IRAK. La guerra sin fin

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1 Diario La Nación, suplemento “Enfoques”, domingo 16 de marzo de 2008.

IRAK

La guerra sin fin

Hugo Alconada Mon1

El 20 de marzo de 2003, amparadas en el concepto de guerra preventiva que inauguró el 11-S y con la falsa excusa de eliminar las armas de destrucción masiva, supuestamente en poder se Saddam, las tropas norteamericanas entraron en territorio iraquí. Cinco años y miles de muertos después, Irak se sigue desangrando en violencia y los Estados Unidos no saben cómo salir del pantano en que se ha convertido su aventura bélica.

Washington

Cinco años y tres semanas atrás, José María Aznar se acomodó en el sofá, miró al dueño de casa y le planteó: “Lo único que me preocupa de ti es tu optimismo”. George W. Bush, ahuyentó su temor como a un mosquito. “Soy optimista porque creo que estoy en lo cierto. Estoy en paz conmigo mismo”, afirmó. Y así es como, líneas después, termina el memo de la conversación que mantuvieron en su rancho de Crawford, en febrero de 2003. minutos antes, Bush le había anticipado que era el momento de deshacerse de Saddam Hussein, con o sin la venia de las Naciones Unidas, y que sus tropas entrarían en Bagdad para mediados de marzo. La Guerra en Irak estaba por comenzar.

Cinco años después, las consecuencias de aquella “guerra preventiva”, que, al decir del poderoso vicepresidente Dick Cheney, debía durar “semanas, más que meses”, son inabarcables. Modificó el statu quo político, cultural, económico y social en los Estados Unidos. Sus sescuelas se extienden al Medio Oriente, con obvia y dramática profundidad y alcance en Irak, Europa y América latina. En rigor, a cada punto del planeta, de un modo u otro.

Pero la guerra resulta aún tan controvertida como desconocidos son aún los motivos que empujaron a Bush ¿Consideró a Hussein como una verdadera amenaza terrorista? ¿Fue por el petróleo? ¿Deseó superar a su padre y también presidente George H. W. Bush? ¿Pensó que la democracia florecería en el desierto? Acaso nunca obtendremos una respuesta certera. Pero han amanecido ya algunas verdades entonces ocultas.

Cinco años después se sabe que el dictador no mantenía vínculo alguno con la red Al-Qaeda, con su líder Osama ben Laden ni con los 19 secuestradores que atacaron, el

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11 de septiembre de 2001 y que llevaron a Bush a lanzar una advertencia “urbi et orbe”: “O están con nosotros, o están con los terroristas”.

¿Porqué no se concentró en cazar a los terroristas en Afganistán u otros santuarios del Medio Oriente y Asia?

Una respuesta posible la aportó Henry Kissinger, el über-realista de la política internacional. “Porque Afganistán no era suficiente”, según cita el periodista Bob Woodward en su último libro, “Estado de Negación”. En la guerra contra el radicalismo islámico, ellos quieren humillar a los Estados Unidos, argumentó y “nosotros debemos humillarlos a ellos”. Era necesario enviar un mensaje: “No vamos a vivir en el mundo que ellos quieren para nosotros”.

¿Por qué no atacar entonces Irán y Siria, patrocinadores del grupo terrorista Hezbollah? ¿Por qué no Arabia Saudita, donde nacieron Ben Laden y 15 de los 19 protagonistas del 11-S?

La respuesta quizá la tenga el presidente del centro conservador “American Enterprise Institute” quien, ya con la guerra en Afganistán en marcha, convocó a un grupo de académicos a pedido de su amigo y entonces número dos del Pentágono, Paul Wolfowitz. Formaron el grupo “Bletchley II” y redactaron un reporte. “La conclusión general fue que Egipto y Arabia Saudita eran la clave, pero que los problemas allí eran insolubles”. Con Irán ocurría algo similar, pero Irak era distinto, más débil. “Saddam tendría que dejar la escena antes de que se resolviera todo el asunto. Esa era la única forma de transformar la región”. Es decir, crear el prometido “tsunami democrático” que Bush anunció para el Medio Oriente.

Cinco años después, también se sabe que no había armas de destrucción masiva en Irak. Tras la primera guerra del Golfo, en 1990 y las inspecciones de la ONU, interrumpidas a fines de esa década, Hussein sólo pudo reconstruir la ilusión de un arsenal para amedrentar a Irán, su eterno rival. Pero, ¿la administración Bush también cayó en la ilusión iraquí sobre los “tubos de aluminio” para un reactor, los “laboratorios móviles” o el “uranio de Níger”? ¿O sólo la aprovechó para sus propios fines?

La ciénaga iraquí

El enviado de la ONU para el desarme de Irak, Hans Blix, recordó que sus inspectores completaron más de 700 visitas a más de 500 lugares basados en los datos que la CIA les aportaba. Luego se preguntó: “Si ésta era la mejor información que tenían, ¿qué era lo demás? ¿Puede haber una certeza del 100 por ciento sobre la existencia de armas de destrucción masiva pero 0 por ciento sobre su ubicación?”.

Por último, queda claro que la Casa Blanca confió en que la invasión sería un “paseo” y que serían “saludados como libertadores”, como prometió Cheney. De esa convicción nació la falta de preparación para la ocupación y graves errores, como la

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disolución del Ejército iraquí y la expulsión de la administración de los afiliados al Partido Baath, alentando que miles se unieran a la insurgencia.

Pero si resulta relevante descubrir las causas de la guerra, más aún lo es evaluar sus consecuencias, que se extenderán por décadas, tanto en Estados Unidos como en Irak y el resto del Medio Oriente, el Grupo de los Ocho (con París y Berlín en las antípodas de Washington y Londres) y la ONU.

En este país, la primera secuela es el desgaste de la “guerra contra el terror”, con la distracción de energías militares de la verdadera lucha contra Al-Qaeda y otros grupos y el desvío de más de US$ 500.000 millones, más de dos veces el Producto Bruto Interno (PBI) argentino. Un desgaste que complicó su relación de fuerzas con Rusia y China o Corea del Norte y Pakistán.

La dinámica política también viró su rumbo. Embanderados en su oposición a la guerra, los demócratas recuperaron el control del Congreso tras doce años bajo dominio republicano. Ahora aparecen bien posicionados para regresar a la Casa Blanca, en enero de 2009, aunque la purga de quienes apoyaron el ataque también los alcanza. Si no, basta con ver los dardos que recibe Hillary Rodham Clinton de su rival Barack Obama, un opositor de la invasión desde la primera hora.

Al eje político se suma el filosófico. La corriente neoconservadora afronta un ciclo de ostracismo, tras unir fuerzas con los halcones de la administración Bush para sostener que los Estados Unidos debía ejercer su superioridad moral para difundir -imponer por la fuerza si fuere necesario- la democracia liberal en el mundo árabe.

La elite periodística tampoco quedó exenta de las secuelas de la guerra, con una renovada desconfianza entre los norteamericanos luego de haber subordinado su misión a una ambigua idea de “patriotismo” ¿Cómo olvidar las coberturas de Bush a bordo del portaaviones “Lincoln” con su traje de piloto y un cartel anunciando, en mayo de 2003, “Misión cumplida”? ¿O los elogios mediáticos al “salvataje” que no fue tal de la soldado Jessica Lynch?

Más relevante es, sin embargo, el costo que se mide en sangre. Casi 4.000 soldados estadounidenses murieron durante estos cinco años bajo el sol iraquí, junto a otros 29.000 heridos en combate, con el consiguiente impacto en sus familias, por lo general de clases media y baja de este país.

Las cuentas humanitarias son muchísimo más gravosas en Irak. Para fines de 2006, entre 150.000 y 600.000 iraquíes habían muerto, según su Ministerio de Salud o la Universidad John Hopkins. Otros 20.000 fallecieron desde entonces, según el respetado “website Iraq Body Count”. A estos deben sumarse los heridos, más de 2,2 millones de desplazados internos y otros 2 millones en el extranjero, según el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU.

Cuánto aumentarán esta cifras, en tanto, dependerá del tiempo que permanezcan allí las tropas norteamericanas, los resultados de la escalada dispuesta por el general David Petraeus y la voluntad de los líderes locales para arribar a un acuerdo o, cuando

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¿De qué se trata esa lucha intestina? El ex embajador y experto del Centro para el Control de Armas de esta capital, Peter Galbraith, lo resumió así: “Los sunnitas objetan que Irak sea conducido por partidos religiosos chiitas, a los que ven instalados por los Estados Unidos, leales a Irán y tratando de definir al país de un modo que los excluya”. A su vez, “los chiitas creen que su mayoría democrática y su sufrimiento histórico bajo la dictadura bathista les da derecho a gobernar. No están dispuestos a negociar con los sunnitas, a los que ven como sus antiguos opresores”. Y, a ambos, se suman los kurdos, en el norte, que quieren su independencia.

A esta ciénaga iraquí se suma el laberinto llamado Medio Oriente. En los meses que siguieron al discurso de Bush sobre el “eje del mal”, de enero de 2002, Teherán le envió una oferta para negociar. Los iraníes creían que eran los primeros bajo la mira. Pero con lo ocurrido en Irak, ahora se sienten envalentonados. Ellos, Arabia Saudita y Turquía se involucrarán en Irak si la guerra civil muta en una confrontación total. Lo harán a favor de chiitas, sunnitas y kurdos, respectivamente.

Como en las muñecas rusas, este complejo panorama se combina con otro aún más amplio. Estados Unidos no sólo se desgastó como potencia militar y económica, ahora en recesión. También su imagen se derrumbó alrededor del mundo ¿Ejemplos? Las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo, los vuelos secretos de la CIA, la aplicación de torturas a detenidos, con Bush defendiendo en público las bondades del “submarino”, la entrega de sospechosos a países con historiales negros de violaciones flagrantes de los derechos humanos y hasta la inmunidad otorgada en Irak a los custodios privados de Blackwater.

Lo que vendrá

¿Hubo, acaso, algún saldo positivo para Washington durante estos años? Sí. Para empezar, reafirmó que, aun sin apelar a su arsenal nuclear, su poderío militar es inigualable. Y a diferencia de lo que ocurrió con Vietnam, esta vez su sociedad cobija a sus veteranos. También confirmó que sus acciones y omisiones, en Irak, en Afganistán, Irán, Pakistán, Siria, el Líbano o los territorios palestinos, son seguidas con atención alrededor del mundo. Continúa siendo un parámetro, para bien o para mal.

Aún queda por precisar, no obstante, si la doctrina de los “ataques preventivos” seguirá en pie cuando Bush se marche de la Casa Blanca. Es notable, por lo pronto, que sus aliados más cercanos que validaron esa teoría y lo acompañaron en el ataque hayan tenido que dar un paso al costado: el británico Tony Blair, Aznar, el italiano Silvio Berlusconi, el australiano John Howard.

Otra buena nueva para Washington es que, como lo demuestran las encuestas en la Argentina, América latina y otras partes del mundo, su imagen negativa tiene todo que ver con Bush y no tanto con el país en sí. Sin importar quién lo reemplace, en enero de 2009, su salida renovará las esperanzas globales.

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Qué ofrecerá el futuro, claro está, dependerá también de quién triunfe en las urnas de noviembre. Si gana Obama o Clinton, podría darse una retirada por etapas, pero si vence el republicano John McCain, el plan será establecer una presencia militar, como en Corea del Sur o Alemania, durante “quizá 100 años”, según adelantó.

Una fecha precisa de repliegue dependerá también de cómo continúe la escalada. Todas las variables negativas, ataques, muertes, han bajado, al igual que mejoraron otras, como provisión de servicios públicos, producción petrolera y gestión federal-. Pero esos ejes tienen un límite preciso: la voluntad de avanzar unidos de sunnitas, chiitas y kurdos. Para Bush, en tanto, el sentido de la guerra mutó por completo durante estos 5 años. Ya no expone los frutos de una victoria -un Irak estable, el colapso de Irán y Siria, la democracia germinando en la región-, sino los fantasmas de una derrota. “Las consecuencias de un fracaso en Irak serían muerte y destrucción en el Medio Oriente y aquí, en los Estados Unidos”, dijo en 2007 ¿Qué fue de aquel líder optimista que se ufanó de su paz de espíritu ante Aznar?

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