HISTORIA DEL ARTE: EL BARROCO. LA PINTURA EN ESPAÑA

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Tema 12 (IV) LA PINTURA BARROCA ESPAÑOLA: RIBERA, ZURBARÁN, VELÁZQUEZ Y MURILLO

CARACTERÍSTICAS GENERALES

El siglo XVII representa la época culminante de la pintura española y de la cultura en general, que coincide con un período de decadencia política y económica. En España hay por entonces dos grandes focos artísticos: Madrid y Sevilla, pero existen otros núcleos de menor resonancia como Valencia, Córdoba, Granada, etc.

De las tres corrientes que se desarrollan en la pintura europea del siglo XVII (naturalismo, clasicismo y barroco decorativo), es la naturalista la que alcanza mayor difusión en nuestro país porque coincide con la sensibilidad española inclinada a lo real. El recargamiento aparatoso del barroco no encontró gran eco hasta la segunda mitad de siglo en que el estilo es más dinámico, colorista y opulento.

En pintura se crearon modos pictóricos originales, logrando un espacio propio en el panorama europeo. Partiendo del naturalismo-tenebrismo estudia tipos concretos con alto grado de misticismo. Se representan cosas bellas y horrendas, como niños llenos de dulzura o cadáveres en descomposición. Lo vulgar y lo cotidiano en apariencia, esconden símbolos que hay que descifrar.

El principal cliente es la Iglesia, es la que encarga las obras a los artistas, y por esta razón los temas mitológicos apenas se desarrollan. En compensación se importó para los palacios reales y las residencias nobiliarias.

Los temas más usuales son los religiosos. Se representan Vírgenes con Niños, Inmaculadas, etc. El retrato es importante por su calidad y cuenta entre sus mejores artistas a Velázquez. La Iglesia, principal cliente de los pintores, necesita y pide transmitir el ideal de la Contrarreforma: contenidos claros, de carácter devocional y fuerte sentimentalismo. Busca conmover y convencer al fiel. Se potencian temas relacionados con la fe que Lutero y Calvino han eliminado: importancia de las buenas obras frente a la predestinación calvinista, las obras de caridad, la defensa de los sacramentos, Penitencia y Eucaristía sobre todo; la vida de Cristo, su Pasión y muerte; la santidad de la Virgen, escenas de milagros, lo sobrenatural. Todo esto es lo que el fiel sigue con más interés y devoción.

Otra temática en la pintura son los bodegones. Se caracterizan por la austeridad y sus referencias alegóricas, a lo efímero de la vida (la vanitas barroca). Tuvieron gran aceptación dado el carácter naturalista de nuestros pintores (Zurbarán).

Los retratos, mayoritariamente regios, se ajustaban a las normas de austeridad recurriendo al negro. La obra mitológica o de género, si bien escasa, ofrece algunos ejemplos relevantes. Finalmente, hay que señalar la importancia concedida al paisaje cuando aparece como fondo (vistas de la Sierra de Madrid en la obra de Velázquez) e incluso cuando no requiere escena o historia alguna para ser pintada. Por otra parte, la pintura de Historia es otra temática desarrollada por los pintores del siglo XVII español.

Los desnudos se prohíben, perseguidos por la Inquisición.

En cuanto a la composición, muchos artistas no muestran gran interés por el movimiento de las figuras sino por las formas estáticas y utilizan en sus composiciones la simple yuxtaposición de objetos y personas (Zurbarán). Otros tienen gran interés por el movimiento y utilizan la diagonal barroca o los escorzos. Los contrastes, lumínicos o temáticos oponen modelos, actitudes o mundos distintos. Hay que destacar también la importancia que le dan los artistas españoles a la luz y a la perspectiva aérea.

Las pinturas se realizaban en óleo sobre lienzo y estaban destinadas a altares y retablos, prefiriéndose éstos a las grandes composiciones al fresco, más caras.

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FASES Y EVOLUCIÓN

PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVII

Los focos más importantes van a situarse en Castilla, con la corte madrileña y Toledo como centros, además de Andalucía, y Valencia. Más tarde, en la segunda mitad de siglo la importancia de Valencia casi desaparece y sólo Madrid y Sevilla crearán escuelas de primer orden. En Madrid y Toledo, trabajarán artistas como Juan Bautista Maíno (formado en Italia), destacando su obra “Adoración de los Magos, Luis Tristán, discípulo de El Greco, con su obra ”La Santísima Trinidad”, y Sánchez Cotán que se especializó en bodegones. Todos ellos forman la Escuela Castellana

En la pintura española de la primera mitad de siglo se integra el núcleo valenciano, que, con Ribalta y Ribera impone las formas realistas inspiradas en el naturalismo tenebrista de Caravaggio.

Mientras tanto en la Sevilla del primer tercio del siglo XVII se van a forman tres de los grandes pintores españoles de esta época: Zurbarán, Alonso Cano y Velázquez. En cualquier caso son los representantes de la tendencia naturalista del barroco pictórico.

SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVII

Supone una transformación completa. A la influencia italiana tenebrista, de la primera época se sucede la influencia flamenca de Rubens y Van Dyck, más dinámica y colorista.

De nuevo se distinguen dos núcleos:

-En Madrid destaca la labor de los pintores de Corte (Carreño de Miranda, Claudio Coello, Pereda y Ricci)

-En la Sevilla de final de siglo trabajarán dos figuras excepcionales: Murillo y Valdés Leal que representan dos concepciones diferentes de la pintura.

ESCUELA VALENCIANA

FRANCISCO RIBALTA (1565-1628)

Ribalta recibió la influencia escurialense, y también la flamenca. En su primera etapa es colorista y realista y en su última etapa es tenebrista, con clara influencia de Caravaggio. Destacan “San Bernardo abrazado a Cristo” o “La visión de San Francisco”.

En la “Visión de San Franciso” su fin primordial no es resaltar la belleza de sus figuras, sino el realismo y la expresividad de las mismas, que impresionan por su vigor. Lo consigue gracias a un claroscuro realizado desde la iluminación focal de un solo punto. En el aspecto cromático ha optado por ocres y tierras.

JOSÉ DE RIBERA(1591-1652)

Es uno de los grandes maestros de la etapa central del siglo. Su estilo parte del tenebrismo, pero la intensidad de su luz y la riqueza de los colores le dan un carácter muy personal.

Muy interesado por la representación estricta de la realidad, su pintura tiene en ocasiones extraordinaria dureza y dramatismo. Se caracteriza por la profunda emoción religiosa, el dominio del color y de la luz bajo un punto de vista tenebrista, Posee una intensidad cromática mayor que Caravaggio, ya que la aprendió de los venecianos. Trabajará en Roma y Bolonia y finalmente se establece en Nápoles; pero siempre estará en contacto con España.

Su temática principal es la religiosa, sirviendo a las ideas de Trento. En esta temática destacan “El martirio de San Andrés” y “El martirio de San Felipe”.

“El martirio de San Andrés”:En esta obra se observa la influencia de Caravaggio, en la composición y las figuras; pero la técnica es más minuciosa y los colores son más sombríos. La luz ilumina al desnudo anciano que va a ser atado a la cruz para ser martirizado. Su cabeza, donde

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resalta la blancura de la barba, se vuelve a un sacerdote que se encuentra inclinado hacia él, sosteniendo en la mano una figurilla de Júpiter, que quiere hacerle venerar.

“El martirio de San Felipe”: En esta obra Ribera abandona el tenebrismo, aclarando los cielos y los personajes. El santo, colocado en diagonal en el centro de cuadro, establece la tensión compositiva, a la que ayudan varios escorzos; separa con la claridad de su cuerpo, motivo del cuadro, la zona inferior de sombras, vestigio del tenebrismo. Emplea modelos vulgares y realiza un pormenorizado estudio de la anatomía humana. Quiere destacar la impasible atención ante el martirio del coro que rodea a San Felipe, (hay una madre con su hijo entre ellos) y el esfuerzo muscular de los que tiran de las cuerdas para elevar el cuerpo. Llama también la atención la expresión de resignación mística del santo ante el suplicio. La escena está dividida en dos triángulos cuyo lado común es el cuerpo del Santo, que marca la diagonal barroca; el madero es la base de otro doble triángulo. Los tonos claros y la luminosidad son propios de la escuela veneciana.

Ribera también pintó retratos, como “Arquímedes”. El tenebrismo de esta obra se deduce por la iluminación focal en rostro, manos y manuscritos; el resto se halla sumido en profundas y negras sombras. Al personaje, un hombre barbudo y burdo, al gusto de Caravaggio, de manos toscas y aspecto rudo, quizás un mendigo de la calle, lo hace contrastar con el tema del sabio de la Antigüedad al que uno imagina como hombre de elevada dignidad moral. Solo los documentos se imponen a la imagen como agentes iconográficos, haciendo ver al espectador que, a pesar de la tosquedad y rudeza del personaje, es alguien ligado a la intelectualidad e indica

que el mundo está lleno de apariencias que a veces no recogen la realidad profunda de las cosas. En la pintura de género destacó al representar patologías anatómicas, muy valoradas en el arte hispano. Obras de este tipo son: “La barbosa de los Abruzzos”, del gusto tenebrista y que es un importante estudio psicológico y “El patizambo”. Este último es la cruda representación de un niño mendigo, tullido por alguna enfermedad. Dispone a la figura recortada sobre un cielo de fondo, en postura casi de perfil, y un importante y magnífico estudio del contrapposto. Su sonrisa esconde la tristeza de su condición, explicada en un papel, que nos lleva a la diagonal que marca su bastón: da mihi elimosinam propter amorem Dei . En esta obra se observa que el autor ha abandonado el tenebrismo y ha iniciado un estilo propio, marcado por la luminosidad.

ESCUELA ANDALUZA Herrera el Viejo (1590-1656)

FRANCISCO ZURBARÁN (1598-1664)

Perteneció a la misma generación que Ribera, pero desarrolló un estilo muy distinto. Es uno de los pintores más importantes de los años centrales del siglo. Sigue la corriente naturalista y tenebrista; sus lienzos ilustran muy bien los ideales de la Contrarreforma y el intenso fervor de las órdenes religiosas. Su formación fue muy distinta, pues nacido en Badajoz, aprendió en Sevilla y trabajó toda su vida en esta ciudad, a excepción de la incursión realizada con escaso éxito a Madrid en 1633. Aquí, llamado por el Rey, pinta dos obras de Historia y los Trabajos de Hércules para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.

Su pintura parte del realismo propio del siglo, representa a sus personajes con gran sencillez y no le interesa el detalle. Utiliza un tenebrismo suave y claro cuya principal misión es definir los

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volúmenes, que están marcados por un dibujo preciso. Sus figuras tienen por esto un aspecto casi escultórico. Dos elementos son una auténtica novedad:

-Usa un anticolor (blanco) en todas las gamas imaginables. -Geometriza las formas (antecesor del cubismo -Juan Gris-).

Sus composiciones son muy simples y deficientes. Sus escenas se desarrollan siempre en interiores inspirados en la escenografía teatral; sin dominio de la profundidad y con personajes colocados en filas paralelas. En cambio, toda la atención la dedica a rostros y manos, que adquieren un enorme poder expresivo. Su pincelada es fina y determina importantes volúmenes. Volúmenes e iluminación tenebrista configuran una pintura muy personal y expresiva.

En todos sus personajes se aprecia una honda espiritualidad, rechazando los sentimientos violentos. Representó mejor que nadie los rostros llenos de fervor de los santos y frailes. Es un artista dedicado casi exclusivamente a los temas monásticos, realizando numerosas series para las distintas órdenes.

Dentro de sus obras destacan las series que realizó en el Convento de la Merced (Sevilla), Convento de San Buenaventura (Sevilla), La Cartuja de Jerez y la de Sevilla y las obras del Monasterio de Guadalupe (Fray Gonzalo de Illescas). Su obra, predominantemente religiosa, también muestra retratos, como “Santa Casilda”, en los que se caracteriza por su monumentalidad y sus pliegues, y bodegones de severidad plástica y sencillez compositiva. Se les ha llamado “bodegones místicos”. También pintó obras mitológicas en las que se evidencia su dificultad para el desnudo y la composición pagana.

“La visión de San Pedro Nolasco”: Es un cuadro simple. De su primera etapa tenebrista. Los colores son difusos y predominan el blanco. Pero ya se ven aquí algunas de sus características: poca agilidad en el pincel, formas pesadas, composición desigual, errores de perspectiva. Es torpe si hay muchas figuras, no sabe cómo distribuirlas en el espacio. Capta como ningún otro pintor la entrega mística y la fortaleza, consecuencia de la sobriedad y dureza de su fe.

“La vida de San Buenaventura”: Zurbarán pinta la serie sobre la vida de este santo para el Convento del mismo nombre. En ella muestra el intenso misticismo que alcanzó su pintura. En la “Exposición del cuerpo de San Buenaventura” usa la diagonal barroca como elemento clave de la composición, usando como tal el propio cuerpo del santo, muerto y expuesto en el velatorio. El hábito blanco destaca sobre el rojo catafalco,

llamando la atención. Los personajes de alrededor se encuentran sumidos en las sombras.

“San Hugo en el refectorio de los cartujos”, es un ejemplo de su simplicidad compositiva. Está realizada en bandas paralelas. Es una de las pocas obras en las que abandona el tenebrismo para centrarse en la conformación más volumétrica de los objetos y personas y donde resalta el estudio psicológico de los rostros de los cartujos que son auténticos retratos. Nunca se representó la sumisión mística de los monjes con tanta veracidad.

“Bodegónª: Simplicidad, austeridad, rigidez, definen esta obra. Su simplicidad compositiva hace que coloque los objetos en fila ante el espectador: es un primer y único plano. Las calidades táctiles del bronce, plata o cerámica son de un

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naturalismo extraordinario. ALONSO CANO (1601-1667)

Es otro de los grandes de la pintura andaluza. Tiende a la belleza ideal. Su pintura es idealista, refinada, culta, de colores delicadísimos, sus imágenes son tiernas y dulces. Hay que considerarle sobre todo creador de tipos como “La Virgen con el Niño”, “La Piedad”, “la Inmaculada”.

Comenzó como tenebrista, pero al conocer las colecciones reales y a la escuela veneciana, cambia a un mayor colorido. Una de sus obras características es “Cristo muerto en los brazos de un ángel”

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (1617-1682)

Fue el pintor por excelencia de los temas religiosos que interpreta con fervor, dulzura y con el estilo colorista y dinámico propio del pleno barroco, aunque se mantiene dentro de un equilibrio compositivo. Es el pintor de la Contrarreforma. Su estilo fue evolucionando desde el tenebrismo hasta un arte maduro y personal, lleno de luminosidad y figuras vaporosas. Embellece la realidad y la hace amable, aun en los mismos temas de miseria y pobreza. Es muy exquisito en la técnica y sus modelos tienen cierto aire femenino.

Supo adaptarse al gusto imperante y si en el periodo anterior se representaba a los santos heroizándolos, e inicia la aproximación de la religión al pueblo. Su paleta es de tonos pastel, como el rosa o el azul claro, en cuadros del Niño Jesús o Inmaculadas. Por el contrario, su paleta en obras de género se basa en marrones y ocres. Probablemente estos colores eran los más abundantes en los grupos sociales más humildes de la España del siglo XVII, de donde extrae la mayor parte de sus modelos para los mismos. La vida del barrio, lo cotidiano, lo recrea en esta parte de su obra.

Murillo fue pintor esencialmente de temas religiosos (La Sagrada Familia con el pajarito, Adoración de los Pastores) y le interesan mucho los temas marianos como La Virgen con el Niño o La Inmaculada. Su único cliente fue la Iglesia.

Son importantes sus representaciones infantiles como el Divino Pastor. En su pintura costumbrista, los temas tienen un tratamiento realista con un matiz picaresco.

Sus primeros cuadros muestran su gusto por el tenebrismo. “Niños comiendo fruta”, cuadro de género, fue una de sus primeras pinturas sobre la infancia. Los protagonistas, dos golfillos, comen con avidez en un ambiente sucio; se encuentran inmersos en la oscuridad del tenebrismo. Pero los niños mendigos, extremadamente pobres y cubiertos de harapos, no son

pintados como una crítica social, sino muy al contrario; se les idealiza, dotándoles de una especie de gracia con la que el pintor intenta acercarlos al espectador.

Este mismo tipo infantil, de mayor altura moral y dignidad es utilizado en las pinturas religiosas, como “El Niño Jesús como pastor”, de conformación más vaporosa. Su otro tema favorito es el de las Inmaculadas, de paños ampulosos al viento e idealizada belleza; colocadas siempre sobre una nube elevada por querubines con fondos evanescentes. Un ejemplo es la

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Inmaculada del Museo de Bellas Artes de Sevilla o la que se encuentra en el Museo del Prado de Madrid. Finalmente, otra de sus obras es “La Sagrada Familia del Pajarito”, donde supo tratar modelos cotidianos, dando entrada al simbolismo y a la anécdota. En esta obra su preocupación por la luz se vuelve casi dorada, modela las formas y les otorga dulzura. A la cesta de costura, detalle cotidiano, le presta gran atención.

JUAN VALDÉS LEAL (1622-1690)

Su estilo está más preocupado por la expresión que por la belleza. Tiene unas magníficas dotes de colorista. Su pincelada es amplia y deshecha. Es, al contrario que Murillo, violento y apasionado, desgarrado y dramático y opta por formas expresivas de gran intensidad

Es melodramático y orientó su pintura hacia lo desagradable y macabro. Entre sus obras destacan las “Postrimerías” que pintó para el Hospital de la Caridad de Sevilla: “Finis Gloriae Mundi” e “In Ictu Oculi”. Son representaciones típicas de la mentalidad barroca, sobre la Vánitas, en la que reflexiona sobre la brevedad de la vida y en las que se representa la alegoría de la Muerte como ente que despoja de los cargos y dignidades a todos los mortales. Su obra se inspiró en el Discurso de la Verdad de Don Miguel de Mañara, donde dice “Memento homo, quia pulvis es et in pulverum reverteris. Es la primera verdad que ha de reinar en vuestros corazones: polvo y ceniza; corrupción y gusanos; sepulcro y olvido (…) Llega hasta un osario (...) , distingue en ellos al rico del pobre, al sabio del

necio, al chico del grande, todos son huesos, todos calaveras”. En “In ictu oculi” avisa de la inesperada llegada de la Muerte, que obliga a los hombres a abandonar sus glorias terrenales; para ello usa la llama de la vida. En “Finis Gloriae Mundi”, plasma la visión de una cripta de cadáveres corroídos y un obispo y un caballero que esperan el Juicio Final, representado por una balanza sostenida por la mano de Cristo. Las riquezas terrenales son innecesarias.

JUAN SÁNCHEZ COTÁN (1561-1627)

Nacido en Orgaz, (Toledo) profesó como cartujo, lo que tal vez pudo influir en su manera de entender la pintura. Sus austeros bodegones han sido denominados "bodegones de cuaresma", por la escasez de alimentos y su pobreza.

Cada uno de los elementos de la composición está analizado hasta el más mínimo detalle y la estructura que los distribuye sobre el lienzo se ajusta estrictamente a formas geométricas. Su composición más frecuente es la que esquina los objetos en un ángulo suavemente curvado, bien sobre la derecha bien sobre la izquierda.

DIEGO DE SILVA VELÁZQUEZ

Es una de las figuras más importantes de la pintura española. Está entre el realismo de la pintura de la primera mitad del siglo y el barroquismo de la segunda. Y entre Sevilla, donde nació, y Madrid, donde hace su carrera. La gran cantidad de obras conservadas nos permite conocer con mucho detalle la evolución de su pintura.

Felipe IV fue un verdadero mecenas para Velázquez. Trabajó en la Corte lo que le evitó problemas económicos y no precisó vender sus pinturas para poder vivir. Sus cuadros están hechos sin prisa, con abundantes retoques por no estar apremiado ni por el tiempo ni por el dinero.

Se caracteriza por plasmar la realidad, combinar el dibujo y el color, dominio de la perspectiva aérea y uso de una pincelada pastosa y deshecha.

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ETAPAS

Etapa sevillana: En sus primeros años sevillanos, sigue la dirección naturalista con composiciones tenebristas, utilizando tonos ocres y cobrizos y una técnica apretada. Concede importancia a los elementos de la naturaleza muerta y a la individualización de los personajes: “La Vieja friendo huevos”, “El Aguador de Sevilla”, etc.

Primera etapa madrileña. En 1623 se establece en Madrid como retratista y comienza a trabajar para la Corte. A partir de este momento su arte evoluciona cuando conoció a grandes pintores italianos, admirando en ellos el colorido y la luminosidad. Esto le

impulso a abandonar el tenebrismo y comienza a pintar obras mitológicas, como “Los Borrachos”. Este cuadro muestra a unos vendimiadores borrachos; desmitifica a los dioses, humanizándolos. Sus modelos son populares. El estudio del color, de la luz, la anatomía naturalista y la composición destacan. Los campesinos borrachos están rindiendo un homenaje a Baco.

La madurez de su estilo sereno y equilibrado, preocupado por la luz y el color se inicia en la década de los años 30, tras su primer viaje a Italia. Su estancia en Italia enriqueció su concepción artística acentuando su interés por lo veneciano e incorporando a su pintura la elegancia y armonía compositivas propias del arte italiano (la Fragua de Vulcano).

Con estas características pinta obras como La Rendición Breda, también llamado Las Lanzas, en el que representa un hecho histórico y donde el ambiente alcanza gran profundidad y transparencia, equilibrándose las figuras y el medio. La superioridad española se manifiesta con las lanzas en alto y por los gestos de triunfo, la generosidad de Spínola al perdonar a los vencidos.

Son importantes en esta etapa los retratos, en los que brillan los tonos plateados como el llamado Felipe IV de Plata, y los ecuestres de Felipe III, Margarita de Austria, Isabel de Borbón y el Conde-Duque.

Su preocupación por la condición humana se pone de manifiesto en las representaciones de bufones y enanos como en el Niño de Vallecas. En esta obra, aparece un enano en una cueva, que muestra su deformidad física por la postura: una pierna hace escorzo. Y la otra cae muerta. Su cabeza grande se inclina con expresión perdida y una cálida luz le ilumina.

En su segundo viaje a Italia en 1649, pinta al Papa Inocencio X, magnífico en su conjunción de blancos y carmines y en la captación de la personalidad del modelo.

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durante estos años. El tema es un desnudo femenino, excepcional dentro de la pintura española reacia al desnudo. Paisajes como los de “Villa Médici” son también de éste período.

Período final (1651-1660). En estos años la paleta de Velázquez se hace completamente líquida, esfumándose la forma y logrando calidades insuperables. La pasta se acumula a veces en pinceladas rápidas, de mucho efecto, diluye los contornos y da a las formas un carácter mutable casi de estilo impresionista. El color evoluciona también, influido por el colorido de la escuela veneciana. Comenzó a usar gamas de difícil manejo, como los tonos plateados y asalmonados. Logra el dominio absoluto de la perspectiva aérea, es decir, de la representación de la profundidad en función de la relación espacio-luz, captando la atmósfera

existente entre los cuerpos.

Sus obras capitales de este momento son Las Meninas y Las Hilanderas que responden a este estilo y a estas cualidades.

En Las Meninas o La Familia se observa una extraordinaria maestría en la representación del espacio y de las variaciones luminosas. Su perfecta composición convierte a este cuadro en una de las obras fundamentales de toda la historia de la pintura. A través del juego visual, la mirada de Velázquez que parece dirigirse al espectador, en realidad lo hace hacia los reyes, de quienes sólo vemos su reflejo en el espejo y la manera en que la infanta al interrumpir la escena la convierte en protagonista de la misma. La escena sucede en el taller del pintor, en Palacio, la iluminación entra por la derecha y por la puerta del fondo, por

donde ¿entra o sale? el aposentador de palacio, Don José Nieto. Al lado, el espejo donde se refleja la imagen de los reyes. La infanta, asistida por sus damas “meninas” en portugués, se encuentra en el centro del cuadro. Doña Agustina de Sarmiento le ofrece, solícita, un búcaro con agua a la infanta, una niña rubia de cinco años. Al otro lado, doña Isabel de Velasco; y detrás, su aya, doña Marcela de Ulloa, de charla con un caballero. Delante, dos de los enanos de la corte: Maribárbola y Nicolasito Pertusato que molesta al mastín tumbado en la esquina del cuadro. Todo ello en una sucesión de planos, con perspectiva aérea.

Las Hilanderas o La Fábula de Aracne es otro de los grandes cuadros de Velázquez y muestra su profundo conocimiento de la mitología y de la representación de la luz y de la atmósfera. La composición mitológica aparece relegada al fondo del cuadro, en un recinto lleno de luz que comunica con un gran arco con la sala principal en primer plano; y en él cinco hilanderas que están trabajando, aluden al tema principal de la obra. El autor desmitifica la fábula de Aracne, condenada a tejer eternamente por Minerva: las hilanderas tejen como Aracne. De hecho, este es el tema principal de la obra y no la fábula. El artista ha conseguido una pincelada suelta, la perspectiva aérea y la perfección del color. Las figuras pierden nitidez y el aire se hace más denso. Al fondo la luz ilumina esa escena cargada que desdibuja las figuras. Es genial cómo el pintor ha reproducido el giro de la rueca al hilar, un movimiento continuo y para ello ha descompuesto parcialmente los colores de los vestidos que se ven tras ella. Ha pintado los radios de la rueda en movimiento mezclando los colores que deja pasar. Y por último, en la escena del fondo, dos damas contemplan un tapiz acabado, representando dos planos: el artesanal y el estético.

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OTROS PINTORES DE LA ESCUELA MADRILEÑA

Dentro de la escuela madrileña en la segunda mitad del siglo XVII, surge una gran cantidad de pintores que trabajan al fresco por influjo indudable del barroco italiano:

Juan Carreño de Miranda. Claudio Coello.

Antonio de Pereda Francisco Ricci

Juan Carreño de Miranda. Es uno de los pintores de Cámara de Carlos II. Su pintura es dinámica y profundamente colorista.

Claudio Coello. Es la figura cumbre del período. Sus temas preferidos son el retrato en el que continua la línea de Velázquez, y sobre todo los grandes cuadros de altar que muestran sus magníficas dotes técnicas y compositivas. Su obra cumbre es la “Sagrada Forma” de la Sacristía de El Escorial.

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