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Mi maestro don Manuel Gómez Moreno

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Mi maestro don Manuel Gómez·Moreno

Mi relación con don Manuel Gómez-Moreno comenzó en la primavera de 1933· Nos recibió en su casa de la Castellana a un grupo de estudiantes ele la U niversidacl ele Valladolid que íbamos a hacer una excursión por Andalucía. Dirigía la expedición Mer- gelina, discípulo ele don Manuel, que nos había inculcado hacia él la admiración y respeto que él mismo sentía. Para hablar ele Gómez-Moreno debo comenzar por Mergelina, mi querido maestro en Valladolid.

Un pequeño y escogido grupo ele profesores se había juntado en la nueva Facultad ele Filosofía y Letras ele Valladolid en los años anteriores, cuando se habían dotado unas pocas cátedras y había empezado a funcionar una sección ele Historia. Cayetano de Mergelina y Luna (Arqueología e Historia del Arte), Julián Ru- bio Esteban (Historia ele España), Emilio Alarcos García (Li- teratura española y Latín), etc... Inolvidables maestros, que comenzaban a tener alumnos varones justamente por aquellos años en que yo llegué, cuando con la República se esperaba una me- jora en la enseñanza pública.

Mergelina, que unía una personalidad generosa y aristocrá- tica con una entrega ilimitada a su tarea, acababa ele fundar su Seminario de Estudios ele Arte y Arqueología, novedad inaudita en las universidades españolas de entonces. Habían influido en Mergelina como modelos el Seminario de Estudios Gallegos, que él conocía por sus viajes para hacer excavaciones en el Monte

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Tecla, junto a La Guardia, y sobre todo la sección correspon- diente del Centro ele Estudios Históricos ele Madrid. Había ya entonces empezado a salir el Boletín del Seminario, y allí comen- zábamos a escribir, bajo su entusiasta inspiración, sobre las igle- sias, retablos, castillos, y pronto sobre las excavaciones ele la región, así como a publicar reseñas ele los libros má:s dispares.

El culto que ·Mergelina cleclica:ba a su maestro lo heredamos nosotros. Aún recuerdo la primera impresión que Gómez-Moreno hizo sobre mí cuando en su despacho, rodeado de las obras de arte ele su colección, sus pinturas ele Zurbarán y el Greco, sus graneles vasos griegos, sus hachas de piedra pulimentada, nos habló ele Andalucía, contraponiendo la Alta y la Baja, y prefi- riendo, claro es, como ·leal granadino, la suya a la otra. ¡Qué in- troducción maravillosa a las tres ciudades que íbamos principal- mente a visitar, Córdoba, Sevilla y Granada! ¡Qué referencias en profundidad a las Anclalucías del pasado: la renacentista, la árabe, >la romana, la ele la metalurgia originaria y los dólmenes ele Antequera! En aquel viaje iba a resonar en mis oídos la sabia instrucción ele don Manuel al entrar en la mezquita ele Córdoba y al asomarme al Generalife, en la necrópolis ele Carmona y ante el anfiteatro ele Itálica. Sus descripciones, sus teorías, su valora- ción ele aquellos monumentos qt:c él conocía al cleclillo, de aque- llas espadas y aquellos tesoros ele los museos con los que parecía que él había jugado de niño, me guiaron en mi primer viaje a los países del sur, en los que oía la caracola del mar ele Ulises y creía ver los olivos de Grecia - que me esperaban aquel verano.

Pues en 1933 se había organizado el Crucero del Mediterrá- neo, dirigido por García M01·ente, y en el que tomamos parte un centenar de estudiantes de Filosofía y Letras. Durante mes y medio visitamos museos y ciudades y para muohos de nosotros fue aquello el despertar de la vocación. Leí a Sófocles y a Homero en su tierra, aprendí a hablar griego moderno, y ya no podía ser otra cosa que filólogo.

De la Universidad ele Valladolid fuimos al Crucero sólo Mer- gelina y yo, y naturalmente, al dividirse los cruceristas en grupos, quedamos incluidos en el que dirigía Gómez-Moreno. También compartíamos la mesa con él, con su hija María Elena, y otros

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dos cliscí pulos ele don Manuel: Emilio Camps y Juan de M. Ca- rnaza.

En la primera parte del viaje, en Túnez y en Egipto, reco- rrimos, recuerdo, innumerables mezquitas. Aún me parece ver la momentánea cólera (esa cólera intensa del hombre tímido y cor- dial) que apenas podía contener don Manuel cuando yo, que, car- gado con el gran angular de nuestra facultad y el trípode, no de- bía separarme de Mergelina, excelente fotógrafo, había desapare- cido precisamente en el momento en que había que impresionar un modillón o un detalle de aparejo para ilustrar alg·o de la mez- quita ele Córdoba. Cuando al fin salimos ele Jerusalén para Creta yo no podía ocultar mi satisfacción de dejar el mundo árabe, que nunca he podido entender. En mi entusiasmo ateniense, 1os en- contraba sucios, con una religión intolerante, y ni el olor ni los vestidos ele aquella gente me dejaban acercarme. Esto era lo único que estorbaba mi relación con don Manuel. Todavía en Turquía se enojó una vez conmigo porque en la mesa se me es- capó mi admiración por Mustafá Kemal, entonces empeñado en modernizar a los turcos, quitándoles por decreto turbante, babu- chas y demás guardarropía.

N o he de encarecer cuánto aprendí con Gómez-Moreno y Mergelina en aquel viaje. Ya en la Facultad ele Valladolid había empezado a ver, pues una de las cosas ele que nuestra libresca educación nos priva generalmente es de mirar; nunca pude recu- perar el don, innato en el hombre, de observar la naturaleza, pero al fin fui capaz ele recordar, después de cerrar los ojos, cómo es una fachada o un paisaje. En cuarecta y cinco días ele conviven- cia con don Manuel mi sentido ele la vista mejoró mucho, y comen- cé a ser capaz de recordar lo visto y de compararlo con otras ex- periencias visuales.

En 1934, licenciado ya de la Universidad de Valladolid, me trasladé por consejo de Mergelina a Madrid. Gracias a él pude, presentándome a Castillejo, el inolvidable secretario de la Junta para Ampliación de Estudios, c9menzar a trabajar en la nueva sección clásica del Centro de Estudios Históricos. Desde hacía unos meses un joven profesor italiano, Julián Bonfante, animaba la nueva sección; le habían dado recursos, con los que creó de golpe una biblioteca excelente, y yo tuve la suerte de ser, creo, el

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primer estudiante que entró allí. El verano anterior había vuelto con Mergelina a Grecia y comenzaba a imprimirse en la Univer- sidad ele VallacloLl la traducción ele Pausanias que yo había hecho. Sobre Pausanias era también mi proyectada tesis doctoral, en la que iba a empezar a trabajar.

Don Manuel ya entonces comenzó a mirarme con aquel afecto y estima, no exentos ele extrañeza, con que siempre me distinguió.

Su fuerte personalidad, un tanto absorbente de sus discípulos, le hacía desconfiar ele ciertos intereses míos, por ejemplo mi res- peto a la bibliografía y a la autoridad de sabios prestigiosos. Para mantener mi independencia, aunque no fuera más que para some- terme a las convenciones y criterios que, si a veces son una traba, forman la tradición misma y son el modo de continuidad del tra- bajo científico, me refugiaba yo en no ser su discípulo directo, sino discípulo ele su discípulo Mergelina, una especie de nieto en la sucesión ele la escuela.

Toco este punto porque al hacer un retrato ele Gómez-Moreno hay que señalar esta arisca independencia suya, este criterio que por una parte consistía en genial originalidad, mas por otra en los recelos debidos al fundamental autodidactismo de don Manuel, que apenas, aparte la legendaria tradición granadina de Manuel de Góngora y el arabista Simonet, si tuvo otro maestro que su padre. En don Manuel suele alabarse la intuición como si él hu- biera sido sólo una especie de mago dotado de poderes adivinato- rios. Y es que en su independencia, su falta de adhesión a sus predecesores en tratar de algo, aun para tomarse la molestia de criticarlos, le llevaba a pre,cindir de pruebas, razonamientos y justificaciones. Era apodíctico y terminante, y lo mismo que para él una moneda o una inscripción no eran una lámina ~n un libro o un número del Corpus, sino una pieza que él había tocado, lo que él sabía no estaba en los libros. Pero su intuición estaba basada, cómo no, en largas horas de estudio.

En mis tiempos de aprendizaje más de una vez terminaba mi trabajo en el piso segundo del antiguo Palacio de Hielo subiendo al tercero y acercándome a los colaboradores de don Manuel o del otro N éstor de nuestra historia del arte, el especialista en pin- tura don Elías Tormo, cariñoso amigo mío desde que había ve- nido a Grecia con nosotros en el viaje organizado por Merge-

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lina (1934). Allí conocí a personas como don Juan Cabré, y me llegaban los ecos de las polémicas, no por discretas y a medias palabras menos duras, entre el grupo de Gómez-Moreno y el que rodeaba a la gran figura madrileña de entonces en la Prehistoria, H. Obermaier, o el ele los arqueólogos catalanes de Bosch Giro- pera, en relación con A. Schulten.

Pero yo entonces, aspirante a helenista, preocupado con la ar- queología clásica al modo más bien filológico, apenas entendía de estos problemas, y sólo sentía las primeras tentaciones de acer- carme a ellos desde un punto de vista lingüístico al ver a C. Her- nando Balmori volver ele una expedición a Portugal trayéndose calcada la inscripción de Lamas de Moledo, y a Bonfante preocu- pado con problemas de los antiguos sustratos europeos.

Sobrevino la guerra civil y al final me reencontré en Madrid con Mergelina, que había pasado los inacabables meses cerca de don Manuel, en eL Museo Arqueológico Nacional. Visité a don Manuel y a su familia, y en octubre ele 1939 me convertí en su ve- cino, pues fui con mi madre y hermanas a vivir a la misma casa, en un piso donde bastantes años antes había vivido Dámaso Alonso.

Don Manuel, que había sufrido mucho, que había luchado con su tesón ele siempre, a veces, en las circunstancias, insensato, por salvar obras ele arte, y había perdido en la guerra a su único hijo varón, miraba desde la altura ele sus setenta años con inteli- gente escepticismo nuestros afanes políticos. Mergelina fue nom- brado rector de la Universidad de Valladolid y yo entré a formar parte como Director General ele Enseñanza profesional y técnica del Ministerio de Educación Nacional que regentaba Ibáñez Martín.

Mis aventuras me devolvieron al fin (mayo de 1941) a la vida privada, que para mí ha sido siempre vida filológica. Me dispuse a entrar como profesor de universidad e hice oposiciones a una cátedra en Salamanca. Una vcez allí (abril de 1942) me di cuenta ele que los recursos ele la biblioteca, en un momento en que con la guerra mundial el comercio ele libros apenas existía, limitaban bastante mi trabajo. Aparte de semanales viajes a Madrid, a me- nudo con dos noches seguidas de tren, con trasbordo en Medina del Campo, para poder seguir usando los libros de Medinaceli, 4,

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tuve que buscar en la Hispania antigua un campo donde la bi- bliografía era relativamente escasa y en buena parte estaba por suerte a mi alcance. Alrededor ele los M onumenta linguae Ibe- ricae ele Hübner fui buscando como pude en el vasco, el celta y el bereber, y así vine a relacionarme con Gómez-Moreno en campos donde él era maestro incomparable.

Él había sabido desde muy pronto hacerse independiente de la autoridad, inmensa y merecida, ele Hübner, a pesar ele que habÍ<f tenido con él temprana relación ele informador y amigo 1. Él había sabido aprovechar los progresos ele los numismáticos es- pañoles como Delgado y Zóbel de Zangróniz para la lectura de los caracteres ibéricos, y sabía que la escritura ibérica no era al- fabética, sino silábica en buena parte, como luego se descubriría que silábica había sido la escritura en la etapa anterior, hacia los mediados del segundo milenio. Él había .terminado de publicar la gran obra de A. Vives sobre las monedas ibéricas. Era la men- tada independencia de Gómez-Moreno, su falta de sumisión a auto.

riclacles y escuelas, la que le hacía ir contra ideas recibidas y la que le llevó, negando lo que parecía obvio, que la escritura ibérica fuera derivada, como la griega y la latina, de la fenicia, a la solu- ción del problema.

En las visitas que por entonces le hacía, le daba cuenta de mis estudios y tanteos, que me habían llevado a terrenos para mí tan poco seguros, por ejemplo, por mi falta de conocimientos de len- guas semíticas, como la epigrafía líbica y los restos prehispáni- cos ele las Canarias. Pero cuando él vió que en otros aspectos yo

1 Acreditada en la mencwn que ele los dos Gómez-Moreno, padre e hijo, se hace en el Suplemento al CIL, II (1892), pág. 883, y en el eco que en BRAH, 36 (1900), págs. 406-408, concede el gran epigrafista alemán a los comentarios que nuestro don Manuel le hizo por carta a su estudio sobre las inscripciones de las ánforas hispanas del Testaccio: "El Sr. don Manuel Gómez Moreno y Martínez, joven sabio granadino, dedicado ya hace años a estos y semejantes estudios, después de haber leído y estu- diado la memoria sobre aquellos nuevos nombres de localidades que existen en las ánforas del Monte Testáceo [BRAH, 34, págs. 465-503], me ha mandado una serie de observaciones sobre ellos, entre las cuales algunas, si no me engaño, son dignas de ser presentadas al juicio de la Academia ... "

Y Hübner comenta las notas sobre Sa.crana, 111artianum, Maria.num, Ca.r- penses, Lacea y otros nombres.

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podría hacer algo, puso con su generosidad incansable sus apun- tes y notas a mi disposición.

Yo estaba familiarizado con el desciframiento que él había lo- grado de la escritura ibérica, pues nos -lo había enseñado Mergelina en el curso ele numismática. Pero ya es sabida la historia: publica- do por Gómez-Moreno su método de lectura en 1922 y 1925, había tropezado desde el principio con la excomunión del gran romanista y vascólogo H. Schuchardt, que, primero desde el científico Sinaí de la Academia Prusiana de Berlín 2, y luego en la más autorizada revista vascológica '\ b::tsándose en la tradición que formaban los M onU1nenta de Htübner y la monografía del propio Schuohardt sobre la declinación ibérica (1907), negaba todo valor al intento de don Manuel. La forma concisa y el tono un tanto ele oráculo con que Gómez-Moreno había presentado su descubrimiento se volvían contra él, y a consecuencia ele la condenación por Sohu- chardt, salvo algunos numismáticos, como J. Ferrandis y Sir George Hill, más pragmáticos y con menos prejuicios contra un sistema que hacía legibles las monedas, ni epigrafistas ni lingüis- tas se habían atrevido a seguir al descifrador. Mi sabio colega ele Salamanca, José María Ramos Loscertales, que cuando yo llegué allí estaba terminando su excelente trabajo "Hospicio y clientela en la España céltica" 4, todavía 'leía en él como Hübner y por reserva metodológica se abstenía ele usar el sistema ele don Ma- nuel, a quien por lo demás admiraba mucho.

En el aislamiento que imponía la guerra mundial, don Manuel se animó a volver sobre el abandonado tema, en el que además de descifrar la escritura se había adelantado a las ideas dominantes en cuanto a la distribución ele pueblos y lenguas en ·la Península.

En este campo, como R. Lapesa ha hecho notar 5, los trabajos posteriores no han hecho sino confirmar lo expuesto por Gómez- Moreno en 1925, en el primer Homenaje a M enéndez Pida!, ·buen ejemplo ele que no era un caso de afortunada intuición, sino re- sultado ele un trabajo metórlico, independiente y completo, que si

2 Sit.~nngsber. der Prenssischen Allad. de1· 1Wissenschaften, 1922, pá- ginas 199-208.

3 Rev. Intemac. de Estudios Vascos, !4, págs. ,SI2-S1Ó.

4 Apareció en seguida en flmcrita, ro, págs. 308-337.

5 BRAE,

so

(1970), pág. 404.

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algún defecto tenía era lo aparentemente dogmático de la pre- sentación, sin las acostumbradas formas de hacer :historia del problema y crítica ele los teóricos anteriores.

Con ocasión de haber sido elegido miembro de la Real Acade- mia Española, aprovechó su discurso ele ingreso (28 de junio ele 1942) para hacer una especie de historia 'lingüística de la Penínsu- la 6 Al tratar de "Las \enguas hispánicas", comenzaba por el ibero de Levante y con magistrales precauciones definía cuanto se podía decir sobre sus relaciones con el vascuence, a la vez que señalaba sus rasgos no indoeuropeos. Pasaba después a señalar algunos caracteres, los pocos que se pueden descubrir en restos escasos y ele clifíci'l interpretación, en las regiones meridionales ele la Península, que él llamaba entonces tartesias y, finalmente, llegaba a las regiones que él veía claramente incloeuropeizaclas, como consecuencia ele la "gran crisis ele nuestra prehistoria" que fue "la irrupción aria o indoeuropea". En ella descubría, en primer lugar, una invasión de tipo antiguo, que luego se ha llamado pre- celta, y que él comparaba entonces con. los elementos indoeuro- peos del ligur. Después ele leer como muestra la inscripción ele Arroyo, que ahora creemos lusitana, comentéllba don Manuel en su· discurso: "Esto suena bien a nuestros oídos; casi adivinamos un dialecto grecolatino; casi casi lo entendemos; pero -añadía- los celtistas se dan por vencidos ante éste y los otros monumentos peninsulares del mismo grupo. N o los pueden traducir en abso- luto"- decía, criticando así el intento, que yo creo fue muy acer- tado, ele C. Hernanclo Balmori 7Pasaba después al grupo de ins- cripciones celtibéricas, y por primera vez presentaba las de Pe- ñalba de Villastar, junto a Teruel, que sólo eran conocidas por una incompleta publicación ele Cabré 8. Por si fuera poco, añadía luego a estas inscripciones la también celtibérica tésera de Lu- zaga, en caracteres ibéricos, y terminaba con unos difíciles textos latínos ele baja edad y con la novedad de pizarras de época visi-

s Se hizo edición independiente, y luego está recogido en la parte científica, con alguna ampliación, en h1.s lY!isceláneas ele M. Gómez-Moreno, Madrid, 1950, págs. 201-217.

7 Sobre la inscl·ipción bilingiÜe de Lamas de Moledo, Emerita, 3 (1935), págs. 77-rrg.

8 BRAH, 56 (rgro), págs. 24r-z8o.

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goda escritas en latín. Con la primera ele estas inscripciones res- pondía a una invitación de H:übner, y con la primera pizarra que publicó inauguraba un capítulo ele la paleografía. Resultaba lógico que hubiera sido Gómez-Moreno precisamente el descubridor, para corresponder a las Glosas Silenses de Menéndez Pida!, de las Glosas Emilianenses; con la referencia a ellas, y una síntesis de la historia nacional ele las que tanto gustaba el maestro, termi- naba el discurso, que en su conjunto, por la riqueza ele materiales y la clasificación de ellos y las nuevas orientaciones, era deslum- brador.

Y o creo que aquel fue un momento decisivo para este aspecto del trabajo ele don Manuel. Yo escribí en seguida una reseña en- tusiasta 9, en la que señalaba la "increíble juventud de espíritu"

ele Gómez-Moreno y lo "tentador" del discurso en lo que tenía como "programa" de trabajo científico. Al mismo tiempo J. Caro Baroja, en un artículo largo e importante 10, se iba dejando ganar por las conclusiones ele Gómez-Moreno y era el primero en sacar partido ele su método ele lectura para criticar la cÓnstrucción de la

"declinación ibérica" de Schucharclt y confirmar que en muchas monedas teníamos una declinación celtibérica. Intervino también en la discusión don Julio Casares con observaciones sobre el ca- rácter silábico de los signos ibéricos y su posible evolución foné- tica a la luz de los silabarios japoneses que él conocía 11. Casares me invitó a colaborar en el Boletín de la Academia y en mi intento de lograr alguna claridad sobre el ibérico, donde conseguí mo- destos resultados, vine a ciar con el filón celtibérico que don Ma- nuel había señalado. Revisó él cuidadosamente mi artículo, sal- vándome así ele errores e inexactitudes, y con su generosidad de siempre empezó a poner a mi disposición sus preciosos paquetitos atados, donde estaban copiadas muchas inscripciones, todas estu-

9 Emcrita, ro (1942), págs. 369-373.

10 Observaciones sobre la hipótesis del vascoiberismo considerada eles- ele el punto ele vista histórico, Emerüa, ro, págs. 236-286, rr, págs. 1-59.

A .lo largo del tr<tbajo puede verse cómo aumenta la influencia ele Gómez- Moreno, que es todavía criticado con cierta acritud en un punto de la pri- mera parte (pág. 284), mientras que en la segunda es seguido con fecundos resultados, v., por ejemplo, págs. 5 y sigs., y 36 y sigs.

11 BRAE, 24 (1945), págs. rr-39.

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diadas personalmente sobre las mismas piedras. Me autorizó a utilizarlas como quisiera, y después de copiarlas, se .]as devolví. En aquel tiempo trabajábamos sobre material inédito, o con correc- ciones ele Gómez-Moreno que también estaban sin publicar.

La discusión que se inició después del discurso leído ante la Real Academia le animó a seguir trabajando, y publicó pri- mero algunas explicaciones y funclamentaciones ele sus ideas 112,

y luego una refundición de todos estos trabajos en el volumen de Misceláneas, junto con un suplemento a los M onumenta de Hüb- ner. Al primero ele estos artículos respondía J. Vallejo con una crítica que era al principio muy cautelosa, pero que se iba abrien- do ante los resultados que ofrecía la lectura según Gómez-Mo- reno 13.

Todavía sobre el suplemento a Hühner aparecido en tirada aparte hice yo durante mi estadía en Buenos Aires un L,éxico de las inscripciones ibéricas, que se publicó en el tomo II ele los Estudios dedicados a Menéndez Pidal {Madrid, 1951). Tengo que citar este trabajo mío porque don Manuel lo corrigió cuidadosa- mente, con su conocimiento directo ele inscripciones y monedas, gracias a lo cual el material es seguro y se eliminan así lecturas equivocadas ele las que van pasando ele libro en libro. Los límites ele este trabajo, es decir, la exclusión ele las inscripciones del sur, incluso de las que luego yo me ·he inclinado a considerar ibéricas, es consecuencia de que hasta allí había llegado el trabajo de don Manuel.

Mientras tanto, había aparecido completo el gran volumen de las Misceláneas. Junto a los estudios sobre la escri.tura y las len- guas ele la Península, el maestro había incluido allí una serie de materiales que guardaba inéditos, o que habían aparecido en pu- blicaciones muy difíciles ele encontrar. Las exploraciones arqueo- lógicas ele los monumentos megalíticos andaluces, o de los ,burgos vetones de la región del Duero, las primeras investigaciones ele

1 2 La escritura ibérica, BR AH, r 12 (1943), págs. 251-278; Digresiones ibéricas: Escritura, lengua, BRAE, 24 (1945), págs. 255-288. Ambos tra- bajos refundidos ocupan juntos las páginas 257-281 de Misceláneas.

L3 Eme1•ita, 1r, págs. 461-475. Nuevos estudios, cada vez más confor- mes con las ideas de Gómez-Moreno, publicó Vallejo en Emerita, 14, pá- ginas 242-258; 18, págs. 215-220 y 22, págs. 222-257.

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Gómez-Moreno en la región de Granada, estudios numismáti- cos y sobre antiguos monumentos cristianos, venían a ofrecer- se como fruto de una curiosidad extendida a toda la Península y a lo largo ele varios milenios. Al lado ele estos estudios se halla- ban varias de esas síntesis a las que Gómez-Moreno era tan afi- cionado: así en el denso capítulo Oro en España, o en su repetido Ensayo y Síntesis ele prehistoria, o en la Introducción o Preámbu- lo historial, donde reflexiona sobre el destino de la humanidad, o en una historia universal del dibujo desde la prehistoria hasta la época islámica.

Esta manera personal de presentar sus teorías obedecía, por una parte, a la convicción personal a que había llegado a lo largo de años en trato constante con las antigüedades. Por otra, pro- cedía de la independencia que ya hemos señalado frente a co- rrientes dominantes, que a él le parecían librescas y alejadas del trato con la realidad. Don Manuel, que apareció en Madrid por los primeros años del siglo con la aureola de un conocedor ex- traordinario del arte y las antigüedades de su tierra granadina, se mostró dispuesto a recorrer, una tras otra, algunas de las más abandonadas provincias de España, y comenzó, en el ambiente de trabajo y arrepentimiento que siguió al98, a buscar, una por una, en las iglesias, en los castillos, en las ruinas de 'las provincias de Á vi la, de Salamanca, de Zamora, de León, ·los secretos de nues- tra historia. N o perdonó capilla, ni archivo capitulaT, ni aldea in- comunicada, para trabajar en el proyectado Catálogo monumental de España.

Así llegó a la cátedra de arte islámico, que fue creada para él en la Universidad de Madrid. Fue un gran maestro, que ejerció una gran influencia, que empleó su prestigio para salvar monu- mentos y obras de ar.te, que con sus teorías sobre puntos decisi- vos ele nuestra historia alcanzó más pronto o más tarde una am- plia resonancia internacional. Pero, a la vez, era un fabuloso co- leccionista, para quien inscripciones, monedas, arquetas románi- cas y califales, ladrillos romanos y vasos griegos, falcatas ibéricas y hachas neolíticas, alabardas de la Edad de Bronce y vírgenes ro- mánicas, esculturas ele Alonso Cano o cristos renacentistas, cua- dros ele Goya y monedas ele oro de los reyes de taifas, academias de su padre¡ don Manuel Gómez-Moreno González y pizarras en

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cursiva latina, eran ante todo, piezas de colección, materiales sen- tidos vivos en su valor artístico y J1asta de rareza. ¿Qué tenía él, que llevaba publicando monografías sobre monumentos desde los diecisiete años de su edad, que ver con los procedimientos nor- males de citar libros, discutir opiniones, aportar en definitiva pe- queñas adiciones a lo sabido, ordenado y catalogado? .Él pertene- cía a una generación que quería reparar siglos de incuria. Como Menéndez Pida! en los romances y en tantos capítulos de nuestra tradición, así él buscaba en el arte los rincones más olvidados ele nuestro pasado. ¿Cómo había él de hacer referencias, precisar ·la página donde se dice tal cosa, o haeer una reseña bibliográfica?

Para él bs inscripciones romanas no eran números, sino las copias que él almacenaba después de sus viajes y visitas. Cuando él se refería a una inscripción de León o de Iliberri, 1o que él tenía presente era la .piedra misma, con sus letras originales. Su me- moria visual era asombrosa, y por eso no se adaptaba a la cos- tumbre de publicar una pequeña corrección o de comentar una nota a pie de página. Otro de sus discípulos, Enrique Lafuente Ferrari, ha presentado con extraordinaria vivacidad :~.4 el don Ma- nuel anticuario, coleccionista, comprador. Era la suya otra manera ele conocer y apreciar las anti~üedades, como objetos preciosos y decorativos, hermosos en sí mismos.

Mi trabajo en la órbita de don Manuel continuó en los años siguientes. Las inscripciones de Villastar eran realmente muy im- portantes, y volví sobre ellas, primero con un estudio sobre la más extensa 15, luego con dos visitas al lugar donde estuvieron las inscripciones, y una descripción de sus restos, cual se conser- van en el Museo Arqueológico de Barcelona o, para las inscrip- ciones perdidas, a base de 1as fotografías, dibujos y notas 'de Cabré, que conservaba don Manuel y que puso a mi disposición.

Este trabajo 16 apareció con notas y correcciones del propio Gó- mez-Moreno, que lo hacen más aceptable y completo.

14 Mi don Manuel Gómez-Moreno, Homenaje al maestro en sus no- venta años, Ruistn de Arch-ivos, Bibliotecas y Jl!Juseos, 88 (1960), pági- nas 289-319.

15 La inscripción grande rle Peñalba de Villastar y la lengua celti- bérica, Amp?trias, 17-18 (1955-56), págs. 159-168.

IG Las inscripciones celtibéricas de Peñalba ele Villastar, Emer-ita, 27

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Quedaba todavía por estudiar el mundo epigráfico andaluz, lo que Gómez-Moreno siempre había llamado "tar,tesio ", fiel a su iuea de aplicar este nombre a la cultura megalítica del sur de la Península.

En 1952 me atreví a intentar ordenar las inscripciones del Al- garve 17, ese difícil rincón del sudoeste de la Península. Apoyán- dome en Schulten, defendí que tal escritura era alfabética y no silábica, y de un tipo colonial distinto del ibérico. Convencido de mi idea, llegué a polemizar, un tanto ásperamente 18, con mi amigo

J.

Caro Baraja, que en los capítulos que había escrito para la Historia de Espaíia dirigida por Menéndez Pidal leía como si- lábicos muchos signos de aquella escritura. Pero lo peor fue que mi hipótesis sobre el carácter alfabético de las inscripciones del Algarve, siguiendo a Schulten, entró en dos trabajos míos, que escribí en 1956, y que salieron a la luz mucho más tarde 19

Cuando éstos aparecieron, ya don Manuel había terminado su trabajo sobre las inscripciones del sudoeste y había hecho, casi a los noventa años, viajes a Lisboa, había conseguido fotografías excelentes y permiso para estudiar estos tesoros, que los museos portugueses conservaban en algunos casos celosamente. Sus con- clusiones confirmaban el carácter silábico y no alfabético de la escritura del sudoeste, y en definitiva no llevaban a estudiar estas inscripciones como radicalmente distintas de las demás llamadas ibéricas.

(1959), púgs. ~50-365. Copiaré la nota que don Manuel puso al pie ele la primera página: "A instancias del autor he repasado el texto, completando la información documental y topográfica en cuanto me ha sido posible, haciendo algunas aclaraciones en breves notas marcadas con mis iniciales, agregando un suplemento sobre los letreros que se mantenían absolutamente inéditos, y añadiendo algunas fotografías viejas. Las láminas llevan mis transcripciones, ya corregidas y ampliadas; pero en lo doctrinal mi absten- ción ha sido absoluta."

17 Observaciones sobre escrituras tartesias, Archivo de Prehistoria Levantina, 3 (1952), págs. 257-262.

ts Zeph3wus, ó (1955), págs. 280-283.

1 9 Los dos capítulos Lenguas prerromanas no indoeuropeas: testimo- nios antiguos y Lenguas prerromanas indoeuropeas: testimonios antiguos en la Enciclopedia lin,r¡1iística hispánica, ,rol. I, págs. 5-26 y 101-126, Ma- drid, 1960, y el libro, en parte tracluciclo ele estos textos, The Ancient Lan- guages of Spain aud Po1·tugal, Nueva York, 19ÓI.

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Es posible que en el título de esta obra de don Manuel, La es- C1'itura bástulo-turdetana (primitiva hispánica) 20, quisiera él evi- tar la confusión con el concepto de "tartesio" en sentido estricto, al modo de Schulten, como yo lo había usado, por otra parte acep- tando el nombre que él, en su artículo La escritura ibérica, de 1943. Como, por otra parte, él estudiaba en esta monografía no sólo las inscripciones del sudoeste, sino también las del sudeste de la Península, antes dejadas de lacio por las irregularidades y desviaciones que muestra su escritura en comparación con las más regulaJO"eS ele Levante, Aragón y Cataluña, se justificaba así el doble nombre, que englobaba las tribus más importantes del sudeste y del sudoeste, y dejaba fuera el nombre, tan tentador como expuesto a interpretaciones, de Tartessos.

Sin intentar r.esolver todos los problemas, podríamos ahora seguir pensando que la Andalucía oriental muestra en varias de sus más claras inscripciones y en nombres personales y ele lugar evidentes caracteres lingüísticos ibéricos. Por otro lado, cabe muy bien la posibilidad de que un estrato "tartésico" ele tipo occiden- tal se extienda a través de ella hasta las tierras del ] úcar, en el que alguna tradición antigua pone el Hmite ele la Tartéssicle 121

Es en estas zonas del sur ele .la Península, cercanas al estrecho, más pronto y más íntimamente relacionadas con colonizadores del Mediterráneo oriental, donde tenemos que suponer los oríge- nes de la escritura ibérica 22

Recuerdo que una ele las últimas veces que vi a don Manuel aún en la plenitud de su voz y de sus facultades y energía, me reprendió con aquella franqueza que reservaba para sus discípu- los. Lamentaba que en mis trabajos, llamados a ser obras de con- sulta y a difundirse, quedara algo anticuado y falso, que podía confundir a los lectores. Le prometí pública rectificación, lo que

20 Publicada como libro (Madrid, 1962) y como artículo en la Revista.

de A1·chivos, Bibliotecas y Mttseos, 69, págs. 879-948.

21 A. Schulten, Ta.rtessos,

za

edición, I-Iamburgo, 1950, págs. 122 y sigs.

22 Véase en AEA, 42 (1969), págs. !04 y sigs., especialmente al final, págs. II6 y sigs., como un representante de las nuevas generaciones, Ja- vier de Hoz, plantea el problema en su artículo Acerca de la historia de la escritura prelatina en Hispania.

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MI MAESTRO DON MANUEL GÓMEZ MORENO 8r

hice al reseñar su publicación, tanto en España 23, como en una revista dirigida a lectores extranjeros 24

La teoría de Gómez-Moreno quedaba confirmada en lo fun- damental por el trabajo de

U.

Schmoll2\ que basado en lecturas logradas por ]. Untermann en un viaje dedicado al tema, se pu- blicó casi al mismo tiempo. Las discrepancias entre ambos libros se explican por la dificultad del material, el reducido número ele las inscripciones y su irregularidad. Con ello quedaba demostrado que la escritura del sudoeste no era un episodio extraño, quizá COlOnial, COmO YO había SUpUeStO 20, SinO Una forma, posiblemente

la más antigua, ele la escritura difundida luego como ibérica. Terminemos aquí esta visión, parcial desde luego, ele Gómez- Moreno. Fuí discípulo ele él sólo en algunos aspectos de su per- sonalidad, y no puedo juzgar tanto de su obra, tan extensa que si se piensa en los resultados ele su labor en el campo ele la ar- queología y la historia del arte, sus cien años ele vida resultan cortos.

1~1 sabía muy bien sus límites, y dónde pisaba seguro y dónde no. Le faltó siempre !a manera normal de presentar y discutir un tema. En cambio, defendía su originalidad y se expresaba gene- ralmente en síntesis muy apretadas, resultado ele años ele medita- ción y análisis. Sin negar ni por un momento su aguda y sorpren- dente visión, que se expresaba en sus ojos ele mirada penetrante, impresionantes hasta sus últimos días, cuando se abrían desde el fondo de un pozo ele incomunicación, en la seguridad ele don Ma- nuel sobre muchos problemas había el resultado ele largos estudios.

De ahí su empeño p<tra sostener sus ideas contra todas las autori- dades, así en el tema de !as pinturas de Levante, o en el de la ori- ginalid<td del bronce hispánico, o en la aportación española al arte musulmán, probada con su excursión a través del arco ele herra-

z.:J Lengua y escritura en el sur de España y en Portugal, Zephynts, 12 (r962), págs. r87-r96.

2 4 Kratylos, 8, págs. 70-76.

Dir siidlmitanisrhcn Insclwiften, \iViesbaclen, r96r.

2 G Hispania en la historia ele la escritura: para la delimitación epi- gráf,ca ele! concepto ele lo tartesio, Anales de Histcn·ia aHtigua y medieval, Universidad ele Buenos Aires, 1956, 7-14; y con aparición muy retrasada, Tartcssos en la historia y en la epigrafía, Actas del Se,r}1t!ldo Conr;reso F.spaiio/ dr F.s!udios Clásiros, Madrid, 1964, p:l_gs. 596-óor.

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BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

dura. Veía en la Hispania andaluza de las primeras edades de los metales como una especie de paraíso original, una antigüedad autóctona que fue brutalmente destruida por colonizadores medi- terráneos y por invasores indoeuropeos.

Siempre soñó con una España muy original. Recuerdo una vez, que en su despacho me hablaba de San Juan de Dios, un santo que tan vivo está en Granada todavía, como vemos en una pre- ciosa novela corta de Francisco Ayala, otro granadino. Le pre- ocupaba la mística figura, de la que reeditó una vieja crónica con 0casión de las fiestas del centenario hacia 1950. Pues don Manuel conservó la fe religiosa, procurando incluso explicar lo que podría entrar en conflicto con ella. A esa preocupación se deben algunas

· de las páginas científicamente más débiles, pero humanamente más

interesantes, de su Adam y la Prehistoria (1958), libro en el que· de nuevo ofrece una síntesis de la prehistoria de la Península, pero con la preocupación de que Adán no fuera el protohomínido que aparece en la evolución superando la bestia, sino el primer hamo sapiens que se levanta casi ayer sobre tantos milenios de barbarie con lentísimo progreso.

Como Menéndez Pida!, dio Gómez-Moreno una lección no sólo científica, sino moral. Su desinterés, su pulcritud, su genero- sidad, su dedicación a la arqueología española en todos sus as- pectos, contrastan con el estilo ruidoso de arqueólogos que im- provisan y mienten y acumulan sueldos y prebendas. Ahí queda su obra, toda tan sólida y segura, con el sello de su personalidad, descubridora ele tantas claves de la historia de España.

ANTONIO ToVAR.

Referencias

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