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CRISTO REY ESTARA EN TRANCE DE ABDICAR?

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Academic year: 2022

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Respuesta a un amigo conturbado por determinados pasajes de los textos conciliares que le parecen poco claros y susceptibles de volver a poner en tela de juicio la- doctrina, comúnmente admitida hasta ahora, de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo.

Querido amigo:

Vuestra carta es de las que no podemos dejar sin respuesta.

Lo que en • ella se incrimina es demasiado grave y toca de muy cerca a lo que no~ ha dejado de ser, desde hace veinte años, el alma de nuestra vida.

No es que este argumento me parezca aplicable y suficiente para descartar lo que Vd. afirma. No ignoro que existe un número inmenso de personas que, con la mejor intención del mundo, ha perdido generosamente su vida al servicio del error. Y estoy presto a reconocer que nosotros mismos no estamos seguros de sucumbir a tal peligro.

Si mi carta comienza de este modo no es para que sirva de argumento, y menos aún para conmover. Es únicamente para hacer admitir la regla, desacostumbrada entre nosotros, de lo que va a seguir.

Hablemos claro. Si lo que Vd. cree tiene fundamento, nuestro trabajo es vano.

¿Qué valor, pues, tienen vuestros argumentos?

Y ante todo, ¿ cuáles son ellosf

El primero, en que se fundan los otros, es que ciertos pasajes y declaraciones conciliares os parecen ambiguos, redactados con menor vigor que aquellos a los que estábamos habituados sobre los mismos problemas. Lo que bastarla, según Vd., para volver a poner en tela de juicio, no sólo determinadas fórmulas acceso- rias de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, sino hasta la doctrina de esta realeza.

De ahí la actitud ESENCIALMENTE diferente —Vd. ha hecho bien en insistir sobre la palabra E S E N C I A L — que las naciones po- drían tener en lo sucesivo con relación a Cristo Rey. Toda refe- rencia constitucional, institucional, legislativa, a un cualquier sis- tema teocéntrico, dogmático, os parece comprometida.

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¡He ahí lo que sería nuevo en la enseñanza teocéntrica del Vaticano II t

Novedad dudosa> es cierto. Pues Vd. reconoce que la procla- mación de un semejante retroceso no está claramente formulado en ninguna parte. Le es suficiente con olfatearlo para creerse usted obligado a dar marcha atrás.

Para justificar este repliegue invocáis la regla de crítica apli- cable a los casos de interpretación de un texto dudoso: estudiar, comparándolos, los pasajes del mismo autor sobre el mismo tema.

Método que puede aplicarse al Concilio. Pero a condición de ponerse de acuerdo sobre la persona del mismo autor.

Muy lejos de preconizar, como usted lo hace, él estudio de los trabajos, declaraciones o debates de los que se sabe que prepa- raron la redacción del texto conciliar, pienso que no son éstos los escritos de ese mismo autor de los que interesa en mayor grado captar el pensamiento.

Pues, en el caso particular de un Concilio, hay que distinguir la parte de los hombres —que han podido ser redactores de los pa- sajes contemplados— y la parte de Dios, único verdadero autor.

En aplicación de la regla crítica evocada hace un momento, no es a la .luz de los trabajos personales de tales Padres del Con- cilio —aunque hayan sido los portavoces de la mayoría— que puede ser disipada la eventual ambigüedad debida a la insuficiencia de los redactores. Bs a la luz de los otros textos del único verda- dero autor sobre el mismo tema —otros textos del Espíritu Santo, otros textos dé la Iglesia— a los que debemos referirnos.

Al designar los escritos o el pensamiento de Monseñor X o del reverendo' padre Y, como las expresiones más ajustadas de la doctrina concitar, se corre grandemente el peligro de sustituir la doctrina de Monseñor X o del reverendo padre Y, a la doctrina del único autor conciliar que es el Espíritu Santo.

La evidencia de una participación de X o de Y en la redac- ción de un texto no constituye un argumento, ya que Dios se su- pera, como se dice, en escribir derecho con renglones torcidos...

incluso en servirse de redactores retorcidos para hacer triunfar sin embargo lo que Él quiere. Así como ha podido suceder que sobre un texto peligroso tal rectificación —"nota explicativa"—

sobrevenga "in extremis" disipando el equívoco, neutralizando el peligro, como a las barbas de aquellos que, hasta entonces habían

parecido dirigir el debate. "

Es insostenible el método que consiste en invocar la opinión de algunos Padres del Concilio más exhibidos, para aclarar pasajes que no pueden dejar de apoyarse ante todo, apoyarse sobre todo

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en un comentario fundado sobre lo que la enseñanza de la Iglesia tiene corno más seguro, como más clásico sobre el tema.

Y no tcrn solo ésta es la regla aplicada desde siempre en se- mejante materia, sino que el mismo Pablo VI no ha titubeado al denunciar, en diferentes ocasiones, el error que consistiría en ais- lar la doctrina del Vaticano II del contexto del pensamiento cris- tiano desde sus orígenes.

Es únicamente en esta corriente donde deben ser buscados ( y encontrados) esos "otros textos del mismo autor sobre el mis- mo tema"... susceptibles de aclarar lo que pueda parecer oscuro en las doctrinas y declaraciones del Vaticano II.

Tan cierto es esto que ... "no importa cuál de los veintiún Concilios Ecuménicos interpretados como una especie de revela- ción nueva, conteniendo el alfa y la omega de lo que es preciso creer y practicar y excluyendo todo aquello que no haya dicho él mismo y comprendido como una desautorización de los tiempos cristianos anteriores (•••), no importa cuál de esos veintiún Con- cilios —escribe lean Madiran— sería un. ciclón que no dejaría rebrotar nada en las cimas de los que él hubiera pasado" (1).

De ahí la declaración de S. E. Monseñor Felici, nombrado por el Papa, Secretario general de la Comisión para la coordinación de los trabajos post-conciliares y la interpretación de los Decretos del Concilio: "No hay que atribuir al Concilio más que lo que está contenido en los diversos decretos conciliares. No son valederos más que los comentarios de los dos Pontífices del Concilio, en lo referente a los documentos mismos. Todo el resto (...) no re- presenta, en modo algunio el espíritu del Concilio?' (2).

No hay nada, pues, que permita dejar de aplicar la regla de siempre: Es a la luz de lo que ya está claro y recto en la doctrina de la Iglesia como debe interpretarse lo que pueden tener de oscuro o dudoso los textos más recientes.

* * *

Por lo tanto jcree Vd. legítimo interpretar la acogida reser- vada por el Papa a determinados emisarios de Moscú como una imñtación a suspender la lucha contra le Revolución anticristiana que se desencadena hoy sobre el mundo t

¿Cree Vd. que esto "constituye un problema", como se dice hoy?

(1) Itméraires, diciembre 1966, pág. 19.

(2) Osservatore Romano, 11-3-66,

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Y, ¿piensa Vd. que está caducado el buen sentido que hacia escribir al viejo Sarda su capítulo sobre las relaciones que el Papa mantiene con leus potencias de la tierra? (3).

"La Iglesia cree en esta esfera poder valerse y se vede de todos los recursos que puede utilizar una diplomacia honrada. ¿Quién se atrevería a echárselo en cara? Así, pues, envía embajadas y las recibe crnn de gobiernos malos, aun de príncipes infieles; da a los mismos y de los mismos recibe presentes y obsequios y honores diplomáticos; ofrece distinciones, títulos y condecoraciones a sus personajes; honra con frases de cortesía y galantería a sus fami- lias; concurre a sus fiestas por medio de sus representantes".

¿No es ridículo que un católico, prevaliéndose de esta conduc- ta, se atreva a presentarla como una sanción de doctrinas con- denadasr

Cuando el Papa recibía, en otros tiempos, presentes y emba- jadas del Grcm Turco ¿había alguien que se permitiese creer que por eso la poligamia dejaba de estar menos reprobada qUe antes?

Sería insensato afirmar que por tales actos la Iglesia autoriza lo que no ha cesado jamás de prohibir. "Su ministerio diplomático

—concluía Sardá— no anula su ministerio apostólico; en su mi- nisterio apostólico debe, sí, buscarse la explicación de las . apa- rentes contradicciones de su ministerio diplomático".

* * *

Tal fue, y tal sigue siendo, la regla de interpretación de lo que parece perturbaros. Bs suficiente, para quedar en paz, perma- necer firmemente apegado a esta regla, ya que el estruendo de las propagandas no son más que una forma nueva de tentación por respeto humano.

Si conviniera, sin embargo, aclarar aún más lo que el recuerdo de esas normas no bastara para convencer, podría lograrlo la ex- posición de las consecuencias de lo que Vd. indica.

La Iglesia, cree Vd., estaría en trance de abandonar su en- señanza sobre la necesidad de que el Derecho, la Ley, el Estado, el orden político y social estén fundados en Dios como primer principio de su legitimidad.

Y esto no sería, según Vd., fórmula oportunista-, actitud jus- tificada por el deseo, tan prudente en muchos casos, de no pro- vocar las reacciones desastrosas de una opinión podrida. Ante el exceso del mal, la obligación prudencial de ciertos silencios, de

(3) Félix Sardá y Salvany: El liberalismo es pecado, cap. xxx.

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ciertas abstenciones siempre han sido, en efecto, admitida. Y el mismo Evangelio recomienda no echar perlas a los puercos por te- mor a ser devorado. Callar la verdad en esas condiciones no es abandonarla. Es una de tantas maneras de servirla de modo implí- cito. Pero queda en pie, incluso en estos casos, que importa con- tinuar creyéndola verdadera, continuar enseñándosela a los más fieles.

Todo cambiaría si se debiera admitir que para lo sucesivo esta doctrina está abandonada.

Y, ¿qué quedaría?

Nuestros teólogos de ocasión ¿ignoran las estupideces que re- sultarían de ese abandono?

Nuestra "Madre y MaestraV la Iglesia —que nosotros nos ne- gamos a dejar reducida a una minoría de clérigos alborotadores—, nos ha enseñado muy bien, según la expresión de Pío XII, a sa- ber distinguir cómo nuestra fe tiene la rosón a su favor.

"His immedicabiliter imbuím sum", escribía ya San Hilario.

Los arriemos hablan inútilmente. Llegan demasiado tarde. Nos- otros no podernos ya cambiar. Nuestra fe es irrevocable?' (4).

Dios o nada.

Dios o el absurdo.

"Si Dios no existe, todo está permitido

¿Puede pensarse que sean suficientes estas fórmulas poco co- rrientes para creer caducada su verdad?

Si determinados clérigos rehusan enseñar que Dios está al principio de la ley, ¿ quién dirá el secreto de la legitimidad de la ley?

¿Y qué deviene la ley?

¿Qué deviene la naturaleza de su obligación?

¿Cómo justificar que ella obligue en conciencia?

¿Cómo justificar esta obligación de otro modo más que por el hecho de la fuerza bruta o sicológica? —/ fuerza que no podría ser una justificación; por eficaz que pueda ser!—. ¿Cómo expli- car la obligación moral de la ley de otro modo más que por la amenaza de la policía?

Si Dios no está al principio' de la ley, la ley no se impone más realmente. Es un consejo, una recomendación más o menos pru- dente. Es incapaz de justificarse seriamente, incapaz de encon- trar en ella lo que legítimamente, razonablemente la autoriza a decir: Es obligatorio obedecerme, tengo el derecho de obligar;

(4) De Trinitate, l-VT-21.

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tengo el derecho de castigar e incluso de matar en ciertos casos a quienes rehusen observar mis prescripciones.

"!No tendrías ningún poder sobre mi, si no te hubiera sido dado de lo Alto".

Ahora bien, si la ley deja de ser presentada ya como zmnendo de lo Alto, su poder está despojado de su única y verdadera jus- tificación.

Ante esta ley sin principio, jamás se dirá bastante que los anarquistas tienen razón. Pues, una vez desligadas de Dios las instituciones, no nos queda más, lógicamente, que la tesis de esas gentes para explicar el poder del gendarme, la obligación del impuesto. Tesis subversiva, de la sola fuerza del número, del aplastamiento del individúo por la sociedad en nombre de la sola superioridad de lo "múltiple" con relación a "lo uno?' y de los derechos del "todo" sobre la "parte". Y esto resulta así, tanto si se acepta y se organiza como hacen los comunistas; com\o si se acepta que el individuo se subleve contra la tiranía social, al modo que lo hacen los anarquistas.

En cambio, invocando a Dios, la abyecta alternativa de sapa-.

rece. Pites puedo reconocerme, razonablemente, en la absoluta y siempre actual dependencia de Dios. Mientras que no puedo decir otro tanto respecto de la sociedad.

Puedo decirme absolutamente criatura de Dios. En tanto que es evidente que no lo soy de la sociedad.

Dios, pues, en todo rigor lógico, tiene plenamente derecho a mandarme. No la sociedad.

Como escribe Juan XXIII en "Pacem in tierris": "La autori- dad humana no puede ligar las conciencias más que en la medida en la que ella se religue a la autoridad de Dios y constituye una participación de ella..."

No merecía la pena de protestar con tanta fuerza contra el empirismo organizador de un Maurras, para proponernos hoy wn sistema... que, de ser admitido, no daría derechos más que a la anarquía.

¡ Qué ironía implica el pensar que existen clérigos que dudan ante esas verdades que un agnóstico no temía proclamar poco antes de su conversión!

"Sin la unidad divina y sus consecuencias de disciplina y de dogma —escribía Maurras (5)—• la unidad mental, la unidad política desaparecen al mismo tiempo, no se reconstruyen más que si se restablece la primera unidad.

(S) Sans la muraille des cyprés..., pp. 53-54.

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"Sin Dios, ya no hay verdad ni mentira; ya no hay derechos;

ya no hay ley. Sm Dios, una lógica rigurosa iguala ¡a peor locu- ra o la más perfecta razón. Sin Dios, matar, robar, son actos de una perfecta inocencia; no hay crimen que no devenga indiferen- te, ni revolución que no sea legitima; pues sin Dios el principio del Ubre examen subsiste único, principio que puede excluir todo pero que no puede fundar nada."

¿Os atreveréis a> decir que después del Vaticano II el pen- samiento de la Iglesia se atreva a llegar a eso?

¿Habremos llegado a ese grado de licuefacción cerebrailf

¿Es posible que, basándose en algunas ambigüedades conci- liares, pueda ser propuesta o deliberadamente aceptada por cléri- gos una semejante aberración?

Que esos clérigos crean oportuno no recordar ya al Estado la obligación social de una referencia dogmática, quizá sea su conveniencia.

Pero es y continúa siendo cada vez más la nuestra, h de nosotros los seglares, prever lo que- esta capitulación significa en lo temporal; el Estado ¿dejará por ello de tener una doctri- na?; ciertamente no.

Y si es cierto que por pusilanimidad un determinado sector del clero está presto a abandonar lo que todavía puede haber de cristiano en sus referencias morales o ideológicas, otras refe- rencias morales, con rapidez, ocuparán el lugar así desertado.

Pues un Estado no puede dejar de tener una doctrina de Estado.

Si los católicos abandonan la suya, la de la Revolución la ocupará con mayor rapidez.

Desde hace mucho tiempo está a las puertas.

Según toda evidencia la Revolución no espera más que nues- tra cobardía para ser coronada.

Podría, JÜMI embargo suceder aún, que la ceremonia fuera per- turbada, si aumentara sin cesar el número de esos seglares deci- didos a no tolerar por más tiempo que la Ciudad sea entregada..., por la traición de una minoría de escribas achicados ante la Re- volución que llega.

JEAN O U S S E T .

Referencias

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