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Academic year: 2022

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Título: “El Sueño de Ari”

Subtítulo: “y la llave arcana”

Autor: Jano Carvalho

Registro de la propiedad intelectual 8 de agosto del 2019 Registrado en el libro 38 con el número 639

Según ley N° 9.739 Biblioteca Nacional Montevideo

República Oriental del Uruguay

Todos los derechos reservados 2019-2022©

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A mis padres

por el camino elegido y las decisiones que forjaron lo que hoy soy.

A mi compañero de viaje

por su infinita paciencia y perseverancia,

que hicieron posible el que llegáramos juntos hasta aquí.

Gracias.

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REENCUENTROS

Introducción

viernes 2 de marzo de 1979

La inquietante y frenética actividad de su mente, por momentos se volvía caótica y lo llevaba a perder toda referencia de cuál era el abajo y cual el arriba. A medida que el torbellino que lo envolvía giraba más y más rápido, sentía como si algo tirase de él hacia la cima del huracán, al tiempo que las negras paredes como densas cortinas de humo, tras congelarse primero, comenzaban luego a fracturarse. Ahora podía ver cómo unas grietas de luz iban apareciendo y dibujándose en ellas, hasta que de pronto, el torbellino dejó de girar y la rugiente actividad también comenzó a aplacarse. Cuando al fin pudo alcanzar la parte alta de la espiral envolvente, como quien asoma la cabeza por encima de la superficie del agua, inhalando profundo, Ari despertó.

Estaba despierto sí, pero sentía sus párpados tan pesados que, por más que lo intentaba, no conseguía abrir sus ojos. Cuando finalmente logró hacerlo, pudo percibir como la luz de un nuevo día comenzaba a filtrarse a través de los postigos de su ventana. Respiró aliviado. Allí estaban también los sonidos de la calle, tan conocidos, y supo que había vuelto a casa. Solo había sido una más de tantas noches en las que, con desvelos intermitentes, había tenido ese sueño recurrente y confuso que siempre lo dejaba con una sensación de angustia y ansiedad al despertar por la mañana.

Sus sueños siempre terminaban convirtiéndose en pesadillas. En ellos, al parecer, intentaba encontrar a alguien a quien debía comunicar algo importante. En otras ocasiones tanto él, como las demás figuras del sueño, cambiaban continuamente sus rostros y también variaban los escenarios en los que ocurría la historia, los cuales nunca lograba del todo reconocer. Sus malos ratos por la noche comenzaron al poco tiempo de volver de sus vacaciones, las cuales siempre tomaba a mediados del verano, al comenzar febrero, coincidiendo con el final

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de los exámenes en la Universidad. En esa ocasión había viajado a la casa de su madre para descansar y recuperar fuerzas y hacía apenas unos días que estaba de regreso en la ciudad. Muy pronto las clases que ya estaban próximas a comenzar y la librería en la que trabajaba, llenarían las horas de sus días sin dejar apenas tiempo para otras actividades. Pero todo ello estaba muy bien, porque él siempre había querido seguir estudios universitarios en la capital.

El chico era un apasionado por los libros, pasión que había heredado precisamente de su madre, que enseñaba literatura en el secundario de su pueblo natal, donde ella aún vivía. Asimismo, gustaba mucho de su trabajo en “Veritas”, como se llamaba la librería de la que estaba a cargo por las tardes cinco días a la semana y los sábados por la mañana. Ari adoraba aquel mundo poblado de libros llenos de historias por contar. En la Universidad hacía la licenciatura en historia, lo cual siempre sintió como su vocación. Sin duda, era todo un humanista, al que también interesaban disciplinas tales como la antropología y la arqueología. Habiendo cumplido en enero sus veintiún años, tenía el aspecto de un joven muy apuesto, delicado y muy alineado. De complexión era alto y delgado, de piel cobriza, con rasgados ojos color miel y negros cabellos que haciendo bucles le caían sobre la frente. Su personalidad, la de un chico más bien tímido y reservado, que siempre intentaba relativizar sus opiniones, aunque podía llegar a ser muy apasionado al momento de debatir sobre cualquier tema que le interesase realmente.

Llegó a Montevideo hace poco más de un año y esto significó un cambio muy importante en su vida ya que, hasta ese momento, nunca había abandonado su pueblo natal ni la casa de sus padres. No obstante, su pasión por la lectura hizo de él una persona instruida y eso en cierto modo lo preparó muy bien para cuando el momento llegó y tuvo que salir al mundo. Es por esto que, en la ciudad se adaptó rápidamente e incluso había logrado hacer algunos amigos a pesar de su timidez. Se alojaba en un hogar estudiantil muy bonito, en el barrio de Cordón, próximo a la Universidad. Allí tenía una habitación solo para él, gracias a una beca que le habían otorgado por su impecable

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desempeño, en el último año del secundario. La librería donde trabajaba también estaba ubicada a unas pocas calles de allí, así que podía llegar fácilmente a todos los lugares que le interesaban.

Ari se incorporó en la cama, se sentó en ella y se quedó así por un buen rato. Intentaba recordar detalles de aquel extraño sueño, pero lo poco que conseguía recordar era vago y confuso y en su mente no lograba esclarecer ningún significado en ello. Más tarde esa mañana, luego de asearse y desayunar, cargó su vieja mochila negra de cuero y salió con prisa rumbo a la Universidad. Aquel era el tan esperado día en el que finalmente se publicarían las listas y sabría en que días y horarios cursaría las distintas asignaturas de ese año.

El verano estaba terminando pues ya era el mes de marzo, pero en ese año de 1979, el calor había decidido quedarse un poco más y aquel era un día en el que estaba especialmente sofocante. Al subir los peldaños de acceso para ingresar a donde le aguardaban los frescos pasillos como una bendición, se detuvo a un lado un momento para dar paso a una multitud que acababa de salir de uno de los salones, envuelta en un murmullo de mil voces. Recordó haber visto en el atrio al entrar, una cartelera que avisaba de una conferencia que un prestigioso investigador daría allí esa mañana, pero como no prestó mucha atención, no llegó a enterarse realmente de que se trataba. Al pasar frente al salón del cual procedían todas aquellas personas, notó que la conferencia acababa de terminar y al asomarse brevemente, logro ver al invitado estrella. Se sorprendió de que éste fuera tan joven ya que, al tratarse de un investigador reconocido, supuso que se encontraría con alguien más entrado en años. El hombre aparentaba tener unos veinticinco años de edad, era de aspecto agradable y vestía todo de negro con una gabardina hasta por debajo de sus rodillas. En ese momento recogía unos escritos de la mesa y al levantar la mirada, de inmediato reparó en Ari, que lo observaba desde el umbral, parado a la puerta de aquel salón. Fue ahí, en ese preciso instante, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez. Ari sintió una sensación muy extraña al verlo y se quedó mirándolo sin poder apartar la vista. Sus ojos, verdes y brillantes, eran como dos esmeraldas que llenaban de

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luz su rostro y parecían refulgir con mayor intensidad, cuando su mirada penetrante se posaba en uno. Sin duda aquel era un hombre de una belleza extraña, con una rubia y rizada cabellera y al que la palidez lunar de su piel daba un aire por demás enigmático. Ari fue el primero de los dos en reaccionar y al darse cuenta de que se había quedado observándolo, muy nervioso, apartó la mirada para luego comenzar a alejarse de allí a toda prisa. El extraño, cerrando su portafolios, se dispuso a salir. Al llegar al lugar donde Ari había estado parado antes, se detuvo para quedarse observándolo, mientras lo veía alejarse por el corredor.

Ari se sentía invadido por una cierta ansiedad y no comprendía muy bien qué era lo que le estaba pasando. Poco después, llegó al lugar donde estaban las pizarras que exhibían la información de las clases que estarían comenzando la semana siguiente. Se detuvo y se quedó allí parado leyendo las listas, a la vez que intentaba aclararse. Se alegró al ver que su amiga Gloria estaría compartiendo aula con él y de que el grupo, por lo visto, ese año no iba a ser demasiado numeroso. De pronto pareció como si todas las voces se silenciaran de golpe, con la sola excepción de una, que sonando lejana y como un eco, pronunciaba un nombre: “Altaír”. Fue ahí, cuando al voltear pudo ver, como el hombre que había visto antes en aquel salón, se hallaba a unos pocos pasos de él observándolo con mucho interés. En ese momento, sin razón ni previo aviso, su corazón comenzó a palpitar con tanta prisa que lo estremeció al punto de sentir que se mareaba.

Cerró los ojos un instante, como tratando de aclarar la vista y cuando volvió a mirar hacia allí, vio que el hombre se alejaba. Poco después, el extraño, tras voltear una vez más a verlo, se encaminó hacia la salida.

Aun sintiéndose algo mareado, Ari se dirigió hacia un banco, que divisó no muy lejos en un rincón apartado y una vez ahí, se dejó caer en él. Tras unos minutos que le parecieron interminables, pudo al fin recuperarse de aquella sensación de ansiedad y volver a respirar con normalidad. No sabía muy bien qué era lo que le había pasado, pero comprendió que, de algún modo, tenía que ver con la presencia de aquel hombre en el pasillo. Había sentido algo que no podía describir,

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al verlo nuevamente. No obstante, era como si su corazón estuviese tratando de decirle algo. Luego de un rato y cuando ya comenzaba a sentirse mejor, se incorporó y él también se encaminó hacia la salida.

Mientras lo hacía, intentó convencerse a sí mismo de que su malestar pudo deberse al calor intenso que hacía aquella mañana, o a los nervios por el próximo comienzo de las clases. Decidió olvidar todo el asunto al concluir que, probablemente, todo ello no habría sido otra cosa más que el producto de su imaginación, la que sin duda le habría jugado una mala pasada. Al pasar por el atrio notó, que la cartelera que había visto al entrar ya había sido retirada, por lo que no pudo enterarse de quién era aquel hombre, ni de qué había tratado la conferencia que diera allí esa mañana. Sin darle más importancia, cuando ya había salido a la calle, decidió que pasaría a visitar a Gloria.

Ella seguramente estaría a esa hora en la cafetería donde trabajaba y que estaba ubicada allí mismo, frente a la Universidad, cruzando la avenida.

La cafetería se llamaba “El Universitario” y era un negocio familiar del cual Nora, la madre de Gloria, se había hecho cargo luego de la prematura muerte de su marido. Al entrar, de inmediato diviso a Nora, quien en ese momento servía un café a un hombre sentado al mostrador. Luego vio que, junto a una mesa en el fondo que daba a la calle lateral, estaba Gloria recogiendo la orden a dos chicas que habían depositado una pila de libros sobre la mesa. Al poco tiempo de llegar a la ciudad ella se convirtió en su confidente y amiga.

También estudiaba en la Universidad, pero se habían conocido allí, en el café, hacía ya más de un año. Gloria era una chica de carácter jovial y alegre y el tipo de persona que siempre encontraba algo positivo que rescatar en cada situación. Tenía una larga cabellera rubia que siempre llevaba recogida detrás de la nuca y eso, sumado a su complexión más bien robusta, la hacía lucir mayor. Ayudaba a su madre en la cafetería y ambas vivían en la casa que estaba justo encima de ese local. Al verlo llegar, ella lo saludó con la mano desde donde se encontraba. Solo se habían visto una vez desde que Ari volvió a la ciudad al regresar de sus vacaciones, pero hacía ya más de una semana que no tenía novedades de él. No obstante, sabía que ese día acudiría

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por la publicación de las listas. Luego de tomar la orden a las dos chicas que estaban en aquella mesa, Gloria comenzó a caminar hacia él con una enorme sonrisa dibujada en el rostro y cuando aún le faltaban unos pocos pasos para llegar a donde se encontraba, exclamó a viva voz diciendo…

— ¡Vaya!, mira a quien ha traído por aquí el calor sofocante—y al tiempo que le daba un fuerte abrazo agregó— ¿Cómo estás flacucho?

¡Qué alegría verte! Apenas si recuerdo cuando fue la última vez que nos vimos.

— ¡Sí! En efecto creo que ha pasado algún tiempo amiga—replicó Ari—Yo también me alegro mucho de verte.

—Pues, ¡adelante! ¡Siéntate! Ponte cómodo—dijo Gloria, invitándolo a sentarse en aquella mesa. Luego ella también lo hizo y preguntó—

Dime, ¿ya te enteraste?

— ¿Te refieres a lo de las listas? —inquirió Ari en forma retórica, para de inmediato agregar—¡Sí!, por lo visto compartiremos algunas asignaturas este año.

— ¿No te parece genial? —preguntó Gloria denotando gran entusiasmo. Luego, al reparar en que Ari se veía muy pálido y estaba sudando, lo cual no era para nada normal en él, mientras ponía una mano en su frente le preguntó— ¿Te sientes bien? Te ves un poco pálido.

— ¿Lo estoy? —preguntó Ari a su vez mientras sonreía nervioso.

Luego, como intentando justificarse agregó—Es que hace tanto calor allá afuera en la calle y hay tanta gente. Supongo que solo necesito sentarme un rato y refrescarme.

— ¡Sí!, es verdad, está particularmente caluroso hoy—coincidió Gloria—No es normal a esta altura del año. Y ésta humedad me parece que podría estar anunciando algún chubasco más tarde. ¡Pero

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tranquilo! —dijo luego apoyando una mano en su hombro—Tú quédate aquí, relájate, que yo voy a atender a esas dos y después te traeré una limonada bien fría que te dejará como nuevo. No tardo.

—Y mientras ella se incorporaba él dijo— ¡Muy bien! Te lo agradezco.

Aquí estaré.

Ari se había sentado en la que era su mesa preferida, junto a la ventana ubicada donde la calle lateral y la avenida hacían esquina. Desde allí podía divisar la Universidad, de la que muchos estudiantes entraban y salían en procesión, como así también la fachada de la biblioteca nacional, con la estatua de Miguel De Cervantes al frente. En esto estaba cuando vio salir de la biblioteca, acompañado por otros dos, al misterioso hombre de la gabardina negra. En efecto era el mismo que había visto un rato antes en la Universidad esa mañana. Los tres hombres cruzaron la avenida para subirse a un auto que estaba parado justo frente a la ventana donde él se había sentado. El extraño, al percatarse de ello, se detuvo por un instante a verlo. Fue en ese momento cuando Gloria, regresando con la limonada, se sentó a la mesa llamando su atención y al Ari voltear nuevamente hacia la calle, vio que el hombre ya no estaba y el auto había emprendido la marcha y se alejaba. Fue ahí también cuando ella, al tiempo que le servía limonada dijo...

—Aquí tienes amigo, esto te refrescará. Yo también beberé un poco—pero no tardó mucho en darse cuenta de que Ari no estaba escuchándola.

—Él parecía estar como ausente, mientras volvía a mirar por la ventana hacia la calle, hasta que en un determinado momento murmuró— Qué raro.

—Gloria, que no había entendido a que se refería preguntó — ¿Qué?

¿Qué es lo raro?

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—Y fue recién ahí cuando él volvió a reparar en ella y dijo— No es nada ¡Olvídalo!

—Hoy estás un poco misterioso ¿Sabes? —dijo Gloria mientras lo veía como escudriñándolo.

— ¿A qué te refieres? ¿Por qué lo dices? —preguntó Ari.

—No sabría decirte exactamente por qué, pero mi madre diría, con una vibra o energía extraña—se apuró a contestar Gloria—No sé si sabes que ella es medio bruja—dijo luego por lo bajo, inclinándose hacia él mientras se tapaba la boca como secreteando, al tiempo que volteaba a ver hacia donde estaba su madre.

—Ari inhaló profundo y tras soltar el aire repuso—¡Bueno!, ya que lo has notado, es verdad. Me he sentido un poco raro hoy. Siento como si—e hizo una pausa, meditativo, mientras volvía a mirar por la ventana hacia la calle.

—Gloria se quedó expectante unos segundos y luego, instándolo a terminar aquella frase inquirió — ¿Cómo sí…?

—Como si aún estuviera soñando—continuó diciendo Ari— ¡No sé bien cómo explicarlo! Es como si lo que veo ahí fuera, por momentos, no fuese real. Es una sensación muy extraña—Y al ver que Gloria se quedaba viéndolo con una expresión de extrañeza dibujada en el rostro, suspirando profundo agregó— ¡Ah!, no importa. No me hagas caso. En realidad, ni siquiera sé de qué estoy hablando—pero podía notarse, por el tono de su voz, que sentía en ese momento una cierta frustración.

— ¿Estas durmiendo bien, o sigues desvelándote? —preguntó ella—

Pareces cansado. La última vez que nos vimos aquí, me dijiste que no estabas pudiendo dormir bien y que tenías pesadillas.

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—Bueno sí, aún las tengo—respondió—Sueño cosas muy raras. A veces me despierto sudando y agitado, con la extraña sensación de que hay alguien ahí fuera, en algún lado, que necesita con desesperación mi ayuda. Aunque también podría ser todo lo contrario y tratarse de alguien que intenta ayudarme a mí ¡No lo sé! No obstante, creo estar logrando descansar a pesar de todo ello. Pero, ¡tranquila!

—dijo luego al ver que estaba alarmando a su amiga—Seguro que es una etapa o algo así y tarde o temprano lograré superarlo.

— ¡Anda! Bebe tu limonada—dijo ella al cabo de unos segundos al notar que, por la expresión de su rostro, ciertamente algo parecía perturbar a su amigo. Luego de unos breves instantes en los que ambos se habían quedado en silencio pensando, cambiando de tema en un intento de hacer que Ari se relajara, Gloria agregó...

—Así que este año seremos colegas en historia ¿Quién sabe? Quizás al compartir aula contigo, hasta se me contagie lo aplicado ¿Tú qué crees? —preguntó con tono sarcástico y poniendo cara de no creer que eso fuese posible en absoluto.

— ¡Todo es posible! —respondió Ari sonriendo, con tono sarcástico de igual modo.

—Y luego rieron juntos al tiempo que levantaban sus vasos para brindar mientras Gloria decía— ¡Por nosotros, salud!

—Casi de inmediato y en actitud de haber recordado algo, muy entusiasmada agregó— ¡Oye! Por qué no te vienes por aquí como a eso de las ocho esta noche. Viene Eliot y vamos a comer unas pizzas y seguramente tomaremos alguna cerveza. Estaría bien reunirnos para platicar y pasar un rato juntos ¿No te parece? ¿Qué dices, te nos unes?

—¡Sí!, de acuerdo. Creo que me vendría bien, ya que hoy he estado un poco tenso y, además, ya ha pasado algún tiempo desde que nos juntamos por última vez a conversar aquí en el café—respondió

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Ari—La verdad es que lo extraño un poco. Luego de cerrar “Veritas”

me paso por aquí un rato. Gracias por invitarme amiga.

— ¡No hay de qué! —dijo Gloria palmeando su brazo y mientras se incorporaba agregó—El deber me llama, debo volver al trabajo. Tú siéntete como en tu casa, ya sabes que puedes quedarte por aquí el rato que quieras.

Pero Ari no se quedó mucho tiempo más. Luego de despedirse de Gloria y su madre se encaminó hacia la librería que quedaba a unas pocas calles de allí puesto que ya tan solo faltaba una media hora para que comenzara su turno. “Veritas” era una librería centenaria en la ciudad que siempre fue atendida por su propietario, Fausto, y por su padre antes de él, a lo largo de toda una vida. Cuando Fausto optó por retirarse, decidió emplear a chicos estudiantes para que la atendieran. Le había tomado mucho cariño a Ari, a quien consideraba como un hijo y su igual, en lo referente a la pasión que ambos sentían por los libros. También era amigo de su madre, Helena, a quien había conocido cuando ella estudiaba en la cuidad su profesorado de literatura. Ari solía visitarlo en su casa, donde el anciano pasaba la mayor parte del día reposando en la cama, ya que aún estaba convaleciente de una intervención quirúrgica sufrida un par de meses atrás. Su amigo era un autodidacta en temas tales como historia y filosofía y Ari adoraba las largas tertulias y apasionados debates que juntos solían compartir.

Al llegar a la librería Miguel que, hacia el turno de la mañana, ya estaba empacando sus libros pues aún debía almorzar para luego correr a clases. Las suyas habían comenzado una semana antes que las de Ari.

El chico era un apasionado de las matemáticas y cursaba su tercer período en economía. Cada uno tenía gustos muy diferentes y no eran muy compatibles. Debido a ello, a pesar de conocerse hacia ya más de un año, nunca habían desarrollado una verdadera relación de amigos. Miguel era aficionado a los deportes, especialmente al football, y esto era algo que a Ari para nada interesaba. También era muy mujeriego y vivía enredos amorosos con una chica nueva cada

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mes. Pero cuando intentaba presumir de ello con Ari, éste siempre se mostraba por demás reservado y evasivo, demostrando así tener ningún interés. Al llegar, Ari lo saludó desde la puerta e ingresando al local pasó para atrás del mostrador y se paró junto a él diciendo...

— ¡Hola Miguel! ¿Cómo está la cosa hoy?

— ¡Muy tranquilo! —contestó Miguel—Como dice el dicho: “Mucho ruido y pocas nueces”—y mientras se daba aún más prisa en recoger sus cosas, cuando ya se aprestaba a salir agregó— Me voy volando que aún no he almorzado y llego tarde a clases. En la caja te he dejado la liquidación de lo vendido hoy. Si hay algún error me dejas una nota como siempre ¿De acuerdo? Que tengas un buen día Ari, hasta mañana.

— ¡Sí, gracias! Tú también ¡Hasta mañana! —replicó, apenas balbuceando y con cierto dejo de ironía, al ver que Miguel ya había salido y cerrado la puerta tras de sí.

La llama eterna de la verdad

Una vez que estuvo soloAri se agachó para dejar su mochila y…

Referencias

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