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Suplemento del número 212 / octubre 2005

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REINO UNIDO, FRANCIA Y ESPAÑA

honran a los combatientes

en Trafalgar

1805-2005

REVISTA DEFENSA

ESPAÑOLA

DE

Suplemento del número 212 / octubre 2005

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Suplemento del número 212 / octubre 2005

Director: José Luis Fernández Peña

Subdirector: Jesús Gómez Sanmiguel. Redactor jefe: Alfredo Florensa de Medina. Arte y Diseño: Rafael Navarro Fernández. Edición: Elena Ruiz Castellanos. Fotografía: Pepe Díaz, Hélène Gicquel Pasquier y Museo Naval.

Edita: Ministerio de Defensa. Paseo de la Castellana número.109. 28071-MADRID. Teléfonos: 91 395 54 15 (dirección), 91 395 52 99/91 395 52 26 (redacción). Fax: 91 395 51 91. Correo electrónico:[email protected]. Página web: www.mde.es. Administración, distribución y suscripciones: Secretaría General Técnica. Centro de Publicaciones: C/. Juan Ignacio Luca de Tena, n. 30. 28071-Madrid. Tfno.: 91 205 42 22. Fax: 91 205 40 25. Correo electrónico: [email protected]. Publicidad: Vía Exclusivas S. L. C/. Albasanz, 14. bis 28010-Madrid. Teléfono: 91 448 76 22. Fax: 91 446 02 14. Correo electrónico: [email protected]. Fotomecánica e impresión: Gráficas Monterreina, S. A. D. L.: M8620-1988. NIPO: 076-05-010-4 (Edición en papel). NIPO: 076-05-071-0 (Edición en línea). ISSN: 1131-5172.

Portada: Mascarón de la maqueta del navío Santa Ana, participante en Trafalgar, que se conserva en el Museo Naval de Madrid. La figura a proa del león coronado y engallado fue tra-dicional en los buques de guerra españoles desde finales del siglo XVII hasta comienzos del XIX en que comenzó a sustituirse por imágenes alusivas al nombre del propio barco.

REVISTA DEFENSA

ESPAÑOLA

DE

s u m a r i o

4

HONOR Y GLORIA A LOS COMBATIENTES DE TRAFALGAR

Esther P. Martínez

10

UN BICENTENARIO EN CLAVE CULTURAL

Esther P. Martínez

16

ANTECEDENTES Y CONSECUENCIAS

Agustín Ramón Rodríguez González

22

LA CAMPAÑA DE 1805

Alfredo Florensa de Medina

26

21 DE OCTUBRE, EL COMBATE

José Ignacio González-Aller Hierro

36

VÍCTIMAS DEL TEMPORAL

Miguel Aragón Fontenla

42

LOS REGIMIENTOS EMBARCADOS

Javier de Mazarraza

44

TRAFALGAR EN LOS MUSEOS NAVALES ESPAÑOLES

Marcelino González Fernández

48

LA HISTORIA EN LOS LIBROS

Esther P. Martínez

50

LOS HÉROES EN EL CALLEJERO

Raúl Díez

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Sendos actos celebrados en el Panteón de Marinos Ilustres (sobre estas líneas), el Parque Genovés de Cádiz (derecha) y en la mar (arriba) homenajearon el 21 de octubre pasado a todos quienes participaron en el combate. 02 07 14/11/05 17:02 Página 4

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E

L 21 de octubre de 1805, los cielos de Cádiz auguraban mal tiempo y cumplieron su presa-gio. 200 años después, los mapas de isobaras tampoco eran halagüeños; la lluvia había arreciado durante la jornada anterior, como lo haría en los días siguientes. Sin embargo, el viernes 21 de octubre de 2005 el sol hizo un alto en su descanso para sumarse a los actos conmemorativos del comba-te de Trafalgar celebrados ese día en el entorno de la ciudad andaluza. Unos actos en los que tres naciones hoy firmes aliadas, Reino Unido, Francia y España, no quisieron rememorar ni una victoria ni una derrota, sino honrar el recuerdo de cuantos participaron en la bata-lla y, también, del pueblo gaditano que se entregó en socorrer a las víctimas sin distinción de banderas.

La conmemoración del bicentenario se iniciaba al filo de las 10 de la mañana en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando. El monumental templo, cuya entrada custodian dos cañones de a 36 del

navío Santísima Trinidad, fue marco para el encuen-tro de los descendientes de varios de los marinos participantes en Trafalgar —Nelson, Collingwood, Burstasl, Pascoe, River, Villeneuve, Gravina, Hidalgo de Cisneros, Uriarte, Alcalá Galiano, Churruca, Valdés, Vargas, De Jado, Alsedo, Gastón, Páramo y González, De Azcárraga, De Alcedo, Escaño, De Florez, y Gardoqui— en un acto de homenaje a los más de 4.800 caídos de resultas del combate.

Muy cerca de la capilla donde reposan —junto a los de Escaño o Álava— los restos de Federico Gravi-na, su descendiente José María Castillejo y Oriol, conde de Floridablanca, junto a Rose MacMurray, heredera de Horatio Nelson, y el conde André Ville-neuve, escoltados por una escuadra de honores de la Armada y oficiales de las respectivas Marinas deposi-taron sendas coronas de laurel al pie de un gran cirio bajo el altar mayor. Desde aquí, el arzobispo castrense español, monseñor Francisco Pérez, y el capellán de la fragata británica Chatham, reverendo Ned Kelly, reza-ron sendos responsos por las almas de los fallecidos,

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honor

y gloria

a los combatientes

de Trafagar

Británicos, franceses y españoles honran, doscientos

años después de la batalla, la memoria de los

contendientes y la generosidad del pueblo de Cádiz

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entonándose luego el canto de la Oración Marinera por el batallón de alumnos de la Escuela de Subofi-ciales de la Armada que rendía honores.

Cumplido este «acto de justicia histórica» —en palabras del relator—, en el que estuvieron presentes, entre otras autoridades, el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves; el ministro de Defensa, José Bono, y los embajadores en Madrid de Londres, Stephen Wright, y París, Claude Blanchemaison, la conmemoración continuó en Cádiz capital, ciudad y puerto de donde partió la flota combinada franco-española para cumplir con su heroico destino.

Monumento a la memoria

Una hora más tarde, el Parque Genovés era escenario de un nuevo acto de homenaje, al que en esta oca-sión se unieron cientos de gaditanos. Allí permanecía formado un batallón de honores integrado por sendas escuadras de marinería pertenecientes a las fragatas Montcalm de la Marine de Guerre francesa y HMS Chatham de la Royal Navy británica, así como por una escuadra de gastadores del Regimiento Córdoba 10 y una sección de granaderos del Regimiento Inme-morial del Rey ambas tocadas con uniformes de época. Estas unidades de Infantería participaron, embarcadas, en el combate de Trafalgar, al igual que

los Batallones de Voluntarios de Cataluña, cuya uniformidad de época también lucía la escuadra de honores formada ante la tribuna presidencial. Completaba la formación una compañía de la Armada con dos secciones de marinería y una tercera de Infantería de Marina, con Bandera, escuadra y banda.

Redoble de campanas

Tras el solemne izado de las banderas nacionales de España, Francia y el Reino Unido, el ministro español de Defensa y los embajadores británico y francés depositaron sendas coronas de laurel ante un nuevo monolito levantado en memoria de las dotaciones participantes en el combate y en el que se pueden leer los nombres de los navíos implicados en el mismo. A toque de chifle (el silbato de los contra-maestres) y mientras eran leídos los nombres de los buques, se procedió luego al acto de rendir honores a los caídos, concluido con una descarga de fusi-lería. En ese mimo momento, en torno al mediodía, las campanas de las iglesias de Cádiz y San Fernan-do se unían al emotivo acto Fernan-doblanFernan-do a difuntos.

En unas breves palabras, el almirante jefe del Esta-do Mayor de la Armada, almirante general Sebastián Zaragoza, recordaba posteriormente la memoria de los casi cinco mil hombres que murieron en el

comba-te o como consecuencia de él, así como la labor humanitaria de los gaditanos, volcados en ayudar a todos aquellos que llegaron a la costa sin preguntar bajo qué bandera habían luchado. El AJEMA destacó también la importancia de asumir una Historia cuyo resultado es la comunidad de valores de paz y libertad que une hoy a las entonces naciones enemigas. De los combatientes de antaño, el almirante Zaragoza desta-có la capacidad de sacrificio por su Patria, señalándola como referencia a seguir en nuestros días.

El acto en el Parque Genovés concluía con el desfile, en la contigua avenida Doctor Gómez Ulla, de las tropas que habían rendido honores.

Entre el público, los más entusiastas fueron un grupo de colegiales de preescolar del centro Josefina Pascual, que sentados en la acera y en primera fila, mostraban el nombre de la batalla con letras de colo-res realizadas por ellos mismos con ayuda de sus profesores, y que no cesaron de pedir «¡más desfile, más desfile!» al final de la parada.

Especial entusiasmo despertaron también entre los asistentes los Voluntarios de Cataluña, tocados con las características barretinas payesas y con los que todo el mundo quería fotografiarse. El propio ministro José Bono no dejó de acercarse a saludarles, charlando con algunos de los soldados de procedencia gerundense. 6 R E V I S T A E S P A Ñ O L A D E D E F E N S A <

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Homenaje de la Universidad

Las autoridades presentes ya citadas, junto a las que también se encontraban, entre otras, la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez; el secretario de Estado de Defensa, Francisco Pardo; el jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), general de ejército Félix Roldán; el secretario general de Política de Defensa, almirante general Francisco Torrente o el almirante sir Mark Stanhope, Segundo Comandante Supremo Aliado de Transformación, se dirigieron posteriormente a la cercana sede del vicerrectorado y la Facultad de Filo-sofía y Letras de la Universidad de Cádiz, institución que igualmente quiso unirse a la celebración del bicentenario de Trafalgar.

A las puertas del hoy edificio académico, deno-minado La bomba en remembranza de su antiguo carácter de cuartel del Real Cuerpo de Artillería, el presidente andaluz descubrió una placa de bronce conmemorativa. Tras ello, tomó la palabra el rector de la UCA, Diego Sales, quien resaltó el carácter de la época de Trafalgar como tiempo de cambios con trascendentes repercusiones posteriores. También puso de manifiesto el principio de fidelidad a la Historia con el que la Universidad gaditana ha afron-tado las diversas actividades por ella organizadas con motivo del bicentenario del combate.

La sucedió en el uso de la palabra el titular de Defensa, quien destacó que «el día 21 de octubre de 2005 no revivimos ni una derrota ni una victoria, sino que recordamos a todos los participantes en el combate». Unos hombres, recalcó José Bono, que «fueron grandes». Dicho calificativo y el título de «grande de España» otorgado por Isabel II al general Prim —«catalán, militar y español»— sirvió al ministro para ahondar en la idea de la grandeza de los comportamientos de los militares de antaño y de hoy. De los actuales ejércitos, Bono destacó la necesidad de mantener su existencia como garantes de la de-fensa y la seguridad, porque «no hay política exterior, ni independencia, ni soberanía sin ejército». A pesar de los utópicos deseos —compartidos por todos— de un mundo en paz, el ministro recordó que todavía hay que luchar contra aquello que atenta contra esa utopía, como el terrorismo y las dictaduras.

Coronas en la mar

Como no podía ser de otra manera tratándose de una efeméride naval, la conmemoración del bicen-tenario de Trafalgar continuó, ya durante la tarde, en la mar, en las mismas aguas que velan a muchos de aquellos que fallecieron en el fragor de la batalla y durante el gran temporal que siguió al combate.

Sobre las cuatro de la tarde zarpaban del puerto de Cádiz las fragatas Montcalm, HMS Chatham y la española Reina Sofía para participar en la entrega de coronas a la mar en la extensa zona donde se desa-rrolló el combate. A la cabeza de esta formación, llevando a su bordo a autoridades y familiares, se situó el buque insignia de la Armada española, el portaaeronaves Príncipe de Asturias, buque de igual nombre que el navío de tres puentes en el que el teniente general Federico Gravina izó su gallardete de comandante de la escuadra española el 21 de octubre de 1805.

Durante la navegación en demanda de las aguas próximas al cabo Tafalgar y sobre la cubierta de vuelo del actual Príncipe de Asturias, el descendiente del in-signe marino palermitano calificaba ante los periodistas el acto como «una ocasión extraordinaria para honrar la memoria de unos héroes que ayudaron en aquel momento, y de una manera muy especial, a España. Pero también a la actual construcción europea, ya que, como consecuencia de la batalla, con indepen-dencia de que perdiéramos o ganáramos, comenzó a gestarse la Europa moderna que todos conocemos».

«Hoy recordamos —comentaba el conde de Floridablanca— la memoria de esas personas que en un día como hoy dieron la vida por sus ideales, por

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Tropas francesas, británicas y españolas, algunas con uniformes de época, rindieron honores ante el monolito conmemorativo de Trafalgar levantado en

el Parque Genovés gaditano.

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obedecer lo que para ellos era su autoridad y su bandera». Como descendiente de quienes salieron disciplinadamente a cumplir sus respectivos destinos, José María Castillejo decía asimismo vivir la conme-moración «como una ocasión muy íntima, pero también como una oportunidad extraordinaria para encontrarme con las personas que compartieron con mi antecesor el día de la batalla».

Tras una hora aproximada de navegación y a la altura del cabo Roche las órdenes por lo altavoces de «preparados para batir por estribor» anunciaban el inicio de esta tercera parte del homenaje a los combatientes de Trafalgar. La dotación del Príncipe de Asturias ocupaba sus puestos, cubriendo cande-leros y flanqueando la cubierta del buque.

A buena marcha, la fragata gala Montcalm, con su dotación formada en la banda de babor, se apro-ximaba a la aleta del portaaviones y comenzaba a sobrepasarlo. Unos minutos de navegación en para-lelo, con los buques apenas separados 20 metros, servían para que sendas coronas fueran lanzadas al agua; una, de flores, desde la toldilla de la fragata, otra, de laurel, dejada caer al mar por el embajador francés, desde la regala del Príncipe. Simultánea-mente, una sección de infantes de Marina dispa-raban una salva de fusilería.

Mientras la Chatham iniciaba igual maniobra, flores y laureles quedaban sobre las aguas tras la estela de los buques. Cuando la fragata británica alcanzó al Príncipe, la solemne ceremonia volvía a repetirse, lanzando el embajador del Reino Unido la corona, ahora ornada con los colores de la Armada británica.

La última fragata en tomar su puesto junto al Príncipe de Asturias fue la Reina Sofía. En esta oca-sión fue el ministro José Bono quien se adelantó hasta el borde de la cubierta para lanzar una nueva corona a los héroes. A la vez, caía también a la mar la ofrenda de laurel desde la fragata española. Como en las dos ocasiones anteriores, los invitados rompieron el silencio para acompañar con sus aplausos el final del paso de las fragatas.

Estos tres buques pasaron luego en formación, a vuelta encontrada ante el Príncipe de Asturias.

Distinciones y recuerdos

Mientras las seis coronas se perdían en las estelas, el acto continuaba a bordo del Príncipe de Asturias. Llegó entonces el momento de distinciones y recuer-dos para que, sin ecos de la batalla, el 21 de octubre de 2005 tenga también su huella en la memoria colec-tiva e individual. Sin duda, no olvidará la fecha el aca-démico de la Lengua y autor de la novela Cabo Trafal-gar, Arturo Pérez-Reverte, quien recibió de manos del ministro José Bono la gran cruz al mérito naval. Fueron entregadas igualmente placas y campanas conmemo-rativas al presidente de la Junta de Andalucía, y a los cuatro buques que habían participado en la ofrenda.

El presidente de la Junta de Andalucía, el ministro de Defensa y

los embajadores de Francia y el Reino Unido presidieron el homenaje en la mar realizado en el portaaviones Príncipe de

Asturias con la asistencia

de numerosos

descendientes de marinos participantes en el combate de Trafalgar. 02 07 14/11/05 17:03 Página 8

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Manuel Chaves, junto con la alcaldesa de Cádiz y el titular de Defensa, fue uno de los encargados de concluir el homenaje en la mar y la exhaustiva jornada conmemorativa. Recordando al literato Jorge Manrique y sus afamadas Coplas a la muerte de su padre, evocó con idéntico igualatorio espíritu «la memoria de jefes y marineros» abatidos en Trafalgar. De ellos aseguró que se «guiaron por igual bravura y fidelidad, como ya supo entender el pueblo de Cádiz entonces».

Chaves destacó también la «fraternidad y la hermandad habida en el mar», en medio de la tempestad estallada tras el combate, entre quienes horas antes habían luchado entre sí. Un entendi-miento que ha saltado en el tiempo y hoy se ha transformado en el vivido homenaje común a los antiguos combatientes de tres socios de la Unión Europea. La actual armonía y colaboración entre los tres veteranos estados europeos fue asimismo glosada por la alcaldesa gaditana. Teófila Martínez subrayó la importancia de mantener viva la memo-ria del pasado y apuntó la necesidad de «servir a los pueblos desde y para la paz».

El ministro de Defensa por su parte volvió su mirada, además de al combate, a la posterior Guerra de la Independencia —«peninsular», en el ámbito internacional— y la Cádiz constituyente de 1812, a «la Pepa» (la Constitución surgida aquel año) y a sus valores de «solidaridad y de justicia». Principios que representa la Enseña nacional, además de los de «progreso y hermandad» y que hacen de «España una nación tan grande que nunca ha sido madrastra y que es madre de tanto pueblos».

Bono se refirió también a la frase de Pérez-Reverte en su novela sobre el combate «somos lo que somos, porque fuimos lo que fuimos», «porque si no tuvié-ramos conciencia de los que hemos sido en los siglos pasados podríamos tener el peligro de no saber cómo hemos de ser en el futuro y ésa es una lección que naciones tan veteranas y tan expertas como España no pueden olvidar».

A la caída de la tarde, con el regreso a puerto, se ponía un marinero, solemne y distinguido broche a la conmemoración del bicentenario del combate naval de Trafalgar.

Sin embargo, el intenso día había comenzado en realidad la víspera. En la gaditana plaza de la Mina, el ministro había inaugurado la exposición Cádiz y Trafalgar. La ciudad ilustrada de 1805 poco antes de las 8 de la tarde. Después, en la sede de la Dipu-tación, el titular de Defensa presidió junto al presi-dente de la Junta de Andalucía la presentación del documental Trafalgar 1805, producido por el Instituto de Empleo y Desarrollo Socioeconómico y Tecno-lógico de la Diputación de Cádiz. Se trata de una recreación virtual del combate de unos 20 minutos de duración, que se acerca al histórico episodio desde

coordenadas tan distantes y complementarias como las circunstancias políticas, sociales, científicas y mili-tares. Todo ello con el empleo de documentación procedente, fundamentalmente, de la Universidad de Cádiz y del Ministerio de Defensa y aplicando nuevas tecnologías infográficas que dotan del mayor realismo a la recreación de la batalla.

Tras su presentación en el salón Regio del Palacio Provincial, el presidente de la Diputación gaditana, Francisco González, tomó la palabra en calidad de anfitrión para recordar el protagonismo del pueblo de Cádiz en los hechos y el interés que ha suscitado la conmemoración, con motivo de la cual se han organi-zado un sinfín de actividades en la ciudad.

En ese mismo acto, José Bono tuvo palabras para evocar a los combatientes del fatal encuentro. Desde el regio salón aludió a la notable formación académica ilustrada de los marinos de Trafalgar y a los militares de la época en general y resaltó «la voluntad de estar juntos» en la conmemoración de las tres naciones que entonces, dos a una, se enfrentaron a muerte.

La actual concordia y comunión de intereses entre los antaño enemigos también estuvo presente en las palabras del presidente de la Junta de Anda-lucía, Manuel Chaves, encargado de cerrar el acto. Asimismo, el mandatario andaluz aludió al «espíritu ilustrado», al Cádiz de 1805 y al «hito referencial» que supuso para los gaditanos Trafalgar.

Últimos protagonistas

Tan nombrados a lo largo de éstas líneas como los héroes, han sido los gaditanos, por la generosidad que repartieron entre quienes llegaban moribundos a sus costas. Para ellos, el buque insignia de la Armada española, el Príncipe de Asturias, tendió sus pasarelas la mañana del sábado 22.

Si en 1805 la respuesta fue generosa, la acogida de las jornadas de puertas abiertas al Príncipe no fue menos cálida. A pesar de las nubes que auguraban un día revuelto, paraguas en mano eran muchos los que se acercaban al puerto, al mismo muelle donde había atracado en la tarde del 21 tras el homenaje naval, para conocer sus secretos.

Para ello, la dotación del portaaeronaves pasó a ser guía por unas horas y durante unos 20 ó 30 minutos enseñó de proa a popa y de quilla a perilla el buque que tan bien conocen. Una hoja informativa ayudó a conservar el momento, en especial, a aquellos que habían dejado sus cámaras en casa y sin un móvil adecuado al lado no podían inmortalizar el momento. En apenas una hora, más de 200 visitantes embar-caron en el buque insignia de la Armada, y a pesar de que a la jornada aún le quedaba tiempo, la dotación preveía que todos no podrían visitar el navío. Cádiz se volcó en 1805 y se ha volcado en el 2005.

Esther P. Martínez Fotos: Pepe Díaz

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ÁDIZ vivió como pocas ciuda-des españolas el épico comba-te naval. De su puerto partió la flota combinada francoespañola con muchos de sus hombres a bordo bien como marinos expe-rimentados, bien como reclutas forzosos. Además, antes de su partida, fue también en Cádiz donde se aprovisionaron de víveres y donde convivieron con sus vecinos. Doscientos años después, la capital andaluza ha vuelto a vivir con especial intensidad la efeméride. Colectivos culturales, la Universidad e insti-tuciones han puesto en marcha numerosas activi-dades para acercar a los ciudadanos aquel episodio histórico, la época y sus circunstancias.

Entre las propuestas culturales abiertas al público, sobresalen las exposiciones, algunas de las cuales han compartido fechas. De hecho, en los días centra-les de la conmemoración, la Revista Española de Defensa tuvo ocasión de visitar cuatro de ellas en diferentes puntos de la ciudad.

Santa Catalina

El castillo de Santa Catalina, junto a la playa de la Caleta, albergaba en ese fin de semana dos exposi-ciones. Nada más franquear el pasadizo de la forta-leza, en su patio, que conserva la condición de plaza fuerte decimonónica, un cartel anunciaba la muestra Cádiz, la ciudad de Trafalgar. Los ingenieros milita-res. Organizada por el Ayuntamiento de la ciudad y

con la colaboración, entre otras instituciones, del Centro Cartográfico del Ejército y de su Archivo, ofrece plano a plano, hasta un total de 81, una pa-norámica de la capital de los siglos XVIII y XIX. Su entramado, cómo se va formando y las caracte-rísticas que la dieron un lugar en la histórica batalla.

Las reproducciones seleccionadas ofrecen ma-pas de la bahía, del puerto, de las murallas, de los cuarteles e incluso de edificios singulares como el Hospital Real o la Aduana. Y todo ello fue proyecta-do y construiproyecta-do por ingenieros militares españoles.

Este tipo de actuación integral de la milicia en Cádiz no sólo sirvió para contrarrestar la debilidad estratégica de la ciudad. Además, fue «exportada» y repetida en territorios españoles en ultramar,

un bicentenario

en clave cultural

Sólo en Cádiz y en el mes de octubre cinco grandes exposiciones

rememoran el acontecimiento naval y su época

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Vistas de las muestras Cádiz y Trafalgar. La ciudad ilustrada de 1805 (izda.) y Una batalla a escala (arriba), cuyas principales protagonistas son las maquetas.

Utensilios de mesa rescatados de los navíos perdidos en el combate y parte de Los naufragios de Trafalgar. El Castillo de Santa

Catalina ha sido una de las sedes de la agenda cultural de la efeméride en la capital gaditana.

Exposición sobre los ingenieros militares y sus proyectos para Cádiz. Medalla conmemorativa de Churruca, testamento de Gravina y sable de caballería.

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como las americanas San Juan de Puerto Rico o La Habana (Cuba).

La exposición, en la que puede contemplarse el Cádiz de 1772, el castillo de Santi Petri (1740) o un plano francés de 1710, tiene el atractivo añadido de conocer todos esos trazados en el mismo lugar donde fueron realizados hace más de dos siglos. Esta muestra ha estado abierta al público entre el 8 de agosto y el 30 de octubre.

En la misma plaza municipal, esa misma semana se había inaugurado la exposición Una batalla a escala, en las que las maquetas eran su principal protagonista y, entre ellas, el Santísima Trinidad, cedido por una pareja aficionada al modelismo y que 1 2 R E V I S T A E S P A Ñ O L A D E D E F E N S A <

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t e a t r o , c i n e , m ú s i c a …

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ON motivo del bicentenario de Trafalgar, los gaditanos también han podido disfrutar de otras actividades culturales en diferentes puntos de la provincia, especialmente los ligados a la zona del combate. Así, en Conil de la Frontera se ha celebrado un ciclo de cine naval a lo largo de todo el mes de octubre. Su programa ha ofrecido títulos tan populares como Rebelión abordo, El capitán Blood, Master and comander y Piratas.

También en esta población, además de en la vecina Véjer y en Barbate, se han organizado talle-res de lectura, de ilustración y de creación artística, así como un encuentro de animación y reptalle-resen- represen-tación de escenas de Trafalgar, a cargo del grupo teatral Animarte.

El teatro ha sido, asimismo, protagonista en el patio cubierto del Palacio Provincial de Cádiz, donde el viernes 28 se ha representado Trafalgar a escena, una adaptación dramática del Trafalgar de los Episodios Nacionales, del literato español Benito Pérez Galdós. Se trata de un acto organiza-do por la Diputación de Cádiz a través del Instituto de Empleo y Desarrollo Tecnológico (IEDT) y la Mancomunidad de Municipios de la Comarca de la Janda. La misma institución provincial, esta vez en colaboración con la Universidad de Cádiz, ofreció el jueves 27 el concierto La música religiosa en tiempos de Trafalgar en el patio cubierto del Palacio Provincial.

Premio de Investigación

La Universidad gaditana, por su parte, ya había organizado este verano un curso sobre la acción naval y, junto con la Diputación, puso en marcha en mayo un premio de investigación, Trafalgar: negro sobre blanco, cuyo fallo se dará a conocer el próximo enero.

Las sesiones académicas, que han jalonado la práctica totalidad del año y que han estado organizadas por diferentes entidades e instituciones, van a tener continuidad en noviembre con, por ejemplo, un congreso dedicado a La tecnología de los barcos de Trafalgar.

Además, para el recuerdo quedarán los sobres matasellados los días 20 y 21 de octubre en Cá-diz, con el recuerdo impreso de la efeméride y los cupones de la Organización Nacional de Ciegos del sorteo especial del domingo 16 de octubre. También guardarán la memoria de la batalla y de su 200 aniversario las placas descubiertas en la «casa de Gravina», en Cádiz, o en el mismo faro de Tra-falgar, en cuya cercana playa, la de Zahora, un monumento a la paz y a la concordia de los pueblos inmortalizará el combate.

Para la Historia ha quedado asimismo el reluciente metal descubierto en la casa de otros de los héroes de Trafalgar, Dionisio Alcalá-Galiano, en su ciudad natal de Cabra (Córdoba). Con el fin de proceder a su inauguración oficial, viajaron el domingo 23 de octubre hasta la localidad cordo-besa la ministra de Cultura, Carmen Calvo, también natural de esta localidad andaluza, y el titular de Defensa, José Bono.

Con dicho acto se puso el broche final a la semana conmemorativa organizada en este municipio, que también vio nacer a los combatientes de Trafalgar José Ramón de Vargas Varárez y Antonio José Pareja, por la Asociación Cultural Alcalá-Galiano. Bajo el título Jornadas Internacionales en memoria de Alcalá-Galiano, especialistas de diferentes países han diseccionado el combate naval para analizarlo y presentarlo desde diferentes puntos de vista. Las sesiones, abiertas al público, han contado con dife-rentes escenarios representativos de la ciudad, como el Castillo de los condes de Cabra.

E. P. M.

Masellos conmemorativo utilizado en Cádiz los días 20 y 21 de octubre. Los ministros de Cultura y Defensa descubrieron la placa-homenaje a Alcalá-Galiano en su Cabra natal. Cupón de la Organización Nacional de Ciegos dedicado al bicentenario.

Un mapa reconstruye los últimos momentos de la lucha y los rumbos que los buques participantes siguieron después.

Cuencos, ánforas y otros intrumentos empelados en el Real Colegio de Cirujanos

de la Armada.

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han tardado cinco años en completar su singular proyecto. Tanto el navío de cuatro puentes como el resto de los buques de línea expuestos (doce en to-tal) viajaron en apenas unos días desde Albacete y Navarra para la ocasión, aunque —según reconocía la propia organización— la masiva respuesta de los visitantes compensaba con creces el esfuerzo.

A pesar de ser las protagonistas, las maquetas no fueron las únicas participantes de la muestra organizada por la asociación cultural Cádiz 200. Trafalgar. Cuadros, paneles, diapositivas, pelí-culas... ofrecieron al público una visión general de la batalla y de la época de Trafalgar, de la vida en tierra y en el mar. Julio Terrón, uno de sus

respon-sables, destacaba tanto el carácter divulgativo y docente de la muestra como el éxito que estaba cosechando por su elevado número de visitantes, entre los que figuran numerosos escolares.

Desde el océano

Muy cerca de Santa Catalina, en lo que eran unos antiguos baños, el Centro de Arqueología Subacuá-tica de la Consejería de Cultura de la Junta de Anda-lucía ha organizado la exposición Los naufragios de Trafalgar, abierta al público del 19 de octubre al 16 de diciembre.

Con el mar al fondo, los visitantes pueden con-templar diferentes objetos rescatados de los navíos

perdidos en la batalla. Sus vitrinas y expositores muestran desde cañones o empuñaduras de sables hasta un juego de dados, pipas de caolín o compa-ses empleados en el trazado de rutas y destinos.

Además, la exposición ofrece un recorrido por las cinco áreas de los naufragios tradicionalmente conso-lidadas y presenta algunas actualizaciones fruto de investigaciones más recientes. En este sentido, cabe señalar que el yacimiento conocido hasta ahora con el nombre de Bucentauro por buceadores y pescadores locales no conserva restos del buque insignia francés sino de un mercante que empleaba artillería de hierro como lastres del barco. No obstante y en aras de una mayor claridad, el enclave arqueológico mantiene el

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Corte trasversal (a escala) del Victory, buque insignia del almirante Nelson. 08 13 14/11/05 17:11 Página 13

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nombre del navío galo líder de la flota combinada francoespañola en la muestra.

La exposición completa esta visión subacuática con imágenes de recuperaciones de los navíos siniestrados y explica qué proceso se sigue para recuperar las piezas olvidadas durante siglos —dos en el caso de Trafalgar— una vez localizadas y transportadas a tierra. Y como las mejores explica-ciones cuentan con ejemplos, se expone uno de los cañones rescatados del fondo de la bahía gaditana y que se halla en pleno proceso de adaptación al medio terrestre y restauración. La centenaria arma se presenta sumergida en líquido.

El montaje ágil y didáctico se completa con un esquema de cuáles fueron los rumbos de los barcos hasta que se perdieron en el mar así como un plano

de Cádiz y su bahía que «decora» el suelo y sobre el que más de un visitante busca su calle o su casa.

La penúltima en abrir sus puertas ha sido la exposición Cádiz y Trafalgar. La ciudad ilustrada de 1805, inaugurada por el ministro de Defensa, José Bono, la víspera de la efeméride del combate naval y que permanecerá hasta el 8 de enero próximo. Un gran cartel en la fachada del Museo de Cádiz, en el que se dibuja la panorámica de la ciudad desde el mar precedida de un sinfín de veleros, es un irresis-tible atractivo para los viandantes que pasan por la popular plaza de la Mina.

Ya en su interior, da la bienvenida al visitante un gran mapa —de dimenesiones semejante al cartel exterior—, junto a un escudo de la Casa de Contratación. Inmediatamente después, El tiempo

de los imperios y una aproximación a la sociedad y la religión de la época son la primera parada de esta muestra. A continuación, el patio del inmueble se transforma en el puerto, con telas que cuelgan desde pisos superiores a modos de velas en el horizonte, un carruaje, un baúl... el observador parece un viajero en el tiempo y más que dispo-nerse a cruzar el Atlántico se encuentra a un paso de «revivir» los primeros años del siglo XIX.

La época

Paso a paso, la exposición presenta El puerto y el mar, La ciudad, Las instituciones ilustradas o Las expediciones científicas. En estos espacios lucen con luz propia, a pesar de su atenuado ambiente en aras de proteger y resaltar lo expuesto, el Real Colegio de Cirujanos de la Armada y su fundador Pedro Virgili, así como el Real Instituto y Observa-torio de la Armada (ROA), institución prestataria de varias piezas de la exposición. Es protagonista también en esta área el ilustre marino Malespina.

Avanzando en la muestra y en el conocimiento de los siglos XVIII y XIX, la siguiente parada es La música, aunque en realidad está presente a lo largo del recorrido a través de discretas melodías que acompañan al visitante.

Los libros, la sociedad ilustrada, el salón burgués, con sus ropas, novelas, abanicos o cajas de rape para esnifar tabaco en polvo acercan al visitante a los gustos y costumbres del Cádiz de 1805. Final-mente, un nuevo bloque pone de manifiesto la rela-ción de esta ciudad con la Armada de la época y el mundo de las armas en general a través de los epí-grafes Marinos ilustrados —como Jorge Juan— y Entre la Ciencia y la Milicia. Este espacio guarda también un lugar de honor para Los protagonistas de Trafalgar; en él los visitantes pueden acercarse, por ejemplo, a Churruca, de quien se enseña una medalla conmemorativa, o a Alcalá-Galiano, cuyo testamento se exhibe tras el cristal de una vitrina colmada de evocación.

Trafalgar. Palabras y visiones es el título de la enésima exposición organizada en Cádiz con motivo del bicentenario del combate naval. La muestra, inaugurada el 27 de octubre, va a estar abierta al pú-blico en los claustros del Palacio Provincial hasta el 27 de noviembre de lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 horas y de 18.00 a 21.00 horas; y sábados, domingos y festivos, de 12.00 a 14.30 horas.

Se trata de una exposición que «rebosa» inspira-ción pues recoge creaciones de pintores y escritores que han hecho de Trafalgar el motor de sus obras. Impresionadas en lienzo o papel, la selección que la Diputación ofrece ha sido realizada por la Fundación Provincial de Cultura.

Esther P. Martínez Fotos: Pepe Díaz

Fondos del Real Instituto y Observatorio de la Armada ayudan

a ilustrar el espacio dedicado a Los marinos

ilustrados, entre la Ciencia y la milicia,

en la muestra sobre el Cádiz de 1805. Juego de dados, pipas de caolín, compases y otras piezas recuperadas de los yacimientos marinos. 08 13 14/11/05 17:11 Página 14

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UMEROSAS ciudades españolas se han sumado al bicentenario de Trafalgar a través de la puesta en marcha de un sinfín de acti-vidades culturales entorno a aquel episodio histórico. Ya en agosto el Centro Superior de la Defensa Nacional (Madrid) acogió el XXXVI Congreso Internacional de Historia Militar, organizado por la Comisión Española de Historia Militar y que versó sobre el combate naval (RED 211). En las mismas fechas, el Museo Naval ofrecía la exposición Cosme Damián de Churruca. Vivió para la humanidad; murió por la Patria, abierta hasta noviem-bre (también en RED 211).

Además, la Revista General de Marina sacó a luz un número extraordinario dedicado íntegramente al combate naval. A lo largo de sus cerca de 300 pági-nas, la publicación naval analiza desde la vida a bordo en la época de Trafalgar hasta los uniformes que la Armada utilizaba en el siglo XVIII. Y el Ministerio de Defensa ha editado los títulos El combate de Trafalgar y Militares y navíos españoles que participaron en Trafalgar, junto con un disco CD que incluye una recreación digital del enfrentamiento.

Concierto de Música

Militar

El 6 de octubre el Auditorio Nacional de Madrid ofreció el concierto de música militar Homenaje al heroísmo en Trafalgar. La sesión estuvo a cargo de la banda sinfónica de la Agrupación de Infantería de Marina de Madrid y las corales San Agustín, Kantorei y polifónica Amadeo Vives

Por su parte, el Aula de Cultura e Historia Militar Comandante Villamartín de Cartagena dedicó sus VIII Jornadas de Historia Militar a El combate de Trafalgar: aspectos navales y literarios. El encuentro, celebrado del 17 al 20 de octubre, arrancó con la presentación de la biografía Antonio de Escaño y García de Cáceres (1752-1814), de Juan Antonio Gómez Vizcaíno.

Las jornadas continuaron con sendas sesiones dedicadas a El combate, la literatura y la génesis de la campaña naval, cuyos ponentes fueron el director de la Revista General de Marina, capitán de navío Mariano Juan y Ferragut; el catedrático José Luis Martínez Valero y el capitán de navío Hermenegildo Franco Castañón, respectivamente.

Del 21 al 27 de octubre, el Ateneo de Madrid, orga-nizó un ciclo de conferencias y mesa redonda con moti-vo de este bicentenario naval. En su sede de la calle Prado, especialistas en la materia desgranaron paso a paso el entorno del combate a través de las confe-rencias Los impactos de Trafalgar y la continuación de la guerra contra Inglaterra, Estrategia y política a propó-sito de Trafalgar, El contexto internacional, Por qué se perdió la batalla, Trafalgar y la era napoleónica y la me-sa Impactos y trascendencia de Trafalgar.

El mismo 21 de octubre la Universidad Rey Juan Carlos presentó la exposición Trafalgar, 200 años después, que reúne réplicas de grandes dimensiones (de hasta 2,25 metros de altura por 2,80 de eslora) de

navíos que batallaron en el célebre combate, como el San Juan Nepomuceno, el Santa Ana, el Santísima Trinidad y el Victory.

La muestra, inaugurada primero en el hall del recto-rado, se exhibe del 7 al 23 de noviembre en el Centro Cultural Villa de Móstoles. Los modelos pertenecen a la Asociación Histórico-Cultural Dos de Mayo y completan la exposición fondos del Museo Naval (Madrid).

También en noviembre, el Museo Marítimo de Bar-celona en colaboración con el Instituto Español de

Estu-dios Estratégicos (IEEE) han organizado las Jornadas sobre el combate de Trafalgar. Está previsto que el encuentro se desarrolle los días 16 y 17 y en su progra-ma figuran especialistas de la Universidad y las Fuerzas Armadas de los tres países participantes en la batalla. La inauguración estará a cargo del director general de Rela-ciones Institucionales de la Defensa, Leopoldo Stampa; el director del Museo, Roger Marcet i Barbé, y el almiran-te director del IEEE, Jaime Rodríguez-Toubes.

Escaño, protagonista

en Cartagena

Cartagena ha rememorado el combate naval con, entre otras actividades, la exposición Antonio Escaño, antes y después de Trafalgar, dedicada a uno de sus hijos y, en palabras del comisario de la muestra, Luis Delgado, «uno de los oficiales más brillantes de la Es-cuadra Española» y «el militar más preparado y capa-citado para el mando» en aquella ocasión. Delgado destacó entre los objetivos de la exposición «rescatar

del olvido a un militar gris y oscuro, sin contactos en la corte, que ha sido olvidado por gran parte de los historiadores que han escrito sobre la batalla».

Para ello la muestra —abierta en el Centro Cultural de Cajamurcia en Cartagena hasta el 31 de octubre— ha reunido un total de 126 piezas que el comisario Delgado califica de «brillantes y excepcionales» y que han sido rescatadas, fundamentalmente, de los Museos Navales de Madrid y Cartagena. Además, ésta ha exhibido fondos de la Biblioteca y el Archivo Nacional,

el Museo de las Cortes de Cádiz o la Iglesia de Santa María de Gracia (Cartagena) y artículos pertenecientes a colecciones particulares, como las del escritor Arturo Pérez-Reverte o el contralmirante González-Aller.

Entre las piezas expuestas y por su participación en el combate, Delgado destacó el cañón del calibre 36 del Neptuno, de la escuadra francoespañola. Un arma de 3.400 kilos que se desguazó en 1820 en Cartagena y que estuvo durante décadas en la puerta del Arsenal Militar de la ciudad. También han formado parte de la muestra un modelo del San Fulgencio, numerosos instrumentos de navegación llevados por el propio Escaño a su ciudad natal después de la lucha, las pistolas que Napoleón regaló al capitán de navío Rojas, el expediente de limpieza de sangre que el marino cartagenero debió de presentar para acce-der a su plaza de guardiamarina o partes de guerra de Antonio Escaño, escritos de su puño y letra.

E. P. M.

Con información de Ángela de la Llana

S e m i n a r i o s y m u e s t r a s

c u l t u r a l e s e n o t r a s c i u d a d e s

De izquerda a derecha y de arriba a abajo, programa del concierto del Auditorio Nacional, momento de la inauguración de la exposición de la Rey Juan Carlos, instantánea del Congreso Internacional de

Historia Militar en el CESEDEN y cañón de la muestra sobre Escaño en Cartagena.

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ARA comprender y valorar ade-cuadamente lo que significó el combate de Trafalgar en nuestra Historia y en la de Europa, conviene conocer y analizar el marco en que se desarrolló, tanto en los terrenos político y estratégico, como en el puramente naval.

Resulta aún hoy difícil valorar todos los cambios en los más diversos órdenes que provocó la famosa Revolución Francesa iniciada en 1789, y que condujo a una larga serie de guerras europeas entre 1793 y 1815, hasta la caída de Napoleón. Uno de los que más nos interesan para nuestro propósito fue que la tradicional alianza franco-española basada en los Pac-tos de Familia, perdió su razón de ser cuando Luis XVI y su esposa fueron guillotinados por los revoluciona-rios, empujando a los Borbones españoles a la guerra. Con ello se rompía el tradicional equilibrio estraté-gico del siglo XVIII, en el que dicha alianza había sido un útil instrumento para contrarrestar la hegemonía naval británica, vieja al menos desde el Tratado de Utrech. Fruto de aquella alianza había sido el evidente éxito en la reciente Guerra de Independencia de los Estados Unidos finalizada en 1783, en que se cubrie-ron todos los objetivos españoles, salvo el caso pa-tente de Gibraltar: la recuperación de Menorca y Flori-da, la expulsión de los asentamientos ingleses en América Central y hasta la conquista de las Bahamas. Pero en 1793 las cosas cambiaron drásticamente: las otrora enemigas Royal Navy y Real Armada espa-ñola se aliaron contra la marina francesa, con las consecuencias que cabía esperar. Aún más, la Marina francesa nunca se recuperó totalmente del impacto de la Revolución en sus filas, perdiendo muchos de sus mejores cuadros de mando por represión o emigra-ción, y no poca de su anterior excelente organizaemigra-ción, por no hablar de la de uno de sus principales arsena-les, Tolón, con todas sus instalaciones y con la escua-dra allí basada. Justamente en su reconquista empezó a brillar un joven oficial de artillería llamado Bonaparte.

Entre 1793 y 1796, la marina gala perdió no menos de 33 navíos y 31 fragatas, mayorita-riamente a manos de los británicos, que así, casi con total impunidad, pudieron mejorar y desarrollar sus nuevas tácticas de romper y envolver la línea contraria, ganando una moral y experiencia que les iban a resultar decisivas en los años siguientes.

antecedentes

y consecuencias

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La familia de Carlos IV es el título de esta

obra de Goya. La España de Carlos IV se vio forzada a la alianza con la Francia napoleónica uno de cuyos trágicos resultados fue Trafalgar.

Navíos españoles en el combate del cabo de San Vicente, antecedente de Trafalgar.

Alegoría sobre el combate de Trafalgar con ocasión del primer centenario de la acción.

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Una difícil elección

Apenas acabada la guerra de la Convención o de los Pirineos, que significó el asentamiento del go-bierno revolucionario francés gracias a sus paralelas y reiteradas victorias sobre la coalición europea, en España se asistió a un serio replanteamiento de sus opciones estratégicas y de sus alianzas.

Los Pactos de Familia habían permitido una estrategia española basada fundamentalmente en la Armada, encargada de defender las comunicaciones marítimas con el todavía inmenso imperio ultrama-rino, dejando al Ejército en un segundo lugar, pues, sin apetencias continentales tras las campañas de Italia hasta 1748 y con los Pirineos seguros por la alianza francesa, la única frontera militar activa era la larga, pero poco peligrosa, de Portugal, y la cuestión de Gibraltar. El Ejército quedaba así, aparte de otras misiones, solamente obligado a proporcionar cuer-pos expedicionarios para operar en ultramar.

La Guerra de la Convención demostró que nues-tro Ejército no estaba a la altura, como por entonces ninguno de los europeos, del revolucionario francés, que en abierto contraste con su marina, se convirtió en el primero de Europa por muchos motivos.

Aquello obligó a dedicar a nuestras fuerzas te-rrestres una atención desconocida al menos desde la Guerra de Sucesión, y dada la progresiva crisis económica del país y la desesperada situación de la Real Hacienda, tal atención sólo se pudo prestar en detrimento de la Real Armada.

Así que, desde 1796, España se encontró estraté-gicamente entre la espada y la pared. Por un lado se temía a la Royal Navy y a las seculares aspiraciones in-glesas sobre nuestras colonias y nuestro comercio, y como ya sabemos, la Real Armada no podía

enfrentar-se en solitario con la inglesa, entre otras cosas porque cuadruplicaban nuestro número de buques de guerra.

Pero además, y esto era lo nuevo, en París no había ahora un rey aliado, sino un gobierno revolu-cionario que no ocultaba sus ansias por destronar igualmente a los Borbones españoles, gracias a su nuevo y pujante Ejército.

Y lo que no podía conseguir la España de Carlos IV, ni ninguna de las potencias de entonces, era tener simultáneamente una Real Armada capaz de enfrentarse a la Royal Navy y unos Reales Ejércitos capaces de conjurar el peligro de la Grand Armeé.

La alianza con Francia

Ésta era la dificilísima opción de los gobiernos de Carlos IV, y de su principal figura, Godoy. Como sa-bemos, la elección fue la de la alianza con Francia,

inexplicable desde el punto de vista ideológico, pero tal vez, estratégicamente, la menos mala.

Lo contradictorio de la polémica decisión fue que el interés y los presupuestos siguieron volcados so-bre el Ejército, por el constante temor a una invasión francesa que nadie descartaba y que París siguió utilizando constantemente como forma de presión, mientras que la Armada, que era la que tenía que seguir luchando y contra un adversario crecido en todos los órdenes, fue relegada.

Y era justamente la Real Armada lo que querían los franceses, para apoyar su debilitada marina si es que querían dar jaque a su más peligroso y tenaz enemigo, Gran Bretaña, con el que su superioridad terrestre era casi completamente ineficaz.

La nueva alianza, formalizada en el Tratado de San Ildefonso de 1796, tan contra natura en lo ideo-lógico, no dejó de ser contestada ampliamente por muchos sectores de la sociedad española, incluidos los Ejércitos. Esta fue una debilidad añadida más en la guerra que siguió contra Gran Bretaña, desde el mismo 1796 hasta 1802.

Para dicha guerra la marina francesa distaba de estar preparada, pero la Armada española no estaba mucho mejor: relegada en los presupuestos, desfa-sada en lo táctico, atradesfa-sada en lo técnico, falta de buenos marineros para las dotaciones, y con unos mandos más impuestos por las intrigas cortesanas que por la capacidad.

Fue la desgraciada época del combate de San Vicente y de las pérdidas de la isla de Trinidad y de Menorca. Con todo y pese a ser una de las épocas más deprimentes de nuestro poder naval, brillaron la defensa de Cádiz por las cañoneras de Mazarredo, las de Puerto Rico y Ferrol, por no hablar de la de Tenerife que costó a Nelson un serio revés y la pér-dida de su brazo derecho.

En el capítulo de las pérdidas, éstas fueron mo-deradas: un total de 10 navíos por diversas causas y 12 fragatas, que, si bien importantes, eran mucho menores que los 25 navíos y 50 fragatas perdidos en el mismo período por los franceses, o los 24 y 19 fragatas perdidos por los holandeses. Realmente, la Royal Navy se había convertido por entonces en una temible arma de destrucción.

Lo peor, sin embargo, fue que la situación finan-ciera de la monarquía hizo que se suspendiera la construcción de nuevos buques que reemplazaran los perdidos, y de hecho no se volvió a hacer un solo navío hasta el reinado de Isabel II. Además, hubo que donar ocho navíos a los franceses para que éstos en-jugaran, siquiera mínimamente, sus terribles pérdidas, que desde 1793 sumaban ya 58 navíos y 81 fragatas. Cabe imaginar el alivio con que en Madrid se re-cibió la Paz de Amiens en 1802, es cierto que se perdió definitivamente la isla de Trinidad, y que hubo que ceder la Luisiana a Francia en compensación 1 8 R E V I S T A E S P A Ñ O L A D E D E F E N S A <

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Manuel Godoy, excesivamente vencido hacia el lado francés, condicionó y dirigió la política española de principios del XIX.

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a Armada española aprendió bien las lecciones de la derrota en la guerra precedente, y para la campaña de Trafalgar se preparó, dentro de la penuria de sus medios, mucho mejor que los aliados franceses.

En primer lugar, y para dar respuesta a las carronadas británicas, piezas de gran calibre y escaso alcance, demoledoras a las cortas distancias de combate que imponían las nuevas tác-ticas, desarrolló los obuses de don Francisco Javier Rovira, inspector general de Artillería de la Armada, que artillaron desde entonces profusamente nuestros buques.

Paralelamente se generalizaron las llaves de chispa en las piezas, que posibilitaban una mejor puntería que con el anterior botafuego o mecha encendida, y se aumentó el calibre máximo embar-cado en los navíos a piezas de a 36 libras, antes sólo de a 24 y muy inferiores a los de a 32 de los enemigos. Por último, la Instrucción sobre punterías de Churruca, publicada el mismo 1805, fue el primer y modélico manual práctico para mejorar ese aspecto decisivo.

En la táctica, el año anterior, y a cargo del Estado Mayor de la Armada, se publicó el Tratado de señales e hipótesis de ataques y defensas, obra capital para la imprescindible renovación táctica, donde se contemplaban hasta dieciocho formas de ataque del enemigo, alguna seme-jante a la de Nelson en Trafalgar, y se preveían las oportunas defensas y contraataques. Sólo faltó el tiempo para que estas tan necesarias innovaciones se consolidaran.

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por sus propias pérdidas coloniales, pero se pudo recuperar Menorca.

La voluntad de los gobiernos de Carlos IV osciló claramente hacia el mantenimiento a toda costa de la paz, pero ni Francia ni Gran Bretaña estaban dis-puestas a respetar esa política de neutralidad espa-ñola, y menos por cuanto no tardaron en enfrentarse entre sí de nuevo.

Al ya emperador Napoleón se le pudo contentar, de momento, con una subvención mensual de seis millones, destinada a sus enormes gastos militares, un serio gravamen para las maltrechas Hacienda y eco-nomía españolas, pero más barato que una nueva guerra. Aparte se le concedieron ventajas comerciales y refugio para sus buques en nuestros puertos.

En cuanto a Gran Bretaña, pasando de las pre-siones diplomáticas a los hechos consumados, empezó a detener y a registrar buques españoles. De ahí a la agresión directa no había más que un paso, y los británicos no dudaron en darlo, pese a que España no estaba en guerra.

La primera agresión fue contra la pequeña corbeta-correo Urquijo, apresada tras duro combate por la muy superior fragata Eolus, el último día de 1803, siguiendo en los siguientes meses, entre otros incidentes, con el incendio de la goleta de la Armada Extremeña, dedicada a labores cartográficas.

Pero el culmen de dicha incalificable política de agresiones llegó el 5 de octubre de 1804, cuando, aún en plena paz, y frente al cabo de Santa María, cuatro fragatas inglesas atacaron a cuatro españolas que volvían de América cargadas de ricas mercancías y con pasajeros civiles, apresando a tres de ellas y volando a la cuarta, con un saldo de 269 muertos y 80 heridos. Y aún cayeron tres fragatas más que iban en tan pacíficas misiones y, por tanto, apenas dispuestas para el combate, hasta que un tan anodadado como lógicamente irritado gobierno español declaró la gue-rra a Gran Bretaña el 12 de diciembre de 1804.

La campaña de Trafalgar

El 4 de enero de 1805 se firmaba el nuevo tratado de alianza entre Carlos IV y Napoleón, por el que el prime-ro se obligaba a armar y tener dispuestos un máximo de 29 navíos y un mínimo de 25, con las correspon-dientes fragatas y tropas de desembarco en los tres departamentos. Todavía la Real Armada, pese a sus recientes pérdidas, era la tercera potencia naval del mundo, con 51 navíos y 30 fragatas

Desde un primer momento la opción napoleónica era la invasión de Inglaterra, para lo que tenía ya acan-tonado su gran Ejército en las playas de Boulogne, a la espera sólo de que las fuerzas navales franco-españo-las le permitieran el cruce del canal de la Mancha.

Pero los planes de Napoleón eran poco realistas, pues por entonces la Royal Navy podía alinear casi 200 navíos, contra la veintena de españoles ya

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NAVÍO PRÍNCIPE DE ASTURIAS

(1794-1814)

Comandate, Brigadier Don Ángel Rafael de Hore y Dávila

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UQUE insignia del teniente general de la Armada Federico Gravina y Napoli, jefe de la escuadra de Observación, en Trafalgar. Excelente na-vío de tres cubiertas, de 1ª clase, del porte de 118 ca-ñones dispuestos en tres baterías más la del alcázar o 4ª batería.

Fue construido en 1793 en el Arsenal de La Habana bajo la dirección del ingeniero Honorato de Bouyon de acuerdo con los diseños, mé-todo español y reglamento de 1783 del Ingeniero General Don José Joaquín Romero Fernández de Landa.

Botado el 28 de enero de 1794 tenía una eslora de 210 pies de Burgos (0,278 m), manga de 58 pies, puntal de 27 pies y seis pulgadas. Su calado a proa era de 26 pies y una pulgada y a popa de 28 pies y una pulgada, con un desplazamiento de 2.453 toneladas.

Sus 118 cañones esta-ban distribuidos, de acuerdo con el Reglamento de 1765, en 30 de a 36 libras de bala, 32 de a 24 , 30 de a 12 y 18

piezas de a 8 libras. Se le impuso el nombre en honor del hijo mayor de Carlos IV, el futuro rey Fernando VII. Resultó un barco de muy buenas condiciones marineras, con un rápido andar de unos 10 nudos. Como la mayoría de los buques españoles de grandes dimensiones era de excelente estructura, gran solidez y re-sistencia no solo a la mar sino también a los impactos como se demostró en Trafalgar, con unas bellas líneas de casco, ornamentación rica pero no excesiva ni ostentosa.

Completado su armamento, salió de La Habana en conserva del San Pedro Apóstol y escoltando un im-portante convoy naval que atracó en Cádiz el 17 de mayo de 1795.

Un año mas tarde, izó en él su insignia el general José de Córdoba, comandante general de la escuadra del Océano, participando en su primera acción de guerra al enfrentarse una escuadrilla de fragatas británicas al mando de Nelson.

Al disolverse la escuadra del Océano, el Príncipe de Asturias se convirtió en insignia del jefe de escuadra Domingo de Nava, jefe de la división del Mediterráneo.

En agosto de 1805 fue agregado a la escuadra de Gravina procedente de las Antillas, con la que navegó, con la francesa de Villeneuve, hacia Brest.

Constituida la escuadra Combinada y fondeada en Cádiz, el 3 de septiembre el teniente general Gravina izó su insignia en el Príncipe de Asturias como jefe de la escuadra de Observación.

En Trafalgar el Príncipe de Asturias combatió desde el inicio con los Defiance, Thunderer, Polyphemus y Swiftsure, sufriendo importantes daños en el casco, arboladura y artillería quedando prácticamente desarbo-lado, a pesar de lo cual y del importante temporal desatado los días posteriores al combate, logró alcanzar, a remolque de la fragata francesa Themis, la costa gaditana y fondear en el placer de Rota, y al día siguiente entrar en la bahía de Cádiz.

El 2 de noviembre el Príncipe de Asturias fue llevado al Arsenal de La Carraca para su reparación, aban-donándolo el 22 de febrero siguiente totalmente restaurado.

Durante la guerra de la Independencia, al estrecharse el cerco francés de Cádiz, el Príncipe de Asturias fue enviado a La Habana en cuyo Arsenal, falto de carena, se fue a pique en 1814.

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dos, y una cincuentena de franceses, que movilizaron sus fuerzas navales en mayor proporción. Al fin y al ca-bo era su guerra y no la nuestra, pues España carecía de objetivos estratégicos propios y había entrado en ella obligada por las presiones de unos y otros, y, ade-más, Francia estaba en mejor situación económica.

Con este balance de fuerzas, aún peor en propor-ción en fragatas y unidades ligeras, era realmente utó-pico el que los franco-españoles consiguieran dominar las aguas costeras inglesas siquiera momentáneamen-te, lo justo para que pudiera pasar su ejército, según Napoleón. Por otra parte, el emperador, un genio de la guerra terrestre, desconocía aspectos fundamentales de la guerra en el mar, y lo que es peor, no se dejaba asesorar por sus almirantes, a los que tenía en poco.

Para colmo, el mando de la escuadra aliada termi-nó recayendo, más por avatares que por ser lo planea-do, en una persona como Villeneuve, que había as-cendido más por influencias que por méritos propios, no deseaba el mando, consideraba irrealizable el plan, era profundamente derrotista, se comportó con inde-cisión y pasividad en toda la campaña, pues en abso-luto era un líder de hombres y, además, estaba bas-tante retrasado en lo referente a las nuevas tácticas.

Por contra, Gravina tenía una brillantísima y exten-sa hoja de servicios, era un gran líder, estaba al día en técnicas y tácticas y había escogido entre sus subor-dinados a lo mejor de la Armada de aquel tiempo. En entrevistas personales, Godoy le había dejado bien claro que su misión, por encima de cualquier otra consideración, era seguir fielmente y a toda costa las órdenes de Napoleón y de Villeneuve, sin dar el menor motivo de queja a los temibles aliados.

De hecho, da la sensación de que a Godoy le importaba un ardite sacrificar a la Armada si con ello lograba saciar al insaciable Napoleón. Gravina y sus su-bordinados sabían que iban al sacrificio, en una guerra impuesta en la que peor aún que la victoria del enemi-go, sería la victoria del aliado. Pero estaban firmemente dispuestos a luchar por su honor y por el de la Armada lo mejor que pudieran, haciendo olvidar capítulos tan desgraciados como el de cabo San Vicente. Esa fue su grandeza. Y, desde luego, dieron lo mejor de sí mismos en toda la campaña, y, como es notorio, en el combate que la coronó, mereciendo el tributo unánime de admi-ración de aliados y hasta de sus enemigos.

Las consecuencias

de Trafalgar

Las incidencias de la campaña y el combate mismo serán estudiados en este número por otros autores, pero bueno es recordar que la batalla de Trafalgar fue irrelevante desde el punto de vista estratégico, pues Napoleón había abandonado por entonces sus planes de invasión y, de hecho, se hallaba ya en Europa central con su ejército, en medio de la campaña que le llevaría a los grandes triunfos de Ulm y Austerlitz.

NAVÍO DE LÍNEA NEPTUNO

(1785-1805)

Comandante, Brigadier Don Cayetano Valdés y de Flores

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UE, con su gemelo Argonauta y con el Montañés, el mejor navío de línea de la Real Armada.

Por Real Orden de 6 de noviembre de 1792 se autorizó la construcción del navío de segunda clase, de dos cubiertas y del porte, inicialmente, de 74 caño-nes elevados después a 80, Neptuno, de acuerdo con los planos y sistema de Julián Martín de Retamosa.

Fue botado en Ferrol el 26 de noviembre de 1795 con unas dimensiones de 179 pies de Burgos de quilla limpia, eslora de 200, manga 54 pies, puntal 26 pies y 3 pulgadas, plan 27 pies, calado a popa 26 pies y 3 pulgadas, a proa 24 pies y 10 pulgadas, des-plazamiento 3.362 toneladas con lastre de 7.600 quintales de hierro y zahorra.

Su artillería, en dos baterías, era de 30 cañones de a 36 libras, 32 de a 24, doce de a 12, 10 obuses de a 36, 8 de a 24, y ocho de a 4.

El 20 de octubre de 1805 al salir de Cádiz, el Neptuno ocupaba el último lugar de la retaguardia, encabe-zando la nueva vanguardia al finalizar la virada por redondo ejecutada en la mañana del día 21.

El Neptuno tuvo un primer enfrentamiento con el británico Africa y después con parte de la vanguardia acu-dió en auxilio del centro, batiéndose con los buques Minotaur y Spartiate, que le causaron importantes daños en la arboladura y casco.

Doblado por los dos enemigos, totalmente desmantelado, sin gobierno y con las bajas del comandante, el segundo, seis oficiales y ochenta hombres, el Neptuno arrió la bandera ante el Minotaur, sin conocimiento de Valdés. Finalmente, entregada la dotación de presa británica, el Neptuno fondeó cerca del Puerto de Santa María pero perdidas las anclas se fue contra los arrecifes.

NAVÍO DE LÍNEA RAYO

(1749-1805)

Comandante, Brigadier Don Enrique MacDonnell y de Gonde

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RA el navío más antiguo y pesado de la escuadra española dado que su orden de ejecución se dio en 1748. Su construcción fue contratada con la Compañía de La Habana, dirigiendo las obras el ingeniero Pedro Torres de acuerdo con el método y diseño propuesto por Antonio de Gaztañeta. Gemelo del Fénix, fue botado el 28 de junio de 1749. Era un navío de la segunda clase, del porte de 80 cañones en dos cubiertas, con eslora de 180 pies de Burgos, manga 55 pies, quilla limpia 155 pies, puntal 27 pies y 6 pulgadas, plan 27 pies y 4 pulgadas, calado a popa 28 pies y proa 25 con desplazamiento de 1.889 toneladas. Montaba 30 cañones de a 24 libras, 32 de a 18, 18 de a 8 y 2 pedreros de a 3.

Resultó un buen barco, de excelentes condiciones marineras, equilibrado en balances y cabezadas que permitía el uso de la batería baja con mar y como informó su primer comandante, capitán de navío Francisco Luis de León y Guzmán, «camina bien a un largo, a popa y de bolina; obedece bien al timón pero es muy pronto al balance» .

Fue sometido a varias obras y carenas y durante la realizada en 1783 se le forró de cobre, proponiendo su comandante embonarlo aunque no fue autorizado «por haber servido asi con utilidad en mas de 32 años que navega». Tras cinco años de inactividad en los caños de La Carraca, en 1804 bajo la dirección de Honorato de Bouyon fue carenado, forrado nuevamente de cobre y re-montado a tres cubiertas y 96 cañones.

En Trafalgar, el Rayo ocupaba la 5ª posición de la terce-ra escuadterce-ra del Cuerpo Fuerte o retaguardia de la Combi-nada mandada por el contralmirante Dumanoir aunque al salir de Cádiz lo hizo en el último lugar, por lo que cuando el día 21 se ordenó virar por redondo a un tiempo quedó en séptima posición de la nueva vanguardia.

Al acudir en socorro del grueso se enfrentó de vuelta encontrada con tres británicos, sufriendo algunas averías y 18 bajas. Permaneció en línea con otros buques y al recibir la orden de unirse al Príncipe de Asturias navegó en conserva de éste hasta fondear en el placer de Rota.

Con la arboladura abatida, sin poder emplear la artillería y con sendos enemigos a proa y popa, el Rayo arrió la bande-ra. Remolcado por un navío ingles rompió el cable y naufragó al noroeste de Sanlúcar de Barrameda el 25 de octubre.

2 0 R E V I S T A E S P A Ñ O L A D E D E F E N S A <

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