2. «DEL DECIR ESENCIAL DE LA POESÍA»

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Texto completo

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Colección  

 

Dossiers Filosofía Contemporánea 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Asociación de Investigaciones Filosóficas 

Medellín – Colombia 

(5)

 

 

 

Ilustración portada:

 

Francisco

 

José

 

Restrepo

 

Del

 

trabajo

 

“Disecciones

 

y

 

Fósiles”

 

Parte

 

del

 

conjunto

 

“Cuerpo

 

y

 

Vacío”

 

 

 

Diseño, edición y corrección: 

Carlos

 

Enrique

 

Restrepo

 

Bermúdez

 

Camilo

 

Ernesto

 

Mejía

 

Jiménez

 

 

 

Editor 

©

 

Asociación

 

de

 

Investigaciones

 

Filosóficas

 

asoheterodoxa2@yahoo.com

 

Euphorion

www.revistaeuphorion.org

revistaeuphorion@gmail.com

(6)

 

Presentación

 

 

 

 

 

 

       

7

Lo

 

Innombrable

 

El

 

tiempo,

 

los

 

signos

 

y

 

el

 

poetizar

  

 

     

     

11

 

Erasmo Loto Viqueiros

El

 

Gran

 

Rechazo

 

(Blanchot)

 

 

 

 

     

29

 

Arturo Restrepo Vásquez

Paganismo

 

 

Fernando

 

Pessoa:

 

paganismo

 

y

 

heteronímia

 

 

     

41

 

Carlos Andrés Londoño

Comunismo

 

y

 

Pesimismo

 

 

Del

 

pensamiento

 

de

 

la

 

inutilidad

 

a

 

la

 

conciencia

 

tenue

       

73

 

Germán Guarín Jurado

Leprocomio

 

 

La

 

conciencia

 

absurda

 

de

 

no

 

ser

 

nada.

 

El

 

Libro

 

del

  

Desasosiego

 

 

 

 

 

 

     

91

 

Luis Antonio Ramírez

(7)
(8)

Bergson. La fabulación no consiste en imaginarnos cosas o

en proyectar nuestras vivencias personales. Más bien es

crear visiones por medios pocos racionales, por ejemplo,

en el orden del sueño, o en procesos patológicos, en

experiencias esotéricas, en el consumo de plantas sagradas,

en los momentos de embriaguez, en la literatura, el arte. La

fabulación creadora nada tiene que ver con un recuerdo ni

con una vivencia. De hecho exige del hombre el sacrificio

de todo rasgo de subjetividad, para que pueda

precisamente devenir un vidente. Al desaparecer,

accedemos a visiones,

“encontramos

 

lo

 

que

 

había

 

antes

 

de

 

que

 

la

 

tierra

 

y

 

los

 

astros

 

fueran

 

formados,

 

es

 

decir,

 

el

 

espacio.

 

Somos

 

ese

 

espacio

 

con

 

todo

 

su

 

derroche.

 

Regresamos

 

al

 

día

 

aéreo

 

y

 

a

 

su

 

negra

 

alegría”

(René Char). El creador es alguien que ha

visto en la vida algo demasiado grande, demasiado

insoportable también, de tal manera que su pequeña vida

en el barrio de su ciudad y sus amigos acceden a esa

visión: como Miller, que extrae de su ciudad un planeta

negro, y compone así

una

 

nueva

 

imagen

 

del

 

pensamiento,

 

una

 

nueva

 

sensibilidad,

un nuevo mundo, una nueva posibilidad

de vida.

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todas las percepciones comunes que nos hunden en una

vida mediocre, y conservar aquellas raras e insólitas para

incrementar con ellas el arte y la vida. Fabular es crear

visiones, lo cual traduce el anhelo del poeta:

¡Mas

 

ahora

 

amanece

 

el

 

día!

 

Esperaba,

 

lo

 

vi.

 

Llegar,

 

Y

 

lo

 

que

 

he

 

visto,

 

lo

 

Sagrado

 

sea

 

mi

 

palabra.

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EL TIEMPO, LOS SIGNOS Y EL POETIZAR

Erasmo Loto Viqueiros

A la memoria de Proust y de Heidegger

El Tiempo, para hacerse visible, busca cuerpos y, en todas partes donde los encuentra, se los apropia para mostrar en ellos su linterna mágica.

Proust, El Tiempo Recobrado II

Un signo somos, indescifrado.

Hölderlin

A MANERA DE PRÓLOGO

El texto que publicamos a continuación, intitulado El Tiempo, los Signos y el Poetizar, ha sido enviado desde la provincia de Córdoba en Argentina por nuestro anónimo amigo y colaborador Erasmo Loto Viqueiros. Este hombre al que sólo conocemos a través de correos y comunicaciones esporádicas es quizá el único lector nuestro en el maravilloso país de Argentina. En esta ocasión él mismo ha decidido enviarnos este bizarro escrito, como un gesto de aprecio y apoyo a la difícil labor de sostener con vida esta publicación.

Erasmo Viqueiros Almada nació en el pequeño pueblo de Agua Azul, provincia de Mato Grosso do Sul, Brasil, cerca de la frontera con Paraguay, en el año de 1972. A los 14 años viajó a la Argentina con sus padres, radicándose allí definitivamente. Estudió por algún tiempo Filosofía y Letras en Buenos Aires, retirándose luego para ejercer el periodismo radial. Actualmente labora en una Emisora Cultural de la provincia de Córdoba, donde eventualmente colabora también con algunas publicaciones locales.

Quisimos publicar a manera de Prólogo, algunos apartes de la carta con la que Erasmo nos ha enviado su escrito. Esperamos que sus propias palabras puedan ofrecer al lector elementos de aproximación a su propuesta escritural, mucho más cuando actualmente se encuentra a punto de salir publicado un libro suyo intitulado Misterioso Círculo del que hace parte el escrito que ofrecemos. Estas son las palabras de Erasmo:

“El texto que envío a ustedes podría parecerles con toda razón un tanto bizarro. Yo mismo cuando lo leo no dejo de extrañarme, quizá porque me encuentro lejos ahora de su lenguaje especulativo, por más que algunas de sus ideas continúen rondándome todavía.

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El decir esencial de la poesía

Leyendo a Heidegger y a Proust, por la época en que decidí retirarme de la universidad, leyéndolos a mi manera, escribí este texto. Una noche – siempre escribo de noche– me sobrecogió un impulso súbito inspirado en una imagen de “Le temps retrouvé II”. Comencé a escribir rápidamente en hojas recicladas y no pude parar más. Antes del amanecer el texto estaba casi terminado. Lo observé con asombro, ocultándolo luego entre un montón de papeles por botar. Pasaron tres meses sin volverlo a mirar siquiera.

Una noche revolcando aquellos papeles para quemarlos, quise también arrojar a la hoguera este escrito. Pero –cosas de la vida– una especie de pavura se apoderó de mí al encender el fuego. Pensé entonces que, al menos por su forma súbita de darse, el escrito debía tener algún valor. Lo desarrugué y comencé a leerlo. A medida que iba leyéndolo le quitaba o agregaba ciertos pasajes con el fin de redondear las ideas. Durante dos semanas lo pulí y creí en él. Lo dejé listo. Debo confesar que al volverlo a leer ya terminado sentí una tremenda incomodidad, por lo que quise de nuevo echarlo a la hoguera. Sin embrago –por obra del destino seguramente– me vino en ese instante la idea de publicarlo. Sí, publicarlo es mi manera de liberarme de él. Por eso lo envío a Colombia, complacido al saber que saldrá publicado en la Revista Euphorion, la cual leo y aprecio.

Un lector avisado advertirá en seguida que no se trata de un ensayo en el sentido convencional. Esto se debe a su carácter súbito y a la velocidad con la que fue escrito. En algunos pasajes el texto se esboza –en virtud de ciertos devaneos– como una prosa poética, aunque tampoco sea realmente eso. Yo prefiero llamar a este modo de escritura: ensayística experimental. Pienso que lo que realmente puede darle valor a un texto es, antes que nada, su carácter experimental, su devenir escritural que implica asumir un riesgo. Por eso en este escrito lo que cuenta es la fluidez y el carácter súbito de la especulación, la forma maquínica en que los conceptos y las ideas se movilizan superponiéndose como átomos de conciencia en un mismo plano de creación.

Obedeciendo a este carácter súbito y afirmativo de la especulación, he estado dedicado hace algún tiempo a la escritura de un libro de ensayística experimental llamado Misterioso Círculo, el cual espero sea editado muy pronto. Incluyo en este libro el presente escrito. De todos modos le debo el haberme devuelto algo que está en la médula de la forma-ensayo, inaugurada por Michel de Montaigne: su carácter experimental, móvil, en el que las ideas viajan y en su camino exploran ámbitos del ser, trazan rutas, varían sus recorridos, se mueven a distintas velocidades. No hay que forzar nada.

En cambio la ensayística actual carece en muchos casos de experimentación, sufre el miedo latente de asumir riesgos. Algunos ensayistas contemporáneos se sobrepasan en su afán exegeta y no atinan sino a parafrasear trozos de libros leídos trabajosamente. Otros evidencian su pobreza de recursos y no proponiendo ningún viaje, ningún juego, aburren o desilusionan rápidamente. Ahora bien, lo que en cada uno se evidencia es la acción corrosiva del marketing cultural, que funciona por cuantificación, obligando a estos profesores –la mayoría lo son–, columnistas o “investigadores” (nada más lejos de la investigación) a producir escritos en cantidad para sustentar un salario o para sostener el

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“proyectismo” académico y el gran negocio de divulgación científica a cargo de los media y las universidades. Entonces lo verdaderamente lesionado es necesariamente el carácter experimental del ensayo.

Como podrán darse cuenta, el texto va dedicado a Marcel Proust y a Martin Heidegger. No me propuse nunca elaborar una exégesis de sus obras. Odio las exégesis. Simplemente me inspiro es su escritura para volar con la mía, no puedo hacer otra cosa. De Proust y de La Recherche me conmueve la idea de “le temps perdu” y “le temps retrouvé”. Lo que me ha hecho pensar el tiempo como el signo puro que cifra lo ya perdido y lo siempre recobrado. De Heidegger me fascinó en su momento la forma de abordar el habla basada en poetas como Hölderlin, Rilke, Trakl o George, su manera de asumir la poesía como un decir esencial que propiamente capta el acontecimiento puro, destinando al hombre a habitar la tierra bajo su custodia: “Poéticamente habita el hombre sobre la tierra”, decía Hölderlin. Hoy me encuentro más cerca de Proust que de Heidegger. De todos modos lo que está escrito aquí no compromete sus obras, porque, valga decir otra vez, no se trata de una exégesis.

No quisiera extenderme más. Dejo ahora este escrito abandonado a su suerte, sintiéndome feliz de haberme liberado de él”.

EL TIEMPO Y LOS SIGNOS

I

Pensar, poetizar son la expresión de una misma búsqueda. Buscamos el tiempo, no lo encontramos, el tiempo sin buscarnos nos encuentra. Es lo que hacen las palabras. Inventamos las palabras para decir el tiempo, de repente nos hacemos una memoria y nos decimos, descubrimos el tiempo. Buscar el tiempo, descubrir el tiempo, no otra cosa nos abre a la pluralidad de los signos, no otra cosa nos inventa y nos otorga existencia. Buscamos el tiempo porque somos eternidades difusas. Somos abstractos por naturaleza, descoloridos signos del tiempo. Diciéndonos nos inventamos, ciframos el paso de lo que pasa desconocido y absorto, moldeamos con la intención el barro informe que nos cifra. Ciframos lo desconocido para descifrarnos y ser. Somos pasos y pies que pasean de la penumbra a la luz y que retornan siempre a la penumbra y a la luz. Brillamos oscurecidos por lo eterno que no es nada. De la nada surgimos para decirnos y despertamos en la hora sin término del siempre recobrado y definitivo.

La producción multiplicante de la naturaleza es poesía del tiempo hecho jirones de polvo. Decimos tiempo de ese pasar incesante y señalador, ese pasar que se instaura y permanece en el paso. El lenguaje como un poner señalador es sólo la metáfora de lo que eternamente pasa sin metáforas, del tiempo en tanto que signo misterioso de la creación involuntaria de lo que existe en la pluralidad insignificante de la naturaleza. Crear es expandir, hacer proliferar.

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El decir esencial de la poesía

Hablamos de creación, ciframos la última explosión o giro singular en el círculo y tomamos el cósmico estallido sordo por el primero y único. ¡Ah!, pero de anillo en anillo todo es explosión. En la memoria del hombre sólo un instante confuso de la explosión habla y se diviniza. Un círculo de círculos nos encierra, no enmudecemos, cerramos los ojos y nos decimos, despertamos al habla.

Todo crear es un hacer, un desplegarse, una continuidad discontinua. El hacer del lenguaje es paradójico al constituir esta especie de continuidad discontinua, un no-hacer del hacer. Lo que pasa, el tiempo que se despliega y se repliega, que se reitera y se interrumpe a la vez, simultáneamente, es un signo vacío de sentido pero ante todo lo más originario del sentido. El ser se funda paradójicamente en el vacío, en el entre temporal de los átomos. No hay sentido sin tiempo, lo eterno es nulidad y olvido. El tiempo fluye y refluye a la vez, pero este “a la vez” constituye la marca distintiva de ese paso, el signo como puro acontecer. Fluye y refluye adentro del círculo circularizándolo. Lo que pasa, el pasar del tiempo, suscita el despliegue de los signos. El ciframiento de este pasar es el producir propio y la proliferación esenciadora del lenguaje. La poesía, el mito, cifran el paso, tejen los signos del tiempo; el pensamiento los descifra volviéndolos a cifrar: doble ciframiento. Lo que habla esencialmente en el lenguaje es el signo del tiempo como memoria olvidadiza de ese pasar que se cifra y descifra, se presenta y ausenta, ilumina y oculta, canta y hace señas. El tiempo en tanto que centro abstracto y referencial, signa la huella de ese pasar silencioso, insignificante.

Cada señal es un otro pasar de lo que pasa, pasar singular, peculiar, innombrable. La acción propiamente dicha del lenguaje no es otra que el entrecruzamiento de la señales, la producción múltiple del sentido. La aproximación de las señales entre sí se opera por agrupación, selección y comunicación. El lenguaje es selectivo y abarcador, cifra lo que descifra. Lo esencial al habla es la producción comunicante de los signos y su posterior despliegue simbólico. El lenguaje urde las señales de lo que pasa al producir los signos del tiempo. Estos signos del tiempo son las matrices del sentido. El pensar no hace otra cosa que descifrar los signos del tiempo, y en este desciframiento despliega e inscribe la permanencia de sus propios símbolos espejeantes. Doble ciframiento. Las señales son como estrellas fugaces que alucinan con su súbito paso la pupila perpleja del sentido. Los signos a su vez son marcas, huellas, inscripción en el ser de esos destellos. Los símbolos en cambio persiguen la permanencia del instante, cifran el hálito del paso, el vaho tenue de sus señales. El movimiento de los símbolos es de complicación y anudación semántica. Simbolizar es tejer, ordenar, cosmizar.

No hay pensamiento sin símbolos; toda filosofía es desde la antigüedad una construcción simbólica, toda religión, todo saber, una

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casa cimentada en el éter, ingente tela para descifrar cifrando los signos del tiempo. El pensar descifra los signos, los sigue, los interpreta, los simboliza. Pensar es ponerse en medio de la encrucijada del sentido, allí donde los signos, a partir de los acontecimientos, se entrecruzan y se bifurcan como estelas en el cielo. Pensar es descifrar cifrando. La donación de los signos nos pone a descifrar, a pensar.

No podemos separar el cifrar del descifrar. Es un doble movimiento esenciativo, doble efectuación del Acontecimiento en el lenguaje. Por lo que resulta improcedente y errada la tentativa de separar el pensar y el poetizar. Ambos cifran y descifran el misterioso círculo del tiempo, su paso esenciador y transfigurador. En el oscuro fondo este círculo infinito es indiscernible, silencioso, innombrable. Sin embargo en la superficie, allí donde la piel es iluminada y moldeada, todo es nombrado y designado, cifrado y descifrado, todo es un signo. El tiempo retraído se apropia los cuerpos, emitiendo a través de ellos sus signos.

Desde el momento en que nacemos somos ya un signo. Nacer nos significa pasar, emerger del retraimiento ciego del círculo, comenzar a ser tiempo indescifrado. El tiempo es el signo que designa el haber emergido del silencio imperturbable, el estar ya en la vida, en cada uno de sus movimientos, de sus afirmaciones y concretizaciones. Devenires en sucesión permanente, eso somos, eso son las cosas y los otros seres. Cada devenir es un mundo, una esfera, un plano en el que el paso se cifra como tiempo. Mientras vivamos estaremos inscritos en algún ámbito de ese pasar, estaremos al abrigo de alguna agrupación, formación, género o especie. Sintaxis, gramática, socius.

Estamos al amparo del tiempo. Devorándolo, cifrándolo, persiguiéndolo, buscándolo. Presentimos que él es lo ya perdido y también lo siempre recobrado. Por eso su atracción como signo puro que despliega los signos nos lleva a una eminente fascinación. Y nos pasamos la vida absortos en él, prendados por él, atrapados en su tela. Como en la literatura de Proust y en la filosofía de Heidegger, el tiempo ejerce una fatal fascinación.

A la inversa cuando morimos. Es el retorno sin tiempo, retorno como Mismidad Absoluta, eternidad. La vuelta de lo Mismo, el eterno retorno como pura disolución. Cuando morimos nuestro pasar se torna indescifrable. El tiempo es el signo de los vivos para cifrar la simultaneidad diferencial con que acontecen la vida y la muerte en un mismo campo de poder, en una misma inmediación. Sólo lo vivo puede cifrarse y descifrarse, juega a eso, se demora en ese abismo, entre lo indescifrable y sus ciframientos. Sólo lo vivo tiene lenguaje, don de intercambio. Por eso los signos puros son enigmáticos, insignificantes, indescifrables, se aproximan al borde oculto de la muerte. Es el lenguaje al efectuar los acontecimientos el que

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El decir esencial de la poesía

propiamente los abre, los desenvuelve, como si los sacara de pronto desde el fondo, para dejarlos ver, para hacerlos presentes como palabras-símbolos, espejos del mundo oculto. Hay un esoterismo esencial a todo Logos, cifra lo que descifra, produce los símbolos en la adivinación de los signos puros, dice lo indecible y lo dice cifrándolo, haciéndolo consistir en un campo, construyendo su propio tejido, su tela de araña.

El círculo es un espejo doble. Una de las caras es silenciosa, oculta, retraída, enigmática. La otra es ilusión, imagen, figura, tiempo. Una y otra conforman el espejo circular e innombrable.

Los muertos no hablan ni iluminan, habitan el retraimiento, el borde invisible del Espejo. El reino de la muerte es el reino de lo innombrable, la faz serena del tiempo replegado en la continuidad del círculo. La emergencia del nacimiento despliega el tiempo como una línea serpenteante y discontinua sobre el círculo. Por eso nacer es convertirse en un signo indescifrado que se descifra cifrándose. El desciframiento es nuestra íntima relación con aquello mudo que es el destino, lo inasible, lo ininteligible. Destino como absoluto ocultamiento del acontecer, silenciosa oscuridad que ilumina y canta.

Los signos señalan las segmentarizaciones del tiempo, sus concretizaciones y reiteraciones, sus líneas y discontinuidades, sus sinuosidades.

Signos: fractales de tiempo. Este pasar que cifra el tiempo no se fija como una sola cosa, tiene sus goznes, sus líneas, sus esferas, sus variaciones. De ahí que en su pluralidad sea sólo interpretable, abrible, cifrable. Los signos captan la multiplicidad de las señales discontinuas que son los existentes, interpretan su aparición, su instauración, sus trayectorias y sus combinaciones. Los símbolos al entretejerse intentan devolver las señales discontinuas a la circularidad absoluta de los orígenes; en este intento surgen la metáfora y la alegoría como los procedimientos acordes al desciframiento que vuelve a cifrarlos.

Ahora bien, cualquier metáfora, cualquier alegoría, está lejos de alcanzar la “instantaneidad ininteligible” e indescifrable de los signos puros. Ello se debe sencillamente a que su súbita irrupción signadora se encuentra cerrada sobre sí misma, lo que la hace inasible, ininterpretable.

El tiempo se revela en la pluralidad de los signos como puro evento o acontecimiento. Este pasar absoluto adentro del círculo no es unilateral, lineal, y ni siquiera cíclico sino aleatorio, súbito. De ahí que su revelación consista precisamente en la diferenciación de este pasar, o lo que es lo mismo, en el despliegue plural de sus señales. Al descifrar una señal ciframos propiamente el acontecimiento. Cada

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signo expresa el acontecimiento. De esta manera, produciendo signos nos instalamos en la existencia y utilizamos las palabras para construirnos el mundo que habitamos, decimos y soñamos. Cada cuerpo emite sus signos; animales, hombres, cosas, árboles. Colores, sabores, cualidades, todos son signos.

II

El tiempo es el puro signo de un pasar insignificante. El acontecimiento revela un pasar indescifrable, señala un indiscernible tras otro, como rayos enloquecidos adentro del círculo silencioso, trazando los caminos del habla. El círculo paradójico del tiempo condiciona estos caminos, pero a su vez, él mismo se sustrae a toda condición y determinación.

El tiempo se revela en el lenguaje como la diferencia pura, y no obstante, al revelarse en las señales permanece velado en una completa indiferenciación.

Las señales del paso que el tiempo cifra remiten a la singularidad de lo increado. La creación, en cambio, es el signo que se desprende de esa señal. Llamamos creación al primer destello de la luminiscencia, primero como irrupción sobre la línea discontinua del ciclo cósmico que inventamos, ciframos y decimos y después creemos conocer y lo llamamos creación, gran explosión del universo, emanación, proliferación, “Big-Bang”, primera exhalación de Brahma.

“Siempre fue lo que fue y siempre será”, así decimos nosotros, repitiendo a Meliso de Samos. Esto que fue y será es lo increado, el círculo. Emanación de lo eterno temporalizado, eso son los existentes. Iluminación del siempre oscurecido y abstracto, haces de luz sobre el vacío círculo de la eternidad.

Llamamos tiempo a la renovación incesante del siempre circular, a las revoluciones infinitas y aleatorias en el radio del círculo. Todo acontecer es la revelación del tiempo como revolución afirmadora del siempre en el otra vez de su paso.

El tiempo es la revelación del absoluto pasar del siempre. La esencia que se ilumina en el paso es la diferencial que se despliega como tiempo y también como existencia. Existencia se dice del transcurrir, del pasar, del acontecer. Al descifrar una señal estamos cifrando un acontecimiento; cifrar es dejar ser el mundo en el lenguaje, referenciar el pasar como existencia, como señal sinuosa y aleatoria dentro del círculo.

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El decir esencial de la poesía

El acontecimiento revela un pasar indescifrable, señala lo indecible. Indecibles e indescifrables, así son las señales de lo que pasa, restos del puro tiempo como signo. La paradoja esencial al tiempo consiste en esa singularidad de su desplegarse plural que a su vez se repliega en lo Mismo, rayo súbito del acontecer que al desocultar vuelve y oculta, retornando en el despliegue del tiempo como el grande y vacío círculo del siempre retraído y abstracto. Decimos tiempo para no morir de silencio a la sombra del árbol de la vida. Decimos tiempo para señalar el paso de lo que ya hemos perdido de antemano y sin embargo nunca dejamos de recobrar.

La multiplicidad de los indiscernibles se da en la simultaneidad de su acontecer, en su singularidad, su modo irrepetible de darse, su elongación plural e instantánea que no obstante cifra lo indiscernible. Indiscernibles son las señales que brotan como un pasar aleatorio adentro del siempre circular que, so pena de su retraimiento e indiferenciación, no cesa de inscribir involuntariamente los signos diferenciados, los acontecimientos. El tiempo en tanto que puro signo cifra la pluralidad y el despliegue del siempre increado. Eterno es lo que pasa sin pasar. Efímeras y pasajeras fulguraciones adentro del círculo sin principio ni fin, sueños de la existencia hechos materia y polvo de astros, así somos los que decimos tiempo y nacemos signos indescifrados señalados por el volver silencioso de la muerte. Símbolos-destellos de aquello que no cesa de moverse y materializarse, inventamos el mundo, bordeando al nombrarlo el espejo del otro lado. Nada nos salva de caer en el abismo del tiempo, en la vertiginosa pluralidad de sus contornos. Nada nos exime de andar encerrados en el círculo de lo eterno y el retorno centelleante de lo Mismo.

LO INNOMBRABLE Y EL POETIZAR

III

Más pesan las palabras que medidas dicen que el mundo existe.

Ricardo Reis, Oda 101

Siempre conocedor de la medida, roza con indulgente mano las moradas de los hombres un dios, sólo por un momento y ellos no lo saben, pero por mucho tiempo lo recuerdan y preguntan quién fue.

Hölderlin, Fiesta de la Paz

Eso que los filósofos han llamado ser, no es más que el símbolo puro a través del cual el espíritu transformador del mundo se enmascara y toma cuerpo. El “decir esencial” de la poesía nos devuelve el sentido enigmático y sagrado del lenguaje como

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ciframiento de este símbolo puro. Interpretar el poetizar en cuanto “decir esencial” nos pone en la búsqueda de un horizonte distinto que nos permita aproximarnos al esencial señalar de este decir enigmático, en tanto que potencia fundadora y presencia del ser en el lenguaje. Hay que escuchar y atestiguar las señales en las que el lenguaje se poetiza a sí mismo, esto es, ponerse en el límite en el que hasta la “ausencia de sentido” deja resplandecer el ser en el poetizar. El poetizar nos abre al habitar propiamente dicho de los seres dotados de habla; por eso es el decir que responde más directamente al llamado y solicitación de lo esenciante. La poesía es un decir esenciante. Esenciante es aquella proliferación de los signos que nos destina a las palabras, apertura y despliegue del ser a su habitar más propio, el tiempo. El decir en su modo esencial es el poetizar mismo, la donación del ser en el lenguaje. El ser es lo que se abre o dona como lenguaje. La donación del lenguaje deja ser el mundo en su fundamental apertura, haciendo aparecer a los dioses como lo que son. Los dioses son las señales de la otredad silenciosa o mismidad retraída. Ellos, en virtud de su retraimiento e ininteligibilidad, propician la apertura del lenguaje, nos incitan a las palabras.

Los dioses en cuanto señales de lo retraído, nos interpelan con su presencia rebasadora y nos convocan a celebrarlos. Poetizar es celebrar la donación esenciante que nos dispone en la mesa del lenguaje los signos y las señales de la existencia. También nosotros al igual que los dioses somos signos indescifrados, energía a la deriva en la espiral circularizada, restos del tiempo ya perdido y siempre recobrado.

La mismidad retraída emite las señales indiscernibles. El absoluto ciframiento se dona en el extrañamiento, allí, en el borde o nicho neutral donde las palabras rozan el silencio de lo innombrable. Las señales indiscernibles hacen proliferar los signos puros e indescifrados que nos disponen a la apertura de las palabras. Poetizar es descubrir y mantenerse en la manía del entre que somos en medio de lo abierto, péndulos-sueños entre lo decible y lo indecible. En el límite con lo innombrable, proliferan las señales esenciantes y los signos indescifrados. La mismidad esenciante despliega lo indiscernible en la repetición de la diferencia. El silencio como símbolo puro cifra la repetición de lo irrepetible, señala aquel pasar de lo que no pasa.

El lenguaje está determinado por la insaciable proliferación de los signos. El sentido despliega lo replegado, se presenta como exterioridad de lo retraído en sí mismo. Los ciframientos anudan las señales y se constituyen gracias al entrecruzamiento de los indiscernibles. Los signos se asechan unos a otros gracias al poder abstracto del lenguaje. Indiscernibles son las fuerzas que nos traspasan y sobrepasan donándonos el lenguaje. Indiscernibles son los dioses como potencias propias del poetizar.

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El decir esencial de la poesía

El decir esencial nos abre el poetizar como la actividad prístina del lenguaje o aquello que propiamente esencia la esenciación. Esenciar la esenciación constituye el acto creador y poético como tal, es decir, la actividad selectiva y distributiva que enlaza los signos en tanto que intensidades nómadas y proliferaciones esenciantes en lo infinitamente vivo. Sólo el lenguaje inscribe esas fuerzas de rebasamiento en la existencia efímera del hombre. La índole humana de lo viviente plega a sí, mediante el lenguaje, las enormes potencias del afuera y las dispone a su modo, albergándolas en su morada. El hombre habita la tierra bajo la custodia del lenguaje. El lenguaje es para el hombre la envoltura, o como bien decía Heidegger, “la casa del ser”. Piélago portentoso, el ser emerge desde el abierto mar sin fundamento.

El poetizar resguarda la donación esenciante en su inagotable posibilidad de ciframiento. Lo innombrable es el signo como tal, signo vacío de sentido, grieta o fisura del entre como experiencia silenciosa y aproximación a la mismidad de lo retraído. El lenguaje poético roza siempre lo innombrable, se pone en movimiento tras su signo inasible. He aquí plenamente el juego del poetizar. El acto poético lleva al lenguaje hasta el punto límite en el que se le donan los signos y los ciframientos. El lenguaje obedece a una insaciable e incomprensible voluntad de anudación, agenciamiento propiamente esenciante, y por tanto, campo de juego para la efectuación del evento o el acontecimiento (Ereignis).

Cantando y diciendo, el hombre conmemora su íntima comunicación con lo sagrado. El lenguaje atestigua la presencia-destello del evento, el alumbramiento de las divinidades. Existe lo sagrado porque lo decimos, tenemos el lenguaje para dejarlo ser. Decir a los dioses implica dejar ser lo ininteligible, atestiguar la manifestación de lo sagrado, como lo más sustraído a la re-presentación.

Poetizar es hacer que se presente lo lejano. Sagrados son los signos que se nos advienen desde la lontananza, divino aquello que nos atraviesa por un instante rebasando el límite de nuestra fuerza, y al abandonarnos nos destina a las palabras: memorias del instante prístino. Ya Hölderlin había cifrado este bello sentido íntimo de lo divino. Hay que dejar presentar lo sagrado, poetizarlo, hacerlo existir, abrirlo a la presencia.

No se puede mediar la relación con lo sagrado, se tiene que experimentar en el abismamiento de la mente, en el silencio interior, navegando sobre el mar abierto de los signos puros, en la meditación y la manía. Hay que verter el cauce circular de la eternidad, hacerlo

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elíptico, fijando la memoria en aquello que súbitamente se apropia de nosotros, en el acontecer y su singularidad.

Lo sagrado no refiere una creencia, un dogma ni una fe religiosa, cifra más bien un devenir. Lo sagrado señala el acontecimiento puro, eterno retorno de la mismidad indescifrada y diferencial. La irrupción del acontecimiento se da súbitamente como un asalto a la casa del ser, es un huracán cósmico que entra para arrasar la isla amurallada del lenguaje cotidiano, fortificación basada en los juicios y su lógica perversa de disyunción y exclusión. “La casa del ser no tiene techo”. Desnudos, a la intemperie, así nos deja la irrupción del acontecimiento. De esa desnudez, de esa intemperie surgen las palabras.

Sólo en cuanto singularidad, el acontecimiento se convierte en una donación, siempre y cuando en el instante oportuno de su irrupción, el anfitrión-médium por el que pasan las fuerzas de rebasamiento –brujo, poeta, místico, músico, bailador o pensador– tenga la fuerza suficiente para atestiguarlo y se entregue sin resistencia a la celebración de lo innombrable. Celebrar lo innombrable diluye el filtro normalizante de la ratio, ya que logra hacer girar el lenguaje hacia sí mismo poniéndolo fuera de sí mismo. Lo esencial en el poetizar es la ebriedad de las señales, el arrebato creador de los signos que hacen proliferar las palabras-caminos, rutas, huellas del paso eternizado: poemas, cantos, aforismos, rezos. Todo lo que en el lenguaje efectúa la esenciación, invoca el acontecimiento mismo.

Lo más poético del lenguaje es el acontecimiento que se lo apropia. Es precisamente esto lo que el poeta cifra en el poema sin saberlo. Lo que el signo del tiempo de-signa es propiamente esta proliferación esenciadora que produce en los cuerpos sentidos, palabras, nombres y conceptos. El lenguaje no se despliega como un mero poner las figuras para la representación, sino que, en cuanto poner señalador, poético, esenciador, deja aparecer a los signos en la plenitud de su singularidad, en la plena inmanencia carente de representación. Otra cosa son los discursos sobre el lenguaje y las disciplinas que los difunden, la retórica del lenguaje. Las fuerzas creativas o divinidades se apropian del lenguaje haciéndole señas, dejándose presentir, atravesando la isla que somos, apuntalando e incluso martillando, puliendo la finitud del alma siempre viva y del espíritu encadenado a las palabras.

Los dioses son las señales indiscernibles que siempre nos solicitan en el lenguaje. Su destino se entrecruza con el nuestro, sus voces hablan en nosotros, su presencia sobrepasa el límite o esa isla repleta de fantasmas en la que habitamos, el viento huracanado del espíritu. Sus canciones nos cantan, sus gritos nos emiten y nos dejan volver la luz de la existencia, nos invitan a las palabras, nos arrojan al nombrar.

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El decir esencial de la poesía

Los dioses son el filo de la aguja que punza nuestra burbuja existenciaria, nuestro ser óntico y determinado. Fuerzas que sobrepasan nuestra estrecha subjetividad deificada, los dioses se nos presentan como signos y emisiones de la pura fluidez universal: ondulación errante en el círculo eterno y vacío, energía indestructible siempre extranjera, lejana e ilimitada.

IV

Está claro: no se trata de interpretar el poetizar como un decir específico o secundario, y mucho menos simulador, falsificador; ya que al ser el poetizar lo propiamente esenciante del lenguaje, recorre y abarca los distintos pliegues y despliegues de su “proliferación esenciadora” experimentando, en el límite con lo ininteligible, su propia dispersión y silencio ante la pura fluidez sin fundamento.

El lenguaje se despliega en una paradoja esencial a su modo de darse, en tanto que deja habitar una potencia infinita de significación, en estrecha vecindad con la ausencia finita de significado. Poetizar es abrir la puerta del entre a una experiencia del tiempo simultáneo y singularizante.

El “decir esencial” de la poesía traza los caminos para la apertura del ser limitado, cifrando las direcciones y los desplazamientos, anudando las señales de su paso, formando toda la geografía enigmática del mundo que habitamos e inventamos. Poetizar es como marcar el ritmo, señalar el paso, lograr la medida, cultivar el territorio para la cosecha, trazar el círculo para la danza, marcar el espacio para lucha, emitir el canto para comunicarnos con las divinidades, cifrando al descifrar el enigma irresoluble.

La pretensión de monopolio y señorío sobre el lenguaje olvida que la experiencia con él es siempre una relación abierta, pues nunca tenemos ganado el lenguaje, por lo que hay que estarlo ganando permanentemente, lo que significa en otros términos estar a la altura de la fiesta para que acontezca. ¿Cómo ganar el lenguaje? ¿Cómo hacer que en vez de cerrarnos el mundo nos lo abra? Habría sin duda que silenciarse largo tiempo para comprender hasta qué punto tienen peso las palabras en su medida y ritmo propios.

Lo que manda en el lenguaje, aquello que nos mueve a efectuarlo, es su llamado esenciador, al ser este llamado lo que nos destina a las palabras. Lo decisivo en el lenguaje es el llamado que nos cumple, su destinación. El lenguaje es una dádiva porque nos acerca la idea, como en Alberto Caeiro, nos la arrima, nos permite nombrar. El “decir esencial” de la poesía no es más que donación o esenciación del ser. El ser es lo esencial para el lenguaje, ya que la palabra

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fundamenta en él su posibilidad esenciadora. Las palabras nos convocan para que las dejemos ser y habitar en nosotros; nos arriman las ideas, las cosas, el mundo, celebran en nosotros la proximidad de lo lejano.

El ser: símbolo filosófico de aquello ininteligible que se abre siempre en los signos del lenguaje. Misterio que se desoculta y sale de su retraimiento, energía-sueño primordial que se despliega y prolifera en las señales indiscernibles permaneciendo enigmático.

La nada: retraimiento y hundimiento en el vacío. La nada como símbolo filosófico de lo innombrable.

Si Dios fuera una pregunta circularía al interior y nadie dudaría de su existencia. Cuando el ser se convierte en pregunta se acerca a lo innombrable: he ahí a Heidegger. Lo problemático es que la divinidad para los occidentales se ha convertido en una certeza demasiado burda y sólo creída como convención, del mismo modo el ser para la filosofía. El judeo-cristianismo, religión oficial de Occidente, es atea por principio, profana el misterio, lo quiere revelar y hacerlo cognoscible, vulgar exoterismo. Dejemos por eso que ese Dios-certeza de la fe muera en nosotros y que lo eterno siga girando al interior de su círculo misterioso como un enigma irresoluble y dadivoso.

Los dioses en cambio no cesan porque se abren como flores de infinitud y de silencio. En su apertura legan los signos a sus hermanos recién nacidos que son los hombres. La humanidad vuelve a ver a los dioses y a presenciar los signos de lo sagrado. Los dioses vuelven a ser poetizados y cantados, regresan a nosotros para aclararnos el camino hacia el resurgimiento de la inocencia y la plenitud de la creación.

V

El acto de nombrar es el recuerdo siempre presente de la fiesta en la que el ser se dona y de-signa. Cuando nombramos sagradamente las cosas y el mundo, abrimos nuestro ser a la otredad vacía y perfecta que nos rebasa. Lejos de nosotros, encima de nosotros, habita lo sagrado. Celebramos cantando la lejanía que nos funda. Poetizamos la fuerza arrobadora del instante que nos abandona. Somos poseídos por el extranjero inmortal y misterioso, absortos en el llamado que nos cumple.

La palabra esencial se cierra a nuestro modo ordinario de abordar el lenguaje. El lenguaje comunicacional, que tan llanamente usa las palabras, cierra la posibilidad de acercarse bajo la custodia del poetizar a una experiencia íntima con lo sagrado. Tendríamos que

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El decir esencial de la poesía

devolver al poetizar su carácter ritual. En plena época comunicacional en la que el sentido de lo sagrado ha sido desterrado de la conciencia en la gruesa generalidad de los seres humanos, el lenguaje es permanentemente vaciado, desterritorializado de su suelo nutricio, reterritorializado en la información y la opinión mediocre y general de los medios masivos. El exceso de códigos asesina cualquier poesía. ¿Asesinará también al lenguaje? En la era de la técnica el lenguaje está monopolizado por el código y la estructura genética de los sistemas de información, en donde se sepulta al enigma. De repente todo anda por ahí develado y divulgado a los cuatro vientos, transparentado y blanqueado, sobresignificado. Exceso de información, obscenidad comunicacional. Por eso se trata a las palabras como meros objetos de tráfico, como información, obedeciendo a la ley de un intercambio ciego que las inscribe bajo los códigos de la opinión pública, haciéndoles perder su posibilidad singular de esenciación y revelación creadora.

Todo poetizar es singular, cada poema tiene una luz irrepetible. Nombrar poéticamente nos significa hoy: retornar al mito y a la celebración del enigma insondable de la existencia cósmica y sobrehumana.

Poetizar es nuestro modo peculiar de habitar la tierra, el modo humano de ser mundo y de rebasar la inexistencia que nos cumple, el desasosiego del alma ante el silencio imposible. Poetizar es nuestra forma de habitar la tierra celebrando. Habitar no es petrificarse y enclaustrarse, habitar es dejar ser el mundo en nosotros en comunicación estrecha con las fuerzas que nos rebasan y existen plenas, afuera-adentro de nosotros. Habitar poéticamente significa fundar la ciudad de la luz y el sentido prístino del ser. Nuestra fundación se da en los predios del decir, que debe retornar a un hacer puramente simbólico del cuerpo sobrehumanizado, convertido en el espejo-cristal de la permanencia y el retorno centelleante de lo eterno afirmativo. Nuestro decir, nuestro habitar vuelve a ser cósmico y sagrado.

Creamos el mundo porque lo nombramos. No hay ser sin lenguaje; por fuera de él, la abismalidad irreferencial y retraída. La donación del lenguaje es el acto creador que nos permite fundar y establecernos en la tierra, el Verbo que se encarna y materializa, que toma cuerpo. Cuando poetizamos y cantamos el misterio innombrable, no estamos inventando consuelos ni salvaciones metafísicas, ni religiones sin Dios. Nos contentamos con celebrar a la tierra como nuestra morada común e insustituible. Nos contentamos con existir sin saber de dónde venimos ni hacia dónde vamos. Poetizar es dar a luz, dejar ser lo retraído e innombrable. Por eso el “decir esencial” de la poesía nos ilumina el abismo sin fundamento de aquello que pasa sin pasar. La fiesta de la creación se celebra en nuestra casa. Celebramos

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poéticamente al lenguaje como nuestra más misteriosa donación, aproximación reveladora de lo eternamente lejano.

VI

Estamos poseídos por la magia del instante en el que retorna el espíritu al misterioso círculo de la eternidad. Vagamos en la noche de los tiempos como estrellas fugaces y cometas muertos. Nos decimos para existir hipnotizados por la visión de la vida en el espejo doble del mundo.

Somos la muerte cantando y diciendo la vida, somos los signos del vacío que han salido de sí mismos y se despliegan en el espacio, convertidos en tiempo y memoria de lo que permanece sin tiempo ni memoria.

Abrazamos el cuerpo del dolor y asimos el sentido del tiempo ante nuestra derrota de eternidad. Somos efímeros como la voz de los comienzos, incesantes e insistentes como la sucesión de los astros en el cielo.

Palabra-rayo nuestra extraña condición de ser pasos y sueños en el silencio oscuro del mundo.

Palabra-memoria de ir hacia lo irremediable, de partir del ombligo cósmico y no moverse sino como imagen del sentido inexistente.

Palabra-canto nuestra celebración del designio transfigurador y oculto, inexistente para los ciegos de pensamiento y los inhábiles del espíritu.

Palabra-respiración de las fuerzas creadoras en nuestro interior desierto e inconstante. Destello de la permanencia y el enigma en nuestro ir apagándonos lentamente.

Restos de los restos de la gran explosión, incertidumbres hechas carne y materia de astros. Encuentros de la noche con el día, nupcias del ser y el no-ser, del tiempo con la eternidad.

Pasos alados sobre el Loto inmóvil cristalizado. Brújulas del porvenir y del sentido del giro en la espiral del Gran Día de la Vuelta y el Saludo de los Dioses.

Embriones del hombre luminoso, portadores de la energía renovadora. Estrellas raudas hacia el agujero sin nombre. Ilusiones propagadas al interior de la esfera del gran fuego boreal e inextinguible.

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El decir esencial de la poesía

El Verbo, respiración de la tierra, mueve en nosotros la gran Sierpe interior y enigmática de la energía creadora y la voluntad.

Existimos cada uno como galaxias diminutas marchando hacia el Caos inenarrable, somos lo que decimos y cantamos. Nada, nadie, todo; seres sin sosiego lanzados a la eternidad.

VII

Poetizamos lo que se nos escapa. Lo inasible nos mantiene en el pensar. En lo cercano, en lo próximo, presentimos la lejanía. ¿Quiénes más lejanos que nosotros? Sólo los dioses no son lejanos ni cercanos, existen plenamente pasando sin pasar. En su paso, en su transcurso son eternos. Las palabras persiguen ese destello. La poesía se obsesiona, sufre la fascinación de ese fulgor divino. Y va tras ello, hacia lo lejano. Poetizar nos aproxima lo lejano, nuestro mundo no es, no podría ser, sin esa aproximación de lo inasible. El juego que el poetizar establece con lo innombrable, en lo que se compromete con él, es en mantener vivo el enigma. Sin enigma el lenguaje se agota. ¿No mata a la filosofía el exceso de razón? ¿No se abisma la poesía en su propia banalización? Cuando se cree haber develado el enigma, la poesía y el pensar se ven seriamente amenazados. No se puede abolir el enigma. Es un crimen que el destino no perdona. Si se suprime el enigma nos hundimos en la inesencialidad. Es como señala Jean Baudrillard: nuestra época comunicacional suprime el enigma y se hunde en la obscenidad, en un mundo en que todo se dice y se transparenta, pero aquello que se dice ya no dice nada, y aquello que se devela ya no devela nada, porque no hay enigma.

En el poetizar las palabras no se avienen de cualquier manera. Las palabras nacen medidas, con una precisión que ninguna máquina podría alcanzar. En el pensar las ideas irrumpen con un ritmo, direccionadas, tejidas, llegan con su propia envoltura como huevos luminiscentes. Ahí está lo esencial de su decir. Decir para esenciar, para otorgarnos el sueño de las formas perfectas, acabadas. Por eso todo arte es poético, en cuanto otorga medida, forma, completud.

Ahí está lo maravilloso de la poesía, nos abre de pronto esas posibilidades que son las formas, pero nos deja perplejos porque nunca sabremos a qué obedece este poder. No tiene causa, aquí la causalidad no funciona, es un efecto, quizás el más puro de los efectos, se da, sin explicación, misteriosamente. Las cosas en cuanto tales no encierran ningún misterio. Lo enigmático son las palabras con las que habitamos el mundo. Nuestra esencia es vivir el enigma. Como estamos destinados a las palabras, no seríamos si el enigma no permaneciera. ¿Qué ha generado más catástrofes en la humanidad que

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los dogmas y los fundamentalismos? El dogmatismo parte siempre de una verdad revelada, y con esta “verdad” oscurece el mundo. La era comunicacional no es más que el ominoso carnaval de las ideologías y los esquematismos que publicitan y gritan a pulmón batiente sus “pequeñas verdades”. ¿Diría por eso Heidegger que lo gravísimo de nuestra época grave es que todavía no pensemos? El dogmatismo no piensa, su aparente develamiento destruye en él cualquier idea. Heidegger decía bien, pero yo agregaría: lo gravísimo de nuestra época grave es que no poeticemos aún.

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EL GRAN RECHAZO (BLANCHOT)

Arturo Restrepo

I. La Muerte.

La cuestión de la muerte está muy presente en la mayor parte de los ensayos de Maurice Blanchot. El presente ensayo se atiene al escrito El Gran Rechazoque pertenece al libro El Diálogo Inconcluso (L´Entretien infini): un rechazar comprendido como la negativa a detenerse ante el enigma que es la extrañeza de la muerte de lo singular, una experiencia que está íntimamente relacionada con el lenguaje que la soporta como su propia angustia. La muerte en Blanchot alude a un pensamiento del afuera (La pensée du dehors) que se caracteriza por estar fuera de toda subjetividad para hacer surgir la muerte exterior, que él nombra bellamente como la secreta disolución, la corrupción universal que rige cuanto es, o de manera maravillosa como la soberanía de un instante en que todo desaparece, cuya suerte está ligada a la poesía (la escritura) que reafirma la plenitud de su vacío, pero también a todo discurso, incluso la filosofía, que se relaciona con ella mediante la negación por una necesidad verdaderamente capital, esa necesidad que emana de la misma muerte para que sea posible un espacio de permanencia para la vida humana. Entonces la muerte, en su puro origen vacía y trivial, se invierte en acción mundana que es el tiempo del trabajo, proyecto, cálculo, producción, utilidad, posesión, todo lo que concierne a la preocupación por el futuro. El lenguaje es el instrumento para llevar a cabo esta inversión, su palabra es sentido, poder, valor de verdad. “Todo nuestro lenguaje que tiene naturaleza divina –decía Hegel– inmediatamente invierte cuanto nombra para transformarlo en algo distinto”. La palabra es valor, poder de verdad que transforma la muerte, puesto que ya no es la disolución inmediata de lo que es, sino la muerte ideal que construye mundo. La filosofía nos da testimonio de esta negación de la muerte, cuando el poder del espíritu (el concepto) consiste en hacer entrar la muerte en la interioridad de la conciencia para que sea posible un saber de sí misma. Esta experiencia de la inversión dialéctica de la muerte puede leerse al comienzo de La Fenomenología del Espíritu, en la certeza sensible, donde lo singular manifiesta la riqueza de su contenido como la plenitud del puro vacío, cuya esencia es el instante en que todo desaparece. “El ahora es la noche”; pero este ahora tiene que ser transformado por la conciencia en un tiempo distinto de aquel en el que se abisma, precisamente en “el ahora, que no es precisamente el mismo que era, es decir algo inmediato, sino algo reflejado en sí o algo simple, que permanece en el ser otro de lo que es. Un ahora que es absolutamente muchos ahoras, y esto es el verdadero ahora como un día simple que compendia muchos ahoras” (Hegel). El ahora es el espectro del instante desvanecido que da comienzo a la historicidad de la

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El decir esencial de la poesía

conciencia, al invertir la mirada de la realidad sensible. De este modo, ha superado el ser de las cosas sensibles y la aniquilación presente en ellas que lleva a la terrible desesperación, “aquello que no brinda ningún punto de apoyo ni de suspensión, el terror de lo inmediato que impide toda aprehensión, la conmoción del caos”. Pero en esta victoria del espíritu, que no es más que retroceso ante todo lo que muere al encerrarlo en la interioridad de nuestra lógica y bajo la garantía de nuestra razón, hay algo muy grave, una derrota a juicio de Blanchot, una traición única a una muerte sin verdad ni pensamiento, irreductible a toda acción, que únicamente la poesía (la escritura) puede reafirmar. Si la filosofía ha tenido su origen en la necesidad de rechazar la muerte, la poesía, por el contrario, lo ha tenido en la necesidad de reafirmarla, mediante el esfuerzo tenso de las imágenes, tratando de volver a captar el acto de la presencia sensible (“la hoja rota de la hiedra, la piedra desnuda, un paso diseminado en la noche” –Bonnefoy), tratando de recobrar en su habla lo que se ha desvanecido, “lo que jamás será dos veces”, tratando de recobrar en su habla el ser de un instante en un lugar fortuito, que tengo que deformar para nombrarlo, para tener un espacio de permanencia. Y aquí evoca Blanchot el eterno tormento del habla poética, cuando su “esperanza se devuelve hacia lo que siempre se pierde, por la necesidad capital que tiene de ser su pérdida a fin de decirlo”. Esta experiencia la encuentra Blanchot en el poeta Hölderlin, que en su habla ha padecido el desgarramiento de lo que siempre se pierde.

II. El Tormento de lo Inmediato.

Jetzt aber tagts! Ich harrt und sah es kommen, Und was ich sah, das Heilige sei mein Wort

¡Mas ahora amanece el día! Esperaba, lo vi llegar, Y lo que he visto, lo Sagrado sea mi palabra.

Blanchot comienza la interpretación de estos versos de Hölderlin que aparecen en el Himno Como en un Día de Fiesta a partir de la palabra Das Heilige, lo Sagrado. Esta palabra no indica ya lo referido al dios y al culto divino, sino a la sencillez de la presencia inmediata. Es el cuerpo que pasa y nunca deja de pasar, que René Char aprehende como le passant, y Baudelaire en su poesía como la belleza dentro de la muerte misma. Lo Sagrado es la realidad de la presencia sensible, o como dice Hölderlin la potente presencia de la Naturaleza, naturaleza que es más antigua que las edades y los dioses de Oriente y Occidente, nacida del Caos Sagrado (Chaos Heilige), aquello que “no brinda ningún punto de apoyo ni de suspensión, el terror de lo inmediato que impide toda aprehensión”. Pues bien, esta presencia inmediata es la que quiere devolvernos la verdadera poesía, que acoge como su don imposeíble a través de una búsqueda que consume la vida. La poesía quiere dar la vuelta para verfrente a frente lo Sagrado por el camino

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del desvío de la palabra. Pero aquí no se trata de liberarse del terror de lo inmediato; más bien se trata de la solicitud del poeta, que sólo desea “percibir en el flanco de alguna montaña, un cristal que refleja el sol de la tarde”.

Lo Sagrado, la singularidad inmediata, es lo que desea experimentar la poesía por la vocación de la palabra. Mantener abierto, a través del habla poética, el instante de la presencia que se desvanece. Deseo imposible, por demás, porque no podría haber captación inmediata de lo inmediato. Hölderlin lo afirma en el fragmento titulado Lo más Alto: “Lo inmediato tomado en rigor es imposible tanto para los seres mortales como para los inmortales”. Esto significa que lo inmediato original rechaza toda relación directa, toda fusión mística, lo mismo que rechaza toda mediación de un intermediario. De modo que estamos recusados por todas partes, expulsados por la presencia inmediata de toda posibilidad humana. Empero, no hay que ver en ello un problema de nuestro poder de representación, sino que la esencia de la presencia sensible es su carácter de imposible para los mortales e inmortales, porque la presencia inmediata nunca está presente al modo del ente que permitiría toda relación con él: “Es la presencia de lo no-accesible que desborda todo presente”. Por lo tanto, la presencia es lo radicalmente ausente, que Blanchot también piensa como lo totalmente Otro irreductible a lo Mismo, aquello que nos rebasa absolutamente, aquello entre lo cual y yo mismo hay una distancia infranqueable, aquello que no tiene nada común conmigo, que no se deja atrapar en ningún concepto, pues no pertenece a nuestro horizonte de representación. Es el Extraño Extranjero, aquel Desconocido que constituye la esperanza del habla poética. Esperanza de que lo Sagrado sea la palabra, a condición de que la imposibilidad sea la única forma de relación con lo inmediato, una relación que escapa a todo poder reservando para sí la ausencia infinita de la presencia inmediata.

La poesía es la llamada anhelante de lo Desconocido que encontramos en los versos de Hölderlin: “¡Ahora, he aquí el día! Esperaba, lo vi llegar. Y lo que he visto, lo Sagrado sea mi palabra”. Primero está el ahora que irrumpe como un relámpago en que despunta el día, que es el tiempo en que la Naturaleza se despierta con un fragor de armas nacida del Caos sagrado. Inmediatamente después de este presente el poeta pierde lo que ha visto, pues el ahora se ha desvanecido. Ha experimentado del ahora una pérdida que lo hunde en el tiempo del desamparo y en la desnudez sin compañía, siente el dolor del don imposeíble de la presencia inmediata. Abandonado por el ahora, semejante a Empédocles para quien estar solo y sin dioses es la muerte, el poeta tiene que vivir de nuevo lo infinito de la espera en que la Naturaleza parece dormir en el cielo o entre las plantas o en los pueblos, que el rostro de los poetas se entristece porque parecen abandonados por ella. Sin embargo, el

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tiempo de la espera o la ausencia infinita de la presencia es, al mismo tiempo, el presentimiento donde se prepara la llegada y la visión de lo que siempre retorna: Esperaba y lo vi llegar, dice Hölderlin, anunciando el retorno de lo que ha visto; entonces siente que el entusiasmo creador vuelve a nacer. Pero, ¿qué es lo que retorna?No lo mismo, porque es imposible. Lo que llega es la palabra de lo que ha visto el poeta, algo indeterminado que se dice en neutro, que entraña la cercanía del ahora en que despunta el día que sólo se ve dispensado en la palabra poética. Es el ahora desvanecido rememorado en el presente de la palabra neutra.

Pero, ¿qué es lo neutro? Lo neutro no sólo es una cuestión de vocabulario, sino que indica la relación con lo Desconocido. Por eso, decía Blanchot, lo neutro no pertenece a un tercer género que se opone al masculino y al femenino y que determina una clase determinada de entes. Rechaza tanto la pertenencia a la categoría del objeto como a la del sujeto, pues siempre está relacionado con lo singular inmediato inaccesible a toda representación. Lo Desconocido siempre se piensa en neutro, un decir que ha ocupado los primeros lenguajes del pensamiento occidental, el de Heráclito, con sus palabras la cosa-sabia, la cosa-común, lo Uno, lo muerto, para después caer en la domesticación que opera en toda la historia de la filosofía cuando se lo reduce a la primacía de la vida del espíritu. Lo Desconocido no es, de ningún modo, lo que aún no se conoce, tampoco lo absolutamente incognoscible privado de toda expresión. Al contrario, es aquello que la poesía y el pensamiento afirman en la palabra (la escritura) a condición de que lo Desconocido permanezca desconocido, afirmación de lo Desconocido al solamente indicarlo o señalarlo como el niño que apunta con su dedo el azul del cielo. Pero, ¿cómo lo indica o lo señala? En el presente del deseo en el cual se presenta la ausencia, deseo expresado por Hölderlin en la súplica de su palabra: Lo Sagrado sea mi palabra.Este es el secreto de la poesía que, al no poder captar la presencia inmediata, sólo puede entregarse, tras haber visto, al movimiento del deseo que evoca e invoca el porvenir de todo lo perdido. Es la plenitud del deseo en que lo Sagrado tiene que ser palabra, y más aún, mi palabra. Solicitud que menciona la experiencia límite de la poesía, pues cuanto ha visto el poeta sólo puede reunirlo en la intimidad de la extremidad de la palabra, o en el Canto nacido del sol del día y de la tierra ardiente, de las borrascas del aire y de otras borrascas preparadas de las profundidades de los tiempos.Un deseo que no alcanza lo Desconocido, que no puede hacerlo, sino que lo hace Canto como el recuerdo estremecedor de lo que ha visto. Lo Desconocido es deseo poético, pero en cuanto no es una aprehensión. Tal es lo esencial. Hablar lo Desconocido, acogerlo en el habla dejándolo desconocido, negándose a identificarlo a partir de lo Mismo. Se trata de vivir con lo Desconocido ante sí, de tal modo que se torne la pregunta más profunda, aquella que obsesionaba a René Char: ¿Cómo vivir sin desconocido ante sí? Una pregunta que no

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busca dar ninguna respuesta definitiva, pues sería la muerte del deseo, sino que es la búsqueda de lo Desconocido sin alterarlo que adquiere su sentido en el poema como “el amor realizado del deseo que permanece deseo”.

El deseo es lo que nombra también Bonnefoy como la esperanza: “Quisiera reunir, quisiera identificar casi, a la poesía con la esperanza”. Para él, hay dos tipos de esperanza como hay dos poesías: una quimérica, mentirosa y fatal, y otra que tiene que reinventarse, que tiene que fundar una nueva esperanza, de tal modo que la realidad de la poesía sería la exuberancia de dicha esperanza. Esta esperanza que debe reinventarse, o agenciarse en otro sentido –como diría Deleuze– consistiría en ser desterritorializada de la mala esperanza que la hace pasar por el ideal, el cielo de la idea, la belleza de los nombres, la abstracción del concepto, la terrible inquietud del espíritu como diría Hegel. Una esperanza que más bien sería el porvenir de una promesa, que acogería en su habla poética (la escritura) la presencia de la sencillez de Lo que es: la hoja rota de hiedra, la piedra desnuda, un paso diseminado en la noche. Una esperanza que tendría como novedad que siempre permanecería esperanza, lejos de toda aprehensión o cualquier posesión de lo que quiere acoger, lo Desconocido. Nombrar lo que sólo está presente en el espacio de la esperanza como el lugar que debe ocupar toda poesía verdadera, que estaría a cielo descubierto en relación con lo Desconocido, sin refugio alguno, como los poetas a quienes corresponde estar con la cabeza desnuda bajo las tormentas de Dioniso, y acoger con las manos el rayo paterno, y brindar al pueblo con el Canto el don celestial.La esperanza siempre está a la espera de Lo que es, lo Desconocido, que Bonnefoy llama lo improbable que es el punto de encuentro entre la posibilidad y la imposibilidad, las dos dimensiones que acogen todo el lenguaje.

III. El Lenguaje Posible y el Pensamiento (de lo) Imposible.

El lenguaje como poder pertenece a nuestro mundo cotidiano. La posibilidad es lo que funda nuestra realidad puesto que el hombre (Dasein) es esencialmente posibilidad, ella determina el ser del hombre. De tal modo que uno es lo que es sólo si tiene la posibilidad de serlo. Proyectamos nuestro ser como posibilidades en el mundo. La posibilidad es una de nuestras dimensiones esenciales; sin ella no tendríamos mundo, mucho menos porvenir, por lo tanto la posibilidad es apropiación de ser. Incluso la muerte es poder ser, no un simple acontecimiento que va a sucederme algún día que terminará con mi vida, sino una posibilidad de mi ser que me pertenece desde el momento de mi nacimiento, que es una privación mía puesto que nadie puede morir por mí, sino yo mismo en mi soledad esencial. Una muerte apropiada por mí, de tal modo que a través de una resolución

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solitaria puedo constituir con ella mi mismidad auténtica, comienzo del espíritu donde la muerte es el trabajo de la verdad del ser. El lenguaje es la herramienta para esta empresa de constituir la vida del espíritu, no sin violencia, más temible aún por ser secreta, que se ejerce sobre lo que nombra la palabra retirándole la presencia inmediata para convertirla en el poder del ser que nos confía a un más allá ilusorio, a un porvenir sin muerte, a una lógica sin azar, traicionando la intimidad silenciosa de toda habla que escapa a las relaciones de poder.

La relación de lo imposible, por el contrario, debe ser un lenguaje que escape al movimiento de los poderes por los cuales el mundo no cesa de construirse, movimiento que tiene el conocimiento como medida, y en el que lo que está por conocer, lo Desconocido, tiene que rendirse ante el imperio de la razón. Por lo tanto, el pensamiento de la imposibilidad no podría ser un movimiento fácil, puesto que en él nos veríamos retirados de la vida en que ejercemos un poder, querámoslo o no, por el simple hecho de hablar. Si el pensamiento de lo imposible, lo Desconocido, fuese acogido, tendría que ser por fuera de toda comprensión apropiadora (Dasein), que remite lo diferente y lo otro a la constitución de mi mismidad, en el movimiento de mi propia superación. He aquí una peligrosa dirección –nos dice Blanchot– porque pondría en cuestión toda nuestra vida, sus valores y creencias, para que se anuncie otra medida distinta a la del poder. ¿Cuál sería esa otra medida? Lo Otro, lo otro como absolutamente Otro, ya no ordenado según la claridad de lo Mismo. La idea de lo otro siempre ha estado presente en todas las filosofías contemporáneas, pero de una manera subordinada. Para Heidegger se le considera en relación con el Ser, para Hegel en relación con lo Absoluto. En general, casi todas las filosofías de occidente han reducido lo Otro al problema de lo Mismo, y cuando preguntan por lo otro distinto a mí es para ser reconocido por mí como Ego. Pero en el pensamiento de lo imposible estamos abiertos a lo Otro como totalmente Otro. Es lo que me supera radicalmente, entre lo cual y yo se precipita una distancia infranqueable, con lo cual no tengo nada común; por lo tanto, no puedo reconocerlo ni representármelo a partir de mi Ego. Si me relaciono con él, no a partir de mí mismo, es a condición de mantener esa distancia infinita (la ausencia infinita), sin alterarlo por mis relaciones de poder. El otro es –dice Levinas– el Extraño Extranjero, aquel Desconocido que viene de otra parte y siempre está en parte distinta a donde estamos, pues siempre está por fuera de nosotros mismos: La pura Exterioridad.

¿Cuál sería la experiencia de lo Otro en un tiempo distinto de la posibilidad? No hace falta ir muy lejos: la encontramos en el sufrimiento más común, empezando por el físico (el dolor, la persecución, la desaparición, el encarcelamiento, el desamor, la locura). Sobre todo, aquel sufrimiento que no tiene medida, cuya

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