• No se han encontrado resultados

David Platt, D. A. Carson, Matt Chandler, John MacArthur, Kathleen B. Nielson,

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2022

Share "David Platt, D. A. Carson, Matt Chandler, John MacArthur, Kathleen B. Nielson,"

Copied!
100
0
0

Texto completo

(1)
(2)
(3)
(4)

«Mi confianza en la Palabra de Dios es más grande, mi sumisión a la Palabra de Dios es más profunda y mi amor por la Palabra de Dios es más dulce, como resultado de haber leído este libro. Por esas razones, lo recomiendo con todas mis fuerzas».

David Platt, Pastor principal, The Church at Brook Hills, Birmingham, Alabama; autor de Radical: Volvamos a las raíces de la fe

«Este pequeño libro es una introducción altamente recomendable a la enseñanza de la Escritura sobre sí misma, que preserva los contornos de una doctrina responsable e informada, sin empantanarse en detalles arcanos. Compre un buen número de volúmenes y entregue copias a los ancianos, diáconos, maestros de escuela dominical y a cualquier otro en la iglesia que quiera comprender un poco mejor qué es la Biblia. La mala doctrina surge, en parte, de la ignorancia. Bienaventurados son aquellos maestros y predicadores de la iglesia quienes, como el autor de este libro, combaten la ignorancia difundiendo teología madura en un estilo lúcido, que evita que se genere una indigestión teológica».

D. A. Carson, Profesor de Investigación del Nuevo Testamento, de la Trinity Evangelical Divinity School

«Una de mis oraciones para mis próximos veinte años de ministerio, si el Señor me concede eso, es que podamos ver crecer el nivel de alfabetización bíblica exponencialmente. Para que suceda eso, debemos aprender qué son las Escrituras y qué tan firmemente podemos descansar en ellas. Kevin DeYoung responde bien a esta necesidad en Confía en su Palabra. Que el Dios de la Palabra sea conocido y apreciado significativamente debido a este pequeño libro».

Matt Chandler, Pastor principal, The Village Church, Dallas, Texas; Presidente, Acts 29 Church Planting Network

«Este es un estudio brillante, sucinto, y a la vez profundo, de la autoridad y suficiencia de la Escritura, basado en lo que la Escritura dice sobre sí misma. La claridad y la pasión son las marcas distintivas del libro de Kevin DeYoung, y puede ser su obra más importante y refinada hasta el momento».

John MacArthur, Pastor, Grace Community Church, Sun Valley, California

«Si está buscando una doctrina de la Escritura expresada de forma clara y simple, aquí está. Kevin DeYoung ha logrado su meta de comunicar lo que la Biblia dice sobre sí misma. Él lo ha hecho con las cualidades que hemos podido anticipar:

eficiencia, cuidado pastoral, agudeza y rigor. Sobre todo, ha permitido que la Palabra hable por sí misma».

Kathleen B. Nielson, Directora de Women’s Initiatives, The Gospel Coalition

(5)

Libros de Kevin DeYoung publicados por Portavoz

Confía en su Palabra: Por qué la Biblia es necesaria y suficiente y lo que eso significa para ti y para mí

Súper ocupados: Un libro (misericordiosamente) pequeño sobre un problema (sumamente) grande

(6)

A los santos que están en East Lansing, por escuchar una década de sermones y siempre confiar en la Palabra de Dios

(7)

Contenido

Cubierta Portada Elogios

Libros de Kevin DeYoung publicados por Portavoz Dedicatoria

1. Creer, sentir, hacer 2. Algo más seguro

3. La Palabra de Dios es suficiente 4. La Palabra de Dios es clara 5. La Palabra de Dios es final 6. La Palabra de Dios es necesaria 7. La Biblia inquebrantable de Cristo 8. Persiste en las Escrituras

Recursos recomendados Créditos

(8)

1

Creer, sentir, hacer

Mi alma ha guardado tus testimonios, y los he amado en gran manera.

Salmos 119:167

Este libro comienza de una forma sorprendente: un poema de amor.

No te preocupes, no es mío. Tampoco es de mi esposa. No proviene de una tarjeta, una película o de la última balada de rock.

No es un poema nuevo o un poema breve. Pero, definitivamente, es un poema de amor. Pudiste haberlo leído antes. Incluso pudiste haberlo cantado. Es el capítulo más largo, en el libro más largo, en la mitad más larga de una muy larga colección de libros. De 1.189 capítulos diseminados a lo largo de 66 libros, escritos en el curso de dos milenios, el Salmo 119 es el más largo.[1]

Y por una buena razón.

Este salmo en particular es un acróstico. Hay 8 versículos por cada estrofa y, dentro de cada estrofa, cada versículo comienza con la misma letra del alfabeto hebreo. Por lo tanto, los versículos 1-8 comienzan con la letra alef, los versículos 9-16 con bet, los versículos 17-24 con gimel, y así sigue durante 22 estrofas y 176 versículos, todos ellos exultantes en su amor por la Palabra de Dios.

En 169 de esos versículos, el salmista hace alguna referencia a la Palabra de Dios: ley, testimonios, preceptos, estatutos, mandamientos, reglas y promesas, y Palabra. Este lenguaje aparece en casi cada versículo y, a menudo, más de una vez en el mismo versículo. Los términos tienen diferentes matices de significado (p. ej.: lo que Dios quiere, lo que Dios señala, lo que Dios manda o lo que Dios ha dicho), pero todos se centran en la misma idea principal: la revelación de Dios en palabras.

Seguramente es significativo que este intrincado, finamente elaborado y resuelto poema de amor —el más largo de la Biblia—

no es acerca del matrimonio, de los hijos o de comida, bebida, montañas, atardeceres, ríos u océanos, sino acerca de la Biblia misma.

(9)

La pasión del poeta

Imagino que muchos de nosotros hemos intentado escribir poesía en el pasado. Ya sabes, me refiero a antes de tener hijos, antes de estar comprometidos o, si eres muy joven, antes del último semestre. En mis tiempos, yo también escribí algunos poemas, pero, aunque hubiéramos sido los mejores amigos en aquellos días, no te los hubiera mostrado. No es que esté avergonzado por el tema

—escribir para y acerca de mi hermosa novia—, pero dudo que el estilo sea algo de lo cual estar orgulloso. Para la mayoría de nosotros escribir un poema de amor es como hacer galletas con- germen de trigo: es lo más sano y natural, pero esas galletas no son muy deliciosas.

Algunos poemas de amor son sorprendentes, como el soneto 116 de Shakespeare: «Deja que el enlace de dos almas fieles no admita impedimentos. No es amor el amor que cambia cuando cambio encuentra…». Hermoso. Brillante. Impresionante.

Otros poemas, no tanto. Como este poema que encontré en Internet, hecho por un hombre que estaba reviviendo el genio romántico de su adolescencia:

¡Mira! Hay una vaca solitaria

¡Heno! ¡Vaca!

Si yo fuera una vaca, sería como esta.

Si el amor es el océano, yo soy el Titanic.

Nena, quemé mi mano sobre la sartén de nuestro amor, pero aun así se siente mejor

que la goma de mascar que nos mantiene unidos y sobre la cual me paré.

Las palabras fallan, ¿no es verdad? Tanto para comentar el poema como en el poema mismo. Aun así, esta pieza de arte con bovinos y goma de mascar es más sutil e imaginativa que esta otra titulada «La cartera del amor»:

Muchacha, me haces Cepillar mis dientes Peinar mi cabello

(10)

Usar desodorante Llamarte

Eres tan genial.

Supongo que este poema puede captar un momento de auténtico sacrificio para nuestro héroe de la escuela secundaria. Pero, sea cual fuera la sinceridad de su intención, es una poesía sorprendentemente mala. La mayoría de los poemas escritos cuando somos jóvenes y estamos enamorados, en retrospectiva, nos hacen sentir… ¿cómo podríamos decirlo?... un poco incómodos.

Esto se debe, en parte, a que pocos adolescentes son instintivamente buenos poetas. La buena poesía entre adolescentes es más o menos tan habitual como gatos instintivamente amistosos.

Pero la otra razón por la que nuestros viejos poemas de amor pueden ser tan penosos de leer es que nos sentimos incómodos con su pasión exuberante y su alabanza extravagante. Pensamos: «¡Ay!

Suena como alguien de 19 años enamorado. No puedo creer que haya sido tan exagerado. ¡Esto sí que es ser melodramático!».

Puede ser embarazoso reencontrarse con nuestro ilimitado entusiasmo y desenfrenada ternura anterior, especialmente si la relación a la que alabamos nunca funcionó o si el amor, desde entonces, se ha enfriado.

Me pregunto si, cuando leemos un poema como el Salmo 119, sentimos un poco de la misma turbación. Es decir, miremos los versículos 129-136, por ejemplo:

Maravillosos son tus testimonios;

por tanto, los ha guardado mi alma.

La exposición de tus palabras alumbra;

hace entender a los simples.

Mi boca abrí y suspiré,

porque deseaba tus mandamientos.

Mírame, y ten misericordia de mí,

como acostumbras con los que aman tu nombre.

Ordena mis pasos con tu palabra,

y ninguna iniquidad se enseñoree de mí.

Líbrame de la violencia de los hombres, y guardaré tus mandamientos.

(11)

Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo, y enséñame tus estatutos.

Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley.

Este fragmento es bastante emocional: suspirar, desear, llorar ríos de agua. Si somos honestos, esto suena como a poesía de amor de escuela secundaria, y… ¡con esteroides! Es apasionada y sincera, pero poco realista, un poco demasiado dramática para la vida real.

En realidad, ¿quién siente algo así sobre mandamientos y estatutos?

Terminar en el punto de partida

Puedo pensar en tres diferentes reacciones a la larga y repetitiva pasión por la Palabra de Dios en Salmos 119.

La primera reacción es: «Sí… claro». Esta es la actitud del escéptico, del burlón y del cínico. Estos piensan: «Es lindo que la gente de antaño tuviera tanto respeto por las leyes y las palabras de Dios, pero no podemos tomar esas cosas demasiado en serio.

Sabemos que los seres humanos a menudo ponen palabras en la boca de Dios para sus propios propósitos. Sabemos, también, que toda palabra “divina” está mezclada con pensamiento, redacción e interpretación humanos. La Biblia, tal como la tenemos, es inspiradora en partes, pero también es anticuada, indescifrable a veces y, francamente, incorrecta en muchos lugares».

La segunda reacción es: «Oh… hum…». Esta persona no tiene ningún problema particular con honrar la Palabra de Dios o creer en la Biblia. En teoría, tiene un alto concepto de las Escrituras. Pero, en la práctica, la encuentra tediosa y usualmente irrelevante. Aunque lo piensa, nunca lo diría en voz alta: «El Salmo 119 es demasiado largo. Es aburrido. Es el peor día en mi plan de lectura de la Biblia.

La cosa no termina nunca y siempre dice lo mismo. Me gusta más el Salmo 23».

Si la primera reacción es «Sí… claro» y la segunda reacción es

«Oh… hum…», la tercera reacción posible es: «¡Sí! ¡Así es!». Esto es lo que proclama una persona cuando todo en el Salmo 119 suena a verdad en su cabeza y resuena en su corazón, cuando el salmista captura perfectamente las pasiones, los afectos y las acciones del

(12)

lector (o, al menos, lo que este desea que sean). Esto sucede cuando la persona piensa: «Me encanta este salmo porque le da voz a la canción en mi alma».

El propósito de este libro es que abracemos esta tercera respuesta de manera total, sincera y consistente. Yo deseo que todo lo que hay en el Salmo 119 sea una expresión de todo lo que hay en nuestra cabeza y nuestro corazón. En efecto, comienzo este libro con la conclusión. El Salmo 119 es la meta. Quiero convencerte (y asegurarme de estar yo mismo también convencido) de que la Biblia no se equivoca, no puede ser revocada, puede ser comprendida y es la palabra más importante en tu vida, la cosa más relevante que puedes leer cada día. Solo cuando estemos convencidos de todo esto podremos dar un «¡Sí! ¡Así es!» con todas nuestras fuerzas, cada vez que leamos el capítulo más largo de la Biblia.

Piensa en este primer capítulo como una aplicación y los restantes siete capítulos de este libro como los componentes necesarios a fin de que las conclusiones del Salmo 119 estén garantizadas. O, si pudiera usar una metáfora inolvidable, piensa en los capítulos 2 al 8 como siete frascos vertidos en un caldero hirviente y este capítulo como el resultado catalítico. El Salmo 119 nos muestra qué creer sobre la Palabra de Dios, qué sentir de la Palabra de Dios, y qué hacer con la Palabra de Dios. Esta es la aplicación. Esta es la reacción química producida en el pueblo de Dios cuando vertemos en nuestra mente y corazón la suficiencia, la autoridad y la claridad de la Escritura, y todo lo demás que encontraremos en los restantes siete capítulos. El Salmo 119 es la explosión de alabanza hecha realidad por una doctrina ortodoxa y evangélica de la Escritura.

Cuando abrazamos todo lo que la Biblia dice sobre sí misma, entonces, y solo entonces, creeremos lo que debemos creer sobre la Palabra de Dios, sentiremos lo que debemos sentir y haremos lo que debemos hacer con ella.

¿Qué debo creer sobre la Palabra de Dios?

En el Salmo 119 vemos, al menos, tres características esenciales e irreductibles que debemos creer sobre la Palabra de Dios.

Primera, la Palabra de Dios dice lo que es verdadero. Como el salmista, nosotros podemos confiar en la Palabra (v. 42), y conocer

(13)

lo que es totalmente verdadero (v. 142). No podemos confiar en todo lo que leemos en Internet; ni confiar en todo lo que oímos de nuestros profesores. Ciertamente, no podemos confiar en todos los hechos presentados por los políticos. Incluso, ¡no podemos confiar en los verificadores de hechos que verifican esos hechos! Las estadísticas pueden ser manipuladas. Las fotografías pueden ser falsificadas. Las portadas de las revistas pueden ser retocadas.

Nuestros maestros, nuestros amigos, nuestra ciencia, nuestros estudios, incluso nuestros propios ojos pueden engañarnos. Pero la Palabra de Dios es completamente verdadera y siempre verdadera:

• La Palabra de Dios permanece para siempre en los cielos (v.

89); no cambia.

• Su perfección no tiene límites (v. 96); no contiene nada corrupto.

• Todo juicio de la justicia de Dios es eterno (v. 160); nunca envejece ni se desgasta.

Si alguna vez piensas: «Necesito saber qué es cierto acerca de mí, la gente, el mundo, el futuro, el pasado, la buena vida y sobre Dios», acude a la Palabra de Dios, que solo enseña lo verdadero:

«Santifícalos en tu verdad», dijo Jesús, «tu palabra es verdad» (Jn.

17:17).

Segunda, la Palabra de Dios demanda lo que es correcto. El salmista reconoce de buena gana el derecho de Dios para decretar mandamientos, y humildemente acepta que todos esos mandamientos son justos. Dice: «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos» (Sal. 119:75). Todos los mandamientos de Dios son verdad (v. 86). Todos sus mandamientos son rectos (v. 128). A veces escucho a cristianos admitir que no les gusta lo que dice la Biblia, pero dado que es la Biblia tienen que obedecerla. Por un lado, esto es un ejemplo admirable de someterse a la Palabra de Dios. Sin embargo, debemos dar un paso más y aprender a ver la bondad y justicia en todo lo que Dios manda. Debemos amar lo que Dios ama y deleitarnos en todo lo que Él dice. Dios no establece reglas arbitrarias. Él no da órdenes para que nos sintamos limitados y miserables. Él nunca requiere lo que es impuro, insensato o sin amor. Sus demandas son siempre nobles, justas y correctas.

(14)

Tercera, la Palabra de Dios provee lo que es bueno. De acuerdo con el Salmo 119, la Palabra de Dios es el camino a la felicidad (vv.

1-2), el camino para evitar la vergüenza (v. 6), el camino de la seguridad (v. 9), y el camino al buen consejo (v. 24). La Palabra nos da fortaleza (v. 28) y esperanza (v. 43). La Palabra provee sabiduría (vv. 98-100, 130) y nos muestra el camino que debemos andar (v.

105). La revelación verbal de Dios, ya sea en forma oral de historia redentora o en los documentos del pacto en la historia redentora (esto es, la Biblia), es infaliblemente perfecta. Como pueblo de Dios, creemos que podemos confiar que la Palabra de Dios habla la verdad en cada aspecto, manda lo que es verdadero y nos provee de lo que es bueno.

¿Qué debo sentir sobre la Palabra de Dios?

Con demasiada frecuencia, los cristianos reflexionamos solo en lo que debemos creer sobre la Palabra de Dios. Pero el Salmo 119 no nos permite detenernos ahí. Este poema de amor nos fuerza a considerar qué es lo que sentimos sobre la Palabra de Dios. El salmista tiene tres afectos fundamentales sobre la Palabra de Dios.

Primero, él se deleita en ella. Testimonios, mandamientos, ley…

se deleita en todos ellos (vv. 14, 24, 47, 70, 77, 143, 174). El salmista no puede evitar hablar de la Palabra de Dios en un lenguaje profundamente emotivo. Las palabras de la Escritura son dulces como la miel (v. 103), son el gozo de su corazón (v. 111), y son maravillosas (v. 129). «Mi alma ha guardado tus testimonios», escribe el salmista, «y los he amado en gran manera» (v. 167).

Sin embargo, algunos dicen: «Nunca amaré la Palabra de Dios de esta manera. No soy un intelectual. No escucho predicaciones todo el día. No leo todo el tiempo. No soy el tipo de persona que se deleita en las palabras». Eso puede ser verdad como regla general, pero apuesto a que a veces te apasionas con palabras escritas sobre un papel. Todos prestamos atención cuando las palabras que escuchamos o leemos representan un claro beneficio para nosotros, como un testamento o una carta de aceptación. Podemos leer cuidadosamente cuando el texto nos advierte sobre un gran peligro, como las instrucciones sobre un panel eléctrico. Nos deleitamos cuando leemos historias sobre nosotros y sobre aquellos a quienes

(15)

amamos. Nos encanta leer historias sobre la grandeza, la belleza y el poder. ¿Pudiste notar que lo que acabo de hacer es describir la Biblia? Es un libro con grandes beneficios para nosotros, así como serias advertencias. La Biblia es un libro sobre nosotros y sobre aquellos a quienes amamos. Y, sobre todo, es un libro que nos coloca cara a cara frente a Uno que posee toda la grandeza, la belleza y el poder. Sin lugar a dudas, la Biblia puede parecer aburrida a veces pero, tomada como un todo, es la más grande historia jamás contada, y los que mejor la conocen usualmente son aquellos que más se deleitan en ella.

Vez tras vez, el salmista profesa su gran amor por los mandamientos y testimonios de Dios (vv. 48, 97, 119, 127, 140). El otro lado de este amor es la ira que experimenta cuando la Palabra de Dios no es nuestro deleite. Una candente indignación se apodera de él debido a los inicuos que dejan la ley de Dios (v. 53). El celo lo consume cuando sus enemigos se olvidan de las palabras de Dios (v. 139). El salmista contempla al incrédulo y al desobediente con disgusto (v. 158). El lenguaje nos puede sonar áspero, pero es una indicación de qué poco valoramos la Palabra de Dios. ¿Cómo te sientes cuando alguien no puede ver la belleza que tú ves en tu cónyuge o cuando la gente no ve lo que hace que tu hijo con necesidades especiales sea tan especial? Todos nos indignamos justamente cuando alguien tiene en baja estima lo que nosotros sabemos que es precioso. El deleite extremo en alguien o algo naturalmente lleva al disgusto extremo cuando otros consideran que esa persona o cosa no es digna de su deleite. Nadie que realmente se deleita en la Palabra de Dios permanecerá indiferente ante la desconsideración de ella.

Segundo, él la desea. Cuento al menos seis veces donde el salmista expresa su anhelo de guardar los mandamientos de Dios (vv. 5, 10, 17, 20, 40, 131). Cuento al menos catorce veces donde expresa un deseo de conocer y comprender la Palabra de Dios (vv.

18, 19, 27, 29, 33, 34, 35, 64, 66, 73, 124, 125, 135, 169). Algo cierto en todos nosotros es que nuestras vidas son animadas por el deseo. Es lo que literalmente nos levanta cada mañana. El deseo es aquello con lo cual soñamos, por lo cual oramos y en lo que pensamos cada vez que tenemos la libertad de pensar en lo que

(16)

queremos. La mayoría de nosotros tenemos fuertes deseos relacionados con el matrimonio, los hijos, los nietos, el trabajo, las promociones, las casas, las vacaciones, la venganza, el reconocimiento, y así sucesivamente. Algunos deseos son buenos, otros son malos. Pero en ese revoltijo de anhelos y pasiones, considera: ¿cuán fuerte es tu deseo de conocer, comprender y guardar la Palabra de Dios? El salmista desea tanto la Palabra de Dios que considera al sufrimiento como una bendición en su vida si lo ayuda a convertirse en más obediente a los mandamientos de Dios (vv. 67-68, 71).

Tercero, él depende de ella. El salmista es constantemente consciente de su necesidad de la Palabra de Dios. «Me he apegado a tus testimonios; oh Jehová, no me avergüences» (v. 31). También está desesperado por obtener el consuelo hallado en las promesas y normas divinas (v. 50, 52). Hay muchas cosas que queremos en la vida, pero solo unas pocas que necesitamos realmente. La Palabra de Dios es una de ellas. En los tiempos de Amós, el castigo más severo que cayó sobre el pueblo de Israel fue el «hambre… de oír la palabra de Dios» (Am. 8:11). No hay mayor desgracia que el silencio de Dios. No podemos conocer la verdad, conocernos a nosotros mismos, conocer los caminos de Dios o conocer salvíficamente a Dios mismo, a menos que Él nos hable. Todo cristiano verdadero debe sentir en su interior una completa dependencia en la autorrevelación de Dios en las Escrituras. No solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová (Dt. 8:3; Mt.

4:4).

Lo que creemos y sentimos respecto a la Palabra de Dios es absolutamente crucial, aunque no sea más que por el hecho de que refleja lo que creemos y sentimos acerca de Jesús. Como veremos, Jesús creyó inequívocamente en todo lo que estaba escrito en las Escrituras. Si vamos a ser sus discípulos, debemos creer lo mismo que Él. Igual de importante es que el Nuevo Testamento enseña que Jesús es la Palabra hecha carne, que significa (entre otras cosas) que todos los atributos de la revelación verbal de Dios (verdad, justicia, poder, veracidad, sabiduría, omnisciencia) se encuentran en la persona de Cristo. Todo lo que el salmista creía y sentía sobre las palabras de Dios es todo lo que nosotros debemos sentir y creer

(17)

sobre la Palabra de Dios encarnada. Nuestro deseo, deleite y dependencia en las palabras de la Escritura no crecen independientes de nuestro deseo, deleite y dependencia en Jesucristo. Los dos deben siempre crecer juntos. Los cristianos más maduros se emocionan al oír cada poema de amor que hable de la Palabra hecha carne y cada poema de amor que celebre las palabras de Dios.

¿Qué debo hacer con la Palabra de Dios?

El objetivo de este libro es llevarnos a creer lo que debemos creer acerca de la Biblia, sentir lo que debemos sentir acerca de la Biblia y hacer lo que debemos hacer con la Biblia. Dado todo lo que hemos visto sobre la fe del salmista en la Palabra y su pasión por ella, no es sorprendente que el Salmo 119 esté colmado con verbos de acción que ilustran los usos de la Palabra impulsados por el Espíritu:

• cantamos la Palabra (v. 172, nvi)

• hablamos la Palabra (vv. 13, 46, 79)

• estudiamos la Palabra (vv. 15, 48, 97, 148)

• guardamos la Palabra (vv. 11, 93, 141)

• obedecemos la Palabra (vv. 8, 44, 57, 129, 145, 146, 167, 168)

• alabamos a Dios por la Palabra (vv. 7, 62, 164, 171)

• oramos que Dios actúe de acuerdo a su Palabra (vv. 58, 121- 123, 147, 149-152, 153-160)

Estas acciones no son un sustituto para la fe y el afecto apropiados, pero son los mejores indicadores de lo que realmente creemos y sentimos sobre la Palabra. Cantar, hablar, estudiar, guardar, obedecer, alabar y orar, así es como los hombres y las mujeres de Dios manejan las Escrituras. Ahora, no entres en pánico si parece que fracasas en creer, sentir y hacer. Recuerda, el Salmo 119 es un poema de amor, no una lista de verificación. La razón por la cual empezamos con el Salmo 119 es que es ahí donde queremos terminar. Esta es la respuesta espiritual que el Espíritu debe producir en nosotros cuando nos aferramos completamente a todo lo que la Biblia enseña sobre sí misma. Mi esperanza y oración es que, en alguna pequeña medida, el resto de este libro te ayudará

(18)

a decir «sí» a lo que el salmista cree, «sí» a lo que él siente, y «sí»

a todo lo que él hace con la santa y preciosa Palabra de Dios.

Algunas aclaraciones finales

Antes de sumergirnos en el resto del libro, puede serte útil conocer qué tipo de libro estás leyendo. Aunque espero que este libro te motive a leer la Biblia, este no es un libro sobre el estudio bíblico personal o los principios de interpretación. Ni estoy intentando una defensa apologética de las Escrituras, aunque espero que confíes más en la Biblia por haber leído estos ocho capítulos. Este no es un libro exhaustivo que cubre todo el territorio filosófico, teológico y metodológico que puedas encontrar en un enorme manual de varios volúmenes. Este no es un libro académico con muchas notas al pie.

Tampoco es un libro para «tomar notas», donde menciono nombres y cito «capítulos y versículos» para errores actuales. Ni es un trabajo revolucionario en teología exegética, bíblica, histórica o sistemática.

«Entonces, ¿este libro qué es?» dirás, preguntándote cómo hiciste para elegir este volumen del que no sabes nada.

Este es un libro que desentraña lo que la Biblia dice sobre sí misma. Mi meta es ser sencillo, ordenado, directo y manifiestamente bíblico. No tengo otras pretensiones que ofrecer una doctrina de la Escritura derivada de la misma Escritura. Yo sé que esto levanta preguntas sobre el canon (en primer lugar, ¿cómo sabes que tienes las Escrituras correctas?) y preguntas sobre el razonamiento circular (¿Cómo puedes citar a la Biblia para determinar su autoridad?).

Estas son preguntas razonables, pero no tienen por qué detenernos.

Ambas preguntas tienen que ver con principios fundamentales, y una cierta forma de circularidad es inevitable cada vez que tratamos de defender nuestros principios fundamentales. No podemos establecer la suprema autoridad de nuestra suprema autoridad apelando a otra autoridad menor. Sí, la lógica es circular, pero no más que cuando el secularista defiende la razón por la razón, o el científico que pregona la autoridad de la ciencia basándose en la ciencia. Esto no quiere decir que los cristianos pueden ser irracionales e irrazonables en sus posiciones, pero sí significa que nuestro principio fundamental no es ni la racionalidad ni la razón.

(19)

Nosotros acudimos a la Biblia para aprender sobre la Biblia, porque para juzgarla por cualquier otro estándar sería considerar a la Biblia menos de lo que ella misma declara ser. Como J. I. Packer escribió hace más de cincuenta años, cuando enfrentaba retos similares:

«Solo la Escritura es competente para juzgar nuestra doctrina de la Escritura».[2]

Hay muchos libros buenos, algunos accesibles y otros técnicos, que explican y defienden cuidadosamente el canon y la fiabilidad de las Escrituras. He incluido varios de ellos en el Apéndice. Si tienes dudas sobre la manera en que los libros de la Biblia se autentican a sí mismos o sobre la exactitud histórica de la Biblia, o sobre los manuscritos bíblicos antiguos, desde luego te insto a que estudies esos temas por ti mismo. Las afirmaciones del cristianismo ortodoxo no tienen por qué evitar pruebas concretas y nada que temer de un examen detallado de los hechos.

Pero mi convicción, corroborada por la experiencia y derivada de la enseñanza de la misma Escritura, es que el medio más efectivo para reforzar nuestra confianza en la Biblia es emplear tiempo en ella. El Espíritu Santo se ha comprometido en trabajar a través de la Palabra. Dios promete bendecir la lectura y enseñanza de su Palabra. Las ovejas oirán la voz del Maestro hablándoles en la Palabra (Jn. 10:27). Dicho de otro modo, la Palabra de Dios es más que suficiente para llevar a cabo la obra de Dios en el pueblo de Dios. No hay nada mejor para comprender y llegar a abrazar una doctrina bíblica de la Escritura que abrir la jaula y dejar salir a la Escritura.

Si has seguido leyendo hasta aquí, probablemente tienes algún interés por conocer mejor la Biblia. Quizá tienes algo de trasfondo en la Biblia o has sido guiado hasta aquí por alguien que sí lo tiene.

Tal vez llegas con escepticismo o lleno de fe, con ignorancia y con la necesidad de ser corregido, o con conocimiento deseoso de ser mejorado. Sea cual fuere el caso, confío en que ahora que ya sabes qué tipo de libro es este, estarás mejor preparado para beneficiarte de él. Y, si te beneficias con algo que lees en estas páginas, no será porque yo he hecho alguna cosa maravillosa, sino porque estar cara a cara con el Libro más maravilloso del mundo es una experiencia que cambia la vida.

(20)

Que Dios nos dé oídos, porque todos necesitamos escuchar la Palabra de Dios más de lo que Dios nos necesita para defenderla.

[1] El Salmo 119 es el capítulo más largo de la Biblia desde cualquier punto de vista (si bien debemos recordar que la división en capítulos no es inspirada). Determinar el libro más largo de la Biblia es un poco más complicado. Salmos es el libro más largo de la Biblia si contamos capítulos o versículos. Incluso ocupa más páginas en nuestras Biblias en español. Pero dado que capítulos, versículos y números de páginas no figuran en los manuscritos originales, los eruditos han propuesto otras maneras de determinar la extensión de un libro en particular. Dependiendo del medio de cálculo, Jeremías, Génesis y Ezequiel pueden ser más largos que Salmos.

[2] J. I. Packer, “Fundamentalism” and the Word of God (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1958), 76.

(21)

2

Algo más seguro

Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre gloria y honra, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo. Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.

2 PEDRO 1:16-21

Varios años atrás, Christianity Today publicó un artículo anónimo titulado «My conversation with God» (Mi conversación con Dios).

Veamos cómo empezaba:

¿Todavía habla Dios? Crecí escuchando testimonios sobre esto pero, hasta octubre de 2005, no podía decir que alguna vez me hubiera sucedido esto a mí. Soy un profesor de Teología de mediana edad, en una universidad cristiana muy conocida.

He escrito libros que han sido premiados. Mi nombre está en la cabecera de Christianity Today. Por años he enseñado que Dios habla, pero no podía testificarlo personalmente. Ahora solo puedo hacerlo de forma anónima por razones que, espero, serán claras. Un año después de escuchar la voz de Dios, todavía no puedo hablar o pensar sobre mi conversación con Dios sin ser vencido por la emoción.[1]

El anónimo profesor siguió hablando sobre su experiencia donde Dios sobrenaturalmente le dio el bosquejo y el título de un libro, y luego lo guió a utilizar el dinero de la venta de este para ayudar a que un joven fuera al seminario y se preparara para el ministerio.

Terminó el artículo diciendo cuán fortalecida había sido su fe cuando finalmente Dios le habló personalmente.

Esta es una historia hermosa por varias razones, excepto en algo crucial: da la impresión de que Dios no nos habla personalmente. El artículo nos deja sintiendo que, aunque Dios nos habla a través de las Escrituras, es un medio de comunicación inferior, menos emocionante y menos edificante. No podemos evitar concluir diciendo: «Sí, la Biblia es importante, pero ¡oh, qué tesoro sería si

(22)

pudiera tener la experiencia de que Dios me hablara realmente! Si solo pudiera escuchar la segura e infalible voz de Dios».

Suena sorprendente, ¿verdad? ¿Puedes imaginarte a Dios hablándote personalmente, y, por supuesto, con autoridad? Bien, las buenas noticias (que el artículo parece haber omitido) son que cada uno de nosotros podemos escuchar la voz de Dios hoy, ahora mismo, en este mismo momento. Dios todavía habla. Y Él tiene una Palabra para nosotros que es segura, constante e infalible.

Dos evidencias

Todo lo que dice la última oración puede ser probado por 2 Pedro 1:16-21, el pasaje que transcribimos al principio de este capítulo.

Pero, a fin de obtener esa conclusión, tenemos que comprender el contexto de la epístola de Pedro.

La segunda carta de Pedro es una exhortación a la piedad. En los versículos 3-11 del capítulo 1, vemos el poder de la piedad en las grandes y preciosas promesas de Dios (vv. 3-4), el modelo para la piedad en las virtudes que pueden ser añadidas a la fe (vv. 5-7), y la premisa para la piedad, en nuestro llamado y elección (vv. 8-11).

Luego, en los versículos 12-15, Pedro reitera su intención de recordar a sus lectores «esas cualidades» (esto es, las virtudes de la piedad) antes de que él muera. La preocupación de Pedro es que falsos maestros se deslicen dentro de la Iglesia, prometiendo libertad y, en vez de eso, terminen llevando al pueblo a la sensualidad y a la esclavitud espiritual (2:2, 10, 18-19). La exhortación, por lo tanto, es a ignorar a los falsos profetas y buscar la santidad.

Y una de las razones principales para hacer eso es la futura venida de Cristo. Cuando llegue el día del Señor, el mundo será destruido, nuestras obras serán expuestas y los impíos serán juzgados (3:11-12, 14). En esta epístola, y a lo largo del Nuevo Testamento, la segunda venida de Cristo sirve como una profunda motivación para alejarse de la iniquidad y esforzarse por vivir una vida recta y virtuosa. No quisiéramos ser encontrados practicando obras impías cuando el Santo vuelva.

Ese es el argumento de Pedro. Pero los falsos maestros dudaban que el Señor viniera otra vez en un día del Señor lleno de

(23)

cataclísmos (3:2-4); no creían en un día de juicio. En su epístola, entonces, Pedro busca convencer a los fieles —en oposición a los falsos maestros— que Cristo volverá otra vez a juzgar a los vivos y a los muertos, y que esa vuelta será una visión digna de contemplar.

Para fundamentar su afirmación, Pedro ofrece dos evidencias: el testimonio de testigos presenciales (1:16-18) y documentos autoritativos (vv. 19-21). Esos eran los dos tipos básicos de evidencia en el mundo antiguo y no ha cambiado mucho. Aun hoy, uno encuentra que abogados habitualmente argumentan su caso sometiendo documentos o llamando a testigos. Si uno quiere probar su caso en un tribunal de justicia, necesitará el testimonio de testigos o fuentes fidedignas. El apóstol Pedro tenía ambos elementos.

Nosotros mismos estábamos con Él

Pedro está seguro del retorno glorioso de Cristo porque él vio a Cristo transfigurado en gloria sobre el monte santo. Pedro, junto con Juan y Jacobo, oyeron las palabras del Padre y fueron testigos de la majestad del Hijo. Cualquier persona que hubiera visto lo que ellos vieron podría haber pensado que se trataba de una alucinación o una ilusión. Ellos estuvieron allí, en la transfiguración, y supieron, más allá de toda duda, que a Cristo no se le puede tomar a la ligera.

El lenguaje de 2 Pedro 1:16 es importante para el argumento de Pedro y para nuestra doctrina de la Escritura. Al narrar los eventos de la transfiguración, Pedro deja en claro que él no sigue «fábulas artificiosas». Algunos eruditos liberales han tratado de usar la categoría de «fábula» para describir la Biblia, y son rápidos para afirmar que «fábula» no es lo mismo que «falso», y entonces argumentan que mientras que los hechos de la Escritura no siempre son creíbles, la verdad más profunda y amplia sigue siendo creíble.- Entonces, por ejemplo, ellos sugerirían que las plagas en el Éxodo y el paso del Mar Rojo pueden no haber sido históricos, pero eso no significa cuestionar el poder de Dios ni su capacidad para liberar a los cautivos. Jesús pudo haber caminado sobre el agua, o quizá no, pero no importa: el punto importante es que Jesucristo hará cualquier cosa para ayudarnos, si confiamos en Él. La resurrección de Cristo, dicen algunos liberales, no es para ser tomada

(24)

literalmente como una resurrección corporal, sino más bien como un símbolo poderoso de que Dios puede darnos una nueva vida espiritual y arrancar una victoria de las fauces de la derrota.

Este tipo de pensamiento aún se encuentra muy a menudo. Una vez tuve un intercambio de blogs con un pastor liberal que cuestionaba el nacimiento virginal. Después de varias idas y venidas, nos dimos cuenta de que estábamos operando desde mundos conceptualmente diferentes. «¿Me preguntas si creo yo que el nacimiento virginal es esencial para nuestro credo como cristianos?», escribió. «Realmente no me toca a mí decirlo, ¿no es cierto? Como usted dice, eso ha sido confesado por siglos y, por lo tanto, debo tomarlo seriamente y luchar de manera honesta sobre cómo lo entiendo». El ambiguo (y funcionalmente inútil) lenguaje de tomar el nacimiento virginal «seriamente» y «luchar» con su comprensión, ya era frustrante. Entonces, me llegó su conclusión:

«Por mi parte, tomo la declaración “todas las cosas son posibles para Dios” como más valiosa para mi fe que “¿Cómo será esto?

pues no conozco varón”. No digo que necesitas aceptar mi comprensión, ni imagino que tú dirías que yo debo necesariamente aceptar la tuya». Mi respuesta fue algo en el sentido de «sí, sostengo que necesitas aceptar mi comprensión pues no es mi comprensión, sino la enseñanza del Nuevo Testamento y la afirmación de la Iglesia cristiana ortodoxa a través de los siglos».

Aparte de exhibir una lógica que se derrota a sí misma —si todas las cosas son realmente posibles para Dios, ¿por qué ahogarse en un nacimiento virginal milagroso?—, la comprensión liberal de la historia es completamente contraria a la autocomprensión de la Biblia. La palabra griega mythos siempre es usada negativamente en el Nuevo Testamento (1 Ti. 1:4; 4:7; 2 Ti. 4:4; Tit. 1:14). El mito es visto como algo opuesto a la verdad. «Porque llegará el tiempo», Pablo advierte, «en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos» (2 Ti. 4:3-4, nvi). Para los escritores bíblicos, hay mito de un lado y verdad de otro, y la Biblia claramente pertenece a este último.

(25)

Aun cuando se argumente que la definición liberal de mito no es exactamente lo que el Nuevo Testamento está condenando cuando critica a los «mitos», uno no puede escapar de la lógica de 2 Pedro 1:16. Al referirse a su rol como testigo, Pedro quiere que todos conozcan que la historia de Jesús —primordialmente la transfiguración, pero presumiblemente también el resto de la historia del evangelio que él ha transmitido— está en la categoría de un hecho histórico y verificable, no de impresiones o experiencias internas o historias inventadas para fundamentar una idea. Los griegos y los romanos tenían muchos mitos, y no se preocupaban de que las historias fueran literalmente verdaderas. Nadie estaba interesado en la evidencia histórica de la afirmación de que Hércules era el hijo ilegítimo de Zeus; era un mito, una fábula, un cuento fantástico, una historia para entretener y darle sentido al mundo. El paganismo estaba construido sobre el poder de la mitología. Pero el cristianismo, como la fe judía de donde este surgía, se consideraba a sí mismo como un tipo de religión completamente diferente.

Esto no puede ser enfatizado con fuerza suficiente: desde el principio, el cristianismo se adhirió a la historia. Las afirmaciones más importantes del cristianismo son afirmaciones históricas y sobre los hechos de la historia, la religión cristiana resiste o se desmorona.

Lucas siguió todas las cosas muy de cerca, las investigó cuidadosamente y se basó en testigos directos, a fin de que Teófilo pudiera tener «certeza» sobre la historia del Evangelio (Lc. 1:1-4).

Juan escribió sobre las maravillas que Jesús llevó a cabo, a fin de que su audiencia aceptara los milagros, comprendiera las señales, creyera que Jesús es el Cristo y tuviera vida en su nombre (Jn.

20:31). Los escritores de los cuatro Evangelios están ansiosos de que sepamos que, a pesar de que algunos diseminaron rumores de que el cuerpo de Cristo había sido robado después de la crucifixión, la tumba estaba realmente vacía debido a que Jesús realmente había resucitado. Si Cristo no hubiera resucitado, dice Pablo, toda la religión cristiana sería una farsa y los que creen en ella, unos lamentables tontos (1 Co. 15:14-19). Menospreciar la historia es vivir en un mundo diferente al que habitaron los autores bíblicos.

Es como si Pedro dijera: «Mira, yo vi la transfiguración, y no estaba solo. La oímos. Es decir, la vimos con nuestros propios ojos

(26)

y la escuchamos con nuestros propios oídos. No estamos inventando esto para asustarte. No estamos transmitiendo historias intrigantes o relatos ingeniosos. Te estamos diciendo lo que sucedió.

Vimos su gloria, y la vimos con nuestros propios ojos. Escuchamos a Dios hablar audiblemente. Esta no fue una experiencia en nuestros corazones o una visión en nuestras almas. Si tú hubieras estado en el monte, habrías visto y oído las mismas cosas. Estamos hablando de un hecho, no de una fábula».

Recuerda la idea que Pedro quiere resaltar. Este no es un libro de texto apologético abstracto y árido. El apóstol quiere que los santos sean santos; quiere que consideren sus vidas a la luz del regreso de Cristo; y está tratando de convencerlos de la certeza de la Segunda Venida. Y una manera de probar que una segunda venida de Cristo gloriosa, terrible, sorprendente, maravillosa y temible sucederá en la historia es que Pedro recuerde a los creyentes que él ya ha visto la gloriosa, terrible, sorprendente, maravillosa y temible apariencia de Cristo. Pedro vio la revelación. Él vio cómo lucía Jesús en su ropaje divino. Pedro se dio cuenta de que Cristo era más que un carpintero, más que un gurú tolerante, más que alguien que alienta a todos y a todo sin ningún prejuicio. Cuando él vio a Jesús resplandecer y deslumbrar en majestad con la nube de la gloria, él supo en ese momento que Jesús no era alguien con quien jugar. Y, cuando Jesús vuelva otra vez, todos nosotros nos daremos cuenta —aun cuando fuera demasiado tarde para algunos— que el vivir impío no puede coexistir con la gloria de Cristo. Ese es el argumento de Pedro, que depende de la historia y de la evidencia del testimonio de un testigo directo.

Está escrito

El argumento de Pedro sobre el regreso de Cristo también depende de la fiabilidad de documentos autoritativos (2 P. 1:19-21). La

«palabra profética» es previa al propio relato de Pedro como testigo.

Y sea lo que fuere que Pedro, Jacobo y Juan hayan visto en el monte, y sea lo que fuera que eso anuncie sobre la segunda venida de Cristo y el juicio final, esas cosas solo confirmaron lo que la palabra profética ya había dado por seguro (v. 19). No podemos

(27)

poner más confianza en nuestra Biblia de la que Pedro puso en la suya.

Observa tres verdades que esos versículos nos enseñan sobre la naturaleza de la Escritura.

Primera, la Escritura es la Palabra de Dios. Esta parece ser una declaración redundante, pero la palabra «es» dice algo importante.

Algunos cristianos, influenciados por teólogos neoortodoxos como Karl Barth, temen decir que la Biblia es la Palabra de Dios, y prefieren decir que la Biblia contiene la Palabra de Dios o se convierte en la Palabra de Dios, o que el evento en el que Dios nos habla a través de la Biblia es la Palabra de Dios. El pensamiento neoortodoxo intenta distanciar las afirmaciones de inspiración de las palabras escritas sobre las páginas de la Escritura. Esta distinción, sin embargo, hubiera sido extraña para el apóstol Pedro, pues todas las nobles afirmaciones que él hace sobre la «profecía» o la

«palabra profética» son hechas con referencia a las palabras escritas de la Escritura.

En estos versículos, Pedro usa tres términos para referirse a la Palabra de Dios: «palabra profética» (v. 19), «profecía de la Escritura» (v. 20) y «profecía» (v. 21). Todos estos mencionan a la profecía de alguna manera y son usados más o menos indistintamente. Para nuestras consideraciones es importante notar que la palabra griega para Escritura en el versículo 20 es graphe, que se refiere a algo que ha sido escrito. Para dicho versículo, Pedro tiene en mente no solo las tradiciones orales o un discurso, sino un texto escrito. La visión de Pedro de la inspiración no puede ser limitada al discurso profético o a un evento de predicación, sino que incluye las páginas de las Escrituras.

Y no solo están siendo consideradas las partes proféticas sobre la Segunda Venida, sino todo el Antiguo Testamento. Así como «la ley y los profetas» puede ser una denominación general para el Antiguo Testamento (Mt. 7:12), la ley o los profetas pueden ser usados separadamente. Ningún judío haría una distinción en cuanto a que algunas partes de la Escritura eran más verdaderas que otras (2 Ti.

3:16). Todo lo que es verdad de la ley es verdad de los profetas, y viceversa. La palabra profética es simplemente una manera para referirse a la revelación escriturada. Como dice Calvino: «Yo

(28)

entiendo por profecía de la Escritura lo que está contenido en las Sagradas Escrituras».[2]

Todo esto importa, porque significa que la autoridad de la Palabra de Dios reside en el texto escrito (las palabras, las oraciones, los párrafos) de la Escritura, no meramente en nuestra experiencia existencial de la verdad en nuestro corazón. A algunas personas no les gustan los textos escritos y las afirmaciones, porque implican un significado estable e inalterable, y la gente no quiere que la verdad sea inalterable. La gente prefiere que la inspiración sea más subjetiva, interna y experiencial. Pero, de acuerdo con 2 Pedro 1:19- 21, la inspiración de las Sagradas Escrituras es una realidad objetiva fuera de nosotros.

Nada de esto sugiere que una teoría evangélica de la inspiración nos aleja de lo subjetivo, interno o experiencial. Todo lo contrario.

Debemos «estar atentos» a las Escrituras inspiradas como «a una antorcha que alumbra en lugar oscuro» (v. 19). La Palabra de Dios nos convence de pecado, nos muestra el camino y nos conduce de la oscuridad a la luz. Sumerjámonos en la Escritura a fin de que el lucero de la mañana, Cristo mismo (ver Nm. 24:17-19; Ap. 22:16), se levante en nuestros corazones. El objetivo de la revelación no es solo información, sino afecto, adoración y obediencia. Cristo en nosotros será una realidad solo si bebemos profundamente de la Biblia, que es la Palabra de Dios fuera de nosotros.

Segunda, la Palabra de Dios no es menos divina porque fuera dada por medio de instrumentos humanos. Muchos han afirmado, y continúan haciéndolo, que los cristianos conservadores mantienen la teoría del dictado mecánico en cuanto a la inspiración. Los evangélicos, se dice, creen que los escritores de la Biblia fueron instrumentos pasivos que meramente registraron palabra por palabra lo que les dieron desde el cielo. A pesar de la frecuencia de esta afirmación, yo nunca he encontrado a ningún teólogo evangélico que describa la inspiración de esta manera. Es cierto que teólogos de hace muchos años a veces decían que las Escrituras eran tan impecables que es como si hubieran sido dictadas. La metáfora (que probablemente es más engañosa que útil) tenía como objeto resaltar la perfección de la Biblia, pero no describir el proceso real por el cual los autores de la Biblia escribieron sus textos

(29)

inspirados. Más bien, 2 Pedro 1:21 enseña, como han enfatizado los teólogos evangélicos una y otra vez, que los hombres hablaron (y escribieron), al tiempo que eran «llevados» por el Espíritu Santo.

La frase «operación concursiva» es usada con frecuencia para describir el proceso de inspiración, y significa que Dios usó el intelecto, las habilidades y la personalidad falible de hombres, para escribir lo que era divino e infalible. En un sentido, la Biblia es un libro tanto humano como divino, pero eso de ninguna manera implica alguna falibilidad en las Escrituras. La autoría dual de la Escritura no requiere imperfección así como tampoco las dos naturalezas de Cristo requieren que nuestro Salvador haya pecado.

Como dice Calvino sobre los profetas: «[Ellos] no osaron anunciar nada personal, y obedientemente siguieron al Espíritu como su guía, quien gobernaba en la boca de ellos como en su propio santuario».

[3]

El verbo «siendo inspirados» en el versículo 21 es phero, que es traducido como «traída» en el mismo versículo y como «enviada» en los versículos 17 y 18. El término sugiere un resultado seguro, que es enviado y asegurado por otro. Las palabras enviadas del cielo (vv. 17-18) y las palabras de los profetas (v. 21) finalmente vinieron desde el mismo lugar: Dios.

B. B. Warfield lo explica así:

El término usado aquí (traída/enviada) es muy específico. No debe ser confundido con guiar, dirigir o controlar, ni siquiera con conducir en el sentido amplio de la palabra. La palabra va más allá de esos términos al asignar el efecto producido específicamente al agente activo. Lo que es «enviado» es aceptado por el «portador»

y transmitido por el poder del «portador» para obtener la meta del «portador», no su propia meta. Aquí es declarado que los hombres que hablaron de parte de Dios fueron tomados por el Espíritu Santo y guiados por su poder a la meta de su elección. Las cosas que ellos hablaron bajo esta operación del Espíritu fueron, por lo tanto, las cosas del Espíritu, no las de ellos. Y esa es la razón por la cual se consigna por qué «la palabra profética» es tan segura. Aunque fue hablada mediante la instrumentalidad de los hombres, esa palabra es, por virtud del hecho de que todos esos hombres hablaron «inspirados por el Espíritu Santo», inmediatamente la divina Palabra.[4]

La autoría divina de las Escrituras no descarta el uso de una instrumentación humana activa, así como la participación humana no significa que la Escritura es menos perfecta y divina.

(30)

Tercera, la Biblia no contiene errores. Las Escrituras no son de interpretación privada (2 P. 1:20). Las ideas no surgieron de una mente humana confusa. Más que eso, Pedro testifica que ninguna profecía fue alguna vez producida por «voluntad humana» (v. 21).

Debemos acercarnos a la Biblia, enseña Calvino, con una reverencia que solo existe «cuando estamos convencidos de que el que nos habla es Dios y no hombres mortales».[5] Debemos creer que las profecías son «los indubitables oráculos de Dios, porque no son emanados de las propias sugerencias privadas de los hombres».[6] El autor final de la Escritura, nos dice Pedro, es Dios mismo.

Hay muchos textos que podríamos usar para mostrar que la Biblia no tiene errores, pero veamos el argumento más simple: la Escritura no vino de voluntad humana, sino que vino de Dios. Y, si es la Palabra de Dios, debe ser toda verdad, pues en Él no puede haber error o engaño.

Inerrancia significa que la Palabra de Dios siempre está por encima de nosotros, y nosotros nunca estamos por encima de la Palabra de Dios. Cuando rechazamos la inerrancia estamos juzgando la Palabra de Dios. Es decir, estamos afirmando que tenemos el derecho de determinar qué partes de la revelación de Dios pueden ser confiables y qué partes no. Cuando negamos la completa fiabilidad de las Escrituras —en sus afirmaciones con respecto a la historia, sus enseñanzas sobre el mundo material, sus milagros; en las «jotas y en las tildes» más pequeñas de todo lo que ellas afirman—, estamos forzados a aceptar una de dos conclusiones: las Escrituras no son todas de parte de Dios o Dios no es siempre fiable. Hacer cualquiera de estas declaraciones es afirmar un punto de vista subcristiano. Estas conclusiones no expresan una sumisión apropiada al Padre, no obran para nuestro gozo en Cristo y no brindan honor al Espíritu, que inspira a los hombres para que hablen la palabra profética y escriban el santo Libro de Dios.

Defender la doctrina de la inerrancia puede parecer una empresa descabellada para algunos y una consigna divisiva para otros, pero, en verdad, la doctrina está en el corazón de nuestra fe. Negar, ignorar, editar, modificar, rechazar o descartar cualquier parte de la

(31)

Palabra de Dios es cometer el pecado de la incredulidad. «…sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso» debe ser nuestro grito de guerra (Ro. 3:4). Hallar un lugar intermedio donde algunas cosas en la Biblia son verdaderas y otras cosas (de acuerdo con nuestro juicio) no lo son es una imposibilidad. Este tipo de cristianismo transigente, aparte de hacer caso omiso a la autocomprensión de la Biblia, no satisface el alma ni presenta a los perdidos el tipo de Dios que necesitan conocer. ¿Cómo podemos creer en un Dios que puede hacer lo inimaginable y perdonar nuestras ofensas, conquistar nuestros pecados y darnos esperanza en un mundo de oscuridad, si no podemos creer que este Dios creó el mundo de la nada, dio a la virgen un niño y resucitó a su Hijo al tercer día? «Uno no puede dudar de la Biblia», nos advierte J. I. Packer, «sin una profunda pérdida, tanto de la plenitud de la verdad como de la plenitud de la vida. Por lo tanto, si tenemos en nuestro corazón la renovación espiritual para la sociedad, para las iglesias y para nuestras propias vidas, ganaremos mucho de la completa fiabilidad

—esto es, inerrancia— de las Sagradas Escrituras como la inspirada y liberadora Palabra de Dios».[7]

Nada es más seguro

La Palabra de Dios es verdadera. Las buenas nuevas de Jesucristo han sido registradas en los hechos de la historia. Hubo un hombre nacido de una mujer en Belén; miles de personas lo vieron y conocieron; hizo milagros presenciados por multitudes; murió, resucitó y se apareció ante más de quinientos testigos (1 Co. 15:6).

Todos conocían la ubicación de la tumba, estaba vacía y podía ser examinada. Tres discípulos en particular fueron testigos presenciales de su majestad en el monte de la transfiguración. Ellos vieron el evento y simplemente transmitieron lo que ellos, o sus compañeros más cercanos, habían visto.

Nosotros no seguimos mitos. No estamos interesados en historias que presenten una linda moraleja. No nos beneficiamos descansando en posibilidades espirituales que, sabemos, son históricamente imposibles. Las cosas relatadas en la historia del Evangelio sucedieron. Dios las predijo. Él las cumplió. Él inspiró el registro escrito de todas ellas; por lo tanto, tenemos que creerlas.

(32)

Nada, en toda la Biblia, fue producido exclusivamente por voluntad humana. Dios usó a hombres para escribir las palabras, pero esos hombres hicieron su trabajo inspirados por el Espíritu Santo. La Biblia es un libro completamente fiable, un libro sin errores, un libro santo, un libro divino.

No nos perdamos la impactante afirmación de 2 Pedro 1:19.

Después de detallar minuciosamente los asombrosos eventos del monte de la transfiguración, después de esforzarse mucho para explicar que él fue un testigo presencial de esas cosas, después de trabajar para mostrarnos que estaba hablando de una verdad sólida e históricamente verificable, después de todo esto, Pedro dice que ahora tenemos la «palabra profética más segura». La Palabra de Dios escrita ya era verdadera, tan verdadera como puede ser; el testimonio de Pedro solo confirmó lo que ya era seguro.

Algunos eruditos piensan que el versículo 19 debería ser traducido

«y nosotros tenemos algo más seguro». De hecho, así es como una versión temprana de la ESV (English Standard Version) tradujo el versículo. En ese caso, Pedro podría ser interpretado como que estaba diciendo que la palabra profética de la Escritura era un testimonio más seguro que su relato testimonial de la transfiguración. Él estaría diciendo: «Si no confían en mis ojos, confíen en la palabra profética. Las Escrituras son más fiables que mis sentidos». Pero, aun si nos mantenemos con la traducción actualizada para el versículo 19, el sentido de los versículos 19-21 no ha cambiado. Ya sea que la palabra profética es, para Pedro, confirmada por lo que él vio o que es más segura de lo que él vio, su visión de la Escritura es la misma. No hay una declaración más autoritativa que la que hallamos en la Palabra de Dios, no hay un suelo más firme para apoyarnos, ningún argumento «más concluyente» que pueda ser dicho después de que la Escritura ha hablado.

¿Hablas acerca de la Escritura de la manera en la que los apóstoles hablaban sobre ella? Puedes tener en alta estima tus interpretaciones de la Escritura, pero no puedes pensar exageradamente demasiado de la interpretación que la Escritura hace de sí misma. Puedes exagerar tu autoridad para manejar las Escrituras, pero no puedes exagerar la autoridad de las Escrituras

(33)

para manejarte a ti. Puedes usar la Palabra de Dios para arribar a conclusiones erróneas, pero no puedes hallar ninguna conclusión errónea en la Palabra de Dios.

No necesitas otra revelación especial de Dios aparte de la Biblia.

Puedes oír la voz de Dios cada día. Cristo todavía habla porque el Espíritu ya ha hablado. Si quieres oír la voz de Dios, ve al libro que registra solo lo que Él ha dicho. Sumérgete en la Palabra de Dios, y no podrás hallar nada más seguro.

[1] http://www.christianitytoday.com/ct/2007/march/2.44.html.

[2] Juan Calvino, Commentaries on the Catholic Epistles, trad. y ed. John Owen (Grand Rapids, MI: Baker, 1993 [1855]), 391.

[3] Ibíd.

[4] Benjamín B. Warfield, The Inspiration and Authority of the Bible (Phillipsburg, NJ: Presbyterian &

Reformed, 1948), 137. Para ser precisos, Warfield ve tres modos de revelación en la Escritura: la manifestación externa, la sugerencia interna y la operación concursiva (83–96). Él ubica el ministerio profético del Antiguo Testamento en la segunda categoría, considerando a los profetas como más pasivos que los autores apostólicos del Nuevo Testamento. De todas maneras, él advierte en cuanto a presionar demasiado las distinciones, notando que los profetas siguen usando su inteligencia al recibir la Palabra de Dios, y toda la Escritura es descrita como «profecía» en 2 Pedro 1:19-21. Véase también la sección de «Bibliología» en la obra de Fred G. Zaspel, Theology of B. B. Warfield: A Systematic Summary (Wheaton, IL: Crossway, 2010).

[5] Calvino, Commentaries on the Catholic Epistles, 390.

[6] Ibíd.

[7] J. I. Packer, Truth and Power: The Place of Scripture in the Christian Life (Wheaton, IL: Harold Shaw, 1996), 55.

(34)

3

La Palabra de Dios es suficiente

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos.

HEBREOS 1:1-4

¿Alguna vez te has preguntado si la Biblia puede realmente ayudarte con tus problemas más profundos? ¿Has luchado para saber qué hacer con tu vida, y deseado haber tenido alguna palabra especial de parte del Señor? ¿Alguna vez pensaste que la enseñanza bíblica sobre el sexo necesita ser actualizada? ¿Alguna vez deseaste una revelación más directa y personal que la que obtienes mediante una lectura minuciosa de toda la Biblia? ¿Alguna vez has querido secretamente añadir algo a la Palabra de Dios, ya sabes, para hacer las cosas más seguras? ¿Alguna vez quisiste eliminar algo para hacer que la Biblia fuera más agradable? ¿Alguna vez has dado por sentado que la Biblia no dice todo sobre cómo adorar a Dios o cómo ordenar su Iglesia? ¿Alguna vez has sentido que la Biblia no es suficiente para vivir una vida de fe en el mundo moderno? Si puedes responder con un «sí» a cualquiera de estas preguntas —y todos lo haremos a veces—, estás batallando con la suficiencia de la Escritura.

La mayoría de los cristianos están familiarizados con los atributos de Dios. En algún momento y en algún nivel hemos estudiado la santidad de Dios, su justicia, omnisciencia, soberanía, bondad, misericordia, amor, o cualquier otra característica que podamos enumerar como los atributos divinos. Pero dudo que podamos nombrar, mucho menos explicar, los atributos de la Escritura.

Tradicionalmente, los teólogos protestantes han resaltado cuatro características esenciales de la Escritura: suficiencia, claridad, autoridad y necesidad. Cada uno de estos atributos pretende proteger una importante verdad sobre la Biblia:

(35)

Suficiencia: Las Escrituras contienen todo lo que necesitamos para el conocimiento de la salvación y la vida piadosa. No necesitamos ninguna nueva revelación desde los cielos.

Claridad: El mensaje salvífico de Jesucristo es enseñado claramente en las Escrituras y puede ser comprendido por todo el que tenga oídos para oírlo. No necesitamos un magisterio oficial para decirnos qué significa la Biblia.

Autoridad: La última palabra siempre la tiene la Palabra de Dios. Nunca debemos permitir que las enseñanzas sobre ciencia, la experiencia humana o los concilios de iglesias prevalezcan por sobre la Escritura.

Necesidad: La revelación general no es suficiente para salvarnos. No podemos conocer a Dios salvíficamente mediante la experiencia personal y la razón humana. Necesitamos que la Palabra de Dios nos diga cómo vivir, quién es Cristo y cómo ser salvos.

Para reacomodar el orden de los atributos, podríamos decir: la Palabra de Dios tiene la última palabra; la Palabra de Dios es clara;

la Palabra de Dios es necesaria; la Palabra de Dios es suficiente.

Cada uno de estos atributos merece un capítulo aparte. En este capítulo comenzaremos con la suficiencia de la Escritura.

Más que suficiente

La doctrina de la suficiencia de la Escritura —a veces llamada de la perfección de la Escritura— significa que la «Escritura es suficientemente clara para hacernos responsables para cumplir con nuestras responsabilidades ante Dios».[1] Es una doctrina ética.

Elimina cualquier excusa para desobedecer. Nadie puede decir que Dios no ha revelado lo suficiente para que seamos salvos o para vivir una vida agradable a Dios. La Escritura nos hace competentes y «enteramente preparado[s] para toda buena obra» (2 Ti. 3:16-17).

No necesitamos añadir nada a la Biblia para cumplir los retos presentes, ni sacar nada de ella y así encajar en los ideales modernos. La Palabra de Dios es perfecta y completa, y nos da todo lo que necesitamos para conocer acerca de Cristo, la salvación y la

(36)

piedad. Como dijera Atanasio, el padre de la Iglesia: «Las sagradas y divinamente inspiradas Escrituras son suficientes para la exposición de la verdad».[2]

De los cuatro atributos de la Escritura, este podría ser el que los evangélicos primero olvidan. Si la autoridad es el problema liberal, la claridad es el problema de la posmodernidad, y la necesidad es el problema de los ateos y agnósticos, entonces la suficiencia es el atributo que muchos cristianos que asisten a la iglesia a menudo dudan. Podemos decir todas las cosas correctas sobre la Biblia, y aún leerla con frecuencia, pero si la vida se torna difícil o, simplemente aburrida, buscamos nuevas palabras, nueva revelación y nuevas experiencias que nos lleven más cerca de Dios. Nos sentimos bastante aburridos sobre la descripción del Nuevo Testamento sobre el cielo, pero fascinados por los relatos de niños en edad escolar que afirman haberlo visitado. Desde artículos de revistas sobre «Mi conversación con Dios» (véase el capítulo 2), hasta los libros de más ventas donde Dios es descrito teniendo comunicaciones especiales y privadas, podemos actuar como si la Biblia no fuera suficiente. Pensamos que si pudiéramos tan solo tener algo más que las Escrituras, estaríamos realmente cerca de Jesús y podríamos conocer su amor por nosotros.

A menos que la finalidad de la redención de Cristo por nosotros esté íntimamente ligada a la finalidad de su revelación para nosotros.

El superior Hijo de Dios

La gran declaración de los primeros versículos de Hebreos es la idea clave de todo el libro. Dios ha hablado por su Hijo, y su Hijo es superior a todas las personas, seres celestiales, instituciones, rituales y todos los previos medios de revelación y redención. Por esa razón, los versículos 1 y 2 comienzan con una serie de contrastes.

Eras. La edad pasada fue «en otro tiempo», pero ahora estamos en los «postreros días». Esto no significa necesariamente que el fin del mundo llegue pronto; significa que hemos entrado en una nueva era, la era del Espíritu, la plenitud del tiempo en el que los grandes actos de salvación han tenido lugar. La muerte y resurrección de

Referencias

Documento similar