Debus_El Hombre y La Naturaleza en El Renacimiento

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BREVIARIOS

del

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

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E L H O M B R E Y L A N A T U R A L E Z A E N E L R E N A C I M I E N T O

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E l hombre y la

naturaleza

en el Renacimiento

por A L L E N G . D E B U S Traducción de SERGIO LUGO RENDÓN

C O N A C Y T

F O N D O D E C U L T U R A E C O N Ó M I C A MÉXICO

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Primera edición en e s p a ñ o l , 1985

Este libro se publica con el patrocinio del Consejo Nacional de Ciencia y T e c n o l o g í a

Titulo original:

Man and Nature in the Renaissance

® 1978, Cambridge University Press, Cambridge I S B N 0-521-29328-6

D . R . © 1985, F O N D O O L C U L T U R A E C O N Ó M I C A , S. A. DI; C . V . Av. de ¡a Universidad 975; 03100 M é x i c o , D. F .

ISBN 968-16-1823-8 Impreso eg M é x i c o

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P R E F A C I O

N i n g ú n periodo de la historia de la ciencia ha sido estudiado m á s detalladamente que la Re-volución científica y, no obstante, é s t a sigue sien-do u n enigma, incluso p o r l o que respecta a sus l í m i t e s c r o n o l ó g i c o s . Algunos hablan de u n pe-riodo de trescientos a ñ o s , que se extiende de 1500 a 1800, mientras que otros consideran única-mente los avances impresionantes del siglo x v n . La r e l a c i ó n del Renacimiento con la Revolu-ción científica es sin duda u n factor decisivo para cualquier intento de d e l i m i t a c i ó n semejan-te, pero en este volumen hablaremos ^del renaci-miento científico que se p r o d u j o aproximada-mente eTtrrre" m e d i a á ? í s - ^ e W i g t e ^ y ^ x T t l S ^ Í K l P X del x v n . E n este lapso podremos observar los efectos diversos y perdurables que tuvo el huma-nismo en la medicina y en las ciencias, y ad-vertir, asimismo, el prolongado debate en tor-no a una c o n c e p c i ó n m í s t i c a de la naturaleza, sustentada con entusiasmo lo mismo por los alquimistas que por los h e r m é t i c o s .

Una obra que versa sobre la ciencia del Re-nacimiento p o d r í a basarse en muchas fuentes y reflejar seguramente muchos puntos de vista.

E l tema es tratado por lo regular en función del progreso de las ciencias exactas como las ma-t e m á ma-t i c a s y la a s ma-t r o n o m í a . E n el pasado, los es-tudios de este tipo prestaron generalmente poca a t e n c i ó n a u n contexto m á s amplio: el ambiente social e intelectual del periodo. Los autores que

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10 P R E F A C I O

han hecho h i n c a p i é en esto ú l t i m o , con frecuencia han restado importancia a los adelantos técni-cos y científitécni-cos. E n este volumen nuestro en-foque s e r á el tradicional, por cuanto habremos de destacar la verdadera ciencia del periodo, pero a menudo nos referiremos a la religión y a cier-tos concepcier-tos filosóficos que casi no intervienen en la ciencia del siglo x x . Por consiguiente, in-tentaremos examinar con cierta a m p l i t u d el efec-to que tuvieron la alquimia y la q u í m i c a en el desarrollo de la ciencia y la medicina modernas, pues este tema no ha sido debidamente integra-do a las exposiciones que hasta ahora se han hecho de la Revolución científica. De hechc¿_las. controversias que s u s c i t ó la q u í m i c a al iniciarse T a e r a moderM_enj¿ejidrar.on_ m á s textos p o l é m i -CTS-uueTTáVíelacionadas con la a s t r o n o m í a y la

física del movimiento. Por tanto, debemos pres--taT^a~^5tos-ílebat©&Ha a t e n c i ó n que merecen, la

misma que damos a aquellos que conducen de un modo m á s directo a Galileo —y, finalmente, a los Principia mathematica de Isaac Newton.

Ciertamente, en esta obra no pretendimos pre-sentar u n estudio exhaustivo del periodo com-prendido entre 1450 y 1650. E l presente volumen forma parte de una serie destinada al investi-gador de la civilización occidental, y nuestro p r o p ó s i t o ha sido ofrecer una visión general exa-minando algunos de los problemas y temas fundamentales. Así, nuestra a t e n c i ó n h a b r á de d i r i -girse preferentemente al efecto que tuvo el huma-nismo en las ciencias, a la b ú s q u e d a de u n nuevo m é t o d o científico, y al diálogo constante entre los defensores de una c o n c e p c i ó n m í s t i c a y

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ocul-tista del mundo y quienes buscaban u n nuevo enfoque para estudiar la naturaleza basado en las m a t e m á t i c a s y en la o b s e r v a c i ó n .

E l autor e s t á especialmente agradecido con la Biblioteca N e w b e r r y y la F u n d a c i ó n Nacional para las Humanidades, las que hicieron posible que esta obra fuera terminada en Chicago en un a ñ o (1975-1976) como p r i m e r paso para u n tra-tamiento m á s extenso del tema. E l acervo de la Biblioteca Newberry é s particularmente valioso para el investigador de cualquier aspecto de la historia intelectual del Renacimiento; W i l l i a m Towner, Richard H . B r o w n y John Tedeschi co-laboraron siempre conmigo en m i b ú s q u e d a de libros e i n f o r m a c i ó n y me ayudaron en tantos aspectos que en vano i n t e n t a r í a ser m á s específico. La Universidad de Chicago me c o n c e d i ó l i -cencia por u n a ñ o —y, como siempre, c o n t é con el apoyo generoso del Centro M o r r i s Fishbein para el Estudio de la H i s t o r i a de la Ciencia y la Medicina. Los compiladores de esta serie, George Basalla, de la Universidad de Delaware, y W i l l i a m Coleman, de la Universidad de Wisconsin, contri-buyeron con ú t i l e s sugerencias, y el autor reco-noce su deuda especial con W i l l i a m R. Shea, de la Universidad M c G i l l , por los valiosos comenta-rios que hizo al p r i m e r borrador del manuscrito. En las etapas finales de la p r e p a r a c i ó n de este l i b r o , John Cornell y Russell H . Hvolbek redac-taron el í n d i c e y revisaron cuidadosamente el texto.

ALLEN G. DEBUS

Deerfield, Illinois Mayo de 1978

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PREFACIO A LA E D I C I Ó N E N E S P A Ñ O L

Gracias a la favorable r e c e p c i ó n que ha tenido la e d i c i ó n original en inglés, de El hombre y la naturaleza en el Renacimiento, he hecho relati-vamente pocos cambios al texto para su traduc-c i ó n al e s p a ñ o l . Se han traduc-corregido algunos erro-res t i p o g r á f i c o s y se han escrito de nuevo ciertos pasajes breves, para darles mayor claridad. La bibliografía se ha puesto al corriente, a ñ a d i é n -dole algunas referencias nuevas. Y , a d e m á s , so-bre todo p o r causa de las importantes investiga-ciones que hoy se e s t á n haciendo de todos los aspectos de la ciencia y la medicina en el m u n d o de habla hispana, he a ñ a d i d o u n breve a p é n d i c e a la bibliografía relacionada con obras recientes en e s p a ñ o l , sobre el Renacimiento y los comien-zos de la É p o c a Moderna.

Agradezco al profesor E n r i q u e B e l t r á n , de la Sociedad Mexicana de H i s t o r i a de la Ciencia y de la Tecnología, su i n t e r é s y aliento con respec-to a esta obra. Deseo a ñ a d i r m i agradecimienrespec-to a la s e ñ o r a Alicia Hammer, del Fondo de Cul-t u r a E c o n ó m i c a , que Cul-tanCul-to nos ha ayudado re-solviendo los m ú l t i p l e s detalles relacionados con la p u b l i c a c i ó n de la obra, y a Sergio Lugo Ren-d ó n , por su excelente t r a Ren-d u c c i ó n . Por ú l t i m o , deseo agradecer a m i esposa, B r u n i l d a López Debus, su minuciosa lectura del original y su ayuda en la r e v i s i ó n final.

Deerfield, Illinois ALLEN G. DEBUS

7 de junio de J982

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Valiosa, y por lo mismo bienvenida a la litera-tura en e s p a ñ o l sobre temas de historia y filo-sofía de la ciencia, es la t r a d u c c i ó n del l i b r o Man and Nature in the Renaissance (1978), escrito por el doctor Alien G. Debus, profesor de His-toria de la Ciencia y de la Medicina en la Uni-versidad de Chicago, autoridad indiscutible en

el Renacimiento, como ha demostrado en obras anteriores: The English Paracelsians, 1965; The Chemical dream of the Renaissance, 1968; Science and education on the Seventeenth Century, 1970; y Science, Medicine and Society in the Renais-sance, excelente obra aparecida en 1972, de la que fue editor.

Los ocho c a p í t u l o s del presente l i b r o son otras tantas visiones p a n o r á m i c a s de los principales temas a considerar en el periodo cubierto, y constituyen excelentes puntos de partida para los estudiosos de cada uno de ellos.

Como acertadamente dice Debus en el p á r r a -fo inicial: " N i n g ú n periodo de la historia de la ciencia ha sido estudiado m á s detalladamente que la Revolución científica y, no obstante, é s t a sigue siendo u n enigma, incluso p o r lo que res-pecta a sus l í m i t e s c r o n o l ó g i c o s . " Y nada es m á s atractivo de leer que lo relacionado con los enigmas.

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I . T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A

Pocos acontecimientos en la historia del mundo han tenido m á s trascendencia que la Revolución científica. E l periodo comprendido entre me-diados del siglo xv y fines del x v m p r e s e n c i ó la creciente influencia c u l t u r a l y política de Euro-pa occidental en todas Euro-partes del mundo. La nueva ciencia y la nueva tecnología de Occidente fueron u n factor decisivo de esa influencia, hecho que fue reconocido por la mayor parte de los eruditos de la é p o c a . Francis Bacon (1561-1626), por ejemplo, observaba en el Novum organum (1620):

. . . conviene observar la fuerza, la v i r t u d y las consecuencias de los descubrimientos, y en nin-guna o t r a parte p o d r á n observarse é s t a s con mayor evidencia que en aquellos tres que eran desconocidos para los antiguos . . . a s a b e r l a -imprenta, la p ó l v o r a y la b r ú j u l a . Pues estos "~Trgs~1iáh t r S ñ ^ o t m a d o ' p c T ^ c b m p l e t o la

apa-riencia y la c o n d i c i ó n de las cosas en todo el mundo; el p r i m e r o en la l i t e r a t u r a , el segundo en el arte de la guerra y el tercero en la na-vegación; de donde se han derivado innume-rables cambios, de t a l modo que n i n g ú n Impe-rio, secta q astro parece haber e j é r c l d t ^ i s v u i . :

^pooMLe influencia en los asuntQsJiiimanos que

estos descubrimientos m e c á n i c o s .1 '

• - • • •• s —

1 F r a n c i s B a c o n , The Works of Francis Bacon, comps. J a m e s Spedding, Robert L e s l i e E l l i s y Douglas Dennon H e a t h (7 vols., nueva ed., L o n d r e s , L o n g m a n s , 1670; ed. original, 1857), 4, p. 114.

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Para Bacon estos descubrimientos eran de ori-gen occidental y relativamente recientes. No fue el p r i m e r o n i el ú l t i m o en hacer una d e c l a r a c i ó n semejante, pero pocas obras eran leídas con m á s avidez que las suyas por quienes deseaban fun-dar una nueva ciencia en el siglo x v n .

Pero aunque todos reconocemos de inmediato la importancia de la Revolución científica, mien-tras m á s estudiamos sus o r í g e n e s menos segu-r o s estamos de compsegu-rendesegu-r sus causas. E n este "volumen nos referiremos principalmente a los

dos siglos que median entre 1450 y 1650; la p r i -mera de estas fechas coincide aproximadamente con el despertar del nuevo i n t e r é s h u m a n í s t i c o por los textos científicos y m é d i c o s de la Anti-g ü e d a d y la seAnti-gunda con los a ñ o s que anteceden a la a c e p t a c i ó n general de la ciencia mecanicis-ta de Descartes (1596-1650), Galileo (1564-1642), Borelli (1608-1679), Boyle (1627-1691) y Newton (1642-1727).

Estos dos siglos ofrecen u n laberinto de inte-reses casi desconcertante y rara vez encontrare-mos en ellos un individuo cuya m e t o d o l o g í a cien-tífica pudiese parecer del todo aceptable a un científico moderno. Para algunos de sus sabios, cuya obra contribuyo~a~nuestra era científica moderna, la magia, la alquimia y la as tro logia fueron no menos estimulantes que el nuevo in-t e r é s por la a b s in-t r a c c i ó n m a in-t e m á in-t i c a , la observa-ción y la e x p e r i m e n t a c i ó n . E n nuestros d í a s pen-samos que es fácil —y necesario— separar a la "ciencia" de la afición por el ocultismo, pero en esa é p o c a muchos no estaban en posibilidad de hacerlo. Y no podemos a t r i b u i r esa c o n c e p c i ó n

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 17 m í s t i c a del m u n d o a unas cuantas figuras se-cundarias actualmente olvidadas, salvo p o r los anticuarios. Los escritos de Isaac N e w t o n y Johannes Kepler (1571-1630) revelan u n genuino i n t e r é s en la t r a n s m u t a c i ó n de los metales y las a r m o n í a s universales, tanto como la obra de Pa-racelso (1493-1541), Robert F l u d d (1574-1637) o John Dee (1527-1608). E n general, los historia-dores de la ciencia han considerado tradicional-mente el tema en forma retrospectiva, es de-cir, ignorando aquellos aspectos de una filosofía natural anterior que no tiene ya cabida en nues-t r o m u n d o ciennues-tífico. Pero, si a s í p r o c e d i é r a m o s , no p o d r í a m o s a r r i b a r a una c o m p r e n s i ó n contex-tual de este periodo. Por tanto, nos proponemos t r a t a r este p e r í o d o en sus propios t é r m i n o s y no en los nuestros. A medida que avancemos, des-cubriremos que las controversias sobre la magia natural y la a n a l o g í a macrocosmos-microcosmos eran entonces tan importantes como los mejor recordados debates sobre el sistema heliocéntri-co o la c i r c u l a c i ó n de la sangre.

^ p * ^ ' ^ i / 1 1

LA CIENCIA Y LA EDUCACIÓN EN EL RENACIMIENTO

Los t é r m i n o s "Renacimiento" y "humanismo" han sido utilizados con tantas y tan variadas connotaciones que d i f í c i l m e n t e p o d r í a m o s satis-facer a dos eruditos con una sola definición. Por nuestra parte, no vemos la necesidad de inten-tarlo. Sin duda, el Renacimiento implicaba una especie de "renacimiento" del conocimiento —a

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la vez que u n renacimiento del arte y la litera-tura. Y, efectivamente, en este periodo se de-s a r r o l l ó una nueva ciencia. Pero, una vez admi-tido lo anterior, debemos ser cautos para no i n c u r r i r en simplificaciones. E l nuevo amor a la naturaleza que expresaron Petrarca ( m . hacia 1374) y otros humanistas del siglo x i v tuvo m á s de una consecuencia. Aceptamos sin vacilar que c o n t r i b u y ó a la a p a r i c i ó n de u n nuevo m é t o d o para estudiar los f e n ó m e n o s naturales basado en la o b s e r v a c i ó n , pero advertimos t a m b i é n que Petrarca y algunos humanistas posteriores des-confiaban profundamente de la importancia que tradicionalmente h a b í a dado el escolasticismo a la filosofía y a las ciencias. La preferencia de es-tos hombres por la retórica~y la historia era una r e a c c i ó n consciente contra los estudios "aristot é l i c o s " , de c a r á c "aristot e r m á s "aristot é c n i c o , que p o r m u -cho tiempo h a b í a n sido la piedra angular de la universidad medieval. Los humanistas p e r s e g u í a n el perfeccionamiento 'moral 3 e l hombre y desde-ñ a b a n las disputas lógicas ~~y e s c o l á s t i c a s que caracterizaban los estudios superiores tradicio-nales.

Este cambio de valores d a r í a por resultado un nuevo i n t e r é s en los problemas educativos. Los programas de reforma educativa de los si-glos x i v y xv iban a estar encaminados, no a las universidades, sino a la e n s e ñ a n z a elemental. E l

educador humanista V i t t o r i n o da Feltre (1378-1446) f u n d ó una escuela donde los alumnos prac-ticaban ejercicios militares y eran exhortados a sobresalir en los deportes. E n las aulas estudia-ban r e t ó r i c a , m ú s i c a , geografía e historia —y,

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 19 poniendo de ejemplo a los antiguos, se les en-s e ñ a b a a anteponer loen-s p r i n c i p i o en-s moraleen-s y la actividad p o l í t i c a a los p r i n c i p i o s b á s i c o s del triviürtp (¡gramática, r e t ó r i c a y lógicjS) o al estu-dio de las asignaturas filosóficas y científicas tradicionales.

Muchos de los m á s renombrados sabios huma-nistas iban a sentirse afectados p o r este movi-miento de reforma educativa. E l resultado puede verse claramente en la obra de Erasmo

(1466-1536). É s t e pensaba que, para conocer la natu-raleza, a l alumno le bastaba con seguir el curso normal de estudios que c o m p r e n d í a la lectura de los autores literarios de la A n t i g ü e d a d . A su j u i c i o , las m a t e m á t i c a s no t e n í a n mucha impor-tancia para u n hombre educado. Y Juan Luis Vives (1492-1540), indudablemente el m á s insig-ne de los educadores del Renacimiento, concor-daba plenamente con él cuando, a l impugnar el estudio de las m a t e m á t i c a s , argumentaba que é s t a s t e n d í a n a "desviar l a mente de los fines p r á c t i c o s de la v i d a " y la h a c í a n "menos apta para fundir las realidades concretas y las mun-danas".

Pero ¿ p o d e m o s decir entonces que las univer-sidades s e g u í a n siendo los centros de i n s t r u c c i ó n científica? E n general, lo eran todavía, mas cada

vez era mayor el n ú m e r o de los investigadores de la medicina y las ciencias que rechazaban el exagerado conservadurismo de muchas —proba-blemente la m a y o r í a — de las instituciones de e n s e ñ a n z a superior. Peter Ramus (1515-1572) re-cordaba su f o r m a c i ó n a c a d é m i c a con gran de-sencanto:

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T R A D I C I O N Y R E F O R M A

D e s p u é s de haber dedicado tres a ñ o s y seis meses a la filosofía e s c o l á s t i c a , de acuerdo con las reglas de nuestra universidad; d e s p u é s de haber leído, discutido y meditado sobre los distintos tratados del Organon (pues, de los libros de A r i s t ó t e l e s , aquellos que trataban de la dialéctica eran leídos y r e l e í d o s especial-mente en el curso de tres a ñ o s ) ; aun d e s p u é s , digo, de haber invertido todo ese tiempo, consi-derando los a ñ o s en que me o c u p é p o r entero en el estudio de las artes e s c o l á s t i c a s , quise saber, en consecuencia, a q u é p r o p ó s i t o p o d í a aplicar el conocimiento que con tanto esfuer-zo y fatiga h a b í a adquirido. Pronto d e s c u b r í que toda esa d i a l é c t i c a no me h a b í a vuelto m á s docto en la historia y el saber de la Anti-g ü e d a d , n i m á s diestro en la elocuencia, n i mejor poeta n i m á s sabio en nada. ¡Ah, q u é e s t u p e f a c c i ó n , q u é dolor! ¡Cómo deploraba m i malhadado destino, la esterilidad de m i mente que, tras tanto trabajo, no p o d í a recoger n i percibir siquiera los frutos de esa s a b i d u r í a que, según se afirmaba, se hallaba con tanta abundancia en la d i a l é c t i c a de A r i s t ó t e l e s !2

Ramus no era el ú n i c o que experimentaba esa d e s i l u s i ó n —y sus lamentaciones no c a r e c í a n de fundamento. P a r í s , p o r ejemplo, fue conside-rada como u n baluarte de la medicina galénica durante los siglos x v i y x v n mientras que, en Inglaterra, los estatutos isabelinos de Cambridge

(1570) y el código laudiano* de Oxford (1636) 2 L a cita de R a m u s e s t á tomada de F r a n k Pierrepont G r a v e s , Peter Ramus and the Educational Reformation

of the Sixteenth Century ( N u e v a Y o r k ; M a c m i l l a n , 1912),

pp. 23-24.

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 21 m a n t e n í a n oficialmente la autoridad de los anti-guos. Y las primeras asociaciones profesionales no eran necesariamente mejores. E l Colegio de Médicos de Londres desconfiaba de toda inno-vación. Así, en 1559, cuando el doctor John Gey-nes se a t r e v i ó a sugerir la posibilidad de que Galeno (129/130-199/200 d.c.) no fuera infalible, la r e a c c i ó n fue inmediata y d r á s t i c a . Se obligó al buen doctor a f i r m a r una r e t r a c t a c i ó n para ser readmitido en la a g r u p a c i ó n de sus colegas. No obstante, el conservadurismo que se obser-va en muchas de las principales universidades en los siglos x v i y x v n , puede compensarse en parte con una t r a d i c i ó n c r í t i c a que h a b í a sido aplicada a los textos científicos de la Antigüe-dad en Oxford y en P a r í s en el siglo x i v . Esta obra, asociada con el escolasticismo, v e n d r í a a ser particularmente beneficiosa para el estudio de la física del movimiento. Como t r a d i c i ó n eru-dita, t o d a v í a estaba vigente en la Universidad de Padua y otras universidades del norte de Ita-lia en el siglo x v i . Para muchos, sin embargo, la c r í t i c a científica era una especie de curioso jue-go h u m a n í s t i c o , y al e r u d i t o d e b í a elogiársele por e l i m i n a r las vulgares anotaciones y enmen-daturas de origen medieval que adulteraban los textos antiguos. M á s que la verdad científica, su meta era la pureza textual.

E n suma, la e d u c a c i ó n que se i m p a r t í a a p r i n -cipios del Renacimiento t e n í a dudoso valor para el desarrollo de las ciencias. La e d u c a c i ó n uni-versitaria de este periodo puede caracterizarse, William L a ú d (1573-1645) cuando fue canciller de esa universidad. [ T . ]

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en su mayor parte, como conservadora. Y en cuanto a la reforma de la e d u c a c i ó n p r i m a r i a que se llevó a cabo en los siglos x i v y xv, era de-claradamente anticientífica.

EL HUMANISMO Y LA LITERATURA CLASICA La v e n e r a c i ó n de los antiguos es una c a r a c t e r í s t i ca familiar del humanismo renacentista. La b ú s -queda de nuevos textos clásicos se intensificó en el siglo xv, cuando cada nuevo descubrimien-to era celebrado como una verdadera proeza. E l caso m á s conocido es el de Jacopo Angelo (hacia 1406). Su barco n a u f r a g ó cuando regresaba de u n viaje que h a b í a hecho a Constantinopla en busca de manuscritos, pero l o g r ó salvar su m á s preciado descubrimiento: una copia de la Geo-grafía de Ptolomeo, obra desconocida hasta en-tonces en Occidente. Poco d e s p u é s , en 1417, Poggio Bracciolini (1380-1459) d e s c u b r i ó la que s e r í a reconocida m á s tarde como la ú n i c a copia de De rerum natura de Lucrecio (¿99?-55 a.c.) "que h a b í a sobrevivido de la A n t i g ü e d a d . Este

l i b r o o b r a r í a dos siglos m á s tarde como u n po-deroso e s t í m u l o del renovado i n t e r é s p o r el ato-mismo. Y , apenas nueve a ñ o s d e s p u é s de la r e c u p e r a c i ó n del texto de Lucrecio, Guarino da Verona (1370-1460) d e s c u b r i ó u n manuscrito del tratado e n c i c l o p é d i c o sobre medicina escrito por Celso, autor del siglo n . Esta obra. De medici-na, ejerció gran influencia, la que tal vez no se d e b i ó tanto a su contenido m é d i c o como a su lenguaje y su estilo. E r a la ú n i c a obra

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impor-T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 23 tante que se conservaba del periodo de mayor esplendor de la prosa latina, y los humanistas m é d i c o s iban a e s c u d r i ñ a r l a en busca de la ter-m i n o l o g í a y la fraseología latinas apropiadas.

Esa b ú s q u e d a de nuevos textos —y nuevas tra-ducciones— hizo que se reconociera la impor-tancia del idioma griego. Bien es verdad que en el siglo x n i Roger Bacon (¿1214P1294) h a b í a i n -sistido ya en la necesidad de aprender el griego, pero u n siglo d e s p u é s la s i t u a c i ó n no h a b í a me-jorado notablemente. Por ese tiempo Petrarca lamentaba su deficiente conocimiento de esa len-gua. E n realidad, él no era el ú n i c o que lo lamen-taba. Pocos eruditos occidentales dominaban el griego cuando el maestro Manuel Crisoloras ( m . en 1415) llegó a I t a l i a con el emperador bizan-tino Manuel Paleólogo en 1396. Mas, por ú t i l que haya sido Crisoloras, mayor entusiasmo desper-t ó o desper-t r o bizandesper-tino, Gemisdesper-tio Pledesper-thon, cuando arri-b ó a Florencia para asistir al concilio de 1439. La r e s t a u r a c i ó n de los estudios griegos iba a afectar todos los campos del saber en el cur-so del siglo xv. E n medicina, Thomas Linacre (¿1460P-1524) tradujo a l l a t í n a Proclo (410-485) y varias obras de Galeno. Pero, pese a la impor-tancia de esas traducciones, sus planes —sólo realizados en parte— eran t o d a v í a m á s ambicio-sos. Sus proyectos i n c l u í a n una t r a d u c c i ó n al l a t í n de las obras completas de Galeno —y, en c o l a b o r a c i ó n con u n grupo de eruditos, una tra-d u c c i ó n al l a t í n tra-de las obras completas tra-de Aris-t ó Aris-t e l e s . N o menos indusAris-trioso fue Johannes Guinter de Andernach (1505-1574), cuyas traduc-ciones de Galeno lo colocan entre los humanistas

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m é d i c o s m á s destacados. Como profesor de me-dicina en P a r í s , Guinter fue uno de los maestros m á s eminentes del joven Andreas Vesalio

(1514-1564).

Esa b ú s q u e d a de la verdad i m p l í c i t a en la b ú s -queda de manuscritos fieles, no se l i m i t a b a al estudio de los m é d i c o s de la A n t i g ü e d a d . Georg von Peuerbach (1423-1461) r e c o n o c í a la necesi-dad de contar con u n manuscrito fiel del Alma-gesto de Ptolomeo al escribir su l i b r o de texto, las Theoricae novae planetarum. Pero Peuerbach m u r i ó cuando proyectaba u n viaje a Italia para c u m p l i r su p r o p ó s i t o . Su d i s c í p u l o , Johann Müller —llamado el Regiomontano (1436-1476—, realizó el viaje que h a b í a planeado su maestro y p u b l i c ó u n Epítome del Almagesto.

' Pero el humanismo del Renacimiento no pue-de reducirse simplemente a la r e c u p e r a c i ó n pue-de los textos originales de Aristóteles, Ptolomeo o Galeno. Igual influencia tuvo en el desarrollo de la ciencia moderna —y ciertamente fue parte del movimiento h u m a n í s t i c o — el retorno a los textos l e o p l a t ó n i c o s , c a b a l í s t i c o s y h e r m é t i c o s de la a n t i g ü e d a d t a r d í a . É s t o s p a r e c í a n tener tanta importancia que Cosme de Médicis i n s t ó a Mar-silio Ficino (1433-1499) a que tradujera el Corpus hermeticum, recientemente descubierto (hacia

1460), antes que las obras de P l a t ó n y Plotino. Estas obras, de c a r á c t e r m í s t i c o y religioso —y que m á s adelante examinaremos con m á s aten-ción—, p a r e c í a n justificar la p r á c t i c a de la magia natural, que iba a ser uno de los temas favoritos

rde los sabios de los siglos x v i y x v n . Dentro de

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 25 nueva i n v e s t i g a c i ó n de la naturaleza basada

en nuevos datos tomados de la o b s e r v a c i ó n . Casualmente, esa b ú s q u e d a de los textos fieles y originales de la A n t i g ü e d a d o c u r r í a cuando existía ya u n nuevo medio para difundir ese co-nocimiento; la imprenta. Es interesante s e ñ a l a r que el p r i m e r l i b r o impreso en Europa occidental data de 1447, al iniciarse precisamente el periodo a que nos referimos. Por p r i m e r a vez era posible producir textos en serie que los eruditos p o d í a n obtener a precios m ó d i c o s . E n los campos de la medicina y las d e m á s ciencias esos incunables eran, en su mayor parte, impresiones de los anti-guos textos e s c o l á s t i c o s de la Edad Media des-preciados por los humanistas. Así, la primera ver-sión que se i m p r i m i ó del Almagesío de Ptolomeo fue la antigua t r a d u c c i ó n medieval (1515). Des-p u é s a Des-p a r e c i ó una nueva t r a d u c c i ó n al latín (1528) —y finalmente el texto griego (1538), j u s t o cinco a ñ o s antes de que se publicara el De revolutio-nibus orbium de C o p é r n i c o . La edición de las obras de Galeno y A r i s t ó t e l e s seguiría el mismo proceso.

EL DESARROLLO DE LAS LENGUAS VERNACULAS E l l a t í n y el griego e r a n s i n duda las-llaves indis-pensab'Iés para penetrar en el m u n d o del-erudito; ^j^ro_£L_mundo del Renacimiento se c a r a c t e r i z ó

t a m b i é n p o r la tendencia a utilizar cada, vez m á s las lenguas v e r n á c u l a s en los campos de la cul-tura. Lo anterior se advierte con mayor evidencia -CTPIÓS panfletos religiosos de la Reforma, cuyos

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A

autores s e n t í a n la necesidad inmediata de comu-nicarse con sus lectores. Pero en el curso del siglo xvi las lenguas v e r n á c u l a s t a m b i é n se u t i l i -zaron, cada vez con m á s frecuencia, en la medici-na y las d e m á s ciencias. E l l o puede atribuirse en parte al consciente orgullo nacionalista que se observa en ese periodo. E n esa é p o c a los escrito-res expescrito-resaban francamente su amor al suelo natal y a la lengua materna. U n segundo factor s e r í a la necesidad que muchos s e n t í a n de romper definitivamente con el pasado. Este sentimiento parece acentuarse a medida que nos adentramos en la segunda m i t a d del siglo xvi.

Investigaciones recientes indican que el uso de las lenguas v e r n á c u l a s en los textos m é d i c o s se e x t e n d i ó r á p i d a m e n t e a fines de la Edad Media. Esta tendencia se intensificó en el siglo xvi, cuan-da una guerra de panfletos m é d i c o s dividió a los galenistas de los q u í m i c o s m é d i c o s seguidores de Paracelso. E l debate a l c a n z ó niveles universita-rios en 1527, cuando Paracelso e n s e ñ ó medicina en Basilea en su lengua materna, u n dialecto g e r m á n i c o que se hablaba en Suiza. Fue objeto de numerosos ataques de parte de la facultad de medicina, no sólo por el contenido de sus cáte-dras, sino por el idioma que h a b í a escogido para dictarlas. Este ú l t i m o punto c o n t i n u a r í a siendo motivo de controversia para sus seguidores por varias generaciones. E l paracelsiano inglés Tho-mas Moffett (1553-1604), por ejemplo, e s c r i b í a en 1584 (en l a t í n ) : "es cierto que Paracelso a menu-do p r e f e r í a hablar en a l e m á n que en latín, pero, ¿ a c a s o H i p ó c r a t e s no hablaba en griego? ¿Y por q u é no h a b r í a n de expresarse ambos en su

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len-T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 27 gua materna? ¿ D e b e ser m o t i v o de r e p r e n s i ó n en el caso de Paracelso y pasado p o r alto en el caso de H i p ó c r a t e s , Galeno y los d e m á s griegos que hablaban en su p r o p i o idioma?"

La s i t u a c i ó n no era notablemente d i s t i n t a en el campo de las m a t e m á t i c a s y las ciencias físicas. Las obras de Galileo publicadas en italiano se siguen considerando clásicas de la l i t e r a t u r a ita-liana y, en Inglaterra, muchos autores e x p o n í a n temas, tanto populares como t é c n i c o s , en el inglés de la é p o c a de los Tudor. Especialmente intere-sante es el caso de John Pee, quien se e n c a r g ó de redactar el prefacio para la p r i m e r a t r a d u c c i ó n al inglés de l o s Elemeñfós degeometría de Euclides-ü n ese prefacio c r e y ó necesario explicar que esa t r a d u c c i ó n no e n t r a ñ a b a n i n g ú n peligro para ~tss~ universidades. M á s bien, p o r p r i m e r a vez

mu-renas personas comunes p o d r í a n - " i n v e n t a r yT3la~

near nuevos artefactos, e x t r a ñ a s m á q u i n a s e ins* Tfumentds: para c u m p l i r diversos p r o p ó s i t o s en .bien de la comunidad, p o r p r o p i o placer o para el m e j o r mantenimiento de sus haciendas". Apo-l o g í a s simiApo-lares de Apo-la p u b Apo-l i c a c i ó n de textos cien-tíficos y m é d i c o s en lenguas v e r n á c u l a s pueden encontrarse en los principales idiomas modernos de ese periodo.

OBSERVACIÓN Y EXPERIMENTACIÓN

Toda e v a l u a c i ó n general de la ciencia del Renaci-miento d e b e r á comprender el examen de una se-rie de aparentes paradojas. U n tema recurrente en la l i t e r a t u r a del siglo x v i es el rechazo de la

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Antigüedad. Mas, como ya antes hemos obser-vado, se trata principalmente de u n rechazo de las traducciones y los comentarios e s c o l á s t i c o s . Algunos eruditos exigían la c r e a c i ó n de una filo-sofía y una medicina radicalmente nuevas, pero muchos se a d h e r í a n a la filosofía antigua —des-p u é s de asegurarse de que sus textos eran fie-les y no estaban modificados. Unos, entre ellos W i l l i a m Harvey (1578-1657), encomiaban abierta-mente la herencia a r i s t o t é l i c a . Otros —y la acti-t u d de Roberacti-t Fludd es u n buen ejemplo de ello— combatíajL.ígJOimierite__a los; antiguos sin dejar ~-p6r~elícTde_incorporar muchos, conceptos anti^ „guos a su_.propia obra.

C a r a c t e r í s t i c a s de este periodo son t a m b i é n una creciente confianza en la o b s e r v a c i ó n y una ten-dencia gradual hacia lo que entendemos actual-mente por e x p e r i m e n t a c i ó n , es decir, una verifi-cación rigurosamente planeada —y repetible— de la t e o r í a . Los sabios del Renacimiento reco-n o c í a reco-n y elogiabareco-n a los clásicos de la ciereco-ncia y el m é t o d o basados en la o b s e r v a c i ó n , y veían en ellos u n ejemplo a seguir. Por lo mismo, muchos de los que rechazaban la física de Aristóteles consideraban su obra sobre los animales como u n texto de importancia capital. Y debido a que h a b í a recurrido a la evidencia fundada en la o b s e r v a c i ó n , A r q u í m e d e s (287-212 a.c.) gozaba de gran autoridad, mientras que, de los autores medievales, se citaba a Roger Bacon, Pedro el Peregrino (de Maricourt) hacia 1270) y Witelo (Teodorico de F r i b u r g o ) (siglo x m ) por sus es-tudios "experimentales".

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habla-T R A D I C I O N Y R E F O R M A 29 ban de servirse de la o b s e r v a c i ó n como de u n nuevo fundamento para comprender el universo, p r e v a l e c í a la costumbre de dar c r é d i t o a los re-latos fabulosos de Plinio el Viejo (23-79 d.c.) y otros enciclopedistas antiguos. Hasta la b r i l l a n t e c r í t i c a de la antigua física del movimiento que se h a b í a realizado en Oxford y en P a r í s en el siglo x v i se h a b í a basado m á s en razonamientos deductivos y en las reglas de la lógica que en los resultados de nuevas observaciones.

Los científicos del siglo x v i no a r r i b a r o n in-mediatamente a una c o n c e p c i ó n moderna de la e x p e r i m e n t a c i ó n , pero en su obra es indudable que r e c u r r í a n a la evidencia fundada en la ob-s e r v a c i ó n con m á ob-s regularidad de l o que ob-se h a b í a acostumbrado hasta entonces. Así, Bernardino Telesio (1509-1588) f u n d ó en Cosenza su propia licTtrfémla, "destinada al estudio^de la filosofía

na-t u r a l . Rechazando a A r i s na-t ó na-t e l e s , cuya obra- no ^ j a r e c í a concordar n i con la B i b l i a

nt~con~hrex--p e r í e n c i a , Telesio r e c u r r i ó en cambio a los sen-tidos como una llave para estudiar la naturaleza. Igualmente interesante es la figura de John Dee, quien incluyó entre las ciencias m a t e m á t i c a s a la Archemastrie, la cual " e n s e ñ a b a a hacer presente en la experiencia actual y sensible todas las con-clusiones importantes propuestas p o r las artes m a t e m á t i c a s . . . Y , porque procede mediante las experiencias y busca las causas de las conclu-siones, y a estas mismas en la experiencia, es llamada p o r algunos scientia experimentalis. La ciencia experimental". E n este caso la palabra "experimental" debe entenderse m á s bien como "observacional". E l concepto moderno de

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expe-rimento controlado no formaba parte de la meto-dología de Dee.

LAS MATEMÁTICAS Y LOS FENÓMENOS NATURALES Ciertamente, tan importantes como esa nueva apreciación__de__la evidencia basada en la observa-ción fueron el desarrollo del . m é t o d o cuantitativo y l á c r e c i e n t e confianza en las m a t e m á t i c a s con-sideradas como, u n instrumento. Ya P l a t ó n h a b í a subrayado la importancia de las m a t e m á t i c a s , y el renovado i n t e r é s por su obra influyó en las ciencias en este terreno. E n ese periodo Galileo aparece como la figura sobresaliente d é e s é des-arrollo. Considerando a la m a t e m á t i c a como la guía" esencial para la i n t e r p r e t a c i ó n de la natura-leza, Galileo b u s c ó u n nuevo m é t o d o para descri-o l r el mdescri-ovimientdescri-o mediante el usdescri-o de la abstrac-ción m a t e m á t i c a . A I hacerlo," estaba plenamente consciente de que se apartaba de la b ú s q u e d a tradicional y a r i s t o t é l i c a de las causas.

Junto c o n ese novedoso uso que se h a c í a de las m a t e m á t i c a s en la filosofía natural, se produ-j e r o n nuevos e impresionantes avances en el cam-po de las m a t e m á t i c a s mismas. Las obras sobre á l g e b r a de Tartaglia (1500-1557), Cardano (1501-1576) y Viete (1540-1603) contribuyeron en gran medida al desarrollo de esa materia en el siglo x v i —y los tediosos cálculos a r i t m é t i c o s se sim-plificaron grandemente con la i n v e n c i ó n de los logaritmos de Napier (1550-1617). Y , poco des-p u é s del des-periodo a que nos referimos, se i n v e n t ó el c á l c u l o infinitesimal, fruto de los esfuerzos

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 31 independientes de Leibniz (1646-1716) y Newton. Todas estas innovaciones fueron adoptadas r á p i -damente p o r los científicos de la é p o c a como ins-trumentos de su labor.

Si p r e g u n t á r a m o s p o r las causas que conduje-r o n a esa a p l i c a c i ó n de las matemáticas en el siglo xvi, p o l l r í a m o s á m b a r a "muchas y diversas respuestas. Una de ellas s e r í a seguramente el he-cho de que ahora se contaba con la obra de Ar-q u í m e d e s , el autor griego cuyo m é t o d ó ~ m á s sé" "aproximaba al de la nueva ciencia. E n realidad

sus textos no se h a b í a n perdido nunca del todo, pero es evidente que la nueva influencia que e j e r c i ó A r q u í m e d e s a mediados del siglo xvi se d e b i ó a una serie de reediciones de su obra. O t r o factor i m p o r t a n t e s e r í a el persistente i n t e r é s por el estudio del movimientoJinglado en el siglo_xiv por los eruditos de Oxford y P a r í s . Todo parece indicar que Galileo, en sus d í a s de estudiante, se benefició de esa t r a d i c i ó n . U n tercer factor fue seguramente el resurgimiento de las doctrinas p l a t ó n i c a s , neopTáTóllicas y p i t a g ó r i c a s . Su i i i -ñ u e n e i a r e v e s t í a a m e t l ú d ó aspectos m í s t i c o s , pero, en cualquiera de sus formas, o b r ó sin duda como u n poderoso e s t í m u l o en muchos científicos de la é p o c a . Y , por ú l t i m o , p o d r í a m o s s e ñ a l a r la necesidad que h a b í a de una m a t e m á t i c a p r á c t i c a asociada con las artes m e c á n i c a s y la tecnología.

LA TECNOLOGÍA

Conviene hacer una pausa para examinar ese nue-vo i n t e r é s p o r la t e c n o l o g í a . Aunque el grado de

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la r e l a c i ó n e s t á sujeto a d i s c u s i ó n , es evidente que al menos quienes se interesaban en el arte de la guerra r e q u e r í a n de estudios m a t e m á t i c o s para manejar el c a ñ ó n ; asimismo, que los nave-gantes d e b í a n realizar c á l c u l o s para determinar su posición en mar abierto. E n este p e r í o d o pre-senciamos avances impresionantes en el campo de los instrumentos, desde los astrolabios p r á c -ticos del marinero hasta los colosales instrumen-tos a s t r o n ó m i c o s construidos por Tycho Brahe. E l telescopio, el microscopio, los primeros t e r m ó -metros eficaces y u n s i n n ú m e r o de otros instru-mentos fueron inventados y perfeccionados lo mismo por artesanos que por científicos. E n efec-to, por p r i m e r a vez los científicos se interesaban activamente en la cfBra de los artesanos. Ello puede interpretarse en parte como una r e b e l i ó n contra la autoridad de los antiguos, pues, en su mayor parte, los estudios de la naturaleza de la A n t i g ü e d a d y la Edad Media estaban divorciados totalmente de los procedimientos empleados por los trabajadores manuales. E n efecto, el estu-diante escolástico de la Universidad medieval se 'apegaba en todo a los antiguos y rara vez

aban-donaba sus bibliotecas y sus aulas de estudio. E n ei Renacimiento, sin embargo, presenciamos u n gran cambio. Existen probablemente descripcio-nes aisladas de las artes m e c á n i c a s en los libros del siglo xv, pero a p a r t i r de 1510 comienzan las prensas a p r o d u c i r manuales de m i n e r í a y poco d e s p u é s aparecen obras similares relacionadas con otros campos.

E n contraste con lo que o c u r r í a en é p o c a s an-teriores, ahora los científicos y los m é d i c o s

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reco-T R A D I C I O N Y R E F O R M A 33 n o c í a n sin reservas que el hombre de ciencia de-bía aprender del lego. Paracelso aconsejaba a sus lectores:

no todo lo que el m é d i c o necesita saber se en-j s e ñ a en las academias. De vez en cuando deba consultar a las ancianas, a esos t á r t a r o s llama dos gitanos, a los magos itinerantes, a los can: pesinos ancianos y a muchos otros a los qu : habitualmente se desprecia. De ellos adquirir! su conocimiento, pues esta gente sabe m á s d< tales cosas que todos los colegios superiores. Y Galileo comienza candidamente sus memo-rables Diálogos y demostraciones concernientes a dos ciencias nuevas (1638) con la siguiente de-c l a r a de-c i ó n :

La constante actividad que d e s p l e g á i s vosotros los venecianos, en vuestros famosos arsenales, señala al entendimiento estudioso vasto campo de indagaciones, en p a r t i c u l a r aquella p o r c i ó n de las obras que exigen m e c á n i c a ; porque en dicha sección de continuo fabrican toda suerte de aparatos y m á q u i n a s numerosos artesanos, entre los cuales debe de haber quienes, en parte por la experiencia heredada y en parte merced a sus propias observaciones, han adquirido gran pericia e inteligencia en la explicación de las cosas.* 3

* F . R . Moulton y J . J . Schifferes, Autobiografía de la

ciencia, trad. de F r a n c i s c o A. Delpiane, M é x i c o , F C E , 1947

( S e c c i ó n de Ciencia y T e c n o l o g í a ) . [ T . ]

3 Galileo Galilei, Dialogues Concerning Two New

Scien-ces, t r a d . de H e n r y C r e w y Alfonso de Salvio (Nueva

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34 T R A D I C I O N Y R E F O R M A

Nuestra lista p o d r í a alargarse considerablemen-te si t o m á s e m o s en cuenta los grandes tratados de m i n e r í a de Agrícola (1494-1555) y Biringuccio (hacia 1540), las opiniones de Francis Bacon so-bre la finalidad p r á c t i c a de la ciencia y los fines p r á c t i c o s que p e r s e g u í a n expresamente las p r i -meras asociaciones científicas. Es indudable que ciertos campos de la ciencia progresaron porque la c o n t r i b u c i ó n de los artesanos y los científicos f o m e n t ó el estudio de los procedimientos p r á c t i -cos. Johann Rudolf Glauber (1604-1670) se entu-s i a entu-s m ó tanto con loentu-s avanceentu-s que h a b í a preentu-sencia- presencia-do que p r o n o s t i c ó la s u p r e m a c í a de Alemania so-bre toda Europa occidental, a c o n d i c i ó n de que sus gobernantes siguieran el plan que él h a b í a esbozado en su Prosperidad de Alemania. Y , no obstante, aun cuando admitamos este t a r d í o re-conocimiento de la t e c n o l o g í a de parte de los científicos, l o cierto es que la p e q u e ñ a comuni-dad científica no c o r r e s p o n d i ó con ninguna apor-t a c i ó n noapor-table a la apor-tecnología hasapor-ta bien enapor-trado el siglo x v i n .

MISTICISMO Y CIENCIA

Un cuarto elemento en la f o r m a c i ó n de la nueva ciencia —y el m á s insólito desde nuestra ventajo-sa p o s i c i ó n posterior a Newton— es el renovado i n t e r é s renacentista por una c o n c e p c i ó n m í s t i c a de la naturaleza. Ello puede atribuirse en gran parte al i n t e r é s , que renace con una intensidad inusitada, p o r los textos p l a t ó n i c o s , n e o p l a t ó n i c o s y h e r m é t i c o s . Es instructivo s e ñ a l a r que esa in-fluencia se manifiesta p r i m e r o en las m a t e m á t i c a s

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 35 y luego en u n i n t e r é s generalizado por la magia natural.

Desde nuestro punto de vista, las m a t e m á t i c a s del Renacimiento tuvieron el efecto de una espa-da de dos filos. Por u n lado, ese nuevo i n t e r é s en las m a t e m á t i c a s f o m e n t ó el desarrollo de u n enfoque m a t e m á t i c o de la naturaleza y el desarro-llo interno de la g e o m e t r í a y el á l g e b r a ; por otro, ese mismo i n t e r é s dio origen a investigaciones ocultistas de toda especie relacionadas con u n misticismo de los n ú m e r o s . Los estudios cabalís-ticos del Renacimiento alentaron u n análisis nu-m e r o l ó g i c o y nu-m í s t i c o de las Sagradas Escrituras por el que se esperaba descubrir verdades trascendentales. A n á l o g a m e n t e , los cuadrados m á -gicos y las proporciones a r m ó n i c a s p a r e c í a n ofrecer la posibilidad de penetrar los misterios de la naturaleza y la divinidad. E n la A n t i g ü e d a d esta tendencia h a b í a encarnado ya en la t r a d i c i ó n p i t a g ó r i c a anterior a P l a t ó n . Las especulaciones n u m e r o l ó g i c a s que é s t e h a b í a expuesto en el Ti-meo h a b í a n seguido influyendo en el mundo de los eruditos a lo largo de la Edad Media, y ahora, con el retorno a los textos de la A n t i g ü e d a d tar-d í a que se h a b í a iniciatar-do en el siglo xv, esos mismos temas cobraron nuevamente actualidad.

Es conveniente, sin embargo, que no intentemos separar lo " m í s t i c o " de lo " c i e n t í f i c o " cuando am-bos e s t é n presentes en la obra de u n autor. Ha-cerlo s e r í a deformar el ambiente intelectual de ese periodo. Por supuesto, no es difícil destacar las leyes m a t e m á t i c a s que rigen los movimientos planetarios formuladas por Kepler o la descrip-ción m a t e m á t i c a del m o v i m i e n t o expuesta por

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Galileo: fueron hitos fundamentales en el desarro-llo de la ciencia moderna. Pero no debemos olvi-dar que Kepler i n t e n t ó encuadrar las ó r b i t a s planetarias en u n esquema basado en los cuerpos sólidos regulares y que Galileo nunca d e j ó de sostener el movimiento circular de los planetas. "Ambos autores a r r i b a r o n a conclusiones que

es-taban influidas profundamente por su creencia en la perfección de los cielos. E n nuestros d í a s l l a m a r í a m o s " c i e n t í f i c o s " a los primeros ejem-plos, mas no a los segundos. Pero imponer nues-tra d i s t i n c i ó n al siglo x v n s e r í a i n c u r r i r en u n anacronismo.

E l caso de Robert Fludd ofrece u n ejemplo exce-lente de u n enfoque h e r m é t i c o - q u í m i c o de las m a t e m á t i c a s . Pocos h a b r í a n insistido m á s que él en que las m a t e m á t i c a s eran esenciales para cualquier estudio del universo. Pero Fludd h a b r í a agregado que el verdadero m a t e m á t i c o d e b í a apuntar m á s alto. Su m i r a d e b í a ser mostrar las a r m o n í a s divinas de la naturaleza mediante la c o r r e l a c i ó n de c í r c u l o s , t r i á n g u l o s , cuadrados y otras figuras g e o m é t r i c a s . É s t a s i n d i c a r í a n cla-ramente las conexiones que u n í a n al "mundo ma-y o r " con el hombre. Fludd i n t e n t ó encontrar u n nuevo acceso a la naturaleza y, al igual que Kepler y Galileo, quiso utilizar a las m a t e m á t i c a s como una llave, pero la c u a n t i f i c a c i ó n era para él algo enteramente distinto de l o que era para los otros dos. Fludd c r e í a que el m a t e m á t i c o d e b í a emplear este instrumento para escrutar el plan general del universo. No d e b í a interesarse —como Galileo— por f e n ó m e n o s tan triviales como el movimiento de u n cuerpo al caer.

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T R A D I C I O N Y R E F O R M A 37 E l caso de las m a t e m á t i c a s muestra especial i m -portancia debido a la significación que tuvo el m é t o d o cuantitativo en la a p a r i c i ó n de la ciencia moderna, pero la influencia ocultista y m í s t i c a de la filosofía del helenismo t a r d í o tuvo u n efecto a ú n m á s profundo en el pensamiento del siglo x v i . I m p l í c i t a en el neoplatonismo y las tradi-" ciones cristianas estaba la creencia en la unidad", de l a naturaleza, una u n i d a d que abarcaba a~DToT y a los á n g e l e s en u n extremo y al hombre y ai;/ mundo terrenal en el otro. Asociada a é s t a , sub-sistía la creencia en la relación"" mácrocosmOS-ñ l í c r o c o s m o s , la creencia é n qüT~éJ Kpmbr£^aBrá" ~sido creadoi.,,a" rmágeh del m u n d o mayor y que*

e x i s t í a n verdaderas correspondencias entre el hombre y el macrocosmos.

La a c e p t a c i ó n general de que gozaban la ana-logía macrocosmos-microcosmos y la gran cadena del ser justificaba la creencia en las correspon-dencias que e x i s t í a n en todos los aspectos entre el m u n d o celeste y el sublunar. E n el m u n d o antiguo tales creencias p a r e c í a n servir de sólida base a la astrologia. P a r e c í a razonable suponer que los astros influían en la humanidad a q u í en la Tierra. E n el Renacimiento muchos compar-t í a n esa o p i n i ó n : en verdad, las influencias ascompar-tra- astra-les afectaban por igual a la Tierra y al hom-bre. Los textos h e r m é t i c o s agregaban u n nuevo elemento a esa visión del mundo. B a s á n d o s e principalmente en ellos, se consideraba ahora al hombre como u n e s l a b ó n privilegiado de la gran cadena del ser. Dado que participaba de la gracia divina, el hombre era algo m á s que u n receptor "pasivo de las influencias astrales. Y , dado que

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existía una s i m p a t í a universal entre todas las partes que integraban el universo, el hombre po-día i n f l u i r en el mundo sobrenatural y ser influi-do por é s t e . Este concepto tuvo una aplicación inmediata en la medicina con la doctrina de las "signaturas". De acuerdo con é s t a , se afirmaba que el verdadero m é d i c o estaba facultado para descubrir en el reino vegetal y el mineral aquellas sustancias que c o r r e s p o n d í a n con los cuerpos celestes y, en ú l t i m o grado, con el Creador.

Todo lo anterior e s t á estrechamente relaciona-do con los fundamentos de la magia natural del Renacimiento. E l verdadero m é d i c o d e L t i p o de Paracelso o de Ficino era a la vez u n mago que c o n c e b í a a la naturaleza como una fuerza v i t a l o m á g i c a . É s t e observador de la naturaleza p o d í a aprender a a d q u i r i r poderes naturales desconoci-dos para los d e m á s y asombrar de ese modo al populacho, aun cuando se supiera que esos po-deres eran dones divinos y estaban al alcance de todos los hombres. Ciertamente, para muchos é s t e p a r e c í a ser uno de los aspectos m á s atracti-vos de la magia. Así, en las p o s t r i m e r í a s de su vida, John Dee recordaba sus d í a s de estudiante en Cambridge, donde h a b í a inventado u n escara-bajo m e c á n i c o que volaba para una representa-ción de La paz de Aristófanes que h a b í a tenido lugar en el T r i n i t y College, "donde c a u s ó gran a d m i r a c i ó n , y se difundieron muchos infundios en todas partes respecto a los medios por los cuales se h a b í a efectuado". E l escarabajo de Dee caía dentro de la t r a d i c i ó n de las maravillas me-c á n i me-c a s del helenismo, pero él t a m b i é n estaba plenamente consciente de que la verdadera magia

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T R A D I C I Ó N Y R E F O R M A 39 significaba el estudio, basado en la o b s e r v a c i ó n , de las fuerzas inexplicables y ocultas de la natu-raleza. E n efecto, Giambattista delía Porta (1540-1615) h a b í a explicado en su Magia natural que la magia era esencialmente la b ú s q u e d a de la sabi-d u r í a y que su ú n i c o objeto era "la investigación de todo el curso de la naturaleza". Ya antes Cor-nelio Agripa (¿14867-1535) la h a b í a llamado el m á s perfecto de los conocimientos, y Paracelso, por su parte, la identificaba con la naturaleza misma y hablaba de ella como de una b ú s q u e d a religiosa que p o d í a conducir a quien la e m p r e n d í a a u n mayor conocimiento de su Creador.

Para tales hombres, la magia n a t u r a l estaba muy alejada de la nigromancia y sus aberraciones. Antes bien, la magia estaba í n t i m a m e n t e ligada a la religión en la medida en que buscaba las verdades divinas en la naturaleza creada. No obs-tante, el científico que aceptaba el t í t u l o de "ma-go" se e x p o n í a al peligro. John Dee puede ser-virnos una vez m á s de ejemplo. Encarcelado en su j u v e n t u d debido a su i n t e r é s activo en la a s t r o l o g í a , su vasta biblioteca fue destruida m á s tarde p o r una m u l t i t u d enfurecida. Apelando a la s i m p a t í a de sus lectores, preguntaba si real-mente lo c r e í a n tan tonto como para "renunciar a la luz de la s a b i d u r í a celestial y encerrarse en el calabozo del p r í n c i p e de las tinieblas". Pese a las acusaciones que se le h a b í a n hecho, él se consideraba "inocente, en obra e i n t e n c i ó n , de haber transgredido la ley de Dios o la de los hom-bres en alguno de mis estudios de ejercicios filo-sóficos o m a t e m á t i c o s " .

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sig-40

nificaba u n nuevo intento de unificar la natura-leza y la religión. Para los h e r m é t i c o s y los magos naturales, lasj3bras""3e Aristóteles^ estaban

plaga-~~3as dejjdeas h e r é t i c a s , y h a b r í a n de r e c ó r d á í u n a

y otra vez que los concilios de la Iglesia h a b í a n "condenado muchos de estos errores a r i s t o t é l i c o s . E n t a l caso, ¿ p o r q u é Aristóteles y Galeno seguían siendo la base de la e n s e ñ a n z a universitaria ~"cüandó~existía otra i n t e r p r e t a c i ó n de la

natura-leza que se apoyaba en la magia natural y en" la filosofía ocultista —disciplinas cuya misma exis-tencia d e p e n d í a de las Sagradas Escrituras? ¿ C ó m o era posible que u n cristiano prefiriera el ateo Aristóteles a esta nueva y piadosa doctrina? A decir verdad, argumentaban, el conocimiento p o d í a ser adquirido ú n i c a m e n t e merced a la gra-cia divina; ya sea por medio de una experiengra-cia como la i l u m i n a c i ó n divina de San Agustín, ya sea por medio de u n experimento en el cual el adepto alcanzara su p r o p ó s i t o con ayuda de la revelación divina. E l contenido religioso del her-metismo de principias.dgjL_siglo x v n es patente en la obra de Thomas Tymjlne ( m . en 1620), quien escribía (1612): — y

el Creador todopoderoso de los cielos y de la I T i e r r a . . . ha puesto ante nuestros ojos los dos ! libros principales: uno, el de la naturaleza, el | otro, el de su palabra e s c r i t a . . . A la s a b i d u r í a > del l i b r o de la naturaleza la llaman c o m ú n m e n

-te los hombres filosofía natural, la cual sirve para guiarnos a la c o n t e m p l a c i ó n de ese grande

: e incomprensible Dios a f i n de que podamos

glorificarlo en la grandeza de su obra. Porque los movimientos regulados de las e s f e r a s . . .

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T R A D I C I O N Y R E F O R M A 41 la conexión, la a r m o n í a , la fuerza, la v i r t u d / y la belleza de los e l e m e n t o s . . . son tantas

y tan diversas naturalezas y criaturas en el mundo, son tantos i n t é r p r e t e s para e n s e ñ a r n o s que Dios es su causa eficiente y que É l se manifiesta en ellas y por ellas como su causa final, a la cual ellas t a m b i é n tienden.

E s c r i b i ó lo anterior para explicar por q u é h a b í a redactado un l i b r o en el cual trataba de la natu-raleza, la g e n e r a c i ó n de los elementos y otros te-linas de c a r á c t e r esencialmente científico. Para y u n autor como Tymme, la ciencia y la

observa-ción de la naturaleza eran una forma de servicio divino, u h verdadero v í n c u l o con la divinidad. En cierto sentido, la i n v e s t i g a c i ó n de la naturaleza era una b ú s q u e d a de Dios.

Por tanto, el investigador de la ciencia del Renacimiento no debe concretarse a examinar la obra de C o p é r n i c o y sus consecuencias, o las investigaciones a n a t ó m i c a s que condujeron al descubrimiento de la c i r c u l a c i ó n de la sangre. E n cuanto al m é t o d o científico, el historiador d e b e r á considerar el renovado i n t e r é s en las ma-t e m á ma-t i c a s y los m é ma-t o d o s cuanma-tima-tama-tivos, procu-rando siempre no divorciarlo de temas tan ajenos a la ciencia moderna como la doctrina de las signaturas o la magia natural. Sin duda, la cien-cia de nuestros d í a s debe mucho a esa b ú s q u e d a (de una nueva s í n t e s i s del hombre, la naturaleza j y la religión que hace cuatro siglos c a r a c t e r i z ó la

obra de muchos científicos y m é d i c o s .

La medicina y las d e m á s ciencias del Renaci-miento estuvieron profundamente influidas por

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tres figuras del siglo x v i y tres de la A n t i g ü e d a d . Las tres primeras fueron Nicolás C o p é r n i c o (1473-1543), Andreas Vesalio y Felipe Aureolo Teofrasto Bombast von Hohenheim, llamado Paracelso; las tres ú l t i m a s fueron A r q u í m e d e s , Galeno y Ptolo-meo. Todos ellos i m p r i m i e r o n su huella en el mundo de la c u l t u r a aproximadamente p o r la misma época. E n efecto, De revolutionibus or-bium (de C o p é r n i c o ) , De humani corporis fabrica (de Vesalio) y la primera t r a d u c c i ó n importante al latín de las obras de A r q u í m e d e s aparecieron en 1543.

La obra de Paracelso c o m e n z ó a i n f l u i r en el mundo de la c u l t u r a poco d e s p u é s de su muerte, ocurrida en 1541, cuando sus manuscritos disper-sos fueron recopilados y publicados extensamen-te por p r i m e r a vez. A su obra habremos de refe-rirnos enseguida, pues, en mayor medida que los otros, Paracelso puede ser considerado como u n heraldo de la Revolución científica. Y, no obs-tante, aunque su exigencia de u n nuevo m é t o d o para estudiar la naturaleza iba a c o m p a ñ a d a de invectivas contra los seguidores de los antiguos, el_mismp,^Paracelso, hombre típico del Renaci--\ miento, no vacilaba en plagiar copiosamente los

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I I . L A L L A V E Q U Í M I C A

A FINES del Renacimiento es m u y notable u n nue-_ vo I n t e r é s p o r la q u í m i c a . Antes de 1550, en ese — periodo se h a b í a n publicado relativamente pocos

libros de q u í m i c a , mas en el curso del siglo si-guiente se i m p r i m i r í a u n verdadero diluvio de textos q u í m i c o s y m é d i c o - q u í m i c o s . Quienes es-c r i b í a n esos libros o i m p r i m í a n textos m á s anti-guos i n s i s t í a n en la importancia de su labor. No sólo hablaban del gran n ú m e r o de aquellos que h a b í a n abandonado las e n s e ñ a n z a s de los antiguos para abrazar su filosofía q u í m i c a , sino que a me-nudo citaban las autoridades q u í m i c a s a las cua-les p o d í a n r e c u r r i r sus lectores en busca de la verdad en la filosofía y en la medicina. Todos ellos confiaban en que p r o n t o s e r í a n derrotadas las doctrinas de los antiguos y t r i u n f a r í a su "nue-va filosofía" de la naturaleza. Por otra parte, científicos t a n p r o m i n e n t e s c o m o Johannes Kepler y los primeros mecanicistas como M a r i n Mersenne y Pierre Gassendi e s c r i b i r í a n extensa-mente en contra de la filosofía m í s t i c a de la na-turaleza elaborada p o r los q u í m i c o s . Mas, ¿ p o r q u é ^ r a j a . _ q u í m i c a el centro de talesdebates ? La

espuesta inmediata puede encontrarse en los es-critos p o l é m i c o s de Paracelso, pero para com-prender a é s t e necesitamos examinar brevemente los antecedentes q u í m i c o s de su obra.

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LA QUÍMICA DEL OCCIDENTE LATINO

Los textos q u í m i c o s , j u n t o con otros tesoros de la ¿iencia, la filosofía y la medicina griegas, fue-— r o n introducidos en Europa occidental en el si-— glo x n en forma de traducciones y compendios

de obras escritas (en su mayor parte) en á r a b e . Las primeras traducciones caracterizan ya a la q u í m i c a como un arte secreto, tan secreto que a menudo es difícil, cuando no imposible, identifi-car los textos originales. Mas, a medida que de-jamos a t r á s el escenario i n d i s t i n t o del siglo x n , advertimos u n creciente i n t e r é s por esta ciencia, que a u m e n t a r á r á p i d a m e n t e a lo largo de los dos siglos siguientes, antes de decaer en la cantidad —y la calidad— de los nuevos textos del siglo xv. Existen numerosas referencias a la alegoría alquí-mica en la l i t e r a t u r a medieval, y "Canon Yeo-man's Tale",* de Chaucer, escrito a fines del si-glo x i v , sigue siendo la mejor d e s c r i p c i ó n del c h a r l a t á n fabricante de oro.

La alquimia medieval t o m ó mucho de la doc-- t r i n a a r i s t o t é l i c a . Los cuatro elementos (tierra,

agua, aire y fuego) no sólo h a b í a n servido de base a la física a r i s t o t é l i c a sino que, en forma de los cuatro humores correspondientes (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra), h a b í a n ser-vido t a m b i é n de sólido fundamento a la t e o r í a m é d i c a galénica. Las cualidades asociadas a estos elementos (calor, frío, humedad y sequedad) eran intercambiables, l o cual p e r m i t í a la

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L A L L A V E Q U Í M I C A 45 ción de u n elemento en otro. E n el siglo v m los sabios musulmanes h a b í a n agregado a é s t a una nueva t e o r í a de los metales. H a b í a n e n s e ñ a d o que los metales estaban compuestos p o r unos h i p o t é t i c o s m e r c u r i o y azufre (filosofales, no rea-les) . Cuando estos dos se presentaban en perfecta p r o p o r c i ó n , el metal resultante era el oro.

Pero, j u n t o con la t e o r í a a r i s t o t é l i c a e i s l á m i c a de los elementos, la alquimia llevaba consigo u n aura de misterio y misticismo. E n parte, é s t a era tal vez u n vestigio de la a t m ó s f e r a en la que ha-b í a n operado los primeros metalistas de Egipto. Mas t a m b i é n p o d í a tener su origen en la t r a d i c i ó n ocultista de las religiones m í s t i c a s de las postri-m e r í a s de la A n t i g ü e d a d . Los elepostri-mentos gnósti-cos, n e o p l a t ó n i c o s y n e o p i t a g ó r i c o s c o n t r i b u í a n en gran medida a distinguir a esos alquimistas de los investigadores de la ó p t i c a , la a s t r o n o m í a y la m a t e m á t i c a . Y , ciertamente, las corrientes religiosas impregnaban la l i t e r a t u r a a l q u í m i c a . La "gran o b r a " misma era concebida como una experiencia religiosa, y los procesos y las sustan-cias eran explicados con t é r m i n o s como "alma", "cuerpo" y " e s p í r i t u " .

Junto con esa alegorización y ese misticismo, el alquimista h a c í a ahora h i n c a p i é en la evidencia fundada en la o b s e r v a c i ó n . Ya hemos mencio-nado la e x h o r t a c i ó n que h a c í a Paracelso al adepto para que aprendiera de la naturaleza antes que de los libros, pero el mismo mensaje es evidente en textos anteriores. Bonus de Ferrara, alqui-mista del siglo x i v , e s c r i b í a :

Si deseas saber que la pimienta es caliente y el vinagre refrescante; que la c o l o q u í n t i d a y el

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L A L L A V E Q U Í M I C A

ajenjo son amargos, la m i e l dulce y el a c ó n i t o venenoso; que el i m á n atrae al acero, el a r s é -nico blanquea al l a t ó n y la a t u t í a lo torna de un color anaranjado; en cada uno de estos casos d e b e r á s verificar l a a s e r c i ó n por medio de una experiencia. Lo mismo vale para la g e o m e t r í a , la a s t r o n o m í a , la m ú s i c a , la perspectiva y otras ciencias que tienen una finalidad y u n campo de a c c i ó n p r á c t i c o s . Una regla similar se apli-ca con doble r a z ó n en la alquimia, la cual pre-tende transmutar los metales comunes en oro y p l a t a . . . La verdad y la justicia de esta aseve-r a c i ó n , como todas las paseve-roposiciones de natu-raleza p r á c t i c a , tiene que ser demostrada me-diante u n experimento p r á c t i c o y no puede ser demostrada satisfactoriamente de otra manera.1

Relacionado con esta insistencia en la observa-ción, h a b í a en el alquimista u n i n t e r é s por los procedimientos de laboratorio. E n el Medievo se h a b í a n producido grandes avances en las t é c n i c a s de d e s t i l a c i ó n . Se construyeron hornos mucho m á s eficientes que los que se h a b í a n utilizado hasta entonces. Ahora, cuando se d i s p o n í a de temperaturas m á s elevadas y mejor condensa-ción, fue posible agregar al laboratorio q u í m i c o nuevos reactivos (principalmente el alcohol y los á c i d o s minerales). E l Geber latino (principios del siglo x i v ) , nombre supuesto con el que se conoce a Y á b i r i b n H a y y á n , autor del siglo v m , produjo la obra m á s notable de este g é n e r o , obra donde se d e s c r i b í a n el equipo y los procedimientos quí-micos.

1 B o n u s de F e r r a r a , The New Pearl of Greaí Price, trad. de A. E . Waite ( L o n d r e s , J a m e s E l l i o t t , 1894; reimpreso en Londres, V i n c e n t S t u a r t , 1963), p. 138.

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L A L L A V E Q U Í M I C A 47 Geber apenas si se refirió a la medicina, pero su r e l a c i ó n con é s t a s e r í a u n aspecto importante de la alquimia medieval. La b ú s q u e d a de pro-ductos q u í m i c o s de u t i l i d a d f a r m a c é u t i c a aparece, en la obra de los autores musulmanes, en los escritos de al-Rázi ( R h a z é s ) (¿8547-925/926) y lue-go, frecuentemente, en sus seguidores. E n Occi-dente Roger Bacon observaba en la Opus tertium

(1267) que si bien muchos m é d i c o s utilizaban procedimientos q u í m i c o s para preparar sus me-dicinas, muy pocos s a b í a n c ó m o realizar aquellas "obras" que prolongaban la vida. Su c o n t e m p o r á -neo mfis joven, Arnau de Villanova (¿12357-1311), y Juan de Rupescissa, autor del siglo xiv, siguie-r o n subsiguie-rayando la imposiguie-rtancia de la q u í m i c a en la medicina. A principios del siglo xvi esta forma de l i t e r a t u r a científica h a b í a florecido en los numerosos libros sobre la d e s t i l a c i ó n tan c a r a c t e r í s -ticos de ese periodo. Todos ellos c o n t e n í a n des-cripciones del equipo q u í m i c o necesario para pro-ducir aceites y bebidas a l c o h ó l i c a s derivadas de sustancias vegetales d e ' t o d a especie. Los benefi-cios de estas "quintaesencias" p a r e c í a n ser tan grandes que en las ediciones que se hicieron en el siglo xvi del antiguo herbario de D i o s c ó r i d e s se incluía un a p é n d i c e q u í m i c o con objeto de ac-tualizarlo.

Este saber q u í m i c o no se consideraba de nin-g ú n modo opuesto a la ciencia de los a r i s t o t é l i c o s o a la medicina de los galenistas. Sin duda, algu-nos se quejaban del conservadurismo de las escuelas, pero la alquimia h a b í a llegado a Occi-dente con todo el cuerpo de la s a b i d u r í a antigua. H a b í a sido cultivada en el Cercano Oriente j u n t o

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con la filosofía y la medicina clásicas —y no ha-b r í a de divorciarse inmediatamente de esa anti-gua u n i ó n . Nada indica tampoco que la q u í m i c a fuera vista como una disciplina r i v a l y peligrosa por los m é d i c o s o los filósofos naturales.

La t r a d u c c i ó n que hizo Ficino en 1463 del Cor-pus hermeticum fue u n factor m á s que iba a ,afectar a la q u í m i c a del Renacimiento. A l

fomen-tar estudios ocultistas de toda especie, la alqui-mia atrajo pronto la a t e n c i ó n de todos los hom-bres cultos, quienes veían en ella u n campo de investigación al que no se h a b í a dado la debida a t e n c i ó n en el pasado. Tanto Enrique Cornelio Agripa de Nettesheim como Giambattista della Porta h a b r í a n de considerar a la alquimia como una ciencia fundamental para la c o m p r e n s i ó n de la naturaleza. John Dee, aplicando el " m é t o d o g e o m é t r i c o " , f o r m u l ó venticuatro teoremas para construir su " m ó n a d a jeroglífica", una figura que se aproximaba mucho al s í m b o l o a l q u í m i c o del mercurio. E n el curso de esa c o n s t r u c c i ó n , Dee sintió que h a b í a repetido las primeras fases de la Creación. Se p r o m e t í a al lector la revelación de grandes misterios y se p r e t e n d í a que la obra, en su conjunto, era nada menos que una repre-s e n t a c i ó n velada del procerepre-so a l q u í m i c o mirepre-smo. Pero esa p r e t e n s i ó n de Dee concordaba claramen-te con las m a t e m á t i c a s espirituales preconizadas por aquellos p i t a g ó r i c o s renacentistas que bus-caban en el misticismo y en el análisis de los n ú m e r o s una llave para explicar la Creación. Se a d m i t í a n las verdades de la magia, mientras que las demostraciones m a t e m á t i c a s m á s convencio-nales, las t é c n i c a s del laboratorio q u í m i c o y las

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Referencias

  1. Aristojtfil.es y