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James G. Frazer - MITOS SOBRE EL ORIGEN DEL FUEGO

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james g.

frazer

M

ito s

s o b r e

EL ORIGEN <

DEL

FUEGO

ALTA$FILLA

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Postulando el estudio de los mitos com o instrumento idóneo para vislumbrar el pensamiento del hombre primitivo, Sir James G. Frazer (1 8 5 4 -1 9 4 1 ), dedicó la práctica totalidad de su extensa obra a la mitología y al análisis com parado de las religiones. Los Mitos sobre el

origen del fuego responden a la preocupación de Frazer por reunir un corpus de materiales relativos al acceso del hombre a uno de los descubrimientos más relevantes de su historia. Espigando en el rico bagaje de la tradición oral, el autor recoge un inventario de mitos que contemplan el tema a través de las diferentes culturas y de las distintas zonas geográficas de la tierra.

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James G. Frazer

MITOS

SOBRE EL ORIGEN

DEL FUEGO

C olección «A ltaïr», 1 Editorial Alta Fulla

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La trayectoria seguida por la U ibreria A ltaïr parte de una concepción de la antropología y del viaje como actividades que se implican mutuamente. El viajero no puede sentirse ajeno a la etnología, ni el antropólogo puede renunciar al contacto directo con otras culturas. Esta idea de viaje etnológi­ co es el eje que vertebra la presente colección, dirigida por Albert Padrol y Josep M. Bernades.

Título de la edición original:

M yths o f the origin o f fire

® The Council of Trinity College, Cambridge

c/o A.P. Watt Ltd, London

Primera edición: noviembre de 1986

Traducción Alberto Cardin Diseño: Esteve Fort

Propiedad de esta edición: © Editorial Alta Fulla Bruc 71, 08009 Barcelona, tel. (93) 318 04 31

Impreso en Hurope, S.A. Recaredo 2, Poblenou (Barcelona)

Depósito legal: B. 31.806-1986 ISBN: 84-86556-03-1

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Prefacio

La m itología puede tal vez definirse co m o la filosofía del h om bre primitivo. E s el prim er intento de dar respuesta a las preguntas generales acerca del m undo que se han venido im p o­ n iendo al intelecto humano d esde los prim eros tiem pos y segui­ rán haciéndolo hasta el fin. La tarea, pues, que tiene ante sí quien se interroga es idéntica a la que más tarde asumen los filósofos, y en un estadio más reciente los científicos. R od ea d os de m isterios por todas partes, nos vem os em pujados por un invencible instinto a levantar el velo que parece esconderlos, con la esperanza de que, una vez desvelados, puedan revelar el gran secreto que generación tras generación los indagadores han pretendido descubrir. Se trata de una búsqueda sin fin, una interminable sucesión de sistemas m íticos, filosóficos, científi­ cos, confiadam ente propu estos, esforzadam ente defendidos c o ­ m o fortalezas construidas para la eternidad, dotados del instan­ táneo brillo del arcoiris p o r un tiem po, para después reventar y desvanecerse com o telarañas bajo la luz del sol o burbujas en las aguas de un río. A sí ha sido siem pre, y así será; no incum be al filósofo ni al naturalista tirar piedras contra el tejado de su p redecesor, el fabricante de mitos. E l p rop io Platón no dudó en em plear elem entos m íticos para rellenar los huecos de su p rop io sistema: elem entos que, p or ligeros y etéreos que puedan pare­ cer, han acabado por sobrevivir a la misma estructura a la que supuestam ente debían servir de apoyo. A este suprem o co n s­ tructor de puentes m itológicos - a este Pontifex Maximus- d e b e ­ m os los vuelos de fantasía angélica que llenan el Fedro y el sublime símil de la caverna que encontram os en La República.

D e este m od o, para que la historia de la filosofía, y hasta la de la ciencia, queden verdaderam ente com pletas, deberían em p e­ zar con un estudio de la mitología. L a im portancia de los m itos

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com o d ocu m en tos d el pensam iento humano em brionario es ac­ tualm ente recon ocid a p or tod os, y se los recopila y com para actualmente, no ya p or pura curiosidad ociosa, sino por m or de la luz que arrojan sobre la evolución intelectual de nuestra especie. E n esta tarea de recopilación y com paración es m ucho aún lo que queda p o r hacer antes de que to d o s los m itos del m undo puedan quedar recogidos y clasificados en un Corpus

Mythorum, en el que, com o en un m useo, estos fósiles del inte­ le cto puedan ser exhibidos para ilustrar los estadios tem pranos del progreso del pensam iento, desde sus bajos com ien zos hasta cimas aún descon ocidas. Junto con mis otros escritos, ofrezco este ensayo com o una contribución a la paleontología d el inte­ lecto hum ano que aún está p or escribirse.

J. G. FRAZER 8 de diciembre de 1929

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INTRODUCCION

I

D e todas las invenciones humanas, el descubrim iento del m étod o de prender fuego ha sido sin lugar a dudas el más im portante y duradero. Su antigüedad d ebe ser extrema, puesto que no hay docum entado caso alguno de tribu primitiva que d escon ozca el uso del fuego y su m od o de p rod u cirlo.1 Es cierto que hay muchas tribus salvajes y hasta algunos pu eblos civili­ zados que cuentan historias sobre una ép oca en que sus antepa­ sados estaban desprovistos del fuego, y que refieren el m od o com o sus prim eros padres llegaron a familiarizarse con el uso del fuego y con el m od o de hacerlo surgir de las piedras o d e la madera. Pero es muy im probable que tales relatos encarnen verdaderos recuerdos de los h echos que pretenden recoger; lo más probable es que se trate de m eros atisbos inventados p or los hom bres situados en la infancia del pensam iento, para resol­ ver un problem a que de manera natural se im puso a su con cien ­ cia, tan pronto em pezaron a reflexionar sobre los orígenes d e la vida y la sociedad humanas. A pesar de lo cual, m erecen ser estudiados com o tales m itos; pues, aunque los m itos nunca explican los hechos que intentan dilucidar, sirven en cam bio para arrojar la luz sobre la con d ición de los hom bres que los inventaron o los creyeron; al fin y al cabo, la mente humana no es m enos m erecedora de estudio que los fenóm enos naturales, de los que, en último término, no puede ser separada.

Pero, además de lo que pudiéram os llamar el valor p sicológi­ co de los mitos, toda una serie de historias sobre el origen del fuego aportan al m enos explicaciones p osibles sobre los m od os com o los prim eros hom bres pudieron aprender el u so de d icho elem ento y el m étodo de producirlo. Parece pues que m erece la pena recoger y com parar las tradiciones de la humanidad a este respecto, en parte com o ilustrativas del salvajismo primitivo en

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general, y en parte tam bién, en cuanto que nos ayudan a resol­ ver el p roblem a con creto que estam os planteando. Ningún in­ tento sistem ático en este sentido se ha llevado a efecto, a lo que p u ed o saber, hasta la fech a;2 lo que aquí o frezco debe ser consi­ derado tan sólo com o un inform e preliminar o, co m o B acon hubiera dicho, la primera cosecha3 de una amplia y fructuosa viña. O tros vendrán después de mí que serán sin duda capaces de rellenar m uchos de los huecos que y o d ejo patentes; o, por seguir con la m etáfora baconiana, serán capaces de descubrir m uchos racim os que a mí se m e habían ocu ltado o habían que­ d ad o m uy lejos de mi alcance.

Para p o d e r m ostrar la difusión de estos m itos, y determinar hasta d on d e se pueda sus mutuas relaciones, los dispondré en orden geográfico o, lo que en térm inos generales viene a ser lo mismo,(' según un orden étnico, em pezando p or los salvajes de más b ajo desarrollo que con ocem os, a saber, los tasmanios.

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II

EL ORIGEN DEL FUEGO

EN TASMANIA

Un nativo de la tribu de Oyster Bay, en Tasmania, p ro p o rcio ­ nó el siguiente relato de la introducción del fuego entre su gente:

«M i padre y mi abuelo vivían hace m ucho tiem po en este país: no tenían fuego. D o s tipos negros llegaron, y se echaron a d o r­ mir al pie de una colina, una colina de mi país. S obre la cima de una colina fueron vistos p or mi padre y la gente de mi pueblo, sobre la cima de una colina se les vio de pie: lanzaron fu eg o sem ejante a una estrella, y fue a caer entre los hom bres negros de mi pueblo. E stos se asustaron, echaron a correr, tod os; y después de un rato volvieron, se apresuraron a hacer fuego, a hacer fuego con madera; no se p erdió ya más el fuego en nuestra tierra. Los dos tipos negros están en las nubes; en las n och es claras se les ve com o dos estrellas.1 E llos trajeron el fuego a mis padres.

»L o s dos hom bres negros perm anecieron algún tiem po en la tierra de mis padres. Sus m ujeres (Lowanna) se estaban bañan­ do; era al lado de una orilla rocosa, d onde había num erosos m oluscos. Las m ujeres estaban mohínas y tristes; sus m aridos les habían sido infieles, y se habían ido con dos muchachas. Las m ujeres estaban solas; estaban nadando y p escan do cangrejos. Una manta-raya se hallaba escon dida en el hueco de una roca. ¡Era una manta-raya de gran tamaño! La manta-raya era grande, y tenía un gran arpón; desde su escon dite observaba a las m ujeres, y las veía pescar; las d esp ed azó con su arpón, las m ató y se las llevó. Al p o co habían desaparecido del todo. La manta- raya volvió, vino a situarse de nuevo cerca de la orilla, y p erm a­ necía en el agua, cerca de la arenosa playa; con él estaban las m ujeres, y estaban clavadas en su arpón. ¡Am bas estaban m uer­ tas! L os dos hom bres negros lucharon con la manta-raya; y la

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mataron con sus lanzas; los dos hom bres la mataron. ¡Las m uje­ res estaban muertas! L os dos hom bres negros hicieron un fuego, un fu ego de madera. A am bos lados del m ism o situaron a las m ujeres, el fuego estaba en m edio: ¡las d os m ujeres estaban muertas!

» L o s dos hom bres negros fueron a buscar horm igas azules

(puggany eptietta); las colocaron sobre los p ech os de las mujeres

(parugga poingta). Dura e intensamente m ordieron en ellos las hormigas. Las mujeres revivieron, vivieron una vez más. A l p o co se extendió una niebla (maynentayana), una niebla oscura c o ­ m o la noche. L os dos hom bres negros se fueron, las mujeres desaparecieron: ¡atravesaron por entre la niebla, la espesa y oscura niebla! Su lugar está en las nubes. D os estrellas pueden verse en las noches claras; los dos hom bres negros están allí, y las m ujeres están con ellos: ¡son estrellas del cie lo !»2

E n este relato el origen del fuego aparece asociado con dos estrellas, C ástor y Pólux, que un día aparecieron b a jo form a humana en la tierra y arrojaron el fuego «sem ejan te a una estrella» entre los hom bres. P ero no resulta m uy claro si estos b en efactores habían traído el fuego d el cielo, o si lo habían llevado allí al quedar fijados en él com o estrellas. E n una pala­ bra, no está muy claro si los tasmanios atribuyen al fu ego un origen estelar o terrestre.

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Ill

EL ORIGEN DEL FUEGO

EN AUSTRALIA

A lgunos de los aborígenes de V ictoria «tien en una tradición según la cual el fuego, en su form a útil y no dañina, pertenecía en exclusiva a las cornejas que habitan las M ontañas Grampia- nas; y, puesto que estas cornejas lo consideraban de gran valor, no permitían a ningún otro animal prender lumbre con él. Un día, sin embargo, un p equ eñ o pájaro llamado Yuuloin keear -«r e y e z u e lo co la -d e -fu e g o »-, vien do que las cornejas se diver­ tían lanzando al aire astillas encendidas, tom ó una al vuelo y escapó con ella. Un halcón llam ado Tarrakukk arrebató la astilla al reyezuelo, y prendió fuego a to d o el país. D e entonces acá siem pre ha habido fuegos de los que obten er lu m bre».1

L a m ención de las M ontañas Grampianas, que se hallan situa­ das al sudoeste del estado de Victoria, parece mostrar que esta historia era corriente entre los indígenas de este territorio. P ero un relato similar aparece docum entado entre los aborígenes de Gippsland, en el extrem o sudoriental de V ictoria. Según ellos, hubo un tiem po en que los indígenas no disponían de fuego. La gente se hallaba sumida en un triste estado de postración. N o tenían m od o de cocinar su com ida, y no había fuego de cam pa­ m ento en el que calentarse cuando hacía frío. E l F uego (tow-er-

a) estaba en p osesión de dos m ujeres que no sentían gran aprecio p or los negros. Guardaban el fuego con gran celo. Un hom bre que sentía afecto p or los negros determ inó conseguir fuego de las m ujeres, y para conseguirlo simuló tener gran aprecio por ellas, acom pañándolas en sus desplazam ientos. Un día, aprovechando una ocasión favorable, ro b ó un tizón, se lo escon dió a la espalda, y desapareció con él. R etorn ó entre los negros y les entregó el fuego que había robado. D e sd e entonces lo consideran un benefactor. Actualm ente es un p equeño pájaro con una marca roja sobre la cola, que es la marca del fu eg o.2

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E n este relato de Gippsland, el pajarillo con la marca roja en la cola es sin duda el m ism o «reyezu elo cola -d e-fu ego» del cuento anterior. P ero la leyenda ha sido racionalizada m ediante la representación del ladrón del fu ego com o un hom bre que luego se transform ó en pájaro. Una versión más abreviada de la mism a historia cuenta que « e l fuego, según las tradiciones de las gentes de Gippsland, lo obtuvieron hace tiem po sus antepa­ sados del bimba-mrit (pinzón cola-de-fuego) de un m o d o muy cu rio s o ».3

L e jo s de Gippsland, en el norte de Queensland, los nativos de manera similar asocian el fuego con el m ism o pájaro. E n otro tiem po, según los nativos de C ape Grafton, en la costa oriental de Queensland, no había fuego en la tierra; así que B in-jir Bin- jir, un reyezuelo de lom o ro jo (de la especie Malurus), subió hasta los cielos para conseguirlo. T u v o éxito, p ero para que sus amigos en la tierra no se aprovechasen tam bién de ello, lo escon d ió b a jo su cola. Preguntado a su vuelta có m o le había ido el viaje, el reyezuelo le dijo a su amigo que su búsqueda había sido infructuosa, al tiem po que le sugería que intentara extraer fuego de diversos tipos de madera. Su amigo se puso a trabajar con maderas de diverso tipo, intentando extraer la llama m e­ diante un m ovim iento de fricción rotatoria de un trozo sobre otro. P ero trabajó en vano y term inó dándose p o r ven cido. M as cuando desanim ado se daba la vuelta estalló en risas. Pregun­ tándole B in-jir B in-jir p or qué reía, dijo: «p o rq u e tienes fuego pegado a la punta de tu ra b o », refiriéndose a la m ancha roja del lom o d el pájaro. Bin-jir B in-jir se vio entonces ob ligado a admi­ tir que había conseguido el fuego, y term inó enseñándole a su amigo de qué m adera concreta había que extraerlo.4

R esulta así que en dos versiones de esta historia el pájaro porta dor del fuego es un reyezuelo, y en otra es descrito com o un pinzón. P u esto que no parece haber reyezuelos en Australia, conjeturo que el pájaro en cuestión es el pájaro de matorral

Atrichornis, ave del tamaño de un tordo, que vive en las zonas de más espeso matorral o b osq u e b ajo de Australia. Se con ocen d os especies de esta ave, el A. clamosa y el A. rufescens. E l prim ero, de m ayor tamaño, es marrón p or arriba, estando cada pluma m oteada p or una som bra de color más oscu ro; la gargan­ ta y la panza son de color blanco-rojizo, y m uestra una gran m ancha negra en el p ech o; los flancos, p or su parte, son marro­ nes, y las plumas caudales de un color pajizo. E l A. Rufescens muestra el blanco y el negro de las partes frontales cam biados

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en marron, teniendo m otea do con idéntica som bra el plum aje del lom o.5 L o rojizo de la? plumas caudales de este pájaro vendría a explicar la historia de que había escon d id o el fu eg o b a jo su cola: aparentem ente el relato es tan sólo un mito d esti­ nado a explicar el color del plum aje del pájaro.

E n otras leyendas australianas no es un pájaro tip o reyezuelo, sino un halcón, el que figura com o prim er p ortador del fuego. D icha leyenda dice lo que sigue: hace tiem po, un pequ eñ o b a n ­ d ico o t6 era el único p o se e d o r de un tizón que cuidaba con el m ayor celo, llevándolo con sigo a todas partes y sin dejárselo ver a nadie. P or lo cual, los otros animales celebraron un con sejo en el que resolvieron quitarle el fuego al b an d icoot por las buenas o p or las malas. E l halcón y la palom a fueron delegados para llevar a efecto la resolución. T o d o s sus esfuerzos p o r convencer al b an dicoot de que com partiera el fuego co n sus vecinos resul­ taron fallidos, y la palom a creyen do en un m om ento que el b an d icoot estaba descu id ad o hizo un intento de cazar el tizón al vuelo. E n ojad o, el b a n d icoot lo tiró al agua, con ánimo de apa­ garlo para siempre. P ero el avizor halcón, que husm eaba no lejos de allí, se arrojó en p ica d o sobre el tizón antes d e que éste tocara el agua, y con un certero golpe de su ala alejó el tizón del río y lo lanzó sobre el re se co herbazal de la orilla opuesta. La hierba se encendió, y las llamas se extendieron p or tod o el país. L os negros vieron en ton ces p or prim era vez el fuego, y vieron que era b uen o.7

Tam bién, entre las tribus de N ueva Gales del Sur, hay, o solía haber más bien, una extendida tradición según la cual la tierra estaba en otro tiem po p oblad a p or una raza m ucho más p o d e r o ­ sa, especialm ente en lo que hace a las artes mágicas, de la que ahora la habita. E sta raza recib e nom bres distintos en las d is­ tintas tribus. Wathi-wathi, los llaman los bookoom uri, y d icen de ellos que terminaron convertidos en animales. La historia del origen del fuego reza así: éranse una vez d os bookoom uri que eran los únicos p o seed ores del fuego; uno de ellos era K ooram - bin, es decir, una rata de agua; y el otro era Pandawinda, es decir un arenque. L os dos guardaban celosam ente el secreto d el fuego en un espacio abierto entre los juncales del río Murray. M u ch os esfuerzos hicieron los restantes b ookoom u ri y la actual raza de los hom bres para obten er una chispa de fuego, p e ro to d o fue inútil, hasta que un día Karigari, esto es, el halcón, que p o r supuesto originariamente era un bookoom uri, descubrió a la rata de agua y al arenque cocin án dose unos m oluscos que ha­

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bían p e sca d o en el río. V olaba a tal altura que aquéllos no podían verle, y p ro v o có entonces un torbellino que soplara en­ tre los ju n cos secos, dispersando el fuego en todas direcciones, de m o d o que pron to tod o el juncal se vio envuelto en llamas. E l incen dio se extendió hasta el bosqu e cercano y d e jó amplios espacios de b osq u e quem ado, donde nunca más han vuelto a crecer árboles. E sta es la razón de que hoy se vea al río Murray discurrir en m ed io de anchas llanuras peladas, que en otro tiem po estuvieron cubiertas de b osq u e.8

L os ta-ta-thi, otra tribu de la misma región, cuentan un cuen­ to similar. D ice n que la rata de agua, a la que llaman N gw oo- rangbin, vivía en el río Murray y tenía una gran cabaña, donde guardaba el fuego para cocinar los m oluscos que p escab a en el agua. Guardaba este fuego con to d o celo. P ero un día, mientras se hallaba en el río recogien do m oluscos, una chispa saltó de su fuego, siendo capturada p or un halcón enano (Kiridka), quien, ten iendo dispuestos ya algunos materiales inflam ables, prendió un fu ego, p o r m ed io del cual incendió, n o sólo la choza d e la rata de agua, sino una gran p orción de b osqu e. D e ahí que las llanu­ ras de los alrededores estén hoy tan peladas. P ero lo cierto es que d esd e entonces los negros saben cóm o procurarse el fuego p or frotam ien to.9

Según los kabi, tribu del sureste de Queensland, el áspid sord o (Mundulum) era el único en otro tiem po que poseía el fuego, guardándolo celosam ente en su interior. T o d o s los pája­ ros trataban en vano de hacerse con él, hasta que el halcón enano p on ién dose delante de él em pezó a hacer unos gestos tan ridículos que el áspid no p u d o m enos de echarse a reír. E l fuego en ton ces se le escapó y pasó a ser p rop ied ad com ún de to d o s .10 E n el territorio de la tribu W arramuga de Australia Central, al sur de los M on tes M urchinson, pueden verse crecer d os esbel­ tas acacias en las riberas de un lech o seco. L o s nativos dicen que dichos árboles marcan el lugar donde d os antepasados halcones hicieron fuego p or primera vez frotan do d os trozos de madera. L os nom bres de esos halcones ancestrales son Kirka- lanji y W arra-pulla-pulla. A unque eran pájaros fueron los pri­ m eros en hacer fuego en esta parte del país. Siem pre llevaban con sigo tizones encendidos, y un día Kirkalanji hizo un fuego m ayor de lo que pretendía, a resultas d el cual él m ism o resultó abrasado, y murió. M uy entristecido p or este accidente, Warra- pulla-pulla partió en dirección de lo que actualmente es el esta­ d o de Queensland, y nunca más se volvió a saber de él. A pareció

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p or entonces la luna, que era en aquellos días un hom bre que vagaba p or la tierra. Se to p ó con una mujer ban d icoot cerca del lugar d onde Kirkalanji había en cen dido su fuego, y se fue a dar una vuelta con ella. Durante su paseo, fueron a sentarse sobre un m ontón de tierra de espaldas al fuego, y tanto tiem po pasa­ ron charlando que no se dieron cuenta hasta que las llamas estaban ya lam iéndolos. La m ujer b an d icoot quedó gravemente quem ada y se desvaneció en el aire, o murió al p o co ; no ob sta n ­ te el hombre-luna, que no era un simple mortal, consiguió v o l­ verla a la vida o a la conciencia, y am bos se fueron juntos al cielo. «E s un rasgo cu rioso», com enta Sir Baldwin Spencer, «q u e en todas estas tribus la luna sea siem pre representada com o un hom bre, mientras el sol se representa com o fem eni­ n o » .11

Los mara, tribu que habita en la costa sudoccidental del golfo de Carpentaria, tienen una tradición según la cual, en los anti­ guos tiem pos, había un gran pino que con su cop a llegaba a tocar el cielo. T o d o s los días hom bres, m ujeres y niños subían y bajaban del cielo p or m ed io de este árbol. Un día, mientras se hallaban arriba encaram ados, un viejo halcón llam ado Kakan descubrió el m od o de hacer fuego frotando giratoriamente un palo sobre otro. Pero, en una pelea que tuvo con un h alcón blanco, tod o el país resultó incendiado, y el pino desgraciada­ mente tam bién se quem ó, de m od o que la gente que en ese m om ento estaba en el cielo no p u d o volver más a la tierra, y desde entonces viven en el cielo. E stas gentes tenían cristales incrustados en sus cabezas, cod os, rodillas y demás articulacio­ nes, y el destello de esos cristales en m edio de la n oche es el que prod u ce las luces que llamamos estrellas.12

E n estas leyendas australianas no resulta fácil distinguir en­ tre la con cep ción del prim er h acedor de fuego com o pájaro y su con cep ción com o hom bre que m eramente llevaba un nom bre de pájaro o se asimilaba a un pájaro en otros sentidos. La dificul­ tad se debe a la confusión entre animales y hom bres que el totem ism o fom enta, si no crea, en el pensam iento del salvaje. Al identificar a los hom bres con sus animales totém icos, los nati­ vos australianos parecen perder el p oder de discernir entre ellos; y si se les preguntara, p or ejem plo, en un relato sobre las aventuras de un canguro, si se trataba del canguro animal o de un hom bre que tenía al canguro p o r tótem , podrían no ser capaces de responder, ni posiblem en te de com prender siquiera la pregunta.

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E n el acervo legendario de los booandik, tribu que en otro tiem po habitaba el extrem o sudoriental de Australia m eridio­ nal, el prim er p ortador de fuego resulta ser una cacatúa. Así, en una versión de esta historia el fuego se dice que tuvo su origen en la roja cresta de una cacatúa, pájaro al que los booan dik llamaban mar. Una cierta cacatúa (Mar), se nos dice, escon dió el fu ego de su tribu para usarlo en exclusiva, lo que hizo que sus cotribeños se enojaran con ella p or su egoísm o. Las más pru­ dentes cacatúas convocaron un con sejo para concertar un plan con el que sustraerle el secreto a M ar. Se acord ó m atar a un canguro e invitar a M ar a com partir con ellos el animal. D e m od o que cuando M ar intentara apartarse para cocinar su p or­ ción de canguro, las demás cacatúas pudieran verlo y averiguar cóm o se hacía el fuego. E l plan se llevó a efecto. M ar vino y le tocaron en suerte del canguro la cabeza, los hom bros y la piel. M ar se llevó a casa su porción y em pezó a preparar la carne para asarla. Las restantes cacatúas la observaban, y vieron cóm o am ontonaba corteza y hierba secas, depositándolas en el suelo para pren der el fuego, luego la vieron rascarse la cabeza con sus uñas, y cóm o el fuego salía de su cresta. A sí fue com o co n o cie ­ ron el m od o de producir el fuego, aunque aún tenían que con se­ guirlo. Una pequeña cacatúa se ofreció a robarle el fu ego a Mar. A vanzó cautelosam ente entre las hierbas hasta llegar cerca del cod iciad o fuego. A ce rcó entonces una ramita de brezo (grass

till) al fuego, sin que M ar se diese cuenta, lo encen dió y salió volando hacia sus com pañeras. Las cacatúas exultaban de ale­ gría al haber descubierto al fin el arte de obten er fuego; pero M ar se p uso furiosa y prendió fuego a la hierba, haciendo arder tod o el país d esde el monte Schank hasta Guichen Bay. E l pato alm izclero (croom), furioso a su vez por el incendio de la prade­ ra, batió y en trech ocó sus alas, con lo que hizo aparecer el agua que llena los lagos y pantanos de la zon a.13

E n esta versión, el primer h acedor de fuego claramente es con ce b id o com o una cacatúa pura y sim ple, y la historia es un mito orientado a explicar las plumas rojas de su cresta. P ero, en otra versión de la leyenda booandik, el h acedor de fu ego es p resentado com o un hom bre que luego se volvió cacatúa. Hace m ucho tiem po, se nos dice, los negros vivían sin fuego con que cocinar su com ida, y tod o lo que de dicho elem ento sabían era que un hom bre llam ado M ar (cacatúa), que vivía muy lejos hacia el este, lo tenía y lo guardaba sólo para sí, escon d id o bajo el p enacho de plumas que llevaba sobre su cabeza. E ra un hom bre

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dem asiado p od eroso com o para ser atacado abiertamente y d esp oseíd o del fuego a la fuerza, así que los negros decidieron hacer u so de la maña. Proclam aron una gran asamblea tribal o

corroborée y enviaron a todas partes m ensajeros a anunciar la fecha del acontecim iento. Entre los invitados vino M ar, y cuan­ do hubieron m atado un canguro para el festín, se le ofreció un apetitoso trozo, pero M ar lo rech azó d icien do que prefería la piel. Se la entregaron y se m archó con ella a su cam pam ento, que tenía asentado a cierta distancia. T o d o s lo siguieron con curiosidad para ver qué pensaba hacer con la piel, «ya q u e » decían, «n o le resultará un buen b o ca d o a m enos que la cocin e con su fu eg o». Un d ecid id o joven , llam ado Prite, siguió a M ar, escon d ién d ose entre la hierba sin ser visto. V io entonces com o Mar, tras bostezar, se llevó la m ano a la cabeza com o si fuese a rascarse y extrajo el fuego de su escondite. H abién dose entera­ do del secreto, Prite volvió y se lo contó a la asamblea. O tro individuo, llamado Tatkanna se ofreció a ir a averiguar más cosas sobre el fuego. Se esforzó p o r acercarse al máximo al fuego y sintió su calor. Y volvió a su vez a inform ar y a mostrar cóm o el fuego le había cham uscado el p ech o dejándoselo rojo. O tro más se acercó a continuación al fuego, llevando consigo una rama de brezo. V io a M ar socarrando el pelo de la piel del canguro y se las arregló para, sin ser visto, m eter su rama en el fuego. Pero, al retirarla, inadvertidam ente prendió fuego a la hierba. E l fuego se difundió rápidam ente entre los altos herba­ zales y el bosqu e bajo. T om a d o de una gran rabia, M ar ech ó mano de sus mazas (waddies) y salió corriendo hacia el lugar d onde los otros se hallaban acam pados, p orqu e sospechaba con buen fundam ento que habían sido ellos los ladrones de su fu e ­ go. Su sospecha se vio confirm ada al divisar a Tatkanna, cuyo ro jo p ech o era prueba evidente de haber m etido mano, o m ejor dicho p ech o, en el asunto. Tatkanna, que era de pequeña esta­ tura, em pezó a gimotear; pero, en esto, se alzó Quartang para hacer frente al prepoten te M ar y enfrentarse a él en singular com bate, diciendo que daba m ejor su talla que Tatkanna. L o s restantes negros no perm anecieron com o simples espectadores. Un com bate generalizado siguió a este reto, y en m edio de la lucha Quartang recibió un golpe con una maza en forma de sacabotas que lo ultimó. Saltó del suelo a un árbol y se convirtió en un pájaro llamado martin pescad or, que aún muestra en su ala la marca del sacabotas de Mar. E l p equ eñ o Tatkanna se convirtió en un petirrojo. E l galante Prite tam bién se vio trans­

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form ado en un pájaro que ahora habita en los m atorrales coste­ ros. Un tipo gordo llam ado K ounterbull recib ió en la nuca una profunda herida con una lanza. H aciendo grandes aspavientos de dolor, se precipitó en el mar, donde luego se le vio a m enudo lanzando agua p or su herida de la nuca. Su n om bre en nuestro idiom a es ballena. Mar, p or su parte, incólum e en la lucha, voló hasta un árbol, en donde sin dejar de refunfuñar e insultar, pasó a convertirse en cacatúa. La calva situada d e b a jo de la cresta de las cacatúas es el lugar donde solían guardar el fuego. D esd e tan ajetreado día, cuando los nativos se arriesgan a dejar que el fuego se apague, pueden conseguir fácilm ente más lum bre con palo de brezo, tom ando dos trozos, de los cuales uno lo colocan horizontalm ente y el otro vertical sobre un agujero practicado en el prim ero, haciendo girar el palo vertical rápidam ente entre las manos. E n p o co tiem po los trozos de m adera se encienden, m ostrando así que la madera de b rezo aún p uede incendiar la pradera com o hizo en tiem pos de M ar.14

E sta versión de la historia pretende explicar de qué m o d o los nativos llegaron a conseguir el fuego m ediante el frotam iento de palos de brezo. Pero, al m ism o tiem po, explica los rasgos carac­ terísticos, no de uno solo, sino de varios pájaros, y adem ás de la ballena. La form a original del relato parece haber abarcado un número aún mayor de bestias y pájaros; la señora Smith, la misionera a quien d ebem os una valiosa d escripción de la tribu B ooandik, con la que vivió y trabajó durante más de treinta y cinco años, nos informa de que llegó a olvidar los nom bres de tod o lo que los indígenas m encionaban en la lucha en torno al fuego. Y añade: «e s ésto algo que hay que deplorar, ya que sus nom bres son necesarios para la cabal com prensión del rela­ t o » .15 E n lo que a los animales respecta, la historia es un mito claramente zoológ ico que intenta dar cuenta de determ inados rasgos característicos de la fauna australiana. E l petirrojo, que tan im portante papel juega en ella, difícilm ente p uede ser el petirrojo de las Islas Británicas, puesto que no parece hallarse en Australia. Algún pájaro adornado con plumas rojas en el pech o d ebió de ser identificado p or los prim eros colon os eu­ ropeos con el familiar plum ífero de su tierra natal.

E sta historia sobre el origen del fuego fue recogida por la señora Smith com o ampliamente difundida entre los nativos de la esquina sudoriental de Australia m eridional, entre el monte Gambier y M acD on nellB ay. E ra d escon ocida, en cam bio, de los negros que vivían al norte de R ivoli B ay y Guichen Bay, aunque

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todavía más al norte, los nativos de E n cou n ter Bay, en la d e ­ sem bocadura del río Murray, conocían una historia similar.16 L a versión de esta leyenda habitual entre los nativos de E ncounter B ay fue recogida p or otro observador, y reza com o sigue: en otro tiem po, los antepasados se reunieron en M ootabarringar para celebrar un corroboree o festival de danza. P uesto que aún no tenían fuego, no podían celebrar las danzas por la noche y se veían obligados a bailar sólo de día. Y, com o el tiem po era m uy caluroso, el sudor les corría p or el cu erpo y form ó las grandes charcas que aún pueden verse en aquella región hoy en día; el batir de sus pies al bailar prod u jo tam bién las irregularidades del terreno que hoy form an colm as y valles. P ero sabían que un hom bre muy p o d e ro so llam ado K on d ole, que vivía hacia el este, estaba en p osesión del fuego, y le enviaron dos m ensajeros, K uratje y Kanmari, para invitarlo a la fiesta. A cudió, pero e s ­ con d ió su fuego. A l ver esto, los hom bres se sintieron m olestos y decidieron arrebatarle el fuego a la fuerza. A l p rincipio nadie se atrevía a acercarse a él; p ero al fin un tal Rilballe se armó d e coraje para herirlo con su lanza y arrebatarle el fuego. A sí que le arrojó su lanza y lo alcanzó en la nuca. E sto p rovocó grandes risas y gritos, y tod os los hom bres se vieron transformados en animales de tod o tipo. K on d ole m ism o ech ó a correr hacia el mar y se convirtió en una ballena, y d esde entonces arroja agua p or la herida de su nuca. L os d os m ensajeros, Kuratje y Kanm a­ ri, se transformaron en p equ eñ os p eces. O currió que, en el m o ­ m ento de m etam orfosearse, Kanmari llevaba encima una p iel de canguro, mientras que K uratje no llevaba más que una este­ rilla de algas; ésa es la razón de que el p escad o llam ado kanma­

ri tenga gran cantidad de grasa bajo su piel, mientras que el p ez llam ado kuratje es seco y enjuto. O tros se convirtieron en op p o- sums y se fueron a vivir en los árboles. L os jóv en es elegantes que iban adornados con penachos se convirtieron en cacatúas, conservando sus penachos com o crestas. E n lo que hace a R il­ balle, se apropió del fuego de K on d ole y lo co lo có en un m ato­ rral de b rezo (grass-tree), d onde aún perm anece y del que p uede ser extraído por frotam iento. E l m od o en que los nativos de E ncounter Bay extraían fuego de la madera d e brezo era com o sigue: tom aban una rama florecida de brezo cortada en dos longitudinalmente y la coloca b an sobre el suelo, con la parte plana hacia arriba. T om ab an luego una rama más delgada de la misma planta y presionaban con su parte inferior sobre el otro trozo, sosteniéndola vertical entre las palmas de la mano y

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haciéndola girar, con un m ovim iento alterno de las manos hacia delante y hacia atrás, hasta que la m adera se encendía.17

E sta versión de la historia p robablem en te com plem enta la versión booandik recogida p o r la señora Smith, en la m edida en que proporcion a más detalles sobre la transform ación de los hom bres en animales tras el descubrim iento del fuego. Pero difiere de la versión booandik, cosa curiosa, en que presenta a la ballena, en vez de la cacatúa, com o la p oseed ora originaria del fuego.

Otras historias australianas asocian el descubrim iento del fuego con la corneja. Así, los aborígenes que habitaban el valle del río Yarra, que corre hacia P ort Phillip, d onde actualmente se alza M elbourne, decían que en otro tiem po cierta mujer llamada Karakarook era la única persona que sabía có m o hacer fuego. L o guardaba en la punta de su palo de ñame, esto es, el instrum ento con ayuda del cual, al igual que otras m ujeres indígenas australianas, se dedicaba a escarbar en busca de raí­ ces com estibles, insectos y lagartijas con las que dar de com er a su gen te;18 pero se negaba a dar a con ocer el u so del fuego a nadie más. Waung, cuyo nom bre significa «co rn e ja », ideó un plan para arrebatarle el fuego. La m ujer era muy golosa de los huevos de hormiga; así que W aung tuvo la ocurrencia de reunir gran núm ero de serpientes y esconderlas d eba jo de un horm i­ guero. A continuación, invitó a Karakarook a buscar los huevos de dicho horm iguero. C uando ésta hubo escarbado un p o co reparó en las serpientes. W aung le dijo que las matara con el palo de ñame. Karakarook em pezó a golpearlas, y al hacerlo, em pezaron a saltar chispas de la punta de su bastón. W aung capturó una de estas chispas y echó a correr con ella. P o r lo que a la m ujer respecta, fue llevada al cielo por Pund-jel, el H acedor de H om bres, y aún sigue allí luciendo com o las Pléyades o las Siete Estrellas. P ero, en lo que a W aung se refiere, dem ostró ser tan egoísta con el fuego recién conseguido com o lo había sido Karakarook, pues no se lo daba a nadie. P or lo que Pund- jel, el H acedor de H om bres, enfadado con él, reunió a to d o s los negros e hizo que le amenazaran con dureza, hasta asustarlo. Para salvarse y deshacerse de ellos, W aung les arrojó en m edio el fuego, y cada uno tom ó un p o co y se marchó. T ch ert-tchert y Trrar tom aron una p orción del fuego y prendieron la hierba seca que rodeaba a Waung, quem ándole. P u n d-jel dijo a Waung: «serás una corneja para volar sin descanso, y ya no serás más h om bre». T ch ert-tchert y Trrar se perdieron o resultaron abra­

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sados por el fuego. Son ahora am bos dos grandes piedras situa­ das al pie del m onte D an den on g.19

La tribu Bunurong, que habitaba en otro tiem po al sudeste de M elbourne, contaba una historia sem ejante para explicar el origen del fuego; aunque en ella la corneja (waung) aparece com o un pájaro real y no com o un hom bre que más tarde se transform ó en corneja. L a historia, que implica ciertas rep eti­ ciones, reza com o sigue: dos m ujeres se hallaban cortando un árbol con intención de conseguir huevos de hormiga, cuando se vieron atacadas p or varias serpientes. Las m ujeres lucharon ferozm ente contra ellas, p ero no pudieron matarlas. Finalm en­ te, una de las mujeres rom pió su palo de com bate (kan-nan), y de inm ediato salió fuego de él. La corneja lo cazó al vuelo y escapó con él. D os jóv en es muy buenos, llam ados T o o r d t y Trrar, echaron a correr tras la corneja para darle caza. A susta­ da, la corneja d ejó caer el fuego, lo que p rovocó un gran incen ­ dio. L os negros se sintieron d olidos y atem orizados al verlo, y los buenos de T o o rd t y Trrar desaparecieron. P u n d-jel m ism o b ajó del cielo y dijo a los negros: «A h ora ya tenéis fuego, n o lo perdáis». L es d ejó ver a T o o r d t y Trrar p o r un m om ento, y luego se los llevó con él, y los co lo có en el cielo, d onde brillan ahora com o estrellas. P asó un tiem po, y los negros perdieron el fuego. L legó el invierno y con él el frío, y no tenían ya d on d e cocinar su com ida. Tenían que com er sus alimentos crudos y fríos com o los perros. Las serpientes adem ás se multiplicaban. Finalmente, Pal-yang que había sacado a las mujeres del agua, envió del cielo a K arakarook para cuidar de ellas. E ra hermana de Pal-yang, y sigue siendo respetada por las m ujeres negras hasta nuestros días. E sta buena de Karakarook era una m ujer herm osa y de gran tamaño, y tenía un palo muy muy largo, con el que se paseaba p or el país m atando a multitud de serpientes, aunque dejando algunas p oca s en algunos sitios. A l ir a matar una serpiente su bastón se le rom pió, y salió fuego de él. L a corneja nuevam ente lo capturó al vuelo y escapó con el fuego, y durante un tiem po los negros se vieron sum idos en una gran postración. N o obstante, una noche, T o o rd t y Trrar bajaron del cielo y se entrem ezclaron con los negros. Les dijeron que la corneja había escon d id o el fuego en una montaña llamada N un- ner-wun, y se volvieron al cielo. P ero al p o co volvió a d escen der Trrar con el fuego resguardado en un envoltorio de corteza, que había arrancado de los árboles, com o los indígenas hacen cuan­ do tienen que em prender una marcha y llevar el fuego con ellos,

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conservándolo a resguardo. T o o rd t volvió a su casa en el cielo, y nunca más volvió a vérsele. L os nativos dicen que se abrasó en una montaña llamada M un-ni 0 , d onde había en cen d id o un fuego para avivar las pocas brasas que se había procurado. P ero algunos hechiceros niegan que se quemara en esa montaña; sostienen que p or sus buenas obras P und-jel los transform ó en esa rojiza estrella que los blancos llaman planeta M arte. P or su parte, la buena de Karakarook les había dicho a las m ujeres que examinasen bien el palo que ella había roto, y del que había salido hum o y fuego; las m ujeres nunca debían perder tan pre­ ciado don. P ero esto no fue todo. E l amable Trrar con d u jo a los hom bres a una montaña donde crece un tipo de madera llamada

djel-wuk, de la que se hacen los palos de fuego; y allí les enseñó a m odelar y usar tal im plem ento, de m od o que siem pre tuvieran la p osibilidad de prender fuegos. L u ego se m archó al cielo y nunca más se le volvió a ver.20

Una historia similar sobre el origen del fuego solía contarse entre los wurunjerri, tribu que p or las fechas en que se fundó M elbourne ocupaba la zona situada al norte y al nordeste de la ciudad, incluyendo en su territorio las llanuras del Yarra y el valle de dicho río hasta sus fuentes, ju n to con laderas norte de las m ontañas D enderong.21 Las Karat-goruk, que claramente son las mismas karakarook de las dos p receden tes leyendas, eran un grupo de m ujeres que escarbaban la tierra buscando huevos de hormiga con sus palos de ñame, en cuyo extrem o llevaban rescold os de fuego. Pero la corneja (waang) les rob ó el fuego m ediante una estratagema; y cuando la corneja almizclera

(bellin-bellin) extrajo un torbellino de su buche p or m andato de Bunjil, las m ujeres fueron arrastradas al cielo, donde aún per­ m anecen bajo la form a de las estrellas que hoy llamamos Pléya­ des, y aún llevan fuego en el extrem o de sus palos de ñam e.22

La misma historia fue recogida con ligeras variaciones, de labios de los aborígenes más viejos p or el reverendo R obert Hamilton, de M elbourne. Y, aunque no lo dice, probablem ente p odem os suponer que los nativos que le proporcion aron la le­ yenda habitaban en el cam po que rodea a la ciudad. Su relación de la leyenda reza así: «L a primera obtención del fuego». Una m uchacha, cuyo nom bre era M un-mun-dik, había, de un m od o u otro, logrado convertirse en la única p oseed ora del fuego, que transportaba en el extrem o de su palo de ñame. (El palo de ñame, para que se entienda m ejor, es una vara gruesa de aproxi­ m adam ente cinco pies de larga, cuya punta se ha endurecido al

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fuego para utilizarla com o escarbador de raíces.) La muchacha usaba el fuego para su propia conveniencia y com odidad, y nada podía convencerla de que com partiera tan p rovech oso invento con los demás hom bres, habiéndose dem ostrado inútiles tod os los esfuerzos h echos p or arrancárselo de grado o p or fuerza. Búnd-jil, no obstante, envió a su h ijo para ayudar a la raza humana. P ero no habiendo logrado ta m p oco éste persuadir a la muchacha del fuego de que lo entregara voluntariamente, n o tuvo más rem edio que recurrir a una estratagema. Tras haber enterrado a una gran serpiente venenosa en un gran horm igue­ ro, le pidió a la muchacha que escarbara en él en busca de huevos que son con siderados un b o ca d o exquisito. Ella, p o r supuesto, al ponerse a escarbar, desenterró la serpiente. Tarrang le grita, «¡mátala! ¡mátala!». Y, mientras abate al reptil con su palo de ñame, éste deja escapar el fuego. Tarrang se lo apropia, y se lo entrega a los hom bres. Y, para evitar que la muchacha pudiera hacerse de nuevo con el m on op olio, la traslada a un lugar en el cielo, d onde se convierte en las ‘ Siete E strellas’ . A llí es d onde se la ve ahora».23

E n esta versión n o se m enciona en absoluto a la corneja, p ero p od em os sospechar que se escon d e bajo la personalidad d el habilidoso Tarrang, el hijo de Bundjil, quien sustrae el fuego a la m ujer con la misma artimaña con que la corneja lo hace en la prim era de las versiones. La explicación que el señor H amilton da del palo de ñame sugiere la razón p or la que se supuso que el fuego de la mujer estaba encerrado en tal apero. P uesto que la punta del palo había sido introducida en el fuego para endure­ cerla ¿qué cosa más obvia que pensar que algo de la sustancia del fu ego había quedado absorbida en él, y que en consecuencia cualquier violento im pacto bastaría para hacer salir d el palo el elem ento ígneo de que suponía cargado o saturado? Sobre la base de la filosofía natural primitiva, el razonam iento resulta im pecable.

E n esta leyenda, que p od em os llamar la leyenda de M elb ou r­ ne, puesto que era corriente entre las tribus vecinas de dicha ciudad, es interesante observar que el origen del fuego se halla asociado con las Pléyades, a las que se supone portadoras aún en el cielo del m ism o fuego que en la tierra llevaban en el interior de sus palos de ñame. P u ed e tratarse de una pura coincidencia, pero a no m ucha distancia y cruzando un brazo de mar, en el extrem o sur de Australia, los ru dos aborígenes de Tasmania asociaban tam bién de m od o similar los fuegos

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celes-tes y los fuegos terrestres, asum iendo por igual am bos pueblos salvajes que las luces del cielo habían sido prendidas antes en la tierra.

Otra versión de esta misma leyenda en la región de Victoria es la recogida en W estern Port, una bahía situada a cierta distancia al sur de M elbourne. La historia reza así: en el m o­ m ento de la creación, una serie de jóven es, to d o s ellos en estado de inacabam iento, se hallaban sentados en tierra en m edio de las tinieblas, cuando Pundjil, un anciano, a requerim iento de su hija Karakarok, levantó su mano hacia el sol (gerer), que, ante esto, calentó la tierra y la abrió a la luz com o una puerta. Vino entonces la luz. Y Pundjil, viendo que la tierra estaba llena de serpientes, dio a su amable hija Karakarok una larga vara con la que se d ed icó a ir p or todas partes, m atando serpientes. D e s­ graciadamente, al parecer, el bastón se le rom p ió antes de que pudiera terminar con todas; pero, al rom perse en d os la vara, salió fu ego de ella, y de este m od o de un aparente mal se derivó un gran bien. La gente gozosam ente p u d o cocinar su com ida; pero W ang, un m isterioso ser con form a de corneja, se escapó con el fuego, dejando a tod os en un p en oso estado de postra­ ción. Karakarok, sin em bargo, logró rep on er el fuego, que nunca más volvió a perderse. E n cuanto a Pundjil, o B onjil, se dice que vivió en las cataratas de Lallal, en el río M arrabool, p ero ahora vive en el cielo. E l planeta Júpiter es su fuego y se llama tam bién Pundjil.24

E n la versión W estern P ort del m ito vuelve a aparecer la corneja, en cam bio desaparecen las P léyades. A pesar de lo cual, p u ede decirse que se hallan im plícitam ente presentes en el personaje de Karakarok, nom bre nativo de esa constelación. Según el relato que acabam os de ver, parece com o si los salva­ je s de W estern P ort consideraran a Júpiter co m o el padre de las Pléyades.

L e jo s de estos nativos, la tribu B ooron g, que habitaba la árida «m aleza de m a llee»25 que rodea el lago Tyrrell al noroeste de V ictoria tenía una tradición según la cual el fuego había sido traído a los nativos p or vez primera p or la corneja, a la que identificaban con la estrella C anopus.26

A veces, aunque al parecer no con m ucha frecuencia, los aborígenes australianos remitían el origen del fuego en la tierra a una fuente que a nosotros nos resulta más verosím il que las estrellas, esto es, al sol. A sí, los nativos de los alrededores del lago Condah, en Victoria Sudoccidental, referían que en otro

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tiem po un hom bre arrojó su lanza contra las nubes, y atada a la lanza iba una cuerda. E l hom bre a continuación trepó p or la cuerda y trajo fu ego del sol a la tierra.27 Una de las tribus próxim as a M aryborough, en Queensland, cuenta que los h om ­ bres obtuvieron en los orígenes el fuego, trayéndolo del sol de otra manera. Al com ienzo, cuando Birral había p uesto a los prim eros negros sobre la tierra primitiva, que era com o un grán bancal de arena, éstos le preguntaron d ónde podían calentarse de día y conseguir fuego para la noche. E l les dijo que si iban en cierta dirección encontrarían el sol, y que arrancándole un trozo podrían conseguir fuego. Cam inando hasta muy lejos en la d i­ rección indicada, descu brieron que el sol salía de un agujero p o r la mañana e iba a dar a otro agujero p or la noche. A purándose, pues, a seguirlo, le arrancaron una p orción de su disco, y con ello obtuvieron fuego.28

Una fuente aún más verosím il del origen del fuego es la que proporcionan ciertos nativos del distrito de Kulkadone (Kalka- doon), en el noroeste de Queensland. D icen que hace tiem po una tribu de negros se reunió en una llanura del país. Habían tenido un buen día de caza, y los cadáveres de varios canguros cobrados yacían disem inados alrededor. E n ese m om ento esta­ lló una tormenta eléctrica, y un rayo que cayó en unos matorra­ les incendió la hierba reseca de la llanura, que em pezó a arder furiosam ente, desollando y asando en parte a varios de los canguros muertos. C uando los indígenas fueron a catar la carne semiasada, la encontraron m ucho más apetitosa que cruda, tal com o hasta entonces la habían com id o. D espacharon pues a una anciana a conseguir el fuego que aún se veía arder en la llanura, y a traer una muestra. A l p o co la vieja volvió blandiendo un tizón encendido. Se la n om bró, pues, a partir de este m om ento guardiana del fuego y los ancianos le recom endaron solem ne­ m ente que no lo perdiera ni lo dejara apagar. Durante m uchos años, la anciana cum plió fielm ente la tarea encom endada, hasta que una noche de la estación húm eda, estando tod o el suelo del cam pam ento encharcado, d escu idó su vigilancia y el fuego se extinguió. C om o castigo p or su negligencia se la condenó a vagar sola p or la estepa hasta que pudiera reencontrar el fuego. Largo tiem po vagó en solitario por la llanura sem brada de m ato­ rrales, buscando en vano, hasta que un día, al pasar por una zona de espesa maleza, no pudiendo contener ya más su ira, se desahogó cortando dos ramas de un m atorral y em pezando a frotarlas violentamente. Para su asom bro, la fricción de los

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palos p rod u jo fuego, y p u d o volver triunfalmente entre su gente con su p recioso descubrim iento, que nunca m ás se les ha vuelto a p erd er.29

Los arunta de Australia Central tienen una tradición propia sobre el origen del fuego. D icen que en los lejan os días a los que dan el n om bre de Alcheringa, un hom bre del tótem Arunga o euro partió hacia el este persiguiendo a un euro gigante, que llevaba el fuego en su cuerpo. E l hom bre llevaba consigo dos grandes churingas, esto es, bastones o piedras sagradas, con las que intentó hacer fuego, sin conseguirlo. Siguió al euro mientras avanzaba hacia el oeste, intentando to d o el tiem po matarlo. E l h om bre y el euro acam paban cada n och e a corta distancia uno del otro. Una n och e el hom bre se despertó y vio arder fuego en las proxim idades del euro; de inm ediato fue hasta la hoguera y tom ó un p o co , con lo que asó un p o c o de carne de euro que llevaba consigo, tras lo cual se la com ió. E l euro echó a correr de nuevo, volviendo sobre sus pasos en d irección este. Intentando volver a hacer fuego, pero en vano, el h om bre siguió al animal hasta que am bos volvieron al lugar de donde habían partido. Allí, al fin, el hom bre consiguió matar al euro con una churinga. E xam inó entonces el cuerpo, para descubrir cóm o hacía el fue­ go el animal, o de dónde lo sacaba; y extrayéndole el órgano de generación m asculino, que era de gran tamaño, lo abrió p or la m itad y vio que contenía un fuego muy rojo, que tom ó para cocinar el m ism o euro. Durante largo tiem po com ió de la carne del euro, y cuando el fuego que había extraído de sus genitales se a cabó, intentó producirlo él, y esta vez lo consiguió, sin dejar de entonar el siguiente canto:

U rp m a la ra k a iti A lk n a m u ng a I lp a u w ita w ita. 30

Las tribus wonkonguru de Australia Central, entre las que se cuentan los dieri, asocian el descubrim iento del fuego con una colina arenosa situada al este del lago Perigundi. D icen que hace m ucho tiem po, antes de que el hom bre blanco llegara al país, uno de sus antepasados m íticos, a los que llaman mooras, o

moora-mooras, llegó proceden te del sur y plantó su cam pam en­ to tras una gran colina arenosa. E n con tró a Paralana com ien do p e sca d o crudo y le preguntó por qué lo com ía así. Paralana contestó: « E l pez sabe perfectam ente. ¿C óm o lo com es tú?». E l otro replicó: «P refiero cocinar el p escad o; sabe m ejor asado». Y

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le rogó a Paralana que fuera con él a su cam pam ento, para enseñarle cóm o hacerlo. Una vez allí, prendió fuego, puso algo de p esca d o sobre las brasas, y cuando estuvo cocin ado se lo dio a Paralana, quien lo com ió y le preguntó cóm o se llamaba aque­ llo que había em pleado para aderezar el p escado. E l otro le d ijo que se llamaba fuego y le enseñó có m o hacerlo. Cuando Parala­ na hubo aprendido el secreto, m ató a su instructor y se llevó el fuego a la colina arenosa d onde estaba instalado. Allí sentó sus reales, y armado con tan nuevo instrum ento, em pezó a cobrar tributo de tod os los dem ás negros, que le llevaban com ida y mujeres jóvenes. Pero, pasado algún tiem po, se hizo con m u­ chachas que no querían quedarse a su lado. E speraron pues a que se hubiera dorm ido, y se escaparon a tod a prisa, llevándose un tizón encendido, con el que enseñaron a su gente có m o mantener en cen dido el fu eg o.31

L os wonkonguru cuentan otra historia acerca de una m ujer

moora que había rob a do el fuego a una anciana llamada Nar- doochilpanie. Tras haber m atado a la vieja, se transform ó en cisne y echó a volar, llevando un tizón encendido en su pico. D e ahí que tod os los cisnes negros tengan un reborde rojo en la parte interior de sus p icos; lo que muestra que la mujer moora se quem ó la b oca mientras transportaba el tizón.32 A la luz de las preceden tes leyendas, p od em os suponer que en una anterior versión del mito wonkonguru fuera el cisne mismo el p ortador del fuego a los hom bres, lo que le habría p rovocad o la quem a­ dura del interior de su pico.

L os kakadu del norte de Australia tienen una tradición que habla de dos hom bres, m ed io hermanos, llamados por igual Nimbiamaiianogo, que salieron a cazar con dos mujeres, sus madres. L os hom bres cazaron patos y chorlitos con alas de espuela, mientras que las m ujeres recolectaban gran cantidad de raíces de liliáceas y semillas p or las charcas. Pero, por aquel entonces, los hom bres no tenían fuego ni sabían cóm o hacerlo, mientras las mujeres sí. A sí que, mientras los hom bres se halla­ ban cazando, las m ujeres cocinaron su cosecha y se la com ieron ellas solas, Cuando estaban a punto de terminar su yantar v ie ­ ron a los hom bres volver a lo lejos. Y, com o no querían que éstos supieran del fuego, que aún estaba encendido, rápidam ente recogieron los rescold os y se los guardaron en la vulva, para q u e los hom bres no pudieran verlo. A l llegar a ellas los hom bres, les preguntaron «¿D ó n d e está el fu eg o?», pero las mujeres replica­ ron: «N o hay fu e g o », y to d o s com enzaron a discutir y a form ar

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escándalo. Finalmente, las mujeres les dieron a los hom bres parte de las raíces de liliácea que habían recogid o y cocinado. Y, cuando quedaron saciados de com er raíces y carne en gran cantidad, se fueron a dormir durante largo rato. A l despertarse, salieron de nuevo a cazar, y las m ujeres aprovecharon de nuevo para cocinarse su com ida. E l tiem po era m uy caluroso, y los pájaros que los hom bres habían cazado se pudrían. L os h om ­ bres volvieron, pues, con carne fresca, y nuevam ente, ya desde lejos pudieron observar el fuego ardiendo con gran resplandor en el cam pam ento de las m ujeres. Un chorlito de alas de espue­ la se acercó volando a las mujeres para advertirles que los hom bres volvían. Una vez más, las m ujeres escondieron los rescold os com o habían hecho antes, y nuevamente los hom bres preguntaron d ónde estaba el fuego, p ero las m ujeres firm em en­ te sostuvieron que nada sabían del fuego. L os hom bres dijeron: «N osotros lo vim os», pero las m ujeres respondieron: «N o, es­ táis burlándoos de nosotras, no tenem os fu e g o ». P ero los hom ­ bres insistieron: «V im os de lejos un gran fuego; si no tenéis fuego ¿cóm o cocináis vuestra com ida? ¿La ha cocin ado acaso el sol? Si el sol cuece las liliáceas ¿p or qué no cu ece tam bién nuestros patos y les im pide que se pudran?» A ésto no tuvieron réplica las m ujeres. T o d o s se fueron a dormir, y al despertarse los hom bres se alejaron de las mujeres y desenterraron una raíz de palo de hierro, de la que extrajeron resina. T om aron enton­ ces dos trozos de madera, y frotándolos, vieron que podían extraer fuego de ellos. Pero, para castigar a las m ujeres p or sus m entiras sobre el fuego, resolvieron convertirse en cocod rilos y pagarles de esta form a a las mujeres su engaño. Para ésto, m oldearon la resina del árbol de hierro hasta form ar dos cabe­ zas en form a de cocod rilo, que se colocaron sobre sus propias cabezas, introduciéndose de esta guisa en la charca; y cuando las m ujeres se introdujeron en ella para hacer su recolecta de plantas y semillas, las arrastraron b ajo el agua y las mataron. Cuando hubieron rem atado esta faena, los h om bres-cocod rilo sacaron a las mujeres hasta la orilla, y les dijeron: «Levantaros, vamos. ¿P or qué nos contásteis tantas mentiras sobre el fue­ go?» P e ro las mujeres muertas no replicaron. Durante algún tiem po, los hom bres conservaron sus cabezas de cocodrilo, mientras sus brazos y piernas seguían siendo humanos. Pero p o co después tod os ellos se volvieron cocod rilos de verdad, y ellos fueron los prim eros de esa especie, ya que hasta entonces no había habido tales criaturas.33

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EL ORIGEN DEL FUEGO

EN LAS ISLAS DE LOS ESTRECHOS

DE TORRES Y NUEVA GUINEA

IV

E n las islas orientales de los E strech os de Torres, entre Australia y N ueva Guinea, pudo recogerse la siguiente historia sobre el origen del fuego:

Una vieja llamada Serkar, que vivía en Nagir, tenía seis d edos en cada mano. Tenía un d e d o entre el pulgar y el índice, co m o tod o el m undo hace m ucho tiem po. Cuando quería hacer fuego, coloca b a una pieza de madera sobre otra y ponía el dedo que tenía el fuego bajo la leña, que inm ediatamente se encendía. T o d o s los animales de M oa solían ver el hum o que Serkar hacía, y sabían que tenía fuego, p o r lo que querían conseguir un p o c o , ya que no tenían. A sí que un día se reunieron en con sejo. E staban la serpiente, y la rana, y lagartos de varias clases, a saber: el lagarto de cola larga (zirar), el lagarto enano (monan), el lagarto casero (waipem), y dos grandes lagartos, uno de ellos llam ado si y el otro karom. T o d o s se m ostraron de acuerdo en que debían cruzar a nado hasta Nagir para conseguir el fuego. La serpiente fue la primera en intentarlo; p ero el mar se encres­ p ó y tuvo que volver. La siguió la rana, pero esta también fracasó en su lucha contra las olas. Tras ellas, el lagarto enano, el la­ garto de larga cola, el lagarto casero y uno de los d os grandes lagartos (si) se lanzaron al agua, p ero tod os fueron repelidos de idéntica manera. Finalm ente, el otro gran lagarto (karom) inten­ tó llevar a término la tarea, y con la ayuda de su largo cuello, que le facilitaba p oder sacar la cabeza p or encim a de las olas, con si­ guió cruzar el mar y tocar las arenosas playas de Nagir. Una vez allí fue derecho a casa de Serkar. Se hallaba ésta sentada, ocupada en tejer una cesta, y se p uso muy contenta de verlo. L o invitó a que se sentara, y se dirigió a su huerta para buscar com ida para su huésped. E l lagarto de largo cuello se perm itió en su ausencia rebuscar p or la casa para ver si daba con el

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fuego, pero no pudo encontrarlo. Y se dijo a sí m ism o: «Q u é tontos hem os sido en M oa; la vieja no tiene fu eg o». Al p o co volvió la mujer, trayendo cantidad de com ida de su huerta y m ucha leña. C o lo có entonces un leño sobre otro, mientras el lagarto de cuello largo la observaba de cerca. La vio acercar su d edo a la madera, que prendió de inm ediato con una llamarada. Tras lo cual, la vieja se puso a cocinar la com ida, y cuando hubo term inado de cocinar, quitó toda la m adera quem ada del fuego y la ocu ltó b ajo la arena; ya que, siendo com o era muy ahorrati­ va, no quería desperdiciarla. E l fuego estaba totalm ente consu­ m ido, y no quedaban ya ni las ascuas; p ero la mujer lo conserva­ ba perennem ente en su dedo. E l lagarto de cuello largo, sin em bargo, quería conseguirlo para p od er llevárselo de vuelta a M oa. A sí que, una vez terminada la com ida, dijo: «m uy bien, me voy; m e queda un largo cam ino hasta M o a ». L a vieja fue con él hasta la playa para verlo partir. Ya en el b o rd e del agua, el lagarto de largo cuello le tendió su mano a la mujer. E sta le ofreció su mano izquierda para estrecharla, pero el lagarto se negó a tomársela, diciendo: «m e das la m ano in correcta», e insistió hasta que la vieja le tendió la mano derecha, en la que estaba el fuego. E l lagarto le tom ó con la b oca el d e d o que tenía el fuego, se lo m ordió hasta arrancárselo, y ech ó a nadar con él hasta M oa. Allí la gente, o más bien, los animales, lo esperaban en la orilla. T o d o s se pusieron muy contentos de ver que les traía el fuego. Llevaron entonces el fuego a M er (una de las islas Murray). T o d o s penetraron en el b osq u e y cada uno cogió una rama del árbol que más le gustaba; y pidieron a cada árbol que se acercara a coger un tizón. Uno se lo pidió al bam bú (marep), otro al hibiscus tiliaceus (sem), otro a la Eugenia (sobe), y así p or el estilo. D e este m od o tod os los árboles consiguieron fuego, y d esde entonces lo guardan dentro de sí; y los hom bres obtienen sus palos de fuego de los árboles. L os palos de fuego (goi-goi) son dos, uno horizontal y uno vertical. E l palo vertical se hace girar perpendicularm ente sobre el horizontal hasta que se p ro­ duce fuego: la operación se denom ina «la m adre da fu e g o », ya que el palo horizontal se llama «m a d re », y el vertical recib e el n om bre de «h ijo ». E n lo que a la anciana Serkar hace, p erdió su sexto d edo: aún p uede verse el hueco entre el pulgar y el índice, donde antes solía estar el sexto d edo. Según otro relato, el lagarto de cuello largo no le arrancó de una m ordedura el dedo, sino que se lo serró con una concha de río (cyrena), m uy com ún en N ueva G uinea.1

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Una versión ligeramente diferente de la misma historia ha sido recogida en las islas Murray p o r otro observador, y dice así:

E n una de las islas cercanas a la costa de N ueva Guinea (Daudai) vivía una mujer llamada Sarkar, que tenía fuego entre su índice y su pulgar derechos. Un día, unos hom bres que pescaban vieron ascender humo de la isla d onde Sarkar vivía, y decidieron ir a explorar, y, a ser p osible, descubrir el secreto de su m isterioso poder. Tras una considerable polém ica entre ellos sobre el m ejor m od o de adquirir la deseada información, d e ci­ dieron convertirse en animales. A doptaron , así pues, form a de rata, lagarto enano (mona), serpiente, iguana, lagarto de cuello largo (karom), y varios otros animales. E l encrespado mar p ro n ­ to hizo que la rata, el lagarto enano (mona), la serpiente, la iguana y los restantes animales cejaran en el intento; sólo el gran lagarto de cuello largo se mantuvo a flote, y pu d o llegar hasta la costa, cerca del lugar d onde habitaba Sarkar. A cercán ­ dose a la m ujer bajo form a humana, le preguntó: «T ien es acaso fu ego?». Y ella le respondió: «¡N o !», ya que estaba deseosa de guardar sólo para sí su p o d e r en secreto. P ero dio de com er a su visitante, y cuando éste h u bo com id o, se acostó a dormir. E l lagarto, sin em bargo, dorm ía con un o jo abierto, y vio cóm o la mujer sacaba fuego de su mano y prendió con él unas hojas y madera seca. A la mañana siguiente, se dispuso a partir y le d ijo a Sarkar: «M e voy; ¡dam e la m an o!». Ella le ofreció su m ano izquierda, pero él no la quiso tom ar, y le p idió que le diera la otra. Se la dio, pues, ella, y cuando lo hacía, él sacó un cuchillo de bambú, le cortó la m ano, y se arrojó con ella al mar. Al llegar de nuevo a su casa, intentó hacer fuego, y lo consiguió. Ciertos árboles le vieron hacer fuego, y se acercaron a mirar. Algunos de ellos, a saber, el bam bú (marep), el kizo, el seni, el zeb y el

argergi, se llevaron con sigo algo de fuego, y d esde entonces dichos árboles p oseen el p od er de produ cir fuego. D e estos árboles solían cortar los nativos los palos con los que producían el fuego por frotam iento.2

E n esta versión de la historia los protagonistas son individuos que se convierten en animales con el fin de robar el fuego a la anciana, mientras que en la primera y seguramente más antigua versión eran animales puros y simples.

Una versión abreviada de esta historia está docum entada en M ow at (Mawatta), distrito de Daudai, al sur del río Fly, en la Nueva Guinea Británica. «E gu on , al que se describe com o m ur­ ciélago, aparece fabulado com o el introductor del fuego en M o

Referencias

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