La ruta de los salmones
A
poco de nacer, los salmones abandonan sus ríos y se marchan a la mar. En aguas lejanas pasan la vida, hasta que emprenden el largo viaje de regreso. Desde la mar, remontan los ríos.
Guiados por alguna brújula secreta, nadan a contracorriente, sin detenerse nunca, saltando a través de las cascadas y de los pedregales.
Al cabo de muchas leguas, llegan al lugar donde nacieron. Vuelven para parir y morir. En las aguas saladas han crecido mucho y han cambiado de color.
Llegan convertidos en peces enormes, que del rosa pálido han pasado al naranja rojizo, o al azul de plata, o al verdinegro. El tiempo ha transcurrido, y los salmones ya no son los que eran. Tampoco su lugar es el que era.
Las aguas transparentes de su reino de origen y destino están cada vez menos transparentes, y cada vez se ve menos el fondo de grava y rocas.
Los salmones han cambiado y su lugar también ha cambiado.
Pero ellos llevan millones de años creyendo que el regreso existe, y que no mienten los pasajes de ida y vuelta.
Dedicatoria
Con todo mi afecto, a mi compañera de camino, Sonia Patricia, y a mis hijas Johanna Patricia y Daniela Lizeth, quienes continuamente alimentan mi alma y mi espíritu para que siempre tenga algo útil que brindar a quienes me dan el honor de compartir sus dolores y esperanzas.
A todos y cada uno de mis consultantes, quienes me proveen de enseñanzas permanentes sobre lo esencial y lo accesorio en la vida.
Agradecimientos
A Constanza Moya, quien realizó un trabajo enorme para facilitar que este escrito sea amable para quienes lo aborden y aportó una experticia y paciencia enormes, por lo cual no puedo dejar de reconocer su aporte invaluable.
Prólogo
E
ste libro de Paulo Daniel Acero La otra cara de la tragedia. Resiliencia y crecimiento postraumático, se refiere a problemas de gran relevancia para la vida humana, para la psicología y para la sociedad. Demuestra que, en medio de los inevitables problemas y golpes de la vida, existe la posibilidad de recuperación, de sobrevivir psicológicamente y de crecer como seres humanos.
El término “resiliencia”, de gran utilización en la psicología en los últimos años, procede originalmente de la metalurgia, una disciplina muy lejana a nuestro quehacer psicológico, y se refiere a la capacidad de algunos metales de recobrar su forma original después de ser sometidos a una presión deformadora. En psicología, se asocia con la capacidad de recuperación, de sobrevivir a eventos dolorosos, de seguir la vida a pesar de los traumatismos y obstáculos. La vulnerabilidad es el inverso de la resiliencia. Como señala el autor, la resiliencia es la capacidad de un individuo, grupo o comunidad de poder, de manera rápida y eficaz, lograr una buena recuperación de las perturbaciones psicológicas asociadas con incidentes críticos.
Las personas que son capaces de mirar de frente al dolor, de sobrevivir psicológicamente a catástrofes que parecerían imposibles de superar, se han considerado como individuos excepcionales, como héroes. De hecho, el impacto de las situaciones traumáticas en la vida psicológica de las personas es algo cotidiano. Algunos son más capaces de resistir, de adaptarse, de rehacer su vida después de los eventos adversos. Algunos logran, incluso, aprovechar esas dolorosas experiencias para su crecimiento personal.
Ser resistente no quiere decir no sufrir o no experimentar estrés. Significa, en cambio, recuperarse rápidamente de la situación con pocos efectos sobre la capacidad de funcionar. La resistencia es la capacidad de sobreponerse a las manifestaciones clínicas de la angustia o alteración o la disfunción relacionadas con incidentes críticos. Es protegernos contra los estresores.
La psicología positiva de nuestros días, especialmente, de comienzos del siglo XXI, posee una conceptualización de la naturaleza humana mucho más optimista que las conceptualizaciones previas, que pensaban que “el dolor es la esencia de la vida”, que somos “malos y destructivos por naturaleza”, y que nunca se podrá organizar una sociedad humana armónica y solidaria porque los seres humanos están centrados en la destructividad y los conflictos egoístas. Estas concepciones tradicionales han dado paso a una psicología más positiva, de desarrollo humano basado en la ciencia y en las
potencialidades de los individuos y los grupos.
Hoy sabemos que un niño con una infancia dolorosa no se convierte, necesariamente, en un adulto frustrado, sino que puede superar las dificultades y déficits de la infancia y lograr un nivel óptimo de funcionamiento. Igualmente, sabemos que las personas que han padecido el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) pueden superarlo con ayuda profesional y con un contexto apropiado para la recuperación y para sanar las heridas y seguir adelante. Esto es especialmente importante en países que han sufrido guerras, conflictos raciales y étnicos, catástrofes naturales, desequilibrios sociales. También, es importante reconocer que las personas tienen recursos internos que, junto con un acompañamiento terapéutico experimentado y un fuerte respaldo del factor humano, les permiten no sólo superar las adversidades, sino crecer a partir de ellas. No es fácil superar esta situación pero cada vez lo vemos más posible. Como señala acertadamente el autor, la resistencia no posee un carácter absoluto, no se adquiere de una vez para siempre, varía según las circunstancias, la naturaleza del trauma, el contexto y la etapa de la vida. Pero la psicología posee métodos y procedimientos válidos y confiables para contribuir a la superación de conflictos, para aprender a aumentar la resiliencia y para hacer que las personas continúen su camino vital en forma positiva.
El autor integra las investigaciones más recientes sobre los temas de la resiliencia, la resistencia, la recuperación y el novedoso concepto del crecimiento postraumático. El modelo de la Universidad Johns Hopkins, entre otros, es especialmente importante. La utilización de herramientas como la terapia cognitivo-conductual, la inoculación del estrés y la terapia de exposición prolongada, tienen gran relevancia y utilidad.
Damos la bienvenida a La otra cara de la tragedia. Resiliencia y crecimiento postraumático, cuyo autor, Paulo Daniel Acero, ha escrito un libro basado en la ciencia y en la solidaridad humana, que será muy útil para muchas personas y muchas comunidades, en esta turbulenta época de comienzos del siglo XXI.
Rubén Ardila, Ph.D.
Introducción
L
os términos resiliencia y crecimiento postraumático siguen siendo generadores de inquietud para quienes los escuchan por primera vez, pero no hablan de un fenómeno reciente. Asi como la historia de la humanidad ha estado signada por las guerras y las tragedias, la historia también registra la existencia de personas consideradas excepcionales que reciben en esa documentación de la historia el apelativo de “héroes”.
Desde pequeños nos encanta escuchar historias de héroes, quizá porque ellos nos permiten sublimar nuestras frustraciones, ya que a la mayoría de nosotros nos educaron con mentalidad de incapaces, dependientes y bajo el esquema de que los que sobresalían eran superdotados o poseían coeficientes de inteligencia excepcionales que nos colocaban lejos de alcanzar los resultados que ellos habían obtenido. Héroes solo podían ser algunos.
Este libro tiene la intención de desbaratar el mito de que los superdotados están “al otro lado del charco” o no hablan español. Con este escrito se quiere destacar que, a diario, en cualquier lugar de nuestras ciudades, emergen héroes, que son personas como cualquiera de nosotros, a quienes, en algun momento de la vida, les correspondió mirar de frente al dolor y determinaron no quedarse mirando hacia el pasado, sino hacer de esa experiencia un peldaño hacia el crecimiento como seres humanos y con ello vieron la otra cara de la tragedia, la cara de las posibilidades, la cara de los recursos personales, la cara de la construcción del sentido.
Estas páginas son producto de la convicción del autor de que la adversidad es forjadora de héroes. Tras más de 12.000 horas de acompañamiento psicoterapéutico a personas enfrentadas a la muerte de seres queridos, a las secuelas de la explosión de minas antipersonas, a experiencias de separación, secuestro y suicidio, entre otras, se ha podido concluir que la adversidad templa el espíritu, forma el carácter, transforma la manera de ver la vida y de vernos a nosotros mismos y convierte a personas aparentemente endebles en firmes y fuertes, pero también flexibles.
Capítulo I
Aprendiendo a reaccionar diferente
Más importante que lo que nos sucede, es la manera como reaccionamos ante lo que nos sucede.
U
no de los cuestionamientos que surge, luego de examinar el impacto en la vida psicológica de los seres humanos, ocasionado por situaciones traumáticas, es: ¿qué es lo que incide en el hecho de que, frente a determinadas situaciones adversas, algunas personas respondan de manera patológica, disociativa o constructiva y resiliente?
Al realizar un análisis sobre lo que resulta fundamental en la manera como los seres humanos responden a hechos traumáticos, es inevitable orientar la mirada hacia tres conceptos que, desde diversas áreas de la psicología, se han planteado intentando proporcionar una explicación del fenómeno del afrontamiento de hechos dolorosos que rompen la estabilidad emocional de quienes los vivencian. Estos conceptos son los de resistencia, resiliencia y crecimiento postraumático.
Las miradas psicológicas al trauma
Cuando se efectúa una revisión de las investigaciones sobre el trauma y la manera como las personas reaccionan a éste, lo que se deduce es que las personas suelen ser más fuertes de lo que algunas posturas en psicología habían venido considerando. En otras palabras, podría decirse que algunas teorías psicológicas han tendido a subestimar la capacidad natural de quienes se enfrentan a experiencias traumáticas no sólo para resistir, adaptarse, sino para rehacerse luego de eventos adversos.
En la misma línea del nacimiento de la psicología, especialmente la de orientación psicoanalítica, el acercamiento a la psicología del trauma se ha focalizado de manera abrumadora sobre los efectos negativos del suceso en la persona que lo experimenta. Las respuestas de tipo patológico fueron consideradas, durante mucho tiempo, como la forma normal que tenían las personas para responder ante sucesos traumáticos y, como lo plantea García Averasturi (2005), citando a Bonanno (2004): “(...) incluso, se ha estigmatizado a aquellas personas que no mostraban estas reacciones, asumiendo que dichos individuos sufrían de raras y disfuncionales patologías. Sin embargo, la realidad
demuestra que, si bien algunas personas que experimentan situaciones traumáticas llegan a desarrollar trastornos, en la mayoría de los casos esto no es así y algunas, incluso, son capaces de aprender y beneficiarse de tales experiencias”.
El resultado de haber centrado la mirada en los potenciales efectos patológicos de la vivencia traumática, llevó a que, progresivamente, no sólo se presentara una concepción incorrecta de la psicología (el objetivo de su intervención se centraba en individuos con perturbaciones mentales), sino a que se desarrollara una especie de cultura de la victimología que sesgó la investigación y la teoría psicológica, y que influyó de manera profunda para que, con un respaldo psicológico, se creara una visión pesimista de la naturaleza humana (Gillham y Seligman, 1999; Seligman y Csikszentmihalyi, 2000, citados por García, 2005).
Como lo señala García (2005), este sesgo en la mirada hacia los individuos enfrentados a situaciones dolorosas y traumáticas, trajo como consecuencia que se considerara como una verdad indiscutible que el trauma siempre conlleva grave daño y que, en consecuencia, se pensara que todo evento adverso traía como resultado natural un trauma (Gillham y Seligman, 1999).
Riesgo y resiliencia
Aunque los asaltos, tiroteos y ataques de tipo terrorista son, relativamente, poco frecuentes en las escuelas, universidades y lugares de trabajo, especialmente en Latinoamérica, una investigación realizada en los Estados Unidos revela que casi dos tercios de la población pueden experimentar un suceso traumático durante su vida (Norris, 1992; Galea, 2005).
Las consecuencias psicológicas de este tipo de eventos son, a menudo, más devastadoras que las secuelas físicas que se pueden derivar de este tipo de eventos. El trastorno de estrés postraumático (TEPT) es el trastorno psicológico estudiado que aparece con mayor frecuencia después de un evento traumático (Norris y otros, 2002; North, 1999). La prevalencia del trauma de por vida, en los hombres alcanza al 60,2%, y el 8,1% de ellos desarrollan trastorno de estrés postraumático. En las mujeres hay un 51,2% de afectación por la exposición a un trauma de por vida, con una tasa de TEPT que llega al 20,4% (Kessler y otros, 1995).
Con base en los estudios, cada vez más frecuentes y rigurosos sobre la resiliencia y el crecimiento postraumático, actualmente hay conciencia de que a pesar de la exposición a un desastre, la mayoría de las personas se recuperan rápidamente o no experimentan ninguna interrupción en su funcionamiento y demuestran una gran capacidad de adaptación a los efectos negativos de un evento traumático. La resiliencia se refiere a la capacidad de un individuo, grupo, organización o, incluso, de toda una población, de poder, de una manera rápida y eficaz, lograr una buena recuperación de las perturbaciones psicológicas asociadas con los incidentes críticos, el terrorismo, o de los desastres masivos como avalanchas, terremotos o inundaciones.
muerte prematura de un cónyuge en la mitad de la vida de la pareja (Bonnano y otros, 1995). La mayoría de las personas a quienes se les hizo seguimiento experimentaron síntomas moderados y la dificultad en el funcionamiento, por un período de 1 a 2 años, y, poco a poco, desarrollaron estrategias de afrontamiento adecuadas que les permitieron volver a su nivel de funcionamiento básico; sin embargo, lo que es de resaltar es que estas personas no hacían parte de un grupo de personas que pudiera distinguirse claramente de algún otro grupo, por tener un patrón de respuesta bajo y estable hacia la angustia. Ellos fueron capaces de seguir con su vida con una mínima interrupción; en otras palabras, eran resilientes (Bonanno y otros 1995). Bonanno y su equipo mostraron que los individuos resilientes fueron calificados por sus amigos como mejor adaptados antes de la pérdida y con menos síntomas individuales de duelo traumático. También pudieron encontrar patrones de resiliencia en las personas expuestas a los ataques del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center (Bonnano y otros, 2005).
Según lo aportado por Bonnano, también parece que las personas resilientes son más capaces de hablar o pensar, sin incomodarse, sobre su cónyuge fallecido, tienen menos remordimientos por las cosas que “debían haber hecho y no hicieron”, mientras su pareja estaba viva, y eran menos propensos a enredarse y sufrir tratando de entender el sentido de por qué el cónyuge había muerto. Como ya se ha señalado ampliamente en la literatura, ser resiliente no significa que una persona no experimente la angustia o el estrés frente a un evento traumático, sino que él o ella son más capaces de, recurriendo a sus recursos internos y externos, recuperarse rápidamente de la situación, con pocos efectos sobre la capacidad de funcionamiento.
Así mismo, hay datos relacionados que sugieren que las personas propensas a los trastornos de ansiedad, suelen puntuar más alto en los criterios de neurosis (o inestabilidad) en las pruebas de personalidad válidas que evalúan estas categorías. El neuroticismo se define como una tendencia a experimentar estados emocionales negativos, o a ser emocionalmente inestables. Las personas que caben en esta categoría son a menudo las personas propensas a trastornos psicológicos, presentan ideas poco realistas, ansias excesivas o impulsos y respuestas de afrontamiento ineficaces.
Un estudio demostró que la alta puntuación en la categoría de neurosis a los 19 años, fue predoctora de la aparición de la ansiedad a la edad de 36 años (Angst, 1991). Otro estudio realizado en Nueva Zelanda mostró, a través de entrevistas de diagnóstico, que las personas que a los 18 años de edad mostraban una emotividad negativa alta, o se ubicaban en la categoría de neuroticismo, tenían más probabilidades de padecer trastornos de ansiedad a la edad de 21 años (Krueger, 1999). En un estudio realizado con víctimas de quemaduras graves a quienes se les administró el NEO-Personality Inven, tory Structured Clinical Interview para el DSM-III-R (SCID) en el hospital y a quienes luego se les evaluó, mediante el uso de la prueba SCID, a los 4 y 12 meses del suceso, se encontró que la puntuación de quienes puntuaron alto en la línea de base del neuroticismo, sirvió como predictor de la aparición del TEPT en los siguiente años (Fauerbach y otros, 2000).
sugieren que los individuos que muestran una alta tasa de neuroticismo pueden ser más vulnerables a las consecuencias del trauma y, por lo tanto, menos capaces de alcanzar una buena recuperación. Varios otros factores de riesgo de TEPT se han identificado mediante estudios que señalan que personas que han tenido exposición previa a eventos traumáticos, suelen estar en mayor riesgo de desarrollar posteriormente TEPT. De igual manera, se ha encontrado que personas con trastornos psiquiátricos, en particular, los trastornos de ansiedad, y personas con pobres redes de apoyo social, también han mostrado tener mayores tasas de TEPT (La Greca y otros, 1996).
El concepto de resistencia o personalidad resistente
El término resiliencia se refiere a la capacidad de “rebotar” de las experiencias traumáticas; pero, frente a éstas, también es útil tener en cuenta, a largo plazo, el término resistencia. La resistencia se refiere a la capacidad de un individuo, grupo, organización o, incluso, a toda la población para resistir a las manifestaciones clínicas de la angustia, la alteración o disfunción relacionadas con los incidentes críticos, como por ejemplo: el terrorismo e, incluso, los desastres masivos. La resistencia puede ser pensada como una especie de inmunidad psicológica a la angustia y la disfunción, análoga a la vacunación. Este concepto fue reportado por primera vez en la literatura científica a finales de los años 70 por Kobasa y Maddi, quienes lo utilizaron al examinar la idea de protección frente a los estresores, al observar el hecho de que algunas personas sometidas, a altos niveles de estrés, no desarrollaban ningún tipo de trastorno y parecían tener unas características de personalidad que las protegían de enfermarse. En este sentido, los autores llamaron la atención para que se dejara de ver al ser humano como sujeto pasivo frente a las cosas que le acontecen en su medio (Kobasa, 1979a). De manera concreta, Kobasa (1979b) señaló que las personas resistentes tienen un gran sentido del compromiso, una fuerte sensación de control sobre los acontecimientos y están más abiertos a los cambios en la vida, a la vez que tienden a interpretar las experiencias estresantes y dolorosas como una parte más de la existencia; en cuanto a las personas no resistentes, éstas mostrarían carencias en el sentido del compromiso, un locus de control externo y una tendencia a considerar el cambio como negativo y no deseado.
El soporte conceptual de este enfoque sobre la personalidad resistente se puede encontrar en las investigaciones relacionadas con la teoría del “locus de control” planteada por Mischel en 1968 y, como lo propone Pérez-Sales (2006), la Hardiness vendría definida por tres conceptos existenciales a saber: compromiso (concebido como una tendencia de los individuos a implicarse en todas las actividades de la vida, sintiendo que lo que se hace es parte de lo que se es), control (que implicaría una convicción de que lo que se hace influye directamente en los acontecimientos) y reto (ver las circunstancias de la vida, especialmente las adversas, no como amenazantes sino como incentivadoras del crecimiento personal). Antonovsky (1987) desarrolló un concepto emparentado con el de hardiness, que se conoce como “sentido de coherencia” que hace alusión a la sensación de estar vinculado con lo que se hace, es decir, los resultados de lo
que se hace serían una extensión de lo que uno es, lo que daría al ser humano un sentido de continuidad y relación vital con el mundo.
La idea de crear resistencia representa un paso activo en el campo de la salud mental de emergencia y es una intervención de tipo preventivo. Un estudio observó a 35 agentes de policía que fueron seguidos hasta por un período de 3 años después de que se evaluaron tras su participación en la recuperación e identificación de restos humanos después de un desastre mayor. La mayoría de estos oficiales estaban libres de signos de morbilidad psiquiátrica. Las prácticas de organización y de gestión parecen ser los antídotos poderosos para controlar las reacciones adversas postraumáticas (Alexander, 1993). Los agentes fueron capaces de resistir a las manifestaciones del trauma. La resistencia también puede lograrse estableciendo y delineando políticas que determinen los pasos y métodos para hacer frente a situaciones críticas antes de que ocurran.
Es importante que se tomen las medidas preventivas para prepararnos a nosotros mismos y a nuestras comunidades frente a la posibilidad de que ocurran acontecimientos desafortunados. El aumento de la resistencia y la promoción de la resiliencia en las poblaciones afectadas pueden lograr este objetivo. Históricamente, este elemento de respuesta de la salud mental a desastres ha brillado por su ausencia. Más concretamente, los servicios de salud mental en desastres suelen actuar de manera reactiva más que preventiva.
Recuperación
El concepto de recuperación debe ser considerado independiente del concepto de resiliencia (Bonnano, 2004). Cuando hablamos de recuperación nos estamos refiriendo a la capacidad de un individuo, grupo, organización o, incluso, a toda una población para recuperar, literalmente, su capacidad de adaptación y funcionamiento, tanto a nivel psicológico como comportamental, a partir de haber experimentado un sufrimiento clínico significativo, alteración o disfunción, derivados del afrontamiento o la exposición a incidentes críticos, actos de violencia e, incluso, desastres masivos.
De manera similar a la construcción de la resistencia y la resiliencia, el elemento esencial para la recuperación es la capacidad de un individuo para “retomar el control sobre sus respuestas emocionales y ubicar al trauma en una perspectiva amplia de experiencia de vida, como algo que sucedió, pero que se puede esperar que no vuelva a repetirse si el individuo es capaz de volver a tomar el control de su vida” (Van der Kolk, 2005). En este sentido estamos diciendo que sólo se puede lograr la recuperación si la vivencia traumática se ha integrado a la experiencia vital del individuo.
Para mejorar el proceso de recuperación, varias técnicas han demostrado ser beneficiosas. La terapia cognitivo-conductual, una técnica que utiliza técnicas verbales y comportamentales para identificar y corregir problemas de patrones de pensamiento que se encuentran en la raíz del comportamiento disfuncional, ha demostrado que ayuda eficazmente a las víctimas de traumas. La terapia de exposición prolongada consiste en un conjunto de técnicas que ayudan al paciente a hacerle frente a sus temores, bien se
trate de situaciones, recuerdos o imágenes (valiéndose de estrategias como la desensibilización, o la inundación); y la terapia de inoculación de estrés es una técnica que mejora las habilidades de afrontamiento. Las dos terapias han demostrado producir grandes beneficios.
Resiliencia: visiones recientes
Como se verá en detalle más adelante, el concepto de resiliencia empezó a surgir, casi de manera paralela en el mundo anglosajón, a partir de los trabajos de Michael Rutter en Inglaterra y Emmy Werner en los Estados Unidos, desde donde se fue extendiendo a Europa y luego a América Latina, espacio en el que empezó a desarrollarse, preferencialmente, en el ámbito comunitario. El trabajo histórico de referencia que propició el establecimiento de la resiliencia como tema de investigación fue un estudio longitudinal realizado por Werner a lo largo de 30 años con una cohorte de 698 niños nacidos en Hawai en condiciones muy desfavorables, con base en el cual, se encontró que, transcurridos los 30 años, el 80% de estos niños, a quienes se les había hecho seguimiento, había evolucionado positivamente, convirtiéndose en adultos competentes y bien integrados (Werner y Smith, 1982; 1992). Manciaux (2001), ha señalado que este estudio, aunque fue realizado en un marco ajeno a la resiliencia, ha jugado un papel relevante en el surgimiento del concepto.
A nivel académico, se puede hablar de tres corrientes en resiliencia (Manciaux, 2001): una, con influencia norteamericana, fundamentalmente conductista y enfocada en lo individual; una segunda corriente, de influencia europea, con perspectiva ética y fundamentada en el paradigma psicoanalítico; y la tercera, de influencia latinoamericana, con orientación comunitaria y enfoque social. Adicionalmente, se puede señalar que la resiliencia ha migrado del énfasis inicial en la infancia, haciendo parte de la psicología del desarrollo, hacia no sólo otras etapas del ciclo vital, sino también hacia su inclusión en problemas específicos que concentran actualmente el interés como son la violencia, el campo psicosocial y las discapacidades.
Algunos autores como Tomkiewicz (2004), han planteado que el concepto de resiliencia nació dominado por el concepto inverso, el de la vulnerabilidad. De igual forma, ha señalado que en la historia del concepto hay otros dos términos que empezaron a hacer su aparición para explicar la manera como los seres humanos le hacen frente a las situaciones adversas: uno, de origen norteamericano conocido como to cope with o coping que ha sido traducido como “afrontamiento” y alude a asumir, encajar el golpe y no derrumbarse frente a un hecho traumático. El otro término, de origen francés, es Invulnérabilité, acuñado por Koupernik y Anthony (al interior de la psiquiatría), hace más de 40 años, y que se refiere a no sufrir daño alguno luego de ser golpeado por un evento traumático. Sin embargo, en palabras de Tomkiewicz (2004, p. 35), “... la invulnerabilidad, al igual que el coping with, sólo significa resistencia y, por tanto, una respuesta inmediata. La resiliencia, por el contrario, implica un efecto duradero, un proyecto de vida; es dinámica, mientras que la invulnerabilidad permanece estática”. Por
su parte, el propio Michael Rutter (1993) precisa que la resiliencia puede variar tanto en función del evento violento o traumático, como en función del ciclo evolutivo de la persona, es decir, desde este punto de vista, pudiera darse que, por ejemplo, un niño que reaccionó de manera resiliente al afrontar la pérdida de sus padres, podría quizá derrumbarse si fuera objeto de un abuso sexual o, en ilustración de Rutter, un niño resiliente podrá ir al colegio y soportar la conmoción del curso preparatorio, pero se vendrá abajo cuando vaya al servicio militar; otro, por el contrario, que detestó el colegio, puede encontrar su salvación en el ejército.
Adicionalmente, algo enormemente valioso que ha emanado de los estudios sobre resiliencia es que, frente a la creencia tradicional, fuertemente establecida, de que una infancia infeliz determina nece sariamente el desarrollo posterior del niño hacia formas patológicas del comportamiento y la personalidad, los estudios con niños resilientes han demostrado que son suposiciones sin fundamento científico y que un niño herido no está, necesariamente, condenado a ser un adulto fracasado (García Averasturi, 2005).
De otra parte, otro elemento clave que se desprende de los estudios es que la resiliencia no tiene carácter absoluto ni se adquiere de una vez para siempre, sino que es una capacidad que emerge producto de un proceso dinámico y evolutivo que varía según las circunstancias, la naturaleza del trauma, el contexto y la etapa de la vida de las personas y que puede manifestarse de muy diferentes maneras y de acuerdo con la cultura propia de los individuos.
Desde el punto de vista de las ciencias sociales, la resiliencia corresponde a “la capacidad universal, que permite a una persona, grupo o comunidad, minimizar o sobreponerse a los efectos nocivos de la adversidad. La resiliencia puede transformar o fortalecer la vida de las personas” (Kotliarenco, 1997).
Básicamente sería una capacidad esencialmente humana y universal que involucra al ser humano por completo; es decir, su espiritualidad, sus sentimientos, sus experiencias y cogniciones, siendo determinante en el desarrollo de las personas y pudiendo ser promovida desde etapas tempranas.
Por su parte, Feldman la asume retomándola desde la metalúrgica e ingeniería civil y la concibe como la capacidad de algunos materiales para recobrar su forma original después de ser sometidos a una presión deformadora. Esta psicóloga considera que la resiliencia es un atributo que permite a quien la posee, obtener mayores potencialidades y experiencias enriquecedoras en el proceso de afrontar las condiciones que le impone una situación estresante.
Boris Cyrulnik, uno de los principales expertos en resiliencia del mundo, apodado “el psiquiatra de la esperanza” entre los franceses, durante una entrevista concedida a la revista Artes y Letras de Chile, y publicada por Morel y Morel (junio 22 de 2003), se refirió a la resiliencia, definiéndola como la capacidad que desarrollan algunos seres humanos de sobreponerse a los traumatismos psicológicos y las heridas emocionales más graves, como el duelo, violación, tortura, deportación, o la guerra, tanto como a las violencias psíquicas y morales a las cuales están expuestos millones de seres humanos en
el mundo de hoy.
Cyrulnik es claro y enfático al concluir que:
[…] no hay herida que no sea recuperable. Al final de la vida, uno de cada dos adultos habrá vivido un traumatismo, una violencia que lo habrá empujado al borde de la muerte. Pero aunque haya sido abandonado, martirizado, inválido o víctima del genocidio, el ser humano es capaz de tejer, desde los primeros días de su vida, su resiliencia, que lo ayudará a superar los shocks inhumanos. La resiliencia es el hecho de arrancar placer, a pesar de todo, de volverse incluso hermoso.
Al describir la resiliencia en un grupo de chicos creciendo en entornos altamente violentos, Maryse Vaillant (2004) manifiesta:
[…] los que sobreviven, son los que pueden dar sentido a su tragedia, los que pueden organizar con ella un relato y encontrar a quien contárselo, los que pueden participar en una aventura social, los que pueden proyectarse en un espacio de creatividad. La resiliencia, la capacidad de sobrevivir a lo peor, se apuntala en interacciones complejas entre quienes tratan de sobrevivir a su entorno; nace de la posibilidad de establecer un vínculo, aunque sea imaginario, con los demás, con uno mismo.
La psicología acuñó términos como “desesperanza aprendida” para explicar la condición de las personas que podrían acostumbrarse al fracaso y a la pérdida. Durante mucho tiempo, se vio al ser humano como un sujeto pasivo frente a los avatares de sus impulsos internos incontrolables y presa de los condicionamientos externos. Los sucesos que éste había vivido, especialmente en su infancia, se tomaban como elementos sobre los cuales no se tenía ningún control. Esta visión pasiva del ser humano ha tardado mucho tiempo en rebatirse, y ahora hemos podido pasar de considerar la psicología como el estudio de la enfermedad y el trauma para reconocer que es también la consideración de las fortalezas y potencialidades.
García Averasturi (2003), lo aborda de la siguiente manera:
Las principales teorías psicológicas han cambiado para promocionar una nueva ciencia de fortaleza y resiliencia. Los individuos, aún los niños, son como tomadores de decisión con elecciones, preferencias y la posibilidad de hacerse con dominio y control, eficaces o, en circunstancias malignas, impotentes y desesperanzados.
Esta ciencia y práctica prevendrá muchos de los trastornos fundamentales. También tendrá dos efectos secundarios: lo que estamos aprendiendo sobre los efectos de la conducta y el bienestar psicológico sobre el cuerpo, hará que nuestros pacientes sean más sanos físicamente. También reorientará a la psicología en sus dos vertientes relegadas: hacer más fuertes y productivas a las personas normales y hacer real el elevado potencial humano.
Adicionalmente, la misma autora hace referencia a la importancia de las emociones positivas en la salud manifestando que “la doctora Frederickson desarrolla en sus investigaciones la hipótesis de que las estrategias de intervención que cultivan las emociones positivas son particularmente adecuadas para prevenir y tratar los problemas enraizados en las emociones negativas tales como la ansiedad, la depresión, la agresión y
los problemas de salud relacionados con el estrés. Ella considera que las emociones negativas estrechan el repertorio momentáneo del individuo de pensamiento-acción, mientras las emociones positivas las amplían”.
Todo lo anterior permite pensar en la importancia de enfocar los esfuerzos terapéuticos en la fortaleza y potencialidad de reconstrucción del ser humano, elementos que todas las personas que sufren deben tener en cuenta, puesto que significan un cambio en la propia manera de concebirse y de ver la vida y sus dificultades desde la posibilidad y no desde la carencia.
Vemos, entonces, que los diversos estudios psicológicos tienden a mostrar, con no poco acierto, que las personas que han estado sometidas a grandes cantidades de estrés por una adversidad son mucho más fuertes de lo que se ha venido considerando, y que lo que ha sucedido es que se ha subestimado la capacidad natural de los supervivientes de experiencias traumáticas de resistir y rehacerse. Lo anterior nos lleva a pensar que ser resiliente tiene que ver, entre otras cosas, con que la persona exhiba madurez en el más amplio sentido de la palabra; es recuperar lo que se conoce como la leyenda de la mitología griega que narra la aventura del ave Fénix, que resurgió de sus propias cenizas. Algunos de los avances teóricos sobre el concepto de resiliencia se pueden relacionar con el concepto de crecimiento postraumático, al entender la resiliencia como la capacidad no sólo de salir indemne de una experiencia adversa sino de aprender de ella y mejorar.
El concepto de crecimiento postraumático, de acuerdo con lo propuesto por Calhoun y Tedeschi (1999), hace referencia al cambio positivo que un individuo experimenta como resultado del proceso de lucha que emprende a partir de la vivencia de un suceso traumático. Vera Poseck, Carbelo y Vecina (2006) han precisado que:
...para la corriente americana, este concepto, aunque está estrechamente relacionado con otros como hardiness o resiliencia no es sinónimo de ellos, ya que, al hablar de crecimiento postraumático no sólo se hace referencia a que el individuo enfrentado a una situación traumática consigue sobrevivir y resistir sin sufrir trastorno alguno, sino que, además, la experiencia opera en él un cambio positivo que le lleva a una situación mejor respecto a aquella en la que se encontraba antes de ocurrir el suceso (Calhoun y Tedeschi, 2001).
Desde la perspectiva francesa, sin embargo, sí serían equiparables crecimiento postraumático y resiliencia. En un análisis más profundo sobre los términos relacionados, puede decirse que las teorías que defienden la posibilidad de un crecimiento o aprendizaje postraumático permiten considerar que, de alguna manera, la adversidad puede, en no pocas ocasiones, no sólo traer efectos traumáticos a las personas, sino que ella misma puede provocar que en las personas emerjan procesos cognitivos de adaptación trayendo como resultado no sólo que se modifiquen las visiones de uno mismo, de los demás y del mundo, sino que, incluso, se produzca la convicción de que uno es mejor de lo que era antes del suceso. En ese sentido, Calhoun y Tedeschi precisan que el crecimiento postraumático tiene un lugar más prominente desde la
cognición que desde la emoción (Calhoun y Tedeschi, 2001). Además han propuesto que el crecimiento postraumático que pueden experimentar las personas luego de afrontar un evento adverso, puede dividirse en tres categorías a saber: cambios en uno mismo, cambios en las relaciones interpersonales y cambios en la espiritualidad y en la filosofía de vida.
Sobre los cambios en uno mismo, los autores citados anotan que, después de afrontar un evento adverso, muchas personas manifiestan experimentar un notable aumento de confianza en las propias capacidades para sobrellevar cualquier adversidad que pueda presentarse en el futuro. Vera Poseck y colaboradores (2006) manifiestan al respecto que “...este tipo de cambio puede encontrarse en aquellas personas que, por sus circunstancias, se han visto sometidas a roles muy estrictos u opresivos en el pasado y que a raíz de la lucha que han emprendido contra la experiencia traumática han conseguido oportunidades únicas de redireccionar su vida”.
Con base en lo anterior, son evidentes los elementos de afinidad entre los conceptos de resiliencia y crecimiento postraumático, pero quizá, en este momento, una de las cosas más importantes de resaltar y que esperamos se afiancen en los lectores al terminar la lectura de este libro, es que mientras la resiliencia hace referencia al hecho de que, frente a eventos adversos, el ser humano despliega recursos de los que el mismo no es consciente, pero que emergen en razón de la necesidad de supervivencia, el crecimiento postraumático ocurre una vez que la persona integra a su vida la experiencia traumática de una manera positiva y, producto de su lucha con la adversidad, desarrolla nuevas estrategias de afrontamiento, elabora un nuevo concepto de sí mismo y establece una nueva visión de su mundo circundante.
Algunas definiciones de resiliencia, propuestas por diversos autores
Tras realizar una minuciosa revision de la literatura, puede decirse que no parece existir ninguna definición universalmente aceptada de “resiliencia”, pero casi todas las que figuran en la bibliografía son muy similares.
Para realizar un abordaje completo del concepto, uno de los primeros elementos que es necesario recordar es que el término resiliencia es una traducción al español de la palabra inglesa resilience o resiliency. De igual manera, hay que tener en mente que la palabra resiliencia se ha extraido de la metalurgia en donde designa la capacidad de los metales de resistir a los golpes y recuperar su estructura interna. En francés y en catalán se utiliza solamente en ingeniería para describir la capacidad de un material para recobrar su forma original después de haber sido deformado por una presión. En inglés, además, se utiliza para describir las cualidades humanas en analogía con el sentido que se le da en ingeniería. En este sentido, la resiliencia se define como “la habilidad de recobrarse rápidamente de una enfermedad, un cambio o un infortunio” (Werner y Smith, 1992, citados por Green y Conrad, 2002).
para crecer en el sentido correcto, después de una fractura. Con esto queda claro que éste no es un término exclusivo de la psicología, pero que en todo caso refiere a “la capacidad de un cuerpo para recuperar su tamaño y forma original después de ser comprimido, doblado o estirado”, o bien a “una capacidad para recuperarse de o ajustarse fácilmente al cambio o la mala fortuna” (Mish, 1989, citado por Kalawski y Haz, 2003). Resiliencia también describe a una persona que tiene un buen historial de éxito adaptativo a pesar de tener que hacer frente a cambios estresantes o disruptivos (Werner y Smith, 1992, citado por Green y Conrad, 2002).
En el campo del desarrollo psicosocial del ser humano se le ha asignado un sentido similar, concibiéndola como esa capacidad para recuperarse despues de haber afrontado la adversidad. Esta definición implica en sí misma una combinacion de factores que permiten al ser humano no sólo afrontar sanamente sino superar los problemas y adversidades que le ocurren en la vida.
De acuerdo con lo referido por Kalawski y Haz (2003) en el campo de la psicología y la psiquiatría, el primer artículo publicado donde se utilizó este concepto fue el que escribió Scoville en 1942. En éste la autora utilizó el término para referirse al hecho de que situaciones peligrosas para la vida no afectaban a los niños y niñas, mientras que sí lo hacía el desarraigo de la familia. Sin embargo, (continuan Kalawski y Haz):
[…] no fue sino hasta la década del 70 que el término adquirió mayor uso (Masten, 2001). El interés inicial estuvo básicamente orientado a las características de los niños y niñas que salían adelante desde condiciones adversas. Sin embargo, la mayoría de los primeros investigadores e investigadoras no utilizaron el término resiliencia, sino que se refirieron a esta cualidad describiendo a dichos niños y niñas como invulnerables o invencibles, en el sentido de que eran resistentes al estrés (Lösel, Bliesener y Koferl, 1989, citados por Kalawski y Haz, 2003).
Por otro lado, Richardson y colaboradores (1990) definieron la resiliencia como “el proceso de lidiar con acontecimientos vitales disociadores, estresantes o amenazadores de un modo que proporciona al individuo destrezas protectoras y defensivas adicionales previas a la disociación resultante del acontecimiento”. Se ha señalado que Higgins (1994) retomó de manera posterior este planteamiento, al definir la resiliencia como “el proceso de autoencauzarse y crecer”.
La resiliencia ha resultado un concepto en el que convergen la pediatría, el psicoanálisis y la salud pública, y propone trabajar ya no sobre los factores de riesgo a los que está expuesta la niñez, sino sobre la capacidad de los pequeños para afrontarlas, poniendo en juego sus capacidades individuales. Las investigaciones en resiliencia han cambiado la forma en que se percibe al ser humano: de un modelo de riesgo basado en las necesidades y en la enfermedad se ha pasado a un modelo de prevención y promoción fundado en las potencialidades y los recursos que el ser humano tiene en sí mismo y a su alrededor.
La resiliencia es un atributo que varía de un individuo a otro y que puede crecer o declinar con el tiempo; los factores protectores son características de la persona o del
ambiente que mitigan el impacto negativo de las situaciones y condiciones estresantes. En general, la literatura se refiere a la resiliencia de la siguiente manera:
- La resiliencia se ha caracterizado como un conjunto de procesos sociales e intrapsíquicos que posibilitan tener una vida sana en un entorno patológico. Estos procesos se realizan a través del tiempo, dando afortunadas combinaciones entre los atributos del niño y su ambiente familiar, social y cultural (Rutter, 1992).
- Algunos autores la definen como una capacidad exclusivamente innata para hacer las cosas correctamente (Werner y Smith, 1992), mientras que otros consideran que se debe a la influencia de factores externos (la motivación intrínseca y extrínseca hace que un individuo pueda ser resiliente, facilita la fijación de metas a largo o mediano plazo y despierta a la persona para que reconozca sus debilidades y fortalezas). Al respecto, hay quienes sostienen que su origen y desarrollo implica la interrelación de los dos factores. - Wolin y Wolin (1993) la describen como “la capacidad de sobreponerse, de soportar las penas y de enmendarse a uno mismo”. Estos autores explican que el término resiliente se ha adoptado en lugar de otros anteriores que empleaban los investigadores para describir el fenómeno, como invulnerable, invencible y resistente, porque la acepción de “resiliente” reconoce el dolor, la lucha y el sufrimiento implícitos en el proceso.
- Resiliencia es la habilidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva (ICCB, Institute on Child Resilience and Family, 1994).
- La resiliencia distingue dos componentes: la resistencia frente a la destrucción, es decir, la capacidad de proteger la propia integridad, bajo presión y, por otra parte, más allá de la resistencia, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles (Vanistendael, 1994).
- La resiliencia debe entenderse como aquella capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e, incluso, ser transformados por ellas (Grotberg, 1995).
- La resiliencia significa una combinación de factores que permiten a un niño, a un ser humano, afrontar y superar los problemas y adversidades de la vida, y construir sobre ellos (Suárez Ojeda, 1995).
- El concepto de resiliencia puede considerarse como un concepto genérico que se refiere a una amplia gama de factores de riesgo y su relación con los resultados de la competencia. Puede ser producto de una conjunción entre los factores ambientales y el temperamento, y un tipo de habilidad cognitiva que tienen algunos niños aun cuando sean muy pequeños (Osborn, 1996).
- La resiliencia es una respuesta global en la que se ponen en juego los mecanismos de protección, entendiendo por estos no la valencia contraria a los factores de riesgo, sino aquella dinámica que permite al individuo salir fortalecido de la adversidad, en cada situación específica y respetando las características personales (Infante, 1997).
- La resiliencia es un proceso dinámico que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad (Luthar y otros, 2000).
La conclusión a la que se ha llegado es que no nacemos con ella, ni tampoco la adquirimos de manera natural, sino que su desarrollo depende de la interacción entre la persona y su entorno (Prada, 2005). En esta línea apuntan autores como Mikulinar y Florian (1998), que afirman que ciertos modos de interacción entre el niño y su cuidador principal durante la infancia temprana contribuyen notablemente al desarrollo de la resiliencia. En concreto, los autores se refieren al apego seguro.
A propósito de este concepto, el término apego fue formulado por primera vez por el psiquiatra John Bowlby, y hace referencia a un tipo de vínculo especial que se desarrolla entre el niño y su cuidador principal (la madre, generalmente) a partir del tercer mes de vida del niño. Consiste en un patrón de llamada y acercamiento del niño a la mamá, y tiene como objetivo que el cuidador provea al niño de protección y seguridad.
Según Bowlby, esta búsqueda de protección se da en todos los mamíferos, y constituye una garantía de supervivencia para los miembros más pequeños y desvalidos de la especie. En función de la respuesta del cuidador, el niño puede desarrollar varios tipos de apego:
- Apego seguro: el adulto cuidador proporciona la seguridad y protección que necesita el pequeño, de modo que éste puede explorar tranquilamente el entorno, pues sabe que tiene a alguien disponible para protegerle si se presenta algún peligro.
- Inseguro: el adulto no responde a las demandas de protección del niño, o lo hace de manera inconsistente, produciendo inseguridad. Dentro de esta categoría encontramos dos subtipos: apego evitativo y apego ansioso. Cada uno de ellos conlleva unas conductas y emociones que el niño asume ante la imposibilidad de contar con la figura protectora: o bien se aísla (evita el contacto), o se preocupa mucho y vive ansioso por contar con el cuidador, pues no confía en que vaya a estar disponible cuando lo necesite. Así, según Mikulinar y Florian(1998), el apego seguro es un recurso propio que puede ayudar a la persona a afrontar positiva y constructivamente las experiencias estresantes, mejorando así su bienestar y ajuste psicoemocional. En definitiva, es la base de la resiliencia.
¿Y cómo se logra un apego seguro? De acuerdo con las investigaciones, para favorecer su desarrollo deben darse dos condiciones:
- Que el cuidador o cuidadores principales sean sensibles a las llamadas de consuelo y protección del niño. Para esto es necesario observar al niño y prestarle atención innegable.
- Que el cuidador o cuidadores principales respondan a la solicitud de amparo del niño, es decir, que le ofrezcan lo que pide.
Aunque poner en acción lo anteriormente señalado parece muy sencillo, los padres se debaten entre el impulso a satisfacer las demandas del niño y seguir las normas y consejos sociales sobre crianza, que recomiendan no dar al pequeño lo que pide “para que no se acostumbre” o “no nos manipule”.
La investigación sobre el apego ha demostrado ampliamente que favorecer la construcción del apego seguro cuando son pequeños no genera niños malcriados, sino niños que confían en que los problemas se solucionarán, que siempre podrán encontrar
ayuda y que las adversidades pasarán.
A lo largo de la historia aparecen ejemplos de individuos destacados que hicieron aportes significativos para la humanidad, quienes debieron enfrentar duras circunstancias: desde Demóstenes hasta Rigoberta Menchú, pasando por Franklin Roosvelt, Ana Frank, Viktor Frankl y personajes de la actualidad como Nick Vujicic, Tony Melendez, el atleta surafricano Óscar Pistorius y el multiple campeón del Tour de Francia Lance Armstrong. De la misma manera, la historia nos permite ver cómo pueblos enteros y grupos étnicos han hecho gala de capacidades sorprendentes para sobreponerse a la persecución, a la pobreza y al aislamiento, así como a las catástrofes naturales o a las generadas por el hombre, sin aferrarse al resentimiento o convertirse en eternas víctimas, demostrando, como ya lo hemos planteado, que el ser humano es superior a lo que le sucede.
Conclusiones similares y complementarias han sido aportadas por otros autores, particularmente por el psiquiatra Viktor Frankl (1999), que en su obra El hombre en busca de sentido, muestra la manera como el “significado” influye en el comportamiento. Recordemos que durante su experiencia en un campo de concentración, Frankl estuvo sometido a experiencias extremas y logró salir de allí, sin desórdenes psicológicos. Su estrategia de supervivencia, explica él mismo, fue la actitud personal ante las circunstancias a las que estuvo sometido, actitudes que estuvieron marcadas por la determinación de darle un sentido al sufrimiento. Frankl concluye que la verdadera razón de la muerte en el campo era la pérdida de esperanza por ausencia de todo significado. El significado de la adversidad y su grado de daño está en nuestra mente, y la atribución del significado nos abre una capacidad casi ilimitada de utilizar el impacto que las situaciones tienen sobre nosotros. La película La vida es bella de Roberto Benigni, realizada en 1998, muestra, de manera magistral, cómo un drama puede ser transformado para poder vivir; y cómo, lo que calma o perturba a un niño es la forma en que las figuras significativas, emocionalmente, asumen la actitud ante los eventos de la vida.
La resiliencia juega su papel en el aquí y el ahora, teniendo en cuenta que hasta el “aquí” nos ha conducido un largo itinerario, poblado no únicamente por acontecimientos traumáticos sino también por relaciones afectivas y sucesos gratificantes. El aquí y el ahora es el terreno donde se fraguan las soluciones, la atalaya desde donde podemos mirar al futuro con expectativas de cambio.
Específicamente, en el plano de las intervenciones psicosociales, este modelo ha cambiado la naturaleza de los marcos conceptuales, las metas, las estrategias y las evaluaciones. En el área de las metas de intervención, éstas incluyen la promoción de apropiación positiva al mismo tiempo que previenen problemas específicos o síntomas. Las estrategias buscan promover ventajas y aspectos positivos del marco ecológico del individuo (ambiente, tareas específicas correspondientes a cada etapa del desarrollo y la cultura), además de reducir el riesgo o las fuentes de estrés, así como procesos de desarrollo humano adicionales al tratamiento de la enfermedad.
de resiliencia ha posibilitado redirigir la mirada y, “...en vez de poner énfasis en aquellos factores negativos que permitirían predecir quién iba a sufrir un daño, trata de ver aquellos factores positivos que, a veces, sorprendentemente y contra lo esperado, protegen a una persona”.
Según lo manifiesta Rutter (1993):
Todos los estudios sobre factores de riesgo han revelado una considerable variabilidad en la manera en que las personas responden a la adversidad. Aún, frente a experiencias horribles, suele encontrarse que una proporción considerable de individuos no sufren secuelas graves. Desde que se empezó a trabajar el concepto de resiliencia, los investigadores en ciencias humanas y sociales dieron un giro conceptual y empezaron a prestar más atención a ese tipo de respuestas sanas y adaptativas que entrañan la esperanza de una prevención satisfactoria.
En esa línea, la hipótesis que ha estado implícita en los ejercicios investigativos ha sido que, si tan sólo supiéramos qué es lo que permite a las personas afrontar y salir avantes del daño de graves experiencias adversas, tendríamos a nuestra disposición el medio de incrementar la resistencia al estrés y la adversidad. Es por esto que buena parte de este libro abordará el tema de la construccion de resiliencia.
Parece importante y oportuno, entonces, traer a colación la consideración de Rutter, para quien la resiliencia no debe ser entendida como la animada negación de las difíciles experiencias de la vida, dolores y cicatrices, sino, más bien, la habilidad para seguir adelante a pesar de ello (Rutter, 1985; Wolin y Wolin, 1993). Para esto, en ningún momento se desconoce que la herida o el daño es un hecho real, pero se destaca que, a pesar de las heridas recibidas, para muchos, los eventos traumáticos también se han constituido en una escuela y en la oportunidad de aprender y adoptar visiones más esperanzadoras de sí mismos y del mundo.
El ambiente, continuamente, presenta demandas, estresores, retos y oportunidades. En algunos casos, esos eventos podrían convertirse en obstáculos (dada una compleja interrelación entre factores genéticos, neurobiológicos, familiares y sociales) para el desarrollo de la fuerza, de la resiliencia o bien pueden producir una disminución en la capacidad para enfrentar la adversidad.
La investigación en el desarrollo de la resiliencia ha introducido ideas que han puesto en discusión tres conceptos que se habían constituido como dominantes en los estudios iniciales sobre el desarrollo:
Hay etapas fijas, inevitables, críticas y universales del desarrollo.
Los traumas ocurridos durante la niñez, inevitablemente, llevan a una psicopatología adulta (Bernard, 1994; Garmez, 1994).
Hay condiciones sociales, relacionales, interpersonales y ambientes institucionales que son tan tóxicos que inevitablemente llevan a alteraciones y problemas en el funcionamiento diario de los niños, adultos, familias y comunidades (Rutter, 1994).
Posibles intervenciones con base en estos conceptos
La resistencia y capacidad de recuperación puede ser facilitada si se ponen en acción las siguientes cuatro estrategias probadas experimentalmente.
La primera consiste en garantizar una preparación realista, estableciendo expectativas apropiadas, desarrollando habilidades para manejo del estrés y estrategias de afrontamiento, así como proporcionando una capacitación preventiva realista que puede servir para fomentar la resistencia al estrés (Seligman, 1999).
La segunda estrategia es fomentar la cohesión de grupo y el apoyo social. Se ha demostrado que este último es un amortiguador eficaz contra el estrés. La creación de la cohesión del grupo, con una infraestructura básica para el apoyo social, siempre será útil. Los investigadores consideran que un elemento esencial de fomento de la cohesión y el apoyo será el establecimiento de una eficaz comunicación de riesgos. La estrategia de comunicación de riesgos debe ser diseñada para proporcionar estos elementos esenciales: la información veraz (control del fenómeno del rumor), tranquilidad, dirección, motivación y un sentido de conexión.
La tercera estrategia es el fomento de lo que se conoce como el pensamiento positivo o, a partir de la propuesta de Seligman, la psicología positiva. Las evaluaciones cognitivas parecen ser factores determinantes claves para el afrontamiento del estrés y los eventos traumáticos. Los pensamientos positivos parecen disminuir la tensión excesiva y multiplicar el efecto resiliente (Seligman, 1999). Las cogniciones positivas pueden incluir recuerdos positivos de situaciones ocurridas en otras situaciones adversas o la identificación con un valor o un principio noble como la solidaridad, la amistad o la paz. La cuarta estrategia está dirigida a aumentar la autoeficacia y la fortaleza. La autoeficacia es la creencia en la capacidad para organizar y ejecutar los cursos de acción necesarios para lograr objetivos necesarios deseados (Bandura, 2009). La fortaleza se caracteriza por la creencia en la propia capacidad de resistir y poner en acción la autoeficacia (es decir, la capacidad de ejercer control pertinente sobre los acontecimientos de la vida); del mismo modo, se caracteriza por la tendencia a ver los eventos estresantes como “desafíos” que hay que superar y como una oportunidad de crecimiento; adicionalmente, la fortaleza incluye un fuerte compromiso y sentido de de propósito.
Nucifora y Langlieb (2007) consideran que un ejemplo efectivo de acciones para facilitar la capacidad de recuperación de las personas enfrentadas a un evento traumático es el llevado a cabo en Virginia Tech (Estados Unidos), luego de los múltiples asesinatos ocasionados por uno de los estudiantes. Estos autores comentan que la institución celebró una convocatoria el 17 de abril de 2007 en el estadio de la universidad y, simultáneamente, en un estadio cercano conectado mediante pantallas de video. Los miembros de la facultad, la comunidad religiosa, el gobernador de Virginia y el presidente George W. Bush hablaron a la audiencia. Los mismos investigadores comentan que esa estrategia fue similar a lo que realizó el Departamento de Policía de Nueva York a raíz de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. La Policía de la Autoridad Portuaria
de Nueva York y Nueva Jersey utilizó una estrategia mucho más grande y de mayor duración (2 días) después de los sucesos. Ellos convocaron una serie de reuniones en las que varias autoridades y personas con reconocimiento en la comunidad, hablaron a los asistentes y les dirigieron palabras para reconocer las virtudes de los fallecidos y la creencia en la capacidad de afrontamiento de los familiares y amigos; estos espacios se organizaron con la esperanza de ayudar a la comunidad a ser más resistente para enfrentar la tragedia.
Según Nucifora y Langlieb, la técnica descrita anteriormente es, esencialmente, la cuarta fase de la estrategia de intervención denominada fase de manejo y gestión de la crisis, que se utiliza para construir resiliencia en una comunidad. Esta estrategia hace parte de una serie de propuestas de acción planteadas por la American Academy of Experts in Traumatic Stress (ahora fusionada con el National Center For Crisis Management, de la cual es miembro el autor de este escrito desde 2007). La estrategia de manejo y gestión de la crisis está diseñada para ser utilizada con los “grupos” de los sobrevivientes que pueden haber sido directa o indirectamente afectados por un incidente crítico. Estos grupos pueden variar en tamaño desde 10 a más de 300 per sonas a la vez. La estrategia puede ser llevada a cabo a través de una reunión de la comunidad cercana al evento ocurrido y se ha diseñado para que la intervención sea altamente eficiente, con una duración de entre 45 y 75 minutos para poner en práctica lo planeado. El modelo de manejo y gestión de la crisis puede ser implementado en escuelas, empresas y centros comunales (Lerner y Shelton, 2005).
La primera fase de la estrategia de manejo y gestión de la crisis consiste en reunir a un grupo de individuos que han experimentado una crisis común. En respuesta a una crisis en un recinto escolar, por ejemplo, uno de los grados puede ser llevado a una asamblea en el auditorio. En respuesta a una crisis en el lugar de trabajo, puede utilizarse una sala de reunión de la compañía, un auditorio de un hotel o un espacio adecuado en un centro comercial. Este acto de reunión es el primer paso en el restablecimiento del sentido de comunidad que es tan imprescindible para el proceso de recuperación y reconstrucción emocional de los afectados.
Una vez que el grupo se ha reunido, la siguiente fase de la estrategia consiste en intervención de las autoridades más adecuadas y creíbles para explicar los hechos que generaron la crisis. En muchos casos, una persona de gran prestigio que sea capaz de transmitir un buen mensaje otorga credibilidad a lo comunicado y genera la creencia de que las acciones y el apoyo brindado están siendo eficaces. La información objetiva y creíble debe servir para el control de rumores destructivos, reducir la ansiedad anticipatoria y devolver un sentido de control a las víctimas.
El siguiente paso de la estrategia consiste en que profesionales de la salud experimentados y creíbles para la comunidad, señalen las reacciones más comunes que pueden presentarse para el caso de esa crisis en particular. Los signos y síntomas que se deben abordar son el dolor, la ira, el estrés, la culpa del sobreviviente e, incluso, la culpa o responsabilidad hacia los involucrados en el evento traumático o hacia familiares, amigos u otras personas.
El componente final del modelo de gestión y manejo de la crisis está dirigido al personal encargado de hacerle frente a la misma, buscando que adopten estrategias de autocuidado que pueden ser de valor en la mitigación de las reacciones de estrés ocasionado por el evento crítico. Debe hacerse uso de todos los recursos disponibles en las organizaciones o en la comunidad para facilitar la recuperación de las personas expuestas a lo ocurrido. Las preguntas deben ser resueltas de manera seria y responsable pero siempre con un tono positivo, según sea el caso. Cada participante del grupo debe salir de la reunión con una hoja de referencia que describa brevemente los signos y síntomas comunes, las técnicas comunes de gestión del estrés, y los recursos locales de profesionales u organizaciones que están disponibles (con nombres y teléfonos de contacto).
Después de un evento traumático masivo, hay una tendencia casi inevitable a que la gente se involucre en procesos de grupos grandes, como la convocatoria en Virginia Tech señalada más arriba. Cabe señalar, sin embargo, que técnicas como la anteriormente expuesta, ni la mayoría de las intervenciones después del desastre, no han sido validadas, pues este tipo de intervenciones no se prestan fácilmente para la evaluación.
Capítulo II
La resiliencia y la salud mental
No podremos obtener resultados diferentes, si seguimos haciendo lo mismo. Albert Einstein
L
os problemas de salud mental, primordialmente en la franja de población joven, son un problema creciente en América Latina y todo el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que para el año 2020, la depresión será la segunda causa de incapacidad del mundo, lo que pone a este trastorno anímico y mental en un lugar bastante preocupante, más si se considera que las consecuencias de sufrirla se hacen palpables no sólo en la vida personal y profesional, sino que también, en algunos casos, puede terminar en tragedias mayores si se le permite prosperar. En ese sentido, también se ha pronosticado un millón y medio de suicidios para esa época. Todo lo anterior implica enormes gastos sociales, pérdidas económicas y disminución de la productividad de los países afectados, durante años.
La investigación sobre la resiliencia y el crecimiento postraumático nos ayuda a entender los factores que ayudan a los niños a desarrollarse en adultos mentalmente sanos, a pesar de crecer en circunstancias adversas. La comprensión de estos factores es muy importante si esto significa que podemos aprender a ayudar a las personas que viven en circunstancias adversas a vencer las dificultades y convertirse en ciudadanos sanos y productivos. Aunque el interés en la investigación de resiliencia al principio se originó en la investigación de poblaciones en riesgo, lo que ha surgido de estos estudios es el interés por profundizar en la manera como se puede construir resiliencia como un recurso para la salud mental de los individuos.
Quienes nos desempeñamos en las áreas de la salud, las ciencias humanas y sociales o en la educación, con gran frecuencia nos encontramos con personas o grupos que afrontan o han afrontado eventos traumáticos o la pérdida de seres queridos, en circunstancias tan impactantes, que parecen difíciles o imposibles de superar. Sin embargo, la realidad nos ha permitido observar que, en no pocas ocasiones, muchas de estas personas no sólo las superan, sino que experimentan un cambio en la perspectiva de su fortaleza personal, un cambio en sus relaciones con otros y una transformación en su
manera de ver el mundo que les permite definirse como mejores seres humanos. Ésta es la que consideramos la otra cara de la tragedia.
Este tipo de experiencias han sido vividas por distintos grupos a través de la historia, y han sido documentadas de distintas maneras, haciendo que se consideraran a quienes las vivían como seres excepcionales; pero desde hace unas cuatro décadas, los investigadores han planteado que lo que antes fue considerado producto de condiciones humanas excepcionales, puede ser desplegado por todas las personas si se facilitan determinadas condiciones. En la actualidad, a ese conjunto de reacciones que implica afrontar adecuadamente una adversidad, se le conoce como resiliencia, y al resultado posterior, que evidencia un cambio positivo en la perspectiva de la vida y una reconstrucción del sentido de vida, se le ha denominado crecimiento postraumático. A partir de los hallazgos de Werner y Rutter, y con el surgimiento de la psicología positiva y el avance de la investigación sobre crecimiento postraumático, ha surgido un interés creciente por tener información acerca de aquellas personas que no responden de manera patológica a pesar de haber sido criadas en condiciones que aumentan las posibilidades de presentar patologías mentales o sociales. El concepto de resiliencia propició un viraje fundamental en la orientación de las investigaciones sobre este aspecto, ya que ayudó a determinar que la intervención de la psicología no consiste solamente en orientarse a subsanar los efectos de vivencias negativas de la vida del individuo, sino en evidenciar aquellos recursos que permitirán, de manera positiva, sobreponerse a las adversidades, salir adelante y desarrollar la capacidad de enfrentar nuevas situaciones adversas de manera creativa e inteligente.
El término, como se explica en profundidad más adelante, es adoptado por las ciencias sociales con el propósito de describir a esa buena cantidad de individuos que, a pesar de haber nacido y vivir en condiciones de alto riesgo o afrontar eventos altamente estresantes o traumáticos, los integran adecuadamente a su experiencia vital y se desarrollan psicológicamente sanos y socialmente exitosos.
En la coyuntura social y económica que, actualmente, atraviesan la mayoría de los países latinoamericanos (aumento de la población que vive en la indigencia y por debajo de la línea de pobreza, imposibilidad de acceso al empleo y, en consecuencia, a los servicios básicos, de vastos sectores de la población, incremento del consumo de sustancias psicoactivas, deterioro de la condición personal, disfuncionalidad familiar y social), se hace imprescindible la necesidad de utilizar este concepto como base para las intervenciones sociales, educativas y de salud que abarquen a las personas de todas las edades, desde la primera infancia hasta la tercera edad, a familias e, incluso, a las comunidades, a través de programas que promuevan y refuercen sus características resilientes.
Resiliencia: recurso para el afrontamiento y superación de la adversidad