1 La cimarronada imantadora de Miguel Barnet
(Discurso de elogio con motivo de la investidura de Miguel Barnet como Doctor Honoris Causa en Letras de la Universidad de La Habana, 16 de febrero de 2022)
José Antonio Baujin (Universidad de La Habana)
El 22 de julio de 1966, en charla acostumbrada en su programa La cultura en Cuba y en el mundo para Radio Habana Cuba, Alejo Carpentier daba la noticia de que «un joven poeta cubano, Miguel Barnet, autor de un libro notable titulado La piedrafina y el pavorreal, apasionado por los estudios etnológicos y llevando sus labores a través de nuestro Instituto de Etnología y Folklore» tenía en prensas, pronto a salir, «un libro que me ha llamado poderosamente la atención por el interés de su contenido y la singularidad de su planteamiento». El afamado y sagaz novelista no pudo contener el deseo de hablar sobre Biografía de un cimarrón antes de su partida de nacimiento. Durante los 28 minutos de duración del programa, Carpentier dio cuenta de la génesis y pretensiones del texto, de su estructura y estilo, de la renovación que traía a la literatura cubana, e ilustraba sus valoraciones compartiendo con sus oyentes fragmentos de la rara pieza narrativa.
Y lo hacía en un programa que intentaba trasmitir al mundo, destruyendo murallas de bloqueo y desinformación, la verdad de Cuba, lo mejor de la obra de la cultura cubana y, en particular, de la cultura cubana en Revolución. Comenzaba así la andadura crítica sobre el texto antes de la propia arrancada de la obra.
No se equivocó Carpentier. Lectores, críticos y estudiosos han arropado Biografía de un cimarrón de entonces a hoy, hasta canonizarla como un hito de las letras cubanas y del universo iberoamericano. Decenas de traducciones y ediciones;
versiones del texto dentro de manifestaciones artísticas diversas, del teatro a la música, a la pintura, e intentonas audiovisuales han dado muestras de su poder imantador. Su impacto en la escritura tampoco se hizo esperar, acompañado por un resurgir de reflexiones teóricas sobre la novela-testimonio y sobre la cultura descolonizadora, poscolonial, decolonial, de las que el propio Barnet ha sido partícipe. El afamado escritor británico Graham Greene llegó a escribir: «No ha
2 habido un libro como este antes y es improbable que vuelva a existir otro como él».
Biografía de un cimarrón es novela balance, tanto como novela de fundación – comparte en esa dualidad valores de textos literarios parteaguas como el Quijote–.
Hay que leerla como rescritura de la narrativa antiesclavista del siglo XIX, de Francisco, de Anselmo Suárez Romero; «El ranchador», de Pedro José Morillas, y la Autobiografía de Francisco Manzano, a Diario del ranchador y Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. Ha de ser entendida a partir de sus diálogos con el afrocubanismo de la vanguardia de las décadas del veinte y del treinta del siglo pasado –Nicolás Guillén a la cabeza–. Ha de leerse en vínculo con Pedro Blanco el negrero de Novás Calvo, y con ¡Écue-Yamba-Ó!, «Los fugitivos», El reino de este mundo, El Camino de Santiago y El siglo de las luces, de Alejo Carpentier. Ha de ponerse en justo diálogo con la obra cimera de Fernando Ortiz; con El monte, de Lydia Cabrera; El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals; Los palenques de los negros cimarrones, de José Luciano Franco; El barracón y otros ensayos, de Juan Pérez de la Riva. Y ha de contrapuntearse con obras coetáneas y posteriores, algunas de las cuales evidencian su filiación cercana con su antecesora. Sobre la familia internacional de Biografía de un cimarrón se ha estudiado, cuando no especulado más: Theodore Kroeber, Oscar Lewis, William Thomas, Florian Znaniecki, Truman Capote… y sobre todo el Ricardo Pozas de Juan Pérez Jolote.
Pero en Biografía de un cimarrón late también un problema de prosapia antigua y que resuelve Barnet con maestría contemporánea: el de la autoría, o, para decirlo con mayor precisión, el de la ilusión de la autoría. ¿Barnet o Montejo hablan en primera persona?, ¿cuántos Barnet contiene el libro: el narrador, el de los paratextos, escritor y editor a la vez? El asunto viene del linaje de los cantos épicos de la Antigüedad y el cronista; es el dilema de Dante y Virgilio, de los Cervantes-Cide Hamete Benengeli-Quijote-Sancho.
En la novela-testimonio de la vida de Miguel Barnet, contada en ensayos y entrevistas, este narra el hallazgo fortuito de una foto de Esteban Montejo en un artículo intrascendente de periódico, con la información de que con casi 105 años vivía en el Hogar del Veterano y había sido cimarrón. El intranquilo joven aprendiz
3 de etnología y antropología partió a su feliz encuentro con la extrañeza del hallazgo de un cimarrón sobreviviente. Lo que no imaginaba era que estarían frente a frente, hasta fundirse en un libro, dos cimarrones, uno negro, esclavo de plantación del siglo XIX, cimarrón histórico, asilado en el monte, devenido cimarrón simbólico en la manigua como mambí, y en la república, como jornalero; y un cimarrón blanco, capitalino, del siglo XX, también fiel representante de una cultura cubana que se define mejor en su raigal cimarronaje, en su condición descentrada, contracultural, intersticial, rebelde frente a poderes imperiales y a sus discursos castradores, hipertrofiantes. El título de la novela puede aludir a un único cimarrón porque uno más uno en ella, al final, da singular. Dos voces convergentes; dos representantes genuinos de una gran cimarronada cultural, pero con distintos grados de conciencia autoral y planes de intervención en la arquitectura textual.
Novela gran fresco de época, pero disonante frente al relato tradicional de la novela, de la investigación antropológica, de la Historia. Memoria de una vida cotidiana que se colectiviza porque su latido sale de abajo, del sustrato popular como verdadero hacedor de la Historia, con su carga de ilusiones, de victorias y derrotas, su cosmovisión particular, mítica, para aprehender la realidad y transformarla.
A partir de entonces, en versos de poemas de Barnet, «Ahora solo aspiro a repartirme / en el tiempo que heredé de mis antepasados». De esa forma, lo que había sido una misión autoimpuesta desde los inicios de sus inquietudes intelectuales se refuerza. Recuperar el pasado para entender quiénes somos pero desde la intrahistoria, desde el otorgamiento de la voz a los sujetos comunes y situados en los márgenes según la estratificación social al uso, centra sus proyectos investigativos y escriturales, porque, como reza un haiku suyo, «Qué oscuridad / para el que solo se alumbra / de lo que ve».
Si el sujeto negro esclavo rebelde había protagonizado su primera novela- testimonio, le seguirá la vida de una corista del teatro en las primeras décadas de vodevil habanero y turbulencia política, y, con ella, la voz del sujeto femenino sexualizado, objetualizado, en Canción de Rachel (1969); el inmigrante pobre
4 insertado hasta su total aplatanamiento en Gallego (1983), y el emigrante que vive angustiosamente el desarraigo en el Norte revuelto y brutal, ajeno a la proyectada tierra de oportunidades en La vida real (1986). Estas obras han sido atendidas como el completamiento de una tetralogía que inicia Biografía de un cimarrón, pero su aliento se extiende al resto de una producción que alcanza otros hitos con Oficio de ángel (1989), relato autobiográfico, concebido como el testimonio literario de su época, y “Fátima o el Parque de la Fraternidad”, Premio Juan Rulfo de 2006, relato ficticio que simula lo testimonial y da continuidad al humor con que nuestra gente sobrevive a la angustia trágica, en este caso sobre las identidades travestidas.
Y es que la obra de Miguel Barnet está marcada por la coherencia de una poética potente que, como el agua de Heráclito, es una y múltiple. La poesía, quizás mejor que en el ensayo, género donde también alcanza altas cotas, lo resume mejor: «y máscaras remotas, enigmáticas, / se adhieren a mi rostro, / máscaras de tantos que dejaron sombras / indelebles, peregrinas en el tiempo / hurgo en el fondo de mí mismo / palabras sueltas, voladoras, / palabras de tanta estación, / de tanto azoro / que me den una respuesta, / una señal quizás, / cualquiera que sea su signo / para descifrar mi letra en el oráculo».
La obra de Miguel Barnet, como la de casi todo gran ideador en el sentido martiano, es la historia de un tema y sus variaciones. Desde la publicación de La piedra fina y el pavorreal, en 1963, hasta los textos más recientes; desde las transfiguraciones del etnólogo, del creador y orientador de políticas culturales, del poeta o del narrador, la praxis intelectual de uno de los autores del canon de la literatura cubana contemporánea exhibe impúdicamente las galas de una extraordinaria coherencia. Unidad feliz de pensamiento y acción que construye el camino propio y acierta en la configuración de una voz personalizada desde sus años iniciáticos en los andares literarios. Pocas veces encontramos una declaración de poética, de principio rector para la conducción intelectual, como en el desnudo poemático con que cierra Barnet sus palabras en el acto de recibimiento del Premio Nacional de Literatura 1994, volcado todo en el hablante lírico de «El poeta en la Isla».
5 Cuba preside las obsesiones temáticas de Barnet en sus interrogaciones sobre la condición y circunstancias de la existencia, sobre las causas y razones que modelan costumbres y tradiciones en nuestra cultura, sobre el continuum histórico que nos singulariza dentro del concierto caribeño y latinoamericano. Esas obsesiones resultan de la asimilación de preguntas esenciales sobre la Isla, y solo a él quedan las respuestas que debe buscar en «el fondo retador» de ella misma.
La ruta elegida destierra, por tanto, la estela trillada de las folclorizaciones y visiones estereotipadas que han proyectado una imagen deformada de los perfiles y substancias del ser cubano y conforman un semblante complaciente para con las exigencias de los discursos exotistas y colonialistas de la cultura legitimadora a nivel internacional. Barnet se inserta legítimamente dentro de la intelectualidad cubana que ha hecho resaltar la necesidad de un permanente trabajo por la descolonización de la conciencia insular y ha entregado sus energías a ello.
En su novedosa propuesta de explicar la idiosincrasia de su pueblo desde la antropología, la etnología, etc., Miguel Barnet ha sabido crear un lenguaje estético que le permite recuperar el trasfondo histórico del archipiélago antillano partiendo de materiales de trabajo que, como el sustrato religioso y la tradición folclórica, acaban configurando un complejo entramado de ritos y costumbres donde se expresan los recuerdos individuales de sus personajes y la memoria colectiva del pueblo cubano, construido desde soportes genéricos narrativos, líricos, ensayísticos, críticos, como guionista de audiovisuales… Consciente de sus procedimientos cimarrones, el propio Miguel Barnet ha calificado su trabajo como la obra de un memorialista que, tras haber fijado su atención en las figuras anónimas de la intrahistoria de su pueblo (es decir, en quienes han sido definidos por el mismo Barnet como «gentes sin historia»), elabora una serie de brillantes personajes ficticios plenos de autenticidad y verosimilitud, que encarnan –en muchas ocasiones, con más eficacia y representatividad que muchas de las grandes figuras históricas– la identidad nacional.
El etnólogo y antropólogo de formación ha sabido forjarse una línea de trabajo que ha cimentado su quehacer a lo largo de más de sesenta años. Su profundo conocimiento de la obra de Ortiz, de quien es uno de sus más preclaros
6 discípulos, de Lydia Cabrera, Lachatañeré, Argeliers León… y la necesidad de fortalecer tales estudios y darles continuidad lo condujeron a concebir la Fundación Fernando Ortiz, de la cual es presidente desde sus inicios (1995).
Desde esta institución crea en 1999 la revista de antropología Catauro, de la que es director, una publicación de referencia para los estudios cubanos históricos y de hoy.
Pero en su activo papel de gestor cultural, de intelectual comprometido con los destinos de su pueblo, hay que destacar su período como presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba entre 2008 y 2019, institución capital de la cultura cubana de la que fue fundador, y de la que hoy es Presidente de Honor. El Comité Central del Partido Comunista de Cuba y el Consejo de Estado de la República también conocen de la impronta barnetiana en el gran cimarronaje que también es la obra de conducción de la Revolución.
En la apretada síntesis a que obliga un discurso de elogio que dé sobrada cuenta de las razones de la Universidad de La Habana para llegar a este acto de investidura como Doctor Honoris Causa en Letras, no se puede dejar de mencionar que la institución que lo recibió joven para cursar una carrera en ciencias sociales se honró con la entrega a él del título de Máster en Historia Contemporánea (1996) y de Doctor en Ciencias Históricas (1997).
Miguel Barnet, el académico que ocupa la silla B de la Academia Cubana de la Lengua, acumula notables méritos en campos diversos como la antropología y la historia, la gestión cultural, la crítica literaria y artística, su permanente condición de embajador de la auténtica cultura cubana.
Querido Barnet, la casi tricentenaria Universidad de La Habana se identifica en la gran cimarronada de su obra, la anima el mismo principio rebelde vital, que fija la mirada en la reconquista plena del hombre por sí mismo y orienta a Cuba sus fuerzas no con las orejeras propias del aldeano sino con amplitud universalista. Su don poético, Barnet, encerró en pocos versos el esfuerzo de toda una comunidad académica por desentrañar ese misterio que nos acompaña que se llama Cuba, por honrarla como merece: «Ni caimán oscuro, / ni caña vertical, mitológica, / ni Ochún nadando en las aguas doradas del sueño, / ni Santa Bárbara ardiendo en la
7 noche del amor, / en la imborrable noche de los sexos, / ni la Giraldilla inmóvil / hacia el más remoto de los puntos cardinales / ni la Avenida del Puerto / empujando las aguas hacia no se sabe dónde. / Sino el fondo retador, / la cavidad arenosa de la Isla, / preguntando por mí, / buscando una respuesta mía».
Compartimos con usted y Esteban Montejo el anhelo de desafiar nuestra condición de mortales «para echar todas las batallas que vengan […] Con un machete nos basta».
Muchas gracias.