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El Triunfo Del VirreyEl triunfo del virrey

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El triunfo del virrey

Juan Chiva Beltrán

Glorias novohispanas: origen, apogeo

y ocaso de la entrada virreinal

investigador del Departamento de Historia, Geografía y Arte de la Universitat Jaume I de Castellón, y miembro de los grupos de investigación Potestas, CIAL (Centro de

Investigaciones de América Latina) e IHA

(Iconografía e Historia del Arte). Sus investigaciones se han centrado en la iconografía y la imagen del poder, y en las diferentes ceremonias que del mismo emanan tanto en Europa como en América, con diferentes estancias en Europa, México y Estados Unidos. Sobre dicha temática ha publicado diversos artículos en revistas y aportaciones en congresos nacionales e internacionales, además del libro colectivo

La fiesta barroca. Los virreinatos americanos (1560 – 1808), segundo volumen publicado

en el seno del proyecto de investigación Triunfos Barrocos.

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El triunfo del virrey

Juan Chiva Beltrán

Glorias novohispanas: origen, apogeo

y ocaso de la entrada virreinal

Geografía y Arte de la Universitat Jaume I de Castellón, y miembro de los grupos de investigación Potestas, CIAL (Centro de

Investigaciones de América Latina) e IHA

(Iconografía e Historia del Arte). Sus investigaciones se han centrado en la iconografía y la imagen del poder, y en las diferentes ceremonias que del mismo emanan tanto en Europa como en América, con diferentes estancias en Europa, México y Estados Unidos. Sobre dicha temática ha publicado diversos artículos en revistas y aportaciones en congresos nacionales e internacionales, además del libro colectivo

La fiesta barroca. Los virreinatos americanos (1560 – 1808), segundo volumen publicado

en el seno del proyecto de investigación Triunfos Barrocos.

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EL TRIUNFO DEL VIRREY

GLORIas NOVOhIspaNas:

ORIGEN, apOGEO Y OcasO

DE La ENTRaDa VIRREINaL

Juan Chiva Beltrán

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Dirección de la colección Amèrica: Vicent Ortells chabrera

© De los textos: Juan Chiva Beltrán, 2012

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat Jaume I, 2012

© Ilustración de la cubierta: José Joaquín Magón (atrib.), portada erigida en la catedral de Puebla para la entrada del virrey marqués de las Amarillas cc. 1755.

Edita: Publicacions de la Universitat Jaume I. Servei de Comunicació i Publicacions Campus del Riu Sec. Edifici Rectorat i Serveis Centrals. 12071 Castelló de la Plana Fax: 964 72 88 32

http://www.tenda.uji.es e-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-8021-928-0

DOI: http://dx.doi.org/10.6035/America.2012.29

El triunfo del Virrey : glorias novohispanas : origen, apogeo y ocaso de la entrada virreinal / Juan Chiva Beltrán.  Castelló de la Plana : Publicacions de la Universitat Jaume I, D.L. 2012

p. ; cm.  (Amèrica ; 29) Bibliografia.

ISBN 978-84-8021-928-0

1. Virreis –Amèrica Llatina. 2. Protocol oficial –Amèrica Llatina. I. Universitat Jaume I. Publicacions. II. Títol. III. Sèrie. Amèrica (Universitat Jaume I) ; 29

325.4(8) 394.4(8) HBTG HBTQ 1KL 3J

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedrO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Publicacions de la Universitat Jaume I es miembro de la une, lo que garantiza la difusión y comercialización de sus publicaciones a nivel nacional e internacional. www.une.es.

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de los virreyes de Veracruz a México, y en muchos otros

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PRÓLOGO

Víctor Mínguez y Manuel Chust ... 11

INTRODUCCIÓN ... 15

CAPÍTULO I BREVE HISTORIA DE LAS ENTRADAS TRIUNFALES ... 27

1.1 Triumphus: el mundo romano ... 27

1.2. Los ingresos de la Edad Media ... 37

1.3. El Renacimiento y el modelo moderno de entrada triunfal ... 44

1.4. La apoteosis barroca. El ejemplo de la monarquía hispánica ... 60

CAPÍTULO II EL CEREMONIAL NOVOHISPANO DE ENTRADA VIRREINAL ... 75

2.1. Sus particularidades: el viaje cortesiano ... 77

2.2. Las disposiciones en las Leyes de Indias en torno al tema de las entradas virreinales ... 80

2.3. El duro viaje de los virreyes hasta la Nueva España ... 86

2.4. El periplo triunfal de los virreyes. El documento de Diego García Panes ... 88

2.4.1. La importancia veracruzana ... 89

2.4.2. Hacia tierras tlaxcaltecas ... 93

2.4.3. La entrada en la «privilegiada» Tlaxcala ... 96

2.4.4. Los virreyes en Puebla, la Ciudad de Los Ángeles ... 97

2.4.5. En tierras del traspaso de poder ... 100

2.4.6. El viaje de la virreina ... 101

2.4.7. El retorno de los virreyes a España ... 102

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3.1. El Reinado de Carlos V (1516-1556) ... 111

3.1.1. Antonio de Mendoza, el primer virrey ... 112

3.1.2. Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón ... 115

3.2. El Reinado de Felipe II (1556-1598) ... 116

3.2.1. Gastón de Peralta, marqués de Falces ... 116

3.2.2. Martín Enríquez de Almansa ... 117

3.2.3. Lorenzo Suárez de Mendoza, conde de La Coruña ... 118

3.2.4. Pedro Moya de Contreras, arzobispo de México ... 120

3.2.5. Álvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villamanrique ... 120

3.2.6. Luis de Velasco hijo, su primer gobierno ... 122

3.2.7. Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey ... 125

CAPÍTULO IV EL SIGLO XVII, EL ESPLENDOR DE LAS ENTRADAS BARROCAS ... 129

4.1. El Reinado de Felipe III (1598-1621) ... 129

4.1.1. Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros ... 130

4.1.2. Luis de Velasco, el segundo mandato ... 132

4.1.3. Fray Francisco García Guerra, arzobispo de México ... 133

4.1.4. Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar .... 133

4.1.5. Diego de Pimentel, conde de Priego y marqués de los Gelves .. 134

4.2. Los virreyes de Felipe IV (1621-1665) ... 136

4.2.1. Rodrigo Pacheco Osorio, marqués de Cerralbo ... 136

4.2.2. Lope Díez de Armendáriz, marqués de Cadereyta ... 137

4.2.3. Diego López Pacheco, duque de Escalona y marqués de Villena ... 138

4.2.4. Juan de Palafoz y Mendoza, obispo de Puebla ... 143

4.2.5. García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra ... 144

4.2.6. Marcos de Torres y Rueda, obispo de Yucatán ... 145

4.2.7. Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Aliste ... 145

4.2.8. Francisco Fernández de la Cueva, VIII duque de Alburquerque ... 150

4.2.9. Juan de Leyva y de la Cerda, conde de Baños ... 152

4.2.10. Diego Osorio de Escobar, obispo de Puebla ... 156

4.2.11. Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera ... 157

4.3. El Reinado de Carlos II (1665-1700) ... 161

4.3.1. Pedro Nuño Colón de Portugal, duque de Veragua ... 161

4.3.2. Fray Pato Enríquez de Ribera, arzobispo de México ... 162

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4.3.7. José Sarmiento de Valladares, conde de Moctezuma y Tula ... 170

CAPÍTULO V EL SIGLO XVIII Y LOS INICIOS DE LA DECADENCIA ... 177

5.1. Una nueva dinastía en el poder: Felipe V (1700-1746) ... 177

5.1.1. Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque .. 178

5.1.2. Fernando de Alencastre y Noroña, duque de Linares ... 179

5.1.3. Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero ... 181

5.1.4. Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte ... 181

5.1.5. Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México .... 184

5.1.6. Pedro de Castro y Figueroa, duque de la Conquista ... 184

5.1.7. Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara ... 185

5.2. El Reinado de Fernando VI (1746-1759) ... 189

5.2.1. Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, I conde de Revillagigedo ... 189

5.2.2. Agustín de Ahumada y Villalón, marqués de las Amarillas ... 190

5.3. El ilustrado reinado de Carlos III (1759-1788) y los cambios en el viaje virreinal por Nueva España desde los años sesenta del siglo xviii ... 199

5.3.1. Francisco Cagigal de la Vega ... 200

5.3.2. Joaquín de Montserrat, marqués de Cruillas ... 201

5.3.3. Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix ... 204

5.3.4. Antonio María de Bucareli y Ursúa ... 209

5.3.5. Martín de Mayorga ... 219

5.3.6. Matías de Gálvez y Gallardo ... 220

5.3.7. Bernardo de Gálvez, conde de Gálvez ... 221

5.3.8. Alonso Núñez de Haro y Peralta, arzobispo de México ... 223

5.3.9. Manuel Antonio de Flores ... 224

CAPÍTULO VI ENTRADAS TRIUNFALES A FINALES DEL VIRREINATO (1789-1821) ... 227

6.1. Entradas triunfales del reinado de Carlos IV (1789-1808) ... 227

6.1.1. Situación novohispana de mediados del siglo xviii a 1789. La Ilustración ... 228

6.1.2. La Real Academia de Bellas Artes de San Carlos ... 232

6.1.3. El II conde de Revillagigedo ... 235

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6.1.7. José de Iturrigaray y Aróstegui ... 260

6.2. Entradas triunfales en tiempos de liberalismo e insurgencia (1808-1814) ... 266

6.2.1. Pedro de Garibay ... 269

6.2.2. Francisco Xavier de Lizana y Beaumont ... 270

6.2.3. Francisco Xavier Venegas ... 275

6.2.4. Félix María Calleja del Rey ... 284

6.3. El derrumbe del sistema (1814-1821) ... 288

6.3.1. Juan Ruiz Apodaca y Eliza ... 290

6.3.2. Francisco Novella ... 296

6.3.3. Juan O’Donojú: llegó, firmó y murió ... 297

CONCLUSIONES ... 307

ÍNDICE DE ILUSTRACIONES ... 315

BIBLIOGRAFÍA ... 323

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El emperador Claudio entrando triunfante en Roma en el año 44 d.C tras la conquista de Britania; Alfonso V el Magnánimo cruzando las puertas de Nápoles en 1442, capital del reino recién sometido; Carlos V siendo recibido en las ciuda-des italianas –Mesina, Nápoles, Roma, Siena y Florencia- bajo arcos efímeros en los años 1535 y 1536, una vez finalizada la campaña victoriosa de Túnez. Estas tres ceremonias tienen lugar en Italia en un intervalo de 1500 años. La primera es uno de los muchos triunfos que emperadores romanos y también algunos distingui-dos generales protagonizaron tras haber obtenido importantes éxitos militares contra los enemigos del Imperio. Las dos siguientes evidencian la recuperación de este ritual cívico y urbano en el contexto de la cultura del Renacimiento. Los sucesores de Alfonso V de Aragón y del emperador Carlos, el primer Habsburgo que reina en España, adoptan el ritual de la entrada triunfal clásica cada vez que visitan ciudades de sus reinos peninsulares y de sus dominios europeos, como una representación pública de su poder absoluto. Sin embargo, ni los reyes de la Casa de Austria ni los de la Casa de Borbón que gobiernan España y su Imperio atlántico durante más de trescientos años visitarán jamás los inmensos territorios que poseen más allá del océano. Serán por ello los virreyes, sus representantes y alter ego en los reinos de la Nueva España, el Perú, Nueva Granada y Río de la Plata, los que atravesarán las ciudades bajo arcos triunfales cada vez que, proce-dentes de la metrópoli, uno tras otro desembarquen en puertos como Veracruz o el Callao para asumir su nuevo cargo. Y aunque llegan a un territorio sometido y ninguno de ellos ha tenido que vencer para ello ninguna resistencia armada, cada llegada de un virrey rememora simbólicamente la primigenia conquista de estas tierras por Hernán Cortés, Pizarro y otros capitanes españoles durante el siglo xVi. Y el homenaje y reconocimiento que reciben de criollos e indígenas representa en cada ocasión la sumisión de la población americana a los reyes hispanos.

Este libro que tenemos el placer de presentar es el trabajo de investigación que Juan Chiva Beltrán realizó en el programa de doctorado de la Universitat Jaume I con el título Entradas virreinales en la Nueva España: evolución de

un ceremonial hasta su crisis (1789-1821), defendida en octubre de 2005.

Pos-teriormente, y durante los años siguientes, Juan Chiva elaboró su tesis doctoral,

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al Segundo Imperio (1808-1867), que alcanzó el máximo reconocimiento del

tribunal que la juzgó en febrero de 2009, y en la que profundizó en las entradas como ceremonias de representación del poder, extrapolando su primera inves-tigación al México decimonónico e independiente. Esta tesis doctoral también será publicada próximamente y ambos libros constituirán un excelente díptico para conocer las claves ceremoniales, iconográficas e ideológicas de las entradas novohispanas y mexicanas. Trabajo de investigación y tesis doctoral han sido me-jorados sustancialmente durante los dos últimos años, resultado de la natural ma-duración de la investigación y del propio investigador, y de nuevas aportaciones realizadas aprovechando fundamentalmente dos becas postdoctorales, una en la propia Universitat Jaume I, y la otra en la Universidad de California-Irvine, finan-ciada por la Generalitat Valenciana. Ambos libros hay que leerlos, uno a continua-ción del otro, pues ofrecen un completo panorama de la ceremonia del triunfo, desde sus orígenes europeos, a través de las entradas virreinales bajo las sucesivas monarquías de la Casa de Austria y de la Casa de Borbón, y posteriormente a lo largo del siglo xix en el México independiente, recorriendo los distintos sistemas políticos con que se dotó la nueva nación: imperio, república, segundo imperio y de nuevo república.

El primer volumen que ahora tenemos entre las manos, el triunfO del Virrey. GlOriasnOVOhispanas: OriGen, apOGeOyOcasOdelaentradaVirreinal, se centra, como indica el título, en el periodo virreinal, y está organizado en seis oportunos capí-tulos: el primero narra los precedentes de este ritual de poder en Europa en sus distintas fases: el mundo clásico, la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco; el segundo analiza con rigor el ceremonial novohispano de la entrada del virrey; y los cuatro capítulos sucesivos recorren tres siglos de historia de la Nueva España a través del estudio de las entradas particulares de todos los virreyes llegados desde la metrópoli.

En la introducción Juan Chiva nos recuerda las coordenadas en las que se inte-gra su investigación: arte, fiesta y poder. Un planteamiento ambicioso que ha exi-gido una difícil investigación interdisciplinar, en la que la Historia y la Historia del Arte se han complementado en cada momento para construir un sólido discurso que permite realizar una correcta interpretación del ritual más importante –junto con las exequias regias–, de entre los muchos modelos celebraticios que tuvieron lugar en América durante el dominio español. Para ello, y acertadamente, el libro de Chiva establece inicialmente un recorrido por la historia de la ceremonia del triunfo. Analiza el modelo establecido en la República romana, y vigente durante más de mil años, continua a través de las entradas de reyes, emperadores y pontífi-ces en las ciudades y villas medievales, y concluye en la recuperación del modelo clásico en el marco de la cultura humanista del Renacimiento italiano. Este viaje en el tiempo permite entender adecuadamente las fuentes visuales a partir de las cuales va a construirse el ceremonial de la entrada triunfal novohispana. Pero

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además de repasar los modelos históricos, la investigación de Juan Chiva aporta nueva documentación fundamental, como el estudio del documento Etiqueta

para la entrada con palio de los Señores Reyes después de su exaltación al tro-no, que permite comprobar la existencia de un ceremonial propio de la entrada

real en la Corte española en torno a 1651. Una vez determinados con exactitud los modelos, Chiva aborda con rigor el estudio particularizado de las entradas de todos los virreyes que gobernaron la Nueva España, empezando por el viaje militar que emprende Hernán Cortés en 1519 desde Veracruz hasta Tenochtit-lán, la capital del imperio azteca cuya derrota supondrá la creación del primer virreinato americano –primero en el tiempo, y primero también en importancia económica y demográfica. Tras analizar las disposiciones legales que las Leyes de

Indias establecieron en torno a la ceremonia de la entrada virreinal y el

excep-cional documento Diario particular del camino que sigue un virrey de México

desde su llegada a Veracruz hasta su entrada pública en la Capital, escrito en

el siglo xViii por Diego García Panes, el libro de Juan Chiva nos ofrece un intere-santísimo relato de todas las entradas de virreyes a través de tres capítulos que abordan sucesivamente la formación del ceremonial en el siglo xVi, el esplendor barroco en el xVii, y su pervivencia durante el siglo de la Ilustración y el inicio de los conflictos políticos que conducirán a las guerras insurgentes, agrupando las entradas por reinados. El viaje concluye con la llegada del último virrey –en realidad capitán general– Juan O’Donojú a Veracruz en 1821, para firmar pocos días después con el general Agustín de Iturbide los llamados Tratados de Córdoba que reconocían la independencia de México, ofreciendo el nuevo trono a Fer-nando VII. Su entrada en la ciudad de México el 26 de septiembre fue el preludio de la que al día siguiente efectuaría el ejército Trigarante, liderado por Iturbide. Una vez más, y como sucedía desde veinte siglos antes en la República romana, la victoria militar otorgaba el poder y era festejada con la entrada victoriosa en la que a partir de ese momento sería la capital de la nueva nación. Tras la entrada de Iturbide, otras muchas entradas se sucedieron en México durante el siglo xix, re-flejando los avatares y regímenes políticos de esta centuria, pero para conocerlas hemos de esperar a que vea la luz el siguiente libro de Juan Chiva.

VíctOr MínGuez, Manuel chust

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Las entradas triunfales son una tipología concreta de ceremonia cívica, una fiesta de gran relevancia, al menos en el mundo occidental y durante buena parte de la historia de la Humanidad. En líneas generales, estas entradas triunfales serán ceremonias esenciales para las ciudades, que con motivo de la llegada de algún monarca, príncipe, virrey o personaje de importancia realizarán magníficos desfi-les para los que se engalanarán con todo tipo de elementos artísticos. Ya en esta definición amplia y generalizante podemos observar las tres palabras o conceptos vitales para entender las entradas triunfales y casi todas las tipologías ceremonia-les que surgirán en Europa y América desde el Renacimiento: arte, fiesta y poder. Se trata, pues, de tres conceptos que establecen entre ellos múltiples tipos de relaciones y préstamos cuyo mejor reflejo son unas festividades en las que vemos representadas ampliamente estas tres esferas anteriormente enunciadas.

De este modo, el poder se entenderá como la fuerza social que mueve los hilos políticos y socioeconómicos desde las jefaturas o altas administraciones de los diferentes estados. Con las miras puestas en su afianzamiento en las capas altas de la sociedad, estos poderosos utilizan ya desde la Edad Antigua tanto el arte como la fiesta a su servicio, como un método propagandístico más que los revelará como infalibles, magnánimos o simplemente necesarios ante los ojos de la gran masa poblacional. Esta relación del poder con el arte es bien conocida desde la Antigüedad hasta nuestros días, tan solo cabe nombrar algunos gobier-nos que recordamos como esplendorosos en gran medida gracias a las grandes obras de arte que de ellos han quedado: Ramsés II en Egipto, la época de Pericles en Atenas, la Florencia del Quattrocento, la dinastía nazarí en Granada, etcétera. Quizá más clara es esta intención propagandística en la multitud de retratos es-cultóricos y pictóricos que podemos encontrar de grandes personajes que han ejercido el poder, ya que con los mismos se han querido mostrar como sujetos de gran magnificencia, que pasarían a la historia por sus grandezas. Esta concep-ción se evidencia en las numerosas series de retratos de emperadores romanos, pero también resurge con fuerza en el Renacimiento con los retratos de Julio II

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o importantes generales, como el Condottiero Gatamelatta, para ser una línea continua usada hasta nuestros tiempos desde los reyes absolutistas, como en el

Retrato de Luis XIV de Jacint Rigaud, a la propaganda artística en las

revolucio-nes decimonónicas y los imperios de ese mismo siglo. Es, por tanto, incuestiona-ble que arte y poder mantienen una relación de importancia histórica, pero no solo el poder utiliza al arte, sino que este último también se retroalimenta de esta relación para seguir evolucionando, por ejemplo la mutación artística medieval se debe en gran medida al mecenazgo de la Iglesia, poderoso de la época que lo utiliza claramente con fines didácticos y propagandísticos, pero que es a la vez su principal promotor y el que lo hace evolucionar, ya que es la misma Iglesia y sus reformas la que posibilita cambios históricos de estilo como los que se producen del Románico al Gótico o incluso del Renacimiento al Barroco.

La relación entre el poder y la fiesta está claramente en sintonía con lo ante-riormente expuesto, y por definición la fiesta es un momento especial, un momen-to solemne en la hismomen-toria de un ser humano, de una ciudad o de una comunidad nacional. El concepto de la fiesta ha sido estudiado por multitud de autores, desde el punto de vista generalmente antropológico, por la cantidad de connotaciones que esta tiene para la definición de las sociedades humanas: rituales, calendarios de trabajo socialmente establecidos, etcétera.1 Pero en general, la fiesta suele

aten-der a cuatro finalidades básicas: como válvula de escape ante la vida cotidiana, como exaltación o propaganda, muy relacionada a otra que se fundamentaría en el mantenimiento del orden establecido, y un último objetivo que podríamos llamar didáctico.2 El punto de vista a tratar busca una finalidad de la fiesta que

estaría a caballo entre todas ellas, y es que el poder utiliza la fiesta, por lo general, como una gran ensalzadora de algún ideal, como un refuerzo a las ideas de los gobiernos imperantes que se reflejará en una ciudad engalanada, en magníficas obras de arte, en mensajes que llegarán al pueblo mediante todo un ceremonial montado en base a convencerlo de la grandeza de los gobernantes. Por tanto, será un instrumento utilizado a través de los siglos por generales, emperadores, mo-narcas o eclesiásticos pero también funcionará como una válvula de escape, me-diante la cual el pueblo podrá salir de la rutina de sus vidas en sociedades muchas veces míseras, ya que verán por unos días su ciudad como el centro del mundo, con una imagen de solemnidad y riqueza a la que no están acostumbrados y que les dará una visión utópica de la realidad. La lista de fiestas celebradas con promo-ción del poder es vasta desde la Antigüedad, pero en la época y espacio a los que se refiere este trabajo tiene dos fuentes de emanación básicas: la Monarquía y la

1. Los más relevantes entre ellos serían Josef Pieper, Johan Huinziga o Jean Jacquot. 2. Para conceptualización y finalidad de la fiesta, es muy clara la introducción en Rafael Ramos sosa, Arte festivo en la Lima virreinal., Ed. Junta de Andalucía, Consejería de Cultura y

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Iglesia. En el primer caso son muy abundantes las fiestas en honor a algún hecho feliz que concierna a la familia real, como las celebraciones por nacimientos, bau-tizos, bodas, etcétera. Pero quizá la más esplendorosa de todas se relaciona con un momento triste, con la muerte del rey, y es que las exequias reales serán desde antaño una celebración de gran riqueza y majestuosidad, en que las ciudades se vestirán de luto y rendirán honores al monarca fallecido. La importancia de unas exequias reales viene dada, como apunta Víctor Mínguez,3 por ser el momento

clave de la continuidad de una dinastía, el momento en que la debilidad de la monarquía se muestra de manera más evidente y, por lo tanto, el momento en que se debe mostrar más esplendorosa y fuerte. Pero dejando de lado las celebracio-nes que atienden al ciclo vital de la familia real, dos serán importantísimas en la esfera política: las juras reales y las entradas triunfales. En el caso americano, que se tratará más extensamente con posterioridad, la figura real estará muy lejana y las fiestas se personalizarán en la figura del virrey, representante real y la persona con más rango en todo el territorio.4 Para el caso eclesiástico las fiestas se pueden

resumir en las que atienden al calendario litúrgico –entre las que el Corpus

Chris-ti alcanzará un esplendor inusitado– y las realizadas por hechos excepcionales,

como la celebración de exequias papales, de algún obispo o el recibimiento de sus recambios. Entre ellas destacarán las entradas de arzobispos y obispos en sus nuevas diócesis, ya que son una clara traslación del ceremonial de las entradas reales al caso eclesiástico. Un elemento de vital importancia en todo tipo de fiestas es la procesión o desfile, para la cual se marca un recorrido por la ciudad, denominado por las fuentes usualmente carrera, por el cual pasará el sujeto en honor a quien se hace la fiesta con un enorme cortejo que comprende las más altas instancias de la ciudad en que se realiza el acto, que se engalanará, adecen-tará, reparará y limpiará con anterioridad. Además, habrá una serie de elementos comunes que suponen la diversión del pueblo durante estos días, y que en el caso hispánico son básicamente banquetes, corridas de toros, luminarias, fuegos artifi-ciales, obras de teatro, juegos de batallas terrestres y naumaquias –batallas navales fingidas–, mojigangas, juegos de cañas, bailes, mascaradas, disfraces, etcétera.

Por último, cabría establecer la relación entre arte y fiesta, que queda definida en multitud de denominaciones como pueden ser las de «arte festivo», «arte pro-visional» o «arte ocasional», aunque de todas ellas la más popularizada sea la de «arte efímero», acuñada por Bottineau.5 De esta manera se alude al arte realizado

en ocasión de la fiesta y que solo es duradero durante el tiempo de la misma, para

3. Víctor mínguez, Los reyes solares, Publicacions Universitat Jaume I, Castellón, 2001.

4. Para el estudio de esta concepción ver Víctor mínguez, Los reyes distantes. Imágenes del

poder en el México virreinal, Universitat Jaume I-Diputación de Castellón, Castellón, 1995.

5. Ver Yves Bottineau, «Architecture Ephémère e Baroque Espagnol», en Gazette des

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luego ser desmontado y vendido por piezas o reutilizado para otras ocasiones. Se trata de un arte realizado con materiales generalmente pobres como lienzo, car-tón o madera, pero hecho para deslumbrar, para engalanar la ciudad de tal manera que los habitantes e incluso los visitantes llegados con ocasión de la fiesta se sien-tan deslumbrados e impresionados. Este arte tiene una amplísima tipología en la que destaca la arquitectura efímera por presentar una mayor amalgama formal, ya que encontramos túmulos o catafalcos,6 arcos triunfales,7 carros triunfales,8

ta-blados, gradas, altares, retablos, etcétera. Toda esta tipología sería completada por pinturas, estatuaria, jeroglíficos y emblemas. Además, la ciudad se engalanaba con ricas colgaduras en toda la carrera: lienzos, espejos o luminarias nocturnas. Una ti-pología muy especial la constituyen los fuegos artificiales, que fingirán en muchas ocasiones arquitecturas defensivas o militares. Pero toda esta tipología no está vacía de contenido, pues lo importante de la misma es el programa iconográfico que en ella subyace y que mediante pinturas, jeroglíficos, empresas o emblemas ensalza al personaje que es festejado y envía un claro mensaje de grandeza y om-nipotencia al deslumbrado pueblo que disfruta de la fiesta.

Un último aspecto a tener en cuenta son las fuentes directas a partir de las cuales se pueden estudiar estos magníficos sucesos sociales, se trata de las rela-ciones festivas, mediante las que un cronista narraba todo lo que durante los días que había durado la fiesta iba ocurriendo en la ciudad, con énfasis en los actos religiosos y sobre todo en las arquitecturas efímeras que se levantaban para la ocasión, con exquisitas descripciones de los arcos de triunfo. En algunas de ellas hay grabados o dibujos que ayudan al estudio de la fiesta, sobre todo en ediciones flamencas e italianas. Es el instrumento para el estudio de la fiesta, pero se ha de tener en cuenta que normalmente se trata de cronistas oficiales, por tanto se tiende a la exageración en cuanto a la grandeza y espectacularidad de la fiesta y de las obras de arte que la envuelven.

De esta manera, se ha tejido una maraña de relaciones interpuestas entre las tres esferas que básicamente motivan este trabajo y es precisamente ahora cuan-do se va a definir el objetivo concreto del mismo: las entradas públicas o triun-fales. Básicamente, una entrada triunfal es un día grande, un día festivo para una ciudad que recibe a un gran personaje muy vinculado con el poder, ya sea un rey, un obispo, un virrey, un militar o un gobernador, y que es engalanada para la ocasión con multitud de elementos artísticos. En esta propia frase vemos como una entrada pública reúne en su misma definición los tres elementos: poder, fiesta y arte, y es claro reflejo de la multitud de relaciones que entre ellos se tienden y

6. Realizados en ocasión de exequias, normalmente en el interior de catedrales.

7. Utilizados en entradas públicas, simbolizando la entrada de un personaje importante en la ciudad.

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que se han explicado en el anterior punto. Pero es realmente en el ceremonial de las entradas públicas donde se observa en toda su amplitud el significado de estas relaciones y donde mejor se puede desgranar qué significaban, por qué se seguían ciertos tipos de rituales, y por qué se evolucionó hacia otros distintos. De esta forma, se ha de hacer un análisis histórico de este tipo de fiestas o cele-braciones cívicas para llegar a entender qué motiva realmente que en el México virreinal se recreen ciertos ceremoniales que tienen su más antigua expresión en la Roma republicana, por ello más que dar una amplia conceptualización, en este capítulo se da una breve definición y se pasa al estudio histórico de las «entradas triunfales».

El trabajo de investigación que aquí se presenta se estructura en seis capítulos, en los que se analiza el concepto y desarrollo de estas entradas triunfales desde la antigua Roma hasta su llegada a la Nueva España, y se estudia cronológicamente el caso de cada uno de los virreyes que ocuparon el cargo desde la fundación del virreinato hasta la independencia mexicana en 1821. En el primer capítulo se traza una breve historia de las entradas triunfales y de su significado en diferentes etapas históricas, al arrancar del sustrato más importante, el triumphus romano, y pasar por la Edad Media hasta llegar a la formación de un modelo moderno de entrada triunfal ya en el Renacimiento. El esplendor de las entradas barrocas sirve para analizar el caso concreto de las entradas triunfales en la monarquía hispá-nica bajo el gobierno de los Austrias. En el capítulo segundo se vuelve la mirada hacia el Virreinato de la Nueva España, para observar cómo la tradición y esque-ma de entradas triunfales modernas llega hasta este territorio, cómo se asienta en el mismo y cómo se crean unos ceremoniales y ritos propios del mismo. Además, se analiza en profundidad el viaje que realizaban los virreyes desde Europa a Ve-racruz y desde el importante puerto hasta la Ciudad de México, todo un periplo triunfal en el que recorrían las tierras novohispanas emulando el viaje de conquis-ta de Hernán Cortés. También se hace especial hincapié en la legislación acerca de estas ceremonias que se conserva en las Leyes de Indias.

En los siguientes capítulos se traza ya una amplia cronología en la que se na-rra, caso a caso, cómo se produjeron los viajes triunfales de diferentes virreyes desde la península ibérica hasta la Ciudad de México, cómo fueron sus entradas triunfales en diferentes ciudades, qué elementos y qué espacios se reservaban para la fiesta y cómo eran los magníficos arcos de triunfo efímeros que se le-vantaban para la ocasión, con el estudio de abundantes ejemplos de relaciones festivas, actas de cabildos o noticias en prensa desde el siglo xViii. El capítulo tercero se centra en el siglo xVi, y en la formación y adaptación del ceremonial propio de entrada virreinal novohispana en el caso de los gobernantes bajo los reinados de Carlos V y Felipe II. El capítulo cuarto se centra más extensamente en el esplendor de las entradas barrocas y en las grandes celebraciones que las

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ciudades novohispanas realizaron durante este siglo, destacando los casos más que notables del marqués de Villena y de la compleja y apasionante era que significa el largo reinado de Felipe IV. De especial relevancia es, ya en el reinado de Carlos II, el caso del conde de Paredes, con relaciones festivas escritas por los dos grandes literatos del barroco hispanoamericano: Carlos de Sigüenza y Góngora y sor Juana Inés de la Cruz. El capítulo quinto estudia la evolución de este ceremonial en el siglo xViii, desde la llegada de nuevas modas con los Borbones y Felipe V hasta el caso de los dos virreyes bajo Fernando VI, el conde de Revillagigedo y el marqués de las Amarillas, de gran importancia por la abun-dante documentación escrita e incluso gráfica conservada. Un último apartado analiza el reinado de Carlos III y cómo paulatinamente se va desvirtuando este importante ceremonial bajo el auspicio de las reformas ilustradas y las caren-cias económicas.

Por último, y antes de las conclusiones, el capítulo sexto estudia los escasos treinta y tres años que transcurren entre la llegada al poder de Carlos IV y la independencia de México, y su paso por momentos de guerra, liberalismo e in-surgencia, que significan el final de este ceremonial, que muere como el mismo Virreinato de la Nueva España, aunque tendrá su reflejo y pervivencia mutada en el México ya independiente. En tres apartados distintos, se analizan las entradas de los últimos doce virreyes novohispanos, hasta que la entrada triunfal del Ejérci-to Trigarante de Agustín de Iturbide simboliza el fin definitivo de Ejérci-todo un sistema político, una etapa estudiada de una forma muy fragmentaria y a la que se intenta dar una unidad dentro de la evolución del ceremonial y de la política y sociedad de estos territorios.

Son necesarios, antes de finalizar la introducción, unos breves comentarios acerca del estado de los estudios sobre entradas triunfales, festividades y ceremo-niales cívicos a lo largo de la historia, que han sido constantes desde los ámbitos de la historia y la historia del arte. Es extensa la bibliografía dedicada a los

trium-phus romanos, con obras clásicas como las de H.S. Versnel 9 o K. Bringmann,10 y

aportaciones más recientes como las de Juan José Ferrer Maestro.11 El mundo

medieval ha sido estudiado en algunos de sus episodios más interesantes por

9. H.S. veRsnel, Triumphus. An inquiy into the Origin, developement and meaning of the

Roman Triumph, University of Leiden, Leiden, 1970.

10. K. BRingmann, «El triunfo del emperador y las Saturnales de los esclavos en Roma»,

en schultz, U. ed., La fiesta. Una historia cultural desde la Antigüedad hasta nuestros días,

Alianza Editorial, Madrid, 1993. pp. 63-82.

11. Juan José FeRReR maestRo, «El triunfo, la ovatio y el botín. Escenografía romana del uso

aprovechable de la guerra», en H.D. heimann, S. Knippschild y Víctor mínguez (eds.),

Ceremo-niales, ritos y representación del poder, Col·lecció Humanitats, Universitat Jaume I, Castellón,

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Maria Pilar Monteagudo, Joan Oleza o Roy Strong,12 aunque no existen obras que

sistematicen el mundo de los recibimientos medievales de forma general. Mucho más amplia es la bibliografía sobre las entradas triunfales del Barroco y el Re-nacimiento, que empieza por la clásica Arte y poder de Roy Strong y sigue con multitud de aportaciones como las de Francisco Javier Pizarro Gómez,13 Alfredo

Morales,14 Víctor Mínguez,15 Maurizio Fagiolo y diversos catálogos de

exposicio-nes sobre la fiesta en época de Carlos V o Felipe II,16 al concretar ya el punto de

vista en la monarquía hispánica.

Es también abundante la obra acerca de las entradas virreinales y ceremonia-les públicos en la Nueva España de la etapa colonial, con obras de gran relevancia como Cultura simbólica y arte efímero de José Miguel Morales Folguera,17 Los

reyes distantes de Víctor Mínguez,18 el capítulo a ello dedicado en el El Virreinato

de José Ignacio Rubio Mañé19 o Mitología clásica en el arte colonial de Francisco de

la Maza,20 así como diferentes capítulos de libro o artículos más recientes de

au-tores como Inmaculada Rodríguez,21 Beatriz Berndt de León o Jaime Cuadriello

entre otros,22 y el volumen El Arte Efímero en el Mundo Hispánico.23

Sin embargo, ha sido mucho menos estudiada la etapa previa a la independen-cia, las entradas triunfales mexicanas celebradas a partir de 1789. Se han publica-do artículos sobre algunas de las festividades en concreto, pero no existe una sis-tematización sobre los ingresos públicos a inicios del siglo xix. Para el desarrollo de la historia política y social del período de la independencia, han sido de

enor-12. Roy stRong, Arte y poder. Fiestas del Renacimiento. 1450-1650. Ed. Alianza Forma,

Madrid, 1988.

13. Francisco Javier pizaRRo gómez, Arte y espectáculo en los viajes de Felipe II, Ediciones

Encuentro, Madrid, 1999.

14. Alfredo J. moRales, «Imagen urbana y fiesta pública en Sevilla: la exaltación al trono de

Fernando VI», en Reales Sitios núm. 165, 3.er trimestre de 2005.

15. Víctor mínguez, Los reyes solares: iconografía astral de la monarquía hispánica,

Uni-versitat Jaume I, Castellón, 2001, entre muchos otros artículos o capítulos de libros.

16. La fiesta en la Europa de Carlos V. Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, Sevilla, 2000.

17. José Miguel moRales FolgueRa, Cultura simbólica y arte efímero en Nueva España,

Junta de Andalucía, Sevilla, 1992.

18. Víctor mínguez, Los reyes distantes. Imágenes del poder en el México virreinal.

Univer-sitat Jaume I-Diputación de Castellón, Castellón, 1995.

19. José Ignacio RuBio mañé, El Virreinato, iih, unam, México, 1983.

20. FRanciscode la maza, Mitología clásica en el arte colonial de México. iie, unam, México,

1968.

21. Inmaculada RodRíguez moYa, El retrato en México: 1781-1867. Héroes, ciudadanos

y emperadores para una nueva nación, csic-Universidad de Sevilla-Diputación de Sevilla,

Sevilla, 2007.

22. Entre muchos otros los publicados en Los pinceles de la historia. De la patria criolla

a la nación mexicana (1750-1860), inBa, México, 2000 y Los Pinceles de la Historia. La

fa-bricación del estado, 1864-1910, munal-inBa, México, 2003.

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me utilidad las obras de Manuel Chust,24 José Antonio Serrano, Jaime Rodríguez,25

Juan Ortiz Escamilla, Ivana Frasquet,26 John Lynch27 o Virginia Guedea.28 Por tanto,

este trabajo busca realizar una sistematización de la evolución del ceremonial de entrada triunfal en México desde la colonia hasta la independencia, cronología estudiada de forma fragmentada en alguna de sus etapas, pero nunca analizada de una forma amplia tomando como eje cronológico toda la historia del Virreinato de la Nueva España.

Por último, es este el lugar oportuno para manifestar mi enorme agradecimien-to a una serie de personas e instituciones que han hecho posible llevar a cabo esta investigación y conseguir los frutos reflejados en esta obra. En primer lugar, y ante todo, a Víctor Mínguez y Manuel Chust, directores del proyecto de investiga-ción, gracias a los que fue concedida la beca predoctoral de unidades asociadas al csic, que me permitió dedicarme el tiempo oportuno, y en los lugares oportunos, al estudio de las entradas triunfales virreinales. Son, del mismo modo, los dos pila-res básicos de mi formación como investigador, en el primer caso desde el punto de vista del arte, las ceremonias públicas y el análisis de relaciones e imágenes relacionadas con el ámbito festivo, y en el segundo, en la historia mexicana, sobre todo de la etapa de la independencia, ayudándome a comprender una etapa tan compleja y rica en matices como es la de la revolución liberal en España y en América. Sus amplios conocimientos y sus consejos están siempre presentes en todas y cada una de las páginas de esta investigación, que debe mucho a las suyas propias. También me gustaría agradecer su apoyo y consejo a los miembros del cial (Centro de Investigaciones de América Latina), centro en el que me inte-gré como investigador y en el que se realizó el trabajo, así como al Departamento de Historia, Geografía y Arte de la Universitat Jaume I y a la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, en especial a Raúl Navarro, codirector de la beca predoctoral y de la tesis que posteriormente se desarrolló. También agradezco sus observaciones, correcciones y consejos a los miembros del tribunal ante el que se presentó este trabajo, Inmaculada Rodríguez Moya, Ivana Frasquet y José

24. Entre otros Manuel chust, La cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz, iih

de la unam-Fundación hs, Valencia, México, 1999 y Manuel chust y José A. seRRano «Guerra,

liberalismo y revolución en España y México, 1808-1835» en Ivana FRasquet, Bastillas, cetros y

blasones. La independencia en Iberoamérica, mapFRe, Madrid, 2006.

25. Entre otros Jaime e. RodRíguez o., El proceso de independencia de México, Instituto de

Investigaciones José María Luis Mora, México, 1992 y Jaime E. RodRíguez O. (coord.),

Revo-lución, independencia y las nuevas naciones de Amèrica, Madrid, Fundación Mapfre Tavera,

2005.

26. Ivana FRasquet, Las Caras del Águila, Col·lecció América, Universitat Jaume I,

Caste-llón, 2008.

27. John lYnch, Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Akal, Madrid, 1986.

28. Virginia guedea, En busca de un gobierno alterno: Los Guadalupes de México, unam,

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Antonio Serrano. Un agradecimiento muy especial a otra de las personas sin las que no hubiese sido posible este trabajo, Jaime Cuadriello, bajo cuya tutorización y siempre amable trato y consejo tuve la oportunidad de realizar dos estancias en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la unaM mexicana, vitales para el estudio directo de fuentes e imágenes reflejadas en este trabajo. Amplío, además, estos agradecimientos a tantos y tantos colegas y compañeros que durante su asistencia a congresos, cursos de doctorado o compartiendo estancias en México, me han ayudado en la estructuración, planteamiento y resolución de este reto. Por último, un sincero agradecimiento a las instituciones que con su apoyo económico o investigador han hecho posible la realización de esta obra, entre ellas el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la Universitat Jaume I, la Fundación Bancaja-Caja Castellón, las Bibliotecas Nacionales de España y México, el Archivo General de Indias, el Archivo General de la Nación mexicano, el Museo Nacional de Historia-Castillo de Chapultepec o el Museo Nacional de Arte mexicano.

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La fiesta es una constante en la historia de las sociedades humanas, y en ella el mundo artístico llenará de esplendor las ceremonias y diferentes actos celebra-dos, las calles y las fachadas de las ciudades. El tipo ceremonial que se va a tratar, las entradas triunfales, no son una excepción y por ello vamos a poder rastrear diferentes ceremonias a lo largo de la historia que culminarán en la creación de un modelo de entrada triunfal en las sociedades europeas que va a ser el expor-tado por la monarquía hispánica a tierras americanas. Para ello se volverá la vista a la Antigüedad Clásica, para encontrar el reflejo de los triunfos romanos y la influencia que estos tendrán en posteriores ceremonias en la Edad Media y Edad Moderna.

1.1. TRIUMPHUS: EL MUNDO ROMANO

La historiografía clásica reconoce en los triunfos romanos el germen de las entradas triunfales, es decir, la ceremonia que podemos considerar como primer desarrollo de esta tipología, pese a que anteriormente se realizaron ceremonias similares, nunca estructuradas y socialmente establecidas.29 Además, la sociedad

romana se va a convertir en el gran ejemplo de la importancia de la fiesta y del control que los gobernantes harán sobre la misma, recordando el tópico del

pa-nem et circem, diversión y entretenimiento para el pueblo. Entre las ceremonias

que más festejos llevaban asociadas aparece el triunfo, que en esencia no era más

29. Solo cabe recordar los grandes festejos realizados, incluso en ciudades orientales, con motivo de la llegada de Alejandro Magno, siendo entradas que comportaban una conquista por un nuevo poder, el helénico.

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que el rendimiento de honores a un general victorioso que entraba con sus tro-pas en la ciudad de Roma. Hay que recordar que se trataba de una situación muy especial, ya que en época republicana los grandes ejércitos no tenían permitido cruzar el Rubicón, cosa que se consideraba un peligro para el sistema político, en especial para el Senado. Alguno de los autores clásicos que han tratado este tema lo definen como «la apoteosis de un vencedor», «un momento de glorificación militar» o «un desfile procesional de un general romano victorioso». 30

Un triunfo era, por tanto, el honor más grande que un ciudadano romano podía disfrutar, y los trámites para su consecución no eran fáciles. Lo tenía que demandar siempre el vencedor de alguna batalla, y tener en cuenta que tenía que cumplir una serie de condiciones que se pueden resumir en tres líneas: en pri-mer lugar que fuese una victoria en el marco de una guerra declarada contra una ciudad extranjera; a continuación, que se hubiesen producido al menos cinco mil bajas en el ejército enemigo, y por último, que el personaje en cuestión fuese de alto rango en el escalafón sociopolítico romano, normalmente cónsules o gene-rales que cumpliesen la doble cualidad de ser comandantes en jefe y magistrados de primer grado. Era, por tanto, el general quien tenía que convencer al Senado de lo altamente necesaria que había sido para Roma la victoria, y esperar en el Cam-po de Marte a que finalizasen las deliberaciones senatoriales. Estas Cam-podían ser negativas incluso cumpliendo las tres reglas, ya que los senadores podían ale-gar que el territorio conquistado era secundario, la indignidad del enemigo o que esa guerra no se daba aún por terminada. Una segunda deliberación giraba en torno a la procedencia de los gastos para el ceremonial, si se acordaba el gasto público se convertía en el más alto honor soñado por un general, sin embargo, podía ocurrir también que se aprobase el ceremonial y no el gasto público, con lo que se realizaba una ceremonia inferior, llamada ovatio,31 en esencia parecida

al triumphus pero costeada por el general. Finalmente, cuando el Senado hubiese aprobado la ceremonia y el gasto público, el general se convertía en el triunfador, que será aclamado por sus tropas y por todo el pueblo romano como imperator, y será acordado el día concreto para su entrada, con gran comitiva, en el recinto sacro de la ciudad de Roma.

Si debemos destacar un elemento central en el triumphus de un general ro-mano, ese es sin duda el gran desfile, solemne y majestuoso, que en forma de procesión recorre los recintos sagrados romanos llevando al triunfador desde el

30. H. S. veRsnel, Triumphus. An inquiy into the Origin, developement and meaning of the

Roman Triumph, University of Leiden, Leiden, 1970.

31. Juan José FeRReR maestRo, «El triunfo, la ovatio y el botín. Escenografía romana del uso

aprovechable de la guerra», en H-D heimann, S. Knippschild y Víctor mínguez (eds.),

Ceremo-niales, ritos y representación del poder, Col·lecció Humanitats, Universitat Jaume I, Castellón,

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Campo de Marte hasta el templo de Júpiter Capitolino en medio de una Roma repleta de población que vitoreaba a sus héroes y lucía totalmente engalanada con adornos, colgaduras, guirnaldas y arcos.

En primer lugar, es necesario analizar la composición de este desfile,32 para

ver cómo la sociedad republicana y la importancia de sus diferentes estratos se veía claramente reflejada en el mismo, tal y como sucederá en el Medioevo o en la Edad Moderna. A la cabeza del desfile se encontraban los magistrados en ejercicio y el Senado, dejando claro dónde residía el poder republicano y quién era el que había permitido que ese desfile y ese triunfo militar se realizasen. Tras ellos, un cuerpo entero de trompeteros anunciaba el gran espectáculo que se avecinaba, ya se podía observar el botín, llevado a hombros por legionarios y uno de los elementos centrales de toda la ceremonia, ya que en sí mismo era una justificación de la guerra, por el beneficio que producía en el erario romano. La exhibición pública de este botín era importantísima y se solía llevar junto con pinturas y maquetas que representaban la batalla victoriosa, incluso en ocasiones con embarcaciones y trofeos navales.33 Al final, un cuerpo de flautistas

separa-ba la deslumbrante exhibición de la parte más ceremonial del desfile. Seguían los animales expiatorios, bueyes sagrados profusamente adornados y que van a ser posteriormente sacrificados en el Capitolio, acompañados por los sacerdotes vestidos al modo ritual. Acompañaban una serie de grandes o exóticos animales, con la función de dar grandiosidad al desfile y que normalmente habían sido cap-turados en el país de la batalla, y era tópico el caso de los elefantes, que siempre causaban gran sorpresa y animación. Otro punto de especial relevancia era el momento en que los prisioneros más notables de la ciudad enemiga eran mostra-dos como reos ante toda la sociedad romana. Los llevaban, de nuevo, legionarios, a hombros y sobre plataformas. Junto a ellos se llevaba la llamada spolia opima, las armaduras e insignias capturadas a jefes importantes y la gran cantidad de presentes y tributos que hacían a Roma los estados y ciudades aliadas: coronas, joyas, oro y plata. A continuación, se podía ver a los lictores, oficiales subalternos que llevaban las fasces, grandes haces de vara, cuya función era preceder en todo desfile o ceremonia al elemento central y más importante. Tras ellos aparecía ya el general.

32. Algunas de las obras clásicas utilizadas en este apartado son:

K. BRingmann, «El triunfo del emperador y las Saturnales de los esclavos en Roma», en

schultz, U. ed., La fiesta. Una historia cultural desde la Antigüedad hasta nuestros días,

Alian-za Editorial, Madrid, 1993. pp. 63-82.

h.s. veRsnel, Triumphus. An inquriy into the Origin, developement and meaning of the

Roman Triumph, University of Leiden, Leiden, 1970.

33. Como en el caso de la primera guerra púnica y las derrotas navales de Roma sobre Cartago.

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Figura 1

Desconocido, Camafeo de Adriano, s. ii, Antiken Museum, Berlín

El triunfador iba de pie en un carro de oro circular tirado por cuatro caballos, normalmente blancos, conducido por un esclavo y acompañado por sus hijos, bien en el carro con él o a lomos de los caballos. Vestía túnica palmata –decorada con motivos florales– y toga picta, ribeteada con adornos de púrpura sobre oro. Las manos y los ojos se pintaban de rojo, recuerdo de las costumbres de los an-tiguos pueblos del Lacio, y sostenía en su mano derecha un cetro de oro, y en la izquierda una rama de olivo, ambos claros símbolos de la victoria en la iconogra-fía clásica romana. Además, un esclavo sostenía en su cabeza la corona de laurel, nuevo símbolo victorioso, y no paraba de susurrarle al oído palabras como «No eres un Dios» o «Mira hacia atrás, recuerda que eres un hombre» en alusión a su naturaleza mortal, seguramente instauradas por el Senado para mantener bajo control a los grandes caudillos militares. Por último, todo el carro iba

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profusamen-te colgado de amuletos, que proprofusamen-tegían al triunfador de los demonios y las envidias de los poderes infernales. Al general le acompañaban grandes personalidades romanas, como equites, tribunos e importantes comerciantes. Justo al final del desfile, se colocaba el grueso de las tropas o al menos una importante represen-tación de las mismas, con coronas de laurel en la cabeza y que gritaban durante todo el trayecto el famoso io triumphe, verdadera razón de toda la celebración, y aclamaban a su general como imperator, incluso estaba permitido burlarse de él con canciones, rimas o poemas irónicos.

Tras relatar las personalidades y elementos que configuraban el desfile, hay que trazar el recorrido mediante el cual esta procesión ceremonial llevaba al triunfador desde el Campo de Marte hasta el monte Capitolino, centro de la divi-nidad romana, lo que llamaremos la «carrera» del desfile, con los puntos neurálgi-cos del mismo.

Todo empezaba en el Campo de Marte, donde el general esperaba con sus tropas el inicio de la ceremonia, y allí mismo las arengaba incluso nombrando a algunos personajes, los más destacados en la batalla, y eran obsequiados con medallas o monedas.34 Allí mismo subiría al carro áureo para dirigirse a la Porta

Triumphalis, por donde haría su ingreso al recinto sagrado romano. El mismo

nombre de la puerta ya es muy sugerente, puesto que es la que, junto al Pons

Triumphalis, daba inicio a los triunfos romanos, y el hecho de cruzarla tenía un

sentido casi mágico, ya que se entraba en el pomerium, recinto sagrado romano que estaba separado mediante la muralla del hostil mundo exterior, y simbólica-mente los soldados se purificaban de todas las culpas de sangre de la guerra. Esta puerta, además, solo se abría para la realización de triunfos, por ello su funciona-lidad está totalmente identificada con la que tendrán los arcos triunfales efímeros en la Edad Moderna.35

A continuación, el desfile se adentraba en la Via Lata, recorriéndola y atravesan-do los atravesan-dos grandes recintos circenses romanos, el Circo Flaminio y el Circo Máxi-mo, que estaban repletos de espectadores que no cesaban en sus vítores y ánimos a los héroes militares que cruzaban todas las decoraciones efímeras colocadas en la carrera. Así, se rodeaba por la parte inferior el monte Palatino para entrar ya de lleno en la Via Sacra, que llevaría a la comitiva hasta la cima del Capitolino.

Una primera parada obligatoria en este camino era el Foro, centro de la vida ro-mana, y en el que se separaba del grupo de prisioneros al cabecilla enemigo –si se

34. La importancia de las medallas y monedas con la efigie de los poderosos, y que muchas veces se repartían al pueblo, se puede ver en la revisión histórica que se hace en la monografía Víctor mínguez, Los reyes solares: iconografía astral de la monarquía hispánica,

Universitat Jaume I, Castellón, 2001.

35. En H. S. veRsnel, Triumphus. An inquriy into the Origin, developement and meaning

of the Roman Triumph, University of Leiden, Leiden, 1970, se detalla a la perfección todo el

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había podido capturar con vida–, para ser ejecutado ritualmente en el Tullianum y seguir adelante por la empinada cuesta sagrada, con todos los templos profusamen-te decorados, llenos de flores y guirnaldas y que emitían los agradables olores de los inciensos. Según personajes o situaciones se paraba en unos templos u otros, pero una parada obligatoria siempre que se hubiese dado muerte al jefe enemigo solía ser el templo de Júpiter Feretrio, donde el triunfador ofrecería la spolia opima, armadura del derrotado, a los dioses. Este ritual representaba el poder absoluto ro-mano, que todo lo devoraba y sobre todos los enemigos vencía, y los ofrecía luego a Júpiter. Por último, con la llegada de la procesión al templo de Júpiter Capitolino se procedía a la ejecución del resto de prisioneros, y más tarde al sacrificio de los bueyes sagrados por parte del general. Podemos considerar este momento como el punto final y álgido del ceremonial, en el cual el triunfador se ve enfrentado cara a cara con Júpiter tras haber subido un camino sagrado.

Figura 2

Desconocido, Molde con el Triunfo de Marco Aurelio, s. ii,

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Todo el esplendor de este desfile anteriormente comentado se acrecentaba con la multitud de asistentes al evento y la decoración de todas las calles de la ciudad de Roma.36 Era de gran importancia el enmascaramiento de las fachadas de

las casas y templos de la carrera, mediante colgaduras, tapices, guirnaldas, flores, lienzos o espejos, cosa que elevaba el efectismo de estas importantes ceremonias. Asimismo, se llenaba la ciudad de esculturas y grupos alegóricos con varios te-mas predominantes: la vida del general y sobre todo alegorías de la Victoria y el Triunfo. Por último, se distribuían por toda la carrera diversos arcos triunfales he-chos de madera y otros materiales efímeros, y decorados con lienzos y esculturas normalmente alusivos a temas mitológicos y a la grandeza de Roma y su ejército. Podemos decir que son realmente los primeros arcos efímeros de la historia, pero sobre ellos no tenemos apenas información,37 y por ello lo que más nos recuerda

a un triumphus romano son los magníficos arcos permanentes de época impe-rial, que en realidad se realizaban con posterioridad y para conmemorar el ingre-so.38 Además, los portadores de antorchas y su peculiar iluminación realzarían sin

duda el efectismo y la magnitud del espectáculo, y de toda la decoración en la que se enmarcaba. Pero no solo la vista se podía recrear en estos espectáculos, los demás sentidos también participaban de los mismos, con las magníficas músicas que emitían trompeteros y flautistas, además de otros músicos distribuidos por la ciudad, y los agradables olores de los inciensos, a los que tan aficionada era la sociedad romana y que se quemaban por toda la ciudad. Tras el desfile, llegaba el momento de fiesta para la ciudad de Roma, fiestas costeadas por el propio gene-ral, en las que participaba toda la ciudad y que podían durar varios días. La gran capital se vestía de diversión con las actividades clásicas como banquetes al aire libre, certámenes teatrales, juegos circenses o espectáculos en los anfiteatros.

36. Juan Chiva, «El triumphus romano: una ceremonia romana con larga proyección his-tórica», en Fernando Echeverría y Yolanda Montes (eds.), Actas del V Encuentro de Jóvenes

Investigadores de Historia Antigua, Universidad Complutense de Madrid, 2006.

37. Solo aparecen algunos modelos esquemáticos en algunas medallas y monedas, en las que se puede ver un carro montado y un arco triunfal levemente trazado. Su estructura es simple, en arcos de media punta sobre dos columnas y con escasa decoración. Además, los relieves del Arco de Tito aportan una visión iconográfica esencial a la hora de estudiar estas ceremonias propias del mundo romano.

38. Los mejores elementos relacionados con los triumphus romanos que quedan hoy en día para poder analizar son sin duda los grandes arcos permanentes, erigidos en memoria del triunfo de algún emperador y que recuerdan grandes gestas acaecidas durante su reinado. Además, cuando se intente recuperar toda la tradición grecorromana en el Renacimiento va a ser la tipología de estos arcos permanentes la que se usará para los arcos efímeros modernos, ya que de los efímeros romanos no se tenía apenas información y era muy sugerente para los espíritus humanistas imitar estas grandes obras de arte de la Antigüedad, aunque fuese con materiales perecederos. Los más importantes son los arcos de Tito (81), Septimio Severo (203) y Constantino (siglo iv), los tres en la ciudad de Roma.

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Además, tras el triunfo los vencedores serán recompensados, los soldados son normalmente licenciados y reciben algunas tierras, la parte del botín que les co-rrespondiese y generosos donativos por parte de su general. A este último se le destina a expensas del erario público un lugar para construirse una triumphales

domus, una lujosa mansión decorada con efigies del general y, como era

costum-bre romana, de sus antepasados. Con ello, su fama y su imagen idealizada serían transmitidas a la posteridad.

Figura 3

Desconocido, El Triunfo de Tito y El Botín del Templo de Jerusalén, relieves del intradós del arco de Tito, altorrelieve en mármol, 81 d. C., Roma

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Durante más de mil años, se celebrarán en Roma al menos trescientos veinte triunfos, tratando la historiografía clásica al del emperador Honorio en el 403 como el último.39 En cuanto al primer triunfo, es un punto realmente complicado

ya que se adentra en terreno mitológico y en los inicios de la Monarquía romana. Por ejemplo, Dionisio de Halicarnaso nos habla del triunfo de Rómulo como ini-ciador de esta nueva tradición con una ceremonia tan ejemplar que habría sido continuada por sus sucesores.

Sin embargo, es la Roma republicana la época central, pues es en la que se rea-liza el modelo expuesto de manera estricta, los triumphus romanos en su modelo clásico. Dos de los más importantes documentados son el triunfo de Pompeyo del año 61 a. C., tras el sometimiento de Asia Menor y buena parte del Próximo Orien-te, y el triunfo de Julio César del año 46 a. C., apoteósico al aunar en una misma celebración las grandes victorias de las Galias, Egipto, el Ponto Euxino y África.

En la era imperial los aspectos formales y ceremoniales, ya plenamente es-tablecidos en la sociedad romana, no cambiaron apenas, sin embargo sí lo hizo su concepción. Ya con Augusto y todo el final del siglo i a. C. se pierde el sistema de concesión de triunfos, que será pervertido en su esencia, ya que solo disfrutará de los mismos el emperador o las personas a las que él mismo decida conceder-lo. Así, el triumphus pierde su tradicional justificación militar, para ser un mero instrumento de ensalzamiento del emperador y todo lo que le rodea, en medio de los grandes ceremoniales que el Imperio romano utilizará para el proceso de divinización de sus gobernantes. Es, sin duda, una alteración que tiene una clara explicación en los cambios políticos que se suceden en la historia romana. Ade-más, estos cambios políticos tendrán sus reflejos en la organización del desfile, como el hecho de que los emperadores harán que el Senado vaya detrás de ellos reflejando así su pérdida de poder, o que la corona de laurel sea sustituida por una de oro con joyas encastadas, hecho que se relaciona en cierto modo con la ima-gen de los antiguos monarcas etruscos, elemento de legitimación para los nuevos emperadores. El número de triunfos se verá reducido drásticamente, ya que el sistema no será proclive a ensalzar otros generales. Para ello, los emperadores buscarán medidas compensatorias, muchas veces reducidas al simple hecho de dejar llevar a los generales victoriosos la triumphalia ornamenta, es decir, vestir en público los ropajes típicos de un triunfador: toga picta y túnica palmata.

Tras la caída del Imperio romano de Occidente, en Bizancio se continuará la tradición del triunfo romano, exportado ahora a la ciudad de Constantinopla. Allí se realizarán al menos treinta triunfos al estilo romano, con la triumphalia

ornamenta, carros de oro y con el latín como lengua principal. La época del

39. De ellos nos habla Dionisio de Halicarnaso. Si se buscan fuentes romanas sobre otros triunfos de la época hay que acudir a las obras clásicas de Plinio, Estrabón, el mismo Dionisio o Plutarco.

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emperador Justiniano será sin ninguna duda la más significativa, y el triunfo de Belisario, tras la reconquista de los territorios africanos a los vándalos, el último al gran estilo romano. Con posterioridad serán más característicamente bizantinos, y en Occidente los recibimientos medievales estarán ya establecidos. La evolución ceremonial se estaba fraguando. No hay que olvidar que Bizancio sigue viéndose como el Imperio romano de Oriente, legítimo sucesor con la obligación de reconquistar sus tierras y seguir sus tradiciones, trasladadas ahora a la nueva capital. Se concluye este punto remarcando que este ceremonial na-cido en la Roma republicana alargará su influencia en la civilización occidental durante los siguientes siglos, como gran parte de los elementos de la tradición clásica grecorromana, sobre todo tras el Renacimiento, y da lugar a un tipo de fiestas y ceremoniales que se alargarán en el tiempo y espacio por toda Europa y gran parte de América.

Figura 4

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1.2. LOS INGRESOS DE LA EDAD MEDIA

Con la caída del Imperio romano de Occidente, los territorios que integraban esta unidad se dividirán en pequeños estados, entrando de lleno en el mundo medieval, del que en ocasiones se ha dado una imagen de desorganización, os-curantismo y decadencia. Y si en parte esto es cierto, se ha de decir también que en estos siglos medievales se produce la creación de una nueva unidad que susti-tuirá al Imperio y que se basará en una religión, el cristianismo, elemento común en buena parte de los territorios occidentales europeos durante la Edad Media, y que convierte su Iglesia en uno de los grandes pilares del poder medieval. Es este además un mundo caballeresco, un mundo en que la violencia es una constante, los señores feudales dominan el territorio y también a las personas, ejerciendo jurisdicción sobre ellas con todo un sistema de vasallaje que encorsetará a la po-blación y la tendrá atada en términos económicos, judiciales e incluso morales. Los grandes festejos medievales se centrarán de este modo en torno a estos dos aspectos esenciales, a los dos círculos de los que emana el poder en la sociedad medieval: la Iglesia católica y los señores. En lo referente al mundo católico, poco a poco se va creando un calendario litúrgico que marcará las celebraciones en las iglesias y catedrales de las principales fechas relacionadas primordialmente con la vida y muerte de Jesucristo. En cuanto al mundo caballeresco, no faltarán durante toda la Edad Media justas y torneos que, a parte de ser competiciones de-portivas o militares, reunirán a toda la sociedad en estos nuevos «días grandes».40

Queda por tanto, analizar el papel de monarcas y sociedad civil en su con-junto. En la conocida como Alta Edad Media este poder centralizador –la monar-quía–, vive sus momentos más bajos, es un mundo convulso, dominado por la violencia, por las invasiones externas y por la ruralización. Así, con el declive de las ciudades también se inicia el de las celebraciones relacionadas con el poder central, como habían sido los triunfos en el Imperio romano. Pero a partir de las décadas posteriores al milenio, empezará una recuperación de la sociedad ciuda-dana en general, lo urbano resurgirá junto al comercio y al crecimiento económi-co. Con todo ello también se irá produciendo un lento fortalecimiento del poder de los príncipes, que culminará en la Edad Moderna. En este contexto, surgirá una celebración que tendrá como base la llegada de un monarca a una ciudad o villa y su toma de posesión, ya sea real o simbólica: se trata del «recibimiento medieval» o «entrada real medieval» que se va a analizar a continuación y que se convertirá en una sólida tradición heredada, con cambios sustanciales, por el mundo moderno. Aun así, se puede observar ya una evolución clara dentro de las entradas

medie-40. Se analiza incluso su repercusión simbólica e iconográfica en Roy stRong, Arte y poder.

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