• No se han encontrado resultados

Garcia Jurado Francisco - Introduccion a La Semantica Latina

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Garcia Jurado Francisco - Introduccion a La Semantica Latina"

Copied!
119
0
0

Texto completo

(1)

El autor me concede el honor de prologar esta Introducción a la semántica latina que dedica a sus alumnos de la Universidad Complutense. Me otorga ese honor sin duda por haber sido su profesor de igual materia en la Universidad Autónoma de Madrid. He ahí ya tres generaciones implicadas en la comunicación de una ciencia novísima que quiere abrirse camino en nuestras aulas. Pese a su escasa implantación académica, la Semántica y la Lexicología en general tienen tanta razón de ser disciplinas universitarias y de estar en los planes de estudio como las que más. Abona esta tesis la vastedad e importancia de su objeto, pues el léxico, además de una par-te sustancial de la lengua, es inconmensurable. El estudio de la morfología léxica y sobre todo el análisis de los significados léxicos son hoy una tarea ineludible para cualquier filólogo que quiera conocer la lengua un poco a fondo; aparte el gran valor que tiene por sí misma, la Lexicología, comprendida la semántica léxica, viene a ilustrar muchos fenómenos gramatica-les. Así que la enseñanza de esta ciencia contribuirá a reforzar los estudios filológicos, no tan-to por su novedad como por su amplio espectro dentro de la lengua y por su fácil conexión con la literatura. Ninguna otra disciplina lingüística entrelaza a éstas tan estrecha y profundamen-te como la ciencia de las palabras y sus significados.

En este libro se tocan cuestiones esenciales del significado, analizado por diferentes méto-dos, viejos y nuevos. Así se da un repaso a la etimología y a la práctica de diferenciar sinónimos, tan estimadas de los antiguos; se pasa revista a la concepción bipolar del significado, caracte-rística de la semántica tradicional que surge con M. Bréal a finales del s. XIX, tanto desde la perspectiva semasiológica de la polisemia como desde la onomasiológica de la sinonimia; se aborda ampliamente la concepción tripolar del significado, propia de la semántica estructural preconizada por E. Coseriu; se inserta, aquí y allá, algún apunte acerca de la gramática funcio-nal de la escuela de S. Dik y, por último, se traza un cuadro favorable del interés que suscita hoy la semántica cognitiva. En este recorrido metodológico el autor opera con talante conciliador, sin renunciar al análisis crítico que lo lleva a señalar puntos flacos o destacar logros; pero de acuerdo con el espíritu didáctico que anima al libro, prefiere plantear cuestiones a darlas resueltas, sin dejar de descubrirnos cómo unas se enlazan con otras y cómo la solución de unas depende de la que tengan otras.

El significado lingüístico no es algo obvio o, al menos, no es tan obvio como el nombre y la cosa nombrada, pues constituye un ámbito intermedio entre estos dos, como si fuera el vérti-ce de un ángulo que se abre hacia ellos; alcanzar ese punto culminante del significado

(2)

requie-re a veces una ardua requie-reflexión. Pero es más, el significado no queda aprisionado entrequie-re el nom-bre y la cosa, sino que se hace funcional gracias a la oposición inmediata de otro significado, de otra palabra. Por tanto, además de hacer abstracción de la forma expresiva y del objeto desig-nado, hay que saber establecer la oposición significativa pertinente; no es de extrañar que esta operación resulte demasiado compleja para semantistas apresurados o relajados. Tal es el rigu-roso criterio de análisis que guía a la semántica coseriana, cuyo meollo reside en las estructu-ras primarias de campo y clase y en las secundarias de modificación, desarrollo y composición. Éstas últimas no constituyen, evidentemente, un capítulo de morfología léxica, sino que versan sobre la determinación que experimentan los contenidos lexemáticos en los procesos de pre-fijación, derivación y composición.

Los análisis semánticos —y el que aquí se presenta es paradigmático— prueban que las fron-teras entre gramática y semántica son fluidas, pues la sistematicidad de la primera no deja de alcanzar a la segunda. La oposición léxica fugare.–fugere (copias hostium fugat.–copiae hostium fugiunt) es análoga a la oposición gramatical fugare.–fugari (copias hostium fugat.–copiae hostium fugantur). La proporcionalidad que caracteriza a las oposiciones gramaticales se encuentra también en el nivel léxico; si no en el plano morfológico, sí al menos en el semántico: ostende-re(«mostrar») es a apparere («aparecer») lo que occulere («ocultar») es a latere («estar ocul-to»); por más que entre estos verbos no haya relación etimológica, se trata de la misma oposi-ción que acabamos de señalar entre fugare y fugere: manum ostendit.–manus apparet; manum occulit.–manus latet.

Esa proporcionalidad halla fundamento en las oposiciones clasemáticas, en la existencia de semas recurrentes que operan por igual en campos semánticos diferentes. Es más, los cla-semas, por su carácter genérico —discutido a veces, pero del que nosotros no dudamos—, pro-penden a la gramaticalización, si no están ya gramaticalizados. Las dos oposiciones propor-cionales anteriores, caracterizadas por los clasemas «causativo».–«no causativo», son formas léxicas de contenido diatético, que corresponden a las oposiciones gramaticales del primer término: manum ostendit.–manus ostenditur; manum occulit.–manus occulitur. El autor de este libro pudo comprobar hace no tantos años en su estudio doctoral sobre el campo semántico de «vestir» —y hoy lo confirma— cómo no sólo las relaciones intersubjetivas ante-riores, sino las intrasubjetivas, de modalidad alterna o de aspecto secuencial y extensional, configuran estructuras fundamentales de los campos y son una fuente constante de propor-cionalidad significativa.

La semántica cognitiva, la última en pedir turno, surge en el ámbito de los estudios psico-lógicos como reacción al análisis componencial que empezaron practicando etnólogos y antropólogos. Esta procedencia externa no deja de contrastar con el origen netamente lin-güístico de la lexemática coseriana que desarrolla sobre el nivel léxico el método fonológico de la Escuela de Praga. Si ésta creó la fonología y dejó establecida para siempre la diferencia entre fonética y fonología, esto es, entre sonidos reales y fonemas funcionales, la semántica léxica coseriana intenta hacer otro tanto distinguiendo entre contenidos reales y significados

(3)

funcionales. La cuestión que nos planteamos sobre la semántica cognitiva es si supera el pla-no de la realidad para insertarse limpiamente en el de la lengua o si, al contrario, pla-nos deja en la periferia de la descripción «fonética», sin alcanzar el núcleo «fonológico» —léase distin-tivo— del significado.

Si passer era en latín «gorrión» y sus descendientes en español y portugués, pájaro y pássa-ro, se generalizaron como «ave pequeña», es que el gorrión se ha entendido como prototipo de las aves menores. Ahora bien, ésta es una cuestión de designación, según explica el autor del libro: «la designación de passerse encuentra ‘ampliada’ desde un tipo de pájaro concreto a toda una clase». La semántica cognitiva se instala, pues, en el plano designativo, de manera que ayuda a conocer la relación entre las palabras y las cosas, más que a analizar sus significados. Otras muchas provechosas reflexiones podrá hacer el lector de este libro, al hilo del discurrir histórico y metodológico por esa ciencia joven y sólida que es ya la semántica latina.

Profesor BENJAMÍNGARCÍA-HERNÁNDEZ Universidad Autónoma de Madrid

(4)

Quel beau livre ne composerait-on pas en racontant la vie et les aventures d’un mot?(Balzac, Louis Lambert) Todos sabemos que las palabras tienen significado, pero quizá no somos conscientes de la variedad de actitudes que este hecho ha suscitado a lo largo de la Historia. Desde las antiguas interpretaciones mágicas, que consideraban que las palabras tenían una suerte de fuerza que les confería el sentido, hasta la prosaica indiferencia de muchos lingüistas modernos, el estu-dio del significado léxico ha pasado por muchos avatares. Quizá el más importante fue el cam-bio de planteamiento que nos proporcionó Saussure al romper la antigua relación entre pala-bras y cosas, el sueño de una lengua perfecta, para pasar a hablar de un significado y un significante como realidades psicológicas. Y no debemos olvidar la antigua tensión que la semántica ha mantenido con la etimología. En este libro veremos cómo se oponen dos actitu-des bien diferentes, por un lado, la que considera el significado como inherente a su origen, y, por otro, la que entiende que para comprender el significado de una palabra puede prescin-dirse de su etimología. A esta última postura es a la que, paradójicamente, se adscribe un aman-te de las viejas etimologías como Jorge Luis Borges para darnos algunas claves sobre el pen-samiento semántico:

Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las impre-visibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones del sentido primitivo de las palabras, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra. Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagó-ricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arca-nos del álgebra; saber que hipócrita era actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clá-sico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sen-tido de orden. (Jorge Luis Borges, “Sobre los clásicos”, Otras inquisiciones, en Obras com-pletasII, Barcelona, Emecé, 1989, 150)

Pero no sólo estamos ante una pugna entre etimología y semántica, pues no debemos olvi-darnos del papel que aquello que es designado tiene en la descripción del significado léxico.

(5)

En este punto, hay que volver a los textos clásicos de Frege y a los estudios de Odgen y Richards acerca del triángulo de la significación, para reconsiderar el peso específico del designado y poner algo de orden en las diferencias que conllevan los verbos «significar» y «designar». Por si todo esto fuera poco, la consideración del vocabulario en su conjunto se ha descrito tra-dicionalmente como un desorden donde tan sólo la arbitrariedad del alfabeto puede estable-cer unas ciertas pautas. Ante ello, algunos semantistas sueñan con un orden interno, o una tendencia a lo sistemático que nos hace considerar singulares relaciones entre léxico y gra-mática. Quizá sea en torno a estas dos últimas palabras donde tengamos la discusión de mayor alcance, pues mientras la tradición gramatical cuenta con siglos de existencia, el estudio sis-temático del vocabulario es un hecho tan reciente que apenas nos ha dado tiempo a tener una mínima visión histórica. La novedad que todavía hoy suponen las disciplinas que estudian el léxico es, en buena medida, la causa de su generalizado desconocimiento. Hace unos años, Molero Alcaraz1llamaba la atención precisamente sobre la inexistencia de una asignatura específica sobre lexicología latina en la mayor parte de los planes de estudio universitarios. Hoy día, felizmente, la situación ha cambiado. Las historias de la lingüística española, griega o latina, cuentan con nombres que han consolidado los estudios de semántica léxica en nues-tro panorama universitario, y este libro sólo es un tímido brote en el contexto de un robusto árbol.

Es oportuno que digamos algo sobre las circunstancias del presente libro. La idea inicial y todavía muy incierta de llevar a cabo un estudio dedicado a las diversas aproximaciones al sig-nificado léxico partió de una conferencia titulada «La didáctica del léxico latino», presentada al curso Didáctica de las lenguas Clásicas (CEP de Talarrubias 23-27 de Marzo de 1992), que des-pués tuvo su continuación en otra titulada «Actualización en lexicología latina» (Curso Superior de Filología Clásica, Aranjuez, Julio de 1995). Las aportaciones de carácter cognitivo, además de una serie de estudios ya publicados, vinieron de la mano de otra conferencia: «Literatura y len-gua latina como fuente para el estudio de la Historia de las Mentalidades: las “metáforas de la vida cotidiana en la comedia”» (Literatura y sociedad en la Antigüedad Clásica, Universidad Autónoma de Madrid, Marzo de 1996), que fue perfilándose en trabajos posteriores presenta-dos a diversos congresos2. Todo este proceso se ha integrado ahora en el proyecto de investiga-ción PB-98-0794 «Léxico y semántica cognitiva de las lenguas griega y latina: historia de los conceptos y las metáforas», financiado por la Dirección General de Enseñanza Superior del Ministerio de Educación y Cultura (2000-2002). Además, durante estos últimos años hemos

1 «En este sentido, es significativo el hecho de que hasta hace muy poco tiempo ni siquiera existiera una

asignatura como Lexicología del latín y del griego, en lo que respecta a los estudios superiores de Filología Clásica» (cf. Molero Alcaraz 1982, 302-306).

2 Entre otros, «Las “Metáforas de la vida cotidiana” en latín y su proyección etimológica en castellano

(“Metaphors we live by” in Latin as etymological background in Spanish)», Congreso Internacional de Semántica (La Laguna, 27-31 de octubre de 1997), y «Semántica cognitiva del latín (I): los preverbios latinos como “metá-foras de la vida cotidiana”», Dixième colloque international de linguistique latine (Paris-Sèvres 19-23 avril 1999).

(6)

venido ensayando la redacción de este libro gracias tanto a la investigación como a la prepara-ción de las clases de la asignatura cuatrimestral «Lexicografía y semántica latina», en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Pocas veces hemos tenido ocasión de percibir cómo se fundían la actividad docente y la investigadora de una forma casi perfecta. De hecho, no han faltado alumnos inquietos que se hayan animado a preparar comu-nicaciones a congresos y alguna memoria de licenciatura3.

En lo que respecta a los contenidos, esta obra tan sólo pretende servir de sucinta guía e introducción al estudio del significado léxico en la lengua latina desde los enfoques tradicional, estructural-funcional y cognitivo, enfoques que en ningún caso resultan incompatibles entre sí. Está pensada para los estudiantes universitarios y los interesados en conocer algunos aspec-tos básicos de esta disciplina. Debemos aclarar que no se trata de un manual ni de una exposi-ción absolutamente sistemática de todos los asuntos que conciernen a la semántica latina (en este sentido, la Semántica estructural y lexemática del verbo de Benjamín García Hernández sigue siendo el único libro dedicado a la semántica latina que merece la calificación de manual). Nuestro propósito está encaminado a tratar tan sólo acerca de algunos de los aspectos princi-pales de la semántica, que ya desde ahora diremos que irá casi siempre acompañada del adje-tivo «léxica». Dos son los asuntos que nos parecen fundamentales: por un lado, la naturaleza del significado, en especial el que concierne al léxico, y, por otro, la posibilidad de estructurar el vocabulario. Esta posibilidad oscila desde la idea de caos, la de mosaico y la de estructura léxica hasta plantear diversos hechos de gramaticalización a partir de los estudios sobre la pro-porcionalidad de tales estructuras.

Así pues, en lo que se refiere a los propósitos, con este trabajo deseamos, ante todo, hacer una exposición razonada, nacida de nuestra experiencia, sobre cuestiones de interés y propo-ner cauces para la investigación antes que contar o resumir una theoria recepta. De acuerdo con esto, la estructura del libro sigue un plan determinado que le confiere una unidad:

— El primer capítulo ofrece una visión general de los estudios léxicos en la Antigüedad, partiendo de una idea intuitiva del significado como «fuerza» o vis. Además, ofrecemos una lectura de los dos métodos fundamentales de indagación léxica, la ratio etimológica y la differentia, como criterios de «epistemología previa» basados en lo comparativo, en el primer caso, una comparación formal que llega al contenido y, en el segundo, tomando como punto de partida el contenido como tal.

— Los capítulos segundo a cuarto tienen en común un enfoque predominantemente estructural de la materia, de acuerdo, sobre todo, con los principios metodológicos ela-borados por Eugenio Coseriu y, ya pensando más concretamente en la lengua latina, por Benjamín García Hernández. En ellos ofrecemos una visión general acerca de lo que es la semántica léxica, entrando después en aspectos concretos que se refieren a la

(7)

leza del significado (concepción bipolar y tripolar), las estructuras (relaciones clasemá-ticas) y el campo léxico. En cada uno de ellos hemos ensayado, asimismo, explicaciones complementarias de naturaleza cognitiva.

— En el quinto y último capítulo ofrecemos una novedosa visión, quizá el paradigma para los estudios lingüísticos del siglo XXI, la semántica cognitiva, que, a su vez, nos permite mirar hacia atrás, pues no deja de ser una nueva aproximación que siempre estuvo con nosotros.

No nos queda más que dar cuenta de la deuda científica que tenemos contraída con dos maestros de la semántica léxica, Benjamín García Hernández, bajo cuya dirección llevamos a cabo una tesis doctoral defendida en el año 1992, y de quien hemos seguido aprendiendo aún más, si cabe, desde entonces, y Marcos Martínez Hernández, cuyos estudios, ahora recogidos en un libro fundamental, han terminado por conformar nuestro carácter de aprendiz de semantista4. Asimismo, queremos recordar en estas últimas líneas al profesor Eugenio Coseriu, que acaba de dejarnos, aunque seguirá vivo en la memoria de sus discípulos y de los discípulos de sus discípulos, de manera que podría haberse aplicado a sí mismo el verso hora-ciano non omnis moriar.

Universidad Complutense, octubre de 2002

4 Quiero expresar mi agradecimiento a la profesora Cristina Martín Puente, que con tanta atención e

(8)

Etimología y semántica

1.1. El origen y el significado de las palabras

Al escritor uruguayo Horacio Quiroga debemos un curioso e inquietante cuento titulado «Las rayas» que puede resultar muy oportuno para comenzar a familiarizarnos con algunas cuestiones básicas relativas al significado. El cuento en cuestión comienza así:

... —En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre. (Horacio Quiroga, El Simún y otros rela-tos, Barcelona, Seix Barral, 1986, 70-73)

A continuación, se nos cuenta un relato en el que dos hombres que se dedicaban día y noche a trazar rayas obsesivamente terminaron desapareciendo dentro de su casa. Cuando se hizo una inspección de ésta no se encontró rastro de ellos, salvo, quizá, dos rayas, es decir, dos peces mari-nos, que se revolvían dentro del canal de desagüe. Este pequeño cuento refleja magistralmente una de las preocupaciones más antiguas del ser humano desde que fue parlante: la naturaleza y el origen del significado de las palabras. En el párrafo citado hay al menos tres ideas que resultan muy estimulantes para adentrarnos en una concepción primitiva o mágica del significado:

a) Las palabras «valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada». Nos inte-resa, en especial, el uso del verbo «valer» aplicado en este contexto. Hay en los gramá-ticos latinos una expresión muy parecida, como es la de vis verbi, es decir, la «fuerza de la palabra».

b) Siguiendo la idea expresada por la vis, observamos que la palabra tiene un poder crea-dor. Recordemos que en el libro del Génesis(1, 3-5), en el relato de la creación, Dios crea las cosas diciendo primero «haya...»:

Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». De esta forma, nos cuenta el relato mítico cómo Dios dijo primero que se crearan las cosas para pasar luego a crearlas. Se trata, probablemente, del texto esencial para ilus-trar la concepción del lenguaje como entidad creadora.

(9)

c) Otro hecho también significativo es que la razón por la que las palabras pueden crear las cosas sea algo en apariencia tan insignificante como la eufonía, o, en otras palabras, que la eufonía sea una razón creadora. La eufonía nos lleva directamente al aspecto mera-mente físico de la palabra, y lo pone en relación con un concepto elemental de estética, como es el de la propia belleza de las palabras tal como suenan. No muy lejos de esta concepción estaba Giambattista Vico cuando ponía en relación los nombres griegos y latinos del dios supremo y de la justicia apelando, precisamente, a la «coquetería del lenguaje» (una razón de eufonía es la que aduce Platón en Crátilo 412d-413c, que es en quien se basa Vico):

Con este primer nacimiento de los caracteres y de las lenguas nació el derecho, llamado ious por los latinos, y por los antiguos griegos diaíou —que más arriba explicamos como «celeste», que proviene de Diós; por lo que los latinos utiliza-ban sub dio indistintamente que sub Iove para decir «a cielo abierto»—, y como dice Platón en el Crátilo, por coquetería del lenguaje, pasó a llamarse díkaion. Pues de forma universal fue considerado el cielo por todas las naciones gentiles bajo el aspecto de Júpiter, recibiendo de él las leyes a través de sus divinos avisos y órde-nes que consideraban auspicios; lo que demuestra que todas las nacioórde-nes nacie-ron en la creencia de la providencia divina. (Giambattista Vico, Ciencia nueva. Tomo I. Ed. de J. M. Bermudo, Barcelona, Orbis, 1985, 206)

El texto de Horacio Quiroga crea, en definitiva, una ficción acerca de un asunto que en semántica puede denominarse, en principio, como polisemia, o la circunstancia de que una palabra tenga dos significados1. Pero, sobre todo, este cuento nos ofrece un excelente ejemplo de lo que es la creencia del significado como algo inmanente a la forma de la palabra, muy pro-pio de concepciones mágicas del lenguaje.

Sin embargo, ya veremos cómo es el uso el que en buena medida confiere el sentido real y efectivo a las palabras, al contextualizarlas, siendo también el causante de su desgaste. El uso hace que muchas palabras lleguen a significar lo contrario de lo que en principio daban a entender. Pensemos en términos como «enervar» (de ex ynervus), que, frente a lo que muchos podrían creer, significa «debilitar o quitar las fuerzas», o la manida locución «llegar al punto álgido» (de alget), donde «álgido» significa «muy frío»2. Es, precisamente, ante hechos como éstos cuando percibimos una cierta dualidad entre el origen de la palabra y su significa-do presente, ya que la etimología puede llegar a ser incluso contradictoria. En este sentisignifica-do,

1 En realidad se trata de un hecho de homonimia, pues estamos ante dos palabras de origen distinto que

han venido a coincidir formalmente. Para las dificultades a la hora de distinguir entre polisemia y homonimia véase el interesante trabajo de Cifuentes Honrubia (1990).

2 «Como el período álgido de ciertas enfermedades, acompañado de frío glacial, es al mismo tiempo

crí-tico para la vida del enfermo, se ha dado erróneamente a álgido la ac. “culminante” [med. s. XIX: Selgas, Campoamor], denunciada repetidamente como bárbara, pero vigorosa aún.» (Corominas-Pascual 1991, s. v. ÁLGIDO).

(10)

desde la idea casi mágica de un sentido primigenio, natural e inmutable, podemos llegar a defender la idea de que el significado mantiene una relación convencional o arbitraria con res-pecto a la expresión, lo que conlleva, entre otras consecuencias, la de abrir la posibilidad al cambio semántico y lingüístico en general3. De esta forma, la primera concepción lleva implí-cita una idea de lengua inalterable, utópicamente considerada perfecta, mientras que la segun-da, al entender la relación arbitraria entre significado y significante, abre la puerta al cambio lingüístico. En la historia de las ideas lingüísticas llegamos a encontrar posiciones intermedias entre una y otra concepción, como cuando, aun reconociendo el hecho innegable de que las lenguas evolucionan, se persiste en creer que hubo una primera lengua perfecta, inmutable, de la que después degeneraron las demás.

En resumen, ya veremos cómo en el devenir de las preocupaciones en torno al significado de las palabras se han dado y a veces hasta enfrentado estos dos planteamientos:

a) la significación vista desde el estudio del origen de una palabra, o la etimología. b) la significación vista desde el estudio del significado de una palabra en un momento

dado, o la semántica.

Pasemos a hablar más detenidamente acerca de este aspecto diferenciador entre etimología y semántica.

1.2. La etimología frente a la semántica

No es difícil percibir cómo desde la antigua etimología el significado se concibe como algo inmanente a la propia palabra. El propio método de la etimología antigua, basado en el juego de letras (anagrama) y la búsqueda del origen de una palabra poniéndola en relación con la más parecida que pueda encontrarse, encierra en sí la concepción del significado como algo conna-tural a la misma palabra. Veamos uno de los ejemplos más significativos, la supuesta etimolo-gía de la palabra Latium, tal y como puede encontrarse en la Eneida de Virgilio, quien nos ofre-ce una explicación etimológica explícita que pone en relación LATIVM con LATET, según una etimología que ya puede rastrearse en Varrón4:

Primus ab aetherio venit Saturnus Olympo, arma Iouis fugiens et regnis exsul ademptis. Is genus indocile ac dispersum montibus altis

3 «(...) los planos fonético y significativo de una lengua están en relación arbitraria y, por tanto, no

exis-te relación directa entre ambos; la arbitrariedad caracexis-terística de las lenguas naturales hace posible la exisexis-ten- existen-cia de los cambios lingüísticos, pues si hubiera una relación directa entre los elementos fonéticos y los signi-ficados es evidente que las lenguas permanecerían siempre inalterables» (Blecua 1973, 70).

4 Marouzeau 1940, 260. Además, Virgilio no se conforma tan sólo con esta explicación, sino que nos

(11)

composuit legesque dedit LATIVMque vocari

MALVIT, his quoniam LATVISSET tutus in oris. (Verg. Aen. 8, 319-323)

(«Saturno llegó el primero del etéreo Olimpo, huyendo las armas de Júpiter y desterra-do, despojado de su reino. Él fue quien reunió aquella nación indomable y dispersa por los altos montes, les dio leyes, y prefirió que se llamara “Lacio”, ya que sano y salvo estu-vo “latente” por estas riberas.»)

Los ejemplos más universalmente conocidos de este tipo de etimología se deben a Isidoro de Sevilla, como en el caso de su explicación de clarus:

Clarus, a caelo, quod splendeat. Vnde et clara dies pro splendore caeli. (Isid. Orig. 10, 32) («Clarus (claro) deriva de caelum (cielo), porque resplandece. Así, hablamos de un “cla-ro día” a causa del esplendor del cielo.») (trad. de O“cla-roz Reta y Marcos Casque“cla-ro) En este ejemplo tenemos representados tanto la búsqueda de una palabra que tenga un parecido evidente con el adjetivo clarus (caelum), como el juego anagramático del cambio del orden de las letras (CLArVM y CAeLVM)5. Queda, pues (y esta es la parte semántica de la investi-gación etimológica en la Antigüedad), encontrar el hilo conductor entre los contenidos de las dos palabras puestas en relación. Varrón o Isidoro de Sevilla entienden que la etimología sirve para conocer mejor el significado de las palabras, ya que la etimología antigua busca casi obse-sivamente la congruencia entre las formas y los contenidos. De hecho, Isidoro dice explícita-mente en un famoso y discutido pasaje de las Etymologiae (Orig. 1, 29) que si se conoce el origen de una palabra antes se dará con su sentido:

Etymologia est origo vocabulorum, cum vis verbi vel nominis per interpretationem colligitur. Hanc Aristoteles symbolon, Cicero adnotationem nominavit, quia nomina et verba rerum nota facit exemplo posito; ut puta flumen, quia fluendo crevit, a fluendo dic-tum. Cuius cognitio saepe usum necessarium habet in interpretatione sua. Nam dum videris unde ortum est nomen, citius vim eius intellegis. Omnis enim rei inspectio ety-mologia cognita planior est.

(«La etimología estudia el origen de los vocablos, ya que mediante su interpretación se llega a conocer el sentido de las palabras y los nombres. Aristóteles la denominó symbolon, y Cicerón, adnotatio, porque, a partir de un modelo, se nos dan a conocer las palabras y los nombres de las cosas. Por ejemplo, flumen (río) deriva de fluere, porque fluyendo crece. Su conocimiento implica a menudo una utilización necesaria en la inter-pretación léxica. Pues, si se sabe cuál es el origen de una palabra, más rápidamente se comprenderá su sentido. El examen de cualquier objeto es mucho más sencillo cuando su etimología nos es conocida.» (trad. de Oroz Reta y Marcos Casquero)

(12)

No obstante, esta concepción tan confiada debe enfrentarse a otra orientación escéptica que ya puede intuirse en el Crátilo de Platón. Este escepticismo, que es posible rastrear en Platón, Sexto Empírico, así como en Cicerón y Quintiliano, nos lleva a un texto crucial de Agustín de Hipona donde puede observarse cómo aparece completamente diferenciado el estudio de la etimología, en calidad de dudosa disciplina que indaga acerca del origen (¿verdadero?) de las palabras, y el de la semántica, o el conocimiento del significado6, para lo que se puede prescin-dir perfectamente de la etimología:

De origine verbi quaeritur, cum quaeritur unde ita dicatur: res mea sententia nimis curiosa, et non nimis necessaria. Neque hoc mihi placuit dicere, quod sic Ciceroni quo-que idem videtur; quamvis quis egeat auctoritate in re tam perspicua? Quod si omnino multum iuvaret explicare originem verbi, ineptum esset aggredi, quod persequi profec-to infinitum est. Quis enim reperire possit, quod quid dictum fuerit, unde ita dictum sit? Huc accedit, quod ut somniorum interpretatio, ita verborum origo pro cuiusque ingenio praedicatur. Ecce enim verba ipsa quispiam ex eo putat dicta, quod aurem quasi verbe-rent: Immo, inquit alius, quod aerem. Sed nostra non magna lis est. Nam uterque a ver-berando huius vocabuli originem trahit. Sed e transverso tertius, quam rixam inferat. Quod enim verum, ait, nos loqui oporteat, odiosumque sit, natura ipsa iudicante, men-dacium; verbum a vero cognominatum est. Nec ingenium quartum defuit. Nam sunt qui verbum a vero quidam dictum putent, sed prima syllaba satis animadversa, secundam negligi non oportere. Verbum enim cum dicimus, inquiunt, prima eius syllaba verum significat, secunda sonum. Hoc autem volunt esse bombum. Vnde Ennius sonum pedum, bombum pedum dixit: et Bo!sai Graeci clamare; et Virgilius, «Reboant silvae» (Georg. lib. 3, v. 223) Ergo verbum dictum est quasi a vero boando, hoc est verum sonan-do. Quod si ita est, praescribit quidem hoc nomen, ne cum verbum faciamus, mentia-mur: sed vereor ne ipsi qui dicunt ista, mentiantur. Ergo, ad te iam pertinet iudicare, utrum verbum a verberando, an a vero solo, an a vero boando dictum putemus: an potius unde sit dictum non curemus; cum, quod significet, intelligamus. (Aug. Principia DialecticaeVI. P. L. 32, 1409-1420)7

6 Esta distinción ya puede encontrarse en Varrón, aunque desde otros presupuestos (L. 5, 2): Cum unius cuiusque verbi naturae sint duae, a qua re et in qua re vocabulum sit impositum (itaque a qua re sit pertinacia cum requiritur, ostenditur esse a pertendo; in qua re sit impositum dicitur cum demonstratur, in quo non debet pertendi et pertendit, pertinaciam esse, quod in quo oporteat manere, si in eo perstet, perseverantia sit), priorem illam partem, ubi cur et unde sint verba scrutantur, Graeci vocant etymologían, illam alteram perí semainoménon. De quibus duabus rebus in his libris promiscue dicam, sed exilius de posteriore(«Cada palabra posee dos peculiaridades congénitas: de qué objeto se parte y en qué objeto de aplica el nombre. Así, cuando se rastrea de dónde procede pertinacia (obstinación), se descubre que deriva de pertendere (obstinarse); en cuanto a en qué objeto se aplica, se dice que existe pertinacia cuando se pone de manifiesto que hay obstinación en algo en que uno no debe obstinarse

(per-tendi). En efecto, si se persiste (perstet) en lo que conviene mantenerse firme, lo que hay es perseverantia. A la primera cuestión —es decir, cuando se investiga por qué y de dónde vienen las palabras—, los griegos la deno-minan etimología; a la segunda, semántica. Sobre ambas cuestiones y de manera indistinta, voy a hablar en los libros siguientes, aunque abordando más de pasada la segunda de ellas.») (trad. de Marcos Casquero).

7 Tenemos una edición moderna de esta obra: De dialectica. Ed. Jan Pinborg and. trans. B. Darrell Jackson,

(13)

(«Nos preguntamos acerca del origen de una palabra cuando nos planteamos de dónde proviene que se diga de tal manera: asunto muy curioso, en mi opinión, pero no muy necesario. No me gustó decir esto que a Cicerón parece merecerle la misma opi-nión; aunque, ¿quién necesita de una autoridad en un asunto tan “evidente”? Pero si fuera de mucha utilidad explicar el origen de una palabra, no sería apropiado adentrar-se en lo que ciertamente es imposible de alcanzar. ¿Quién hay que pueda justificar por qué se tiene que decir de tal manera lo que nombramos? Ocurre que, al igual que en la interpretación de los sueños, así se declara el origen de una palabra de acuerdo con el ingenio de cada cual. He aquí que hay quien interpreta que el mismo término verba (palabras) se dice así porque es como si azotasen (“reverberasen”) el oído; más bien, dice otro, porque es como si azotasen el aire. Pero esto no supone un gran problema, pues uno y otro remontan el origen de esta palabra del verbo “azotar” (verberando). Inesperadamente mira qué discordia viene a sembrar un tercero: verbum es sinónimo de “verdadero” porque, según dice, conviene que hablemos lo verdadero, y es odiosa la mentira, siendo la naturaleza el juez mismo. Pero no faltó un cuarto ingenio que dijo que, si bien hay quienes estiman que verbum se dice de “verdadero”, quedando, pues, la primera sílaba suficientemente constatada, no conviene olvidarse de la segunda. De esta forma, declaran que cuando decimos verbum la primera sílaba significa “verdade-ro”, y la segunda “sonido”; pretenden, pues, que éste (el sonido) sea un “zumbido” (bombum). Por ello, Ennio llamó al sonido de los pies “ruido de pasos”, los griegos dicen “gritar” con el término boasai, y Virgilio dice “resuenan los bosques”. Luego, se dice verbumcomo si hiciéramos retumbar la verdad, es decir, como si hiciéramos sonar la verdad. Por tanto, si esto es correcto, el mismo nombre ordena que no mintamos al hablar, mas temo que mientan incluso estos mismos que afirman tales cosas. Por lo tanto, a ti corresponde juzgar si hemos de considerar que verbum se dice de verberando (“azotar”), o de vero (“verdad”) tan sólo, o de vero boando (“hacer resonar la verdad”), o si, por el contrario, es preferible que no nos preocupemos por su origen, ya que sin necesidad de ello entendemos lo que significa.»)

Sorprende, lo primero, esta singular comparación de la interpretación etimológica con la interpretación de los sueños. Marck Amsler ha observado en su excelente estudio sobre el dis-curso etimológico en la Antigüedad Tardía (Amsler 1989, 44-55) que al ser comparada la eti-mología con la interpretación de los sueños, se entiende como una actividad hermenéutica que, al igual que aquélla, debe resolver la ambigüedad de los signos mediante una interpreta-ción alegórica. La etimología, así entendida, presenta infinidad de posibilidades, lo que la con-vierte por su imprecisión en inútil, y más todavía porque la materia que estudia, el lenguaje verbal humano, es engañosa. Como bien apunta Umberto Eco, San Agustín rechaza el lengua-je constituido de palabras porque está pensando en una forma de lengua perfecta que no es ver-bal, y que no es otra que la lengua en la que Dios habló a Adán. Se trata de una lengua de imá-genes, pansemiótica, poblada de alegoría, que tan importante será para la representación de la cultura en la Edad Media, en sus distintos lapidarios, bestiarios, o en los beatos (Eco 1996, 24-25). Contrariamente a la prevención que muestra por la etimología Agustín, la vieja disciplina terminará triunfando como metalenguaje y llave para el conocimiento del mundo, llegando a

(14)

su cima más alta con San Isidoro de Sevilla, excelente ejemplo de recuperación y creación eti-mológica.

Centremos ahora nuestra atención en dos frases concretas de los textos citados: — nam dum videris unde ortum est nomen, citius vim eius intellegis (Isidoro) — unde sit dictum non curemus; cum quod significet, intelligamus (Agustín) En estas dos frases podemos ver resumidos los aspectos que hemos comentado. Mientras Isidoro aúna etimología y semántica, Agustín las diferencia cuando nos dice que de poco nos sirve saber de dónde se puede decir una palabra para conocer su significado. Por otra parte, Isidoro habla de la vis nominis (recuérdese lo que decíamos acerca de la fuerza de las palabras con referencia al cuento de Horacio Quiroga), pero Agustín emplea explícitamente el verbo sig-nificare, consciente del valor que tiene la palabra como signo convencional. La semántica como estudio del significado y la etimología, concebida desde el siglo XIX como una «historia de las palabras», quedan desligadas una de otra por sus métodos y objeto de estudio8.

1.3. La semántica en la Antigüedad. Las differentiae en las parejas de sinónimos

El estudio del significado léxico tiene sus antecedentes más inmediatos en las compilacio-nes que analizan las diferencias en las parejas de sinónimos, todo un género de la antigua lite-ratura latina que dio comienzo con Catón el Censor (s. II a. C.) y se extendió hasta Isidoro de Sevilla (s. VII d. C.), quien define así las diferencias (Orig. 1, 31):

Differentia est species definitionis, quam scriptores artium de eodem et de altero nominant. Haec enim duo quadam inter se communione confusa, coniecta differentia secernuntur, per quam quid sit utrumque cognoscitur; ut cum quaeritur quid inter regem sit et tyrannum, adiecta differentia, quid uterque sit definitur, ut «rex modestus et temperatus, tyrannus vero crudelis.» Inter haec enim duo differentia cum posita fue-rit, quid sit utrumque cognoscitur. Sic et cetera.

(«Diferencia es un tipo de definición que los tratadistas (Victorino y Boecio) deno-minan “de esto y de su contrario”. Cuando dos palabras se confunden entre sí por tener un cierto parentesco, se delimitan sus campos haciendo entrar en juego su diferencia, gracias a la cual se puede conocer qué es cada una de ellas. Por ejemplo, se trata de saber qué distinción hay entre un rey y un tirano; sirviéndonos de la diferencia se define qué es uno y otro en el siguiente sentido: “el rey es moderado y comedido; el tirano es cruel”. Aplicando el criterio de la diferencia se precisa qué es uno y qué es otro. Y así en lo demás.») (trad. de Oroz Reta y Marcos Casquero)

8 En lo que respecta al desarrollo moderno de ambas disciplinas, Guiraud (1981, 108-110) y Ullmann

(15)

El nacimiento de las differentiae se suele vincular a los ámbitos retórico9y jurídico (Codoñer 1985; García Hernández 1997a; Lorenzo 1977; Magallón García 1996). Ocupan un lugar singu-lar en esta dilatada tradición el tratado de Nonio Marcelo titulado De differentia similium signi-ficationum, que conforma el quinto de los veinte libros que componen su De compendiosa doc-trinay, asimismo, el De differentiis, de Isidoro de Sevilla.

Nonio Marcelo, que desarrolló su actividad allá por el siglo IV10, nos dejó una obra que, aun-que sin grandes pretensiones, constituye un peaun-queño tesoro de citas, sobre todo pertenecien-tes a la literatura del período republicano. En lo que respecta a Isidoro de Sevilla, hay que hacer notar que su obra De differentis corresponde al comienzo de su actividad, mientras que las Etymologiaepertenecen, al contrario, ya al final de su producción11. La Praefatio del De differen-tiisdeja suficientemente clara su adscripción al género12:

Plerique veterum sermonum differentias distinguere studuerunt subtilius inter ver-ba et verver-ba aliquid indagantes. Poetae autem gentiles necessitate metrica confuderunt sermonum proprietates. Sicque ex his consuetudo obtinuit pleraque ab auctoribus indif-ferenter accipi, quae quidem quamvis similia videantur, quadam tamen propria inter se origine distinguuntur. De his apud Latinos Cato primus scripsit, ad cuius exemplum, ipse paucissimas partim edidi, partim ex auctorum libris deprompsi tibique, lector, pro delectatione notavi.

9 Pérez Castro (1999, 64) ve en esta vinculación con la retórica un inconveniente cronológico, pues si las

pri-meras manifestaciones de este arte son del s. I a. C., las differentiae que da Catón quedarían fuera de este período.

10 De Nonio Marcelo apenas tenemos datos biográficos: «Of Nonius himself little is known. From various

indications it has been inferred that he lived in the fourth or fifth century A. D., and was a dignitary in the small town of Thubursicum in North Africa. He published a volume of letters “On the Neglect of Study”, from which he quotes a pompous sentence in illustration of the word meridies (Meridiem... nos in Epistulis quae inscribuntur “De

Peregrinando a Doctrinis”: exvigila aliquando et moracium cogitationum, priusquam aetas in meridie est, torpedinem pelle.” page 451 of Mercier’s edition). Some of his modern critics accuse him of an amount of ignorance that is hardly conceivable. Without going so far, we may safely regard him as a man of very limited learning, a compiler rather than a researcher. His dictionary can hardly have belonged to anything but the “scissors and paste” class» (Lindsay 1965, 1). Véase también Moretti 1984.

11 En palabras de Carmen Codoñer, una y otra constituyen dos modos diferentes de aproximación a la

rea-lidad: «La concepción del mundo que se desprende de la lectura de las Differentiae no es válida más que para los creyentes. O si se quiere, podemos enunciarlo al revés: las differentiae rerum sirven para crear al lector una concepción del mundo exclusivamente cristiana. Al mismo tiempo, el procedimiento de la diferencia tiene en este caso una función peculiar: establecer enlaces entre conceptos cuya distinción es léxicamente irrelevante y para los que la afinidad básica consiste en formar parte integrante de un dogma. Hablar de diferencias como procedimiento gramatical resulta a todas luces improcedente. Cualquiera de las diferencias aquí utilizadas sig-nifica algo más que lo que se desprende de la comparación entre rex y tyrannus. Se trata siempre de la unión de dos definiciones que, por el hecho de juntarse en comparación e ir referidas a un ámbito limitado, adquieren la cualidad de “diferentes”. Algo así como si estableciéramos una comparación entre un “dragón” y una “prin-cesa” pensando en que ambos forman parte de un mundo cerrado y simbólico en el que cada uno de los obje-tos que lo integran adquiere un valor especial por el hecho de estar en contacto con el resto.» (Codoñer 1992b, 19-30). Más recientemente, Velázquez (en prensa) ha revisado los diferentes aspectos de la lengua en la obra isidoriana en una espléndida monografía. Agradezco a la autora que me haya facilitado la consulta del original.

12 Seguimos la moderna edición del libro primero que ha realizado Carmen Codoñer (1992b), donde se

puede volver a apreciar la primitiva disposición temática, frente a la alfabética que erróneamente se había venido presentando (es el caso de la edición de Faustino Arévalo en la Patrología Latina, tomo 83).

(16)

(«Muchos autores antiguos procuraron establecer diferencias entre distintos térmi-nos investigando con gran penetración lo que separa unas palabras de otras. Por su par-te los poetas paganos, debido a necesidades métricas, confundieron el valor exacto de los términos; y así, a partir de ellos se impuso la costumbre de que los autores aceptaran indiscriminadamente muchas expresiones, expresiones que, aunque parezcan seme-jantes, se diferencian entre sí en virtud de su distinto origen. Sobre ellas escribió el pri-mero entre los latinos Catón y, siguiendo su ejemplo, también yo creé unas cuantas, muy pocas, otras las saqué de obras que me merecían garantía y las recogí para tu deleite, lec-tor.») (trad. de Carmen Codoñer)

Vamos a leer cómo tratan tanto Nonio Marcelo como Isidoro de Sevilla el asunto de la diffe-rentiaen una misma pareja de sinónimos, la conformada por las palabras latinas cupido y amor. Nonio la explica de la manera siguiente:

CVPIDO et AMOR idem significare videntur. Et est diversitas. Cupido enim inconsi-deratae est necessitatis, amor iudici. Plautus Bacchidibus (fr. XIX):

Cupidon te consevit anne Amor?

idem in Curculione discrevit et vim eiusdem diversitatis expressit dicens (3): quod Venu’ Cupidoque imperat suadetque Amor.

Afranius in Omine (221)

amabit sapiens, cupient ceteri.

cupidinem cum feminino genere dicimus, cupiditatem significamus. Vergilius (Aen. VI, 721): quae lucis tam dira cupido?

cum masculino, deum ipsum. Plautum Mercatore (854): Cupido, quantus es!

Naevius Gymnastico (55):

edepol Cupido, cum tam pauxillus sis, nimi’ multum vales. (Non. p. 681-682 L) («CVPIDO y AMOR parecen significar lo mismo, pero hay diferencia. El deseo (cupido) es propio de la necesidad irreflexiva, el amor (amor) lo es del juicio. Plauto en Báquides (fr. XIX): “¿Acaso se ha ensañado contigo Cupido o Amor?”. Esto mismo lo distinguió en el Gorgojo y expresó el valor de su diversidad cuando dice que (3): “lo que Venus y Cupido ordenan y Amor aconseja”. Afranio en El presagio (221): “sentirá amor el sabio, el resto deseo”. Cuando nos referimos a cupido en género femenino, damos a entender la cupidi-tas. Virgilio (Aen. 4, 721): “¿qué deseo tan cruel de luz?”. Cuando lo hacemos en mascu-lino, nos referimos al dios mismo. Plauto en El mercader (854): “¡Cupido, qué grande eres”. Nevio en El gimnástico (55): “Por Pólux, Cupido, que aunque seas tan pequeñito, vales muchísimo”.»)

Lo relevante es, una vez establecida la pareja de sinónimos, tratar de ver la diferencia, algo que ya intuye perfectamente Nonio Marcelo desde el comienzo de su definición: amor y cupido presentan una base significativa común evidente, la de designar el amor, y se establece la

(17)

dife-rencia relacionando amor con iudicium y cupido con una inconsiderata necessitas13. Veamos aho-ra cómo taho-rata Isidoro la diferencia entre amor y cupido (113 Codoñer y 1, 5 Arévalo):

Inter amorem et cupidinem. «Aliud est, » inquit Cato, «Philippe, amor, longe aliud-que cupido. Accessit illico alter ubi alter recessit; alter bonus, alter malus». Alii verius amorem et bonum dixerunt et malum, cupidinem semper malum. Amorum autem qua-dripertita differentia est. Est enim iustus amor, pius, crudelis, obscenus. Iustus amor est uxorius, pius filiorum, crudelis contra naturam, ut Pasiphae, obscenus meretricum.

(«Entre amor (amor) y cupido (pasión). “Una cosa es, ” dice Catón, “Filipo, el amor, y otra muy distinta la cupido. La una se produce en seguida allí donde el otro abandona; el uno es bueno, la otra es mala”. Otros, con más acierto, dijeron que amor era bueno y malo, cupido siempre malo. Y es cuádruple el tipo de amores. En efecto, hay un amor legí-timo, piadoso, perverso, obsceno. Legítimo es el amor a la esposa, piadoso el amor a los hijos, perverso el contra naturam, como el de Pasifae, obsceno el de las meretrices.») (trad. de Carmen Codoñer)

En la clasificación semántica que Magallón García (1996, 182-188) establece de todas las dif-ferentiaede Nonio, coincide con Isidoro de Sevilla en englobar amor y cupido en la polaridad «positivo»/«negativo». Puede observarse fácilmente cómo esta definición deja perfecta-mente explícito el contenido positivo de amor frente al negativo de cupido, aunque, como bien señala Magallón García (1996, 247-248), «AMOR puede ser también malum cuando es crude-lisy obscenus». Esta caracterización de lo positivo y lo negativo aparece asimismo en Barrault, autor que supone, en buena manera, la culminación de esta tradición lexicográfica14. Tomando ahora otra differentia de Nonio (703L), la que opone cupido a cupiditas, Barrault sitúa a cupido entre los sinónimos cupiditas, libidoy voluptas, mientras que amores colocado entre caritas, pie-tas, benevolentia, studium, favor y gratia:

Cupidoest un désir qui nous porte à quelque chose et considéré comme faisant des efforts pour être satisfait; le désir en tant qu’il est considéré comme action, opposé à l’a-version; cupiditas n’est qu’un état passionné de l’âme opposé à la tranquillité de l’esprit ou à l’indifférence. «Cupiditas levior est cupidine» (Nonius, V. LVII): «Cupiditas ex homine, cupido ex stulto numquam tollitur» (Lucil., XXIII). Cette distinction qui a été faite par Lucilius est on ne peut plus fondée; en effet, le penchant vicieux de l’âme peut être corrigé, mais une fois qu’un sot s’est mis dans la tête une envie pour quelque chose, il n’y a plus moyen de l’en faire démordre. Mais la conclusion que Nonius tire de ce pas-sage n’est pas exacte. (Barrault 1853, 613)

13 Los ejemplos aducidos para corroborar su definitio, si adoptamos una lectura crítica, no siempre

res-ponden perfectamente a las definiciones dadas.

14 Si bien su estudio sobre los sinónimos parte del libro titulado Lateinische Synonyme und Etymologie, de

(18)

Amor, comme amare, se dit des hommes et de animaux, c’est l’amour pur et l’amour sensuel ou interessé; caritas est l’amour éclairé, l’affection raisonnable des hommes, un sentiment noble, une amitié mêlée de respect et de vénération; pietas, l’amour envers les parents, les dieux, la patrie, toute affection quón ne pourrait violer sans commettre un nefas. Le principe de amor est dans le sentiment, dans la passion; celui de caritas dans la raison; celui de pietas, dans le devoir, l’instinct naturel et le sentiment religieux. Caritas peut se commander, amor ne se commandre pas. (Barrault 1853, 615)

Puede observarse cómo se conserva la primitiva caracterización positiva de amor frente a cupido, ligada la primera a los buenos sentimientos y la segunda a la pasión.

La moderna consideración semántica de estas parejas de términos acuñadas por la tradi-ción lexicográfica no es unánime. Autores como Codoñer (1985, 202) y Flobert (1994) afir-man que la misma aceptación de la diferencia ya supone un rechazo de la idea de sinonimia, mientras que otros como García Hernández (1997a, 24-25) no creen que la aceptación de la diferencia sea óbice para considerar la base significativa común como sinónima15. Nos pare-ce, en este sentido, una especie de síntesis el análisis semántico que hace Magallón García (1996, 13-19) de las Differentiae en términos de «oposiciones privativas, equipolentes y gra-duales», así como de «hiponimia», pues la consideración de la sinonimia va a depender, básicamente, de lo que entendamos como tal, asunto al que volveremos en el capítulo siguiente.

En resumen, observamos que la reflexión semántica, aunque no puede desvincularse de la etimológica, ha gozado de un excelente vigor a lo largo de la Antigüedad, llegando hasta los pro-pios albores de la semántica que podemos considerar moderna. En este sentido, el término «sinónimo», al margen de lo que se entienda por tal, parece recoger todas las inquietudes semánticas de la reflexión sobre el lenguaje.

1.4. Los métodos: comparación formal y comparación de contenidos. Hacia la semántica moderna

Nos parece oportuno, para terminar este capítulo, poner de manifiesto algunas cuestiones semánticas que podemos plantear comparando, precisamente, el método etimológico antiguo al que aludimos en el apartado 1. 2. y el de la «diferencia» del apartado anterior:

a) ambos tienen en común el hecho de ser métodos comparativos. Entiéndase por «com-parativo» un método de investigación básica, propio de una epistemología previa (García Gabaldón 1996).

15 Tenemos la postura escéptica de Pérez Castro (1999, 67-68): «Por lo que al latín respecta, las differen-tiae verborumde época postclásica lo único que permiten comprobar es la capacidad de mistificación de sus compiladores, cuya obra convendría tomar sólo como objeto de estudio, y no como fuente de datos y autoridad para el estudio del léxico latino.»

(19)

b) en la etimología se parte de una COMPARACIÓN FORMAL entre dos términos muy

cercanos de los que se supone que uno ha dado lugar al otro para encontrar la ratio semántica entre ambos, que termina corroborando la relación formal (p. e. persona «máscara» viene de personare «resonar» porque la máscara hace resonar la voz del actor [Gavio Baso, fr. Gel. 5, 7, 2], y clarum viene de caelum porque el cielo resplandece [Isid. Orig. 10, 32]).

c) en la diferencia, sin embargo, se parte por lo general de una base de COMPARACIÓN

CONCEPTUAL, o un continuum significativo, para terminar estableciendo la diferen-cia (así, p. e., la relación de contenido que puede haber entre cupido y amor, entre amarey diligere, o entre nutrix y genetrix, que analizaremos en el capítulo siguiente). Esta relación de contenido nos parece muy interesante porque ya NO es formal, lo que supone el establecimiento de una estructura léxica desde el plano del contenido (a ella volveremos en el apartado 3.3).

Estos estudios anteriores a la semántica científica y centrados fundamentalmente en los orígenes de las palabras y en la diferencia comparten, asimismo, una idea intuitiva del signifi-cado, que va desde el significado verdadero u originario hasta lo que, en general, entendemos como el «sentido de las palabras». Por ello, la preocupación por el estudio del significado como tal, así como la razón de su naturaleza, supondrá el punto de partida de esta ciencia, y esto no se producirá hasta finales del siglo XIX. Aunque hay antecedentes en Alemania (Ullmann 1986, 2-3), el nacimiento de la semántica como «ciencia de las significaciones» tiene un nombre propio, Michel Bréal, y dos fechas, 1883, en que el autor francés publica su artículo titulado «Les lois intellectuelles du langages fragment de sémantique» (Bréal 1883) y 1897, que es cuando publica su libro titulado Essai de sémantique. Bréal propone un estudio novedo-so, el de las «leyes intelectuales» del lenguaje que intentan captar la voluntad de los hablantes en el cambio lingüístico, y que suponen, además, una alternativa a las «leyes ciegas» de los neogramáticos. Así termina el prefacio de su obra, que ofrecemos en una pulcra versión espa-ñola quizá atribuible a Miguel de Unamuno16:

Tal es el estudio a que invito a todos los lectores. No se espere encontrar en él hechos de naturaleza muy complicada. Al contrario, como siempre ocurre allí donde está en jue-go el espíritu popular, sorprende la sencillez de los medios, sencillez que contrasta con la extensión y la entidad de los efectos obtenidos.

He buscado deliberadamente mis ejemplos en las lenguas más generalmente conocidas; fácil será aumentar el número; fácil será también sacarlos de regiones menos exploradas. Como las leyes que he tratado de indicar son más bien de orden psicológico, no dudo que se comprueben fuera de la familia indo-europea. Lo que he

(20)

querido hacer es trazar algunas grandes líneas, marcar algunas divisiones y como un plano provisional en un terreno no explotado aún, y que reclama el trabajo manco-munado de varias generaciones de lingüistas. Ruego, pues, al lector, que mire este libro como una simple Introducción a la ciencia que he propuesto llamar Semántica. (Bréal s. f., 7)

(21)

El significado léxico: de las parejas

de sinónimos a la oposición léxica

2.1. De la semántica al significado léxico. Conflictos e intereses de estudio

Desligado, pues, lo que pertenece al estudio de la etimología (bien antigua o científica) de lo que concierne al de la semántica, queremos ahora seguir indagando en torno a la pertinencia para nuestro estudio de que el significado esté referido especialmente (aunque no exclusiva-mente) al léxico.

La semántica, como estudio del significado, concierne a distintos niveles de análisis dentro de la lengua. Tomando la clasificación que hace Martínez Hernández (1997, 34), estos niveles son:

a) las unidades inferiores a la palabra b) la palabra

c) la frase d) el texto

Los estudios de sintaxis se interesan básicamente por los dos últimos niveles, mientras que los estudios que conciernen a la semántica léxica o lexicología tienden al estudio de los dos pri-meros. La cuestión, no obstante, presenta una complejidad mayor de la que pudiera sugerir esta idea de simple reparto de niveles. Como veremos a lo largo de este trabajo, las diferencias entre estudiosos de la sintaxis y la semántica del léxico son, además, de método, ya que en la primera disciplina uno de los métodos más fructíferos es hoy día el de la Functional Grammar, iniciada hace unos decenios por Simon Dik en Holanda, y aplicada luego por Harm Pinkster a la lengua latina. En los estudios de semántica léxica, por su parte, sigue mostrándose vigoroso el Estructuralismo, especialmente el pensado expresamente para el estudio léxico que propu-siera Eugenio Coseriu. Dados, pues, estos precedentes, que no son, por cierto, los únicos posi-bles, se da, además, la circunstancia de que en la tradición de la sintaxis puede encontrarse un cierto menosprecio y desinterés por las cuestiones particulares que conciernen al léxico. Esto es así porque el léxico y sus particularidades semánticas presentan muchas veces casos excep-cionales dentro de las explicaciones sintácticas, lo que termina conformando una casuística que debe de recordar a aquellas que encontramos en las gramáticas y sintaxis de corte tradicio-nal. Pensemos que si la semántica entendida en su sentido general de «ciencia del significa-do» se ha visto marginada de los estudios sintácticos1, con mucho más motivo sufrirá este

1 Véase el excelente resumen que del asunto hace Lorenzo (1992, 103-104): «Tal vez uno de los

(22)

rela-ostracismo la semántica léxica, dado que el léxico, por lo demás, supone un escollo a las pre-tensiones de independencia del nivel de lengua sintáctico.

Esto da lugar, en definitiva, a que dentro del riquísimo y productivo ámbito de lo que hoy día es la lingüística latina puedan percibirse dos líneas de investigación, una sintáctica, y otra lexi-cológica, bien diferenciadas, aunque obligadas a entenderse en más de una ocasión, habida cuenta de hechos tales como la gramaticalización de elementos léxicos (cf. 5.4.).

Vamos a poner un significativo ejemplo de lo que estamos diciendo mediante una particu-lar lectura de uno de los manuales de sintaxis latina de mayor influencia en los últimos tiem-pos, la Sintaxis y semántica del latín, de Harm Pinkster (1995). Veremos cómo se encuentran referencias en este manual a hechos propios de la semántica léxica, o lo que tradicionalmente se ha denominado como sinonimia, antonimia, y demás aspectos relacionados. De esta forma, vemos que en el Capítulo 5, dedicado a los «Elementos de Relación» (Pinkster 1995, 48-91), es decir, los casos, las preposiciones, las subordinantes y la concordancia en número y/o géne-ro, se hacen algunas curiosas referencias a hechos propios de significado léxico dentro de un apartado titulado «Problemas en el nivel de la oración del sistema de casos propuesto» (Pinkster 1995, 59-60). Entre ellos, hay tres asuntos que nos interesan:

a) interferencia de hechos de semántica léxica en la diferencia de asignación de casos (apartado [a] del manual). En este apartado se hace en nota (Pinkster 1995, 61 n. 14) referencia al hecho de que cuando cupere rige dat., en vez de acusativo, sea «sinónimo» de favere, que siempre rige dativo, aunque Pinkster se pregunta si no se tratará más que de una mera coincidencia.

b) la regularidad en el uso del mismo caso para marcar el complemento de los verbos de dos y tres posiciones que «parecen semánticamente relacionados» (como el ablativo en el caso de cedere/movere) (apartado [c] del manual). Parecida a la observación que veíamos en el apartado anterior es la que se hace con respecto a la misma complemen-tación (+ac. + dat.) que presentan «antónimos» como dare y adimere.

c) la relación entre el significado léxico, la función semántica y la forma casual (apartado [f] del manual). En este caso, refiriéndose al llamado ablativo de precio y valor, se observa que éste «marca casi exclusivamente palabras que significan precio de un modo u otro», aunque se puede encontrar «lexemas de significados muy divergentes». Los verbos a los que se refiere son emo («comprar»), conduco («alquilar»), doceo ción entre gramática y semántica en general, y, en un ámbito más restringido, la existente entre sintaxis y semántica. Como es sabido, las diversas opiniones sobre esta cuestión siguieron desde el principio dos direc-ciones opuestas, si bien cada una de ellas experimentó matizadirec-ciones y precisiones posteriores. Frente al explí-cito aserto de N. Chomsky “I think that we are forced to conclude that grammar is autonomous and indepen-dent of meaning”, otros lingüistas, por el contrario, sostienen que la sintaxis, en concreto, es vehículo de significado y que no ha de considerarse independiente de la semántica». La diferente consideración de lo léxi-co-semántico en la descripción gramatical es lo que ha supuesto el nacimiento de la lingüística cognitiva como alternativa al generativismo chomskiano de la versión estándar (Cuenca-Hilferty 1999, 21).

(23)

(«enseñar»), y loco («arrendar»)2, que tienen en común el que en su complementa-ción sintáctica aparezca un ablativo de valor y precio. Pinkster señala el hecho de que si bien la mayor parte de los verbos con los que aparece el tipo de ablativo mencionado son los clasificados entre los de «vender», «comprar», «arrendar», «pujar», también puede encontrarse un verbo como doceo, aunque en este último caso tal ablativo de pre-cio («Adjunto de Prepre-cio») puede considerarse como omisible. (Pinkster 1995, 68-69). Podemos hacer algunas sugerentes observaciones acerca de lo visto y, particularmente, dos que se refieren, en el primer caso a «qué conceptos de Semántica léxica se utilizan» y, en el segundo, a «en función de qué»:

i) en a) y b) se habla de hechos de sinonimia (cupere/favere + dat.) y antonimia (dare/adime-re+ ac. + dat.), mientras que en c) parece que se refiere a un esfera de significación que no llega a formularse en términos de «campo léxico» (verbos de la esfera comercial). ii) los hechos están en función de explicaciones sintácticas, más concretamente de problemas

y excepciones, ante los cuales hay que recurrir a hechos de particularismo léxico. Dado el interés sintáctico, era de esperar que los posibles comentarios se centraran en la semánti-ca de verbos, ya que de ellos depende básisemánti-camente la complementación sintáctisemánti-ca. Los conceptos de semántica léxica son, en definitiva, los tradicionales de «sinonimia» y «antonimia», englobados en una idea general de «relación semántica», mientras que en el tercer caso se presenta una idea muy intuitiva de campo semántico. Estos conceptos no están sometidos a discusión alguna, porque, entre otras cosas, se aceptan a priori. Se parte, pues, de la circunstancia de que las palabras tengan significado, o dicho con un término de empleo más común, sentido3, y de que se relacionen semánticamente, pero esto no supone un objeto de estudio. Una vez que la semántica ha entrado a formar parte, tras no muchas objeciones, en el dominio de la descripción sintáctica, sacamos la impresión de que esta disciplina es todo aque-llo que no es la sintaxis, y este hecho nos invita a preguntarnos si la semántica no será una suer-te de «cajón de sastre» a la que el estudioso de la sintaxis tiene que recurrir cuando ya no le queda más remedio. Por supuesto, el interés por el léxico particular en sí es meramente anec-dótico, pues sólo resultan pertinentes sus rasgos generales (causatividad, control, etc.), o la adecuación del contenido léxico de un constituyente a una función semántica4. A lo largo de los

2 Sobre este verbo y su polisemia véase Martín Rodríguez (1998, 987-1001).

3 «Le sens est une donnée si immédiate et fondamentale de notre expérience quotidienne du langage

qu’on ne peut manquer de s’étonner de l’apparition tardive et du statut controversé et encore incertain de la «science» dite sémantique, qui en a fait son champ d’étude.» (Tamba-Mecz 1998, 3).

4 «Con todo, aunque el significado de un nombre, preposición y conjunción subordinante a menudo

proporciona una indicación de la función semántica de un Adjunto, no obstante, no hay una relación uno-a-uno entre el significado léxico del constituyente y la función semántica que desempeña.» (Pinkster 1995, 38).

(24)

capítulos siguientes seguiremos haciendo alusión a la delicada relación entre la semántica (léxica) y la sintaxis (especialmente 3.4.-3.6. y 4.3.).

La cuestión clave es la siguiente: ¿son interesantes en sí mismos estos hechos concer-nientes al significado léxico como para poder hablar de una semántica léxica? Irène Tamba-Mecz califica a la semántica léxica en términos de sémantique frugale, frente a lo que sería una sémantique globale, que recogiera todos los fenómenos propios de la significación (Tamba-Mecz 1998, 8). Creemos que esta crítica tiene fundamento siempre y cuando entendamos la semántica léxica de manera exclusiva con respecto a los demás aspectos de la significación, como la pragmática. A esta visión negativa se une la tradicional consideración del léxico como un conjunto asistemático, lo que priva a este, a priori, de interés para el estudio lin-güístico. En buena medida, la cuestión abierta acerca del significado léxico dependerá de nuestra propia idea acerca de lo que es significado, que es a lo que nos vamos a referir segui-damente.

2.2. La estructura del significado: entre las palabras (significantes) y las cosas (designados). Concepción tripolar y bipolar del significado

Para adentrarnos en este complejo asunto del significado vamos a servirnos de un singular cuento de Juan José Arreola titulado «Parturient montes», con clara alusión a un motivo del Ars Poeticade Horacio, como nos confirma el hecho de que el cuento se abra con una cita que no es más que la continuación del mismo:

... nascetur ridiculus mus HORACIO, Ad Pisones, 139

Entre amigos y enemigos se difundió la noticia de que yo sabía una nueva versión del parto de los montes. En todas partes me han pedido que la refiera, dando muestras de una expectación que rebasa con mucho el interés de semejante historia. Con toda hones-tidad, una y otra vez remití la curiosidad del público a los textos clásicos y a las ediciones de moda. Pero nadie se quedó contento: todos querían oírla de mis labios. (J. J. Arreola, «Parturient montes», en Confabulario Definitivo. Edición de Carmen de Mora, Madrid, Cátedra, 1986, 65-67)

El personaje del cuento reutiliza el motivo clásico del parto de los montes que nos refiere Horacio en su Ars Poetica para explicar el desconsuelo del creador a la hora de ser original. Ante la imposibilidad de contar una nueva versión de la vieja fábula, el creador terminará por dar lugar a un ratón verdadero:

En el último instante, mi sonrisa de alivio detiene a los que sin duda pensaban en lin-charme. Aquí, bajo el brazo izquierdo, en el hueco de la axila, hay un leve calor de nido... Algo se anima y se remueve... Suavemente, dejo caer el brazo a lo largo del cuerpo, con la mano encogida como una cuchara. Y el milagro se produce. Por el túnel de la manga des-ciende una tierna migaja de vida. Levanto el brazo y extiendo la palma triunfal. (...)

(25)

Extenuado por el esfuerzo y a punto de quedarme solo, estoy dispuesto a ceder la criatu-ra al primero que me la pida.

Las mujeres temen casi siempre a esta clase de roedores. Pero aquella cuyo rostro res-plandeció entre todos, se aproxima y reclama con timidez el entrañable fruto de fantasía. Las razones de la mujer para solicitar el ratón no pueden ser, por decirlo abiertamente, más «semánticas»:

Al despedirse y darme las gracias, explica como puede su actitud, para que no haya malas interpretaciones. Viéndola tan turbada, la escucho con embeleso. Tiene un gato, me dice, y vive con su marido en un departamento de lujo. Sencillamente, se propone darles una pequeña sorpresa. Nadie sabe allí lo que significa un ratón.

Podemos organizar el cuento en torno a los tres aspectos que articulan y conforman el hecho de la significación (cf. García Jurado 1999), a saber: SIGNIFICANTE, SIGNIFICADO y DESIG-NADO. De esta forma, si volvemos al comienzo del relato, observamos que el asunto que lo abre es el rumor de que nuestro autor conoce «una nueva versión del parto de los montes». El asun-to no es, ni mucho menos, baladí, pues esta nueva versión, de ser cierta, supone asun-todo un de-safío a la Tradición Literaria. Esta versión, en clave semántica, no es otra que un nuevo SIGNI-FICANTE de la vieja fábula, que es lo que entraña realmente la dificultad. Sin embargo, la nueva versión termina siendo su representación primigenia, pues el autor se convierte en el monte parturiento y da a luz al ratón legendario, que no es otra cosa que el DESIGNADO. Podemos entender que la imposibilidad de crear nuevos SIGNIFICANTES (o versiones) desemboca en el motivo primigenio que dio lugar a la fábula, el ratón legendario o DESIGNADO, que nos devuelve, en definitiva, al SIGNIFICADO básico. Por ello, el cuento termina aludiendo al ter-cer componente de la significación, el significado mismo.

Como es sabido, los tres elementos que configuran el hecho de la significación pueden representarse mediante el clásico triángulo de Ogden y Richards (1954, 36):

SIGNIFICADO (pensamiento)

SIGNIFICANTE DESIGNADO

(símbolo) (cosa)

La tripartición entre SIGNIFICANTE, SIGNIFICADO y DESIGNADO no es moderna, pues se encuentra ya en los estoicos, a quienes se atribuye una posible teoría del signo en la que se

Referencias

Documento similar