García Marzá, Domingo; Lorenzo Aguilar, José Félix; Martínez
Navarro, Emilio y Siurana Aparisi, Juan Carlos (Eds.). (2018).
Ética y Filosofía Política: Homenaje a Adela Cortina. Madrid:
Tecnos
Helio Carpintero
La aparición reciente de un libro de homenaje a la filósofa y académica Adela Cortina supone una llamada de atención para quienes se interesan por el pensamiento y la cultura de nuestro país, una llamada o aviso a no pasar de largo, y una invitación a reflexionar sobre las peculiaridades y méritos de una obra intelectual como la que nuestra compañera ha venido creando, ensanchando los conocimientos y las sugerencias en un campo tan fundamental como es el mundo del saber y la reflexión ético-moral.
La ocasión del homenaje la ha proporcionado su llegada, en plenitud de actividad y de proyectos, a esa línea ideal que aparece en las vidas académicas –y no solo en ellas– y que separa sin ruptura un tiempo de plena función y actividad docente de otro donde la condición de Profesor Emérito abre un nuevo horizonte de libertad y creatividad, al acabar con las rigideces de todos los puestos docentes, y abrir un tiempo donde la persona encuentra espacio para libremente terminar de madurar ideas, sin presiones oficiales, y seguir dando los frutos propios de una madurez jubilar, que en muchos casos es aún más plena que la vivida en las etapas precedentes. Su jubilación como Catedrática de la Universidad de Valencia ha servido de ocasión gozosa para que muchos de sus amigos, colegas y discípulos pudieran hacer público el aprecio a la pensadora y escritora que viene desde hace tiempo dándonos razones y estímulos para vivir una vida “más justa y más feliz”.
intereses de la autora homenajeada: la ética fundamental, la ética aplicada y la filosofía política. Las firmas de estos colaboradores acreditan el eco y presencia de la influencia de Adela Cortina en países diversos –España, Portugal, Alemania, y distintas naciones hispanoamericanas– en donde su enseñanza es muy apreciada, y en muchos casos revalidada con premios y doctorados Honoris Causa.
Soy uno de los colaboradores que ha tenido la suerte de poder incorporar unas palabras personales al volumen que presentamos. Una larga relación con la Dra. Cortina y con su esposo, y mi gran admiración hacia su persona y su obra, me han permitido ser admitido en el índice de la obra, cosa que me alegra y que agradezco a los editores de la misma.
He tenido la suerte de haber estado muchos años conviviendo con la Dra. Cortina en la Universidad de Valencia y ello me ha dado, junto a la riqueza de un trato personal inestimable, una imagen evolutiva y dinámica de su figura intelectual, con la conciencia de los valores que en ella han venido a enriquecernos, no solo a mí, sino en general a nuestro mundo intelectual.
Adela Cortina empezó a crecer intelectualmente desde sus tiempos de estudiante en la Facultad de Filosofía de Valencia, donde la conocí, y no ha dejado de crecer desde entonces. Somos, como han reconocido los filósofos de nuestro tiempo, “proyectos de existencia”, pretensiones de un cierto futuro hacia el que tendemos desde el presente.
Recordemos que, entre nosotros, Ortega repitió incansablemente su llamada moral, con aquellas palabras de Píndaro: “Llega a ser el que eres”, algo que cada uno debería saber aplicar a sí mismo. Pues somos, en efecto, fuerzas, dinamismos que actúan sobre el mundo en torno, eligiendo y transformándolo según nuestro sistema de preferencias y valores. Y eso hace que, en ocasiones, podamos ver cómo alguien de nuestro entorno arroja la toalla y abandona aquellas tareas que daban sentido a su vida, mientras que en otras, y es este nuestro caso, vemos a personas que viven en una perpetua lucha contra el tiempo, conscientes de que cada día trae nuevos temas, nuevos problemas, nuevas intuiciones, que van alumbrando y puliendo, buscándoles su mejor expresión y fundamento, con el cuidado con que, seguramente, Spinoza pulía lentes al tiempo que meditaba en su casa holandesa –tan rica, por cierto, en libros clásicos españoles.
Eugenio d’Ors formuló aquella singular tesis de que “lo que no es tradición, es plagio”. O, lo que es lo mismo, el verdadero pensamiento va avanzando por un camino real, y, o bien sabe y exhibe sus raíces –su tradición–, o las silencia y oculta; y entonces vendría el plagio.
Adela Cortina es una intelectual auténtica plantada en el presente, pero cuyas raíces potentes y vivas están a la vista de cuantos se acercan a su obra.
Adela Cortina 'casi' se licencia en Filosofía en mayo del 68. En realidad, lo hizo en junio del 69. Encontró un profesor honesto y meticuloso, Fernando Montero, que le animó a un trabajo riguroso sobre uno de los maestros esenciales del pensamiento moderno, Immanuel Kant. La doctoranda tomó un problema lleno de enigmas y dificultades –el Opus postumum y el tema de Dios– y puso su energía en aclarar las cosas.
Contaba con el estímulo de algunos “maestros libres” de su entorno. Uno fue la figura oscurecida e indebidamente olvidada de un suscitador de vocaciones y singular espíritu que fue Fernando Cubells, gran conocedor de la filosofía griega, quien, además, fue la persona que hizo de puente para que Adela Cortina y algunas otras personas, como Jesús Conill, esposo y compañero de aventuras filosóficas, llegaran a conocer y tratar a Xavier Zubiri, admirable pensador que se había retirado de la Universidad y vivía dedicado a estudiar y a pensar, como hoy lo ponen de manifiesto los muchos tomos de sus obras inéditas. También llegarían así a conocer y a estudiar a otras figuras como Julián Marías, Pedro Laín, o José Luis Aranguren, y con ello, las ideas de lo que podría llamarse tal vez una Segunda Escuela de Madrid, la de los pensadores lejos de la filosofía de la Universidad, que entonces estaba invadida por la Escolástica.
Las demandas propias de su investigación la llevaron, como a aquellos primeros maestros, a abrir su pensamiento a la tradición intelectual alemana. Encontró allí una figura y un pensamiento, el de Karl-Otto Apel, que le permitía avanzar en la exploración de una ética fundada en el proceso de comunicación ideal, propio del hombre como ‘animal comunicante’ que vive y construye su existencia en un marco de intersubjetividad.
Tal vez por ese camino aprendió una lección no fácil de absorber: que la vida intelectual tiene por destino la producción de luz, de claridad sobre la vida, y que su horizonte se extiende por toda la sociedad, donde se establece la comunicación, se declara la verdad y se construyen las normas desde las que esa estructura social y comunicativa se mantiene y se transmite de generación en generación.
Creo que estos aprendizajes juveniles explican, al menos en buena parte, la peculiaridad intelectual de nuestra admirada amiga. Una peculiaridad que situaría en tres niveles: 1º) La atención al lenguaje y la condición de escritora. 2º) La atención al mundo en el devenir de temas y problemas. Y 3º) la integración de la unidad humana, que hace del hombre un ser de ‘corazón y cabeza’.
Muy brevemente dicho: nuestra autora es una escritora de raza, autora tal vez de treinta libros, que es capaz de construir con sencillez difícil de lograr un escrito complejo y organizado de modo que sea un libro preciso, pero, además, atractivo y convincente.
Algún día se hará una tesis sobre su escritura, y se verá su capacidad creativa y su ajuste a las condiciones de sus lectores y oyentes. Bastarán dos ejemplos: uno, su éxito en la creación de términos, como lo evidencia su lanzamiento del término de “aporofobia”, fobia o rechazo hacia los pobres, para describir un cierto tipo de conducta frecuente en nuestras sociedades, un término que han aplaudido desde los Académicos de la Lengua hasta los grupos de twitteros que van marcando el correr de nuestros días. El otro ejemplo es el título feliz que halló para uno de sus libros ya clásicos: Ética mínima, publicada en 1977. ¿Podría haberse llamado Esencia de la ética, Fundamentos, Una síntesis, Un compendio del saber ético… qué, en fin? No, sino aquel ‘mínimo de pensamiento moral’ necesario para la vida humana. Pero lo mínimo, ¿será lo suficiente? Ella escribió que su tema, al hablar de una “'ética de mínimos'”, era “el de descubrir conjuntamente el 'capital ético' compartido, sin el que una sociedad se sabe inhumana, bajo mínimos de humanidad.” (Cortina, 2007: 10-11). No muchos autores se hubieran atrevido, antes del libro, de hablar de mínimos en ética, temiendo que pareciera una temeridad en el mundo moral introducir la cantidad sin hablar de la cualidad. Y la “ética mínima” ha conocido el éxito entre estudiantes y público, en alguna medida, gracias al ‘valor y estilo literario’ con que ha sido pensada.
Segundo : Es la suya una obra atenta donde se reflejan los problemas que se debaten en nuestras sociedades, aquellos que representan el nivel de nuestro tiempo. Dos ejemplos me permitirán ahorrar muchas palabras: primero, su especialísima dedicación al problema de la ética de la economía, los negocios, y las organizaciones, mediante la creación de la Fundación Etnor, que ha llevado la reflexión moral a la primera línea de la vida empresarial de nuestro país; y, segundo, su atención desde el primer momento a los movimientos tan importantes en nuestros días que buscan acercar la vida moral y la reflexión ética a los nuevos saberes de la neurociencia y demás términos propios de la actual neuroliteratura. Su libro Neuroética y neuropolítica (2011) bastará a probarlo.
Tercero, su integración de las reflexiones morales y éticas en torno al hombre. No lo ve, desde luego, como pura razón –que se atiene al imperativo categórico y que obra como debe cuando obra racional y universalmente; ni tampoco como ser guiado por valores que nacen “de la particular constitución y estructura del sentimiento y afecto humanos”, según decía Hume. Recuerdo un viejo artículo de Ortega que se titula “corazón y cabeza”, en donde insiste en que somos seres de conocimiento, que en nuestro estrato más profundo nos guiamos por un sistema de preferencias: somos ‘cabeza’, pero una cabeza fundada en un ‘corazón’. Es ese recuerdo que se me enciende y activa cuando leo unas palabras de extrema claridad de nuestra autora, cuando reflexiona acerca de ¿Para qué sirve realmente… la Ética?
¿Para qué sirve la ética? Para aprender a apostar por una vida feliz, por una vida buena, que integra como un sobreentendido las exigencias de la justicia y abre el camino a la esperanza (Cortina, 2013: 178).
reconocimiento de la necesidad de justicia en el conjunto social, y la orientación hacia el futuro, o sea, esperanza.
Como los maestros que antes mencionaba, la obra de Adela Cortina tiene unas raíces profundas que la sitúan en su país y en su tiempo, lo que la ha llevado a proclamar la necesidad de una “ética cordial”, una reflexión moral que se alimenta también de los afectos del corazón y de las entrañas de las vivencias emocionales que constituyen la reserva dinámica de cada uno de nosotros.
Por eso, las páginas de este homenaje dejan ver que el mensaje y la lección de nuestra autora han llegado a núcleos y grupos situados en prácticamente todo el espacio intelectual, y que ello ha sido posible porque ha sabido integrar lo racional y lo cordial, lo individual y lo comunitario, la justicia y la felicidad, en palabras que transmiten con inequívoca impresión de ‘veracidad’ un discurso personal, que va desgranando, con prisa y sin pausa, nuestra maestra de ética y moral, siempre atenta a la felicidad, la justicia y la esperanza.
Bibliografía
Cortina, Adela (2007). Ética de la razón cordial. Oviedo: Nobel.
Cortina, Adela (2011). Neuroética y neuropolítica. Madrid: Tecnos.