Preparado por: Efraín Hurtado Cerda en http://sermonessantocuraenars.blogspot.mx/
Diciembre 26, Año 2014.
Sermón del Santo Cura de Ars “Sobre
la Misericordia de
Dios”
Sermón
“Sobre la misericordia de Dios”
Santo Cura de Ars
Erant autem appropinquantes ei publicani et peccatores, ut audirent illum.
Los publicanos y los pecadores se paraban cerca de Jesucristo para escucharlo (Luc. 15, 1).
La conducta que Jesucristo tenía durante su vida mortal, nos muestra la grandeza de su misericordia para los pecadores. Vemos que todos ellos vienen a hacerle compañía; y Él, muy lejos de repelerlos o por lo menos de alejarse de ellos, al contrario, toma todos los medios posibles para encontrarse entre ellos, con el fin de atraerles a su Padre. Va a buscarles por los remordimientos de conciencia, los regresa con su gracia y los gana con sus maneras amorosas. Los trata con tanta bondad, que hasta toma su defensa contra los escribas y fariseos que quieren censurarlos, y que parecen no querer sufrirles cerca de Jesucristo. Va todavía más lejos, quiere justificarse de la conducta que tiene hacia ellos, por una parábola que les relata, como no se puede mejor, la grandeza de su amor por los pecadores, diciéndoles: "un buen pastor que tenía cien ovejas, habiendo perdido una, deja todas las demás para correr detrás de la que se extravió, y habiéndole encontrado, le pone sobre sus hombros para evitarle la marcha del camino; luego, la regresa a su corral, invita a todos sus amigos a que se regocijen con él, por haber encontrado la oveja que consideraba perdida." Todavía añade esta parábola de una mujer que, teniendo diez dracmas y habiendo perdido una, enciende su lámpara para buscarla en todas los rincones de su casa, y habiéndola encontrado, invita a todas sus amigas para que se regocijen con ella. "Es así, les dice, todo el cielo se regocija del regreso de un pecador que se convierte y que hace penitencia. No vine por los justos, sino por los pecadores; los que están sanos no necesitan al médico, sino los que están enfermos." Vemos que Jesucristo se aplica a sí mismo estas imágenes vivas de la grandeza de su misericordia hacia los pecadores. ¡Ah! hijos míos, ¡qué felicidad para nosotros de saber que la misericordia de Dios es infinita! ¡Qué intenso deseo no deberíamos sentir nacer en nosotros, de ir a echarnos a los pies de un Dios que nos recibirá con tanta alegría! No, hijos míos, si nos condenamos, no tendremos ni una excusa, cuando Jesucristo mismo nos mostrará que su misericordia siempre fue bastante grande para perdonarnos como seamos culpables. Y para que se hagan una idea, hoy voy a mostrarles: 1° la grandeza de la misericordia de Dios hacia el pecador; 2° lo que debemos hacer, de nuestra parte, para merecer la felicidad de obtenerla.
I. - Sí, hijos míos, todo es reconfortante, todo es atrayente en la conducta que Dios tiene para nosotros. Aunque muy culpables, su paciencia nos espera, su amor nos invita a salir del pecado para volver a Él, su misericordia nos recibe entre sus brazos. Por la paciencia, el profeta Isaías nos dice que el Señor nos
espera para hacernos misericordia. Además no tenemos pecado del que no merecemos ser castigados: "nada, nos dice, más el castigo es debido al pecado;
tan pronto como el hombre se rebeló contra Dios, todas las criaturas piden venganza, diciendo: Señor, ¿quieres que vayamos a matar a ese pecador que te ultrajó? ¿Quieres, le dice el mar, que lo engulla en mis abismos? La tierra le dice:
Señor, que abra mis entrañas para hacer descender a todo viviente en los infiernos. El aire le dice: ¿señor, autorizas que yo lo sofoque? El fuego le dice: ¡Ah!
Por favor, déjame quemarlo. Y así, todas las demás criaturas piden venganza a grandes gritos. El trueno y los relámpagos van hasta el trono de Jesucristo para pedirle el poder de aplastarlo y de devorarlo. - Pero no, repite este buen Jesús, déjenlo sobre la tierra hasta el momento que mi Padre decida; posiblemente tendré la felicidad de verle convertido." Si este pecador se extravía más, este tierno Padre derrama lágrimas, y no deja de perseguirlo con su gracia, originando en él violentos remordimientos de conciencia. "Oh Dios de las misericordias, exclama san Agustín, todavía pecador me alejaba de ti siempre cada vez más, mis pasos y todas mis actos eran como tantas nuevas caídas en el mal, mis pasiones se encendían todavía más, y sin embargo, tenías paciencia y me esperabas. ¡Oh paciencia de mi Dios! hace tantos años te ofendo, y todavía no me castigas: ¿de donde puede venir este largo retraso? ¡Por desgracia! Señor, es que querías que me convirtiera, y que yo retornara a ti por la penitencia."
Es muy posible, hijos míos, que, a pesar del deseo que el buen Dios tiene de salvarnos, nos perdamos tan voluntariamente? Sí, hijos míos, si queremos recorrer las diferentes edades del mundo, vemos por todas partes la tierra cubierta de las misericordias del Señor, y los hombres envueltos con sus beneficios. No, hijos míos, no es el pecador quien vuelve a Dios para pedirle perdón; sino Dios mismo quien va tras del pecador y lo hace volver a Él. ¿Quieren un bello ejemplo? Vean cómo se comportó con Adán. Después de su pecado, en lugar de castigarlo, como lo merecía, por esta rebelión contra su Creador, Él que le había concedido tantos privilegios, Él que le había adornado de tantas gracias, destinado a un fin tan feliz, que era ser su amigo y no morir jamás... Adán, después de su pecado, huye de la presencia de Dios; pero el Señor, como un padre desolado que perdió a su hijo, corre a buscarle y lo llama como llorando: "Adán, Adán, ¿dónde estás? (Gen. 3, 9)
¿Por qué evitas la presencia de tu Creador? "Tiene tantos deseos de perdonarlo, que apenas le da el tiempo de pedir perdón; ya le anuncia que lo perdona, y que le enviará a su Hijo, que nacerá de una Virgen, y compensará la pérdida que el pecado le hizo a él y a todos sus descendientes, y que esta reparación se haría de manera admirable. En efecto, hijos míos, sin el pecado de Adán, jamás habríamos tenido la felicidad de tener a Jesucristo como Salvador, de recibirle en la santa comunión, o incluso tenerlo en nuestras iglesias. Durante tantos siglos que el Padre eterno permaneció sin enviar a su Hijo sobre la tierra, no dejó de renovar estas consoladoras promesas, por boca de sus patriarcas y de sus profetas. ¡Oh caridad, que eres grande para los pecadores! ¿Ven, hijos míos, la bondad de Dios para el pecador? ¿Todavía podremos desesperar de nuestro perdón?
Ya que el Señor demuestra tanto el deseo de perdonarnos; si nos quedamos en el
pecado, es realmente nuestra propia culpa. ¿Ven la manera en la que se comportó hacia Caín, después de que había matado a su hermano? Él va a encontrarlo para hacerlo volver en sí mismo, con el fin de poder perdonarlo; porque necesariamente hay que pedirle perdón si queremos que nos lo dé... ¡Ah! mi Dios,
¿es demasiado? "Caín, Caín, ¿qué has hecho? (Gen. 4, 10). Pídeme perdón para que pueda perdonarte." Caín no quiere, desespera de su salvación, se endurece en su pecado. Sin embargo vemos que el buen Dios lo dejó mucho tiempo sobre la tierra, para darle el tiempo de convertirse, si él hubiera querido. Todavía vean su misericordia hacia el mundo, cuando los crímenes de los hombres habían cubierto la tierra y la habían empapado con el jugo de infames pasiones: el Señor se vio forzado a castigarlos; pero, antes de llegar a la ejecución, ¡qué de precauciones, qué de advertencias, qué de retrasos! Los amenaza durante mucho tiempo antes de castigarlos, con el fin de tocarlos, y de hacerlos volver en sí mismos. Viendo que sus crímenes iban siempre en aumento, les envió a Noé, a quien mandó construir una arca, y dedicar cien años, y decir a todos los que preguntaran por qué hacía esa construcción, que era el Señor quien iba a destruir el mundo entero por un diluvio universal; pero que, si quisieran convertirse y hacer penitencia, cambiaría su sentencia. Pero por fin, viendo que todas estas advertencias no servían de nada, que se burlaban de sus amenazas, se vio forzado a castigarlos.
Sin embargo, vemos que el Señor dice que se arrepentía de haberlos creado: lo que nos muestra la grandeza de su misericordia. ¿Es como si hubiera dicho:
preferiría no haberles creado que verme forzado a castigarles? (Gen. 6).
Díganme, hijos míos, con todo lo Dios que es, ¿podía llevar más lejos su misericordia?
Hijos míos, así es como espera a los pecadores a la penitencia, y los invita por los movimientos interiores de su gracia y por la voz de sus ministros. Todavía vean cómo se comporta hacia Nínive, esta gran ciudad pecadora. Antes de castigar por eso a los habitantes, manda a su profeta Jonás de ir, de su parte, a anunciarles que, dentro de cuarenta días, iba a castigarles. Jonás, en lugar de ir a Nínive, huye por otra parte.
Él quiere atravesar el mar; pero, muy lejos de dejar a los Ninivitas sin previo aviso antes de castigarlos, Dios hace un milagro para conservar a su profeta, durante tres días y tres noches en el vientre de una ballena, que al cabo de tres días, le vomita sobre la tierra. Entonces el Señor le dice a Jonás: "Ve a anunciar a la gran ciudad de Nínive, que dentro de cuarenta días perecerá." No les da ninguna condición. El profeta habiéndose ido, anunció en Nínive que dentro de cuarenta días iba a perecer. Ante esta noticia, todos se entregan a la penitencia y a las lágrimas, desde el campesino hasta el rey. "¿Quién sabe, les dice el rey, si el Señor todavía no tendrá lastima de nosotros?" El Señor, viéndolos recurrir a la penitencia, parecía regocijarse por tener el placer de perdonarlos. Jonás que veía el plazo terminado para castigarlos, se retiró fuera de la ciudad, con el fin de esperar a que el fuego del cielo cayera sobre ella. Viendo que no caía: "¡Ah!
Señor, exclama Jonás, ¿me vas a hacer pasar por un falso profeta? Permíteme mejor morir. ¡Ah! ¡yo se bien que eres demasiado bueno, pides sólo perdonar! - ¡Y
qué! Jonás, dijo el Señor, ¿querías que hiciera perecer a tantas personas que se humillaron delante de mí? ¡Oh! No, no, Jonas, no, no tendría el coraje; al contrario, les amaré y los conservaré (Jn. 1-4)."
Aquí es precisamente, hijos míos, la conducta que Jesucristo tiene respecto a nosotros; algunas veces parece querer castigarnos sin misericordia; al menor arrepentimiento, nos perdona y nos devuelve su amistad. Vean lo que hizo, cuando quiso hacer bajar el fuego del cielo sobre Sodoma, Gomorra y las ciudades próximas. Parecía no poder resolverse sin consultar a su siervo Abraham, como para saber lo que debía hacer. "Abraham, dice el Señor, los crímenes de Sodoma y de Gomorra subieron hasta mi trono, no puedo soportarlos más; les haré perecer por el fuego del cielo. - Pero, Señor, dice Abraham, vas a castigar a los justos con los pecadores? - ¡Oh! no, no, le dice el Señor. - ¡y bien! Le dice Abraham, si hubiera treinta personas justas en Sodoma, ¿les castigarías, Señor? - No, dice, si encuentro treinta, perdonaré a toda la ciudad en favor de los justos (Gen. 18)." Fue hasta diez. ¡Por desgracia! ¡cosa extraña! en una ciudad tan grande, no hubo diez justos. Ustedes ven que el Señor parecía complacerse en consultar a su siervo con lo que había que hacer. Viéndose forzado a castigarlos, envió rápidamente a un ángel a decir a Loth de salir, él y toda su familia, con el fin de no castigarlos con los culpables (ibid. 19.). ¡Ah! mi Dios, ¡qué paciencia!
¡qué de retrasos antes de llegar a la ejecución!
¿Quieren saber cuál es el pecado que forzó al Señor a hacer caer sobre la tierra tantos castigos? ¡Por desgracia! es ese maldito pecado de impureza del que la tierra fue totalmente cubierta. ¿Quieren ver cómo Dios es tardo a castigar? Vean lo que hizo para castigar Jericó (Jos. 6). Le ordenó a Josué hacer llevar el arca de la alianza, que era un instrumento que mostraba la grandeza de la misericordia del Señor. Quiso que fuera llevada por los sacerdotes, que eran los depositarios de sus misericordias. Ordenó hacer, durante siete días, la vuelta alrededor de las murallas de la ciudad, haciendo tocar las mismas trompetas de las que se servía para anunciar el año del jubileo, que era un año de reconciliación y de perdón.
Sin embargo, vemos que estas mismas trompetas que les anunciaban su perdón, hicieron derribar las paredes de la ciudad, para mostrarnos que si no queremos sacar provecho de las gracias que el buen Dios quiere concedernos, nos volvemos más culpables; pero que si tenemos la felicidad de convertirnos, sentimos una alegría muy grande cuando nos dice que viene más prontamente a concedernos nuestro perdón que una madre retirando a su hijo del fuego.
Acabamos de ver, hijos míos, que, desde el comienzo del mundo, hasta la llegada del Mesías, es sólo misericordia, que gracia y que beneficios. Sin embargo podemos decir que, bajo la ley de la gracia, los beneficios de los que colmó el mundo son todavía mucho más abundantes y mucho más preciosos. ¡Qué misericordia en la persona del Padre eterno, de tener sólo un Hijo y de consentir en hacerle perder la vida para salvarnos a todos! ¡Por desgracia! hijos míos, si recorremos toda la pasión de Jesucristo con un corazón agradecido, que de lágrimas no verteríamos! Viendo al tierno Jesús en su pesebre, y el resto...
Vemos que la misericordia del Padre no puede ir más lejos, ya que teniendo sólo un hijo, lo sacrifica para salvarnos, este Hijo, que es todo lo que tiene de más caro. Pero si consideramos el amor del Hijo, ¿que diremos? ¡Consiente tan voluntariamente a sufrir tantos tormentos, y la misma muerte, para proporcionarnos la felicidad del cielo! ¡Por desgracia! hijos míos, ¿qué no hizo por nosotros durante los días de su vida mortal? No contento de llamarnos a él por su gracia, y de darnos todos los medios para santificarnos, ve cómo corre tras sus ovejas descarriadas; vean cómo recorre las ciudades y las campiñas para buscarlos, y devolverlos al lugar de su misericordia; vean cómo deja a sus Apóstoles para ir a esperar a la Samaritana cerca del pozo de Jacob, donde sabía que vendría; él mismo la previene, comienza a hablarle, con el fin de que su lenguaje lleno de dulzura, unido con su gracia, la toque y la consuele; le pide agua para beber, con el fin de que ella misma le pida algo mucho más precioso, que es su gracia. Estuvo tan contento de haber ganado esta alma que cuando sus Apóstoles le rogaron que tomara alimento: "¡Oh! no, les dice." Parecía decirles:
"¡Ah! no, no, no pienso en el alimento del cuerpo, ¡tengo tanta alegría de haberle ganado una alma a mi Padre! (Jn. 4)"
Véalo en la casa de Simón el leproso; no es para comer allí que él va; pero sabía que vendría una Magdalena pecadora: aquí esta, hijos míos, lo que le conduce a este festín. Consideren la alegría que muestra en su rostro viendo a la Magdalena a sus pies, que los riega con sus lágrimas y que los seca con sus cabellos, durante todo el tiempo de la comida. Pero el Salvador, por su parte, le corresponde bien;
vacía a manos llenas su gracia en su corazón. Vean como toma su defensa contra los que se escandalizan con eso (Lc. 7). Va tan lejos, que no contento de perdonarle todos sus pecados, expulsando a los siete demonios que tenía en su corazón, todavía quiere elegirle como una de sus esposas; quiere que lo acompañe en todo el curso de su pasión y que, "en el mundo donde este Evangelio será predicado, se cuente lo que acaba de hacer respecto a ella (Mt. 26, 13)"; no quiere hablar de sus pecados, porque ya son totalmente perdonados por la aplicación de su sangre adorable, que el debe difundirse.
Véalo tomar el camino de cafarnaum para ir a encontrar a otro pecador en su banquillo: era san Mateo: es para hacerlo celoso apóstol (ibid 9). Pregúntenle por qué toma el camino de Jericó, les dirá: que hay un hombre nombrado Zaqueo, que es considerado un pecador público, y, que él quiere ver si puede salvarlo. Con el fin de hacerlo un perfecto penitente, hace como un buen padre que perdió a su hijo, le llama: "Zaqueo, le grita, desciende; porque es en tu casa donde quiero hospedarme hoy, si tu estás de acuerdo." Es como si le dijera a Zaqueo, deje ese orgullo y ese afecto a los bienes de este mundo; desciende, es decir, escoge la humildad y la pobreza. Para darlo a entender bien, dice a todos los que estaban con él: "esta casa recibe hoy la salvación (Lc. 19) ". - ¡Oh mi Dios! ¡qué tu misericordia es grande para los pecadores!
Todavía pregúntenle por qué ha pasado a esa plaza pública. "¡Ah! les dirá, es que
espero a esa mujer adúltera a la que se debe traer para hacerla lapidar; y yo, voy a tomar su defensa contra sus enemigos, a conmoverla y a convertirla." ¿Ven a este tierno Salvador cerca de esta mujer, cómo se comporta, cómo toma su defensa? Que la ve totalmente rodeada de esa multitud que esperaba sólo la señal para matarla, el Salvador parece decirles: "Un momento, déjeme actuar, luego ustedes actuarán en su turno." Desciende sobre la tierra, escribe, no su sentencia de condena, sino de absolución. Habiéndose levantado, los mira. ¿No parece decirles: "ahora que esta mujer es perdonada, no es más una pecadora, sino una santa penitente: quién de entre ustedes es igual a ella? Si están sin pecado, láncele la primera piedra." Todos esos conocidos hipócritas, viendo que Jesucristo leía en sus conciencias, los más viejos, que sin duda eran los más culpables, se retiraron primero, y así otros. Jesucristo, viéndola sola, le dice con bondad: "mujer, ¿quiénes son los que te condenan? " como si le hubiera dicho:
Después de que te perdoné, ¿quién sería el que se habría atrevido a condenarte?
"¡Ah! Señor, le respondió esta pecadora, nadie - ¡Pues bien! vete, y no peques más (Jn. 8)."
Todavía vean lo que siente viendo a esa mujer que, desde hace doce años, tenía una hemorragia. Ella se echa humildemente a sus pies; "porque, decía, si puedo tocar solamente el borde de su manto, estoy segura de ser curada". Jesucristo se volvió, y con un aire de bondad dijo: "¿Quién es el que me ha tocado? Ve, hija, le dice, ten confianza, estás curada en el cuerpo y en el alma (Mt. 9)". Véalo, como tiene compasión del dolor de ese padre que le presenta a su hijo, poseído por el demonio desde su infancia... (Mc. 9).
Véalo llorar acercándose a la ciudad de Jerusalén, que era la figura de los pecadores que no quieren más dejarse tocar el corazón. Vean cómo derrama lágrimas sobre su pérdida eterna. "¡Oh! cuántas veces, ingrata Jerusalén, no quise llevarte de regreso en el seno de mi misericordia, como una gallina reúne sus pequeños bajo sus alas; pero no quisiste. ¡Oh ingrata Jerusalén! ¡qué has matado a los profetas y has hecho morir a los siervos de Dios! ¡oh! ¡si, por lo menos, todavía quisieras recibir hoy la gracia que vengo a darte! (Mt. 13)." ¿Ven, hijos míos, cómo el buen Dios llora la pérdida de nuestras almas cuando ve que no queremos convertirnos?
Según todo lo que vemos que Jesucristo hizo para salvarnos, ¿cómo podemos desesperar de su misericordia?, ya que su placer más grande es perdonarnos; de modo que, por muchos que sean nuestros pecados, si queremos dejarlos y arrepentirnos, estamos seguros de nuestro perdón. Aunque nuestras faltas igualaran las hojas de los bosques, seremos perdonados, si nuestro corazón esta verdaderamente contrito. Para convencerse de eso, aquí esta un bello ejemplo.
Leemos en la historia que un joven hombre, llamado Teófilo, que era sacerdote, fue acusado con su obispo, y despojado de la dignidad de la que fue provisto. Esta afrenta lo llevó a tal furia, que llamó al demonio a su socorro. Este espíritu maligno se le apareció bajo una forma ordinaria, prometiéndole hacerle recuperar su dignidad si quería renunciar seguidamente a Jesús y a María. Lo hizo, siendo
cegado por el furor, y le dio al demonio una renuncia por escrito hecha de su mano. Al día siguiente, el obispo que había reconocido su falta, lo hizo llamar a la iglesia, le pidió perdón por haber creído demasiado fácilmente lo que se había dicho sobre él, y lo restablece en su dignidad. Sobre esto el sacerdote se encontró en una gran confusión; permaneció mucho tiempo desgarrado por los remordimientos de su conciencia. Le vino el pensamiento de recurrir a la Virgen Santísima, viendo que él mismo era tan indigno de pedirle perdón al buen Dios.
Fue pues delante de una imagen de la Virgen Santísima, rogando obtenerle el perdón ante su divino Hijo; y, para esto, ayunó cuarenta días y rezó continuamente. Al cabo de cuarenta días, la Virgen Santísima se le apareció, diciéndole que había obtenido su perdón. Fue muy consolado por esta gracia; pero le quedaba todavía sacar una espina muy profunda: era el escrito que le había dado al demonio. Pensó que el buen Dios no negaría esta gracia a su Madre;
continuó tres días rogándole, y a su despertar, encontró su escrito sobre su pecho. Lleno de gratitud, va a la iglesia, y delante de todo el mundo, publica la gracia que el buen Dios le había concedido por la intervención de su santa Madre.
Hagamos lo mismo: si nos encontramos demasiado culpables para pedirle perdón al buen Dios, dirijámonos a la Virgen Santísima y estaremos seguros de nuestro perdón.
Pero, para empeñarse en tener una gran confianza en la misericordia de Dios que es infinita, aquí esta un ejemplo que nos da el Evangelio y que nos muestra que la misericordia de Dios es infinita: es el hijo pródigo, el que, después de haberle pedido a su padre todo los bienes que podía darle, se fue a un país extranjero.
Disipó allí todo su bienes viviendo como un libertino y un disoluto. Su mala conducta lo redujo a tal miseria que se encontraba demasiado contento con tener los restos de los cerdos, pero ni eso le permitían hacer. Reflexionando un día sobre la grandeza de su miseria, decía en la casa de su amo que el estaba para cuidar los cerdos: "Al menos déjenme comer las sobras de los animales." ¿Qué miseria, hijos míos, es comparable a ésa? Sin embargo nadie se las daba. Viéndose en riesgo de morir de hambre, y vivamente tocado por su miseria, abre los ojos y recuerda que tenía un padre muy bueno que le amaba tanto. Toma la resolución de regresar a la casa paterna, donde los criados más simples tenían más pan del que necesitaban. Se decía a sí mismo: "hice muy mal al haber abandonado a mi padre que me quería tanto; disipé todo mis bienes llevando una mala vida; Estoy totalmente desgarrado y muy sucio, ¿cómo podrá mi padre reconocerme como su hijo? Pero me echaré a sus pies, los regaré con mis lágrimas; le pediré admitirme solamente como el último de sus servidores." Aquí es cuando se levanta y se marcha, pensando en el desdichado estado en que su libertinaje lo había reducido. Su padre, que desde hacia mucho tiempo lloraba su pérdida, viéndole venir a lo lejos, olvidándose de su gran edad y la mala vida de ese hijo, se echó a su cuello para abrazarlo. Este pobre hijo, totalmente asombrado del amor de su padre por él: "¡Ah! ¡mi padre , exclama, pequé contra ti y contra el cielo! no merezco más ser llamado tu hijo, ponme solamente entre tus servidores. - No, no, mi hijo, grita el padre todo lleno de alegría de tener la felicidad de encontrar a su hijo al que consideraba perdido; no, mi hijo, todo esta olvidado, pensemos sólo en
regocijarnos. Qué se le ponga un manto elegante para vestirlo, qué le pongan un anillo en el dedo y sandalias en los pies; maten al becerro cebado y regocíjese;
porque mi hijo había muerto y ha resucitado, estuvo perdido y ha sido encontrado (Luc. 15)."
¡Bella figura, hijos míos, de la grandeza de la misericordia de Dios por los pecadores más miserables! En efecto, tan pronto como tenemos la desgracia de pecar, nos alejamos de Dios, y nos reducimos, siguiendo nuestras pasiones, a un estado más miserable que el del cerdo que es de los animales más sucios. ¡Oh mi Dios! ¡ ¡qué el pecado es algo horrible! ¿Cómo podemos cometerlo? Pero con todo lo miserables que somos, tan pronto como tomamos la resolución de convertirnos, a la primera prueba de conversión, las entrañas de su misericordia son tocadas por la compasión. Este tierno Salvador corre, por su gracia, por delante de los pecadores, los abraza favoreciéndolos con los consuelos más deliciosos. En efecto, un pecador nunca siente más placer que en el momento cuando deja el pecado para consagrársele al buen Dios; le parece que nada podrá pararlo; ni oración, ni penitencia: nada le parece demasiado duro. ¡Oh momento delicioso!
¡que estaríamos encantados si tuviéramos la felicidad de comprenderlo! Pero,
¡por desgracia! No correspondemos a la gracia, y entonces, estos momentos felices desaparecen. Jesucristo le dice al pecador por boca de sus ministros: "qué se revista a este cristiano que es converso, de su ropa elegante que es la gracia del bautismo que perdió; qué se le revista de Jesucristo, de su justicia, de sus virtudes y de todos sus méritos. "Aquí esta , hijos míos, la manera en la que Jesucristo nos trata cuando tenemos la felicidad de dejar el pecado para consagrárnosle. ¡Ah! hijos míos, ¡qué tema de confianza para un pecador, aunque muy culpable, de saber que la misericordia de Dios es infinita!
II. - No, hijos míos, no es la grandeza de nuestros pecados, ni su número, lo que deben asustarnos; sino únicamente las disposiciones que debemos tener. Tengan, hijos míos, aquí otro ejemplo que va mostrarles que, como somos culpables, estamos seguros de nuestro perdón, si queremos pedírselo al buen Dios. Leemos en la historia que un gran príncipe, en su última enfermedad, fue atacado por una tentación terrible de desconfianza en la bondad y la misericordia de Dios. El sacerdote que le daba asistencia en ese momento, viendo que perdía confianza, hacía todo lo que podía para inspirársela, diciéndole que el buen Dios jamás le negó el perdón al que se lo pidió. "No, no, dice el enfermo, no hay más perdón para mí, hice demasiado mal. "El sacerdote que veía que no había más recursos, se puso en oración. En este momento, el buen Dios le puso en la boca estas palabras que el santo Rey-profeta pronunció antes de morir: "príncipe le dice, escuche al profeta penitente; tu eres pecador como él, di sinceramente como él:
señor, ten misericordia de mí, porque mis pecados son muy grandes, y precisamente es la grandeza de mis pecados la que será el motivo que te comprometerá en perdonarme." A estas palabras, el príncipe regresó como de un sueño profundo, se para un momento totalmente transportado por la alegría, y dando un profundo suspiro: "¡Ah! Señor, ¡es para mí que estas palabras han sido pronunciadas! ¡Sí, mi Dios, ¡es precisamente porque he hecho mucho mal que tu
tendrás piedad de mí!" Se confiesa y recibe todos los sacramentos derramando torrentes de lágrimas; hace con alegría el ofrecimiento de su vida, y muere teniendo entre las manos su crucifijo que baña con sus lágrimas. En efecto, hijos míos, ¿qué son nuestros pecados, si los comparamos con la misericordia de Dios?
Son una semilla de nabo delante de una montaña. ¡Oh mi Dios! ¿Cómo podemos consentir a ser condenados, ya que cuesta tan poco para salvarse y que Jesucristo desea tanto nuestra salvación?...
Sin embargo, hijos míos, si el buen Dios es tan bueno de esperarnos y de recibirnos, no hay que cansar su paciencia: si nos llama, si nos invita a venir a él, hay que ir a su encuentro; si nos recibe, hay que serle fiel. ¡Por desgracia! hijos míos, posiblemente hace más de cinco o seis años que el buen Dios nos llama;
¿por qué permanecemos con nuestros pecados? Siempre está presente para ofrecernos su gracia, ¿por qué no dejar el pecado? En efecto, hijos míos, san Ambrosio nos dice: "El buen Dios, con todo lo bueno y todo lo misericordioso que es, jamás nos perdona, si no le pedimos perdón, si no unimos nuestra voluntad a la de Jesucristo."
Pero ¿cuál voluntad, hijos míos, es la que Dios pide de nosotros? Aquí esta. Es una voluntad que corresponda a las santas diligencias de su misericordia, que nos haga decir como san Pablo: "ya han oído decir cuáles fueron mi conducta y mis acciones antes de que Dios me diera la gracia de convertirme. Perseguía la Iglesia de Jesucristo con tanta crueldad, que yo mismo me horrorizo cada vez que pienso en eso. ¿Quién hubiera creído que fue este momento el que Jesucristo había escogido para llamarme a él? (Gal. 1, 13-15.) Fue en ese momento que yo estaba totalmente rodeado por una luz; oí una voz que me dice: "Saulo, Saulo,
¿por qué me persigues? (He. 22, 6-7.)" ¡Por desgracia! hijos míos, ¿cuántas veces el buen Dios no nos ha hecho la misma gracia? Cuántas veces en el pecado, o listos a pecar, no hemos oído una voz interior que nos grita: "¡Ah! mi hijo, ¿por qué quieres hacerme sufrir y perder tu alma?" Aquí esta un bello ejemplo.
Leemos en la historia que un hijo en su cólera mató a su padre. Concibió un pesar tan grande que le parecía oír continuamente una voz que le gritaba: "¡Ah! mi hijo,
¿por qué me mataste?" Lo que le fue tan intolerable, que él mismo fue a denunciarse a la justicia. No sólo, hijos míos, debemos dejar el pecado porque el buen Dios es tan bueno para perdonarnos; sino todavía debemos llorar de reconocimiento. Tenemos un bello ejemplo en la persona del joven Tobías conducido y devuelto por el ángel (Tob. 12), lo que nos muestra cómo agradamos a Dios cuando le agradecemos. Leemos en el Evangelio que esta mujer que, desde hace doce años, padecía de una hemorragia, habiendo sido curada por Jesucristo, en reconocimiento, con el fin de mostrarle a todo el mundo la bondad de Dios hacia él, hizo colocar cerca de su casa una bella estatua que representaba a una mujer cerca de Jesucristo, que le había curado. Varios autores nos dicen que había allá una hierba desconocida a todo el mundo, y que tan pronto como subía hasta la franja del vestido de la estatua, curaba todo tipo de enfermedades. Vean a san Mateo: con el fin de agradecer a Jesucristo de la gracia que le había hecho,
lo invitó a su casa y le hizo todos los honores que podía hacerle (Luc. 5, 29). Vean al leproso samaritano: Viéndose curado, regresa sobre sus pasos, se echa a los pies de Jesucristo para agradecerle el favor que le había hecho (Luc. 17, 16).
San Agustín nos dice que la principal acción de gracias, es que su alma este sinceramente agradecida por la bondad de Dios, dando todo para él con todos sus afectos. Vean al Salvador, cuando hubo curado diez leprosos, al ver que había sólo uno que volvía a agradecerle: "¿y los otros nueve, le dice Jesucristo, no han sido curados también? (Ibid. 17, 17)" como si le hubiera dicho: ¿por qué los otros no vienen a agradecerme? San Bernardo nos dice que hay que ser muy agradecidos hacia el buen Dios, porque esto lo compromete a concedernos muchas otras gracias. ¡Por desgracia! hijos míos, que de gracias no tenemos que rendir a Dios por habernos creado, de habernos rescatado por su muerte y pasión, de habernos hecho nacer en el seno de su Iglesia, mientras que tantos otros viven y mueren fuera de su seno. Sí, hijos míos, ya que la bondad y la misericordia de Dios son infinitas, tratemos pues de aprovechar bien, y por ahí, tendremos la felicidad de agradarle, y de conservar nuestras almas en su gracia: lo que nos proporcionará la felicidad de ir a gozar de su santa presencia con todos los bienaventurados en el cielo. Es lo que les deseo.