué sentido tiene este intento de diferenciación de la tarea misionera de la catequesis en Europa? Nos lo hacen ver los mismos catequistas al preguntarles sobre esta cuestión. A la pregunta: «¿Cuáles de estas áreas se dan en vuestra parroquia?», responden que las cuatro.
Dicen que hay creyentes que se han alejado de la Iglesia con un sentimiento de agresividad, personas que siguen siendo practicantes pero con una mentalidad profundamente secularizada, hombres y mujeres que tienen una religiosidad privada, «a la carta», a la medida de sus gustos personales y, finalmente, personas que son tranquilamente no creyentes pero con una riqueza interior y una «espiritualidad» no religiosa.
Lo que impresiona sobre todo es el hecho de que estos catequistas admiten que «encontramos estas cuatro áreas en nuestras familias y, si somos sinceros, dentro de cada uno de nosotros».
A la pregunta siguiente: «Según vosotros, ¿cuál de estas cuatro situaciones es la más dispuesta a dejarse evangelizar, la más abierta a la sorpresa de la buena noticia del evangelio?», la respuesta es esta: «La cuarta. Las personas serenamente no religiosos son las que más dispuestas están a dejarse sorprender por la novedad del evangelio y de su gracia».
Tal vez en esta respuesta tengamos la clave para comprender como nunca que la situación actual no es una desgracia sino que, por el contrario, tal vez constituya una oportunidad para un nuevo momento de la fe. ¿Cuál?
4. Adelantarse a la jugada
y no limitarse a devolver la pelota
La actual situación de pluralismo y secularización que a todos nos alcanza no es el fin del cristianismo, sino de un cierto cristianismo, de aquel cristianismo en el que cristiano y ciudadano coincidían y en el que no se podía ser otra cosa que cristiano: una fe que tenía que serlo, que se daba por descontado, una fe obligada.
Esta situación ha demostrado su valor pero también sus límites. Todo tiene un precio, incluida la coincidencia entre lo civil y lo religioso. No se trata de enjuiciar el pasado, pero es importante comprender que no se está acabando el cristianismo sino su forma sociológica. Caminamos hacia un tiempo en el que las personas, precisamente por estar inmersas en un pluralismo cultural y religioso, elegirán, cada vez más, entre ser o no ser cristianas. La cultura actual, de hecho, ya no transmite la fe, sino la libertad religiosa. Los cristianos del mañana sentirán su fe como un plus de gracia con respecto a su proceso humano, sentirán que la fe en el Señor Jesús es la gracia de poder vivir la propia vida animados por el Espíritu Santo, contentos de estar en medio de hombres y mujeres que piensan de modo diferente, pero siempre dispuestos a dar razón de su esperanza.
La peor respuesta que podamos dar a esta situación es la de la nostalgia. Para servir de un modo inteligente al evangelio, en Italia y en Europa, es necesario, diciéndolo con un término deportivo, «adelantarse a la jugada» y no limitarse a «devolver la pelota». Devolver la pelota significa llevar a cabo una pastoral y una catequesis que intenta detener las pérdidas, limitarse a ralentizar el alejamiento de la Iglesia de los cristianos por tradición, trabajar para hacer que las cosas vuelvan a ser como antes. Se trata de una actitud que parte de una lectura negativa de la cultura actual y se interpone como barrera a la que considera como una deriva cultural. Pero, como testimonian los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo está siempre un paso más allá, no se queda nunca en un sitio. «Adelantarse a la jugada», por el contrario, significa emplear la propia pasión evangélica y las energías pastorales al servicio del rostro futuro del cristianismo, el que el Espíritu Santo está preparando en Europa desde hace tiempo. Haciendo un esfuerzo de imaginación, podemos pensar que este cristianismo tendrá tres rasgos principales: el de la libertad, el de la gratuidad y el de la maternidad.
• Una propuesta de libertad. Hemos pasado de «el cristiano no nace, se hace», como afirmaba Tertuliano en el siglo II en un contexto pagano, a una situación exactamente al revés: «Nacemos cristianos y no podemos no serlo». En esta situación de cristiandad sociológica europea, que ha durado alrededor de quince siglos, ser cristiano se daba por descontado y había que adherirse y escuchar a la Iglesia por obligación. Ahora estamos en un tercer momento que podríamos resumir con la siguiente expresión: «No
vuelve a su estatuto originario de libre propuesta y de adhesión. No estamos ante un cambio pequeño.
• Una propuesta en la gratuidad. Una propuesta que se hace en libertad es una propuesta bajo el signo de la gratuidad. Esto supone que quien anuncia no debe pretender meterse en la respuesta ni juzgar el modo en que la persona responde. Para quien viene de tantos siglos de fe tradicional y obligada, la posibilidad de volver a creer solamente le puede venir si percibe que el testimonio de la fe es un testimonio libre y que su anuncio es gratuito. Esto es lo que valientemente desean los obispos lombardos:
«Hoy la Iglesia está llamada a curar, acompañar, sanar, de una manera absolutamente gratuita todo acceso a la fe sin que ni siquiera se insinúe la sospecha de que lo hace para que el destinatario de su acción se haga cristiano y discípulo. Lo que llevamos en nuestro pensamiento que mueve nuestra acción es el gozo de hacer posible que (...) todo hombre o mujer que llama a las puertas de la vida y de nuestra comunidad llegue libremente a ser discípulo creyente»[5]
.
En esta perspectiva, la Iglesia se coloca en situación de debilidad evangélica: «Pero Él me dijo: “Mi gracia te basta, pues mi fuerza se realiza en la debilidad”. Por tanto, con sumo gusto seguiré vanagloriándome, sobre todo en mi debilidad, para que se manifieste en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12,9).
• Una propuesta de «maternidad». El tercer dato nuevo es, consiguientemente, la recuperación de la gradualidad y la organicidad de la propuesta de la fe, es decir, su dimensión iniciática. Por gradualidad y organicidad entendemos la realización del proceso de introducción en la fe tal como se entendía y se llevaba a cabo en el catecumenado antiguo: hoy, la propuesta no puede dirigirse solo a la inteligencia de las personas (los conocimientos de la fe), sino a la totalidad de las dimensiones de su vida. La globalidad del anuncio pone nuevamente en el centro los procesos iniciáticos de la fe y la comunidad cristiana, en su conjunto, como seno materno iniciador. Se acaba, de este modo, con la delegación de la catequesis en manos de un encargado de la tarea (el catequista o la catequista como niñera de la fe) y vuelve a ser la principal actividad de una comunidad creyente que, al tiempo que gesta a sus hijos, ella misma se ve regenerada en su fe.
5. El cristianismo
de la gracia y de la propuesta
bajo el signo de la sorpresa
Entrar en esta perspectiva de libertad y gratuidad exige que la propuesta de la fe sea hecha y percibida en la línea del testimonio, es decir, de la gratitud por lo que por gracia hemos llegado a ser. Sitúa la cuestión de la fe y de su propuesta no primariamente en el orden de la búsqueda o de la respuesta a unas preguntas más o menos supuestas, sino de la sorpresa, como lo evidencian la parábola del tesoro y de la perla. Invoca un cristianismo de la gracia.
La perspectiva de la «no necesidad cultural de la fe para vivir humanamente», es decir, la de la situación de la ex Alemania del Este, presente en todos y en todas, no pone en crisis la convicción central de la fe cristiana de que Jesús es el Señor. Los cristianos profesan que Jesucristo es el Salvador universal y que fuera de él no hay salvación. Pero al mismo tiempo saben que su gracia actúa en todo ser humano y en toda cultura, incluso fuera de la forma canónica eclesial.
La adhesión explícita a la fe cristiana es, por tanto, como dice André Fossion, una «gracia segunda»[6]
, un suplemento de gracia que impulsa a todo creyente a dar testimonio de su fe para que esta gracia alcance a todos y así «nuestro gozo sea completo» (1 Jn 1,4). Este horizonte sitúa la evangelización en un espacio de absoluta gratuidad y libertad, y precisamente este horizonte es la condición cultural de la plausibilidad de la fe cristiana en Italia y en Europa tras tantos siglos de adhesión obligada y dada por descontado. Paradójicamente, la «no necesidad cultural de la fe» es una formidable oportunidad para devolverle a la fe cristiana su valor y su esplendor, y a la comunidad cristiana a su vocación misionera.
6. Una crisis saludable
Volvemos así al punto donde habíamos comenzado: la «crisis de los cuarenta». Ella es – decíamos– una llamada para situarnos en la vida de un modo diferente. Lo que caracteriza a esta «diferencia» es algo cualitativo: consentir ponerse al servicio de la vida tal como es y no como quisiéramos que fuese. Dicen que el adulto que atraviesa bien el vado de los cuarenta consiente en soltar la presa y decide tomarse la vida de otra manera, no programando de modo voluntarista el trazado del camino, sino sirviéndose de rutas inéditas y no dominables, poniendo gratuidad y confianza en su modo de amar.
El tiempo que vivimos tiene dos tentaciones: la de la nostalgia del pasado y la de la pretensión de dominar el presente. El juicio negativo sobre la cultura actual va seguido con frecuencia de un esfuerzo por hacer que las cosas vayan como nosotros quisiéramos. Este tiempo de transición cultural nos llama a mantener la confianza en el Espíritu Santo –que ciertamente no deja que se le escape el timón de la historia– y a cultivar la esperanza en los hombres y mujeres de hoy, que no son menos aptos para el evangelio que los de las generaciones pasadas.
Es una invitación a no pretender dominar los cambios, sino a ponerse al servicio de la vida que el Señor sigue suscitando. No una pastoral desilusionada ni una pastoral voluntarista, sino el empeño por entregar el evangelio a todos desde el estilo evangélico de la confianza y de la esperanza.
En síntesis
Muchos hombres y mujeres de hoy piensan que para ser plenamente humanos y tratar de vivir bien la propia vida no es necesaria la fe. Esta situación puede asustar y crear en la Iglesia sentimientos negativos. Si se asume, por el contrario, desde la perspectiva de una evangelización renovada, esta misma situación abre el camino hacia un nuevo rostro del cristianismo. No ya la coincidencia entre sociedad civil y religiosa, ni tampoco una adhesión al cristianismo, obligada y dada por supuesto. Desde una propuesta libre y gratuita, se abre el tiempo de un cristianismo de la gracia. Los hombres y mujeres de hoy en día no son menos aptos para el evangelio que los de las épocas pasadas. Con su visión secularizada de la vida están tal vez más dispuestos a dejarse sorprender por el evangelio, a condición de que la Iglesia tenga esperanza en ellos y siga dando testimonio de aquello que por gracia se le ha otorgado ser, sin proselitismos, sino por un exceso de gratitud, de modo que su alegría sea completa.
1. Esta reflexión está tomada de una conferencia tenida en el coloquio promovido por la Facultad de Teología de Padua sobre los cuarenta años del Documento Base: «La catechesi a un nuovo bivio?», en G. ZIVIANI – G.
BARBON (eds.), La via italiana del cambiamento, Messaggero – Facoltà Teologica del Triveneto, Padova
2010, 65-89; «La catechesi a un nuovo bivio. La via italiana del cambiamento»: Chiesa in Italia. Il Regno.
Annale 2008, 63-78.
2. G. ERBRICH, «Puntos de partida para el primer anuncio en la Alemania del Este», en La conversión misionera de
la catequesis, PPC, Madrid 2009, 85.
3. E. TIEFENSEE, «Une troisième confession dans l’Europe occidentale. Les chrétiens et leurs voisins areligieux en
Allemagne orientale»: Lumen Vitae 61 (2001) 1, 41-57.
4. Véase la significativa comparación establecida por Tiefensee entre Alemania oriental y el resto de Europa respecto a valores como la familia, el trabajo, el tiempo libre, la amistad, la libertad sexual, el divorcio y el aborto («Une trroisième confession...», 48-49).
5. OBISPOSDELAS DIÓCESIS LOMBARDAS, La sfida della fede: il primo annuncio, EDB, Bologna 2009, 40-41.
6. A. FOSSION, «Annunciare il Vangelo nell’ambito delle categorie culturali odierne»: La vocazione formativa delle
comunità cristiane. Evangelizzazione e catechesi degli adulti. Quaderni della Segreteria generale CEI, 12
C
APÍTULO3.
La dirección correcta
U
NA marcha por la montaña es siempre una experiencia particular. El tiempo está encalma, partimos con alegría, al comienzo hay una gran euforia, se bromea y se ríe, nos gritamos desde un recodo al otro del sendero... La mochila siempre pesa un poco al principio. Si después de unas cuantas horas de camino, hay que marchar por caminos poco transitados, no hay nada peor que te sorprenda la niebla y no ver por delante ningún horizonte. Es sabido que, en la montaña, el tiempo puede cambiar de repente. Empezamos a andar atentos únicamente a lo que tenemos delante, entre dudas e inseguridades. No es una sensación agradable. La moral se viene abajo, decaen los ánimos, comienzan las dudas: ¿no hubiera sido mejor quedarse en casa? Alguien propone darse la vuelta.
Luego, de pronto, se ve un trozo de cielo despejado, aparecen de nuevo las siluetas de las montañas, vemos la vaguada con sus pueblos. Entonces vuelve la alegría y un enorme sentimiento de liberación. El cansancio es grande, pero ahora tenemos claro cuál es la dirección. Reemprendemos la marcha y, aunque no se ve todo perfectamente claro delante de nosotros, tenemos conciencia de que la dirección es correcta. Y esto es suficiente para seguir caminando.
Esta experiencia es una buena metáfora para comprender el camino recorrido por la catequesis en nuestro país desde 1970 hasta nuestros días. Veamos por qué.
1. Las diversas vicisitudes
de la catequesis italiana
Para la catequesis italiana, el año 1970 es el símbolo del comienzo de un tiempo nuevo. El Documento Base[1], dirigido por los obispos a las comunidades cristianas, abre un
tiempo nuevo. El cielo está despejado, con el azul brillante que nace de la esperanza abierta por el concilio Vaticano II, de la confianza en el hombre, de la confianza en Dios. El Documento Base es el mapa que se entrega a los catequistas. Son alrededor de trescientos mil que se echan a andar con confianza y con tesón. Se da el pistoletazo de salida.
Las parroquias de Italia adoptan los catecismos oficiales de la Conferencia Episcopal Italiana. Su redacción se realiza en dos tiempos: de 1970 a 1984 (catecismos ad
experimentum); de 1988 a 1997 (redacción definitiva). Una importante producción de
mediaciones (itinerarios y materiales de catequesis) acompaña a la experimentación y la actualización: catecismos únicos, por tanto, pero diversificación de itinerarios.
Un hermoso proyecto: mantiene la unidad de todos y permite una amplia creatividad. Es tal vez el único caso en la Iglesia de un proyecto articulado y apoyado de esta manera. Su inspiración de fondo puede resumirse con esta expresión: el paso del «catecismo de la doctrina cristiana» a la «catequesis para la vida cristiana».
Los «catecismos para la vida cristiana» van creando, progresivamente, una nueva mentalidad y una nueva práctica catequística. Estas son sus líneas de inspiración: el cambio de finalidad de la catequesis, es decir, de la doctrina a la fe; la persona de Cristo como contenido central del anuncio; el desarrollo de todos los contenidos de la fe en torno al núcleo central (Jesucristo) en perspectiva trinitaria; la recuperación de las fuentes bíblicas, litúrgicas, de la tradición viva de la Iglesia; la atención a los sujetos, que ya no son considerados como simples destinatarios; la renovación del método y de la pedagogía catequística, que se resume en la expresión «fidelidad a Dios y fidelidad al hombre»; el replanteamiento de la figura del catequista: no solo enseñante, sino educador y testigo. Muchas cosas en la mochila, pero parecen pesar poco.
¿Cómo fueron las cosas? Un análisis del estado de ánimo de los catequistas y de los párrocos nos puede ayudar a comprender la experiencia vivida.
• Primero hubo un periodo de gran entusiasmo, una auténtica «primavera catequística». Desde 1970 hasta finales de la década de 1980, las parroquias de nuestro país lo confiaron todo a la catequesis con la esperanza de que esta renovase las comunidades cristianas. Se realizó un gran esfuerzo de formación de los catequistas y de renovación pedagógica. Veinte años de confianza y de tesón.
• A esta fase eufórica le siguió un tiempo de desencanto, desde finales de la década de 1980 hasta el año 2000. La desilusión venía del hecho de ver cómo la enorme cantidad de energías desarrollada no solo no había resuelto los problemas de la evangelización, sino que parecía registrar un fracaso cada vez más acentuado.
El signo inequívoco era lo que se llamó «la ruina de la posconfirmación», es decir, el abandono masivo de la práctica religiosa tras el último sacramento de la iniciación cristiana Se decía que la iniciación cristiana se había convertido en la conclusión cristiana: tres de cada cuatro confirmados abandonaban la comunidad antes de cumplir 18 años.
Esta situación llevó a un periodo de desánimo y estancamiento de la catequesis italiana. Había comenzado la niebla. En medio de este estado de confusión surgió una cuestión importante, muchas veces recordada por el magisterio: la necesidad, en el anuncio de la fe, de asegurar la transmisión de la doctrina «no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral, en todo su rigor y vigor» (Catechesi tradendae, 30).
Se invitó a la catequesis antropológica y experiencial, camino emprendido con confianza y generosidad por los catequistas italianos, a llevar a cabo una importante acción de vigilancia: la fe, como respuesta a los problemas de la vida, no puede disociarse de la fe como conocimiento y adhesión a su contenido, sobre todo en un contexto de progresiva ignorancia de la fe. Algunos interpretaron esto como una invitación a poner en tela de juicio el Documento Base y el movimiento catequístico de nuestro país. La catequesis posconciliar habría sido la responsable del fracaso de la evangelización. Mejor volver atrás, a los catecismos de la doctrina cristiana, como pudo verse con la reimpresión del catecismo de Pío X. Volvía la niebla.
• El cambio de milenio inaugura, simbólicamente y también de hecho, un nuevo punto de vista en la Iglesia. Un momento clave fue la celebración del jubileo del año 2000 y el impulso determinante de la carta apostólica Novo millennio ineunte, con su invitación, tan sugerente, a «remar mar adentro» (Duc in altum), a comprometerse en una nueva evangelización.
En la Iglesia italiana, este viraje se concretó en las orientaciones pastorales para el decenio 2001-2010, Comunicare il vangelo in un mondo che cambia[2]. Su objetivo de
fondo estaba claro: «Dar a toda la vida cotidiana de la Iglesia, también a través de mutaciones en el ámbito de la pastoral, una clara connotación misionera» (n. 444: ECEI 7/206). Es el giro misionero de la pastoral y la exigencia del primer anuncio que la catequesis deberá hacer propia.
Esta lectura de cuarenta años de catequesis en nuestro país es necesariamente esquemática y simplificadora. Es una mirada desde arriba y, aunque es verdad que se pierden los detalles, se ven mejor los contornos: la forma de las cosas se ve mejor desde
lejos. Tal vez ha comenzado algo nuevo, verdaderamente nuevo. Es como un resquicio por el que asoma el buen tiempo en medio de la niebla.
2. El denominador común encontrado
Podríamos decir que tanto el pensamiento del magisterio como la reflexión catequética parecen haber encontrado, tras un periodo de incertidumbre, el acuerdo sobre un denominador común que interesa a toda Europa y, bien mirado, a la Iglesia del mundo entero. Este denominador reside en el desafío de la conversión misionera de la práctica de la evangelización y, más profundamente, de la identidad misma de la Iglesia, llamada a recuperar su vocación de testigo del evangelio.
Las Iglesias europeas, en concreto, vuelven a encontrarse en torno a convicciones y expresiones que les son comunes. Los temas de la propuesta de la fe, del paso de una catequesis de mantenimiento a una catequesis capaz de generar vida cristiana, del cambio de paradigma de la catequesis y, sobre todo, del primer anuncio, son lenguajes compartidos y familiares a todas las Iglesias europeas y constituyen ahora la base de nuestra gramática de comunicación entre los catequistas, los catequetas y los responsables eclesiales.
3. Los tres grandes cambios de dirección
del episcopado italiano
Vamos a intentar ver de qué manera se ha situado la Iglesia italiana dentro de este movimiento. Echando una mirada atrás, a los pasos que hemos ido recorriendo, caemos en la cuenta de que nuestros obispos han establecido tres grandes líneas de conversión.
• La primera es la perspectiva misionera de la pastoral en la línea del primer
anuncio. Puede decirse que esto es, en términos de toma de conciencia eclesial, el
resultado más consistente del primer decenio, cuya expresión ha sido el documento sobre el rostro misionero de las parroquias, la nota sobre el primer anuncio, la carta a los buscadores de Dios y, por último, la carta a los catequistas en el cuarenta aniversario del
Documento Base[3]
. Esta última resume bien la cuestión: «Muchos piensan que la fe no es necesaria para vivir bien. Por eso, antes que educar la fe es necesario suscitarla: con el primer anuncio debemos hacer que arda el corazón de las personas, confiando en la fuerza del evangelio, que llama a todos los hombres a la conversión y les acompaña en todas las etapas de la vida» (n. 10).
Dentro de esta propuesta de conversión misionera de la pastoral destaca, por su carácter interpretativo y propositivo, el documento sobre el rostro misionero de las parroquias. Se dibuja en él lúcidamente el cambio actual y se invita a aceptar ese desafío. Se indican las dos posibles derivas de nuestras parroquias (la autorreferencialidad y la reducción de la parroquia a un centro de distribución de servicios religiosos), se propone la figura de una Iglesia cercana a la vida de la gente, se invita a volver a empezar desde el primer anuncio, se señala, en una pastoral integrada o en red, el camino que se ha de recorrer al servicio del evangelio.
• La segunda conversión se refiere a la necesidad de replantear el modelo de
iniciación cristiana en perspectiva catecumenal. Recordado ya autoritativamente por el Directorio general para la catequesis[4], que invita a hacer del catecumenado el
paradigma de la catequesis, esta invitación ha encontrado una propuesta práctica en las tres notas de los obispos italianos sobre la iniciación cristiana[5]
. Especialmente la segunda nota, la de la iniciación cristiana de los niños entre 7 y 14 años, ha inspirado en Italia muchas de las experiencias de renovación de la praxis ordinaria de la iniciación cristiana de los niños. La tercera nota, en cambio, es la más fecunda para replantear un proceso de redescubrimiento de la fe por parte de los adultos.
Todos compartimos hoy la necesidad de un proceso de iniciación cristiana que asuma por completo la inspiración catecumenal. El Directorio general para la
«La concepción del catecumenado bautismal como proceso formativo y verdadera
escuela de la fe proporciona a la catequesis posbautismal una dinámica y unas
características configuradoras: la intensidad y la integridad de la formación; su carácter gradual, con etapas definidas; su vinculación a ritos, símbolos y signos, especialmente bíblicos y litúrgicos; su constante referencia a la comunidad cristiana...» (n. 91: EV 16/871).
• La tercera conversión consiste en una mudanza propiamente dicha. Se trata de la
centralidad del anuncio basado en los elementos fundamentales con los que se articula
la existencia humana. El congreso de Verona, superando el planteamiento centrado en las tareas esenciales del anuncio, la liturgia y la caridad, ha invitado «a partir de la persona y de su exigencia de unidad, más que de una articulación interna de la Iglesia, aun fundada teológicamente»[6]. Los cinco ámbitos especificados (la vida afectiva, el trabajo y la
fiesta, la fragilidad humana, la tradición, la ciudadanía) son lugares de experiencia que ejemplifican el arco completo de la vida y la convivencia humana. Este desplazamiento de la propuesta de la fe desde la lógica y la organicidad del contenido a la lógica y la organicidad de la existencia humana en los elementos fundamentales con los que se articula, abre, para la pastoral en perspectiva misionera, el tiempo de un exigente y fecundo replanteamiento. «Poner a la persona en el centro constituye una preciosa clave para la renovación, en sentido misionero, de la pastoral y para superar el riesgo de repliegue que puede afectar a nuestra comunidad»[7]
.
El plan pastoral para el segundo decenio Educare alla vita buona del Vangelo[8]
retoma, entre los objetivos y las opciones prioritarias, los cinco ámbitos de Verona y los señala como pistas para la evangelización y como aportación educativa.
Estos tres cambios de perspectiva (misionera, iniciática y secular) han modificado sustancialmente las líneas de nuestro proyecto y constituyen el horizonte en el que sitúa la reflexión y la práctica pastoral de nuestras parroquias y diócesis para los años venideros.
Así pues, hemos salido de la niebla. Hay que estar agradecidos al Espíritu y a la Iglesia italiana por haber precisado con lucidez y firmeza la dirección que hay que tomar. ¿Son conscientes de ello todos? Parece que no. Pero lo que cuenta es ver cómo muchos catequistas y párrocos están recuperando la confianza y el entusiasmo precisamente gracias a este cambio de dirección. Porque esta es propiamente la cuestión: ya hemos comprendido cuál es la dirección, pero todavía no tenemos las soluciones. Sin embargo, esta situación es mucho mejor que la anterior. En los últimos tiempos, la reacción ante la dificultad de la evangelización ha sido, por una parte, el cansancio pastoral y, por otra, el activismo, intensificando la organización y las propuestas. Pero esta generosidad era confusa y se corría el riesgo de estar al servicio de una lógica pastoral de mantenimiento y de vuelta a la situación anterior. Ahora, en cambio, quien ha visto el resquicio de luz entre la tiniebla empieza a caminar de otra manera. Ha comenzado el tiempo de los
pequeños pasos, de las experiencias, de la creatividad pastoral. Hay trabajo, es cierto, pero a muchos se les ha ido ya el cansancio mental. Lo dicen los catequistas que han emprendido las primeras experiencias de renovación de la práctica tradicional de la iniciación cristiana. «Quería dejarlo, pero he vuelto a encontrar el gusto de ser catequista». «Estoy volviendo a encontrar el sentido de mi ministerio», dicen algunos sacerdotes.
Volvamos a la imagen de la marcha. El cansancio es mucho. Y, sin embargo, hay una nueva luz en nuestra pastoral. Todavía es una luz débil. Es un retoño que hay que cuidar y proteger. El que ha dado los primeros pasos no tiene intención de dar marcha atrás. Lo que se necesita ahora es la capacidad para orientar y organizar lo nuevo que está naciendo, por amor al evangelio y a las personas que el Señor ha puesto en nuestro camino.
En síntesis
La catequesis italiana ha vivido desde 1970 hasta hoy un largo periodo. Primero fue la primavera tras el concilio, bajo la guía de los catecismos para la vida cristiana, basada en la confianza en hombre, la fe y el entusiasmo de trescientos mil catequistas. A continuación, en el último decenio del siglo pasado, un tiempo de cansancio, de desilusión e incluso de nostalgia. El esfuerzo realizado no produjo los resultados que se esperaban. Con el paso simbólico del segundo milenio se ha abierto un tiempo nuevo: el del giro misionero de la Iglesia. El episcopado italiano ha hecho suyo el desafío y ha señalado a la Iglesia de nuestro país, con su autoridad, tres direcciones: la conversión misionera de la pastoral, la inspiración catecumenal de la iniciación cristiana, el anuncio del evangelio desde las experiencias antropológicas fundamentales de la vida. Las orientaciones pastorales Educare alla vita buona del Vangelo han tomado en serio esta invitación a una conversión misionera, iniciática y secular de la propuesta cristiana. Tenemos ahora, por tanto, una dirección clara, hemos salido de la confusión. Se abre el tiempo de la creatividad pastoral, porque tenemos la dirección, pero nos faltan las recetas. Se trata de dar cuerpo a las hermosas intuiciones. Pero ahora estamos mejor que antes. Tener que buscar soluciones teniendo clara una dirección es mucho mejor que multiplicar las iniciativas en una dirección confusa. Es la hora del trabajo, de la fidelidad y de la paciencia, con amor al evangelio y pasión por el hombre.
1. CONFERENZA EPISCOPALE ITALIANA (CEI), Il rinnovamento della catechesi. Documento pastorale dell’Episcopato
italiano, Roma, 2 de febrero de 1970 (ECEI 1/2362-2973).
2. CEI, Comunicare il vangelo in un mondo che cambia. Orientamenti pastorali dell’Episcopato italiano per il
primo decennio del 2000, Roma, 29 de junio de 2001: ECEI 7/139-265.
3. CEI, Il volto missionario delle parrocchie in un mondo che cambia, Roma, 30 de mayo de 2004: ECEI
7/1.404-1.505; COMMISSIONEEPISCOPALEPER LADOT T RINADELLAFEDE, L’ANNUNCIOE LACAT ECHESI, Questa è la nostra
fede. Nota pastorale sul primo annuncio del vangelo, Roma, 15 de mayo de 2005: ECEI 7/2.338-2.422;
COMMISSIONEEPISCOPALEPERLADOT T RINADELLAFEDE, L’ANNUNCIOELACAT ECHESI, Lettera ai cercatori di Dio,
Roma, 12 de abril de 2009, EDB, Bologna 20093 (trad. esp.: Carta a los buscadores de Dios, BAC, Madrid 2011); COMMISSIONE EPISCOPALE PER LA DOT T RINA DELLA FEDE, L’ANNUNCIO E LA CAT ECHESI, Annuncio e
catechesi per la vita cristiana. Lettera ai presbiteri e ai catechisti nel quarantesimo del Documento Base Il
Rinnovamento della catechesi, Roma, 4 de abril de 2010, Bologna 2010.
4. Direttorio generale per la catechesi, Roma, 15 de agosto de 1997: EV 16/741-1127.
5. La CEI ha publicado tres notas sobre la iniciación cristiana: L’iniziazione cristiana. 1. Orientamenti per il
catecumenato degli adulti, Roma, 30 de marzo de 1997: ECEI 6/613-731; 2. Orientamenti per l’iniziazione cristiana dei fanciulli e dei ragazzi dai 7 ai 14 anni, Roma, 23 de mayo de 1999: ECEI 6/2.040-2.119; 3. Orientamenti per il risveglio della fede e il completamento dell’iniziazione cristiana in età adulta, Roma, 8
6. C. TORCIVIA, «La parrocchia e la conversione pastorale: un modo più missionario di pensarla a partire dagli
orientamenti della Chiesa italiana», en J.F. Antón (ed.), I luoghi della vita quotidiana come luoghi di
evangelizzazione. Atti del Convegno teologico pastorale di Vitorchiano (14-16 febbraio 2008), 90.
7. CEI, «Rigenerati per una speranza viva» (1 Pt 1,3): testimoni del grande «sì» di Dio all’uomo, Roma, 27 de
septiembre de 2007, n. 22, EDB, Bologna 2007.
8. CEI, Educare alla vita buona del Vangelo. Orientamenti pastorali dell’ Episcopato italiano per il decennio
C
APÍTULO4.
Primer y segundo anuncio
«Nuestra actual situación pastoral se parece quizás al trabajo de un agricultor enamorado de su tierra. Cava, abona, riega, con gran dispendio de energías..., pero nadie se ha preocupado de sembrar en ese campo ¡y los esfuerzos resultan estériles! Si la catequesis corresponde al tiempo del cultivo, el primer anuncio corresponde al tiempo de la siembra, y es esta siembra la que falta, en gran parte, en nuestra pastoral ordinaria»[1]
.
E
STE ejemplo nos sirve perfectamente de introducción para comprender el tema delprimer anuncio. En su sencillez, no exenta de ironía, pone sobre la mesa la raíz esencial de donde nacen las frustraciones pastorales de nuestras parroquias. Todos, párrocos y catequistas, nos vemos reflejados, sudorosos, ocupados en alimentar y sostener la fe de nuestros muchachos y de sus padres, irritándonos si no se corresponde con lo que esperamos y desilusionados de la esterilidad de nuestros esfuerzos. El problema es que la fe no se debe presuponer sino proponer. La palabra clave es esta: no se puede dar por descontado que...
«No se puede dar por descontado que se sepa quién es Jesucristo, que se conozca el evangelio, que se tenga alguna experiencia de Iglesia. Esto vale para niños, muchachos, jóvenes y adultos; vale para nuestra gente y, obviamente, para muchos inmigrantes, provenientes de otras culturas y religiones. Se necesita un renovado
primer anuncio de la fe. Es responsabilidad de la Iglesia en cuanto tal, y recae sobre
todo cristiano, discípulo y, por tanto, testigo de Cristo; corresponde especialmente a las parroquias. El primer anuncio es transversal a todas las acciones pastorales»[2]
1. El significado de la expresión
«primer anuncio»
Una vez que se ha comprendido el problema, queda el hecho de que la noción de «primer anuncio» aparece todavía borrosa tanto desde el punto de vista teórico como desde la práctica pastoral. Esta noción hace referencia a diversas propuestas: introducir en la fe (initium fidei para personas no bautizadas), ayudar a personas ya creyentes a redescubrir con una renovado asombro el corazón más hondo del evangelio, acompañar la reiniciación de personas que se han alejado de la comunidad cristiana. Es bueno, por tanto, que tratemos, en la medida en que nos sea posible, de clarificar su sentido para que no se reduzca a una «palabra mágica» y, en resumidas cuentas, confusa e impracticable.
Como ya hemos dicho, ha sido el contexto actual de secularización y pluralismo cultural y religioso, con la progresiva desaparición de la forma de cristianismo sociológico, el que ha suscitado, en la comunidad cristiana, la conciencia de la necesidad del primer anuncio. Estamos llamados a pasar de una «catequesis para la maduración de la fe», que se da por descontada, a una catequesis «de propuesta de la fe», de las «tradiciones cristianas» a la Tradición (Traditio = entrega) de la fe cristiana.
Podemos dar una primera definición: el primer anuncio es la proclamación del evangelio con vistas a conducir a una persona al encuentro con Jesús en la comunidad eclesial y a emprender un camino de conversión. Está claro: trata de una adhesión inicial a la fe que es al mismo tiempo acto, contenido y actitud.
• En cuanto acto, el primer anuncio conduce al abandono de sí en el Señor Jesús, una primera respuesta de fe personal y consciente. Es, pues, del orden de la confianza, del fiarse: una vida que decide confiar y fiarse del Dios de Jesucristo en la docilidad a su Espíritu.
• La confianza y el abandono necesitan, sin embargo, un contenido, es decir, saber de quién se fía uno. El contenido del primer anuncio es el misterio de Jesucristo, es decir, su vida, su pasión, muerte y resurrección y, a la luz de todo esto, el rostro del Padre y el don del Espíritu, que guía a la Iglesia hasta su vuelta definitiva. Nosotros hablamos del
kerigma, pero este no se reduce al anuncio de la Pascua sino a todo el misterio de Cristo.
Contiene, pues, en sí todo el evangelio, con cuanto da y cuanto pide. Ahora se comprende que el «todo» de la fe del primer anuncio no es de tipo cuantitativo sino de tipo intensivo-cualitativo. No se trata todavía de explicitar todos los contenidos de la fe, sino de transmitir el corazón del evangelio, en su dinámica de don y respuesta.
• El abandono y la adhesión al contenido de la fe se convierten pronto, pues, en
actitud. El primer anuncio conduce a las personas a emprender un camino de conversión, es decir, decidirse a seguir a Jesús y conformar la propia vida con la suya.
Desemboca en el bautismo o en su redescubrimiento y conduce a un cambio de vida. Será necesario un camino de acompañamiento y profundización en la comunidad cristiana, mediante la escucha de la Palabra, la celebración de la eucaristía, la vida comunitaria fraterna, el compromiso en la caridad y el testimonio.
2. El primer anuncio,
inicio y fundamento de la vida cristiana
¿Por qué llamamos «primero» al anuncio? ¿En qué sentido es primero?
• Ante todo, en sentido cronológico, porque indica el tiempo inicial que lleva a la adhesión y a los primeros pasos en la fe o a su redescubrimiento tras el abandono o el olvido. Hace siglos que, en nuestras comunidades, no estamos acostumbrados a ofrecer un tiempo de entrada en la fe, a causa de un contexto ya comúnmente cristiano. Hemos perdido, pues, en gran parte la memoria misionera y la capacidad de «hacer entrar» en el don de la fe. Vuelve a ser importante introducir en nuestras comunidades tiempos de primer anuncio, es decir, de propuestas de acompañamiento en los primeros pasos de la fe. En todas nuestras parroquias, de hecho, aumenta el número de no bautizados, por la presencia de inmigrantes o por la costumbre cada vez más difundida de no bautizar a los más pequeños.
• Pero hay otro sentido, más profundo, del adjetivo «primero». El anuncio no está únicamente en el inicio cronológico de la fe sino siempre en su centro. No es solo un tiempo que requiere sucesivos pasos, sino el «valor fundante» que debe estar presente en todos los procesos de evangelización, en la pastoral como su espina dorsal, y en la vida y en el hacer de la Iglesia. Es lo que expresa, eficazmente, la nota sobre el primer anuncio:
«La “prioridad” del primer anuncio se entiende sobre todo en sentido genético y fundante: en la base de todo el edificio de la fe está el “cimiento... que es Jesucristo” (1 Cor 3,11); él es la “piedra angular, elegida, preciosa, y quien cree en ella no quedará defraudado” (1 Pe 2,6). De esta manera se edifica el cuerpo de Cristo, “hasta que lleguemos todos... al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo” (Ef 4,13)»[3]