CREO EN LA VIDA ETERNA 1 Creo, Señor, pero aumenta mi fe (Mc. 9,24)

Texto completo

(1)

ÁREA ECLESIAL C

COOMMIISSIIÓÓNN NNAACCIIOONNAALL DDEE CCAATTEEQQUUEESSIISS..

“CREO EN LA VIDA ETERNA”1 “Creo, Señor, pero aumenta mi fe” (Mc. 9,24)

Introducción

Esta reflexión nos quiere ayudar a descubrir la importancia que tiene para nosotros los cristianos la afirmación “Creo en la vida eterna”, que es la que comienza inmediatamente después de la muerte.

Dejando como enseñanza, tarea y compromiso el reconocer esta aseveración del credo como la visión de aquella felicidad eterna, llena de todos los bienes.

Con las palabras “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10,10)- Jesús nos hace comprender que Él es la Vida por excelencia. Jesús es la vida para todo el que se arrepienta y crea en Él para salvarse.

Jesús nos promete la “vida eterna” a todos los que creamos en Él. De aquí podemos deducir que Jesús vino para que tengamos. Su vida y la podamos vivir más allá de la muerte

1.- Hecho de Vida: Lucas 16, 20-31

Profundicemos, en un pasaje de la Biblia, donde se nos afirma explícitamente que sí hay vida más allá de la muerte física y cuya duración no es de comparar con esta vida presente, pues la futura es eterna, no tiene fin. La vida no se acaba al momento de morir. La Biblia en sí misma nos deja clara esta enseñanza al respecto: después de esta vida hay otra vida.

La parábola del hombre rico y el pobre Lázaro:

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.

En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: "Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan". "Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí". El rico contestó: "Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento". Abraham respondió: "Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen". "No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán". Abraham

1 La Comisión Nacional de Catequesis agradece a Srta. Ana Ma. Ponce, Coordinadora

(2)

respondió: "Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán.

Hecho de la Vida: Contexto actual

Un domingo cualquiera asistí a la Misa en una iglesia donde me tocó oír a un cura encantador, que nos decía entusiasmado en la homilía: - ¡Sí, hermanos, un día moriremos! ¡Un día tendremos la dicha de morir!... El Padre lo decía muy convencido, pero yo me dije para mis adentros: - ¡Bueno, allá él si quiere morirse! A mí que me deje disfrutar bien de la vida...

Aquel cura simpático, que chorreaba santidad por todos sus poros, ya murió y está disfrutando del logro de todas sus ilusiones. Yo sigo con mucho apego a la vida, lo reconozco. Pero, aquellas palabras de su homilía, ininteligibles entonces para mí, me han hecho pensar muchas veces: -¿Y no tendría razón el buen cura?...

Es cierto que la vida es un don grande de Dios. Y nos la da para que la disfrutemos. A Dios no le gusta el lagrimeo de tantas personas amargadas y tristes. Si ha puesto en el mundo tanta hermosura y placer es para que lo disfrutemos todo y para ganarnos el corazón. ¡La vida es bella, y vale la pena vivirla!...

Pero es ciertamente un error el poner el corazón en lo que pasa y forzosamente se ha de dejar. Así como es otro error el espantarse por las molestias inevitables de la vida y dejarse vencer por ellas.

La prudencia y el equilibrio son condición indispensable para valorar las cosas que son provisionales. Si toda la felicidad en que ahora soñamos, y que tal vez disfrutamos, no la sabemos convertir en duradera para siempre, nos equivocamos medio a medio. Porque es tener el juguete entre las manos, como el niño, y ver que se nos rompe o nos lo quitan. Se disfrutaba, para llorar después...

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano Creo en la vida eterna Meditación. Llamado a compartir la esperanza.

II.- Comentario Formativo:

La afirmación de que creemos “en la vida eterna,” es la última confesión de la fe en el Credo de los Apóstoles, y al mismo tiempo es nuestra más alta y más grande esperanza.

Cuando un cristiano abre su corazón a Dios, no recibe solamente la felicidad que espera, sino mucho más: Él concede la felicidad en esta vida y el premio de la vida futura. ¡Cuánto es generoso el amor de Dios que devuelve al ciento por uno! No guarda para sí sus dones.

(3)

La fuente de la verdad que es Nuestro Señor Jesucristo, nos ha enseñado que su reino, tiene como fin la Vida Eterna. Esta promesa será siempre uno de los estímulos más eficaces en nuestra vida cristiana; así como nos dice San Pablo en II, Cor., IV, 17: “Porque nuestra tribulación momentánea y ligera nos preparará, un eterno peso de gloria cada vez más inmensamente”; y también nos recuerda el mismo S. Pablo en II Cor., V, 1: “Pues sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos”. Así que por más grave y pesada que nos resulte en ciertas circunstancias la fidelidad a nuestra fe de cristianos, la esperanza del premio nos la hará más llevadera y reanimará nuestro espíritu, de modo que Dios nos encuentre siempre prontos y alegres en su servicio.

Se deja claro, que ante todo, debemos notar que la expresión “vida eterna” no significa tanto la perpetuidad de la vida, sino en cuanto a la felicidad que hará eternamente dichosos a los buenos. Por ejemplo: aquel doctor de la Ley cuando dijo al Señor: ¿Qué de bueno haré yo para conseguir la vida eterna? (Mt., 19, 16). Es como si dijera: ¿Qué he de hacer yo para llegar allí donde se goza la felicidad perfecta? (Mt., 25, 46; Mc., 10, 17; Lc., 10, 25).

Éste es el auténtico sentido que en la Sagrada Escritura tienen las palabras vida eterna, como puede comprobarse en muchos de los textos; así como dice (Juan 3, 15): “Para que todo el que creyere en Él tenga vida eterna”. (17, 3): “Ésta es la vida eterna que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”; y también dice (Rom., I2, 7): “A los que con perseverancia en el bien obran buscan la gloria, el honor y la incorrupción, la vida eterna”; (Rom., 6, 23): “Pues la paga del pecado es la muerte; más la gracia Dios es la vida eterna en Jesús Señor nuestro”.

Se llama a la Vida eterna como la última y suma felicidad, para que nadie crea que ésta consiste en bienes materiales y caducos. Se nos invita a poner la mirada en los bienes eternos, y no colocar el sumo bien en la felicidad que proviene de las cosas materiales y sensibles. Ya que éstas envejecen y mueren; la bienaventuranza, en cambio, no puede circunscribirse a límites de tiempo.

Las cosas de la tierra distan tanto de la verdadera felicidad, que quien quiera alcanzar la eterna bienaventuranza debe necesariamente apartar de ellas su deseo y amor, ya que está escrito: “No amen el mundo, porque no está en él la caridad del Padre; el mundo pasa y también sus consecuencias” como dice Juan en la (1ª Carta 2, 15-17). Y San Pedro:“ Aprendamos, pues, a despreciar las cosas caducas y convenzámonos de que es imposible conseguir la felicidad en esta vida, donde estamos, no como ciudadanos, sino como peregrinos.” (1 Ped., 2, 11).

Las palabras vida eterna, debe estimularnos a todos a la práctica de la piedad, de la santidad y de todas las virtudes. Aunque la vida es, en verdad, uno de los mayores bienes que el hombre apetece por naturaleza. Si esta misma pobre vida terrena, tan llena de miserias que más que vida podría llamarse muerte, nos resulta tan amable y gustosa, ¿con cuánto mayor ardor y alegría no debemos anhelar aquella vida eterna, que llevará consigo—superados todos los males—la razón absoluta y perfecta de todos los bienes? Según la opinión de los santos Padres de la Iglesia (S. Agustín, 122 de la Ciudad de Dios, c. 30), la felicidad eterna consistirá en la posesión de todos los bienes sin mezcla alguna de mal.

(4)

Nuestra alma y espíritu son eternos. El tiempo presente no se puede comparar con la eternidad. Esta vida es simplemente el tiempo que Dios nos ha concedido para buscarle. En ese tiempo se sella nuestro destino eterno. Al igual que en la resurrección y en el juicio, debemos indicar que ante nosotros hay dos alternativas: cielo e infierno.

Decir vida eterna es proclamar sin los miedos de la historia que lo perecedero pasará, que todo lo que impide la comunión perfecta no existirá: “No habrá juventud, porque no habrá ancianidad; no habrá necesidad de alimentarse, porque no habrá hambre; no existirán los negocios, no habrá indigencia”.

En síntesis, la vida eterna para los cristianos es la realización del proyecto del Padre y el cumplimiento de los anhelos del hombre: la comunión y la comunicación de la vida de un modo perfecto.

Los cristianos creemos que la muerte no es el final de nuestra existencia. Dios nos ha dado la vida por amor y su amor es más fuerte que la muerte, por lo que no puede acabar nunca. Todos los que creemos en Él esperamos participar un día de su misma vida en el cielo, cuando seremos revestidos de un cuerpo glorioso como el suyo.

III.- PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

La esperanza en una vida eterna es una riqueza muy superior a todos los valores de esta vida. Quien la posee, vive más feliz que nadie. El que espera, goza como nadie de la felicidad que Dios nos da ya aquí, la cual se cambiará en una felicidad mucho mayor y que no pasará jamás.

1. ¿Por qué existo?", "¿Cuál es mi propósito en esta vida? 2. ¿Qué de bueno haré yo para conseguir la vida eterna? 3. ¿Puedo enfrentar con seguridad “la vida eterna”?

4. ¿La esperanza en la vida eterna es una riqueza muy superior a todos los valores de esta vida? Enumera algunas de estas riquezas

a. ________________________ b. _____________________ c. _______________________

5. ¿Qué significado tiene para mí la cita del Eclesiastés 3:11 que dice: Dios “También ha puesto la eternidad en sus corazones”? ………..

6. El Dios eterno quiere compartir la eternidad con nosotros. ¿Crees que Dios nos dé una vida sin fin, una vida en que los días no tienen que contarse, pues son infinitos?

7. ¿Qué es la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva?

8. Al leer la cita: “Y la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú enviaste.” Entonces ¿cómo anda mi vida eterna? Es decir, ¿cómo anda mi relación con Dios? ¿Estás intentando conocerlo más y más? 9. El apóstol Pablo escribe: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son

(5)

Figure

Actualización...

Referencias

Actualización...