• No se han encontrado resultados

Estigma hacia la mujer que ha abortado y su relación con las actitudes hacia el aborto, creencias tradicionales y variables psicosociales

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2023

Share "Estigma hacia la mujer que ha abortado y su relación con las actitudes hacia el aborto, creencias tradicionales y variables psicosociales"

Copied!
108
0
0

Texto completo

(1)

Instituto de Investigaciones Psicológicas RegiónXalapa

Doctorado en Psicología

Estigma hacia la mujer que ha abortado y su relación con las actitudes hacia el aborto, creencias tradicionales y variables psicosociales.

Tesis para obtener el grado de Doctora en Psicología Presenta:

Mtra. Laura Fabiola Orihuela Cortés Dra. María Luisa Marván Garduño (Directora) Dra. Adriana Rodríguez Barraza (Asesora)

Dra. Asunción Álvarez del Río (Asesora) Febrero 2023

“Lis de Veracruz: Arte, Ciencia, Luz”

(2)

Universidad Veracruzana

Instituto de Investigaciones Psicológicas Región Xalapa

Doctorado en Psicología

Estigma hacia la mujer que ha abortado y su relación con las actitudes hacia el aborto, creencias tradicionales y variables psicosociales.

Tesis para obtener el grado de Doctora en Psicología Presenta:

Mtra. Laura Fabiola Orihuela Cortés Directora de tesis

Dra. María Luisa Marván Garduño Dra. Adriana Rodríguez Barraza (Asesora) Dra. Asunción Álvarez del Río (Asesora)

(3)

Dedicatoria

“Una mujer que decide abortar, merece tanto amor y cuidado cómo una que decide parir”.

En primer lugar quiero dar un agradecimiento y dedicatoria especial a las mujeres del “alma mía”:

A mi mamá, la Mtra. Chuy:

Por todas sus enseñanzas, por apoyarme siempre en todo sin juzgarme, por impulsarme en mis sueños, y sobre todo por seguirme dando alas para volar. Gracias, sin tu ejemplo, apoyo, y amor este logro no hubiera sido posible.

A Kary:

Por ser mi compañera de vida, por construir día con día este camino en común. Gracias por tu amor, apoyo y motivación en cada paso que doy.

Marifer y Vero:

Por ser las mejores hermanas (y ahora amigas) que la vida me pudo haber dado. Gracias por estar siempre, para lo bueno y para lo malo.

A Fer, Panchita, Angélica y Marcos:

Gracias por poder compartir muchos buenos momentos en familia durante esta etapa.

A mis amigos y amigas, especialmente Gaby, Tona, Leonel, Faby y Aime:

Gracias por compartir buenas experiencias y aprendizajes, así como por su contención y apoyo a lo largo de todo este tiempo de amistad.

A la Doctora Ma. Luisa Marván:

Gracias por su tiempo, dedicación, apoyo y enseñanzas a lo largo de estos años, pero sobre todo por creer en mí.

A mi Comité tutoral: la Dra. Asunción y la Dra. Adriana, así como a mis sinodales: la Dra.

Claudia, Dra. Ma. José, Dra. Sobeyda, y especialmente al Dr. Roberto.

Gracias por el apoyo y tiempo brindados para la revisión de este trabajo, por sus enseñanzas, y por ser parte de este paso dentro de mi trayectoria profesional.

Además gracias a todas las personas que de alguna u otra manera apoyaron esta investigación.

Gracias totales

(4)

Estigma hacia la mujer que ha abortado y su relación con las actitudes hacia el aborto, creencias tradicionales y variables psicosociales.

Resumen ... 6

Introducción ... 8

Encuadre epistemológico ... 9

1. Aborto ... 10

1.1. Definición y contextualización... 10

1.2. Situación legal del aborto en México ... 12

1.2 El aborto como un derecho humano... 15

2. Variables que se han relacionado con el aborto inducido ... 17

2.1. Actitudes ... 17

2.1.1. Definición de actitud ... 17

2.1.2. Teoría de la Acción Razonada (TAR) ... 18

2.1.3. Actitudes hacia el aborto ... 20

2.2. Moralidad hegemónica (católica) en torno al aborto ... 23

2.2.1. Postura religiosa conservadora sobre el aborto ... 24

2.2.2. Postura progresista y disidencia religiosa ... 25

2.2.3. Estudios sobre religiosidad y aborto ... 25

2.3. Sexismo Ambivalente ... 26

2.3.1. Teoría del Sexismo Ambivalente ... 26

2.3.2. Creencias sexistas y aborto ... 29

2.4. Maternidad y cultura ... 30

2.4.1. Construcción social de la maternidad ... 30

2.4.2. Nuevas expresiones de la maternidad ... 33

3. Estigma y aborto ... 34

3.2. Construcción social del estigma ... 34

3.3. Estigma hacia la mujer que ha abortado ... 39

4. Planteamiento del problema ... 46

5. Justificación ... 47

6. Objetivos... 48

6.1. Objetivo general ... 48

6.2. Objetivos particulares ... 49

(5)

6.3 Hipótesis. ... 50

7. Método ... 51

8. Resultados ... 60

9. Discusión... 80

10. Referencias bibliográficas ... 87

11. Anexos ... 101

(6)

Resumen

El estigma hacia las mujeres que han tenido un aborto inducido surge del entendimiento colectivo de que el aborto es una práctica moralmente equivocada y/o socialmente inaceptable. Kumar et al.

(2009) lo definen como el atributo negativo hacia la mujer que interrumpe un embarazo, que la marca, interna o externamente, como inferior a los ideales de “femineidad”. Este estigma tiene importantes repercusiones en varios niveles que atentan contra la salud física y mental de las mujeres que deciden abortar.

El objetivo de esta investigación fue estudiar el estigma hacia la mujer que ha abortado en dos ciudades con diferentes legislaciones, así como su relación con las actitudes hacia el aborto, ciertas creencias tradicionales y algunas variables psicosociales.

La muestra estuvo compuesta por 458 participantes de 18 a 45 años, residentes de la Ciudad de México (CDMX) o de Xalapa, Veracruz. Se les pidió que además de sus datos sociodemográficos, contestaran los siguientes cuestionarios: a) Cuestionario de Estigma sobre el Aborto a Nivel Comunitario (Sorhaindo et al., 2016), b) Cuestionario de Actitudes hacia el aborto (Marván et al., 2018), c) Inventario de Sexismo Ambivalente (Glick y Fiske, 1996), y d) Escala de Creencias sobre la Maternidad (Mota et al., 2019). Además, los participantes contestaron una serie de preguntas para medir su grado de religiosidad, y se les preguntó si conocían a una mujer que hubiera abortado.

Los hallazgos fueron los siguientes: Los residentes de Xalapa tuvieron niveles más altos de estigma que los de la CDMX. Tanto en CDMX como en Xalapa los participantes que presentaron mayores niveles de estigma tuvieron menos actitudes favorables hacia el aborto como un derecho de la mujer; y también fueron los que presentaron mayores puntajes en las siguientes variables:

(7)

actitudes antiaborto, sexismo (tanto hostil como benevolente), creencias hacia la maternidad (como sentido de vida y como deber ser), y religiosidad (entendida tanto como la frecuencia de las prácticas religiosas, así como la importancia que tiene en la vida de las personas). Además, los participantes que tenían mayor edad fueron quienes presentaron mayor estigma. Sin embargo, solo en CDMX se encontró que aquellos participantes que no conocían a una mujer que ha abortado fueron los que presentaron más estigma, y que los hombres estigmatizaron más que las mujeres.

Finalmente se encontró que tanto en la CDMX como en Xalapa las actitudes antiaborto predijeron el estigma hacia la mujer que ha abortado. Además, en la CDMX otra variable predictora fue la edad, mientras que en Xalapa fueron las actitudes proelección y las creencias hacia la maternidad como sentido de vida.

Los resultados de este estudio podrían ayudar al diseño de estrategias para reducir el estigma hacia la mujer que ha abortado, así como las consecuencias negativas en la salud psicológica y física de las mujeres que interrumpen un embarazo.

Palabras clave: estigma hacia la mujer que ha abortado, actitudes hacia el aborto, religiosidad, sexismo ambivalente, creencias hacia la maternidad.

(8)

Introducción

El aborto inducido es uno de los procedimientos ginecológicos más comunes en el mundo, y se estima que se realizan 73 millones de abortos anualmente (Bearak et al., 2020). A pesar de que es un procedimiento común, suele estar restringido legalmente (Palomino, 2021), lo que puede conllevar a que las mujeres que quieran interrumpir su embarazo y que vivan en un lugar donde no es legal, lo hagan de forma clandestina (Singh et al., 2018). Además, se ha encontrado que suele estigmatizarse más este procedimiento en contextos con leyes restrictivas hacia el aborto (Yegon et al., 2016; Zamberlin, 2015).

El estigma es la devaluación social que vive una persona por poseer atributos o características que van en contra de las normas culturales establecidas. Específicamente, el estigma hacia el aborto es el atributo negativo hacia la mujer que interrumpe un embarazo, que la marca, interna y externamente, como inferior a los ideales de “femineidad”. Este estigma se presenta en distintos niveles, los cuales son: popular, estructural o legal, institucional, comunitario y en el nivel individual (Kumar et al., 2009). Este estigma genera diversos efectos negativos que se analizarán más adelante, por lo que resulta importante investigar las variables que lo originan, para poder incidir de manera efectiva en la disminución e incluso erradicación del estigma.

En el presente trabajo se estudió el estigma hacia la mujer que ha abortado en dos ciudades con diferentes legislaciones, así como su relación con las actitudes hacia el aborto, ciertas creencias tradicionales y algunas variables psicosociales.

(9)

Encuadre epistemológico

La presente investigación tiene como base el paradigma cuantitativo. A su vez, este paradigma se sustenta en el positivismo. El paradigma positivista tiene sus orígenes con Auguste Comte quien plantea la necesidad de estudiar los fenómenos sociales utilizando la misma metodología que las ciencias naturales (Ramos, 2015). Este paradigma utiliza información cuantificable para describir o tratar de explicar los fenómenos que estudia, y busca ser lo más objetivo posible: es por ello que emplea procedimientos secuenciales que permitan probar o refutar las hipótesis planteadas, con base en la medición y el análisis estadístico (Hernández et al., 2010).

Por otro lado, esta investigación se inserta en el campo de la psicología de la salud, que es la encargada de estudiar los procesos psicológicos y de comportamiento en materia de salud y enfermedad. Para lo cual busca comprender la manera en la que los aspectos psicológicos, comportamentales y culturales inciden sobre la salud desde un enfoque biopsicosocial (Díaz, 2010).

Este estudio retoma el modelo ecológico de Kumar et al. (2009) adaptado del modelo ecológico de Heijnders y Van der Meij (2006) sobre estigma de la salud para estudiar el estigma hacia el aborto. Este modelo muestra las diferentes esferas sociales donde se manifiesta el estigma asociado al aborto, y los niveles que lo componen son: representaciones culturales y el discurso popular, el nivel estructural y legal, el nivel institucional, el nivel comunitario y el nivel individual.

(10)

1. Aborto

1.1. Definición y contextualización

El aborto es la interrupción del embarazo cuando el embrión todavía no es viable fuera del útero de la mujer. El aborto espontáneo es aquél que es provocado por causas naturales, sin que medie ninguna maniobra o voluntad para abortar. Por el contrario, el aborto inducido o voluntario se realiza de forma deliberada, ya sea con asistencia médica o sin ella. Los abortos inducidos pueden ser seguros, si son realizados por personal calificado, con técnicas y criterios médicos e higiénicos adecuados, y de preferencia realizado en una etapa temprana del embarazo. Por el contrario, los abortos inseguros son aquéllos que son realizados por personas carentes de entrenamiento médico y/o realizados en un ambiente donde se carece de estándares higiénicos mínimos. Debido a que el aborto inseguro se realiza en condiciones que atentan contra la vida, la salud y la integridad de la mujer, se considera un problema de salud pública grave (Singh et al., 2018). Los abortos inseguros se pueden subclasificar en “menos seguros”, o “nada seguros”. Los “menos seguros” se realizan por un profesional calificado que utiliza un método poco seguro o, a pesar de utilizar un método seguro, es realizado por una persona no calificada; y los abortos “nada seguros” se realizan por personal no calificado y con métodos peligrosos (Singh et al., 2018; IPAS, 2021a).

La mayoría de los abortos inseguros se realizan en contextos con leyes restrictivas hacia este procedimiento, y por el contrario, cuando se realizan en contextos con leyes permisivas, existen más condiciones para que sean seguros (IPAS, 2021a).

Es importante mencionar que la presente investigación se enfoca al aborto inducido, el cual es uno de los procedimientos ginecológicos más comunes en el mundo (Singh et al., 2018). Se estima que en América Latina anualmente ocurren 14 millones de embarazos no planeados, de los

(11)

cuales, el 46% termina en un aborto inducido (Instituto Guttmacher, 2018). En cuanto a la prevalencia a nivel mundial, se estima que se realizan 73 millones de abortos anualmente, lo que se traduce en que el 61% de los embarazos no deseados terminan en un aborto (Bearak et al., 2020).

De este porcentaje, el 55% son seguros, mientras que el 45% son inseguros; de éstos, el 31% se consideran “menos seguros”, y el 14% son “nada seguros” (Singh et al., 2018). Los abortos inseguros son la causa del 13% de todas las muertes maternas, y ocasionan casi cinco millones de complicaciones al año (Grupo de Información Elegida; GIRE, 2013).

A pesar de que el aborto es un procedimiento común, suele estar restringido legalmente en la mayoría de los países. En América Latina, está totalmente prohibido en cinco países: El Salvador, Haití, Honduras, Nicaragua, y República Dominicana. Solamente en siete países se permite el aborto a petición de la mujer: Cuba, Guyana, Puerto Rico, Uruguay, Argentina, Colombia, y en algunos estados de México. El resto de los países en América Latina únicamente permiten el aborto bajo situaciones concretas (Vargas-Correa, 2022).

El hecho de que el aborto no sea permitido legalmente favorece que las mujeres que deciden realizarse un aborto inducido lo hagan de forma clandestina, disminuyendo las posibilidades de tener un aborto seguro (Singh et al., 2018). En este sentido, se ha encontrado que en los países donde el aborto está totalmente prohibido, o solo se permite cuando la vida de la mujer está en peligro, tan solo uno de cada cuatro abortos es seguro (Faundes, 2015; Singh et al., 2018). Además, en contextos con leyes restrictivas el aborto suele ser más estigmatizado (Yegon et al., 2016;

Zamberlin, 2015).

(12)

1.2. Situación legal del aborto en México

En nuestro país el aborto se regula a nivel estatal, es decir, en cada estado hay ciertas circunstancias, llamadas “causales”, bajo las cuales el aborto no se penaliza. Estas causales son: a) cuando el embarazo es producto de una violación sexual o de una inseminación artificial en contra de la voluntad de la mujer, b) cuando el embarazo pone en riesgo la salud o la vida de la mujer, c) cuando el producto tiene alguna malformación congénita grave, d) cuando el aborto es provocado de manera accidental, y e) cuando la mujer tiene una economía precaria que se agravaría al continuar con el embarazo (IPAS, 2022b).

La primera ciudad en despenalizar el aborto en nuestro país fue la CDMX, hecho que ocurrió en abril de 2007. Cabe mencionar que este evento legal representó un logro para el movimiento feminista de nuestro país, el cual desde la década de 1930 ha demandado despenalizar el aborto (Lamas, 2015). Como consecuencia de este cambio legal, se creó un intenso debate, por lo que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) organizó audiencias para que los mexicanos expusieran sus argumentos ya sea en contra o a favor de la despenalización. Las personas que estaban a favor argumentaron el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, pidieron la aplicación del Estado laico, destacaron la importancia de la salud pública, y sustentaron su postura con base en principios éticos. En contraste, las personas que estaban en contra de la despenalización hicieron alusión al derecho de la vida del embrión, y sus argumentos se centraron en conceptos morales y religiosos. Al finalizar el debate, la SCJN determinó la constitucionalidad de la Interrupción Legal del Embarazo (ILE) en agosto de 2008 (Lerner et al., 2016). Además, también a raíz de la despenalización del aborto en la CDMX, surgió un movimiento liderado por diversas religiones, cuyo resultado fue que 19 estados del país, entre ellos Veracruz, reformaran su

(13)

constitución para incluir el “derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural”. Es importante mencionar que esta reforma no impide la aplicación de las causales permitidas por la ley, pero si han creado un ambiente de confusión para las mujeres que deciden abortar legalmente (GIRE, 2019).

Al mismo tiempo que el movimiento antiaborto se organizaba para ejercer acciones en contra de la despenalización del aborto, el movimiento feminista seguía trabajando a favor de que las mujeres tuvieran la libertad de decidir sobre su cuerpo, a este movimiento feminista se le conoce como “marea verde” y tiene como símbolo el “pañuelo verde”. En el año 2018 esta “marea” tomó gran visibilidad y fuerza cuando en Argentina se discutió la despenalización del aborto, y se extendió a diferentes países de Latinoamérica, entre ellos México (Felitti y Ramírez, 2020). En gran medida la fuerza de este movimiento en nuestro país ayudó a que otros estados del país despenalizaran el aborto.

Luego de 12 años, se despenalizó el aborto en Oaxaca. Posteriormente, en el año 2021, se despenalizó en Hidalgo, Veracruz, Baja California, Colima y en Sinaloa; y en lo que va del presente año se ha despenalizado en Guerrero, Baja California Sur, y recientemente en Quintana Roo.

Además, en Coahuila, también desde el año 2021, se permite el aborto tras una sentencia de la SCJN, sin embargo, aún no se ha modificado el Código Penal de dicho estado. Cabe mencionar que en Sinaloa se permite abortar hasta las 13 semanas completas de gestación; mientras que el resto de los estados hasta las 12 semanas (IPAS, 2022). Uno de los argumentos para establecer este límite de semanas ha sido el hecho de que hasta este periodo aún no se han desarrollado las capacidades sensoriales y cognitivas del feto (Vázquez-Correa, 2022), sin embargo, no existe un consenso en la literatura sobre este dato, inclusive se ha propuesto que el feto no desarrolla la capacidad sensorial sino hasta la semana 22 a 24 (Kizer y Vanegas, 2016).

(14)

Es importante señalar que, a raíz de los cambios legislativos que han ocurrido en los últimos tiempos, se incluyeron dos causales que aplican en los lugares donde se permite la ILE, y pueden ser usadas después del periodo marcado por la ley: a) cuando una autoridad niega la interrupción a pesar de que la mujer la solicitó antes de las 12 semanas de gestación, y b) cuando el personal de salud haya omitido informar a la mujer sobre su derecho a la interrupción del embarazo (IPAS, 2021b)

En septiembre de 2021 ocurrió un suceso importante a nivel legal, cuando la SCJN declaró que es inconstitucional castigar penalmente a las mujeres que han abortado, lo que implica que luego de esta declaración, ninguna mujer que interrumpa su embarazo debería ser penalizada legalmente (IPAS, 2021c). Sin embargo, aún no se han reformado los códigos penales estatales que penalizan el aborto.

Como es posible ver, ha habido muchos cambios recientes a nivel legal con respecto al aborto en diversas partes del país. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que la despenalización legal del aborto no garantiza su “despenalización social”, es decir, a pesar de que el aborto sea legal, puede seguir siendo percibido como incorrecto o moralmente inaceptable (Cedeño et al., 2019; LeTourneau, 2016). De hecho, se han documentado varios casos en los que no se respetan las causales que permiten acceder a un aborto legal, ya que en ocasiones el personal de salud se rige bajo convicciones personales contrarias al aborto (GIRE, 2018).

Finalmente, cabe aclarar que la legalidad del aborto afecta la opinión pública sobre el tema.

En este sentido, es pertinente mencionar que en una encuesta realizada en la CDMX poco antes de la despenalización del aborto se encontró que menos de la mitad de la muestra (38%) tenía una opinión favorable hacia la despenalización del aborto, mientras que dos años después de la

(15)

despenalización la mayoría de los participantes (74%) presentó una opinión positiva hacia la despenalización del aborto (Wilson et al., 2011).

1.2 El aborto como un derecho humano

La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) menciona que “los derechos humanos son el conjunto de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral de la persona” (CNDH, 2018). Los derechos humanos son inherentes a todas las personas sin ninguna distinción, y cuentan con principios fundamentales que se deben respetar, como son:

- Principio de universalidad: todas las personas cuentan con todos los derechos sin discriminación alguna.

- Principio de interdependencia: cada uno de los derechos está ligado a otro u otros, por lo que, si se transgrede uno, distintos derechos se ven afectados.

- Principio de indivisibilidad: no es posible que se fragmenten los derechos, por lo que se deben de reconocer, proteger y garantizar de forma integral.

- Principio de progresividad: los derechos humanos siempre deben tener un progreso gradual, por lo que no debe haber ningún retroceso en materia de derechos humanos (CNDH, 2018)

Como se mencionó anteriormente, los derechos humanos son iguales para todas las personas, sin embargo, existen ciertos sectores de la población que no siempre cuentan con las condiciones para poder ejercerlos plenamente, tal es el caso de las mujeres, quiénes históricamente han vivido situaciones de subordinación y exclusión con respecto a los hombres (ACNUDH, 2015a). Entre los derechos humanos específicos de las mujeres encontramos dos que interesan

(16)

particularmente a la presente investigación: el derecho a la salud y los derechos sexuales y reproductivos (DSyR).

El derecho a la salud incluye a su vez al derecho a la atención de la salud sexual y reproductiva (ACNUDH, 2015a). Mientras que los DSyR están relacionados con la libertad de las mujeres a decidir sobre su sexualidad y el ejercicio libre de la misma, entre este tipo de derechos se incluyen, entre otros: poder ejercer libremente su sexualidad independientemente de la reproducción; estar libre de discriminación, presión y violencia en su vida sexual y en sus decisiones sexuales; tener acceso a servicios médicos de calidad, adecuada y digna; poder ejercer su maternidad sin presiones; así como poder acceder a la Interrupción Legal del Embarazo (ILE) en los estados en donde está despenalizado (ACNUDH, 2015a).

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas de Derechos Humanos (ACNUDH, 2015b) indica que la penalización de servicios de salud únicamente para las mujeres, en este caso el aborto, es una forma de discriminación y representa un obstáculo para que tengan acceso a atención médica adecuada si deciden abortar. Además, asegura que para respetar los derechos de las mujeres es preciso asegurar el acceso al aborto legal, al menos, en casos en los que exista una amenaza para la vida o la salud de la mujer, o cuando el embarazo sea el resultado de una violación sexual. Asimismo, establece que los servicios de aborto legal deben ser seguros, accesibles, económicos y de buena calidad. Finalmente, asevera que siempre se debe proporcionar atención médica posterior al aborto, independientemente de la legalidad de éste en el lugar donde se encuentre la mujer.

(17)

2. Variables que se han relacionado con el aborto inducido 2.1. Actitudes

2.1.1. Definición de actitud

Las actitudes representan un tema de gran interés para la psicología, y han sido ampliamente estudiadas en esta disciplina. Sin embargo, debido a que su conceptualización cambia de acuerdo con la postura teórica con la que se estudie, no hay una única manera de conceptualizarlas. A continuación, se muestran algunas definiciones del constructo de actitud.

Thurstone (1928) menciona que una actitud “es la suma total de inclinaciones, sentimientos, prejuicios, ideas, temores y convicciones sobre un tema determinado” (p. 531), aunque más tarde, Allport (1935) reformula el concepto y la define “como un estado mental y neurológico de predisposición, mediante la experiencia, que ejerce una influencia directiva o dinámica en la respuesta de los individuos en todos los objetos y situaciones con los que se relaciona” (p. 810).

Mientras que para Ajzen y Fishbein (1980) la actitud es la evaluación favorable o desfavorable de la realización o no de una conducta.

De acuerdo con Ubillos et al. (2004), las actitudes cumplen cinco funciones psicológicas:

a) función de conocimiento, es decir, las actitudes ayudan a que las personas ordenen y categoricen el mundo de manera coherente, con lo cual es posible “entender” diversas situaciones; b) función instrumental, que se refiere a que las actitudes permiten que las personas logren objetivos deseados y eviten aquellos que no se desean; c) función ego-defensiva, es decir, las actitudes permiten afrontar las emociones negativas hacia sí mismo, y ayudan a proteger la autoestima de las personas;

d) función de expresión de valores, ya que permiten expresar tendencias, ideales y sistemas normativos; y e) función de adaptación o ajuste social, que se refiere a que permiten integrarse en ciertos grupos y recibir aprobación social.

(18)

Las actitudes son un marco de referencia respecto a la opinión que las personas tienen sobre un hecho, evento u objeto (Arias, 1980), y se adquieren durante el proceso de socialización (Ovejero, 2007). Existen dos tipos de concepciones de la actitud, la multidimensional y la unidimensional (Ovejero, 2007). La primera menciona que la actitud se conforma de tres componentes, que son sus vías de expresión y se relacionan entre sí: cognoscitivo, afectivo y conductual (Rodrígues et al., 2002). El componente cognoscitivo se expresa en evaluaciones (positivas o negativas) hacia a un objeto (Rodrígues et al., 2002). El afectivo incluye los sentimientos, estados de ánimo y las emociones asociadas con el objeto de la actitud; este componente posee dos dimensiones: la posición (grado de placer o disgusto relacionado con el objeto), y la intensidad (fuerza con la que se exprese la posición; Cortada, 2004). Por último, el componente conductual incluye las tendencias, disposiciones e intenciones hacia el objeto, así como las acciones que se realizan hacia él, es decir, existen actitudes que se expresan solo como opiniones y otras que conllevan una acción (Cortada, 2004). Por otro lado, la concepción unidimensional de la actitud enfatiza la dimensión afectiva o evaluativa como la más importante, o incluso la única (Ovejero, 2007).

2.1.2. Teoría de la Acción Razonada (TAR)

Una de las teorías que se enmarcan en la concepción unidimensional de las actitudes es la Teoría de la Acción Razonada (TAR), la cual considera a la actitud como un fenómeno afectivo, pero determinada por las creencias hacia un objeto actitudinal. La TAR es la teoría que será retomada para la presente investigación, debido a que considera aspectos individuales, grupales, y del contexto en el que la persona se desenvuelve. Además, es posible utilizarla en diversos ámbitos de la investigación (Reyes, 2007).

(19)

La TAR fue postulada por Azjen y Fishbein en 1967 y posteriormente refinada, desarrollada y probada por estos mismos autores. Es una teoría general del comportamiento de las personas que permite analizar los procesos a partir de los cuales se pasa de una actitud a una conducta (Reyes, 2007). Esta teoría parte del supuesto de que las personas son seres racionales, por lo que pueden hacer uso de la información disponible para llevar a cabo, o no, acciones. Además, postula que es posible predecir las conductas desde las actitudes, las intenciones conductuales y las creencias en relación con la influencia social y la predisposición del sujeto hacia esta influencia, es decir, el sujeto evalúa las consecuencias de llevar a cabo una conducta derivada de la actitud (Ubillos et al.

2004; Reyes, 2007).

La TAR toma como base a las creencias para la formación de una actitud (Reyes, 2007).

Posteriormente, ya que se cuente con una creencia sobre un objeto, acontecimiento o evento, automáticamente se adquiere una actitud. En este sentido, Azjen y Fishbein definen las creencias como la probabilidad subjetiva de una relación entre el objeto de la creencia y algún otro objeto, concepto, valor o atributo. Mencionan que algunas creencias son más duraderas que otras, por ejemplo, las creencias relativas a religión, o a cuestiones políticas son más estables en el tiempo que las creencias relativas al comportamiento de una persona. Agregan que la formación de una creencia implica la unión entre dos aspectos determinados del contexto del individuo, y que solo un número pequeño de todas las creencias que pueda tener una persona serán determinantes de su actitud; a estas creencias les llama salientes o sobresalientes (Reyes, 2007).

Según la TAR, las creencias se pueden dividir en tres tipos de acuerdo con su origen: a) descriptivas, se consiguen por medio de la observación directa de un objeto; b) inferenciales, las que se producen por medio de la interacción que mantiene el individuo con otra persona, éstas

(20)

tienen su origen en las creencias inferenciales, y c) informativas, que se forman a través de la información obtenida de otras personas acerca de un objeto.

La TAR postula que una conducta es el resultado directo de la intención de conducta o intención comportamental, es decir, la intención de la persona para llevar a cabo una acción. A su vez, esta intención está en función de dos aspectos: a) actitudes, que es el aspecto personal que comprende los sentimientos del individuo, ya sean positivos o negativos, con respecto hacia un objeto, y b) norma subjetiva, que es la percepción sobre las presiones sociales que le son impuestas para realizar o no un comportamiento, es decir, la persona realiza una conducta cuando la evalúa como positiva, y además cuando considera que los demás creen que deba hacerla (Ovejero, 2007).

En este sentido, se supone que la persona toma decisiones en función de cómo valora los resultados de su comportamiento y de las expectativas que tiene sobre ese comportamiento con respecto a lograr dichos resultados, es decir, si un individuo cree que realizando una conducta determinada tendrá consecuencias positivas, su actitud será positiva (Reyes, 2007).

Se ha demostrado que las actitudes permiten predecir la conducta, siempre y cuando la medida sea congruente con la conducta a predecir y sea específica (Cantero-Sánchez et al., 1996), por lo tanto, resulta de vital importancia estudiar las actitudes que tienen las personas hacia el aborto.

2.1.3. Actitudes hacia el aborto

Las actitudes hacia el aborto se han polarizado en dos posturas básicas: La primera surge del movimiento proelección (pro-choice), que argumenta que las mujeres son individuos autónomos con capacidad y derecho para decidir si abortar o llevar a término el embarazo. Su contraparte, el movimiento provida (pro-life) apela a la protección de la vida “desde la concepción”. Ambas

(21)

posiciones tienen extremos, el movimiento proelección se opone a todas las restricciones legales sobre el aborto, mientras que el movimiento provida se opone a la despenalización del aborto en cualquier circunstancia (Hands y Kimberly, 2014). Cabe aclarar que utilizar el término provida para nombrar a las actitudes en contra del aborto, sugiere que las personas que apoyan las actitudes proelección están en contra de la vida, por lo que los grupos que apoyan el aborto proponen utilizar los términos antiaborto, antiderechos o antichoice en lugar del término provida (International Planned Parenthood Federation [IPPF], 2015; Zamberlin, 2011).

La mayoría de las personas no presentan una de estas posturas extremas, sino que apoyan el aborto dependiendo las circunstancias que rodean la situación (Abundis et al., 2014; Dides et al.

2011; Hands y Kimberly, 2014). Algunas de estas circunstancias se consideran "electivas", como el hecho de no tener una situación económica que permita continuar con el embarazo; mientras que otras son llamadas "traumáticas" como cuando la vida de la mujer está en peligro o si el embarazo es producto de una violación. Generalmente el apoyo es mayor cuando el aborto se realiza por razones “traumáticas” (Kulczycki, 2003). Sin embargo, se estima que solo el 4.5 % de las mujeres que deciden abortar lo hacen por cuestiones derivadas de problemas a su salud, el 15% por que el embarazo es producto de una violación, mientras que el resto de los abortos se dan por razones consideradas “electivas” (Bohórquez, 2015).

A continuación, se describen algunas de las investigaciones que se han realizado sobre las actitudes hacia el aborto en México:

Palermo et al. (2010), encuestaron a 929 habitantes de la CDMX, y encontraron que la mayoría de los participantes no apoya el aborto de manera general, pero al momento de circunscribirlo a situaciones específicas, la mayoría estuvo de acuerdo en que la mujer decidiera abortar. Además, encontró que una escolaridad alta, la falta de afiliación religiosa y el hecho de ser

(22)

mujer, se asociaron con el apoyo al derecho de la mujer a decidir si abortar o no; mientras que el hecho de ser ama de casa, pertenecer a la iglesia católica, y apoyar las creencias de género tradicionales se asociaron con un menor apoyo al aborto.

Dides et al. (2011) encuestaron a 1,200 adultos tanto de la CDMX como de otros estados de la República, y encontraron que el 25% de los participantes tenía una “actitud antilegalización del aborto”; el 30% una “actitud prolegalización del aborto”, aceptando la interrupción del embarazo en cualquier circunstancia; y finalmente, el 43% tuvieron una “actitud intermedia”, es decir, aceptaron el aborto solo bajo ciertas circunstancias, pero lo desaprobaban de manera general.

Por su parte, Valencia-Rodríguez et al. (2011) encuestaron a 6,397 habitantes de ocho estados del país, y encontraron que la mayoría apoya la interrupción del embarazo en casos de violación, riesgos a la vida o a la salud de la mujer, y malformaciones fetales graves. Además, encontraron que una mayor conciencia de las reformas e iniciativas legales a favor del aborto se asocia con mayor apoyo a la ILE. De manera semejante, en otra investigación realizada con médicos, se encontró que la mayoría estaba de acuerdo con el aborto, pero solo cuando el embarazo ponía en peligro la vida de la mujer, cuando era producto de una violación, o cuando se debía a malformaciones del feto (García-Núñez et al., 2013). Estos resultados se replicaron posteriormente en una investigación realizada por Abundis et al. (2014), quienes, además, encontraron que las personas que rechazan el aborto ante cualquier circunstancia generalmente son personas mayores de 56 años, tienen un nivel de escolaridad y socioeconómico bajo, y practican con mayor frecuencia su religión.

Finalmente, se ha encontrado que las actitudes hacia el aborto se han relacionado con algunas variables, como son:

(23)

a) El hecho de conocer a una mujer que haya tenido un aborto inducido; se ha propuesto que esto pudiera resultar en un cambio de percepción hacia las mujeres que han abortado, disminuyendo así las actitudes desfavorables hacia el aborto (Cutler et al., 2021).

b) Sexo; existen varios estudios en los que se han comparado las actitudes hacia el aborto entre hombres y mujeres, pero los resultados han sido contradictorios. En algunos estudios se ha encontrado que las mujeres tienen actitudes más positivas que los hombres (Marván et al., 2018), otras han encontrado que los hombres presentaron actitudes más positivas hacia el aborto (Wilson et al., 2011), mientras que en otros no han encontrado diferencias significativas entre hombres y mujeres (Valencia-Rodríguez et al., 2011).

2.2. Moralidad hegemónica (católica) en torno al aborto

Las personas con actitudes antiaborto suelen dar argumentos de índole religioso para oponerse a la interrupción del embarazo, bajo la premisa de que el embrión es una persona no nacida titular de derechos, por lo que el aborto implicaría matar a una persona (Kulczycki, 2003). La religión católica, predominante en México, tiene una postura oficial de rechazo hacia el aborto inducido (Morán-Faundes, 2015). Sin embargo, cabe mencionar que la Iglesia Católica está perdiendo cada vez más adeptos. En 1990, el 90% de la población se declaró católica, mientras que este porcentaje disminuyó en 2010 al 82.7%, y en 2020 se redujo al 77.7% (INEGI, 2020).

De manera general, las distintas posiciones religiosas suelen ser conservadoras con temas referentes a la sexualidad, entre los que se encuentra el aborto, lo que ha provocado una situación de tensión, que ha limitado, y en ocasiones revertido los avances sobre derechos sexuales y reproductivos (Amuchástegui et al., 2015). Esto se debe a que existe una gran presión social de los grupos conservadores que tienen poder dentro de nuestra sociedad, para evitar implementar políticas públicas que promuevan el libre ejercicio de estos derechos, como es el caso de la

(24)

despenalización del aborto en nuestro país (Morán-Faundes, 2015). Lo anterior resalta la importancia de abordar algunas de las distintas posturas religiosas que existen sobre el aborto.

2.2.1. Postura religiosa conservadora sobre el aborto

Como ya se mencionó, la mayoría de los grupos conservadores que se manifiestan en contra del aborto están ligados a la Iglesia Católica. Además, recientemente se ha visto, aunque en menor medida, la inclusión de otras iglesias conservadoras a estos movimientos (Morán-Faundes, 2015).

Vaggione (2011) denomina “ONGización” de la religión, al surgimiento elevado de ciertas organizaciones civiles creadas con el fin de defender una política sexual restringida, actuando como un “brazo civil” de la religión, ya que estas organizaciones pueden acceder a lugares en donde sería difícil que la iglesia pudiera permear. Estos grupos conservadores utilizan diferentes estrategias para promover una postura social, e incluso política, contraria al aborto. Una de estas estrategias es crear “problemas de consciencia” al adjudicar vida al embrión o feto, promoviendo con ello culpa a las mujeres que deciden abortar (Bosio, 2018). En este sentido, estos grupos han celebrado misas, realizado templos en honor “al no nacido”, y también han celebrado el “Día del concebido ser inocente e indefenso” (Aldaz y Mejía, 2013). Además, estos grupos se concentran afuera de las clínicas en donde se realizan abortos y crean centros de asesoría, con el fin de persuadir a las mujeres de no abortar (Moran-Faundes, 2015). Otra estrategia utilizada es que han desarrollado un

“secularismo estratégico”, término que hace referencia a la forma en que los grupos conservadores adoptaron una retórica secular para hacer frente a posicionamientos liberales sobre el aborto, pero sin disminuir su grado de dogmatismo (Vaggione, 2011). Desde esta visión utilizan argumentos científicos para justificar el derecho a la vida del “no nacido”, argumentando que el cigoto contiene el genoma humano completo, por lo cual ya es un ser con derechos. Además, grupos religiosos han promovido el término “síndrome post aborto”, el cual sostiene que las mujeres que han abortado

(25)

presentan serios problemas psiquiátricos, comparándolo con el Trastorno de Estrés Postraumático;

sin embargo, este síndrome ha sido desmentido por la Asociación Americana de Psicología (APA) en al menos dos ocasiones (Maroto, 2009).

La presión de estos grupos ha ocasionado que se presente una fuerte controversia sobre el tema, por lo que existe una diversidad de actitudes y opiniones con respecto al aborto.

2.2.2. Postura progresista y disidencia religiosa

A pesar de que existe una fuerte conexión entre la Iglesia Católica y los grupos de oposición hacia el aborto, también existen grupos de disidencia religiosa, que forman parte de un fenómeno llamado

“pluralización de lo religioso”. Estos grupos presentan posturas favorables hacia los derechos sexuales y reproductivos, especialmente hacia el aborto (Morán-Faundes, 2015).

Siguiendo este movimiento, en las últimas décadas han surgido organizaciones que tienen argumentos alternativos a las posturas conservadoras de la Iglesia Católica. Tal es el caso de Católicas por el Derecho a Decidir (CDD), que es una organización con presencia en diversos países, conformada por personas católicas que defienden los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, entre ellos el acceso al aborto legal y seguro. Esta organización busca acercarse a la experiencia cotidiana de las mujeres desde una postura católica flexible (CDD, 2014).

2.2.3. Estudios sobre religiosidad y aborto

A pesar de que la afiliación religiosa juega un papel importante en las creencias, opiniones y actitudes de las personas, la religiosidad explica de mejor manera la relación entre la religión y la opinión sobre el aborto (Morán-Faundes, 2015). Cabe aclarar que la religiosidad es entendida como la frecuencia con la que las personas desarrollan diversas prácticas religiosas (como son asistir a

(26)

servicios religiosos o rezar), o bien, como la importancia que la religión tiene en la vida de las personas (Lisker et al., 2008). En este sentido se ha encontrado que un grado fuerte de religiosidad se asocia con actitudes de rechazo hacia el aborto (Abundis et al., 2014; Begun y Walls, 2015; Bird et al., 2018; Tuman et al., 2012; Rabbia y Sgró Ruata, 2014).

La relación entre religiosidad y el estigma hacia la mujer que ha abortado ha sido menos estudiada, y los resultados hallados son contradictorios. En dos investigaciones se halló que el hecho de presentar mayores puntajes de religiosidad, se relacionaba con mayor estigma hacia la mujer que ha abortado, pero este resultado solo se presentó en las mujeres (Cockrill et al., 2013;

Patev et al., 2019b); en otra investigación se encontró esta relacióntanto en hombres como en mujeres (Sorhaindo et al., 2016); y finalmente, en un cuarto estudio, no se encontró ningún tipo de relación entre religiosidad y estigma asociado al aborto (Mcmurtrie et al., 2012).

2.3. Sexismo Ambivalente

2.3.1. Teoría del Sexismo Ambivalente

El sexismo “es la actitud dirigida a las personas en virtud de su pertenencia a un determinado sexo biológico, en función del cual se asumen diferentes características y conductas” (Lameiras, 2004, p. 92). El sexismo establece estereotipos descriptivos y prescriptivos para mujeres y varones. Los estereotipos descriptivos son las características que describen a cada sexo; de este modo, las características de los hombres se asocian con fortaleza física, control e independencia, mientras que los estereotipos de las mujeres se asocian con características de sensibilidad, afecto y debilidad.

Por otro lado, los estereotipos prescriptivos manifiestan las conductas que se considera que mujeres y hombres tienen que llevar a cabo (Lameiras, 2004).

(27)

El sexismo, también llamado “sexismo explícito” o “viejo sexismo”, conlleva evaluaciones marcadamente negativas hacia las mujeres apegándose al mantenimiento de roles tradicionales, y perpetúa la estructura de dominio masculino (Glick y Fiske, 1996). Conforme pasa el tiempo resulta más complicado encontrar este tipo de sexismo, principalmente en sociedades más desarrolladas.

Sin embargo, aún no se han eliminado los roles tradicionales hacia cada sexo ni la discriminación que conllevan. Es por ello que hoy en día coexisten formas tradicionales y formas sutiles de sexismo, siendo estas últimas las que pueden resultar más difíciles de detectar y, por ende, de erradicar ya que aparentemente son inofensivas, tanto por su naturaleza sutil como por el tono positivo en el que se manifiestan (Lameiras, 2004).

En este sentido, Glick y Fiske (1996) desarrollaron la Teoría del Sexismo Ambivalente, y postulan que éste es el resultado de la combinación de actitudes sexistas, marcadas por una profunda ambivalencia, en donde las actitudes hostiles y benevolentes hacia la mujer son parte de un mismo mecanismo que perpetúa la estructura de dominio del hombre sobre la mujer. Los autores afirman que el sexismo ambivalente podría funcionar para justificar la estructura de poder, y conducir a la conformidad del rol de género tradicional, además se ha encontrado que en las sociedades tradicionales el nivel del sexismo ambivalente es más alto. Proponen al sexismo como un constructo multidimensional que abarca dos tipos de actitudes sexistas complementarias:

sexismo hostil y sexismo benevolente.

2.3.1.1. Sexismo Hostil

El sexismo hostil caracteriza a las mujeres como un grupo subordinado y legitima el control social que ejercen los hombres. Se manifiesta a través de actitudes tradicionales prejuiciosas y competitivas, dirigidas especialmente a las mujeres que no cumplen con el rol tradicional de género

(28)

asociado a la mujer (Lameiras, 2004; Lee et al., 2010). El sexismo hostil comparte con el sexismo tradicional su tono afectivo negativo y se ha relacionado con la violencia hacia las mujeres (Lameiras, 2004; Rojas y Carpintero, 2011).

El sexismo hostil se compone de tres aspectos: a) el paternalismo dominador, que legitima la superioridad de la figura masculina en la que las mujeres se perciben como seres inmaduros y no autosuficientes, que requieren de una figura masculina dominante para su cuidado; b) la diferenciación competitiva del género, que es una justificación sobre el poder estructural masculino, según la cual solamente los varones poseen las características necesarias para desenvolverse en los ámbitos públicos, y las mujeres poseen características que les permiten moverse en ámbitos privados como son la familia y el hogar y; c) dominación heterosexual, en donde el sexo es visto como un recurso que las mujeres tienen que proteger, y de esta manera pueden ser vistas como carentes de sexualidad, o como peligrosas en el caso de tener una sexualidad activa (Cruz et al., 2005).

2.3.1.2. Sexismo Benevolente

El sexismo benevolente es el conjunto de actitudes sexistas hacia las mujeres que se basan en una ideología tradicional que las idealiza como esposas, madres y objetos románticos. Considera que las mujeres necesitan de un hombre para que las cuide y las proteja. Aunque el sexismo benevolente podría parecer menos dañino, es el tipo de sexismo que más perjudica, debido a que, a través de un discurso aparentemente positivo, mantiene, justifica y promueve la superioridad del hombre sobre la mujer (Lee et al., 2010). Este sexismo se ha manifestado a lo largo de la historia, principalmente en las religiones cristianas (Lameiras, 2004), de hecho, se ha evidenciado que las personas que son más religiosas son las que se adscriben a actitudes benevolentes (Glick et al., 2002). Este tipo de sexismo fomenta la división de las mujeres en “santas y “pecadoras”, siendo las “santas” quiénes

(29)

asumen los roles y características adjudicados a su género, que se vinculan con su capacidad reproductiva y maternal, por lo que el sexismo benevolente toma a la maternidad como un aspecto esencial en la vida e identidad de la mujer (Glick y Fiske, 1997; Huang et al., 2016). Por lo tanto, las mujeres que no siguen la maternidad como su eje central, suelen ser estigmatizadas por transgredir estas normas sociales (Huang et al., 2016).

Este tipo de sexismo también se compone de tres aspectos: a) paternalismo protector, que es la creencia de que las mujeres son débiles e insuficientes, por lo que necesitan de un hombre que las proteja; b) diferenciación complementaria de género, que implica la creencia de que las mujeres tienen rasgos positivos (como son la pureza, resignación, abnegación, etc.) que complementan a los hombres y; c) intimidad heterosexual, estableciendo que la motivación sexual de los hombres hacia las mujeres puede estar relacionada con un deseo de proximidad (Cruz et al., 2005).

2.3.2. Creencias sexistas y aborto

Las investigaciones que han estudiado la relación entre el sexismo ambivalente y el estigma hacia el aborto son escasas. En la revisión de la literatura realizada solo se encontró un estudio con población estadounidense, en el que se encontró que el sexismo hostil tuvo un efecto mediador entre el “asco sexual” (sentimientos de repulsión a ciertos actos sexuales o conceptos de sexualidad) y el estigma hacia la mujer que ha aborto (Patev et al., 2019a).

Por otro lado, se encontraron ocho investigaciones en las que se analizó la relación entre el sexismo ambivalente y las actitudes hacia el aborto. Tres estudios fueron realizados en Nueva Zelanda; en uno de ellos se analizó el sexismo sin distinguir el sexismo hostil y sexismo benevolente, encontrando que las personas con mayor sexismo apoyaban menos el aborto legal

(30)

(Hodson y Maclnnis, 2017); mientras que en las otras dos investigaciones se encontró que las personas que apoyan el sexismo hostil se oponen al aborto “electivo”, y quienes apoyan el sexismo benevolente se oponen tanto al aborto “electivo” como al “traumático” (Huang et al., 2014; Huang et al., 2016). Este hallazgo coincide con lo encontrado en una investigación realizada en Estados Unidos, en la que se encontró que las personas que apoyan el sexismo hostil se oponen al aborto

“electivo”, y quienes apoyan el sexismo benevolente se oponen tanto al “electivo” como al

“traumático” (Osborne y Davies, 2009). En otro estudio, también realizado en Estados Unidos, se encontró que ambos tipos de sexismo predijeron las actitudes en contra del aborto “electivo”, mientras que solo el sexismo benevolente predijo las actitudes en contra del aborto “traumático”

(Osborne y Davies, 2012). Por otro lado, Begun y Walls (2015) realizaron una investigación con estudiantes universitarios norteamericanos, y encontraron que los participantes que más apoyan el sexismo hostil y el sexismo benevolente tienen más actitudes antiaborto que quiénes no apoyan estas creencias tradicionales. Finalmente, Prusacyck y Hodson (2018) realizaron un estudio con habitantes estadounidenses, y encontraron que el sexismo funge como variable mediadora entre la orientación política y las actitudes hacia el aborto. Es decir, las personas fuertemente identificadas como conservadoras son más propensas a respaldar el sexismo y a su vez, menos propensas a apoyar las políticas a favor del aborto.

2.4. Maternidad y cultura

2.4.1. Construcción social de la maternidad

La maternidad es una construcción social y cultural, determinada, definida y organizada por normas de cada grupo social especifico, época de la historia, así como por factores económicos y políticos (Sánchez, 2016). En nuestra sociedad, la construcción tradicional de género ha establecido a la

(31)

maternidad como un hecho inevitable, natural y esperado en la vida de las mujeres; como ejemplo de ello, Sánchez (2016) reflexiona que es poco común que se pregunte las razones por las cuáles se tienen hijos, ya que la maternidad no se pone en duda. En 1976, Russo realizó una crítica a la visión que tenía la sociedad sobre la maternidad, y postuló que existe un “mandato de la maternidad”, el cual considera que el deseo de ser madre es un aspecto central para las mujeres, y que el hecho de no tener hijos es visto de forma negativa. A pesar de que esta premisa se publicó en la década de los 70, sigue vigente en nuestro país.

La maternidad define el “deber” del “ser mujer” y en nuestra sociedad suele ser la causa de diversas opresiones (Linares et al., 2017). En este sentido, se les ha dado a las mujeres una identidad relacional, es decir, su vida se define en el ámbito de lo familiar, el amor, la pareja y el matrimonio (Covarrubias, 2012). En la cultura mexicana, existe una exaltación de la maternidad que se encuentra estrechamente vinculada con el término marianismo, que es la veneración de características morales consideradas femeninas como es el sacrificio, el cuidado de otros, pureza, el amor, etc. (Stevens y Soler, 1974). Lagarde (2011) explica que, para nuestra cultura, una madre lleva a cabo el cuidado y formación de otro ser, de manera exclusiva en el periodo formativo, y de manera compartida durante toda su vida. Es ella quien transmite principalmente el orden imperante en la cultura, por lo tanto, a la mujer se le adjudica un papel de reproductora de la cultura.

Asimismo, los rituales domésticos y sociales están a su cargo, tal es el caso del cuidado de otros y el cumplimiento de las labores del hogar.

Existen diversas creencias tradicionales hacia la maternidad, una de ellas consiste en que se considera que las mujeres tienen un instinto maternal mediante el cual se desarrolla el amor y cuidado hacia otros seres de forma innata (Solé y Parella, 2004). Además, también existe la creencia de que todas las mujeres anhelan ser madres y, por ende, siempre necesitan de sus hijos(as)

(32)

(Solé y Parella, 2004). Molina (2011) agrega que la maternidad es vista por la sociedad como exclusiva e intensiva, es decir, que el papel de la madre es irremplazable y fundamental, por lo que el compromiso que ésta requiere proporcionar a sus hijos es de dedicación total, con una gran inversión de tiempo, energía y recursos, una capacidad grande de amor y subordinación de sus propios deseos.

Con base en estas creencias, se considera que existen dos “tipos” de madres, “las buenas madres”, y “las malas madres”. Las primeras serían las mujeres que cumplen con el mandato establecido sobre la maternidad y, por lo tanto, son pacientes, tolerantes, cuidadoras, atentas, sacrificadas; en otras palabras, cumplen con el mito de la madre “santa y abnegada” (Ávila, 2005).

Mientras que “las malas madres” serían aquéllas que no cumplen con este rol establecido, ya sea de forma parcial o total (en el caso de decidir no ser madres), por lo tanto, son señaladas y juzgadas (Palomar, 2004).

La visión tradicional de la maternidad conlleva una sobrecarga a nivel físico y emocional para las mujeres que son madres (Palomar, 2004), por lo que para muchas mujeres es difícil desempeñar el rol de madre, de esposa y de trabajadora simultáneamente (Covarrubias, 2012;

Flores, 2019). De hecho, en una investigación realizada con mujeres mexicanas, se encontró que la mayoría de ellas decidió o se vio forzada a dejar sus aspiraciones personales, principalmente su realización profesional, en beneficio del cuidado y bienestar de sus hijos e hijas. Al parecer existen presiones cruzadas entre las demandas del rol de madre y esposa con el de trabajadora, lo que ocasiona que las mujeres dejen el trabajo fuera del hogar y asuman el trabajo doméstico, cumpliendo así con el “deber ser” que como madre les impone la sociedad (Covarrubias, 2012).

(33)

2.4.2. Nuevas expresiones de la maternidad

Actualmente la visión de la maternidad como eje central de la vida de las mujeres ha cambiado, pues para muchas mujeres ha dejado de ser su única fuente de realización. En una investigación realizada con mujeres mexicanas, se encontró que aquéllas que tienen alto nivel escolar, así como aquéllas que tienen un trabajo remunerado, consideran en menor medida a la maternidad como sentido de vida (Mota et al., 2019).

Los resultados de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID, 2014), a pesar de no brindar un dato que visibilice a las mujeres que deciden no ser madres, muestran que el 10.5% de las mujeres mexicanas ha manifestado el deseo de no tener hijos o hijas. Además, existen investigaciones realizadas en población mexicana que evidencian la decisión de diversas mujeres que deciden no ser madres, y dan cuenta de las diversas presiones, así como las evaluaciones negativas que experimentan por parte de la sociedad por haber tomado esta decisión (Ávila, 2005; Anzorena y Yáñez, 2013; Gómez y Tena, 2018; Linares et al., 2017). A continuación, se mencionan algunos mecanismos de presión para que las mujeres ejerzan su maternidad, los cuales suelen ser aplicados, en mayor medida, a las mujeres que eligen abortar voluntariamente y a quienes expresan su deseo de no ser madres: a) en el lenguaje, no existe un término positivo para las mujeres que eligen no ser madres, además se suele hacer comentarios negativos sobre ellas, como por ejemplo, que son egoístas, inmaduras, etc.; b) en las leyes, no existen las legislaciones adecuadas para poder ejercer la libertad reproductiva, por ejemplo, existen restricciones para acceder a un aborto legal; y c) a nivel social, es frecuente que se cuestione el motivo o motivos que tiene la mujer para no ser madre (Ávila, 2005). Por lo tanto, a pesar de que hay cambios para que

(34)

las mujeres no vean la maternidad como una obligación, aún es complicado llevar esto a la realidad, ya que sigue siendo una norma impuesta por la sociedad.

Es importante mencionar que la creencia de la maternidad como parte esencial del rol de la mujer se relaciona con la oposición y criminalización del aborto (Huang et al., 2016: GIRE, 2018).

En este sentido, la prohibición legal del aborto que rige en muchos países implica una posición claramente negativa hacia este procedimiento (Zamberlin, 2015).

3. Estigma y aborto

3.2. Construcción social del estigma

El estigma es un fenómeno social que ha estado presente desde los albores de la civilización (Neuberg et al., 2000). Sin embargo, su estudio se inicia a mediados del siglo XX, cuando Goffman (1963) publicó su obra “Stigma: Notes on the Management of Spoiled Identify”, en la que define al estigma como la devaluación social que vive una persona por poseer atributos o características que van en contra de las normas culturales establecidas. Estos atributos no son necesariamente ni positivos ni negativos, solo son diferentes. Desde la propuesta de este autor las personas pueden ser “desacreditadas” cuando el estigma resulta evidente a simple vista, o bien, “desacreditables”

cuando son capaces de ocultar su estigma, al menos parcial y temporalmente.

El estudio del estigma se ha clasificado de distinta manera de acuerdo con diferentes autores. En su tesis original, Goffman (1963) propone tres tipos de estigmas, de acuerdo con su origen: a) por algún defecto del cuerpo; b) por algún rasgo de la personalidad o el comportamiento, y c) por pertenecer a alguna raza, nación o la religión determinada. Varias décadas después de que Goffman publicara su trabajo, Falk (2001) postuló que el estigma puede ser: a) existencial, cuando

(35)

la persona no origina la característica que lo estigmatiza; o b) adquirido, cuando se considera que la persona si tiene responsabilidad sobre el origen del estigma. Por su parte, Pryor y Reeder (2012) propusieron que el estigma puede dividirse en: a) público, b), autoestigma, c) por asociación, y d) estructural. El estigma público es el que representa las reacciones sociales y psicológicas hacia la persona estigmatizada; a su vez, éste se puede subdividir en promulgado o percibido. El primero es el trato negativo dirigido a la persona estigmatizada, y el segundo es la introyección de la visión negativa hacia la característica estigmatizada. El autoestigma se refiere al impacto social y psicológico de poseer un estigma. El estigma por asociación implica reacciones negativas hacia quién esté relacionado con la persona estigmatizada. Finalmente, el estigma estructural: se refiere a la legitimación y perpetuación del estigma por parte de las instituciones y los sistemas ideológicos de la sociedad.

Link y Phelan (2001), ampliaron la propuesta teórica de Goffman sobre el estigma.

Argumentan que el estigma se presenta cuando los elementos de etiquetado, estereotipos, separación, pérdida de estatus y discriminación coexisten en una situación de poder social, cultural, económica y política, que permite que se desarrolle el estigma. La propuesta teórica de estos autores hace hincapié en que el estigma es estructural, y depende totalmente del poder para su formación. A continuación, se definen los elementos propuestos:

a) Etiquetado: Este término hace referencia a algo que se fija y que en sí mismo no es propio de la persona, por lo que puede ser válido o no, dependiendo el contexto social e histórico. Mientras que los términos de “atribución”, “marca” o “condición”, utilizados en algunas propuestas para estudiar el estigma, ubican la característica estigmatizante en la persona, además implican que la designación tiene validez, y corre el riesgo de ocultar los procesos sociales que lo desarrollan. En este sentido, mencionan que hay una selección de las características que importan socialmente, es

(36)

decir, no todas las diferencias humanas llevan a la estigmatización siendo las características más estigmatizadas las que se alejan de la estructura hegemónica. Sin embargo, esta selección se pasa por alto, y se considera natural que se les brinde mayor peso a ciertas características que a otras.

b) Estereotipos: La diferencia designada a la persona se vincula con estereotipos negativos.

c) Separación: Las personas etiquetadas son colocadas en categorías distintas para lograr cierto grado de separación con las personas que etiquetan.

d) Pérdida de estatus y discriminación: Cuando las personas son etiquetadas, vinculadas a características negativas, o separadas, se construye una justificación para devaluarlas, rechazarlas y excluirlas. Esto propicia que tengan un estatus inferior, lo que, a su vez, puede llevar a que vivan desigualdad y discriminación.

Los autores mencionan que los cuatro elementos descritos previamente se encuentran fuertemente interrelacionados, y que el orden en que se presentan no indica que éstos deban ocurrir temporalmente de esa manera (Link y Phelan, 2001).

Diversos autores han intentado explicar los motivos por los cuales la sociedad estigmatiza, y proponen que la estigmatización cumple una función de justificación grupal, mediante la cual se explica y disculpa el trato negativo hacia las personas estigmatizadas (Heatherton et al., 2003).

Phelan et al. (2008) discuten que las personas estigmatizan a quiénes consideran que amenazan el funcionamiento exitoso de sus grupos, y proponen tres finalidades que se pueden alcanzar a través de estigmatizar a otros: la primera es explotar dominar (o mantener a las personas “abajo”) al grupo estigmatizado; la segunda es la aplicación de las normas sociales (o mantener a las personas

“dentro”), en la sociedad existen diversas reglas, tanto escritas como no escritas, las cuales rigen todo lo que se considera “adecuado”, cuando se incumplen estas normas, se utiliza el estigma como

(37)

un “correctivo” que tiene el objetivo de evitar futuras transgresiones; y la tercera finalidad es evitar enfermedades (o mantener a las personas alejadas), sirve para mantener a personas con características específicas separadas del resto.

El estigma genera un impacto negativo en las personas estigmatizadas afectando su bienestar social y psicológico. Entre las consecuencias negativas que trae consigo el estigma, encontramos:

a) Tratamiento negativo y discriminación: Link y Phelan (2014) distinguen varios tipos de discriminación: 1) directa, cuando una persona “A” discrimina a otra “B” basándose en sus propias actitudes o estereotipo, 2) interaccional, como su nombre lo menciona, se presenta en la interacción de las personas 3) estructural que está dada por las condiciones a nivel social, normas culturales, leyes y políticas institucionales que limitan las oportunidades, los recursos y el bienestar de las personas estigmatizadas de forma reiterada (Hatzenbuehler et al., 2013). La discriminación estructural exime a los estigmatizadores de la carga o la vergüenza de discriminar directamente; la decisión de estigmatizar no se da a nivel interpersonal, sino que las políticas discriminatorias ejercen sus efectos adversos a través de fuerzas sistémicas más amplias (Yang et al., 2007).

b) Pérdida de estatus: este aspecto es un componente esencial de la estigmatización. El estigma ocasiona que se le dé un bajo estatus social a la persona estigmatizada, lo que puede resultar de la discriminación y, a su vez, generar más discriminación (Link y Phelan, 2001).

c) Aislamiento social: Los temores al rechazo y la evaluación negativa llevan a las personas con estigmas ocultables a evitar entablar relaciones cercanas por temor a que otros descubran su estado estigmatizante (Hatzenbuehler et al., 2013).

(38)

d) Problemas a nivel psicológico: el esfuerzo requerido para hacer frente al estigma disminuye los recursos psicológicos de las personas y, por lo tanto, su capacidad de utilizar estrategias de regulación emocional adaptativas (Hatzenbuehler et al., 2013). Además, las personas estigmatizadas suelen ser devaluadas, rechazadas, denigradas, y aisladas por lo que usualmente experimentan consecuencias negativas a su bienestar psicológico (Heatherton et al., 2003; Lebel, 2008).

e) Desigualdad social: el estigma es fuente de desigualdades sociales en las oportunidades de vida para la vivienda, la educación, el trabajo y la oportunidad de vivir una vida saludable (Link y Hatzenbuehler, 2016; Hatzenbuehler et al., 2013). Se ha relacionado con injusticias sociales y de inequidades en salud ya que es causante de pérdida de recursos, aislamiento y estrés entre otros (IPAS, 2017; Link y Phelan, 2001). De hecho, Hatzenbuehler et al. (2013) propone que el estigma sea considerado una causa fundamental de desigualdad social.

Es importante mencionar que las personas estigmatizadas utilizan diversas estrategias para hacer frente al estigma que viven. Estas estrategias se desarrollan a lo largo de un "continuo reactivo-proactivo". Las estrategias reactivas incluyen la ocultación, la evitación o la retirada, y la divulgación selectiva, es decir, implica decirles a algunas personas que serán de apoyo. Las estrategias intermedias consisten en la divulgación gradual, la afiliación selectiva, el desacreditar a los desacreditadores y las atribuciones morales desafiantes. Por último, las estrategias proactivas incluyen la divulgación preventiva, es decir, decirle a alguien antes de que se entere de otra persona, la educación pública y el activismo social (Corrigan y Lundin, 2001). Por su parte, Hatzenbuehler et al. (2013) proponen dos tipos de estrategias de afrontamiento ante el estigma: las que están centradas en el problema y las que están centradas en la emoción. Las centradas en el problema incluyen estrategias como la divulgación selectiva, la compensación del estigma durante las

Referencias

Documento similar

Por último, al comparar los resultados de los componentes en función de las titulaciones, aparecen las siguientes diferencias: en el factor ansiedad, aunque el Grado

Sin embargo, mientras que la primera de tales actividades tiene lugar necesariamente siempre que exista una petición de referéndum, las otras dos no se llevan a cabo en todo caso,

You may wish to take a note of your Organisation ID, which, in addition to the organisation name, can be used to search for an organisation you will need to affiliate with when you

Where possible, the EU IG and more specifically the data fields and associated business rules present in Chapter 2 –Data elements for the electronic submission of information

The 'On-boarding of users to Substance, Product, Organisation and Referentials (SPOR) data services' document must be considered the reference guidance, as this document includes the

In medicinal products containing more than one manufactured item (e.g., contraceptive having different strengths and fixed dose combination as part of the same medicinal

Products Management Services (PMS) - Implementation of International Organization for Standardization (ISO) standards for the identification of medicinal products (IDMP) in

Products Management Services (PMS) - Implementation of International Organization for Standardization (ISO) standards for the identification of medicinal products (IDMP) in