Gilbert Pillot
EL CODIGO SECRETO
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¿ E sc o n d e la " O d is e a ” , bajo las a p a rie n c ia s de un m a ra villo s o p o e m a , las c la v e s de un itinerario s e creto que c o n d u c e a tie rra s ricas en o ro y estaño? ¿Son d e s c u b ie rto s p o r p rim e ra v e z los se cre to s
del astuto U lises?
«Hay otros mundos, pero
están en éste»
Gilbert Pillot
EL CODIGO SECRETO
DE LA ODISEA
L o s g rie g o s en el A tlán tico
PLAZA & JANES, S. A
Titulo original:
LE CODE SECRET DE L’ODYSSÉE Traducción de
RAMÓN PLANES
Primera edición: Agosto, 1971 Segunda edición: Noviembre, 1972 Tercera edición: Setiembre, 1975
© Robert Laffont, 1969 © 1975, PLAZA & JANES, S. A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona) Este libro se ha publicado originalmente en francés con el título de
LE CODE SECRET DE L'ODYSSÉE
Printed in Spain — Impreso en España
ISBN: $4-01-31003-2 — Depósito Legal: B. 35.242 -1975
Ca p í t u l o p r i m e r o
LA ODISEA, UN MENSAJE 11
CAPÍTULO SEGUNDO
LAS CLAVES DE LA ODISEA . . . 25
CAPÍTULO TERCERO
EL DESCUBRIMIENTO DEL ITINERARIO DE ULISES. 57
CAPÍTULO CUARTO
LOS SIGNOS DEL ZODIACO . . . . 91
CAPÍTULO QUINTO
A LA BUSCA DE CIRCE Y DE ESCILA . . . . 107
CAPÍTULO SEXTO
¿ES POSIBLE? . . . . 145
CAPÍTULO SÉPTIMO
¿EL ESTAÑO, EL ORO, O LA EXPLORACIÓN? . . . 167
CAPÍTULO OCTAVO
UNA PREGUNTA EXTRAORDINARIA . , . . . 177
CAPÍTULO NOVENO EL FIN DE ULISES . . . , . . 185 A N E X O S... s i . 195 Argumento de la O d is e a ... 197 NOTAS DE L E C T U R A ... 233 BIBLIOGRAFÍA . . . . 261
CAPITULO PRIMERO
Sí, ahora sé que todavía es posible partir a la aventura, descubrir islas, cabos, remolinos temidos por los marinos, en canalizos de violentas corrientes provocadas, según dicen las leyendas, por un demonio hembra agazapado en una gruta misteriosa excavada a pocos metros de la costa. Sí, es posible dar con los escollos de Caribdis y de Escila que Ulises habría atravesado doce siglos a. J. C., según la tradición griega que da Homero en la Odisea.
Desde hacía mucho tiempo me sentía tentado a indagar, tres mil años más tarde, la identidad de los lugares descubier tos por Ulises y sus compañeros. Presuntuosa empresa, sin lugar a dudas, puesto que otros antes que yo la habían inten tado y creían poder situar el país de los lotófagos, de los les- trígones y de los cimerios, la isla de Circe y la lejana Ogygia en los parajes de Túnez, de Sicilia, de Cerdeña y de la costa italiana. ¿Cómo, a mi vez, he podido embarcarme en semejan te aventura teniendo, ya de entrada, tan reducidas posibilida des de éxito?
¿No se dedicó Victor Bérard, hacia 1925, a analizar escru pulosamente el texto de la Odisea y buscar sobre el terreno, principalmente en Grecia, la concordancia entre los paisajes y el texto de Homero? Si, en este momento, me hubiese dado por leer en detalle ese estudio profundo, que abarca cuatro tomos, probablemente hubiese renunciado a mi proyecto, des corazonado de antemano por el cúmulo de precisiones geo
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gráficas e históricas que parecían dar un peso considerable a la argumentación del autor. Por suerte no hice nada de ello, y no he consultado la obra de Bérard hasta mucho más tarde. Esto me dejó en libertad para enfocar la cuestión de un modo plenamente personal.
Dos acontecimientos decisivos debían llevarme a esta busca, que iba a transformarse, primero, en aventura intelec tual —el desciframiento de la Odisea—, luego en reconoci miento del terreno, para el descubrimiento de Caribdis y Escila.
El número 22 de la revista Planète (1), cristalizó mis inten ciones y mis convicciones. Robert Philippe, agregado de His toria, sostenía ahí la tesis de que la Odisea no podía desarro llarse en el Mediterráneo. Ulises, sin lugar a dudas, habría pasado el estrecho de Gibraltar y la Odisea describía un peri plo atlántico en dirección al Norte, principalmente Bretaña. Presintiendo el error de todas las hipótesis anteriores que habían circunscrito a Ulises en la cuenca del Mediterráneo, deseaba, ya desde entonces, releer el texto de la Odisea e in tentar confirmar la hipótesis atlántica.
Otras preocupaciones me hicieron olvidar esa veleidad de busca hasta el día en que, con ocasión de un aniversario, mi mujer me regaló una traducción de la Odisea. Aquella misma noche, y desde las primeras líneas del poema de Ho mero, todos los datos del problema volvieron a mi espíritu. Muy pronto quedé cautivo de la narración, porque la dispo sición de los episodios y las precisiones geográficas, entrecor tadas por acontecimientos mitológicos, me dieron brusca mente la sensación de hallarme ante un mensaje del que se me escapaban ciertas claves. La atracción del misterio con jugada con la alegría de sucesivos descubrimientos iba, a partir de aquel día, a tenerme con el ánimo en suspenso y conducirme a levantar el vuelo hacia las brumas del Norte
(1) E] número 22 de la revista Planète corresponde al número 12 de la revista
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tras las huellas de Ulises. Pero volvamos a los hechos: releí Homero; primero la Odisea, luego la Ilíada. ¿Qué representan esos textos para nosotros? ¿Qué significan?
Todo el mundo conoce la Ilíada y la Odisea. Para muchos, esos dos poemas, los textos griegos más antiguos, evocan le yendas y mitología. La Ilíada cuenta con todo detalle el sitio y la toma de Troya, donde destacan uno tras otro los reyes aqueos, o, más exactamente, los jefes de los principios de la Grecia arcaica coaligados contra los troyanos a fin de devol ver a su marido la veleidosa Helena, esposa de Menelao, rey de Lacedemonia. Al cabo de diez años de sitio y de comba tes, al rey de Itaca, Ulises, se le ocurrió dejar abandonado bajo las murallas un gigantesco caballo de madera, en el que se escondió con sus compañeros. Confió que los troyanos, des pués de la retirada fingida del grueso del ejército griego, se lo llevarían dentro de la ciudad; y así ocurrió efectivamente. Ello permitió a los aqueos abrir las puertas de la ciudad al ejército griego que, mientras, había vuelto, y destruir Troya completamente incendiándola y matando a la casi totalidad de sus habitantes.
La Odisea se sitúa cronológicamente después de la Ilíada y queda unida a ella principalmente por el personaje central de Ulises, héroe de la guerra de Troya, y, en parte, por las visitas que efectúa Telémaco a ciertos reyes regresados a sus casas al concluir la guerra. Tal no es el caso de Ulises quien, empujado hacia el Oeste por la tempestad, lleva a cabo una auténtica navegación de altura sembrada de trampas y de aventuras, y vuelve por último, al cabo de veinte años, a su isla natal para matar, con la ayuda de su hijo Telémaco, a los pretendientes que cortejaban a su esposa Penélope y dilapida ban sus bienes.
La Odisea —el documento de base de mis investigaciones— puede resumirse como sigue.
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La narración empieza con la vuelta de Ulises, que había pasado varios años detenido en una isla lejana, por obra de la ninfa Calipso.
Tras construir un navio y empujado por vientos favora bles, después de diecisiete días de navegación desembarca en la isla de Corcyra donde es recogido por Nausicaa, hija del rey de los feacios.
Mientras se prolonga el viaje de vuelta, su hijo Telémaco, instigado por Atenea, se embarca en ltaca para Pilos y se in forma cerca de Néstor sobre la suerte de su padre. De allí se va a Esparta para interrogar a Menelao.
A la vuelta, evita una trampa tendida por los pretendientes que cortejan a Penélope, esposa de Ulises, y se dirige hacia la cabaña de un porquerizo fiel a Ulises.
Éste, bien tratado por los feacios, acepta contar sus aven turas, bajo la condición de que sus huéspedes, a la mañana siguiente, lo acompañen a ítaca.
Después de la toma de Troya, Ulises y sus doce navios doblan el cabo Malea, en el extremo sur del Peloponeso, y na vegan desorientados durante nueve días más allá de Citerea. Arriban al país de los lotófagos, luego llegan a un archipiéla go en el que ciertas islas están pobladas por cíclopes. Su jefe, Polifemo, alto como una montaña, les encierra en una ca verna de donde escapan Ulises y sus compañeros, colgados del vellón de los carneros. Antes había dejado ciego a Polife mo, embriagado por el vino griego. Para vengarse, Polifemo les echa encima enormes rocas cuando se alejan de la playa y clama sobre Ulises la maldición de Posidón, señor de los Océanos y que hace temblar la Tierra.
Desde allí, Ulises llega a la isla de Eolia, desde donde, em pujado por el viento del Oeste (Céfiro), llega a divisar ítaca. Sus marineros, celosos, abren el odre que contiene los vientos contrarios, que se desencadenan y devuelven los navios a la isla de Eolia.
puer-EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA η
to famoso del país de los Iestrígones. Éstos, furiosos, echan a pique todos los navios que habían entrado en el puerto, excepto el de Ulises, que se había quedado en el exterior, en alta mar.
Ulises y sus marineros abordan la isla donde mora la maga Circe, que los retiene un año entero.
Al reemprender el viaje, Ulises, empujado por el viento del Norte (Bóreas), llega en un día al país de los cimerios, sube por la desembocadura de un rio y se detiene en un lugar donde consigue evocar a los muertos. De regreso junto a Circe en una noche, ésta le indica el camino a seguir para volver a Grecia: Bordear la isla de las Sirenas sin detenerse, atrave sar entre dos islas un estrecho donde hay el remolino de Ca ribdis que se produce tres veces durante el día, evitando la mortal Escila, monstruo espantoso que se alberga en una gruta cerca del remolino.
Una vez ha superado estas pruebas gracias a los consejos de Circe, Ulises aborda en la isla de Trinacria donde nacen los bueyes de Helios (el Sol).
Bloqueada por los vientos contrarios y sufriendo hambre, la tripulación, a pesar de las recomendaciones de Ulises, re suelve degollar los bueyes sagrados.
Cuando el navio abandona la isla, Zeus, enojado, lo fulmi na. Todos los marinos se ahogan, excepto Ulises, quien se aferra a los restos de la nave.
Un fuerte viento del Sur devuelve en una noche a Ulises al famoso estrecho de Caribdis y Escila.
Después de nueve días y nueve noches de ir a la deriva, Ulises, siempre agarrado al maderamen, llega a una isla leja na, Ogygia, donde es recogido por la ninfa Calipso.
La vuelta hasta el país de los feacios nos ha sido ya conta da en el principio de la Odisea.
Los feacios acompañan Ulises a ítaca, con ricos regalos. Ulises y Telémaco se reencuentran en la cabaña del pastor y,
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desde allí, con la ayuda de Atenea, van a sorprender y exter minar a todos los pretendientes.
Las dos narraciones —la Ilíada y la Odisea— están, pues, ligadas por la cronología y por los personajes. En efecto, en la Odisea se alude repetidas veces a los acontecimientos del sitio de Troya y cuando Ulises, en el país de los cimerios, in terroga a los muertos, vuelve a encontrarse por un instante con sus compañeros de armas de la guerra de Troya, que le cuentan las circunstancias de su propia muerte y evocan los recuerdos comunes.
Esos dos poemas épicos son tradicionalmente atribuidos a Homero, quien los habría imaginado en el siglo vin a. J. C. trascribiendo poemas orales cantados por los aedos desde si glos atrás. Realmente, los acontecimientos que se narran se sitúan al comienzo del siglo x n a. J. C., y las memorables gestas de los aqueos se transmitieron por tradición oral du rante cuatro siglos antes de que Homero los pusiera por es crito. El lapso de tiempo que medió entre el acontecimiento y su relación escrita es un fenómeno bastante corriente. Acor démonos de la Chanson de Roland, escrita en el siglo xil, mientras que el paso de los Pirineos en Roncesvalles se sitúa bajo el remado de Carlomagno, cuatro siglos antes.
La existencia de Homero ha sido puesta en duda por cier tos comentaristas, apoyándose en el hecho de que el poema podía descomponerse en varias partes homogéneas en cuanto al estilo y a los personajes. Así, la Odisea, parece compuesta de tres narraciones yuxtapuestas, de las cuales una concierne sólo a la relación propiamente dicha del viaje de Ulises, otra al viaje de Telémaco y la tercera a los episodios posteriores a la vuelta de Ulises a Itaca. En realidad, poco importa que el nombre de Homero designe a un hombre o a un «equipo» de escritores encargados de juntar las distintas narraciones que se transmitían oralmente en aquella época, y de cotejar
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las a fin de controlar su autenticidad. Su trabajo da por resul tado un texto coherente, alineando los cantos que les pare cieron más auténticos. Lo que importa es que ese trabajo haya sido concienzudo, y a la vista del resultado obtenido parece difícil dudar de ello. Por dos razones:
De antemano, no olvidemos que lo que se arriesgaba en ese trabajo era muy importante. Las ciudades griegas de Asia Menor, que reivindicaban la gloria de ser la cuna de Home ro, estaban pobladas, desde siglos atrás, por griegos llega dos de la Grecia europea como consecuencia de la invasión dórica acaecida al principio de la Edad de Hierro. Esos can tos de la Iliada y de la Odisea constituían su patrimonio cultural y les recordaban la historia de su pueblo y las haza ñas de sus antepasados. Gracias a la relación de ese pasado de gloria común, las distintas ciudades, por otra parte celo sas de su independencia y rivales en el terreno comercial, pudieron tomar conciencia de pertenecer a la comunidad na cional griega. Es, pues, verosímil, que el poeta fuera clara mente consciente de la importancia de la obra en el plano cultural e histórico y del carácter sagrado de su misión.
Por otra parte, no hay duda de que la narración, en su conjunto, y a pesar de ciertas diferencias de estilo, presenta en su desarrollo una indiscutible unidad. Desde el principio, el conjunto de los acontecimientos es anunciado por la diosa Atenea, quien bosqueja la situación y localiza a los principa les personajes. Luego, en el espacio de unos días, dos accio nes se desencadenan simultáneamente por la voluntad de los dioses: el viaje de Telémaco y la vuelta de Ulises, amenizado con la narración de sus aventuras. En fin, los dos persona jes, el padre y el hijo, vuelven a encontrarse para llevar a término, juntos, el último acto, la matanza de los pretendien tes. Los acontecimientos que se desarrollan en el curso de las tres fases son casi cronometrados y las precisiones de tiempo y de lugar, muy frecuentes en el texto, acentúan toda vía más esa impresión de mecanismo construido según un
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plan riguroso y desencadenando la simultaneidad de las ac ciones del padre y del hijo. Más adelante veremos qué inter pretación puede deducirse de ese paralelismo y, sobre todo, de esa voluntad de comparación entre la vuelta de Ulises y el viaje de Telémaco. Ese último viaje, sea dicho de paso, no con duce a ningún resultado concreto, no añade nada a la acción y resulta prácticamente inútil para el resto de los aconteci mientos. Por otra parte, abunda en localizaciones geográficas precisas y en indicaciones de tiempos de trayectos. Así, con perfecta naturalidad, seré llevado a emitir la hipótesis de que esa narración anexa tiene por objeto proporcionar ciertas claves necesarias para la comprensión de la narración princi pal, que sigue siendo el viaje de Ulises.
¿Por qué serían indispensables unas claves para compren der la Odisea? Es evidente que no es necesario ningún código y que no se impone ninguna investigación si se considera la
Odisea como una simple leyenda mitológica, obra de imagi
nación transcrita bajo forma poética. En esas condiciones parece inútil interesarse por la verosimilitud de la narración y buscar una localización precisa de los acontecimientos. Basándose en tal hipótesis el lector y el comentador aprecia rán esencialmente los sentimientos expresados, el comporta miento psicológico de los personajes y la forma poética de la narración. En compensación, numerosos autores admiten hoy que las leyendas transmitidas oralmente durante siglos, luego transcritas y recopiladas, cubren siempre, a pesar de inevitables errores materiales, un fondo de verdad histórica, y que esas leyendas tienen por objeto perpetuar los hechos más sobresalientes de la vida de un pueblo. La Biblia, cuya redacción es anterior a la obra de Homero, cuenta la historia de las distintas tribus del pueblo judío, y las precisiones to pográficas que sitúan los acontecimientos han resultado con firmadas por las excavaciones arqueológicas. ¿Por qué, puesto que las descripciones de los lugares han sido verificadas sobre el terreno, no podemos conceder el mismo crédito a
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lo que actualmente no se puede verificar, es decir, a los acon tecimientos de que los mismos lugares son testigos?
Para la litada, ese trabajo de verificación ha sido ya lle vado a cabo y el arqueólogo alemán Schliemann, basándose en el texto de Homero, ha podido encontrar las ruinas de la ciudad de Troya bajo la colina de Hissarlik, en Asia Menor, cerca del estrecho de los Dardanelos. A partir de ese descu brimiento ya nadie piensa ahora en poner en tela de juicio la autenticidad de los acontecimientos relatados por Homero en la litada. La guerra de Troya, el sitio de la ciudad y su des trucción han pasado, de golpe, del dominio de la leyenda al de la historia. En consecuencia, sería sorprendente que la na rración de la Odisea, que constituye una continuación de la
Ilíada, y siempre le ha estado asociada, no representara más
que una leyenda de carácter mitológico. Por el contrario, pa rece mucho más verosímil que esa segunda narración, al igual que la primera, constituya la relación de acontecimientos históricos que realmente hayan tenido lugar en el transcurso del siglo X II a. J. C., unos años después de la caída de Troya,
que los arqueólogos sitúan hacia 1180 a. J. C.
En fin, se puede añadir, en apoyo de esta tesis, el hecho de que, durante siglos, generaciones de griegos se transmitie ron esas narraciones y que luego tuvieron buen cuidado de reunirías, transcribirlas y aprendérselas de memoria desde su infancia. ¿Se hubiesen tomado tantas molestias por una le yenda, si hubieran sabido que era totalmente imaginaria? Mientras que si ese texto encubre un verdadero «mensaje» muy importante a los ojos de los iniciados, ese cuidado de transmisión se explica muy naturalmente. Según lo que hoy se puede suponer del modo de vida y de las preocupaciones de esos pueblos de la alta Edad Media griega, resulta difícil creer que el solo encanto poético de los cantos de la Odisea hubiese justificado tales desvelos en su transmisión y su con servación. Para aquellos que no cejaban hasta aprenderlos de memoria, en una época en que se usaba poco la escritura,
2 2 GILBERT PILLOT
él sentido del mensaje y la relación de los acontecimientos
debían tener más importancia que la forma.
Mientras que la llíada, una vez admitida la historicidad de los acontecimientos, no plantea problemas de interpreta ción y de comprensión, no ocurre lo mismo en el caso de la
Odisea, cuya narración central —el viaje de Ulises— ha sido
hasta hoy un auténtico enigma. Si se admite que la Odisea encubre un mensaje sólo inteligible para los iniciados, puede darse una explicación. Se trataría, en primera hipótesis, de la relación histórica de una expedición marítima, correspon diendo simétricamente, al Oeste, con la realizada hacia Troya, al Este, y que tenía por objeto dar a los griegos el dominio del Bósforo y del mar Negro. El éxito de esta primera empre sa les habría incitado a emprender hacia el Oeste una expedi ción que les aseguraría el control de ciertas rutas comercia les tradicionales, harto conocidas, especialmente, de sus predecesores cretenses. Pero el relato de una expedición y de un descubrimiento geográfico, por importante que sea en el momento de producirse, puede no ser más que un aconteci miento accidental sin futuro y de pocas consecuencias en la historia de un pueblo. El mensaje transmitido por la Odisea podía ser más importante para los contemporáneos del acon tecimiento y, sobre todo, para sus descendientes. Tal puede ser el caso si, en lugar de contar una aventura fortuita, el viaje de Ulises sirve de pretexto para la descripción de una vía ma rítima de la que pueden depender la prosperidad y el poderío de un país. Ahora bien, en los tiempos de la navegación a vela, el conocimiento del régimen de los vientos y de las corrien tes era indispensable a los marinos para llegar a destino y los itinerarios marítimos eran secretos celosamente guarda dos. Sin embargo, la descripción del camino a seguir debía transmitirse entre marinos de un mismo pueblo por tradi ción oral. Para prevenir los «soplos» una precaución elemen tal consistía en envolver esa descripción en una narración más vasta y en dispersar en otros cantos ciertas
informado-EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA 2 3
nes indispensables para la comprensión del itinerario. Así, sólo el que sabía de memoria el conjunto del texto podía selec cionar y juntar todos los datos necesarios, efectuar ciertos cálculos anexos y determinar con precisión el camino a seguir.
La Odisea es, a la vez, la narración de una expedición desdichada y la descripción de una ruta marítima. A partir de esta convicción voy a intentar descorrer el velo que cubre el viaje de Ulises, buscar la clave del mensaje e intentar des cubrir el verdadero secreto de esa sorprendente aventura: El camino del Atlántico hacia la Europa del Noroeste.
CAPÍTULO SEGUNDO
He aquí, pues, los datos del problema. Un viaje fabuloso cuya parte esencial nos es conocida por la narración que Uli ses cuenta a los feacios, habitantes de la isla de Corcyra, ellos también grandes navegantes, «amigos del remo», «guías de hombres», como precisa Homero repetidas veces.
Esta narración es curiosa. Desde el comienzo de su lectu ra, causa la impresión de que Ulises utiliza sucesiva y alter nativamente dos lenguajes. Uno, mitológico, evoca episodios poco creíbles que parecen pertenecer únicamente al dominio de lo maravilloso y de la poesía. Otro, práctico y concreto, suministra informaciones topográficas y marítimas de sor prendente precisión. Subrayo, ya a partir de ahora, que en Cada etapa de su viaje son utilizados esos dos lenguajes, lo que permite suponer que cada uno de ellos aporta informa ciones complementarias, cuya combinación debe permitir a los iniciados descifrar el sentido del mensaje. No disponien do al empezar mi investigación más que de pocos medios para intentar la interpretación de los acontecimientos mitológi cos, me decido para dar la prioridad a poner de relieve las indicaciones exactas cuya interpretación no ofrece dudas. Ésas conciernen, de antemano y esencialmente, a dos tipos de información; por una parte, la descripción de los lugares abordados, y por otra, las indicaciones que conciernen a la marcha del navio: dirección seguida y tiempo de navegación.
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vegación de altura cubriendo distancias considerables. En la mayor parte de sus etapas, como se ha visto, Ulises navega noche y día, es decir, durante veinticuatro horas consecutivas. Cuando regresa de la isla de Ogygia, donde vivió siete años junto a la ninfa Calipso, Ulises navega así durante diecisiete días, empujado por vientos favorables, antes de abordar la isla de Corcyra, que los antiguos identificaban con Corfú, y, al parecer, con razón. ¿De dónde podía venir Ulises?
Incluso admitiendo que el velero desarrollara una veloci dad relativamente reducida, de cinco a seis nudos, o sea, cerca de 150 millas en veinticuatro horas, se obtiene, al cabo de diecisiete días, una distancia de más de 2.500 millas, o sea, al menos 4.600 kilómetros, lo que nos conduce mucho más allá del estrecho de Gibraltar. Basándose en otros argu mentos —la presencia de nieblas, el fuerte oleaje, las corrien tes de marea de Caribdis que se producen tres veces durante el día, etc.—, Robert Philippe, catedrático de Historia, en una tesis aparecida en la revista Planète, sostiene ya que el viaje de Ulises es un periplo atlántico y que el haber escogido a
priori el Mediterráneo como escenario ha falseado todas las
interpretaciones de los comentadores.
Ésos, tradicionalmente, buscan- el itinerario alrededor de Sicilia y en el sur de Italia. Ahora bien, no sólo las distan cias recorridas y las direcciones propuestas no concuerdan con el texto de Homero, sino que, gracias a las excavaciones arqueológicas, sabemos que esas regiones situadas a unos días de navegación de Grecia eran ya frecuentadas desde hacía mucho tiempo por los cretenses y los micenios. En el mismo texto de la Odisea se trata de enviar a Ulises cerca de los sici lianos, lo que demuestra que un viaje alrededor de esa isla, ya muy conocida, no habría podido adquirir un carácter tan fan tástico.
Según esos autores, el célebre pasaje de Caribdis y Escila sería el estrecho de Mesina, existente entre Sicilia y Calabria. Se olvidan entonces de recordar el hecho de que no se trata
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de un estrecho, sino de dos islas y que la descripción de Uli ses no corresponde, de ningún modo, a la topografía de aque llos lugares.
Desde ahora es pues necesario dejar a un lado esta hipó tesis mediterránea para el itinerario de Ulises el cual, desde hace dos mil años, sume a los comentaristas de Homero en un mar de confusiones. No hay que temer volver a considerar el problema con más amplitud, apoyándose en una metodo logía rigurosa.
Creo, pues, que a partir de esta hipótesis general de un viaje atlántico, hipótesis expresada por Robert Philippe —que nos servirá de guía— deben ponerse de relieve y no aceptar más que las informaciones precisas de tiempos y de dirección que, en una primera etapa, deberán permitir trazar la forma general del recorrido.
También me será necesario intentar descubrir «la escala» de ese plan a fin de conocer las distancias exactas recorridas en tal o cual dirección. Sólo entonces, por comparación con los mapas o por el reconocimiento de los lugares, intentaré localizar las escalas y, sobre todo, los escollos de Caribdis y Escila cuya descripción es muy precisa. En fin, habiendo des cubierto cuál fue el camino seguido por Ulises, me será po sible comprender el sentido de ese viaje, de interpretarlo y de buscar su «motivación» profunda. Y si, realmente, el texto poético de Homero encubre un mensaje histórico destinado a los sucesores de los aqueos, podremos conocer mejor a los antepasados de los griegos, sus preocupaciones y el nivel de sus conocimientos, y acaso explicar más claramente ese «mi lagro griego» del siglo v a. J. C., esa eclosión de la inteligen cia y de la actitud científica, base de nuestra civilización.
Para intentar volver a hallar el itinerario de Ulises es preciso, para cada etapa, determinar dos factores esenciales: la dirección seguida y la distancia recorrida.
En cuanto a las direcciones de navegación, anoto ya que Homero utiliza, de forma sucesiva, dos procedimientos. El
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más corriente es la indicación de los vientos. Se sabe que, en aquella época, la navegación a vela se efectuaba esencial mente con viento en popa, puesto que la técnica que permite ir contra el viento no fue practicada hasta mucho más tarde, a partir del descubrimiento de la vela latina. La vela cuadrada de los navios de Ulises sólo les permitía aprovecharse de los vientos favorables, que significaban para ellos el viento en popa. En los demás casos, se avanzaba a remo.
Cuando Homero dice que la flota era empujada por un fuerte viento de Bóreas —nombre dado por los griegos al viento del Norte— creo que es preciso entender que los na vios se dirigían hacia el Sur. Puedo verificarlo fácilmente al principio de la narración de Ulises, cuando abandona el país de los cicones, al norte del mar Egeo, para llegar hasta el cabo Malea empujado por el viento de Bóreas. Así, cuando sopla el Céfiro, el Euro o el Noto, vientos de Oeste, de Este o de Sur, entiendo que los navios se dirigen hacia el Este, el Oeste o el Norte. La interpretación en este caso es bastante senci lla. Otro procedimiento utilizado por Homero: cuando Ulises, al regresar, deja la isla de Ogygia, refugio de Calipso, ésta le aconseja navegar conservando constantemente «La Osa Mayor a mano izquierda». Si se considera la posición de las conste laciones en el cielo, tres mil años atrás, y la época del viaje —otoño— se comprueba que la Osa Mayor que, por cada pe ríodo de veinticuatro horas, describe un círculo aparente al rededor de la estrella Polar, se encuentra en la parte Este del cielo durante la noche, luego a Oeste durante el día, cuando ya no es visible. Si Ulises ve, durante la noche, la Osa Mayor a su izquierda, cuando gobierna el timón, es que mira hacia el Sur. Sigue, pues, una dirección Norte-Sur cuando abando na la isla de Calipso. En el mismo lugar Homero añade: «Miraba las Pléyades.» Ahora bien, esa constelación se en cuentra efectivamente en ese momento del año, y a media noche, en el Sur. Esa ruta Norte-Sur se justifica también por la localización de esta isla, puesto que dos informaciones
im-EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA 31
portantes nos permiten presagiar que está situada bajo una latitud elevada. En primer lugar, cuando Zeus envía el men sajero Hermes a Calipso, para advertirle que deje que Ulises vuelva a ítaca, el mensajero levanta el vuelo desde el Olim po y sobrevuela la Pieria. Entonces se me ocurrió la idea de juntar por una línea la cumbre de la cadena de Pieria y la cumbre del Olimpo. La recta obtenida indica exactamente la dirección Norte-Oeste. Trasladadas sobre un mapa de Grecia, corta los meridianos en un ángulo de 45°.
La otra indicación concierne a la latitud de la isla. Se ha dicho que, única entre las constelaciones, la Osa Mayor gira alrededor de la estrella Polar y queda siempre visible, como resultado del movimiento de rotación de la tierra. Cuando uno está en el polo Norte, la estrella Polar se encuentra justo encima de nuestra cabeza a la vertical y parece como si todas las estrellas girasen alrededor nuestro; ninguna se sumerge bajo el horizonte. En el Ecuador, la estrella Polar está situa da en la horizontal y las estrellas describen un semicírculo aparente, apareciendo por el Este y desapareciendo por el Oeste. Por una latitud intermedia, la estrella Polar se encuen tra a cierta altura sobre el horizonte y el ángulo vertical que mide la altura de la estrella Polar con el horizonte indica en grados la latitud del lugar. Las estrellas más próximas a la estrella Polar describen un círculo completo, mientras que las constelaciones que se encuentran más alejadas de la Polar se sumergen cada noche en el Océano. Dice también «el Bo yero se acuesta tarde», lo que significa que la constelación del Boyero, en su movimiento periódico alrededor de la estrella Polar, roza el Océano, y queda poco tiempo bajo la línea del horizonte. Ahora bien, la zona terrestre donde se reúnen esas condiciones está situada entre 60 y 65° de latitud Norte. ¿No responde Islandia a las tres condiciones que acabo de seña lar? Ser una isla, estar situada entre 60 y 65° de latitud Norte y encontrarse exactamente en el norte-oeste del Olimpo. A pesar de lo que esta coincidencia podía tener de turbadora, la
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hipótesis de Islandia me parecía, a primera vista, ïan inespe rada, dada la distancia que la separa de Grecia, que no he querido detenerme en ella sin más confirmación.
Sin embargo, dos datos me parecían dignos de ser rete nidos con certeza. La isla de Calipso, llamada Ogygia, se halla en una latitud elevada y Ulises, al abandonarla, se dirige hacia el Sur.
Entonces resolví anotar, en una tablilla que dividí en cuatro columnas, y poniendo unas debajo de otras, las distin tas etapas del viaje y, para cada una de ellas, por una parte, la dirección seguida por el navio, cuando está indicada por los vientos o por otro razonamiento; por otra parte, el tiempo del trayecto expresado generalmente por Homero en días de na vegación. Así, para el viaje de vuelta de Ulises que nos fue contado al principio del libro, anoto en una línea:.
ISLA DE CALIPSO — ISLA DE CORCYRA DIRECCIÓN NORTE-SUR A LA SALIDA — 17 DIAS
Volviendo a considerar, una por una, las peripecias del viaje contadas por Ulises a partir del canto noveno, voy a juntar en esta tablilla las informaciones incontestables de dirección y de tiempo, dejando a un lado las aventuras mito lógicas que, a primera vista, me parecen sin interés para lo calizar el itinerario.
Por lo tanto, vuelvo a estudiar el viaje desde su punto de partida. De Troya al país de los cicones y al cabo Malea, el itinerario está claro y la indicación de un viento de Bóreas no hace más que confirmar la interpretación Norte-Sur, re forzada por el examen del mapa de Grecia. La flota de Ulises atraviesa rápidamente el mar Egeo, de Tracia al Peloponeso,
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luego se apresta a doblar, en dirección Este-Oeste, el cabo Malea, extremo sur del Peloponeso, con intención de remon tar al Norte-Oeste en dirección de ítaca. En este momento, se desencadena la tempestad y en este pasaje, cuya dificultad es conocida por los navegantes, los navios son arrastrados más allá de la isla de Citera, o sea, hacia el Oeste. Se ven em pujados por la tempestad durante nueve días y abordan en el país de los Iotófagos, que es llamado continente por Ulises y no isla, como algunos lo creen actualmente. Inscribo la etapa en la tablilla en la siguiente forma:.
CITERA — LOTÓFAGOS: ESTE-OESTË PROBABLE — 9 DÍAS (continente)
Al décimo día, Ulises y sus compañeros pasan una parte de la jornada con los Iotófagos, luego se embarcan precipita damente para llegar de anochecida a una de las islas del ar chipiélago, habitadas por los cíclopes, escogiendo la que está deshabitada.
No inscribo la indicación de dirección porque es descono cida, sino simplemente una estimación de tiempo, o sea, seis horas o un cuarto de veinticuatro horas.
LOTÖFAGOS — ISLAS DE LOS CÍCLOPES: 1/4 de JORNADA
Después de la lucha con el gigante Polifemo, que se pa rece a una montaña y le echa piedras cuando huye, la flota de Ulises alcanza a fuerza de remos la isla de Eolia, aparen temente bastante próxima, puesto que Ulises no precisa el número de días de navegación. Ninguna indicación concreta puede ser anotada para esta etapa.
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De la isla de Eolia, Ulises, que lleva el timón noche y día, se ve empujado sin interrupción por el Céfiro (viento de Oes te) durante nueve días y, en el alba del décimo, distingue las costas de ítaca. Habiendo abierto el odre que contenía los vientos contrarios, los marineros de Ulises provocan un retor no inmediato a la isla de Eolia.
De forma repentina, este episodio inhabitual me parece, al mismo tiempo, importante e insólito. Importante porque, por primera vez, Ulises me indica una coordenada exacta en relación con un territorio desconocido. Está claro, en efecto, que la isla de Eolia se sitúa a nueve días de navegación al oeste de ítaca, la jornada de navegación englobando un día y una noche, o sea, veinticuatro horas. Insólito, porque esta ida y vuelta muy rápida, cuando Ulises está todavía tan le jos, parece intercalarse inútilmente en el viaje y, sobre el mismo plan de la navegación, poco plausible. Ahora bien, hasta aquí, mientras que los episodios mitológicos son evi dentemente inverosímiles —como también debían serlo para los griegos de aquella época igual que para mí mismo, a menos que se me escape su verdadero significado— las indicaciones topográficas y náuticas, por el contrario, son siempre preci sas y exactas, tanto si se trata de maniobras de aparejo y de abordaje, como de la descripción de una rada bien abri gada y de aguas profundas. Tengo la sensación, pues, en re lación con el resto de relato, que este episodio suena a falso sobre el plan estricto de la geografía y de la navegación. ¿Cuál podía ser su utilidad? No olvidemos que la epopeya se dirige a un pueblo de marineros que saben distinguir en este terreno el buen grano de la cizaña y lo verdadero de lo falso. Entonces me parece verosímil que este episodio no fue intro ducido más que para transmitirnos una información esencial: la localización de la isla de Eolia que, sin ninguna duda, cons tituye un punto clave del viaje. Es, en efecto, el único lugar del recorrido que nos puede vincular a un punto conocido, ítaca. Inscribo, pues, en la tablilla:
g L CÓDIGO SECRETO DE LA ODISE4 3 5
ISLA DE EOLIA — ÏTACA: OESTE-ESTE 9 DÍAS ÏTACA — ISLA DE EOLIA: ESTE-OESTE 9 DIAS
A partir de este instante se confirma que si, por boca de Ulises, se había tenido cuidado de transmitirnos estos precio sos datos de dirección y de tiempo, era debido a que, en al guna parte de la narración, existía una clave que permitiría convertir los días de navegación en distancias. De otro modo, esas últimas indicaciones hubiesen perdido todo su interés.
Llegado a este punto de mis reflexiones, se me ofrecen dos vías. O bien, cediendo a mi impaciencia, descubrir y lo calizar geográficamente un punto del itinerario, y ponerme en seguida a la busca de esta clave que, como presentía, no debía ser muy difícil de descubrir. O bien —y era el cami no cuerdo y metódico— seguir anotando en mi tablilla hasta el final, sin permitirme el menor desvío del proceso que había empezado. Sin embargo, me aprovecho de esta pausa en la isla de Eolia para anotar que el itinerario de Ulises se sitúa resueltamente hacia el Oeste. Así pues, para la etapa del cabo Malea hasta el país de los lotófagos la indicación de direc ción Oeste que había indicado en mi tablilla como probable, se halla confirmada.
Y, en mi espíritu, toma forma la convicción de que unos navios empujados por la tempestad en dirección Oeste a par tir de Grecia, navegando durante nueve días, noche y día, van a cubrir una distancia que los llevará, indudablemente, más allá de las Columnas de Hércules, nombre dado por los aqueos al estrecho de Gibraltar. Mentalmente, un cálculo rápido de muestra que, sobre la base de una velocidad de ocho nudos, que es poco para navios empujados por un viento de tempes tad, se obtiene un recorrido de cerca de 200 millas en veinti cuatro horas, o sea, más de 3.000 kilómetros en los nueve días.
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Ahora bien, el estrecho de Gibraltar se sitúa alrededor de 2.500 kilómetros al oeste del cabo Malea. Hay que descartar, pues, la hipótesis de un viaje por el interior del Mediterráneo. Ahora, después de este paréntesis, vuelvo con el itinerario
para completar mi cuadro de direcciones y de tiempos de
navegación.
A partir de la isla de Eolia, Ulises y sus compañeros nave gan durante seis días y, al séptimo, abordan en el país de los lestrígones, en un puerto famoso situado al interior de una bahía casi cerrada por el lado de alta mar por abruptos peñascos.
En este país «el pastor que saca su rebaño saluda al pas tor que regresa y un hombre que no tuviese necesidad de dormir podría ganar doble salario». Esta frase indica a las claras que Ulises está impresionado por la duración del día que sería, pues, al menos de dieciséis horas sobre la base de una jomada de trabajo de ocho horas. Esto debe ocurrir al principio del verano, ya que los griegos no navegaban duran te la mala estación. Se puede suponer que este país se en cuentra ya a una latitud bastante elevada y que la flota de Ulises, al salir de la isla de Eolia, ha tomado a bulto la direc ción Norte con cierto ángulo posible en relación con esta lí nea general. Inscribo, pues, en la tablilla, para esta etapa:
ISLA DE EOLIA — LESTRIGONES:
DIRECCIÓN NORTE APROXIMADAMENTE: 6 DIAS
Después de haber sufrido una aplastante derrota que oca siona la pérdida de todos sus navios, menos uno, Ulises sigue su camino «más para adelante» hasta el momento en que aborda la isla donde mora la maga Circe. Este término «más para adelante» puede significar que Ulises, en esta nueva eta pa, que parece bastante corta puesto que no se precisa la
du-EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA 3 7
ración de la navegación en días, sigue su camino en la misma dirección que en la etapa precedente. Parece, pues, que sigue una dirección bastante próxima del Norte. Entonces inscribo para esta etapa:,
PAIS DE LOS LESTR1GONES — ISLA DE CIRCEg 1 APROXIMADAMENTE SUR-NORTE:,
DURACION NO PRECISADA
La isla de Circe es de terreno ondulado, bastante pequeña y de forma casi circular, pues Ulises, subido a la colina más elevada, puede ver cómo el mar forma una cintura brillante alrededor de la isla. No parece, teniendo en cuenta la visibi lidad normal en esa latitud, que la isla tenga más de irnos diez kilómetros en su mayor longitud. No debe tampoco ha ber en ella grandes montañas, según la descripción de Ulises. Después de haber pasado el invierno en esta isla, Ulises vuelve a hacerse a la mar, siguiendo los consejos de Circe, para llegar al país de los cimerios. Sale por la mañana y viaja todo el día, empujado por un viento favorable de Bó reas, es decir, un viento del Norte.
El sentido de esta etapa está claro. A partir de la isla de Circe en dirección Sur se encuentra el país de los cimerios, a una media jornada de navegación. Esta etapa se escribe tam bién en la tablilla:.
ISLA DE CIRCE — CIMERIOS:] NORTE-SUR: 1/2 JORNADA
Señalemos, al pasar, hasta qué punto son respetados los imperativos técnicos de la navegación. Para esta etapa,
Uli-GILBERT PILLO Ï
ses, que viene de alta mar, puesto que es pequeña la isla de Circe, se aprovecha de la brisa del dia que sopla en verano en dirección de la costa. Al día siguiente, por el contrario, se embarcará por la tarde para alcanzar la isla de Circe, etapa que inscribo en la tablilla?,
PAIS DE LOS CIMERIOS — ISLA DE CIRCE:] SUR-NORTE: 1/2 JORNADA
Pero entonces, puesto que el país de los cimerios está al sur de la isla de Circe, Ulises no ha podido seguir una direc ción Sur-Norte para llegar a la isla de Circe, puesto que hu biese pasado ya a lo largo de esta costa y la hubiese señalado. Aunque haya progresado hacia el Norte, ha debido seguir una dirección ligeramente oblicua acusando cierto ángulo con re lación al Norte, sea hacia el Oeste, o bien hacia el Este.
Ulises vuelve a salir, esta vez al alba, de la isla de Circe para bordear la isla de las Sirenas, y en la misma jomada pasar Caribdis y Escila, lo que le lleva, ya casi de noche, a abordar en la isla del Tridente, donde lo retiene el mal tiem po. No puedo mencionar en mi tablilla, a falta de indicacio nes de dirección, más que una sola información cierta: esta etapa se desarrolla durante un día, o sea, media jornada de veinticuatro horas.
ISLA DE CIRCE — ISLA DEL TRIDENTE:.,, 1/2 JORNADA
Sin embargo, cuando Ulises abandona la isla del Tridente y naufraga, al ser herido su navio por el rayo, es un viento de Noto, o viento del Sur, el que le obliga a volver a Caribdis y Escila, después de haber ido a la deriva, aferrado a los
PL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISE4 3?
restos de la nave, durante toda la noche. Esta información me permite, entonces, llegar a la conclusion de que, antes, Uli ses había pasado sucesivamente cerca del remolino de Carib dis, luego de la gruta Escila en el sentido Norte-Sur, y que la isla del Tridente se encuentra a algunas horas de navegación del célebre pasaje, hacia el Sur, al Sur-Este o al Sur-Oeste. Puedo proseguir con mi cuadro de la siguiente forma:.
ISLA DEL TRIDENTE — CARIBDIS Y ESCILAí SUR-NORTE: ALGUNAS HORAS DE NAVEGACION
O UNA MEDIA JORNADA DE IR A LA DERIVA
Al escribir esto, veo que se plantea un nuevo problema:’ la jornada a la deriva. En efecto, hasta aquí, las distancias estaban expresadas en jornadas de navegación, constituyendo esa cómoda unidad la clave del mensaje cuyo equivalente en distancia quedaba por descubrir. He aquí que eso complica el problema. Durante bastante tiempo he tratado de averiguar si el texto de Homero —de modo especial esa ida y vuelta en tre la gruta de Escila y la isla del Tridente— podía ocultar datos que permitieran establecer una equivalencia entre esas dos unidades. Los dos recorridos parecen relativamente idén ticos a pesar de la incertidumbre concerniente al lugar exacto del naufragio. La ida en barco se efectúa en pocas horas, pues to que Ulises indica que después de haber escapado de Escila, llegan muy pronto a la isla del Tridente. La vuelta a la deriva dura una noche. La impresión es tal que no podría estable cerse una equivalente rigurosa. ¿Qué otra cosa puedo hacer, más que inscribir esta nueva unidad de medida en mi cuadro, mientras espero que el texto de Homero me aporte una clave? Ello se producirá sin tardanza. Mientras, tengo bastante con esta medida y albergo fundadas esperanzas de que esta clave me será dada más adelante.
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Ahora Ulises vuelve a pasar frente a Caribdis y Escila y va a la deriva durante nueve días sobre los restos de su navio antes de ir a parar sobre la playa de la isla de Ogygia, donde será acogido por Calipso. Completo el cuadro de esta etapa:
CARIBDIS Y ESCILA — ISLA DE CALIPSO: 9 DIAS A LA DERIVA
Releyendo las últimas líneas del cuadro, me doy cuenta de que se pueden hacer ciertas deducciones que conciernen a la posición de la isla de Circe con relación a Caribdis y Escila.
En efecto, al efectuar el primer análisis, se llega a la con clusión de que esta isla debe estar al norte de dos escollos, puesto que Ulises los franquea la primera vez en el sentido Norte-Sur, lo que excluye, en todo caso, una posición al Sur. Sin embargo, si la isla se encontrara exactamente en el Norte, Ulises, al ir hacia el país de los cimerios en el sentido Norte- Sur, hubiese ya franqueado dichos pasos, y no es tal el caso puesto que no nos habla de ellos en esta ocasión.
Así pues, la isla de Circe no puede encontrarse más que al noroeste o al noreste de Caribdis y Escila, y ésta al nor oeste o al noreste de la isla del Tridente.
En fin, el hecho de que Ulises vuelva a pasar ante los es collos cuando va a la deriva, atrapado por el viento del Sur, nos deja presagiar que la deriva de nueve días puso en peli gro a nuestro héroe de ser llevado a latitudes todavía más elevadas que aquellas a las que ya ha llegado.
Una preciosa información nos precisa la latitud de Carib dis y Escila. Ulises, refiriéndose a Caribdis —evidentemente, un remolino debido a la corriente de la marea en una costa recortada y sembrada de arrecifes— dice que el fenómeno se produjo «tres veces durante el día». No olvidemos que
Uli-EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA 4 1
ses, después de pasar un invierno en la isla de Circe, vuelve a partir «durante los días largos», lo que puede interpretarse como por los alrededores del solsticio de junio. La marea ascendiendo o descendiendo cada seis horas, permitirá dedu cir que el día, aquí, dura dieciocho horas. La latitud corres pondiente puede variar, por supuesto, dentro de los límites de varios grados, según lo que se entienda por día. Se con siderará una zona variando de 55° a 60° de latitud Norte, según se interprete la palabra «día» como la duración de la luz del día, comprendidos aurora y crepúsculo, o que se limite a la duración que separa la salida de la puesta del sol.
Personalmente, me tienta esta última interpretación, lo que me incita a preferir la zona comprendida entre 55° y 58° de latitud Norte para la localización de Caribdis y Escila y de los lugares vecinos, la isla de Circe y la isla del Tridente.
En cuanto a la vuelta de Ulises de la isla de Ogygia a la isla de Corcyra, cuya identificación con Corfú parece indu dable, las características de direcciones y de tiempos para ese largo viaje han sido ya aclaradas al empezar mi encuesta. Re cuerdo que esa vuelta figura en el cuadro bajo la siguiente forma resumida:
ISLA DE CALIPSO — ISLA DE CORFÚ NORTE-SUR A LA SALIDA: 17 DIAS
Acordándome entonces de que Ulises ha empezado por na vegar nueve días hacia el Oeste antes de dirigirse hacia el Norte, me parece evidente que, a la vuelta, Ulises, que verosí milmente se encuentra en una latitud elevada, se ve forzado, para seguir aproximadamente el mismo itinerario, a navegar primero hacia el Sur para volver a la latitud de Grecia, antes de dirigirse hacia el Este.
infor-4 2 GILBERT PILLO Î
madones esendales que atañen a las direcdones seguidas y los tiempos de navegadón, me he entregado al juego del re trato robot, intentando establecer los diferentes esquemas de itinerarios posibles que responden a todas las condidones planteadas más arriba. Para la estimación de las distancias, tomo como unidad la jornada de navegación dándole una lon gitud cualquiera. Estos esquemas no pueden dar más que una idea general del recorrido, permitiendo fijar ideas y eliminan do contradicciones. Los citados esquemas no pueden restable cer las proporciones exactas del itinerario por varias razones, de las cuales dos son principales. De antemano, incluso to mando como escala una jornada cualquiera de navegación, no son respetadas las distancias por el hecho de la curvatura de la tierra, que no puede ser situada en plano. Luego, faltan todavía ciertos datos y la distancia del recorrido no puede ser más que una simple hipótesis cuando no ha quedado preciso el número de días de navegación.
Luego de haber dibujado esquemas, me propongo buscar en la narración de Homero las dos claves susceptibles de dar me la escala verdadera del itinerario: la distancia recorrida en veinticuatro horas de navegación y la recorrida durante los nueve días de ir a la deriva.
La etapa que yo acababa de franquear me aportaba, sin lu gar a dudas, un primer resultado concreto. Los esquemas de iti nerario que podía elaborar a partir del cuadro de informacio nes, presentaban todos el mismo cariz general en forma de L mayúscula, y la naturaleza de las indicaciones topográficas que había alzado anulaba, a partir de ese instante, cualquier hipótesis de viaje únicamente mediterráneo. La duración de la vuelta de Ulises desde la isla de Ogygia, diecisiete días de navegación, con sus días y sus noches, empujado por un vien to favorable, me había ya incitado, desde el principio de la narradón, a salir del marco del Mediterráneo.
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Estaban, luego, las turbadoras precisiones concernientes a la duración del día en el país de los lestrígones. Recuérdese: «Un hombre que no tuviese necesidad de sueño podría ganar doble salario, etc.» Es difícil dar en el Mediterráneo con una región donde la duración del día, en el mes de junio, sea tan larga. Igualmente, el hecho de que la constelación del Boyero roce el Océano indica una latitud superior a 60°.
También el fenómeno de Caribdis nos indica bien que nos hallamos en un mar donde las violentas corrientes costeras no pueden ser más que consecuencia de mareas.
Pero presentía que todos esos argumentos en favor de la hipótesis atlántica quedarían en simples presunciones si no llegaba a descubrir la escala exacta de ese esquema general. Me faltaba luego asegurarme de ello mediante el estudio de los mapas, de la correspondencia entre el itinerario así cal culado y los datos geográficos reales.
Lo más importante, en primer lugar, era descubrir la pri mera clave indispensable para obtener «la escala», es decir, la distancia recorrida por el navio durante un día y una no che, o sea, en veinticuatro horas de navegación viento en popa. Puesto que en el viaje de Ulises ignoramos las distancias y, por consiguiente, la velocidad del navio, me preguntaba si el viaje de Telémaco o Pylos las Dunas, que tiene lugar durante el retomo de Ulises, no podía damos esa información. En efecto, ahí nos hallamos en Grecia en lugares perfectamente conocidos. Si el tiempo de recorrido está indicado con sufi ciente precisión, les sería posible medir la distancia recorrida, deducir de ella la velocidad del navio y transponerla en la na rración principal.
Partiendo de esta hipótesis, me decido a calcular el tiempo de viaje y la distancia recorrida, tanto a la ida como a la vuelta del viaje de Telémaco, cuando va de Itaca a Pylos las Dunas y cuando vuelve de allí.
A la ida, Telémaco sale de ítaca por la tarde y llega a Pylos en el momento de la salida del sol. Recorre una distancia
apro-4 apro-4 GILBERT PILLOÇ
ximada de 130 kilómetros, o sea, en medidas griegas, exacta mente 700 estadios, correspondiendo el estadio, más o menos, a 185 metros. Sabiendo también que 600 estadios equivalen a un grado terrestre —de latitud— puesto que los grados de longitud son variables en función de la latitud del lugar, la distancia recorrida por Telémaco representa, exactamente, un grado y un sexto de grado.
A la vuelta, Telémaco, después de haber pasado la noche en el interior del territorio, se embarca en Pylos, sube hacia el Norte siguiendo la costa oeste del Peloponeso. Se encuen tra, en el momento de ponerse el sol, cerca del cabo occiden tal de la Elide y navega en dirección de las islas Puntiagudas situadas al norte de ese punto al otro lado de la entrada del golfo de Corinto. El objetivo de esta maniobra era evitar la línea directa que le haría caer en la trampa tendida por los pretendientes, emboscados cerca del islote de Asteris, al sur de Itaca.
Midiendo sobre el mapa la distancia recorrida desde Pylos hasta la puesta del sol, obtengo aproximadamente 65 kilóme tros, o sea, 350 estadios. Eso, en cuanto a las distancias. Me queda por determinar los tiempos de navegación.
En los dos casos conozco con precisión las horas de lle gada, que corresponden a la salida y a la puesta del sol y, como sea que los acontecimientos tienen lugar al principio del otoño, se puede admitir que las duraciones del día y de la noche son de doce horas. Si puedo determinar la hora de salida en los dos casos, conoceré la duración de la navega ción. Hasta aquí el problema planteado parecía relativamente sencillo, pero ahora veremos cómo la determinación de la hora de salida nos arrastrará, cada vez más, a cálculos un poco más complejos.
Se debe recordar que, en el momento de la salida de ítaca, «el sol iba al ocaso y las calles se llenaban de sombras» cuan do Atenea baja al puerto para retener un navio. Atenea vuelve en seguida a la casa solariega de Ulises para recoger a
Telé-EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA 4 5
maco y vuelve con él al puerto. Encuentran a la tripulación y hacen que todos vuelvan a la casa para llevarse las provi siones de ruta. Vuelven a bajar, en fin, y se embarcan inme diatamente.
Por lo tanto, después de la puesta del sol, Atenea ha reco rrido a pie, y por cuatro veces, la distancia que separa el puer to de la casa de Ulises. Acaso los antiguos griegos sabían lo que representaba esta distancia. En cuanto a mí, no me que daba más, frente a esta nueva incógnita, que buscar en el texto algo que pudiera permitirme evaluarla. Varias veces se hace alusión a una ida de la ciudad a la casa solariega e in versamente, lo que hace suponer que la casa se encuentra a cierta distancia fuera de la ciudad. Uno de los pretendientes, que se halla cerca de Penélope cuando el porquerizo Eumeo, enviado por Ulises y Telémaco, anuncia el retorno de este últi mo, ve desde el atrio de la casa el navio de los pretendientes que entra en el puerto. Precisamente, al releer este episodio con cuidado es cuando va a aparecer la preciosa información que estoy buscando. Para comprenderla, es indispensable se guir los acontecimientos sobre un mapa detallado de ltaca y sus alrededores (1) y anotar cuidadosamente su sucesión por orden cronológico. A la salida del sol, Ulises y Telémaco se encuentran en casa del porquerizo Eumeo, en el extremo sur de la isla, frente a la ciudad de Samé, situada al otro lado del estrecho que separa Itaca de Cefalonia. El navio de Telé- maco abandona la playa para llegar al puerto de ítaca ro deando la isla por el Sur, al tiempo que el porquerizo Eumeo sale a pie a través de la isla hacia la casa de Ulises. Los pre tendientes, en el mismo momento, están emboscados a unos 6 kilómetros al sur de este mismo punto, al otro lado del es trecho. El porquerizo, el navio de Telémaco y los pretendien tes salen en el mismo momento. Eumeo se interna, a pie, por los caminos de montaña para llegar a la casa de Ulises, que
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debe estar al noroeste de la ciudad, puesto que, a su vuelta, declara haber atravesado la ciudad para llegar a la mansión de Ulises. Así pues, primero irá a la ciudad, luego a la casa solariega.
Los pretendientes, al ver cómo el navio de Telémaco se prepara para doblar el extremo sur de la isla, dejan su es condrijo para volver a Itaca con algún retraso sobre el navio precedente. Eumeo y un heraldo desembarcado del navio de Telémaco llegan juntos hasta Penélope para entregarle su mensaje. Otro grupo de pretendientes, que está en la casa de campo, es advertido por Penélope de la vuelta de Telémaco. Los pretendientes se ponen de acuerdo y piensan que es ne cesario prevenir a los que están emboscados en el navio de la inutilidad de su espera. Uno de ellos se levanta y, franquean do la puerta, les anuncia que tal gestión es inútil, puesto que ve el navio en el puerto y sus amigos preparándose para car gar las velas y alinear los remos.
Al volver cerca de Ulises «llegada la noche», el porquerizo Eumeo declara haber visto entrar el navio de los pretendien tes en el puerto, desde lo alto de la colina de Hermes que do mina aquél. Este momento, pues, precede de algunos instan tes al que acabo de describir, puesto que el navio entra en el puerto y todavía no ha cargado las velas. Así, la colina de Hermes está muy cerca de la casa de Ulises.
Es exactamente en el momento en que Eumeo y el heraldo están en la casa, junto a Penélope, cuando el navio de los pre tendientes entra en el puerto. Se impone una primera con clusión, que es interesante anotar; y es que él tiempo emplea
do por el heraldo para subir del puerto a la casa de campo corresponde al retraso del navio de los pretendientes en rela ción con el de Telémaco.
Otro dato importante: el porquerizo Eumeo sale a prime ra hora de la mañana y vuelve a estar «llegada la noche» en su punto de partida. Ha caminado, pues, durante toda la jor
(GILBERT PILLOT
detenido por el camino, puesto que Eumeo se había propues to dar un rodeo para advertir a Laertes, el padre de Ulises, pero Telémaco le pide con insistencia que se vuelva por el camino recto.
Ahora intento averiguar cuáles son las distancias recorri das. El mapa enseña que desde el sur de la isla hasta el puerto, situado en la ensenada este a la mitad de Itaca, el re corrido puede ser estimado en 11 kilómetros aproximadamen te, o sea, 60 estadios. En el mismo plazo, el navio de Telé- maco dando la vuelta a la isla, obligado a evitar los escollos y los cabos, debe recorrer unos 28 kilómetros, o sea, 150 esta dios. Sabemos que el tiempo empleado por Eumeo y el he raldo para ir del puerto a la casa de Penélope es igual al re traso del barco de los pretendientes sobre el de Telémaco. Por consiguiente, los pretendientes deben recorrer una distancia superior a 5 ó 6 kilómetros —o sea, 30 estadios— lo que lleva su recorrido a 180 estadios, o sea, una quinta parte más que el navio de Telémaco.
Si el porquerizo ha caminado con regularidad, la distan cia recorrida por Eumeo y el heraldo desde el puerto a la casa de Ulises representa un quinto de la que Eumeo ha recorrido ya, o sea, 12 estadios. El recorrido terrestre de Eumeo repre senta, pues, 60 + 12 = 72 estadios para la ida y otros tantos para la vuelta, o sea, 144 estadios en doce horas. Anda a la velocidad media de 12 estadios por hora. Ha empleado, pues, una hora para ir del puerto a la casa de Ulises. Esta veloci dad, que corresponde a 2,250 km. por hora para un hombre al paso en un camino de montaña, parece normal tratándose de un pastor ya de cierta edad, que debe economizar sus fuer zas para ser capaz de andar durante toda la jomada sin de tenerse. Del cálculo precedente resulta que si el porquerizo Eumeo salió a las seis de la mañana, a mediodía estaba en su punto de llegada y que subió del puerto a la casa solariega entre once y doce, o sea, una hora de marcha.
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firiéndome ahora a la salida de Telémaco, que dos idas y vuel tas de la casa de Ulises al navio corresponden a una duración de cuatro horas. Telémaco, pues, salió de ltaca cuatro horas después de la puesta del sol. El navio de Telémaco, que había llegado a Pylos las Dunas a la salida del sol, ha navegado du rante ocho horas para cubrir una distancia de 700 estadios, o sea, un grado terrestre y un sexto. En veinticuatro horas po dría recorrer una distancia triple, o sea, 2.100 estadios o tres
grados y medio terrestres.
Después de haber obtenido este primer resultado, me siento tentado, evidentemente, a hacer una estimación sobre la velo cidad del navio. ¿Es verosímil o nada más que significativo? ¿No será todo ello simple fruto del azar? Es posible, y acaso Homero no ha citado las salidas y puestas del sol más que para embellecer las imágenes y dar colorido a la narración. Es curioso, sin embargo, que esos fenómenos se produzcan en momentos determinados, que corresponden a etapas del viaje y a puntos fácilmente localizables sobre el mapa.
Estas observaciones me llevan a considerar el segundo cálculo, el de velocidad, basado en la vuelta de Telémaco. La distancia recorrida por el navio desde Pylos las Dunas hasta la puesta del sol es conocida, puesto que, recordémoslo, es de alrededor de 65 kilómetros, o sea, 350 estadios.
Pero con eso tampoco puede precisarse la hora de salida, indispensable para conocer la duración del recorrido, más que por una estimación del tiempo pasado a partir de la salida del sol. Analizo, pues, en detalle el viaje en carro de Pylos a Es parta y la vuelta.
En el viaje «de ida», Telémaco, que desembarca en Pylos a la salida del sol, pasa una parte de la jornada en compañía de Néstor y sus gentes. Luego, después de numerosas libacio nes y de los cuidados de aseo, ponen un carro a su disposición. Viaja hasta la noche en dirección Este y llega, a la puesta de sol, a Feres, llamado también Alfiferes, situado en el curso medio del Alfeo. Se vuelve a poner en marcha al salir él sol,
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