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Homilía en la apertura de la Puerta de la Misericordia

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Homilía en la apertura de la Puerta de la Misericordia

Se ha abierto en nuestra Catedral la puerta de la Misericordia, en medio de la alegría de este domingo tercero del tiempo de Adviento, que nos prepara a la venida del Señor en la Navidad ya cercana.

El apóstol San Pablo nos invita hoy a una alegría especial, que quizás tenemos que descubrir: No nos dice “alégrense CON el Señor, que es nuestra habitual forma de hablar respecto a una persona: me alegro CON fulano o me alegro POR él, sino estén alegres EN el Señor”. Debemos alegrarnos porque vivimos inmersos en el Amor de Dios, porque Dios es amor y su amor nos envuelve. Dios lo llena todo, lo penetra todo y nuestra fe nos lleva a descubrir gozosamente que en comunión con Dios toda nuestra existencia cristiana transcurre EN el Señor.

¡Qué alegría! No estamos en el mundo como hongos pensantes que crecen y mueren sin sentido. Dios nos creó y nos trajo a esta vida por su infinita misericordia y su misericordia llega hasta el extremo de lo incomprensible, de lo de lo inabarcable. Dios cubre con la sombra de su Espíritu a María Virgen para hacerse hombre en sus entrañas purísimas, decidiendo correr así la suerte de todos los seres humanos, hombres y mujeres de este mundo, necesitados de salvación, para rescatarnos del vacío, de la falsedad, de la vida sin sentido, hacernos saber y sentir a quienes nos dejamos encontrar por Él, que tenemos salvación. Su voz nos dice: Levántate y anda, sus manos, que pasan suavemente por nuestros ojos, nos libran de esa ceguera del alma que nos impide ver que estamos envueltos en esa Luz del mundo que es Cristo y experimentamos entonces que somos llevados como la oveja perdida sobre los hombros del Buen Pastor y sostenidos por sus brazos. Así es

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como vivimos y nos alegramos en el Señor y dichosos cuando podemos llegar a decir con San Pablo: “Para mí la vida es Cristo”.

Queridos hermanos y hermanas: ésta salvación la quiere Dios para todos, porque es eterna su misericordia, porque Dios es lento a la cólera, rico en compasión y leal.

La comunidad de salvación, la Iglesia que Cristo Jesús nos dejó, debe ser comunidad de amor, lugar de encuentro con Dios misericordioso, para tantos hombres y mujeres que en este mundo nuestro vagan como ovejas que no tienen pastor.

Movido por ese hondo sentimiento de misericordia que anima su pontificado de Buen Pastor, el Papa Francisco ha proclamado un Año Santo que se inició en Roma el pasado día 8, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y que se extenderá hasta la Solemnidad de Cristo Rey, el domingo 20 de noviembre del año próximo.

Este domingo 13 de diciembre, tercero de Adviento, fue señalado por el Santo Padre para comenzar el Año Jubilar abriendo la puerta de la Misericordia en todas las Catedrales del mundo. Al respecto nos dice el Papa Francisco:

“Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido. Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano.

Y añade el Santo Padre:

Delante de nosotros se encuentra la gran puerta de la Misericordia de Dios, una bonita puerta, que acoge nuestro arrepentimiento ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta está generalmente abierta, pero nosotros debemos cruzar el umbral con valentía, cada uno de nosotros tiene detrás de sí cosas que pesan. Todos somos pecadores, aprovechemos este momento que viene y crucemos el umbral de esta misericordia de Dios que nunca se cansa de perdonar, ¡entremos por esta puerta con valentía!

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La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de los hijos y las hijas en camino, a veces incierto, a veces perdidos, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera para entrar, llevando su bendición y su amistad. Y si la puerta de la Misericordia de Dios está siempre abierta, también las puertas de nuestras instituciones deben estar siempre abiertas para que así todos puedan salir a llevar la misericordia de Dios, esto significa el Jubileo, dejar entrar y salir al Señor. Esto constituye una llamada a Cáritas, a los Centros Asistenciales, a la Comunidad de San Egidio, a la Pastoral Carcelaria y de enfermos.

Es decir, las puertas de la Iglesia deben de estar abiertas no sólo para que entren quienes buscan a Dios, sino también para que nosotros, cristianos, salgamos a buscar a los que no conocen al Señor y son amados por Él.

La gestión simbólica de la puerta se ha hecho crucial. La puerta debe custodiar, cierto, pero nunca rechazar. La puerta se abre para ver si afuera hay alguien que espera, y tal vez no tiene la valentía, o ni siquiera la fuerza de tocar. ¡Cuánta gente ha perdido la confianza, no tiene la valentía de llamar a la puerta de nuestro corazón cristiano, a las puertas de nuestras iglesias, que están ahí! No tienen la valentía, les hemos quitado la confianza. Por favor, que esto no suceda nunca. José y María la noche del Nacimiento de Jesús llamaron a muchas puertas y no hubo sitio para ellos y el Hijo de Dios nació en un establo.

La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene amparo, para quien huye del peligro. Las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la Misericordia y de la acogida de Dios. Es así que la Iglesia deberá ser reconocida, en cada rincón de la tierra: como la custodia de un Dios que toca, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta en la cara, con la excusa de que no eres de casa.

Con este espíritu comenzamos el Jubileo. Estará abierta la Puerta Santa de la Catedral, pero también la puerta de la gran Misericordia de Dios. Que exista también la puerta de nuestro corazón, tanto para recibir el perdón de Dios como para dar nuestro perdón a los demás y acoger a todos los que llaman a nuestra puerta.

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Ante esta invitación a abrir la puerta de la misericordia de Dios en nuestro corazón, a celebrar el Jubileo, como ante el anuncio que Juan el Bautista nos hace este domingo de la cercanía del Reino de Dios, también nosotros nos preguntamos: ¿qué debemos hacer?

Son distintas categorías de personas las que se presentan y le preguntan a Juan: ¿qué debemos hacer?

El pueblo en general le hacía esta pregunta. Y Juan respondía: Quien tenga dos túnicas, dos camisas, que le dé una al que no tiene.

Es decir, sé misericordioso, compartiendo lo tuyo con los más necesitados. A esto nos invita también la puerta de la Misericordia que el Señor abre ante nosotros.

Además del pueblo en general vinieron unos empleados del gobierno, empleados públicos, llamados publicanos, haciendo la misma pregunta y vinieron también los soldados. Ambos eran para el pueblo dos categorías “sospechosas” en la sociedad. Pero Dios misericordioso llega a todos los que lo buscan, todos pueden abrirse a la salvación.

También nosotros debemos acoger sin sospechas a esos hermanos nuestros. Somos una Iglesia de puertas abiertas, y al pasar la Puerta de la Misericordia, debemos preguntar al Señor: ¿qué debemos hacer? Y Jesús nos dirá como el Bautista: comparte lo que tienes, sea material o espiritual, con los necesitados: Da de comer al hambriento, de beber al sediento, visita al enfermo…, enseña al que no sabe, consuela al triste y haz bien lo que tengas que hacer. Si eres maestro, enseña con amor y paciencia, si eres médico trata con compasión a tus enfermos, si tienes un negocio, no explotes a otros, no te aproveches de sus necesidades, si tienes autoridad, acuérdate de que la autoridad es un servicio, si eres padre o madre de familia demuéstrale tu amor a tus hijos, si eres sacerdote acoge con misericordia y comprensión a tus fieles, ante todo en la Confesión.

Nada extraordinario nos pide el Señor, sino hacer bien todo lo que nos toca, hacerlo con amor.

Para que nuestra vida de fe en Cristo tenga esta tónica debemos estar unidos al Señor, acoger su Palabra y alimentarnos con la Santa Eucaristía, pero ante todo tenemos que

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renunciar al pecado, que no quede en nosotros ningún tipo de concesión al pecado. Es así como el Espíritu Santo nos cubrirá con su sombra y nos colmará de paz y alegría en el Señor. El Sacramento de la Confesión debe tener un papel especial para reavivar en nosotros la Fe y la Esperanza en este Año Jubilar, y no puede faltar en nuestro camino del Año Santo la devoción a María Virgen, Reina y Madre de Misericordia, a quien pedimos que vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos para que podamos desterrar de nuestra vida el pecado y aprendamos en este tiempo de gracia que la Iglesia abre ante nosotros, el seguimiento de Jesús, fruto bendito de su vientre, que nos lleva a la santidad y nos abre a la esperanza.

-Servicio de noticias-

Arzobispado de San Cristóbal de La Habana. 2010-2015©

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