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Pedro Sáez Fernández - LOS HITITAS

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HISTORIA

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HISTORIA

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rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di­ versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au­ tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.

O R I E N T E

1. A. Caballos-J. M. Serrano,

Sumer y A kkad.

2. J. Urruela, Egipto: Epoca Ti-

nita e Im perio Antiguo.

3. C. G. Wagner, Babilonia. 4. J . Urruelaj Egipto durante el

Im perio Medio.

5. P. Sáez, Los hititas.

6. F. Presedo, Egipto durante el

Im perio Nuevo.

7. J. Alvar, Los Pueblos d el Mar

y otros movimientos de pueblos a fin es d el I I milenio.

8. C. G. Wagner, Asiría y su

imperio.

9. C. G. Wagner, Los fenicios. 10. J. M. Blázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe­

ríodo Interm edio y Epoca Sai-ta.

12. F. Presedo, J . M. Serrano, La

religión egipcia.

13. J. Alvar, Los persas. G R E C I A

14. J. C. Bermejo, El mundo del

Egeo en el I I milenio.

15. A. Lozano, L a E dad Oscura. 16. J . C. Bermejo, El mito griego

y sus interpretaciones.

17. A. Lozano, L a colonización

griega.

18. J. J . Sayas, Las ciudades de J o -

nia y el Peloponeso en el perío­ do arcaico.

19. R. López Melero, El estado es­

partano hasta la época clásica.

20. R. López Melero, L a fo rm a ­

ción de la dem ocracia atenien­ se , I. El estado aristocrático.

21. R. López Melero, L a fo rm a ­

ción de la democracia atenien­ se, II. D e Solón a Clístenes.

22. D. Plácido, Cultura y religión

en la Grecia arcaica.

23. M. Picazo, Griegos y persas en

el Egeo.

24. D. Plácido, L a Pente conte da.

25. J. Fernández Nieto, L a guerra

del Peloponeso.

26. J. Fernández Nieto, Grecia en

la prim era m itad del s. IV.

27. D. Plácido, L a civilización

griega en la época clásica.

28. J. Fernández Nieto, V. Alon­ so, Las condidones de las polis

en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.

29. J . Fernández Nieto, El mun­

do griego y Filipo de Mace­ donia.

30. M. A. Rabanal, A lejandro

Magno y sus sucesores.

31. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. I : El Egipto de los Lágidas.

32. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. I I : Los Seleúcidas.

33. A. Lozano, Asia Menor h e­

lenística.

34. M. A. Rabanal, Las m onar­

quías helenísticas. I I I : Grecia y

Macedonia.

35. A. Piñero, L a civilizadón h e­

lenística. R O M A 36. J. Martínez-Pinna, El pueblo etrusco. 37. J. Martínez-Pinna, L a Roma primitiva. 38. S. Montero, J. Martínez-Pin­ na, E l dualismo patricio-ple­

beyo.

39. S. Montero, J . Martínez-Pin-na, L a conquista de Italia y la

igualdad de los órdenes.

40. G. Fatás, El período de las pri­

meras guerras púnicas.

41. F. Marco, L a expansión de

Rom a p or el Mediterráneo. De fines de la segunda guerra Pú­

nica a los Gracos.

42. J . F. Rodríguez Neila, Los

Gracos y el com ienzo de las guerras aviles.

43. M.a L. Sánchez León, Revuel­

tas de esclavos en la crisis de la República.

44. C. González Román, La R e­

pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.

45. J. M. Roldán, Institudones p o ­

líticas de la República romana.

46. S. Montero, L a religión rom a­

na antigua.

47. J . Mangas, Augusto. 48. J . Mangas, F. J. Lomas, Los

Julio-C laudios y la crisis del 68.

49. F. J . Lomas, Los Flavios. 50. G. Chic, L a dinastía de los

Antoninos.

51. U. Espinosa, Los Severos. 52. J . Fernández Ubiña, El Im pe­

rio Rom ano bajo la anarquía militar.

53. J . Muñiz Coello, Las finanzas

públicas del estado romano du­ rante el Alto Imperio.

54. J . M. Blázquez, Agricultura y

m inería rom anas durante el Alto Imperio.

55. J . M. Blázquez, Artesanado y

comercio durante el Alto Im ­ perio.

56. J. Mangas-R. Cid, El paganis­

mo durante el Alto Im peño.

57. J. M. Santero, F. Gaseó, El

cristianismo primitivo.

58. G. Bravo, Diocleciano y las re­

form as administrativas del Im ­ perio.

59. F. Bajo, Constantino y sus su­

cesores. L a conversión d el Im ­ perio.

60. R . Sanz, El paganismo tardío

y Juliano el Apóstata.

61. R. Teja, L a época de los Va­

lentiniano s y de Teodosio.

62. D. Pérez Sánchez, Evoludón

del Im perio Rom ano de Orien­ te hasta Justiniano.

63. G. Bravo, El colonato bajoim -

perial.

64. G. Bravo, Revueltas internas y

penetraciones bárbaras en el Imperio.

65. A. Giménez de Garnica, L a

desintegración del Im perio Ro­ mano de O cddente.

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HISTORIA

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GVO

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Julio Mangas M anjarrés

(Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)

Diseño y maqueta:

Pedro Arjona

«No está permitida la

reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»

© E d ic io n e s A kal, S. A., 1 9 8 8

Los B e rro ca le s del Jaram a Apdo. 4 0 0 - T orrejón de Ardoz M adrid - España Tels.: 6 5 6 56 11 - 6 5 6 49 11 D e p ó sito legal: M. 3 9 .0 7 8 -1 9 8 8 ISBN: 8 4 -7 6 0 0 -2 7 4 -2 (O bra c o m p le ta ) ISBN: 8 4 -7 6 0 0 -3 3 5 -8 (Tom o V) Im preso en G REFO L, S. A. Pol. II - La F ue n sa n ta M ósto le s (M adrid) Pinted in Spain

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LOS H ITITAS

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Indice

Págs.

Intro d u cció n ... 7

1. El m edio geográfico ... 7

2. El descubrim iento del m undo hitita ... 9

3. Los com ienzos de la historia hitita ... 14

3.1. Los asirios en C apadocia ... 18

I. El Antiguo Reino y el Imperio ... 19

1. El A ntiguo R eino ... 19

2. El I m p e r io ... 23

2.1. S upilulium a ... 23

2.2. M ursil I I ... 27

2.3. M uw atalli ... 27

2.4. U rhi-Teshub, H attussil III, Tudhaliya IV ... 28

2.5. Los reinos neohititas ... 33

0 . El estado ... 34 1. La r e a le z a ... 34 2. El gobierno ... 38 3. La sociedad ... 39 III. La economía ... 43 1. A gricultura ... 43 2. G an ad ería ... 44 3. M inería y m etalurgia ... 44 4. Com ercio ... 46 IV. El derecho ... 47 1. El «Código de Ley» ... 47 2. La f a m ilia ... 48

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3. Las personas ... 50 4. La p ro piedad ... 52 V. Religión y cultura ... 55 1. La religión ... 55 1.1. El p anteón hitita ... 55 1.2. El culto ... 57 2. Las a r te s ... 58 B ibliografía... 63

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Introducción

1. El medio geográfico

Asia M en o r está lim itad a p o r m a r p o r tres de sus lados form ando la p e­ nínsula de A natolia. Es u n país de g ra n d es co n tra ste s cuyas u n id a d e s principales de relieve están form adas p o r la m eseta central, que form a una especie de cuenca endorreica en al­ gunas partes y cuya altura m edia se sitúa en unos 1.000 m etros, au n q u e descendiente de sur a norte y de este a oeste. Esta m eseta está rodeada de al­ tas m on tañas, una de las cuales, la c a ­ dena sep tentrional, tom a diferentes direcciones parciales au n q u e en ge­ neral m an tiene u n a dirección m ás o m enos constante oeste-este. N o se tra ­ ta de una cadena excesivamente abrup­ ta ni inco m unicada, cortada p or los ríos A dranos T shay (R hindacos), Sa- karya, Ala D agh y K ush D agh, alca n ­ zando el Kizil Irm ak o H alys de los textos hititas. A la altu ra de este río el lím ite con la m eseta está bastante m e­ nos definido que en otros lugares, con algunas cadenas m o ntañosas disco n­ tinuas tanto en la costa com o en el in ­ terior. Q uizás p or ello las fronteras políticas c a m b ia ro n b a sta n te en la antigüedad debido a roces con gasga y con H azzi (H ayassa). A p a rtir de es­ ta zona, p o r la costa, las colinas lle­ g an h a s ta la c u e n c a del E u frates, au nque las m o n tañ as interiores c o n ­

cluyen en la alta cim a del Akdagh (2.623 m.).

E n la zona este nos encontram os el m acizo de A rm enia que ju n to con el Eufrates sirve de frontera natural con Asia M enor, au n q u e éste tam bién lo haga hasta los confines de Siria. D es­ cendiendo desde estas cum bres cita­ das, por la línea que divide las aguas del Eufrates y el Halys, encontram os la cadena del A nti-Tauro con dos di­ recciones, u n a S.E. y otra S.O., con las alturas mayores de Anatolia. Ese trián ­ gulo form ado p o r estas dos direccio­ nes y el Tauro form a u n a rica llan ura a orillas del M editerráneo. Esta re­ gión se co m u nica con el continente p or las P uertas Sirias, usadas p or Ale­ ja n d ro M agno en su m arch a hacia la costa de Siria-Palestina; las de Am an, en el A m anus y las P uertas Cilicias, entre Tarso y Tyane p o r las que se su­ be a la m eseta. Siguiendo la costa m e­ d iterrá n ea tras las P uertas Cilicias, las m on tañ as del Tauro son m uy es­ carpad as h asta el m ar Egeo y el de M árm ara. P or el interio r las m o n ta­ ñas del sur, a la altu ra del M u rat D agh (D yndim o, 2.700 m.), se unen con la cordillera septentrional.

La m eseta tam poco form a u n a u n i­ dad, distinguiéndose en ella distinas regiones. E n el centro está la gran lla­ nura, con vientos fuertes y escasa o nula vegetación, en to m o al Lago

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Chipre

Im perio hitita (S iglo XIV a.C.)

Límites aproximados del Imperio Centros hititas

Q Ciudades antiguas

lado, zon a esteparia dedicada a g an a­ dería. La zo na N.O. ocupa la parte su p erio r de la cu en ca del Sakarya, donde está la actual capital A nkara (Angora, A ncira); es zona de pastos y pinos, tam poco d em asiad o apta para

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i f V ¡ >Tell Halaf <9 a, Qi. %% <5, Ninive Babilonia % la agricultura. La zo n a S.E. está for­ m ada p o r colinas con poca vegeta­ ción, de a ltu ra m ed ia a u n q u e con ab u n d a n cia de agua, con buenos p a s­ tos au n q u e no excesivam ente fértil. La zona m eridional es u n a cuenca

cerrada con centro en el lago Akgenl, zona rica en pastos y cultivos de ce­ reales así com o vid y olivo en zonas más altas, con ciudades entre las que destaca Tuwamava, hitita, o Tyane en la actualidad. El sureste es zona m o n ­ tañosa de escaso valor económ ico, al contrario del noroeste, donde la cuen­ ca del H alys es u n a zo na rica en vege­ tación, sobre todo en su curso bajo.

C on esta apretad a síntesis geográfi­ ca a la que hay que a ñ a d ir la consulta al m apa ad ju n to acom etem os el estu­ dio de la civilización hitita.

2. El descubrimiento del

m undo hitita

Para el m u nd o occidental, hasta co­ m ienzos del siglo XIX, los hititas o heteos eran sim plem ente uno de los pueblos o tribus que los israelitas en­ co ntraron h a b ita n d o Palestina a su llegada a la T ierra P rom etida. Tal es el caso del Génesis, XV, 19-21, en los que aparecen citados ju n to con otra serie de pueblos de la zona, o en Gé­ nesis XXIII en relación con la com pra de u n a sep ultura para Sara, com pra que fue realizad a a un hitita llam ado É fró n , o a ú n en el m ism o lib ro , XXVI, 34-35 y XXVII, 46, referido al casam iento de Esaú con dos mujeres hititas y los problem as que éstas p lan ­ tean a su m adre Rebeca. P or otra p ar­ te nos encontram os de nuevo citados a los hititas en los diferentes textos que describen la T ierra P rom etida, com o uno de los pueblos que la h a b i­ tan (véase Josué, I, V o las referencias en Jueces, I de los Reyes, Exodo). En el libro de los Números se establece una m ayor precisión en cu an to a su distri­ b u ció n geográfica, se ñ a la n d o a los hititas com o h ab itan tes de las m o nta­ ñas ju n to con los jebu seo s y am o- rreos, a diferencia de los cananeos que parece o cu p a b an las zonas del Jo rd án y la costa (XIII, 29). En Josué, I, 2-4, parece tam bién deducirse que la zona o cu pada p o r los hititas estaba

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1 0 A ka l Historia del M undo Antiguo

c o m p re n d id a en tre el L íb a n o y el Eufrates.

La im presión que se desprende de estas citas en relación con los hititas es que se tratab a de un p u eblo no m ás im portante que el resto de los asentados en la zona, ignorándose to­ talm ente su glorioso pasado. Sin em ­ bargo en época algo posterior las re­ ferencias a éstos son bastan te d istin­ tas, m encionán dose ya a la realeza o realezas hititas, que m an tien en in clu ­ so intercam bios comerciales con Egip­ to a través de Salom ón {Libro I de los Reyes, X, 29). Incluso su poderío m ili­ tar es puesto de m anifiesto en I I Re­ yes, VII, 6-7 cu an d o se relata el pánico

que cunde entre las tropas de Ben- H adad, rey de D am asco, que h ab ía puesto sitio a S am aria, la capital de Israel; el p ánico se p ro dujo al oírse el ruido de un n um ero sísim o ejército, p o r lo que p ensaron que los israelitas h ab ían obtenido el apoyo de los h iti­ tas y de los egipcios.

Sin duda las referencias que se des­ p ren d ían de las citas bíblicas estaban referidas a lo que la crítica histórica posterior ha llam ado los reinos neo- hititas, que, sin negar su im portancia, eran el resultado de la d esm em b ra­ ción de un poderoso im perio an te ­ rior. La existencia del m ism o sólo co­ m enzó a atisbarse cu an d o a lo largo del siglo XIX se pudo descifrar en p ri­ m er lugar la escritura jeroglífica, gra­ cias a la excelente lab o r de C ham po- lion, y la escritura cuneiform e asiría, au n q u e en este segundo caso en p rin ­ cipio sólo para la época de los reinos neohititas, desde T iglatpileser I hasta Sargón, rey este últim o que elim in a­ ría defin itivam en te los p rin cip a d o s hititas a finales del siglo VIII.

El recuerdo de esta civilización ca­ yó en un olvido total exceptuada la Biblia, de tal form a que no en c o n tra­ mos referencia alguna a ellos en la a n tig ü e d a d q u e lla m a m o s clásica. N ad a en la Ilíad a y n a d a tam poco en Herodoto, originario incluso de la cos­ ta de Asia M en o r y p reo cu p ad o siem ­

pre —a excepción curiosam ente del Asia M en or ce n tral— de los orígenes de los pueblos a los que su afán viaje­ ro le llevó. Sin em bargo, com o afirm a K. B ittel, p o sib le m e n te vio m o n u ­ m entos hititas según parece desp ren ­ derse de la m ención en Historias, II,

106, de dos relieves tallados en la roca en el cam ino de Efeso a Focea o de Sardes a E sm irna, que pued en rela­ cionarse con los relieves rupestres del K arabel. H erodoto, negando que fue­ sen relieves re p re se n ta n d o a M en- nón, tam b ién se co n fun dió cuan do pensó que se tratab a de Sesostris, cu­ ya leyenda de gran co n q u istad o r esta­ ba m uy d ifu n d id a p o r todo Oriente.

In d u d a b le m en te no se trataba de Sesostris ni los jeroglíficos que acom ­ p a ñ a b a n a estos relieves eran egip­ cios. Sin em bargo sí que será el m u n ­ do egipcio el que nos dé u n a visión m ucho m ás clara de lo que había si­ do el m u n d o hitita antes de la ap a ri­ ción de las tablillas de Bogazkôy y el descifram iento p o r B. H roznÿ de su lengua. A través de los textos egipcios se pudo saber que los reyes de la XVIII dinastía, a p a rtir de Tutm osis III, h a ­ b ían entrado en contacto con un p u e­ blo al que lla m a b a n Kheta, que o cu­ p ab a la zon a norte de Siria hasta el Eufrates, incluso cruzándolo. Era el m ism o pueblo de K heta que com b ati­ ría m ás tarde contra Ram sés II en la b atalla de K adesh en Siria, descrita con todo detalle en el célebre poem a de P entaur, y que de nuevo volvía a aparecer en el R am eseum y en el gran tem plo de K arnak, en este caso com o firm ante de un tratad o de paz que p o ­ nía fin a las hostilidades entre egip­ cios e hititas. La identificación de este p ueblo K heta con los hititas del A nti­ guo Testam ento p ud o realizarse final­ m ente c u a n d o se p u d o descifrar el p rim er cuneiform e, que correspondió a la época de T iglatpileser 1 (c. 1100 a.C.) y en el que los asirios llam ab an a Siria el «país de H atti», con su capi­ tal en K arkem ish.

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filoló-gicos que supusieron un avance es­ p e c ta c u la r en el co n o c im ie n to del Próxim o O riente Antiguo, las expedi­ ciones arqueológicas, o quizás más bien viajero-arqueológicas, p o nían de m anifiesto u n a serie de m onum entos de difícil interpretación p ara estos es­ tudiosos, y que se rep artían p o r toda Asia M enor.

La prim era descripción de un m o­ num ento que después se sabría que era hitita pertenece a un relieve ru ­ pestre de los alrededores de Ivriz, bre­ vem ente citado p o r I. O tter en 1736. T endrían que tran sc u rrir todavía 150 años h asta que A.H. Sayce propusiese a la Society o f B iblical A rchaeology la identificación com o hititas de una serie de inscripciones m uy peculiares aparecidas en la zo n a de H am a. El prim ero que llam ó la atención sobre estas inscripciones fue B urckhart, en 1812, háciéndose eco en su libro Via­ jes en Siria de una inscripción en es­ critura jeroglífica pero que a su en ­ tender no era egipcia. Sin em bargo esta observación no fue tom ada en dem asiada consideración y no sería hasta 1870 cu an d o de nuevo dos via­ jeros p u d iero n lo calizar varias m ás en la m ism a ciud ad de H am a, que fi­ nalm ente serían traslad ad as dos años m ás tarde al M useo de C o n sta n tino- pla. E ntre esas dos fechas otros expe­ dicionarios, franceses e ingleses fun­ dam entalm ente, recorren Asia M enor, dán d o n o s las descripciones de una serie de m o num entos que m ás tarde serían fundam entales p ara el conoci­ m iento del m undo hitita. Así, entre 1833 y 1835 se descubren p or Ch. Te- xier unas im portantes ruinas cerca de un pueblecito llam ado Bogazkoy, que hoy sabem os que son las de H attusas, la que fue capital del Im perio H itita du ran te siglos. A unos dos kilóm etros de allí tam bién encontró un patio n a ­ tural entre u n m acizo rocoso con sus paredes escritas y largas colum nas de personajes, que los habitantes del país lla m a b a n y lla m a n Y azilikaya («la roca escrita»). A éste le seguiría H a ­

m ilton que tam bién encuen tra unas ruinas a unos 30 kms. de Bogazkoy, de las que aún no conocem os su n om ­ bre antiguo. En los años siguientes se c o n tin u a ría n las expediciones a u n ­ que en todos los casos siem pre de ti­ po descriptivo y sin identificar el p ue­ blo al que pertenecían. Sin em bargo ya se d ab a n las prim eras tentativas en esta dirección. La aparición en un re­ lieve de Ivriz del m ism o tipo de escri­ tura que la enco ntrad a en H am a lle­ vó hacia 1871 a E.J. Davis a llam arla ham atita. Pero fue H.J. Sayce el que co m p aran d o los dibujos y descripcio­ nes ofrecidos p o r los distintos viajes, así com o su observación personal in situ en algunos lugares, llegó a la co n ­ clusión de que todos esos m o n u m en ­ tos extendidos p o r A natolia eran h iti­ tas, así com o que gran parte de la zona m o ntañ o sa del norte de M eso­ p o tam ia h a b ía estad o h a b ita d a en épocas más antiguas por tribus hititas.

A p artir de esa fecha se m ultiplica el núm ero de m onum entos descritos, pero a pesar de los esfuerzos de dis­ tintos investigadores, incluso con la publicación de un Corpus Inscriptio- rum Hettiticarum (1900-1906), el des­ cifram iento de esta escritu ra no se consiguió.

No sería, sin em bargo, la escritura jeroglífica m o nu m ental la que revela­ se los secretos de ese m undo hitita que com enzaba a atisbarse. El descu­ brim iento en 1887 de las cartas de Tell-el-A m arna significó un paso im ­ portantísim o en el conocim iento de las relaciones internacionales de Egip­ to duran te los reinados de Am enofis III y A m enofis IV, cubriend o un pe­ ríodo com p rend ido ap ro x im ad am en ­ te entre 1385-1360 a.C. A unque la m a­ yor parte estab an en lengua acadia, algunas de ellas procedentes de esta­ dos vasallos de Siria y Palestina h a ­ cían referencia a los m ovim ientos de tropas del rey de H atti e incluso se en­ contró u n a del m ism o rey hitita Supi- lulium a felicitando a A khenatón por su acceso al trono. Tam bién aparecie­

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1 2 A ka l Historie del M undo Antiguo

ron entre esta co rresp o n d en cia dos cartas escritas en u n a lengua desco­ nocida que alu d ían al rey de u n país llam ado Arzawa y que fueron estu­ diadas por el noruego JA . K nudtzon en 1902, llegando éste a la conclusión de que se trataba de una lengua in ­ doeuropea ante el escepticism o gene­ ral de los estudiosos de su época.

E n fechas algo anteriores ya se h a ­ b ía n p ro d u c id o h a lla z g o s de frag­ m entos de tablillas en las ruinas de Bogazkoy donde, a p artir de 1906, se h a b ía n iniciado ya excavaciones a r­ queológicas dirigidas p o r W inckler y subvencionadas por la Sociedad Orien­ tal A lem ana. La excavación fue un éxito desde la prim era ca m p a ñ a ya que se ex h um aron gran ca n tid a d de tablillas cuneiform es escritas en su m ayoría en la lengua de las dos cartas antes citadas de Arzawa. Asim ism o, tam bién apareciero n diversas tab li­ llas escritas en acadio. P recisam ente el exam en de los textos acadios, cuyo d esc ifram ien to ya h a b ía p erm itid o conocer b ien la lengua, perm itió sa­ ber los nom bres de varios reyes que coincidían con los escritos en jeroglí­ ficos en K árn ak y en la versión egip­ cia del tratado de p az firm ado entre R am sés II y H attusil III. P recisam en­ te de este tratado encontró tam bién W inckler u n a versión acadia. Estos h allaz g o s p e rm itie ro n lo c a liz a r en Bogazkoy la capital del reino hitita, H attusas. El conocim iento de la his­ toria de los hititas entre los siglos XIV y X III a.C. co m enzaba ya a atisbarse, m áxim e cuan d o en esas m ism as fe­ chas encontraba y descifraba King una crónica b ab ilo n ia en la que los hititas aparecían com o los causantes de la ruina de la dinastía b ab ilo n ia in stau ­ rada p o r H am m urabi.

El cam ino a seguir a p a rtir de este m om ento estaba m uy claro: había que in ten tar descifrar las tablillas escritas en esa lengua desconocida que ya no se n o m b rab a com o de Arzawa sino que se consid eraba la lengua del Im ­ perio Hitita. Tras la m uerte de W in­

ckler en 1913 hay una p rim era ten ta­ tiva de D elitzsch que publica algunos vocabularios tratando de explicar cier­ tas expresiones del hitita a través de los ya conocidos sum erio y acadio. Sin em bargo sería el checoslovaco B. H roznÿ, uno de los encargados de la p u b lic a c ió n de los textos, q u ien a p artir de 1915 com ienza a establecer algunos elem entos de la g ram ática h itita, b asá n d o se, a u n q u e con m u ­ chos m ás datos ahora, en la dedu c­ ción de K n ud tzo n de que se trataba de u n a len g u a in d o e u ro p e a . U no s años m ás tarde p u blica la traducción íntegra de dos com pilaciones de leyes hititas. La lengua que se escribía en las tablillas cuneiform es, con las pos­ terio re s c o rre c c io n e s d e b id a s a F. S om m er en 1920, h ab ía sido definiti­ vam ente descifrada. O tro estudioso, E. Forrer, trab a jan d o de form a total­ m ente independiente de Hroznÿ, tam ­ bién llegó a establecer un avance p re­ lim in ar de la gram ática hitita, a u n ­ que en fecha algo posterior, con lo que el privilegio de ser el prim ero quedó en m anos del checo. Sobre E. F o rre r volverem os c u a n d o a b o rd e ­ mos la cuestión de las posibles rela­ ciones del m u n d o hitita con el m u n ­ do aqueo.

E n relación ya con la historia h iti­ ta, es de nuevo H roznÿ el que publica en 1929, en la catorceava edición de la E nciclopedia B ritánica, un artículo en el que e n c o n tra m o s la p rim era síntesis de la m ism a por m edio de los textos. En 1933 G oetze, en su volu­ m en sobre Asia M eno r en su Hand- buch der Altertum sw issenschaft, nos ofrece quizás la p rim era descripción sistem ática de la civilización hitita. Por su parte los estudiosos franceses co m an d a d o s p o r L. D elaporte, que pu blica h acia 1929 sus Eléments de la Grammaire Hittite, fu n d a n en París la Société des Études Hittites et Asia niques, que desde entonces publica la Revue Hittite et Asianique dedicada al estudio del m u n d o anatolio. Tam bién es obli­ gatorio señalar en esta rápid a

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pano-Estatua de terracota de una Diosa Madre, sentada sobre un trono y con un león

a cada lado.

H allada en Catal HCiyiik. M ilenio VII-VI a.C. (Ankara, M useo A rq u e ológ ico ).

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14 A ka l Historia del M undo Antiguo

rám ica la ob ra de E.H. S tertevant, A Comparative Grammar o f the Hittite Language, p u b licad a en 1933, que fue bastante criticada en su m om ento p or­ que se consideraron prem atu ras sus especulaciones sobre etim ología com ­ p arad a. Es q uizás con J. F ried rich cu an d o definitivam ente se asien tan los conocim ientos de la lengua hitita, con dos obras fundam entales: Hethi- tisches Elementarbuch, a p a rec id a en 1940, y Hethitisches Worterbuch, en 1952.

Si el conocim iento de la lengua h i­ tita h ab ía abierto el cam in o p ara el conocim iento de su historia, el estu­ dio de su cultura m aterial tam bién aportó valiosos datos. Ya hem os cita­ do la espectacular excavación de W in- ckler con la identificación de Bogaz- kóy com o capital hitita y la aparición de num erosas tablillas. D esde esas fe­ chas de 1906 hasta la actualidad se h an m anten ido las excavaciones con algunas interrupciones p o r parte de estudiosos alem anes. A sim ism o las excavacion es en A laca-H o y ü k , co ­ m enzad as en J 907 p o r arqueólogos turcos, se han m anten id o h asta p rá c ­ ticam en te n u estro s días. El m ism o H roznÿ, hacia 1925, em prendió exca­ vaciones en Kiiltepe, consiguiendo un h allaz g o e s p e c ta c u la r com o era la presencia, al m argen del recinto u r­ bano propiam en te dicho, de u n a co­ m u n id ad de com erciantes asirios, el llam ado K arum -K anish, que p ro p o r­ cionó una ingente c a n tid a d de tab li­ llas en asirio antiguo. El d esc u b ri­ m iento fue im p o rta n tísim o p o rq u e nos rem ontaba las fechas en varios siglos a las hasta ah o ra conocidas por Bogazkoy. Los investigadores turcos h a n con tin u ad o posteriorm ente esta excavación con notable provecho. El núm ero de excavaciones haría esta enum eración excesivam ente larga; so­ lamente querem os señalar que al m ar­ gen de estos grandes establecim ientos tam b ién se h a n re a liz a d o otras en distintos puntos que h a n ido preci­ sando en lo posible la civilización h i­ tita de Anatolia.

3. Los comienzos de la

historia hitita

Los com ienzos de la historia hitita se nos presen tan aún envueltos en algu­ nas neb u lo sas que la investigación actual está tra ta n d o de aclarar. Lo que nosotros conocem os com o reino hitita y la lengua que lo individualiza son producto de la influencia o inva­ sión de un pueblo indoeuropeo sobre una base an terior a la que podem os d a r el nom bre com ú nm ente aceptado de asiánica.

E n principio la cuestión está en la id en tificació n de esa base asián ica sobre la que influirán elem entos in ­ doeuropeos identificados p o r su len­ gua y que co m p o n d rá n ese conglo­ m erado de dialectos com o el luvita o incluso los llam ad os «jeroglíficos hi- titas», etc., que o cu p a rán distintos lu­ gares de A natolia. D esgraciadam ente los dato s de que d isp o n em o s p ara ello son estrictam ente arqueológicos hasta la identificación de las colonias de com erciantes asirios establecidas en K anish, a las que hem os aludido en líneas anteriores. Pero eso no ocu­ rrirá hasta aproxim adam ente 1900 a.C. En esas fechas la zona anatolia ya co­ noce u n a civ iliz ació n u rb a n a m uy desarrollada.

La crítica actual sitúa el N eolítico anatolio en el VI o V m ilenio, u b ic á n ­ dose fu n d am en talm en te en la zona su r con exclusión del norte. C om o ex­ ponente m ás representativo podem os citar el yacim iento de Ç atal-H oyiik, a unos 40 kms. al S.E. de Konya, quizás el m ayor de los h ab itats conocidos p ara esta época en O riente Próxim o. P resenta 13 Has. de superficie y doce capas, que se fechan entre 6500 y 5650 a.C., según el C 14, au n q u e otros, en ­ tre ellos Bittel, con sideran que habría que datarlas quizás un m ilenio más tarde. La ciudad, pues creem os que hay que h a b la r ya de verdadera ciu­ dad, tiene u n a co n c ep ció n in sólita puesto que no tiene calles, estando las

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viviendas adosadas u nas a otras for­ m ando, por así decirlo, una sola cons­ trucción. Sin d u d a uno de los fines buscados con esta form a constructiva era la defensa, pero no es m enos cier­ to que este sistem a a su vez indica unas form as de división del trabajo y u n colectivism o que señ alan c la ra ­ m ente la existencia de u na verdadera ciudad. Las expresiones artísticas, no­ tablem ente desarrolladas, abogan en ese m ism o sentido. Su econom ía esta­ ba basada fundam en talm ente en una agricultura extensiva y en la g an a d e­ ría, sobre todo de oveja y cabra, a u n ­ que tam b ién estaba dom esticado el perro y el buey.

A unque concentrado aún en el sur, hacia el C alcolítico antiguo parece operarse un d esp laz am ien to de los centros de p oblación h acia el oeste. El ejem plo m ás im portante es Haçi- lar, cuya form a constructiva está m uy em p aren tad a con la de Ç atal-H ôyiik.

La presencia de estos im portantes focos de civilización sin duda pueden inducir a p en sa r en u n a base fuerte que podía tener c o n tin u id ad en fe­ chas posteriores. Sin em bargo la ar­ queología parece dem ostrar el h u n d i­ miento de la m ism a al menos en cuan­ to a su originalidad creativa. A unque en la zona sur se m antuvo el pobla- m ien to , sus rasgos expresivos son bastante diferentes con lo que se ap u n ­ ta la p o sibilidad de que nuevas fuer­ zas o cu p aran la zona.

A finales del TV y com ienzos del III m ilenio a.C. parece que la preem i­ nencia cultural se desp lazará más h a ­ cia el norte, au n q u e en esa zona no se han enco ntrado hasta hoy elem entos que in d iq u en un h ab itat estable an te­ rior. Se b a ra ja n causas naturales, co­ mo la presencia de bosques im pene­ trables, para explicar la no presencia estable en las regiones situ ad as al norte de la estepa. Será en el C alcolí­ tico reciente cu an d o los encontrem os, perpetuándose d u ra n te el Bronce a n ­ tiguo anatolio. Pero no es hasta su etapa m ás reciente cu an d o la arq u eo ­

logía detecta el com ienzo de un gran cam bio, que sitúa hacia 2300 a.C. D i­ cho cam bio parece p lasm arse en un proceso de co n c en trac ió n que crea verdaderos núcleos u rb an o s p or sus realizaciones plásticas y que se consi­ dera serían las sedes'de poderes p o lí­ ticos más fuertes. B astantes autores vinculan este estudio con Troya II por el oeste al igual que la proliferación de centros de este tipo en las cuencas del Halys, del Iris y del Lico. Kiiltepe, entre otros, sería un exponente de ello.

Pero aquí entra ya en ju e g o un n u e­ vo elem ento que altera considerable­ m ente nuestros conocim ientos sobre la zona. Las apro xim ad am ente 20.000 tablillas encon trad as en Ebla parecen re tro traer esta situ a c ió n u nos d o s­ cientos años antes. Así, en un texto histórico que ac o m p añ a a la intro ­ d u cc ió n del tra ta d o en tre A ssu r y Ebla encontram os u na lista de ciu d a­ des o países som etidos al rey de Ebla. E ntre ellas está precisam ente K anish, la actual Kiiltepe. Si tenem os en cuen­ ta que, al decir de Pettinato, estas ta­ blillas del Palacio Real ab arcan unos 70 años de historia de esa ciudad, que se centran h acia 2500 a.C., dicha fe­ cha no coincide con la expansión u r­ b an a señalada p ara A natolia central p or los arqueólogos. A ún más, si te­ nem os en cuenta el carácter em inen ­ tem ente com ercial del Im perio eblaí- ta h ab ría que p en sa r en unos co ntac­ tos anteriores que hicieron de K anish un centro político apetecido para sus intereses. Es decir; no hay p o r qué p en sar que el som etim iento de K a­ nish se pro du jo en esa m ism a fecha de ap roxim adam ente 2500, ni que és­ te se produjese en el m ism o m om ento en que accedía a una form a política de estado. Es esta form a la que parece deducirse p o r la en um eración de va­ sallos en las tablillas de Ebla. N o se habla de un pueblo en el sentido et­ nológico del térm ino, sino de u na ciu­ dad, de un estado. Sin em bargo las fe­ chas que P ettin ato b a ra ja p ara las tablillas no coinciden con las del ar­

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16 A ka l Historia del M undo Antiguo

queólogo de Ebla, M atthiae. Este, en base a criterios arqueológicos piensa que las tablillas h ab ría que situarlas com o co ntem poráneas de la dinastía de Sargón de A kkad, es decir 2340- 2150 a.C. En este caso, coincidirían las fechas de los arqueólogos de Kül- tepe con las de los de Ebla, au n q u e a nuestro p arecer los datos epigráfi­ cos que estudia P ettinato son m ás fia­ bles que los estrictam ente arqu eo ló ­ gicos.

En todo caso, sea u n a fecha u otra, lo que sí parece claro es que K anish, que hasta aho ra h ab ía p ro p o rcio n a­ do los prim eros datos escritos sobre A natolia a p artir del siglo XIX a.C.,

es, en fechas bastante anteriores, un lugar im p ortan te de com ercio a ju z ­ gar p o r la m ism a estructura del esta­ do de Ebla. Esperem os que el estu­ dio sistem ático de las tablillas eblai- tas nos perm ita conocer m ejor A n ato ­ lia en la seg u n d a m itad del tercer m ilenio.

O tro testim onio sobre A natolia a fines del tercer m ilenio lo en co n tra­ mos en la llam ad a leyenda de Sar­ gón, que com enzó a circu lar p or M e­ s o p o ta m ia h a c ia el 1400 a.C . co n diferentes versiones, en la que este rey parece que realizó u na ca m p añ a p re­ cisam ente hacia Asia M enor. Sin em ­ bargo y p o r la natu raleza m ism a del

Figura en bronce de un ciervo, bordeado de un disco solar.

Hallada en Alaca H iiyük. Fecha: B ronce ll-lll. (Ankara, M useo A rq u e ológ ico ).

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Bajorrelieve en piedra procedente del Kârum de Kültepe.

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18 AkaI Historia del M undo Antiguo

relato, no podem os prestarle d em a­ siada confianza. Lo m ism o podem os decir de N aram sim , del que sabem os luchó contra u n a coalición num erosa entre los que estaban un rey de H atti llam ado Pam ba, así com o un rey de A m urru llam ado H uw aruw as. C om o ocurre con la leyenda de Sargón, las h az añ as de N aram sim serán tom adas com o leyendas, con los nom bres m uy alterados y así en una versión b ab ilo ­ nia de estas cam p añ as estos nom bres no coinciden. Por tanto, com o d ecía­ mos, debem os an d a rn o s con m ucha precaución a la hora de utilizar estas referencias.

Sin em bargo creem os que de nuevo hay que volver sobre esa fecha del año 2300 a.C., fecha em inentem ente arqueológica, p o r la im portancia que se le ha dado p o r p arte de num erosos investigadores. Efectivam ente el cam ­ bio que se produce h acia esas fechas en A natolia tam b ién lo detectam os en Siria y P alestin a, fu n d a m e n ta l­ m ente a nivel de destrucciones y a p a ­ rición de elem entos culturales n ue­ vos. Pero el problem a se p lantea a la hora de conocer quiénes fueron los causantes. Si en el caso de Siria y Pa­ lestina tenem os bien atestiguados a los martu, no es lo m ism o en A n ato ­ lia. Casi todas las teorías los relacio­ n an con el pueblo luvita, a p artir de las de Hellaart, disociándolos del pue­ blo hitita, au n q u e con u na base m uy poco sólida. Las tablillas de los m er­ caderes asirios de K anish los nom ­ b ra n en contadas ocasiones al co n tra­ rio que los hititas, a los que tam bién se les atribuye dicha invasión, sin que tam poco esto p odam os confirm arlo plenam ente. Por ello preferim os no en trar en suposiciones sobre los orí­ genes y zonas de penetració n de los m ism os hasta que algún día tenga­ mos datos m ás fiables.

3.1. Los asirios en Capadocia

H asta 300 a 400 años después no en­ contram os p or p rim era vez alusiones

a los pobladores de esta zona. Y estas alusiones no co rresponden a la escri­ tura de éstos sino de m ercaderes asi­ rios que traficab an en estas regiones en el siglo XIX a.C. (fig. 3). D ichas ta­ blillas son los archivos ju ríd ico s y económ icos de estos m ercaderes. Pe­ ro a través de ellas podem os saber que en esas fechas Asia M enor estaba fragm entada en num erosos p rin cip a­ dos independientes. El estudio de los nom bres propios nos indica ya la pre­ sencia de hititas o em parentados con ellos (nesitas), hatti (o protohititas), levitas y hurritas. D a la sensación de que se trata de ciudades-estado con territorios bastante restringidos, p are­ cidas a las ciudades sum erias presar- gónidas, incluso con los m ism os p ro ­ b le m a s fro n te riz o s, así co m o co n luchas entre sí para ob ten er la hege­ m onía de u na zona. La situación es p o r tanto b astan te movediza. D entro de esa m ism a situación, conocem os p o r las tablillas la existencia de un rey, A nitta, localizado en datos poste­ riores, que, venciendo a u na coalición de ciudades, consigue establecer una nueva dinastía en N esa, po siblem en­ te K anish, que abarcó gran parte de la lla n u ra capadocia. Este personaje, A nitta, según O.R. G urney, p lantea b astantes problem as históricos, a u n ­ que parece h a b e r p erd u rad o en la tra­ dición hitita dado que se relatan sus h az añ as en otro texto b astan te poste­ rior enco n trad o en H attusas, hoy Bo­ gazkoy. A p a rtir de esas fechas los a c o n te c im ie n to s so n m uy oscuros, decayendo el com ercio asirio en la zona y siendo arrasad a K anish. La fe­ cha que se b araja p ara estos hechos oscila h ac ia ©1 1800 a.C. La ú nica fuente disponible p ara sacar alguna luz en fechas posteriores h asta el res­ cripto de Telepinu son las listas de ofrendas de reyes deificados tras su m uerte, que p resen tan bastantes p ro ­ blem as. E n tre ellos en co n tram o s a L abarna, que es posible sea el m ism o que encontram os en el m encionado rescripto.

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I. El Antiguo Reino y el Imperio

1. El Antiguo Reino

Esta división de la historia hitita en un Antiguo Reino, que abarcaría des­ de aproxim adam ente 1650 a 1430 a.C., y un Período Im perial, desde 1430 a 1200 a.C., es u n a p u ra convención co­ mo casi todos los estudiosos afirm an. Sin em bargo, a nivel de m étodo, p u e­ de rendir beneficios con idea de estruc­ turar mejor su estudio. Está claro que lo que ocurre es sim plem ente un proble­ m a de escasez de fuentes para ciertas épocas que, al ser m ás oscuras, se con­ sideran siem pre períodos transitorios. N u e stro s c o n o c im ie n to s f u n d a ­ m entales sobre el Antiguo R eino p ro ­ ceden del rescripto de Telepinu y las res gestae de H attusil I, así com o las ya m encionadas listas de ofrendas de re­ yes deificados que presentan grandes problem as. En base a éstos, los hititas relacionan sus orígenes con los reyes L abarna y H attusil I; la cuestión está en saber qué relación —si es que h a ­ bía alg u n a— existió entre ellos. Son num erosos los estudiosos del m undo hitita que h an participado en este te­ ma. Parece que efectivam ente hacia 1680 a.C. existió un rey L ab a rn a y una reina T aw ananna. Pero la cues­ tión se com plica a p artir de este m o­ m ento ya que H attusil I parecía ser hijo de L ab a rn a y sin em bargo se de­ signaba a sí m ism o com o «hijo del

h erm an o de T aw ananna». Las conje­ turas se m ultiplican p ara explicar es­ ta situación. Así se piensa que L ab ar­ na y T aw an an n a sería n h erm an o s, casados, en u n a etapa d on de el inces­ to real estaría ad m itid o a diferencia de lo que ocurre en épocas posterio­ res. Por otra parte se ha querido ex­ p licar p o r p arte de J.G. M acqucen que se tratab a de un sistem a de suce­ sión m atrilineal hatti que ya se detec­ ta en estos prim eros reyes conocidos y que tend ría su fin en la regulación de la sucesión al trono debida a Tele­ pinu, p or influencia sucesiva del sis­ tem a p atrilin eal ind o eu ro p eo . O.R. G urney ha desm o ntado esta hipótesis así com o otras tendentes a b uscar for­ mas m atriarcales en etapas anteriores a los inicios del A ntiguo Reino. Lo que posiblem ente existió fue un com ­ plejo sistem a social do nde la m ujer, q u izás p o r co stu m b res ancestrales, ocupó un lugar diferente al que poste­ riorm ente ten dría a lo largo del desa­ rrollo de este A ntiguo Reino. Esta es la solución propuesta p o r O.R. G u r­ ney y m atizada p o r P. G arelli.

El rescripto de Telepinu nos ofrece una visión p osib lem ente idílica del reinado de L a b a rn a , señ a la n d o un reino que ab a rcab a u n a parte de la A natolia central, concretam ente des­ de el Tauro h asta la llan u ra de K on­ ya. R eino p eq ueño a su parecer pero

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2 0 A kal Historia d e l M undo Antiguo

unido y donde el rey se hacía obede­ cer. La posibilidad de que se trate de u n a idealización viene dad a p o r dos hechos. En p rim er lugar, po rq u e Tele- p inu acab ab a de regular el sistem a de acceso al trono que h ab ía ensan g ren ­ tado a la m o n arq u ía debido a las lu ­ chas entre nobles h asta ese m om ento. C on esta descripción de la situación del reino de L a b a m a se trata b a de co m p arar su época con u na p asad a que p odría ser m odelo de la que tra­ taba de im poner, con el carism a que podía darle su antigüedad. E n segun­ do lugar, porque nos transm ite u na descripción del reinado de H attusil I en térm inos sim ilares y que no res­ ponden a la realidad ya que p o r una inscripción bilingüe en acadio e h iti­ ta sabem os que ésta era m uy distinta puesto que las facciones nobles estaban frontalm ente enfrentadas y el m ism o rey h abía tenido que reprim ir u n a re­ vuelta de sus hijos, al igual que h ab ía ocurrido en anteriores generaciones.

E n todo caso sí parece claro que al m argen de la política in terior H a ttu ­ sil I acom etió una serie de cam pañas exteriores que nos h an tran sm itid o sus res gestae. En ellas se nos relatan seis cam p añ as de las que no conoce­ mos bien su desarrollo cronológico ni tam poco en m uchos casos el teatro de las o p eracio n es, p ero q ue se ñ a la n claram ente la expansión territorial del reino. El resultado de ellas, en las que el enem igo m ayor fueron los hurritas, es que la influencia hitita se extendió desde el M ed iterrán eo hasta el río K u m m esm ah as (q u izás el Yesil Ir- m ak o el Cekerek).

El esp íritu c o n q u is ta d o r de este A ntiguo R eino estará en c arn ad o en la figura de M ursil I, su sucesor. M ás afortunado que su pad re adoptivo en su política siria, se apoderó de Alepo, que en esta época co ntro lab a el norte de Siria. Los problem as que su padre había tenido con los h u rritas no ap a­ recieron aún en los com ienzos de su reinado y M ursil I se em barcó en una de las aventuras m ilitares m ás espec­

taculares de O riente P róxim o en la A ntigüedad. N os referim os a la con­ quista de B abilonia hacia el año 1595, destituyendo al últim o rey de la p ri­ m era d in astía de B abilonia, la m ism a que h ab ía tenido su época de m ayor esplen do r con H am m urabi. M ursil I conquistó la ciu dad y un rico botín, deján d o la después en m anos de los casitas p ara volver de nuevo a A n ato­ lia. Lo que llam a la atención al histo­ riad o r no es la gesta de la conquista en sí, puesto que la situación de B abi­ lonia en esa época era bastante desas­ trosa, com o nos deja ver el edicto de A m isaduqa, sino la lejanía del teatro de operaciones en relación con las bases hititas, el ap arentem ente poco beneficio derivado de ello y el poi­ qué en definitiva de esa operación. El hecho está tam b ién d ocu m entado en la C rónica B abilónica: «En el tiem po de S am suditan a el hom bre de H atti m archó contra las tierras de Akkad». Para explicar el p o r qué se h a n b a ra ­ ja d o distintas hipótesis de entre las cuales la p resen tad a p o r B. L andsber- ger y seguida p o r O.R. G urney parece la m ás razonable. Se trataría de una alianza de los casitas del reino de Ha- na y los hititas contra el enem igo co­ m ún hurrita. A cam bio de esta alia n ­ za los hititas h ab ría n ayudado a los casitas en su afán de co nq uistar B abi­ lonia. C on todo, esto supone un aleja­ m iento m uy considerable de su terri­ torio p o r parte de M ursil I, que pudo traer consecuencias catastróficas p a ­ ra su reino. Las hostilidades contra los hurritas no se hicieron esperar tras es­ ta incursión, con resultados favorables según nos dice el rescripto de Telepinu.

Es la m ism a fuente la que nos in ­ form a de los sucesores de M ursil T y las nefastas consecuencias de las s a n ­ grientas luchas dinásticas a las que se va a ver som etido el Im perio Hitita. El resultado de las m ism as será el re­ troceso de su poderío. Así, el m ism o M ursil I será asesinado p or su ci’ ña- do H antili en 1590 a.C., siguiendo un período de disturbios d u ra n te unos

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50 añ o s, q u e c o n o c e m o s b a s ta n te mal. Los hurritas devastaron el país y las revueltas internas se sucedieron bajo H antili, Z id an ta y A m m una, al igual que las incursiones de las p o ­ blaciones b árb ara s del norte, los gas- ga, a los que los hititas nunca consi­ guieron someter.

A esta situación va a p o n er coto Te- lepinu (ca. 1525-1500 a.C.), que tam ­ bién accede al trono de form a irregu­ lar. Su principal actividad se centró en la búsqueda de un sistem a de su­ cesión al trono que acabase de una vez p or todas con la crisis interna de­ bida a las luchas de la nobleza que

estaban sang rand o al país. Estas m is­ m as luchas estaban favoreciendo la secesión de provincias fronterizas y así Telepinu tuvo que org anizar las cam p añ as para som eter a Hassuwa, en C om ágene, y a Law azantiya, cerca de la llanu ra de Elbistan. Asim ism o parece que tam bién suscribió un tra­ tado con K izzuw atna que, aunq ue no se ha conservado, parece que este es­ tado tenía ya u n a im po rtancia consi­ derable. Pero fue en política interior donde centró sus esfuerzos p ro m ul­ gando un rescripto en el que se trata­ ba de regular la sucesión al trono y hacer im perar el espíritu de la ley por

«Puerta de los Leones»

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2 2 A kal Historia del M undo Antiguo

El Mito de Telepinu

a) La cólera del dios, su desaparición

y sus consecuencias

(El tercio superior de la tablilla, unas 20 lí­ neas, está roto. Probablemente exponía las razones de la ira del dios).

(1) Telepinu [hirvió en cólera y gritó]: «¡No debe haber interferencia!» En su agi­ tación] trató de poner [su calzado dere­ cho] en su pie izquierdo y su [calzado] iz­ quierdo [en su pie derecho]... [...].

(5) La niebla se apoderó de las venta­ nas, el vapor se adueñó de la casa. En el lar los leños se apagaron, en los altares los dioses se sofocaron, en el aprisco las ove­ jas se sofocaron, en el establo el rebaño se sofocó. Las ovejas descuidaron su corde­ rino, la vaca descuidó su becerro.

(10) Telepinu se fue y tomó grano, (fér­ til) brisa, ...,... y saciedad del país, el pra­ do, las estepas. Telepinu se fue y se perdió en la estepa: la fatiga le abrumó. Así el gra­ no (y) la espelta ya no prosperan. Así el ganado, las ovejas y el hombre ya no (15) procrean. Y aun los que tienen hijos no los sacan adelante.

La vegetación se agostó; los árboles se secaron y no dieron pimpollos. Los pastos se secaron. Los manantiales se secaron. En la tierra surgió la carestía para que el hombre y los dioses perecieran de ham­ bre. El gran dios Sol dispuso un festín e in­ vitó a los mil dioses. Comieron (20), pero no saciaron su hambre; bebieron, pero no aplacaron su sed...

(Tomado de J.B. Pritchard, La sabiduría

del Antiguo Oriente, p. 102)

encim a de las reyertas de la nobleza. A este rescripto ya hemos recurrido pa­ ra reconstruir la historia del Antiguo R eino puesto que sus considerandos históricos constituyen la fuente princi­ pal para el conocim iento de esta época. E n cuan to a política interior, trató de p o n er fin a la situación desastrosa creada p o r las luchas entre la nobleza y por cuestiones de sucesión al trono. En su decreto, el llam ado rescripto de Telepinu, es el pa nku el que constitui­ rá la base sobre la que se asienten sus reform as. El p a n k u , que ya existía a n ­ teriorm ente, era la A sam blea de n o ta ­ bles hititas, con atribuciones bastante difusas hasta este m om ento. Telepinu lo eleva a T ribunal Suprem o de Justi­ cia al que deben som eterse ab soluta­ m ente todos, incluido el m ism o rey. Sin d u d a esto su p o n e u n a co ncep ­ ción del p od er real bastan te distinta a los reinos de su entorno. A través del fortalecim iento de esta institución tra­ tó de que la nobleza cerrase filas en to rn o a la in stitu ció n m o n árq u ica, b u scan d o la concordia y el som eti­ m iento a la ley general y no a leyes privad as «feudales». P or otra parte estableció u n sistem a de sucesión al trono que evitase las situaciones de caos y de com plós palaciegos cada vez que se vislum braba alguna pérd i­ da de poder p o r p arte del rey. La su­ cesión se estableció de la siguiente forma: en p rim er lugar sería el suce­ sor un príncip e de la esposa principal del rey; a falta de éste, o cu paría el tro­ no un p rincipe de u n a m ujer de se­ gunda categoría {infra) y a falta de cand idatos anteriores, el trono lo ocu­ paría el m arido de u na princesa n aci­ da de la esposa principal. A unque el conjunto de su obra no tuvo dem asia­ da co n tin u id ad sí se m antuvo el siste­ m a de sucesión al tro n o al m enos h asta H attusil III.

Telepinu es generalm ente conside­ rado com o el últim o rey del Im perio A ntiguo Hitita. Ello es debido a que hasta el advenim iento de Supiluliu- ma, hacia 1380 a.C., nos encontram os

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con u n a etapa de la histo ria hitita m uy m al conocida a causa de la falta de d o cu m en ta ció n . C oncretam ente, hasta ap ro xim adam ente 1450 a.C., la escasez de datos es casi total. A p artir de esas fechas, según E. Laroche, p a ­ rece que se asienta en H atusas u na dinastía de origen semi-extranjero que p odría ser o riu n d a de K itzuw atna. Lo que sí parece claro es que en esta eta­ p a se opera u n a influencia fuerte del m undo hu rrita sobre el hitita, que p a ­ rece detectarse en los nom bres p ro ­ pios incluso de algunos reyes así co­ mo en la religión. Es p o r todo ello p or lo que se piensa en el asentam iento en H atti de u n a din astía distinta. El fu n d ad o r de la m ism a pudo ser u n Tudhaliya, tres o cuatro generaciones antes que Supiluliuma, que aparece con tintes de gran con quistador, au nq ue no hay u n anim idad entre los historia­ dores. E n todo caso parece que m a n ­ tuvo luchas contra A rzaw a y los gasga así como contra Alepo a la que derrota.

E sta época poco co n o c id a de la historia hitita es precisam ente la que m arca el apogeo de M itan n i en toda la zona de la alta Siria, colindante con el m und o hitita. D esde estos esta­ dos vasallos de los hurritas se efec­ tu a b a n razzias contra el país de Hatti con absoluta im punidad. A este esta­ do de cosas p o n d rá n fin las ca m p a­ ñas de Tutm osis III h acia 1471 a.C., lo que ayudó sin d u d a a la recuperación del m undo hitita. O.R. G u rn ey piensa incluso que la ca m p a ñ a de Tudhaliya (II ?) contra Alepo fuese un castigo por la defección de esta ciudad con respecto a M itanni, dada la ascenden­ cia h urrita de la nueva dinastía hitita.

2. El Imperio

2.1. Supiluliuma

La creación del Im perio H itita es sin duda la obra de S upilulium a. C u a n ­ do se encarga de los asuntos del rei­ no, prim ero com o príncipe asociado a la corona y m ás tarde com o rey, sé

e n c u e n tra co n u n a situ a c ió n re a l­ m ente calam itosa si tenem os en cuen­ ta u na crónica de la época, con ata­ ques en sus fronteras, fu n d am en tal­ m ente en las zonas norte y este del te­ rritorio. S up ilu liu m a se encargó de expulsar a los invasores y con solidar las fronteras cuan d o aú n no era rey, según se desprende de u n a biografía redactada p o r su hijo M ursil. Esto le hizo alca n zar un gran prestigio entre el ejército, que lo elevó p o r ello al tro ­ no. Pero el reino con que se encontró S upilulium a a su subida al po d er era ya m uy distinto al de la época an te­ rior. Las constantes guerras hab ían a c e n tu a d o su c a rá c te r g u errero al m ism o tiem po que posiblem ente h a­ b ían provocado tendencias auto rita­ rias de la m onarqu ía. Si a ello u n i­ mos las influencias egipcias y sobre todo hurritas com o ya hem os señ ala­ do, nos encontram os con u n a m o n ar­ quía hitita tendente al absolutism o y a las formas teocráticas propias del res­ to de las m onarquías contem poráneas. S upilulium a supo p o n er a su disposi­ ción esa nueva estructura estatal y do­ tar de un gran im perio al pueblo hitita. Su prim era intervención en política exterior fue en M itanni, apoyando a A rtatam a, uno de los candidatos al tro n o , en co n tra de T ushrata. Este apoyo se m aterializó en la invasión de M itanni, do nde fue derrotado, he­ cho éste que silencian las fuentes h iti­ tas pero no las hurritas, au n qu e sea de form a indirecta. Ante este fracaso S u p ilu liu m a aco m ete u n a serie de cam p añ as en Asia M eno r con el fin de establecer unas bases fuertes en su territo rio . Así in icia u n a c a m p a ñ a contra los Azzi (o H ayasa), en la zona norte de las fuentes del Eufrates, con los que suscribirá u n tratado de paz que se nos ha conservado. Tam bién acom ete u n a serie de cam p añas co n­ tra los gasga, los vecinos bárbaros del norte que serán siem pre u n peligro ~ para el reino hitita'..Su estructura tri­ bal y las dificultades del terreno no hicieron posible su sum isión aunque

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24 A ka l Historia del M undo Antiguo

sí consiguió cierta pacificación esta­ bleciendo u na especie de limes en la frontera con ellos. El tercer objetivo en esta etapa de S upilulium a fue el país de Arzawa, que h abía consegui­ do un poderío capaz de paran g o n arse con el egipcio, m an ten ien d o incluso intercam bios de regalos con A m eno­ fis III. C on todo, fue integrado en la órb ita de H attusas. D e esta form a, au n q u e los resultados no eran defini­ tivos sí p ro p o rcio n aro n a S upiluliu­ ma u n a paz interna sobre la que ini­ ciar su política exterior.

Q uizás la o p o rtu n id ad le vino h a­ cia el año 1365 a.C. en el que se en ­ contró con unas condiciones idóneas puesto que Am enofis IV h ab ía subido al trono y no m ostraba excesivo celo en su política exterior siria. Al igual que con su aliado m itanio Turshrata, el faraón egipcio tam bién h ab ía in ­ tentado suspender el intercam bio de regalos con el rey hitita, receloso posi­ blem ente del auge que estaba alca n ­ zando, com o nos m uestra u n a carta de Tell-el-Am arna. D ab a por tan to la sen sació n de q ue A m enofis IV no quería com prom eterse ni con M itan- ni ni con Hatti. Ante esto S upiluliu­ ma firmó un tratado con K itzuw atna p o r el que, m ediante ciertas concesio­ nes, este reino se com prom etía a de­ pender en política exterior del sobe­ rano hitita. C on estas bases S upilu­ lium a pasó a intervenir en M itanni presentándose de alguna m anera co­ m o defensor de los derechos lesiona­ dos en su a n te rio r intervención en M itanni en defensa de A rtatam a.

La prim era guerra siria supuso la derrota de M itanni, cayendo todo el norte de Siria en p o d er del hitita. O.R. G urney parece co n fu n d ir esta cam ­ p añ a con la p rim era iniciad a p or Su­ pilulium a que acab a en fracaso. De distinta opinión, que es la que segui­ mos, son A. Goetze, al que sigue P. G arelli. A unque esta ca m p a ñ a no tra­ jo un resu ltado m ilita r decisivo, sí

afectó gravem ente a los intereses mi- tanios en la zona. S upilulium a co n ­

cluyó una serie de acuerdos con los príncipes de las ciudades, que acepta­ ron la auto ridad hitita a cam bio de asistencia m ilitar. E ntre otros pode­ mos citar a los príncipes de N uhassa, p robablem en te Alepo y A lalah, Tu- nip e incluso la m ism a Ugarit, a u n ­ que ésta siguiese m an ten iend o rela­ ciones am istosas con Egipto. Q uizás el p rín c ip e que d esa rro lló en esta época u n a política m ás confusa fue el am orita Abdi-Asirta. D esignado por A m enofis III com o jefe de los a m o n ­ tas para defender los intereses egip­ cios en la zona, aprovechó la situa­ ción expectante de las grandes po ten ­ cias p ara eng randecer sus territorios. Las in trig a s e n tre esto s p e q u e ñ o s príncipes aliados de Egipto eran algo com ún com o nos hacen ver las cartas de Tell-el-Amarna. La política llevada a cabo p or A bdi-A sirta y su hijo Azi- ru son u n exponente claro de las m is­ mas. P or su parte Egipto, caído en un a cierta apatía con A m enofis IV o quizás p or su propio interés, prefirió antes la creación de un estado más fuerte que o p o n er a los hititas que fa­ vorecer a los pequeños, puesto que es­ ta segunda opción im plicaba el envío de tropas. La situación llegó a h acer­ se tan tensa en la zona siria co n tro la­ da p o r Egipto que éste tuvo que inter­ venir en apoyo del príncipe de Biblos, el enem igo p rin cip al de Abdi-Asirta. El am orita falleció en circunstancias oscuras d u ran te el levantam iento del cerco de esta ciudad.

Pero el poderío del estado de M i­ tan ni aú n no estaba subyugado pues­ to que la zona central del m ism o se m antenía intacta. M erced a u n a serie de n egociacion es consiguió fo rm ar una gran coalición contra H atti en la que p articip aro n algunos de los más im portantes principados sirios. La lis­ ta de los particip antes la conocem os p o r la represión ejercida por S upilu­ liu m a y entre ellos estab a n Alepo, A lalah, Neya, A rahtu, Q atna, Q adesh y D am asco, com o indica el p re ám b u ­ lo del tratad o con M attiw aza. El

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or-Técnica constructiva de las fortificaciones de Bogazkoy.

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26 A ka l Historia del M undo Antiguo

den de los acontecim ientos es algo confuso pero sí parece claro que Su­ p ilu liu m a no in terv in o in m e d ia ta ­ m ente en Siria sino que atacó Isuwa, que fue puesta fuera de com bate p ara posteriorm ente dirigirse contra Was- suganni, la capital del Im perio M itan- nio, que fue a b a n d o n a d a p o r Tush- ratta al saqueo. R en u n cian d o a p er­ seguirlo, el rey hitita se dirigió a Siria en ayuda de su fiel aliad a Ugarit, le­ v a n ta n d o su cerco y d e rro ta n d o y d e stro z an d o a los p rín cip e s de las ciudades que ya hem os enum erado. De esta forma, toda la Siria, desde el Eufrates al L íbano, cayó bajo el p o ­ der de Supilulium a.

Al igual que ocurrió tras la prim era guerra siria, tras esta segunda la si­ tuación y actuación del reino am orita ahora gobernado p o r A ziru es b as­ tante parecida. A liado de escasa fia­ bilidad con los egipcios, Aziru se en ­ c a rg a rá de a m p lia r su te rrito rio a costa p re cisam en te de sus m ism os coaligados, ayudado en ocasiones por los hititas. Al m ism o tiem po inició u n a política de contactos con S up ilu­ lium a lo que provocó unos claros re­ celos p or parte de Am enofis IV que le conm inó en reiteradas ocasiones p a ­ ra que fuese a Egipto, com o conoce­ mos p or la correspondencia de Tell- el-A m arna. Esta situación llegó a su extremo con la ocu pación de Biblos por Aziru, con la connivencia de p rín ­ cipes aliados de los hititas, con los que ante las requisitorias de Egipto, tuvo que d ar cuenta de sus actos. Sin em bargo, la m uerte de A m enofis IV y el acceso al trono de T utankham on, ju n to con los apoyos que encontró entre ciertos fu n c io n a rio s egipcios, hicieron que pasasen a u n segundo lugar las cuestiones sirias. D e vuelta a A m urru con tinuó su política de so­ m etim iento de princip ad o s sirios. Sin em bargo, la m uerte de T u tan k h am o n hacia 1351 a.C. y el posible desencade­ nam iento de la guerra h u rrita lo incli­ naron definitivamente por el bando h i­ tita al que en adelante perm aneció fiel.

Las incursiones hititas en el sur de Siria acab aro n provocando la reac­ ción egipcia y así en 1354 a.C. u n ejér­ cito egipcio se dirigió contra Q adesh al m ism o tiem po que los hurritas ata­ cab an K arkem ish. Parece que no h a ­ bía conexión entre am bos ejércitos. En am bos frentes los hititas salieron victoriosos produciéndose a su vez un acercam iento entre Egipto y H atti de­ bido a la viuda de T utan kh am on que solicitó la m ano de u n o de los hijos de S up ilu liu m a. El m atrim o n io no llegó a celebrarse p o r el asesinato del novio p o r instigación de Ai, que legi­ timó la u su rp ación casándose con la viuda de Tutankham on. Esto trajo apa­ rejado u n a serie de ataques de Supi­ lulium a en el sur de Siria, que tuvo com o fatal consecuencia p rop ag ar la peste entre los hititas, que causó es­ tragos durante b astantes años. Ante ello reorganizó el gobierno de Siria y m archó a A natolia p ara lu ch ar co n ­ tra otras incursiones de los gasga.

La situ ació n in terio r en M itann i era b astan te desastrosa. Tras las n ue­ vas derrotas de T urshrata la nobleza se am otinó y le dio m uerte. Esta situa­ ción será ap rovechada p o r Asiría p a ­ ra sacudirse el yugo m itann io y así A ssu ru b a llit co n sig u ió la in d e p e n ­ dencia. E n M itan ni se desencadenó u na verdadera guerra civil entre los p artidarios de S hu tarn a, que era ap o ­ yado p o r Asiría, y los de M atiw aza, que h ab ía solicitado ayuda a S upilu­ lium a con el que firm a u n tratado, ya citado. El final de este estado de cosas fue la división del territorio m itan nio en dos partes: la oriental o H anigal- bat, g ob ernad a p o r S hutarna, bajo el protectorado asirio; y la occidental, gobernada p o r M atiw aza, bajo co n ­ trol hitita.

H acia 1346 a.C. m urió Supilulium a dejando u n a herencia de un gran im ­ perio, con grandes tentáculos en polí­ tica exterior pero no todo lo cohesio­ n a d o en p o lític a in te rio r com o se dem ostró inm ediatam ente después de su m uerte.

Referencias

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