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rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.
O R I E N T E
1. A. Caballos-J. M. Serrano,
Sumer y A kkad.
2. J. Urruela, Egipto: Epoca Ti-
nita e Im perio Antiguo.
3. C. G. Wagner, Babilonia. 4. J . Urruelaj Egipto durante el
Im perio Medio.
5. P. Sáez, Los hititas.
6. F. Presedo, Egipto durante el
Im perio Nuevo.
7. J. Alvar, Los Pueblos d el Mar
y otros movimientos de pueblos a fin es d el I I milenio.
8. C. G. Wagner, Asiría y su
imperio.
9. C. G. Wagner, Los fenicios. 10. J. M. Blázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe
ríodo Interm edio y Epoca Sai-ta.
12. F. Presedo, J . M. Serrano, La
religión egipcia.
13. J. Alvar, Los persas. G R E C I A
14. J. C. Bermejo, El mundo del
Egeo en el I I milenio.
15. A. Lozano, L a E dad Oscura. 16. J . C. Bermejo, El mito griego
y sus interpretaciones.
17. A. Lozano, L a colonización
griega.
18. J. J . Sayas, Las ciudades de J o -
nia y el Peloponeso en el perío do arcaico.
19. R. López Melero, El estado es
partano hasta la época clásica.
20. R. López Melero, L a fo rm a
ción de la dem ocracia atenien se , I. El estado aristocrático.
21. R. López Melero, L a fo rm a
ción de la democracia atenien se, II. D e Solón a Clístenes.
22. D. Plácido, Cultura y religión
en la Grecia arcaica.
23. M. Picazo, Griegos y persas en
el Egeo.
24. D. Plácido, L a Pente conte da.
25. J. Fernández Nieto, L a guerra
del Peloponeso.
26. J. Fernández Nieto, Grecia en
la prim era m itad del s. IV.
27. D. Plácido, L a civilización
griega en la época clásica.
28. J. Fernández Nieto, V. Alon so, Las condidones de las polis
en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.
29. J . Fernández Nieto, El mun
do griego y Filipo de Mace donia.
30. M. A. Rabanal, A lejandro
Magno y sus sucesores.
31. A. Lozano, Las monarquías
helenísticas. I : El Egipto de los Lágidas.
32. A. Lozano, Las monarquías
helenísticas. I I : Los Seleúcidas.
33. A. Lozano, Asia Menor h e
lenística.
34. M. A. Rabanal, Las m onar
quías helenísticas. I I I : Grecia y
Macedonia.
35. A. Piñero, L a civilizadón h e
lenística. R O M A 36. J. Martínez-Pinna, El pueblo etrusco. 37. J. Martínez-Pinna, L a Roma primitiva. 38. S. Montero, J. Martínez-Pin na, E l dualismo patricio-ple
beyo.
39. S. Montero, J . Martínez-Pin-na, L a conquista de Italia y la
igualdad de los órdenes.
40. G. Fatás, El período de las pri
meras guerras púnicas.
41. F. Marco, L a expansión de
Rom a p or el Mediterráneo. De fines de la segunda guerra Pú
nica a los Gracos.
42. J . F. Rodríguez Neila, Los
Gracos y el com ienzo de las guerras aviles.
43. M.a L. Sánchez León, Revuel
tas de esclavos en la crisis de la República.
44. C. González Román, La R e
pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.
45. J. M. Roldán, Institudones p o
líticas de la República romana.
46. S. Montero, L a religión rom a
na antigua.
47. J . Mangas, Augusto. 48. J . Mangas, F. J. Lomas, Los
Julio-C laudios y la crisis del 68.
49. F. J . Lomas, Los Flavios. 50. G. Chic, L a dinastía de los
Antoninos.
51. U. Espinosa, Los Severos. 52. J . Fernández Ubiña, El Im pe
rio Rom ano bajo la anarquía militar.
53. J . Muñiz Coello, Las finanzas
públicas del estado romano du rante el Alto Imperio.
54. J . M. Blázquez, Agricultura y
m inería rom anas durante el Alto Imperio.
55. J . M. Blázquez, Artesanado y
comercio durante el Alto Im perio.
56. J. Mangas-R. Cid, El paganis
mo durante el Alto Im peño.
57. J. M. Santero, F. Gaseó, El
cristianismo primitivo.
58. G. Bravo, Diocleciano y las re
form as administrativas del Im perio.
59. F. Bajo, Constantino y sus su
cesores. L a conversión d el Im perio.
60. R . Sanz, El paganismo tardío
y Juliano el Apóstata.
61. R. Teja, L a época de los Va
lentiniano s y de Teodosio.
62. D. Pérez Sánchez, Evoludón
del Im perio Rom ano de Orien te hasta Justiniano.
63. G. Bravo, El colonato bajoim -
perial.
64. G. Bravo, Revueltas internas y
penetraciones bárbaras en el Imperio.
65. A. Giménez de Garnica, L a
desintegración del Im perio Ro mano de O cddente.
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Julio Mangas M anjarrés
(Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)
Diseño y maqueta:
Pedro Arjona
«No está permitida la
reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»
© E d ic io n e s A kal, S. A., 1 9 8 8
Los B e rro ca le s del Jaram a Apdo. 4 0 0 - T orrejón de Ardoz M adrid - España Tels.: 6 5 6 56 11 - 6 5 6 49 11 D e p ó sito legal: M. 3 9 .0 7 8 -1 9 8 8 ISBN: 8 4 -7 6 0 0 -2 7 4 -2 (O bra c o m p le ta ) ISBN: 8 4 -7 6 0 0 -3 3 5 -8 (Tom o V) Im preso en G REFO L, S. A. Pol. II - La F ue n sa n ta M ósto le s (M adrid) Pinted in Spain
LOS H ITITAS
Indice
Págs.
Intro d u cció n ... 7
1. El m edio geográfico ... 7
2. El descubrim iento del m undo hitita ... 9
3. Los com ienzos de la historia hitita ... 14
3.1. Los asirios en C apadocia ... 18
I. El Antiguo Reino y el Imperio ... 19
1. El A ntiguo R eino ... 19
2. El I m p e r io ... 23
2.1. S upilulium a ... 23
2.2. M ursil I I ... 27
2.3. M uw atalli ... 27
2.4. U rhi-Teshub, H attussil III, Tudhaliya IV ... 28
2.5. Los reinos neohititas ... 33
0 . El estado ... 34 1. La r e a le z a ... 34 2. El gobierno ... 38 3. La sociedad ... 39 III. La economía ... 43 1. A gricultura ... 43 2. G an ad ería ... 44 3. M inería y m etalurgia ... 44 4. Com ercio ... 46 IV. El derecho ... 47 1. El «Código de Ley» ... 47 2. La f a m ilia ... 48
3. Las personas ... 50 4. La p ro piedad ... 52 V. Religión y cultura ... 55 1. La religión ... 55 1.1. El p anteón hitita ... 55 1.2. El culto ... 57 2. Las a r te s ... 58 B ibliografía... 63
Introducción
1. El medio geográfico
Asia M en o r está lim itad a p o r m a r p o r tres de sus lados form ando la p e nínsula de A natolia. Es u n país de g ra n d es co n tra ste s cuyas u n id a d e s principales de relieve están form adas p o r la m eseta central, que form a una especie de cuenca endorreica en al gunas partes y cuya altura m edia se sitúa en unos 1.000 m etros, au n q u e descendiente de sur a norte y de este a oeste. Esta m eseta está rodeada de al tas m on tañas, una de las cuales, la c a dena sep tentrional, tom a diferentes direcciones parciales au n q u e en ge neral m an tiene u n a dirección m ás o m enos constante oeste-este. N o se tra ta de una cadena excesivamente abrup ta ni inco m unicada, cortada p or los ríos A dranos T shay (R hindacos), Sa- karya, Ala D agh y K ush D agh, alca n zando el Kizil Irm ak o H alys de los textos hititas. A la altu ra de este río el lím ite con la m eseta está bastante m e nos definido que en otros lugares, con algunas cadenas m o ntañosas disco n tinuas tanto en la costa com o en el in terior. Q uizás p or ello las fronteras políticas c a m b ia ro n b a sta n te en la antigüedad debido a roces con gasga y con H azzi (H ayassa). A p a rtir de es ta zona, p o r la costa, las colinas lle g an h a s ta la c u e n c a del E u frates, au nque las m o n tañ as interiores c o n
cluyen en la alta cim a del Akdagh (2.623 m.).
E n la zona este nos encontram os el m acizo de A rm enia que ju n to con el Eufrates sirve de frontera natural con Asia M enor, au n q u e éste tam bién lo haga hasta los confines de Siria. D es cendiendo desde estas cum bres cita das, por la línea que divide las aguas del Eufrates y el Halys, encontram os la cadena del A nti-Tauro con dos di recciones, u n a S.E. y otra S.O., con las alturas mayores de Anatolia. Ese trián gulo form ado p o r estas dos direccio nes y el Tauro form a u n a rica llan ura a orillas del M editerráneo. Esta re gión se co m u nica con el continente p or las P uertas Sirias, usadas p or Ale ja n d ro M agno en su m arch a hacia la costa de Siria-Palestina; las de Am an, en el A m anus y las P uertas Cilicias, entre Tarso y Tyane p o r las que se su be a la m eseta. Siguiendo la costa m e d iterrá n ea tras las P uertas Cilicias, las m on tañ as del Tauro son m uy es carpad as h asta el m ar Egeo y el de M árm ara. P or el interio r las m o n ta ñas del sur, a la altu ra del M u rat D agh (D yndim o, 2.700 m.), se unen con la cordillera septentrional.
La m eseta tam poco form a u n a u n i dad, distinguiéndose en ella distinas regiones. E n el centro está la gran lla nura, con vientos fuertes y escasa o nula vegetación, en to m o al Lago
Sa-8 A ka l Historia del M undo Antiguo / / / i . . .
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Im perio hitita (S iglo XIV a.C.)
Límites aproximados del Imperio Centros hititas
Q Ciudades antiguas
lado, zon a esteparia dedicada a g an a dería. La zo na N.O. ocupa la parte su p erio r de la cu en ca del Sakarya, donde está la actual capital A nkara (Angora, A ncira); es zona de pastos y pinos, tam poco d em asiad o apta para
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i f V ¡ >Tell Halaf <9 a, Qi. %% <5, Ninive Babilonia % la agricultura. La zo n a S.E. está for m ada p o r colinas con poca vegeta ción, de a ltu ra m ed ia a u n q u e con ab u n d a n cia de agua, con buenos p a s tos au n q u e no excesivam ente fértil. La zona m eridional es u n a cuencacerrada con centro en el lago Akgenl, zona rica en pastos y cultivos de ce reales así com o vid y olivo en zonas más altas, con ciudades entre las que destaca Tuwamava, hitita, o Tyane en la actualidad. El sureste es zona m o n tañosa de escaso valor económ ico, al contrario del noroeste, donde la cuen ca del H alys es u n a zo na rica en vege tación, sobre todo en su curso bajo.
C on esta apretad a síntesis geográfi ca a la que hay que a ñ a d ir la consulta al m apa ad ju n to acom etem os el estu dio de la civilización hitita.
2. El descubrimiento del
m undo hitita
Para el m u nd o occidental, hasta co m ienzos del siglo XIX, los hititas o heteos eran sim plem ente uno de los pueblos o tribus que los israelitas en co ntraron h a b ita n d o Palestina a su llegada a la T ierra P rom etida. Tal es el caso del Génesis, XV, 19-21, en los que aparecen citados ju n to con otra serie de pueblos de la zona, o en Gé nesis XXIII en relación con la com pra de u n a sep ultura para Sara, com pra que fue realizad a a un hitita llam ado É fró n , o a ú n en el m ism o lib ro , XXVI, 34-35 y XXVII, 46, referido al casam iento de Esaú con dos mujeres hititas y los problem as que éstas p lan tean a su m adre Rebeca. P or otra p ar te nos encontram os de nuevo citados a los hititas en los diferentes textos que describen la T ierra P rom etida, com o uno de los pueblos que la h a b i tan (véase Josué, I, V o las referencias en Jueces, I de los Reyes, Exodo). En el libro de los Números se establece una m ayor precisión en cu an to a su distri b u ció n geográfica, se ñ a la n d o a los hititas com o h ab itan tes de las m o nta ñas ju n to con los jebu seo s y am o- rreos, a diferencia de los cananeos que parece o cu p a b an las zonas del Jo rd án y la costa (XIII, 29). En Josué, I, 2-4, parece tam bién deducirse que la zona o cu pada p o r los hititas estaba
1 0 A ka l Historia del M undo Antiguo
c o m p re n d id a en tre el L íb a n o y el Eufrates.
La im presión que se desprende de estas citas en relación con los hititas es que se tratab a de un p u eblo no m ás im portante que el resto de los asentados en la zona, ignorándose to talm ente su glorioso pasado. Sin em bargo en época algo posterior las re ferencias a éstos son bastan te d istin tas, m encionán dose ya a la realeza o realezas hititas, que m an tien en in clu so intercam bios comerciales con Egip to a través de Salom ón {Libro I de los Reyes, X, 29). Incluso su poderío m ili tar es puesto de m anifiesto en I I Re yes, VII, 6-7 cu an d o se relata el pánico
que cunde entre las tropas de Ben- H adad, rey de D am asco, que h ab ía puesto sitio a S am aria, la capital de Israel; el p ánico se p ro dujo al oírse el ruido de un n um ero sísim o ejército, p o r lo que p ensaron que los israelitas h ab ían obtenido el apoyo de los h iti tas y de los egipcios.
Sin duda las referencias que se des p ren d ían de las citas bíblicas estaban referidas a lo que la crítica histórica posterior ha llam ado los reinos neo- hititas, que, sin negar su im portancia, eran el resultado de la d esm em b ra ción de un poderoso im perio an te rior. La existencia del m ism o sólo co m enzó a atisbarse cu an d o a lo largo del siglo XIX se pudo descifrar en p ri m er lugar la escritura jeroglífica, gra cias a la excelente lab o r de C ham po- lion, y la escritura cuneiform e asiría, au n q u e en este segundo caso en p rin cipio sólo para la época de los reinos neohititas, desde T iglatpileser I hasta Sargón, rey este últim o que elim in a ría defin itivam en te los p rin cip a d o s hititas a finales del siglo VIII.
El recuerdo de esta civilización ca yó en un olvido total exceptuada la Biblia, de tal form a que no en c o n tra mos referencia alguna a ellos en la a n tig ü e d a d q u e lla m a m o s clásica. N ad a en la Ilíad a y n a d a tam poco en Herodoto, originario incluso de la cos ta de Asia M en o r y p reo cu p ad o siem
pre —a excepción curiosam ente del Asia M en or ce n tral— de los orígenes de los pueblos a los que su afán viaje ro le llevó. Sin em bargo, com o afirm a K. B ittel, p o sib le m e n te vio m o n u m entos hititas según parece desp ren derse de la m ención en Historias, II,
106, de dos relieves tallados en la roca en el cam ino de Efeso a Focea o de Sardes a E sm irna, que pued en rela cionarse con los relieves rupestres del K arabel. H erodoto, negando que fue sen relieves re p re se n ta n d o a M en- nón, tam b ién se co n fun dió cuan do pensó que se tratab a de Sesostris, cu ya leyenda de gran co n q u istad o r esta ba m uy d ifu n d id a p o r todo Oriente.
In d u d a b le m en te no se trataba de Sesostris ni los jeroglíficos que acom p a ñ a b a n a estos relieves eran egip cios. Sin em bargo sí que será el m u n do egipcio el que nos dé u n a visión m ucho m ás clara de lo que había si do el m u n d o hitita antes de la ap a ri ción de las tablillas de Bogazkôy y el descifram iento p o r B. H roznÿ de su lengua. A través de los textos egipcios se pudo saber que los reyes de la XVIII dinastía, a p a rtir de Tutm osis III, h a b ían entrado en contacto con un p u e blo al que lla m a b a n Kheta, que o cu p ab a la zon a norte de Siria hasta el Eufrates, incluso cruzándolo. Era el m ism o pueblo de K heta que com b ati ría m ás tarde contra Ram sés II en la b atalla de K adesh en Siria, descrita con todo detalle en el célebre poem a de P entaur, y que de nuevo volvía a aparecer en el R am eseum y en el gran tem plo de K arnak, en este caso com o firm ante de un tratad o de paz que p o nía fin a las hostilidades entre egip cios e hititas. La identificación de este p ueblo K heta con los hititas del A nti guo Testam ento p ud o realizarse final m ente c u a n d o se p u d o descifrar el p rim er cuneiform e, que correspondió a la época de T iglatpileser 1 (c. 1100 a.C.) y en el que los asirios llam ab an a Siria el «país de H atti», con su capi tal en K arkem ish.
filoló-gicos que supusieron un avance es p e c ta c u la r en el co n o c im ie n to del Próxim o O riente Antiguo, las expedi ciones arqueológicas, o quizás más bien viajero-arqueológicas, p o nían de m anifiesto u n a serie de m onum entos de difícil interpretación p ara estos es tudiosos, y que se rep artían p o r toda Asia M enor.
La prim era descripción de un m o num ento que después se sabría que era hitita pertenece a un relieve ru pestre de los alrededores de Ivriz, bre vem ente citado p o r I. O tter en 1736. T endrían que tran sc u rrir todavía 150 años h asta que A.H. Sayce propusiese a la Society o f B iblical A rchaeology la identificación com o hititas de una serie de inscripciones m uy peculiares aparecidas en la zo n a de H am a. El prim ero que llam ó la atención sobre estas inscripciones fue B urckhart, en 1812, háciéndose eco en su libro Via jes en Siria de una inscripción en es critura jeroglífica pero que a su en tender no era egipcia. Sin em bargo esta observación no fue tom ada en dem asiada consideración y no sería hasta 1870 cu an d o de nuevo dos via jeros p u d iero n lo calizar varias m ás en la m ism a ciud ad de H am a, que fi nalm ente serían traslad ad as dos años m ás tarde al M useo de C o n sta n tino- pla. E ntre esas dos fechas otros expe dicionarios, franceses e ingleses fun dam entalm ente, recorren Asia M enor, dán d o n o s las descripciones de una serie de m o num entos que m ás tarde serían fundam entales p ara el conoci m iento del m undo hitita. Así, entre 1833 y 1835 se descubren p or Ch. Te- xier unas im portantes ruinas cerca de un pueblecito llam ado Bogazkoy, que hoy sabem os que son las de H attusas, la que fue capital del Im perio H itita du ran te siglos. A unos dos kilóm etros de allí tam bién encontró un patio n a tural entre u n m acizo rocoso con sus paredes escritas y largas colum nas de personajes, que los habitantes del país lla m a b a n y lla m a n Y azilikaya («la roca escrita»). A éste le seguiría H a
m ilton que tam bién encuen tra unas ruinas a unos 30 kms. de Bogazkoy, de las que aún no conocem os su n om bre antiguo. En los años siguientes se c o n tin u a ría n las expediciones a u n que en todos los casos siem pre de ti po descriptivo y sin identificar el p ue blo al que pertenecían. Sin em bargo ya se d ab a n las prim eras tentativas en esta dirección. La aparición en un re lieve de Ivriz del m ism o tipo de escri tura que la enco ntrad a en H am a lle vó hacia 1871 a E.J. Davis a llam arla ham atita. Pero fue H.J. Sayce el que co m p aran d o los dibujos y descripcio nes ofrecidos p o r los distintos viajes, así com o su observación personal in situ en algunos lugares, llegó a la co n clusión de que todos esos m o n u m en tos extendidos p o r A natolia eran h iti tas, así com o que gran parte de la zona m o ntañ o sa del norte de M eso p o tam ia h a b ía estad o h a b ita d a en épocas más antiguas por tribus hititas.
A p artir de esa fecha se m ultiplica el núm ero de m onum entos descritos, pero a pesar de los esfuerzos de dis tintos investigadores, incluso con la publicación de un Corpus Inscriptio- rum Hettiticarum (1900-1906), el des cifram iento de esta escritu ra no se consiguió.
No sería, sin em bargo, la escritura jeroglífica m o nu m ental la que revela se los secretos de ese m undo hitita que com enzaba a atisbarse. El descu brim iento en 1887 de las cartas de Tell-el-A m arna significó un paso im portantísim o en el conocim iento de las relaciones internacionales de Egip to duran te los reinados de Am enofis III y A m enofis IV, cubriend o un pe ríodo com p rend ido ap ro x im ad am en te entre 1385-1360 a.C. A unque la m a yor parte estab an en lengua acadia, algunas de ellas procedentes de esta dos vasallos de Siria y Palestina h a cían referencia a los m ovim ientos de tropas del rey de H atti e incluso se en contró u n a del m ism o rey hitita Supi- lulium a felicitando a A khenatón por su acceso al trono. Tam bién aparecie
1 2 A ka l Historie del M undo Antiguo
ron entre esta co rresp o n d en cia dos cartas escritas en u n a lengua desco nocida que alu d ían al rey de u n país llam ado Arzawa y que fueron estu diadas por el noruego JA . K nudtzon en 1902, llegando éste a la conclusión de que se trataba de una lengua in doeuropea ante el escepticism o gene ral de los estudiosos de su época.
E n fechas algo anteriores ya se h a b ía n p ro d u c id o h a lla z g o s de frag m entos de tablillas en las ruinas de Bogazkoy donde, a p artir de 1906, se h a b ía n iniciado ya excavaciones a r queológicas dirigidas p o r W inckler y subvencionadas por la Sociedad Orien tal A lem ana. La excavación fue un éxito desde la prim era ca m p a ñ a ya que se ex h um aron gran ca n tid a d de tablillas cuneiform es escritas en su m ayoría en la lengua de las dos cartas antes citadas de Arzawa. Asim ism o, tam bién apareciero n diversas tab li llas escritas en acadio. P recisam ente el exam en de los textos acadios, cuyo d esc ifram ien to ya h a b ía p erm itid o conocer b ien la lengua, perm itió sa ber los nom bres de varios reyes que coincidían con los escritos en jeroglí ficos en K árn ak y en la versión egip cia del tratado de p az firm ado entre R am sés II y H attusil III. P recisam en te de este tratado encontró tam bién W inckler u n a versión acadia. Estos h allaz g o s p e rm itie ro n lo c a liz a r en Bogazkoy la capital del reino hitita, H attusas. El conocim iento de la his toria de los hititas entre los siglos XIV y X III a.C. co m enzaba ya a atisbarse, m áxim e cuan d o en esas m ism as fe chas encontraba y descifraba King una crónica b ab ilo n ia en la que los hititas aparecían com o los causantes de la ruina de la dinastía b ab ilo n ia in stau rada p o r H am m urabi.
El cam ino a seguir a p a rtir de este m om ento estaba m uy claro: había que in ten tar descifrar las tablillas escritas en esa lengua desconocida que ya no se n o m b rab a com o de Arzawa sino que se consid eraba la lengua del Im perio Hitita. Tras la m uerte de W in
ckler en 1913 hay una p rim era ten ta tiva de D elitzsch que publica algunos vocabularios tratando de explicar cier tas expresiones del hitita a través de los ya conocidos sum erio y acadio. Sin em bargo sería el checoslovaco B. H roznÿ, uno de los encargados de la p u b lic a c ió n de los textos, q u ien a p artir de 1915 com ienza a establecer algunos elem entos de la g ram ática h itita, b asá n d o se, a u n q u e con m u chos m ás datos ahora, en la dedu c ción de K n ud tzo n de que se trataba de u n a len g u a in d o e u ro p e a . U no s años m ás tarde p u blica la traducción íntegra de dos com pilaciones de leyes hititas. La lengua que se escribía en las tablillas cuneiform es, con las pos terio re s c o rre c c io n e s d e b id a s a F. S om m er en 1920, h ab ía sido definiti vam ente descifrada. O tro estudioso, E. Forrer, trab a jan d o de form a total m ente independiente de Hroznÿ, tam bién llegó a establecer un avance p re lim in ar de la gram ática hitita, a u n que en fecha algo posterior, con lo que el privilegio de ser el prim ero quedó en m anos del checo. Sobre E. F o rre r volverem os c u a n d o a b o rd e mos la cuestión de las posibles rela ciones del m u n d o hitita con el m u n do aqueo.
E n relación ya con la historia h iti ta, es de nuevo H roznÿ el que publica en 1929, en la catorceava edición de la E nciclopedia B ritánica, un artículo en el que e n c o n tra m o s la p rim era síntesis de la m ism a por m edio de los textos. En 1933 G oetze, en su volu m en sobre Asia M eno r en su Hand- buch der Altertum sw issenschaft, nos ofrece quizás la p rim era descripción sistem ática de la civilización hitita. Por su parte los estudiosos franceses co m an d a d o s p o r L. D elaporte, que pu blica h acia 1929 sus Eléments de la Grammaire Hittite, fu n d a n en París la Société des Études Hittites et Asia niques, que desde entonces publica la Revue Hittite et Asianique dedicada al estudio del m u n d o anatolio. Tam bién es obli gatorio señalar en esta rápid a
pano-Estatua de terracota de una Diosa Madre, sentada sobre un trono y con un león
a cada lado.
H allada en Catal HCiyiik. M ilenio VII-VI a.C. (Ankara, M useo A rq u e ológ ico ).
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rám ica la ob ra de E.H. S tertevant, A Comparative Grammar o f the Hittite Language, p u b licad a en 1933, que fue bastante criticada en su m om ento p or que se consideraron prem atu ras sus especulaciones sobre etim ología com p arad a. Es q uizás con J. F ried rich cu an d o definitivam ente se asien tan los conocim ientos de la lengua hitita, con dos obras fundam entales: Hethi- tisches Elementarbuch, a p a rec id a en 1940, y Hethitisches Worterbuch, en 1952.
Si el conocim iento de la lengua h i tita h ab ía abierto el cam in o p ara el conocim iento de su historia, el estu dio de su cultura m aterial tam bién aportó valiosos datos. Ya hem os cita do la espectacular excavación de W in- ckler con la identificación de Bogaz- kóy com o capital hitita y la aparición de num erosas tablillas. D esde esas fe chas de 1906 hasta la actualidad se h an m anten ido las excavaciones con algunas interrupciones p o r parte de estudiosos alem anes. A sim ism o las excavacion es en A laca-H o y ü k , co m enzad as en J 907 p o r arqueólogos turcos, se han m anten id o h asta p rá c ticam en te n u estro s días. El m ism o H roznÿ, hacia 1925, em prendió exca vaciones en Kiiltepe, consiguiendo un h allaz g o e s p e c ta c u la r com o era la presencia, al m argen del recinto u r bano propiam en te dicho, de u n a co m u n id ad de com erciantes asirios, el llam ado K arum -K anish, que p ro p o r cionó una ingente c a n tid a d de tab li llas en asirio antiguo. El d esc u b ri m iento fue im p o rta n tísim o p o rq u e nos rem ontaba las fechas en varios siglos a las hasta ah o ra conocidas por Bogazkoy. Los investigadores turcos h a n con tin u ad o posteriorm ente esta excavación con notable provecho. El núm ero de excavaciones haría esta enum eración excesivam ente larga; so lamente querem os señalar que al m ar gen de estos grandes establecim ientos tam b ién se h a n re a liz a d o otras en distintos puntos que h a n ido preci sando en lo posible la civilización h i tita de Anatolia.
3. Los comienzos de la
historia hitita
Los com ienzos de la historia hitita se nos presen tan aún envueltos en algu nas neb u lo sas que la investigación actual está tra ta n d o de aclarar. Lo que nosotros conocem os com o reino hitita y la lengua que lo individualiza son producto de la influencia o inva sión de un pueblo indoeuropeo sobre una base an terior a la que podem os d a r el nom bre com ú nm ente aceptado de asiánica.
E n principio la cuestión está en la id en tificació n de esa base asián ica sobre la que influirán elem entos in doeuropeos identificados p o r su len gua y que co m p o n d rá n ese conglo m erado de dialectos com o el luvita o incluso los llam ad os «jeroglíficos hi- titas», etc., que o cu p a rán distintos lu gares de A natolia. D esgraciadam ente los dato s de que d isp o n em o s p ara ello son estrictam ente arqueológicos hasta la identificación de las colonias de com erciantes asirios establecidas en K anish, a las que hem os aludido en líneas anteriores. Pero eso no ocu rrirá hasta aproxim adam ente 1900 a.C. En esas fechas la zona anatolia ya co noce u n a civ iliz ació n u rb a n a m uy desarrollada.
La crítica actual sitúa el N eolítico anatolio en el VI o V m ilenio, u b ic á n dose fu n d am en talm en te en la zona su r con exclusión del norte. C om o ex ponente m ás representativo podem os citar el yacim iento de Ç atal-H oyiik, a unos 40 kms. al S.E. de Konya, quizás el m ayor de los h ab itats conocidos p ara esta época en O riente Próxim o. P resenta 13 Has. de superficie y doce capas, que se fechan entre 6500 y 5650 a.C., según el C 14, au n q u e otros, en tre ellos Bittel, con sideran que habría que datarlas quizás un m ilenio más tarde. La ciudad, pues creem os que hay que h a b la r ya de verdadera ciu dad, tiene u n a co n c ep ció n in sólita puesto que no tiene calles, estando las
viviendas adosadas u nas a otras for m ando, por así decirlo, una sola cons trucción. Sin d u d a uno de los fines buscados con esta form a constructiva era la defensa, pero no es m enos cier to que este sistem a a su vez indica unas form as de división del trabajo y u n colectivism o que señ alan c la ra m ente la existencia de u na verdadera ciudad. Las expresiones artísticas, no tablem ente desarrolladas, abogan en ese m ism o sentido. Su econom ía esta ba basada fundam en talm ente en una agricultura extensiva y en la g an a d e ría, sobre todo de oveja y cabra, a u n que tam b ién estaba dom esticado el perro y el buey.
A unque concentrado aún en el sur, hacia el C alcolítico antiguo parece operarse un d esp laz am ien to de los centros de p oblación h acia el oeste. El ejem plo m ás im portante es Haçi- lar, cuya form a constructiva está m uy em p aren tad a con la de Ç atal-H ôyiik.
La presencia de estos im portantes focos de civilización sin duda pueden inducir a p en sa r en u n a base fuerte que podía tener c o n tin u id ad en fe chas posteriores. Sin em bargo la ar queología parece dem ostrar el h u n d i miento de la m ism a al menos en cuan to a su originalidad creativa. A unque en la zona sur se m antuvo el pobla- m ien to , sus rasgos expresivos son bastante diferentes con lo que se ap u n ta la p o sibilidad de que nuevas fuer zas o cu p aran la zona.
A finales del TV y com ienzos del III m ilenio a.C. parece que la preem i nencia cultural se desp lazará más h a cia el norte, au n q u e en esa zona no se han enco ntrado hasta hoy elem entos que in d iq u en un h ab itat estable an te rior. Se b a ra ja n causas naturales, co mo la presencia de bosques im pene trables, para explicar la no presencia estable en las regiones situ ad as al norte de la estepa. Será en el C alcolí tico reciente cu an d o los encontrem os, perpetuándose d u ra n te el Bronce a n tiguo anatolio. Pero no es hasta su etapa m ás reciente cu an d o la arq u eo
logía detecta el com ienzo de un gran cam bio, que sitúa hacia 2300 a.C. D i cho cam bio parece p lasm arse en un proceso de co n c en trac ió n que crea verdaderos núcleos u rb an o s p or sus realizaciones plásticas y que se consi dera serían las sedes'de poderes p o lí ticos más fuertes. B astantes autores vinculan este estudio con Troya II por el oeste al igual que la proliferación de centros de este tipo en las cuencas del Halys, del Iris y del Lico. Kiiltepe, entre otros, sería un exponente de ello.
Pero aquí entra ya en ju e g o un n u e vo elem ento que altera considerable m ente nuestros conocim ientos sobre la zona. Las apro xim ad am ente 20.000 tablillas encon trad as en Ebla parecen re tro traer esta situ a c ió n u nos d o s cientos años antes. Así, en un texto histórico que ac o m p añ a a la intro d u cc ió n del tra ta d o en tre A ssu r y Ebla encontram os u na lista de ciu d a des o países som etidos al rey de Ebla. E ntre ellas está precisam ente K anish, la actual Kiiltepe. Si tenem os en cuen ta que, al decir de Pettinato, estas ta blillas del Palacio Real ab arcan unos 70 años de historia de esa ciudad, que se centran h acia 2500 a.C., dicha fe cha no coincide con la expansión u r b an a señalada p ara A natolia central p or los arqueólogos. A ún más, si te nem os en cuenta el carácter em inen tem ente com ercial del Im perio eblaí- ta h ab ría que p en sa r en unos co ntac tos anteriores que hicieron de K anish un centro político apetecido para sus intereses. Es decir; no hay p o r qué p en sar que el som etim iento de K a nish se pro du jo en esa m ism a fecha de ap roxim adam ente 2500, ni que és te se produjese en el m ism o m om ento en que accedía a una form a política de estado. Es esta form a la que parece deducirse p o r la en um eración de va sallos en las tablillas de Ebla. N o se habla de un pueblo en el sentido et nológico del térm ino, sino de u na ciu dad, de un estado. Sin em bargo las fe chas que P ettin ato b a ra ja p ara las tablillas no coinciden con las del ar
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queólogo de Ebla, M atthiae. Este, en base a criterios arqueológicos piensa que las tablillas h ab ría que situarlas com o co ntem poráneas de la dinastía de Sargón de A kkad, es decir 2340- 2150 a.C. En este caso, coincidirían las fechas de los arqueólogos de Kül- tepe con las de los de Ebla, au n q u e a nuestro p arecer los datos epigráfi cos que estudia P ettinato son m ás fia bles que los estrictam ente arqu eo ló gicos.
En todo caso, sea u n a fecha u otra, lo que sí parece claro es que K anish, que hasta aho ra h ab ía p ro p o rcio n a do los prim eros datos escritos sobre A natolia a p artir del siglo XIX a.C.,
es, en fechas bastante anteriores, un lugar im p ortan te de com ercio a ju z gar p o r la m ism a estructura del esta do de Ebla. Esperem os que el estu dio sistem ático de las tablillas eblai- tas nos perm ita conocer m ejor A n ato lia en la seg u n d a m itad del tercer m ilenio.
O tro testim onio sobre A natolia a fines del tercer m ilenio lo en co n tra mos en la llam ad a leyenda de Sar gón, que com enzó a circu lar p or M e s o p o ta m ia h a c ia el 1400 a.C . co n diferentes versiones, en la que este rey parece que realizó u na ca m p añ a p re cisam ente hacia Asia M enor. Sin em bargo y p o r la natu raleza m ism a del
Figura en bronce de un ciervo, bordeado de un disco solar.
Hallada en Alaca H iiyük. Fecha: B ronce ll-lll. (Ankara, M useo A rq u e ológ ico ).
Bajorrelieve en piedra procedente del Kârum de Kültepe.
18 AkaI Historia del M undo Antiguo
relato, no podem os prestarle d em a siada confianza. Lo m ism o podem os decir de N aram sim , del que sabem os luchó contra u n a coalición num erosa entre los que estaban un rey de H atti llam ado Pam ba, así com o un rey de A m urru llam ado H uw aruw as. C om o ocurre con la leyenda de Sargón, las h az añ as de N aram sim serán tom adas com o leyendas, con los nom bres m uy alterados y así en una versión b ab ilo nia de estas cam p añ as estos nom bres no coinciden. Por tanto, com o d ecía mos, debem os an d a rn o s con m ucha precaución a la hora de utilizar estas referencias.
Sin em bargo creem os que de nuevo hay que volver sobre esa fecha del año 2300 a.C., fecha em inentem ente arqueológica, p o r la im portancia que se le ha dado p o r p arte de num erosos investigadores. Efectivam ente el cam bio que se produce h acia esas fechas en A natolia tam b ién lo detectam os en Siria y P alestin a, fu n d a m e n ta l m ente a nivel de destrucciones y a p a rición de elem entos culturales n ue vos. Pero el problem a se p lantea a la hora de conocer quiénes fueron los causantes. Si en el caso de Siria y Pa lestina tenem os bien atestiguados a los martu, no es lo m ism o en A n ato lia. Casi todas las teorías los relacio n an con el pueblo luvita, a p artir de las de Hellaart, disociándolos del pue blo hitita, au n q u e con u na base m uy poco sólida. Las tablillas de los m er caderes asirios de K anish los nom b ra n en contadas ocasiones al co n tra rio que los hititas, a los que tam bién se les atribuye dicha invasión, sin que tam poco esto p odam os confirm arlo plenam ente. Por ello preferim os no en trar en suposiciones sobre los orí genes y zonas de penetració n de los m ism os hasta que algún día tenga mos datos m ás fiables.
3.1. Los asirios en Capadocia
H asta 300 a 400 años después no en contram os p or p rim era vez alusiones
a los pobladores de esta zona. Y estas alusiones no co rresponden a la escri tura de éstos sino de m ercaderes asi rios que traficab an en estas regiones en el siglo XIX a.C. (fig. 3). D ichas ta blillas son los archivos ju ríd ico s y económ icos de estos m ercaderes. Pe ro a través de ellas podem os saber que en esas fechas Asia M enor estaba fragm entada en num erosos p rin cip a dos independientes. El estudio de los nom bres propios nos indica ya la pre sencia de hititas o em parentados con ellos (nesitas), hatti (o protohititas), levitas y hurritas. D a la sensación de que se trata de ciudades-estado con territorios bastante restringidos, p are cidas a las ciudades sum erias presar- gónidas, incluso con los m ism os p ro b le m a s fro n te riz o s, así co m o co n luchas entre sí para ob ten er la hege m onía de u na zona. La situación es p o r tanto b astan te movediza. D entro de esa m ism a situación, conocem os p o r las tablillas la existencia de un rey, A nitta, localizado en datos poste riores, que, venciendo a u na coalición de ciudades, consigue establecer una nueva dinastía en N esa, po siblem en te K anish, que abarcó gran parte de la lla n u ra capadocia. Este personaje, A nitta, según O.R. G urney, p lantea b astantes problem as históricos, a u n que parece h a b e r p erd u rad o en la tra dición hitita dado que se relatan sus h az añ as en otro texto b astan te poste rior enco n trad o en H attusas, hoy Bo gazkoy. A p a rtir de esas fechas los a c o n te c im ie n to s so n m uy oscuros, decayendo el com ercio asirio en la zona y siendo arrasad a K anish. La fe cha que se b araja p ara estos hechos oscila h ac ia ©1 1800 a.C. La ú nica fuente disponible p ara sacar alguna luz en fechas posteriores h asta el res cripto de Telepinu son las listas de ofrendas de reyes deificados tras su m uerte, que p resen tan bastantes p ro blem as. E n tre ellos en co n tram o s a L abarna, que es posible sea el m ism o que encontram os en el m encionado rescripto.
I. El Antiguo Reino y el Imperio
1. El Antiguo Reino
Esta división de la historia hitita en un Antiguo Reino, que abarcaría des de aproxim adam ente 1650 a 1430 a.C., y un Período Im perial, desde 1430 a 1200 a.C., es u n a p u ra convención co mo casi todos los estudiosos afirm an. Sin em bargo, a nivel de m étodo, p u e de rendir beneficios con idea de estruc turar mejor su estudio. Está claro que lo que ocurre es sim plem ente un proble m a de escasez de fuentes para ciertas épocas que, al ser m ás oscuras, se con sideran siem pre períodos transitorios. N u e stro s c o n o c im ie n to s f u n d a m entales sobre el Antiguo R eino p ro ceden del rescripto de Telepinu y las res gestae de H attusil I, así com o las ya m encionadas listas de ofrendas de re yes deificados que presentan grandes problem as. En base a éstos, los hititas relacionan sus orígenes con los reyes L abarna y H attusil I; la cuestión está en saber qué relación —si es que h a bía alg u n a— existió entre ellos. Son num erosos los estudiosos del m undo hitita que h an participado en este te ma. Parece que efectivam ente hacia 1680 a.C. existió un rey L ab a rn a y una reina T aw ananna. Pero la cues tión se com plica a p artir de este m o m ento ya que H attusil I parecía ser hijo de L ab a rn a y sin em bargo se de signaba a sí m ism o com o «hijo del
h erm an o de T aw ananna». Las conje turas se m ultiplican p ara explicar es ta situación. Así se piensa que L ab ar na y T aw an an n a sería n h erm an o s, casados, en u n a etapa d on de el inces to real estaría ad m itid o a diferencia de lo que ocurre en épocas posterio res. Por otra parte se ha querido ex p licar p o r p arte de J.G. M acqucen que se tratab a de un sistem a de suce sión m atrilineal hatti que ya se detec ta en estos prim eros reyes conocidos y que tend ría su fin en la regulación de la sucesión al trono debida a Tele pinu, p or influencia sucesiva del sis tem a p atrilin eal ind o eu ro p eo . O.R. G urney ha desm o ntado esta hipótesis así com o otras tendentes a b uscar for mas m atriarcales en etapas anteriores a los inicios del A ntiguo Reino. Lo que posiblem ente existió fue un com plejo sistem a social do nde la m ujer, q u izás p o r co stu m b res ancestrales, ocupó un lugar diferente al que poste riorm ente ten dría a lo largo del desa rrollo de este A ntiguo Reino. Esta es la solución propuesta p o r O.R. G u r ney y m atizada p o r P. G arelli.
El rescripto de Telepinu nos ofrece una visión p osib lem ente idílica del reinado de L a b a rn a , señ a la n d o un reino que ab a rcab a u n a parte de la A natolia central, concretam ente des de el Tauro h asta la llan u ra de K on ya. R eino p eq ueño a su parecer pero
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unido y donde el rey se hacía obede cer. La posibilidad de que se trate de u n a idealización viene dad a p o r dos hechos. En p rim er lugar, po rq u e Tele- p inu acab ab a de regular el sistem a de acceso al trono que h ab ía ensan g ren tado a la m o n arq u ía debido a las lu chas entre nobles h asta ese m om ento. C on esta descripción de la situación del reino de L a b a m a se trata b a de co m p arar su época con u na p asad a que p odría ser m odelo de la que tra taba de im poner, con el carism a que podía darle su antigüedad. E n segun do lugar, porque nos transm ite u na descripción del reinado de H attusil I en térm inos sim ilares y que no res ponden a la realidad ya que p o r una inscripción bilingüe en acadio e h iti ta sabem os que ésta era m uy distinta puesto que las facciones nobles estaban frontalm ente enfrentadas y el m ism o rey h abía tenido que reprim ir u n a re vuelta de sus hijos, al igual que h ab ía ocurrido en anteriores generaciones.
E n todo caso sí parece claro que al m argen de la política in terior H a ttu sil I acom etió una serie de cam pañas exteriores que nos h an tran sm itid o sus res gestae. En ellas se nos relatan seis cam p añ as de las que no conoce mos bien su desarrollo cronológico ni tam poco en m uchos casos el teatro de las o p eracio n es, p ero q ue se ñ a la n claram ente la expansión territorial del reino. El resultado de ellas, en las que el enem igo m ayor fueron los hurritas, es que la influencia hitita se extendió desde el M ed iterrán eo hasta el río K u m m esm ah as (q u izás el Yesil Ir- m ak o el Cekerek).
El esp íritu c o n q u is ta d o r de este A ntiguo R eino estará en c arn ad o en la figura de M ursil I, su sucesor. M ás afortunado que su pad re adoptivo en su política siria, se apoderó de Alepo, que en esta época co ntro lab a el norte de Siria. Los problem as que su padre había tenido con los h u rritas no ap a recieron aún en los com ienzos de su reinado y M ursil I se em barcó en una de las aventuras m ilitares m ás espec
taculares de O riente P róxim o en la A ntigüedad. N os referim os a la con quista de B abilonia hacia el año 1595, destituyendo al últim o rey de la p ri m era d in astía de B abilonia, la m ism a que h ab ía tenido su época de m ayor esplen do r con H am m urabi. M ursil I conquistó la ciu dad y un rico botín, deján d o la después en m anos de los casitas p ara volver de nuevo a A n ato lia. Lo que llam a la atención al histo riad o r no es la gesta de la conquista en sí, puesto que la situación de B abi lonia en esa época era bastante desas trosa, com o nos deja ver el edicto de A m isaduqa, sino la lejanía del teatro de operaciones en relación con las bases hititas, el ap arentem ente poco beneficio derivado de ello y el poi qué en definitiva de esa operación. El hecho está tam b ién d ocu m entado en la C rónica B abilónica: «En el tiem po de S am suditan a el hom bre de H atti m archó contra las tierras de Akkad». Para explicar el p o r qué se h a n b a ra ja d o distintas hipótesis de entre las cuales la p resen tad a p o r B. L andsber- ger y seguida p o r O.R. G urney parece la m ás razonable. Se trataría de una alianza de los casitas del reino de Ha- na y los hititas contra el enem igo co m ún hurrita. A cam bio de esta alia n za los hititas h ab ría n ayudado a los casitas en su afán de co nq uistar B abi lonia. C on todo, esto supone un aleja m iento m uy considerable de su terri torio p o r parte de M ursil I, que pudo traer consecuencias catastróficas p a ra su reino. Las hostilidades contra los hurritas no se hicieron esperar tras es ta incursión, con resultados favorables según nos dice el rescripto de Telepinu.
Es la m ism a fuente la que nos in form a de los sucesores de M ursil T y las nefastas consecuencias de las s a n grientas luchas dinásticas a las que se va a ver som etido el Im perio Hitita. El resultado de las m ism as será el re troceso de su poderío. Así, el m ism o M ursil I será asesinado p or su ci’ ña- do H antili en 1590 a.C., siguiendo un período de disturbios d u ra n te unos
50 añ o s, q u e c o n o c e m o s b a s ta n te mal. Los hurritas devastaron el país y las revueltas internas se sucedieron bajo H antili, Z id an ta y A m m una, al igual que las incursiones de las p o blaciones b árb ara s del norte, los gas- ga, a los que los hititas nunca consi guieron someter.
A esta situación va a p o n er coto Te- lepinu (ca. 1525-1500 a.C.), que tam bién accede al trono de form a irregu lar. Su principal actividad se centró en la búsqueda de un sistem a de su cesión al trono que acabase de una vez p or todas con la crisis interna de bida a las luchas de la nobleza que
estaban sang rand o al país. Estas m is m as luchas estaban favoreciendo la secesión de provincias fronterizas y así Telepinu tuvo que org anizar las cam p añ as para som eter a Hassuwa, en C om ágene, y a Law azantiya, cerca de la llanu ra de Elbistan. Asim ism o parece que tam bién suscribió un tra tado con K izzuw atna que, aunq ue no se ha conservado, parece que este es tado tenía ya u n a im po rtancia consi derable. Pero fue en política interior donde centró sus esfuerzos p ro m ul gando un rescripto en el que se trata ba de regular la sucesión al trono y hacer im perar el espíritu de la ley por
«Puerta de los Leones»
2 2 A kal Historia del M undo Antiguo
El Mito de Telepinu
a) La cólera del dios, su desaparición
y sus consecuencias
(El tercio superior de la tablilla, unas 20 lí neas, está roto. Probablemente exponía las razones de la ira del dios).
(1) Telepinu [hirvió en cólera y gritó]: «¡No debe haber interferencia!» En su agi tación] trató de poner [su calzado dere cho] en su pie izquierdo y su [calzado] iz quierdo [en su pie derecho]... [...].
(5) La niebla se apoderó de las venta nas, el vapor se adueñó de la casa. En el lar los leños se apagaron, en los altares los dioses se sofocaron, en el aprisco las ove jas se sofocaron, en el establo el rebaño se sofocó. Las ovejas descuidaron su corde rino, la vaca descuidó su becerro.
(10) Telepinu se fue y tomó grano, (fér til) brisa, ...,... y saciedad del país, el pra do, las estepas. Telepinu se fue y se perdió en la estepa: la fatiga le abrumó. Así el gra no (y) la espelta ya no prosperan. Así el ganado, las ovejas y el hombre ya no (15) procrean. Y aun los que tienen hijos no los sacan adelante.
La vegetación se agostó; los árboles se secaron y no dieron pimpollos. Los pastos se secaron. Los manantiales se secaron. En la tierra surgió la carestía para que el hombre y los dioses perecieran de ham bre. El gran dios Sol dispuso un festín e in vitó a los mil dioses. Comieron (20), pero no saciaron su hambre; bebieron, pero no aplacaron su sed...
(Tomado de J.B. Pritchard, La sabiduría
del Antiguo Oriente, p. 102)
encim a de las reyertas de la nobleza. A este rescripto ya hemos recurrido pa ra reconstruir la historia del Antiguo R eino puesto que sus considerandos históricos constituyen la fuente princi pal para el conocim iento de esta época. E n cuan to a política interior, trató de p o n er fin a la situación desastrosa creada p o r las luchas entre la nobleza y por cuestiones de sucesión al trono. En su decreto, el llam ado rescripto de Telepinu, es el pa nku el que constitui rá la base sobre la que se asienten sus reform as. El p a n k u , que ya existía a n teriorm ente, era la A sam blea de n o ta bles hititas, con atribuciones bastante difusas hasta este m om ento. Telepinu lo eleva a T ribunal Suprem o de Justi cia al que deben som eterse ab soluta m ente todos, incluido el m ism o rey. Sin d u d a esto su p o n e u n a co ncep ción del p od er real bastan te distinta a los reinos de su entorno. A través del fortalecim iento de esta institución tra tó de que la nobleza cerrase filas en to rn o a la in stitu ció n m o n árq u ica, b u scan d o la concordia y el som eti m iento a la ley general y no a leyes privad as «feudales». P or otra parte estableció u n sistem a de sucesión al trono que evitase las situaciones de caos y de com plós palaciegos cada vez que se vislum braba alguna pérd i da de poder p o r p arte del rey. La su cesión se estableció de la siguiente forma: en p rim er lugar sería el suce sor un príncip e de la esposa principal del rey; a falta de éste, o cu paría el tro no un p rincipe de u n a m ujer de se gunda categoría {infra) y a falta de cand idatos anteriores, el trono lo ocu paría el m arido de u na princesa n aci da de la esposa principal. A unque el conjunto de su obra no tuvo dem asia da co n tin u id ad sí se m antuvo el siste m a de sucesión al tro n o al m enos h asta H attusil III.
Telepinu es generalm ente conside rado com o el últim o rey del Im perio A ntiguo Hitita. Ello es debido a que hasta el advenim iento de Supiluliu- ma, hacia 1380 a.C., nos encontram os
con u n a etapa de la histo ria hitita m uy m al conocida a causa de la falta de d o cu m en ta ció n . C oncretam ente, hasta ap ro xim adam ente 1450 a.C., la escasez de datos es casi total. A p artir de esas fechas, según E. Laroche, p a rece que se asienta en H atusas u na dinastía de origen semi-extranjero que p odría ser o riu n d a de K itzuw atna. Lo que sí parece claro es que en esta eta p a se opera u n a influencia fuerte del m undo hu rrita sobre el hitita, que p a rece detectarse en los nom bres p ro pios incluso de algunos reyes así co mo en la religión. Es p o r todo ello p or lo que se piensa en el asentam iento en H atti de u n a din astía distinta. El fu n d ad o r de la m ism a pudo ser u n Tudhaliya, tres o cuatro generaciones antes que Supiluliuma, que aparece con tintes de gran con quistador, au nq ue no hay u n anim idad entre los historia dores. E n todo caso parece que m a n tuvo luchas contra A rzaw a y los gasga así como contra Alepo a la que derrota.
E sta época poco co n o c id a de la historia hitita es precisam ente la que m arca el apogeo de M itan n i en toda la zona de la alta Siria, colindante con el m und o hitita. D esde estos esta dos vasallos de los hurritas se efec tu a b a n razzias contra el país de Hatti con absoluta im punidad. A este esta do de cosas p o n d rá n fin las ca m p a ñas de Tutm osis III h acia 1471 a.C., lo que ayudó sin d u d a a la recuperación del m undo hitita. O.R. G u rn ey piensa incluso que la ca m p a ñ a de Tudhaliya (II ?) contra Alepo fuese un castigo por la defección de esta ciudad con respecto a M itanni, dada la ascenden cia h urrita de la nueva dinastía hitita.
2. El Imperio
2.1. Supiluliuma
La creación del Im perio H itita es sin duda la obra de S upilulium a. C u a n do se encarga de los asuntos del rei no, prim ero com o príncipe asociado a la corona y m ás tarde com o rey, sé
e n c u e n tra co n u n a situ a c ió n re a l m ente calam itosa si tenem os en cuen ta u na crónica de la época, con ata ques en sus fronteras, fu n d am en tal m ente en las zonas norte y este del te rritorio. S up ilu liu m a se encargó de expulsar a los invasores y con solidar las fronteras cuan d o aú n no era rey, según se desprende de u n a biografía redactada p o r su hijo M ursil. Esto le hizo alca n zar un gran prestigio entre el ejército, que lo elevó p o r ello al tro no. Pero el reino con que se encontró S upilulium a a su subida al po d er era ya m uy distinto al de la época an te rior. Las constantes guerras hab ían a c e n tu a d o su c a rá c te r g u errero al m ism o tiem po que posiblem ente h a b ían provocado tendencias auto rita rias de la m onarqu ía. Si a ello u n i mos las influencias egipcias y sobre todo hurritas com o ya hem os señ ala do, nos encontram os con u n a m o n ar quía hitita tendente al absolutism o y a las formas teocráticas propias del res to de las m onarquías contem poráneas. S upilulium a supo p o n er a su disposi ción esa nueva estructura estatal y do tar de un gran im perio al pueblo hitita. Su prim era intervención en política exterior fue en M itanni, apoyando a A rtatam a, uno de los candidatos al tro n o , en co n tra de T ushrata. Este apoyo se m aterializó en la invasión de M itanni, do nde fue derrotado, he cho éste que silencian las fuentes h iti tas pero no las hurritas, au n qu e sea de form a indirecta. Ante este fracaso S u p ilu liu m a aco m ete u n a serie de cam p añ as en Asia M eno r con el fin de establecer unas bases fuertes en su territo rio . Así in icia u n a c a m p a ñ a contra los Azzi (o H ayasa), en la zona norte de las fuentes del Eufrates, con los que suscribirá u n tratado de paz que se nos ha conservado. Tam bién acom ete u n a serie de cam p añas co n tra los gasga, los vecinos bárbaros del norte que serán siem pre u n peligro ~ para el reino hitita'..Su estructura tri bal y las dificultades del terreno no hicieron posible su sum isión aunque
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sí consiguió cierta pacificación esta bleciendo u na especie de limes en la frontera con ellos. El tercer objetivo en esta etapa de S upilulium a fue el país de Arzawa, que h abía consegui do un poderío capaz de paran g o n arse con el egipcio, m an ten ien d o incluso intercam bios de regalos con A m eno fis III. C on todo, fue integrado en la órb ita de H attusas. D e esta form a, au n q u e los resultados no eran defini tivos sí p ro p o rcio n aro n a S upiluliu ma u n a paz interna sobre la que ini ciar su política exterior.
Q uizás la o p o rtu n id ad le vino h a cia el año 1365 a.C. en el que se en contró con unas condiciones idóneas puesto que Am enofis IV h ab ía subido al trono y no m ostraba excesivo celo en su política exterior siria. Al igual que con su aliado m itanio Turshrata, el faraón egipcio tam bién h ab ía in tentado suspender el intercam bio de regalos con el rey hitita, receloso posi blem ente del auge que estaba alca n zando, com o nos m uestra u n a carta de Tell-el-Am arna. D ab a por tan to la sen sació n de q ue A m enofis IV no quería com prom eterse ni con M itan- ni ni con Hatti. Ante esto S upiluliu ma firmó un tratado con K itzuw atna p o r el que, m ediante ciertas concesio nes, este reino se com prom etía a de pender en política exterior del sobe rano hitita. C on estas bases S upilu lium a pasó a intervenir en M itanni presentándose de alguna m anera co m o defensor de los derechos lesiona dos en su a n te rio r intervención en M itanni en defensa de A rtatam a.
La prim era guerra siria supuso la derrota de M itanni, cayendo todo el norte de Siria en p o d er del hitita. O.R. G urney parece co n fu n d ir esta cam p añ a con la p rim era iniciad a p or Su pilulium a que acab a en fracaso. De distinta opinión, que es la que segui mos, son A. Goetze, al que sigue P. G arelli. A unque esta ca m p a ñ a no tra jo un resu ltado m ilita r decisivo, sí
afectó gravem ente a los intereses mi- tanios en la zona. S upilulium a co n
cluyó una serie de acuerdos con los príncipes de las ciudades, que acepta ron la auto ridad hitita a cam bio de asistencia m ilitar. E ntre otros pode mos citar a los príncipes de N uhassa, p robablem en te Alepo y A lalah, Tu- nip e incluso la m ism a Ugarit, a u n que ésta siguiese m an ten iend o rela ciones am istosas con Egipto. Q uizás el p rín c ip e que d esa rro lló en esta época u n a política m ás confusa fue el am orita Abdi-Asirta. D esignado por A m enofis III com o jefe de los a m o n tas para defender los intereses egip cios en la zona, aprovechó la situa ción expectante de las grandes po ten cias p ara eng randecer sus territorios. Las in trig a s e n tre esto s p e q u e ñ o s príncipes aliados de Egipto eran algo com ún com o nos hacen ver las cartas de Tell-el-Amarna. La política llevada a cabo p or A bdi-A sirta y su hijo Azi- ru son u n exponente claro de las m is mas. P or su parte Egipto, caído en un a cierta apatía con A m enofis IV o quizás p or su propio interés, prefirió antes la creación de un estado más fuerte que o p o n er a los hititas que fa vorecer a los pequeños, puesto que es ta segunda opción im plicaba el envío de tropas. La situación llegó a h acer se tan tensa en la zona siria co n tro la da p o r Egipto que éste tuvo que inter venir en apoyo del príncipe de Biblos, el enem igo p rin cip al de Abdi-Asirta. El am orita falleció en circunstancias oscuras d u ran te el levantam iento del cerco de esta ciudad.
Pero el poderío del estado de M i tan ni aú n no estaba subyugado pues to que la zona central del m ism o se m antenía intacta. M erced a u n a serie de n egociacion es consiguió fo rm ar una gran coalición contra H atti en la que p articip aro n algunos de los más im portantes principados sirios. La lis ta de los particip antes la conocem os p o r la represión ejercida por S upilu liu m a y entre ellos estab a n Alepo, A lalah, Neya, A rahtu, Q atna, Q adesh y D am asco, com o indica el p re ám b u lo del tratad o con M attiw aza. El
or-Técnica constructiva de las fortificaciones de Bogazkoy.
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den de los acontecim ientos es algo confuso pero sí parece claro que Su p ilu liu m a no in terv in o in m e d ia ta m ente en Siria sino que atacó Isuwa, que fue puesta fuera de com bate p ara posteriorm ente dirigirse contra Was- suganni, la capital del Im perio M itan- nio, que fue a b a n d o n a d a p o r Tush- ratta al saqueo. R en u n cian d o a p er seguirlo, el rey hitita se dirigió a Siria en ayuda de su fiel aliad a Ugarit, le v a n ta n d o su cerco y d e rro ta n d o y d e stro z an d o a los p rín cip e s de las ciudades que ya hem os enum erado. De esta forma, toda la Siria, desde el Eufrates al L íbano, cayó bajo el p o der de Supilulium a.
Al igual que ocurrió tras la prim era guerra siria, tras esta segunda la si tuación y actuación del reino am orita ahora gobernado p o r A ziru es b as tante parecida. A liado de escasa fia bilidad con los egipcios, Aziru se en c a rg a rá de a m p lia r su te rrito rio a costa p re cisam en te de sus m ism os coaligados, ayudado en ocasiones por los hititas. Al m ism o tiem po inició u n a política de contactos con S up ilu lium a lo que provocó unos claros re celos p or parte de Am enofis IV que le conm inó en reiteradas ocasiones p a ra que fuese a Egipto, com o conoce mos p or la correspondencia de Tell- el-A m arna. Esta situación llegó a su extremo con la ocu pación de Biblos por Aziru, con la connivencia de p rín cipes aliados de los hititas, con los que ante las requisitorias de Egipto, tuvo que d ar cuenta de sus actos. Sin em bargo, la m uerte de A m enofis IV y el acceso al trono de T utankham on, ju n to con los apoyos que encontró entre ciertos fu n c io n a rio s egipcios, hicieron que pasasen a u n segundo lugar las cuestiones sirias. D e vuelta a A m urru con tinuó su política de so m etim iento de princip ad o s sirios. Sin em bargo, la m uerte de T u tan k h am o n hacia 1351 a.C. y el posible desencade nam iento de la guerra h u rrita lo incli naron definitivamente por el bando h i tita al que en adelante perm aneció fiel.
Las incursiones hititas en el sur de Siria acab aro n provocando la reac ción egipcia y así en 1354 a.C. u n ejér cito egipcio se dirigió contra Q adesh al m ism o tiem po que los hurritas ata cab an K arkem ish. Parece que no h a bía conexión entre am bos ejércitos. En am bos frentes los hititas salieron victoriosos produciéndose a su vez un acercam iento entre Egipto y H atti de bido a la viuda de T utan kh am on que solicitó la m ano de u n o de los hijos de S up ilu liu m a. El m atrim o n io no llegó a celebrarse p o r el asesinato del novio p o r instigación de Ai, que legi timó la u su rp ación casándose con la viuda de Tutankham on. Esto trajo apa rejado u n a serie de ataques de Supi lulium a en el sur de Siria, que tuvo com o fatal consecuencia p rop ag ar la peste entre los hititas, que causó es tragos durante b astantes años. Ante ello reorganizó el gobierno de Siria y m archó a A natolia p ara lu ch ar co n tra otras incursiones de los gasga.
La situ ació n in terio r en M itann i era b astan te desastrosa. Tras las n ue vas derrotas de T urshrata la nobleza se am otinó y le dio m uerte. Esta situa ción será ap rovechada p o r Asiría p a ra sacudirse el yugo m itann io y así A ssu ru b a llit co n sig u ió la in d e p e n dencia. E n M itan ni se desencadenó u na verdadera guerra civil entre los p artidarios de S hu tarn a, que era ap o yado p o r Asiría, y los de M atiw aza, que h ab ía solicitado ayuda a S upilu lium a con el que firm a u n tratado, ya citado. El final de este estado de cosas fue la división del territorio m itan nio en dos partes: la oriental o H anigal- bat, g ob ernad a p o r S hutarna, bajo el protectorado asirio; y la occidental, gobernada p o r M atiw aza, bajo co n trol hitita.
H acia 1346 a.C. m urió Supilulium a dejando u n a herencia de un gran im perio, con grandes tentáculos en polí tica exterior pero no todo lo cohesio n a d o en p o lític a in te rio r com o se dem ostró inm ediatam ente después de su m uerte.