Todos estaban asombrados de su ense anza Domingo IV del Tiempo Ordinario

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Todos estaban asombrados de su ense anza

Domingo IV del Tiempo Ordinario

“Quisiera detenerme hoy a contemplar con ustedes esa relación tan especial de Jesús con la multitud. La gente lo sigue y lo escucha porque siente que habla de manera distinta, con la autoridad que da el ser auténtico y coherente, el no tener dobles mensajes ni dobles intenciones. Hay alegría y regocijo cuando escuchan al Maestro. La gente bendice a Dios cuando Jesús habla porque su discurso los incluye a todos, los personaliza y los hace pueblo de Dios”.

(El verdadero poder es el servicio, Jorge Mario Bergoglio, Editorial Claretiana, 2da. ed. 2013).

Dt 18, 15-20 | Sal 94, 1-2.6-9 | 1Cor 7, 32-35 Mc 1, 21-28

Jesús entró en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios. Pero Jesús lo increpó, diciendo: Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros:

¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen! Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

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Jesús comienza su misión. Sus palabras, sus modos y sus gestos no resultan indiferentes. Los más sencillos descubren un mensaje que es para ellos. Este fragmento está, originalmente, dirigido a catequistas. Pero su actualidad y su esencia interpelan a todo aquel que, de algún modo, le toca acompañar a otro, siendo testigos del Amor.

¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad!

“Entrega silenciosa y comprometida en el ministerio de la catequesis”

“Ministerio que tiene a tantos niños, jóvenes y adultos como destinatarios, y es una de las formas en que la Iglesia hace hoy realidad el mandato del Señor: Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación... (Mc 16,15).

Ministerio de la Palabra que tendrá mucho de anuncio, de enseñanza, de educación en la fe, de discipulado, de iniciación cristiana.

Ministerio de la Iglesia servidora que desea hacer presente y cercano al Único Maestro, que tiene palabras de Vida eterna (Jn 6, 66).

Ministerio que nos necesita orantes (Lc 22,46), gustosos de estar con Él (Mc 3,14). Para que, desde la experiencia siempre renovadora y liberadora del encuentro con el Mesías, puedan ser más testigos que maestros. Porque el anuncio se simplifica y adquiere fuerza de Buena Noticia cuando en el centro de la catequesis y de toda la vida de la Iglesia hay una persona y un acontecimiento: Cristo, su Pascua, su Amor...

Solo así podrá tener autoridad el ministerio, brindando en estos tiempos de tanta disgregación el servicio invalorable de hacer presente y cercano al Maestro Bueno que enseña con autoridad. Claro que no con una autoridad como muchas veces la concibe el mundo, más cercana a la elocuencia, al poder o a los títulos ilustrados; sino con aquella autoridad que producía el asombro y la admiración de los hombres sencillos, contemporáneos de Jesús. Autoridad y sabiduría que nada tienen de esa ilustración que engorda y ensimisma, sino del sentido que etimológicamente nos refiere el vocablo autoridad ‘el que nutre y hace crecer’ (Autoritas, de augere). Estás llamado, como catequista, a acompañar, conducir a las aguas tranquilas para que el encuentro se haga fuente, fiesta, abrigo”.

(El verdadero poder es el servicio, Jorge Mario Bergoglio, Editorial Claretiana, 2da. ed. 2013).

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Para disponer el corazón, compartimos un breve fragmento de santa Teresa de Calcuta, mujer de quien podemos decir que verdaderamente supo conducir a las aguas tranquilas a todos aquellos de quienes se hizo cargo.

“Jesús pasó cuarenta días en silencio antes de comenzar su vida pública. Con frecuencia se retiraba en soledad y pasaba la noche en la montaña en silencio y oración. Él, que hablaba con autoridad, pasó la primera parte de su vida en silencio. Necesitamos estar a solas con Dios en silencio para ser renovados y transformados. El silencio nos da una nueva perspectiva de la vida. En él somos colmados de la energía del mismo Dios para poder hacer todas las cosas con alegría.

El fruto del silencio es la oración.

El fruto de la oración es la fe.

El fruto de la fe es el amor.

El fruto del amor es el servicio.

El fruto del servicio es la paz.

Construyamos entre todos una atmósfera de paz y quietud que facilite la oración, el trabajo, el estudio y el descanso”.

(Los cinco minutos de la Madre Teresa, Madre Teresa de Calcuta, Editorial Claretiana, 2000).

“La gente lo sigue y lo escucha porque siente que habla de manera distinta, con la autoridad que da el ser auténtico y coherente”. Parece una obviedad decir que para ser testigos hay que creer, para transmitir una enseñanza hay que vivir lo que se enseña… Sin embargo, al hilar fino, muchas veces dejamos de cultivar esta verdad patente, la dejamos estar. Este fragmento, dirigido a educadores, es un buen reflejo de esto y nos invita a todos, desde cada vocación, a revisar cómo lo estamos viviendo.

“Es para el ‘profesor humano’ que escribo este capítulo: el profesor esencia, el ser humano que sueña, se emociona, busca sus valores, siente miedo, es inseguro, se alegra.

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En mi camino me encontré con muchos educadores que se olvidaron de sí mismos. Abandonaron sus vidas, dejaron de amar y de ser amados y pasaron a vivir la vida como si estuvieran anestesiados: no reaccionan a estímulos; tampoco consiguieron provocar estímulos en alguna persona. Es necesario que esas personas rescaten su humanidad dentro de sí. Profesores humanos tocan almas. Profesores humanos aprenden la diferencia entre dar una clase y enseñar con el corazón. Profesores humanos tienen coraje de cambiar lo que no va y llevan consigo a otros profesores, porque los saben entusiasmar.

Profesores humanos, sepan su valor delante de la vida. Profesores humanos, no pueden nunca olvidar que su alma, un alma incompleta, no consigue completar otras. Sin flores, un jardín es incapaz de alegrar la vista. Sin sueños, ¿cómo decirle a alguien que tiene que soñar? Los profesores necesitan ser humanos porque están formando humanos. Tener capacidad de cargar amor y sueños tal vez sea el gran secreto de los profesores humanos. Esos profesores saben que un corazón que lleva amor estará siempre más cerca de lo divino”.

(Pedagogía del compromiso: responsabilidad en la misión del educador, William Sanches, Editorial Claretiana, 2014).

SEMILLERO

Este breve fragmento permite conocer quién era esa multitud que seguía a Jesús, los destinatarios y receptores de su mensaje: quiénes fueron formando su comunidad. Pertenece a una obra sumamente valiosa, que invita a profundizar y reflexionar sobre la espiritualidad comunitaria.

“Pero en ese mismo contexto, y sin una estructura institucional ni una cara social explícita, fue brotando una espiritualidad desde abajo, desde los más sencillos y pobres, llamados los anawin, los ‘débiles’, los que nada pueden. Esta espiritualidad, fundada más en la confianza en Dios y en sus promesas que en la mayor o menor genialidad que los grupos podían usar para gestar algo nuevo, dio paso a una manera de vivir la fe en los suburbios que no renegaba de la ritualidad ni del esfuerzo humano, pero ponía el centro de la confianza en Dios mismo y su accionar en la historia, volviendo a la experiencia original del pueblo en el éxodo, más de mil años antes.

Allí radicaba la sutil y a la vez enorme diferencia que vivían los anawin o ‘pobres de Yahveh’ −decimos ‘vivían’

pues ni siquiera la tematizaban− con los grupos selectos, tanto de los esenios como de los fariseos y sacerdotes: estos últimos apoyaban su fe y por tanto su espiritualidad, en una enorme lista de preceptos morales y prácticas rituales, creyendo así, poder gestar una benevolencia en Dios que los librara de las distintas opresiones, especialmente la romana. Es decir, mientras que los ‘puros esenios’ se bañaban y copiaban las

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levitas y sacerdotes sacrificaban animalitos con un estricto calendario litúrgico, todos buscando el beneplácito divino… los pobres y sencillos esperaban con confianza orante y silenciosa la intervención gratuita y liberadora del Dios de sus Padres, como lo había hecho en Egipto y siglos después en el exilio de Babilonia. Los primeros buscaban ‘torcer la voluntad de Dios a su favor’, los últimos ‘confiaban en la voluntad de Dios que siempre había estado a su favor’. En este contexto nació Jesús de Nazaret, por supuesto, en una familia del grupo de los

‘pobres de Yahveh’, como muy bien testimonian los llamados ‘evangelios de la infancia’, tanto de Lucas como de Mateo. Es obvio que su contexto social, económico y religioso influyó en su cosmovisión existencial y espiritual sirviéndole de base y de ambiente para aquel crecimiento. Hoy, creemos, es muy importante retomar la figura histórica de Jesús, al menos hasta donde nos es posible, justamente para ‘respirar con Él esa atmósfera’ espiritual que Él ‘asimiló’, para poder comprender en profundidad su desarrollo posterior y su gran revelación de Dios Padre/Madre salvador amoroso y gratuito de toda la humanidad.

El eje central de la predicación de Jesús se puede rastrear de diversos modos a través de los evangelios y de los otros escritos neotestamentarios.

También es conveniente ampliar la comprensión de ese mensaje con los textos de los Padres de la Iglesia y alguna buena historia de la Iglesia de los primeros siglos. Pero analizando la insistencia central de los evangelios sinópticos −Mateo, Marcos y Lucas−, incluso haciendo un sencillo conteo de palabras, salta a la vista que el eje de su predicación no es otro que el ‘Reino de Dios’ −o ‘reino de los cielos’ como lo llama Mateo evitando la referencia al ‘nombre de Dios’ puesto en los labios de Jesús en el contexto de la comunidad judeocristiana primitiva−. Este ‘reino’ es una referencia no estática, sino orientada directamente a la acción de Dios en la historia −su ‘reinado’− centrado en un proyecto salvífico y amoroso, que parte necesariamente de los más pobres, pequeños, sufrientes y excluidos, y se abre universalmente a toda la humanidad y a toda la historia humana, hasta alcanzar ribetes cósmicos”.

(Desafiados por el Reino a vivir una espiritualidad comunitaria, Xavier De Aguirre, Editorial Claretiana, 2012).

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