L E T R A X L E T R A
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Reinaldo Spitaletta
E l so l n eg ro d e p a p á R ei n a ld o S p it a le tt a
L E T R A X L E T R A
Reinaldo Spitaletta
El sol negro de papá
La muerte es una especie de festividad en El sol negro de papá, que se lee no en la vida del muerto sino a partir de la vida de los duelos, que son los que asisten al evento porque el muerto ya se ha ido. Y como la muerte es un asunto de vivos, adquiere trascendencia no en la especulación de qué pasará después de morir sino en el qué pasa cuando la noticia le llega a alguien y este alguien se defiende de ella viviendo.
Una novela nueva, sin aires matones, con calles alegres y amores y absurdos que van de una parte a otra como mari- posas propiciadas por un mago: el muerto A, el muerto B. Un buen logro para la literatura colombiana, que con obras como esta, de Reinaldo Spitaletta, sale de esa resignación macabra a la que tantos escritores parecen condenados.
Memo Ánjel
Bello, Antioquia, 1954. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de An- tioquia y egresado de la maestría de Histo- ria de la Universidad Nacional. Presidente del Centro de Historia de Bello. Docente- investigador de la Universidad Pontificia Bolivariana. Es columnista de El Espec- tador. Declarado en 2008, por el Observa- torio de Medios de la Universidad del Rosa- rio, como el Mejor Columnista Crítico del país. Director de la revista Huellas de Ciu- dad y co-productor del programa Medellín al derecho y al revés, de Radio Bolivariana.
Cronista, conferencista, editor, con expe- riencia en prensa escrita de más de veinti- cinco años.
Ha publicado más de doce libros, entre ellos: Domingo, Historias para antes del fin del mundo (coautor Memo Ánjel, 1988), Ofi- cios y Oficiantes (relatos, 1990), Reportajes a la literatura colombiana (coautor Mario Es- cobar Velásquez, 1991), Café del Sur (coau- tor Memo Ánjel, 1994), Vida puta puta vida (coautor Mario Escobar Velásquez, 1996) El último puerto de la tía Verania (novela, 1999), Vida, muerte y resurrección de Ben- jamín Camacho (coautor Guillermo Sán- chez, 2007), Estas 33 cosas (relatos, 2008), El último día de Gardel y otras muertes (cuentos, 2010).
l e t r a x l e t r a
El sol negro de papá
Reinaldo Spitaletta
El sol negro de papá
Primera edición: abril de 2011
© Reinaldo Spitaletta
© Fondo Editorial Universidad EAFIT Carrera 49 #7 sur-50, Medellín Tel. 261 95 23
http//www.eafit.edu.co/fondo e-mail: [email protected] ISBN: 978-958-720-087-4
Ilustración de carátula: Colorful abstract background, subido por: tnimalan, disponible en: www. sxc.hu, consulta: 15 de marzo de 2011
Editado en Medellín, Colombia Spitaletta Hoyos, Reinaldo, 1954-
El sol negro de papá / Reinaldo Spitaletta. -- Medellín : Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2011.
196 p. ; 22 cm. -- (Letra x letra) ISBN 978-958-720-087-4
Novela colombiana - Siglo XXI 2. Literatura colombiana I. Tít. II. Serie Co863.6 cd 21 ed.
A 1282230
CEP-Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango
A Guillermo y Romelia In memoriam
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Uno
No sé por qué la muerte del padre golpea a otros con tanta dureza. Para mí fue un acabarse sin dramas, incluso con expresiones estéticas, sin ruidos ni aspavientos. Con dolor, sí, pero entendiendo que uno también se irá tras de sus muertos, será otro de ellos y nada más. Ahora, cuando el padre de Mabel agoniza, vuelven a la memoria las caras de papá, porque un hombre tiene muchas caras, no solo según la edad, sino según las hambres, las harturas, las búsquedas, los caminos. Las so ledades. Con los años uno se va parecien- do al padre. Cuando el mío murió, yo ya lo estaba alcanzan do en edad, y hubo días en que él parecía más joven. Era como una venganza del tiempo, porque, de pelado, veía al padre como un viejo esmirriado, que no podía estar con amigos en las esquinas, ni jugando al fútbol en la calle, pero sabía que él podría estar en bares, al lado de amigotes que usu- fructuaban su generosidad. Pero después –otra revancha– a uno los más jóvenes lo miraban como a un viejo, un viejo de veinte años, un “cucho” deplorable, y se les adivinaba la burla y hasta ciertos aires de conmiseración. “Ese ya alcanzó la fecha de vencimiento”, parecían pensar.
A veces, me llegan súbitas imágenes suyas, como aque- lla ya muy añeja cuando me trajo un Ivanhoe ilustrado, con pasta dura. Lo sacó con sigilo de su maletín de viaje, como si adentro hubiera un explosivo. Yo tenía ocho años
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y desde hacía cuatro leía, bueno, más bien juntaba letras para descifrar las aventuras de tiras cómicas de periódicos de domingo, o para escribir en los muros palabrotas que dejaban aterrados a los más grandes.
“¡Este niño es un diablo!”, dijo uno cuando escribí con un terrón la palabra “puta”. Salió corriendo y fue a decírselo a su mamá. La señora, muy vieja y con una bata de flores, la miró y, claro, frunció el ceño, con lo cual aumentó sus arrugas y su edad.
“Sí, es un demonio”, dijo y me miró con unos ojos lanzarra- yos, reencarnación de la medusa griega. Simulé no escucharla y con una varita puse en la tierra la palabra “culo” y corrí sin saber cuál fue la reacción de la mujer que vociferaba. Cuando papá sacó el libro y acompañó el gesto con la palabra regalo,
“¡te traje un regalo!”, mi alegría alcanzó para estamparle un beso en la mejilla. Sentí las púas de su barba rala, mal afeitada y de inmediato retiré los labios, abrí el libro y me senté a la mesa del comedor a hojearlo. Después de tantos años, todavía lo conservo y de vez en cuando lo abro para tener la sensación de que ahí, entre esas páginas viejas, hay algo de él que no se ha muerto.
Decía que un hombre tiene muchas caras, pero el padre muchas más. O eso creo. El día del regalo tenía una cara de recién llegado de la represa de Miraflores donde trabajaba como intérprete de los constructores estadounidenses; era un rostro cansado y con partículas de polvo, y sus ojos, casi siempre de un claro amarillo, estaban oscuros. En ellos había una alegría contenida que no pude entender,
¿por qué miraría así, si acababa de traerme un libro?, ¿por qué no se arrimaría a la mesa a leerlo conmigo?, ¿por qué
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saldría a encerrarse en su cuarto?, quizá estaba estropeado por el viaje, o tenía preocupaciones que entonces uno no alcanzaba a comprender, porque a esa edad temprana se quiere ser el centro de todo y una actitud como la suya parecía una especie de castigo. Me quedé en la mesa viendo pasar letras, palabras e ilustraciones, y después caminé con sigilo hasta el cuarto suyo, pegué una oreja a la puerta y así permanecí un rato: al principio, no escuché nada. Espera- ba, por ejemplo, un ronquido, pero nada, silencio. Luego creí oír un sollozo y quise tocar, vacilé, no sabía si hacer algún ruido para alertarlo, o quedarme ahí. Me devolví a la mesa y guardé el libro. Imaginé que el hombre –¿qué es un hombre?– estaba llorando y supuse que era por la alegría de haberme traído un regalo distinto, no eran dulces ni tortas ni monedas para golosinas, sino un libro. Al rato volví a acercarme y escuché sus ronquidos espesos.
Hago un esfuerzo para recordar la cara más nueva de papá y siempre la memoria me lleva a la foto de su primera cédula, una cara simpática, sonrisa contenida, un bigotito casi de mentiras y la mirada contenta, en blanco y negro.
No me llega con claridad el rostro que tenía la noche en que llegó a casa y mamá no estaba. Había salido a alguna diligencia que nunca supe. Solo recuerdo que ante la sole- dad empecé a llorar, es posible que hubiera tenido dos años, porque, según me enteré después, correspondió a los días que habitábamos en una casa del barrio Manchester, muy grande para tres personas, o eso creía, que los espacios eran de más tamaño del que realmente tenían. Aquella pudo haber sido mi primera sensación de desamparo, verme solo, en penumbra, caminando por un pasillo de cemento, mi-
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rando el cielorraso y escuchando ruidos dentro de él, yendo a la cocina y ahí descubrir el súbito paso de una rata, luego asomarme al patio de bifloras y sentir el rumor sordo de las matas, correr hasta una ventana que daba a la calle e intentar abrirla sin éxito y principiar a gritar, a llamar a mamá, a correr en redondo por la sala, y después escuchar un golpeteo en la puerta de entrada, primero suave, luego más fuerte hasta convertirse en un demoledor sonido, no sé quién lo produ- cía, pero después apareció él, la cara demudada, rabioso con certeza, vociferando.
—¡Qué son esos gritos, qué son esos llantos!–, supongo que esas eran sus palabras.
Vino hasta mí y me tomó en sus brazos, me dio consue- los y sin embargo persistía en mis berridos y él comenzó a impacientarse, seguramente decía o pensaba: “Puñetero pelado cállate, puñetera mujer dónde te has ido, cállate que me vuelves loco”, pudo haber sido así, y luego mamá en la puerta, tampoco recuerdo su rostro, quizá asustado, lo más probable asombrado por el espectáculo de su chiquillo alborotado y su marido enardecido. Los dos se observaron frente a frente y estalló una algarabía, hablaban al mismo tiempo y eso fue suficiente para renovar mis aullidos. No sé cuánto tiempo pasó entre los primeros alaridos y los últimos susurros, pero todo se fue calmando, ellos en la mesa y yo caminando por ahí, sin preocupaciones.
Después su cara aparecía de vez en cuando. Se demoraba en los lugares donde iba a conseguir la comida, los cuadernos de mi escuela, la plata para sus bailes, algún vestido para mamá. Al principio lo extrañaba porque tardaba mucho en volver y para mí era una fiesta su arribo, con un maletín
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enorme, que yo iba de inmediato a esculcar. Me encon- traba con revistas viejas, periódicos de mucho tiempo, de hojas amarillosas, y en el fondo cantidades de monedas que yo tomaba para mí, porque, además, él lo hacía para eso, como para decir “ahí está el tesoro, encuéntralo”, y supongo que él gozaba viéndome en la labor de requisa.
Con eso tenía para vaciar tarros de confites y chicles bomba en la tienda de enfrente.
Bueno, recuerdo estos episodios porque el papá de Mabel se está muriendo y en realidad, para ser franco, quiero que se muera pronto, no porque sea un indolente o alguien que goza con el dolor ajeno, sino porque así ella seguramente recuperará su cordura; de lo contrario, quien perderá toda razón de equilibrio y ecuanimidad seré yo.
Quizá ya estoy andando por ese camino, porque cada vez vuelven a mi memoria las caras de papá. No sé qué tenía de particular, porque ni siquiera era un hombre apuesto, en cambio mamá sí era una rubia angelical, con voz de soprano en sus canciones, con voz de narradora en sus historias, qué sé yo, era tan virtuosa, pero lo que quiero es recordar a papá y no más, porque creo que a veces lo olvidé. En los tiempos primeros él estaba ahí, en casa, pero sin jugar conmigo. Tenía que inventarme diversiones, que nada tenían que ver con las cartillas escolares, ni con las fábulas que mamá contaba, ni siquiera con la bulla que me llegaba de la calle en la que había rondas de muchachas (“Estaba la pájara pinta / sentada en el verde limón, / con el pico cortaba la rama, / con la rama cortaba la flor…”), pelados correteando y gritando (“¡La lleva, la trae!... coclí- coclí al que lo vi, lo vi”). Los imaginaba uno tras otro, en
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carruseles como aquellos a los que de vez en cuando mamá me llevaba, caballitos galopando en redondo, la cara de ella feliz viéndome reír y dar palmadas en las ancas, ir, volver, ella aparecía y desaparecía y cada vez le agitaba una mano de adiós y luego otra de bienvenida, la magia del tiovivo, o de la calesita como la llaman los argentinos y que me parece un nombre con más vibraciones, en fin, que yo seguía escu- chando el tropel de afuera y en realidad lo que quería era participar de él, pero quizá un niño tan pequeño no podía salir así no más y por eso tenía que imaginar el manejo del carro, sí, un carro de madera, vetusto, resto de un aguinaldo navideño, y arrastrarlo por el corredor, meterse a los cuartos, evitar una colisión contra las camas, imitar el motor con sonidos guturales y después guardarlo en un garaje que era el cajón de un escaparate. Papá se acostaba a dormir, a veces emitía quejas o de pronto un regaño, “ve, chamaquito, deja de conducir tan mal que me vas a atropellar”, pero no se involucraba, no se levantaba a participar de mis ensueños ni a crearme otros.
Por eso, creo que cuando se iba a trabajar lejos, se desata- ba en mí un carnaval interior, porque era como quedar libre, era la posibilidad de salir a la calle por asuntos distintos a los de ir a la escuela. Se iba, sí, y se demoraba días y semanas, y cuando volvía la euforia era menos por su llegada que por su maletín con tesoros escondidos. Así era al principio.
Así comencé a tener nociones de lo que era el calendario.
Entonces después del estudio sabía que la calle me esperaba.
Mamá no se oponía, además, ella aprovechaba la ausencia de papá para salir con amigas, ir de vez en cuando a cine y llegar por la tarde con bolsas de pasteles de gloria y galletas
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de mantequilla. Me parece que ella también sentía lo mismo que yo. Se incomodaba con su presencia, con ese permane- cer de día en la cama, escuchando radio, y de ciertas salidas nocturnas al centro de la ciudad. Llegaba oliendo a cerveza y, según ella, a mujer. Digo que a veces me gustaban sus salidas porque por la noche arribaba también en compañía de una torta. El sabor de aquellas tortas no lo he vuelto a sentir jamás, era un dulce harinoso que siempre identifiqué con él; bueno, a veces uno se vuelve sentimental sobre todo cuando recuerda olores y sabores de aquellos años. Debe ser porque uno se va volviendo más pasado que presente y eso es lo que llaman envejecer.
Crecía sin darme cuenta. De pronto, ya la primaria estaba terminada y todo había sido tan fugaz. El ejercicio de la calle nos redimía frente a las arduas jornadas de estudio. Había cierto fastidio en ir toda la semana, todo el mes, todo el año, a escuchar al mismo profesor, hasta cuando en quinto elemental, por fin, se diversificaba todo y cada asignatura tenía un maestro. Pero ahora estoy hablando es de papá, o de lo que dura de él en mi memoria. No recuerdo que él hubiera ido a ningún acto público escolar, jamás asistió a una entrega de calificaciones, unas veces porque estaba lejos, otras, las más, porque no gustaba de esos acontecimientos.
Así parecía. “Eso es para señoras”, le oí decir. Uno veía a algunos padres que iban a preguntar por sus hijos, me pre- guntaba por qué papá no aparecía por aquí, y siempre era mamá la que estaba en las reuniones. Iba emperifollada, con batas florecidas y peinados de salón. Había maestros que la miraban con ojos extraños y a alguno lo descubrí cuando observaba sus piernas, pues parece que tenía unas piernas
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atractivas, aunque el vestido no era corto se podía adivinar que era una mujer en la que cualquier maestro podía fijarse.
Menos mal que papá no se enteró de esas miradas, porque ahora que lo analizo en la distancia era un tipo al que le hubieran caído bien las “Cuatro Preguntas” de Morales Pino:
“Niegas con él lo que hiciste y mis sospechas te asombran, / pero, si no lo quisiste, ¿por qué te pones tan triste cuando en tu casa le nombran?”. Supongo que en sus trabajos de tan lejos pensaba en mamá, en qué estaría haciendo, si salía mucho a la calle, si el vecino la cortejaba, si se pintaba los labios para sonreírle a otro…
Y en realidad era un mar de celos, lo digo porque una vez apareció de sorpresa, sin telegrafiar su llegada. Era un hombre que debieron conocer en todas las oficinas de tele- grafía de muchas partes de Colombia, porque siempre estaba trabajando con gringos en construcciones de represas, en petroleras, en apertura de carreteras, en otras obras civiles.
Llegó un sábado y me encontró en plena calle, jugando al fútbol. Me llamó de inmediato y amenazó con desabrocharse el cinturón. Sentí que mis cachetes se calentaron y con cer- teza enrojecieron. Los demás comenzaron a burlarse de mí, vos tan grande y todavía tu papá te quiere castigar, vos tan altanero y no te deja jugar un partido, y vos y vos y yo que quería golpearlos, pero no fue posible. Me agarró de la mano y caminamos a paso muy rápido. Me hubiera arrastrado, pero no pudo. Entonces ya no me importaba su valija de periódicos viejos y cuchillas de afeitar y ropa sucia y algunas monedas.
Cuando estábamos llegando me acordé que mamá se había ido al cine con una vecina y comencé a imaginar escenas de escándalo. Abrió la puerta, descargó el maletín y llamó a la
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Mona, que así le decía a mamá. “No está”, le dije con voz entrecortada. “Está en cine”, agregué, ya con aire decidido.
Se encolerizó y creí que me daría de correazos, vociferaba, puñetera mujer, esto es lo que hace cuando yo no estoy.
“¿En cuál teatro está?”, preguntó con rabia. Me volvió a tomar del brazo, apretándolo, y salí con él. En realidad no sabía a cuál cine de los tres de Bello había entrado. Deci- dió buscarla en los tres. A mí no me permitían el ingreso a esa función por ser menor de edad. Del cine Bello salió más furioso que antes, después del Rosalía la rabieta era de terremoto, y no faltaba sino el Teatro Iris, y ahí me entró una tembladera porque advirtió a voz en cuello que si la encontraba con un hombre la mataba. “Vengo a buscar a mi mujer”, le dijo al portero. “Siga, señor, claro”, contestó el hombre con cara de curiosidad y seguramente de susto.
“Ah, y si necesita ayuda, pues me llama”, agregó. Afuera, me dolían las piernas. No sé cuánto tiempo esperé. Él salió con mamá del brazo, se notaba que la apretaba. Cuando ella me vio me miró con un aire de desolación que casi me hizo llorar. “Menos mal que no estabas con un hombre”, le dijo y yo pensé en desafiarlo a pelear. Sin embargo, unos pasos después rompió a reír y tal vez se dio cuenta de que había cometido una equivocación. La vecina se quedó para mirar el fin de la película.
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Dos
La conocí en un baile de máscaras, “¡mal haya sea la hora!”, digo ahora, pero en aquel momento, cuando entré iba con- tento, quería vivir alguna aventura, abatir el aburrimiento, esa sensación de hastío que un novelista italiano decía que era como tener una cobija corta: si te arropa los pies te deja descubierto el pecho y al contrario. Me deslumbraron las luces discotequeras y los disfraces, no tanto por su origina- lidad, que no tenían, sino porque en ellos había un aire de ridiculez, una suerte de impostura ordinaria, que de pronto me dieron ganas de devolverme, pero ya era tarde, porque igual yo iba trajeado de arlequín y tarareaba un tango de Discépolo, “Soy un arlequín, un arlequín que salta y baila”, pero a mí el baile nunca me ha gustado y cuando me pre- guntan por ahí, en alguno donde me cuelo para aumentar mi tedio, que por qué voy solo a ver, digo que los hombres duros no bailan, lo digo como un mecanismo de defensa, o quizá para olvidar que en mi juventud asistí poco a esas faenas. Y, con todo, estaba ahí, en medio de un Sherlock Holmes de chaqueta gris y gorra de papel, una bruja de cabellos anaranjados, un Drácula risible de colmillos en- sangrentados, un Sancho Panza con barriga de trapos, una gitana, un hada madrina, un árabe sin camello, una tipa pintarrajeada como prostituta que dejaba entrever parte de sus senos de silicona y se hacía llamar Zulma la ardiente.
Todos eran lugares comunes, excepto el camionero. No entiendo por qué me pareció distinto ese disfraz: barba rala y descuidada, unas gafas ordinarias, mondadientes a la vista,
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mucha base de maquillaje y un aire de suficiencia, como el de los que manejan tractomulas, y una manera de danzar que no disimulaba que era una mujer y, además, que bailaba con calidad, con movimientos lujuriosos y provocadores.
Precisamente, estaba como pareja de Zulma, que era la que más llamaba la atención, pero a mí me sedujo el camione- ro y entonces tuve súbitas dudas: “¿acaso seré marica y no lo he descubierto a estas alturas de la existencia?”, porque más que las tetas exuberantes de la prostituta de carnaval, me arrastraban las nalgas protuberantes del camionero y en tales cavilaciones estaba cuando se acercó él a ofrecerse para una tanda, con un “Papi, ¿bailamos?” y ahí sí que empecé a vacilar al verle sus ojos verdeamarillos y sentir sus manos en mi cintura y la manera de conducirme por el piso lleno de confetis, un pasito para acá, papi, y otro para allá, qué rico, y la música me envolvía como si fuera una araña con su presa, y aquellos ojos no podía quitármelos de encima y fue entonces cuando, después de darle varios pisones, le tomé con suavidad sus nalgas y él o mejor dicho ella pareció sentir un estremecimiento, un corrientazo de esos que dicen experimentar las mujeres cuando se enamoran a primera vista. Sus ojos sonrieron y se quedó mirándome, tan fijamente que no resistí y volví la cara, hasta quedar al frente de Zulma, la muy pícara me hacía guiños y ponía rostro de coqueta.
Intenté huir del camionero, me senté con la Zulma y conversé unos minutos con ella, de cualquier cosa, mientras los demás continuaban con su carnaval postizo; la mujer, tratando de ser consecuente con su papelón, me sacaba la lengua con concupiscencia, me invitaba con los ojos y un
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leve movimiento de cara a irnos a un cuarto, una farsa de pacotilla que me hizo sonrojar, pero el camionero notó los coqueteos y persistió en su conquista, mejor dicho, ya no era él, sino ella, Mabel, que no sé qué veía en un tipo corriente como yo, sin aposturas, solo con una sonrisa per- manente y unos ojos que, según dijo después, se tragaban el mundo con solo verlo, y la que me estaba tragando era ella. Trajo una copa para mí y brindamos por un arlequín que calificó como un mal disfraz, porque, después de todo, tienes ojos muy tristes, en el fondo lo son, y por ahí se fue metiendo. “Tenés ojos de derrota”, me dijo. Y se metió, como suele pasar. Ella tomó la iniciativa, persistió y ahora me tiene atado a su vida, encadenado como un bolero de Lucho Gatica (“Volver es empezar a atormentarnos / A querernos para odiarnos sin principio ni final”) cuando yo no pensaba estar al lado de ninguna mujer, porque creía que era mejor estar solo, sin compromisos, y eso lo tenía aparentemente claro desde hace mucho tiempo, tal vez desde aquel golpe certero y doloroso que recibí cuando tenía trece años y ella también trece, por alguna razón dicen que es número de mal agüero y ¡vaya que lo es!
Edilma se llamaba, un nombre anodino y extraño para una muchacha, porque entonces estaban de moda las nubias, las catalinas, las teresas y las lucías, y qué se yo, si el tiempo lo borra todo o lo decanta. Eran días en los que veía las calles más anchas, el mundo apenas por descubrir, los intentos por colonizar mangas que entonces abundaban y eran como estadios. Yo ya era un miembro destacado de una barra, con todo lo que aquello significaba: estaba el muchacho consentido por sus padres, que podía ir a cine
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matinal cada domingo porque tenía mesada suficiente para la entrada, para el intercambio de libritos de Marcial Lafuente Estefanía y revistas también de vaqueros, para comprar papas rellenas acompañadas de ají picante; esta- ba el aliñado con la indumentaria, siempre como lechuga fresca, impecable, camisas bien planchadas, con temor a ensuciar los bluyines al sentarse en una acera, para lo cual sacaba un pañuelo; el quebrador donjuanesco que quería levantarse a las peladas de la cuadra y sus alrededores, bien peinado, con un mechón protuberante en la frente, a toda hora con el cabello húmedo; y así todos los prototipos de aquellas galladas, un paisaje vital de los que apenas es- trenaban el mundo. Yo me distinguía por varios aspectos: el primordial, la timidez para buscar novia, echarles piropos a las chicas y desatar todo lo que sentía mi corazón por alguna hermosa dama, carencias que compensaba con la habilidad para jugar al fútbol, la temeridad para enfrentar peleas con muchachos de más edad y mayor corpulencia, la facilidad para la pilatuna, y bueno, el poco caso que le hacía a papá cuando en tono burlón me decía: “Es hora de enamorar” y yo lo intentaba pero no podía. No me salía.
Apareció en el balcón, piel canela, virginal, una mu- chacha luminosa que me dejó arrobado, alelado como si fuera una aparición celestial, como un bolero: “Flor carnal eres tú / De mi jardín ideal, / Trigueña y hermosa cual rosa gentil / De cálida tierra tropical…”. Nuestras miradas se encontraron y sentí un cosquilleo que me hizo creer que había descubierto un nuevo mundo. No sé cuánto tiempo pasó pero nos quedamos viéndonos una eternidad y ella sonrió. Respondí con otra sonrisa. Tenía los ojos negros y
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su cara se me pareció a alguna de las vírgenes que mamá tenía colgadas en su cuarto. Esa belleza no parecía de este mundo. Caminé sin perderla de vista hasta que doblé la esquina y le di las “últimas”, alzando una mano.
Ella se entró. Di la vuelta a la manzana y volví a pasar por la casa, no estaba, esperé, no salió. Me decidí a tocar la puerta, y de cerca ella era más sublime, en esos instantes se sienten tantas cosas, como si una corriente eléctrica te recorriera de arriba abajo, tal vez un temblor en las canillas, quizá el corazón más acelerado y creo que sentía las palpi- taciones en desbandada, no sé si las mías, no sé si las suyas.
Nos rodeaba un ambiente de expectación, de no saber qué decir, ella ahí, parada, tomándose las manos, esperando a que yo le dijera algo, y yo ahí, sin pronunciar sílaba, abriendo los ojos con desmesura, buscando palabras que cayeran bien, que fueran el comienzo de una conversación, pero nada, estaba turbado hasta que ella dijo “hola” y yo le dije “hola”, y ambos reímos, “qué tal, me llamo Ricardo”, “¡ah!, sí, pero sé que te dicen Richard, porque eres famoso por estas calles, yo soy Edilma, y ya me voy a entrar antes de que lleguen papá y mamá, adiós, me gustó mucho verte”. Me quedó de ella un olor de frescura y un zumbido en los oídos, quise decirle que esperara, que no se entrara, pero ya la puerta se había cerrado, suave, como sin querer, y entonces salí como un sonámbulo, pronunciando bajito ese nombre Edilma-Edilma y me sentí feliz, como si escuchara una balada.
Esa noche me desvelé y en la oscuridad del cuarto la veía, fosforescente, como el reloj checoslovaco del cuarto de mamá; cuando logré dormirme, sé que repetía su nombre.
Era un enamoramiento a primera vista, y ahí fue cuando