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Leopardos en el templo
o la ceremonia interminable
I. El caballo que viene desde el fondo de la historia
Marina Porcelli
Nota primera
Hay un pasaje en ese libro casi secreto de Franz Kafka, casi místico tam- bién, Los cuadernos azules o Los cuadernos en octavo, la imagen como un rito que se reanuda cada noche, el mundo que se despliega sobre nosotros y nos obliga a estar ahí, a atenderlo, a habitarlo. Como una ceremonia inter- minable. Hablo, por supuesto, de los leopardos que irrumpen en el templo (escribe Kafka) y beben hasta vaciar los cálices del sacrificio. Esto se repite una vez y otra vez. Entonces ocurre lo inevitable, lo verdaderamente infer- nal: se repite hasta que es posible preverlo y los leopardos forman parte de la ceremonia. Este pasaje, entonces, cifra de alguna manera el ingreso al mundo de los sueños, el momento en que el aparato onírico enciende su motor silencioso. Se calcula que pasamos un tercio de nuestra vida durmien- do, que cada noche, cuando opera esa zambullida, la cabeza se refresca con un baño de sangre y se reinicia. En tanto los bebés ocupan el ochenta por ciento del tiempo en dormir, la proporción se va restringiendo en la edad avanzada hasta el índice del trece por ciento. Los estudios de Kleitman so- bre sueño rem comienzan en 1920; la fecha me resulta asombrosamente reciente. El acto de soñar, el catálogo abundante de escenas y alegorías y deseos, y todo el alcance del universo onírico (pienso ahora en las predic- ciones y en las conversaciones nocturnas con los muertos, en esas geografías que nunca habíamos visto y que sin embargo conocemos; pienso también en los que sueñan con los ojos abiertos, y en los que no sueñan, en el tres por ciento de la población mundial adulta que es sonámbula y que cada noche recorre los pasillos abriendo puertas y ventanas), ese “estado fisio- lógico por el cual disminuyen las toxinas acumuladas por la fatiga en los
tejidos nerviosos” (Hadfield), ese universo, el templo de Kafka, escribió Jorge Luis Borges, es “la actividad es- tética más antigua”.
De hecho, esta colección no sería posible sin esa conferencia de Borges (La pesadilla) o sin la cita de Paul Groussac, la que repara en la sorpresa de que, después de cada noche, lo francamente extraordinario es que amanezcamos cuerdos. Y sin la lectura de las pesadillas de Homero, las del canto xxii de La Ilíada, cuando Aqui- les persigue a Héctor alrededor de Troya, y Homero lo describe como una pesadilla de persecución; pesadilla que, más de dos mil años después, resulta idéntica a nuestras pesadillas.
Pero me adelanto. Escribir los sueños es también una manera de recordarlos. Me refiero a la paradoja de que el cuerpo del sueño es la memoria. Sólo en ese re- cordar lúcido los sueños existen y tienen sentido. Para los antiguos, sabemos, su origen es divino. Implican pro- fecías, oráculos, diálogos sobre el futuro. De noche los dioses los visitan. Artemidoro de Daldis, ya en el siglo ii, escribe por primera vez un catálogo. Clasifica, compen- dia y asigna a cada sueño una significación prexistente.
Años después el inventario se relega, hasta que Freud vuelve a ponerlo en el centro. Entonces los sueños se enlazan a la representación y al deseo, a los tijeretazos de la censura, al triunfo laborioso de la memoria. En sueños resolvemos ecuaciones matemáticas, nos hace- mos preguntas, escuchamos canciones y leemos libros imposibles. “Soñar participa de la Historia”, anotó Wal- ter Benjamin. Los sueños persisten y, de alguna manera, nos marcan un sentido, nos singularizan. Responden simbólica, incesantemente, qué queremos, que es casi como decir quiénes somos. Construyen, en ese eterno hacer y rehacer de cada noche, nuestra identidad. Ha- blan por nosotros y hablan en nosotros, en palabras de Kafka, nos habitan leopardos que irrumpen con su ce- remonia interminable. Todos estamos implicados en los sueños, todos hemos soñado alguna vez, todos co- nocemos esa experiencia íntima, que la memoria hace compartida, porque, y acá la cita de cierre es de Freud, todos los hombres, “hasta los más normales”, sueñan.
El caballo que viene desde el fondo de la historia Las pesadillas de Homero y nuestras pesadillas. Ha- blo de esa cara doble del acto de soñar, una personal, única, que nos pertenece en lo íntimo (que respon- de a nuestra historia, quiero decir), y la otra, la que se ubica en el centro de la propuesta de Jung: las fuentes antiguas, el origen arcaico, lo colectivo como potencial- mente heredado en los sueños. Arquetipos, escribe Jung.
Ahora, más en concreto, quiero marcar una serie sobre esto, el enlace entre tres escritores que parecen compartir los mismos recuerdos y las mismas pesa- dillas. Dicho mejor: de cómo la locura de Nietzsche (1844-1900) fue anteriormente soñada por Dostoievski (1821-1881), y cómo un episodio central en la vida de Dostoievski fue relatado años antes por Pushkin (1799-1837).1 Estos son los nombres y las fechas. Las coincidencias asombran y en parte se explican, claro, por la fascinación de Dostoievski hacia Pushkin, o la de Nietzsche a Dostoievski. Pero si explican, lo hacen sólo en parte. La otra parte, la que desborda esa idea, es la capacidad que tiene la escritura para proyectar y fundar una nueva realidad, para vencer el tiempo y universalizarse. Para incidir sobre los hombres, y de un modo muy preciso, sobre ciertos hombres. “Pushkin es el autor fundacional de la lengua rusa”, dijo Dostoievski en su diario, cuando ya casi tenía sesenta años, y lo que sigue fue la sentencia de Nietzsche sobre su antecesor, en El crepúsculo de los dioses o Cómo se filosofa a marti- llazos: “Dostoievski es el único que me ha enseñado algo de psicología”.
El caso es que una novela de Pushkin relata un tra- mo de lo que será después la vida de Dostoievski, y el sueño de un personaje de Dostoievski calza con mucha precisión en lo que ocurrirá casi al final de la biografía de Nietzsche. Pero además, curiosamente, un caballo atraviesa las escenas de estos tres hombres, y marca su vida y su destino. Es un símbolo, una figura que se re- pite. Un caballo que parece salir del núcleo del tiempo
1 Este caso fue mencionado también en “El caballo en la tempes- tad”, Revista Armas y Letras de Monterrey, 2010.
y se adentra o se reinventa en cada situación, que res- ponde a un llamado, a una necesidad. Su materia es la del recuerdo, y la de la locura o la pesadilla. Viene de una dimensión atávica, en la que los sueños y la me- moria nos anteceden.
Ocurre lo mismo con el canto veintidós de La Ilía- da, de Homero, que mencioné arriba, cuando Héctor y Aquiles dan vueltas alrededor de Troya, antes de que Héctor se detenga y decida enfrentar su miedo y la magnitud de Aquiles, que tiene armas forjadas por un dios (y lo que calladamente todos sentimos al leer esto, que con armas así no hay chiste, que cualquiera gana la batalla, por eso, se sabe, esas vueltas que muestran el miedo brutal de Héctor, su corrida antes de detenerse, y también lo muestran humano para siempre). Y escribe Homero, y cualquiera de nosotros hoy puede confesar haber tenido esta pesadilla: “Como en sueños, el que persigue no puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles”.
Además de los sueños de persecución, existen muchos otros tipos de sueños comunes: sueños don- de caemos a un precipicio o desde los árboles, sueños donde volamos y en los que podemos dejar de hacerlo, sueños en que perdemos los dientes, en que andamos desnudos por la calle o volvemos a la escuela. Y etcéte- ra. Lo que piensa Jung, entonces, es que posiblemente procedan de fuentes idénticas y se nos transmiten como arquetipos. Para Otto Rank, el proceso de elaboración de un mito se parece al de los sueños, y Mircea Eliade propone que “nada nuevo sucede en el mundo, todo es repetición de los arquetipos primordiales”. En todo caso, continúa Jung, la función del sueño es compensatoria.
Su finalidad es revelar a la conciencia lo reprimido, lo que permite restablecer el equilibrio psicológico.
Escenas con caballo en serie
Rusia, 1836. Pushkin publica La hija del capitán, no- vela que narra la insurrección y derrota de un grupo de
cosacos contra el régimen zarista. La fuerza de la novela se potencia al final, cuando a los protagonistas no les queda muy claro cuál de los dos bandos tenía razón. El capítulo 7 se llama “El asalto”, cuenta el momento en que los zaristas toman prisioneros, y luego de que “el cosaco que traía el mensaje escrito con la rendición se tambalea y cae del caballo”.
Los zaristas los obligan a jurar, pero ellos se rehú- san a jurar, y son conducidos a la horca:
—¡Qué lo cuelguen!— dijo Pugachov, sin dignarse si- quiera a mirarme.
Me echaron un nudo al cuello y empecé a orar men- talmente, expresando a Dios mi sincero arrepentimiento por todos mis pecados, y rogándole la salvación de todas las personas queridas. Me arrastraron hasta la horca (…) De pronto oí unos gritos:
—¡Alto! ¡Deteneos, malditos!
Los verdugos se quedaron quietos. Me volví y vi a Savélich a los pies de Pugachov. El criado pedía por mi vida, al punto de pedir que lo maten a él (…). Pugachov hizo una señal, y en el acto me desataron y dejaron libre.
—Nuestro señor te perdona— oí que decían.
Fortaleza de Pedro y Pablo, 1849. Vale decir, diez años después de la novela de Pushkin. Un caballo se mueve nervioso cuando un pelotón de fusilamiento apunta.
Es el 22 de diciembre y Dostoievski, que tiene veinti- trés años, que ha sido detenido en su casa, y al que se ha acusado, junto a una veintena de hombres, de cons- pirar contra el Estado, pasó ocho meses en la fortaleza antes del dictado de la sentencia: la pena de muerte. Ese día, es trasladado a la Plaza de Armas del regimiento Semenovski donde se realizará la ejecución. Al fondo, las cúpulas nevadas de San Petersburgo. Lo que sigue es una paráfrasis de su Diario y de las reseñas biográfi- cas de la edición de Aguilar de 1961.
Veinte hombres suben al patíbulo: nueve se co- locan a la derecha, once, a la izquierda. El auditor del Concejo de Guerra lee el veredicto. Solo uno pide con- fesarse. A pocos metros están los postes, y a una corta
distancia también las fosas recién cavadas. Los tres primeros son conducidos a los palos, donde los atan, echándoles los capuchones sobre los ojos. Dostoievski es el sexto. Se escucha un clarín. Tres pelotones se des- tacan y se sitúan frente a los postes. Suenan voces de mando. Los soldados apuntan los fusiles, y entonces su- cede algo extraordinario. Un caballo se mueve, patea nervioso. ¡Fuego!, ¿por qué no disparan? Petrachevs- ki, que está atado, alza la cabeza. Un ayuda de campo agita un pañuelo. Al mismo tiempo, los clarines tocan retirada. Después, se oye la voz del general Rostosev:
“En su inefable clemencia, su majestad el Zar os hace gracia de la vida”.
San Petersburgo, Rusia, 1866. Dostoievski publica Crimen y castigo, que cuenta la historia de Rodian Ras- kolnikov. En el capítulo 5, de la primera parte, el caballo reaparece y se coloca en el centro de la escena. Raskol- nikov aun no ha decidido cómo cometerá el asesinato de la vieja, pero ha almorzado y bebido aguardiente y está durmiendo sobre el heno. El sueño resulta deter- minante para su historia, no solo hará notar al final que “de pronto, todo se había resuelto, definitivamen- te”, sino que además a Rodia, al recordar este sueño mucho tiempo después “siempre se le aparecía como una prefiguración de su destino”. El muchacho sueña a unos campesinos, borrachos, a la salida de la taberna.
El grupo sube a un carro, tirado por una yegua. Pero la carga es intolerable para el animal, y el dueño azota las ancas para conseguir que se mueva, entonces Rodian:
se dirigió corriendo hacia el animal, avanzó; pudo ver cómo le pegaban al caballo en los ojos, ¡en los mismos ojos! Se echó a llorar. El corazón le dio un vuelco, se le saltaron las lágrimas. Uno de los fustazos le rozó la cara;
él no lo sintió…
Turín, Italia, 1889. Así como la alteración de la pena sal- vó la vida de Dostoievski, el sueño de Rodian derrumbó
para siempre la razón de Nietzsche, y lo hizo caer, desva- necido, en una calle del norte de Italia. Concretamente, el colapso de Nietzsche fue el 7 de enero de 1889. Hasta el 27 de diciembre de 1888, por lo menos, no hubo mani- festaciones de la enfermedad. El caso es que Nietzsche tenía cuarenta y cuatro años al llegar a Turín. Dicen
—y anoto dicen porque esta historia quizá mítica so- bre el inicio de la locura nunca fue lo suficientemente confirmada pero sí lo suficientemente difundida como para narrarla ahora—, dicen, entonces, que Nietzsche caminaba por la Plaza Carlo Alberto cuando vio tro- pezar y caer un caballo porque su carga era intolerable.
El cochero continuaba azotándolo sin importarle. El animal se arrastró. Y Nietzsche, llorando, se abrazó a su hocico y a su belfo, y le pidió disculpas en nombre de toda la humanidad.
On the night mare
Me doy cuenta del desplazamiento, claro, de que es fácil argumentar que los caballos, en literatu- ra, abundan. Se remontan al sitio de Troya y surcan épicamente el imaginario medieval. Los de Tolstoi relinchan y cuentan historias; los de García Lorca pa- tean el suelo y rompen paredes; una mujer borracha se abraza al cuello de uno, amarrado a un coche de alquiler neoyorkino, en Big Blonde de Dorothy Parker;
Juan José Manauta escribió la leyenda de un hombre que defiende su caballo del tigre; Roberto Arlt, en una crónica sobre el golpe de gobierno del 30, en Bue- nos Aires, reparó en un caballo herido en la calle que
“se desangraba despacito”. Pero quizá el caballo sirva para detectar cómo los sueños y los recuerdos de los otros nos llegan, la forma de la locura que nos precede.
Al fin de cuentas, Borges, cuando relata la etimolo- gía de la palabra inglesa night mare, la traduce como la yegua de la noche. Y cita a Shakespeare: I met the night mare, y dice que de noche se encuentra (o que nos encontraremos, incansablemente) con la yegua de la noche, con la pesadilla.