El vértigo del cuerpo y la búsqueda de la razón

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Des-biologización del matrimonio, liberalización de la eutanasia, auto-rización de investigaciones cientí-ficas. Estas son grandes cuestiones actuales. El cuerpo humano se ha vuelto a poner en las manos del le-gislador mediante las referencias únicas a la libertad y a la igual-dad lo que provoca, en consecuen-cia, una mirada vertiginosa sobre el cuerpo. ¿En qué lugar queda en-tonces la razón en el movimien-to actual que le quita al cuerpo su simbología? ¿Cómo leer la realidad

Xavier Dijon, SJ

Doctor en Derecho (Liège) E-mail: xavier.dijon@unamur.be

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Recibido: 3 de mayo de 2016 Aceptado: 17 de mayo de 2016

RESUMEN: La manera en que nuestros sistemas jurídicos occidentales tratan, hoy, la condición corporal de los humanos en su nacimiento, en su vida o en su muerte, a veces es vertiginoso. ¿Cómo evitar que los derechos humanos no vayan en contra del hombre? Después de haber analizado los fundamentos ideológicos de este cambio, el autor propone una palabra de fe que viene a apoyar el trabajo de la razón en su elabo-ración de la ética social y su formulación del derecho.

PALABRAS CLAVE: corporalidad, derecho, biopolítica, humanismo, ética.

humana? ¿La fe podría iluminar la ética social que debería regir el des-tino de la vida y de los cuerpos?

1. El vértigo del cuerpo

Las estructuras jurídicas que pro-tegían a la persona y a la fami-lia han comenzado a fisurarse en la segunda mitad del siglo pasa-do. Mientras que los liberales jus-tifican esta evolución por la doble

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invocación de la libertad y de la igualdad, los humanistas denun-cian la insuficiencia de estas refe-rencias.

a) La deconstrucción de la estructura familiar

Hasta hace medio siglo, el derecho había construido una residencia común para resguardar a la vez a la persona y a la familia. El techo protector contaba con dos vertien-tes: en lo civil, la institución ma-trimonial que permitía al niño ser acogido en la legitimidad de una palabra intercambiada para siem-pre entre el hombre y la mujer; en lo penal, la represión del ataque a cualquier vida humana, inclu-yendo al niño que no ha nacido o al enfermo a punto de morir. Los gruesos muros de esta casa, por un lado, sobreponían la indispo-nibilidad del cuerpo y del estado civil para permitir, en cada caso, ser reconocido tanto en su integri-dad física como en la red de sus re-laciones familiares; por otro lado, esos muros oponían el orden pú-blico y las buenas costumbres mo-rales a las voluntades subjetivas que, por sus excesos, pondrían en peligro la comunidad moral de los ciudadanos. Así, en los funda-mentos, finalmente, se anclaba la dignidad de la persona sobre la cual se apoyaba todo el edificio de

los derechos y de los deberes del hombre.

Ahora bien, en 50 años, esta pres-tigiosa construcción, ampliamente inspirada por la ética cristiana de la alianza de los sexos, por el ca-rácter sagrado de la vida y de la protección de los más débiles, se ha desmantelado considerable-mente en buen número de países europeos. El matrimonio ha cono-cido una crisis evidente, tanto en los hechos, por la reticencia de las parejas a casarse y la propagación de la unión libre, como en el de-recho, por la facilidad de las con-diciones para separarse o, más recientemente, por la apertura de esta institución a las parejas del mismo sexo.

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de su patentabilidad), los game-tos y, al mismo tiempo, la filiación (banco de esperma, fecundación in vitro). Finalmente, el zócalo de la dignidad se convierte en un mo-vimiento, muy a menudo, de esta dignidad que se confunde pura y simplemente con la autonomía misma, comprendida como la li-bertad absoluta de disponer de su propia persona.

El cristiano no está exento de ciertos desplazamientos en esta materia: las leyes bioéticas que permiten hoy aquello que estaba prohibido ayer, y que tranquiliza a la opinión pública por las restric-ciones que desaparecerán maña-na, o las reformas del derecho de la familia (de las familias, como se entienden ahora) o aún las modi-ficaciones del Código Penal que amplían cada vez más el espacio de la libertad individual. El ma-gisterio católico y romano, en efec-to, inspirado por sus fuentes que son la ley natural inscrita en el co-razón del hombre, la dignidad de cualquier persona humana, por pequeña que sea, y la sacramenta-lidad del matrimonio, solo puede constatar y denunciar la separa-ción: el mundo, visto desde su ló-gica propia, se independiza de la escucha de la Palabra de Dios. Ya no ve en la alianza del hombre y la mujer engendrar vida en el amor, la imagen y semejanza del mismo

nacimiento creador; ya no se per-ciben los cuerpos como “templos” en los cuales el Espíritu hace ha-bitar al Hijo único. Del mismo modo, el juicio de la Iglesia se hace negativo: desuniones de las alian-zas, supresión de la vida, banali-zaciones de las manipulaciones, degradación y confusión. En defi-nitiva, es la instalación de una cul-tura de la muerte. Ahora bien, ya que la correlación parece eviden-te entre la negligencia hacia la Pa-labra de Dios por una parte, y la descomposición de las personas y de las familias por la otra, las pa-labras del profeta vienen a la me-moria, evocando la queja de Dios: «Ellos me han abandonado, a mí, la Fuente del agua viva, para ca-varse pozos, pozos agrietados que no tienen agua» (Jr 2, 13).

b) La justificación liberal

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liberado de las fuertes restriccio-nes de una religión determinada porque una democracia no puede tener su fundamento aun cuando haya una mayoría ciudadana en sus propias concepciones éticas. Las bases de la sociedad ahora son más sanas puesto que cada filoso-fía se encuentra en igualdad con todas las demás, de tal suerte que cada miembro del cuerpo social es capaz de seguir la suya sin ningu-na dificultad.

De esta manera, si una pareja cre-yente quiere casarse para toda la vida, llevar a buen término sus em-barazos, abstenerse de todo artifi-cio médico en caso de esterilidad, vivir su agonía sin ser ayudado a morir y seguir todas las otras prescripciones particulares de su creencia, es libre. Pero con la con-dición de que haga lo mismo con las otras convicciones: si una per-sona homosexual quiere casarse con una pareja del mismo sexo y recurrir a un banco de esperma o a un vientre en alquiler en vía de la procreación, si alguien quiere cam-biarse del sexo, o, aún más, pedir que le pongan fin a sus días, tam-bién es libre. La ley no está para garantizar el espacio de la libertad de cada uno. ¿De dónde proviene, entonces, que el creyente quede insatisfecho frente a esta respues-ta liberal, basada en la divisa

re-publicana (un poco modificada): libertad, igualdad, laicidad?

c) La crítica humanista

Esta decepción proviene de la des-vinculación entre la libertad, la igualdad y cualquier trascenden-cia. Todo sucede como si cada su-jeto fuera el comienzo absoluto de él mismo, sin que otro establezca con él una relación que no sea la de estar, en su recorrido, en igual-dad con él mismo, un comienzo absoluto de sí mismo. Es también, en esta igualdad y libertad, que se reconoce ese estado natural del que hablan los teóricos del contra-to social. No obstante, esta forma de estado no proporciona a los sujetos ninguna regla que permi-ta arbitrar en los conflictos pro-venientes de sus confrontaciones. Ellos deciden darse, por contrato, un marco institucional que limita, sin duda, por medio de una norma común aquellos poderes subjeti-vos, pero esto tampoco es posible puesto que esta norma sería igual-mente elegida por los intereses de ellos mismos.

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dependa solamente de la decisión que ellos puedan tomar, en el régi-men de la igualdad y de la liber-tad, para establecer una república que los constituya mutuamente en el respeto de sus derechos hu-manos individuales. Ahora bien, ¿la puesta entre paréntesis de esta lectura que la sociedad moderna hace de ella misma no la condu-ce a las distorsiones que nuestros sistemas jurídicos occidentales co-nocen hoy? Si el contrato reempla-za el nacimiento, dejando de lado el hecho fundamental de los cuer-pos, la decisión voluntaria de los ciudadanos puede, en su recorri-do, reemplazar la naturaleza en la edición de la norma democráti-ca. La filosofía del cuerpo y la fi-losofía del derecho se reconocen también en la misma abstracción idealista.

Por su parte, el derecho natural clásico inscribía de hecho el estado social en la naturaleza misma del hombre y no en cualquier conven-ción posterior a este “nacimiento”. Respecto a esto recordamos la de-finición dada por Aristóteles del hombre como “animal político”, al igual que la distinción que surge entre el justo según la convención, variable de una ciudad a otra, y el justo según la naturaleza que co-rresponde precisamente a esta in-mutable naturaleza política del hombre. Retomando esta

caracte-rística importante de la filosofía griega en su perspectiva teológi-ca, Tomás de Aquino afirma que la edición de la norma positiva de-pende de la razón –no solamente de la voluntad– porque debe tener en cuenta la ley que el Creador ha impreso en sus criaturas bajo el sello de su sabiduría eterna. Estos datos naturales conciernen a la perseverancia en la existencia, el acoplamiento entre el macho y la hembra, el engendramiento de los hijos, la vida en sociedad y la bús-queda de la verdad en Dios. Pues-to que esta arquitectura normativa coloca en la Sabiduría del Crea-dor, de donde proviene la ley na-tural, la cual deberá determinar la ley humana, el Aquinate concluye que, si el legislador positivo va en contra de los preceptos fundamen-tales de la ley natural, no anuncia más que una corrupción de la ley. Pero, ¿esta es la manera de leer la realidad del ser humano?

2. La lectura de la realidad humana

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¿Sería esto el origen de las ideolo-gías del mal?

a) Las lecturas positivistas

Mucho ha cambiado desde la tran-quila afirmación sostenida en los tiempos de las catedrales en lo que se refiere a la existencia de una ley natural. Por una parte, las guerras de religión han puesto en duda la necesidad de una fundamenta-ción teológica de los enunciados de la norma social que sea válida para todos; por otra parte, la idea de “naturaleza” ha cambiado de un carácter objetivo y normativo a la consagración de los derechos individuales de cada sujeto en el estado llamado precisamente “na-tural”. Al mismo tiempo los orde-namientos jurídicos modernos se preocupan por la articulación de estos derechos “naturales” subje-tivos bajo el doble signo (origina-rio) de libertad e igualdad, pero sin buscar reunirlos con la misma naturaleza humana.

La filosofía positivista del dere-cho, apoyándose en este principio absoluto de relación social pensa-da fuera de los cuerpos, inducirá a su vez una filosofía del cuerpo modelado para los mismos prin-cipios de libertad e igualdad: un cuerpo personal y un cuerpo so-cial que responden a un idealismo común. En efecto, desde que la

so-ciedad leyó su propia formación sin tomar en cuenta la donación de los cuerpos, esta ha preferido comprenderse a sí misma como el fruto de la decisión racional de sus miembros. Cada sujeto podrá re-forzar el proceso de comprenderse a sí mismo, capaz de instituirse, él también, por su propia voluntad, alegando a veces su irreductible libertad para tomar las distan-cias necesarias en relación a la do-nación de su cuerpo, así como su igualdad a los demás para borrar las disparidades que impiden, en él, la libre disposición de sí. Casar-se entre mujeres o entre hombres, entregar a un niño a terceros, cam-biar de sexo, vender un órgano, exigir la muerte se han convertido así en manifestaciones de la liber-tad perfectamente aceptables dado que la ley las autoriza y vela por ellas, para preocuparse para que la igualdad sea accesible a todos.

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esta donación corporal. De hecho, la preocupación bioética nació en los años 70, por la preocupación de encaminar las imaginaciones osa-das de los científicos en las diver-sas áreas de la investigación de los cuerpos, como la experimentación, la procreación, los trasplantes, la cura, la ingeniería genética. Ahora por parte de la ciencia, se disocia la libertad y el propio cuerpo. Dicho de otra forma, el sujeto, rehusando “ser cuerpo” con su cuerpo, res-ponde al antiguo principio jurídico de indisponibilidad, es decir, el do-minio de sí mismo equiparable al de un propietario con sus bienes; y la ciencia confirma este movi-miento de objetivación del cuerpo con su propio acercamiento meto-dológico a la realidad. En la diso-ciación hecha entre la conciencia en el Yo del sujeto, libre para dis-poner de sí, y el conocimiento de lo científico que trata los órganos como cosas, un acuerdo es paradó-jicamente posible.

b) El símbolo

La lectura simbólica de la reali-dad está seriamente comprometi-da. Ya que el símbolo ponía juntos el cuerpo y la palabra, como lo de-muestra el origen griego de la pa-labra. En el momento en que, en Atenas, Epaphras dejaba a su viejo amigo Timoteo para viajar a Asia Menor, partieron un casco de

al-farería en dos, guardando cada uno un pedazo, de modo que, más tarde, la unión de los dos fragmen-tos garantizara el reconocimien-to mutuo. Ahora bien, ¿el cuerpo no es precisamente esta “materia” a la espera de un reconocimiento? ¿Su configuración masculina y fe-menina, el engendramiento que permite en la unión de carne y pa-labra, el vínculo que supone con la madre y con el padre, no son el lenguaje en el cual los humanos pueden basarse?

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per-tenece al estar inscrito en su víncu-lo con otras personas. La dualidad sexual explicita la mediación del “Tú” ya que es el origen de los su-jetos, quienes nacen ellos mismos sexuados.

Esta claridad solo aparece con un a priori: el sentido viene de una parte diferente a la propia. La lec-tura simbólica supone precisa-mente esta palabra previa que mediatiza el sujeto y el objeto. Re-tomemos el ejemplo griego. Si el ama de casa de Epaphras, viendo el extraño casco de alfarería tirado sobre el escritorio de su patrón, lo lanza al cubo de basura, ella mos-traría así su ignorancia del sentido que los dos amigos querían dar a este objeto en su acuerdo previo. Para evitar tal equivocación hoy, ¿no debemos abrir, en nuestras lecturas de la realidad humana, el espacio del símbolo que permite el reconocimiento del otro?

c) Las ideologías del mal

¿Cómo evaluar la convulsión en nuestros sistemas jurídicos occi-dentales, los vínculos que unen a los ciudadanos a la vida, a la fami-lia, al cónyuge, al niño? Algunos autores se alegran de los avances que garantizan la igualdad dejan-do al mismo tiempo a cada uno la libre disposición de sí, lamen-tando solamente que el legislador

se muestre aún demasiado tími-do en la des-biologización del ma-trimonio, en la liberalización de la eutanasia o en las autorizacio-nes para la investigación científi-ca. Pero otros temen que el cambio en curso no depare en realidad un futuro apocalíptico: vida y muer-te por orden exmuer-terna, filiación a la carta, comercialización y pa-tentabilidad del cuerpo, explora-ción científica desproporcionada, sexualidad des-corporeizada, pe-sadilla en la medida en que los hu-manos terminarán por no saber ya quiénes son, a fuerza de haber pa-sado a ser, cada uno ocupándose de lo suyo, los únicos depositarios de la definición del hombre.

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del mal” (marxismo y nazismo), el Papa alude a la exterminación legal de los seres humanos conce-bidos y aún no nacidos. Se trata, una vez más, de una extermina-ción decidida por Parlamentos elegidos democráticamente, en los cuales se llama al progreso civil de las sociedades y de la humanidad entera. Otras formas de violación de la ley de Dios no faltan tam-poco. Pienso, por ejemplo, en las fuertes presiones del Parlamento Europeo para que se reconozcan las uniones homosexuales como una forma alternativa de familia, a quien correspondería también el derecho a adoptar. Se puede e in-cluso se debe plantear la pregunta de si no se trata aquí, de una nueva “ideología del mal”, quizá más in-sidiosa y más oculta, que intenta explotar, contra el hombre y con-tra la familia misma, los derechos humanos.

¿Podría ser que, de los valores em-blemáticos como la libertad y la igualdad, se desarrolle en sordina una verdadera demolición del ser humano? La acusación parece des-proporcionada: ¿Se puede compa-rar a las atrocidades del Gulag o Auschwitz a las prácticas libera-les y compasivas de la sociedad de hoy? Permitir a una mujer la inte-rrupción de un embarazo que la pone en desamparo, ofrecer a una pareja estéril el apoyo exterior que

les da un niño, hacer progresar la ciencia por la investigación sobre embriones, aumentar el ostracis-mo que pesa sobre las parejas ho-mosexuales en abrirles la puerta del matrimonio, permitir a un mo-ribundo salvaguardar, a los ojos de sus prójimos, una buena ima-gen de sí mismo, ¿no es fomentar en la intimidad personal y fami-liar la doble causa de la libertad y la igualdad? Al parecer sí, pero es necesario ver bien que, en su campo propio, las “ideologías del mal” tienden también hacia el pro-greso humano.

3. La búsqueda de la razón

No es suficiente, de hecho, perse-guir un valor parcial para justifi-car un régimen; es necesario que el régimen tenga en cuenta la totali-dad del ser humano. Con respecto a este tema, los derechos humanos apelan a un discernimiento ulte-rior. Es aquí que la religión podría ser útil a la razón.

a) Los valores parciales

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en la miseria por la lógica impla-cable del capitalismo. Para evitar la alienación del hombre, tuvo que ser retirada, a la vez, la propiedad privada, las clases sociales, los es-tados, la filosofía idealista y la re-ligión. En cuanto al atropello nazi, este debía permitir a los alemanes dignificar de nuevo, descontami-nando el pueblo ario de todos sus parásitos y permitiéndole ejercer sobre el resto del mundo la propia dominación a los superhombres. Los campos de la muerte son pro-bablemente consecuencias terri-bles de tales elecciones, pero estas “ideologías del mal” tenían como objetivo lo que veían como un bien. Bastante parcial, sin duda, pero que nosotros debemos tener en cuenta si queremos evaluar co-rrectamente nuestras propias prác-ticas ahora consideradas como de progreso.

El comunismo destinaba a ins-taurar entre los camaradas la más grande igualdad en lo que respec-ta al campo económico. En el otro extremo, el nazismo quería que gobernara el pueblo de los Maes-tros, llamados a conducir a la pro-pia humanidad a la lucha política. Entonces, ¿de dónde vienen estos ideales tan antagonistas como creadores del mal? Estas ideolo-gías no consideran la naturaleza humana en sus propios funda-mentos. La igualdad marxista

pensó en lo universal, pero sin de-recho a las identidades personales y políticas, que fueron disueltas en la abolición de la propiedad priva-da y la instauración de la Interna-cional Comunista; mientras que la identidad del nacionalsocialis-mo evacuó la universalidad de la dignidad propia del hombre, la misma dignidad que también tuvo que recordar después la victoria sobre la barbarie, en la Declaración Universal de los Derechos Huma-nos. Estas ideologías desequilibra-das, una igualdad sin identidad y una libertad sin universalidad, no han conocido mediación que pien-sen la libertad de cada persona y de cada nación al mismo tiempo que la dignidad común de todos los humanos llamados a compar-tir los bienes de la tierra.

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igualdad se convierte en soviética y la libertad en nazi.

Pero a partir de esta negligencia común de la naturaleza humana, ¿podemos aventurarnos a afirmar, como parece hacerlo Juan Pablo II, que hay una analogía entre las ideologías indignantes que preva-lecieron en el siglo pasado y una forma contemporánea de almace-nar la vida y el cuerpo bajo la ban-dera de los derechos humanos?

b) El buen uso de los derechos humanos

Retomemos la historia. La decla-ración de 1789 había asegurado la igualdad de los ciudadanos ga-rantizando a cada uno de ellos el mismo espacio formal de liberta-des, utilizando los llamados dere-chos civiles y políticos. Ahora bien, en el siguiente siglo, para que cada ciudadano pueda ejercer estas li-bertades, el socialismo ha llenado este espacio formal de los derechos económicos y sociales (trabajo, vi-vienda, nivel de vida, el cuidado de la salud) incluyendo, al extre-mo, el colectivismo marxista. Con-tra este igualitarismo desbordado, el nacionalismo de identidad sur-gió, lo que lleva al otro extremo el nazismo. De ahí la necesidad de proteger todos los derechos hu-manos, la primera y segunda ge-neración, a nivel mundial, por la

Declaración de 1948. ¿Estamos lle-gando al final de nuestras penas? No necesariamente ya que, una vez más, los derechos humanos pueden caer en lo contrario.

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supe-rior (o antesupe-rior) para regir su uso adecuado.

En la Declaración Universal de 1948, todavía era una cláusu-la de salvaguardia: “La familia es el elemento natural y fundamen-tal de la sociedad y tiene dere-cho a la protección de la sociedad y del Estado”. Pero, mientras que la sociedad reconocía que hay un fundamento que la desborda, se despliega la lógica igualdad-li-bertad propia del Contrato Social para adultos que se introduce en la familia, dividiendo así mismo la raíz que permitía a los ciudada-nos vivir en armonía el delicado equilibrio de la naturaleza huma-na. Permanece la pregunta acerca de si es posible revertir esta peli-grosa tendencia para encontrar el modo de empleo correcto de los derechos humanos. Si la razón ha fracasado en su tarea legisladora, por lo tanto, ¿hace falta servirse de la religión?

c) La Razón y la religión

Jürgen Habermas se interesó por la contribución que la religión puede hacer a la sociedad con-temporánea en el desarrollo de la norma civil. Mientras que un secu-larismo estrecho refuta ferozmen-te cualquier tipo de iluminación a la razón pública por la convicción de la fe, un laicismo más abierto

es capaz de acomodar, a su ma-nera, las luces de la Biblia. Según Habermas, en Europa Occidental, el tiempo de oposiciones entre las comprensiones antropocéntricas y teocéntricas son obsoletas ya que existe más un anhelo en la recupe-ración de los contenidos bíblicos en una fe de la razón que un com-bate por una sotana y el oscuran-tismo.

¿La religión, una vez situada en la oscuridad, se convertiría en clari-dad? Si el marxismo ha desarro-llado su dictadura igualitaria bajo la bandera del ateísmo militante y el nazismo impuso su dominación de la identidad basada en el retor-no al paganismo, ¿retor-no es una señal de que cualquier sociedad tendría que depender de un apoyo en sí para que pueda mantener unidas todas las paradojas de su propio equilibrio? Avancemos un paso en la audacia: ¿Podemos afirmar que este decaimiento radica en la re-velación que Dios ha hecho de sí mismo en la persona de Jesús de Nazaret? La propuesta no se im-pone, obviamente, por la eviden-cia, pero a los ojos de un cristiano, puede parecer apropiado.

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futuro de nuestras sociedades. El cielo no está vacío y la trascenden-cia no son solo los ídolos paganos: un “Tú” absoluto precede y sus-cita la aspiración de los hombres a la libertad y la igualdad escon-didas en la fraternidad. Sin duda, la razón se versa únicamente en la confesión de la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu; sino también en la reflexión sobre la fraternidad universal que Cristo ha querido instaurar en el corazón de la his-toria a partir de su propio cuerpo. Esta razón puede volver sobre sí misma para levantar el inventario de sus propios tesoros. Estimula-do por el aporte cristiano, ella per-cibiría su propio enraizamiento en

las humildes donaciones del cuer-po y de la familia.

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Ante las incontables crisis que afrontamos hoy, en especial la social y la

ecológica, muchos se preguntan: ¿Hacia dónde se encaminan la Tierra y

la humanidad? Las crisis siempre anticipan saltos cualitativos y presagian

una situación capaz de incluir a todos. Nos hemos acostumbrado a hablar

de la Tierra como la «Casa Común», expresión asumida por el Papa

Fran-cisco en su encíclica

Laudato si’

. Hemos de cuidar de ella para que pueda

incluir a todos –los seres humanos, la comunidad de vida en su

integri-dad y a todos los demás seres–, pues a todos ellos ha integri-dado origen.

Una nueva visión del planeta

y de la humanidad

232 págs.

P.V.P.: 15,90 €

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