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Aloe vera 7 edc..qxd 21/09/ :36 Página 3 ALOE VERA

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ALOE VERA

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7ª edición:

© Celestial Connection

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A. Nirvana Libros S.A. de C.V. Ed. Sirio Argentina C/ Panaderos, 9 Calle Castilla, nº 229 C/ Paracas 59 29005-Málaga Col. Alamos 1275- Capital Federal España México, D.F. 03400 Buenos Aires

(Argentina)

www.editorialsirio.com E-Mail: [email protected]

I.S.B.N.: 84-7808-216-6 Depósito legal: B-31.074-2006

Impreso en los talleres gráficos de

Romanya/Valls, Verdaguer 1, 08786-Capellades (Barcelona) Impreso en España

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editorial irio, s.a.

ALOE VERA

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INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN

La utilización clínica del Aloe Vera puede convertirse en el avance médico más importante ocurrido en toda la historia de la humanidad.

Dr. Reginald McDaniel

Durante miles de años, culturas y pueblos muy diversos buscaron y utilizaron las propiedades curati- vas de las plantas, logrando extraer de ellas remedios efectivos para combatir una gran variedad de enferme- dades. En claro contraste con este hecho histórico e innegable, la medicina moderna –al menos la que se

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practica en los Estados Unidos y en la mayor parte del mundo occidental– ha solido adoptar, invariablemente, una postura de arrogancia y desprecio hacia las subs- tancias medicinales que de un modo natural se hallan presentes en las criaturas del mundo vegetal.

Sin embargo, un fenómeno curioso y esperanza- dor se está manifestando en los últimos tiempos: cada día son más las personas convencidas de que la mejor cura para las enfermedades del hombre no siempre proviene de productos sintéticos, creados en la esterili- dad de los tubos de ensayo y luego fabricados por los poderosos consorcios farmacéuticos.

Pero este regreso a lo natural tampoco está exento de trampas y tropiezos. El excesivo mercantilismo en que estamos inmersos y la manipulación que de los hechos suele hacer la publicidad, están convirtiendo estos últimos años del siglo en la época de las substan- cias nuevas y “milagrosas”, apoyadas ostentosamente todas ellas en su supuesta cualidad “natural”.

La planta protagonista de este libro no es un hecho nuevo. Los primeros registros escritos de sus cualida- des curativas coinciden con los albores de la historia humana y la gran variedad de nombres por los que ha sido y es conocida todavía son un claro indicio de su

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amplia difusión y de su gran popularidad. Aloe, babo- sa, pulpo, cola de dragón, sábila, bilis de elefante, lu wei, curandero silencioso, planta milagrosa, kumari, lirio del desierto, planta de la inmortalidad, planta que cura, acíbar o mussabar, son sólo algunos de los califi- cativos y nombres con que pueblos muy diversos la han designado a través de los tiempos.

Procedente de un pasado folklórico y misterioso, el áloe ha irrumpido con una fuerza tremenda en la escena del mundo actual, conquistando espacios cada vez mayores en campos tan diversos como la investi- gación, la medicina, la cosmética y el comercio. En menos de tres décadas se ha convertido en un fenóme- no notable, complejo y polifacético. Tanto es así que cualquiera de las siguientes definiciones podría haber servido como subtítulo para el presente trabajo:

– Planta decorativa.

– Remedio milagroso para las quemaduras.

– Hierba sagrada, generadora de buenas vibraciones.

– Cura-lo-todo de la medicina tradicional.

– Nuevo y potente medicamento contra el cáncer y el SIDA.

– Fabuloso negocio de miles de millones de dólares.

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Todo esto y mucho más es el áloe vera. Pretender encajonarlo en uno o varios de sus múltiples aspectos sería presentar un cuadro limitado y parcial. En las siguientes páginas trataré de mostrar una visión lo más amplia posible de este sorprendente fenómeno, cuyas últi- mas consecuencias estamos todavía lejos de imaginar.

Quiero manifestar que ni yo, ni ninguno de los miembros de mi familia poseemos intereses en el negocio del áloe y que tampoco mantengo ningún tipo de relación con compañía o persona alguna dedicada a la producción o comercialización de productos deriva- dos de esta planta.

Aunque las cualidades curativas del áloe vienen avaladas por miles de años de historia y están siendo confirmadas por los más recientes descubrimientos científicos, este libro en absoluto pretende ser un manual de diagnóstico ni servir de pauta para la auto- medicación. Aconsejo encarecidamente al lector que antes de realizar algún cambio en su dieta o en su tra- tamiento actual, consulte siempre con su médico.

Neil Stevens

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CARACTERÍSTICAS CARACTERÍSTICAS BOTÁNICAS DEL ALOE BOTÁNICAS DEL ALOE

El áloe es una planta suculenta perteneciente a la familia de las liliáceas, por lo que está emparentada con las cebollas, los ajos, los espárragos, los tulipanes, los lirios y los jacintos. Familia ciertamente muy diver- sa en cuanto a aspectos y aromas, pero que en el momento de la floración muestra de un modo inequí- voco su identidad. Como todas las liliáceas, sus flores

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presentan un periantro formado por seis partes, sin dis- tinción entre el cáliz y la corola y con seis estambres en su interior. Las flores del áloe suelen tener forma tubu- lar o de trompeta y están dispuestas en racimos, al final de uno o varios tallos que surgen de entre las hojas.

Sus colores pueden variar desde el amarillo claro has- ta el rojo, según las especies.

Existen más de 260 especies de áloes y su número crece sin cesar, ya que constantemente se están crean- do nuevos híbridos. Su tamaño varía desde algunas especies que apenas miden unos centímetros, hasta ciertos áloes africanos que llegan a alcanzar alturas superiores a los 15 metros, algunos de ellos verdaderos árboles con abundantes ramas, y otros con aspecto de palmeras. Muchas de las especies clasificadas son real- mente el mismo tipo de planta que se ha ido adaptando a los distintos ambientes. En otros casos una sola espe- cie es denominada de modos diversos, como ocurre con la variedad estudiada en este libro, conocida como Aloe vera (Lineo) y también como Aloe barbadensis (Miller).

Además del áloe barbadensis Miller o áloe vera, las otras variedades más conocidas y utilizadas por sus cualidades medicinales son el áloe arborescens, el áloe

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chinensis, el áloe socotrino, el áloe ferox, el áloe sapo- naria, el áloe striatula, el áloe variegata, el áloe lati- folia y el áloe curaçao.

Las plantas suculentas

Una de las características comunes a todas las plantas suculentas es su hábitat desértico o semidesér- tico, aunque también se las suele encontrar sobre las áreas rocosas de las zonas templadas donde las preci- pitaciones pluviales sean escasas. Por ello sus carnosas hojas (o en otros casos sus troncos o sus raíces) están acondicionadas para almacenar grandes cantidades de agua durante mucho tiempo y están provistas además de un sistema que les permite cerrar herméticamente sus estomas durante las horas de sol, a fin de evitar la evaporación. También suelen estar armadas de espinas para desanimar a los animales que de otro modo se atreverían a calmar su sed con ellas. En el caso del áloe vera las espinas no son ciertamente una gran amenaza, pero el sabor amargo de su savia constituye una buena defensa adicional contra los animales herbívoros.

Las plantas suculentas deben también ser capaces

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de absorber el agua con mucha rapidez, por ello suelen disponer de una compleja red de raíces que apenas penetran unos centímetros en el suelo, lo cual les per- mite captar rápidamente el agua de las escasas precipi- taciones y también el rocío. El interior de sus hojas contiene una substancia mucilaginosa que posee la propiedad de expandirse como una esponja a fin de almacenar en ella el agua. El hecho de que durante el día sus estomas estén herméticamente cerrados hace que la “respiración” de este tipo de plantas sea total- mente distinta a la del resto de los vegetales; así, cier- tas substancias gaseosas que en otras plantas son expulsadas a la atmósfera, en las suculentas son con- vertidas en azúcares y en almidón, que posteriormente sirven también como alimento para la planta.

Aloe y ágave

La confusión entre estas dos plantas es muy común. Los ágaves (pitas, magueyes o sisales) com- parten el mismo hábitat que los áloes y a primera vista su aspecto es muy semejante. Aunque el tamaño de la variedad más usual de pita (ágave o maguey) en los

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climas templados y áridos es mucho mayor que el del áloe, existen otras especies de menor tamaño que pue- den ser fácilmente confundidas. La diferencia botánica más importante entre ambos está relacionada con la floración. Los ágaves sólo florecen una vez en su vida, mientras que los áloes suelen hacerlo varias veces cada año. Las flores del ágave son también diferentes, sin confusión posible con las tubulares o en forma de trompetilla del áloe. Asímismo el tallo que sostiene a las flores del ágave surge totalmente vertical, desde el centro mismo de la planta, mientras que en los áloes nace lateralmente, de entre las hojas. Sin embargo quizás el medio más fácil de averiguar si una planta es áloe o ágave sea observando la textura de sus hojas.

Mientras en el áloe las hojas son carnosas y relativa- mente blandas –incluso en las contadas especies de hoja dura, ésta se puede partir con facilidad– en los ágaves su tejido es mucho más duro y correoso, siendo imposible partirlas o desprenderlas de la planta con la mano, pues poseen en su interior fuertes y abundantes fibras longitudinales. Durante cientos de años algunas especies de ágave fueron cultivadas para aprovechar esas fibras, llegando a constituir una gran riqueza para algu- nas regiones, como ocurrió con el sisal en la península

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del Yucatán, hasta que a principios de la década de los años 60 la popularización de los plásticos y las fibras sintéticas hicieron que su cultivo dejara de ser ya ren- table.

La reproducción

Los áloes se reproducen mediante la fertilización de sus flores con el polen procedente de otras plantas, operación que tiene lugar gracias a los insectos –y tam- bién a los pájaros– que van de una flor a otra para absorber su néctar. Una planta de áloe no se puede fer- tilizar a sí misma, forzosamente debe recibir el polen de otra planta, por lo que se dice que es “autoestéril”.

Una vez fertilizada, la flor pierde sus pétalos y madu- ra hasta convertirse en un pequeño fruto, que poste- riormente desprende sus semillas que son desparrama- das por el viento. Sin embargo, parece que la Naturale- za consideró que este medio de reproducción no era suficiente para una planta que con frecuencia debe vivir en condiciones muy difíciles, por lo cual le con- cedió también la posibilidad de reproducirse mediante estolones o retoños, que nacen en la base del tallo,

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unos centímetros por debajo de la superficie de la tie- rra, formando así nuevas plantitas que crecen junto a la planta “madre” llegando de este modo, en estado sil- vestre, a formar verdaderas colonias de gran densidad.

Estructura de una hoja de áloe

Si cortamos transversalmente una hoja de áloe con un cuchillo muy afilado veremos que la parte externa es una corteza de unos 2 mm de espesor, de color ver- de claro, que rápidamente comienza a segregar un líquido amarillento. Dicha corteza envuelve a la pulpa, que es una masa acristalada, gelatinosa e incolora, aun- que mientras está dentro de la hoja puede aparentar un color obscuro. Si pudiéramos observar esa corteza ver- de con un microscopio veríamos que en su parte exte- rior está formada por varias capas de células epidérmi- cas que constituyen una membrana elástica, cuya característica más peculiar es la de volverse totalmen- te impermeable, cerrando herméticamente todos sus estomas durante las horas de sol. Inmediatamente deba- jo de la membrana exterior y ocupando casi la totalidad de la corteza, viene una zona de canales longitudinales,

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perfectamente apreciables al separar con el cuchillo la corteza de la pulpa. Por esos canales circula la savia de la planta, de color amarillo y muy rica en una substan- cia amarga conocida como aloína. Finalmente en el centro de la hoja y ocupando la mayor parte de la mis- ma se halla la pulpa, formada por células parenquimá- ticas que constituyen el característico tejido esponjoso y mucilaginoso en el que la planta almacena sus reser- vas de agua. También la pulpa posee algunos canales longitudinales apreciables a simple vista, más abun- dantes junto a la corteza que en el centro de la hoja.

Algunos autores insisten en que las substancias terapéuticas del áloe están concentradas únicamente en la pulpa, mientras que otros manifiestan que se hallan sólo en la corteza y, concretamente, en la savia. Sin embargo, tanto las referencias históricas como los más recientes descubrimientos parecen apuntar hacia una acción combinada de ambas, sin que sea posible des- cartar totalmente a una u otra, como veremos en los siguientes capítulos.

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EL ALOE A TRAVÉS EL ALOE A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS DE LOS TIEMPOS

Si en toda historia antigua resulta difícil separar la leyenda de los hechos realmente acaecidos, al investi- gar los usos del áloe en otras épocas y culturas ésta labor se hace prácticamente imposible. Leyenda, mito, historia e invención, están tan entrelazadas en el pasado de esta planta que en muchos casos es imposible saber dónde termina una y dónde se inician las demás. Todavía en nuestros días, muchos de esos mitos e inexactitudes

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son activamente propagados por algunos de los moder- nos mercaderes del áloe. La siguiente es una breve crónica de esa sorprendente amalgama de historia y leyenda.

Egipto y Sumeria

Las más antiguas representaciones pictóricas de esta planta fueron halladas en sepulcros y monumentos funerarios del antiguo Egipto, procedentes de hace más de 5.000 años. En el Egipto de los faraones el áloe era una planta reverenciada. Se le atribuían poderes espiri- tuales y era conocida como “la planta de la inmortali- dad”. Sus representaciones cubrían las paredes de los templos y, con mucha frecuencia, los laterales de las tumbas de los gobernantes. Una hoja de áloe pendía de las puertas de las casas y una pequeña planta solía ser regalada a quienes contraían matrimonio o iniciaban alguna actividad comercial.

Sin embargo, los registros más antiguos referentes a su uso medicinal no proceden de Egipto sino de Sumeria, antecedente de lo que más tarde sería la pode- rosa civilización mesopotámica. En unas tablillas de

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arcilla halladas en la ciudad sumeria de Nippur, proce- dentes del siglo XVIII antes de nuestra era –descifra- das finalmente en el año 1953–, se describen ya con todo detalle las cualidades laxantes del áloe.

Pero independientemente de sus atributos espiri- tuales, las virtudes terapéuticas del áloe también eran conocidas en Egipto desde muy antiguo. El Libro Egipcio de los Remedios o “papiro Ebers” (redactado alrededor del año 1550 a.d.C. y cuyo original se halla en la Universidad de Leipzig) relata por lo menos doce fórmulas medicinales en las que el áloe ocupaba un papel destacado.

Algunos estudiosos creen que el jugo de esta plan- ta formaba parte del ungüento utilizado por los anti- guos egipcios para embalsamar los cadáveres de los nobles y de los faraones, cuya fórmula, por cierto, no ha podido ser todavía descubierta pese a los numerosos intentos realizados.

Se ha dicho también que las reinas egipcias Nefertiti y Cleopatra se bañaban cada día en áloe y que ese era el secreto de su extraordinaria belleza. Lo cier- to es que de Nefertiti no sabemos gran cosa. En cuan- to a Cleopatra, si damos crédito a cuanto se ha dicho de ella, parece que se bañó en todo lo imaginable.

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El áloe bíblico

Con cierta frecuencia el áloe suele ser calificado como “planta bíblica”, pues tanto en el antiguo como en el nuevo testamento aparece citado algunas veces.

Lo vemos en el libro de los números: “..se extienden como los valles, como los jardines al lado de un río, como los áloes sembrados por el Señor...” Lo vemos también en El Cantar de los Cantares: “...junto a toda clase de árboles, de incienso, mirra y áloe, con los per- fumes más finos...”, en el Salmo 45: “tus vestidos hue- len a mirra y áloe...” y en el libro de los Proverbios:

“...he perfumado mi lecho con mirra, áloe y canela”. Y aparece también en el Evangelio de San Juan, en los versículos que relatan la llegada de Nicodemo con cien libras de una mezcla de mirra y de áloe, para embalsa- mar el cuerpo de Jesús. Algunos autores ven en este pasaje la confirmación de su teoría según la cual esta planta habría sido utilizada en las artes funerarias egip- cias. Estas citas han hecho que muchos, indebidamente, le hayan conferido al áloe el título de “planta bíblica”.

Y digo indebidamente porque el ahaloth bíblico, traducido como áloe en las citas mencionadas, no tie- ne nada que ver con la planta protagonista y estrella de

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este libro. El áloe bíblico es un árbol leñoso, de made- ra pesada, resinosa y aromática, que al ser quemada produce un perfume agradable y tranquilizante y cuyo aceite era utilizado como perfume. Se trata del árbol aquilaria agallocha, que crece en abundancia en algu- nas zonas montañosas de la India y del Tíbet. Nuestro áloe no huele mal, pero entre sus numerosas cualidades no está la de ser una planta especialmente aromática, que pudiera utilizarse para perfumar lechos ni prendas de vestir. En su famosa obra Historia de los Judíos, el historiador Flavio Josefo (37-95) lo aclara definitiva- mente, al relatar el modo en que los esenios lavaban el cuerpo de los difuntos: “...con agua de nardos, incien- so y áloe, pero no el que se obtiene machacando esa planta amarga que se aplica en las heridas, sino el pro- cedente de la India, que llaman también agallochon, de exquisito perfume”.

Todas las ediciones comentadas de la Biblia hacen claramente esta diferenciación entre ambos áloes. Pero ello no ha impedido que el mito del áloe como planta bíblica siga siendo activamente difundido por algunas personas y compañías dedicadas a la fabricación y comercialización de productos de áloe. En algunos casos esta mezcla de religión y comercio roza lo grotesco:

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“Si fue bueno para Jesús, ¡también es bueno para mí!”, dice orgullosamente un autor (y empresario) nortea- mericano del áloe.

Los árabes

Los árabes fueron los primeros que transformaron el áloe en un extracto comercial. Con los pies y con prensas de madera machacaban las hojas para extraer la savia y la pulpa. Seguidamente la almacenaban en pieles de cabra y luego la secaban al sol. La principal utilización de este polvo de áloe era como laxante, pero hay constancia de que lo usaban también con otros fines terapéuticos, tanto aplicado externamente como ingerido. Los mercaderes fenicios fueron quienes extendieron su utilización por todo el imperio greco- rromano y también por los países asiáticos. Se cree que la palabra áloe es de origen árabe y su significado es, precisamente, “amargo”. En el imperio persa las pri- meras referencias a la utilización médica del áloe pro- ceden del siglo VI antes de nuestra era y en esa misma época era ya también utilizado en la India.

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Grecia y Roma

La primera obra occidental que trata con detalle sobre la utilización médica de las plantas se la debe- mos a Hipócrates, considerado como el “padre de la Medicina”, quien vivió en Grecia entre los años 460 y 375 a.d.C. En su Materia Médica, Hipócrates no men- ciona para nada al áloe.

Pero 450 años después de muerto Hipócrates, exactamente en el año 74 de nuestra era, un brillante médico griego perteneciente al ejército romano, llama- do Pedanius Dioscórides, terminaba de escribir en la ciudad de Amazarba, en Asia Menor, su famoso libro al que denominó también De Materia Medica. Cuatro siglos después (en el año 512) la Materia Medica de Dioscórides era ilustrada por un meticuloso artista bizantino, el cual incluyó entre sus dibujos una bella representación a color del áloe vera. Durante más de 1.500 años el libro de Dioscórides sería la obra de botánica medicinal más importante en todo Occidente.

En la actualidad se halla en Viena y con el nombre de Codex Anicine Julianae forma parte de la Biblioteca Nacional de Austria.

Dioscórides no sólo menciona en su libro los efectos

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purgativos del áloe, sino que también indica su utilidad para curar las heridas, los abscesos, las contusiones, para eliminar manchas de la piel, detener la caída del cabello, curar los orzuelos, las úlceras genitales (pro- bablemente lo que hoy llamamos herpes genital), mejorar la inflamación de las amígdalas y terminar con el problema de las hemorroides (ver extracto en las referencias).

Plinio, que también por aquellos días estaba escri- biendo en Roma su Historia Natural, al hablar del áloe repite básicamente los mismos datos que Dioscórides, añadiendo que sus raíces cocidas pueden curar las úlceras leprosas (en realidad no sabemos cual de los dos escribió primero). Curiosamente Plinio denuncia el hecho de que cerca de Jerusalén estaban “haciendo y vendiendo” un falso áloe, al que él califica sin tapujos como “bastardo”.

Pero unos 50 años antes de Dioscórides y Plinio, el médico griego Celso, en su libro llamado –una vez más– De Materia Medica, había ya hablado del áloe, aunque sólo refiriéndose a los métodos árabes para curar con él los desórdenes intestinales.

Las obras de Dioscórides y de Plinio constituyen el primer indicio documentado del amplio espectro

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terapéutico atribuido al áloe hace ya dos mil años. No es lógico pensar que ambas obras maestras de medici- na fueran en su totalidad producto de una sola persona, ni siquiera de una generación. Lo más probable es que se tratara de una recopilación de todos los conoci- mientos médicos y farmacéuticos existentes en aquel momento. Al igual que tantos otros aspectos de la civi- lización griega, parece que los conocimientos recopi- lados por Dioscórides y Plinio sobre la utilización médica del áloe tienen un claro origen egipcio.

Hacia el siglo II el áloe era ya una parte importan- te de la farmacopea occidental, siendo profusamente utilizado por Galeno, Antillo y Arétaco, entre otros famosos médicos romanos. En cuanto a su proceden- cia, todo cuanto sabemos es que el mejor áloe era cul- tivado en alguna isla o lugar ubicado hacia el oriente del imperio.

La Atlántida

Mientras en la India se cree que el áloe fue traído directamente del Jardín del Edén, otros tal vez mejor informados aseguran que en realidad la planta procede

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del antiguo continente de la Atlántida. Se dice que los atlantes poseían colonias o factorías tanto en Egipto como en el Yucatán (y también en las Canarias); ello explicaría la enorme importancia que esta planta tenía no sólo en el antiguo Egipto, sino también entre las civilizaciones Maya y Tolteca. Para los indios de México el áloe era la planta protectora y sagrada por excelencia. Todavía hoy, la creencia de que la “sábila”

genera protección y buena suerte es generalizada. En la mayoría de hogares y pequeños negocios mexicanos no falta la planta de sábila, con una cinta roja amarra- da a una de sus hojas. Las coincidencias existentes entre el antiguo Egipto y las culturas precolombinas del México antiguo son más que asombrosas y nadie que las haya estudiado, aunque sea superficialmente, hallará descabellado pensar que el nexo de unión entre ambas pudiera ser la desaparecida isla de la Atlántida, tan meticulosamente descrita por Platón.

Alejandro Magno

Hijo del rey Filipo II de Macedonia, Alejandro Magno (356-323 a.d.C.) se puso al frente de las tropas

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griegas convirtiéndose rápidamente en uno de los con- quistadores más famosos de toda la historia. Su domi- nio se extendió por el área conocida en la actualidad como el Oriente Medio y también por una amplia zona del Africa Nororiental. En un solo año se apoderó del imperio persa derrotando a Darío III en las cercanías de la ciudad de Nínive (331) y seguidamente conquistó Egipto, donde fundó la ciudad de Alejandría. Murió en Babilonia a los 33 años de edad, víctima de la malaria.

Según la leyenda, en el asedio a la ciudad de Gaza, Alejandro Magno fue herido por una flecha enemiga, infectándosele posteriormente la herida mientras avan- zaba con su ejército por el desierto de Libia. Un sacer- dote enviado por su maestro Aristóteles lo untó con cier- to aceite de áloe procedente de la isla de Socotra y su herida se curó rápidamente. Dicen que uno de los moti- vos de su expedición a la India fue precisamente la con- quista de la isla de Socotra (ubicada al sur de Arabia, frente a las costas de Somalia, a la entrada del Golfo de Aden). Esta isla era el principal centro de producción de áloe y la base de todo el comercio fenicio con esta plan- ta. Según esta versión, Alejandro Magno conquistaría Socotra, asegurando así una provisión permanente de áloe para atender las heridas de sus soldados.

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La autenticidad de esta anécdota es más que dudo- sa. La isla de Socotra dista más de dos mil kilómetros de las conquistas más meridionales de Alejandro regis- tradas por la historia. Sin embargo, sí es cierto que dicha isla fue durante mucho tiempo el punto central del comercio del áloe y también que una de las colo- nias griegas –no sabemos cual– concentraba la mayor parte de la producción de la planta.

En Asia

Tal vez la obra médica más antigua que ha llegado hasta nosotros sea el Rig Veda, recopilado en la India entre los años 4500 y 1600 antes de nuestra era. El Rig Vega relaciona y explica el uso de cientos de plantas medicinales, pero el áloe no está entre ellas.

Sin embargo, se sabe que a partir del siglo VI a.d.C. su uso era ya común, no sólo en la India sino también en Malasia, en el Tíbet, en Sumatra y poste- riormente, en China. En la medicina ayurvédica es pro- fusamente utilizado como tonificante, vermífugo, para bajar la fiebre, tratar numerosas enfermedades cutáne- as, la hepatitis, el asma y los vómitos. En su libro

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Medicinas Indígenas de la India, dice Copra: “La utili- zación del áloe o mussabar, en aplicaciones externas sobre las partes doloridas o inflamadas del cuerpo y también como purgante es tan conocida en la India que no merece ninguna mención especial. Su uso en la medi- cina se remonta al siglo IV a.d.C”. En China era conoci- do con el nombre de lu wei (depósito obscuro) y también hsiang-tqan (bilis de elefante, por su sabor amargo) y su utilización parece que fue igualmente prolífica, aunque los registros escritos de la misma no abundan hasta la dinastía Tang (principios del siglo VII). Estos documen- tos (Li Sun, año 625) lo mencionan como muy efectivo para tratar la sinusitis, las fiebres infantiles provocadas por parásitos y las convulsiones, todo ello administrado internamente y también en forma externa para tratar diversas afecciones de la piel.

En Africa

Se dice que cuando el botánico inglés M. Miller llegó al cabo de Buena Esperanza se sorprendió de ver la piel tan resplandeciente que lucían los indígenas, inclu- so los más ancianos. Al observar sus hábitos descubrió

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que todos ellos se lavaban el cuerpo y los cabellos con la substancia gelatinosa del áloe. Hoy sabemos que la pulpa del áloe no sólo tiene un efecto astringente sobre los poros, sino que es un protector altamente efectivo contra la radiación ultravioleta solar, una de las princi- pales causantes de las arrugas. Parece que debido a este hecho, la especie de áloe que crece en aquellas latitudes fue luego denominada por los eruditos europeos “áloe saponaria” (de sapo, jabón).

Pero la utilización del áloe por los nativos iba más allá del simple jabón. Al mismo tiempo les servía para evitar las picaduras de todo tipo de insectos, curarse las heridas y, sobre todo, para facilitarles la caza, pues al estar totalmente recubiertos de áloe su olor corporal quedaba anulado.

El célebre explorador Sir Robert Burton informa- ba que los gallas, pueblo que habitaba Etiopía y Somalia, plantaban áloes alrededor de sus tumbas, en la creencia de que cuando las plantas florecían la per- sona había entrado ya en el paraíso. Por su parte, los sutos acostumbraban a bañarse públicamente en jugo de áloe todos juntos, cada vez que una epidemia de gri- pe amenazaba al poblado. Los bantúes de Africa del Sur conocían y utilizaban más de veinte especies distintas

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de áloe para curar las heridas, las inflamaciones de los ojos, los resfriados, las enfermedades venéreas, las hemorroides y todo tipo de problemas intestinales.

El áloe en la Edad Media y el Renacimiento

Tras el derrumbe del imperio romano, los numero- sos pueblos que habían formado parte de él se queda- ron para siempre con la herencia de su cultura. Así, los conocimientos de los médicos romanos, que a su vez procedían en gran parte de Grecia, se integraron de un modo natural en los acerbos culturales de las diversas naciones conquistadas. Durante toda la Edad Media y el Renacimiento, el áloe siguió siendo profusamente utilizado y los registros históricos lo citan con fre- cuencia. Se sabe que era uno de los remedios más importantes utilizados por la famosa escuela de medi- cina de Salerno. Robert Dehin cita en su libro Docteur Aloes unos famosos versos dedicados a él, procedentes de dicha escuela:

Seca la herida, aviva la carne.

Destruye el cáncer del prepucio enfermo.

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Limpia los ojos y despeja la cabeza.

Cura la oreja partida y la lengua cargada.

Reanima el estómago débil y

Detiene su caída y refuerza el cabello.

En el año 685, el médico griego Pablo de Egina describe al áloe como agente antiinflamatorio y dice que lo utiliza para tratar diversos tipos de úlceras y dolores externos.

En el siglo IX lo hallamos de nuevo mencionado en las obras de Avicena, famoso filósofo, arquitecto y médi- co árabe. Avicena repite básicamente lo dicho por Dioscórides y Plinio, añadiendo que es de gran utilidad para tratar diversas enfermedades de los ojos y, curiosa- mente, para la “melancolía”. También indica que en Siria era conocido como sabhra o sebara, mientras que los árabes lo denominaban sabir o sabr. Ambos vocablos significan los mismo: substancia amarga y brillante.

Las cruzadas y sobre todo, la invasión árabe de la península ibérica, marcaron un nuevo hito en la difu- sión europea del áloe, quedando éste ya para siempre como planta ornamental común, tanto en Andalucía como en todo el litoral mediterráneo español.

El médico y alquimista suizo Teofrastus Bombastus

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de Ohenheim, más conocido como Paracelso, lo inclu- ye en su obra Botánica Oculta, publicada por primera vez en 1529, y de la cual existen abundantes ediciones en la actualidad (ver ref.). En una carta dirigida a Amberg, Paracelso menciona también el “misterioso y secreto áloe, cuyo jugo de oro cura las quemaduras y los envenenamientos de la sangre”.

Pero al llegar el renacimiento el destino del áloe toma dos caminos claramente diferenciados. Por un lado en los países árabes, en las costas mediterráneas, el norte de Africa, Medio Oriente, la India y los terri- torios americanos en los que su cultivo y su uso habían sido implantados, siguió siendo utilizado en todas sus numerosas aplicaciones. Sin embargo, durante más de trescientos años, para los médicos europeos quedó reducido a un simple purgante. Conocedores de los textos clásicos, los farmacéuticos y médicos del norte de Europa debieron seguramente investigarlo. Proba- blemente la planta no pudo sobrevivir en sus climas demasiado fríos o, por lo menos, no con todo su poder curativo. Tal vez ignorando la necesidad de utilizar las hojas recién cortadas y quizás creyendo que el polvo obscuro y amargo que les llegaba de los países cálidos debía tener las mismas propiedades que la planta viva,

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sus intentos por confirmar las afirmaciones de los clá- sicos seguramente terminaron en fracaso. El hecho es que esta imagen tan degradada del áloe ha llegado has- ta nuestros días y sigue afectando a gran parte de la comunidad médica occidental. Todavía en el año 1979, la única utilidad que la Farmacopeia Americana regis- traba para el áloe seguía siendo la de “purgante”.

Y en América...

Algunos autores insisten en que el áloe no es ori- ginario del continente americano. Sostienen que no existía aquí antes del descubrimiento y que fue traído por los conquistadores y posteriormente difundido por los misioneros.

Sin embargo, en su diario de bitácora Cristóbal Colón cita dos veces muy claramente al áloe america- no. La primera el 21 de Octubre de 1942 y de nuevo el 23 de Octubre, dos días después. Dice textualmente:

“Hay miles de árboles diferentes... y todo tipo de plan- tas... he reconocido áloes y he ordenado que traigan una buena cantidad de ellos a bordo”. Aducen tales autores que Colón confundió el áloe con el ágave,

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maguey o pita, confusión que ciertamente muchas per- sonas no familiarizadas con ambas plantas sufren en la actualidad. Sin embargo no parece muy probable que así fuera. Colón conocía las zonas áridas del sur de Italia y sobre todo de España –recordemos que se entrevistó con Isabel la Católica en las cercanías de Granada y que zarpó con sus naves desde Huelva.

Debió viajar muchos cientos, tal vez miles de kilóme- tros, a caballo por zonas semiáridas, donde el ágave o maguey –aunque allá con otros nombres– es una plan- ta común y muy abundante al lado de los caminos.

Pero aun concediendo la rara posibilidad de que Colón se equivocara y tomara por áloe cualquier variedad de ágave o maguey, las tradiciones de los pueblos indios demuestran de un modo innegable e irrebatible que esta planta existía desde tiempos inmemoriales y que tenía una gran importancia religiosa tanto para las etnias que habita- ban el centro de México como para la civilización Maya, que se extendió por la península del Yucatán y por todo lo que hoy es Chiapas, Guatemala, Belice y Honduras. Entre el pueblo, esa creencia en los efectos mágicos y protecto- res del áloe sigue totalmente viva en nuestros días y cier- tamente no pudo ser implantada por los españoles puesto que nunca formó parte de sus tradiciones.

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Una vez terminada la conquista, se dice que los jesuitas fueron quienes más contribuyeron a su difu- sión. Parece que fueron precisamente los monjes quie- nes llevaron por primera vez plantas de áloe a la misión de San Antonio de Béjar (o Bexar), que por esos caprichos de la historia se convertía posterior- mente en Texas, para llegar, ya en pleno siglo XX, a ser la principal zona productora de áloe del mundo. Bill Coats, texano y pionero del áloe, no oculta su admira- ción por los jesuitas: “Debemos estar agradecidos a los padres jesuitas españoles por la difusión que durante los siglos XV y XVI realizaron del áloe. Sin duda eran los más eruditos e instruidos de su tiempo y también los médicos más hábiles. Poseían un profundo conoci- miento de los clásicos, lo cual les permitía comprender perfectamente los textos farmacológicos griegos y romanos. Además estaban acostumbrados al áloe, pues la planta crecía abundantemente en España y Portugal.

En todo lugar donde encontraron áloe lo utilizaron, y donde no crecía de modo silvestre, lo plantaron. Desde el protectorado de la Española llevaron la planta cura- tiva a Puerto Rico, a Jamaica y probablemente también a Barbados, a Curaçao, a Florida y las costas de América Central. Hay también evidencias de que fueron

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los padres jesuitas quienes llevaron el áloe a las costas septentrionales de Sudamérica, a las Antillas Holan- desas e incluso a las Filipinas y a otras islas del pacífi- co”. (The Silent Healer, Bill Coats).

El cultivo del áloe durante los siglos XVIII y XIX

Desde el siglo XVII hasta comienzos del actual la literatura médica cita muy esporádicamente al áloe y tan sólo en su faceta de purgante, calificándolo además con cierta frecuencia como violento e incluso como peligroso. Pero ello no impidió que su consumo fuera estable y generalizado, circunstancia de la que se apro- vechó la Corona Inglesa, creando un importante centro de producción en su colonia de Barbados.

El historiador Griffith Hughes escribía en 1775:

“Cada esclavo lleva tres o cuatro cubos. Cortan las hojas cerca de la raíz y las colocan en ellos con la par- te cortada hacia abajo y como las hojas poseen venas o vasos longitudinales, el jugo desciende por ellos hasta gotear. Posteriormente lo hierven durante cinco horas en una caldera de cobre con lo cual se evaporan sus

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partes acuosas y el resto, una vez suficientemente her- vido, adquiere una consistencia como de azúcar...”

Pero la producción comercial del áloe no se limi- taba a Barbados, sino que también florecía en Africa del Sur, en Aruba y a orillas del Mar Rojo. Los méto- dos de procesado variaban de unos lugares a otros pero sin diferir mucho de los practicados por los árabes dos mil años atrás. Este comercio continuó en las Antillas Holandesas y en la isla de Curaçao hasta bien entrado el presente siglo, concretamente hasta que las com- pañías farmacéuticas comenzaron a poner a la venta laxantes más baratos y menos violentos. Entonces el áloe quedó ya sólo para los casos en los que fuera necesaria una purga verdaderamente drástica y tam- bién para diversos compuestos de medicina veterina- ria. En Jamaica se procesaba un áloe conocido precisa- mente como “áloe de caballo” cuya extraordinaria reputación entre los veterinarios le permitió sobrevivir hasta tiempos muy recientes.

Pero incluso durante esa “época obscura” del áloe, no faltaron entusiastas esporádicos. A mediados del siglo XVIII fue reconocido por una autoridad médica inglesa como efectivo para curar las picaduras de insectos y en 1801 el historiador Quillame Olivier

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menciona que en la India se lo utilizaba para regular los periodos menstruales y también para inducir el embarazo. No obstante, las numerosas cualidades y usos terapéuticos de esta planta no comenzarían a des- pertar un verdadero interés hasta ya bien entrado el siglo XX.

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EL ALOE EN EL SIGLO XX EL ALOE EN EL SIGLO XX

En su Diccionario de los Productos Económicos de la India, publicado en 1908, Sir George Watt relata- ba cómo el áloe era utilizado en aquél país para tratar más de cuarenta enfermedades diferentes, entre ellas los dolores de cabeza, la histeria, las irregularidades menstruales, el estreñimiento, la bronquitis, las contu- siones, las enfermedades del bazo, la caída del cabello, las enfermedades cerebrales, las hemorroides, diversos problemas oculares, los cólicos, la neumonía, la gonorrea

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y el reumatismo. La sociedad inglesa de la época aco- gió esta obra muy favorablemente, pero sus afirmacio- nes sobre el áloe fueron consideradas como simples curiosidades folklóricas del pueblo hindú y no desper- taron ningún interés entre la clase médica.

Los doctores Collins

El primer logro de nuestro áloe en su larga y difícil carrera por obtener el reconocimiento y el respeto de la comunidad medica occidental no ocurriría hasta princi- pios de la década de los años 30. Y curiosamente tuvie- ron que recurrir a él para remediar los desaguisados producidos por uno de los nuevos inventos. La tecno- logía de los rayos-X (conocidos en un principio como rayos Roentgen) estaba entonces en sus comienzos y no era raro que pacientes, médicos y operarios sufrieran quemaduras, se les volviera la piel escamosa e incluso les aparecieran úlceras en las zonas irradiadas.

Dos médicos de Maryland, padre e hijo del mismo nombre (Creston Collins), descubrieron que al aplicar sobre la piel ulcerada o quemada por los rayos X com- presas de hojas de áloe vera partidas por la mitad, las

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lesiones se curaban con una rapidez inaudita. Además, podían repetir la aplicación cada dos horas, pues no se presentaba efecto secundario alguno. Rápidamente los doctores Collins inventaron un compuesto de áloe al que denominaron “Alvagel”. En 1935 publicaban en la revista The American Journal of Roetgenology los resultados logrados con su producto: “Desde Abril de 1934 hemos tratado más de 50 casos de quemaduras producidas por los rayos-X con hojas de áloe y tam- bién con un ungüento conocido como “Alvagel” fabri- cado a partir de dichas hojas. Aunque no todas las curas han sido perfectas, en su conjunto los resultados son de lo más satisfactorio...” (Ver extracto de su infor- me en las referencias).

Su fama se extiende entre los dermatólogos

El hallazgo de los doctores Collins despertó el interés de muchos dermatólogos y pronto aparecieron nuevos informes confirmando el aparente potencial del áloe en este campo de la medicina. En 1936 el Dr.

Carroll D. Wright publicaba un artículo en el Journal of the American Medical Association en el cual concluía:

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“Basándonos en los casos mencionados, parece que las ulceraciones de los rayos-X, incluso las que ya tienen varios años de antigüedad, responden positivamente a la utilización del Aloe Vera”. Las noticias sobre la uti- lidad del áloe para curar las quemaduras de los rayos- X se extendieron rápidamente. Un dermatólogo de Johannesburgo informaba a Gilber W. Reynolds, autor del libro The Aloes of Tropical Africa and Mada- gascar: “...he tratado tres casos de radiodermatitis con hojas de áloe arborescens ya que en el momento preci- so no disponíamos de áloe vera. En los tres casos partí las hojas por la mitad, aplicando la pulpa sobre la zona afectada. Los dos primeros casos continuamente, mientras que el tercero sólo durante las noches. Los tres se han curado perfectamente y mucho más rápido de lo que lo habrían hecho con ningún otro tratamien- to local. Por ello concluyo que el áloe arborescens es igualmente válido para tratar las quemaduras de los rayos-X”.

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Otras aplicaciones

Tras conocer los informes de los doctores Collins y Wright, el médico J.E. Crewe experimentó también con el áloe, pero no se limitó ya a las quemaduras pro- ducidas por los rayos-X, sino que utilizó las hojas recién cortadas y también un ungüento creado por él para tratar úlceras crónicas, eccemas, quemaduras por fuego, por agua caliente, insolaciones, pruritus vulvae, pequeñas heridas y ciertas alergias, entre ellas a la hie- dra venenosa. En sendos artículos publicados en 1937 y 1939 en el Minnesota Journal of Medicine, el Dr.

Crewe manifiesta que en todos los casos la curación fue total y que el tejido se regeneró sin formar cicatri- ces. En el mismo año de 1939 los doctores Adolph Loveman y Frederick Mandeville publicaban los resul- tados de un estudio realizado con un pequeño grupo de enfermos afectados de quemaduras, a los que trataron con hojas de áloe recién cortadas. De nuevo, las cura- ciones fueron rápidas y completas.

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1953. Los militares se interesan en el áloe

Más amplio fue el estudio que se llevó a cabo en 1953 en la base de Los Alamos, Nuevo México, patro- cinado por la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos y supervisado por los doctores Lushbagh y Hale. Varios grupos de diez conejos cada uno fueron expuestos a cierta dosis de radiación beta, siendo seguidamente tratados unos con pulpa de áloe natural y otros con un “ungüento” preparado a base de áloe. En su conclusión decían ambos científicos:

“Comparamos los cambios morfológicos ocurridos en la piel irradiada sin tratamiento posterior con los ocu- rridos en las zonas que tras la irradiación fueron trata- das con áloe. Se vio que el áloe acelera tanto la fase regenerativa como la de reparación de la lesión... las úlceras resultantes de 28.000 rep de radiación beta, a los dos meses de tratamiento estaban totalmente cura- das, mientras que las no tratadas seguían sin curarse cuatro meses después”.

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Nuevos descubrimientos

Pero unos años antes había tenido ya lugar uno de los experimentos que marcarían un hito en la historia de la investigación del áloe. Cuatro científicos del Departamento de Salud de Michigan: Gottshal, Lucas, Lickfeldt y Roberts, examinaron 161 especies vegeta- les para ver si alguna de ellas mostraba algún tipo de acción sobre el bacilo de la tuberculosis. Las dos más efectivas resultaron ser el áloe socotrino y el áloe chi- nensis (una variedad oriental del áloe vera). Sin embar- go extrañamente no se siguió trabajando en dicho pro- yecto, tal vez porque en aquellos años la tuberculosis dejó de ser una enfermedad común, para muy rápida- mente desaparecer casi por completo.

En 1954, el Dr. Alexander Farkas, de Miami, pre- sentaba una solicitud de patente para un medicamento destinado a tratar las quemaduras inventado por él, con el título: “Medicamento tropical con poliurónido de áloe.” Su informe, de fecha 23 de Diciembre de dicho año contiene una sucinta relación de las cualidades del áloe para uso externo: “El poliurónido de este invento es un polisacárido natural enlazado a uno o más radi- cales ácidos exurónicos y a sales no tóxicas... Este

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medicamento comprende el poliurónido disuelto o en suspensión en una proporción de entre 0,2 y 10% en un líquido de consistencia gelatinosa, preferiblemente acuoso. Posee notables cualidades curativas para las heridas abiertas y especialmente para quemaduras.

Desintoxica rápidamente la zona afectada teniendo además un efecto analgésico y/o anestésico que reduce rápidamente el dolor, al tiempo que promueve la recupe- ración de la superficie de la piel sin formar cicatrices....”

El año 1963 fue un año crucial. Por un lado tres médicos de Florida, Blitz, Smith y Gerard, publicaron un informe detallando cómo habían curado a doce pacientes de edades diversas aquejados todos ellos de úlcera péptica: “Tan favorable ha sido la respuesta que tenemos la impresión clínica de que esta medicación puede retrasar y tal vez prevenir el desarrollo de la úlcera péptica” concluían en su informe que constituye la primera evidencia médica contemporánea de la uti- lización interna del áloe. Y también en el mismo año de 1963, la doctora Lorenzetti y sus colegas demostraron que el áloe inhibía el desarrollo de una gran variedad de microorganismos entre ellos Staphylococcus aureus, Staphylococcus pyogenes, Corynebacterium xerosis, Shigella paradysenteriae, Salmonella typhy y

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Salmonella paratyphy, microbios causantes de diver- sos tipos de infecciones y de ciertas variedades de disentería y de tifus. Cansado de ser etiquetado duran- te siglos como un simple purgante, el áloe estaba empezando a mostrar lo que era capaz de hacer.

En 1973 Los Doctores El Zawahry, Rasahd Hegazy y Helal, el primero de ellos profesor de der- matología en la Universidad de El Cairo y los otros dos trabajando para los laboratorios Nile Company for Pharmaceuticals, publicaron en el International Journal of Dematology un trabajo que se convertiría en clásico. En él explicaban la utilización de la pulpa de áloe para tratar las úlceras crónicas en las piernas, incluyendo los detalles de algunos casos concretos (ver referencias). Al año siguiente, el Dr. Logai, discípulo del Dr. Vladimir Filatov, informaba sobre los positivos resultados obtenidos al tratar hemorragias traumáticas en el cuerpo vítreo del ojo mediante inyecciones sub- cutáneas de extracto de áloe. Un año después, en Japón se publicaba otro trabajo que haría historia en la inves- tigación del áloe. En él, el Dr. Fujita, de la Universidad Fujita-Gakuen de Hisai, analizaba y demostraba la acti- vidad antiinflamatoria del extracto de áloe. Desde enton- ces, los artículos en las revistas médicas informando

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sobre las más diversas y dispares aplicaciones terapéu- ticas del áloe fueron ya algo común. Médicos e inves- tigadores de todo el mundo parecía que súbitamente se habían puesto de acuerdo para fijar su atención y sus esfuerzos en el, hasta pocos años antes, modesto y olvidado áloe.

Desde comienzos de la década de los 70, la indus- tria del áloe en los Estados Unidos fue tomando una fuerza cada vez mayor. También desde entonces, la investigación científica y médica sobre esta planta adquirió una dimensión totalmente nueva, interdepen- diente de los grandes intereses industriales y comer- ciales. En el capítulo siguiente veremos esta nueva eta- pa en la evolución del áloe.

La investigación del áloe en Rusia

En Rusia la investigación sobre las propiedades de las plantas medicinales ha sido siempre más exhausti- va que en los Estados Unidos, donde aún en nuestros días sigue teniendo un aura de marginalidad. El propio régimen comunista contribuyó en gran parte a ello.

Allá no existía la desenfrenada competencia occidental

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que muchas veces obliga a desechar remedios conoci- dos para inventar continuamente otros nuevos aunque no siempre sean mejores, gastando sumas astronómi- cas en investigación, que pasan luego a incrementar el precio de los medicamentos. Mientras en Occidente, las compañías farmacéuticas no se interesaban por las substancias y medicamentos naturales por no ser patentables, el estado comunista siempre estimuló su estudio. Una destacada figura en este campo fue el pro- fesor Israel Brekhman, director durante muchos años del Instituto de Substancias Biológicamente Activas, de Vladivostok. Los esfuerzos de Brekhman y de otros investigadores hicieron que el áloe obtuviera en Rusia un prestigio oficial que todavía hoy no ha logrado alcanzar en Occidente.

En los Estados Unidos, tanto las investigaciones como el desarrollo comercial del áloe se han centrado siempre en la variedad barbadensis Miller (o áloe vera Lin). mientras que en Rusia la variedad utilizada ha sido el áloe arborescens Miller, que crece abundante- mente en las costas del Mar Negro y en los países transcaucásicos. El clima de dichas zonas se puede catalogar como subtropical, pero no son raras las hela- das invernales, lo cual les obliga a proteger las plantas

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con plásticos. Por ello en años recientes se está intro- duciendo el cultivo del áloe striatula, cuyas hojas rin- den menos cantidad de jugo, pero soportan mejor las bajas temperaturas.

El Dr. Vladimir Filatov

Al igual que Brekhman, el gran oftalmólogo ruso Vladimir Filatov, de Odessa, dedicó toda su vida a conciliar la quimioterapia con la medicina natural.

Habiendo recibido su título de manos del propio zar Nicolás II, Filatov tuvo la gran suerte de no ser moles- tado después de la revolución, pudiendo seguir con sus investigaciones. No resignándose a practicar la oftal- mología dentro de los límites del conocimiento cientí- fico de su tiempo, sintió la necesidad de investigar nue- vos territorios, descubriendo, ya casi al final de su vida, lo que él llamó la terapia de los estimuladores biogénicos: “He desarrollado una terapia de choque, aprovechándome de ciertas substancias de origen des- conocido que se desarrollan en los tejidos vegetales y animales cuando estos son sometidos a unas condiciones de vida extremas, en un frío intenso y en la oscuridad.”

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Estos estimuladores biogénicos se crean también en los tejidos del áloe.

Filatov conservaba las hojas de áloe durante diez días en una obscuridad total y a tres grados bajo cero.

Después les quitaba la piel y las prensaba para conver- tirlas en jugo, al cual sometía luego a diversos procesos que finalmente lo convertían en lo que el llamaba áloe bioestimulado.

Según la teoría de Filatov, cuando un organismo es expuesto a condiciones ambientales críticas, para sobrevivir, se ve obligado a reorganizar su estructura bioquímica. En este proceso desarrolla ciertas sustan- cias que el investigador ruso denominaba biógenos, las cuales presentan propiedades totalmente nuevas.

Cuando este áloe modificado es inyectado en un orga- nismo vivo, sus efectos son muy superiores a los del áloe utilizado normalmente.

Con su áloe bioestimulado, Filatov logró tratar con gran éxito muchas enfermedades consideradas incurables. Estos tratamientos fueron posteriormente confirmados por otros científicos soviéticos, entre ellos el doctor S.M. Pawlenko, quien en 1953 informaba sobre los positivos efectos del áloe bioestimulado sobre el sistema nervioso central y sobre las enfermedades del

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mismo. Por su parte los médicos Woljanski y Kurakose lograron curar con dicho áloe las dolorosas inflama- ciones lumbares y sacras y también ciertos problemas motores sin solución hasta entonces.

Lamentablemente en los Estados Unidos esta modalidad de utilización del áloe es totalmente desco- nocida. Sin embargo, tanto en Alemania como en Austria la terapia con áloe bioestimulado está logrando una difusión cada vez mayor, principalmente entre los practicantes de las medicinas alternativas. El libro de Wolfgang Wirth Healing with Aloe está totalmente dedicado a ella. Quienes deseen más información o quieran adquirir una muestra de dicho áloe pueden dirigirse a:

Arbeitsgemeinschaft Grundlagenforshung für biologische Medezin

Postfach 61 0220 D-1000 Berlin 61

Alemania

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EL F EL F ABULOSO NEGOCIO ABULOSO NEGOCIO DEL ALOE VERA DEL ALOE VERA

¿Información o Promoción?

Tengo encima de mi mesa en este momento 16 libros que hablan exclusivamente sobre el áloe vera.

La inmensa mayoría –entre ellos 11 de los 12 editados en los Estados Unidos– son obras cuya finalidad prin- cipal no es informar con imparcialidad acerca de esta

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planta, sino de un modo más o menos encubierto, pro- mocionar un producto comercial. En algunos casos –los más honestos– el propio autor expone abierta- mente su interés económico en el tema. En otros, los libros han sido publicados por editoriales dependientes de compañías dedicadas a la fabricación o comerciali- zación de productos derivados del áloe.

El áloe se ha convertido en el centro de una pode- rosa industria que mueve miles de millones de dólares y cuyo mercado creciente es disputado con uñas y dientes por un grupo bastante reducido de empresas.

Dado que la legislación actual prohibe reflejar en las etiquetas, envases y folletos promocionales las cuali- dades curativas –comprobadas o no– de los productos de áloe, las compañías dedicadas a su comercialización han buscado otras formas de lograr que su mensaje lle- gue al público. Entre ellas, los artículos difundidos en periódicos y revistas y también la publicación de libros. De este modo, algunos escritores suelen entre- mezclar hechos comprobados con verdades a medias y algunas veces con informaciones tendenciosas o senci- llamente falsas, cuya única finalidad parece ser decan- tar la opinión del lector hacia una cierta opción o hacia una marca determinada.

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Veamos cómo nació y se desarrolló esta poderosa industria y cómo se llegó a la situación actual.

Los comienzos

Ya desde principios de siglo, el coronel H.W.

Johnston había estado cultivando áloe en los límites de las Everglades, en Homestead, al sur de la ciudad de Miami. Pero su negocio fue siempre al viejo estilo:

secaba las hojas al sol y luego las convertía en polvo, mandando seguidamente dicho producto a cientos de farmacias desparramadas por todo el país, que lo vendían principalmente como laxante. En 1912 Johnston comenzó también a distribuir hojas frescas por todas las tiendas y mercados de la ciudad. La reac- ción del público fue tan positiva que pronto los benefi- cios obtenidos con la venta directa de las hojas superó al tradicional del polvo seco. Y la demanda se ha man- tenido, pues la mayoría de los supermercados de Miami siguen en la actualidad vendiendo hojas de áloe.

Pero en realidad la primera compañía americana dedicada a producción de productos de áloe vera fue la Collins Chemical Company, fundada en 1934 por los

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ya mencionados doctores Collins, padre e hijo, fabri- cantes del “Alvagel” destinado a tratar las quemaduras producidas por los rayos-X. En 1967 la Collins Chemical Company fue comprada por Robert White, antiguo dueño de la Casa del Aloe de Chicago, quien cuatro años antes había adquirido ya otra compañía más, la Tru-Aloe Products, de Henry McCarty, un quí- mico retirado que vivía en el norte de Georgia.

McCarty había fundado su empresa en 1937 y desde antes de la segunda guerra mundial había estado culti- vando áloe precisamente en la misma zona que el coro- nel Johnston, al Sur de la ciudad de Miami.

Según sus propias palabras, White descubrió las cualidades del áloe mientras trabajaba en la empresa de su familia, dedicada a construir carreteras. “Debido a que permanecía demasiado tiempo al sol, comencé a desarrollar las primeras fases del cáncer de piel”, recuerda. “Por aquel entonces la Shell Oil Company estaba construyendo un oleoducto al lado de nuestra carretera. Un día le pregunté a uno de sus operarios cómo podía estar tanto tiempo al sol sin problemas. Me respondió que, tanto él como sus compañeros, habían descubierto el áloe vera mientras trabajaban en los campos petrolíferos de Oriente Medio y desde entonces

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no habían dejado de utilizarlo cada día. Así comencé yo también a untarme áloe al terminar el trabajo, y efectivamente me pareció que tenía un buen efecto protector. Años después decidí iniciar este negocio y comencé a traer plantas de México y a plantarlas en el valle del Río Grande, en el extremo sur del estado de Texas”.

Según White, en los Estados Unidos los primeros en darse cuenta del enorme potencial económico de esta planta fueron los empresarios del petróleo y cita a varios magnates petrolíferos que poseían también com- pañías dedicadas a la explotación del áloe. Uno de ellos, dueño de una isla en el Caribe, mantenía allí una pequeña plantación, destinada exclusivamente a sumi- nistrar hojas a los yates de sus amigos que navegaban por la zona. Es bien sabido que el multimillonario texa- no del petróleo H.L. Hunt se bañaba en áloe al menos una vez cada semana. Realmente no parece que estos baños de áloe le hicieran ningún daño, pues disfrutó de buena salud y vivió hasta los 94 años.

Después de la segunda guerra mundial y hasta mediados de la década de los años 60, el cultivo del áloe experimentó un incremento modesto, centrado principalmente en Texas (valle del Río Grande), sur de

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la Florida y también, aunque en menor proporción, en California. El problema que impedía el desarrollo y la comercialización en gran escala de los productos de áloe era su inestabilidad. La oxidación, el mismo pro- ceso que hace que la carne sin refrigerar se estropee o que una manzana se oscurezca a los pocos minutos de haber sido mordida, afecta también a la pulpa del áloe.

Desde la publicación en 1934 de los trabajos de los Doctores Collins, otros médicos y científicos se intere- saron por las cualidades curativas del áloe, que duran- te tanto tiempo habían sido olvidadas para ser conside- rado tan sólo como laxante. Pero todos chocaron con el insalvable obstáculo de la inestabilidad: la composi- ción química –y las cualidades medicinales– de la pul- pa del áloe comenzaban a deteriorarse inmediatamen- te después de ser ésta separada de la hoja, permane- ciendo aceptables a la temperatura ambiental durante un máximo de 48 horas y tal vez unas dos semanas bajo refrigeración, pero no más. Ello impedía producir y comercializar productos de áloe a gran escala. Así, el negocio de los farmacéuticos, médicos o químicos que habían inventado algún producto a base de pulpa de áloe, debía forzosamente limitarse al mercado local.

En un artículo publicado en 1960 en la revista

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American Perfumier, decía el Dr. James Flagg: “Sus resultados son sorprendentes, pero la esperanza de poder utilizar el áloe a gran escala ha debido ser aban- donada pues al parecer se resiste a la estabilización...

Los costosos intentos realizados por diversas casas far- macéuticas para estabilizar la pulpa de áloe en forma de ungüento o cualquier otro tipo de preparado han resultado inútiles...”

El logro de la “estabilización”

Pero en el año 1965, Bill Coats, farmacéutico y dueño de una cadena de farmacias en Dallas, Texas, inventó y patentó su primer proceso efectivo para esta- bilizar la pulpa de áloe.

Coats vendió sus farmacias y fundó la Aloe Vera of America Inc. poniendo rápidamente en el mercado una docena de productos de áloe, entre ellos, gel, locio- nes, dentífricos, bálsamos, linimentos y cremas. La aparición de la Aloe Vera of America fue el detonador.

En los siguientes quince años surgirían en los Estados Unidos más de 500 compañías dedicadas a la fabrica- ción de productos de áloe. Su aceptación por el público

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fue extraordinaria. “Cualquier cosa que pusiéramos en los estantes con la etiqueta de áloe, la gente se la lle- vaba”, dice Frank Romano, presidente de Key West Aloe, empresa que inició sus labores en un pequeño local de Key West, Florida, y que en la actualidad posee tres edificios y sus ventas superan mensualmen- te el millón de dólares. Todavía más modestos fueron los comienzos de la Burn-Off Corporation, de Irwing, Texas, dedicada exclusivamente a fabricar protectores solares y bronceadores a base de áloe. Según Steve Finley, su antiguo presidente, la compañía se inició con un capital de 100 dólares y antes de cumplir cinco años su facturación superaba también el millón. En 1981, la Aloe Vera of America de Bill Coats fue comprada por una compañía de multinivel, la Forever Living Products, con sede en Tempe, Arizona. En la década de los 80, este tipo de compañías, que ya poseían amplia experiencia en la venta de cosméticos y productos para el cuidado de la piel, irrumpieron tam- bién en la comercialización del áloe.

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El Fenómeno de la Pirámide

Al igual que otras compañías multinivel, las dedica- das a los productos de áloe no venden su mercancía en las tiendas, sino a través de una red de distribuidores independientes. Dichos distribuidores comienzan gene- ralmente adquiriendo productos para ellos mismos.

Luego compran más para venderlos a otras personas e intentan a su vez buscar nuevos distribuidores. La com- pañía los anima a que hablen continuamente de los bene- ficios de sus productos y a que los den a probar y los ven- dan a sus amigos, sus vecinos, sus compañeros de traba- jo y sus familiares. Cuando alguien demuestra cierto interés, es invitado a una reunión especialmente diseña- da para venderle no sólo el producto, sino también la idea de convertirse en distribuidor. Los recién llegados a la organización deben acudir a diversos seminarios en los que se les enseñan las técnicas de venta, las particulari- dades de los diferentes productos y también la manera de captar nuevos distribuidores. Cuando esto ocurre, el dis- tribuidor va ascendiendo dentro de la organización pira- midal al tiempo que aumentan sus ingresos, pues no sólo recibe una comisión sobre sus ventas, sino también sobre las efectuadas por los distribuidores que él enroló.

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La venta multinivel requiere de tácticas muy agre- sivas. Al hablar de las virtudes del áloe, algunos distri- buidores suelen mostrar un fervor casi religioso y generalmente relatan los enormes beneficios que ellos personalmente obtuvieron con su utilización. Las com- pañías que no se sirven de este sistema no desaprove- chan la ocasión de difundir los dos grandes inconve- nientes de toda venta multinivel:

(1) Los productos suelen ser más caros y (2) Los distribuidores suelen exagerar desmedi-

damente las virtudes del producto.

El hecho es que la propia estructura piramidal obliga a mantener unos precios bastante más elevados que los de otros productos semejantes, disponibles en las estanterías de las tiendas. La compañía suele aducir ante sus distribuidores que ello es debido a la muy superior calidad de su producto, argumento que gene- ralmente carece de base y que, inocente y convencido, el distribuidor repite luego ante el comprador.

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Miles de millones

La empresa Forever Living Products ilustra muy bien la importancia económica que ha llegado a alcan- zar el áloe. En la actualidad la compañía posee sus pro- pias plantaciones de áloe en Harlingen, Texas, y tam- bién en Filipinas y en diversas islas del Caribe. Las hojas recién cosechadas en los llanos e interminables campos de Harlingen son transportadas en sus propios camiones especiales –en los que durante el viaje son lavadas– a la planta de Mission, Texas, donde tiene lugar el estabilizado. Dicha planta tiene capacidad para procesar 24.000 litros de áloe a la vez. Posteriormente el producto ya conservado es transportado en camiones cuba a la planta envasadora ubicada en Dallas, cuya capacidad de producción asciende a 65.000 frascos y 40.000 botellones por turno. Forever Living Products posee una densa red de distribuidores en los cinco con- tinentes. La compañía fue clasificada por la revista INC como la sexta empresa del país en cuanto a ritmo de crecimiento y por la revista Venture en el lugar 28 entre las 100 compañías del mundo con mayor creci- miento durante los últimos diez años. Sus ventas tota- les durante el año 1995 ascendieron a la monstruosa

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cantidad de 1.115.000.000.000 dólares. Sí, un billón, ciento quince mil millones de dólares, según cifras facilitadas por la propia compañía.*

El áloe en la cosmética

El Dr. Albert Leung, autoridad en el campo de la cosmética, decía en un artículo publicado en la revista Drug and Cosmetics Industry de Junio de 1977:

“Durante los últimos tres años, se ha generado un con- siderable interés en el áloe vera como ingrediente cosmético. Varias compañías importantes lo han incor- porado a sus productos y otras están en la actualidad desarrollando sus propias líneas de cosméticos a base de áloe, aprovechándose de la reputación que esta planta ha tenido tradicionalmente para el cuidado de la piel, como hidratante y suavizante... generalmente se cree que las cualidades emolientes, hidratantes y cura- tivas del gel de áloe son debidas a los polisacáridos que contiene. El principal de dichos polisacáridos es un glucomanán...”

* Según la nomenclatura estadounidense, en la que un billón equivale a mil millones, la cantidad es de 1.115 billones de dólares.

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Las grandes compañías multinacionales que no lo habían hecho ya, comenzaron discretamente a incor- porar el áloe en algunas de sus líneas de jabones, champús, cremas y productos para el cuidado de la piel. Un vicepresidente de Ponds admitía que “inclu- yeron el áloe en sus productos debido a la fuerte demanda y también porque la competencia lo estaba haciendo ya”, pero rápidamente agregaba que su com- pañía “se abstiene de hacer ningún tipo de publicidad o manifestación sobre las posibles virtudes curativas o milagrosas del áloe”. Al mismo tiempo, las pequeñas empresas dedicadas exclusivamente a fabricar produc- tos cosméticos a base de áloe llegaron a ser varios miles en todo el país.

En las grandes compañías de productos naturales, que hasta ese momento se habían mantenido al margen del áloe, sucedió el mismo fenómeno que con las mar- cas cosméticas famosas. Un directivo de la importante firma General Nutrition Mills, adoptaba en sus decla- raciones exactamente la misma actitud que la Ponds:

“Hemos incluido el áloe en nuestros productos en beneficio de nuestra clientela, pero la compañía no hace ni puede hacer ningún tipo de declaración sobre las cualidades del áloe”.

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“El áloe vera es un maravilloso ingrediente cosmé- tico”, dice Odus Hennessee, presidente de Cosmetic Specialty Labs Inc. y autor del libro Aloe, Myth-Magic- Medicine, “pero es totalmente necesario que los fabri- cantes entiendan qué es el áloe vera y sepan cómo usar- lo”, algo que ciertamente no ocurre en todos los casos.

“Si la Naturaleza puede hacer que esta planta florezca en pleno desierto, imagínese lo que hará en la piel de la mujer”, decía un conocido anuncio. Seguidamente exaltaba las cualidades hidratantes de la pulpa de áloe, capaz de mantener viva a la planta y de hacerla florecer en el intenso calor del desierto. Mientras tanto otra compañía no menos importante manifestaba que según sus investigaciones el áloe no es hidratante, sino todo lo contrario, y en sus productos lo incluían precisamente como “deshidratante”. Lo cierto es que en la composi- ción de todo agente hidratante deben estar perfecta- mente equilibrados los aceites y el agua, algo que no ocurre en la pulpa del áloe, puesto que el aceite de la planta está concentrado en su corteza.

En 1985, en otro artículo publicado en la misma revista titulado “Aloe Vera Update: A New Form Questions Integrity of Old”, el Dr. Leung manifestaba que a pesar de la gran publicidad que las compañías de

Referencias

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