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VERSUS

NOVELA PUNK

BANANA REPUBLIC PRESS

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Índice

VERSUS

4

Prólogo

Libelo punk

5

Preludio

Inédito

39

Uno

Cowboy de la Nada

39

El arroyo y la noria

40

Avisos clasificados

43

Los domingos en el parque

45

Parodia para un desocupado

46

Compañeros de baraja

48

Las insanas fantasías del traidor

51

Vicios líquidos

56

Cucarachas en la tumba del olvido

57

La pesadilla desnuda

63

Sexo canalla

70

Una Barbie entregada al Señor

79

Amor sucio

106

Una humilde ofrenda al Diablo

113

Un gusano en el inodoro de plata

124

Motel, porno, acción

139

Señor Contratos

148

Destino ninguna parte

149 Dos

El enemigo de América

149

I

La equivocada teoría de Charles Darwin

185

II

La acertada profecía de Henry Miller

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272 Tres

El gran masturbador

374 Cuatro

Retrete sin ventanas

425 Cinco

El hijo bastardo del gran dios Mercurio

425

Sucio y delicioso porno

431

La amante perfecta

436

Inocente pero odiosa criatura

440 Epílogo

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Prólogo

Libelo punk

Roger Rodríguez, protagonista de VERSUS, entrevista a Gabriel Álvarez, su autor.

Roger Rodríguez: Bueno, antes que nada, establezcamos el porqué de esta

suerte de ¿presuntuosa y narcisista? autoentrevista.

Gabriel Álvarez: Es sólo un recurso necesario para explicar lo que deseamos

explicar.

RR: Bien, entonces vayamos al grano. ¿Por qué VERSUS como título para

este libro?

GA: Porque el protagonista, tú, está en contra de todo lo establecido como

políticamente correcto en este país y, por extensión, en el mundo entero, cada día más homogeneizado.

RR: O sea que es un libro políticamente incorrecto.

GA: Que es sinónimo de libro auténtico, sin autocensura, la cual, dicho sea de

paso, es la peor de las censuras. Mas hay que aclarar que por lo mismo, y teniendo en cuenta que nos encontramos en el mundo realmente invertido que Guy Debord describió en su libro La sociedad del espectáculo (1967), «un mundo en el que lo verdadero es un momento de lo falso», VERSUS será calificado y atacado como un extravío que hay que arrojar a la hoguera.

RR: ¿Por quiénes?

GA: Precisamente por quienes han instaurado lo falso como verdadero y se

benefician de ello.

RR: ¿Puede entonces afirmarse que se trata de un ajuste de cuentas con la

época y sus protagonistas?

GA: Es más bien un llamado al individuo para que se haga protagonista de su

destino y su época.

RR: ¿No suena eso demasiado pretencioso?

GA: Digamos entonces que es tan sólo un libelo punk acerca de un tipo

resentido: tú.

RR: Eso está mejor. Pero a propósito, y ya para terminar, establezcamos qué

tanto de ti hay en mí.

GA: Digamos lo mismo que alguna vez afirmara Truman Capote acerca de su

P.B. Jones de Plegarias atendidas: que yo no soy tú pero te conozco bastante bien.

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Preludio

Inédito

Hey, tú. Sí, tú. Deja de hacer lo que estás haciendo en este preciso momento y, aunque haya empezado mi discurso de manera tan poco original, con la frase-reclamo o como se llame de un tonto comercial de TV, ponme atención que, lo juro, te conviene si no quieres seguir como hasta ahora, esto es, muriéndote de tedio con el trabajo que precisamente realizas. Sé desde ya que te interesará mi relato, así que no vuelvas a lo tuyo pues sincera aunque, bueno, no tan humildemente, considero que, en efecto, lo mejor es que me escuches, y es que con ello en realidad no pierdes nada, al contrario, ya verás.

Bien.

A ver, empecemos por el principio.

¿Cuándo se me ocurrió a mí la brillante, loca, insensata, estúpida idea de mostrarle las páginas del libro, de mi libro, a Verónica?

Me acuerdo: fue un día, una tarde cualquiera —allá, en Villa de Leyva, blanco y empedrado poblacho del Medio Oriente del país donde ella reside junto con sus padres—, cuando, en un acceso no tanto de vanidad como de desesperación, decidí impresionarla confesándole que acababa de empezar a escribir una historia fantástica.

—¿Ah, sí? —bostezó ella, pero en ningún momento agregó: «No sabía que fueras escritor», ni mucho menos: «Y ¿de qué trata la historia?», como en un principio e ingenuamente había imaginado yo que sucedería. Tras estas lánguidas palabras se limitó, en cambio, a escucharme, no, a «oírme» mientras revisaba el estado de sus uñas y, al considerarlo «lamentable», tomó una lima de cartón y comenzó a pulirlas con esmero.

—Apuesto a que no lo sabías. ¿Verdad que no? ¿No te impresiona que tu novio escriba? ¿Verdad que sí? ¿O no? ¿Y tampoco te interesa saber de qué trata la historia? ¿No? ¿Sí? ¿Me estás escuchando?

Bueno, creo que, antes de continuar y para que todo quede claro, debo comenzar a explicar cómo es eso de que siendo apenas un crío de escasos cinco o seis años de edad empecé a hacerme a la idea de convertirme en escritor.

Recuerdo, ¡cómo olvidarlo!, que por aquella época yo vivía en casa de mi abuela materna. En Tuta, hermoso y apacible poblacho agrícola y ganadero que muchos años después llegaría a ser escogido, junto con las ciudades de Paipa y de Duitama como punto de partida de una de las pruebas del único Campeonato Mundial de Ciclismo de Ruta celebrado hasta ahora en el país. Tuta, mi pueblo. En el que algún día a alguien, un ferviente admirador se le ocurrirá la retrógrada pero nobilísima idea de colocar un busto, una gaya efigie

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ojalá plantada en la mismísima Plaza Principal y fraguada en bronce, en honor del por entonces ya insigne, egregio forjador de estas líneas para que las inocentes aves de la región descansen y defequen sobre ella y los desaprensivos borrachos del pueblo escupan, vomiten, meen y caguen su pedestal. ¿Qué mejor tributo para un individuo que se pasó más de media vida aplastado en un escritorio-sanitario expidiendo mierda que entonces nadie —ni siquiera él mismo— tuvo nunca el valor de publicar?

Pero bueno, sigamos. Volvamos al grano.

Recuerdo que un día, una mañana de sábado o domingo me encontraba en la habitación que mi abuela Susana llamaba «la habitación de los armarios» pues había allí dos armarios fabricados con dura y robusta madera y pegado al exterior de la puerta de uno de ellos había un pequeño espejo cuadrado en el que yo entonces me observaba fatuamente y frente al cual, no sé por qué, me dio por exclamar para mis adentros: «Algún día seré famoso», y como para refrendar tan campanudo propósito, tan macondiana intención le sonreí a mi propio pecoso rostro recién lavado con mi boquita medio desdentada (pues estaba mudando de dientes y los de leche, ennegrecidos por las implacables caries se me caían a pedazos). Bueno, ahora supongo que hice aquello porque no sólo todo chico de cinco o seis años de edad sino también el resto del género humano anhela ser famoso. Famoso, muy famoso, tan famoso como tus ídolos. Claro que por entonces mis ídolos no eran precisamente literarios, no, de ninguna manera, sino televisivos, por supuesto. ¿Mentiría si dijera que acaso mi más profundo deseo de entonces lo constituía el hecho de llegar algún día a convertirme en una estrella de la pantalla chica como Michael Landon en el papel de Joseph Francis de la serie Bonanza que pasaban los domingos por la tarde? Creo que no. Y no sólo porque era el protagonista más guapo sino también el más joven de la serie. Por el resto del elenco principal (Lorne Greene, Pernell Roberts y Dan Blocker) sentía «cariño», como si se trataran de parientes cercanos (algo así como el abuelo Ben y los tíos Adam y «Hoss», respectivamente), mas lo que experimentaba por «Little Joe» era auténtica «admiración». Ésta después pasó a Lee Majors cuando empezaron a transmitir

The Six Million Dollar Man. Aunque mi verdadero «primer amor» de la TV fue

la maravillosa Linda Carter en su papel —¿qué otro si no?— de Marvel Woman (para el que sólo ella ha nacido). Pero, en fin, ése ya es otro cuento.

«Voy a ser famoso.»

Todo el tiempo desde entonces me ha perseguido tal pensamiento como una implacable condena «autoinfligida».

«Voy a ser famoso.»

Resultaría demasiado complejo y engorroso entrar en un autopsicoanálisis que devele el «motivo» de semejante obsesión. Pero digamos que si estás interesado en aproximarte al tema de una forma menos baladí puedes leer lo que la doctora germanoamericana Karen Horney expone a propósito en su libro La Personalidad Neurótica de Nuestro Tiempo, especialmente en el Capítulo X, El Afán de Poderío, Fama y Posesión.

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Nunca en esa época, como digo, se me hubiese ocurrido valerme de las letras para alcanzar semejante meta. ¡Claro, si apenas sabía leer y escribir! Mas debo decir que ya entonces me agradaba leer, que es el primer paso para convertirse en escritor (aunque ya se sabe que no necesariamente todo buen lector se convierte en escritor). ¿Así, pues, era yo un «lector precoz» al estilo, por ejemplo, del gran Borges? No exactamente. Mis lecturas favoritas no se hallaban en libros propiamente dichos sino en la mismísima cartilla de la escuela. Y de las sencillas historias que allí se narraban prefería (como cualquier otro chico de mi edad que hasta ahora empieza a ejercitar su capacidad de imaginación) las que contenían ilustraciones. Puedes llegar a pensar quizá que me chiflaban los cómics, pero no era así, pues para mí los cómics han sido siempre —aun en esa temprana y remota época— «un pasatiempo de críos». Perdona si parezco un tanto sobrado, pero no encuentro otra manera de expresar mi escaso —aunque no nulo— «amor» por los tebeos. Las que sí me chiflan, en cambio, son las caricaturas, sobre todo las de naturaleza política, cuyos autores rayan a veces con la genialidad. En fin. Como decía, los textos sin ilustraciones no despertaban en mí mucho interés. Esto es cierto tanto más cuanto que son las historias que contenían dos o tres estampas las que ahora guardo en mi memoria.

No fue sino hasta los trece o catorce años de edad, cuando ya vivía otra vez junto a mi madre y mis hermanos en el barrio Los Muiscas de Tunja y repetía el segundo año de la secundaria (siempre fui un estudiante mediocre) en la Escuela Normal de Varones (en la que curiosamente también estudian chicas), que, tras la obligada lectura escolar de la fantástica novela de Jules Verne Viaje

al centro de la Tierra (cuya edición traía asimismo algunas ilustraciones

intercaladas entre sus páginas, como suelen hacer los editores —listos que son los mercachifles— con toda literatura considerada infantil y juvenil), decidí convertirme en escritor para así llegar algún día a ser famoso, y no sólo «simplemente» famoso, sino «tan» famoso como un actor de Hollywood. El ingenuo chico que era entonces lo creía perfectamente posible.

Ahora trato de recordar qué tenía aquella novela que me hubiese impulsado a tomar tan firme decisión. «Voy a convertirme en escritor.» Y la verdad es que no lo sé con certeza. Pero sencillamente quedé «fascinado». Leer, leer historias como aquélla, era una cosa «fascinante». Quizá aquí esté la clave. Tal vez es que de pronto sentí el deseo tremendo de causar en los demás lo que Jules Verne causara entonces en mí. «Fascinación.» Y tal vez es que ya instintivamente yo sabía que para conseguir aquello debía valerme, no de la belleza o del atractivo físico de los que carecía, sino del talento para forjar historias (historias como las que hasta el momento había leído) que creía poseer. En otras palabras: resultaba más fácil, o mejor, menos inconveniente para mí tomar el camino de la «palabra» que el de la «imagen». Esto acaso se deba también, por otra parte, a que jamás habría podido llegar a convertirme en actor pues siempre me ha gustado ser yo mismo (con todo y mis terribles defectos) y no —ni siquiera temporalmente— otro personaje distinto.

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Habrían de transcurrir otros cinco o seis años para que otro libro no sólo llegara a «fascinarme» (y más, muchísimo más que el de Verne) sino también a «reafirmar» (de modo categórico) en mi vacilante espíritu de adolescente el propósito de hacerme escritor. Se trataba de El túnel del argentino Ernesto Sábato.

Siempre he pensado, como muchos otros, que no eres tú quien busca los libros sino que, por el contrario, son los libros los que te buscan a ti. No sé desde cuándo el librito (lo digo por su tamaño mas no por su enorme y profundo contenido filosófico y vital) había estado rodando por nuestra casa. En aquella época aún no poseíamos un mueble que hiciera las veces de biblioteca, así que yo lo había visto por ahí en cualquier sitio (en una mesilla, sobre una cama o un armario, encima de un televisor). Lo cierto es que hasta entonces (tendría 18 o 19 años y repetía el sexto grado de la secundaria en la Sección Nocturna del Colegio de Boyacá) no me había interesado hojearlo siquiera. Suponía que se trataba de una publicación que hablaba de una excavación minera o algo así. Pero durante el día me sobraba el tiempo, de tal manera que una tarde, antes de marcharme —a eso de las cinco y treinta— a clases, cayó por fin en mis ociosas manos.

En lo concerniente a la lectura de cualquier texto literario e incluso filosófico, tengo por regla general leer sólo lo que consiga despertar mi interés en las primeras páginas (dando así prioridad al placer antes que al deber. Voy a decir una barbaridad pero es cierto: obras como El Quijote o Ulises —que todo aspirante a escritor debería leer, según el criterio de muchos— me han parecido siempre unos ladrillos y jamás he podido pasar de la primera página). La novela de Sábato logró hacerlo con apenas el epígrafe y la línea inicial (en mi opinión el primer párrafo de cualquier escrito —cuento, novela, ensayo, estudio, tratado— es fundamental para captar el interés del lector). Era una edición vieja, del año 75, con una tirada de 30.000 ejemplares hecha en la mismísima Argentina. El librito de pasta azul petróleo y hojas que estaban ya amarillentas había atravesado toda Sudamérica, desde Buenos Aires hasta esta pequeña y olvidada ciudad del Medio Oriente del país para llegar a mis manos y cambiar para siempre mi vida.

Aún conservo aquel libro. De él, físicamente, no queda más que una ruina. La cubierta y las tres primeras hojas han desaparecido y en la que figura el sugestivo epígrafe («…en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el

mío…») está carcomida en los bordes, y eso sin contar que otras muchas se han

desprendido del lomo. Jamás supe qué empresa lo editó. Sólo sé que pertenecía al título 127 de la Colección Piragua y que fue impreso en los talleres gráficos

Offsetgrama de la capital argentina. Devoré su contenido en un par de horas.

«Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica», dice el Humbert Humbert de Nabokov al comienzo de su Lolita y es absolutamente cierto. Sólo hay que leer a Juan Pablo Castel, el asesino de María Iribarne, para corroborarlo. Aunque resultaría más exacto afirmar que la suya (la de su creador) no es «fantástica» sino «fascinante». (Esto nada tiene que ver con la, en mi opinión, inexacta teoría de García Márquez según la cual «la escritura de

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ficción es un acto hipnótico» en el que hay que tener «embrujado» al lector aunque para ello se deba utilizar uno o dos adjetivos que no tienen por qué estar en una frase —en una frase que sin ellos quedaría «coja»— pero que es necesario ponerlos allí con objeto de que «el lector no despierte». Es inexacta por dos razones: en primer lugar porque confunde la literatura con el cine que —éste sí— es «un acto hipnótico en el que se mantiene embrujado al espectador», y, en segundo lugar y sobre todo, porque son precisamente «los adjetivos que no tienen por qué estar allí», en una frase, los que hacen que «el lector despierte» y entonces juzgue el relato —el pasaje o la historia que se cuenta— como «un engaño inaceptable». La clave de la «aceptación» —del «no rechazo»— por parte del lector de una historia —por más «fantástica» o «inverosímil» que ésta parezca ser— está justamente en el «adecuado» —y ojalá «exacto»— empleo por parte del escritor de las palabras —entre ellas los adjetivos—. Si utilizáramos conscientemente palabras o términos «que no tienen por qué estar allí», estaríamos entonces «defraudando» —también conscientemente— al lector. Que es justo lo que hace el alegre autor de semejante teoría. Al menos en mi caso específico, pues García Márquez no ha logrado jamás «activar» mi imaginación con sus historias. Las palabras, «sus» palabras, no dejan nunca de ser simplemente eso: palabras ordenadas en una página. En mi mente no se transforman en imágenes que abran la puerta a «mundos posibles» —y por tanto aceptables— por más «imposibles» que éstos parezcan ser —muy distinto de lo que me sucede al leer a, por ejemplo, Poe, Kafka o Borges, cuyas obras me han abierto siempre la puerta a universos insospechados.)

No había leído previamente lo que estaba escrito en la contraportada y sin embargo lo que allí se decía del autor y de su libro estaba exactamente en consonancia con lo que ya pensaba entonces: que aquel relato y su forjador no podría sacármelos de la cabeza mientras viviera (lo cual, creo, es el objetivo al que apunta todo narrador de verdad).

Esto es lo que figuraba en la contraportada:

Traducido a más de diez lenguas, EL TÚNEL suscitó innumerables elogios, desde los ya muy conocidos de Camus (que lo hizo traducir por Gallimard al francés) y Graham Greene.

Obra maestra (SODERHELM, Estocolmo).

Esta novela lo consagra como maestro del género (Profesor A. Torres-Rioseco. HISTORIA DE LA GRAN LITERATURA IBEROAMERICANA). Alucinante lógica (NEW YORK RALD).

Castel está ya para siempre en el grupo de los grandes tipos a que los novelistas excepcionales dieron aliento (CUADERNOS HISPANOAMERICANOS, Madrid).

Talento único (MORGON, Estocolmo).

Fabulosa novela (CORREO LITERARIO, Madrid).

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Magistral hazaña novelística con un tema que parecía agotado por Tolstoi y Proust (A. Zum Felde. LITERATURA HISPANOAMERICANA).

Fascinante novela psicológica (LOS ÁNGELES DAILY NEWS).

Horror psicológico que Poe y Maupassant habrían admirado (WASHINGTON STAR).

Sólo comparable a Poe y Dostoievski (LEXINGTON HERALD). Extraño y brillante escrito (NEW YORK TELEGRAM).

Sensacional (BÜCHERSCHAU, Suiza).

El hecho de que el autor —del que hasta entonces nada conocía— fuese comparado con monstruos de la talla de Poe, Maupassant, Dostoievski, Tolstoi y Proust, no hizo más que aumentar mi admiración hacia él y su trabajo. Y entonces me dije para mis adentros que también yo me convertiría en escritor, tanto más cuanto que Sábato había alcanzado lo que todos a esa edad —y gracias a los mass media— anhelamos íntimamente: maravillar al mundo entero.

Ha transcurrido más de una década desde entonces y, sin embargo, nunca mis narraciones —que suman el nada despreciable número de veintidós— han maravillado a nadie.

*

Resulta apenas lógico que, en un mundo que exige y celebra el éxito por encima de todas las cosas en general y del esfuerzo «inútil» (entiéndase: «no redituado ni, por tanto, aplaudido» —como el mío hasta la fecha) en particular, mi trabajo de escritor fuese (¿voluntariamente?) clandestino. Hoy por hoy no existe en el individuo temor más profundo que el temor al fracaso. Vivimos en la «sociedad del espectáculo» descrita por Guy Debord y para encajar adecuadamente en esta sociedad es preciso que tú, como «espectáculo viviente» que eres, no admitas ni toleres fiascos en tu vida. Debes triunfar a toda costa, aun a costa de tus propias cualidades autónomas. Debes convertirte en modelo de identificación, aunque para ello debas resignarte, por ejemplo, a transformarte en un payaso y hacer el ridículo sobre una tarima o en un reality

show o, si eres una chica, a que te vejen en una sucia y escabrosa peli triple

equis. Debes ser la vedette a la que todo el mundo admira, o mejor, mira. Debes venderte al Sistema o morir. ¿Y por qué razón —me pregunto yo— no he llegado jamás a ser la vedette que debo ser? ¿Acaso porque mis escritos, hasta hoy, no han estado nunca en sintonía con el Espíritu del Tiempo, con La Gran Mentira que machaconamente reproducen y así perpetúan los mass media (pues no es que de tanto repetir una mentira ésta se convierta en verdad sino que, como —por ejemplo— el cristianismo o cualquiera otra religión o creencia basada en mitos —en «cosas inverosímiles», que son, por definición, los mitos—, adquiere para el individuo un «valor de verdad», y no sólo eso,

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termina además cumpliendo con la «función de la verdad», y esto resulta absolutamente pernicioso toda vez que ya se sabe que cuando encontramos o «creemos encontrar» algo dejamos entonces de buscarlo) en beneficio de un Sistema absurdo y represor del que ellos mismos son parte fundamental? En fin. Lo cierto es que, desesperado por mi «insignificancia» como individuo, por mi «fracaso» silencioso aunque no por ello menos intenso y doloroso, tanto más cuanto que Verónica se encargaba de acentuarlo con sus continuos comentarios acerca del evidente «progreso» de algunos miembros de nuestro entorno (X empezó a trabajar para una corporación multinacional, Y cambió su automóvil por un último modelo, Z factura millones y millones en su almacén, etcétera, etcétera), comentarios insidiosos que se clavaban como dardos envenenados en mi hipersensible y vacilante espíritu, me vi forzado a no sólo desembuchar mi terrible secreto sino además a darme bombo para conjurar las no menos terribles consecuencias de tan funesta revelación e intentar así trastocar mi palmaria derrota por exitosa empresa en cierne.

—¿Me estás escuchando?

Sin apartar un instante la vista de la lima y de sus uñas en proceso de arreglo, contestó como quien bosteza:

—¿Hum? Claro.

—Sin embargo —inicié mi defensa entonces— no vayas a pensar que es la primera historia que escribo.

Como brillaran por su ausencia los «¿Ah, no?» y «¿Cuántas más has escrito?» que yo ilusamente aguardaba, proseguí con el encomiástico alegato en mi favor.

—No, no es la primera, ya ves. He compuesto dieciocho relatos y cuatro novelas. Buen número para un tipo que aún no llega a los cuarenta años de edad, ¿no te parece? —Esta vez no esperé respuesta alguna y continué—. Las siete primeras narraciones las reuní bajo el sugestivo título de La fruta

apestosa. Son historias en las que, en general, se indaga acerca de las

motivaciones que conducen a ciertos individuos o bien al crimen o bien al suicidio. En Belladonna, novela corta que da nombre a la colección de los once relatos siguientes, muestro una pequeña comunidad en la que los jóvenes, influenciados por los mass media en general e Internet en particular, adoptan de manera irreflexiva y mecánica a los íconos fabricados por el star-system como ejemplos a seguir, y así la figura de «Belladonna», estrella porno, se erige como símbolo destacado de una sociedad profundamente enferma que obliga a sus vacilantes miembros a ajustarse a sus tortuosos dictados. —Hice una pausa para tragar saliva. Luego, proseguí—. Ahora bien, el resto de mi producción hasta la fecha lo constituye el cuarteto de novelas protagonizadas por mi alter

ego o doppelgänger (como quieras llamarlo) Roger Rodríguez: Cowboy de la Nada, El enemigo de América, El gran masturbador y Retrete sin ventanas.

La primera es la crónica de la desoladora época en que el protagonista se encuentra casi siempre en el arroyo y sin un mísero peso en los bolsillos, cabalgando, como un cowboy de la Nada, hacia ninguna parte, esquivando cualquier tipo de compromiso laboral, religioso, afectivo, social, pero

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manteniéndose así fiel a su invariable principio de no dejarse atrapar al fin, de no permitir que lo enganchen a la noria y lo esclavicen, y en ella siento las bases de mi particular mundo narrativo, por el que desfilan toda clase de personajes curiosos, algunos de los cuales aparecerán en mis novelas posteriores como fuente de reflexión acerca de la condición humana. Con la segunda, que es tanto una denuncia acerca de la farsa que representa la inútil lucha antidrogas como una despiadada sátira a la utilización por parte de los Gobiernos de la llamada «Guerra contra el Terrorismo» como pretexto para silenciar a sus contradictores, fundo el «Realismo Chocante», corriente estética que se caracteriza por retratar el mundo contemporáneo enfocando su lente en situaciones lúbricas y amargas, retocadas además con fuertes y corrosivos tintes de humor negro, y cuyos postulados se erigen sobre la premisa formulada por el ruso-americano Vladimir Nabokov en su célebre novela Lolita de que «lo ofensivo no suele ser más que un sinónimo de lo insólito». En la tercera describo, con un lenguaje personalísimo en el que se mezclan retórica y punk, la extraña relación de amor-desprecio que el protagonista sostiene con una joven y alocada drogómana, al término de la cual, tras el malogrado intento de conquista erótica de la muchacha, llega al bukowskiano convencimiento de que «el acto sexual no vale lo que la mujer exige a cambio» y a preferir entonces el onanismo como fuente de satisfacción no sólo venérea sino también emocional. Y la cuarta y última expone la singular visión de un hombre (Roger Rodríguez, por supuesto) que ha perdido toda esperanza de redención del crapuloso mundo en constante y vertiginosa erosión en el que le ha tocado vivir. Asimismo constituye un breve pero apasionado alegato en contra, por un lado, de algunos de los mecanismos de evasión que los sujetos emplean, consciente o inconscientemente, para no enfrentar la monstruosa realidad que los agobia y, por otro lado, de la manipulación mediática de la que son víctimas aquéllos por parte de un Sistema deshumanizado y cruel que impone así sus falsos dictados y obliga a la sociedad en general y al individuo en particular a sucumbir ante ellos. —Volví a tragar saliva antes de concluir—. Y bueno, ya para terminar y a manera de colofón, déjame decirte, aunque está mal que yo mismo lo diga, que me considero un narrador de garra, capaz de manejar historias complicadas donde el sexo, el misterio, la intriga, y sobre todo, la hondura humana de los personajes, son una constante y un distintivo.

Verónica quedó de una pieza tras mi sucinta exposición, mas no por ella justamente sino porque, al parecer, acababa de quebrársele una uña de su mano derecha.

—Maldita sea. Tendré que cortarla. Mira, mira cómo ha quedado.

Se puso en pie, buscó un cortaúñas en un armario que hacía las veces de biblioteca (allí, en aquella vieja sala en la que nos encontrábamos) y, entonces, mutiló el trozo de uña fracturado.

—Desentona con las demás —dictaminó uniendo los cinco dedos de su mano y contemplándolos admirativamente—, pero no mucho ¿verdad?

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Yo por mi parte decidí que aún faltaban algunas cosas por decir respecto de mi sorda y ardua tarea de escritor y me dispuse a expresarlas mientras ella volvió a lo suyo con dedicación e ímpetu renovados.

—Ahora bien —volví a empezar, como un tonto o un loco que habla para sí mismo mientras recorre las calles—, déjame decirte algo más acerca del «Realismo Chocante». Éste surge como consecuencia del incontrovertible hecho de que la brutalidad del mundo contemporáneo ya no puede ser descrita en los términos del eufemístico y mal llamado «Realismo Mágico», que en este país retrocedió la literatura del Siglo XX al Siglo XIX y aun más atrás, con todo el perjuicio que ello significó para lectores no retrógrados que jamás llegaron a sentirse identificados con situaciones y personajes tan ajenos a su propia realidad y que configuró una de las más deplorables tendencias literarias (la reina de tales bodrios es la fácil y empobrecedora «Narcoliteratura», sí, la que le gusta a tu padre), pues su compromiso con los terribles problemas de la nefasta época actual es prácticamente nulo, consagrándose como una conveniente «moda» que olímpicamente evade los mismos (por ello quizá es que gusta tanto a los miembros de la clase gobernante. ¡Qué bueno es que los «intelectuales» se ocupen del pasado muerto y no se fijen en tus fechorías y canalladas de hoy e incluso se sienten contigo a la mesa para disfrutar del banquete ganado salvajemente en la desigual lucha contra las hordas de desposeídos! ¡Qué bueno que terminen a tu lado justificando lo injustificable!). El mundo en que vivimos ahora es un lugar donde todo huele mal y en el que ni siquiera se tiene la posibilidad de mirar hacia otra parte, hacia otro escenario, hacia otro paisaje, hacia otra realidad menos indigna, menos brutal, menos obscena, menos ofensiva, menos repugnante que la que padecemos a diario y sin tregua y para describirlo se hace necesario entonces un lenguaje análogo, un lenguaje literario comparable con las obras pictóricas de un Lucian Freud maduro. Tal es la propuesta del duro y desafinado «Realismo Chocante» expuesto por quien te habla en toda su obra.

—¿Qué obra? —me preguntó ella como despertando súbitamente de un sueño profundo.

—Bueno —respondí yo pacientemente—, la que acabo de enumerarte. La

fruta apestosa, Belladonna, Cowboy de la Nada, El enemigo de América, El gran masturbador, Retrete sin ventanas. Son todas ficciones neorrealistas

—explico ahora, valiéndome para ello de los conceptos que José Antonio Gurpegui de la Universidad de Alcalá y Mar Ramón de la Universidad de Castilla-La Mancha exponen en Ficción Neorrealista, artículo que alguna vez leyera en www.liceus.com—, entendiendo el neorrealismo —digo— como la «tendencia literaria en las que las obras de ficción no renuncian a su relación con el referente externo, no cortan sus lazos con lo real, obras que son un reportaje de la vida contemporánea, pero acercándose al tradicional realismo desde una nueva perspectiva, más escéptica, en gran medida irónica, y con frecuencia marcada por una violencia extrema, y, en definitiva, como un nuevo realismo en el que la realidad misma es una fantasía decadente y absurda, una realidad que tiene la cualidad de un paradigma ficcional, permitiendo al

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mundo que hay dentro de la novela ser descrito o representado como real, en el que realidad y ficción se funden». Ahora bien —continúo, desatado como un loco de atar—, la suerte que hasta el momento han corrido estas obras y su autor puede resumirse en lo que, refiriéndose a Jack Kerouac y su movimiento

beat, anotaron Henry Miller, primero, y Fernanda Pivano, después, en el Prólogo y la Introducción, respectivamente, de Los subterráneos. «Suele

decirse —apunta Miller— que el poeta, o el genio, se adelanta a su propia época. Es cierto, pero solamente debido a que también es un ser profundamente de su época. ―¡No os detengáis!‖, nos va diciendo. ―Todo esto ya ha ocurrido antes millones de veces.‖ (―Siempre adelante‖, decía Rimbaud.) Pero los que se resisten a cambiar no entienden esta clase de palabras. (Todavía andan rezagados en relación con Isidore Ducasse.) ¿Qué hacen, pues? Le derriban de su alta percha, le matan de hambre, de una patada le hunden los dientes en la garganta. A veces son menos misericordiosos incluso: hacen como si el genio no existiera», y la Pivano: «Estos movimientos han sido siempre aceptados por la crítica con gran lentitud. Los libros de los beat son acogidos con severidad y a menudo con acritud, del mismo modo que, en el primer decenio, fueron acogidos con severidad y acritud los libros de Fitzgerald; como, en general, fueron acogidos con severidad y acritud los primeros intentos de todos los escritores que abrieron una fisura en tradiciones literarias y arraigadas en la historia. La explosión que acogió la aparición de la novela En el camino de Kerouac y el poema Aullido de Ginsberg fue digerida por los críticos como un fenómeno curioso y una cuestión de costumbres; se habló de desgramaticalización y de prosa descompuesta, de verbosidad a lo Thomas Wolfe y de antipoesía; se hicieron las más funestas previsiones sobre el futuro de los dos muchachos, clasificándolos preventivamente de autores de un solo libro. Quien los tomó en serio, al menos como escritores de costumbres, dijo que su tipo de anarquía era un fenómeno antiguo, que los

beat no habían descubierto nada nuevo, que no había ninguna diferencia entre

su rebelión y la rebelión de la ―generación perdida‖. Luego empezó la nueva confusión entre los beat calientes de principios de la posguerra y los beat fríos de la generación posterior; y cuando Kerouac hizo declarada profesión de budismo Zen, se volvió a decir que estas religiones no presentan ninguna novedad y que todo el asunto de los beat era un fenómeno exclusivamente publicitario: no se acaba de entender si organizado por los editores de Kerouac y Ginsberg para lanzar sus libros o si aprovechado por ellos para este lanzamiento. Entre tanto Kerouac y Ginsberg seguían escribiendo o publicando las cosas que habían escrito en los largos años pasados a la espera de un editor que las publicara. Y sus libros llegaron a Europa, donde los críticos adoptaron por su parte la actitud típica entre nosotros, que es la de juzgar la literatura americana en relación exclusivamente con la literatura europea. Mientras en América se había dicho que no había diferencias entre la beat y la lost

generation, entre nosotros se dijo que no había diferencias entre el

movi-miento de los beat y el existencialismo francés de la segunda posguerra; se dijo que la prosa espontánea de Kerouac no era sino la repetición de cierto

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automatismo surrealista; se dijo naturalmente que la anarquía de los beat era tan vieja como el mundo y se la comparó con la del dadaísmo; se acudió a los expresionistas, y el nombre de Céline, prototipo europeo de las más prohibidas rebeliones, fue aducido con frecuencia para explicar ciertas irreverencias de Kerouac y Ginsberg hacia el conformismo. En ocasiones fueron incluso críticos americanos de derivación dadaísta o en todo caso europea quienes indicaron estas proximidades». Es la época, ya se sabe —digo yo—, como anota más adelante el mismo Henry Miller: «Esta es una época de milagros. Los días del asesino loco han quedado atrás; los maníacos sexuales están ahora en el limbo; los atrevidos artistas del trapecio se han roto el cuello. Estamos en una época de prodigios, en la que los científicos, con la ayuda de los sumos sacerdotes del Pentágono, enseñan gratuitamente las técnicas de la destrucción mutua pero total. ¡Progreso! El que sea capaz, que lo convierta en una novela legible. Pero si eres un comedor de muerte no me vengas con literaturas. No nos vengas con literatura ―limpia‖ y ―sana‖ (¡sin lluvia radioactiva!). Deja que hablen los poetas. Puede que sean beat, pero, como mínimo, no montan a caballo de un monstruo cargado de energía atómica. Creedme; no hay nada limpio, nada saludable, nada prometedor en esta época de prodigios; nada, excepto seguir contando lo que pasa. Kerouac y otros como él serán probablemente los que tengan la última palabra». Así, pues —remato—, mi consagración es sólo cuestión de tiempo. Algún día encontraré un editor valiente que se arriesgue a publicar mis atrevidas obras.

—Perfecto —exclamó Verónica, mas no por mi revelador y didáctico discurso sino por el resultado final de su manicura.

—Pero oye —intenté sacarla de su ensueño cosmético— ¿no te interesaría leer estas obras mientras termino la historia de que te hablé al principio? Las tengo en formato digital. Si quieres puedo pasártelas en una memoria USB para que las leas en tu PC.

—¿Son muy largas? —bostezó ella.

—La fruta tiene 37.439 palabras —comencé a recitar de forma aplicada, como dando respuesta precisa a una pregunta de la maestra en la escuela—,

Bella 32.631, Cowboy 66.453, Enemigo 57.951, Masturbador 63.185, y Retrete

29.065.

Ni siquiera esto, mi a veces prodigiosa memoria para los números y las citas textuales, la maravilló. Hizo la típica mueca de la universitaria de hoy que es obligada a tragarse un ladrillo y explicó, justificándose:

—No, entonces no, porque la verdad es que no puedo leer en la pantalla del PC un texto de más de 1.000 palabras sin que se me enrojezcan los ojos y finalmente se me nuble la vista. Tal vez si estuvieran impresas…

—Okay —accedí, lleno de júbilo como si Verónica fuese una reconocida agente literaria o una editora célebre—. La próxima vez que venga a visitarte te las traeré impresas.

—Como quieras —suspiró ella, volviendo a contemplar admirativamente sus uñas recién limadas.

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*

Mientras ese final de la tarde de domingo regresaba en colectivo a la ciudad, bajo una fría lluvia que poco a poco iba adquiriendo proporciones alarmantes, mi cabeza fue poblada de pronto por ciertos recuerdos relacionados con la elaboración de aquel monstruoso corpus inédito de casi 300.000 palabras colmado de ira, semen y vergüenza (ira contra el Imperio agostador que mangonea a su antojo el orbe entero, semen derramado mayoritariamente en sanitarios y lavabos y vergüenza de mi país y de mi raza —país de cafres, raza de cobardes) que, tanto para justificar mi aparente «holgazanería» como para impresionar a mi chica, me disponía a imprimir una vez arribase a la casa de mi madre (en la que aún vivía, arrimado cual «hijo bobo»). Lo primero que viene a mi mente entonces son los cuadernos de blancas hojas cuadriculadas en las que empezara a escribir (nunca me gustaron los de hojas amarillas o rayadas). Cualquiera que los viese pensaría que se trataban de los cuadernos de un loco. Letra minúscula e intrincada (como de fórmula médica), tinta de varios colores (negra, azul, roja, verde), tachaduras y enmendaduras aquí y allá (por todas partes), un sinnúmero de flechas serpenteantes que atravesaban la página entera, anotaciones en las cuatro márgenes: en fin, una enmarañada mezcolanza ininteligible (o en todo caso sólo inteligible por mi propia persona, y a veces ni eso siquiera, porque en ciertas ocasiones sucedía que, cuando retomaba la narración, ni yo mismo entendía lo que estaba allí escrito). De los cuadernos manchados pasé a la vieja máquina de escribir portátil de mi madre que, como toda máquina de escribir (vieja o nueva), hacía un ruido de los mil demonios, por lo que, tanto para no incomodar a mi madre y a mis hermanos como para que no se enteraran abiertamente de mi «vergonzosa tarea solitaria» (tan vergonzosa para mí como si se tratara de la mismísima masturbación o en todo caso de un acto obsceno —pues hoy día toda actividad que no esté destinada por principio a generar lucro en grandes cantidades es considerada poco menos que una suerte de inadmisible «obscenidad»), huía con ella, escondida en una también vieja maleta de cuero, hasta el apartamento de mi hermana María del Pilar en el barrio La Florida, lejos de casa, en el extremo opuesto de la ciudad, donde las tardes enteras de esa época me la pasaba tecleando furiosamente mientras el apartamento permanecía desocupado (mi hermana regresaba del trabajo después de las seis de la tarde). Entonces volvía a casa otra vez con la maleta y su pesado contenido a cuestas. Y al día siguiente nuevamente lo mismo, como un jorobado con su joroba. Hasta que un día me tropecé en una calle del barrio con Joel (conocido más que amigo) y me preguntó a boca de jarro y con maligna socarronería: «¿Qué es lo que carga en esa maleta que parece un bobo de aquí para allá y de allá para acá y a toda hora con ella, ah?» Como me daba pena reconocer que quería ser escritor y que de hecho lo era, seguí de largo sin contestar a su pregunta mas no tardé en abandonar la destartalada y ruidosa Olivetti y volver a utilizar el discreto y silencioso bolígrafo para garrapatear mis historias en hojas de

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cuaderno. Esto duró hasta la compra de una computadora de escritorio y una impresora nuevas que mi madre hizo con el propósito de que ésta y aquélla nos sirvieran de herramientas tecnológicas a nosotros sus hijos en el curso de nuestras respectivas carreras universitarias. Y de estas reminiscencias era entonces inevitable pasar a las vinculadas con la descorazonadora estela dejada por mis narraciones en concursos, agencias de representación y editoriales. Aunque resultara finalista tanto en un premio nacional como en otro internacional de novela, no obtuve por ello ni un mísero e inútil diploma siquiera. Ya no recuerdo ahora ningún otro concurso literario en el que participara, excepto el último, en el que, según me informara el organizador, se presentaron más de 14.500 escritores de 89 países. Es entonces cuando te preguntas: ¡Dios mío, ¿qué posibilidad hay de que te ganes el único premio ofrecido en una contienda semejante?! ¡Es más fácil, menos improbable que te saques el baloto, tanto más si se tiene en cuenta que para ello no es necesario que tu prosa y tu estilo convenza o le agrade a nadie! Y después están las agencias de representación y las editoriales que, en el poco frecuente caso de que se dignen responderte, te despachan con formulismos del tipo «Sentimos comunicarle que actualmente estamos tan saturados que no aceptamos de momento nuevos originales», o: «Lamentablemente nuestro volumen de trabajo no nos permite tomar nuevos compromisos con los que no podríamos cumplir», o: «Lamentamos comunicarle que por el momento nuestro departamento de lectura se encuentra cerrado hasta nuevo aviso», o: «Muy sinceramente le digo que a mí personalmente se me complica bastante leer su original ya que mi trabajo con algunas editoriales es precisamente hacer Hojas de Lectura y corrección de estilo y leerlo implicaría invertir por lo menos cinco o seis días que para mí son fundamentales por el tiempo tan reducido con el que cuento». Las malditas sanguijuelas están al parecer tan ocupadas chupándole la sangre y los tuétanos a otros pobres desgraciados como tú que hasta para eso, para que te expriman hasta la última gota de zumo vital, debes resignarte, no a esperar pacientemente como un santo, sino a insistir, a rogar, a suplicar como un poseso para que por favor te ordeñen los jugos. Y ni siquiera son cuidadosas ni consecuentes con sus embustes, pues hay algunas que el mismo día, a la misma hora, te envían dos e-mails que se rebaten mutuamente, el primero diciéndote: «Sentimos comunicarle que, debido al exceso de títulos contratados, no nos resulta posible incluir su obra El enemigo de América en nuestra programación no obstante su indudable calidad. Confiamos en que no tenga problemas para su publicación en cualquier otra editorial con menos agobio de títulos», mientras el segundo, contradiciendo las justificaciones del primero, anuncia: «Acusamos recibo de su obra El gran masturbador, que pasamos a nuestro departamento de lectura donde será examinada». Claro que también hay algunos raros especimenes no menos contradictorios que te responden alabando tu trabajo pero que al final tampoco salen con nada en concreto, enviando mensajes del tipo «Acabo de leer las primeras páginas de su obra. Tiene, en efecto, garra. Tiene una historia que contar. Así que me pongo a estudiarla arrastrado por la fuerza de la historia. Eso no significa que sea capaz

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de leerla pronto. Esta es una editorial de un solo hombre, así que no llego a todo, y todo se me demora. Pero quiero que sepa que esa prosa y esos personajes y situaciones iniciales me han agarrado del cuello. Si tardo mucho en decir algo, recuérdeme que me he propuesto leerle», o: «Finalmente hemos decidido no representar su obra. Puede sonar a formulismo, pero la decisión la hemos tomado a pesar de que el suyo es uno de los manuscritos más originales, trabajados y ambiciosos que nos han llegado desde hace tiempo. Las razones que tenemos son, pues, meramente editoriales, es decir, comerciales: nos hemos encontrado con muchas dificultades para promover entre los editores determinadas obras, de carácter literario, de autores noveles o desconocidos. No quiero extenderme, pero encuentro muchas razones para pensar que los editores con los que habitualmente hablamos no van a arriesgarse a publicarlo, y en ese contexto nosotros no podemos asumir una representación que, por experiencia y contraste con otras recientes, no ofrece demasiadas perspectivas de éxito, no obstante que, pese a todo, su obra destila literatura, contiene episodios memorables y lo escrito merece la pena». Y entonces, aunque obscuramente te agobies preguntándote de qué te sirven aquellos simples y vanos elogios cuando estás muriéndote de hambre y tu trabajo, tu arduo trabajo no produce ni un mísero cobre siquiera, decides, pese a todo, consolarte diciéndote que vas por buen camino y que debes seguir adelante, ya que, para ti, expresarte, expresarte como tú quieres, no es precisamente una

opción sino más bien una necesidad, y tan fundamental como comer o ir al

retrete a evacuar. Sí, y luego te pones a pensar que acaso lo mejor sea dejar de golpear puertas aquí y allá (puertas que de todos modos no se han abierto nunca y que posiblemente tampoco nunca se abrirán) y prescindir de los interesados y peseteros intermediarios y autopublicarte y entonces salir a las calles y plazas del mundo entero a ofrecer tu mierda. Y lo digo justamente porque también yo, como muchos otros ingenuos, estuve a punto de sucumbir ante semejante quimera creyendo de manera positiva que ésta era la solución a mis problemas, sí, si no fuera porque la vida misma se encargó de despertarme bruscamente de mi candoroso ensueño editorial poniendo ante mis obnubilados ojos un espejo tan cruel como patético en el que de pronto me vi reflejado. Se trataba de un joven poeta cristiano con el que tropecé por primera vez en la pequeña feria del libro que cada año, durante el Festival Internacional de la Cultura, organiza cierta entidad del gobierno departamental en la plazoleta de la blanca y alta iglesia de San Ignacio. Era un tipo joven, de aproximadamente unos veinticinco años de edad, simpático, alegre, pálido y no muy alto. De pie frente al quiosco que le asignaran, abordaba a los desprevenidos mirones de libros como yo (pues jamás en tales ferias hallé un título que me interesara de verdad) exhibiendo el entusiasmo de un enérgico vendedor de biblias. «Mucho gusto, señor —empezaba—. Soy poeta y hoy me encuentro lanzando en la feria mi más reciente libro titulado Versos para el

alma que he editado yo mismo y que usted se puede llevar por la módica suma

de diez mil pesos. Bien puede hojearlo sin ningún compromiso.» Como no leo versos de ninguna clase, y todavía menos de tendencia religiosa, lo recibí por

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simple cortesía. Yo estaba familiarizado ya con el librillo (de cuidada edición), pues, desde hacía un par de semanas, todas y cada una de las vidrieras de librerías y papelerías del centro de la ciudad exhibían un ejemplar del mismo con el subtítulo El libro que cambiará su vida como lema publicitario. Pero por lo visto a nadie le interesa que le cambien la vida porque el destino de Versos

para el alma y su autor no fue otro que el mío propio y el de mis libros hasta

entonces: la indiferencia, el menosprecio y el olvido. Leo uno de los poemas (de una ramplonería abismal) y (asqueado como siempre que termino de hojear las primeras páginas de cualquier obra engendrada por autores nacionales —sufro de la saludable manía de considerarlos pésimos a todos, a todos excepto a Andrés Caicedo, por quien, más que respeto y admiración, he llegado a sentir verdadero cariño, el cariño auténtico que sólo puede nacer de la comprensión) devuelvo el librito. «¿Cómo le parece, señor? —empieza a interrogarme su valiente, alborozado y ciego propietario— ¿Verdad que es una excelente opción a la hora de pensar en un obsequio para un familiar o un amigo? Se nota que un tipo como usted debe de tener muchas amigas y muchos amigos —me adula como lo haría un comerciante de feria—. ¿Cuántos ejemplares le empaco?» El pobre infeliz está tan anublado por su fervor trapichero que no advierte que su libraco no ha logrado interesarme lo más mínimo, que no me produce ni calor ni frío. Miro su cara risueña y llena de entusiasmo (en la que sin embargo se transparentan una avidez y una angustia sin límites) y digo quedamente: «No, gracias, muy amable». Antes de marcharme para la casa de mi madre, permanecí por allí un buen rato observando a lo lejos y con disimulo al singular poeta-mercader y, experimentando una suerte de obscuro regocijo, pude constatar que durante todo ese tiempo no vendió uno solo de los libros que contenían sus pinches versos. Esta misma escena se repitió algunas semanas después, ahora en el elevado portal de entrada al edificio de la Secretaría Departamental de Cultura, en plena Plaza del Libertador, donde había puesto un cartel publicitario de mediano tamaño junto a una mesa de madera con mantel sobre la que se apilaba un considerable número de ejemplares de sus

Versos para el alma. También en aquella oportunidad los parroquianos a los

que se dirigía tratando en vano de no exteriorizar su rabia y su desesperación (rabia y desesperación derivadas de la insoslayable circunstancia de que el negocio, su negocio, no marchaba sobre ruedas como sin duda era su ferviente deseo —deseo éste no sólo suyo sino también de todo individuo metido a mercachifle, ya sea poeta o no) negaban con la cabeza o pasaban de largo en actitud idéntica a la mía, esto es, como la de quien dice: «No, gracias, no me interesa tu mierda». Y entonces, espiándolo a través del sucio ventanal de una cafetería cercana, yo resoplo para mis adentros: «Pobre pendejo», a un tiempo que termina de recorrer mis entrañas una singular mezcla de gozo maligno y de estimulante alivio al saberme ajeno a una tragedia que ha estado acechándome día y noche y de la que por fortuna (¿por qué más si no?) me he librado. (Rápidamente a partir de entonces los versos del malhadado poeta fueron desapareciendo de las vidrieras, dejando así de obstruirlas y de quitar espacio a algún vano y soso best seller arteramente publicitado por los mass media. Sólo

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un ejemplar se salvó de la retirada total, mas su portada terminó sucumbiendo a los rigurosos embates de la marea de luz solar que día a día debía soportar tras el cristal, y nada más que por algún tiempo, pues finalmente también fue lanzado sin piedad a la tumba del olvido.) A pesar de lo ocurrido con el joven poeta (al que jamás he vuelto a ver), y aunque te parezca extraño, no abandoné del todo la loca idea de prescindir de los intermediarios y por mi cuenta y riesgo dar a conocer mi obra al gran público. Lo haría de manera gratuita, valiéndome de la Internet. Fundé (silenciosamente, sin bombos ni platillos, eso está claro) la editorial virtual Banana Republic Press y puse un anuncio en una página web dedicada a todo tipo de expresiones libertarias. El anuncio rezaba: «Banana Republic Press es una nueva y revolucionaria editorial que surge como respuesta al vacío que hay en la escena literaria nacional en lo referente a autores que den voz al tremendo inconformismo de quienes estamos en contra de todo lo establecido como políticamente correcto en este país, en la banana

republic que es ésta nuestra tierra, o mejor, esta tierra de todos menos nuestra.

Los interesados en recibir gratuitamente las obras La fruta apestosa,

Belladonna, Cowboy de la Nada, El enemigo de América, El gran masturbador y Retrete sin ventanas pueden escribir al correo electrónico bananarepublicpress@yahoo.es». Sí, lo sé, no te rías. Mi candor es tan

inconmensurable como el del pobre versificador. Sobra reconocer que, hasta la fecha, los únicos e-mails presentes en la bandeja de entrada de la cuenta son los que, de cuando en cuando, yo mismo envío desde mi propio correo electrónico para mantenerla activa.

*

Un tremendo golpe en el costado derecho del automóvil (es decir, el costado que durante casi todo el camino de regreso a la ciudad da contra la pedregosa montaña verdinegra) me despertó súbitamente de mi amargo y descorazonador ensueño rememorativo. Hacía rato que la lluvia se había transformado en tempestad y el vehículo, atestado de pasajeros, avanzaba lentamente por la angosta y maltrecha carretera. La visibilidad en ese comienzo de la noche cargada de agua era mínima. Tal como resulta frecuente en circunstancias similares, de la inestable superficie de la montaña inclinada se desprendió un alud de rocas sueltas que sepultó por completo la desolada vía de negruzco y cuarteado asfalto pero que a nosotros, gracias tanto a la templanza como a la pericia del chofer, nos afectó apenas tangencialmente. A pesar de todo, no tardé en advertir que, vaya el Diablo a saber cómo, me había lastimado el tobillo de la pierna derecha.

El monstruoso derrumbe —un cerrado muro de negro pedernal— estaba ahora delante de nosotros y no podíamos seguir avanzando. Mientras, afuera, la rabiosa tormenta no cesaba y el agua comenzaba ya a anegar el interior de nuestro coche, penetrando a raudales por las ventanas del flanco sacudido, cuyos cristales estallaran en miles de fragmentos con el golpe de las rocas. La

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única posibilidad era dar marcha atrás y regresar al pueblo, en caso de que el motor, en silencio ahora, no se hubiese estropeado.

—Vámonos de aquí —dijo el chofer— antes de que nos caigan más piedras encima.

Por fortuna el motor se puso de nuevo en marcha, las llantas no dejaron de rodar como antes y entonces, resbalando carretera abajo, pudimos escapar del siniestro paraje mientras el obscuro cielo de la hermética noche se caía a pedazos sobre el podrido y condenado planeta.

*

No recuerdo ahora cuantos días desde entonces permanecí en el pintoresco villorrio. Lo que sí recuerdo es que, hasta mi apresurada fuga, el cielo no cesó de castigar al mundo.

Nuestro regreso no fue nada fácil. Varias veces, en medio de la borrasca, e iluminados apenas por las farolas del vehículo, tuvimos los hombres que apearnos para retirar rocas desprendidas y árboles y postes de luz derribados que se interponían en nuestro camino.

Tampoco recuerdo exactamente cómo llegué a casa de Verónica. Me veo frente a su puerta, golpeándola furiosamente, antes de, calado de agua hasta los huesos, muerto de frío y extenuado, caer como un pesado fardo húmedo a los pies de alguien. (Después supe que eran los del señor Gutiérrez —su padre— que había salido a mirar «qué diantres pasaba».)

*

Desperté espoleado por el punzante dolor de mi tobillo derecho. Comprendí al instante que me habían instalado en una de las pequeñas buhardillas con retrete de la casa. Estaba solo, tumbado de espaldas sobre un cómodo lecho de robusta madera. Por el ventanuco sin cortina del techo bajo, a través del cual se colaba una luz apagada y fría, pude contemplar el obscuro manto de plomo que sepultaba la cúpula celeste y el cerrado velo de agua que caía sobre la tierra.

No tardó en venir la señora Clara, madre de Verónica, a traerme algo de comer y a informarme que toda la región había sufrido una especie de inefable cataclismo macondiano. Sin embargo podía decir que, merced a esta suerte de castigo bíblico, la población se encontraba completamente aislada, había derrumbes por todas partes y los servicios de luz eléctrica y telefonía fija y móvil se hallaban suspendidos.

—Esto parece el fin del mundo —apostilló.

Escuchando la rumorosa lluvia que golpeaba las tejas de arcilla cocida pregunté por Verónica.

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Se refería a la galería de arte ubicada en la famosa Calle Caliente en la que trabajaba.

*

Verónica no apareció por allí, por mi improvisado refugio de hombre inutilizado (varias veces intenté ponerme en pie, mas el dolor en mi flaco tobillo —tan propenso a los esguinces— terminó desalentándome), hasta una mañana en que sus movimientos por la buhardilla en busca de algo me despertaron.

—Perdona que te moleste —dijo, volviendo su cabeza hacia la cama—, pero es que necesito encontrar una capa que creo está en este armario —y reanudó su búsqueda en el interior del viejo mueble de madera ubicado al lado izquierdo de la entrada sin puerta de la estrecha habitación (y sobre el que, dicho sea de paso, descansaban ya las primeras páginas de mi libro).

—¿Qué capa? —pregunté al instante, como un sonámbulo.

—Juraría que aquí estaba —fue lo que obtuve por respuesta. Y enseguida después—: Pero, no. No la veo.

—¿Qué capa? —repetí.

—Sigue durmiendo —me ordenó—. Después hablamos.

Y rápidamente, como una liebre que se escabulle por un orificio, abandonó el cuarto dejándome solo de nuevo.

*

Todavía antes la señora Clara me había puesto al tanto de lo ocurrido hasta entonces. La galería en que trabajaba Verónica no sufrió por fortuna mayores daños, mas el comercio de objetos de arte se encontraba asimismo suspendido. Desde el D.C. había llegado al pueblo un grupo de ingenieros del Instituto Nacional de Vías y algunos de ellos —dos o tres— se hallaban alojados en la casa. La señora Clara había decidido ganarse un dinero no sólo alquilándoles cuartos en la primera planta sino además suministrándoles los alimentos de desayuno, almuerzo y cena. Los ingenieros —encargados de dirigir las obras para destaponar las carreteras— eran personas muy especiales. Jocosos, sociables, sanos y bien parecidos.

Luego, aquella mañana, cuando subió a traerme el desayuno (acompañado de mi ración diaria de café y cuartillas para escribir), y ante mi pregunta acerca de qué capa era la que buscaba su hija, me informó:

—Una capa impermeable. La encontró en el armario de otra habitación. La necesita ahora que los ingenieros le han pedido que los acompañe.

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—A los parajes afectados por estas lluvias —explicó la señora Clara—. Verónica les sirve de guía. Además la pobre se aburre aquí en la casa sin hacer nada.

—Podría quedarse cuidando a su novio maltrecho —comenté yo con la falsa picardía que intenta ocultar un despecho profundo.

—De eso me encargo yo —la disculpó su madre. *

Como ya bien habrás colegido de lo expuesto hasta aquí, había decidido —mientras permanecía allí tumbado en aquella cama como un náufrago del diluvio sin poder incorporarme— empezar a garrapatear en folios sueltos —que me proporcionaba a diario la señora Clara— la historia fantástica que le prometiera a Verónica. Debo confesarte que ya antes —motivado, espoleado, desesperado por mi fracaso hasta la fecha, y acaso porque (al contrario de lo que aún ocurría en la época en que el pensador Herbert Marcuse redactara su célebre ensayo El hombre unidimensional y de algunas de cuyas palabras justamente pero en sentido inverso me valgo en este momento), la dimensión estética ha perdido ahora (gracias al triunfo del Sistema represor sobre las legítimas aunque débiles fuerzas opositoras) la libertad de expresión que le permitía al escritor y al artista llamar a los hombres y las cosas por su nombre, nombrando lo que de otra manera es innombrable—, ya antes, digo, había optado por dar mi brazo a torcer, al menos por una sola vez, y dedicarme a componer un ñoño relato de fantasía, dejando por el momento a un lado el duro «Realismo Chocante» al que en vano dedicara todos mis esfuerzos en los últimos años. Creía, o mejor, «quería creer» que no tanto los lectores de la época actual como más bien los agentes y editores de la misma no estaban «preparados» aún para él (situación análoga a la que en su momento padeciera Jack Kerouac, quien debió esperar casi una década para que le publicaran su novela On the road —la cual, ya se sabe, se convirtió rápidamente en un éxito y hoy día es una de las más famosas de toda la literatura norteamericana— y con quien, a propósito y a manera de vano y estúpido consuelo, me sentía identificado entonces). Asimismo consideraba no sólo que, dándoles a los agentes y editores una historia «más inofensiva», «más inocua», «más digerible», «más comercial» que las que les había enviado hasta entonces, llegarían éstos a publicarme sino además que, precisamente con una historia de tal naturaleza (como la del propio Kerouac), alcanzaría el tan ansiado éxito en ventas que, por otra parte, abriría luego a mis otras obras ya escritas —más, muchísimo más «importantes», más «trascendentales» (si es que hoy día existe en este mundo absolutamente hueco algo que se considere verdaderamente trascendental)— las anquilosadas y ocluidas puertas del circuito editorial. Pero siempre aplazaba su comienzo, al tropezar una y otra vez con el mismo infranqueable obstáculo: mi tremenda aversión a lo sobrenatural, a lo mágico, a lo milagroso, a lo «fantástico no explicado», en fin,

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a la fantasía (aversión que nada tiene que ver con las situaciones «insólitas», «infrecuentes», «extraordinarias», que me apasionan). Y es que mi espíritu en particular se resiente enormemente por el hecho de «tener» que dedicarse a lo que juzga como una suerte de «evasión», de «escapismo» semejante al consumo de drogas (ya lo decía Kurt Cobain —tan conocido por su música como por su dependencia a los fármacos— en sus Diarios: «El consumo de drogas es escapismo, tanto si uno quiere reconocerlo como si no») que no sólo «no enfrenta» la terrible realidad que padecemos a diario y sin tregua sino además la «deforma» («embelleciéndola») en beneficio del Sistema irracional y violento en que vivimos, tanto más si se tiene en cuenta que, al esquivarla o al esperar para ella «soluciones» mágicas o milagrosas (en fin, soluciones irracionales, acordes con el Sistema), estamos así condenados a perpetuar tal realidad y, con ella, al nefasto Sistema que justamente la configura y determina. ¿Y por qué, me pregunto yo, «debemos resignarnos» a sucumbir al escapismo de quienes como Samuel Beckett aconsejan: «No esperes a ser cazado para esconderte»? Y, por otra parte, ¿a cuento de qué malgastar nuestro escaso y valioso tiempo, nuestras escasas y valiosas energías concediéndole una desmesurada importancia a «falsos misterios» cuando tenemos una cantidad enorme de «misterios verdaderos» por resolver? ¿Por qué seguir jugando el juego de la mentira sobre la que hemos fundado el mundo? ¿Acaso no es por ello, por no romper el círculo vicioso de la mentira institucionalizada, que estamos condicionados a aceptar lo inaceptable (como por ejemplo las cruentas guerras emprendidas y justificadas con base en chapuceras escenificaciones prebélicas y palmarios embustes)? Y, ahora como entonces, me pregunto: ¿por qué debo yo hundirme voluntaria y conscientemente como los demás en las cenagosas aguas de la mentira? ¿Por qué debo yo avenirme a componer una historia fantástica —o en todo caso que soslaye o maquille la desastrosa realidad del mundo contemporáneo— sólo para «acomodarme» al Sistema? ¿Por qué debo yo convertirme en otro glorificador de mitos insubstanciales? Mas, también entonces como ahora, resolví no sucumbir a tan, para mí, perniciosa alternativa. ¡Que otros sigan escribiendo intrascendente fantasía —de la que por supuesto no afirmo que deba desaparecer por completo (mucha gente —infantilizada por el Sistema— necesita de ella cual paliativo básico —aunque, en las circunstancias actuales, ¿no resulta la fantasía una especie de opio para las masas, masas a las que aterra la realidad desnuda, sin antifaces ni perifollos?) sino más bien de la que, al igual que Marcuse, considero es preciso que se deje de abusar metódicamente, pues tal abuso ha reducido al mínimo la separación entre la fantasía (grado superior de la imaginación) y la Razón, dando sentido a las tonterías y transformando en tontería lo que tiene sentido, y en definitiva convirtiendo así la ilusión en realidad y la ficción en verdad—, que otros sigan escribiendo fantasía, repito, que yo por mi parte me quedo con el realismo chocante y crítico (aunque éste en últimas termine resultándoles «inadmisible», «invendible» a los señores agentes y editores —quienes en general se adhieren con gusto a lo que se considera políticamente correcto y capean de manera olímpica lo que por el contrario se cree políticamente

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incorrecto. Es curioso: muchos editores han rechazado mis manuscritos con formulismos del tipo «Lamentablemente —¡siempre lo lamentan estas no ciegas sino medrosas criaturas de buen corazón y sanas intenciones a las que generalmente tu mierda (que te ha costado sangre, sudor y lágrimas, por decir lo menos) no les interesa más que como producto de consumo masivo, como un chicle cuyo único destino es ser rumiado y después escupido! (Sólo hay que visitar una feria del libro para verificar la monstruosa cantidad de llamativa basura plastificada que te ofrecen como alimento intelectual. La última vez que estuve en la del D.C. salí de ella literalmente mareado, asqueado, empalagado, ahíto, como quien abandona un abigarrado y lustroso merendero luego de haber probado todos los platos de su extensa pero insípida carta)—, lamentablemente —me contesta el amable editor— su obra no se ajusta al perfil de los textos que estamos editando, y por esta razón, el Comité Editorial no ha considerado oportuna su publicación», o: «Esta no es una editorial que se ocupe de temas políticos», como si la Política fuera un coto de la realidad vedado a la ficción, como si la Política fuera hecha por y para marcianos y no alterara las vidas tanto de los protagonistas de un texto literario como las de sus lectores, como si las cabronadas más increíbles que a diario vemos cometer a nuestros gobernantes no fueran un tema «autorizado» para ser ficcionalizado o narrado y mucho menos aún leído mientras éstos sigan en el poder o incluso vivos, al parecer hay que esperar a que se pudran para expresar lo que hoy piensas de ellos —aunque para entonces muy seguramente tú también ya estarás bajo tierra devorado por morosos pero implacables gusanos—, sin duda con objeto de no afectar negativamente los intereses particulares de los accionistas y propietarios de la industria editorial, intereses que, también sin duda, quedarían expuestos a las impredecibles represalias de aquéllos, pues la Política —no en su acepción enciclopédica: «Arte de gobernar y dar leyes conducentes a asegurar la buena marcha del Estado y la tranquilidad y el bienestar de los ciudadanos», sino en su acepción real: «Astucia para manipular e imponer leyes conducentes a asegurar la buena marcha del enriquecimiento de la clase dirigente y sus socios y el adormecimiento y/o la resignación de los ciudadanos»— abarca todo el espectro de los negocios en particular y de la vida en general)! (Esta resolución mía acaso tenga algo que ver con lo que expresara a propósito el mismo Marcuse: «Cuanto más ostensiblemente irracional se hace la sociedad, mayor es la racionalidad del universo artístico», y: «En vez de ser el criado del aparato establecido, embelleciendo sus negocios y su miseria, el arte llegaría a ser una técnica para destruir estos negocios y esta miseria».) Decidí, pues, permanecer fiel a mis principios. Decidí, pues, prolongar mi desdicha. Decidí, pues, continuar hundido en la pobreza. Decidí, pues, seguir cavando mi propia tumba.

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